EXTREMO ORIENTE: FRENTES DE TURBULENCIA E IMPOTENCIA NORTEAMERICANA

20 de agosto de 2019

                
El verano está siendo especialmente complicado en Asia y más específicamente en el sector más oriental del continente. Nunca escasean los conflictos en esa vasta región mundial llamada a ser el motor económico y estratégico del siglo XXI. Pero estas últimas semanas asistimos a la acumulación de crisis de importancia mayor, que están causando perplejidad o especial inquietud en las cancillerías occidentales. Destacamos tres frentes: Hong Kong, Cachemira y Afganistán.
                
HONG KONG: PROTESTA Y CASTIGO      
                
Después de once semanas de protesta cívica callejera, la tensión es máxima en el último territorio añadido al dominio de China. El origen de la movilización fue el rechazo a una modificación de la legislación de extradición que permitía a las autoridades locales entregar a China a supuestos infractores de la ley. Numerosas organizaciones de derechos humanos y formaciones de la oposición denunciaron esta iniciativa como servilismo a los intereses de Pekín y un peligro para las libertades. El Reino Unido devolvió Hong Kong a China en 1997 bajo la condición de que respetara el modelo más o menos democrático de la provincia: pacto que se conoció con la etiqueta de “un país, dos sistemas”.
                
China aceptó a regañadientes esta condición por pura conveniencia. No quería poner en peligro los negocios y el desarrollo económico que la provincia aportaba a un país en plena estrategia de expansión económica. Pero lo cierto es que esta convivencia híbrida no estuvo exenta de problemas desde el principio. Carrie Lam y el resto del gobierno local responden más a las presiones de Pekín que a la voluntad de los ciudadanos. Semana tras semana, crece la percepción de un duelo sin concesiones. La protesta no remite; al contrario, se recrudece, alterando no sólo la vida cotidiana local sino las conexiones de la provincia con el resto del país y el mundo, como se evidenció en la huelga aeroportuaria.
                
La inquietud se centra en la intervención china, hasta ahora limitada a la denuncia verbal del movimiento de protesta. Pero la escalada es evidente. Del desprecio inicial, se pasó a la hostilidad manifiesta y luego a la definición de las protestas como acciones terroristas.
                
Los analistas se preguntan cómo resolverán los dirigentes chinos el dilema: si dejar que el movimiento contestario se agote, como la “revolución de los paraguas” de hace cinco años, o bien cortar por lo sano mediante una intervención de fuerza, proporcional a la resistencia que oponga la población. El riesgo de militarización es demasiado alto, en un momento de debilidad económica sin precedentes en las últimas décadas y en medio de un conflicto comercial con Estados Unidos. Sin embargo, algunos analistas estiman que estamos cerca del “momento Tiananmen”, porque Pekín quiere evitar la percepción de debilidad (1).
                
Ante esta situación, Occidente adopta una posición muy cautelosa, que un editorialista de DER SPIEGEL considera sintomática del declive occidental (2). Estados Unidos parece haber conferido un perfil bajo a la crisis. Ni siquiera el siempre mercurial Trump ha dado rienda suelta a sus instintos, como nos tiene acostumbrados, aparte de algún comentario más o menos imprudente sobre la concentración de tropas chinas cerca del territorio. Esta relativa pasividad no sólo parece dictada por la prudencia, en un momento muy delicado de las relaciones bilaterales con China. También está condicionada por el asunto pendiente de la nuclearización de Corea, tras el fracaso del modelo diplomacy as bussiness del presidente hotelero, en el que Pekín tiene o parece que tiene alguna llave importante para desbloquear una solución cada vez más esquiva.
                
Tampoco debe olvidarse que la crisis de Hong Kong ha coincidido con un agravamiento de la disputa bilateral entre Japón y Corea del Sur, los dos grandes aliados asiáticos de EE.UU. desde la guerra fría y bastiones de la estrategia de contención de China en el continente. Los resquemores históricos de ambas potencias comerciales, nunca extinguidos, se avivan en el peor momento, en parte debió a la desatención de la actual administración, obsesionada por lograr nuevos equilibrios/desequilibrios comerciales bajo la divisa del America first (3).
                
CACHEMIRA: LA AMBICIÓN DE MODI
                
De igual manera, Washington parece ausente de la crisis originada por la decisión del gobierno nacionalista indio de suprimir la autonomía constitucional de la disputada provincia de Cachemira, modificar la estructura administrativa del territorio, limitar los derechos y libertades (temporalmente, se dice) y militarizar aún más la zona. La mayoritaria población musulmana en uno de los sectores de la provincia se ha sentido lógicamente agraviada, sentimiento también compartido por la oposición hindú (4). Pakistán ha puesto el grito en el cielo, agitando de nuevo el espectro de una tercera guerra en la provincia (5).
                
La decisión de Modi responde, sin duda, a su programa de nacionalismo étnicista radical, reforzado tras su reelección abrumadora de la pasada primavera. Pero a muchos ha sorprendido la brusquedad de la iniciativa (6). La explicación puede residir precisamente en una torpeza más del inquilino de la Casa Blanca. En una reciente visita de Modi a Washington, Trump afirmó que el primer ministro indio le había sugerido una mediación ante Pakistán en el asunto de Cachemira y otros diferendos bilaterales. Nueva Delhi se apresuró a desmentirlo
                
India es especialmente celosa de la autonomía de su política exterior desde la independencia y así se mantuvo durante la guerra fría, encabezando el Movimiento de los países no alineados. Desde la desaparición de la URSS y el auge de China, India ha buscado un aproximación con Estados Unidos, por conveniencias más que por coincidencias de visiones estratégicas. La gestión del poder nuclear indio fue durante décadas un obstáculo insalvable, pero las administraciones de Clinton y Bush allanaron el camino. La percepción de una suerte de expansionismo chino en Asia ha acelerado esta tendencia, junto a la alianza persistente de Pakistán con Pekín y el alejamiento de este país islámico de Estados Unidos. Pero hay muchos elementos de fricción aún entre Washington y Nueva Delhi, y el de Irán no es el menor (7).
                
AFGANISTÁN: LAS BOMBAS SILENCIAN A LOS BOMBOS
                
Cuando la Casa Blanca se preparaba para celebrar a bombo y platillo un acuerdo con los taliban en Afganistán, un atentado con bomba en una boda privada mató a casi setenta civiles. Una carnicería más en un país en el que la convivencia pacífica sigue pareciendo una quimera. Los autores no han sido los taliban, claro está, sino la rama local del moribundo Daesh, que parece haber encontrado en las estepas afganas el oxígeno del que se ha visto privado en las llanuras mesopotámicas y mediterráneas (8).
                
