EL PRÍNCIPE 'CORNELIANO' Y LOS DEMONIOS DEL PSF

28 de Agosto de 2014
                
En el panorama de las familias políticas europeas, quizás no haya un caso más tormentoso de convivencia interna que el Partido Socialista francés. Sin remontarnos a los tiempos de la escisión comunista, e incluso a los años más reciente de fragmentación de la divisa socialista en varias formaciones recelosas entre sí, el PSF post-Mitterrand arrastra un legado de división, tensiones, desconfianzas internas y debilidad política endémicas.
                
CRISIS DE PARTIDO, CRISIS DE GOBIERNO
               
El último episodio, cuyo desenlace se ha vivido esta misma semana, no es más ni menos grave que los anteriores  (que no enumeramos ahora, para no hacer indigerible al comentario con una letanía de líderes, sublíderes, pseudolíderes y barones). El descontento de un tercio  de los diputados socialistas por lo que  consideran como rendición del gobierno Hollande-Valls a los dictados de la austeridad se propagó de forma pública y ruidosa al interior del gabinete con manifestaciones críticas expresas y rotundas de dos de sus integrantes, el ministro de Economía, Arnaud Montebourg, y de Educación, Benoît Hamon, y la aquiescencia más discreta pero inequívoca de Aurélie Filippetti, responsable de la cartera de Cultura.
                
Estas discrepancias en el seno del gobierno eran conocidas. Pero el triunvirato disidente atravesó una línea roja al presentar estas discrepancias como insuperables, con una intención que no podía ser otra cosa que rupturista.
                
Aunque la entrevista que el siempre polémico y mercurial Montebourg le concedió el fin de semana a LE MONDE estaba plagada de propósitos amables  y de referencias personales hasta cálidas hacia el primer ministro Valls, el tono adoptado al desarrollar sus posturas sobre el fondo del debate no podía ser menos contemporizador.
                
Su colega, correligionario y compañero de iniciativa rupturista, Benoît Hamon, tampoco podía haber pretendido evitar una reacción como la que luego aconteció, al proclamar que los críticos en el interior del gobierno no estaban muy alejados de los 'frondeurs' (término que en la cultura política francesa indica rebelión contra el poder establecido, pero también contra la autoridad en el seno mismo de una clase, partido o institución).
                
Los pronunciamientos de Montebourg y Hamon y la aquiescencia de Filippetti constituían un desafío que Valls, por temperamento personal y talante político, no podía pasar por alto. Ni siquiera el habitualmente flemático Hollande, que era, en realidad, el verdadero objetivo de las críticas.
                
A decir verdad, este pulso se había iniciado antes, cuando el jefe del gobierno había dejado claro a propios y extraños que no iba a cambiar la política económica del gobierno (bajo la eufemística fórmula de "programa de reformas"). Los críticos debieron entender con claridad que ni siquiera los decepcionantes resultados recientes de la economía francesa (dos años de estancamiento, desempleo masivo persistente, impacto insignificante de las "reformas") iban a obligar a reconsiderar a Hollande y Valls sus decisiones, alineadas, lo reconozcan o no, con las exigencias de austeridad del eje Berlín-Frankfurt-Bruselas.

ATRAPADO EN LA TRAMPA DE LA AUSTERIDAD              
                
Hollande se ha convertido en un personaje 'corneliano', muy al gusto de la tradición dramática francesa, desde su creador, Pierre Corneille. Esa opción perversa entre dos opciones que inevitablemente van a causa un perjuicio al que las adopte persigue Hollande desde su llegada al Eliseo, y se ha acentuado ahora cuando sus políticas, su credibilidad y su imagen se encuentra en caída libre.
                
La austeridad, que Hollande prometió combatir como principio director en la Unión Europea, ha terminado envolviéndolo, primero sutilmente y ahora de forma descarada hasta el punto de aceptar asumir sus criterios aunque modificando el lenguaje. Recuérdese cuando Valls, como flamante primer ministro, lanzó el debate sobre diferenciar 'austeridad' de 'rigor'.
                
El dilema 'corneliano' que Hollande ha arrastrado en estos dos años de gobierno ha consistido en, o bien abandonar la austeridad y plantear un desafío a los dogmas de la Unión para provocar una 'fronda' (sic) en los miembros del club, algunos de ellos visiblemente incómodos con la situación, o bien aceptar las reglas del juego y tratar de suavizar sus exigencias o de complementarlas con medidas reactivadoras. Cualquiera de las dos comportaba riesgos. La primera opción no garantizaba el respaldo de otros países, que se encontraban con situaciones límites y no podían permitirse el lujo de sanciones inclementes. La segunda tampoco garantizaba un resultado apetecible, porque los sacrificios que comportaba aplazaban la introducción de decisiones compensatorias. Hollande optó, en todo caso, por la segunda,  a sabiendas de que arrastraría fuertes inconvenientes, como en el caso de la primero, pero al menos evitaría el riesgo mayor.
                
No sabremos hubiera pasado si Hollande hubiera tomado el primer camino y si el escenario pesadilla hubiera adquirido la misma dimensión que ha provocado el segundo. El caso es que, al intentar afrontar el fracaso de una adaptación a la austeridad sin perder la identidad política e ideológica que debe caracterizar a una opción política, Hollande se ha visto abocado a otro dilema 'corneliano', en esta ocasión de orden interno.  O atendía a la mayoría de su base social, que le reclama un alejamiento claro y sustantivo de las políticas de austeridad y descarga el gobierno en figuras prominentes de su partido en quienes su instinto político no le otorga confianza (cuando no una auténtica desconfianza), o se decidía por una suerte de huida hacia adelante, descansando el timón en una "mano fuerte", como la que se jacta continuamente de ser Manuel Valls, aunque eso provocara una ruptura aún más acentuada en las filas socialistas y, lo que es aún más preocupante, una desafección más resentida de sus militantes, seguidores, simpatizante y votantes.

               
Hollande ha elegido lo último, con lo cual tranquiliza a sus socios europeos más severos, con Merkel a la cabeza, pero decepciona a Renzi, el italiano, que sigue haciendo equilibrios en el alambre, ahora más solo que nunca. El PSF se fragmentará aún más, aumentando el riesgo de otra debacle electoral, éste siguiente con consecuencias más traumáticas.  Conociendo a Valls, no deben esperarse muestras de debilidad. Al contrario. Primero, pretende reducir la protesta a los tres señalados, limitando al mínimo la remodelación  gubernamental. Segundo, promueve una declaración expresa de apoyo de la mayoría del grupo parlamentario socialista al Presidente y al Gobierno. Seguirán otras más, que tratarán de reducir a cenizas mediáticas y políticas a los 'frondeurs'. 

LA BOLSA O LA VIDA: PRINCIPIOS Y PRIORIDADES

22 de Agosto de 2014
                
La decapitación televisada de un periodista norteamericano por un combatiente del sedicente 'Califato' sirio-iraquí  ha reavivado una polémica sorda sobre los secuestros de grupos terroristas y la conveniencia de pagar o no rescate para salvar a los rehenes.
                
