EE. UU.: ESCENARIOS DE UNA NOCHE ELECTORAL ATÍPICA

 3 de noviembre

La noche electoral de Estados Unidos se anuncia larga. E incierta. De cumplirse los pronósticos, Biden saldrá vencedor. Pero necesita acreditar un resultado muy contundente para aplacar a un rival que no está dispuesto a admitir fácilmente su posible derrota. Si el resultado es finalmente apretado o, lo que es más probable, no puede declararse vencedor a falta contar votos que resultan necesarios para cerrar el resultado, puede darse por seguro un periodo de crisis política. Estos son los escenarios hipotéticos y su nivel de probabilidad:

1) CONVENCIONAL.

Gana cualquiera de los dos por una ventaja convincente y el candidato derrotado admite la victoria de su rival. Se concluye el recuento en los estados pendientes del voto por correo, se resuelven discrepancias y el 14 de diciembre el Colegio Electoral vota al Presidente según la voluntad de los electores de cada estado. El 21 de enero, o bien Trump inicia su segundo mandato, o Biden se convierte en el 46ª presidente de los Estados Unidos.

Poco probable.


2) INDECISO.

Cada candidato obtiene la victoria en sus feudos más seguros, pero restan por contar los votos en los estados más competidos, los que determinan el resultado final. Todo el proceso electoral se retrasa. El riesgo de conflicto por los resultados parciales se agranda. Los dos partidos presentan un gran número de reclamaciones, no sólo en las presidenciales, sino también en las legislativas. La gestión del voto por correo es el principal terreno de disputa.

Bastante probable.


3) INESTABLE.

Gana Biden por una ventaja corta. Trump asegura que ha habido fraude y ordena a cientos o miles de abogados que revisen conteos o incluso que presenten demandas ante los tribunales. El propio Trump lleva semanas insinuando un escenario similar a éste, con sus diferentes variantes.

Bastante probable.

                

4) POLÉMICO.

Trump aventaja a Biden en el recuento provisional, a falta de muchos estados por decidir, pero proclama su victoria de forma precipitada. Biden no lo acepta. Es el llamado “espejismo rojo”. Los líderes republicanos tendrían que pronunciarse: o respaldar al Presidente o intentar convencerle de que debe esperar a que concluya el proceso electoral.

Ligeramente probable

                

5) CONFLICTIVO

Los dos candidatos empatan a 269 delegados en el Colegio Electoral. Se entabla una pugna política para resolver el bloqueo. El Congreso debe decidir, pero su veredicto depende del partido que controle la delegación de cada Estado en la Cámara de Representantes y de la nueva composición de Senado tras las votaciones de hoy.  

Muy poco probable.    


6) CRÍTICO.

Las desavenencias sobre el conteo y la gestión de los votos por correo impiden que el Colegio Electoral no puede elegir al Presidente en el plazo prescrito. La decisión pasa a los Estados. Pero los gobernadores y los legislativos de cada Estado no necesariamente optan por el mismo candidato, sino en función de sus adscripciones políticas. La crisis institucional consecuente sería de gran envergadura.

Poco probable.

                

7) TUMULTUOSO

Partidarios y contrarios a Trump escenifican en las calles la crisis institucional y la convierten en crisis social. Riesgo de enfrentamiento en las calles. El Congreso llama a la calma, pero la Casa Blanca incita a sus partidarios más extremistas. Incógnita sobre la conducta de las fuerzas de seguridad. 

Muy poco probable, pero temible.


LAS TRES AMÉRICAS

 28 de octubre de 2020

A una semana del 3 de noviembre, aumentan las dudas sobre el resultado de las elecciones norteamericanas. Lo que hasta hace unas pocas semanas parecía un triunfo relativamente cómodo de Biden se ha convertido ahora en una evocación anticipada de lo ocurrido en 2016: un desenlace inesperado. Esa sería la “sorpresa de octubre” de este año: un giro postrero en el balance de voluntades. 

Dos de los más reputados politólogos de la Brookings han resumido estos escenarios. William Galston ha analizado la posibilidad de que Trump pueda conseguir una inesperada remontada (1). Ciertamente, Biden lo aventaja en una media de ocho puntos en las encuestas sobre el voto popular. Pero ya se sabe que eso significa nada o muy poco: marca tendencia, pero no determina el resultado. Es el voto de pocos estados con electorados cambiantes lo que determina la composición del Colegio electoral. Pensilvania, Michigan y Wisconsin, tradicionalmente demócratas, votaron por Trump en 2016, pero Biden aparece como favorito ahora y tiene posibilidades en otros que siempre votan republicano (Arizona, Georgia o Carolina del Norte). Si triunfa en los tres primeros, tiene casi garantizada la victoria.

Elaine Kamarck, una de las analistas electorales más experimentadas de Washington, ha aclarado el embrollo institucional que provocaría un improbable pero no imposible empate a votos en el Colegio Electoral (2). A estos escenarios se suman otros que aventuran un periodo poselectoral plagado de zozobra (3).  

La clave, como siempre, reside en la participación. Los demócratas ganan siempre que sus bases sociales acuden a las urnas. El voto temprano y por correo suena prometedor este año. En los estados clave ya ha votado por anticipado más de la mitad del electorado de 2016.

EE.UU no es precisamente un ejemplo democrático: entre un tercio y la mitad de electorado no vota nunca, porque percibe que no sirve de nada. La política no resuelve sus agobiantes problemas cotidianos. A efectos socio-electorales, puede decirse que hay tres Américas: la que vota con gran estabilidad a los republicanos, la que suele decantarse por los demócratas y la que se queda en casa. La primera es la más fiable. El trasvase entre la segunda y la tercera es lo que suele determinar el color de la Casa Blanca o del Capitolio.

LA AMÉRICA REPUBLICANA

 En 2016, la América republicana quemó las naves y optó por poner su destino inmediato en manos de un advenedizo, fanfarrón, políticamente iletrado, moralmente más que sospechoso y dudosamente honesto (por ser suave) en sus manejos privados. Trump conquistó la voluntad republicana e invirtió parte de su ideario político y de su bagaje gestor. La orientación extremista que seduce al “viejo gran partido” (Great Old Party: GOP) desde el final apagado del reaganismo necesitaba un nuevo relato, tras los fracasos del libertarismo antigubernamental del Tea Party y el neoconservadurismo compasivo de Bush. Trump era una anomalía, pero una anomalía que resultaba rentable. El partido no le ha entregado su alma, pero sí sus votos. Y el trilero de Manhattan les ha compensado sobradamente. Primero, con una política fiscal más que ventajosa; segundo, con el control absoluto de la tercera rama del gobierno: el poder judicial y, en especial, el Tribunal Supremo; y last but no least , alentando una panoplia de medidas administrativas para neutralizar los caladeros de voto demócratas:  obstáculos al voto, recomposición interesada de distritos, etc. (4). Una gestión sin complejos, cuyos beneficios a largo plazo ahogarán el bochorno nacional e internacional que provoca el inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania.