Sólo unos días antes, se había filtrado en Washington el principio de acuerdo acordado por el enviado especial y exembajador estadounidense Jalilzad con los delegados taliban (9). Aunque aún no se conoce en detalle el contenido, se sabe que la clave consiste en la retirada de las tropas norteamericanas (y, consecuentemente, del contingente OTAN de apoyo) a cambio de que los taliban garanticen que Al Qaeda no volverá a disponer en Afganistán de un santuario para sus operaciones. El repliegue militar no sería total, de inmediato. En una primera fase, abandonarían el país 8.000 de los 20.000 soldados ahora presentes. La retirada de los restantes dependería de la evolución de la seguridad y de un pacto político interno.  
                
Los taliban, crecidos por el auge de los dos últimos años, han conseguido ningunear al gobierno afgano durante todo el largo proceso negociador, imponiendo el relato de que las autoridades de Kabul son una mera marioneta de Estados Unidos. Por supuesto, llegará un momento en que esta posición se volverá insostenible y la guerrilla tendrá que pactar con las fuerzas políticas hasta ahora por la protección militar occidental.
                
La paz no es el final del proceso sino el comienzo de otro tan complejo o más que el anterior. Es muy dudoso que los avances en materia de derechos humanos (los de la mujeres, en particular) estén garantizados (10). Y no menos incierto resulta la capacidad de los actores locales para impedir un rebrote de la guerra o que el país se convierta de nuevo en territorio de operaciones yihadistas (11).
                
Por eso, en cierto modo, también se trata de una vuelta a la casilla de salida, 18 años y más de dos mil muertos después del inicio de aquella intervención que iba a ser corta y exitosa. Al Qaeda puede haber sido derrotado, pero el Daesh (junto a la facción más radical de los taliban, opuesta a la paz) parece dispuesto a ocupar su lugar, el gobierno oficial afgano sigue sin tener credibilidad para asegurar la convivencia, el tráfico de opiáceos alcanza récords históricos y la percepción de inseguridad es tan alta como de costumbre (12). La guerra más larga en la historia de Estados Unidos concluye bajo la indisimulable sensación de fracaso.

NOTAS

(1) “How close is Hong Kong to a second Tiananmen”. JUDE BLANCHETTE. FOREIGN POLICY, 14 de agosto; “Tiananmen in Hong Kong. The alarming echoes of 1989”. ORVILLE SCHELL. FOREIGN AFFAIRS, 19 de agosto.

(2) “Silence on Hong Kong signals decline of the West”. DIRK KURTJUWEIT. DER SPIEGEL, 16 de agosto.

(3) “Waning of american power? Trump struggles with an Asia in crisis”. EDWARD WONG. THE NEW YORK TIMES, 13 de agosto.

 (4) “Inside Kashmir, cut off from the world: ‘a living hell’ of anger and fear”. THE NEW YORK TIMES, 10 de agosto; “’Les cachemiris se sentient humiliés’, après la revocation de l’autonomie du territoire”. Entrevista con el dirigente de la oposición Shah Faesal. LE MONDE, 9 de agosto.

(5) “Cachemire, zone géopolitique sensible”. LE MONDE, 16 de agosto.

(6) “Modi crosses the Rubicon in Kashmir. New Delhi upends the Status Quo in the disputed territory”. SUMIT GANGULY. FOREIGN AFFAIRS, 8 de agosto.

(7) “The Indian dividend. New Delhi remains Washington’s best hope in Asia”. ROBERT D.BLACKWILL y ASHLEY J. TELLIS. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre 2019.

(8) “The Islamic State is far from defeated in Afghanistan”. CLAIRE PARKER. THE WASHINGTON POST, 19 de agosto.

(9) “America and the taliban inch towards a peace deal in Afghanistan”. THE ECONOMIST, 7 de agosto.

(10) “Is the Afghanistan deal a good one? MICHEL O’HANLON. BROOKINGS INSTITUTION, 16 de agosto.

(11) “Is the Taliban making a pledge It cannot keep? Militant organizations won’t stop using afghan territory for terrorism”. TRICIA BACON. FOREIGN AFFAIRS, 21 de febrero.

(12) “Trumps risks turning a chance for success into a shameful failure” (Editorial). THE WASHINGTON POST, 19 de agosto; “America has responsibility to pick winners and losers in Afghanistan”. JODI VITTORI. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 12 de agosto (reproducido del original, en THE HILL, 12 de agosto).

ITALIA: EL JAQUE DE SALVINI


14 de agosto de 2019

En el otoño que ya se avista, Europa puede afrontar un ciclo electoral de notables consecuencias. En tres de los seis grandes países de la UE podrían celebrarse comicios anticipados, forzados por bloqueos políticos.  Uno  de ellos, el Reino Unido, podría encontrarse ya fuera de la Unión cuando se abrieran las urnas. Y los otros dos (España e Italia), otrora entusiastas europeístas, ya no se encuentran del mismo lado en la visión europea. Además, tres länder orientales alemanes renuevan sus parlamentos y gobiernos con perspectivas de auge del nacional-populismo xenófobo. Centrémonos hoy en Italia.

UNA CRISIS ANUNCIADA

La crisis de gobierno ha sorprendido en medios políticos, pero, en realidad, se estaba cocinando desde finales de mayo. La coalición del nacional-populismo xenófobo con el populismo antisistema y buenista de los 5 estrellas hace tiempo que se antojaba insostenible. El equilibrio gubernamental no reflejaba la realidad política (1).


Las elecciones europeas de mayo sancionaron el auge incontenible de los liguistas y la decadencia inevitable de sus socios. La relación interna de fuerzas se ha invertido, literalmente, en sólo año y medio de sociedad forzada por las circunstancias. El M5E obtuvo el 33% en marzo de 2018 y la Liga el 17%; en las europeas, el resultado fue casi justo al revés; y de entonces acá, esta tendencia se ha ido reforzando. Para Salvini, ministro del Interior, no tenía sentido continuar con la coalición siendo el socio menor, cuando puede aspirar, según todas las encuestas, a gobernar casi en solitario.


Los sondeos y cálculos políticos predicen el gobierno más a la derecha en Italia desde 1943; y en toda Europa occidental, desde la caída de las dictaduras ibéricas, en los setenta. El sistema electoral favorece esta previsión. Un partido que obtenga el 40% de los votos puede, con gran seguridad, alzarse con la mayoría en el Parlamento. En este caso, los sondeos le otorgan a la Liga un 37-38%, muy cerca de ese umbral.

