¿HACIA UNA TERCERA DÉCADA PERDIDA EN AMÉRICA LATINA?

 26 de mayo de 2021

América Latina es la zona del mundo más golpeada por COVID. Esta semana ha superado el millón de muertos, casi una tercera parte del total mundial, pese a que la región sólo reúne al 8% de la población planetaria. La pandemia no da señales de remitir. Excepto en Chile y Uruguay, la vacunación avanza con lentitud desesperante por falta de recursos, una logística deficiente, políticas absurdas e irresponsables (es el caso de Brasil, que se suman casi la mitad de las víctimas) y las debilidades estructurales de los sistemas sanitarios (1)

El impacto es durísimo, y no sólo en el plano sanitario o humanitario. La catástrofe económica es inmensa. Según el informe anual del Banco Interamericano de desarrollo, la economía de la región se ha retraído casi un 7,5% (un 3% en el global mundial), algo que no se había producido en los doscientos años de vida de estas naciones (2). Ningún otro bloque geográfico del mundo presenta cifras tan devastadoras. La región ha padecido, sin embargo, los confinamientos más estrictos. Tres países de América del Sur figuran entre los cinco con condiciones más severas de aislamiento: Perú (1º), Argentina (2º) y Chile (4º).

La fuerte dependencia que muchos de estos países tienen del turismo y de otros sectores económicos que el FMI denomina “de contacto intensivo” explica en parte esta situación calamitosa. Hay otros factores que contribuyen notablemente, en particular las políticas de estímulo fiscal y de réplica a la crisis, que han sido mucho más débiles que en otros lugares. Según un estudio de THE ECONOMIST, la media mundial de dinero público aportado ha sido de un dólar por cada dólar perdido por la crisis. En América del Sur y el Caribe, la cifra ha sido de 28 centavos. Además, parte de esa insuficiente compensación no ha repercutido directamente en la mejora de la situación de los ciudadanos, sino en cubrir las deficiencias de un sistema sanitario endeble (3).

La pandemia ha puesto en evidencia la debilidad económica y la fragilidad social de una región azotada por el mal gobierno, la orientación deliberadamente equivocada de sus sistemas productivos y el egoísmo criminal de sus élites. Latinoamérica padece los mayores niveles de desigualdad social de todo el mundo, con abismos escandalosos entre los tramos más y menos desfavorecidos de la población. No podía esperarse otro resultado menos severo tras el azote adicional del coronavirus.

Antes de la pandemia, la zona afrontaba una nueva década marcada por la amenaza de una nueva regresión. Tras la década larga perdida de finales del siglo pasado, se produjo, a mitad de la primera de esta centuria un débil y vacilante y engañoso periodo de recuperación, favorecido por el impulso de las materias primas, en un momento de fuerte demanda exterior, sobre todo procedente de China y otros mercados emergentes. Eso coincidió con la llegada al poder de fuerzas progresistas en varios países de la región, en algunos casos por primera vez en su historia. La pobreza se redujo, la alfabetización se incrementó, los programas sociales se reforzaron o se implantaron.

Pero el experimento duró poco. A mitad de la segunda década, la crisis financiera internacional terminó repercutiendo en el dependiente sistema económico de la región y casi todo se vino abajo. Los gobiernos progresistas fueron sustituidos por una versión remozada del neoliberalismo conservador. Llegó la época de los  presidentes-empresarios (Argentina, Chile, Perú, Uruguay y, con retraso, Ecuador), de populismos extremistas con indisimuladas tendencias autoritarias (Brasil), cuando de no oscuras maniobras políticas golpistas (Bolivia) o de conservadurismo acentuado (Colombia). El nuevo giro fracasó claramente en Argentina y Bolivia y da muestras de agotamientos terminal en Chile y en Brasil. El Covid sólo es la puntilla.

En dos de estos países hemos asistido estas últimas semanas a procesos distintos de gangrenamiento social y vuelco institucional: Colombia y Chile. Dos trayectorias diferentes, pero con un denominador común: atrincheramiento de las élites y empobrecimiento galopante de la población, debilitamiento de las clases medias y fracaso de un sistema de alternancia que deja fuera o desconoce las necesidades populares.

El estallido social en Colombia es el más grave en décadas. El gobierno de Iván Duque ha llevado al extremo la militarización sistémica de la policía para reprimir las protestas de una población exasperada (4). La pobreza ha alcanzado a otros cuatro millones más de colombianos, tanto por efecto del Covid como por las propias debilidades de la estructura económica. La chispa que precipitó la explosión social fue una reforma fiscal lesiva e injusta, que reforzaba los impuestos al consumo (los que más perjudican a los pobres) e introducía otros sobre la renta que agravaban el sistema impositivo más regresivo del continente.

Colombia llevaba desde 2016 esperando en vano el llamado “dividendo de la paz”, es decir, los supuestos beneficios del acuerdo con las FARC. Duque representaba el sector más beligerante de la oligarquía colombiana. Aunque no se ha revertido el proceso claramente, se han producido provocaciones. No ha sido una sorpresa que portavoces políticos y militares hayan querido presentar las protestas sociales como una actividad encubierta de “terrorismo”. El medio centenar de muertos dejado por la represión alimentará el resentimiento social (5).

En Chile, la descomposición del gobierno del empresario Piñera se ha consumado en las elecciones constituyentes. En realidad, la derecha, con menos de una cuarta parte de los escaños en juego, no ha sido la principal perdedora. El bloque de la Concertación, fórmula centrista que condujo los destinos del país durante dos décadas tras la caída de la dictadura militar, también parece definitivamente liquidado, tras un largo periodo de agotamiento, al obtener sólo una sexta parte de los diputados (6).

La Asamblea de la que debe salir una nueva Constitución que entierre para siempre el legado de Pinochet estará dominada por nuevas o remozadas fuerzas de izquierda, ajenas al consenso centrista de las últimas dos décadas, y de los “independientes”, cuya orientación en la práctica está aún por calibrar. Los movimientos estudiantiles, ecologistas e indigenistas han conseguido hacer oír su voz y tendrán un peso inédito en el futuro rumbo político.

Algunos analistas “al norte de Río Grande” quieren ver un contraste entre los casos colombiano y chileno: marcado por la violencia, el inmovilismo y la desesperación, el primero; impulsado por la “civilidad” y una renovada “institucionalización”, el segundo (7). La realidad es más compleja. Una nueva constitución, por muy progresista que sea, no será suficiente para superar las viejas heridas de la sociedad chilena. La democratización del sistema político no redujo, o muy poco, la desigualdad y las graves fracturas sociales. No hay garantías de que se reproduzcan las frustraciones.

Desde el poderoso vecino del norte preocupan las denominadas “derivas populistas” (al modo de Bolivia, Ecuador o Venezuela) que el empecinamiento en recetas liberales que no sólo han incrementado la pobreza sino que han fracasado en garantizar un crecimiento sólido.

Tras treinta años de vaivenes políticos, una realidad se impone como incontestable. América Latina necesita un cambio profundo, estructural más que puramente institucional, con una decisiva y contundente acentuación en políticas socio-económicas de creciente igualdad y distribución más equitativa de la riqueza. En caso contrario, estaremos abocados a una tercera década perdida.


NOTAS

(1)https://www.paho.org/en/news/21-5-2021-latin-america-and-caribbean-surpass-1-million-covid-deaths

(2)https://publications.iadb.org/publications/english/document/2021-Latin-American-and-Caribbean-Macroeconomic-Report-Opportunities-for-Stronger-and-Sustainable-Postpandemic-Growth.pdf

(3) “Why Latin America’s economy has been so badly hurt by covid-19”. THE ECONOMIST, 10 de mayo.

(4) “Colombia’s Police Force, built for War, find a new one”. JULIE TURKEWITZ y FEDERICO RÍOS. THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo.

(5) “Agobio por la pandemia y la violencia policial sacuden a Colombia” ELISABETH DICKINSON. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 6 de mayo; “Battlefield Colombia”. CATHERINE OSBORNE. FOREIGN POLICY, 6 de mayo.

(6) “Las elecciones a la Convención constitucional de Chile confirman el deseo de cambio de la ciudadanía”. GUSTAVO GONZÁLEZ. IPS, 18 de mayo“Chilean voters have turn their backs on traditional coalitions. What’s next? WILL FREEMAN y LUCAS PERELLÓ. FOREIGN POLICY, 17 de mayo.  

