OBAMA Y LA AMENAZA FANTASMA

11 de Septiembre de 2014
                
El Presidente Obama ha confirmado este miércoles la adopción de una "estrategia antiterrorista global y sostenida", basada en una "campaña sistemática de bombardeos aéreos" en Irak y Siria, con el "claro objetivo" de "debilitar y finalmente destruir" al Estado Islámico. Parece confirmarse, por tanto, una cierta rectificación de la Casa Blanca, aunque no tan radical como preconizan los partidarios de una respuesta militar contundente a la supuesta amenaza terrorista.
                
EL RESISTIBLE ASCENSO DEL 'ESTADO ISLÁMICO'
                
Hay un cierto aire de exageración en la presentación del peligro 'yihadista'. Ya ocurrió con Al Qaeda, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. Pero se repite ahora con el Estado Islámico, convertido por numerosos dirigentes, expertos, académicos y medios nada menos que en una "amenaza para los intereses vitales de Occidente".
                
No parece haber demasiados motivos para creer tal cosa. Ni siquiera están justificados los temores de una desestabilización regional. Tampoco resulta  razonable que la seguridad de los ciudadanos norteamericanos o europeos esté más comprometida por las victorias ocasionales, parciales y temporales de estos  nuevos 'caballeros negros' del extremismo islámico en remotas y aisladas regiones de Irak y Siria.
                
¿A qué viene entonces esta alarma, esta escalada militar?
                
Ciertamente, esta organización surgida de sucesivas discrepancias y escisiones en el movimiento islámico extremista se ha consolidado como heredera indiscutible de la debilitada Al Qaeda. Después de completar el control de un tercio de Siria, aprovechando la división, debilidad y desorganización de la oposición armada  y las limitaciones de resistencia y contraofensiva del régimen alauí, el EI se sintió fuerte para consolidar sus bastiones en el oeste y centro de Irak y, este verano, conquistar Mosul un núcleo petrolero clave. La subsiguiente proclamación del 'Califato' no pasó de ser una operación más o menos eficaz de propaganda.
                
Estas victorias desencadenaron un cierto pánico, justificado hasta cierto punto en las élites iraquíes, entre otras cosas por su incapacidad para afrontar un enemigo claramente inferior, se diga lo que se diga, en efectivos, recursos y apoyos. Pero resulta difícil aceptar, con un mínimo de espíritu crítico, que varios millares de fanáticos representen un peligro para la seguridad occidental.  
                
Un elemento que ha podido pesar considerablemente en la sobrevaloración de la amenaza es la sensación de fracaso, desorden e inestabilidad en Oriente Medio. Se trata de una impresión abonada por el temor de algunas potencias locales a que se resquebraje la complicidad occidental en el status quo. Las revoluciones de 2011, la perspectiva de un acuerdo sobre el programa nuclear iraní y la degradación del apoyo occidental a Israel han socavado muchas certidumbres.
                
A esto se ha añadido, estas últimas semanas, el efecto causado por la exhibición de crueldad que ha supuesto la decapitación filmada de dos periodistas estadounidenses. Según los sondeos, el factor emocional ha movilizado el apoyo de la ciudadanía/electorado estadounidense a una respuesta militar más contundente.
               
                
EL 'GUERRERO RETICENTE' CEDE
                
Era cuestión de tiempo que Obama renunciara a su prudente política de contención para embarcarse en una estrategia ofensiva aparentemente más ambiciosa. Desde círculos políticos, académicos y mediáticos se ha orquestado una campaña de desgaste y desprestigio de Obama, presentándolo como un Presidente indeciso, acomodado, confuso y desnortado en política exterior, y en particular en la convulsa región de Oriente Medio. No es extraña la coincidencia, si tenemos en cuenta que los influyentes 'lobbies' judío y saudí han cosechado efectos muy apreciables en el propicio 'establishment' norteamericano.
                
Estos días, algunos analistas incluso se han entretenido con los términos empleados por Obama para escudriñar sus verdaderas intenciones hacia los 'yihadistas'. Han advertido que no es lo mismo "destruirlos", como dijo en Gales, que "derrotarlos", expresión utilizada en su entrevista televisada del domingo pasado.  Anoche, Obama recuperó el objetivo de la destrucción, quizás para no seguir abonando esa sensación de indecisión o debilidad que a sus adversarios les gusta explotar.
                