James Foley era un periodista 'freelance' perteneciente a esa familia de profesionales peligrosamente atraídos por los conflictos bélicos, hasta el punto de sólo sentirse a gusto con su trabajo en condiciones extremadamente hostiles. Ejerció su trabajo en Libia y luego en Siria, estuvo a punto de resultar gravemente herido en este último país, a donde, sin embargo, regresó, en esta ocasión para ser secuestrado (hace 21 meses) por el ISIS (ahora EI) y finalmente ser asesinado de manera ignominiosa.
                
Las razones por la que el EI ha asesinado a Foley están sometidas a debate. Sus propios verdugos aseguran que se trata de la respuesta a los recientes bombardeos norteamericanos en Irak, que han invertido la tendencia bélica, desde hace meses favorable a los 'yihadistas'. Sin embargo, es obvio que hay motivaciones económicas. Los jefes del Califato habían pedido, al parecer, 100 millones de dólares (una cantidad exorbitante) por la entrega de Foley, además de la liberación de combatientes suyos prisioneros. Al no recibir una respuesta satisfactoria, habrían cumplido su terrible amenaza.
                
¿PAGAR ES AYUDAR AL TERRORISMO?
                
¿Era una exigencia realista por parte del EI? ¿O puro ardid propagandístico? Es públicamente conocida la política norteamericana de no pagar rescate por los rehenes. Sólo Gran Bretaña secunda a los norteamericanos en esta posición de aparente firmeza frente al terrorismo. Hace unas semanas, un trabajo de investigación en el NEW YORK TIMES (1) reveló con datos sustanciosos lo que más o menos se sabía: que los gobiernos europeos preferían pagar discretamente los rescates, antes de recuperar a sus conciudadanos en bolsas funerarias. Se estima que los grupos yihadistas habrían percibido entre 125 y 165 millones de dólares por este concepto en los últimos cinco años. Los rescates empezaron a valorarse en cientos de miles de dólares, pero ya se satisfacen en millones (2).
                
La discrepancia no obedece a distintas consideraciones morales ni a estrategias diferenciadas en la lucha contra el denominado 'terrorismo islámico', sino a presiones de la opinión pública y a los efectos internos que las decisiones concretas puedan comportar.
                
Algunos especialistas (3) sugieren que, en realidad, Washington y Londres son más coherente que sus aliados europeos, ya que se han aprobado normativas jurídicas que criminalizan la entrega de dinero a terroristas, bajo cualquier forma, y declaraciones conjuntas en las que se rechaza explícitamente el pago de rescates.
                
Así, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 2133, por la cual se insta a los estados miembros a impedir que los terroristas puedan beneficiarse del cobro de rescates. Y el G-8, el selecto club de las principales potencias económicas mundiales, en su última reunión, advirtió que el pago de rescates favorece el "reclutamiento de terroristas", alimenta la inestabilidad, incentiva la realización de más secuestros y aumenta la vulnerabilidad de los potenciales objetivos.
                
No obstante, estos solemnes posicionamientos, hay pruebas suficientes de que los gobiernos de París, Berlín, Madrid y Roma, aunque lo nieguen, habrían vulnerado sus propios compromisos. Los defensores del rechazo a pagar argumentan que al hacerlo, los gobiernos 'débiles' no sólo incrementan los recursos de los secuestradores; también elevan el riesgo de los ciudadanos de países 'firmes', porque obligan a los terroristas a demostrar su credibilidad.
                
En realidad, este debate ya se suscitaba en los tiempos de 'terrorismo interno o local'. Los gobiernos solían asegurar que no pagaban rescates, pero se mostraban tolerantes o hacían  la vista gorda cuando los particulares pagaban para recuperar a sus seres queridos.
                
CUESTIÓN DE PRIORIDADES
                
En realidad, la cuestión es mucho más compleja. Estados Unidos, con independencia de las consideración políticas legítimas que pueda hacer sobre la respuesta más adecuada al chantaje de un secuestro, adoptó en 2001, después de los atentados de Al Qaeda, una legislación antiterrorista muy estricta, que incluía medidas enormemente agresivas sobre la el sustento de las organizaciones 'yihadistas' y sus fuentes de financiación. Washington promovió la creación de un organismo denominado Financial Action Task Force, con el propósito de rastrear el mínimo movimiento de dinero que pudiera servir para financiar la actividad terrorista en cualquiera de sus niveles e imponer duras sanciones a quienes directa o indirectamente las favorecieran o toleraran.
                
La normativa generada por este grupo sabueso ha sido empleada por Washington para perseguir a países como Irán, Corea del Norte o Rusia, pero naturalmente se ha abstenido de hacer lo propio con Francia, Alemania o España, por ejemplo, por razones obvias. Otra cosa es que las autoridades norteamericanas no pierdan la ocasión de recordar a sus aliados europeos que deben cumplir estas normas y no dejan intimidarse por el chantaje terrorista.
                
En el caso de Foley, el presidente Obama no se ha limitado a responder con firmeza e ignorar el órdago del 'Califato'. Se ha sabido, con gran disgusto de los responsables de seguridad, que la Casa Blanca autorizó una operación encubierta de unidades militares de élite para intentar rescatar a Foley y otros rehenes en Siria, con resultado fallido. La legalidad de estas actuaciones militares en territorio extranjero es también dudosa, pero las razones de orden político han ahogado las renuencias de los juristas o de organizaciones socio-políticas más escrupulosas.  Por no hablar de la propia operación militar norteamericana, que por muchos apoyos políticos que concite, carece de un respaldo jurídico expreso. Y es que no son consideraciones jurídicas o morales las que presiden las actuaciones de los máximos responsables políticos en estos casos, sino la fortaleza de las oportunidades políticas, la sensibilidad de las opiniones públicas y el balance, en cada caso, de las habituales tensiones entre libertad y seguridad.
                
Para Obama podría resultan tan devastador que se supiera -algo al cabo inevitable- que se hubiera pagado el rescate de Foley y de otros rehenes ya amenazados directamente por los verdugos del EI, como para Hollande, Merkel o Rajoy realizar una exhibición de firmeza y arriesgarse a que las sucursales de Al Qaeda en el Sahel decapitara a ciudadanos franceses, alemanes o españoles. Cameron no lo hizo y tuvo que recibir el cuerpo sin vida de un conciudadano asesinado en Mali.
                 
(1) RUKMINI CALLIMACHI. "Paying ransoms, Europe bankrolls Qaeda terror". NEW YORK TIMES, 29 de Julio de 2014.
 (2) La cifra más baja la proporciona el propio Callimachi, mientras que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos cree que es demasiado conservadora y asegura que la cantidad es mayor.
(3) TOM KEATINGE. "The price of freedom. Why the Governments pay ramsons". FOREIGN AFFAIRS, 13 de Agosto de 2014.




