ÁFRICA: EL TABLERO NO TAN MARGINAL DE LAS GRANDES POTENCIAS

27 de julio de 2022

Si en alguna región del mundo el frente antirruso es más débil o menos compacto es África. El continente donde malvive más de la mitad de la población más pobre del planeta ofrece, sin embargo, un atractivo no menor para los poderosos de la Tierra.

Estos días coinciden varias iniciativas políticas y diplomáticas en el continente: las más visibles son las giras del presidente francés, Emmanuel Macron, y del ministro ruso de exteriores, Sergei Lavrov. Más discretamente, las autoridades chinas ejercen una acción constante sobre el terreno. Estados Unidos, en aparente retroceso, mantiene sus bazas militares sin descuidar las económicas. La UE, que delega en Macron el liderazgo en la región, lanzó a comienzos de año un intento de recuperación del terreno perdido. 

Los africanos y africanas están padeciendo las consecuencias de la guerra en Ucrania, de forma menos mediática, pero mucho más contundente que en Occidente (1). Allí el problema no es sólo el alza de los precios de los productos de necesidad, sino el desabastecimiento mismo de alimentos.  Más de trescientos millones de personas se encuentran en serio e inminente riesgo de hambre. De los 13 países en alerta roja, 11 son africanos, como señala Christopher Barrett, especialista en política agraria de la Universidad de Cornell. La tesis de este investigador es que, en realidad, la actual crisis global alimentaria es anterior a la guerra de Ucrania y hunde sus raíces en una equivocada e insuficiente política mundial y particularmente occidental (2).

Pero mientras la gente pobre se muere literalmente de hambre o parece condenada a una vida sin esperanza, las grandes potencias y conglomerados económicos están embarcados en una carrera frenética por controlar sus recursos minerales, energéticos y naturales, juegan sus bazas en los incontables conflictos armados locales y aseguran bases militares para afianzar sus posiciones geoestratégicas (3). Después del final de la guerra fría, Occidente parecía ejercer un control casi absoluto del continente. Las élites de los países otrora en la órbita de Moscú intentaron mantener su estatus negociando fórmulas diversas de acomodo con el mundo occidental. 

EL LIDERAZO ECONÓMICO DE CHINA

Por entonces, China apenas contaba con una presencial marginal en la región. Treinta años después, la conjunción del poder público y privado de China ha ganado el liderazgo en algunos sectores del desarrollo continental, especialmente el de las infraestructuras. La aceleración ha sido sobresaliente en la última década. Pekín ya controla casi un tercio de los proyectos (31%), mientras Occidente sobrepasa una décima parte (12%). Hace apenas diez años, esos porcentajes se leían a la inversa. El peso de las grandes infraestructuras determina el conjunto de la balanza comercial de continente con las grandes potencias. Los intercambios con China suman 250 mil millones de $, mientras con Occidente suman una cuarta parte de esa cantidad (4). El poderío chino se ve lastrado por problemas estructurales. El más relevante es la deuda de los países receptores del capital chino, lo que genera un nuevo tipo de dependencia. Esta bomba retardada también fragiliza a las empresas y entidades financieras chinas, que están buscando nuevas fórmulas para hacer más sostenible la penetración en África.

Después de la pandemia, las autoridades de Pekín han incorporado una visión más amplia de sus relaciones en África, que trascienda el beneficio económico a medio o largo plazo. La diplomacia china parece decidida a involucrarse, no sin cautela, en esfuerzos de mediación política para tratar de resolver conflictos regionales o locales que pueden ser muy malos para los negocios (5). 

En el nuevo enfoque de Pekín influye, sin duda, en el intento occidental por ganarse a los dirigentes considerados más proclives. El caso más claro es el de Zambia, el país que tiene la deuda más alta con China. El nuevo presidente, Hakainde Hichilema, prometió una política más independiente de Pekín e incluso canceló algunos proyectos. Biden lo premió, invitándolo a su Cumbre de las democracias a finales del año pasado. Macron ha decidido ahora hacer una parada en Lusaka para afianzar el buen feeling mutuo apreciado en la reunión euroafricana del pasado febrero. Pero los dirigentes chinos se han movido con rapidez y ya han ofrecido a Hichilema un plan de reducción de la deuda. Parecidas iniciativas se han acometido en otros países (6).

El caso de Rusia es distinto, debido a su menor capacidad económica. La gran baza del Kremlin en la zona es la militar. Su industria de armamento encuentra en el atribulado panorama político y étnico africano un mercado muy provechoso. Y no sólo armas; también soldados, mercenarios. El grupo Wagner, que se relaciona con el magnate ruso Prigozhin, un veterano asociado de Putin desde los tiempos de San Petersburgo, extiende su penetración por todo el continente (7). El caso más llamativo ha sido el de Mali, donde las nuevas autoridades militares locales le enseñaron la puerta a Francia, sellando el destino de la operación anti yihadista Barkhane (8). 


EUROPA: RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO


La actual gira de Macron elude el triángulo crítico (Mali, Burkina Fasso, Níger) y se centra en Camerún, Benin y Guinea Bissau, países que se encuentran en la ruta del Sahel hacia el centro del continente, donde se encuentra el otro polo de la presencia francesa (9). El presidente francés trata de reflotar los intereses de potencia (neocolonial, para algunos observadores locales), y de erigirse en delegado europeo. En febrero, la UE reconoció que había perdido demasiado terreno en África y lanzó un programa de inversiones por valor de 150 mil millones de euros hasta 2027. La cifra puede parecer enorme, pero varios analistas y dirigentes africanos estiman que se queda muy corta para las necesidades del continente. Y, aun así, algunos estados europeos se mostraron recelosos o escépticos. Es muy probable que las prioridades marcadas por la guerra de Ucrania reduzcan el alcance del plan comunitario (10).

EE.UU.: ESCALA HACIA ORIENTE

Estados Unidos ha perdido interés económico en África. La inversión directa ha bajado un tercio, del pico de 69 mil millones $ en 2014 a los 46 mil millones de 2020. El comercio también ha perdido valor: en la década pasado se redujo a una tercera parte. Para finales de este año hay proyectada una cumbre con los países africanos (11). Aparte de la ayuda sanitaria por el COVID, insuficiente y tardía, Washington contempla la deriva africana con lentes fundamentalmente militares. Le preocupa la penetración económica china, naturalmente y le incomoda el margen de influencia de Rusia. El objetivo es afianzar la red de bases y alianzas con que apoyar el despliegue en el Mediterráneo, Oriente Medio y Océano Índico. A veces saltan alarmas, como un supuesto proyecto de base naval china en África Occidental, que el propio Pentágono se encargó de desactivar (12). 

Washington ejerce una influencia activa pero menos aparente que en otras zonas. Pone especial atención a los conflictos más peligrosos, como el de Etiopía, por la importancia estratégica del país. Otro país prioritario es el Congo, principal productor mundial de litio, mineral esencial, entre otras cosas, para el desarrollo de los coches eléctricos en las próximas décadas. El gran país del corazón de África apunta a potencia petrolífera, tras la decisión del gobierno de Kinsasa de ofertar a las multinacionales la exploración en tierras de gran valor ecológico (13).

África, inmenso cementerio humano a cielo abierto, atesora un gran botín. Seis décadas después de la última ola de descolonización, los mecanismos de la dependencia han cambiado de cara, pero continúan dominando la vida de sus 1.300 millones de almas, tantas como las que viven en India, el país más poblado de la tierra.


NOTAS

(1) “L’Afrique paie déjà le prix de la guerre en Ukraine”. LE MONDE, 22 marzo.

(2) “The global food crisis shouldn’t have come as a surprise”. CHRISTOPHER BARRETT (Universidad de Cornell). FOREIG AFFAIRS, 25 julio.

(3) “Rebels without a cause. The new face of African Warfare. JASON K. STEARNS (Director del Grupo de Investigación del Congo en el Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York). FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2022, “Africans caught in the geopolitical crossfire”. FOREIGN POLICY AFRICAN BRIEF, 25 mayo.

(4) “How Chinese firms have dominated African infrastructure”. THE ECONOMIST, 16 febrero.