Esa América vota. Vota casi siempre. Según los datos de la oficina del censo, tres de cada cuatro norteamericanos que gana más de 150.000 dólares al año pasa por las urnas cuando toca. No todos los ricos votan republicano, pero sí la mayoría. Igual que las mujeres casadas, en un porcentaje que ronda el 70%. También a Trump, pese al machismo primitivo del personaje, que sólo la presión, más familiar que social, ha silenciado en los últimos tiempos.

LA AMÉRICA DEMÓCRATA

La América demócrata reside en la clase media con estudios medios o superiores, que cobra del gobierno, en sus diversos niveles o territorios, o que vive de un salario en un sector industrial cada vez más amenazado por la competencia exterior, o que se agarra a su pequeño negocio para salir adelante. Es una amplia base social donde conviven dos visiones de la política: la ideológica (los más ilustrados o gran parte de los afiliados a un sindicato) y la utilitaria (el resto).

Es una América sin fidelidades acorazadas, propensa a la decepción o al desaliento. Cuando los tiempos empeoran, los no militantes o los más desengañados emigran al bando republicano, como en 2016; los más concienciados, se abstienen y colman su instinto social trabajando en organizaciones cívicas que cuestionan pálidamente el sistema. Biden es percibido como un dirigente de la vieja guardia, con buenos agarres en el mundo sindical. Sin brillos pero con valores tradicionales sólidos, para una población expulsada del ascensor social.

LA AMÉRICA MARGINADA

La tercera América es la que no vota nunca o casi nunca, la que no se siente defendida ni representada por los dos grandes partidos, ni por las alas más radicales de cada uno de ellos, y tampoco por esas terceras opciones que resisten en condiciones adversas. Es la América pobre, de trabajos precarios y mal pagados, fuera de la cobertura sanitaria y al albur de los programas sociales de emergencia (médicos, alimentarios y otros servicios). Pocos políticos, salvo el ala izquierda de los demócratas, apela a su voto, porque tiene poco que ofrecerle, y las promesas y programas caen en saco roto (5).

En esa América anidan los segmentos más desfavorecidos de las minorías raciales (afroamericanos y latinos, sobre todo), que constituyen la mayoría en sus comunidades de referencia. La condición de raza y clase resulta más coincidente en estos sectores sociales, y su comportamiento electoral es más estable: los más pobres en menor proporción que los que gozan de mejor posición. Y cuanto más arriba llegan en la escala social, más se acercan a los republicanos. La edad es también un factor significativo. En 2016, más de la mitad de los afroamericanos jóvenes (menores de 30 años) no votó, pero sí lo hicieron siete de cada diez pensionistas. El sistema expulsa a jóvenes y mayores, pero estos últimos son menos virulentos.

En 2008, un segmento pequeño de esa América de la marginación social y política se dejó tentar por la expectativa de un cambio en la figura de Barack Obama. Ma non troppo. Apenas votó un 60%, mientras en 1960 (en las elecciones que Kennedy ganó por los pelos), el porcentaje de participación fue casi del 64%.

El encanto de Obama no duró mucho. El primer presidente afroamericano era, después de todo, un exponente del sistema, que no pretendía modificar lo fundamental y mucho menos alterar los (des)equilibrios de la sociedad. Lluvia de verano que dejó paso a la sequía contumaz que Trump encarna por delegación.

La tercera América se quedó masivamente en casa hace cuatro años y una parte de la nación azul (demócrata) desertó o compró el mensaje nacional-populista-autoritario del charlatán vendedor de crecepelo. En esa segunda América, la de las heterogéneas clases medias, reside este año, como siempre, la esperanza del partido del burrito. Que sus huestes vuelvan a casa, que hayan tomado nota del engaño, como se cuenta en un reportaje de LE MONDE en Pensilvania (6). De la tercera América, apenas se esperan migajas de confianza, un pequeño empuje, si acaso, para decidir el pulso en algunos de los enclaves urbanos... y poco más. Después de todo, es la América que no cuenta y con la que no se cuenta.


NOTAS

(1) “Can President Trump win an Electoral College majority in 2020”. WILLIAM A. GALSTON. BROOKINGS INSTITUTION, 19 de octubre.

(2) “What happens if Trump and Biden tie in the Electoral College”. ELAINE KAMARCK. BROOKINGS INSTITUTION, 21 de octubre.

(3) “How 2020 US election scenarios play out”. THE GUARDIAN, 17 de octubre.

(4) “The spreading scourge of voter suppression”. THE ECONOMIST, 10 de octubre.

(5) “They did not vote in 2016. Why they plan to skip the election again”. SABRINA TEVERNISE y ROBERT GEBELOFF. THE NEW YORK TIMES, 26 de octubre.           

(6) “En Pennsylvanie, le timide retour des ouvriers dans le giron démocrate”. ARNAUD LEPARMENTIER. LE MONDE, 28 de octubre.

BOLIVIA: EL DILEMA DE ARCE

21 de octubre de 2020

Once meses después de que una combinación de golpe de Estado y confusa denuncia de fraude electoral forzara al exilio a Evo Morales y pareciera acabar con la experiencia socializadora en Bolivia, un heredero heterodoxo del presidente cocalero ha triunfado con gran claridad en las urnas. Luis Arce será el nuevo presidente tras conseguir el 52% de los votos, es decir, más de la mitad de los sufragios y una ventaja superior a veinte puntos sobre el siguiente candidato.

Arce fue el ministro de Economía de Morales durante los trece años al frente del país (excepto en los meses finales cuando tuvo que dejar el puesto para tratarse de un cáncer de riñón). Es considerado el artífice del extraordinario desarrollo experimentado por Bolivia, sobre todo en la lucha contra la pobreza (disminución del 60 al 37 por ciento  y reducción de la indigencia del 38 al 13 por ciento) y de fortalecimiento del sector público (nacionalización de los hidrocarburos y otros recursos energéticos).  

Difícilmente podría encontrar el MAS (Movimiento al Socialismo) un candidato con mejores credenciales para recuperar el poder y dejar atrás este intervalo ominoso, en el que la derecha boliviana ha dejado ver su cara más rancia, racista y represiva. La desastrosa gestión de la pandemia (con evocaciones trumpianas, como la infección de la propia presidenta interina, la ultra Jeannine Áñez) ha dejado en ridículo las proclamas de eficacia y gobierno inteligente que las clases acomodadas bolivianas predicaban en otoño pasado, en oposición al “sectarismo ideológico, indigenista y autoritario” de Evo Morales (1).

