PAKISTAN: EL GOLPE MAESTRO

18 de febrero de 2010

La impresión de que algo importante está cambiando en el conflicto de Afganistán parece abrirse paso. Estos últimos días, dos importantes acontecimientos han contribuido a reforzar esta tendencia: la ofensiva anglo-norteamericana en la provincia de Hellmand (uno de los feudos talibanes), en cooperación con fuerzas afganas (simbólicas militarmente, pero políticamente relevantes), y la detención del supuesto número dos talibán, el Mullah Baradar, efectuada por el servicio de inteligencia militar pakistaní.
El primer acontecimiento ha sido profusamente difundido en los medios occidentales y también en los españoles. Se ha presentado, en términos generales, como un éxito. Los talibanes se han visto obligado a retroceder. Lamentablemente, se han vuelto a provocar víctimas civiles, ya sean por error en las operaciones o por el uso, por parte de los taliban, de escudos humanos. Pero, el control informativo parece haber sido eficaz. Y, ¡por fin!, estamos ante resultados prácticos de la nueva estrategia norteamericana en Afganistán. No deberíamos llamarla “doctrina Obama”, sino más bien “doctrina McChrystal”, puesto que la operación responde con escrupulosa fidelidad al memorándum que el general norteamericano sometió al presidente el año pasado, obligándolo a acelerar una definición que se hacía esperar.Lo que el Pentágono, con el aval de la Casa Blanca, parece intentar ahora es demostrar que se puede hacer retroceder militarmente a los talibán; pero resulta para ello imprescindible ir estabilizando zonas mediante la consolidación de una administración civil potente y creíble, una fuerza armada disuasoria y una policía eficaz. Estamos, por tanto, ante una ofensiva combinada, militar y civil, internacional y local: la última baza para conjurar un fracaso que tendría incalculables consecuencias en la zona.El otro acontecimiento de la semana resulta menos transparente. El arresto del supuesto brazo derecho del enigmático Mullah Omar no ha provocado análisis coincidentes en los principales medios anglosajones. La detención se habría producido en Karachi, la gran ciudad portuaria meridional de Pakistán, de mayoría pashtun, rodeada por gigantescos poblados de chabolas abarrotadas de refugiados afganos, terreno muy propicio para alimentar la resistencia. Un lugar aparentemente seguro, después de la intensificación de las operaciones militares pakistaníes en los territorios fronterizos y, sobre todo, de la sabuesa persecución de líderes talibanes por los aviones norteamericanos pilotados a distancia.La gran cuestión es por qué ha decidido Pakistán detener ahora al mullah Baradar. En los medios occidentales circulan tres interpretaciones, no necesariamente excluyentes:1) Los militares pakistaníes han optado por ceder a la presión norteamericana, a sabiendas de que Washington se ha hartado de excusas o dilaciones. 2) La relación entre talibanes afganos y pakistaníes estaba empezando a convertirse en un quebradero de cabeza para Islamabad, con atentados y desafíos crecientes, y convenía un golpe de autoridad.3) Pakistán habría querido dejar claro que no se le puede marginar en la negociación con los talibanes, amparada por Washington, como actuación de reserva o complemento.En todo caso, estas interpretaciones están plagadas de numerosas incógnitas y contradicciones. Incluso, algunas consideraciones previas como la propia significación del Mullah Baradar. Es considerado unánimemente el número dos, el principal estratega militar y también político, encargado de coordinar la Shura de Quetta, una especie de Gobierno talibán en el exilio. Su fidelidad al Mullah Omar sería absoluta, en tanto Líder carismático y religioso, algo parecido a lo que es el ayatollah Jamenei en Irán. La detención habría supuesto un duro golpe a los talibanes. La presión para negociar podría convertirse en irresistible. Los militares pakistaníes conseguirían varios objetivos a la vez. Por un lado, demuestran a los radicales islámicos que tienen poder sobre ellos. Al mismo tiempo, mandan el mensaje a Washington de que no se les puede marginar de cualquier arreglo. Y, de paso, humillan un poco a Karzai, el más interesado en ignorar a sus vecinos. Con Baradar en una celda de alta seguridad pakistaní, los militares pakistaníes se aseguran el control. Sin embargo, otras fuentes, se atreven a sugerir que Baradar habría caído en desgracia ante su jefe religioso, por varias causas: no la menor, su apuesta por abrir la vía negociada, precisamente cuando arrecia la ofensiva del enemigo. Su condición de máximo responsable militar no sería contradictorio con esto, sino todo lo contrario: puede que sea el que disponga de la visión más realista, informada y pragmática de las posibilidades de resistencia, frente a la ofensiva decidida del Pentágono. En ese caso, o bien Pakistán quiere abortar su papel, o bien quiere controlarlo, para estar bien informado de los propósitos de Washington y Kabul.Pero si Baradar no ha caído en desgracia, entonces es posible que Pakistán esté haciendo un doble juego. Ante Washington, ofrece pruebas de que no compadrea con los talibanes , y que si no ha desarticulado antes su cúpula dirigente es porque no ha podido. Pero, al mismo tiempo, al detener a Baradar lo está protegiendo. Se asegura de que los aviones fantasma de Estados Unidos no lo cacen en cualquier momento, privando a los talibanes de su principal estratega. Y aunque los norteamericanos tendrán acceso a lo que pueda contar, no podrán eliminarlo. Pero, además, con Baradar neutralizado, la dependencia de los talibán con respecto a los militares pakistaníes se incrementará. Si en algún momento, han pretendido desarrollar una estrategia más autónoma, ahora les será más difícil. Si se reservaban datos importantes, ahora estarán a su alcance, porque Baradar no podrá resistir la imaginable presión a la que estará siendo sometido. Y algo más: aunque protesten, en privado y en público, a los militares pakistaníes les conviene que Washington crea que pueden hacer más de lo que hacen, que tienen más poder del que demuestran, que son imprescindibles. Por tanto, en cualquier lugar que se ponga el foco del análisis, parece que los militares pakistaníes han ejecutado un golpe oportuno, en el momento exacto. Naturalmente, habrían sopesado la evolución de los acontecimientos en Afganistán y las amenazas internas. Pero también otro factor que tienen permanentemente en la cabeza, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia: la rivalidad con la India. El arresto de Baradar se produce en víspera de la reanudación de las negociaciones bilaterales. Los atentados de Bombay arruinaron la ronda anterior. Estos días, otro atentado de similares características en la localidad india de Pune, puede desencadenar problemas, si aparecen indicios de oscuras complicidades de los servicios secretos de Islamabad. Los pakistaníes están interesados en negociar, porque les inquieta el acercamiento entre Washington y Nueva Delhi y les alarma que India incrementa su influencia en la zona cuando Estados Unidos se retire militarmente.

