6 de marzo de 2009
El primer ministro húngaro no escatimó en dramatismo al pronosticar que si la Unión Europea no arbitraba un programa global de ayuda a sus nuevos socios centroeuropeos “podría levantarse un nuevo muro de acero, esta vez económico”, en el continente.
Ferenc Gyurcsány no tuvo mucho éxito en su demanda de 180 mil millones de euros para salvar Europa Central. Sus colegas comunitarios, reunidos el pasado fin de semana en Bruselas, no se dejaron impresionar. No hubo más dinero que los apenas 25 mil millones que el BERD (Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo) acordó dedicar en febrero al sector bancario centroriental o un modesto incremento de las aportaciones al FMI.
Gyurcsány fracasó, en primer lugar, porque actuó sólo. El valor de la solidaridad ha sido devaluado a conciencia en esa zona europea. El capitalismo emergente hace veinte años actuó bajo ese principio: que cada cual salga adelante como pueda. En la moral del nuevo sistema social, el triunfo individual no sólo estaba por encima de cualquier otra consideración, sino que se llegó a considerar una condición sine qua non para alcanzarlo.
Hace unos años, cuando se advirtieron las primeras turbulencias y la prosperidad vendida a bombo y platillo se resistía a llegar -y luego a distribuirse con cierta equidad-, se creó el llamado “grupo de Visegrado”, una especie de lobby regional, con desigual fortuna en sus empeños. Hoy, ese espíritu de Visegrado es pura ficción.
Es cierto, además, que las situaciones son muy diferentes. Polacos y checos, más aplicados en la ortodoxia social-liberal que ha ido imponiéndose en el capitalismo europeo, le hicieron un feo a los húngaros y los dejaron al pie de los caballos. Incluso los rumanos, poco envidiables económicamente, se alinearon con el principio de la ayuda caso por caso.
Finalmente, la respuesta que obtuvo el premier húngaro fue más coherente con esos orígenes de “cada cual a lo suyo” que con la supuesta lógica de solidaridad comunitaria. Especialmente significativo y expreso fue el rechazo de la canciller alemana. Se verá caso por caso, les dijo Ángela Merkel. Por lo demás, no está Europa para salvamentos externos, cuando el barco propio hace agua por todas partes.
La cuestión es si este nein germano, asumido por los demás, podrá sostenerse por mucho tiempo. Y no porque se despierten sentimientos solidarios, que no están precisamente al orden del día en estos momentos de nacionalismo y proteccionismo económico, de desconfianza y de pánico apenas contenido. La razón imperiosa sería que los PECOS (paises de Europa Central y Oriental) podrían arrastrar a casi toda la Europa del euro en su caída.
Como consecuencia de políticas presupuestarias demasiado ligeras y de una fiebre consumista irresponsable de la nueva élite y de ciertas clases medias altas, algunas de las economías de la zona están fuertemente endeudadas. Gran parte de esa deuda está en divisas extranjeras, no siempre en euros (por ejemplo, en francos suizos).
Se calcula que el conjunto de la región necesita 280 mil millones para sanear su sistema financiero, el 50% más de lo que pidieron los húngaros en Bruselas. Una suspensión global de pagos en Hungría, en Letonia o en otros lugares golpeará a bancos de este lado del nuevo muro imaginario. Los más amenazados son los austriacos, pero también se encuentran muy expuestos los italianos o los suecos.
El comentarista y fundador del FINANCIAL TIMES en alemán, Wolgang Munchau, afirmaba rotundamente hace unos días que “al vincularse a la banca extranjera, los países centroeuropeos en crisis han tomado a la banca de este lado de Europa como rehén”.
La adopción del euro por estos países se contempla como el mejor cortafuegos. En LE MONDE se lee que “la integración en la zona euro protege de las crisis cambiarias, de los ataques especulativos y libera a las empresas del coste de las variaciones monetarias”. Pero ni siquiera en esto hay consenso en la otra Europa. Los checos, que presiden este semestre la Unión, prefieren conservar el instrumento de su moneda para manejar la crisis. Polonia, en cambio, se apunta ahora con entusiasmo al euro, después de la fuerte depreciación de zloty en 2208. Por eso, el primer ministro, Donald Tusk, ha pedido “que se simplifiquen los procedimientos de acceso”a la moneda común. Por razones diferentes, también los países bálticos –y, por supuesto, Hungría- buscan el amparo rápido del euro.
El dilema en Bruselas es que no se puede acelerar el proceso de ampliación de la zona euro a costa de concesiones significativas en las condiciones de adhesión. Pero la falta de respuesta rápida podría precipitar la crisis financiera centroeuropea. Muchos economistas creen que si eso ocurriera sería inevitable el debilitamiento del euro. Lo que no sólo le privaría de su efecto salvavidas para los países centroeuropeos, sino que provocaría el desfondamiento de algunos países de este lado que no están en mejores condiciones financieras (Grecia, Irlanda....).
Un euro débil, responden algunos, podría tener efectos positivos para las exportaciones. Poca cosa, se replica desde los sectores que ven peligrar el mercado único y anuncian una respuesta económica “nacionalista” en Estados Unidos, aún mayor de la que ya se aprecia. En definitiva, se reforzaría el proteccionismo en todas partes, sin matices solidarios.
El colapso financiero en la “otra Europa” podría tener también consecuencias de carácter político. La más inquietante, el resurgimiento de los populismos nacionalistas, que ya germinaron tras la caída de los regímenes paleocomunistas. Algunos portavoces neoliberales como THE ECONOMIST no dudan en pronosticar que Rusia no dudaría en aprovecharse de esta circunstancia para “reafirmar su influencia en la región”.
Por tanto, la crisis actual no debería conducir a un nuevo telón de acero económico, como dramatizaba el primer ministro húngaro, sino a aplanar ese muro de papel hecho de billetes devaluados y títulos tóxicos de deuda. La cuestión es si Europa Occidental está en condiciones de frenar los excesos que deben su origen al poco juicio con el que se alentó la revolución capitalista por aquellos lugares. Sin acreditada experiencia democrática, con economías poco preparadas y con dirigentes políticos de dudosa solvencia, no debería extrañar lo que ha ocurrido.
¿SE TUERCE LA POLÍTICA DE DERECHOS HUMANOS DE OBAMA?
27 de febrero de 2009
España se ha comprometido a acoger presos de Guantánamo, “si las condiciones jurídicas con aceptables”, ha dicho el Ministro Moratinos en Washington, después de entrevistarse con su colega Hillary Clinton.
En este caso, el condicional “si” es un GRAN SI, como dicen los anglosajones. Porque si algún atributo resulta especialmente inadecuado para definir el sistema judicial aplicado a los sospechosos de terrorismo es precisamente el de “aceptable”.En el avión que le llevaba a Washington, Moratinos pudo reapasar la penúltima historia relacionada con esta herencia envenenada que Bush le ha dejado a Obama.
Esta semana llegó a Londres procedente de Guantánamo uno de los supuestos colaboradores de Al-Qaeda. Se trata de Binyam Mohamed, un hombre de origen etíope y ciudadanía británica, que llegó a la prisión ilegal de la base militar norteamericana después de una travesía de horror por varios países aliados de Estados Unidos. Su abogado, Clive Stafford, ha construido una audaz estrategia de defensa que ha puesto en apuros al gobierno y a los servicios secretos británicos y podría dejar en evidencia las indecisiones y dudas de la administración Obama.
Binyam Mohamed fue detenido en Karachi, Pakistán, en abril 2002, sin que se le comunicaran los motivos. Después de ser sometido a un interrogatorio conjunto de los servicios locales y la CIA, acompañado de tortura según su abogado, fue acusado de preparar un atentado en Estados Unidos con “bomba sucia” (argot para referirse a un dispositivo nuclear rudimentario).
A los pocos meses de su detención, fue visitado en cautividad por un agente del MI5 británico, quien pudo comprobar el lamentable estado en que se encontraba. Aún así, el agente, conocido como Testigo 2, no formuló preguntas obvias al detenido sobre las razones de su estado físico y las condiciones de su detención. Algunos documentos relacionados con la intervención del agente han sido obtenidos por el periódico británico THE GUARDIAN y el semanario alemán DER SPIEGEL. Dos meses después, Mohamed fue trasladado en un avión secreto de la CIA a Marruecos, donde sufrió otro interrogatorio ejercido con torturas que su abogado califica de “medievales”.
Un tribunal británico recomendó que se hicieran público los documentos. Intervino entonces el actual ministro de exteriores, David Milliband, para advertir que la revelación de esos documentos “perjudicaría las relaciones de inteligencia” entre Gran Bretaña y Estados Unidos y supondría un “riesgo real de daño serio a la seguridad nacional”. El Tribunal paralizó las diligencias. Pero al publicarse que la administración norteamericana habría amenazado con interrumpir su colaboración en materia de inteligencia si se revelaba el contenido de los comprometedores papeles, es posible que el caso se reabra en abril.
El abogado ha remitido una carta a Obama en la que detalla los aspectos claves del caso, pero asegura que la misiva fue depurada por altos funcionarios y el presidente no pudo leerla entera. Stafford acusa al gobierno británico de “esconder cosas y no facilitar documentos que contienen pruebas” sobre el caso, y responsabiliza de esta estrategia de ocultación a Tony Blair, entonces primer ministro.
En un anticipo de lo que puede pasar, el abogado Stafford asegura a DER SPEIGEL que los gobiernos de Francia y España “temen que la acogida de prisioneros dispare procedimientos legales, juicios y demandas de compensación civil”. La ONG británica Reprieve, a la que Stafford pertenece, asegura que “entre cuatro y seis" presos, de nacionalidad tunecina y argelina, quieren ser acogidos en España.
El caso de Biyam Mohamed abona las dudas sobre la actitud del equipo jurídico y de seguridad de Obama. Esta semana, el semanario NEW YORKER ha publicado un extraordinario informe en el que detalla cómo destacados asesores y altos cargos de la administración admiten que el presidente podría verse obligado a mantener ciertos aspectos de la política de justicia antiterrorista de Bush.
Lagunas jurídicas, dificultades para articular con eficacia la lucha contra las amenazas terroristas, presiones infames de anteriores responsables políticos y otros vidriosos argumentos empujan a estos expertos a recomendar que se mantenga cierta forma de “detención preventiva”. Estos altos cargos hablan abiertamente incluso de pactar con el Congreso la creación de un “Tribunal de Seguridad Nacional”. Lo paradójico es que algunos de estos asesores reclamaron en su momento el cierre de Guantánamo o ganaron pleitos a los escuderos de Bush por sus actuaciones ilegales.