Ni siquiera la candidatura de Carlos Mesa, un historiador y periodista liberal y por lo general moderado, presidente entre 2003 y 2005, en pleno auge de Evo, ha conseguido siquiera forzar una segunda vuelta, que hubiera puesto muy difícil la victoria del MAS.

Arce presenta, no en vano, un perfil bien distinto al de Evo. Aunque ha militado siempre en organizaciones de izquierda y socialistas, sus orígenes, estudios y trayectoria profesionales contrastan con los del presidente cocalero. Hijo de profesores, el presidente electo se formó en la Universidad de San Andrés de los Andes y realizó sus estudios de posgrado en Gran Bretaña, antes de ingresar en el Banco Central de Bolivia. Para algunos, era un tecnócrata que Evo Morales necesitaba con el objetivo de dar consistencia a su proyecto de socialismo nacional e indigenista.

Algunos analistas políticos bolivianos menos lastrados por el radicalismo ideológico anti-Evo se han centrado más en discutir los matices de la gestión de Arce en la década larga de 2006-2019 que en aspectos doctrinarios. Algunos impugnan o al menos cuestionan el llamado ”milagro económico” boliviano de esos años. Los brillantes resultados obtenidos se deben, en gran medida, al boom de las materias primas de la primera década del siglo en toda la región latinoamericana, tanto energéticas (petróleo y gas) como agrícolas (soja), debido al espectacular crecimiento de la demanda en China y otras potencias emergentes (2).

Luis Arce tendrá que gestionar un panorama muy distinto al de 2006. Bolivia sufre una depresión sobresaliente, que la pandemia global ha agravado considerablemente. Se cree que el PIB caerá un 6% este año y el desempleo en las grandes ciudades no bajará del 10%. Arce se ha mostrado confiado en la relativa fortaleza de la economía nacional, debido en gran parte a lo conseguido durante su gestión como ministro. Pero las reservas de divisas se han reducido notablemente, aunque debe decirse que cuando Morales se vio obligado a dejar el gobierno el nivel era el de 2007 y el país se encuentra bajo la depresión de la pandemia del COVID-19.

Bolivia soporta unos datos menos alarmantes que otros países de la región, con menos de 140.000 muertos casos, frente al millón que ha alcanzado esta misma semana Argentina, o los cinco millones largos de Brasil. Pero el país dispone de un sistema sanitario más endeble, pese a las mejoras de los años de inversión social. Además, se produjo un fraude escandaloso en la compra de respiradores artificiales, que ha debilitado la atención de los casos más graves.

La gran pregunta ahora, no obstante, es cómo será esta segunda oportunidad del socialismo boliviano (3). Arce sea mostrado cauto y moderado, pese a los intentos de la derecha de presentarlo como una “marioneta de Morales” (en esto, Mesa coincidía con los ultras de Santa Cruz, liderados por Camacho). A medida que avanzaba la campaña y se consolidaba la impresión de una victoria de Arce en primera vuelta, el candidato del MAS ha ido tomando algunas distancias con el expresidente en el exilio, pero más de tono que de fondo.  En efecto, el propio Morales ha adoptado un discurso pragmático y ha defendido en todo momento al candidato de su partido.

Arce no tendrá mucho tiempo para resolver el dilema que ha planeado sobre estas elecciones: si se limita a cerrar el paréntesis e impone el continuismo del primer ciclo progresista, como quiere un sector importante del partido y sus bases sociales y sindicales, o si profundiza en las políticas más pragmáticas de la etapa anterior, como la apertura al capital exterior y el control fiscal. Es posible que la coyuntura lo conduzca por la segunda vía.  

¿OTRO GIRO A LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA?

La “plata dulce” proveniente de las exportaciones en la primera década del siglo favoreció la consolidación en el poder de los partidos de izquierda o centro-izquierda en el sur del continente americano durante la segunda mitad del decenio (Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, sobre todo), lo que creó la sensación de un cambio de paradigma en toda la región, tutelada muy cerca por Estados Unidos durante decenios para prevenir o, en su caso, hacer fracasar experiencias progresistas en la región.

El ciclo resultó más corto de lo esperado y deseado y, cuando los efectos de la crisis financiera internacional se dejaron sentir en aquellas latitudes, el margen financiero que proporcionaban las exportaciones abundantes del sector primario se agotó, los fondos disponibles para políticas sociales se redujeron o extinguieron y las fuerzas conservadoras airearon reales y ficticios episodios de corrupción para provocar la secuencia de derrotas electorales de la izquierda y el centro izquierda durante la pasada década.  

Pero la derecha volvió a fracasar y apunta una nueva oportunidad de cambio en el sur del continente. Después de Argentina y Bolivia, se habla del posible regreso de Lula en Brasil (aunque esto sea aún prematuro) y el más que probable éxito este mismo fin de semana en Chile de la iniciativa para derogar la Constitución heredada del pinochetismo. En este último caso, la campaña por el cambio viene precedida por una movilización sin precedentes de los sectores populares contra el gobierno de Piñera. Pero el malestar social se viene acumulando durante décadas, porque el consenso centrista que gobernó el país tras el abandono de los militares no superó la pavorosa desigualdad social ni acabó con los privilegios de las élites (4).

De confirmarse el giro a la izquierda, sería imperativo aprender de los errores y fijar una agenda estable de transformación. Ya no hay tanto maná que repartir. Habrá que  abordar reformas estructurales. Pero antes hay que salir del agujero negro de la pandemia.


NOTAS

(1) “Bolivia after Morales”. SANTIAGO ANRIA y KENNETH ROBERTS. FOREIGN AFFAIRS, 21 de noviembre de 2019.

(2) “Présidentielle en Bolivia: la victoire de Luis Arce, fidèle d’Evo Morales mais socialiste modéré”. ANGELINE MONTOYA. LE MONDE, 20 de octubre.

(3) “Bolivia’s socialists may revive Latin America’s ‘pink tide’”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 20 de octubre; “Will Bolivia’s elections Usher in a new wave of socialism in Latin America? JAIME APARICIO-OTERO. FOREIGN POLICY, 16 de octubre.

(4) “Will Chile set an example for true democracy?”. MICHAEL ALBERTUS. THE NEW YORK TIMES, 19 de octubre; “Chile brace for constitutional referendum in the wake of violent clashes”. THE WASHINGTON POST, 21 de octubre.

 

SUPREMACISTAS BLANCOS, LAS CAMISAS PARDAS DE TRUMP

14 de octubre de 2020

A medida que se acerca el Election Day crece la inquietud sobre la normalidad del proceso electoral en Estados Unidos. En estos momentos, tanto dentro como fuera del país, se debate acerca de dos polos de incertidumbre. El primero, lógicamente, es el resultado. Pese a que Biden aventaja notablemente a Trump, las encuestas en los estados clave que decidieran el duelo no terminan de superar con claridad el  margen de error; por tanto, el actual presidente (incumbent) aún no parece derrotado. El segundo asunto de discusión, por su novedad y riesgo, es el más importante: ¿aceptaría Trump su derrota?