Lo más doloroso para Obama han sido las críticas desde su propio campo, incluso de los otrora colaboradores más cercanos, que han venido a cargar de munición las armas de sus rivales. El caso más sangrante ha sido la candidata demócrata 'in pectore' a las presidenciales de 2016. Hillary Clinton ha contribuido a minar la credibilidad del Presidente, bien por convicción, bien por puro cálculo de conveniencia (apartarse de una gestión quemada para mejorar sus expectativas electorales). O por una combinación de ambas motivaciones.
                
Naturalmente, Obama ha cometido errores, entre ellos su actitud vacilante (en Irak, ante un gobierno desacreditado), sus inconsecuencias (como la famosa 'línea roja' en Siria) y cierta impresión de incomodidad e impaciencia ante la complejidad de las crisis exteriores. Después de todo, su proyecto político estaba enfocado a mejorar la vida del norteamericano medio y no a lo que él consideraba como una sobreactuación en la escena internacional.
                
El caso es que Obama ha terminado por dar un paso, extender la zona de bombardeos en Irak y, sobre todo, llevarlos también a Siria, pero sin comprometer efectivos de tierra, más allá de reducidos y selectos grupos de apoyo e inteligencia. Para los entusiastas de la afirmación del poder global, es necesaria una guerra más estruendosa, de las que hacen ondear banderas, acaparar titulares y alimentar programación televisiva en continuo. Por el contrario, los que consideran que con más bombas, misiles y 'drones' sin duda se aniquilará a los yihadistas pero también se fortalecerá a los regímenes corruptos de la región, estamos ante una desviación inoportuna de energía política y de recursos que el país necesita para otras necesidades.
                
Por lo general, el 'partido bélico', pide guerra a conciencia, sin timidez ni limitaciones, sin repliegues antes de tiempo u operaciones compensatorias de sustitución. Que no exista otro Tora Bora, que no se permitan escondrijos ni santuarios. Y, puesto que no se pondrán "botas sobre el terreno" (fuerzas de tierra), que no haya complejos en la selección de los que deben hacer el trabajo sucio, la lucha cuerpo a cuerpo. Que, para eliminar a los fanáticos del 'Califato' no haya repugnancia en acudir a tipos casi tan sectarios como ellos.

                
En definitiva, parece que poco a poco se impone una variante de la vieja estrategia que ha fracasado siempre. Salvo, claro está, para las grandes corporaciones industriales-militares, los estados cómplices (las monarquías petroleras autoritarias) y el siempre superviviente aliado israelí. No parece que Obama, resistente a entrar en este juego hasta ahora, esté en condiciones de evitarlo por más tiempo. Su presidencia ya está cuestionada, sea cual sea el resultado de su guerra contra esta amenaza fantasma. Si pierde, porque se consagrará su fracaso como líder del mundo. Si gana, porque habrá decepcionado a quienes esperaban un cambio más claro de enfoque, objetivos y prioridades.

UCRANIA: EL PULSO TÁCTICO ENTRE LA OTAN Y RUSIA

5 de Septiembre de 2014 
La guerra de Ucrania se ha convertido en un pulso táctico, en el que la OTAN y Rusia se encuentran incómodos, pero se ven obligados a mantenerlo en defensa de sus intereses estratégicos y por una cuestión de credibilidad y prestigio.
                
Aparentemente, el proyecto de implementar una fuerza aliada de despliegue rápido (vieja idea de los ochenta), compuesta por 4.000 cuatro mil hombres, adoptada en la cumbre aliada de Gales, supone, a primera vista, un endurecimiento occidental ante la proclamada contumacia rusa en determinar el destino de Ucrania acorde a sus intereses. El Secretario Rasmussen presentó la iniciativa con eficacia mediática: "desplazarse rápido y golpear duro".
                
LEYENDO A PUTIN
                
La respuesta occidental parte del pretendido convencimiento de que el Kremlin quiere tragarse el este de Ucrania, como hizo con Crimea, para consolidar su proyecto de 'Novorossiya' ('Nueva Rusia'). Obama ha hablado de agresión y Merkel de "modificación unilateral de fronteras". Son valoraciones discutibles pero aceptadas en el debate político. De ahí que se haya aireado, sin duda intencionadamente, la famosa advertencia de Putin a Durao Barroso: "si quisiera, podría tomar Kiev en dos semanas".
                