PD. Al cierre de este comentario, los servicios de inteligencia pakistaní han confirmado la detención de otros dos altos cargos talibanes afganos residentes en Pakistán. Se trata del Mullah Abdul Salam, el líder del grupo en la ciudad septentrional de Kunduz, y del Mullah Mohammed, responsable de la provincia de Baghlan.

UCRANIA: LA DEMOCRACIA, DESCOLORIDA

11 de febrero de 2010
Ucrania entierra su “revolución naranja” entre el escepticismo general, una crisis económica pavorosa y el descrédito creciente de su clase política. El ex dirigente comunista, Victor Yanúkovich, a quien la revolución democrática de hace cinco años le impidió acceder al poder tras una victoria que se consideró fraudulenta, se ha impuesto en las elecciones presidenciales por escasos tres puntos a la primera ministra en ejercicio, Yulia Timoshenko, la mejor parada del bando anaranjado de entonces.
Las jóvenes democracias en los antiguos países comunistas presentan signos inquietantes. Pero Ucrania se lleva la palma. Puede decirse sin apenas riesgo de exageración, que los políticos ucranianos han importado todos los vicios del sistema democrático y electoral al uso en Occidente y pocas de sus virtudes.
La victoria, a la segunda oportunidad, de Victor Yanúkovich es el resultado de una perseverancia inesperada, pero también de un calculado oportunismo. Al villano de 2004 se le dio prematuramente por muerto. Pero lo cierto es que supo mantener ciertas amistades imprescindibles para aguantar su maquinaria libre del óxido; en particular, el magnate local del acero ucraniano, con quien le une amistad e intereses jugosos. Sin poner en peligro su base tradicional en las regiones orientales y meridionales rusófonas, Yanúkovich se convenció de que tenía que enviar al trastero su imagen de proletariado convertido en patrón comunista a la vieja usanza. Contrató a asesores y estrategas electorales norteamericanos de cierta relevancia. Consiguió limpiar las causas de corrupción que ensuciaban su historial. Empezó a hablar en ucranio y no sólo en ruso. Abandonó las viejas letanías por los slogans publicitarios. Construyó un discurso europeísta. Todo este esfuerzo ha estado al servicio de una estrategia: deshacerse de su estigma de pro-ruso. Ha resultado vital convertirse en portavoz de los intereses de los potentados locales surgidos de la caída del comunismo, que ven a sus pares rusos como incómodos competidores. De esta forma, Yanúkovich ha logrado convertir en irrelevante el recurrente discurso de sus rivales sobre su obediencia ciega a Moscú.
Este giro de Yanúkovich ha sido, en realidad, el tiro de gracia a unos dirigentes políticos que se han estado cociendo en el fuego lento de la dura, ingrata e ineficaz gestión de la crisis desde sus incómodos puestos gubernamentales. Sólo en 2009, la economía ucraniana retrocedió un 15%, mientras, contrariamente a Occidente, avanzaba la inflación de forma alarmante.. El sector bancario está comprometido y las finanzas del país, debilitadas. Los créditos internacionales han quedado congelados.
El presidente saliente, Yúshenko, héroe de la revolución naranja, con su rostro atormentado por supuesto envenenamiento, cayó en primera ronda, reflejo de su imparable decadencia. Dijo en una ocasión, ya como presidente, que “odiaba la política” y la política seguramente no tendrá compasión histórica con su figura. No será el Vaclav Havel ucraniano.
Resistió mejor su primera ministra, la mercurial Yulia Timoshenko, a veces rival, a veces colaboradora. Su trayectoria refleja con gran fidelidad la inconsistencia de la democracia ucraniana. Las credenciales de Timoshenko resultan poco fiables. Sus cambios de alianzas, sospechosos. En un principio se acercó a Rusia para debilitar a Yúshenko, a quien luego le convino acercarse y al que ahora pretendía suceder como exponente más fidedigno de los valores occidentales. Sus intentos de repetir estos días la resistencia naranja, alegando fraude masivo, resultan desesperados. Primero, porque Occidente, a través de la OSCE (uno de los pocos vestigios del final de la guerra fría), ha sancionado la validez de las elecciones. Pero sobre todo, porque el éxito de la convocatoria se antojaba más que dudoso. Ni el horno social estaba para happenings democráticos de ese estilo, ni las arcas de su partido podían esperar generosas contribuciones occidentales como en 2004.
Conviene recordar cómo se “vendió” aquella “revolución democrática” ucraniana. Por pereza o por la acumulación de prejuicios más o menos conscientes, los medios occidentales dividieron el país entre buenos y malos, entre demócratas y comunistas camuflados, entre pro-occidentales y pro-rusos. A los primeros les atribuían ingenuidad y autenticidad y a los segundos los presentaban como puras marionetas de Moscú y de los viejos aparatchiks locales reconstituidos. Algunos medios, pero pocos, desvelaron los apoyos económicos, técnicos y mediáticos que el bando “demócrata” recibió, y el generoso soporte que los abanderados naranjas obtuvieron para mantener, durante tantos días, los campamentos de la resistencia democrática en la plaza central de Kiev.
Las aspiraciones de libertad y justicia de miles de ciudadanos eran legítimas y merecían una sincera simpatía. Pero su estrategia estuvo en cierto modo colonizada por poderosos intereses exteriores que contemplaban las elecciones de Ucrania como una pieza más en el ajedrez de contención de la Rusia de Putin, crecientemente temida en Occidente. Ucrania importaba –e importa- en Occidente, porque se trata de un gigantesco territorio de paso para el gas ruso con destino a Europa. Las tensiones entre Moscú y Kiev inquietaban en las cancillerías europeas, porque el corte del suministro del gas ruso para presionar a las autoridades ucranias dejaba a las ciudades europeas tiritando de frío y a sus economías bajo la amenaza de colapso.
Ahora, cinco años después, Occidente le ha vuelto la espalda a esa revolución que se ha derrotado a sí misma. A la espera de que se resuelvan sus abrumadores problemas económicos. Las puertas de los clubes (UE, OTAN, FMI) están cerradas. El dinero extranjero ha huido. “Ucrania es un país olvidado”, dice el semanario alemán DER SPIEGEL. Los próximos meses serán más que difíciles. Por de pronto, asistiremos a una complicada cohabitación entre Yanúkovich en la presidencia y Timoshenko al frente del gobierno. En caso de que la segunda abandone para proteger desde la oposición su futuro político, al primero le resultará complicado formar una mayoría estable en el Parlamento, teniendo en cuenta lo estrecho de su victoria y la volatilidad de las alianzas políticas.
Los medios anglosajones prefieren, sin embargo, ver el vaso medio lleno. THE TIMES considera que, pese a todo, Ucrania preserva la democracia, “con imperfecciones pero con transparencia y alternancia pacífica del poder”. El NEW YORK TIMES sostiene Ucrania se mantiene como ejemplo para las antiguas repúblicas soviéticas. Y THE GUARDIAN afirma que el problema del país es de liderazgo, no de sistema. Pero todos admiten el descontento popular y reconocen que si no es capaz de mejorar el nivel de vida de los ucranianos, esta democracia que ahora ha perdido el color pronto puede entregar su alma.