(7) “Why Chile’s Constituent Assembly matters to all of Latin America”. OLIVER STUENKEL. CARNEGIE, 20 de mayo;“Chile’s Constitution is too new for its own good”. MICHAEL ALBERTUS. FOREIGN POLICY, 21 de mayo;

PALESTINA: MISMA TRAGEDIA, ESCENARIOS DISTINTOS

 19 de mayo de 2021

Más de doscientos veinte muertos palestinos (un 30%, niños), por bombardeos intensivos de la aviación y la artillería israelí sobre Gaza; y una docena de fallecidos israelíes por cohetes de Hamas lanzados sobre núcleos de población en Israel constituyen el muy desigual balance de un nuevo estallido bélico. Destrucción y sufrimiento. La tragedia se repite. Como en 2014, 2012 o 2008-09. Pero esta vez, en escenarios políticos o estratégicos muy distintos. Son estos:

1) La deriva extremista israelí. La presente crisis se produce, no por casualidad, cuando estaba a punto de fraguar una inverosímil fórmula de gobierno alternativo que hubiera enviado a Netanyahu a la oposición, y propiciado su retirada política, una vez que quedara expuesto, ya sin blindaje, a la acción de la justicia, en los tres procesos que se siguen contra él.

El preacuerdo entre los centristas de Yeish Atid (Hay futuro) y los ultraconservadores de Yamina habían logrado atraerse a los cuatro diputados de la formación islamista Ra’am (Netanyahu lo había intentado antes, en vano). Una coalición Frankenstein, que refleja la crisis de identidad de Israel. La descomposición del centro-izquierda laborista y sus epígonos y el crecimiento del nacional-judaísmo dirigen a Israel por  una senda muy oscura e inquietante. El Parlamento israelí actual es el más extremista de la historia. El peso de los religiosos, ya sean ortodoxos o sionistas, es más grande que nunca. La derecha se fragmenta y radicaliza cada vez más por disputas de liderazgo (de ego, más bien), relegando los debates ideológicos o programáticos. Netanyahu es un rey sin corona, en una corte de ambiciosos segundones (1).

                En ese panorama, los partidos de la minoría árabe se agrupan o distancian, se unen o rompen por cuestiones menores, incluidos también los personalismos. Pero, sumados,  han llegado a ser una fuerza política en absoluto desdeñable: tanto como para ser imprescindibles en una coalición de gobierno, algo insólito en más de 70 años de existencia del Estado.

2) La quiebra de la convivencia árabe-judía en Israel

La revalorización política de la minoría árabe israelí ha podido ser un factor relevante en los enfrentamientos de abril y primeros de mayo en Jerusalén Este. La sucesión de hechos es claramente provocadora: presiones previas a una decisión judicial sobre el desalojo de unas casas habitadas por palestinos en la ciudad vieja; violenta intervención policial para acabar con las protestas subsiguientes; e irrupción de militantes del partido religioso extremista Lehava en actitud ofensiva y agresiva en la explanada de las mezquitas. Esta secuencia provocó una reacción solidaria de la minoría árabe israelí con los palestinos y un enfrentamiento abierto con los fanáticos judíos (2).

Los árabes israelíes han defendido siempre una solución justa al problema palestino, incluidos los derechos políticos. A pesar de su marginación, siguen siendo ciudadanos de Israel. Los recientes acontecimientos han dañado la convivencia y agudizado la brecha social y política. Lo que añade un factor adicional de desestabilización (3).

La primera consecuencia política ha sido la ruptura del preacuerdo de coalición israelí. El derechista Neftalí Bennett, líder de Yamina, reconocía hace unos días que la colaboración de los islamistas de Ra’am era ya imposible. Resultado más factible: quintas elecciones en poco más de dos años. Pero en esta ocasión, ante el persistente bloqueo político, se tratará de una elección única y directa del primer ministro, es decir, una presidencialización de facto del régimen político. Oportunidad inesperada para Netanyahu para sobrevivir otra vez. La acción militar puede verse también desde esta perspectiva de utilidad interna (política y personal).

3) La causa palestina, sin rumbo y sin liderazgo.

La tragedia de Gaza evidencia de nuevo la extrema debilidad palestina, la ausencia de liderazgo y un peligroso vacío político y estratégico. La crisis se produce días después de que el presidente de la Autoridad palestina, Mahmud Abbas, decidiera suspender las primeras elecciones generales palestinas en quince años. Aunque alegó razones de seguridad (el COVID , entre otras), se sospecha que el octogenario líder palestino trataba en realidad de evitar una derrota calamitosa de su partido, Fatah. Los herederos de Arafat, divididos en tres listas separadas, corrían el peligro máximo de ser vencidos por Hamas también en Cisjordania. La generación de dirigentes que ha vivido al amparo de los acuerdos de Oslo con Israel sin lograr un Estado propio ni otros objetivos de una paz elusiva y tramposa habrían firmado su fracaso definitivo, su jubilación política y, last but no least, el punto final a una trama de beneficios personales que el pudrimiento de la autonomía palestina ha generado estas tres últimas décadas. Como sostienen dos investigadores palestinos en Oxford, se impone una reflexión (4).

A su vez, Hamas podría haber ganado esas elecciones, pero la gran pregunta es si realmente quería hacerlo, por las consecuencias que ello comportaría. Desde el fracaso de la primera Intifada, a finales de los ochenta, Hamas se ha presentado como la alternativa combativa a Fatah-OLP, desde una concepción de resistencia sin fisuras. En realidad, esa ha sido una falsa, o al menos equívoca, etiqueta. De hecho, los islamistas han pactado en numerosas ocasiones con Israel, por razones pragmáticas de supervivencia, e incluso por responsabilidad. Tener competencia de gobierno ha obligado a ello. Desde la terrible guerra de 2014, los “arreglos” entre Israel y Hamas han sido constantes. 

Si a Netanyahu le conviene la guerra, a Hamas, también. El lanzamiento de cohetes sobre población civil no es una respuesta militar. Ni siquiera un acto de desesperación o frustración, sino un acto de propaganda (5). Como anticipó Aaron David Miller, un veterano de las negociaciones de paz en la administración Clinton, ambas partes se necesitan mutuamente (6). Y se retroalimentan. El único perdedor es la martirizada población de Gaza.  

4) Una nueva alineación estratégica regional y final del frente árabe

Israel ha mejorado notablemente su posición regional. Los denominados Acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, han consagrado las relaciones de Israel con estados árabes del Golfo. Emiratos y Bahréin se encuentran inmersos en el proceso de normalización diplomática y de cooperación económica-tecnológica con el otrora enemigo.

Arabia Saudí se reserva para el momento más propicio, aunque ya se han filtrado los contactos bilaterales sobre calendarios y condiciones del pacto. El sobresalto de estos días en Jerusalén Este ha obligado al Trono a pronunciar críticas verbales, discretas, contra Israel, pero sin dar un paso atrás en el acercamiento. Algo parecido pasa con Jordania, que es el custodio de esos santos lugares musulmanes, en un momento de especial fragilidad para el Reino, tras una oscura conspiración en las más altas esferas, resuelta de manera poco convincente.

Tanto Israel como las petromonarquías conceden una importancia estratégica a este realineamiento regional, que está diseñado para contrarrestar a Irán, ante un eventual restablecimiento del acuerdo nuclear. En este tablero volátil se juegan distintas bazas a la vez. Los saudíes mantienen la carta israelí en reserva, pero negocian paralelamente con Teherán un sorprendente acercamiento (¿o algo más?), por primera vez en cuarenta años. La fatiga de Washington por Oriente Medio hace que cada actor regional trate de mejorar sus posiciones. Sin complejos. Sin prejuicios (7).

5) La división norteamericana sobre el conflicto.

El estallido de esta última crisis supone una incomodidad para Biden, que ha puesto su atención prioritaria en China y, por extensión, en la vasta región de Asia-Pacífico. Ni siquiera el dossier nuclear iraní lo distrae mayormente de ese objetivo (8). Hay interés por llegar a un acuerdo con los ayatollahs, pero ha imprimido un ritmo pausado en las laboriosas negociaciones. En junio hay elecciones presidenciales en Irán. Se teme un triunfo de los conservadores, más reticentes al acuerdo con Washington, si no acarrea consigo un amplio levantamiento de las sanciones. De ahí que los norteamericanos “arrastren los pies”, hasta que se clarifique el rumbo político en la república islámica.