Tal aseveración no es una bravata, reconocen los expertos militares. Cabe preguntarse entonces por qué Putin no lo ha hecho ya. No tanto porque el presidente ruso tema una respuesta militar occidental, harto dudosa, dado el peligro que ello entrañaría y las devastadoras consecuencias económicas en estos momentos de recesión pertinaz.
                
Algunos analistas occidentales se hacen eco de comentaristas rusos independientes como Vladimir Lukin o Fyodor Lukianov  (1) para aceptar que las motivaciones de Moscú serían más tácticas que estratégicas. Putin no pretendería la anexión directa o indirecta del Donbass (la cuenca del Don, escenario de los combates), y mucho menos una ocupación o conquista de Ucrania entera, que sería incapaz de digerir. De lo contrario, podría haberlo hecho en primavera tras completar la campaña de Crimea, cuando reinaba el desconcierto absoluto en Kiev. Y, segunda razón, si quisiera incorporar esas regiones orientales de Ucrania a la madre patria rusa, Putin no hubiera permitido la enorme destrucción causada en los últimos meses.
                
El propósito de Putin, mucho más modesto que una "aspiración imperial", sería demostrar a los actuales líderes ucranianos que no pueden actuar sin su consentimiento; es decir, que tiene derecho de veto sobre el futuro político de Ucrania, a través de sus 'protegidos' pro-rusos del este del país . Un modelo de tipo federal como el que persigue el Kremlin haría casi imposible el férreo anclaje occidental de Ucrania y, en particular, la incorporación a la OTAN.
                
De eso se trata, por tanto: de reafirmar que Rusia es un agente poderoso en la escena internacional y, desde luego, en su área de influencia. Que Occidente no puede seguir ninguneando a Moscú, como ha venido haciendo desde comienzos de los noventa, tras la desaparición de la URSS. Que la expansión de la OTAN tiene un límite nítido y claro, y ese límite está en Ucrania.
                
MÁS RUIDO QUE NUECES
                
Esta interpretación es tan plausible que encaja perfectamente con la respuesta 'militar' de la OTAN. La fuerza de despliegue rápido no esta diseñada para confrontar a los rusos en Ucrania. Para entenderlo mejor, basta con recordar algunas cifras.
                
La presencia militar norteamericana, elemento definitorio del poderio aliado en Europa, es un 85% inferior al existente en 1989, al término de la 'guerra fría'. El despliegue aéreo y naval se ha reducido a una quinta y una sexta parte, respectivamente. LA OTAN no está en condiciones de dar una respuesta militar inmediata suficiente a un desafío ruso, como asevera Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos.
                
Una hipotética operación militar en Ucrania sería más que complicada. Al no tener otra vía de acceso naval que el estrecho del Bósforo, en Turquia, hasta el Mar Negro, los barcos occidentales que ahora se han puesto en disposición tendrían muy limitada su capacidad actuación, según expertos militares. Estados Unidos debería utilizar sus aviones 'furtivos' B-2 (inmunes a los radares) para tratar de destruir las defensas antiaéreas rusas. La OTAN se vería obligada a una "escalada militar de enorme intensidad" (2)
                
Es por eso que la OTAN ha renunciado, de momento, a un pulso en Ucrania, para concentrarse, supuestamente, en prevenir otras tentaciones expansionistas rusas (por ejemplo, en el Báltico o en Polonia), algo que se antoja, en todo caso, muy improbable.  ¿Para qué entonces esta exhibición de músculo militar?  Simplemente, como mensaje político. Una cuestión de 'credibilidad', como ha señalado el director de la Chatham House, Richard Nibblet.
                
No obstante, los aliados advierten a Moscú que no tiene barra libre en Ucrania, que debe avenirse a una solución que preserve la soberanía nacional. Para obligarle a ello no se le opondrán armas sino sanciones adicionales  endurecidas, más daño económico, una erosión más profunda de sus herramientas de gran potencia.
                