En todo caso, Salvini puede contar con el apoyo de los Fratelli, una organización afín de la derecha extrema, de corte más conservador, más tradicional, heredera del neofascismo nostálgico, más tarde suavizado y ahora de nuevo florecido, bajo el liderazgo de Giorgia Meloni, una política de extracción popular, sin pelos en la lengua. Entre las dos formaciones hay diferencias, pero más coincidencias que entre la Liga y el M5E. El rechazo a la inmigración y una mayor combatividad frente a las exigencias de Bruselas les convierte en aliados casi naturales, ahora que la Liga ha renunciado al separatismo nordista. A los Fratelli se les atribuye, al menos, un 6% de los votos ( si no más), aportación suficiente para conformar la mayoría ultra (2).


Matteo Salvini llevaba meses buscando el momento propicio para destruir la coalición de gobierno. Al final, ha sido la desavenencia por el proyecto de tren de alta velocidad Lyon-Turín, que la Liga apoya y el M5S rechaza por razones ecológicas, lo que ha desencadenado la crisis. Pero hay razones de mayor calado, sobre todo de criterio fiscal, fundamentales a la hora de diseñar los presupuestos del año que viene. La Liga presiona para bajar los impuestos a un 15% para empresas e individuos (tax flat), mientras la formación creada por el cómico Beppe Grillo desea hacer realidad la reducción del número de parlamentarios y los proyectos sociales prometidos en su  programa electoral, que no han podido implementar debido a los pulsos con la UE y las renuencias de sus socios de gobierno (3).


La escenificación de la crisis ha sido muy italiana. Salvini dinamita el gobierno desde uno de sus baños marinos y de masas en las playas del Adriático, donde arenga contra la llegada de barcos de inmigrantes (su asunto favorito de batalla). El primer ministro Conte, un hombre de confianza de estrellado Di Maio, le reprocha deslealtad y demagogia y lo reta a explicar las razones de la crisis. A partir de aquí se inician movimientos de cuidadoso cálculo político.


EL ENROQUE DE LOS RIVALES


Para sobrevivir al jaque de Salvini los populistas antisistema sólo pueden hacer una cosa: aliarse con los partidos del sistema. ¿Podrán hacerlo? Todo puede ocurrir en Italia, ya se sabe. El otro Matteo de la crisis,  Renzi, exlíder del Partido Democrático, en su deriva a ninguna parte, parece dispuesto a ofrecer un salvavidas, en forma de gobierno tecnócrata, a quienes hasta hace poco consideraban unos arribistas sin proyecto, y así frenar a Salvini y los fratellis, a los que califica de “peligrosos”. La dirección del PD, liderada ahora por Zingaretti, más a la izquierda, no está por avalar esta cabriola (4).


Otra incógnita es la posición de Berlusconi, hombre del eterno retorno de la II República. Se deja querer por la Liga, pero Salvini desconfía de él, pero tampoco descarta del todo su participación en un gobierno de gestión que evite las elecciones. De momento, todos se ha alineado contra Liga para retrasar a la semana que viene la moción de confianza, contrariamente a lo que pretendía Salvini, que era cuanto antes: este mismo miércoles (5).


Estas maniobras tan italianas podrían reforzar el postureo heroico del actual ministro del Interior y beneficiarlo en las urnas, en vez de condenarlo al fracaso. Después de todo, Il Capitano, como le llaman sus fans, es un seductor. Su carrera política está definida por el oportunismo, la habilidad maniobrera y el eclecticismo ideológico: ha transitado por territorios comunistas, regionalistas, separatistas y ahora reinventa un nacionalismo populista muy de moda, muy rentable (6).

Pase lo que pase, con el póker del Brexit, el ajedrez italiano o el mus español, Europa va a vivir dos meses de inevitable inestabilidad, en un contexto internacional ya incierto de por más: riesgo de confrontación en el petrolero Golfo Pérsico y los amagos de guerra comercial lanzada por Trump para doblegar a China.


NOTAS

(1) “Italy’s government is on the brink of collapse”. THE ECONOMIST, 9 de agosto.

(2) “Can Giorgia Meloni become Italy’s Marine Le Pen”. GIORGIO GHIGLIONE. FOREIGN POLICY, 30 de julio.

(3) “Italie: de volte-face en reniements, la descente aux enfers du Mouvement 5 étoiles”. LE MONDE, 10 de agosto.

(4) “Le duel des “deux Matteo” au premier plan de la crisis italienne”. LE MONDE, 14 de agosto.

(5) “Des alliances de raison dans un climat de guerre des tranchées”. LE MONDE, 13 de agosto.

(6) “Cómo conquisto Matteo Salvini a los italianos”. MATTEO PUCCIARELLI. LE MONDE DIPLOMATIQUE EN ESPAÑOL, junio de 2019.

TRUMP, APRENDIZ DE BRUJO

7 de agosto de 2019

                
Las matanzas de estos últimos días en las ciudades norteamericanas de El Paso (Texas) y Dayton (Ohio), con el resultado de 30 muertos, son las últimas en una larga cadena. En lo que va de año, se ha registrado más de un tiroteo masivo diario en los Estados Unidos (1).
                
Estos actos de violencia gozan de una incomprensible negligencia. El poder legislativo renuncia deliberadamente a todo intento, incluso parcial y limitado, de controlar la venta y posesión de armamentos de uso privado, alegando una obsoleta segunda enmienda constitucional que garantiza el derecho a la autodefensa armada. Las matanzas generan reacciones de conmoción, duelo y rabia, que se disipan al poco tiempo. No así la  voluntad política y social de mantener inatacable una de las causas principales del problema.
                
Durante mucho tiempo se ha sostenido que se trataba de actuaciones individuales provocadas por el desequilibrio mental, temporal o duradero, de sus autores. Pero es una concepción discutible (2). De un tiempo a esta parte, han crecido las motivaciones ideológicas. Lo que permite hablar de actos terroristas.
                
EL AUGE DEL TERRORISMO BLANCO
                
Según el FBI, el 40% de los 850 casos de terrorismo interior están inspirados por personas o grupos con planteamientos ideológicos o raciales extremistas y violentos; y de éstos, la gran mayoría han sido cometidos por personas relacionadas con el supremacismo blanco (3). De ahí que numerosos líderes sociales hablen de terrorismo racista blanco, denominación que han empezado a emplear ya también algunos dirigentes políticos más críticos, como la precandidata presidencial demócrata Elisabeth Warren.
                