En las operaciones de estos días, Biden ha actuado con el libreto convencional: defensa del derecho de Israel “a defenderse”, bloqueo de condenas internacionales de la ONU, pasividad ante la brutal y desproporcionada respuesta bélica israelí al lanzamiento de cohetes de Hamas sobre núcleos de población israelí y pálida y tardía solicitud de alto el fuego (no fin de hostilidades). Esta ha sido la postura de Biden en cincuenta años de actividad política, en el Congreso, como responsable del Comité de exteriores, y luego en la Casa Blanca de Obama.

Lo que resulta novedoso es la creciente posición crítica en las filas demócratas. Nunca ha habido un grupo tan numeroso de congresistas que señalen a Israel como responsable. Aparte de Alexandra Ocasio-Cortez, Ilham Omar y Rashida Tlaib (de origen palestino), se han elevado otras voces que exigen a la Casa Blanca condenar los excesos de Netanyahu y del Tsahal, denunciar la política israelí como propia de un régimen de apartheid y condicionar la ayuda a Israel a un patrón decente de comportamiento (9). Por primera vez, más de la mitad de la población judía menor de 30 años no se considera vinculada a Israel. Los judíos norteamericanos agrupados en J-Street, organización más progresista que el lobby AIPAC, creen llegado de momento de acabar con la incondicional del apoyo al estado sionista (10).


NOTAS

(1) “How the fight with the Palestinians gave Israel’s Netanyahu a political lifeline”, NERI ZILBER. THE WASHINGTON INSTITUTE, 14 de mayo.

(2) “After years of quiet, israeli-palestinian conflict exploded. Why now?”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 15 de mayo. “Israel’s war will never end. STEVE A. COOK. FOREIGN POLICY, 13 de mayo.

(3) “The perfect storm for israelis and palestinians”. NATHAN SACHS. BROOKINGS, 15 de mayo.

(4) “A Palestinian reckoning. Time for a new beginning”. HUSSEIN AGHA y AHMAD SAMIH KHALIDI. FOREIGN AFFAIRS, abril-mayo 2021.

(5) “Hamas tries to seize the day”. DANIEL L. BYMAN. BROOKINGS, 12 de mayo.

(6) “Israel and Hamas need each other”. AARON DAVID MILLER. FOREIGN AFFAIRS, 29 de marzo de 2019.

(7) “Résurgence du conflict israélo-palestinien: les nouveaux alliés árabes d’Isräel sur la corde raide”. BENJAMIN BARHTE y FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 13 de mayo.

(8) “The U.S. can neither ignore nor solve the israeli-palestinian conflict”. MARTIN INDYK. FOREIGN AFFAIRS, 14 de mayo.

(9) “Bringing assistance to Israel in line with rights and U.S. laws”. JOSH RUEBNER, SALIH BOOKER Y ZAHA HASSAN. CARNEGIE, 12 de mayo.

(10 ) “Tensions among the Democrats grow over Israel as the Left defends Palestinians”. THE NEW YORK TIMES, 15 de mayo; The U.S. conversation on Israel is changing, no matter Biden’s meek response”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 17 de mayo.

ESCOCIA: FORTALEZAS Y DEBILIDADES DE LA ASPIRACIÓN INDEPENDENTISTA

12 de mayo de 2021

Las elecciones regionales en Escocia del pasado 6 de mayo han reforzado la aspiración nacionalista de lograr un nuevo referéndum de independencia. El Partido Nacionalista escocés (SNP) ha aumentado en un escaño su presencia en el Parlamento de Holyrood y se ha quedado a uno solo de la mayoría absoluta. Sus socios en la aspiración independentista, los verdes, han obtenido dos más y ya suman ocho. Hay, por tanto, una mayoría política que quiere a Escocia fuera del Reino Unido. Y dentro de la Unión Europea.

La posición de los nacionalistas se ha reforzado electoralmente, mientras el bando opuesto presenta un balance desigual. Los conservadores parecen exitosos tras su abrumador triunfo en las generales de diciembre de 2018, mientras los laboristas continúan con su calvario electoral, confirmado en los comicios parciales recientes. En las últimas dos décadas, la decadencia laborista en su otrora feudo escocés ha transcurrido en paralelo al auge independentista, como refleja el siguiente gráfico. Es claro el trasvase de votos, favorecido por la evolución del nacionalismo hacia posiciones clásicas de la socialdemocracia europea.



Los liberal-demócratas tampoco levantan cabeza. Su creciente irrelevancia en Escocia se ha producido en beneficio de los conservadores, que se presentan como portavoces más convincentes de la población unionista.



El primer ministro tory, Boris Johnson, parece haber superado el desgaste de la pandemia con una eficaz campaña de vacunación, liberada de las rigideces burocráticas que han lastrado a la UE. Pero ante el “problema escocés”, esta aparente fortaleza es muy discutible y tendrá que ser más hábil que contundente.

Nicola Sturgeon es ya, sin lugar a dudas, la segunda figura política del Reino (todavía) Unido. El reciente triunfo electoral parece enterrar la marejada que sacudió al SNP por el enfrentamiento con, Alex Salmond, su antecesor.

Así las cosas, la independencia escocesa y el procedimiento para alcanzarla será objeto de una feroz disputa y de un intrincado debate social, mediático y político. He aquí un repaso a las fortalezas y debilidades de una aspiración que puede tener enormes consecuencias en todo el continente. Los argumentos favorables y desfavorables se presentan por bloques temáticos.

1. La cuestión legal o de procedimiento.

      DEBILIDADES

FORTALEZAS

Los nacionalistas no pueden convocar el referéndum. Tiene que hacerlo Westminster. Los conservadores, con mayoría absoluta en el Parlamento de Londres, se oponen radicalmente, igual que laboristas y liberales.

La mayoría independentista no plantea un desafío al Estado ni pretende seguir una vía unilateral, contrariamente a lo ocurrido en Cataluña. Quiere que el proceso se ajuste a las exigencias legales.


2. Las bazas políticas.

  DEBILIDADES

FORTALEZAS

Johnson ha descartado el “permiso” para la celebración de un nuevo referéndum, ateniéndose al principio no escrito (es decir, político, no legal) de que tal iniciativa sólo puede producirse una vez por generación. Cameron ofreció más competencias a Escocia en 2014 y eso resultó decisivo para que el resultado del referéndum fuera favorable a la permanencia en el Reino Unido. Johnson, en cambio, no se ha mostrado muy conciliador, hasta la fecha, aunque, conociendo su carácter, no es descartable un viraje. En todo caso, no será fácil convencer a la base tory, que ya fue reticente con la postura flexible de Cameron. Según una encuesta de YouGov, la mitad de los británicos son  indiferentes o incluso favorables a la independencia escocesa, pero los electores conservadores son claramente contrarios.

Sturgeon replica que han cambiado notablemente las condiciones políticas con respecto a 2014. Entonces, Gran Bretaña estaba en la UE. Ahora, Escocia se ha visto expulsad del proyecto europeo, a pesar de que, en el referéndum del Brexit, los escoceses votaron claramente a favor de la permanencia en la UE (62% frente al 38%).

La popularidad de Sturgeon se ha reforzado con una más que aceptable actuación ante la pandemia en sus ámbitos de competencia, y un balance positivo en su gestión global, aunque haya algunos elementos negativos.

La escisión protagonizada por Alex Salmond, el anterior líder nacionalista y en su día mentor de Sturgeon, tras un escándalo relacionado con presuntos abusos sexuales, se ha diluido. ALBA, el partido creado por Salmond tras la ruptura, no ha obtenido ni un solo escaño en las recientes elecciones.


3. La viabilidad económica. 

    DEBILIDADES

FORTALEZAS

Las cifras indican un desequilibrio fiscal de Escocia. En la actualidad, este territorio recauda menos y gasta más por habitante que el Reino Unido en su conjunto. El déficit público escoces sería el 8,6% del PIB frente a, 2,6% del Reino Unido.