PUTIN ENTIENDE EL MENSAJE...Y LO DEVUELVE              
                
Putin entendió perfectamente el mensaje, antes de incluso de que se oficializara. Por eso quisó 'participar' en la cumbre aliada, al proponer un 'plan de paz' que, en primera instancia, se centra en un alto el fuego y medidas humanitarias, dejando los aspectos políticos para más adelante. Las negociaciones han comenzado este viernes en Minsk, la capital bielorrusa, muy leal al Kremlin. El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, perfectamente consciente de que sin la involucración militar occidental no le podrá ganar la guerra a los separatistas 'pro-rusos', se ha avenido a participar, sin airear demasiadas ilusiones.
                
El claro propósito del presidente ruso es abonar el malestar y las dudas europeas, pero también la repugnancia de Obama en involucrarse en estas aventuras propias de una mentalidad de "guerra fría". Putin sabe que la población ucraniana está harta de guerra, tanto en el este como en el Oeste. Los entusiasmos de Maidán son ya puras cenizas, después de dos mil seiscientos muertos, la prolongación de las privaciones y la extendida sensación de ser teatro de intereses y ambiciones sin arraigo en las necesidades populares.
                
Es más rentable para el Kremlin que la devastada región del Donbass permanezca bajo responsabilidad de Kiev, que tendrá que pagar, con el crédito occidental, su restauración. Pero una arquitectura política que reconozca a estas provincias surorientales un efectivo derecho de veto sobre las opciones exteriores del país es suficiente premio para Rusia.


(1) La referencia a Lukin está contenida en el último artículo de Alexander Motyl para FOREIGN AFFAIRS, "Putin's trap. Why Ukraine should withdraw from Russian-Held Donbass", publicado el 1 de Septiembre. En cuanto a Fyodor, se le cita en un artículo del corresponsal en Moscú de THE NEW YORK TIMES, el 3 de septiembre.        

(2) Opinión esta de Loren B. Thompson, del Instituto Lexington; ésta, como las estimaciones anteriores, están recogidas en el artículo del NEW YORK TIMES "Military cuts render NATO less formidable as deterrent to Russia", del 26 de marzo pasado.


EL PRÍNCIPE 'CORNELIANO' Y LOS DEMONIOS DEL PSF

28 de Agosto de 2014
                
En el panorama de las familias políticas europeas, quizás no haya un caso más tormentoso de convivencia interna que el Partido Socialista francés. Sin remontarnos a los tiempos de la escisión comunista, e incluso a los años más reciente de fragmentación de la divisa socialista en varias formaciones recelosas entre sí, el PSF post-Mitterrand arrastra un legado de división, tensiones, desconfianzas internas y debilidad política endémicas.
                
CRISIS DE PARTIDO, CRISIS DE GOBIERNO
               
El último episodio, cuyo desenlace se ha vivido esta misma semana, no es más ni menos grave que los anteriores  (que no enumeramos ahora, para no hacer indigerible al comentario con una letanía de líderes, sublíderes, pseudolíderes y barones). El descontento de un tercio  de los diputados socialistas por lo que  consideran como rendición del gobierno Hollande-Valls a los dictados de la austeridad se propagó de forma pública y ruidosa al interior del gabinete con manifestaciones críticas expresas y rotundas de dos de sus integrantes, el ministro de Economía, Arnaud Montebourg, y de Educación, Benoît Hamon, y la aquiescencia más discreta pero inequívoca de Aurélie Filippetti, responsable de la cartera de Cultura.
                
Estas discrepancias en el seno del gobierno eran conocidas. Pero el triunvirato disidente atravesó una línea roja al presentar estas discrepancias como insuperables, con una intención que no podía ser otra cosa que rupturista.
                
Aunque la entrevista que el siempre polémico y mercurial Montebourg le concedió el fin de semana a LE MONDE estaba plagada de propósitos amables  y de referencias personales hasta cálidas hacia el primer ministro Valls, el tono adoptado al desarrollar sus posturas sobre el fondo del debate no podía ser menos contemporizador.
                
Su colega, correligionario y compañero de iniciativa rupturista, Benoît Hamon, tampoco podía haber pretendido evitar una reacción como la que luego aconteció, al proclamar que los críticos en el interior del gobierno no estaban muy alejados de los 'frondeurs' (término que en la cultura política francesa indica rebelión contra el poder establecido, pero también contra la autoridad en el seno mismo de una clase, partido o institución).
                
Los pronunciamientos de Montebourg y Hamon y la aquiescencia de Filippetti constituían un desafío que Valls, por temperamento personal y talante político, no podía pasar por alto. Ni siquiera el habitualmente flemático Hollande, que era, en realidad, el verdadero objetivo de las críticas.
                