Desde hace semanas, expertos constitucionalistas, dirigentes y comentaristas políticos y portavoces de sectores sociales debaten abiertamente, y con sonrojo en algunos casos, sobre algo impensable hasta ahora. ¿Estados Unidos se encuentra en el filo de convertirse en una República bajo sospecha? O, como dijo el expresidente Carter, ¿no debería solicitarse el concurso de observadores internacionales para controlar el proceso electoral?

LA SOMBRA NEGRA

En este clima de tensión y nerviosismo electoral, surge otro peligro no menos grave: la sombra de la violencia como factor adicional de desestabilización institucional. Grupos de la extrema derecha racista proclaman abiertamente su intención de no permitir la derrota de Trump; o, como ellos dicen, combatir el supuesto fraude para impedir un segundo mandato.

El supremacismo blanco no es un fenómeno nuevo en Estados Unidos, naturalmente Se trata de un fenómeno histórico intrínsecamente ligado al desarrollo social y político de la nación desde su orígenes, factor decisivo en momentos cardinales como el propio nacimiento, la guerra de Secesión, las leyes segregacionistas o las luchas por los derechos civiles. El infame Ku Klux Klan es sólo uno de los protagonistas históricos de esa constante social e ideológica.

En la actualidad, el supremacismo blanco adquiere formas más diversas y adaptadas a las realidades sociales y, sobre todo, a los instrumentos de desarrollo y propagación, como Internet y las redes sociales. La atomización caracteriza al movimiento, aunque existen lazos de cooperación o encuentro, no tanto organizativo cuanto inspirador.

El COVID-19 ha contribuido muy favorablemente al crecimiento numérico de estos grupos, al proporcionarles un motivo más de propaganda: la supuesta resistencia contra la imposición del confinamiento, de la restricción de la libertad de movimiento y actuación. En la negativa de Trump a favorecer las medidas preventivas y reactivas frente a la enfermedad, estos extremistas han encontrado a un aliado inesperado, nada menos que en la propia Casa Blanca. De repente, el jefe del gobierno se convierte en un un inspirador. Y los que se oponen a él desde posiciones de responsabilidad son los enemigos principales a liquidar. Es el caso de la gobernadora de Michigan, Gretchen Witmer, a la que uno de estos grupos pretendía secuestrar, según el FBI (1). Un plan similar se ha descubierto en Virgina.

Trump había preparado el terreno con tuits incendiarios en los que invitaba a la población a liberarse del confinamiento impuesto por los gobernadores en sus estados. En el debate televisado con su oponente, el presidente hotelero se había negado a condenar a estos grupos, limitándose a recomendarles que permanecieran tranquilos, pero atentos y vigilantes (stand down and stand by). Le faltó decir, a sus intereses personales y electorales (2).

LA MAYOR AMENAZA TERRORISTA

Pero ya antes del proceso electoral y del COVID-19, Trump se había dejado tentar por el apoyo más o menos explícito del supremacismo blanco. Ha exonerado reiteradamente a los asesinos múltiples de ultraderecha, tras los actos violentos de Charlottesville, Pittsburg, Poway, El Paso y otros. Este verano, con motivo de las movilizaciones sociales tras el asesinato del afroamericano George Floyd por brutalidad policial, bandas de ultraderecha aterrorizaron a los manifestantes en Portland y otras localidades, con la anuencia directa o indirecta del agitador de la Casa Blanca.

Los grupos de extrema derecha racista han experimentado un auge sin precedentes durante los cuatro años de mandato de Trump. Según la Liga Antidifamación, una de las ong que siguen más de cerca estas actividades, en 2017 los grupos de ultraderecha mataron a 37 personas (el 20% de las víctimas mortales por terrorismo en el país). En 2018, el terrorismo doméstico se cobró medio centenar de vidas y los supremacistas fueron los autores de casi ocho de cada diez de estos crímenes. El año pasado fue el peor desde 1993, cuando se produjo el macroatentado de Mac Veigh en Oklahoma. Otros investigadores del terrorismo, como Daniel Byman, de la Brookings, han documentado y analizado la predominancia del terrorismo de ultraderecha frente a la atención excesiva puesta por medios y políticos en el yihadismo (4).

 Rebecca Weiner, alto cargo en la policía de Nueva York, describe las características comunes de estos grupos fanáticos y violentos: armados hasta los dientes, muchos de ellos con pasado militar o policial, combinan la indumentaria paramilitar con el uso de camisas hawaianas. Se reclaman confusamente de una cultura que ha venido en conocerse como boogaloo bois: una mezcla de proclamas del libertarismo antigubernamental, derecho ilimitado al uso de armas, sacralización de la violencia y evangelismo, con el designio de que América se convierta en un etnoestado blanco, si es necesario mediante una guerra civil (5).

 ALIADOS INSTITUCIONALES Y PARANOICOS

Como ya ocurriera con el ISIS, el supremacismo blanco también ha visto favorecido por Internet. Las páginas web y los sitios de chat han proliferado, creando una red de inspiración y animación. Es un fenómeno universal, que ha permitido crear nuevos héroes y mitos, como el noruego Breivik o el australiano Tarrant, y conectar a grupos de extrema derecha de todo el mundo con otros cabecillas de esta crecida ultraderecha norteamericana. Pero según Weiner, en el uso masivo de Internet reside también el telón de Aquiles de estos grupos, ya que se les podría silenciar con relativa facilidad, si las grandes empresas del sector tuvieran el mismo interés puesto en neutralizar u obstaculizar la propagación de mensajes yihadistas.

Otro nivel de complicidad, más explícita y perturbadora, proviene de departamentos locales de policía y sheriffs de condados, tanto en ciudades con populosas minorías raciales como en medios rurales o urbanos de la América profunda. En el pasado y en las protestas de este verano, los antidisturbios han sido auxiliados por los pistoleros de la ultraderecha (6).

En su febril actividad conspiratoria, el supremacismo blanco ha convergido con otras corrientes paranoicas, como el fenómeno QAnon, una especie de secta que proclama la existencia de un supuesto plan maligno de pedófilos, políticos demócratas (con Hillary Clinton a la cabeza) y otros poderes ignotos para apoderarse de Estados Unidos y acabar con las libertades. Con apoyo en los foros 4chan y 8chan, han propagado su mensaje y ganan adeptos cada día, incluidos líderes republicanos (7). No constituye una sorpresa que QAnon se haya sumado a la defensa de Trump y a la teoría de un compló para desalojarlo de la Casa Blanca.