UNA DÉCADA PERDIDA (O DOS), DE ANTEMANO

4 de febrero de 2010

La falta de coraje en las políticas transformadoras y el catastrofismo propagandístico de los corresponsables de la actual crisis están sembrando un inquietante pesimismo en Estados Unidos y, por simpatía, en Europa.
El discurso del Estado de la Unión ha resultado menos eficaz de lo que esperaba la Casa Blanca. A nadie debería haber sorprendido la escasa generosidad de los republicanos, que, en líneas generales, han respondido a la mano tendida del Presidente con una actitud desconfiada, despectiva o desmesuradamente exigente. Pero, nuevamente, lo que más debe inquietar a Obama es la tendencia al pánico de sus compañeros demócratas, que han demostrado en el largo proceso de la reforma sanitaria su fragilidad política.
No le ha ayudado a Obama la presentación, a primeros de semana, del proyecto de Presupuesto para el ejercicio fiscal 2010-2011. El equipo de asesores presidenciales no ha podido esquivar los ribetes más negros, en las previsiones a largo plazo que este tipo de documentos suelen contener. La administración propone al Congreso incrementar el gasto en políticas activas de empleo, por valor de 250 mil millones de dólares, reunidos los diferentes programas. Esto se combina con recortes en partidas de menor impacto social o de seguridad. Los estímulos, podrían ser claramente insuficientes. Lo advierten desde la izquierda, pero también desde una cierta neutralidad algunos economistas clásicos. Como ha ocurrido con lo invertido durante el primer año de mandato. El problema es que la oposición –política y mediática- clama por los empleos pero profiere gritos de alarma por el déficit… El perro del hortelano….
Tanto ha arraigado el pesimismo en Washington, que el principal corresponsal político del NEW YORK TIMES, David Sanger, se permitía dudar de la capacidad de Estados Unidos para ejercer el liderazgo propio de su condición teórica de superpotencia durante al menos…¡veinte años! En su editorial, el diario neoyorquino apostillaba: En definitiva, el establishment mediático de Washington anticipa que estos primeros diez años del siglo XXI serán, casi irremisiblemente, una década pérdida para Estados Unidos. De lo que se deduce, sin exagerar, que entramos en un siglo que no será, definitivamente, norteamericano.
Joseph Stiglitz cuenta en uno de sus libros sobre la gestión económica de Clinton, en la que fue durante un tiempo responsable del Consejo de asesores económicos, cómo los republicanos, atrincherados en su creciente mayoría parlamentaria, impusieron a la Casa Blanca una política restrictiva que terminó estallándole a su sucesor. La presidencia de Clinton acabó con superávit, a base de renunciar a reformas estructurales que el país lleva década retrasando. Paradójicamente, cuando se instalaron en el despacho oval, los republicanos practicaron todo lo contrario de lo que impusieron a Clinton, aunque con finalidades distintas.
Inspirándose en el ejemplo de Reagan (menos impuestos a los ricos, gastos fabulosos en seguridad y defensa), W.Bush fué acumulando un déficit monstruoso, sin que ello repercutiera lo más mínimo en la prosperidad de los norteamericanos menos favorecidos. Todo lo contrario. Las diferencias sociales en Estados Unidos han aumentado alarmantemente en los últimos treinta años; y exponencialmente entre 2001 y 2008. El despilfarro alimentado por el síndrome del 11-S y por las ideologías neoliberales antiigualitarias le han estallado definitivamente a Obama, que no tendrá más remedio que incrementar el déficit en 120 mil millones de dólares más, sólo este año, hasta alcanza un total de 1,3 billones.
Obama, en uno de sus escasos guiños partidarios durante el discurso del Estado de la Unión, denunció la irresponsabilidad de su antecesor y acólitos en esta materia: “la administración y el legislativo anteriores aprobaron reducciones fiscales masivas para los ricos y asignaron fondos a dos guerras, sin pagar por nada de ello”. Y, sin embargo, el actual presidente dejara que estas injustas políticas fiscales expiren. En SLATE, Daniel Gross documenta cómo los ingresos de esos ricos beneficiados por Bush, los que ganan más de 250.000 dólares anuales, quintuplica la renta del americano medio. De ahí que sea imperativo activar las cargas fiscales en ese tramo. Pero como dice William Greider en THE NATION, “los congresistas demócratas y Obama hacen frente a un dilema muy penoso: para sintonizar con el descontento popular tienen que morder la mano que les ha dado de comer” (por sus generosas contribuciones de campaña).
Sanger compara la decadencia norteamericana con la japonesa y acentúa lo inquietante que resulta que la estabilidad financiera del país dependa de los prestamistas chinos. En repetidas ocasiones durante los últimos meses, los nuevos mandarines se han venido mostrando enormemente preocupados por el déficit de sus acreedores. Eso sí, sin modificar apenas su política monetaria y comercial, que ha contribuido a agravar la situación. En esa clave de irreversible desplazamiento del centro de gravedad mundial hay que entender la decisión de Obama de no visitar este semestre Europa, durante la presidencia española, y no en una desatención política o diplomática. Por mucho que el actual presidente quiera alejarse de la arrogancia de su predecesor, lo cierto es que sus asesores no perciben grandes resultados de la “reconciliación con la vieja Europa”, ya sea en la provisión de tropas para Afganistán, la acogida de presos de Guantánamo, la reforma del sistema financiero, el embrollo medioambiental, etc.
Cuando Sanger y otros hablan de la incapacidad de Estados Unidos para seguir comportándose como una (única) potencia global, están reflejando el creciente temor de las élites políticas, económicas y militares a, entre otras cosas, perder las guerras en curso, no tanto por inferioridad militar frente al adversario, cuanto por los cuellos de botella que se perciben en su sostenimiento. Por supuesto, los agobios financieros no han surgido de la noche a la mañana, pero cada día que pasa se hace más exigente el empeño de acortar los conflictos bélicos, los de “necesidad” o los “elegidos”. A algunos les ha resultado chocante que los altos mandos militares responsables de la campaña “afpak” hayan reaparecido públicamente para avalar las negociaciones con los talibanes (con los dóciles o con los mercenarios), para superar la contienda. No es que Estados Unidos no pueda ganar esa guerra, que cada vez parece eso más claro. Es que no puede pagarla por mucho tiempo. Y si lo hace, el precio puede resultar insoportable.

DESPUES DEL MALDITO PRIMER AÑO….