A decir verdad, este pulso se había iniciado antes, cuando el jefe del gobierno había dejado claro a propios y extraños que no iba a cambiar la política económica del gobierno (bajo la eufemística fórmula de "programa de reformas"). Los críticos debieron entender con claridad que ni siquiera los decepcionantes resultados recientes de la economía francesa (dos años de estancamiento, desempleo masivo persistente, impacto insignificante de las "reformas") iban a obligar a reconsiderar a Hollande y Valls sus decisiones, alineadas, lo reconozcan o no, con las exigencias de austeridad del eje Berlín-Frankfurt-Bruselas.

ATRAPADO EN LA TRAMPA DE LA AUSTERIDAD              
                
Hollande se ha convertido en un personaje 'corneliano', muy al gusto de la tradición dramática francesa, desde su creador, Pierre Corneille. Esa opción perversa entre dos opciones que inevitablemente van a causa un perjuicio al que las adopte persigue Hollande desde su llegada al Eliseo, y se ha acentuado ahora cuando sus políticas, su credibilidad y su imagen se encuentra en caída libre.
                
La austeridad, que Hollande prometió combatir como principio director en la Unión Europea, ha terminado envolviéndolo, primero sutilmente y ahora de forma descarada hasta el punto de aceptar asumir sus criterios aunque modificando el lenguaje. Recuérdese cuando Valls, como flamante primer ministro, lanzó el debate sobre diferenciar 'austeridad' de 'rigor'.
                
El dilema 'corneliano' que Hollande ha arrastrado en estos dos años de gobierno ha consistido en, o bien abandonar la austeridad y plantear un desafío a los dogmas de la Unión para provocar una 'fronda' (sic) en los miembros del club, algunos de ellos visiblemente incómodos con la situación, o bien aceptar las reglas del juego y tratar de suavizar sus exigencias o de complementarlas con medidas reactivadoras. Cualquiera de las dos comportaba riesgos. La primera opción no garantizaba el respaldo de otros países, que se encontraban con situaciones límites y no podían permitirse el lujo de sanciones inclementes. La segunda tampoco garantizaba un resultado apetecible, porque los sacrificios que comportaba aplazaban la introducción de decisiones compensatorias. Hollande optó, en todo caso, por la segunda,  a sabiendas de que arrastraría fuertes inconvenientes, como en el caso de la primero, pero al menos evitaría el riesgo mayor.
                
No sabremos hubiera pasado si Hollande hubiera tomado el primer camino y si el escenario pesadilla hubiera adquirido la misma dimensión que ha provocado el segundo. El caso es que, al intentar afrontar el fracaso de una adaptación a la austeridad sin perder la identidad política e ideológica que debe caracterizar a una opción política, Hollande se ha visto abocado a otro dilema 'corneliano', en esta ocasión de orden interno.  O atendía a la mayoría de su base social, que le reclama un alejamiento claro y sustantivo de las políticas de austeridad y descarga el gobierno en figuras prominentes de su partido en quienes su instinto político no le otorga confianza (cuando no una auténtica desconfianza), o se decidía por una suerte de huida hacia adelante, descansando el timón en una "mano fuerte", como la que se jacta continuamente de ser Manuel Valls, aunque eso provocara una ruptura aún más acentuada en las filas socialistas y, lo que es aún más preocupante, una desafección más resentida de sus militantes, seguidores, simpatizante y votantes.

               
Hollande ha elegido lo último, con lo cual tranquiliza a sus socios europeos más severos, con Merkel a la cabeza, pero decepciona a Renzi, el italiano, que sigue haciendo equilibrios en el alambre, ahora más solo que nunca. El PSF se fragmentará aún más, aumentando el riesgo de otra debacle electoral, éste siguiente con consecuencias más traumáticas.  Conociendo a Valls, no deben esperarse muestras de debilidad. Al contrario. Primero, pretende reducir la protesta a los tres señalados, limitando al mínimo la remodelación  gubernamental. Segundo, promueve una declaración expresa de apoyo de la mayoría del grupo parlamentario socialista al Presidente y al Gobierno. Seguirán otras más, que tratarán de reducir a cenizas mediáticas y políticas a los 'frondeurs'. 