THE ECONOMIST señala, además, que el rédito fiscal del petróleo y el gas, el principal recurso de Escocia, es volátil: ha pasado de 10 mil millones de libras en 2008 a 650 millones el año pasado. Eso sin tener en cuenta que, en caso de separación, Gran Bretaña reclamará una parte de esos recursos naturales, además del sostenimiento compartido de la deuda estatal actual, que supera los 2 billones de libras y supone casi el 100% del PIB.

Por último, se resalta el impacto sobre el comercio. Escocia vende al Reino Unido el 60% de los productos que exporta. En el nuevo escenario, habrá una merma clara.

Los nacionalistas argumentan que Escocia dispone de una situación socio-económica favorable para afrontar estos retos, por cuanto que, según los datos disponibles más recientes, el PIB per cápita es casi de 30.000 libras, sólo dos mil menos que el del Reino Unido.

Asimismo, los independentistas arguyen que,  según la mayoría de los análisis, los perjuicios económicos del Brexit van a ser mayores que los de Scotxit, y eso no impidió el empeño de los tories (y de la mayoría de los laboristas) en separarse de la UE.

Otro argumento menos fáctico remite a experiencias similares de otros países europeos, cuya prosperidad mejoró muy claramente después de acceder a la independencia. Son los casos de Noruega (después de separarse de Suecia) y de Islandia (tras segregarse de Dinamarca).

Con respecto al dossier mercantil, Escocia espera compensar la pérdida con la protección del acuerdo entre la UE y Gran Bretaña.  

               

4. Las relaciones con la UE.

DEBILIDADES

FORTALEZAS

Por muy entusiasta que sea con el proyecto europeo, Escocia tendrá que afrontar un periodo de adaptación y de cumplimiento de requisitos tan estrictos como cualquier otro aspirante a la adhesión. Los tories suelen afirmar que la eurofilia escocesa es muy reciente y recuerdan que en los años setenta se opusieron al ingreso del Reino Unido.

Además, se evoca el problema político que originaría la adhesión tras una secesión nacional; y en particular se apunta a un posible veto de España, para no alimentar las aspiraciones de Cataluña. Se ignora qué posición mantendrán Alemania y Francia, dos ejemplos contrarios de federalismo y centralismo en sus ámbitos internos.

En el aspecto técnico, también se señalan problemas. Para cumplir con los criterios de la UE, Escocia tendría que afrontar un serio ajuste, algo muy perjudicial para su proyecto de expansión de sus servicios públicos.

El gran obstáculo será el monetario. Escocia no desearía adoptar el euro, pero como no tiene moneda propia, tendría que acogerse a la libra como instrumento transitorio. Los tratados europeos no contemplan de forma explicita esta solución, lo cual plantea un complicado proceso de negociación.

Los nacionalistas acreditan un fuerte compromiso con el proyecto europeo. En el referéndum del Brexit, se pronunciaron claramente por la permanencia en la UE, con un 62% de votos favorables, más que cualquier otra parte del Reino Unido.

El europeísmo escocés no tan reciente como dicen los unionistas. Hace tiempo que los nacionalistas mantienen un discurso de adhesión al proyecto de integración europea frente a las reticencias de conservadores y de un sector de los laboristas.

En cuanto a los requisitos, los políticos y sociales están más que acreditados y los económicos no son insalvables. Se citan opiniones autorizadas, que sostienen que la candidatura escocesa tendrá preminencia sobre la de aspirantes balcánicos como Albania y Montenegro.

En el controvertido asunto del euro, el planteamiento inicial de Escocia es conservar su autonomía monetaria. Aspiran, sin decirlo expresamente, a seguir el modelo sueco, es decir, comprometerse con el euro, pero sin prisas, a largo plazo, hasta calibrar lo que resulte más conveniente para sus intereses económicos y, si procede, crear su propia moneda.

 

 5. El compromiso con la seguridad aliada

   DEBILIDADES

FORTALEZAS

El principal escollo es el futuro de los submarinos de propulsión nuclear Trident, cuya base se encuentra a 65 kilómetros de Glasgow. Los nacionalistas han sido desde hace tiempo partidarios de la retirada de este armamento. La mitad del electorado escocés se manifiesta claramente a favor de la retirada de los submarinos y de una Escocia desnuclearizada. Una eventual tensión con la OTAN puede ser una complicación adicional y una baza para los unionistas de Londres.  

Escocia desea permanecer anclada en la OTAN y su pertenencia a esta organización será muy bien recibida por los aliados. El nuevo país aseguraría el refuerzo de la vigilancia activa del norte marítimo europeo, de importancia estratégica evidente, además de contar con el respaldo de los países bálticos, por la permanente sensación de la supuesta amenaza rusa.

La flexibilidad en el asunto de los submarinos se da por descontada, aunque no sea explícita. De hecho, Sturgeon hace tiempo que ha dejado de reivindicar la retirada de este armamento.

 

REFERENCIAS

- “Brexit has reinvigorated Scottish nationalism. It has also shown up some of the difficulties of secession. THE ECONOMIST, 17 de abril.

- “Scottish activists want a quiet, safe, progressive independence. The new country would scurry to join NATO and the EU”. LINDSEY KENNEDY y NATHAM PAUL SOUTHERN. FOREIGN POLICY, 31 de marzo.

-SNP election win: Johnson set up meeting as Sturgeon pledges second referendum. GUARDIAN, 8 de mayo.

- “Enthusiasm for the SNP does not reflect its record in government”. THE ECONOMIST, 1 de mayo.

INDIA: LA PIRA FUNERARIA DE MODI

 5 de mayo de 2021

India vive una tragedia nacional debido al COVID-19. O más bien a la incompetente respuesta del gobierno ante la segunda ola de la pandemia, no por anunciada y previsible mejor afrontada. Una nueva variante del virus (B.1617), a pesar de ser pronto identificada, ha provocado una inflexión inusitadamente acelerada de infecciones, que alcanzaron una media de 400.000 casos diarios en los primeros días de mayo. Aunque la curva remita un poco, habrá más de un millón de muertos antes del verano. Una cifra pavorosa, incluso para un país con 1.400 millones de habitantes.

IMPREVISIÓN Y TRIUNFALISMO

La imprevisión en la gestión de los recursos, sobre todo de oxígeno y de vacunas, y una desorganización masiva se ha impuesto sobre una retórica arrogante y hueca de las autoridades, que hasta finales de abril presumían de tener bajo control la enfermedad y de disponer de un plan para suministrar vacunas a decenas de países en desarrollo.

Lo más irritante del drama humano es, por tanto, que, si no evitado, podía haberse minimizado. Eso es lo que se les reprocha a los máximos dirigentes desde los partidos de oposición, organizaciones de derechos humanos, escasos medios e intelectuales críticos (1).

El caos indio era, desgraciadamente, un escenario más que probable. El nacionalismo identitario que gobierna la mayor “democracia” del mundo lleva desde 2014 pervirtiendo las  normas básicas y practicando una propaganda absurda y retrógrada, bajo un triunfalismo sin fundamento y un programa de intolerancia, exclusión y racismo. Para hacerlo todo esto más tragable a una población con bajísimos niveles de educación, se viene prometiendo un crecimiento económico y un desarrollo social espectaculares. Después de siete años, todo se ha quedado en un espejismo empañado por  miles y miles de piras funerarias donde arden los restos de ciudadanos desamparados y abandonados por sus iluminados dirigentes.

La primera sanción política del gobierno Modi se ha producido en las elecciones regionales celebradas en cuatro estados el pasado fin de semana. Las más significativas han sido las de Bengala Occidental, por su población y peso económico. El Bharatiya Janata, el partido nacionalista del primer ministro Modi, aspiraba a derrotar a los populistas del Trinamool Congress, que detentaban el gobierno regional. El resultado ha sido demoledor. La primera ministra bengalí, Mamata Banerjee, ha reforzado su mayoría en el parlamento regional hasta disponer de más del 70% de los escaños, mientras el BJP tan sólo contará con 77... de los 200 que el ministro de Interior presumió que obtendrían los suyos (2).

La ciega ambición por apuntarse un triunfo con el que reforzar su dominio del país, llevó a los dirigentes nacional-identitarios, con el propio Modi a la cabeza, a participar en mítines multitudinarios sin las debidas precauciones sanitarias. Para entonces, finales de abril, el azote de la nueva variante del virus empezaba a apuntarse como demoledor, según advertían desesperadamente científicos y facultativos, que hablaron de “tsunami” vírico.

