EL FANTASMA DE TONKIN

19 de junio de 2019
                
Estados Unidos vuelve a estar en el ojo de un huracán innecesario en Oriente Medio, en esta ocasión en el Golfo Pérsico, epicentro del tráfico internacional de petróleo y otros derivados, aún esenciales para el funcionamiento de la economía mundial.
                
Es una crisis anunciada desde hace meses, provocada de forma caprichosa y del todo evitable. Aún hay margen para la cordura, pero cuando al mando hay un líder errático y vanidoso (Donald Trump), un consejero fanático (el inefable Bolton, superviviente neocon reciclado en esta administración irreal), un congresista con esteroides pero sin dotes significativas para la diplomacia (Mike Pompeo) y además el Jefe interino del Pentágono deja su puesto en plena crisis, el panorama no resulta halagüeño.
                
Lo que puede librar al mundo de una conflagración de incalculables consecuencias es, paradójicamente, el instinto del propio Trump, contrario a embarcarse en este tipo de aventuras bélicas que tanto han dañado el prestigio de Estados Unidos. Por una vez, el presidente puede ser parte del problema y de la solución a la vez.
                
LA INSENSATA DESTRUCCIÓN DEL ACUERDO NUCLEAR
                
La secuencia de la crisis es de sobra conocida. Trump abandonó, sin motivos, el acuerdo nuclear con Irán, impulsado por dos elementos de dudosa solvencia: demoler el legado de Obama y avenirse a la agenda israelí. Europa protestó y el resto de signatarios hicieron lo propio. La agencia de energía atómica de la ONU certificó que Irán estaba honrando el acuerdo. Sólo los reinos petroleros del Golfo respaldaron la iniciativa rupturista. Pese al consejo contrario de los generales que dieron empaque a su primera etapa de gobierno, Trump se mantuvo en sus trece, porque “América es lo primero”. Y tal vez lo único.
                 
Los ayatollahs pusieron el grito en el cielo y amenazaron con recuperar el programa nuclear en su integridad, pero durante meses se mantuvieron a raya. Las potencias europeas han intentado que Washington rectificara, al tiempo que diseñaban un sistema de intercambio que eludiera las sanciones a terceros, para salvaguardar los intereses de las empresas que tienen proyectos actuales o en gestación con la República Islámica (1).
                
La Casa Blanca se ha movido como un elefante en una cacharrería. Se reimpusieron  sanciones que se habían levantado y se ha acosado a Irán para que ceda, para que renegocie el acuerdo, renuncie a programas militares (misiles) y desarme o disuelva a los subrogados que supuestamente alimenta en toda la zona para que le hagan el trabajo sucio y sordo contra sus rivales regionales (en Líbano, Yemen, Irak, Siria y hasta en el interior de los reinos petroleros).
                
Pero Irán no es una república bananera ni un Estado producto de la manipulación colonial. Es una teocracia. Terrible, sin duda. Pero no más ni menos que Arabia Saudí, amiga de Occidente, que no duda en vulnerar las más elementales reglas de conducta decente. Irán atesora una cultura milenaria, que ha conocido guerras, invasiones y desafíos de enorme envergadura. Es una potencia militar, económica, política y religiosa. Es el segundo exportador mundial de crudo (hasta que EE.UU. lo ha querido) y el faro de la rama más militante del Islam.   
                
Cuando el sector duro del régimen iraní se percató de que no había nada que hacer con esta administración norteamericana, elevó el tono. Los moderados, liderados por el Presidente Rohani y el jefe de la diplomacia, Javad Zarif, no pudieron aguantar la presión y se unieron al discurso de la dignidad nacional. Mandaron señales a Europa para que pusiera en practica mecanismos que, en la práctica, mantuvieran a flote el acuerdo.
                