LA BOLSA O LA VIDA: PRINCIPIOS Y PRIORIDADES

22 de Agosto de 2014
                
La decapitación televisada de un periodista norteamericano por un combatiente del sedicente 'Califato' sirio-iraquí  ha reavivado una polémica sorda sobre los secuestros de grupos terroristas y la conveniencia de pagar o no rescate para salvar a los rehenes.
                
James Foley era un periodista 'freelance' perteneciente a esa familia de profesionales peligrosamente atraídos por los conflictos bélicos, hasta el punto de sólo sentirse a gusto con su trabajo en condiciones extremadamente hostiles. Ejerció su trabajo en Libia y luego en Siria, estuvo a punto de resultar gravemente herido en este último país, a donde, sin embargo, regresó, en esta ocasión para ser secuestrado (hace 21 meses) por el ISIS (ahora EI) y finalmente ser asesinado de manera ignominiosa.
                
Las razones por la que el EI ha asesinado a Foley están sometidas a debate. Sus propios verdugos aseguran que se trata de la respuesta a los recientes bombardeos norteamericanos en Irak, que han invertido la tendencia bélica, desde hace meses favorable a los 'yihadistas'. Sin embargo, es obvio que hay motivaciones económicas. Los jefes del Califato habían pedido, al parecer, 100 millones de dólares (una cantidad exorbitante) por la entrega de Foley, además de la liberación de combatientes suyos prisioneros. Al no recibir una respuesta satisfactoria, habrían cumplido su terrible amenaza.
                
¿PAGAR ES AYUDAR AL TERRORISMO?
                
¿Era una exigencia realista por parte del EI? ¿O puro ardid propagandístico? Es públicamente conocida la política norteamericana de no pagar rescate por los rehenes. Sólo Gran Bretaña secunda a los norteamericanos en esta posición de aparente firmeza frente al terrorismo. Hace unas semanas, un trabajo de investigación en el NEW YORK TIMES (1) reveló con datos sustanciosos lo que más o menos se sabía: que los gobiernos europeos preferían pagar discretamente los rescates, antes de recuperar a sus conciudadanos en bolsas funerarias. Se estima que los grupos yihadistas habrían percibido entre 125 y 165 millones de dólares por este concepto en los últimos cinco años. Los rescates empezaron a valorarse en cientos de miles de dólares, pero ya se satisfacen en millones (2).
                
La discrepancia no obedece a distintas consideraciones morales ni a estrategias diferenciadas en la lucha contra el denominado 'terrorismo islámico', sino a presiones de la opinión pública y a los efectos internos que las decisiones concretas puedan comportar.
                
Algunos especialistas (3) sugieren que, en realidad, Washington y Londres son más coherente que sus aliados europeos, ya que se han aprobado normativas jurídicas que criminalizan la entrega de dinero a terroristas, bajo cualquier forma, y declaraciones conjuntas en las que se rechaza explícitamente el pago de rescates.
                
Así, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 2133, por la cual se insta a los estados miembros a impedir que los terroristas puedan beneficiarse del cobro de rescates. Y el G-8, el selecto club de las principales potencias económicas mundiales, en su última reunión, advirtió que el pago de rescates favorece el "reclutamiento de terroristas", alimenta la inestabilidad, incentiva la realización de más secuestros y aumenta la vulnerabilidad de los potenciales objetivos.
                
No obstante, estos solemnes posicionamientos, hay pruebas suficientes de que los gobiernos de París, Berlín, Madrid y Roma, aunque lo nieguen, habrían vulnerado sus propios compromisos. Los defensores del rechazo a pagar argumentan que al hacerlo, los gobiernos 'débiles' no sólo incrementan los recursos de los secuestradores; también elevan el riesgo de los ciudadanos de países 'firmes', porque obligan a los terroristas a demostrar su credibilidad.
                
En realidad, este debate ya se suscitaba en los tiempos de 'terrorismo interno o local'. Los gobiernos solían asegurar que no pagaban rescates, pero se mostraban tolerantes o hacían  la vista gorda cuando los particulares pagaban para recuperar a sus seres queridos.
                