UN SISTEMA SANITARIO QUEBRADO

Esas voces de alarma debían haber provocado al menos un esfuerzo similar al realizado en septiembre del año pasado, cuando se pudo a duras penas sofocar la primera oleada, lo que el gobierno aprovechó para engrasar su máquina propagandística y proclamar que India iba a ser decisiva en la lucha mundial contra el virus.

La crisis ha puesto en evidencia un sistema sanitario quebrado. En comparación con otros países parejos (los llamados BRICS, o potencias económicas medias en auge), India es el que menos porcentaje de su PIB dedica a sanidad: un 3,6% en los seis años de Modi (frente al 5% de Rusia o China, el 8% de Suráfrica o el 9% de Brasil). A esta carestía de medios, se une una falta asombrosa de previsión y un fallo masivo de logística. No es que no se tuviera oxígeno, es que no se habían preparado adecuadamente su transporte y distribución.

Hace sólo unas semanas, el gobierno anunció que 300 millones de ciudadanos (casi una cuarta parte de la población) estarían vacunados en julio, pero, como denuncian médicos y observadores de la situación, no se han dispuesto los medios para cumplir este objetivo. Hasta la fecha, solo se ha vacunado por completo a 26 millones de personas y el número de las que han recibido una sola dosis no llega a 125 millones. Naturalmente, se han suspendido  las entregas a otros países y  el nacionalismo  sanitario indio al rescate ha quedado en ridículo (3).

Catástrofe humanitaria y revés político anuncian años duros para este segundo mandato de Modi. Ya antes de la pandemia, el país había vivido una movilización de protesta campesina sin precedentes, por un plan gubernamental de liberalización del sector agrario. Aunque algunos analistas indios y occidentales consideraban necesaria las medidas, desde una perspectiva liberal, el gobierno actuó a su manera: autoritaria, precipitada y sin miramientos (4).

Las maneras fuertes del primer ministro indio son difícilmente una sorpresa. Durante su etapa de gobierno estatal en Gujarat hizo la vista gorda ante una de las matanzas más horribles de musulmanes en la historia reciente de la India. Algunos investigadores le imputan incluso complicidad y no solo pasividad.

AUTORITARISMO Y PASIVIDAD

En sus años al frente de la nación, las libertades se han restringido, la independencia de las instituciones se ha debilitado y el programa intolerante y racista de los inspiradores del nacionalismo hindú ha ido ganando espacio en la sociedad y en los aparatos del Estado. Uno de los principales intelectuales indios en el extranjero, Milan Vishnav, asegura que India no puede considerarse ya como integrante del club “de los países libres” (5).

Para ser francos, Modi ha encontrado poca resistencia crítica en el interior del país. La oposición es muy débil. El histórico Partido del Congreso, liderado sempiternamente por la familia Gandhi, agoniza entre la impotencia y la melancolía. Caciques locales y nacionalistas rivales han construido pequeños diques regionales que apenas minimizan el dominio del BJP.

En el exterior, se ha sido complaciente con Modi, por ser moderado. La rivalidad de India con China, plasmada el año pasado en un nuevo foco de tensión en el Himalaya, ha hecho que las potencias occidentales, en especial Estados Unidos, haya valorado al alza su cooperación activa y reforzada. India es uno de los cuatro miembros del Quadrilátero (Quad), el nuevo mecanismo de seguridad diseñado para el Indo-Pacífico, que integran también Australia y Japón.

Trump y Modi hablaban el mismo lenguaje nacionalista y demagógico, pero la nueva administración norteamericana no puede ni quiere prescindir de un gigante asiático que puede complicar las cosas a China en Asia. O al menos en eso se confía en la nueva Casa Blanca, aunque no guste su estilo. Si no hay una rectificación pronta y no se endereza el proceso de vacunación, el proyecto del Bharatiya Janata puede disolverse en la violencia y el caos (6). Las enormes piras de cadáveres ardiendo en crematorios improvisados pueden convertirse en el anticipo de la combustión acelerada del proyecto de Modi y del nacionalismo identitario indio.


NOTAS

(1) “How India descended to Covid-19 chaos”. BBC, 5 de mayo; “India’s COVID crisis has spiralled out of control”. THE ECONOMIST, 3 de mayo.

(2) “Battered by COVID-19, Narendra Modi is humiliated by Indian voters”. THE ECONOMIST, 2 de mayo.

(3) “Complacence and government failures fueled India’s COVID disaster”. LAURA HÖFLINGER y ADNAN BHAT. DER SPIEGEL, 30 de abril; “Moddi fiddles while India burns”. KAPIL KOMIREDDI (Autor de Malevolent Republic: a short history of the new India”. FOREIGN POLICY, 30 de abril; “A country gasping for air. Indians pay the price for Government inaction as COVID-19 surges”. MANDAKINI GAHLOT. FOREIGN AFFAIRS, 28 de abril.

(4) “India’s farmers Will Benefit from reforms”. SURUA GUPTA y SUMIT GANGULY. FOREIGN AFFAIRS, 3 de marzo; “La révolte des paysans indiennes”. SOPHIE LANDRIN. LE MONDE, 9 de diciembre.

(5) “The Decay of Indian Democracy. Why India no longer ranks among the lands of the free”. MILAN VAISHNAV (Director del Programa de Asia en la CARNEGIE FOUNDATION). FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo; “Narendra Modi threatens to turn India into a one-party state”. THE ECONOMIST, 28 de noviembre.

(6) “The End of the Modi’s global dreams”. SUSHANT SINGH (Investigador en el Center for Policy Research, en Nueva Delhi). FOREIGN POLICY, 3 de mayo; “India’s path to the big leagues”. ASHLEY J. TELLIS. CARNEGIE, septiembre de 2020; “Modi’s Coronavirus test”. ANUBHAY GUPTA y PUNET TALWAT. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo de 2020.

EL CAPITALISMO VERDE REFUERZA AL ECOLOGISMO POLÍTICO

 28 de abril de 2021

El regreso de Estados Unidos al consenso internacional sobre el afrontamiento del cambio climático es uno de los pilares de la política exterior de la administración Biden. La cumbre virtual sobre el clima debe consolidar compromisos debilitados durante los años de Trump, bajo los cuales se han camuflado y amparado otros incumplimientos (1).

Pero la lucha contra el cambio climático y la preservación de un planeta habitable es algo más que un objetivo de la humanidad. Es también una gigantesca oportunidad de negocio propulsada bajo la denominada transición ecológica. La necesidad favorece esta nueva fase del desarrollo capitalista en una multitud de campos de expansión: aceleración del desarrollo de energías renovables, nuevas aplicaciones tecnológicas, reorientación del sector de la construcción y la ingeniería, apertura de líneas de financiación, etc.

Como en otras fases del sistema socio-económico vigente, el capital público drenará el sector privado. El plan Biden de promoción de empleo inyectará 2 billones de dólares, parte de los cuales irá destinado a engrasar la ”economía verde”. En Europa, una parte de los 750 mil millones del Plan de recuperación tendrá similar propósito. Y habrá más fondos. Pero este impulso no necesariamente favorecerá una distribución más igualitaria de los recursos. Más bien debe temerse lo contrario: pese a una proliferación de pequeños y medios negocios asociados inicialmente a la transición ecológica, lo más probable es que más temprano que tarde se consolide una concentración empresarial.

En el plano geopolítico, tampoco cabe esperar un reequilibrio de oportunidades.  Desde el inicio de las negociaciones sobre el clima (Río, 1992) hasta la fecha, los compromisos de compensación a los países pobres han sido degradados p incumplidos. Como recordaba el año pasado el keniano Mohamed Adow, director de Africa Power Shift, Occidente acumula una deuda ecológica histórica con el mundo en desarrollo (2). EE.UU, Canadá y Europa siguen siendo en la actualidad emisores de CO2 más intensos que el resto de los países, incluidos los grandes contaminadores actuales del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica).