Ante la falta de resultados tangibles, Irán amenaza ahora con responder de manera más contundente, es decir, abandonando las limitaciones de su programa nuclear. Advierte que en apenas una semana podría superar los 300 kgs. de uranio enriquecido que le imponía el pacto nuclear (2). Pero los ayatollahs, enfrascados en sempiternas riñas, luchas de poder y visiones muy distintas del destino de la revolución, dejan la puerta abierta a una solución pacífica. El presidente Rohani suaviza la retórica guerrera del líder supremo, Jamenei (3).
                
Europa se ha vuelto a partir por el Canal de la Mancha, como de costumbre. La Gran Bretaña del Brexit (como la de Blair) mira de nuevo más al otro lado del Atlántico que al continente y avala, sin entusiasmo, la estrategia rupturista norteamericana. En medio de una surreal crisis de liderazgo, el Reino Unido se agarra más que nunca a la relación más especial que nunca con el primo atlántico, con la vista puesto en un futuro desanclado de la UE.
                
Trump vacila, como señala agudamente el corresponsal de seguridad nacional del NEW YORK TIMES, David Sanger (4). No es un secreto. El presidente hotelero quiere relegar a Irán a la condición de palomero de Oriente Medio, pero sin disparar un solo tiro. Después de haber ridiculizado a Georges W. Bush y a su equipo de neocon partidarios de cambios de régimen a la hechura de los intereses norteamericanos, ahora compra su retórica pero no su visión. Con su manual de negociador duro pretende doblegar a Irán sin enfangarse en una aventura bélica que podría arruinar su presidencia, su prestigio y, lo que más le importa, su vanidad.
                
MINAS SOSPECHOSAS
                
Los ataques con minas sufridos por petroleros hace mes y medio y estos últimos días se presentan como la “pistola humeante” de la agresividad del régimen iraní, al que se presenta frustrado por el efecto devastador de las sanciones y entregado a una venganza desesperada contra el tráfico mundial de crudo (5). Europa ha pedido pruebas de la autoría iraní, pero Washington administra con cuenta gotas la información. Se teme que estemos de nuevo ante otra farsa como la de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein para justificar la destrucción criminal de Irak.
                
Otra comparación histórica resultaría más sugerente: Tonkin. Los falsos ataques de Vietnam del Norte contra barcos norteamericanos fondeados en la base naval enclavada en el golfo vietnamita fue el detonante de la intervención armada más calamitosa en la historia de Estados Unidos (ahora disputada por Afganistán, basada si no en la falsedad, al menos en la exageración y la manipulación).
                
Trump manda mil soldados más (se dice que para proteger a los que ya vigilan la zona), moviliza portaaviones e intenta meter miedo a los dirigentes iraníes, mientras que sus fieles construyen la narrativa que legitime algo que, en el fondo, le repele, porque intuye que es demasiado arriesgado para salir bien. Pero no está claro que los ayatollahs capitulen tan fácilmente. Una guerra en un enclave tan delicado puede provocar un marasmo en toda la economía mundial, justo cuando arranca la precampaña de las presidenciales de 2020.
                
Esas minas plagadas de sospecha pueden desencadenar armas de destrucción masiva. Se lee estos días cómo sería un conflicto bélico, que desbordaría el estrecho de Ormuz, el mar de Omán o el Golfo Pérsico, para replicarse en numerosos puntos calientes de Oriente Medio y en cualquier lugar donde puedan ser identificados objetivos norteamericanos (6). Las represalias iraníes pondrían a Washington  en un dilema permanente sobre el alcance de la escalada. Pero Estados Unidos no se puede plantear en serio una destrucción de Irán sin que el mundo se estremezca de Norte a Sur y de Este a Oeste. Es una locura demasiado grande.        

NOTAS

(1) “Europe tests the boundaries on Iran”. NAYSAN RAFATI y ALI VAEZ. FOREIGN AFFAIRS, 4 de febrero.

(2) “Iran to surpass uranium stockpile limits on days”. AL JAZEERA, 17 de junio.

(3) “Iran will not wage war against any nation, says Hassan Rouhani”. THE GUARDIAN, 18 de junio.

(4) “Trump careens toward a confrontation with Iran”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 17 de junio.