28 DE ENERO DE 2010

El Presidente Obama se sintió a gusto en su primer discurso sobre el Estado de la Unión. Ese acontecimiento es el acto litúrgico más relevante de la política norteamericana, después del Inauguration Speech (el discurso de toma posesión del cargo presidencial).
A Obama le hacía falta la ocasión. Hubiera sido catastrófico que no aprovechara la oportunidad para restablecer su capital político. Era una apuesta segura, si tenemos en cuenta sus dotes oratorias. Sólo una breve valoración sobre la forma para luego entrar en el fondo. Obama ha saboreado su apabullante dominio de la escena. Es difícil recordar un político norteamericano (o mundial) reciente con más sabiduría y habilidad para dirigirse a un auditorio, por muy experimentado, o cínico, o incluso hostil que pueda llegar a ser. Obama ha deleitado a propios, cortejado a ajenos y seducido a todos. Más por sus “puestas” que por sus propuestas. Serio y simpático, solemne y distendido, cercano y responsable…. Cada perfil en el momento justo y con el timing lindando la perfección…
El discurso recupera el espíritu heroico, convocatorio y entusiasta de la campaña de 2008 Y, a pesar de todo, Obama no ha dejado por ello de ser menos vulnerable de lo que se ha manifestado desde el verano para acá. El presidente ha leído el guión de la calle (también, claro, de los bustos parlantes televisivos, de los town halls mas efervescentes que nunca, de los intérpretes de opinión) para codificar un nuevo grito de combate “More jobs” (Más empleos). Nada original, por supuesto. Es lo que prometen con desesperada pasión todos los gobernantes del mundo. Pero ninguno lo dice como Obama, seguramente. Tampoco ha eludido un medido populismo, cuando ha defendido su proyecto de atar corto y gravar oportunamente a banqueros y demás criaturas mutantes de las finanzas, cuya suerte ha situado en un camino opuesto al de pequeños empresarios y clases medias trabajadoras.
Algunos editoriales y bloggeros han querido ver un quiebro táctico de Obama en el discurso. ¡Adiós a la reforma sanitaria, bienvenido el empleo! (véase el LAT, el TIME y algún otro diario europeo (socialdemócrata, curiosamente). No es así, en realidad. Lo que ocurre es que los llamados pundits (los sabiondos, los expertos de la opinión), habían previsto la rendición de Obama en ese campo. Y no se ha producido el fenómeno de la autoprofecía cumplida. El presidente, con gesto serio pero amable, ha dicho a republicanos y demócratas que “nunca hemos estado tan cerca de conseguir mejorar nuestro sistema sanitario: no abandonemos ahora”. Nada de huidas, ni renuncias. Esas palabras no han sido incorporadas, aún, al vocabulario político de Obama.
Cierto es que se ha abstenido de ser más preciso sobre el camino a seguir. Y, lo que es más preocupante, el asunto ha perdido la etiqueta de máxima prioridad. La autocrítica se ha limitado a los aspectos de comunicación, no al fondo. Obama ha depurado su conocida habilidad para dejar todas las puertas abiertas sin cerrar ninguna. Pero las corrientes de aire le han provocado constipados políticos incómodos. Cada ronda negociadora que revise el actual proyecto ya aprobado en el legislativo debilitará la reforma. Y si los republicanos se dan cuenta de que el presidente pone el acuerdo a toda costa por encima de una reforma verdadera, apretará hasta convertir el fracaso definitivo en inevitable, como le advertía recientemente Paul Krugman. En ello insiste el editorial urgente del NEW YORK TIMES.
En la lógica de aspirar a colocarse por encima de las divisiones y fracturas ideológicas (una de las pocas características de Obama que resultan poco originales), el presidente ha insertado la reducción del déficit público entre las prioridades de su mandato. Pero no enseguida, ha anunciado. El año que viene. Si la lucha contra el desempleo da frutos, la recuperación económica se confirma y los caudales públicos se restablecen. Sin compromisos concretos. Ese reproche lo encontramos en los primeros comentarios de opinión de la prensa conservadora o del establishment. Obama se ha permitido recordar la desastrosa herencia de Bush. Ha sido uno de sus pocos momentos partidistas. El otro, cuando ha animado a sus compañeros del banco demócrata a no dejarse ganar por el pánico tras la dolorosa derrota en Massachusetts. “Disponemos de la mayoría más amplia en décadas, don´t run for the hills” (algo así como “no corráis a esconderos en el monte”). Merece la pena contemplar el gesto y tono de Obama cuando pronunciaba estas palabras: cercanía y protección, para animar a unas huestes muy propensas al desconcierto cuando se complica el panorama.
Con respecto al cuarto asunto de la noche, la seguridad nacional y la guerra contra el terrorismo internacional, Obama ha sido muy cauteloso. Nada de resbalones en este terreno, escurridizo como pocos. Con el culebrón de patinazos y correcciones de las fiestas navideñas ya es bastante. El presidente no oculta su deseo de superar los escenarios bélicos para consagrarse a mejorar la calidad de vida del pueblo americano. La complicación en Afganistán y Pakistán le ha irritado profundamente y no ha necesitado más tiempo del esperado para construir un discurso coherente. No está claro que lo tenga fijado, ni que sus colaboradores hayan resuelto sus diferencias. El gran riesgo es que, falto de una dirección clara, Obama se vea obligado a asumir cálculos, errores y excesos poco reconocibles en su ideario político. En los temas internacionales, la retórica de Obama pierde eficacia (ahí está Oriente Medio).
Después del maldito primer año que ha lastrado el mandato de no pocos presidentes en Estados Unidos, Obama debe tener muy en cuenta que el subidón de popularidad que seguramente le proporcionará su sobresaliente actuación nocturna del miércoles puede tener el mismo efecto que la espuma o que un sedante. Una de sus frases mejores, por clarividentes, es la siguiente: “Nunca pensé que el cambio fuera a resultar fácil…. Pero yo no abandono”. Si Obama ha querido decir lo que los progresistas norteamericanos desean que haya querido decir, hay motivos para mantener el espíritu afirmativo que lo llevó a la Casa Blanca (“Yes, we can”). Hace unos días, Obama dijo en la cadena de televisión ABC que prefería ser presidente brillante de un solo mandato que un mediocre presidente durante ocho años. Es un mensaje contra el miedo. El miedo a perder, el miedo a fracasar, el miedo a un sistema que actúa implacablemente contra el cambio. Coherencia y firmeza en este sendero, le reclaman desde la izquierda (John Nichols, en THE NATION; Jonathan Cohn, desde THE NEW REPUBLIC).
Obama sigue mereciendo la confianza de los más desfavorecidos y de los más combativos. Confianza crítica, basada en las convicciones profundas, pero también en la inteligencia que se necesita para defenderlas bien. Pero es preciso no confundir confianza con ilusiones. Y sirva esto de reflexión final: la responsabilidad de que este primer año de Obama puede parecer algo fallido (maldito) no es atribuible sólo a él o a sus acciones de gobierno. También a quienes sobrecargaron las expectativas. Contra la tentación de profundizar en la decepción, más atención a Obama y menos al “obamismo”.