Pocos días después de abandonar la Casa Blanca, Dick Cheney llegó a acusar a Obama de “estar más preocupado por los derechos de los terroristas de Al Qaeda que por velar por la seguridad de Estados Unidos”. El cerebro de la política antiterrorista de Bush llegó incluso a alarmar con el peligro de estar expuestos a un ataque terrorista nuclear o biológico, si Obama no mantenía la política antiterrorista vigente desde 2001. Estas presiones y una estrategia de propagación del miedo han podido hacer mella en Obama y sus caballeros jurídicos.
Las tres órdenes ejecutivas de Obama nada más jurar su cargo, en las que se prohibía la tortura, se restablecían los interrogatorios reglamentarios y se anunciaba el cierre definitivo de Guantánamo fueron saludadas con esperanza. Pero ya comentamos que dejaban demasiadas interrogantes abiertas que ahora se agrandan y espesan. Durante la campaña, Obama proclamó que era inconstitucional mantener a detenidos sin cargos ni acceso a abogado; ahora, está considerando la introducción de ciertas excepciones o limitaciones a la libertad y a derechos jurídicos básicos para sospechosos.
Lo que atormenta especialmente a la nueva administración es el dilema de qué hacer con la llamada “tercera categoría” de detenidos, aquellos a los que resulta difícil someter a la justicia norteamericana, pero que podrían representar una seria amenaza para la seguridad del país si son puestos en libertad, explica THE NEW YORKER.
Hace unos días, THE NEW YORK TIMES desvelaba que esta administración había avalado el programa de la CIA de transferir prisioneros a otros países sin amparo legal. O sea, más casos Binyam Mohamed. Asimismo, se había asumido la doctrina Bush sobre la protección de los secretos de Estado para bloquear las demandas judiciales interpuestas por exprisioneros . Más preocupante aún: se filtran nuevas consideraciones que dejan abierta la puerta a la reanudación de las denostadas comisiones militares que han nutrido de huéspedes a Guantánamo. Decididamente, la recuperación del sistema de libertades y garantías no va a ser un camino fácil en Estados Unidos.
España se ha comprometido a acoger presos de Guantánamo, “si las condiciones jurídicas con aceptables”, ha dicho el Ministro Moratinos en Washington, después de entrevistarse con su colega Hillary Clinton.
En este caso, el condicional “si” es un GRAN SI, como dicen los anglosajones. Porque si algún atributo resulta especialmente inadecuado para definir el sistema judicial aplicado a los sospechosos de terrorismo es precisamente el de “aceptable”.En el avión que le llevaba a Washington, Moratinos pudo reapasar la penúltima historia relacionada con esta herencia envenenada que Bush le ha dejado a Obama.
Esta semana llegó a Londres procedente de Guantánamo uno de los supuestos colaboradores de Al-Qaeda. Se trata de Binyam Mohamed, un hombre de origen etíope y ciudadanía británica, que llegó a la prisión ilegal de la base militar norteamericana después de una travesía de horror por varios países aliados de Estados Unidos. Su abogado, Clive Stafford, ha construido una audaz estrategia de defensa que ha puesto en apuros al gobierno y a los servicios secretos británicos y podría dejar en evidencia las indecisiones y dudas de la administración Obama.
Binyam Mohamed fue detenido en Karachi, Pakistán, en abril 2002, sin que se le comunicaran los motivos. Después de ser sometido a un interrogatorio conjunto de los servicios locales y la CIA, acompañado de tortura según su abogado, fue acusado de preparar un atentado en Estados Unidos con “bomba sucia” (argot para referirse a un dispositivo nuclear rudimentario).
A los pocos meses de su detención, fue visitado en cautividad por un agente del MI5 británico, quien pudo comprobar el lamentable estado en que se encontraba. Aún así, el agente, conocido como Testigo 2, no formuló preguntas obvias al detenido sobre las razones de su estado físico y las condiciones de su detención. Algunos documentos relacionados con la intervención del agente han sido obtenidos por el periódico británico THE GUARDIAN y el semanario alemán DER SPIEGEL. Dos meses después, Mohamed fue trasladado en un avión secreto de la CIA a Marruecos, donde sufrió otro interrogatorio ejercido con torturas que su abogado califica de “medievales”.
Un tribunal británico recomendó que se hicieran público los documentos. Intervino entonces el actual ministro de exteriores, David Milliband, para advertir que la revelación de esos documentos “perjudicaría las relaciones de inteligencia” entre Gran Bretaña y Estados Unidos y supondría un “riesgo real de daño serio a la seguridad nacional”. El Tribunal paralizó las diligencias. Pero al publicarse que la administración norteamericana habría amenazado con interrumpir su colaboración en materia de inteligencia si se revelaba el contenido de los comprometedores papeles, es posible que el caso se reabra en abril.
El abogado ha remitido una carta a Obama en la que detalla los aspectos claves del caso, pero asegura que la misiva fue depurada por altos funcionarios y el presidente no pudo leerla entera. Stafford acusa al gobierno británico de “esconder cosas y no facilitar documentos que contienen pruebas” sobre el caso, y responsabiliza de esta estrategia de ocultación a Tony Blair, entonces primer ministro.
En un anticipo de lo que puede pasar, el abogado Stafford asegura a DER SPEIGEL que los gobiernos de Francia y España “temen que la acogida de prisioneros dispare procedimientos legales, juicios y demandas de compensación civil”. La ONG británica Reprieve, a la que Stafford pertenece, asegura que “entre cuatro y seis" presos, de nacionalidad tunecina y argelina, quieren ser acogidos en España.
El caso de Biyam Mohamed abona las dudas sobre la actitud del equipo jurídico y de seguridad de Obama. Esta semana, el semanario NEW YORKER ha publicado un extraordinario informe en el que detalla cómo destacados asesores y altos cargos de la administración admiten que el presidente podría verse obligado a mantener ciertos aspectos de la política de justicia antiterrorista de Bush.
Lagunas jurídicas, dificultades para articular con eficacia la lucha contra las amenazas terroristas, presiones infames de anteriores responsables políticos y otros vidriosos argumentos empujan a estos expertos a recomendar que se mantenga cierta forma de “detención preventiva”. Estos altos cargos hablan abiertamente incluso de pactar con el Congreso la creación de un “Tribunal de Seguridad Nacional”. Lo paradójico es que algunos de estos asesores reclamaron en su momento el cierre de Guantánamo o ganaron pleitos a los escuderos de Bush por sus actuaciones ilegales.
Pocos días después de abandonar la Casa Blanca, Dick Cheney llegó a acusar a Obama de “estar más preocupado por los derechos de los terroristas de Al Qaeda que por velar por la seguridad de Estados Unidos”. El cerebro de la política antiterrorista de Bush llegó incluso a alarmar con el peligro de estar expuestos a un ataque terrorista nuclear o biológico, si Obama no mantenía la política antiterrorista vigente desde 2001. Estas presiones y una estrategia de propagación del miedo han podido hacer mella en Obama y sus caballeros jurídicos.
Las tres órdenes ejecutivas de Obama nada más jurar su cargo, en las que se prohibía la tortura, se restablecían los interrogatorios reglamentarios y se anunciaba el cierre definitivo de Guantánamo fueron saludadas con esperanza. Pero ya comentamos que dejaban demasiadas interrogantes abiertas que ahora se agrandan y espesan. Durante la campaña, Obama proclamó que era inconstitucional mantener a detenidos sin cargos ni acceso a abogado; ahora, está considerando la introducción de ciertas excepciones o limitaciones a la libertad y a derechos jurídicos básicos para sospechosos.
Lo que atormenta especialmente a la nueva administración es el dilema de qué hacer con la llamada “tercera categoría” de detenidos, aquellos a los que resulta difícil someter a la justicia norteamericana, pero que podrían representar una seria amenaza para la seguridad del país si son puestos en libertad, explica THE NEW YORKER.
Hace unos días, THE NEW YORK TIMES desvelaba que esta administración había avalado el programa de la CIA de transferir prisioneros a otros países sin amparo legal. O sea, más casos Binyam Mohamed. Asimismo, se había asumido la doctrina Bush sobre la protección de los secretos de Estado para bloquear las demandas judiciales interpuestas por exprisioneros . Más preocupante aún: se filtran nuevas consideraciones que dejan abierta la puerta a la reanudación de las denostadas comisiones militares que han nutrido de huéspedes a Guantánamo. Decididamente, la recuperación del sistema de libertades y garantías no va a ser un camino fácil en Estados Unidos.
AFGANISTÁN: LA PELIGROSA GUERRA DE OBAMA
23 de febrero de 2009
El presidente Obama se está tomando su tiempo para decidir una estrategia que funcione en Afganistán. Durante la campaña electoral dejó claro que ésta era la prioridad exterior de Estados Unidos: acabar la misión que la administración Bush inició después del 11-S, y que luego desatendió para embarcarse en la guerra equivocada en Irak.
El anuncio del envío de 17.000 soldados suplementarios en los próximos seis meses constituye un avance de la decisión final. Con toda seguridad, se añadirán más tropas (en torno a trece mil), cuando la revisión estratégica esté completada y aprobada. Se estima que la Casa Blanca quiere duplicar los más de 35.000 efectivos actuales. Pero con sus soldados no bastará. Obama reclamará a sus aliados atlánticos en la reunión que mantendrá con ellos en abril que aporten más militares, policías y ayuda civil. El jefe político del Pentágono, Bob Gates, ha hecho una prospección previa en la reunión de ministros de Defensa celebrada en Cracovia, pero básicamente ha obtenido evasivas. Aunque muchos aliados desean dar una satisfacción a Obama, las incertidumbres de la guerra y la crisis económica lo ponen muy difícil.
Estados Unidos parte de una situación incómoda en Afganistán. El gobierno al que ha apoyado, sostenido, armado y financiado hace aguas por todas partes. Apenas controla la capital, Kabul. Los funcionarios hasta los niveles más altos, están enfangados en una corrupción escandalosa. El presidente Karzai, que afronta unas inciertas elecciones en agosto, se encuentra fuera de sintonía no sólo con sus ciudadanos, sino también con sus protectores. En un cálculo quizás precipitado deslizó hace semanas la eventualidad de una negociación con los talibán. Éstos, mientras tanto, intentan agotar el invierno para consolidar sus posiciones y se preparan para resistir la cantada ofensiva occidental.