(5) “Iran seems prepared for major -but measured- escalation in the Gulf. FARZIM NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 14 de junio; “Iran is wining, but US has options, in Gulf crisis”. SIMON HENDERSON. THE HILL, 17 de junio.

(6) “What a war with Iran would look like”. ILAN GOLDENBERG

TRUMP Y EL MITO DEL NEGOCIADOR DURO


12 de junio de 2019
                
A Donald Trump le gusta llevar las cosas al límite. Lo hace por instinto y por una falta muy aguda de sentido de responsabilidad. Presume de los éxitos que obtiene actuando de esa manera, pero se calla los tremendos fracasos. O más bien los niega. O los sepulta bajo un aluvión de tweets encabezados con la divisa fake news.
                
EL DUDOSO TRATO DE LA FRONTERA SUR
                
El último acto de esta conducta ha sido el acuerdo híbrido comercial-migratorio, rehén el primero del segundo. A falta de muro, militarización de la frontera del vecino. México no pagará el muro de sus ilusiones, pero gastará recursos que necesita para estabilizar la economía y reducir la brecha social en construir una inútil y ominosa barrera contra la pobreza y el hambre. Detraerá fondos que estaban asignados a fines mejores en desplegar, mantener, equipar y hacer funcionar a una novicia Guardia Nacional para frenar el flujo de personas que escapan de la desesperación centroamericana.
                
Trump cree haber doblado el brazo del izquierdista López Obrador al embarcarlo en su cruzada antimigratoria como única manera de evitar una subida de aranceles e impuestos a las exportaciones a Estados Unidos. El nuevo presidente mexicano no ha querido echar un pulso a su potente vecino al otro lado de Río Grande. Ha preferido avenirse a una solución que, por boca de su canciller y en su día sucesor en la alcaldía de la megápolis mexicana, Marcelo Ebrad, “preserva por completo” la dignidad del país. No ha habido acuerdos secretos, aseguró el ministro de exteriores, ante un clima general de sospecha (1).
                
De momento, la retórica sustituye a la sustancia y la aparatosidad del despliegue militar a la suma de acciones parciales de control de los últimos meses. Más de doscientos mil guatemaltecos llegaron a la frontera de México con Estados Unidos en los últimos ocho meses, A los que hay que sumar los procedentes del resto de países centroamericanos.
                
Trump necesitaba ya un resultado vendible con que tapar el fracaso de su órdago migratorio. Alentado por el relativo desconcierto que su apuesta frente a China había originado, el presidente hotelero ha vuelto a recurrir a la táctica de la amenaza, del tough dealing, del trato logrado a base de negociar a cara de perro.
                
Algunos analistas temen muy mucho que los compromisos de control migratorio que las autoridades mexicanas han contraído se queden muy pronto en papel mojado. Los propios asesores de Trump lo saben y por eso (Pompeo dixit) han advertido que harán un seguimiento muy exhaustivo y minucioso del cumplimiento del acuerdo. La vigilancia de la frontera con Guatemala, alrededor de mil kilómetros, es especialmente compleja por su configuración geográfica (extensa, montañosa, selvática, sumamente porosa), y más para una fuerza de reciente creación y en absoluto especializada en esos cometidos (2).
                
Además, organizaciones cívicas y de defensa de los derechos humanos temen esta nueva versión blanda de militarización de un fenómeno que no es de seguridad sino social. La guerra sucia contra las bandas narcos dejó miles de muertos y el problema sin resolver. Peor: creó otros más graves y perniciosos.
                
Demasiado complejo el asunto para explicárselo al impaciente inquilino de la Casa Blanca, que siguió desde Europa el tramo decisivo de las negociaciones. Pocas cosas lo  disgustan más que la sutil diplomacia europea, que hace cabriolas para ignorarlo sin provocar una de sus habituales rondas de destemplanza.
                