CHILE: VICTORIA NECESARIA, DERROTA CONVENIENTE

22 de enero de 2010

La derecha pura y dura vuelve al poder en Chile. Cuelga los uniformes y despliega traje de lujo. Entierra la acritud y proyecta la seducción. Veinte años después, liquida la herencia del general y cabalga a lomos de una de las fortunas más rutilantes (y polémicas) del país. Chile se prepara para vivir, de alguna manera, una segunda transición.
El triunfo de Piñera es, inequívocamente, la derrota de esa fórmula llamada Concertación. Un pacto de centro-izquierda que ha agotado todas sus fases imaginables: de la necesidad original, a la conveniencia posterior, el oportunismo subsiguiente, el desmayado anquilosamiento, la prolongada decadencia y la crisis anunciada. Hace un año, desde Chile, escribía en un comentario para SISTEMA que la Concertación había cumplido y agotado su misión y que resultaba ya impostergable para la izquierda pensar, construir e implementar nuevas fórmulas, renovadas estrategias.
Por eso mismo, perder las elecciones no debe ser contemplado como una catástrofe. Ni el previsible divorcio entre los distintos grupos de la Concertación (pero sobre todo de sus fuerzas mayores, democristianos y socialistas), vivirse como una tragedia. Contrariamente a lo que algunos analistas han sostenido, no ha sido la división lo que ha motivado la derrota, sino la descomposición interna del proyecto, su envejecimiento político. La irrupción de Marco Enríquez-Ominami como expresión de un cierto descontento por la esclerosis del sistema político tampoco debe sobrevalorarse. Este disidente socialista, hijo de un militante antifascista y guerrillero del MIR, tuvo la virtualidad de acelerar el tránsito intestinal de una pesada digestión. El veinte por ciento que obtuvo en primera vuelta permitió, ciertamente, que se creara un impulso favorable a Piñera. Pero el propio Ominami se descolgó días antes de la última ronda con el anuncio de que votaría a Frei, para no facilitar el triunfo del candidato conservador, pero sin demandar expresamente a sus seguidores o simpatizantes que hicieran lo mismo. Es probable que pretendiera poner a buen recaudo su futuro político y verse libre de acusaciones de complicidad involuntaria con la derecha. En todo caso, a corto plazo, el globo Ominami ha caído a tierra: su formación no obtuvo representación parlamentaria y tendrá que pelear duro para seguir políticamente vivo.
Lo que ahora necesitan las fuerzas progresistas chilenas es paciencia e inteligencia. Ni siquiera deben sentirse obligados a una oposición urgente. Entre otras cosas, porque la Concertación mantiene la mayoría en el Senado, lo que le otorga cierto poder de bloqueo. Por otro lado, es más que probable que el peor enemigo de Piñera sea él mismo. Con sus armas de seductor, disfrutará de un periodo de gracia indudable. Pero habrá que ver hasta cuando e capaz de controlar su discurso. De momento, en su saludo de victoria ya deslizó su primer exceso verbal al proclamar que pretendía hacer de Chile “el mejor país del mundo”. El populismo de derechas es más resultón que el de izquierdas, porque tiene propagandistas más versados. Pero sigue siendo populismo y muere de los mismos defectos.
Por lo demás, su mensaje de unidad nacional y de conciliación se verá pronto confrontado a su programa real de gobierno. Piñera tiene el banquillo de cargos potenciales lleno de los productos de la cantera autoritaria que pusieron rostro tecnocrático a la dictadura pinochetista. Una segunda generación de cachorros neoliberales aguarda su oportunidad, lo que no quiere decir que éstos hayan estado inactivos durante los años de la Concertación. Como suele ocurrir con las propuestas liberal-conservadoras, hay un programa público y una agenda menos visible. No resulta demasiado consistente afirmar que se van a mantener o incluso aumentar los programas sociales y reducir el gasto público sólo siendo más eficaces.
Las promesas de crear empleo (un millón de puestos de trabajo), proporcionar viviendas asequibles (más de medio millón), ampliar la sanidad (diez nuevos hospitales), generalizar la sociedad de la información (Internet en las escuelas), combatir la inseguridad ciudadana, etc. están orientadas a las clases medias y populares. Pero por debajo, se apuntan otras medidas menos amables o con menor gancho electoral. La izquierda teme un replanteamiento neoliberal del mercado aboral y la privatización progresiva de la empresa nacional del cobre, entre otras menos evidentes.
Otro problema de primer orden para Piñera será la conciliación de sus negocios privados con los intereses públicos. Ciertas prácticas empresariales dudosas, cuando no irregularidades flagrantes, persiguen a Piñera hasta el origen mismo de su fortuna, bajo la cálida protección de la dictadura. Y por mucho que el presidente electo haya descalificado las denuncias refrescadas durante la campaña como trucos persecutorios, no es descartable que se le atraganten en momentos delicados de su mandato, o al primer error de bulto. Al estilo Berlusconi. Menos histriónico, tal vez, pero sólo hasta cierto punto. Su entorno más próximo está lleno de figuras inquietantes. Como su propia esposa, la exuberante Cecilia Morel, que ha dado no pocos titulares por la cierta obscenidad con la que suele evidenciar la insensibilidad propia de las clases ultrapudientes chilenas. O su hermano, notable exponente de la vida frívola, al que se ha oscurecido completamente en campaña, pero que puede emerger en el momento más inoportuno.
El cambio en Chile también tendrá consecuencias regionales. El campo progresista se debilitará un poco, en beneficio del conservador. Sus amigos personales, Calderón y Uribe (que difícilmente se resistirá a la tentación del tercer mandato), serán en lo sucesivo sus aliados políticos preferentes. Lula se quedará solo en la tarea, hasta ahora compartida con Bachelet, de anudar un cierto diálogo regional entre ambos polos políticos latinoamericanos. El choque entre dos estilos tan diferentes de populismo como representan Piñera y Chávez puede deparar entretenidos espectáculos diplomáticos. Resultará también interesante contemplar cómo se desenvuelve el diálogo siempre crispado con los vecinos, Bolivia y Perú, por las sempiternas y un tanto rancias disputas territoriales.
En definitiva, las elecciones en Chile destilan una especie de coherencia histórica. Unos necesitaban la victoria y a otros le convenía la derrota. La derecha necesitaba este triunfo en las urnas para celebrar su entierro pendiente de Pinochet, conjurar sus complejos de escandalosas complicidades con la dictadura y legitimar su proyecto político futuro. A la izquierda le convenía objetivamente perder para cancelar sus hipotecas y superar sus miedos, desembarazarse de sus ataduras y recuperar su autonomía, hacer autocrítica tranquila y restablecer alianzas con los sectores sociales a los que la democracia no ha hecho del todo justicia.