Expertos en terrorismo internacional con Will McCants o John Berger ven similitudes entre el yihadismo del Daesh y este terrorismo racista blanco: la lucha de civilizaciones, la visión apocalíptica, la teatralidad de las acciones violentas, el reclutamiento a través de las redes sociales, la sacralización de las acciones heroicas de combatientes solitarios, etc. (4).
                
El riesgo mayor para la seguridad nacional norteamericana no son los yihadistas que querrían volar tantas torres gemelas como pudieran. Tampoco los cohetes intercontinentales con carga nuclear de Kim Jong-un. Mucho menos la falsa ambición iraní de controlar Oriente Medio. No desde luego la supuesta pretensión rusa de romper la Alianza Atlántica o interferir en los procesos electorales  occidentales. Ni siquiera el designio chino de convertirse en la potencia económica dominante en el siglo XXI y eternizar el modelo político autoritario de un Partido Comunista reconvertido en una formación nacionalista.
                
En realidad, la mayor amenaza a la seguridad de los ciudadanos norteamericanos es esta “violencia pistolera” (gun violence), como ha dicho alguien tan poco sospechoso de izquierdista como el exgeneral John Allen, jefe en su día de las fuerzas militares en Afganistán y hoy presidente del think tank Brookings (5).
                
En medios sociales y políticos hay una creciente preocupación por el discurso presidencial de afinidad con el  grupo más activo en la ejecución de los delitos violentos: la ultraderecha blanca. Desde el comienzo de su mandato, Donald Trump ha pregonado ruidosamente su pretensiones de levantar muros para impedir la llegada de inmigrantes, obstaculizar el derecho al refugio o asilo, separar a niños migrantes de sus padres, prohibir u obstaculizar la visita de extranjeros o criminalizar a las personas por su raza, color o cultura.
                
En las últimas semanas, desde que el presidente hotelero se ha convertido en presidente candidato a la relección (incumbent), su discurso xenófobo se ha reforzado y ampliado hasta convertirse en abiertamente racista. Al desprecio por los extranjeros se ha unido la injuria, el hostigamiento verbal y la ridiculización de los propios nacionales que no responden al patrón blanco aún dominante.
                
En su absurda y peligrosa deriva, el ocupante de la Casa Blanca ha llegado a defender la expulsión de cuatro congresistas demócratas cuyo origen étnico o religioso no es el de la mayoría blanca. Ayanna Presley (afroamericana de Massachussets), Ilham Omar (de origen somalí, elegida en Saint Paul, Minnesota), Rashida Tlalib (hija de palestinos, diputada por Michigan) y Alexandria Ocasio-Cortez (puertorriqueña de origen, estrella emergente de la izquierda demócrata y representante por el cuarto distrito de Nueva York) constituyen el denominado squad (equipo) progresista. Son la punta de lanza del sector más izquierdista de los demócratas, frente al liderazgo tradicional, vetusto y contemporizador del Partido.
                
En el “otro lado del pasillo”, los republicanos vacilan. A muchos les repugna esta utilización oportunista del nacionalismo blanco que ejerce su teórico líder político. Pero pocos se atreven a denunciarlo en voz alta. El Great Old Party está secuestrado moral y políticamente por Trump, como antes lo estuvo por el tea party.
               
UNA COMPLICIDAD IRRESPONSABLE
                
Desde sectores más críticos han arreciado los comentarios que atribuyen a Trump una clara responsabilidad por justificar y alentar a los propagadores de los mensajes de odio racial y rechazo al inmigrante, refugiado, extranjero o ciudadano norteamericano perteneciente a alguna de las minorías. La matanza de El Paso ha sido ejecutada por un joven que se declara portador de la misión blanca de defender a Estados Unidos de la invasión migratoria. Mantra preferente del presidente-candidato. A falta de soluciones reales para esos sectores sociales frustrados por la globalización, la creciente desigualdad y otras debilidades estructurales del sistema, Trump recurre al chivo expiatorio étnico, racial y religioso.
                
Hay una conexión alarmante entre los tweets y mítines del presidente-candidato y las proclamas nazi-fascistas de los años treinta. Presionado por la alarma social generada estos últimos días, Trump atribuyó las matanzas a la insania mental de sus autores y condenó el supremacismo racista y el fanatismo que sirven de sustento a estas aberraciones. Pero omitió la necesidad de imponer controles al uso individual de armamento y, por supuesto, eludió su responsabilidad, al intentar desmarcarse de una corriente que él ha contribuido a cultivar.
                
Este comportamiento revela la personalidad política del presidente-hotelero. No actúa motivado por ideas políticas propias y sólidas, sino por oportunismo. Se apunta a lo que intuye que le da votos y, sobre todo, popularidad y notoriedad. Como la vanidad es el motor de sus actuaciones, no puede ser un líder discreto o adecuado a las exigencias de su cargo. Asume un “orden de batalla”, una actitud beligerante y explosiva, y emplea sin mesura ni responsabilidad los numerosos y poderosos instrumentos que tiene a su alcance para hacer ver que sólo él puede hacer realidad esos extravíos sectarios y racistas del ultranacionalismo blanco. Después de erigirse en pirómano mayor, pretende ahora oficiar de bombero en jefe. En definitiva, se ha convertido en un aprendiz de brujo.


NOTAS

(1) “Gun violence in 2019, There have been 251 mass shootings in the U.S. in 216 days”. SLATE, 5 de agosto.

(2) “Are video games or mental illness causing America’s mass shootings? No, research shows”. THE WASHINGTON POST, 5 de agosto.

(3) “FBI faces skepticism over its efforts against domestic terrorism”. THE WASHINGTON POST, 5 de agosto.

(4) “White terrorism shows ‘stunning’ parallels to Islamic State’s rise. MAX FISHER. THE NEW YORK TIMES, 5 de agosto; “How does online racism spawns mass shooters”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 4 de agosto.

(5) “Gun violence in America: a true national security threat”. JOHN R. ALLEN. BROOKINGS INSTITUTION, 5 de agosto.

INDIA: EN LA SENDA DEL DIOS RAMA

31 de julio de 2019

                
No le dedicamos suficiente tiempo a la India, una gran potencia del siglo XXI a pesar de sus debilidades estructurales pertinaces. El país que pronto desbancará a China como el más poblado de la tierra parece haber tomado un rumbo inquietante, en consonancia con el auge del nacional-populismo globalmente dominante.
                