Algunos testimonios de periodistas occidentales acreditan la insostenible posición del gobierno afgano en el sur y en regiones montañosas del este, en la frontera con Pakistán. En el sur, su bastión tradicional, los antiguos estudiantes islámicos controlan con absoluta comodidad las zonas rurales y tienen prácticamente cercada la capital regional, Kandahar. Tres mil soldados canadienses tienen asignada la seguridad de la ciudad. Pero su presencia es casi fantasmal, según el testimonio de Dexter Filkins, a mediados de enero, en el New York Times. Algunos observadores creen que los talibán no toman Kandahar porque no les hace falta.
En esta región meridional de Afganistán se produce el 90% de todo el opio que se cultiva en el mundo, lo que proporciona a los talibán un ingreso de 300 millones de dólares, según un informe de la ONU. Pero además de residenciar allí su principal sustento, los talibán disponen en esa zona de sus principales vías de abastecimiento de armas. Es de prever que los soldados suplementarios que Obama pueda obtener de los aliados se desplieguen en esta zona, para estrangular a los talibán.
La otra región delicada es el este montañoso, una porosa extensión donde los talibán encuentran apoyo natural en las tribus pastunes a uno y otro lado de la frontera con Pakistán. Es aquí donde Osama Bin Landen se refugió en 2001 y donde se le perdió la pista. Estados Unidos acumula ahora 22.000 soldados, a los que se añadirán la mayor parte de los 17.000 ahora anunciados y los que puedan sumarse más tarde, cuando se complete la estrategia.
En todo caso, la solución del conflicto afgano no es exclusivamente militar. Para algunos observadores, ni siquiera es fundamentalmente militar. Hace unas semanas, en la única presentación pública de los análisis que está realizando la actual administración, el Secretario de Defensa, Robert Gates, y el Jefe del Estado Mayor Conjunto, general Mullen, establecieron algunos elementos básicos:
- la presencia militar norteamericana (y occidental) precisará entre tres y cinco años para cumplir sus objetivos.
- la prevención del restablecimiento de las redes terroristas es el principal objetivo, pero no el único.
- lo anterior no estaría garantizado, si no se consigue asegurar la prestación de los principales servicios a la población; la seguridad el más crítico de todos, pero los programas de asistencia humanitaria también tienen un valor estratégico
- estas misiones no pueden ser acometidas sólo por Estados Unidos, por lo que se juzga imprescindible la colaboración de los aliados.
En la conformación definitiva de la estrategia se están utilizando al menos cinco evaluaciones: la más antigua, heredada por la administración Bush; la elaborada por el Comando Regional del Sur; la que ha preparado el jefe militar norteamericano en Afganistán; el estudio realizado por el General Petraeus, jefe del Comando Central y autor de la famosa estrategia del incremento de tropas en Irak, que contribuyó decisivamente al cambio de tendencia de la guerra; y, finalmente, el plan de campaña de la OTAN.
Y a estas evaluaciones militares se añaden las consideraciones políticas y diplomáticas recabadas por Richard Holbrooke, el enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán, que ha realizado ya su primera gira, sin que de momento haya trascendido nada relevante de sus primeras conclusiones.
La guerra de Afganistán podría convertirse en una pesadilla para Obama, en opinión de los sectores más progresistas que apoyaron su elección. Destacados dirigentes demócratas también comparten esta aprensión. Hasta el propio Zbignew Brzezinski, poco sospechoso de paloma, ha manifestado que “se corre el riesgo de repetir el error de la Unión Soviética”.
Las operaciones militares consumen 65.000 dólares por minuto, un gasto cada día más difícil de defender en plena crisis económica. Mientras tanto, la vida de los afganos sigue siendo pésima: el 85% continua por debajo del umbral de la pobreza. Los 11 mil millones de dólares gastados por Estados Unidos en mejorar la situación social y humanitaria parecen haberse malgastado. Por si fuera poco, los bombardeos sistemáticos están ocasionando un creciente número de víctimas civiles (no menos de 500 mensuales), cada vez más mujeres y niños, lo que esta aumentado el rechazo a las tropas norteamericanas, hasta el punto de obligar al propio Karzai a protestar públicamente.
El despilfarro, el riesgo y la pérdida de vidas inocentes no necesariamente van a servir para debilitar el terrorismo, porque muchos especialistas consideran que las redes de Al Qaeda se encuentran ya en otros lugares, especialmente en Pakistán, que sufre un elevado peligro de desestabilización extremista. Es significativo que el gobierno de Islamabad se haya visto obligado a ceder ante sus talibán locales en la región fronteriza de Swatt. La “afganización”de Pakistán sería devastadora para los intereses norteamericanos.
Por eso, desde esos sectores escépticos con la orientación que la administración está adoptando, se reclama una estrategia alternativa que cuente con el compromiso de potencias regionales (Irán, Pakistán, India) y globales (China, Rusia, UE), para consolidar el desarrollo sostenible de Afganistán, prevenir el incremento del extremismo en Pakistán, favorecer el acercamiento entre Islamabad y Nueva Delhi y, a la postre, debilitar la amenaza terrorista.
El presidente Obama se está tomando su tiempo para decidir una estrategia que funcione en Afganistán. Durante la campaña electoral dejó claro que ésta era la prioridad exterior de Estados Unidos: acabar la misión que la administración Bush inició después del 11-S, y que luego desatendió para embarcarse en la guerra equivocada en Irak.
El anuncio del envío de 17.000 soldados suplementarios en los próximos seis meses constituye un avance de la decisión final. Con toda seguridad, se añadirán más tropas (en torno a trece mil), cuando la revisión estratégica esté completada y aprobada. Se estima que la Casa Blanca quiere duplicar los más de 35.000 efectivos actuales. Pero con sus soldados no bastará. Obama reclamará a sus aliados atlánticos en la reunión que mantendrá con ellos en abril que aporten más militares, policías y ayuda civil. El jefe político del Pentágono, Bob Gates, ha hecho una prospección previa en la reunión de ministros de Defensa celebrada en Cracovia, pero básicamente ha obtenido evasivas. Aunque muchos aliados desean dar una satisfacción a Obama, las incertidumbres de la guerra y la crisis económica lo ponen muy difícil.
Estados Unidos parte de una situación incómoda en Afganistán. El gobierno al que ha apoyado, sostenido, armado y financiado hace aguas por todas partes. Apenas controla la capital, Kabul. Los funcionarios hasta los niveles más altos, están enfangados en una corrupción escandalosa. El presidente Karzai, que afronta unas inciertas elecciones en agosto, se encuentra fuera de sintonía no sólo con sus ciudadanos, sino también con sus protectores. En un cálculo quizás precipitado deslizó hace semanas la eventualidad de una negociación con los talibán. Éstos, mientras tanto, intentan agotar el invierno para consolidar sus posiciones y se preparan para resistir la cantada ofensiva occidental.
Algunos testimonios de periodistas occidentales acreditan la insostenible posición del gobierno afgano en el sur y en regiones montañosas del este, en la frontera con Pakistán. En el sur, su bastión tradicional, los antiguos estudiantes islámicos controlan con absoluta comodidad las zonas rurales y tienen prácticamente cercada la capital regional, Kandahar. Tres mil soldados canadienses tienen asignada la seguridad de la ciudad. Pero su presencia es casi fantasmal, según el testimonio de Dexter Filkins, a mediados de enero, en el New York Times. Algunos observadores creen que los talibán no toman Kandahar porque no les hace falta.
En esta región meridional de Afganistán se produce el 90% de todo el opio que se cultiva en el mundo, lo que proporciona a los talibán un ingreso de 300 millones de dólares, según un informe de la ONU. Pero además de residenciar allí su principal sustento, los talibán disponen en esa zona de sus principales vías de abastecimiento de armas. Es de prever que los soldados suplementarios que Obama pueda obtener de los aliados se desplieguen en esta zona, para estrangular a los talibán.
La otra región delicada es el este montañoso, una porosa extensión donde los talibán encuentran apoyo natural en las tribus pastunes a uno y otro lado de la frontera con Pakistán. Es aquí donde Osama Bin Landen se refugió en 2001 y donde se le perdió la pista. Estados Unidos acumula ahora 22.000 soldados, a los que se añadirán la mayor parte de los 17.000 ahora anunciados y los que puedan sumarse más tarde, cuando se complete la estrategia.
En todo caso, la solución del conflicto afgano no es exclusivamente militar. Para algunos observadores, ni siquiera es fundamentalmente militar. Hace unas semanas, en la única presentación pública de los análisis que está realizando la actual administración, el Secretario de Defensa, Robert Gates, y el Jefe del Estado Mayor Conjunto, general Mullen, establecieron algunos elementos básicos:
- la presencia militar norteamericana (y occidental) precisará entre tres y cinco años para cumplir sus objetivos.
- la prevención del restablecimiento de las redes terroristas es el principal objetivo, pero no el único.
- lo anterior no estaría garantizado, si no se consigue asegurar la prestación de los principales servicios a la población; la seguridad el más crítico de todos, pero los programas de asistencia humanitaria también tienen un valor estratégico
- estas misiones no pueden ser acometidas sólo por Estados Unidos, por lo que se juzga imprescindible la colaboración de los aliados.
En la conformación definitiva de la estrategia se están utilizando al menos cinco evaluaciones: la más antigua, heredada por la administración Bush; la elaborada por el Comando Regional del Sur; la que ha preparado el jefe militar norteamericano en Afganistán; el estudio realizado por el General Petraeus, jefe del Comando Central y autor de la famosa estrategia del incremento de tropas en Irak, que contribuyó decisivamente al cambio de tendencia de la guerra; y, finalmente, el plan de campaña de la OTAN.
Y a estas evaluaciones militares se añaden las consideraciones políticas y diplomáticas recabadas por Richard Holbrooke, el enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán, que ha realizado ya su primera gira, sin que de momento haya trascendido nada relevante de sus primeras conclusiones.
La guerra de Afganistán podría convertirse en una pesadilla para Obama, en opinión de los sectores más progresistas que apoyaron su elección. Destacados dirigentes demócratas también comparten esta aprensión. Hasta el propio Zbignew Brzezinski, poco sospechoso de paloma, ha manifestado que “se corre el riesgo de repetir el error de la Unión Soviética”.