MÁS QUE UNA DERROTA PARCIAL

20 de enero de 2010

La derrota de los demócratas en las elecciones para cubrir la plaza en Massachusetts que dejó vacante por fallecimiento Edward Kennedy no sólo complica la aritmética política del presidente en el Senado, sino que arrastra un potencial devastador para la percepción pública del liderazgo de la Casa Blanca. Los republicanos no podían haber tenido un escenario más propicio para proyectar una sensación de creciente debilidad política de Obama.
Las elecciones suponen una bofetada póstuma para Ted Kennedy puesto que la reforma del sistema de salud puede peligrar al haber bajado los demócratas del umbral de sesenta senadores, la mayoría necesaria para sortear las maniobras filibusteras de bloqueo al que pueden acudir los republicanos. Una sanidad más robusta y sólida fue probablemente el proyecto más apreciado por el menor de los Kennedy a lo largo de su carrera política. Resulta irónico que el escaño que él ocupó durante décadas pueda servir ahora no para consolidar ese avance social, sino para obstaculizarlo o para favorecer nuevos recortes, como parece que ya está considerando Obama, según últimas informaciones.
Pero además, ese pequeño estado del nordeste de Estados Unidos no era sólo el feudo de los Kennedy, sino el bastión más sólido del Partido Demócrata, incluso en los peores tiempos. Como se ha recordado estos días, fue el único estado en el que el candidato de la izquierda demócrata, Mc Govern, ganó a Nixon en las elecciones de 1972.
Obama resulta también perdedor indirecto ya que se comprometió activamente en el tramo final de la campaña de la candidata demócrata derrotada, Martha Coackly. El pasado verano, los mítines y actos públicos sobre la reforma sanitaria fueron dominados por la derecha republicana y la imagen de Obama se resintió. Las elecciones parciales subsiguientes han ido evidenciando síntomas de debilidad presidencial en la opinión pública. Obama está siendo derrotado donde era más fuerte: en la capacidad de generar confianza. El impacto de la derrota de Massachusetts puede inducir al pánico entre los demócratas que se someten al veredicto de las urnas el próximo mes de noviembre. El síndrome de los perros azules –los congresistas demócratas temerosos de plantear profundas reformas de contenido social- puede agravarse. La derecha republicana va a presionar para erosionar la credibilidad del Presidente en las estrategias de superación de la crisis. Todo el arsenal mediático está engrasado y pronto alcanzará velocidad de crucero. Ni siquiera se evitarán excesos propagandísticos como fantasear con el flamante senador elector por Massachusetts, Scott Brown, como posible candidato a la Casa Blanca en 2012. Brown, todavía en una nube, no tuvo empacho en denunciar que “la agenda de los demócratas consiste en subir los impuestos, arrebatarnos nuestra sanidad y dar nuevos derechos a los terroristas”. Basura. Pero puede funcionar en un clima de pesimismo y manipulación.