IRAK: ÉXITOS, SORPRESAS, CONVERGENCIAS Y DESIGNIOS

18 de agosto de 2014
    
La limitada operación decidida por Obama el 8 de agosto para impedir el avance de los combatientes del Estado Islámico y romper el cerco a miles de refugiados yazidíes en el Monte Sinjar ha concluido con aparente "éxito", pero también con alguna "sorpresa" (1).
                
EL "ÉXITO" Y LA "SORPRESA"
                
Vayamos primero con el "éxito". Se considera tal por haberse frenado el avance de los 'yihadistas' hacia el corazón del Kurdistán. Es razonable pensar que el bombardeo intensivo realizado por drones y F18A haya debilitado considerablemente el aparato militar del EI en la zona. No obstante, también es muy probable que el mando del 'Califato' haya decidido lo que ya viene siendo habitual desde su ofensiva a comienzos del verano: no entregarse a un avance precipitado, sobre todo en entornos hostiles o poco favorables, y consolidar posiciones hasta que llegue el momento propicio para acometer nuevas conquistas.
                
Y ahora la "sorpresa". Resulta que al relajarse el cerco del Estado Islámico sobre el Monte Sinjar, se ha podido comprobar que los 'yazidíes' allí refugiados no eran tantos como se había estimado: sólo unos pocos miles, y no decenas de miles (40.000). Más aún: su situación no era tan deplorable como se había temido. De hecho, algunos se sentían seguros en ese entorno, porque consideraban que sus perseguidores no le seguirían hasta allí. Esta evaluación ha sido cuestionada por un portavoz de la minoría 'yazidí' en Estados Unidos, quizás porque se teme que Washington empiece a desentenderse muy pronto de la suerte de los huidos.
                
Resulta "sorprendente" la "sorpresa", si se permite la figura. Aunque estos días expertos en vigilancia y procesamiento de datos de inteligencia recogidos desde el aire han estado evaluando el posible "error" sobre el número de personas atrapadas en el Monte Sinjar y haya un cierto consenso en señalar las dificultades de ofrecer datos exactos, lo cierto es que los antecedentes de equivocaciones, informes exagerados o mentiras descaradas en Irak invitan al escepticismo cuando no a una abierta incredulidad.
                
Los pocos analistas críticos que pueden leerse o escucharse en los medios occidentales señalan estos días que las razones oficiales de esta última intervención militar de Estados Unidos en Irak pueden estar basadas en motivaciones no exclusivamente -ni preferentemente- humanitarias: prevenir el genocidio 'yazidí' y garantizar la seguridad de los norteamericanos.
                
El conocido periodista e historiador Robert Fisk, gran conocedor de Oriente Medio y abiertamente crítico con la política occidental, asegura que "el petróleo es el nervio de la guerra"(2). Señala  Fisk que los bombardeos tenían como verdadero objetivo asegurar una zona, el Kurdistán iraquí, donde se localiza una tercera parte de las extracciones iraquíes de petróleo, una buena parte de las reservas supuestas y también importantes yacimientos de gas. En Erbil, la capital kurda de Irak, residen miles de occidentales, hombres de negocios, diplomáticos, agentes y otros, que vigilan la estabilidad de unas inversiones cifradas en 10.000 millones de dólares, con unos rendimientos netos, en el caso del petróleo, del 20%. Lo que habrían 'protegido' los bombardeos norteamericanos son los intereses de compañías como MOBIL, CHEVRON, EXXON o TOTAL, tanto o más que a los desventurados 'yazidíes'.
               
                
CONVERGENCIAS CRUZADAS ENTRE RIVALES
                
La intervención militar norteamericana ha coincidido, no por casualidad, con el desenlace de la crisis política en Irak. El cambio de primer ministro en Bagdad se presenta como la mejor oportunidad de los últimos años para devolver la estabilidad política al país. La Casa Blanca ya ha prometido al nuevo gobierno más ayuda militar para frenar la amenaza extremista. Aún no se han explicitado los detalles.
                
Las circunstancias del relevo en el poder ejecutivo iraquí son inquietantes. El primer ministro saliente, Nuri Al Maliki, ha sido presentado como el máximo responsable de la degradación política y militar: por su autoritarismo, su sectarismo y su incompetencia. Maliki es un 'bis' del afgano Karzai: elegidos inicialmente por Washington, han terminado siendo unos obstáculos a eliminar (políticamente, claro).
                
Maliki ha sido un desastre en muchos sentidos, pero los manejos para sacarlo de la cancha tienen cierto olor a golpe de Estado, como el propio político ahora apartado denunció. Las últimas elecciones confirmaron al partido de Maliki como el más numeroso del Parlamento, pero sin mayoría suficiente para formar gobierno estable. Ciertamente, sunníes y kurdos se opusieron a prestarle los votos que le faltaban. No por ello, los líderes chíies se atrevieron a discutirle el liderazgo, quizás asustados por las lealtades paramilitares de Maliki.
                
El bloqueo era total. Hasta que se produjo la crisis de agosto; es decir el avance 'yihadista' en el norte. Washington, que se había negado a las solicitudes de armamento de Maliki, decidió intervenir entonces, claramente en apoyo de los kurdos, sin consultar con el primer ministro. Un desplante en toda regla. En paralelo, el cortejo norteamericano de prominentes otros líderes chíies envenenaron las relaciones internas en el partido mayoritario (Dawa), en la coalición electoral (Estado de Derecho) y en el grupo parlamentario (Alianza Nacional) hasta hacer trizas la continuidad de Maliki. La posición favorable al relevo por parte del Gran Ayatollah chií Ali Al-Sistani, cuyas indicaciones son órdenes para la mayoría de la población chií, terminó de decidir a los colegas del primer ministro enrocado. El régimen de Irán, principal protector de Maliki, después de haber enviado asesores militares a Bagdad, se terminó por dar cuenta de que su "hombre en Bagdad" estaba ya quemado. La suerte de Al-Maliki estaba echada (3).
                
El elegido para reemplazar a Maliki es Al Abadi, un exiliado como su antecesor y 'hermano', según el lenguaje oficial. Estos días, altos cargos y medios norteamericanos doran el blasón del nuevo jefe del ejecutivo iraquí, para enaltecer un liderazgo que sólo podrá ganarse en el ejercicio del poder. Que Al-Abadi cuente también con el beneplácito explícito de Irán parece una exigencia del guión. En Teherán no importa quien mande en Bagdad sino la garantía de fidelidad a una alianza estratégica.
                
DESIGNIOS CONTRADICTORIOS
                
Esta convergencia de intereses entre Washington y Teherán pudiera parece otra "sorpresa" de la última crisis iraquí. Pero tampoco lo es. Más allá del propósito compartido en impedir un triunfo extremista sunní en Irak, ¿es descabellado suponer que el clima de trabajo desarrollado en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní puede estar creando un positivo caldo de cultivo para el deshielo entre ambas potencias? Obama coincide con Jamenei o Rohaní es apostar por la estabilidad regional.
                