Las operaciones militares consumen 65.000 dólares por minuto, un gasto cada día más difícil de defender en plena crisis económica. Mientras tanto, la vida de los afganos sigue siendo pésima: el 85% continua por debajo del umbral de la pobreza. Los 11 mil millones de dólares gastados por Estados Unidos en mejorar la situación social y humanitaria parecen haberse malgastado. Por si fuera poco, los bombardeos sistemáticos están ocasionando un creciente número de víctimas civiles (no menos de 500 mensuales), cada vez más mujeres y niños, lo que esta aumentado el rechazo a las tropas norteamericanas, hasta el punto de obligar al propio Karzai a protestar públicamente.
El despilfarro, el riesgo y la pérdida de vidas inocentes no necesariamente van a servir para debilitar el terrorismo, porque muchos especialistas consideran que las redes de Al Qaeda se encuentran ya en otros lugares, especialmente en Pakistán, que sufre un elevado peligro de desestabilización extremista. Es significativo que el gobierno de Islamabad se haya visto obligado a ceder ante sus talibán locales en la región fronteriza de Swatt. La “afganización”de Pakistán sería devastadora para los intereses norteamericanos.
Por eso, desde esos sectores escépticos con la orientación que la administración está adoptando, se reclama una estrategia alternativa que cuente con el compromiso de potencias regionales (Irán, Pakistán, India) y globales (China, Rusia, UE), para consolidar el desarrollo sostenible de Afganistán, prevenir el incremento del extremismo en Pakistán, favorecer el acercamiento entre Islamabad y Nueva Delhi y, a la postre, debilitar la amenaza terrorista.
CHÁVEZ SIEMPRE LLAMA DOS VECES
20 de febrero de 2009
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha conseguido, a la segunda, garantizar legalmente la posibilidad de ser reelegido sin limite. El triunfo en el referéndum del 15 de febrero por un convincente 54,4% de los votos rectifica la derrota de diciembre de 2007 y cumple uno de sus sueños: optar a permanecer en el poder hasta el bicentenario de la muerte de Bolívar.
Chávez está acostumbrado a volver después de fallar. Es una constante de su carrera política. Si se repasan sus biografías (léase la de Gott, prosélita, o la de Alberto Barrera, crítica), se comprende perfectamente cómo debajo de esa apariencia pintoresca -por momentos lindando con lo grotesco- se ha ido forjando una fortísima determinación de cumplir con lo que él mismo considera que es su destino. En sus años de formación militar, en la desafortunada operación del golpe militar de 1992, en los días de la esperpéntica conspiración con la que en 2002 Estados Unidos (¿con la anuencia de Aznar?) trató de desalojarlo del poder, en la transformación de PVDSA en un instrumento de su proyecto político.... En todos esos momentos cardinales de su trayectoria política, siempre hubo un disparo fallido antes de acertar con el blanco.
Ahora, ha vuelto a ocurrir. La claridad no es una fortaleza de Chávez. Perdió la apuesta de la permanencia porque la embarulló con confusas propuestas de orden constitucional y jurídico que resultaban indigeribles, en primer lugar para sus propios partidarios. El líder bolivariano ha construido una proyecto político doctrinalmente inverosímil, de difícil explicación y, por tanto, de imposible comprensión en Europa y entre las élites intelectuales tibiamente progresistas de América Latina. Como militar que es, que no ha dejado de serlo, Chávez sacrifica a la estrategia todos los recursos tácticos. El fin justifica –y confunde- todos los medios.
Esos medios son, en un momento dado, unos; más tarde, otros. De ahí su falta de consideración con los procedimientos, lo que sirve a algunos –mal intencionados- para motejarlo de “dictador” y a otros para calificarlo de “esperpéntico”. Los pretendidamente neutrales lo despachan con el apelativo de “populista”. La habilidad de Chávez, estos diez años de permanencia en el poder, ha consistido en vestir trajes de estos tres atributos, en función de sus intereses inmediatos. Chávez es un hombre de acción, por eso no le preocupa equivocarse. Intuye que los errores sirven para avanzar: tropezar, y no caer es adelantar camino.
Pero si nos esforzamos por hacer un análisis objetivo de lo que ha cambiado esta última década en Venezuela, debemos admitir que algunos logros de esta “revolución bolivariana” son innegables. Por primera vez en la historia de Venezuela, el petróleo ha dejado de ser el “excremento del diablo” para beneficiar a toda la población. Lo que gobiernos conservadores, democristianos o socialistas no pudieron o no supieron hacer, lo ha hecho Chávez. Todos tuvieron su boom: ninguno lo aprovechó para reducir las desigualdades y para darle un proyecto de desarrollo viable al país.
Para ser justos, Chávez ha hecho lo primero, pero no lo segundo. La pobreza se ha reducido en Venezuela como en ningún otro país de la región. Las clases populares, por primera vez en la historia, pueden disfrutar de un cuidado médico. El analfabetismo ha sido erradicado. El salario mínimo es el más alto de América Latina. Las pensiones llegan para vivir. La gente humilde siente que tiene un Gobierno.
Dicho lo cual, las debilidades bolivarianas son apabullantes. Se ha repartido riqueza, pero no se ha creado. Como dice Alberto Barrera, “la revolución es un sueño de liquidez, una riqueza que no necesita producirse, que sólo requiere ser distribuida: la gran utopía del consumo de todo país petrolero”. La corrupción se mantiene: existía antes y sigue existiendo ahora. No debe imputarse a Chávez: es un fenómeno cultural muy profundamente arraigado en el país.
A los pobres se les proporciona ahora más atención, pero Chávez no ha podido cambiar el Estado que heredó. Los servicios públicos tradicionales están en ruinas. Como decía uno de sus altos colaboradores, Chávez los considera irreformables y por eso ha construido una estructura paralela, provisional. De nuevo, medios accidentales para hacer posible los fines perseguidos. En esto, Chávez no ha copiado a Fidel, pero ha inspirado a Evo Morales, aunque el gas boliviano no tenga la capacidad “transformadora” del petróleo venezolano.
El chavismo ha descansado sobre la determinación de su líder e inspirador, pero también sobre la debilidad de sus rivales. La oposición es incoherente y carece, probablemente, de proyecto político, más allá de acabar con Chávez. Hace un par de años, con motivo de las últimas elecciones presidenciales, recorrí algunas regiones de Venezuela y hablé con el candidato forzadamente unitario de la oposición, Manuel Rosales. Era el líder incontestable de Zulia, el departamento más rico del país, donde se produce la mayor parte del petróleo. Rosales criticaba el populismo de Chávez, pero incurría en lo mismo que denunciaba. Montaba tenderetes con atención médica y reparto de medicamentos en bolsas con su nombre y su imagen, siendo como era todavía gobernador y no simplemente candidato.
Después de su derrota, Rosales se ha recolocado en la alcaldía de Maracaibo, la capital de Zulia, pero seguramente nunca será presidente de Venezuela. Otros líderes con minúsculas han ido emergiendo, como el alcalde metropolitano de Caracas, para alimentar la esperanza del recambio. A falta de formaciones políticas, grupos sociales se erigen en portavoces del descontento, como los medios de comunicación o, ahora, los estudiantes. Son expresiones coyunturales de una clase media que detesta a quien ha sacado a la superficie a los más pobres y les ha dado visibilidad, voz y mensaje. Aunque, seguramente, no les haya garantizado, ni mucho menos, futuro.
El capital extranjero ha huido por las nacionalizaciones. En 2008, el petróleo representó el 93% de las exportaciones de Venezuela, frente al 69% hace diez años. Ahora que la demanda mundial de petróleo es débil, la oligarquía confía en que el motor desbocado del chavismo se quede sin gasolina y el fervor popular se torne en amargo desencanto. Consciente de las dificultades, el versátil militar ha vuelto a corregir el tiro. Después de haber nacionalizado los pozos en 2007, y obviando litigios pendientes, ofrece ahora concesiones a las multinacionales, para asegurar la explotación más eficaz de las mayores reservas mundiales de crudo, en el Orinoco. Así, cuando se produzca la recuperación mundial, la debilidad productiva venezolana ya no sería un problema, como hasta ahora. Todavía hoy, Venezuela produce menos barriles diarios que en 1998.
Está por ver si, como consecuencia de estas maniobras y contradicciones, llegará el día en que, cuando quiera volver a llamar por segunda vez a las puertas de la historia, Chávez se encuentre con las manos atadas. A su espalda.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha conseguido, a la segunda, garantizar legalmente la posibilidad de ser reelegido sin limite. El triunfo en el referéndum del 15 de febrero por un convincente 54,4% de los votos rectifica la derrota de diciembre de 2007 y cumple uno de sus sueños: optar a permanecer en el poder hasta el bicentenario de la muerte de Bolívar.
Chávez está acostumbrado a volver después de fallar. Es una constante de su carrera política. Si se repasan sus biografías (léase la de Gott, prosélita, o la de Alberto Barrera, crítica), se comprende perfectamente cómo debajo de esa apariencia pintoresca -por momentos lindando con lo grotesco- se ha ido forjando una fortísima determinación de cumplir con lo que él mismo considera que es su destino. En sus años de formación militar, en la desafortunada operación del golpe militar de 1992, en los días de la esperpéntica conspiración con la que en 2002 Estados Unidos (¿con la anuencia de Aznar?) trató de desalojarlo del poder, en la transformación de PVDSA en un instrumento de su proyecto político.... En todos esos momentos cardinales de su trayectoria política, siempre hubo un disparo fallido antes de acertar con el blanco.
Ahora, ha vuelto a ocurrir. La claridad no es una fortaleza de Chávez. Perdió la apuesta de la permanencia porque la embarulló con confusas propuestas de orden constitucional y jurídico que resultaban indigeribles, en primer lugar para sus propios partidarios. El líder bolivariano ha construido una proyecto político doctrinalmente inverosímil, de difícil explicación y, por tanto, de imposible comprensión en Europa y entre las élites intelectuales tibiamente progresistas de América Latina. Como militar que es, que no ha dejado de serlo, Chávez sacrifica a la estrategia todos los recursos tácticos. El fin justifica –y confunde- todos los medios.