(5) “Quand la Chine joue les mediatrices diplomatiques en Afrique et au Moyen-Orient. SOUTH CHINA MORNING POST (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL), 26 marzo.

(6) “Where China is changing its diplomatic ways (at least a little)”. JANE PERLEZ. NEW YORK TIMES, 25  julio.

(7) “Small bands of mercenaries extend Russia’s reach in Africa. THE ECONOMIST, 15 enero; “Nostalgie et Kalashnikovs. Why Russia wins some simpathy in Africa and the Middle East. THE ECONOMIST, 12 marzo.

(8) “Mali, Lybie, Soudan, Centroafrique et Mozambique: récit de cinq ans d’avancée russe en Afrique”. LE MONDE, 28 enero; “The future of Russia-Africa relations”. JOSEPH SIEGLE. BROOKINGS, 2 febrero; “La poutinophilie d’une partie des africans relève d’un rejet de l’Occident. (Entrevista con PAUL-SIMON HANDY, investigador camerunés en Etiopía). LE MONDE, 9 marzo, “Russia has big plans for Afrique”. SAMUEL RAMANI (Universidad de Oxford). FOREIGN AFFAIRS, 17 febrero; 

(9) “Emmanuel Macron au Cameroun et Bénin, une tournée a risqué”. LE MONDE, 26 de julio.

(10) “Sommet UE- Afrique: Paris et Bruxelles veulent rattraper le temps perdue. LE MONDE, 16 de febrero.

(11) “Will Biden deliver on his commitment to Africa in 2022?”. WHITNEY SCHENEIDMAN. BROOKINGS, 10 de enero.

(12) “Fears of a Chinese naval base are overblown. COBUN VAN DEN STANDEN (SOUTH AFRICAN INSTITUTE OF INTERNATIONAL AFFAIRS). FOREIGN POLICY, 3 de marzo.

(13) “Congo to auction land to oil companies: ‘our priority is not to save the planet’”. NEW YORK TIMES, 24 de julio.




BIDEN, EN EL LABERINTO DE ORIENTE MEDIO

19 de julio de 2022

Joe Biden ha concluido su primera gira por Oriente Medio con los píes fríos y la cabeza caliente. Las urgencias de la guerra de Ucrania y la presión del calendario del programa nuclear iraní empujaron al Presidente norteamericano a hacer acto de presencia en una región cuya prioridad siempre quiso rebajar, cuando ocupaba responsabilidades políticas menores. Eso que convenimos en llamar establishment, agente de los grandes intereses americanos y globales, le indicaron la conveniencia de no parecer demasiado distante personalmente de la revisada arquitectura de seguridad regional.

LA TRAMPA SAUDÍ

El Presidente confía en que, a cambio de comerse sus palabras de tratar al todopoderoso Príncipe heredero, Mohamed Bin Salman (MBS), como un paria internacional, los saudíes consigan que la OPEP avale en su reunión de este otoño un incremento del bombeo de crudo. Eso reduciría la presión sobre los precios y aliviaría la presión energética de Moscú sobre Europa. No parece fácil: Arabia Saudí y los otros países del Golfo están al límite de su capacidad, como le recordó Macron a Biden en el reciente G7.

Poco más se esperaba públicamente de una cita envenenada. Las cuentas pendientes del Presidente con MBS enturbiaban las perspectivas. Al cabo, el orquestado encuentro entre ambos dirigentes no ha sido útil para la imagen de la Casa Blanca (1). Biden sustituyó el apretón de manos por el choque de puños, y el gesto irritó tanto o más a Hatice Cengiz, la novia/viuda del disidente Kassoghi, al editor del Washington Post (del que el asesinado periodista era colaborador) y a las organizaciones de derechos humanos (2). Aparte de esto, el presidente se metió una vez en líos. Biden aseguró que había tratado el asunto Kassoghi con Mohammed Bin Salman desde el principio de su conversación y que le había recriminado su responsabilidad personal en el escabroso asesinato. Por el contrario, el jefe de la diplomacia saudí (y anterior embajador en Washington) dijo no haber escuchado al Presidente expresarse en esos términos. Requerido por los medios para explicarse, Biden dejó traslucir cierta exasperación.

Este caso ha recibido mucha más atención en la prensa americana que la muerte de la periodista palestino-norteamericana Shireen Abu Akleh, por disparos de la policía militar israelí, aunque en Washington han preferido aducir razones técnicas para no avalar la autoría del disparo.  Las repercusiones diplomáticas de estas dos muertes, aunque muy distintas en su alcance, han puesto en evidencia la hipocresía o el cinismo con que el poder en Washington utiliza el asunto de los derechos humanos en la política internacional. La amplia experiencia en la materia nos indica que cuando se trata de vulneración de derechos humanos en países adversarios, el asunto se convierte en objeto de batalla constante y en medidas de sanciones acordes con el interés práctico del asunto, mientras que, cuando las violaciones son practicadas por países amigos, aliados o cómplice, como en este caso, la respuesta no sobrepasa el umbral de la retórica y el postureo. Esto es lo que se le ha reprochado a Biden en esta ocasión, y con razón (3). Pero su comportamiento no ha sido distinto al exhibido por sus antecesores. 

Los asuntos más profundos de la gira no han aparecido en titulares, en parte por su complejidad, pero también por encontrarse en fase embrionaria o, a lo sumo, de maduración. La recurrente cuestión de hasta dónde quiere implicarse EE.UU. en las estrategias de seguridad en Oriente Medio lleva años siendo objeto de análisis en despachos y gabinetes. Hay quienes opinan que la prioridad china y la urgencia rusa desplazan a la turbulenta e intratable región a un lugar secundario. Pero los datos prácticos indican otra cosa menos rotunda.

Biden aseguró en vísperas de embarcarse el Air Force One que, por primera vez, un presidente visitaba la región sin que hubiera fuerzas norteamericanas en misiones de combate (4). Afirmación cuando menos inexacta. Negociadores norteamericanos en anteriores administraciones demócratas le recordaron que la noción “misiones de combate” está abierta a interpretaciones (5). En medios más críticos, como THE INTERCEPT, se detalló cómo la persistencia del esfuerzo militar norteamericano en la región está lejos de decaer, aunque una pax americana siga siendo esquiva (6).

UNA NUEVA ARQUITECTURA DE SEGURIDAD REGIONAL

Los estrategas norteamericanos, en todo caso, alumbran una nueva arquitectura de seguridad en Oriente Medio más multilateral, por así decirlo. Está asentada en los llamados “acuerdos Abraham”; es decir, la alianza entre Israel y algunos estados árabes aliados de Washington, con el propósito decidido y explícito de cercar a Irán, pero también de evitar nuevos sobresaltos “primaverales” como el de 2010 (7).

Se trata de una alianza en construcción, con proyectos integrados de defensa, pero no exenta de contradicciones y visiones diferentes (8). Ya están a bordo dos de las monarquías muy conservadoras de Golfo (los Emiratos y Bahréin). Se espera a Arabia Saudí, que prefiere una aproximación gradual y desde luego, pone un precio más alto, por exigencias de imagen, debido a sus responsabilidades religiosas. Como anticipo, durante la gira de Biden se ha hecho oficial la cesión de El Cairo a Riad de las islas Tirana y Sanafir, que controlan el acceso al Golfo de Aqaba desde el Mar Rojo (9). Recuérdese que el cierre de esos enclaves por Nasser y la consiguiente interrupción de la navegación fue una de las causas inmediatas de la guerra de los Seis días, en 1967.

Marruecos se sumó desde un principio al modelo Abraham a cambio del reconocimiento de su soberanía sobre el Sahara por la administración Trump. Biden no piensa modificar esa posición, pese a lo que dijo en su día (otra renuncia más) y a lo que piensan muchos demócratas. Jordania está formalmente ausente, por la cuestión palestina, pero su colaboración es amplia y multidireccional. Egipto es socio básico e imprescindible y, como siempre, clave de cualquier alianza regional. Bajo el férreo mando de Al Sisi el país de las pirámides ha superado todos los niveles de violación de derechos humanos ante la clamorosa ausencia de medidas eficaces de Washington. 