El Bharatiya Janata Party, una formación nacionalista extrema, basada en la noción de la hegemonía hindú (Hindutva) en los dominios étnicos y religiosos, consolidó su poder, en las elecciones generales celebrada durante casi tres meses, la pasada primavera. El sistema electoral, de corte mayoritario, ha favorecido que, con apenas un tercio de los votos, el BJP revalidara e incluso ampliara la mayoría absoluta obtenida ya en 2014. El Partido del Congreso ha sufrido dos humillantes derrotas consecutivas que le dejan por debajo de los 50 escaños en la Lok Shabha (Parlamento), pese a contar con un 20% de los sufragios. Rahul, el último de la dinastía Gandhi, se ha retirado de la vida política, en la que nunca se sintió a gusto.
                
El primer ministro, Narendra Modi, se afianza como líder de este movimiento nacional-religioso que parece haber conquistado el corazón de una corriente creciente de ciudadanos, ante el fracaso de otros discursos desarrollistas, integracionistas, cosmopolitas y globalistas, en las décadas anteriores. La herencia de Gandhi se esfuma, en un inmenso país plagado de contradicciones, desigual como pocos, acechado por la violencia, la corrupción y el fanatismo.
                
UN NACIONAL-POPULISMO ANCESTRAL
                
La inspiración del actual movimiento nacional-populista indio tiene raíces ancestrales. La organización que sirve de sustento ideológico y de vivero de dirigentes e interpretes de las supuestas esencias étnico-culturales es el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), que se puede traducir como Asociación de Voluntarios Patrióticos. La penetración de esta entidad en la administración, la vida social y las instituciones es cada vez más amplia. Ejerce un verdadero poder en la sombra y proporciona el diseño del proyecto político de Modi y de los estrategas nacionalistas que han visto en él una figura popular y populista capaz de ejecutar los designios históricos del nacionalismo extremo indio (1). Sus seguidores más enfervorecidos ven en él un intérprete del dios Rama, el más popular del panteón indio, avatar del Dios supremo Visnú.
                
Esta deriva nacionalista, étnica, cultural y religiosa implica la negación práctica de los elementos definitorios de la India moderna: la pluralidad, la diversidad y la tolerancia. En la India conviven (hasta la fecha) pueblos de muy distintas raíces y razas, se observan una docena de religiones y se hablan 22 idiomas y miles de dialectos. La armonía nunca ha sido fácil. Los estallidos de violencia han sido recurrentes y, en ocasiones, muy graves. Uno de los proyectos más inquietantes del BJP es la restricción de la condición nacional, mediante la manipulación del censo o Registro Nacional de Ciudadanía. Ya se ha aplicado en algún estado y se anuncia su extensión a todo el territorio nacional. Sólo budistas y sijs (más adaptables a la hegemonía hindú) serían ciudadanos de pleno derecho. Los componentes del resto de las etnias pasarían a la condición de inmigrantes y verían restringidos sus derechos como ciudadanos (2).
                
El mayor riesgo reside en la cada vez más tensa convivencia entre la mayoría hindú y la minoría musulmanes, que reúne a 200 millones de ciudadanos, el 15% de la población del país. Los desafíos, amenazas e intimidaciones en el vasto territorio indio son constantes. El propio Modi, cuando era el jefe del gobierno del Estado de Gujarat, fue como mínimo negligente durante una de las matanzas de musulmanes más oprobiosas de los tiempos recientes (2001).
                
LAS DECEPCIONES DEL OPORTUNISMO ECONÓMICO
                
Aunque la agenda étnico-cultural-religiosa es el motor del proyecto político del BJP, bajo la tutela de la RSS, la victoria de Modi hace cinco años se debió en gran parte también a su apuesta por una reforma económica en profundidad. Como ha ocurrido en otras latitudes donde se ha impuesto el nacional-populismo, las invocaciones a la recuperación de la grandeza nacional vinieron arropadas en promesas de prosperidad y riqueza (3).
                
Frente a una liberalización contradictoria y plagada de frenos derivados de los intereses corporativos, funcionariales e institucionales que caracterizaron la reforma impulsada por el Congreso a comienzos la década de los noventa, el programa del BJP apostaba por un mayor peso del sector privado, la defensa de los pequeños productores, la reducción del gasto público y el fomento de la inversión extranjera. En definitiva, un enfoque liberal, aunque pálido, muy contaminado por las exigencias nacionalistas y lastrado por la debilidad del Estado para aplicar reformas efectivas.
                
El primer mandato de Modi fue muy deficiente en materia económica. El desempleo se ha elevado del 2% al 6%, el más alto en décadas. La política fiscal es enormemente ineficaz: el peso de los impuestos en el PIB es del 17%, el más bajo, con diferencia, entre las potencias emergentes. El crecimiento es muy inferior al prometido a bombo y platillo por el BJP. Algunas decisiones puntuales, como la retirada de la circulación de los billetes de menor valor, han sido especialmente desastrosas, pese a que el gobierno ha podido controlar la inflación (4).
                
En política exterior, el nacional-populismo ha generado nuevos escenarios de fricción con los vecinos (Pakistán, naturalmente, como enemigo preferente) y rivales históricos (China), o de incertidumbre con los aliados naturales (los países neutrales o no alineados) o inciertos (Estados Unidos). La India quiere ser una potencia indiscutible en el siglo XXI, pero el proyecto político dominante se corta sus propias alas. El país pujante de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación se atasca en una introspección cultural y religiosa y renuncia al crucial elemento del soft-power como factor de influencia mundial. El repliegue sobre valores tradicionales arcaicos e incomprensibles fuera de la India limita su despliegue mundial (5).
                
En general, la evaluación de intelectuales y expertos indios más conectados con la sociedad global es pesimista. India es un ejemplo clásico de países con grandes oportunidades defraudadas. La era del Congreso se definió como el fracaso de un proyecto colectivista, confusamente socialista, a la postre burocrático y corporativo. El relevo ha sido tomado por el nacionalismo populista, después de un ensayo fallido a finales del siglo pasado, pero las perspectivas de éxito, a pesar del resonante ciclo electoral, no son más favorables (6).
                
India se perfila como un actor imprescindible de la gobernanza mundial, pero arrastra deficiencias estructurales tan abrumadoras que su capacidad de influencia real se ve seriamente condicionada. Los intentos de Modi por mostrarse conciliador en sus contadas visitas a Estados Unidos, Asia y Europa se ven arruinados por la deriva intransigente de sus protectores y protegidos en el interior del país.
                