Esos medios son, en un momento dado, unos; más tarde, otros. De ahí su falta de consideración con los procedimientos, lo que sirve a algunos –mal intencionados- para motejarlo de “dictador” y a otros para calificarlo de “esperpéntico”. Los pretendidamente neutrales lo despachan con el apelativo de “populista”. La habilidad de Chávez, estos diez años de permanencia en el poder, ha consistido en vestir trajes de estos tres atributos, en función de sus intereses inmediatos. Chávez es un hombre de acción, por eso no le preocupa equivocarse. Intuye que los errores sirven para avanzar: tropezar, y no caer es adelantar camino.
Pero si nos esforzamos por hacer un análisis objetivo de lo que ha cambiado esta última década en Venezuela, debemos admitir que algunos logros de esta “revolución bolivariana” son innegables. Por primera vez en la historia de Venezuela, el petróleo ha dejado de ser el “excremento del diablo” para beneficiar a toda la población. Lo que gobiernos conservadores, democristianos o socialistas no pudieron o no supieron hacer, lo ha hecho Chávez. Todos tuvieron su boom: ninguno lo aprovechó para reducir las desigualdades y para darle un proyecto de desarrollo viable al país.
Para ser justos, Chávez ha hecho lo primero, pero no lo segundo. La pobreza se ha reducido en Venezuela como en ningún otro país de la región. Las clases populares, por primera vez en la historia, pueden disfrutar de un cuidado médico. El analfabetismo ha sido erradicado. El salario mínimo es el más alto de América Latina. Las pensiones llegan para vivir. La gente humilde siente que tiene un Gobierno.
Dicho lo cual, las debilidades bolivarianas son apabullantes. Se ha repartido riqueza, pero no se ha creado. Como dice Alberto Barrera, “la revolución es un sueño de liquidez, una riqueza que no necesita producirse, que sólo requiere ser distribuida: la gran utopía del consumo de todo país petrolero”. La corrupción se mantiene: existía antes y sigue existiendo ahora. No debe imputarse a Chávez: es un fenómeno cultural muy profundamente arraigado en el país.
A los pobres se les proporciona ahora más atención, pero Chávez no ha podido cambiar el Estado que heredó. Los servicios públicos tradicionales están en ruinas. Como decía uno de sus altos colaboradores, Chávez los considera irreformables y por eso ha construido una estructura paralela, provisional. De nuevo, medios accidentales para hacer posible los fines perseguidos. En esto, Chávez no ha copiado a Fidel, pero ha inspirado a Evo Morales, aunque el gas boliviano no tenga la capacidad “transformadora” del petróleo venezolano.
El chavismo ha descansado sobre la determinación de su líder e inspirador, pero también sobre la debilidad de sus rivales. La oposición es incoherente y carece, probablemente, de proyecto político, más allá de acabar con Chávez. Hace un par de años, con motivo de las últimas elecciones presidenciales, recorrí algunas regiones de Venezuela y hablé con el candidato forzadamente unitario de la oposición, Manuel Rosales. Era el líder incontestable de Zulia, el departamento más rico del país, donde se produce la mayor parte del petróleo. Rosales criticaba el populismo de Chávez, pero incurría en lo mismo que denunciaba. Montaba tenderetes con atención médica y reparto de medicamentos en bolsas con su nombre y su imagen, siendo como era todavía gobernador y no simplemente candidato.
Después de su derrota, Rosales se ha recolocado en la alcaldía de Maracaibo, la capital de Zulia, pero seguramente nunca será presidente de Venezuela. Otros líderes con minúsculas han ido emergiendo, como el alcalde metropolitano de Caracas, para alimentar la esperanza del recambio. A falta de formaciones políticas, grupos sociales se erigen en portavoces del descontento, como los medios de comunicación o, ahora, los estudiantes. Son expresiones coyunturales de una clase media que detesta a quien ha sacado a la superficie a los más pobres y les ha dado visibilidad, voz y mensaje. Aunque, seguramente, no les haya garantizado, ni mucho menos, futuro.
El capital extranjero ha huido por las nacionalizaciones. En 2008, el petróleo representó el 93% de las exportaciones de Venezuela, frente al 69% hace diez años. Ahora que la demanda mundial de petróleo es débil, la oligarquía confía en que el motor desbocado del chavismo se quede sin gasolina y el fervor popular se torne en amargo desencanto. Consciente de las dificultades, el versátil militar ha vuelto a corregir el tiro. Después de haber nacionalizado los pozos en 2007, y obviando litigios pendientes, ofrece ahora concesiones a las multinacionales, para asegurar la explotación más eficaz de las mayores reservas mundiales de crudo, en el Orinoco. Así, cuando se produzca la recuperación mundial, la debilidad productiva venezolana ya no sería un problema, como hasta ahora. Todavía hoy, Venezuela produce menos barriles diarios que en 1998.
Está por ver si, como consecuencia de estas maniobras y contradicciones, llegará el día en que, cuando quiera volver a llamar por segunda vez a las puertas de la historia, Chávez se encuentre con las manos atadas. A su espalda.
ESTADOS UNIDOS E IRAN: CÓMO SUPERAR TREINTA AÑOS DE ERRORES
16 de febrero de 2009
Bush le ha dejado un legado complicado a Obama en Irán. Durante meses, la opción de un ataque militar para abortar el programa nuclear iraní estuvo en la mesa del despacho Oval. Pero las exigencias en Irak y las discrepancias en el Pentágono demoraron la decisión.
Obama ganó las elecciones con una promesa de recuperar el diálogo diplomático, pero sin descartar las opciones de fuerza. El último elemento de “aguda preocupación” para la nueva administración de tensión ha sido la puesta en órbita del primer satélite iraní.
Los escenarios de una eventual acción militar norteamericana serían los siguientes: destrucción de la central nuclear de Natanz, bombardeo aéreo de las bases militares iraníes para neutralizar la respuesta, infiltración de fuerzas de élite desde Afganistán e Irak y un eventual bloqueo naval.
Los riesgos que presentarían estas operaciones militares serían los siguientes:
- El ejército iraní no es desdeñable, y menos si se trata de defender el suelon patrio.
- Misiles iraníes, pero también palestinos (Hamas) y libaneses (Hezbollah) podrían golpear Israel, lo que complicaría todo el escenario regional.
- Posible cierre del estrecho de Ormuz, lo que entrañaría el peligro de alterar el suministro de petróleo desde el Golfo Pérsico.
- Riesgo de no destruir por completo las instalaciones, lo que evitaría una “solución” para siempre y convertiría la crisis en un asunto por resolver.
Y si Washington no lo hace, tal vez Israel tomaría el relevo. Esta posibilidad aumentaría, si se confirmara una deriva extremista en el estado judío. La cuestión es si Obama podría evitarlo, como hizo Bush el año pasado, cuando le negó apoyo a Olmert en tres demandas, como reveló David Sanger en el NEW YORK TIMES: munición específica para destruir la central de Natanz (Israel no dispone de ella), permiso para sobrevolar Irak y suministro en vuelo de sus aviones.
Mohsen Rezai, ex-jefe de los Guardianes de la Revolución, le ha dicho al analista norteamericano Roger Cohen que Estados Unidos tiene limitada su capacidad de intervención militar durante una década (hasta que se recupere de la guerra iraquí). Subcontratar en Israel esa tarea de aniquilación militar de las capacidades nucleares de Irán constituye un riesgo inmanejable y la “más estúpida de las decisiones”, según Rezai.
Desde luego, para apaciguar a Israel lo mejor sería conseguir entablar ese diálogo que Obama prometió durante la campaña y que le costó ciertas críticas, incluso de quien ahora será la ejecutora de su diplomacia: Hillary Clinton.
Los medios norteamericanos han revelado contactos discretos del equipo encargado del dossier iraní en Washington con aliados europeos. Destacados actores del establishment norteamericano también están aconsejando claramente la negociación: el propio zar militar de la zona, General Petreus, el ex embajador especial para Afganistán, James Dobbins, o el ex embajador ante la ONU, Thomas Pickering.
Recientemente, en una entrevista para la cadena de televisión Al Arabiya, Obama empleó un tono constructivo y dialogante. Afirmó que Estados Unidos no es enemigo de Irán y admitió –esto es muy importante- que Estados Unidos “ha cometido errores” durante todos estos años. Treinta años de errores, en realidad. Errores ya previos a la caída del Shah, cuando emergía la corriente islámica, durante la crisis y después de la crisis. El catálogo precisa de más espacio del que disponemos, pero el reconocimiento de Obama cambió el discurso de las relaciones bilaterales, sea cual sea el resultado del esfuerzo diplomático.
En Irán, han recibido este discurso condicionadamente conciliador con cautela. Tanto “radicales” como “moderados”. Es preciso recordar que el impulso del programa nuclear se hizo durante los años de la presidencia de Jatamí, que puede regresar al poder si los máximo sacerdotes autorizan su candidatura en las elecciones presidenciales de junio. El actual presidente, Ahmadinejad, aseguró en el discurso conmemorativo del trigésimo aniversario de la Revolución, que Irán está dispuesto a entablar un diálogo basado en el “respeto mutuo”.
El momento es óptimo para negociar, puesto que el descenso brusco de los precios del petróleo ha agravado las dificultades económicas iraníes. Obama maneja persuasivos incentivos diplomáticos, que Bush desdeñó: el fin de las sanciones y la promoción de nuevas relaciones económicas y comerciales y, sobre todo, ciertas garantías de seguridad.
La metodología consistiría en englobar la cuestión iraní en el contexto regional y construir una visión de conjunto, que incluya el porvenir viable de Irak y la derrota definitiva de la amenaza jihadista en Afganistán. Curiosamente, Irán puede ser un socio de valía incalculable en la evolución positiva para Washington de ambos países vecinos.
En Irak, la ayuda iraní puede ser muy útil, en dos sentidos. Primero, por la influencia que la República islámica ejerce sobre la mayoría chií que detenta el gobierno central; y, segundo, por la neutralización de los grupos chiíes más radicales, quienes, sin el apoyo efectivo de Teherán, se verían muy debilitados. A cambio, Washington puede ofrecerle a Irán garantías de que sean preservados allí sus intereses, completada la retirada norteamericana. Irak nunca volverá a ser el mismo país, quizás si igual de próspero, pero políticamente más vulnerable. Todos los vecinos mantendrán una notable influencia, al menos durante un tiempo, e Irán aspira a no ser menos que Arabia Saudí, por ejemplo.