NOTAS

(1) “FBI says Michigan anti-government group plotted to kidnap Gov. Gretchen Whitmer”. THE NEW YORK TIMES, 8 de octubre.

(2) “Trump keeps inciting domestic terrorism”. JEET HEER. THE NATION, 9 de octubre.

(3) Cifras recogidas en “A political virus.America’s far-right is energised by Covid-19 lockdown”. THE ECONOMIST, 17 de mayo. Pueden encontrarse estos y otros muchos datos sobre la actividad del extremismo racista en la página web de la AntiDefamation League: http://www.adl.org

(4) De DANIEL L. BYMAN, dos trabajos recientes a retener en la página de la BROOKINGS: “Who is a terrorist today” (22 de septiembre), y “How an administration might better fight white supremacist violence” (11 de agosto).

(5) “The growing white supremacist menace”. REBECCA ULAM WEINER. FOREIGN AFFAIRS, 23 de junio.

(6) “Racism, white supremacism and far-right militancy in law enforcement”. MICHAEL GERMAN. BRENAN CENTER FOR JUSTICE, 27 de agosto.

(7) “QAnon’s creator made the ultimate conspirancy theory”. JUSTIN LING. FOREIGN POLICY, 6 de octubre; “QAnon: aux racines de la théorie conspirationniste qui contamine l’Amérique”. DAMIEN LELOUP y GRÉGOR BRANDY. LE MONDE, 14 de octubre.

               

LA ENFERMEDAD DE TRUMP O TRUMP COMO ENFERMEDAD

7 de octubre de 2020 

Trump enfermó de coronavirus. Como era de esperar. A pesar de la supuesta alta protección de que goza un jefe de Estado, y si es el del Estado más poderoso de la tierra, más aún. Pero Trump no es un jefe de Estado normal. Es más que atípico. Es disfuncional. Lo ha sido, y con exceso, durante el desarrollo de la pandemia y lo fue antes. En estos últimos días, cuando su enfermedad ha sido pública (el inicio de su infección aún no ha sido esclarecido) se ha mostrado más de lo mismo (1). Y todo indica que seguirá en esa línea.

La enfermedad de Trump es el reverso de Trump como enfermedad del sistema político norteamericano. No es sólo la extravagancia, deshonestidad y peligrosidad de su liderazgo lo que se ha manifestado con la crisis sanitaria. La pandemia Trump ha desnudado las contradicciones de la convivencia social y política de Estados Unidos. Desde los servicios de inteligencia hasta la judicatura, pasando por cuerpos y fuerzas de seguridad, o los medios de comunicación en su papel de reflejo y encuadramiento de los comportamientos sociales,  todos se han visto contaminados. Estados Unidos está enfermo de trumpismo. Algunos agentes, colaboradores necesarios; otros, victimas más o menos pasivas o complacientes.

A cuatro semanas de las elecciones más inciertas, inquietantes y peligrosas de la era moderna, el país se ha visto sacudido por la eventualidad de una desaparición física de su líder, enfermo de un mal que se ha empeñado en negar, minimizar o despreciar. Ha desautorizado a médicos y científicos, ha puesto en duda investigaciones y datos probados, ha alentado una estúpida e inútil desobediencia civil, ha retado a la pandemia como si se tratara de un rival en un videojuego. En su absurda cruzada no ha estado solo. Lo han secundado, por acción o por omisión (silencio cómplice) políticos, jueces, policías, periodistas, abogados, militares, algún que otro médico, propagandistas y selectos dirigentes extranjeros que han practicado una forma local del trumpismo, algunos con resultado cercano a la calamidad (Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Alexander Lukashenko, Silvio Berlusconi, Jeanine Áñez, etc.)

Trump ya está de nuevo en la Casa Blanca, no sin antes haberse desprendido de la mascarilla (que lleva en el bolsillo y la saca de vez en cuando para asegurar que se la pone “cuando la necesita”). Atiborrado de esteroides, dopado hasta el límite y poseído por la euforia que sólo tal combinado de fármacos explica, ofrece la impresión segura de volver donde solía, como si no hubiera aprendido nada de la experiencia, salvo que él es “quizás inmune” (2). Los demás, todo el personal de su staff (más de un centenar de personas), poco o nada importan. Son servidores suyos. Si él desafía al mal, sus peones están condenados a hacer lo mismo. Ahora que ha vencido al COVID-19, resulta irrelevante que lo pueda transmitir (3). En una ultra medicalizada Casa Blanca, Trump será jaleado como un héroe. La solemnización de la falsedad.            

Esa es la única lección personal que Trump parece dispuesto a extraer de un fin de semana sombrío: la convicción de que es un tipo providencial, único. Capaz de resolver los problemas en lo que otros fallan. De arreglar lo que lleva tanto tiempo sin funcionar. De “hacer en 47 meses más de lo que tú has hecho en 47 años, Joe”, como le dijo a su rival demócrata en el reciente debate perdulario. De reparar, en fin, esa “carnicería” que denunció en su discurso de inauguración. Trump puede haber superado el virus (asunción tan tempranera como arriesgada), pero Estados Unidos se encuentra ahora más grave del trumpismo que hace una semana. Lo ha dicho con sencillez y claridad Kristin Urquiza, la hija de un fallecido por Covid y participante en la convención demócrata: “en este momento, a lo único que debemos tener miedo es a usted, señor presidente”(4). Primera indicación: ha interrumpido las negociaciones con los demócratas sobre un nuevo paquete de estímulo económico. Confrontación dura.

Si se confirma la recuperación del presidente de las más de veinte mil mentiras, habrá que afrontar una recta final de campaña completamente febril, con furiosos accesos de falsedades, agresividad y demagogia. Con o sin debates. Con o sin mascarilla.

UN MANDATO POBRÍSIMO

Dicen algunos analistas que el COVID-19, en todas sus facetas y ángulos, será el factor decisivo de las elecciones del 3 de noviembre. Puede ser. Pero quizás lo sea tanto o más la otra pandemia, la que genera el propio Trump, la que él ha inoculado al resto del cuerpo político y social americano. Esa enfermedad debilita profundamente la verdad hasta convertirla en irreconocible. Invierte la realidad para amoldarla no ya su discurso (carece de ello), sino a un impulso, a un capricho, o a una acumulación de caprichos.

Trump ha conseguido muy poco o nada de lo que prometió, tanto en materia social, económica como internacional. Sus logros son muy escasos, y los pocos que pueden admitirse como tales durante estos cuatro años difícilmente pueden considerarse suyos. Esa población masculina blanca desclasada que lo votó ha recibido poco o nada de él, salvo el rancho indigesto de un racismo ramplón o la admiración impostada por el reaccionario supremacismo blanco. Pretende ahora, in extremis,  reforzar la orientación conservadora en la interpretación de las leyes, incorporando al Supremo a una juez antiabortista y ferozmente tradicionalista.