Israel es la gran beneficiaria de esta alianza, que algunos han definido como la OTAN de Oriente Medio (barbarismo terminológico y estratégico, pero resultón). En realidad, antes de que cuajaran los Abraham, este acercamiento israelo-árabe era palmario. Sólo la retórica de la solidaridad árabe con Palestina dificultaba la oficialización (10).


EL CERCO A IRÁN

La animosidad frente a Irán (país no árabe, por lo demás) ha facilitado el abandono de la impostura.  El proyecto nuclear del régimen de los ayatollahs es el elemento unificador de una estrategia militar compartida. El acuerdo roto por Trump no termina de ser reparado por Biden, porque nadie está convencido de que ya sea útil. Washington pone condiciones más duras que la de 2015 (eliminación del programa de misiles, renuncia a la desestabilización regional mediante el apoyo a sus aliados chíies, controles de verificación reforzados y retirada más pausada de las sanciones (11). Teherán no encuentra alicientes para aceptar estos cambios. Con uranio enriquecido ya al 60%, se encuentra a punto (dos semanas) del umbral de la bomba (breakout), y por tanto en posición de fuerza, en caso de que no haya acuerdo de renovación (12).  

Israel sigue rechazando cualquier tipo de compromiso, pero su posición no es ya tan monolítica. En las FF.AA. y en la Inteligencia se empiezan a escuchar voces en favor de un acuerdo de limitación o temporización, para ganar tiempo. El objetivo israelí sigue siendo la destrucción completa del programa nuclear iraní, pero ahora se reconoce que la ruptura de Trump fue un error, porque aceleró el esfuerzo atómico de los ayatollahs, sin habilitar el “permiso” y los recursos materiales de una acción militar.

La actual administración, como las anteriores, se cuida de avalar la solución militar y menos de suministrar a Israel la munición necesaria para un ataque efectivo. Pero sigue mirando para otro lado mientras se acumulan los asesinatos de científicos iraníes por el Mossad, algo que nadie discute (13). El régimen iraní lo considera inevitable y parece reponerse con cierta facilidad de estas pérdidas (14). En todo caso, se trata de actos que, en otros casos, Washington (y Occidente en general) consideraría como “terrorismo internacional”. Un ejemplo de doble rasero.

La gira de Biden no ha ofrecido públicamente nada nuevo en este asunto, entre otras cosas porque Israel se encuentra con un gobierno provisional, tras la ruptura de la heteróclita coalición que hace un año alejó del poder a Netanyahu. Habrá elecciones en otoño y, si King Bibi vuelve a tomar los mandos, este consenso de presión concertada “diplomática” sobre Irán podría quebrarse. Sólo la certidumbre de que el régimen islámico adoptara la decisión de fabricar la bomba obligaría a Washington a replantearse la opción de pura fuerza. El tiempo se está agotando.


NOTAS

(1) “Was Biden’s Middle East trip worth it?”, ISHAAN THAROOR. WASHINGTON POST, 18 julio; “Biden’s fraught sadu visit garners scathing criticism and modest accords”. PETER BAKER y DAVID SANGER. NEW YORK TIMES, 15 julio.

(2) “Joe Biden has a Saudi problem”. YASMINE FAROUK (CARNEGIE). WASHINGTON POST, 13 julio.

(3) “The true cost of the Biden’s Saudi visit. A meeting with MBS undermines Human Rights globally”. AGNÈS CALLAMARD. FOREIGN AFFAIRS, 13 julio;

(4) “Why I’m going to Saudi Arabia. JOE BIDEN. WASHINGTON POST, 9 julio.

(5) “What to expect from Biden’s big Middle East trip”. STEVE COOK y DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 8 julio.

(6) “Biden’s trip is about exiting the Middle East- but U.S. might get pulled back in”. MURTAZA HUSSEIN. THE INTERCEPT, 14 julio.

(7) “The Abraham accords and the changing shape of the Middle East. DAVID ROSS. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 23 junio; “Can Biden pivot to normalcy in the Middle East?. NATHAN SACHS. BROOKINGS, 12 julio.

(8) “From arabs and israelís Bide hears very different ‘new’ Middle East”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 14 julio.

(9) “Getting an Israeli-saudi deal on Tiran and Sanafir. DAVID SCHENKER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 8 julio.

(10) “Why the Abraham accords fall short. Sidelining the Palestinians is a recipe for violence, not peace”. ZAHA HASSAN Y MARWAN MUASSER. FOREIGN AFFAIRS, 7 junio; “Make the Middle East safe for Tyranny”. PETER BEINART. BLOG PERSONAL, 11 julio.

(11) “What America should do if Iran nuclear deal talks fail”. MARIA FANTAPPIE y VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 1 julio.

(12) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 junio.

(13) “Why Israel keeps assassinating Iranian officials”. DANIELLE PLETKA. 29 junio.

(14) “Why Iran is downplaying Israel assassinating its officials”. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 1 julio. 


ALIANZA FUERTE DE GOBIERNOS DÉBILES

6 de julio de 2022

La reciente cumbre aliada de Madrid dejó un aire irreal de unidad y fortaleza occidental. La unidad es relativa, aunque las grietas se dejan para las discretas consultas o el trabajo de los despachos. La fortaleza es puramente militar, aunque adolece de un desequilibrio irresoluble entre los dos polos atlánticos: Estados Unidos y Europa. La OTAN revive con las crisis internacionales (en particular contra el desafío otrora soviético y ahora ruso), porque es un instrumento diseñado con ese fin. Pero puede hacer muy poco o nada para resolver las debilidades internas. Por el contrario, si acaso, profundizarlas, al presionar en pro de un mayor gasto militar para contrarrestar una amenaza discutible y reducir recursos en inversión social.

La guerra (fría) es buena para ciertos negocios (los armamentistas y sus derivados) pero muy mala para la vida de la gran mayoría de la gente. Para los europeos, este pulso de prestigio, esta sobreactuación frente a la agresión rusa en Ucrania es ya un drama y puede acabar en tragedia. En lo que va de siglo, Occidente ha sido sacudido por cuatro guerras mayores “externas” (Serbia, Irak, Afganistán y Ucrania), azotado por una pandemia global que está aún lejos de extinguirse por completo y soportado dos crisis económicas de gran envergadura (financiera, la primera; y energética y económica, la actual). Este ciclo de penurias y pesimismo ha permitido pocos respiros. Han asomado reflejos autoritarios incluso delirantes en la cúspide del poder político (Trump), se han reforzado viejas pulsiones racistas y xenófobas (en Estados Unidos y en Europa, incluso en la suave Canadá), se ha profundizado la brecha social y se ha ido descosiendo el frágil tejido de conformidad más o menos activa con el sistema liberal de democracia cada vez más desconectada de las necesidades de las mayorías.

La unidad en la fortaleza o la fortaleza a través de la unidad es poco más que un eslogan frente a un enemigo cuya agresividad es síntoma de debilidad más que de potencia, por agresivo que pueda ser su comportamiento. Los líderes participantes en la Cumbre Atlántica de Madrid exhibieron músculo en un encuentro internacional con aroma a tiempos pasados. Horas después regresaron a la cruda realidad de un imparable incremento del coste de la vida, el riesgo de desabastecimiento energético y la alarma ante un rebrote pandémico de efectos todavía no predecibles. En este contexto, la cohesión de los principales gobiernos aliados da síntomas de fragilidad preocupantes.

EEUU: UN PRESIDENTE AMORTIZADO

En Estados Unidos, la agenda Biden de “reconstrucción nacional” está en ruinas. El Tribunal Supremo se erige casi en un gobierno paralelo, desmontando derechos y empujando al país hacia atrás, en una guerra cultural contra sus propios ciudadanos no adeptos a una cruzada conservadora (1). Las elecciones de mitad de mandato de noviembre pueden dar la puntilla al octogenario presidente, a quien muchos de los suyos consideran ya un imposible candidato a la reelección dentro de dos años, sin que haya una alternativa clara y viable entre los demócratas (2). El país está espantado por las sesiones catárticas de la Comisión parlamentaria sobre el 6 de enero, pero los clones suavizados de Trump se hacen fuertes y dominan el relato en el Partido Republicano, que no vive incómodo en el extremismo. Las pálidas medidas contra la enfermiza adicción a las armas, que mata a más gente que el terrorismo internacional, se ahogan en nuevas matanzas a un ritmo infernal de una por semana. La vida es cara y antipática. La quiebra social nunca ha sido tan profunda en cincuenta años.