Pero si introducimos la variable histórica, este saldo se convierte en abrumador. Desde la Revolución Industrial (mediados del XVIII) hasta el presente, las grandes economías occidentales más Japón han sido responsables de las tres cuartas partes de las emisiones de carbono, según un exfísico de la NASA. Si tomamos como referencia los últimos 60 años, el daño ecológico que los países pobres han hecho a los ricos suponen la cuarta parte del perjuicio inverso, según un informe de la Academia estadounidense de Ciencias (2008).

UN NUEVO DISCURSO POLÍTICO              

En esta nueva fase del capitalismo asociada a las perspectivas catastróficas del clima pero también al agotamiento de las fuentes energéticas fósiles, eran necesarios nuevos discursos en los partidos y centros de pensamiento del consenso centrista, para incorporar los postulados modernizados del ecologismo de primera hora. Lo cual, a su vez, ha obligado a esas formaciones específicas o nominalmente “ecologistas” o “verdes” a esforzarse por hacer distinguible y relevante su voz. No siempre -casi nunca, en realidad- lo han logrado.

El peso electoral medio de los Verdes en los países de la UE se ha mantenido en una horquilla del cinco al siete por ciento.  La mayor implantación se encuentra en los países del Centro europeo y el Benelux (Austria, Suiza, Holanda, Luxemburgo y Bélgica); se han estancado en los países nórdicos en parte por el auge populista; experimentan un fuerte vigor en los bálticos, si consideramos a los partidos campesinos; apenas existen en los antiguos satélites de la URSS del centro y el sureste (Polonia, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Bulgaria, Rumania); y son muy débiles o están integrados en plataformas generalistas de la izquierda en el Mediterráneo y el sur (Italia, España, Grecia, Chipre, Malta y Portugal).

En los tres grandes países europeos su fortaleza es desigual. Apenas mantienen una presencia simbólica en el Reino Unido (penalizados por el sistema electoral mayoritario). En Francia están divididos entre progresistas y liberales, estos últimos marginales. La media de los primeros en los últimos 30 años apenas llega al 5%. Ahora quieren ejercer una voz más influyente, ante la debilidad creciente de los partidos tradicionales de izquierda (PSF, PCF) y el retroceso de los radicales o insumisos. Es en Alemania donde, después de un periodo de estancamiento en los noventa y en la primera década de la centuria, acarician por fin la posibilidad de llegar al gobierno federal.

ALEMANIA, EJE IMPULSOR

El caso de Alemania es singular. Allí emergieron como fuerza política propia, en los ochenta, impulsados por la oleada de protestas contra la instalación de los euromisiles y la creciente preocupación por la falta de control de las industrias contaminantes. Durante el proceso de unificación, la polarización los relegó a un papel muy secundario. Tras el cambio de siglo, fueron socios de la coalición de gobierno con el SPD de Schröeder.

Desde mediados de los 90 se han movido en una franja electoral de dos puntos (entre el 6,5% y el  8,5%), sólo superado en 2009 (10,7%). El debate entre las dos corrientes de los Verdes (fundamentalistas o radicales y realistas o moderados) se ha saldado, no sin altibajos, a favor de los últimos. Los fundis constituyen hoy una minoría o han migrado a otras latitudes izquierdistas. Los realos impusieron su programa de colaboración abierta con otros partidos, sin exclusiones, salvo la extrema derecha. Los verdes, en efecto, gobiernan hoy con el SPD, CDU, FPD (liberales) y Die Linke (La Izquierda, integrada por disidentes de la socialdemocracia oficial y el antiguo partido comunista del Este), en formatos y combinaciones múltiples.

Este pragmatismo les permite ahora posicionarse como posible socio de coalición del gobierno que salga de las elecciones de septiembre, favorecidos por el descenso de la CDU post-Merkel (por debajo del 30% en las encuestas) y aún más del SPD (del que se espera el peor resultado de su historia: en torno al 15%). Con una estimación de voto en torno al 20-22%, los Verdes sueñan incluso con superar a los democristianos y poder liderar distintas fórmulas de gobierno compartido, como en algunos länder.

En su último número, el influyente semanario político DER SPIEGEL dedicó su portada a Annalena Baerbock, una de las dos líderes de los Verdes (la dirección es bicéfala en el partido desde hace tiempo) y candidata a la cancillería (3). La ideología de esta mujer que fuera deportista destacada (campeona nacional de trampolín) y doctora en ciencia política no está muy definida. Se destaca por su carácter y sus dotes de liderazgo, algo que los alemanes aprecian y premian en las urnas. En su favor juega también la debilidad del candidato democristiano, Armin Laschet, que no cuenta con el respaldo entusiasta de una gran parte de su partido. El  partido bávaro (CSU) trató infructuosamente de promover a uno de los suyos, el popular Marcus Söder. En los socialdemócratas, el actual ministro de Economía, Olaf Scholz, se percibe como más sólido, pero se ve vez arrastrado por la larga decadencia de su partido.

Baerbock, clara exponente de los ecologistas realos, puede gobernar con la mano derecha y la mano izquierda, aunque las bases de su partido siguen prefiriendo a los socialdemócratas, y una minoría también a Die Linke. No obstante, en asuntos ambientalistas han saltado chispas entre Verdes y SPD (4). Los ecologistas son muy críticos con el gasoducto NordStream2 que los socialdemócratas defienden (el excanciller Schröeder es un alto cargo de del consorcio y presidente de la petrolera estatal rusa Rosfnet).

El impulso diplomático que la administración Biden dará a la lucha internacional contra el cambio climático y la orientación "ecológica" del capitalismo internacional asentarán la corriente medioambientalista ya muy influyente en el Partido Demócrata norteamericano.

En Alemania,  una victoria de los Verdes podría dar nuevo vigor a formaciones parejas en Europa, desprovistas ya del espíritu crítico con el que surgieron. A su vez, liberales, conservadores y socialdemócratas acentuarán aún más sus discursos con retórica verde para apuntalar sus perspectivas electorales y mejorar su posición frente al nacionalismo populista e identitario, menos sensible a esta tendencia. 

 

NOTAS

(1) “Climat: cinq ans après l’accord de Paris un sommet Mondial aux avances insuffisantes”. LE MONDE, 13 de diciembre.

(2) “The Climate debt. What the West owes the rest”. MOHAMED ADOW. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2020.

(3) “Annalena Baerbock holds the keys to Germany’s next election”. DER SPIEGEL, 23 de abril;

(4) “Annalena Baerbock, the woman who could be Germany’s next chancellor”. BBC, 20 de abril; “Germany’s Green Party knows how to pick a candidate for chancellor”. THE ECONOMIST, 19 de abril; “Annalena Baerbock, la Verte allemande qui rêve d’être chancelière”. THOMAS WIEDER. LE MONDE, 19 de abril.

GUERRAS LATENTES

14 de abril de 2021

En el confuso y peligroso panorama internacional parecen haber amainado algunos de los conflictos bélicos recientes. Sin embargo, es una impresión engañosa. En muchos de esos casos, se está lejos de una pacificación estable y duradera. Como mucho, podría decirse que nos encontramos en un estado de guerras latentes, categoría en la cual debemos añadir otros conflictos que no han degenerado en conflagración abierta o clásica. Todavía. Seleccionamos tres casos, para este comentario.

IRÁN-ISRAEL: LA AMENAZA FANTASMA

El caso más relevante, por sus implicaciones estratégicas, regionales y globales, es la hostilidad existencial entre Israel e Irán. Ambos países libran desde hace años una guerra sorda o interpuesta, que cada parte ejecuta a su manera o con sus recursos. Israel, con operaciones de sabotaje, asesinatos selectivos o ataques militares directos contra los aliados del enemigo. Irán, fortaleciendo su red de influencia regional y, ayudado involuntariamente por la torpeza de la anterior administración norteamericana, avanzando en su programa nuclear.

El último episodio de esta guerra latente ha sido el apagón provocado en la central de procesamiento de uranio de Natanz, que ha obligado a su paralización momentánea. Fuentes de inteligencia norteamericanas atribuyen la acción a los servicios especiales israelíes. Las autoridades sionistas ni siquiera se han molestado en negarlo (1). Este último acto de sabotaje coincide, no casualmente, con la reanudación de las negociaciones en Viena, para restablecer el acuerdo nuclear con Irán. EEUU participa indirectamente en los contactos: de momento evitan compartir mesa con Irán, pero Alemania, Francia y Reino Unido) le tienen al corriente de las conversaciones (2).