En el exterior, ha socavado la arquitectura internacional sin poner los cimientos de una alternativa. Ha vituperado los acuerdos comerciales y alentados guerras que de nada han servido. Ha denigrado las alianzas sin resolver sus carencias. Ha reforzado a los enemigos autoritarios a base de emular sus comportamientos. Ha acelerado los riesgos de desprotección del planeta sin por ello recuperar las viejas industrias extractivas altamente contaminantes. El mundo no soportará cuatro años más de Trump, decía hace poco un alto diplomático europeo. Y Estados Unidos tendrá un presidente seriamente sospechoso de ser un delincuente fiscal, a tenor de las recientes revelaciones del New York Times (5).

ELECCIONES: TODO SOBRE TRUMP

Pero este año Estados Unidos no vota según balances, ya sean económicos, sociales, morales, institucionales o internacionales. De lo único que se trata es de Trump si o Trump no. De “basta de Trump” o “más Trump”. Todo gira en torno a él: para bien o para mal. Incluso quienes pretenden o pretendemos escapar de esa lógica, nos vemos incapaces de hacerlo. Todo gira en torno a él. Incluso los resultados electorales, que él puede aceptar o no, basándose en un fraude irreal (6), lo que abriría una crisis institucional sin precedentes.

Sus rivales políticos oficiales, los demócratas, han elegido para intentar desbancarlo a un hombre, Joe Biden, cuya mejor baza parece ser la de ser el mejor anti-Trump. Pero no por exceso, sino por defecto. Su gran virtud política es consiste en no despertar apenas recelos de parte alguna del electorado. Biden no es demasiado conservador para que no le voten los progresistas, ni es demasiado elitista para que lo rechacen aquellos que desean renovar el sistema. No se le puede considerar un activo centrista, que, en el argot de Washington, es un demócrata tibio y refractario a cambios profundos o auténticos. No concita entusiasmos pero tampoco provoca fobias. Ni es como Obama, ni como Hillary. No mancha. No eclipsa. Molesta poco y resulta muy correcto. Aburridamente correcto. Indoloro. Biden es la antítesis de todo lo que Trump representa, pero sólo en el plano formal. Un tipo demasiado corriente. Un antídoto contra la demasía.  


NOTAS

(1) “The nation needs the truth on President Trump’s illness”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 2 de octubre.

(2) “Trump leaves the hospital minimizing virus and urging americans ‘not to let it dominate your life’” THE NEW YORK TIMES, 6 de octubre.

(3) “Trump didn’t even try to keep his own people safe”. DAVID A. GRAHAM. THE ATLANTIC, 4 de octubre.

(4) https://twitter.com/kdurquiza

(5) “The President’s taxes. Long-concealed records show Trump’s chronic losses and years of tax avoidance”. THE NEW YORK TIMES, 27 de septiembre.

(6) “The attack on voting in the 2020 elections”. JIM RUTENBERG. THE NEW YORK TIMES MAGAZINE, 30 de septiembre.

 

NAGORNO-KARABAJ: ERDOGAN ABRE OTRO FRENTE

30 de septiembre de 2020

El estallido de otro episodio de hostilidades entre Armenia y Azerbaiyán en Nagorno-Karabaj reaviva uno de esos conflictos “congelados” u “olvidados” que reaparecen de cuando en cuando. Los combates acaecidos el fin de semana pasado han provocado decenas de muertos, en la escalada más seria desde el alto el fuego de 1994, aunque desde entonces se hayan producido centenares de violaciones menores.

Las potencias internacionales han activado el mecanismo de control de daños. El Consejo de Seguridad de la ONU ha reclamado “que se detengan de inmediato los combates, se desactiven las tensiones y se reemprendan negociaciones constructivas”. Voto unánime, que no oculta, empero, el juego subterráneo de algunos de los principales actores externos.

UN LARGO CONFLICTO

Nagorno-Karabaj (que significa “jardín negro y montañoso") es un territorio enclavado en Azerbaiyán pero la inmensa mayoría de sus 150.000 habitantes son de origen armenio. La disputa estalló cuando empezaron a surgir las tensiones nacionalistas y étnicas en los años de descomposición de la URSS (1). Desaparecido el régimen soviético, se precipitó la guerra, en 1991. La “nueva Rusia” ejercicio un papel de mediador, basado en su rol de antiguo patrón, y en 1994 se firmó un acuerdo de cese de hostilidades, que no de paz. La guerra había dejado a Armenia con el control del enclave. Azerbaiyán asumió el hecho consumado, pero no aceptó nunca la derrota como definitiva. En los años siguientes se produjeron continuas escaramuzas bélicas. A mediados de la primera década de este siglo se fijaron en Madrid unos “principios” de desescalada. Armenia hizo algunas concesiones sobre el despliegue de tropas en la periferia del territorio y se permitió el regreso de los desplazados a sus hogares. Pero el statu quo, en lo fundamental, se mantuvo.

Con la explotación de los ricos yacimientos de hidrocarburos, Azerbaiyán se sintió con recursos para ampliar y modernizar su arsenal bélico. Se ha aprovisionado en Rusia, pero también en Israel, pese a su filiación musulmana, como ha documentado el periodista canadiense Neil Hauer, afincado en la capital armenia (2). La élite del país, dominada por el clan Aliyev desde los tiempos soviéticos, se ha cuidado mucho de mantener a raya las tentaciones yihadistas en su población sunní y ha cultivado sus relaciones con Occidente.

Con esos refuerzos, sus dirigentes creyeron poder revertir la situación sobre el terreno. A pesar de ser un país más poblado y más rico, la baja competencia de su mando castrense y la escasa moral de sus tropas le han impedido cosechar los éxitos esperados. Expertos militares rusos creen que Azerbaiyán necesitaría emplear la mitad de sus efectivos para obligar a Armenia a claudicar, Además, el desplome de los precios del crudo ha rebajado sus pretensiones (3).

LA MANO TURCA

En esta fase del conflicto, Nagorno-Karabaj se perfila como un escenario más de las tensiones en las zonas periféricas de Europa y Asia, es decir, Oriente Medio y el Cáucaso. Las dos potencias con vocación hegemónica regional son Rusia y Turquía. Enemigos históricos desde la época de los zares y los sultanes otomanos, ahora mantienen una contradictoria relación que combina la rivalidad por el dominio de zonas de influencia y la cooperación interesada y puntual, que incluye la compra turca del sofisticado sistema antimisiles rusos S-400 (para escarnio de la OTAN), el nuevo gasoducto TurkStream o la construcción rusa de la primera central nuclear turca.