Los millones de indios que se oponen e incluso abominan de esta deriva no parecen capaces, por el momento, de frenar a Modi y los suyos. Algunos analistas como Milan Vaishnav reprochan al histórico partido de la dinastía Gandhi haberse mostrado negligente con el empuje nacionalista, por electoralismo. Otros, en cambio, creen que el vigor de la sociedad india impedirá que el prepotente nacionalismo consiga imponer un estado autoritario e intransigente (7). Sólo el tiempo dirá hacia donde se inclinan los hijos del dios Rama.

NOTAS

(1) “The BJP in power: Indian democracy and religious nationalism”. MILAN VAISHNAV. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 4 de abril.

(2) “The battle for Indial soul”. MILAN VAISHNAV. FOREIGN AFFAIRS, 6 de mayo.

(3) “The Modi mirage”. GURCHARAN DAS. FOREIGN AFFAIRS, 11 de abril.

(4) “India faces a looming disaster”. SUMIT GANGULY y JAI SHANKAR PRASAD. FOREIGN POLICY, 27 de julio.

(5) “Troubles aplenty: foreign policy challenges for the next Indian government”. ASHLEY J. TELLIS. CARNEGY ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 20 de mayo.

(6) “India 2024. Policy priorities for the new government”. SHAMIKA RAVI ( Directora de investigación del departamento indio). BROOKINGS INSTITUCIÓN, 17 de mayo.

(7) “No country for strongmen”. RUCHIR SHARMA. FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril 2019.

TURQUÍA: LA SOPORTABLE LEVEDAD DE LLAMARSE ALIADO


22 de julio de 2019

Uno de los síntomas de este tiempo convulso -llámese resquebrajamiento del orden liberal, debilitamiento de la democracia o simplemente crisis del sistema- es la fragilidad de las alianzas. El nacionalismo pujante cuestiona lealtades que no estén sujetas a grandilocuentes pero confusas alineaciones identitarias, que enmascaran necesidades o urgencias de afianzamiento del poder personal o de clan. La noción de alianza y la condición de aliado se encuentran devaluadas.
                
¿DESLEALTAD O INDEPENDENCIA?
                
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha consumado su propósito de adquirir misiles antiaéreos S-400 a Moscú por valor de 2.500 millones de dólares. Una decisión chocante, insólita, del jefe de un Estado miembro de una alianza político-militar, la OTAN, que considera a Rusia una amenaza. Comprar armas sofisticadas a un teórico adversario equivale a una traición. Los estrategas atlantistas arguyen que, entre otras inconsistencias implícitas en esta operación, los turcos hacen  a sus aliados más vulnerables al riesgo de espionaje ruso. Otra objeción más práctica: los S-400 no podrán integrarse con el arsenal turco de origen norteamericano por un problema de “interoperabilidad” (1).
                
Erdogan consagra la aproximación al Kremlin, ya practicada en otros asuntos regionales de no poca importancia: cierta convergencia con Irán, acuerdos comerciales y económicos en Asia Central, rutas alternativas para el petróleo y el gas, etc. Esta colaboración no está exenta de contradicciones flagrantes. Han sido evidentes en la guerra de Siria, donde han apoyado a bandos enemigos. Incluso se vieron sometidos a la presión de confrontaciones militares limitadas pero peligrosas (derribo  turco de un SU-21 ruso). Aquello se superó y ha primado la búsqueda de intereses comunes.
                
A ello se añade el plus del factor personal. El nuevo Sultán se abraza con el nuevo Zar, sazonado el gesto con un plus de gratitud por el apoyo que el hombre fuerte del Kremlin le brindó cuando la intentona militar de 2016 lo puso en apuros.
                
Los aliados occidentales de Turquía, en cambio, guardaron silencio primero y le han venido reprochando después a Erdogan sus arbitrarias y vengativas depuraciones de funcionarios civiles y militares. Por no hablar del asilo y protección que el principal aliado formal (EE.UU.) garantiza a su némesis y otrora colaborador el clérigo Fetullah Gülen.
                
Lo que más ha envenado las relaciones ha sido el entendimiento cada vez más estrecho entre el Pentágono y las milicias kurdas en Siria (YPG), por la eficacia de éstas en la lucha contra los yihadistas del Daesh. En este escenario, se profundizaron las diferencias estratégicas entre Ankara y Washington, como señala Aaron Stein, director del programa de Oriente Medio del Instituto norteamericano de Investigación sobre Política Exterior (2). Las milicias kurdas de Siria son percibidas en Turquía como una amenaza intolerable, por sus estrechas vinculaciones con la guerrilla turco-kurda (PKK).
                
En otros tiempos, un líder civil turco jamás se hubiera atrevido a colocar a los jefes militares en semejante desaire a la OTAN. Pero, incluso en momentos de debilidad política, cristalizada en el sonoro fracaso cosechado en la alcaldía de Estambul, Erdogan ha “limpiado” el Ejército:  más de 16.000 miembros procesados y otros 7.000 investigados (3). No se ha conformado con eso: ha creado un cadena de mando afín y conseguido que en los cuarteles se respire aire islamista piadoso, como acredita el joven investigador Sümbül Kaaya (4).  
                
No en vano, el Sultán ha elegido el tercer aniversario del fallido golpe para escenificar la adquisición de este importante material armamentístico. Importan poco las diferencias de concepto sobre Siria o la afrenta a un historia tanto reciente como milenaria. Las alianzas se ven superadas por pactos de conveniencia.
               
LOS LIMITES DE LA RESPUESTA NORTEAMERICANA
                
La respuesta de Estados Unidos ha sido limitada e incómoda. El deterioro de las relaciones bilaterales es indisimulable. Las percepciones regionales de seguridad son cada más divergentes. No obstante, la alianza occidental no piensa que pueda renunciar fácilmente a un cierto tipo de entendimiento con la antigua potencia otomana.
                
Tampoco Erdogan cuestiona que su país necesita de la protección de la OTAN (y de EE.UU., en particular). No ha cambiado el paradigma fundamental de la seguridad turca desde que, al final de la segunda guerra mundial, Turquía se convirtiera en una de las piezas angulares de la doctrina Truman, junto a Grecia e Irán. La antigua potencia otomana ha sido la puerta suroriental del entramado de seguridad occidental en Europa.
                