LA ESPINA CHINA, PALABRAS MAYORES
                
Trump cree haberse cobrado un triunfo en la frontera sur, o esa es su ilusión, y ahora tiene que afrontar la espina china, que es mucho más aguda y profunda. Los dirigentes chinos no son tan impresionables o influenciables. El supremo líder exhibía en San Petersburgo una puesta en escena muy conveniente con el ruso Putin, para demostrar que Pekín sabe cultivar aliados, incluso aquellos a los que Trump guarda un imposible apego. ¿Cuánto hay de solvente en ese eje aparente Moscú-Pekín? (3).
                
Aparte de cartas diplomáticas, Pekín ha desplegado también su capacidad de recurrir al tough dealing. La Comisión que tutela el uso de los recursos nacionales aseguró hace unos días que impondrá limites a la venta externa de materiales minerales raros. Pekín ya restringió este comercio con Japón en 2010 y advierte ahora con hacerlo de nuevo, ahora con Estados Unidos. China posee el 70% de estas materias primas exclusivísimas, imprescindibles para la fabricación de productos tecnológicos de primer orden como smartphones, turbinas eólicas, coches eléctricos y aviones militares. La industria puntera norteamericana adquiere el 80% de estos materiales del mercado chino. No obstante, algunos especialistas creen que este tipo de represalia puede convertirse en un boomerang para Pekín (4).
                El problema del pulso comercial que Trump pretende entablar -y ganar- con China es, precisamente, que tiene poco de comercial, o de económico, y mucho de estratégico. Por muy criticables que sean las prácticas comerciales chinas, lo que se ventila en este desafío es la contención de China como superpotencia del siglo XXI. Así lo señala con agudeza el historiador Stephen Wertheim, que se pregunta “si no es demasiado tarde para detener una nueva guerra fría”, en este caso contra China (5). Los adultos de la presente administración norteamericana están diseñando una moderna política de containment (contención) para frenar al viejo Imperio del Medio, a semejanza de la que diseñó Georges Kennan a finales de los cuarenta, desde su puesto diplomático adelantado en Moscú, para contener a la Unión Soviética.
                
La situación es bien distinta, por supuesto. La China de hoy no pretende darle la vuelta al mundo, ni siquiera dominarlo (no podría hacerlo, pese a consideraciones poco fundadas). Pretende que se le reconozca su papel protagonista y su capacidad para sentarse en la mesa de los que deciden sobre el destino del globo sin condiciones ni cortapisas. Xi Jinping no desafía a Occidente ni al orden mundial vigentes: quiere formar parte activa de él, eso si cambiando lo que haya que cambiar para asegurar los intereses de su país.
                
A finales de este mes, los presidentes norteamericano y chino tienen previsto verse en Japón en uno de esos encuentros bilaterales que tanto gustan a Trump para dar rienda suelta a su vanidad. Antes, los equipos negociadores, que trabajan en un opuesto clima de discreción, tratarán de aportar un borrador de solución razonable.
                
Los aliados asiáticos y europeos de Estados Unidos presionan para evitar que las cosas lleguen a mayores, porque a casi nadie (a nadie, en realidad) interesa que el conflicto se escape de las manos. Pero con Trump nunca puede saberse qué puede ocurrir por su peculiar sentido de la realidad. La tentación de oficiar como big dealer es demasiado fuerte para él.
               
               

NOTAS

(1) THE NEW YORK TIMES, 10 de junio.

(2) THE WASHINGTON POST, 10 de junio.

(3) “Putin and Xi cement an alliance for the 21st century”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 6 de junio; “Are Russia and China really forming an alliance? The evidence is less than impressive”. LEON AARON. FOREIGN AFFAIRS, 4 de abril.

(4) “What exactly is the story with China’s rare earths”. PAUL HAENLE Y SCOTT KENNEDY. CHINE FILE (reproducido en el boletín semanal del CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 6 de junio).

(5) “Is it too late to stop a new cold war with China”. STEPHEN WERTHEIM. THE NEW YORK TIMES, 8 de junio.