El fantasma de la recuperación del eje Washington-Teherán, aún con fundamentos y propósitos muy diferentes a los existentes en los años del Sha, provoca auténticas pesadillas tanto en los austeros despachos israelíes como en los suntuosos palacios reales saudíes. De ahí que, desde ambos polos, se estén haciendo esfuerzos intensos para evitarlo. Israel ha apostado por una guerra desmedida en Gaza para reventar la unidad palestina, sin duda, pero también para mantener el 'status quo' regional. Hay motivos para sospechar que Arabia Saudí dejó que desde el reino se ayudara y financiara al ISIS y otros extremistas sunníes, para combatir indirectamente a los regímenes enemigos de Damasco y Bagdad, sin duda, pero también para provocar una amenaza regional que Estados Unidos no puede pasar por alto, obligándolo a una intervención militar que supondría una nueva ruptura con Irán.
                
Quizás no por casualidad, esta aparente doble resolución de la crisis iraquí (en el frente político y en el militar) esté siendo cuestionada por analistas bien conectados con el 'establishment' norteamericano (3) y, por extensión, con Israel. El tono general en estos sectores es claramente favorable a una intervención directa más intensa y comprometida de Estados Unidos (claramente, una 'tercera guerra') para destruir el EI ("más peligroso y potente que Al Qaeda, repiten insistentemente estos analistas)  y consolidar los intereses estratégicos en Oriente Medio (terminar el trabajo que dejaron pendiente los dos Bush y que Clinton no quiso acometer). Tal empeño implica, obviamente, abortar de cuajo la colaboración entre Washington y Teherán y, seguramente, hacer naufragar las negociaciones nucleares.


(1) "Sorpresa" es el término empleado por  GORDON LUBOLD, uno de los editores de FOREIGN POLICY, y coordinador del principal resumen internacional de la revista, en un artículo para la web, el 14 de agosto.

(2) THE INDEPENDENT, 11 de Agosto de 2014

(3) En un comentario de la web MUFTAH, crítica con la perspectiva oriental en Oriente Medio, se hace un buen análisis del desarrollo de la crisis política iraquí. 13 de agosto.

(4) En sú última edición, FOREIGN AFFAIRS, habitual portavoz de ese 'establishment' publica artículos de MICHEL O´HANLON, ROBIN SIMCOX Y REIDAR VISSER que inciden en que la "operación limitada" de Obama no resolverá los dilemas norteamericanos en Irak. Menos explícito, pero igualmente partidario de un esfuerzo militar más resuelto, se muestra el ex-comandante de la OTAN y ex-Consejero de Seguridad Nacional de Obama, el general Jones, en el WALL STREET JOURNAL, del 14 de agosto.

IRAK: PANES Y BOMBAS

11 de Agosto de 2014
                
Obama se fue de vacaciones cumpliendo uno de los rituales de la reciente política exterior norteamericana que más le desagradaba: ordenar ataques aéreos en Irak. Aunque las circunstancias sean muy distintas a las que determinaron las decisiones de sus antecesores (los dos Bush y Clinton), lo cierto es que el actual inquilino de la Casa Blanca se ha resistido a dar luz verde a operaciones militares ofensivas en el atormentado país del Tigris y Éufrates.
                
El presidente norteamericano anticipó cautelosamente la decisión un día antes. No es descabellado pensar que deseaba que el impacto mediático del ataque en si no desplazara el interés de sus motivaciones y, aún más significativo, el propósito de atenerse  a su doctrina de "acción limitada".
                
Los objetivos acotados de los ataques de los F-18 y los drones son dos: primero, detener el avance de las columnas de los yihadistas del Ejército Islámico (EI) hacia Erbil (la capital del Kurdistán iraquí), para poner a salvo al personal militar del consulado norteamericano en esa ciudad; y, segundo, prevenir el genocidio de miles de personas de la minoría yazidí, atrapadas en condiciones deplorables en el Monte Sinjar. De forma complementaria, y para reforzar el segundo objetivo, se han distribuido alimentos y suministros de primera necesidad a esos perseguidos para salvarles de la desnutrición y la deshidratación.  En definitiva: panes y bombas.
                
Las consecuencias han sido fructíferas, de momento, por lo que informa el Pentágono y la Casa Blanca. Los yihadistas han perdido varios vehículos blindados y varios combatientes en número no precisado han sido literalmente destrozados. Los peshmergas o milicianos kurdos han conseguido contraatacar y tomar dos localidades distantes tan sólo media hora de Erbil. Los yazidíes han disfrutado de cierto alivio y parte de ellos han conseguido pasar a Siria o evadir en buena medida el acoso (1).
               
LOS RIESGOS
                
Naturalmente, la decisión de Obama comporta riesgos y, por ello y por otros motivos más interesados, ha acarreado críticas.
                
En primer lugar, por limitada y medida que se quiera presentar y por mucho que se invoquen razones humanitarias o de autoprotección, lo cierto es que los ataques aéreos pueden significar un giro en la guerra iraquí y colocar a Estados Unidos como favorable a uno de los bandos. Los ataques favorecen de forma directa e inmediata a los kurdos, de las tres grandes que componen Irak, la más pro-norteamericana. Ya en 1991 y en 2003, los aviones norteamericanos salvaros a los kurdos del aplastamiento que intentó Saddam Hussein.
                
Algún comentarista norteamericano (2) ha señalado estos días que la intervención beneficia también indirectamente al primer ministro, el chií Nuri Al-Maliki, ya que impide el hundimiento definitivo de su gobierno "en funciones". No está claro. Obama advirtió que el bombardeo de las unidades del EI no sería suficiente para resolver la crisis e insistió en que sólo un gobierno de amplia base nacional podría conseguir ese objetivo.
                
De hecho, los chiíes no han reaccionado con satisfacción. Con cierta amargura, dirigentes chiíes próximos al primer ministro iraquí comentó que los bombardeos llegaban demasiado tarde, y sólo cuando se trataba de proteger a cristianos (objeto de expulsiones y represión de los yihadistas en las últimas semanas) o a otras minorías religiosas. Es decir, no musulmanes. Lo que Maliki y los suyos venían reclamando durante meses es que el Pentágono le proporcionara armas para derrotar a los yihadistas, en ningún caso la acción militar directa de la superpotencia a la que contemplan con una mezcla de recelo e interés.             
                