ALEMANIA: UNA RUPTURA FORZADA

En Europa, las cosas no van mejor. Por citar sólo a los más grandes, Alemania se debate en el esquizoide dilema de abandonar décadas de dependencia energética de Rusia con la esperanza de no destruir por completo todos los puentes (3). La coalición de gobierno está tensionada. Los socialdemócratas sancionan a regañadientes a Moscú, sabedores de que disparan contra los intereses nacionales. Los ecologistas se erigen en halcones, no del clima, como es su razón de ser, sino de un belicismo neoconverso frente al Kremlin (4). Los liberales, eslabón menor, contemplan con cierta candidez los apuros de sus socios mayores, pero son muy sensibles a la inquietud de los medios de negocios a los que representan. El gobierno parece estable, pero es muy dependiente de una paz social que no ha sido tan incierta desde la reunificación.

FRANCIA: LA SOLEDAD DE MACRON

Francia se aleja del camino del liderazgo europeo que Macron lleva anunciando desde su primera elección, en 2017. El Presidente es hoy más débil que cualquiera de sus antecesores en la V República. Su nuevo ejecutivo, abocado a gobernar en solitario, ni siquiera se ha atrevido a inaugurar su mandato con la habitual moción de confianza. Lo único relativamente confortable para Macron es que hace frente a tres oposiciones (ultraderecha, conservadores e izquierda) incapaces de entenderse y, por tanto, de amenazar seriamente con derribar al gobierno. La izquierda (NUPES) parece haber asumido el papel de oposición activa al apresurarse a depositar una moción de censura en la Asamblea Nacional. Su pretensión se reduce a erosionar el ya de por si escaso prestigio de la exigua mayoría (5). Conservadores y nacional-identitarios permanecen agazapados a la espera de tiempos más propicios. El partido de Marine Le Pen parece priorizar de momento la construcción de esa respetabilidad que le falta para asaltar el Eliseo. Los Republicanos apuestan por un desgaste a fuego lento.

REINO UNIDO: JOHNSON, EN EL ALERO

En Gran Bretaña, el ilusionista Boris Johnson vive de nuevo horas de peligro. La dimisión sonora y muy incisiva de los dos ministros más relevante de su gobierno lo pone de nuevo “pendiendo de un hilo”, como dicen los inclementes diarios de Londres (6). Aunque el fracaso de la moción interna de desconfianza tory le concede teóricamente un año de respiro, no son pocos quienes predicen que Johnson se derrumbará mucho antes. Torres más altas han caído, dicen propios y adversarios, con Thatcher en mente. El último escándalo, haber mantenido, de nuevo mentira mediante, a un ministro de segunda pese a saber que había acosado a dos jóvenes asesores, despierta los reflejos hipócritas de un conservadurismo puritano que nunca ha soportado el exhibicionismo de su primer ministro. Johnson se apoderó del Brexit y ganó por goleada las elecciones siguientes. Con credenciales así, era más digerible el desagrado. Pero Boris se ha quemado en tiempo récord. Hará lo que sea para sobrevivir. Ha puesto ya en riesgo el acuerdo de divorcio con Europa para tapar una vía de agua abierta por los protestantes unionistas en el Ulster. Se ha erigido en el más locuaz abogado de Ucrania. Y ahora que lo ha abandonado el Canciller del Exchequer (Ministro de Hacienda), aventará la bajada de impuestos para “poner dinero en el bolsillo de los ciudadanos” y hacer creer que así compensará una inflación galopante.

Italia, paradójicamente, parece más tranquila. Pero es una sensación engañosa. La estabilidad gira en torno al crédito que aún conserva el primer ministro Draghi, muy activo también en la escena internacional. Pero en Italia las crisis son a menudo imprevistas y violentas. O caprichosas. Han aparecido de nuevo grietas en una fachada sólo remozada. El populista Movimiento 5 estrellas se parte por la política hacia Rusia. El centroizquierda ha mejorado en las municipales parciales de hace unas semanas, pero no tiene apetencias de mejorar posiciones de poder en una coyuntura tan desfavorable. Los nacional-populistas de Savini y la extrema derecha de Meloni compiten por el impulso lepenista. En estas rebatiñas italianas, suele aparecer un puñal que aspire a acabar con César.  

De este cuarteto europeo hacia abajo en la escala de poder e influencia en Europa, no hay mejores señales. Si la dinámica belicista en curso empuja a los gobiernos a incrementar el gasto militar y los precios prosiguen su escalada, el malestar social irá en aumento. Para muchos, reaparece el espectro de los setenta, aunque la realidad sea muy diferente. Pero de eso nos ocuparemos en un próximo comentario.


NOTAS

(1) “Supreme Court goes against public opinion in rulings on abortion, guns”. MICHAEL SCHERER. THE WASHINGTON POST, 24 de junio.

(2) “Biden irked by Democrats who won’t take ‘Yes’ for an answer in 2024”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 27 de junio.

(3) “The anatomy of Germany’s reliance on Russian natural gas”. DER SPIEGEL, 29 de junio.

(4) “¿From peaceniks to hawks? Germany’s greens have transformed in the face of Russia’s war”. DER SPIEGEL, 6 de mayo.

(5) “Motion de censure ou non: les oppositions prennent position”. LE MONDE, 6 de julio.

(6) “What the papers said about Boris Johnson’s cabinet resignations”. THE GUARDIAN, 6 de julio.


CUMBRES Y DEPRESIONES

30 de junio de 2022


Tres cumbres en una semana: UE, G7 y OTAN. Todas ellas con la guerra de Ucrania y sus consecuencias como asunto casi monográfico. Tres escaparates en los que reflejar una unidad occidental que es menos solida de lo declarado, pero suficiente para presentar a Rusia una demostración de fuerza.

Las cumbres son momentos ceremoniales en los que raramente se logra algo que no venga pactado o cocinado previamente. Los resultados dramáticos o de última hora son infrecuentes y cuando suceden suelen ser salidas de compromiso de poco alcance y dudoso cumplimiento. Por la misma razón, los fracasos sonoros son aún más improbables: sólo con el imprevisible Trump en escena las reuniones de la OTAN y el G-7 acabaron como el rosario de la aurora. Por eso, las cumbres se concibieron para dar buenas noticias, para consagrar grandes logros. Formalmente, así ha sido de nuevo este año. Pero por detrás de las fanfarrias aparecen, en esta ocasión especialmente, las depresiones de una realidad amarga.

UE: ALEGRÍA EN UCRANIA, FRUSTRACION EN LOS BALCANES

Los 27 países de la UE aprobaron la concesión a Ucrania del estatus de país aspirante, una decisión más política y simbólica que efectiva. El proceso de adhesión se antoja largo, complicado e incierto, por mucho que la retórica de solidaridad en estos tiempos aciagos pudiera inducir a pensar lo contrario. Los líderes han preferido pecar de excesivos que quedarse cortos, para no decepcionar a sus colegas ucranianos. Pero unos y otros son perfectamente conscientes de que la integración queda lejos y que no sólo dependerá de la suerte de la guerra. Las escaramuzas de la negociación se prevén muy fatigosas y parecerán interminables. Como todas.

Aún más depresiva ha sido la dinámica que esta prioridad ucraniana ha provocado en los países de los Balcanes occidentales (Bosnia, Macedonia del Norte, Montenegro, Albania, Serbia y Kosovo), que llevan mucho más tiempo esperando, El enfado fue mayúsculo y la sensación de que “Europa no nos quiere” salió reforzada. Se refuerza así el discurso político de las fuerzas nacionalistas que desconfían del proyecto europeo y mantienen una relación paralela con Moscú y Pekín (1). 

El caso más lacerante es el de Bosnia-Herzegovina, país que afronta la mayor amenaza contra la paz desde 1995. Los acuerdos constitucionales impuestos en Dayton se están descosiendo a ojos vistas, fundamentalmente por las aspiraciones independentistas de los serbobosnios y el revisionismo institucional de los croatas. En Sarajevo se piensa, con cierto humor negro que, si a Ucrania se la cuela por la guerra, quizás Bosnia se vea en una situación “favorable” semejante más temprano que tarde.  