En Afganistán, ya hay un antecedente de colaboración iraní. Se trataría ahora de recuperar el espíritu de 1998, cuando Washington encontró en Irán un aliado inesperado frente al triunfo de los talibán. Hasta el punto de que los estudiantes radicales sunníes y los clérigos chiíes estuvieron al borde de un conflicto militar. Luego, la torpeza de la administración Bush favoreció una inverosímil inversión, que llegó a situar a los talibanes derrotados y a los mullahs amenazados en el mismo bando. Esta alianza circunstancial se ha ido debilitando, pero podría reavivarse si Obama no genera un cambio real de política en la zona. Hace unos días en el foro de Munich, los aliados de la OTAN coincidieron en que el puerto iraní de Chabahar sería una la alternativa más idónea a Pakistan para el suministro de sus efectivos en Afganistán.
Cohen evoca el ejemplo de Jomeini: contra su voluntad, se avino a hacer la paz con Irak, aunque había prometido no detener la guerra hasta la derrota de Saddam. Su sucesor en la conducción espiritual del país, Ali Jamenei, puede interrumpir o limitar el programa nuclear si es capaz de entender que lo que está en juego es la supervivencia de la Revolución.
Bush le ha dejado un legado complicado a Obama en Irán. Durante meses, la opción de un ataque militar para abortar el programa nuclear iraní estuvo en la mesa del despacho Oval. Pero las exigencias en Irak y las discrepancias en el Pentágono demoraron la decisión.
Obama ganó las elecciones con una promesa de recuperar el diálogo diplomático, pero sin descartar las opciones de fuerza. El último elemento de “aguda preocupación” para la nueva administración de tensión ha sido la puesta en órbita del primer satélite iraní.
Los escenarios de una eventual acción militar norteamericana serían los siguientes: destrucción de la central nuclear de Natanz, bombardeo aéreo de las bases militares iraníes para neutralizar la respuesta, infiltración de fuerzas de élite desde Afganistán e Irak y un eventual bloqueo naval.
Los riesgos que presentarían estas operaciones militares serían los siguientes:
- El ejército iraní no es desdeñable, y menos si se trata de defender el suelon patrio.
- Misiles iraníes, pero también palestinos (Hamas) y libaneses (Hezbollah) podrían golpear Israel, lo que complicaría todo el escenario regional.
- Posible cierre del estrecho de Ormuz, lo que entrañaría el peligro de alterar el suministro de petróleo desde el Golfo Pérsico.
- Riesgo de no destruir por completo las instalaciones, lo que evitaría una “solución” para siempre y convertiría la crisis en un asunto por resolver.
Y si Washington no lo hace, tal vez Israel tomaría el relevo. Esta posibilidad aumentaría, si se confirmara una deriva extremista en el estado judío. La cuestión es si Obama podría evitarlo, como hizo Bush el año pasado, cuando le negó apoyo a Olmert en tres demandas, como reveló David Sanger en el NEW YORK TIMES: munición específica para destruir la central de Natanz (Israel no dispone de ella), permiso para sobrevolar Irak y suministro en vuelo de sus aviones.
Mohsen Rezai, ex-jefe de los Guardianes de la Revolución, le ha dicho al analista norteamericano Roger Cohen que Estados Unidos tiene limitada su capacidad de intervención militar durante una década (hasta que se recupere de la guerra iraquí). Subcontratar en Israel esa tarea de aniquilación militar de las capacidades nucleares de Irán constituye un riesgo inmanejable y la “más estúpida de las decisiones”, según Rezai.
Desde luego, para apaciguar a Israel lo mejor sería conseguir entablar ese diálogo que Obama prometió durante la campaña y que le costó ciertas críticas, incluso de quien ahora será la ejecutora de su diplomacia: Hillary Clinton.
Los medios norteamericanos han revelado contactos discretos del equipo encargado del dossier iraní en Washington con aliados europeos. Destacados actores del establishment norteamericano también están aconsejando claramente la negociación: el propio zar militar de la zona, General Petreus, el ex embajador especial para Afganistán, James Dobbins, o el ex embajador ante la ONU, Thomas Pickering.
Recientemente, en una entrevista para la cadena de televisión Al Arabiya, Obama empleó un tono constructivo y dialogante. Afirmó que Estados Unidos no es enemigo de Irán y admitió –esto es muy importante- que Estados Unidos “ha cometido errores” durante todos estos años. Treinta años de errores, en realidad. Errores ya previos a la caída del Shah, cuando emergía la corriente islámica, durante la crisis y después de la crisis. El catálogo precisa de más espacio del que disponemos, pero el reconocimiento de Obama cambió el discurso de las relaciones bilaterales, sea cual sea el resultado del esfuerzo diplomático.
En Irán, han recibido este discurso condicionadamente conciliador con cautela. Tanto “radicales” como “moderados”. Es preciso recordar que el impulso del programa nuclear se hizo durante los años de la presidencia de Jatamí, que puede regresar al poder si los máximo sacerdotes autorizan su candidatura en las elecciones presidenciales de junio. El actual presidente, Ahmadinejad, aseguró en el discurso conmemorativo del trigésimo aniversario de la Revolución, que Irán está dispuesto a entablar un diálogo basado en el “respeto mutuo”.
El momento es óptimo para negociar, puesto que el descenso brusco de los precios del petróleo ha agravado las dificultades económicas iraníes. Obama maneja persuasivos incentivos diplomáticos, que Bush desdeñó: el fin de las sanciones y la promoción de nuevas relaciones económicas y comerciales y, sobre todo, ciertas garantías de seguridad.
La metodología consistiría en englobar la cuestión iraní en el contexto regional y construir una visión de conjunto, que incluya el porvenir viable de Irak y la derrota definitiva de la amenaza jihadista en Afganistán. Curiosamente, Irán puede ser un socio de valía incalculable en la evolución positiva para Washington de ambos países vecinos.
En Irak, la ayuda iraní puede ser muy útil, en dos sentidos. Primero, por la influencia que la República islámica ejerce sobre la mayoría chií que detenta el gobierno central; y, segundo, por la neutralización de los grupos chiíes más radicales, quienes, sin el apoyo efectivo de Teherán, se verían muy debilitados. A cambio, Washington puede ofrecerle a Irán garantías de que sean preservados allí sus intereses, completada la retirada norteamericana. Irak nunca volverá a ser el mismo país, quizás si igual de próspero, pero políticamente más vulnerable. Todos los vecinos mantendrán una notable influencia, al menos durante un tiempo, e Irán aspira a no ser menos que Arabia Saudí, por ejemplo.
En Afganistán, ya hay un antecedente de colaboración iraní. Se trataría ahora de recuperar el espíritu de 1998, cuando Washington encontró en Irán un aliado inesperado frente al triunfo de los talibán. Hasta el punto de que los estudiantes radicales sunníes y los clérigos chiíes estuvieron al borde de un conflicto militar. Luego, la torpeza de la administración Bush favoreció una inverosímil inversión, que llegó a situar a los talibanes derrotados y a los mullahs amenazados en el mismo bando. Esta alianza circunstancial se ha ido debilitando, pero podría reavivarse si Obama no genera un cambio real de política en la zona. Hace unos días en el foro de Munich, los aliados de la OTAN coincidieron en que el puerto iraní de Chabahar sería una la alternativa más idónea a Pakistan para el suministro de sus efectivos en Afganistán.
Cohen evoca el ejemplo de Jomeini: contra su voluntad, se avino a hacer la paz con Irak, aunque había prometido no detener la guerra hasta la derrota de Saddam. Su sucesor en la conducción espiritual del país, Ali Jamenei, puede interrumpir o limitar el programa nuclear si es capaz de entender que lo que está en juego es la supervivencia de la Revolución.
OBAMA Y LA FUERZA CENTRÍPETA
13 de febrero de 2009
El presidente Obama ha conseguido sacar adelante un programa de estímulo económico –no su programa original-, con el que presuntamente afrontará la recesión y tratará de poner de nuevo al país en la senda del crecimiento. En total, se dedicarán 789 mil millones de dólares (49 mil millones menos de los inicialmente presentados)
En la gestión de esta iniciativa han operado dos fuerzas no necesariamente complementarias y, quizás, no coincidentes: lo que Estados Unidos –y el mundo- necesita y lo que el instinto de reforzamiento político por el que se ha conducido el Presidente.
Lo que el país necesita, a juicio del propio Obama y de la mayoría de sus asesores, es un programa ambicioso de estimulo. Recetas keynesianas de gasto público, de atención a los más desprotegidos en la crisis, de alejamiento de las clásicas políticas liberales y de renuncia a regalos fiscales. En esta línea militan una buena mayoría de los demócratas, aunque sea difícil efectuar un recuento preciso.
Pero lo que el instinto de reforzamiento político le aconsejaba a Obama era no imponer la mayoría demócrata para sacar SU programa, sino ponerlo en circulación negociadora para, a cambio de ciertas concesiones, lograr un apoyo lo más amplio posible en el legislativo. En realidad, sobre el plan pesaban reservas y observaciones no sólo de los rivales republicanos, sino también de correligionarios demócratas más cautelosos.
Los republicanos son hoy más débiles que en noviembre en el Congreso. Pero la recomposición ideológica del GOP se ha escorado a la derecha. Curiosa consecuencia del aluvión Obama. El país ha girado a la izquierda –o al centro, desde la derecha- , pero el segmento conservador ha profundizado la orientación derechista. Un candidato presidencial supuestamente más cerca del centro –McCain- no ha servido para centrar al partido en el Congreso. El electorado republicano ha preferido que Obama tuviera un contrapeso legislativo con más carga derechista.
Por tanto, lo estratégico no operaba en la misma dirección que lo táctico. La fuerza de la necesidad se veía contrapesada por la fuerza de la conveniencia. La fuerza de la necesidad precisaba de una energía decidida, progresista en este caso. La conveniencia empujaba al centro: era una fuerza centrípeta.
Esto debía ser conocido por los estrategas de la Casa Blanca cuando abordaron el juego de fuerzas en la gestión del programa de estímulo económico. No era previsible que los republicanos aceptaran simples retoques. Y así fue en las primeras fases del trabajo legislativo. Frustrado por la falta de respuesta positiva de los republicanos en la Cámara de Representantes, Obama dio instrucciones para efectuar concesiones. Las reticencias de algunos demócratas más centristas –los fiscalmente prudentes- complicaron las negociaciones y reforzaron indirectamente la tenacidad republicana.