El giro militar ha coincidido con una fase más aguda de la crisis política interna iraquí. El presidente del país, Fuad Massum, un kurdo, se negó a encargar a Al-Maliki la formación de un nuevo gobierno, al constatar que la mayoría que le otorgó las recientes elecciones no resultaba suficiente para garantizar la estabilidad. Al-Maliki reaccionó como se temía: acusó al Jefe del Estado de "violar la constitución" y anunció que lo denunciaría ante el máximo tribunal del país. Algunas fuentes afirmaron horas después que se habían registrado movimientos de tropas en Bagdad y el refuerzo de la zona de protección, donde se encuentran los edificios oficiales y las embajadas, e incluso que carros de combate habrían cercado el palacio presidencial. Estas informaciones no han sido confirmadas de fuente independiente. En todo caso, el presidente Massum aguantó el pulso y ha encargado la formación del gobierno a otro chií, Haider el Abadi, actual Vicepresidente del Parlamento, que cuenta, en apariencia, con el apoyo de la principal coalición chií, pero no es de los favoritos para reemplazar a Al-Maliki.
                
Está por ver la reacción sunní, de momento no explicitada. Aunque los exponentes de esta minoría que colaboran con el sistema se han distanciado del EI, no puede descartarse que se recuperen alianzas de conveniencia si los chiíes, además de los kurdos, salen directamente beneficiados de los bombardeos norteamericanos.
                
LAS CRÍTICAS
                
Los republicanos y algunos demócratas que se han distanciado de la Casa Blanca (recuérdese: disgustados por lo que consideran falta de decisión del Presidente en Siria) reprochan a Obama que le cueste tanto afirmar el poderío militar norteamericano cuando se trata de influir en procesos que pueden ser de importancia estratégica para el país. La oposición no juega limpio, porque no ha definido una estrategia clara en Irak, pero critica hipócritamente la de su rival demócrata, más como un reflejo de revancha, ya que Obama construyó su ascenso político sobre la lanzadera del rechazo a la intervención de 2003 en Irak. En cuanto a los afines, incluidos medios y 'think-tanks' escarmentados por el fracaso de la década pasada, lo que se reprocha a Obama es que tarde tanto en adoptar decisiones, sin duda desagradables, pero al fin y al cabo inevitables.
                
Todo indica que Obama afrontará los últimos dos años de su mandato sin haberse librado del todo de la pesadilla iraquí. Puede hacer virtud de la necesidad si tiene éxito con su estrategia de acción limitada y consigue contener el avance de los extremistas islámicos. El discurso humanitario tiene cierto respaldo exterior, pero suele desvanecerse a medida que se prolonga, y el propio Presidente ya ha advertido que, una vez iniciada, la intervención no será sólo cuestión de semanas. Serán meses, anticipa los observadores. Lo que permite augurar que el apoyo inicial se irá diluyendo, si el EI se muestra correoso, inteligente y competente, como ha ocurrido hasta ahora, como se desprende de un interesante análisis del Instituto de estudios internacionales DELMA, en Abu Dhabi. (3).
               
(1) ROD NORLAND AND HELEN COOPER. Capitalizing U.S. bombings, Kurds retake iraqui towns. THE NEW YORK TIMES. 10 Agosto 2014.

(2) STEVE SIMON. Obama's Bombshells. The Unintended consequences of airstrikes in Iraq. FOREIGN AFFAIRS, 8 Agosto 2014.


(3) HASSAN HASSAN. ISIS, the jihaists who turned the tables. THE GUARDIAN, 10 Agosto 2014.

DE UN SIGLO A OTRO: ¿OTRA VEZ UN MUNDO SIN CONTROL?

31 de Julio de 2014
                
Ahora que se cumplen cien años del inicio de la I Guerra Mundial y se refrescan hechos, se evocan vivencias, se establecen paralelismos y divergencias  y se afinan análisis de causas y consecuencias, parece percibirse de nuevo que el mundo –dicho así: con cierta simpleza, para no hacer más complicada esta introducción-  se encontrara ‘fuera de control’.

Es decir, que las doctrinas, dinámicas y relaciones de poder que se ha ido generando durante este siglo, en sucesivas crisis, catástrofes ampliadas, dinámicas de control, de equilibrio y de pactos, compromisos y garantías, se hayan descosido y nos encontremos de nuevo ante la sensación de no hay autoridad capaz de impedir, con certeza, un nuevo ciclo de inestabilidad y destrucción.
                
En la literatura, histórica y de ficción, periodística y académica, de divulgación y de investigación, que ha proliferado en los últimos meses al calor del centenario, se abre paso la idea fuerza de que aquella Gran Guerra, coronación de un siglo largo de lucha por la hegemonía (que empezó siendo europea para convertirse finalmente en mundial), no fue inevitable en modo alguno, y que sólo la ceguera, incompetencia, inmadurez, y  rigidez del circulo más reducido de las élites de entonces precipitaron la catástrofe, al no ser capaces de corregir la esclerosis del sistema europeo  y establecer un sistema de garantías.
                
Desde una posición marxista o simplemente crítica de la Historia, la I Guerra Mundial, sin embargo, no es que fuera estrictamente inevitable, pero sí resultó una consecuencia lógica y poderosa de las contradicciones del sistema capitalista en su fase imperialista y los pilotos de los intereses de clases no fueran capaces de gestionar las tensiones de una manera que resultaran menos dramática para las poblaciones.
                
Es bien sabido que la I Guerra Mundial, además de su pavorosa herencia de muerte y destrucción, provocó un vuelco mundial y generó nuevos centros de poder, pero no hizo el mundo más estable. Las torpezas de esas élites dirigentes y el agotamiento cíclico del sistema económico y social dominante alumbró fenómenos odiosos de autoritarismo, revanchismo, falsas redenciones y,  a la postre, una fuerza irresistible de destrucción. Como si los cadáveres esparcidos por los campos sin cultivar se hubieran convertido a la postres en semillas de una destrucción aún más devastadora y cruel, que terminó germinando apenas una generación después en una Segunda Guerra, ‘más mundial’ aún, en sentido de universalidad.
                
Esta segunda experiencia, de una dimensión traumática aún mayor que la primera, no por la mortandad, sino por el grado de crueldad que desató, parecía haber creado la conciencia de que, fueran cuales fueran las contradicciones, conflictos entre naciones o clases, tensiones sociales, raciales, religiosas o ideológicos, el mundo no se podía permitir un tercer ciclo destructor, por la razón determinante, entre otras, de que el acelerado desarrollo tecnológico militar podría conducir al planeta a la extinción.
                
El medio siglo largo que siguió a la segunda gran posguerra ha sido considerado por numerosos líderes e intérpretes de la Historia como un periodo positivo de estabilidad que, pese a sus imperfecciones y limitaciones, de sus grietas y fracasos locales, puntuales y menores o medianos, ha mantenido la paz mundial, entendida como ausencia de una guerra general y descontrolada.
                
La clave de este periodo de ausencia de ‘Gran Guerra’ radicó, en primer lugar, en la confirmación de dos grandes polos de poder (Estados Unidos y la Unión Soviética), como líderes indiscutibles de dos sistemas (el viejo orden capitalista remozado y, supuestamente libre de sus perversiones más destructivas; y el socialista, que pretendía derribar al anterior, pero no mediante una conflagración militar, sino como consecuencia de su capacidad para satisfacer las necesidades de toda la población mundial y cumplir con el devenir histórico).
                