Israel ha dejado claro que hará todo lo posible para que ese acuerdo (JCPOA, por sus siglas en inglés) permanezca en el punto muerto al que lo condenó Trump con su retirada y su política de “máxima presión” contra el régimen de los ayatollahs. La administración Biden quiere dar un giro de 180 grados, pero se toma muchas cautelas, por la hostil oposición de los republicanos y la belicosa posición israelí.

El clima de las relaciones bilaterales israelo-americanas vuelve a ser ríspido, como lo fuera en la era de Obama; no en vano, aparte del desencuentro sobre Irán, Biden sufrió algunos desaires del gobierno de Netanyahu. El primer ministro israelí tiene de nuevo la oportunidad de prolongar su liderazgo político, pero está más acorralado si cabe por el triple proceso judicial que lo debilita y con menos posibilidades que nunca de construir una nueva mayoría parlamentaria. Si no lo consigue, habrá nuevas elecciones, las quintas en poco más de dos años. Y para entonces, podría haber sido condenado por cualquiera de los cargos que pesan sobre él: corrupción, abuso de poder y quiebra de confianza. En ese contexto, sólo el mantenimiento de un pulso bélico con Irán puede instaurar en el país un clima de emergencia nacional al que agarrarse para preservar sus opciones políticas.

Irán, por su parte, ha sobrevivido a las sanciones de Trump (que Biden aún no ha levantado) y mantiene sus posiciones en la región (Siria, Yemen, Líbano, Irak), pero necesita desesperadamente un respiro. La sucesión del Guía Supremo y las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina. Los conservadores cuentan con muchas bazas para copar todas las instancias de poder. El régimen intenta consolidar una inverosímil cooperación con China. En este pulso Irán-Israel no faltan las escaramuzas navales, cada vez más inquietantes (3).

UCRANIA: EL DILEMA DE PUTIN

Otro escenario de guerra latente es Ucrania. En las últimas semanas, los servicios de inteligencia occidentales han confirmado el incremento en 14.000 hombres de los efectivos militares rusos en Crimea y en la frontera, lo que elevaría el número total a 40.000 soldados en cada una de esas zonas. El gobierno de Kiev ha denunciado esta acción “intimidatoria”. Rusia rebate que esas sean sus intenciones y afirma que se trata de un “asunto interno” (4).

La guerra en Ucrania (13.000 muertos y un millón de desplazados) se encuentra congelada desde los acuerdos de Minsk (2015), aplicado solo a medias. La ambigüedad de sus provisiones ha provocado esta situación de no paz-no guerra. Moscú quiere que se apliquen los derechos de autonomía (una independencia encubierta) a las regiones rusófilas del este, antes de retirar sus efectivos de la zonas en disputa. El gobierno ucraniano exige una secuencia inversa. La confianza es nula. Hace un año ya que al joven e inexperto presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se le acaba el crédito político, no tanto por la continuidad latente del conflicto, sino por la falta de mejoría en la situación social y económica. Una hostilidad renovada frente a Rusia es el único factor de legitimación que le resta, frente a unos oligarcas que detentan el poder real y unos aparatos de seguridad que ejercen una función de tutela (5).

Putin también atraviesa por apuros, debido a los efectos de la pandemia, al efecto de las sanciones norteamericanas y a un incremento del malestar ciudadano. La popularidad del presidente ruso es la más baja en años. Las protestas callejeras de enero tuvieron más que ver con la degradación de la situación social que con la detención del opositor Alexei Navalny. Los “éxitos” internacionales ya no son suficientes para proyectar una impresión positiva desde el Kremlin (6). La nueva administración norteamericana es menos complaciente, aunque poco o nada obtuvo Putin de la anterior, pese a la retórica del establishment de Washington.

Los analistas no creen que Rusia vaya a invadir Ucrania. Algunos creen que Moscú, con su denuncia de que Kiev prepara una limpieza étnica en la región del Don, podría estar recreando el escenario georgiano de 2008, cuando el entonces presidente de aquel país quiso acabar con el estatus semiindependiente de las regiones rusófilas y acabó precipitando la intervención rusa. Georges W. Bush no consideró prudente una confrontación directa con Moscú y Georgia perdió aquella guerra.

Ucrania cuenta con un respaldo retórico de Occidente, pero es improbable que se pase del estado de latencia al de guerra abierta y esa escalada bélica arrastre a la OTAN. El riesgo existe, naturalmente, pero los intereses en juego, simbolizado en el proyecto del gasoducto NordStream-2, hacen pensar en la preservación de la contención (7).

AFGANISTÁN: RETIRADA, AL FIN

El tercer escenario de guerra latente corresponde al conflicto más antiguo de los examinados. Después de tres meses de consideraciones y debates discretos, el presidente Biden ha optado por una vía intermedia. Ni retirada el 1 de mayo, como había pactado Trump con los talibanes, en un chapucero acuerdo sin garantías; ni mantenimiento sine die de la presencia militar norteamericana, como reclaman militares y halcones. La retirada de las tropas de combate se aplaza al 11 de septiembre, cuando se cumplirá el vigésimo aniversario del múltiple atentado yihadista, que precipitó la aventura militar en Afganistán. Quedarán en el país unos centenares de efectivos para proteger la embajada, y poco más.

                Dos décadas de guerra han dejado 2.400 muertos norteamericanos (las víctimas afganas se cuentan por decenas de miles) y un coste de 2 billones de dólares. Bin Laden fue eliminado en 2010 en la vecina Pakistán, cuando ya era una anciana sombra sin apenas influencia. La nueva generación yihadista que lo sucedió ha sido derrotada pero no extinguida. Los talibanes se creen en condiciones de volver a ser la fuerza dominante en el país (8).

                Biden no confía en este gobierno afgano, como Obama tampoco esperaba nada bueno del precedente. Altos cargos norteamericanos propusieron recientemente una especie de transición pactada y participativa, que el ejecutivo afgano recibió con irritación y los talibán han despreciaron (9). Veinte años de ocupación no han servido para sentar las bases de una pacificación duradera. Ciertamente, una restauración integrista sería catastrófica para ciertos sectores sociales (las mujeres, primordialmente, pero no sólo ellas), aunque no es tan seguro que el país vuelva a ser santuario de yihadistas. O no más que otros. Biden nunca estuvo de acuerdo con la estrategia contrainsurgente. Aplacada la amenaza terrorista internacional ha llegado a la comprensible conclusión de que, pese a la falta de consenso interno (10), es hora de acabar con la más emblemática y prolongada de las guerras interminables (endless wars).

 

NOTAS

(1) “Iran apparently strikes an Iranian nuclear facility -again”. THE ECONOMIST, 12 de abril.

(2) “U.S. prepare fot further talks with Iran, as Tehran blames Israel for attack on nuclear facility”. THE WASHINGTON POST, 13 de abril.

(3) “Iran and Israel’s undeclared wars at Sea (part 2): the potential for military escalation”. FARZIN NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 13 de abril.

(4) “Is Russia going to war in Ukarine?”. BBC, 13 de abril; “En Ukraine, dangereuse escalade dans le Donbass”. FAUSTINE VINCENT. LE MONDE, 2 de abril.

(5) “Zelensky’s first year: new beginning or false dawn?”. STEVEN PIFER. BROOKINGS, 20 de mayo de 2020; “The uneven first year of Zelenskiy’s Presidency”. GWENDOLINE SESSEN. CARNEGIE, 19 de mayo de 2020

(6) “Russia’s weal strongman. The perilious bargains that keep Putin in power”. TIMOTHY FRYE. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2021.

(7) “Is Russia preparing to go to war in Ukraine?”. AMY MCKINNON. FOREIGN POLICY, 9 de abril. .

(8) “The Taliban think they have already won, peace deal or not”. ADAM NOSSITER. THE NEW YORK TIMES, 30 de marzo.

(9) “The Hail Mary of power-sharing in Afghanistan. MICHAEL O’HANLON y OMAR SHARIFI. BROOKINGS, 29 de marzo.

(10) “In or out of Afghanistan is not a political choice”. SARA KREPS y DOUGLAS KRINER. FOREIGN AFFAIRS, 22 de marzo; “Americans are not unanimously war-weary of Afghanistan”. MADIHA AFZAL y ISRAA SABER. BROOKINGS, 19 de marzo.