G-7 Y EL BOOMERANG DE LAS SANCIONES

El G-7 se concentró en castigar económicamente más a Rusia y en mitigar lo que ya parece inevitable, que es un riesgo muy alto de recesión en prácticamente todas las regiones de la economía mundial. Las sanciones no han funcionado como se pensaba, o no con la rapidez que se pretendía. La economía rusa resiste. O, para ser más preciso, ingresa más que hace cuatro meses por la venta de sus productos energéticos, al haber subido los precios: mil millones de dólares diarios, todo un récord. Con esa cantidad, el Kremlin no solo puede pagar el esfuerzo de guerra, sino que está en condiciones de hacer frente a salarios y pensiones e incluso compensar el alza del coste de la vida.

A Occidente no le vale con esperar a que las sanciones erosionen de verdad a Rusia, porque la guerra se acelera y Moscú está ya cerca de conquistar el Donbás. Se impone ahora cortar esa fuente de financiación bélica. Pero hay muchas dificultades para lograrlo. El boicot europeo al petróleo ruso se ha quedado en propósito, de momento. Y al gas ni siquiera se le ha metido mano. Muchos países dependen de esos productos energéticos para calentar casas y hacer funcionar industrias y ciudades. 

Se plantea ahora poner un tope al precio que se paga por el petróleo ruso, mediante un mecanismo que implicaría a las empresas energéticas privadas y a las compañías de seguros. Algo complejo e incierto. Si se provoca una bajada del precio del crudo ruso, China e India se aprovecharán de ello y en mayor medida, y no se sabe cómo eso puede resultar a la postre tan ventajoso. Si no ocurre algo peor: que Rusia reduzca producción sin que esta merma puedan compensarla los países de la OPEP y los precios se disparen en vez de reducirse (2). La solución se convertiría así en otra amarga depresión, en la línea de las generadas hasta ahora (inflación, problemas de suministro, hambre en zonas vulnerables, etc.)

OTAN: DE LA MUERTE CEREBRAL A LA HIPERVENTILACIÓN

De las tres cumbres de la semana, la de la OTAN parece la más exitosa, porque se parte de una situación de clara ventaja. La Alianza Atlántica se ha visto reforzada por la agresión rusa al fomentar el miedo, la inseguridad y la necesidad de mayor protección. Esa ha sido la reacción de Suecia y Finlandia, al modificar décadas de cierta neutralidad en favor de un atlantismo activo y pleno.

Antes de empezar la cumbre se superó, aparentemente, el veto turco a la ampliación. Como se esperaba, Estocolmo y Helsinki prometen una vigilancia estrecha de las actividades en esos países nórdicos de los kurdos del PKK, que Ankara considera como “terroristas”, y levantar el embargo de armas a Turquía. A Erdogan le funciona de nuevo la política de presión. Hay un punto de inconsistencia en estas decisiones. Los aliados del PKK en Siria, el YPG, han sido la principal baza norteamericana y europea e en su combate tanto contra Damasco como contra el DAESH, para gran enojo de Turquía. El muy impreciso compromiso de Madrid sacrifica a los kurdos en armas. Algo similar a lo que hizo Trump en su día para agradar a Erdogan y tanto le reprocharon sus aliados.

Esta cumbre de Madrid estaba planeada para aprobar un nuevo “concepto estratégico” que es una especie de orientación general de la política de defensa occidental, renovada aproximadamente cada diez años. Que Rusia iba a cambiar de consideración con respecto a 2010 era algo que se esperaba desde hacía tiempo por lo que se contemplaba como “política revanchista y expansionista” de Putin. La guerra de Ucrania ha acelerado y agudizado el lenguaje hasta definir a Rusia como “la mayor amenaza para la seguridad” occidental. Términos que, salvando las distancias, son similares a los empleados al comienzo de la guerra fría, es decir, a finales de los años cuarenta. Pero, atención, el arquitecto de la política de contención de la URSS, el diplomático destinado en Moscú Georges Kennan, estimó en su día que la política de expansión de la OTAN era un enorme error que traería consecuencias negativas para los vecinos de Rusia y para Occidente. Coincidía con no pocos analistas nada sospechosos de simpatías prorrusas. No se les escuchó y en estas estamos.

La OTAN va a cuadriplicar las fuerzas en las regiones europeas más cercanas a Rusia (Centroeuropa y países bálticos) hasta un total de 400.000 hombres, con su armamento sofisticado y las infraestructuras que tal despliegue exige. Un esfuerzo que implicará un incremento notable del gasto militar. En nombre de la seguridad, se va a proceder a una reestructuración de las disponibilidades financieras en Europa. En un contexto económico nada favorable, todo lo que se destine a defensa dejará de invertirse en reducir la desigualdad, mejorar los servicios sociales y acelerar la transición ecológica. El entusiasmo de la Cumbre de Madrid por el aparato militar dejará paso a la depresión provocada por un retroceso en los niveles de vida de la mayoría de los ciudadanos. 

La actual guerra dopa el discurso político. Sin embargo, si repasamos las cifras del equilibrio de fuerzas en Europa, los temores no parecen justificados. Según los datos del SIPRI, el prestigioso instituto sueco, el gasto militar de los países de la OTAN superó ampliamente el billón de dólares en 2021, mientras el de Rusia fue de unos 65.000 millones; es decir, la Alianza Atlántica se gastó en defensa 17 veces más que el Kremlin. De ese billón largo de dólares, Estados Unidos aporta las tres cuartas partes, es decir, diez veces más que Rusia (3). Y este desequilibrio aumentará en los próximos, según el proyecto de presupuestos del Pentágono.

EL ARRASTRE NORTEAMERICANO

En un artículo reciente para el Washington Post, la directora del semanario de izquierdas norteamericano THE NATION, Katrina Van den Heuvel, denunciaba el impacto depresivo que este gasto militar en flecha ascendente iba a tener para los sectores populares de la sociedad norteamericana (4).  Estados Unidos gastará en defensa más que los nueve países juntos que le siguen en esfuerzo militar. El Pentágono mantiene 700 bases en más de 80 países, la mayoría para contener un supuesto expansionismo de China en la zona del Asia-Pacífico, donde se está fraguando una alianza similar a la OTAN conocida como QUAD (abreviatura de cuadrilátero) que agrupa de momento a EE. UU., Australia, India y Japón. Otros países como Corea del Sur, Filipinas o incluso Vietnam, todos en contenciosos territoriales con Pekín, están siendo convocados a unirse. Pero es más grande el miedo a provocar al gigante asiático que a una improbable agresión china.

Para incidir en la comparación anterior, los países del QUAD gastan en defensa casi un billón de dólares, casi cuatro veces más que China (270.000 millones). Como acto simbólico, los líderes cuadrangulares han sido invitados a la cumbre de la OTAN, para reforzar otra de las decisiones contenidas en el nuevo “concepto estratégico”: la consideración de China como un “desafío” para Occidente, por mucho que se trate de un país “fuera de la zona” cubierta por la Alianza. China es situada en un escalón de amenaza inferior al de Rusia en cuanto a intenciones (incluido el riesgo de Taiwán), pero más elevado por su potencial, que es más económico y estratégico que militar. La suavización de la referencia a China refleja la aprensión europea (sobre todo alemana) a dificultar los intercambios comerciales bilaterales. Para Washington, el pulso se dirime en términos de hegemonía mundial; para Berlín y otros grandes europeos, se reduce a acordar reglas del juego más equilibradas. La sintonía aliada también se enturbia aquí.

La militarización del Presupuesto americano beneficia al complejo industrial y militar que ya denunciara hace 70 años el presidente Eisenhower, otro halcón de la guerra fría. A ese tramado de intereses de entonces, Katrina van den Heuvel añade a congresistas, académicos y expertos de los think tank, que reciben suculentas contribuciones para sus campañas (300 millones de dólares) o gabinetes de estudio y/o aleccionamiento (1.000 millones en cinco años). En pocos sitios son tan evidentes las puertas giratorias. Según la organización Open Accountability, más 1.700 generales y altos cargos del Pentágono recalaron en los puestos de mando de las compañías armamentísticas cuando colgaron el uniforme. Los políticos aducen que la industria de armamento genera empleo y prosperidad en los estados en que ubican sus laboratorios y fábricas. Y con ese argumento tienen ganada la partida. Putin les ha venido de perlas.