En realidad, las exégesis que estos dos grandes polos de poder hacían de su propia misión histórica no se basaba en un discurso tan positivo. La conjura de otro ciclo de terror se edificó haciendo el riesgo intolerable; es decir definitivo y terminal para la humanidad, mediante el desarrollo de los arsenales nucleares y de la tecnología de uso. La doctrina militar de la ‘destrucción mutua asegurada’ (o, en sus siglas en inglés, MAD: no por casualidad, LOCURA) se afianzó en Occidente como una garantía frente a la amenaza de una nueva guerra. 

En el bando opuesto, la irrenunciable misión de extender el socialismo para abocar a un mundo sin clases se configuró como un rosario de luchas parciales, de agudización de las contradicciones locales o regionales; en definitiva, se renunció a la confrontación frontal y se apostó por la denominada ‘coexistencia pacífica’ de los dos sistemas, hasta que la madurez de los procesos históricos decantara la sustitución del capitalista por el socialista.
                
No hubo ‘Tercera Guerra Mundial’, en efecto, pero si dos procesos bélicos paralelos que disimularon la continuidad de la destrucción. En los centros de poder mundial, fue la llamada ‘Guerra fría’, caracterizada por el ‘equilibrio del terror’ y la manipulación de élites y sistemas locales y regionales de poder. En esa periferia, provista de la vacuna contra la destrucción bélica, se libraron decenas y decenas de conflictos locales y regionales, que aniquilaron millones de vidas, pero no provocaron una gran conflagración a escala universal. La propaganda hizo que estos conflictos fueran codificados como ‘de baja intensidad’, una cínica interpretación de la catástrofe y el sufrimiento, según la cual, se admitiera o no, se establecían distintas categorías de muertos y víctimas.
                
Este sistema mundial hizo crisis cuando el fundamento sobre el que estaba basado: el equilibrio entre los dos grandes polos capaces de provocar la destrucción del rival, se vino abajo. El periodo de transición aceptado por la ‘nomenklatura’ soviética concluyó de modo opuesto a sus previsiones. No porque el capitalista supiera a la postre resolver mejor los problemas universales, sino por la impericia, corrupción y agotamiento de las élites ‘revolucionarias’.           
                
Los más optimistas  -o los menos honestos, intelectualmente hablando- pensaron que el final de la era bipolar conduciría a un mundo más equilibrado, pero no sobre la base de la amenaza del terror, sino de la cooperación internacional, como en 1945. Pero ni hubo ‘final de la Historia’, ni el capitalismo demostró su capacidad de regenerarse para afianzarse como sistema incontestable, ni los viejos enemigos de Occidente supieron encontrar su acomodo en un orden internacional sin tensiones. Y, sobre todo, las ‘guerras calientes’ del último medio siglo empezaron a cobrar una virulencia mayor, al no haberse no ya solucionado sino simplemente mejorado las condiciones que las habían provocado.
                
En ese momento estamos ahora. Desaparecida la Unión Soviética, cuestionada la capacidad de la otra superpotencia, la triunfante, Estados Unidos, de garantizar un orden mundial sin sobresaltos, basado en las garantías de provisión de vidas dignas de ser vividas para el conjunto de la humanidad, se abre paso la percepción de que el mundo empieza a parecerse, salvando las enormes distancias, al que existía hace un siglo: en el sentido de inestabilidad, proliferación de conflictos con potencial reforzado de contagio y ausencia de un poder  moderador con capacidad para poner un freno a los ciclos destructivos.
               
El oportunismo político y una cierta pereza intelectual intentan hacer recaer sobre una supuesta incapacidad de liderazgo mundial del actual presidente norteamericano la responsabilidad de este mundo de nuevo sin control. Es manifiestamente falso. Sin entrar en un análisis más detallado, debido a la extensión que ya ha adquirido este comentario, baste decir que el actual encadenamiento de conflictos locales o regionales ahora registrados o registrables son imputables más bien a esos campos de ‘pensamiento’ o ‘canteras políticas’ que irresponsable y deshonestamente apuntan a la actual Casa Blanca.

No es la falta de liderazgo o el ‘nuevo aislacionismo’ la causa de la inestabilidad internacional, sino la falta de soluciones reales a los conflictos, presentados como locales o regionales o de ‘baja intensidad’, pero que han generado situaciones enquistadas de injusticia y frustración. Ni la herencia del equilibrio del terror de la ‘guerra fría’, ni la propaganda de un sistema económico y social ‘capaz de hacer avanzar el mundo’ han podido detener ese deterioro. La actual crisis económica y social en éste nuestro mundo supuestamente preservado de la amenaza de destrucción apocalíptica está eliminando las percepciones de seguridad. El mundo no es ya un lugar seguro, porque en realidad nunca lo ha sido. Simplemente, ahora se están cayendo las tapaderas de la falsedad.

UCRANIA Y GAZA: EL VALOR DE LOS MUERTOS

24 de Julio de 2014
             
Es un tópico demasiado asumido por dirigentes, informadores y público en general que los muertos en conflictos 'no valen lo mismo' (en términos propagandísticos y emocionales; y, por tanto, políticos), por mucho que todos esos agentes concilien este axioma con el latiguillo ético de que cada vida es única e irrepetible y, por tanto, todas tienen el mismo valor.
                
En este verano sangriento (evocador de otro aún más desgarrador, hace exactamente un siglo), los muertos en conflictos internacionales arrojan un peso muy diferente (en minutos, en contactos, en esfuerzos diplomáticos, humanitarios, en dedicación social). Recapitulemos, sólo para poner a punto las conciencias.
                
UCRANIA: LA BALANZA DE LAS RESPONSABILIDADES
                
El conflicto de Ucrania había quedado fuera de las portadas, a pesar de que en las últimas semanas se habían registrado más muertes, destrucción y sufrimiento que en otros momentos de la crisis (ocupación de Crimea y extensión del dominio de las milicias pro-rusas en el Este del país). La llamada 'fatiga del conflicto' no lo explica todo.
                
El 'interés informativo' da un vuelco cuando un avión malayo de pasajeros, la mayoría europeos, es destruido en vuelo por un misil tierra-aire. El acontecimiento, como es lógico, devuelve la guerra de Ucrania al centro de interés.  Este comportamiento, que es mediático pero también político, responde a mecanismos subterráneos pero ciertos.
                
La razón no estriba simplemente en que esas víctimas últimas fueran 'civiles' (también lo eran los ucranianos muertos en las últimas semanas) sino en que eran 'nuestras', es decir, occidentales y europeas en su mayoría; y, sobre todo, ajenas al conflicto: cabe decir,  inocentes. Como si no fueran inocentes la mayoría de los muertos ucranianos de las semanas anteriores (de cualquier bando), ya que nadie había contado con ellos sobre la conveniencia de acudir a las armas.
                