Más recientemente, como señala Nicholas Danforth, uno de los principales expertos occidentales en Turquía, el AKP turco se ofreció como factor de una reorientación estratégica del Oriente Medio bajo la influencia del islamismo moderado. El fracaso de la “primavera árabe” arruinó esas expectativas y “amplificó las diferencias estratégicas entre Washington y Ankara, al tiempo que confirmaba las peores sospechas de Erdogan sobre Occidente”. La posterior deriva autoritaria del líder turco afianzó la desconfianza mutua, que la sombra kurda del conflicto sirio ha convertido casi en paranoia (5). Por esta poderosa razón, Erdogan presenta la compra de los SS-400 rusos como una decisión legítima de independencia que responde a intereses exclusivos de seguridad nacional.
                
Estas brechas no pueden pasarse por alto. Washington anuncia ya sanciones por el asunto de los SS-400, tras haber fracasado todos los intentos previos de presiones. Pero se teme que se pueda tensar la cuerda demasiado y se produzca una ruptura que a nadie interesa. Como en el Tratado de Washington no se prevé la expulsión, ni siquiera la sanción, de un aliado por conducta inapropiada (insólito, pero entendible en el clima de guerra fría en que nació la Alianza), este tipo de represalias adquiere un carácter puramente político, no jurídico.
                
De momento, Turquía queda excluida del consorcio que fabrica el F-35, el avión furtivo más moderno y costoso de la factoría del Pentágono, y sus pilotos apartados de los ensayos. Los SS-400 rusos están diseñados, entre otras virtudes, precisamente para contrarrestar la infalibilidad del último logro de la tecnología militar aerodinámica norteamericana.
                
Trump, que alberga un instinto de simpatía hacia un líder fuerte como Erdogan, exhibe su habitual inconsistencia. Como hace con el norcoreano Kim o con el chino Xi, incluso con los ayatollahs iraníes. No hace distingos el presidente-hotelero entre clientes y rivales o aliados y adversarios. Bajo el eslogan America first, a todos mete en el mismo saco de competidores.
                
Tampoco debe de extrañarnos. De qué Alianza hablamos cuando su principal protector se encarga de cuestionar su utilidad en los tiempos presentes, de reprochar a sus socios su falta de compromiso y generosidad en la su propia defensa, de desairar y menospreciar incluso en público a sus líderes porque no le siguen el juego de la adulación y improvisación como método de acción política, al tiempo que prodiga encuentros políticamente obscenos y virtualmente inútiles con dictadores y autócratas.

NOTAS

(1) “Turkey get shipments of Russian missile system, defying USA”. THE NEW YORK TIMES, 13 de julio.

(2) “Why Turkey turned back United States and embraced Russia. AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 9 de julio.

(3) “Le tournant stratégique de la Turquie d’Erdogan”. MARIE JEGO; “Turquie face à un choix estratégique” (EDITORIAL). LE MONDE, 14 de julio

(4) “L’armée s’est rapprochée des valeurs conservatrices et religieuses de l’AKP”. SÜMBÜL KAYA. 
LE MONDE, 13 de julio.

(5) Why Turkey doesn´t trust the United States. The decline and fall of an alliance. NICHOLAS DANFORTH. FOREIGN POLICY, 15 de julio.

EL MECANO DE URSULA


17 de julio de 2019

                
Ursula Von der Leyen ya es presidenta de la Comisión Europea, tras una jornada de nervios e incertidumbre. Al conocer el resultado de la votación parlamentaria, en su rostro el alivio resultó más expresivo que la alegría. Comprensible: obtuvo 383 votos favorables, sólo 9 más de los necesarios y muy lejos de los 422 que obtuvo su predecesor, Junker, en 2014.
                
En sus primeras palabras ante el Parlamento después de ser electa, la política alemana prolongó cierto aire de un merkelismo que ya luce moribundo. Un discurso moderado, abierto al compromiso (sacrosanto en la Unión) para contentar a todos, o para no disgustar a nadie.
                
Compuso la nueva jefa del ejecutivo comunitario un programa mecano, un poco de aquí y otro de allá, para que todos los grupos (o casi todos) se sintieran escuchados. Prefirió dejar en sordina los elementos más identificativos de su grupo, el centro derecha, para enfatizar los acordes más gratos a las otras formaciones que le prestaron su apoyo sin entusiasmo, o incluso a los que se lo terminaron negando.
               
UNA PARTITURA CORAL
                
A los socialdemócratas, con quienes ha compartido mesa de gobierno en su país hasta esta misma semana, pretendió seducirlos con la promesa de un salario mínimo a escala europea, un subsidio de desempleo complementario de los nacionales y una tasa fiscal más equitativa, apuntando a los grandes beneficiarios de la globalización, en particular las empresas tecnológicas digitales. La incomodidad fue el clima predominante entre los social-demócratas, que hicieron equilibrios verbales para justificar su voto favorable, después de haber criticado la “alucinante vacuidad” de la candidata, en palabras del francés Glucksmann. El SPD alemán sólo anunció su apoyo minutos antes de iniciarse la votación, aunque resulta evidente que no hubo una disciplina rígida de voto.
                
A los liberales, quizás los más predispuestos en su favor, tras el pacto con fórceps M&M (Merkel y Macron), les interpretó una recitación imprecisa sobre su compromiso con la defensa del Estado de Derecho y los valores europeístas.
                
A los ecologistas, que, ofendidos por el desprecio de los grandes, no la votaron, les ofreció, sin embargo, la parte más sustancial de su programa: un nuevo pacto ecológico, a desarrollar desde los primeros cien días de su mandato, hasta desembocar en una gran ley de defensa del medio ambiente. Von der Leyen rebasó incluso la propuesta de su grupo al prometer una reducción de las emisiones de CO2 del 50% (o del 55%, llegó a decir) en 2030 (el Partido Popular planteaba sólo un 40% en su programa electoral); de esta manera, Europa sería el primer continente “neutro en carbono” al mediar el siglo. 
                
Ignorada la izquierda alternativa, que cuenta aún menos ahora, la flamante presidenta se ocupó de no indisponer mucho a los euroescépticos y eurófobos, muchos de los cuales terminaron votándola. Según algunas informaciones, la propia canciller Merkel hizo lobby entre los huraños nacionalistas polacos para prometerles más ayuda a su agricultura, aunque la recién investida se cuidó de no mencionar estas concesiones en su discurso.
                
Finalmente, en este esfuerzo por ensamblar piezas heterogéneas, Von der Leyen se pronunció a favor de un nuevo aplazamiento del Brexit, siempre que se presentaran “buenas razones”. Un tono blando muy alejado de su mercurial antecesor, que no pocas veces se declaró harto del sainete británico.
               