La revisión en el Senado dejó un sabor amargo, porque se eliminaron, redujeron o modificaron algunas prioridades. Una última ronda consiguió mitigar un poco las concesiones, que habían provocado frustración en la mayoría de los demócratas. Pero, con todo, no se ha podido evitar que el programa final contuviera:
-Recortes en las asignaciones a los gobiernos de los estados para la inversión en la construcción y renovación de infraestructuras generadoras de empleo.
-Recortes en el programa de construcción de escuelas.
-Recortes en los programas sociales (ayuda escolar, comedores públicos, subsidios a los desempleados, etc.).
-Retirada de un programa que proporcionaría seguro médico urgente a los parados.
-Rebajas fiscales en una cuantía de equivalente a un tercio del valor de todo el paquete, lo que limitará la capacidad de maniobra de las administraciones para relanzar la economía.
El acuerdo final en la Cámara baja se completará este fin de semana y probablemente se rubricará con una firma solemne la semana que viene en hora de máxima audiencia televisiva. Todo para solemnizar esta primera manifestación del consenso.
Aspirar a una política de consenso es, en principio, razonable, y más en momento de conmoción nacional. Pero es crucial saber si la Casa Blanca había calculado el precio de su estrategia bipartidaria. Porque el consenso es un instrumento, no un fin en sí mismo.
Con todo, lo peor es que, en la búsqueda del centro, Obama ha cosechado un resultado pírrico: los suyos le han respaldado, pero apenas tres senadores republicanos terminaron dando su apoyo. Los demócratas más ambiciosos, incluida su líder parlamentaria, Nanci Pelosi, cree que se ha ido demasiado lejos en las concesiones.
Lo mismo ocurre con numerosos economistas escarmentados de las recetas fiscales y neoliberales. El Nobel Krugman calificaba de “destructora” esta presión centrista. “Se ha confortado a los confortados y afligido a los afligidos”, ha escrito en el New York Times. Sólo una política keynesiana contundente, sin complejos, podrá cambiar el rumbo económico del país, sostiene Krugman. Las concesiones fiscales no sólo serán inútiles, sino que agravarán el déficit público del país, que llegará al 8,3% del PIB.
Otros también ponen sordina a este “triunfo” de Obama. “No hay motivo para sacar el champán”, ironiza el NYT. “La agenda del miedo se ha impuesto a la agenda de la esperanza”, resume un analista de la liberal Brooking Institution. “Esto no constituye un New Deal”, proclama THE NATION.
Las cautelas con el gasto para relanzar la economía contrastan con la liberalidad empleada en el programa paralelo de rescate del sistema financiero, que costará el triple: dos billones y medio de dólares.
Hemos dicho alguna vez que Obama tiene tanto potencial para cambiar Estados Unidos como para decepcionar. Por el estilo de su política, por su instinto de aglutinar. Obama no es un idealista obligado a ser pragmático. Es un pragmático que cree en la eficacia de un discurso idealista.
El presidente Obama ha conseguido sacar adelante un programa de estímulo económico –no su programa original-, con el que presuntamente afrontará la recesión y tratará de poner de nuevo al país en la senda del crecimiento. En total, se dedicarán 789 mil millones de dólares (49 mil millones menos de los inicialmente presentados)
En la gestión de esta iniciativa han operado dos fuerzas no necesariamente complementarias y, quizás, no coincidentes: lo que Estados Unidos –y el mundo- necesita y lo que el instinto de reforzamiento político por el que se ha conducido el Presidente.
Lo que el país necesita, a juicio del propio Obama y de la mayoría de sus asesores, es un programa ambicioso de estimulo. Recetas keynesianas de gasto público, de atención a los más desprotegidos en la crisis, de alejamiento de las clásicas políticas liberales y de renuncia a regalos fiscales. En esta línea militan una buena mayoría de los demócratas, aunque sea difícil efectuar un recuento preciso.
Pero lo que el instinto de reforzamiento político le aconsejaba a Obama era no imponer la mayoría demócrata para sacar SU programa, sino ponerlo en circulación negociadora para, a cambio de ciertas concesiones, lograr un apoyo lo más amplio posible en el legislativo. En realidad, sobre el plan pesaban reservas y observaciones no sólo de los rivales republicanos, sino también de correligionarios demócratas más cautelosos.
Los republicanos son hoy más débiles que en noviembre en el Congreso. Pero la recomposición ideológica del GOP se ha escorado a la derecha. Curiosa consecuencia del aluvión Obama. El país ha girado a la izquierda –o al centro, desde la derecha- , pero el segmento conservador ha profundizado la orientación derechista. Un candidato presidencial supuestamente más cerca del centro –McCain- no ha servido para centrar al partido en el Congreso. El electorado republicano ha preferido que Obama tuviera un contrapeso legislativo con más carga derechista.
Por tanto, lo estratégico no operaba en la misma dirección que lo táctico. La fuerza de la necesidad se veía contrapesada por la fuerza de la conveniencia. La fuerza de la necesidad precisaba de una energía decidida, progresista en este caso. La conveniencia empujaba al centro: era una fuerza centrípeta.
Esto debía ser conocido por los estrategas de la Casa Blanca cuando abordaron el juego de fuerzas en la gestión del programa de estímulo económico. No era previsible que los republicanos aceptaran simples retoques. Y así fue en las primeras fases del trabajo legislativo. Frustrado por la falta de respuesta positiva de los republicanos en la Cámara de Representantes, Obama dio instrucciones para efectuar concesiones. Las reticencias de algunos demócratas más centristas –los fiscalmente prudentes- complicaron las negociaciones y reforzaron indirectamente la tenacidad republicana.
La revisión en el Senado dejó un sabor amargo, porque se eliminaron, redujeron o modificaron algunas prioridades. Una última ronda consiguió mitigar un poco las concesiones, que habían provocado frustración en la mayoría de los demócratas. Pero, con todo, no se ha podido evitar que el programa final contuviera:
-Recortes en las asignaciones a los gobiernos de los estados para la inversión en la construcción y renovación de infraestructuras generadoras de empleo.
-Recortes en el programa de construcción de escuelas.
-Recortes en los programas sociales (ayuda escolar, comedores públicos, subsidios a los desempleados, etc.).
-Retirada de un programa que proporcionaría seguro médico urgente a los parados.
-Rebajas fiscales en una cuantía de equivalente a un tercio del valor de todo el paquete, lo que limitará la capacidad de maniobra de las administraciones para relanzar la economía.
El acuerdo final en la Cámara baja se completará este fin de semana y probablemente se rubricará con una firma solemne la semana que viene en hora de máxima audiencia televisiva. Todo para solemnizar esta primera manifestación del consenso.
Aspirar a una política de consenso es, en principio, razonable, y más en momento de conmoción nacional. Pero es crucial saber si la Casa Blanca había calculado el precio de su estrategia bipartidaria. Porque el consenso es un instrumento, no un fin en sí mismo.
Con todo, lo peor es que, en la búsqueda del centro, Obama ha cosechado un resultado pírrico: los suyos le han respaldado, pero apenas tres senadores republicanos terminaron dando su apoyo. Los demócratas más ambiciosos, incluida su líder parlamentaria, Nanci Pelosi, cree que se ha ido demasiado lejos en las concesiones.
Lo mismo ocurre con numerosos economistas escarmentados de las recetas fiscales y neoliberales. El Nobel Krugman calificaba de “destructora” esta presión centrista. “Se ha confortado a los confortados y afligido a los afligidos”, ha escrito en el New York Times. Sólo una política keynesiana contundente, sin complejos, podrá cambiar el rumbo económico del país, sostiene Krugman. Las concesiones fiscales no sólo serán inútiles, sino que agravarán el déficit público del país, que llegará al 8,3% del PIB.
Otros también ponen sordina a este “triunfo” de Obama. “No hay motivo para sacar el champán”, ironiza el NYT. “La agenda del miedo se ha impuesto a la agenda de la esperanza”, resume un analista de la liberal Brooking Institution. “Esto no constituye un New Deal”, proclama THE NATION.
Las cautelas con el gasto para relanzar la economía contrastan con la liberalidad empleada en el programa paralelo de rescate del sistema financiero, que costará el triple: dos billones y medio de dólares.
Hemos dicho alguna vez que Obama tiene tanto potencial para cambiar Estados Unidos como para decepcionar. Por el estilo de su política, por su instinto de aglutinar. Obama no es un idealista obligado a ser pragmático. Es un pragmático que cree en la eficacia de un discurso idealista.
¿UN MUNDO SIN PERIÓDICOS (IMPRESOS)?
09 de febrero de 2009
La depresión económica ha impactado gravemente en la prensa.La caída en los ingresos por publicidad es la primera causa de esta crisis que amenaza convertirse en terminal. Por término medio, los diarios norteamericanos han perdido más del cuarenta por ciento de su valor en sólo tres años, según el experto Alan Mutter. En lo que va de siglo muchos diarios se han depreciado en la mitad de su valor, si no más, según estimaciones de los propios editores. No es raro que en menos de veinte años se hayan destruido la cuarta parte de los empleos periódisticos que existían en 1990.
Pero la crisis económica no es la única razón de la amenaza. Ni siquiera la más decisiva.
Algunos críticos creen que la pérdida de influencia de los periódicos se debe a su falta de credibilidad. Este declive viene arrastrándose desde hace mucho tiempo –décadas, según algunos estudios-, pero se ha visto agudizado en los últimos años.
El clásico Pew Research Center asegura que la satisfacción ciudadana con los medios informativos ha pasado del 85 % en 1973 a 59 % en 2002. El derrumbamiento se ha acelerado desde 1991, justamente cuando se enterró definitivamente la guerra fría.
En Estados Unidos, los diarios norteamericanos tienen poco de qué presumir. Incluso los más prestigiosos se han visto arrastrados por la propaganda que la administración Bush consiguió implantar en el sistema nervioso de la comunicación ciudadana. Después del 11 de septiembre, la fiebre patriótica que se apoderó del país y una política de destrucción de los derechos humanos y de los fundamentos del Estado de derecho encontraron escasos obstáculos en los medios. Y cuando algunos de ellos empezaron a reaccionar, ya se antojaba demasiado tarde.