A medida que parece confirmarse la autoría de los 'pro-rusos', los prejuicios alimentados por la propaganda aconsejan resaltar la terrible realidad: que esas milicias no respetan nada y a nadie para lograr sus objetivos. Curiosamente, nadie reparó en lo que al final la inteligencia norteamericana ha resaltado: que la destrucción del avión malayo obedeció muy probablemente a un trágico e irreparable error, por la sencilla razón que esas muertes pesaran políticamente sobre las milicias pro-rusas. Las guerras yugoslavas nos habían ofrecido ejemplos similares de la manipulación de las víctimas en los años noventa.
                
Obviamente,  la barbaridad cometida no tiene disculpa ni justificación. Pero la reacción de los líderes de uno y otro 'bando' reflejan esa concepción oscura pero real del distinto valor de los muertos. Occidente anuncia más sanciones a Rusia. ¿Hubiera sancionado a Ucrania, si la acción hubiera partido del gobierno de Kiev? Putin responsabiliza a Ucrania por haber prolongado la guerra; es decir, por intentar recuperar el control de ese sector del país en disputa, lo que en absoluto obligaba a derribar un avión sin antes verificar su identidad. La propaganda se superpone y emborrona la naturaleza misma del conflicto.
          
GAZA: CULTURA Y PROPAGANDA
                
Tomemos ahora el ejemplo de Gaza. Los dirigentes de las potencias asisten con cierta pasividad al inicio de esta fase de la conflagración (bombardeo masivo israelí de la franja, en respuesta al lanzamiento de cohetes palestinos contra el sur de Israel, la casi totalidad de los cuales resultan interceptados por la defensa antiaérea).  En los medios, se asume esta última guerra de Gaza como un 'déjà vu'. Lo es, sin duda, aunque el momento, las circunstancias, los motivos de los actores principales y el comportamiento de los secundarios hayan modificado sustancialmente este guión y la 'película' se convierta en algo distinto de un 'remake'.
                
Los días pasan. El contador de los muertos palestinos se asemeja al de un surtidor de gasolina y el de los israelíes al gota a gota de su autóctono sistema de riego. Los líderes de Hamas enseñan sus muertos, las organizaciones humanitarias los replican, los medios elaboran cuadros atractivos para sus audiencias y la opinión pública se pregunta cuántos serán necesarios para parar la guerra. Es el comportamiento habitual en este conflicto desigual y tramposo, en el que la hipocresía es la regla general.
                
El primer muerto debería importar tanto como el setecientos, pero no es así, obviamente. Como si hubiera un umbral a partir del cual fuera exigible intentar 'hacer algo'. Lo que sea, mientras quede claro que se ha intentado. El 'turning point' (momento del giro) es el comienzo de la operación terrestre israelí. ¿Es un factor que puede elevar la cifra de víctimas? Sólo en el caso israelí, ya que sus víctimas, hasta entonces, eran cifradas con un sólo digito.
                
Se confirma la expectativa. La ofensiva israelí para acabar con la 'guerra de los topos'; es decir, cegar los túneles que las milicias palestinas emplean para sembrar muerte en  los hogares israelíes fronterizos. Los muertos israelíes superan la barrera del doble dígito en un solo día (el pasado domingo).  Se activa la distinta percepción de los muertos. En todos los bandos, incluido los supuestamente 'neutrales'.
                
La comunidad internacional intensifica unas gestiones hasta entonces al ralentí, es decir, limitadas a una propuesta de alto el fuego egipcia condenada al fracaso por la falta de credibilidad del proponente (el nuevo 'hombre fuerte' de El Cairo, hostilmente posicionado frente a Hamas).  Las escenas de dolor de familiares, amigos y compañeros de los soldados israelíes caídos comparten cabecera con la destrucción de Gaza y una condición más anónima o menos personalizada de los muertos palestinos. Salvo los niños, claro está, cuyo valor (en el sentido antes señalado) es siempre mayor.
                
Pero hay otro elemento que puede tener un impacto decisivo. Ya circulan declaraciones que conceden a Hamas una victoria psicológica por haber sido capaz de matar israelíes y no sólo 'aterrorizarlos' con cohetes. Que hayan muerto más de treinta israelíes (casi todos soldados) parece pesar más estos días para los líderes de Hamas que 'sus' setecientas victimas. Esto abona un conocido argumento propagandístico israelí: que ellos valoran más la vida que los palestinos (o los árabes, en general). Un muerto para los israelíes es ya una tragedia, dicen. El argumento israelí sigue así: a los dirigentes palestinos no les importa tanto su gente; en caso contrario, no dispararían sus cohetes desde colegios, hospitales, mezquitas o densos núcleos de población, sabiendo que exponen a la población a la inevitable y contundente réplica enemiga.
                
Es más, no ya muertos: un prisionero adquiere grado de conmoción nacional. Que tiene continuidad a la hora de gestionar la cautividad: en los intercambios, un prisionero israelí suele canjearse por decenas de palestinos. Una vez más, el distinto valor de los número  (1) .
                
En esta lógica, algo hay de cierto y mucho de falso. Cada familia palestina siente sus muertos como la mayor tragedia imaginable. Los dirigentes, ciertamente, han elevado el umbral de lo insoportable, pero no por falta de solidez de sus convicciones morales, sino por la disponibilidad y capacidad de sus recursos militares. En todo caso, caer en la tentación de presentar como un 'éxito' esta guerra por el número de víctimas infligido al 'enemigo sionista' es inaceptable.
                
A la postre, se impone una cierta levedad de los muertos. No serán ellos, por valiosos que resulten para la narrativa inmediata de unos y otros, los que decidirán la duración de conflicto y sus consecuencias. Dentro de poco, se olvidarán los muertos, todos ellos, y se impondrán la relación de fuerzas y la calibración de intereses.


(1) Para comprender algo mejor la narrativa del conflicto israelí, resulta muy estimula la lectura del libro "La lluvia amarilla", del novelista israelí, DAVID GROSSMAN, una inteligente voz crítica en su país, cada vez más capturado por una propaganda de Estado que justifica todas las perversiones de la ocupación. 
               
               


GAZA, CAMPO DE EXTERMINIO POR ANALOGÍA.

17 de Julio de 2014
                
Gaza es, ya desde hace tiempo, lo más parecido a un campo de exterminio de estos tiempos. El término no es provocador ni antisemita: el millón y medio largo de sus residentes en un territorio rectangular irregular de 40 a 50 kilómetros de largo por 11 de  ancho (aprox.) es objeto de bloqueo continuo, asfixia permanente y bombardeo periódico y sistemático. Es una gigantesca cárcel de la que no se puede salir y a la que no se puede acceder libremente. Casi un campo de concentración que diezma sistemática y cruelmente a sus residentes, que mina la credibilidad de sus líderes y destruye la estatura moral de sus carceleros asediadores.
                