Turquía se ha posicionado inequívocamente a favor de Azerbaiyán, por razones étnicas y religiosas muy claras. Además, la hostilidad turca hacia Armenia tiene raíces históricas profundas, que se convirtieron en existenciales con el genocidio armenio de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, que Turquía se empeña en negar. El apoyo de Ankara a Bakú no es solamente retórico o sentimental. Los militares turcos asesoran a los azeríes y ahora, como en escaladas anteriores, han prometido su respaldo “con todos los medios” (4).

Erdogan parece dispuesto a abrir otro frente de su proyecto de influencia expansiva, tras su presencia activa en Siria y Libia y su despliegue naval hasta cierto punto intimidatorio en el Mediterráneo oriental (pulso por el control de las reservas de gas submarinas). Pero en este caso como en los anteriores, en su empeño hay más propaganda que beneficios reales o sostenibles. En Siria ha conseguido establecer una zona de seguridad y debilitar a los kurdos, pero gracias a la complicidad/pasividad de Trump. En Libia ha conseguido frenar la ofensiva del candidato de Moscú y de sus enemigos árabes y apuntalar al gobierno central, controlado por una coalición de islamistas moderados, pero los acontecimientos más recientes apuntan a una solución menos favorable a sus intereses (5).

A decir de numerosos analistas, el “nuevo sultán” pretende compensar con acciones externas de supuesto prestigio el debilitamiento de su proyecto político interno, debilitado por la crisis económica y la gestión del coronavirus. El nacional-populismo empieza a hacer aguas, la oposición ha logrado éxitos notables en las últimas elecciones municipales (conquista de Estambul, la ”cuna” política del presidente) y sus propias bases sociales comienzan a dejar expresar su malestar (6).

EL DOBLE JUEGO DE PUTIN

Además, en el Cáucaso Erdogan no debe esperar mucha ayuda de sus colega/rival Putin. Rusia se considera único responsable de la gestión del conflicto, aunque su posición no haya sido precisamente neutral. Ni en la guerra inicial, ni a lo largo de estos casi 30 años de conflicto. El Kremlin favorece históricamente a Armenia, con quien comparte identidad religiosa de Estado (cristianismo ortodoxo, aunque de distinta rama), le proporciona armas y mantiene bases militares en esa república, para fortalecer su defensa. Lo que no ha impedido que Moscú haya aprovisionado de armamento también a los azeríes. Los intereses de la industria militar rusa mandan.

El cálculo de Putin es ejercer ese doble juego para controlar a los contendientes y marcar el ritmo del conflicto. Pero él es el primero en saber que la manipulación de los sentimientos nacionalistas y religiosos es una práctica peligrosa que puede escapar, al menos puntualmente, al control de agentes externos, como se ha visto en otros lugares.

Ankara y Moscú comparten tácticas en esta proyección de prestigio en Oriente Medio y Cáucaso: el empleo de fuerzas mercenarias o subcontratadas, con las que evitan una implicación directa de sus botas y uniformes sobre el terreno (7). Erdogan ha utilizado estos efectivos en Siria (clave del control que sus proxies ejercen en la región occidental de Idlib) y en Libia. Putin ha hecho lo propio con el grupo Wagner y milicias pro-Assad.  

Finalmente, Estados Unidos ha ejercido un papel distante. Pertenece, como Francia y Rusia, al llamado “grupo de Minsk”, una especie de task force diplomática encargada de mantener bajo control el conflicto en los últimos años. Sin embargo, Trump se ha escorado del lado azerí, en parte para compensar la preferencia rusa por Armenia, pero, sobre todo, por los intereses petroleros. Compañías norteamericanas participan en la explotación de los recursos.

NOTAS

(1) “Why are Armenia and Azerbaijan heading to war”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 28 de septiembre.

(2) FOREIGN POLICY, 24 de agosto.  

(3) “Armenia y Azerbaiyán no han podido resistirse a desencadenar una guerra gran escala, pero probablemente fugaz” NEZAVISSÏMAYA GAZETA, 27  de septiembre; “Los primeros resultados del agravamiento en Nagorno-Karabaj”. GAZETA.RU, 27 de septiembre (ambos artículos han sido citados en “¿Vers une guerre d’envergadure entre l’Arménie et l’Azerbaïdjan? COURRIER INTERNATIONAL, 28 de septiembre).

(4)  “Affrontaments dans le Haut-Karabakh: l’Arménie et l’Azerbaïdjan au seuil de la guerre”. LE MONDE, 27 de septiembre.

(5) “Beyond the ceasefire in Libya”. ANAS EL-GOMATI y BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE, 25 de agosto.

(6) “Erdogan faces his biggest test of the pandemic: the economy”. CARLOTA GALL. THE NEW YORK TIMES, 6 de mayo.

(7) “Turkey and Russia preside over a new age of mercenary wars”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 30 de septiembre; “The internationalization of Libya’s post-2011 conflicts from proxis to boots on the ground. FREDERICK WEHREY. CARNEGIE FOR INTERNATIONAL PEACE, 14 de septiembre; Libya’s proxy sponsors face a dilemma”. RANJ ALAALDIN y EMADEDDIN BADI. BROOKINGS INSTITUTION, 15 de junio.

 

EE.UU: EL GOBIERNO DE LAS TOGAS

 23 de septiembre de 2020

La muerte de Ruth Bader Ginsburg, una de los nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos (SCOTUS), ha abierto un nuevo frente de agria confrontación en una ya muy enrarecida campaña electoral. A mes y medio de la decisión (al menos sobre el calendario oficial),  nunca han sido tantas las dudas sobre el funcionamiento normal de la provisiones electorales, legales e incluso constitucionales.

La democracia norteamericana, discutible desde su patricios orígenes, está siendo cuestionada incluso por los actores menos sospechosos de espíritu crítico. Más allá del corrosivo “efecto Trump”, al sistema se le están abriendo las costuras. Las fallas estructurales quedan en evidencia, el liderazgo se debilita o se presenta caduco o inmaduro, se atribuye a una inevitable polarización la ausencia de soluciones prácticas y se escamotean las razones profundas de la crisis general. La nación vive una crisis de confianza más profunda aún que la experimentada a finales de los sesenta, durante el clímax del trauma vietnamita.

UN EQUILIBRIO DE DEPENDENCIAS

En Estados Unidos se denomina “Gobierno” al conjunto de los tres poderes del sistema liberal: ejecutivo, legislativo y judicial. En Europa utilizamos “Estado” para referirnos a ese entramado institucional. Tiene sentido práctico esa distinción nominal. El sistema de equilibrio de poderes (check and balance)  funciona de manera algo diferente en la democracia formal norteamericana. Cada rama del “gobierno” ejerce sus atribuciones con plena conciencia no sólo de su poder autónomo, sino de su capacidad para limitar, vigilar y condicionar a los otros dos, de forma diferenciada en cada caso. Y, sin embargo, en este mecanismo de compensación se genera una fuerte dependencia mutua.