MEXICO: DESAFIO A LA DEMOCRACIA

14 de Enero de 2010
México está instalado en una pesadilla que no tiene fin. El poder del narcoterrorismo ha superado las fronteras de la peligrosa delincuencia organizada, con su amenaza constante de violencia y desestabilización social, para convertirse en un auténtico desafío al propio sistema democrático. Desgraciadamente, las recientes caídas de algunos de los más terribles criminales no anticipan una mejora sustancial del clima de terror y salvajismo en el que parece sumida la república a lo largo de la presente década.
Sólo en los tres años de gobierno del Presidente Calderón, han muerto en el país, como consecuencia de la violencia narcoterrorista, más de 15.000 personas. El año que acaba de concluir ha sido especialmente sangriento, con más de 6000 víctimas mortales. De esta forma, los carteles de la droga, convertidos en auténticos grupos paramilitares, han respondido a la ofensiva que Calderón inicio al comienzo de su mandato para frenar una escalada que no había dejado de crecer durante los sexenios de sus tres antecesores.
El recrudecimiento de la violencia practicada por los carteles de la droga tiene dos motivaciones. Primero, responder al desafío del gobierno de forma contundente para hacer fracasar la estrategia de fuerza. Segundo, ganar posiciones en el interior de la constelación delictiva para fortalecer las estructuras propias frente a las de sus rivales.
En su documentado e imprescindible estudio sobre la naturaleza y evolución del fenómeno narcoterrorista en México, Jean-Françoise Boyer sostiene que la contienda del Estado contra las bandas de traficantes es una “guerra pérdida”, debido a distintos factores, a saber:
- la corrupción proverbial de la policía y las fuerzas de seguridad, debido a los bajos sueldos y a deficientes condiciones de trabajo, que convierte a los agentes en presa fácil de los millonarios delincuentes.
- la ceguera de las autoridades ante el crecimiento del fenómeno, lo que llevó a una intervención tardía y luego precipitada e irreflexiva, ante la presión del poder narco.
- la militarización de las estructuras de protección y ofensiva de las organizaciones mafiosas, facilitada tanto por la abundancia de recursos financieros como de la gran disponibilidad incontrolada de armas en el cercano mercado norteamericano.
- la extensión de la corrupción al espacio institucional, con ramificaciones claras y comprobadas en la dirección de los tres partidos nacionales, en ayuntamientos y gobiernos regionales
- la desintegración acelerada del tejido social, agravada por el impacto de la crisis económica, los efectos devastadores para la agricultura del Tratado de Libre Comercio (lo que aumenta el acicate para el cultivo de marihuana y amapola en campos que, de otra forma, estarían arruinados), y el fortalecimiento de una economía sumergida sostenida por los fondos del narcotráfico, que, según propias estimaciones oficiales (y, por tanto, conservadoras) supera los 20.000 millones de dólares anuales, cifra similar a la que representan las remesas de los emigrantes o los ingresos por turismo.
Ante este panorama, el gobierno considera que su estrategia de lucha frontal puede resultar efectiva a medio plazo, aunque haya que soportar pruebas durísimas. Una de las principales decisiones del Presidente Calderón consistió en implicar directamente a los militares en la lucha contra el narcoterrorismo. Más de cuarenta mil soldados y oficiales de los tres cuerpos armados han sido movilizados en los últimos tres años. La penetración mafiosa en la policía había alcanzado tal altura y profundidad que las estructuras de seguridad civil convencionales habían perdido toda credibilidad y solvencia. Las Fuerzas Armadas no ha perdido aún la confianza de la población. De hecho, se vieron obligadas a desarmar y desmantelar a las policías locales y regionales en nada menos que diez estados de la unión.