CHINA: LA FATIGA DEL DRAGÓN


5 de junio de 2019
          
En el trigésimo aniversario de la matanza de Tiananmen, China se encuentra de nuevo, como entonces, en una encrucijada. En 1989 se trataba de saber si la apertura económica impulsada una década antes por el menudo pero correoso Deng Xiao Ping iba a arrastrar una cierta democratización del país. Los tanques despejaron la cuestión con contundencia. Ahora, 30 años después, el régimen parece haber cerrado un ciclo de fortalecimiento económico y asertividad internacional sin que el Partido Comunista haya cedido un ápice en su designio de control social y político.

Todos los medios occidentales y publicaciones especializadas dedican estos días numerosos reportajes y artículos a los acontecimientos de junio de 1989 y a los factores sociales y políticos que condujeron a la masacre (1). En realidad, permanecen muchas zonas de sombra, y la menor no es el número de muertos.

En Tiananmen quedó definitivamente descartada la deriva rusa que concluyó en la liquidación del régimen soviético dos años y medio después. China dejó bien claro al mundo que la adopción de un comunismo de mercado no llevaría aparejada la construcción de un sistema político liberal. Desde entonces los órganos de poder no han dado indicio alguno de que esa línea de conducta pudiera ser revisada.

Los mandarines de la nueva China han imprimido ciertas correcciones de rumbo, pero todas ellas en el plano económico, financiero y social, modificando prioridades, subsanando errores o incluso justificándolos.  El único cambio político de consideración desde 1989 ha sido el clásico del régimen comunista chino: la purga de elementos considerados nocivos o perjudiciales para los logros pretendidos. 

En los años sesenta del pasado siglo se eliminó a los dirigentes considerados poco revolucionarios, a raíz de la llamada Revolución Cultural. En la segunda mitad de los setenta, tras la muerte de Mao, cayeron los radicales maoístas, liderados por “banda de los cuatro”. A finales de los ochenta, les tocó el turno a los modernistas, partidarios de llevar la apertura al campo político, seguidores de Deng pero mucho más aventureros que su maestro (Hu Yao bang o Zhao Zi Yang, entre otros).  Y, desde los años noventa a la actualidad, las principales víctimas políticas han sido los “corruptos”, es decir las manzanas podridas del sistema, o presentadas como tales para justificar su liquidación.

UN LIDERAZGO DE HIERRO…

Con la llegada al poder de Xi Jinping, la habitual prudencia china del consenso y las decisiones colegiadas que caracterizaron los mandatos de Jiang Zemin y Hu Jintao dieron paso a un estilo más autoritario o personalista, más asertivo, menos cauteloso.
El actual líder chino ha concentrado en sí prácticamente todo el poder. Es él la voz superior en el partido, en las Fuerzas Armadas y en el Estado. Ya no puede hablarse de  un primus inter pares, sino un líder indiscutible. Xi pretende situarse en la historia al nivel de Mao y Deng, al reconocérsele la autoría de un Pensamiento o doctrina. Ha adquirido la categoría de guía de la nación.

El proyecto de Xi se organiza en torno a tres grandes ejes:

1) Una mayor vigilancia del sector privado en la economía (en el 70% de las empresas existen comités del partido para asegurar el cumplimiento de los intereses del Estado;

2) Una política exterior de exhibición de fuerza: militarización del Mar del sur de China, presión endurecida sobre Taiwan, creciente control sobre Hong Kong, la iniciativa conocida como moderna ruta de la seda (Belt and Road, según codificación internacional) para favorecer la penetración económica y política en todo el mundo en desarrollo… y desarrollado, también, acercamiento táctico pero cauteloso a Rusia (2).

3) El control reforzado de todos los niveles de la estructura política del régimen mediante la manipulación conveniente de la dinámica represiva contra la corrupción (más de un millón de purgados sólo en los últimos dos años).

En 30 años China ha conseguido el sueño de Deng: convertir al país en una gran potencia económica. Sin embargo, aún está por conseguir su principal designio: que los chinos disfruten de una prosperidad similar a la de las clases medias occidentales (según los parámetros de los años setenta, no lo actuales).