Que Rusia haya invadido Ucrania no quiere decir que pueda repetir la jugada en otros países europeos, ni siquiera los pequeños bálticos, que están cubiertos con el paraguas de la OTAN, incluida la disuasión nuclear en caso de improbable escalada. Rusia puede atacar un país con una potencia militar que es casi 12 veces inferior, pero sería suicida que lo hiciera ante la obligada respuesta de una Alianza militar que es 17 veces superior. Por no hablar de la abismal diferencia cualitativa de los armamentos occidentales y rusos, como se está evidenciando en Ucrania.

Ese recorrido norteamericano es lo que nos espera en Europa, en un grado menor si se quiere, pero comparativamente similar. El viejo objetivo de dedicar el 2% del PIB en Defensa parece ahora una exigencia más que una recomendación, sólo cumplida hasta la fecha por un tercio escaso de los aliados. Veremos qué pasa en la práctica. El entusiasmo de los líderes políticos en estas cumbres unánimes a favor de los alardes militares podría generar depresiones sociales a corto y medio plazo. 


NOTAS 

(1) “Après le fiasco de Bruxelles, la bronca des Balkans contre l’UE”. COURRIER DES BALKANS, 27 de junio.

(2) “U.S. urges new tactic to curb Putin’s war machine and lower fuel prices”. THE NEW YORK TIMES, 28 de junio.

(3) https://milex.sipri.org/sipri

(4) “The Pentagon gets more money, and Americans pay the price”. KATRINA VANDEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 21 de junio.


COLOMBIA: LA HORA DE LA IZQUIERDA

 23 de Junio de 2022

Colombia y México han sido tradicionalmente países vetados a las alternativas de izquierda en América Latina. Durante décadas los establishments (con vitola política conservadora o liberal, en todo caso, intercambiables) se han ido sucediendo no sólo por la voluntad de los electores sino también por una violencia extrema en la que se han (con) fundido la brutal delincuencia del narcotráfico con las oscuras tramas asesinas de los bajos fondos institucionales.

México pareció romper esa dinámica, con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en 2018.  Y ahora le ha llegado el momento a Colombia, con la victoria de Gustavo Petro, un político que, como otros progresistas de la región (por ejemplo, la brasileña Dilma Roussef), procede del campo revolucionario y/o guerrillero. Militante en su juventud del M-19, Petro ha recalado en una suerte de socialdemocracia latinoamericana, también llamada “segunda izquierda", distinta de la corriente revolucionaria derivada de la experiencia cubana.

Colombia es el segundo país más desigual de América Latina, después de Brasil. El sistema político es profundamente clientelar. Las mayorías sociales se encuentran reprimidas en las ciudades y condenadas a la marginación y una violencia atroz en las zonas rurales. Las manifestaciones de protesta se castigan sin contemplaciones, como ocurrió el pasado año.

Petro es el llamado a impulsar un giro histórico (1), después de décadas de  persecuciones, amenazas continuas, intimidaciones cotidianas y, cuando se considera necesario, asesinatos a pleno día. Ese ciclo infernal continua. Y es más que probable que se mantenga e incluso se intensifique, como un recordatorio siniestro de que las urnas son jueces admisibles si confirman el poder real pero no si pretenden cuestionarlo.

A Petro lo motejan sus adversarios políticos y sociales de populista. No es un recién llegado. Fue alcalde de Bogotá y allí pudo verse su estilo de gobierno. Para algunos, incluso desde posiciones críticas de la sociedad colombiana, demasiado personalista y, como suele ser habitual en la izquierda, un tanto decepcionante. La derecha lo encasilló en la simpatía hacia  el chavismo, en un tiempo de obsesión venezolana entre las clases dirigentes, alimentado por las tensiones fronterizas y por la precaria instalación de los huidos más pobres del país vecino en las localidades limítrofes. Petro tiene poco o nada que ver con el bolivarismo, pero en Colombia todo lo que no sea demonizar la experiencia venezolana equivale a ser su cómplice.

UN PROGRAMA SOCIALDEMÓCRATA

Después de una larga campaña electoral plagada de embustes, presiones y picos de violencia (2), el interés se centra ahora dos grandes dilemas: qué se plantea en realidad hacer Petro cuando tome posesión del Palacio de Nariño (sede de la Presidencia) y qué le dejarán hacer los que detentan el poder real, es decir la alianza entre la oligarquía económica y las instituciones de un Estado diseñado y acostumbrado a blindar sus intereses. Por eso, es vital contar con el apoyo de los menos favorecidos. La selección de la activista ecologista negra Francia Márquez, como compañera de fórmula es un mensaje en este sentido (2).

Petro tiene un programa que puede ser considerado socialdemócrata, con las condiciones y limitaciones propias de la región. En una larga entrevista al semanario liberal británico THE ECONOMIST, el pasado marzo, el entonces candidato desgranaba sus planes de gobierno y apuntaba la estrategia para llevarlos a cabo (3). Los ejes del programa son: reforma fiscal progresista, avances en servicios y justicia sociales y transición ecológica. Los tres están interconectados y no se entienden por separado.

Petro quiere acabar con una fiscalidad no sólo injusta sino además ineficaz. El anuncio de poner coto a la explotaciones petrolíferas generó mucha polémica y alimentó las acusaciones de populismo desde sectores adversarios. En realidad, el presidente electo se compromete a respetar los contratos actuales, pero no concederá nuevas licencias de exploración. Medios de negocios investidos de liberales le imputan demagogia por considerar que sin la expansión del sector extractivo difícilmente podrá cumplir sus promesas de medidas sociales. Petro replica que la clave de su proyecto reside en la reforma fiscal.

Colombia es el único país que, en la práctica, no cobra regalías (derechos) por la explotación de sus hidrocarburos, ya que éstas se deducen de los impuestos satisfechos por la compañías multinacionales. Esto le supone al Estado una pérdida de ingresos que puede elevarse, según los cálculo del presidente electo, hasta los 5 mil millones de dólares.

La segunda apuesta consiste en gravar acumulativamente los dividendos de las grandes empresas, que hoy están exentas, lo que supone no sólo un escandaloso privilegio, sino también un absurda penalización para el Estado. El déficit fiscal de Colombia alcanza los 20 mil millones de dólares (el monto global del presupuesto estatal es de 88 mil millones), lo que significa un 8% del PIB. Este nuevo enfoque fiscal se completa con medidas de equilibrio que implicarán el aumento de la presión fiscal a las 4.000 principales fortunas del país, la fijación de gravámenes a ciertas importaciones y la persecución del fraude fiscal. En total, Petro espera recaudar más de 10 mil millones de dólares adicionales para financiar su programa.

DEBILIDAD POLÍTICA

Petro es consciente de que su programa despierta recelos pese a su moderación, debido a las prácticas oligárquicas del poder. Sus enemigos cuentan con varias palancas para hacer fracasar sus planes. La más evidente es su debilidad parlamentaria. La formación que arropa al presidente, Pacto Histórico, fue el más votado el pasado mes de marzo, pero apenas cuenta con el 14% de los escaños del Senado y el 17% de la Cámara de Representantes. Una veintena de senadores y 27 diputados, de un total de 102 y 106 legisladores, respectivamente (5).

Los partidos “dinásticos”, liberal y conservador, suman 30 senadores y 57 diputados. Pero si se suman los 14 senadores y 16 diputados del ultraderechismo uribista del engañosamente denominado Cambio Democrático, nos encontramos con una oposición capaz de entorpecer la gestión presidencial. El Pacto Histórico podría tener el apoyo de la Alianza Verde en el Senado o de los disidentes liberales del expresidente Santos, artífice del acuerdo de desmovilización de las FARC, que el nuevo presidente respalda activamente. Pero su empeño principal será llegar a acuerdos con el Partido Liberal. Desde la izquierda se teme que estas componendas terminen descafeinando el programa.