No obstante, se aprecian ya grietas inquietantes en los institutos armados. La propia Secretaria de Defensa reconoce que las deserciones van en aumento. Por ofrecer sólo un dato oficial, en la primera mitad de 2009, dejaron la milicia alrededor de 30.000 efectivos. Lo peor es que algunos de ellos se cambiaron de bando. De hecho, una de las organizaciones narco más temida, los “Zetas” (brazo armado del Cartel del Golfo) cuentan en su dirección con algunos “gafes” (exagentes de las fuerzas especiales y otras unidades militares de élite), formados en la técnica de contrainsurgencia y con un abrumador poder de fuego. Los Zetas entrenaron a unidades de combate del potente cartel de Michoacán, en un momento en que trabajaban como aliados. Posteriores acontecimientos los han convertido en rivales y han tenido no pocas ocasiones de medir su fuerza y su brutalidad (salvajes torturas, decapitaciones, disolución de las victimas en ácido, etc.). Otro elemento de preocupación con respecto al Ejército son las denuncias de actuaciones propias de guerra sucia realizadas por algunas unidades militares, ya sea como represalia o como advertencia disuasiva.
La operación contra Arturo Beltrán Leyva, el jefe del cartel de Sinaloa, uno de los tres más poderosos del país, a mediados de diciembre, desencadenó un clima de optimismo… o al menos de esperanza sobre el debilitamiento de este clan mafioso. Se coronaba un año de “éxitos” en la lucha contra esta delincuencia, con nueve mil mafiosos detenidos o muertos. Pero, como ya advirtió en su momento el propio Procurador (Fiscal) General de la República, Arturo Chávez, la población debía prepararse para una represalia feroz. Así fue. Los sicarios de Sinaloa irrumpieron en la casa de uno de los marinos que había muerto durante la operación policial y asesinaron a casi todos los miembros de su familia, mientras dormían. Lo mismo puede temerse ahora, con la detención de uno de los principales capos de Tijuana.
La pesadilla narcoterrorista está creando también otro problema estratégico para Méjico: el agravamiento de las tensiones con Estados Unidos. México sostiene, con razón, que parte del problema reside en Estados Unidos y que las autoridades norteamericanas deberían actuar con más contundencia. Obama lo ha admitido sin reservas en el primer encuentro oficial con Calderón y Hillary Clinton ha sido especialmente explícita sobre los deberes que su gobierno tiene pendientes. Los factores de preocupación son tres:
- El primero, el esencial para los narcos: la demanda incesante de narcóticos. Estados Unidos absorbe el 40% de la cocaína que circula en el mundo. Los narcotraficantes mexicanos controlan el 70% del comercio de estupefacientes en el vecino del norte, según datos internacionalmente acreditados.
- El segundo es la corrupción, ese cáncer que ha destruido el sistema policial mexicano está empezando a penetrar con fuerza también en su homólogo del norte. Según datos del FBI, los casos de agentes comprados por las mafias (ya sean de la droga o de la inmigración, no necesariamente distintas) han aumentado en un 40% en la policía fronteriza. Como ocurre con sus colegas mejicanos, los agentes se ven tentados por dinero relativamente fácil y, sobre todo, rápido. Algunos casos recientes han sido especialmente sonados han sido recreados en por la prensa norteamericana.
- y finalmente, como antes hemos mencionado, el abundante e incontrolado mercado de armas, sin el cual los narcos no hubiera adquirido por su temible poder militar del que gozan en la actualidad.
Todo indica, pues, que nos encontramos en un momento crucial para el futuro de la democracia en México. Algunos analistas norteamericanos ya han dicho que este desafío no es menor que Estados Unidos tiene en Afganistán, otro narco-Estado, si, pero a miles de kilómetros de distancia.