… PERO CON GRIETAS VISIBLES

El desarrollo chino lleva años dando señales de fatiga, de agotamiento. La acumulación lograda en tres décadas le ha permitido extender sus tentáculos por todo el mundo en desarrollo y en amplias zonas de Occidente, hasta alcanzar la percepción de amenaza, por sus prácticas de manipulación monetaria y de ventajismo comercial.

Trump se ha propuesto frenar la arrogante ascensión china. Pero lo ha hecho de la peor manera posible, después de molestar a sus aliados asiáticos y proyectar una imagen de arrogancia e incomprensión de otros intereses legítimos. La actual dinámica de confrontación comercial puede, sin duda, hacer daño a la economía china, pero también a la norteamericana y perjudicar al crecimiento global (3).

Una de las especialistas occidentales en China, Elisabeth C. Economy, ha escrito recientemente un ensayo sobre lo que ella denomina “problemas del modelo Xi” (4).

El catálogo de problemas es amplio y los males que describe resultan de complicada solución. A saber: estancamiento de la economía, persistencia del bajo índice de natalidad pese al abandono de la política de un solo hijo, tensiones sociales crecientes en fábricas y aparatos administrativos, retracción de la inversión privada, relajación en los controles ambientales, falta de confianza en el exterior sobre la solidez de las empresas chinas por la sospecha de que actual como caballo de Troya (el caso de Huawei es sólo el más notorio de una larga lista), el empeoramiento de la imagen internacional de China por el endurecimiento de la represión (de disidentes o en regiones enteras como Xijiang, contra la minoría uigur, de confesión musulmana).
            
Naturalmente, el diagnóstico de Economy y de otros investigadores (5) reflejan una visión occidental convencional. Otros plantean perspectivas distintas, que encajan la conducta china bajo el mecanismo defensivo y cuestionan el mito de la amenaza china (6). Sea como fuera, el país afronta desafíos enormes e incluso apremiantes.

El aniversario de Tiananmen ha atraído más interés externo que interno. A los chinos les preocupa más su prosperidad actual -y futura- que las libertades, por incómoda que pueda resultar esta afirmación. La vía de confrontación que el presidente hotelero ha abierto, lejos de debilitar al régimen, puede proporcionarle una oportunidad de cohesión nacional, de protección frente a lo que allí se percibe como un intento desesperado del mundo occidental de frenar el ascenso de China a la condición superpotencia del siglo XXI. El fatigado gran dragón asiático puede encontrar el aliento que le empezaba a faltar, pero sus achaques son inquietantes.


NOTAS

(1) Destacamos algunos de los trabajos más interesantes:
-       “The new Tiananmen papers”. ANDREW J. NATHAN. FOREIGN AFFAIRS, 30 de mayo;

-       “China tried to erase the crackdown from memory. But its legacy lives on”. THE WASHINGTON POST, 2 de junio.
-       “30 years after Tiananmen Square. A personal recollection”. JEFFREY A. BADER. BROOKINGS INSTITUTION, 29 de mayo;

-       “30 years after Tiananmen Square. A look back to Congress’s forceful response”. RICHARD C. BUSH. BROOKINGS INSTITUTION, 29 de mayo.

(2) “A Russian-China partnership is a threat to U.S. interests”. ANDREA KENDALL-TAYLOR Y DAVID SULLMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de mayo.

(3) La publicación FOREIGN AFFAIRS ofreció el 31 de octubre del año pasado una selección bibliográfica sobre las relaciones pasadas y presentes entre Estados Unidos y China, las dos grandes potencias del siglo XXI, y las prospectivas de futuro. https://www.foreignaffairs.com/lists/how-to-understand-the-united-states-and-china

(4) “The problems with Xi’s China Model. Why its successes are becoming liabilities”. ELISABETH C. ECONOMY. FOREIGN AFFAIRS, 6 de marzo.