La estrategia de Petro consiste en convocar una especie de compromiso nacional a favor de unas reformas que él presenta como patrióticas y no ideológicas. Pero esta retórica no impresiona a los poderes tradicionales del país, que tienen una visión muy cínica y egoísta del interés nacional (6).

LA SOMBRA DE WASHINGTON

La política exterior es otro de los escollos en el camino del nuevo Presidente. Petro tiene que convencer a Estados Unidos de que no alberga propósitos hostiles. No es previsible que los acuerdos militares con Washington se modifiquen sustancialmente. Pero hay revisiones necesarias. La supuesta lucha contra el narcotráfico impuesta por Estados Unidos durante las dos últimas décadas (Plan Colombia) ha sido un fracaso, también en opinión de Petro. El consumo en Estados Unidos ha aumentado y el estado colombiano se ha visto penetrado y contaminado por las mafias del tráfico ahora dominadas por los mexicanos del Golfo.

Las relaciones con Venezuela es el otro factor previsible de tensión con Washington. Petro desea una convivencia constructiva con el vecino. Desde Caracas se ha recibido su triunfo con cordialidad. El Secretario de Estado, Anthony Blinken, ha presentado un saludo positivo de bienvenida. Pero se trata de un mensaje meramente formal. No debe esperarse de la administración Biden una política de apertura significativa, ni gestos más o menos audaces como los de Obama. La reciente Cumbre de las Américas lo demuestra: no fueron convocados algunos de los países con gobiernos más a la izquierda, y otros afines se abstuvieron de acudir en señal de malestar o protesta. Esta nueva “oleada rosa” en la región (Perú, Chile, ahora Colombia y probablemente Brasil, en octubre) incomoda a Washington (7). El artificioso compromiso de Biden con las democracias se queda desnudo en América Latina.

 

NOTAS

(1) “Gustavo Petro’s big win. Colombia’s first leftist president could transform the región. IVAN BRISCOE. FOREIGN AFFAIRS, 19 de junio.

(2) “’She represents me’: the black woman making political history in Colombia”. JOE PARKING DANIELS. THE GUARDIAN, 25 de mayo.

(3) “How Gustavo Petro could change Colombia if he wins the presidential election”. THE ECONOMIST, 28 de mayo.

(4) “El pulso electoral en Colombia sacude la frágil paz”. ELISABETH DICKINSON. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 29 de mayo.

(5) https://registraduria.gov.co/

(6) “He promised to transform Colombia as President. Can he fulfill that vow? THE NEW YORK TIMES, 20 de junio.

(7) “As Latin America embraces a new left, the U.S. could take a back seat”. SAMANTHA SCHMIDT. THE WASHINGTON POST, 21 de junio.

FRANCIA: NADIE DEBE ESTAR CONTENTO

20 de junio de 2022

Francia experimenta de nuevo ese malestar político que ha caracterizado distintas etapas de su historia reciente. La V República, concebida para reforzar la autoridad y la estabilidad de gobierno, parece agotada. Ya no es el gaullismo o sus herederos los que sufren el desgaste, sino el exponente liberal que estaba llamado a reformar las instituciones y el modelo social sin alterar las normas institucionales del régimen.

LAS AMBICIONES DEGRADADAS DE MACRON

¡Ensemble!, la enésima divisa electoral inventada por el macronismo para consolidar la presidencia con un legislativo afín (obediente, en realidad) que pudiera realizar lo que se les escapó en el quinquenato pasado, se ha estrellado contra tres resistencias más fuertes de lo esperado: la recuperación de la izquierda unitaria, la consolidación del nacionalismo identitario y la apatía o el descreimiento de la mayoría del electorado.

El partido de Macron y sus aliados liberales y centristas tendrán 245 diputados en la nueva Asamblea, un centenar menos que hasta ahora, lo que supone una pérdida de 30%. Un revés difícil de negar o de maquillar. Las ambiciones reformistas del Presidente de la República sufren un aterrizaje forzoso para evaluar daños. Los cálculos del día después en París se centran en considerar si Macron se empeñará en negociaciones a derecha e izquierda o preferirá dejar fluir una ruptura institucional para disolver la Asamblea Nacional y convocar nuevas elecciones. La primera opción es fatigosa; la segunda, peligrosa. Macron ha perdido mucho crédito y el panorama mundial no se presta a sus alardes de liderazgo europeo e internacional. Gobernar se convertirá en algo más fastidioso que estimulante, sus queridas reformas del modelo social y político francés (la famosa fórmula de ‘ni derecha ni izquierda’) podrían alcanzar precios muy caros. Francia entra en una etapa de mercadeo.

IZQUIERDA: UN AVANCE MERITORIO PERO INSUFICIENTE

La izquierda se escapa del abismo, pero no puede cantar victoria. No era razonable esperar otra cosa después del estado de debilidad al que había sido reducida por sus propios e insistentes errores y decepciones.

No hay razón para la euforia, ni siquiera para una alegría excesiva. El propio Jean-Luc Melenchon, patrón inesperado de esta nueva versión forzada y forzosa de la izquierda unitaria, ha tropezado en su retórica triunfalista de ponerse como objetivo lograr un resultado que obligara a Macron a elegirlo como primer ministro. Seguramente era una argucia electoral para movilizar a un electorado desconfiado, más que una opción creíble de éxito. Pero si de eso se trataba, el resultado, aun siendo meritorio, resulta insuficiente. Los partidos agrupados en NUPES (plataforma de nombre poco inspirador) obtienen unos 140 diputados, más del doble de los que sumaban en la Asamblea saliente los partidos que la componen. Podrán presionar a Macron, después de un quinquenio delegando esa palanca en las movilizaciones callejeras, pero el presidente tiene socios más afines y convenientes a su derecha.

EL NACIONALISMO SE CONSOLIDA, PERO PARECE TOCAR TECHO

El nacionalismo populista e identitario se consolida como expresión de una parte de la sociedad francesa, que es mucho más numerosa de lo que las correcciones del sistema electoral dejan entender. El cordón sanitario republicano no ha saltado en pedazos, pero se ha resquebrajado. Por sus grietas se han colocado hasta casi 90 diputados de eso que viene en llamarse ultraderecha, término demasiado simplista para definir una opción política que combina factores de la más rancia reacción con una insatisfacción social legítima y comprensible. La representación del partido de Marine Le Pen se multiplica por más de diez, un resultado que asombra a primera vista, pero que en realidad no es tan sorprendente cuando se parte de un origen engañosamente bajo como el que tenía en el periodo legislativo anterior.


Hasta aquí las buenas noticias para este nacionalismo que hace de la identidad un factor de sublimación de las frustraciones sociales, políticas y culturales de un país que se siente en decadencia sin saber cómo evitarlo. La alegría se disuelve cuando se presiente que, después de varias décadas amenazando con subvertir la arquitectura institucional y cultural de la República, el anterior Frente Nacional o el Reagrupamiento actual puede haber alcanzado su techo si no hay un cambio de las normas electorales. Y eso no parece posible por ahora.

 

EL FIN DEL GAULLISMO CULTURAL Y POLÍTICO

 

La derecha conservadora, en su día gaullista, luego neogaullista y finalmente en deriva hacia un neoliberalismo con supuestas adaptaciones nacionales consuma su larga decadencia. Los Republicanos (denominación tan ambigua como el alcance de su camuflaje post-ideológico) tendrán sólo 64 diputados en la nueva Asamblea, la mitad de los que sumaban hasta ahora. Un correctivo no por esperado menos doloroso.

Gozarán al menos de la compensación de ser imprescindibles para Macron en su esfuerzo por gobernar. Pondrán un precio a su apoyo, y eso siempre significa poder. Pero, y aquí viene el contrapunto, una presión excesiva o unas aspiraciones irreales podrían desencadenar esa suerte de callejón sin salida, de crisis política e institucional que permita al Jefe del Estado activar el artículo 12 de la Constitución y disolver el Parlamento.  Lo que ocurra después nadie se atreve a pronosticarlo.