BIDEN: EL INESPERADO ENTERRADOR DE LA REVOLUCIÓN NEOCONSERVADORA

 7 de abril de 2021

Hace apenas quince meses, cuando el Coronavirus era aún una amenaza en ciernes y  las primarias demócratas no habían empezado, pocos predecían que el casi octogenario Joseph Biden se fuera a convertir en el líder mundial probablemente con mayor impacto en Occidente desde Ronald Reagan. Aún no lo es, pero cada día que pasa quiebra un pronóstico o altera la proyección que su carrera política, su temperamento y sus convicciones políticas hacían razonablemente esperar.

Para no incurrir en malentendidos, hay que empezar diciendo que esta “sorpresa” no se deriva de una equivocación colectiva y mucho menos de una conversión personal. Una vez más, la Historia elige personajes secundarios o dirigentes medianos para encarnar giros decisivos. Y en Estados Unidos, esta máxima es más cierta que en cualquier otro lugar.

Si echamos la vista atrás, hay muchos puntos de contacto entre Reagan y Biden, a pesar de sus posiciones políticas aparentemente opuestas. Ninguno de los dos era un líder brillante, deslumbrante, imaginativo o carismático. Los dos pueden considerarse ejemplos de una clase política reconocible. Ambos acreditaban experiencia, aunque desigual: Reagan había sido gobernador de California, el estado más poderoso y poblado de la Unión; Biden, llevaba 30 años ininterrumpidos en el Senado y había cumplido un mandato como Vicepresidente.

EL ENGAÑOSO PRESTIGIO DE REAGAN

Hace ahora cuarenta años que Ronald Reagan se convertía en el 40º presidente de los Estados Unidos. El mundo se encontraba inmerso en el segundo shock petrolero en apenas ocho años. El crecimiento económico se encontraba estancado y agravado por una inflación imparable (estanflacion: combinación de estancamiento e inflación ). En pleno trauma por la humillación de los rehenes de Irán, una economía incapaz de salir a flote, el poderío estable aparente del comunismo soviético y el triunfo de partidos y movimientos izquierdistas en el mundo en desarrollo, Estados Unidos parecía más a la defensiva que nunca desde 1945.

Esa era, al menos, la narrativa propagandística de la derecha más combativa. Había que reaccionar pronta y contundentemente. No había espacio para medias tintas. Había que poner fin a las terceras vías, a los modelos de reforma de capitalismo, la socialdemocracia, el Estado del bienestar, el fortalecimiento sindical, la cultura liberal, los movimientos por los derechos civiles y de las minorías, etc. Había que lanzar una “revolución neoconservadora”. Y las circunstancias y los laboratorios de ideas creyeron que la persona para encarnarlo no debía ser una figura cumbre del panorama político, sino un relaciones públicas, un carca simpático.

A sus setenta años, Reagan se convirtió en el presidente de mayor edad de la historia norteamericana. Y seguramente uno de los menos dotados intelectualmente. Actor mediocre y oportunista sin complejos, interpretó el papel que se reservó para él de manera satisfactoria. Reagan bajó los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, restringió o eliminó los programas sociales que se habían creado durante la etapa de Johnson (otro político astuto pero en absoluto tocado por el áurea de líder imprescindible, como Kennedy) y lanzó la carrera armamentística más ambiciosa de la historia, por tierra, mar, aire... y espacio sideral. Este empeño se codificó en dos lemas: “El Estado es el problema, no la solución” y “Hacer grande a América de nuevo”. La economía-vudú reaganiana partía de la supuesta creencia de que al disponer de más dinero, los ricos invertirían más en la economía y todos se beneficiarían de su esa reforzada prosperidad (el llamado efecto trickledown o goteo). En realidad, la popularidad de Reagan se basó en una gigantesca mentira, como denuncia un reciente documental (1)

El legado de la revolución conservadora es apabullante: incremento exponencial de la desigualdad, unas sociedades escindidas, falta de oportunidades para las inmensas mayorías, precarización y degradación de las condiciones laborales y quiebra del principio del progreso generacional (por primera vez, los hijos no viven mejor que sus padres), etc. En estos años, la riqueza nacional en manos del 1% más rico ha pasado del 22% al 37%. Nueve de cada diez ciudadanos son ahora, de media, trece puntos más pobres que antes de Reagan (2).

Desde finales de los 70, los demócratas han sido seducidos y/u obligados a comulgar con ciertos dogmas para poder financiar sus campañas políticas y aspirar a ser elegidos por una ciudadanía manipulada por medios serviles y/o dependientes.

HACIENDO VIRTUD DE LA NECESIDAD

Ahora, bajo la abrumadora destrucción, humana, económica y social del COVID-19, el presidente norteamericano ha emprendido dos vastas iniciativas públicas convergentes (un plan de estímulo económico, ayudas sociales y beneficios fiscales a las familias y un gigantesco programa de renovación de infraestructuras y promoción de la economía verde y la transición energética), por valor de 4 billones de dólares, lo que equivale al 80% del gasto contemplado en los Presupuestos Generales del Estado Español para 2021.

Para financiar este gigantesco esfuerzo, Biden y la secretaria del Tesoro Yellen plantean aumentar los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, revirtiendo así uno de los principales paradigmas de la “revolución neoconservadora”: que la presión fiscal es un gran obstáculo para la prosperidad (3). El plan Biden-Yellen prevé anular los regalos de Trump y elevar el tipo impositivo al 28% para las grandes empresas (siete puntos más; en todo caso aún inferior al 35% que consiguió Obama del Congreso tras el desfondamiento financiero). Además,  es la primera vez que un gobierno norteamericano propone gravar a las compañías multinacionales, que han sido las grandes beneficiarias del neoliberalismo.

Biden, un político del establishment, en absoluto crítico de lo que ha ocurrido durante estas cuatro últimas décadas, se convierte en el defensor inesperado de la intervención activa del Estado en la economía de libre mercado, emulando modestamente a Roosevelt (4). Su proclamada cercanía a los sindicatos en poco o nada situaba a Biden en terrenos ideológicos progresistas. De hecho, durante las primarias demócratas se desmarcó expresamente de las propuestas más a la izquierda, formuladas por Bernie Sanders o Elisabeth Warren.

En los últimos tres meses, sin embargo, estamos oyendo a un presidente que adopta programa y lenguaje de esa izquierda demócrata, a la que no pertenece y en la que él no confía. Los centristas o escépticos de su partido callan, sin duda convencidos de que conseguirán templar esas propuestas en los pasillos del Congreso, como hicieron con el plan de salvamento económico y con la reforma sanitaria de Obama. La eliminación de la subida del salario mínimo a 15 $ ha sido un anticipo. Los más progresistas temen que el presidente tenga asumidos esos recortes, pero están dispuestos a defender el triunfo intelectual que supone siquiera la presentación pública de estas políticas, y a dar batalla (5).

Naturalmente, Biden no quiere conducir el país hacia un socialismo democrático (6). Son las circunstancias las que le han obligado a poner su firma a las políticas públicas más ambiciosas en noventa años. La Historia, de nuevo, ha elegido al menos esperado, no al mejor dotado o al más brillante. Pero sí a uno de los más dispuestos a hacer lo que sea necesario para salvar al sistema. Sin complejos ideológicos o doctrinarios.


NOTAS

(1) El documental “The Reagans”, de la productora audiovisual SHOWTIME, destapa el ejercicio de propaganda falaz que hizo del 40º Presidente un líder nacional y mundial.

(2) Datos recogidos en el trabajo “The Starving State. Why Capitalism’s salvation depends on Taxation”. JOSEPH STIGLITZ, TODD TUCKER y GABRIEL ZUCMAN. FOREIGN AFFAIRS, Enero-febrero de 2020.

(3) “Joe Biden’s quietly revolutionary first 100 days”. EDWARD LUCE. FINANCIAL TIMES, 18 de marzo.

(4) “Biden is facing a Roosevelt moment”. KATRINA VAN DEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 30 de marzo.

(5) Stimulus bill as a political weapon? Democrats are counting on it”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(6) “No, Joe Biden won’t give us Socialdemocracy”. MATT KARP. JACOBIN, 15 de marzo.