(5) “Chine veut modifier l’ordre Mondial à son avantage”. Entrevistas con JEAN-PIERRE CABESTAN. LE MONDE,  31 de mayo; “Chine à l’assaut des Nations unies”. LE MONDE, 3 de junio; “Desmystifiying Belt and Road. The struggle to define Chine’s project of the century”. YUEN YUEN ANG. FOREIGN AFFAIRS, 22 de mayo.

(6) “¿Hay que temer a China?”. KISHORA MAHBUBANI. LE MONDE DIPLOMATIQUE (en español). Abril, 2019.




FIN DEL BIPARTIDISMO DOMINANTE Y AUGE NACIONAL-POPULISTA EN ESTRASBURGO

27 de mayo de 2019

                
Aún con resultados provisionales, las elecciones europeas del fin de semana confirman un nuevo panorama político común en la Unión, la emergencia del desafío nacional-populista y el debilitamiento de las opciones hegemónicas de centro-derecha (Partido Popular) y centro izquierda (Socialdemocracia), el fortalecimiento de las dos familias secundarias del consenso centrista (liberales y ecologistas) y el estancamiento si no el retroceso de la izquierda reivindicativa.
                
Los Grupos Popular y Socialista no podrán determinar el ejecutivo de los 28 (27), es decir la próxima Comisión Europea. La alternancia se ha terminado. Los populares pierden 38 escaños (se quedan en 179) y los socialistas 36 (no pasan de 150). Los beneficiados son los liberales, que ganan 39 (casi los mismos que pierden los populares) y suman 106, lo que les convierte en tercera fuerza política, y los verdes, que mejoran en 18 y pasan de 52 a 70, lo que les permite situarse como cuarto grupo representado en la Eurocámara. Los conservadores, que eran hasta ahora la tercera fuerza del Parlamento europeo, con 56 escaños, pierden 18 y se quedan en 58, por debajo de liberales y verdes.
                
La izquierda unitaria ha salido también derrotada al perder 14 escaños (pasa de 52 a 38), cae al sexto puesto y, lo que es más importante, no consigue beneficiarse del desgaste socialista. El griego Syriza seguirá siendo el partido faro al conseguir frenar su desgaste.
                
LA CONSOLIDACIÓN AL ALZA DEL NACIONAL-POPULISMO
                
Todo indica que el voto de las clases populares, incluida la clase media azotada por la crisis, se ha fugado al nacional-populismo, confirmando una tendencia iniciada ya hace unos años. Los principales exponentes de esta opción política han cosechado resultados muy favorables. La Liga gana las elecciones en Italia, el Reagrupamiento (antes Frente) Nacional en Francia, el Partido del Brexit en Italia y Alternativa por Alemania erosiona notablemente la alianza democristiana. El retroceso del FPÖ en Austria, tras el escándalo del video que ha roto la coalición de gobierno con el PP, es mínimo (sólo pierde un escaño). Y lo mismo le ocurre al xenófobo Partido por la Libertad holandés.
                
El partido polaco gobernante, Ley y Justicia (PIS), contrariamente a sus socios de grupo, los tories británicos, mejoran sus posiciones y se afianzan como principal fuerza política de su país, más cerca del nacional-populismo que del conservadurismo en el que están inscritos formalmente. Lo mismo cabe decir del FIDESZ húngaro, que prácticamente repite resultados, sin rastro de erosión por las críticas de los principales partidos europeos.
                
LAS RADIOGRAFÍAS NACIONALES
                
El análisis pormenorizado, país por país, puede matizar algunas conclusiones de este análisis preliminar, pero la tendencia es bastante clara: el modelo de alternancia bipartidista en la cúspide se ha roto, el nacional-populismo crece a costa de todas las izquierdas y la derecha clásica y las opciones centristas secundarias recogen parte del naufragio de los hegemónicos pero no desafían sus liderazgos respectivos.
                