Esta sensación de derrota general del sistema político francés tiene su corolario más elocuente es una abstención contundente: 54%. Similar a la de hace cinco años, lo que indica que eso que se ha dado en llamar desafección no es un malestar pasajero, sino un síntoma persistente del modelo de democracia liberal, que sus exegetas se afanan en proclamar como el mejor de los posibles mientras siguen sin solución los problemas más importantes de la ciudadanía (desempleo, desigualdad creciente, deterioro de los servicios sociales, carestía de bienes básicos). Como en todas partes.

 

EL EXORCISMO NORTEAMERICANO

 15 de junio de 2022

Las sesiones de la comisión parlamentaria sobre el 6 de enero de 2021 están siendo una especie de catarsis de la anomalía sistémica que supuso la estancia de Donald Trump en la Casa Blanca y, en particular, sus tormentosos últimos días.

Desde la dimisión de Nixon, en 1974, no se había conocido tal desprestigio de la presidencia estadounidense. Los dos periodistas que revelaron la trama del Watergate no han resistido la tentación de comparar  ambas fechorías (1). Las investigaciones parlamentarias revelan el empeño del magnate inmobiliario por presentar las elecciones de noviembre de 2020 como un fraude masivo y, en consecuencia, su resistencia obsesiva a no reconocer los resultados, hasta el punto de intentar forzar la suspensión de la certificación del triunfo de Joe Biden.

Hay testimonios solventes que acreditan la responsabilidad directa de Trump en el asalto al Congreso el 6 de enero, fecha en la que, por mor de un arcaísmo más del sistema electoral norteamericano, el Colegio de compromisorios se debía reunir para confirmar los resultados conocidos desde mes y medio antes.

Más que revelaciones sorprendentes o espectaculares, los trabajos de la Comisión arrojan pruebas y testimonios que avalan la imputación de Trump en lo que se considera ya a todas luces como un “intento de golpe de Estado”, la complicidad más o menos activa, según los casos, de numerosos legisladores republicanos y la insania política y personal de un hombre claramente incapacitado para el cargo

La sucesión de despropósitos de la noche electoral, con casi todos sus asesores tratando de convencerle de que su apelación al fraude no tenía fundamento alguno, parece más bien el guion de una dramedia: escenas esperpénticas envueltas en la gravedad de una crisis institucional desconocida. Giuliani, abogado personal de Trump, borracho según numerosas fuentes, fue el único de sus consejeros que sostenía la tesis del fraude; el resto, incluidos sus familiares más próximos (su hija, su yerno, su otro hijo…) trataban de disuadirle para que abandonara una idea absurda y sin fundamento alguno (2). ¿Llegó Trump a perder el juicio?, destacaba la publicación irónica MOTHER JONES (3).

Los medios liberales han emitido las sesiones en directo y en horario de máxima audiencia a modo de exorcismo. Editoriales y columnas de opinión coinciden en presentar estas horas finales (de momento) del trumpismo como una aberración del sistema. Además de señalar la necesidad de que Trump sea inhabilitado para evitar que vuelva a ser candidato presidencial, las lecciones morales se centran en señalar lo frágil que puede llegar a ser la democracia, la actitud pasiva cuando no claramente cómplice de la mayoría de un partido republicano infectado de populismo oportunista y la necesidad de reforzar los controles para que este bochorno no se repita (3).

UN SISTEMA QUEBRADO

Pero este exorcismo de la comisión parlamentaria se queda corto. Y no solo porque el estado mayor republicano intentara boicotear sus trabajos. El problema está en el alcance. Trump es un producto de un sistema enfermo. Es síntoma, no causa de unas perversiones políticas que se arrastran desde hace mucho tiempo: desde el nacimiento del país, según los analistas más críticos. La democracia estadounidense, tan celebrada por estos pagos por plumas y tertulianos que apenas si la conocen superficialmente o se adhieren doctrinalmente a ella sin cuestionar lo esencial, es, en realidad, un modelo quebrado.

En ningún país europeo se dan tantas artimañas para privar del voto a los ciudadanos, o se cocinan de forma tan deliberada y escandalosa las circunscripciones electorales para inducir la victoria de unos o hacer casi imposible la emergencia de otros. Y si, como en Europa, los partidos son por lo general puras maquinarias electorales con unos principios simplemente de fachada, en Estados Unidos la contienda se reduce a dos formaciones que sofocan la expresión de una sociedad mucho más plural, rica y contradictoria que esa opción binaria entre republicanos y demócratas, a veces intercambiables, y casi todos cada vez más dependientes de unas tramas de financiación que los convierten en agentes de poderosos intereses privados.

La democracia norteamericana esta esclerotizada. Una mayoría de la población no vota porque no puede o no le dejan, o porque le resulta gravoso y caro, o sencillamente porque los candidatos no les representa en modo alguno. Una vez elegidos, los políticos, con muy escasas y nobles excepciones, quedan engullidos por unos procedimientos legislativos agotados y, lo que es peor, tramposos, que convierten su función teórica en una pantomima.

Los medios liberales denuncian estas carencias y perversiones, pero contribuyen sobremanera a su prolongación y vigencia al ocuparse con obsesiva dedicación a describir de forma detallada el juego vicioso de las negociaciones políticas y de las obstrucciones parlamentarias, o a prestar una atención excesiva a las peripecias particulares de unos y otros. La información política es un casting permanente. Cuando algún morador de ese Olimp selecto cae en desgracia, se presenta casi siempre como errores individuales de juicio, deshonestidad personal o cualquier otra desviación personal. No se alaba el sistema, pero se le acepta con resignación

ESPEJO DEFORMADO

Trump resultó una golosa anomalía que el complejo mediático serio no esquivó. Ni siquiera supo evitar su rol de colaborador necesario en un fenómeno político plagado de mentiras y demagogia barata. Poco importó que se tratara de un hombre de negocios mediocre, con una trayectoria llena de irregularidades y pufos, que una justicia lenta y trabada por unas leyes diseñadas para proteger las artimañas del enriquecimiento está tardando una eternidad en esclarecer (y no digamos ya castigar). Se postuló como solución a unos problemas que simplificó para conectar con una opinión pública crecientemente descreída. Bastaron sus ataques a unas élites políticas arrogantes y a un “estado profundo” (deep state) de funcionarios, asesores y sabelotodos que, a su juicio, encerraban a  la presidencia en una sucesión de ritos litúrgicos sin sustancia.

Lo que empezó tan torcido no podía terminar de otra forma. Trump dijo desde casi el principio de su mandato que su reelección sólo podía evitarla un fraude. Avisó sin disimulo que haría todo lo que estuviera en su mano para no ceder el poder conforme a la ceremonia habitual. Emitió señales de su flirteo con grupos violentos, racistas y supremacistas, como ejército de reserva para poner el país patas arriba. No se le puede reprochar que no cumpliera su palabra. De tanto fanfarronear con planes que nunca ejecutó (ni siquiera supo estructurar debidamente), se llegó a pensar que el intento de secuestrar la democracia tendría una suerte parecida. Pero Trump era, y es, un adicto del poder, no por ambición política, sino por una pulsión narcisista y enfermiza de ser el centro de todas las atenciones.

Y, esta ocasión, cumplió. De forma chapucera e incompetente, como corresponde a su personalidad. Las escenas de una turbamulta enseñoreándose de salas, pasillos y despachos del Congreso hizo que nosotros, españoles, nos acordásemos del 23-F. Las élites norteamericanas experimentaron un sonrojo sin precedentes. El 6E tuvo un impacto casi tan devastador como el 11S, más si cabe, cuanto que la amenaza en este caso procedía de dentro. América contra sí misma. América frente al espejo. Pero un espejo deformado que si bien devuelve la imagen de un villano solo pendiente de sí mismo, no refleja las profundas fracturas del sistema.

NOTAS

(1)     “Woodward y Bernstein thought Nixon defined corruption. The came Trump. THE WASHINGTON POST, 5 de junio.

(2)     “Trump aides told him the truth. Now, they are finally telling us”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 13 de junio.

(3)     “The 1/6 Committee’s biggest challenge: assessing whether Trump is bonkers”. DAVID CORN. MOTHER JONES, 13 de junio.

(4)     “We all have a duty to ensure that what happened on Jan. 6 never happens again”. EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 10 de junio.