UN PROCESO DE SELECCIÓN DISCUTIDO
                
En fin, esta ceremonia de designación tuvo un aire muy palaciego, lo que no contribuirá a despejar la impresión de que “la población ha perdido el control”, en palabras de la propia presidenta en su discurso inaugural. El proceso de investidura de Von der Leyen ha abierto más heridas de las que ha cerrado y ha sido el reflejo palmario de las fracturas de fondo en la Unión.
                 
Es difícil que el ciudadano se tome en serio las instituciones europeas y, por ejemplo, participe con más entusiasmo en las elecciones al Parlamento, después de haber asistido al poco edificante espectáculo de las negociaciones para designar los aspirantes a los altos cargos. Se promete superar el déficit democrático comprometiéndose a que los parlamentarios electos tengan mayor peso en la selección de dirigentes y luego, como siempre, el proceso se reduce a sesiones de capilla entre los pesos (más) pesados. Se proclama la defensa de la europeidad frente al nacional-populismo y luego se corteja a algunos de sus principales exponentes para alcanzar los votos necesarios.
                
Merkel no pudo imponer a Manfred Weber, gris pero jefe de filas de los populares europeos, como candidato a presidir la Comisión, por el veto sin disimulo del presidente francés, pero obtuvo compensación al conseguir la nominación de Ursula Von der Leyen, su más o menos fiel ministra de Defensa (y antes de Trabajo y de Asuntos Sociales).
                
Macron no consiguió que sus favoritas liberales, la francesa Loiseau o la danesa Vestrager, se confirmaran como alternativas, en gran parte por el rechazo alemán, pero al final presumió de haber colocado a Christine Lagarde como aspirante a presidir el potente Banco Central Europeo, no por ser liberal progresista (es conservadora sin complejos), sino por ser francesa. A los liberales les tocó el premio de consolación de la presidencia del Consejo (un cargo menos apetecido) en la figura del exprimer ministro belga (francófono) Charles Michel.
                
Sánchez, erigido en el líder socialdemócrata más influyente de los 28, no pudo conseguir que el candidato unánime de sus correligionarios, el holandés Timmermans, fuera el candidato a dirigir el Ejecutivo comunitario, pero se sintió satisfecho al lograr que el nuevo mister PECS (jefe diplomático de la UE) pudiera ser Borrell socialista y español.
                
Este proceso, complicado e incómodo, ha dejado secuelas. Se ha ampliado la grieta en la cada vez más insostenible alianza interalemana entre democristianos y socialdemócratas y se han registrado sonoras escaramuzas en los bancos de la asamblea de Estrasburgo. En el fondo, lo que subyace de este episodio de selección de la nomenclatura europea es la difícil sintonía entre los aliados considerados preferenciales del club: Alemania y Francia. Aunque haya habido pacto al final (casi siempre lo hay), el Eje no anda fino, y se nota en cada curva del camino y en cada cuesta del cada día más penoso proceso de integración europea.


GRECIA: LA SOLEDAD DEL ESTRATEGA


8 de julio de 2019
               
La derecha vuelve al poder en Grecia. Y a lo grande. Nueva Democracia, partido de corte liberal-conservador (en lo económico y en lo político, respectivamente) ha obtenido la mayoría absoluta en las elecciones anticipadas de este domingo.
                
Se acabó el “sueño” de la izquierda alternativa, la nueva izquierda o la verdadera izquierda, según sus promotores. Syriza, el movimiento que pretendió desafiar a la Europa de la austeridad, de la tecnocracia comunitaria, de las castas políticas obedientes a los patrones del capitalismo financiero ha sido derrotado por los principales causantes de la ruina del país.
                
En realidad, el anunciado fiasco electoral de ayer es, en parte, consecuencia de la derrota política de hace cuatro años, cuando el primer ministro Alexis Tsipras tuvo que claudicar ante la UE y aceptar una tercera fase del ajuste a cambio de aceptar otro paquete de ayuda. Hizo lo que dijo que nunca haría y encajó lo que había reprochado a sus antecesores.  Aquella derrota fue mucho más humillante que ésta. Pese a la recuperación del empleo y políticas sociales de cierto fuste, las urnas han sancionado un clima de desencanto.
                
Dicho lo cual, Syriza no ha sido barrida. Con casi una tercera parte del electoral aún fiel a sus promesas y propuestas, la formación de izquierda no tan radical pero todavía alternativa se mantiene como principal representante del sentir progresista del país. Derrota, en este caso, no significa liquidación.
                
Como suele ocurrirle a la izquierda, la división interna resulta mucho más devastadora que el empuje de la derecha. Si se suman los votos de Syriza y los de MERA, la escisión abanderada por su exgurú económico, Varufakis, parecería que el respaldo social  de la izquierda radical resta casi intacto. La izquierda templada sólo emite débiles señales de recuperación. Movimiento por el Cambio, heredera del aniquilado PASOK sólo ha conseguido un 8% de los votos. ¿Qué explica entonces esta mayoría absoluta de la derecha?
                
Pues la pauta habitual. En tiempos decisivos, la derecha se une, o se aglutina o al menos vota de manera concertada. La gran mayoría de los sectores sociales que desconfían de una gestión progresista de la catástrofe han vuelto al lugar conocido de Nueva Democracia, simplemente porque presenta un rostro fresco, pero sobre todo ungido por la mística meritocrática. Además, el sistema electoral premia con 50 escaños al vencedor. De ahí estas cuentas tan favorables para Nueva Democracia.
                
Kyriakos Mitsotakis pertenece a una estirpe de griegos nacidos para ganar, liderar y mandar. Hijo de un primer ministro, miembro de una familia plagada de ministros, alcaldes y otros altos cargos. Es la última dinastía griega alimentada en la cuna de los negocios y bendecida en el aurea de los despachos. El nuevo vástago promete lo de siempre: menos impuestos, menos burocracia o menos Estado; o  Estado sólo para proteger a los que más tienen de las aspiraciones de los que menos tienen o de quienes más han perdido.
               
Tsipras vuelve a la oposición en la que creció y lo alzó como esperanza insólita para los griegos más desfavorecidos y estandarte de una ilusión europea. Ahora tendrá que sanar un partido fracturado y un entorno social plagado de recriminaciones. Aquellas habilidades de estratega que parecían conectarlo con las figuras míticas del pasado heleno lo llevaron a conseguir lo que nadie en la viejísima y cautelosa Europa había hecho nunca: colocar a la izquierda sin complejos al frente de un gobierno.  El gran estratega está ahora un poco más sólo y un mucho más débil.