Esta última crisis responde, inicialmente, a un crudo impulso de revancha, de venganza, de linchamiento. El vil secuestro y asesinato de tres estudiantes judíos de una escuela religiosa de Hebrón, en el otro sector de la Palestina ocupada/colonizada, por supuestos activistas de Hamas, provocó una reacción colérica en Israel, en dos niveles. El privado, repugnante, protagonizado por extremistas judíos, que secuestraron a un joven palestino y lo quemaron vivo, en una escalofriante versión despiadada del sacrificio ritual. El oficial, delirante aplicación de la ley del Talión, consistente en una redada de militantes islamistas y la demolición de las casas de los sospechosos.
                
A continuación, se activó el enfermizo ciclo de la acción-reacción que inutiliza cualquier tentativa racional de contener el conflicto. Hamas respondió a la dinámica represiva lanzando cohetes casi inanes sobre el sur de Israel. A su vez, el Estado israelí, irreconocible hace tiempo en sus orígenes democráticos, replica con un bombardeo de Gaza, masivo, desproporcionado, preciso o ciego según conveniencia, que acaba con líderes enemigos, pero también con sus familias o con civiles de toda edad y condición.
               
LAS LACRAS DE LA TRAGEDIA

Como en operaciones similares anteriores ('Lluvias de verano', 2006; 'Plomo endurecido', 2007; 'Pilar de defensa', 2012; ésta última, 'Margen protector', 2014), la causa inicial de la crisis queda enseguida desbordada por las lacras permanentes, cuya victima principal y casi única es una población atrapada, prácticamente indefensa y cada ya casi totalmente desesperanzada. Esas lacras son las siguientes:
                
- la violación sistemática de los acuerdos de paz de Oslo (1993).
                
- la deriva extremista, más o menos controlada, del gobierno de Israel.
                
- la inconsistencia y contradicciones del liderazgo palestino en Gaza.
               
- la parálisis de la comunidad árabe, agravada ahora por un conflicto sectario reavivado
               
- la indiferencia (por no decir hipocresía) de las principales potencias internacionales.
                
Después de dos décadas, el proceso de paz israelo-palestino está en ruinas. Apenas si ha quedado una carcasa institucional, burocrática, que sólo legitima formalmente  a las élites dirigentes, pero no ofrece soluciones a la población palestina y deja sin tranquilidad a la israelí. En Gaza se conculcan con especial saña los principios recogidos en el Tratado de paz negociado en Oslo y suscrito en septiembre de 1993 en Washington (1). La población está ‘presa’. A muchos agricultores no se les permite siquiera acceder a lugares donde tienen sus huertas y plantaciones. No pueden viajar al otro territorio palestino (Cisjordania) para procurarse un sustento. Siete de cada diez palestinos viven de la ayuda internacional. Gran parte del resto no está mucho mejor, ya que son funcionarios y empleados (más de 40.000) que llevan meses sin cobrar el salario.
                
Israel exagera notablemente el 'peligro terrorista' de Gaza para justificar una dinámica represiva innecesaria, alocada e incluso perjudicial para sus intereses a corto plazo. Esta conducta puede explicarse por dos motivos: el peso creciente del extremismo, cívico y religioso en las élites políticas y militares (2) y la ansiedad ante la evolución del contexto regional, debido al descontrol de los procesos revolucionarios y desestabilizadores en la vecindad árabe, las negociaciones entre Occidente e Irán sobre el dossier nuclear y la falta de entendimiento en éste y otros asuntos con la actual administración norteamericana.
                
Hamas se encuentra también atrapada en una contradicción insalvable: garantizar su continuidad como fuerza política, social e ideológica influyente entre la población palestina y no renegar de sus orígenes resistentes y enemigos acérrimos e irreconciliables del ocupante. El contexto regional les ha debilitado: el nuevo régimen egipcio (militar, pese a las apariencias), la ruptura con el régimen sirio por las fracturas sectarias en la zona,  y el acercamiento entre Irán (su principal protector y suministrador de armamento) y Estados Unidos colocan a Hamas entre la espada israelí y la pared ruinosa de un territorio donde han sido, hasta hace poco, dueños y señores, pese a los asedios (3). 

La reconciliación con la OLP, asentada en abril de este año, obliga a Hamas  a entregar el gobierno a un equipo de técnicos, exentos de nervio ideológico, capaz de enderezar la administración, en Gaza y en Cisjordania, y garantía de la continuidad del apoyo financiero internacional. Pero Hamas no ha sido coherente con los acordado, la aplicación de los acuerdos de reconciliación se han retrasado y la presión de las facciones ‘jihadistas’ contrarias a una evolución 'pacífica' de la resistencia palestina han terminado por hacer estallar las costuras de la formación (4). 
                
De la comunidad árabe, poco puede decirse, salvo que, atrapada en la insolvencia de sus élites dirigentes, la incompetencia de sus aparatos estatales, los viejos y nuevos desgarros internos (eclosión ahora de las amenazas sectarias), ni siquiera se muestran capaces sus dirigentes de hacer oír su voz a tiempo. Egipto, promotor de una tregua condenada de antemano al fracaso, no está en condiciones de influir notablemente en el control de la contienda, debido, entre otras cosas, a falta de credibilidad del flamante régimen.
                
Finalmente, las potencias internacionales se limitan a llamamientos bien intencionados pero ineficaces. La diplomacia norteamericana, tras el enésimo fracaso de las negociaciones de paz, está absorbida estas últimas semanas en evitar el desfondamiento de Irak; en ‘cocinar’ una 'solución' institucional en Afganistán a la amenaza de 'guerra dentro de la guerra' o conflicto interno en el bando que protege, arma y financia, frente a la interminable amenaza talibán; o en forjar un acuerdo que impida a Irán dotarse de armamento nuclear, que sea eficaz y creíble para todas las partes afectadas. Europa sostiene el aparato palestino y financia la ayuda humanitaria, manteniendo a duras penas a la población. El resto son actuaciones de trámite, palabras compungidas y, a la postre, una resignación palmaria.

(1)    BENJAMIN BARTHE. “Le compte à rebours avant la prochaine confrontation israélo-palestienne a déjà commence”. LE MONDE, 15 de Julio de 2014.

(2)    BARAK MENDELSOHN.”The Near Enemy. Why the Real Threat to Israel Isn`t in Gaza”. FOREIGN AFFAIRS, 14 DE Julio de 2014.

(3)    “Le Hamas ne cédera pas face à Israël”. Entretien avec JEAN-FRANÇOIS LEGRAIN, investigador del Institute de recherches et d’études sur le monde árabe et musulman, en LE MONDE, 9 de Julio de 2014.

(4)    INTERNATIONAL CRISIS GROUP. “Gaza e Israel: New Obstacles, New Solutions”. Middle East Briefing, nº 39, 14 de Julio de 2014.