En Alemania, los resultados componen un epitafio simbólico de la era Merkel. El descenso democristiano es moderado (cinco diputados menos), pero el ascenso de los euroescépticos (AfD) es superior (10 escaños más), igual que el de los verdes. Los liberales, fuerza subsidiaria a derecha e izquierda sigue su anémica recuperación (sólo suman un escaño más). La izquierda contestaria sólo experimenta un retroceso mínimo, confortada en su bastión oriental. La socialdemocracia continua su declive, al perder 11 de sus 27 escaños.
                
Francia ofrece un panorama inquietante para el proyecto del Presidente Macron. Marine Le Pen le ha superado en un punto, haciendo trizas esa proporción de 2/3 frente a 1/3 en las presidenciales de hace dos años. El movimiento presidencial y sus aliados aportarán 21 diputados al reforzado grupo liberal en Estrasburgo. Podrán plantear una alianza con socialistas o populares para participar en el control de la Comisión. Pero la pretenciosa ambición de Macron de convertirse en el líder de Europa en el periodo post-Merkel ha sido cuestionada seriamente. Marine Le Pen ya le ha pedido que disuelva la Asamblea Nacional, un anuncio de lo que será el resto del quinquenato. El varapalo sufrido por los gaullistas refuerza la aspiración nacional-populista de encarnar la opoEl varapalo sufrido por los gaullistas refuerza la aspiración nacional-populista de encarnar la oposición. Por lo demás, cabe esperar más presión de la calle. Los resultados pueden alentar la revitalización de los chalecos amarillos. 
                
Gran Bretaña ofrece lo esperado: el corolario del Brexit en su máxima expresión. El desganado voto de los insulares favorece el puñetazo en la mesa del grupo más claramente eurófobo. El triunfo del Partido del Brexit del polémico Farage (que duplica su representación) destroza a los tories (pasan de 18 a 4 escaños), que ya están en la sucesión de Theresa May, sin saber en absoluto cómo salir del embrollo de sus relaciones con Europa. Los laboristas son castigados (pierden ocho escaños) sin duda por su división interna en torno al Brexit. Aunque los remainers seguirán presionando a Corbyn, los resultados ofrecen un dibujo incierto. Las bases populares en las zonas perjudicadas siguen viendo un segundo referéndum como una suerte de fraude. Los sectores favorables a la permanencia no parecen contar con fuerza numérica suficiente para convertir al Labour en una alternativa clara de gobierno. Los liberales recogen el voto de los partidarios de permanecer en la Unión, confirmando sus habituales buenos resultados en los comicios europeos.
                
En Italia, la Lega (populismo de derechas en la Padania, las regiones del norte) minimiza a su socio de gobierno, los 5 estrellas (populistas difusos, más afianzados en el Mezzogiorno), al obtener 28 diputados (frente a los 6 actuales), mientras los herederos de Beppe Grillo prácticamente repiten sus resultados, con una mejora de apenas dos escaños, hasta los 14. El Partido Democrático, adscrito a la social-democracia, pierde con respecto a 2014, pero apunta una cierta mejoría al superar en votos al Movimiento 5 estrellas.  La derecha berlusconiana retrocede ligeramente, sin duda debido al empuje de los liguistas.
                
LA ANOMALÍA ESPAÑOLA
                
En la Península ibérica, la lectura europea es clara: la recuperación del PSOE (siete escaños más, hasta 20) y la estabilidad al alza del PS en Portugal (dos más, hasta 10) contrastan con la anemia socialdemócrata en la Unión. Pero la novedad española es la entrada de VOX en el Parlamento europeo (3 escaños) lo que reforzará al nacional-populismo europeo.
                
En clave interna, esa España hasta ahora inmune a la extrema derecha, consagra a esta fuerza como decider; es decir, consolidaría el modelo andaluz de convertirse en llave de gobiernos regionales y locales del centro-derecha. España volvería a ser anomalía en Europa, pero en sentido contrario al que conocíamos: se convertiría en el único país de los grandes de Europa en que conservadores y liberales gobiernan con o son apoyados por la ultraderecha. Ni Merkel ni Macron se sentirán muy a gusto con esta circunstancia.