Muchos periódicos se dejaron llevar por las soflamas proyectadas desde la FOX, la cadena de televisión de Murdoch, convertida en la televisión de cámara de la Casa Blanca. Incluso el NYT, poco sospechoso de connivencia con la administración Bush, se contagió sin embargo de un clima irracional que avaló la negligencia y toleró los abusos, en nombre de la seguridad nacional. El caso Miller–una intoxicación convertida en falsa información sobre el supuesto arsenal de destrucción masiva de Saddam Hussein- se ha convertido en unas de las páginas negras de la historia del diario neoyorquino.
La reacción contra esta derrota de la información veraz fue precisamente lo que alumbró el nacimiento de uno de los blogs liberales más influyentes del momento, el Huffington Post. Su fundadora, Arianna Huftington, litigó duramente contra el Times. Algunos van más allá y creen que puso las bases de un nuevo periodismo. Luego siguieron otros blogs de similar factura y semejante empeño: la refundación del oficio de informar, en un mundo distinto.
Esta es precisamente la tercera gran causa que explicaría la incierta permanencia de los periódicos en la UVI: el desafío de la tecnología digital. Los diarios convencionales no parecen preparados para dar una respuesta que les asegure la supervivencia.
Si bien es cierto que todos los grandes diarios cuentan ya con ediciones digitales potentes, su estructura de negocio es poco solvente. Las empresas periodísticas confiaron hace unos pocos años en que sus hijos de papel pudieran superar su debilidad a base de las transfusiones de sus hermanos digitales. Pero el remedio no se ha demostrado efectivo, hasta la fecha. Hace unas semanas, el Financial Times aseguraba que un abonado de un periódico generaba 1.000 dólares de publicidad anual, mientras un visitante de una página web no llegaba a seis.
Las cifras de recientes estudios sobre los lectores de prensa en Estados Unidos hacen temer lo peor. Los jóvenes han dado la espalda a los periódicos. De los ciudadanos entre 18 y 35 años, no llegan al veinte por ciento los que dicen que le echan siquiera una ojeada al periódico. La edad media del lector de diarios es de 55 años. Las perspectivas son aún más sombrías. Un estudio de la Carnegie Corporation indica que escasamente uno de cada diez norteamericanos menores de 35 años acudirá en el futuro a los diarios para enterarse de las noticias.
Uno de los fenómenos que más irritación produce al establishment periodístico es la proliferación de los blogs y su incidencia sobre la calidad de los productos informativos. El editor ejecutivo del NYT, Bill Keller, asimiló algunos de estos blogs francotiradores a sanguijuelas intelectuales. “Viven del trabajo concienzudo y paciente de los medios convencionales”, dijo en una polémica conferencia hace unos meses. No le falta razón, pero los diarios, aguzados por el instinto de supervivencia, han terminado albergando blogs. Profesionales que mantienen cierta desconfianza ante la fiabilidad del este nuevo periodismo admiten que la comunidad blogera ha sabido crear mecanismos de control y revisión para evitar el descrédito.
Los más optimistas creen que este clima de depresión pasará y que los periódicos renacerán, aunque admitan que tendrán que seguir profundizando en sus adaptaciones a los nuevos tiempos y a los nuevos gustos. Pero la nómina de optimistas se reduce a medida que pasan las semanas, aumentan los números rojos y bajan los precios de mercado de los diarios. Por eso, se empiezan a escuchar otras ideas.
Steve Coll, un prestigioso reportero del Washington Post, ahora en otros cometidos profesionales e intelectuales, ha hecho una atrevida propuesta para “salvar los diarios”: convertirlos en entidades non profit; es decir, sin ánimo de lucro. La apuesta de Coll ha generado un interesante debate en el New Yorker, otros de los medios de referencia de la intelligentsia neoyorquina. Coll reconoce, no obstante, que no está el horno para bollos, y que magnates como Buffet o Gates no se dejarán seducir fácilmente por la idea de liderar un histórico rescate de los diarios.
Sea viable o no, se agradece el esfuerzo de Coll por dar altura a un debate que no debe reducirse a los cálculos económicos. Jefferson, que fue político y editor de un diario, dijo que si le dieran a elegir entre un país con gobierno y sin periódicos y un país con periódicos pero sin gobierno, se quedarían con lo último.
La crisis económica ha operado en un sentido inverso: ha revalorizado la necesidad de un gobierno, pero ha puesto en evidencia a los diarios. Habrá que preguntar a Obama si tiene alguna idea para revivir el espíritu defendido por Jefferson.
La depresión económica ha impactado gravemente en la prensa.La caída en los ingresos por publicidad es la primera causa de esta crisis que amenaza convertirse en terminal. Por término medio, los diarios norteamericanos han perdido más del cuarenta por ciento de su valor en sólo tres años, según el experto Alan Mutter. En lo que va de siglo muchos diarios se han depreciado en la mitad de su valor, si no más, según estimaciones de los propios editores. No es raro que en menos de veinte años se hayan destruido la cuarta parte de los empleos periódisticos que existían en 1990.
Pero la crisis económica no es la única razón de la amenaza. Ni siquiera la más decisiva.
Algunos críticos creen que la pérdida de influencia de los periódicos se debe a su falta de credibilidad. Este declive viene arrastrándose desde hace mucho tiempo –décadas, según algunos estudios-, pero se ha visto agudizado en los últimos años.
El clásico Pew Research Center asegura que la satisfacción ciudadana con los medios informativos ha pasado del 85 % en 1973 a 59 % en 2002. El derrumbamiento se ha acelerado desde 1991, justamente cuando se enterró definitivamente la guerra fría.
En Estados Unidos, los diarios norteamericanos tienen poco de qué presumir. Incluso los más prestigiosos se han visto arrastrados por la propaganda que la administración Bush consiguió implantar en el sistema nervioso de la comunicación ciudadana. Después del 11 de septiembre, la fiebre patriótica que se apoderó del país y una política de destrucción de los derechos humanos y de los fundamentos del Estado de derecho encontraron escasos obstáculos en los medios. Y cuando algunos de ellos empezaron a reaccionar, ya se antojaba demasiado tarde.
Muchos periódicos se dejaron llevar por las soflamas proyectadas desde la FOX, la cadena de televisión de Murdoch, convertida en la televisión de cámara de la Casa Blanca. Incluso el NYT, poco sospechoso de connivencia con la administración Bush, se contagió sin embargo de un clima irracional que avaló la negligencia y toleró los abusos, en nombre de la seguridad nacional. El caso Miller–una intoxicación convertida en falsa información sobre el supuesto arsenal de destrucción masiva de Saddam Hussein- se ha convertido en unas de las páginas negras de la historia del diario neoyorquino.
La reacción contra esta derrota de la información veraz fue precisamente lo que alumbró el nacimiento de uno de los blogs liberales más influyentes del momento, el Huffington Post. Su fundadora, Arianna Huftington, litigó duramente contra el Times. Algunos van más allá y creen que puso las bases de un nuevo periodismo. Luego siguieron otros blogs de similar factura y semejante empeño: la refundación del oficio de informar, en un mundo distinto.
Esta es precisamente la tercera gran causa que explicaría la incierta permanencia de los periódicos en la UVI: el desafío de la tecnología digital. Los diarios convencionales no parecen preparados para dar una respuesta que les asegure la supervivencia.
Si bien es cierto que todos los grandes diarios cuentan ya con ediciones digitales potentes, su estructura de negocio es poco solvente. Las empresas periodísticas confiaron hace unos pocos años en que sus hijos de papel pudieran superar su debilidad a base de las transfusiones de sus hermanos digitales. Pero el remedio no se ha demostrado efectivo, hasta la fecha. Hace unas semanas, el Financial Times aseguraba que un abonado de un periódico generaba 1.000 dólares de publicidad anual, mientras un visitante de una página web no llegaba a seis.
Las cifras de recientes estudios sobre los lectores de prensa en Estados Unidos hacen temer lo peor. Los jóvenes han dado la espalda a los periódicos. De los ciudadanos entre 18 y 35 años, no llegan al veinte por ciento los que dicen que le echan siquiera una ojeada al periódico. La edad media del lector de diarios es de 55 años. Las perspectivas son aún más sombrías. Un estudio de la Carnegie Corporation indica que escasamente uno de cada diez norteamericanos menores de 35 años acudirá en el futuro a los diarios para enterarse de las noticias.
Uno de los fenómenos que más irritación produce al establishment periodístico es la proliferación de los blogs y su incidencia sobre la calidad de los productos informativos. El editor ejecutivo del NYT, Bill Keller, asimiló algunos de estos blogs francotiradores a sanguijuelas intelectuales. “Viven del trabajo concienzudo y paciente de los medios convencionales”, dijo en una polémica conferencia hace unos meses. No le falta razón, pero los diarios, aguzados por el instinto de supervivencia, han terminado albergando blogs. Profesionales que mantienen cierta desconfianza ante la fiabilidad del este nuevo periodismo admiten que la comunidad blogera ha sabido crear mecanismos de control y revisión para evitar el descrédito.
Los más optimistas creen que este clima de depresión pasará y que los periódicos renacerán, aunque admitan que tendrán que seguir profundizando en sus adaptaciones a los nuevos tiempos y a los nuevos gustos. Pero la nómina de optimistas se reduce a medida que pasan las semanas, aumentan los números rojos y bajan los precios de mercado de los diarios. Por eso, se empiezan a escuchar otras ideas.
Steve Coll, un prestigioso reportero del Washington Post, ahora en otros cometidos profesionales e intelectuales, ha hecho una atrevida propuesta para “salvar los diarios”: convertirlos en entidades non profit; es decir, sin ánimo de lucro. La apuesta de Coll ha generado un interesante debate en el New Yorker, otros de los medios de referencia de la intelligentsia neoyorquina. Coll reconoce, no obstante, que no está el horno para bollos, y que magnates como Buffet o Gates no se dejarán seducir fácilmente por la idea de liderar un histórico rescate de los diarios.
Sea viable o no, se agradece el esfuerzo de Coll por dar altura a un debate que no debe reducirse a los cálculos económicos. Jefferson, que fue político y editor de un diario, dijo que si le dieran a elegir entre un país con gobierno y sin periódicos y un país con periódicos pero sin gobierno, se quedarían con lo último.
La crisis económica ha operado en un sentido inverso: ha revalorizado la necesidad de un gobierno, pero ha puesto en evidencia a los diarios. Habrá que preguntar a Obama si tiene alguna idea para revivir el espíritu defendido por Jefferson.
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