El legislativo puede vetar una decisión presidencial y dejarla en suspenso. Pero el Jefe del ejecutivo tiene capacidad para neutralizar el veto del Congreso y hacer efectiva su decisión. Hay materias en las que el Presidente puede actuar sin control parlamentario (las órdenes ejecutivas), aunque el terreno de actuación es siempre polémico.  

El Tribunal Supremo, máximo expresión del poder judicial, constituye una suerte de gobierno paralelo, en el sentido de que sus sentencias condicionan la interpretación de las leyes producidas por el Congreso y validan o impugnan las decisiones de la administración. Y, sin embargo, el SCOTUS depende por completo de los otros dos poderes. El Presidente es el que elige a los aspirantes. Pero, para acceder a la magistratura, el seleccionado debe ser ratificado por el Congreso.

Una vez investido, el juez supremo lo es de por vida, y sólo puede ser recusado tras un complejo y complicado proceso en el que se demuestre delito o incompetencia para ejercer el cargo: una suerte de inviolabilidad, que excluye, al menos teóricamente, interferencia política alguna. Los togados más elevados atesoran un inmenso poder, prestigio social e institucional y no están sometidos al veredicto de las urnas ni a las presiones del juego político. Los nueve jueces del Supremo constituyen el sanedrín más exclusivo e imperturbable de la democracia norteamericana: se sobreponen a todos los frentes de la intensa e inagotable batalla política.

Por eso, la desaparición física, biológica de un juez supremo (jueza, ahora) supone un acontecimiento mayor, y más si acontece en plena campaña electoral. Y que haya sido en la de este año, precisamente, resulta el colmo. El país vive episodios  sublevación ciudadana contra el racismo policial (reflejo del institucional y el social), la desigualdad y la degradación vital.

PRINCIPIOS MARXIANOS

La greña es fácil de entender. Un presidente tan infradotado para el respeto de las normas y antítesis de la elegancia política como es Trump no deja que se le escape una oportunidad. Ginsburg era claramente progresista: feminista, defensora de la elección de la mujer en el aborto y de los fundamentos legales de la reforma sanitaria de Obama (1). Trump pretende sacar partido de su desaparición reforzando la actual mayoría conservadora con la selección de una aspirante (mujer reemplazará a mujer) cuya orientación conservadora esta fuera de dudas. La gran favorita, Amy Coney Barrett, es una ferviente y sólida católica, antiabortista (2) y otras que se manejan en el despacho oval no le van a la zaga.

Los legisladores republicanos están encantados de que así sea (3). Si el establishment GOP ha tolerado al presidente hotelero, a pesar del desprecio que le profesan, es porque se ha avenido a respaldar la agenda ultra del GOP. Se le admiten sus pecadillos de soberbia, incompetencia y pésimo gusto. Lo tratan como a un mal pasajero que deja, empero, un rédito aprovechable para sus intereses.

No les importa a los republicanos contradecirse a si mismos, ni violar intelectualmente los principios que tan ardorosamente proclamaron en 2016, cuando Obama propuso al liberal moderado Merrick Garland para ocupar la plaza vacante tras la muerte del ultraconservador Scalia. Los republicanos argumentaron que resultaba impropio que un presidente saliente (no había posibilidad de reelección porque Obama agotaba su segundo mandato) determinara el pulso futuro de la máxima interpretación legislativa. Amparados en la mecánica dilatoria del filibusterismo parlamentario consiguieron que se agotaran los plazos y Garland se quedó compuesto y sin plaza.  

Obama presentó la candidatura de Garland a ocho meses de las elecciones. Trump se dispone a hacerlo (este próximo fin de semana, dice) cuando falta sólo mes y medio para la decisión ciudadana. Pero a Mitch McConnell, que es el líder de la mayoría republicana en el Senado ahora y en 2016 se le han olvidado los principios. Como el partido de Obama siguió  adelante con su empeño entonces, que se atenga ahora a las consecuencias, ha insinuado. Aplicación práctica de los principios marxianos (de los geniales hermanos).

BIDEN ELUDE LA PELEA

Los demócratas están encendidos, pero no todos por igual. El ala izquierda clama pelea y movilización. Si se sigue adelante con la ignominia, reclaman que de lograrse la victoria en el ejecutivo y en el legislativo, se inicie el proceso para incrementar el número de jueces en el SCOTUS, para compensar la mayoría conservadora actual con el ingreso de nuevos togados liberales/progresistas (4). Observadores más templados reclaman un cambio de reglas (5).

El comedido Biden hace mutis por el foro. En sus comparecencias públicas de estos días elude el asunto: se centra en Trump, en su incompetencia para contener el COVID, en su estilo autoritario y divisor. Cree que el foco en el factor humano desacredita a su rival (6).  Una analista apreciada por los demócratas como Anne Applebaum avala esta estrategia (7).

Al cabo, Biden es coherente con su trayectoria. De un puro producto del sistema como él no cabe esperar otra cosa. Los pesos pesados de su partido que han resultado derrotados en unas primarias erráticas y paradójicas como pocas se han conjurado para apoyarlo, pero le demandan más energía, más determinación y riesgo. Biden se refugia en un discurso prudente y buenista, como si temiera cometer un error fatal (a lo que es muy proclive).

Las encuestas predicen que la estrategia puede resultar, aunque ya nadie se fía, después de lo ocurrido en 2016. Bien es verdad que la posición de Trump es más débil que hace cuatro años, incluso en sus feudos obreros y blancos de los llamados estados clave. Después de la experiencia abrasiva en la Casa Blanca, el gris y tenue Biden quiere oficiar de bálsamo de la nación. Unificador y pacificador: un healer (sanador). Así se presenta el candidato demócrata y así quiere que el electorado lo vea.

 

NOTAS

(1) “Justice Ginsburg’s judicial legacy of striking dissents”. THE NEW YORK TIMES, 20 de septiembre.

(2) “To conservatives, Barrett has a ‘perfect combination’ of attributes for Supreme Court”. THE NEW YORK TIMES, 20 de septiembre.

(3) “The Supreme Court may be about to take a hard-right turn”. THE ECONOMIST, 22 de septiembre.

(4) “A dangerous moment for the Court. And the country”. MARY ZIEGLER. THE ATLANTIC, 21 de septiembre,

(5) “Judicial term limits are the best way to avoid all-our war over the Supreme Court”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 21 de septiembre.

(6) “Biden’s moderation contrasts with Democrat rage as court fight looms”. THE WASHINGTON POST, 21 de septiembre.

(7) “If you care about the Court, don’t talk about It. Fixating on the open Supreme Court seat will provoke a culture war”. ANNE APPLEBAUM. THE ATLANTIC, 20 de septiembre.