CUESTIÓN DE PRIORIDADES
                
En realidad, la cuestión es mucho más compleja. Estados Unidos, con independencia de las consideración políticas legítimas que pueda hacer sobre la respuesta más adecuada al chantaje de un secuestro, adoptó en 2001, después de los atentados de Al Qaeda, una legislación antiterrorista muy estricta, que incluía medidas enormemente agresivas sobre la el sustento de las organizaciones 'yihadistas' y sus fuentes de financiación. Washington promovió la creación de un organismo denominado Financial Action Task Force, con el propósito de rastrear el mínimo movimiento de dinero que pudiera servir para financiar la actividad terrorista en cualquiera de sus niveles e imponer duras sanciones a quienes directa o indirectamente las favorecieran o toleraran.
                
La normativa generada por este grupo sabueso ha sido empleada por Washington para perseguir a países como Irán, Corea del Norte o Rusia, pero naturalmente se ha abstenido de hacer lo propio con Francia, Alemania o España, por ejemplo, por razones obvias. Otra cosa es que las autoridades norteamericanas no pierdan la ocasión de recordar a sus aliados europeos que deben cumplir estas normas y no dejan intimidarse por el chantaje terrorista.
                
En el caso de Foley, el presidente Obama no se ha limitado a responder con firmeza e ignorar el órdago del 'Califato'. Se ha sabido, con gran disgusto de los responsables de seguridad, que la Casa Blanca autorizó una operación encubierta de unidades militares de élite para intentar rescatar a Foley y otros rehenes en Siria, con resultado fallido. La legalidad de estas actuaciones militares en territorio extranjero es también dudosa, pero las razones de orden político han ahogado las renuencias de los juristas o de organizaciones socio-políticas más escrupulosas.  Por no hablar de la propia operación militar norteamericana, que por muchos apoyos políticos que concite, carece de un respaldo jurídico expreso. Y es que no son consideraciones jurídicas o morales las que presiden las actuaciones de los máximos responsables políticos en estos casos, sino la fortaleza de las oportunidades políticas, la sensibilidad de las opiniones públicas y el balance, en cada caso, de las habituales tensiones entre libertad y seguridad.
                
Para Obama podría resultan tan devastador que se supiera -algo al cabo inevitable- que se hubiera pagado el rescate de Foley y de otros rehenes ya amenazados directamente por los verdugos del EI, como para Hollande, Merkel o Rajoy realizar una exhibición de firmeza y arriesgarse a que las sucursales de Al Qaeda en el Sahel decapitara a ciudadanos franceses, alemanes o españoles. Cameron no lo hizo y tuvo que recibir el cuerpo sin vida de un conciudadano asesinado en Mali.
                 
(1) RUKMINI CALLIMACHI. "Paying ransoms, Europe bankrolls Qaeda terror". NEW YORK TIMES, 29 de Julio de 2014.
 (2) La cifra más baja la proporciona el propio Callimachi, mientras que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos cree que es demasiado conservadora y asegura que la cantidad es mayor.
(3) TOM KEATINGE. "The price of freedom. Why the Governments pay ramsons". FOREIGN AFFAIRS, 13 de Agosto de 2014.




IRAK: ÉXITOS, SORPRESAS, CONVERGENCIAS Y DESIGNIOS

18 de agosto de 2014
    
La limitada operación decidida por Obama el 8 de agosto para impedir el avance de los combatientes del Estado Islámico y romper el cerco a miles de refugiados yazidíes en el Monte Sinjar ha concluido con aparente "éxito", pero también con alguna "sorpresa" (1).
                
EL "ÉXITO" Y LA "SORPRESA"
                
Vayamos primero con el "éxito". Se considera tal por haberse frenado el avance de los 'yihadistas' hacia el corazón del Kurdistán. Es razonable pensar que el bombardeo intensivo realizado por drones y F18A haya debilitado considerablemente el aparato militar del EI en la zona. No obstante, también es muy probable que el mando del 'Califato' haya decidido lo que ya viene siendo habitual desde su ofensiva a comienzos del verano: no entregarse a un avance precipitado, sobre todo en entornos hostiles o poco favorables, y consolidar posiciones hasta que llegue el momento propicio para acometer nuevas conquistas.
                
Y ahora la "sorpresa". Resulta que al relajarse el cerco del Estado Islámico sobre el Monte Sinjar, se ha podido comprobar que los 'yazidíes' allí refugiados no eran tantos como se había estimado: sólo unos pocos miles, y no decenas de miles (40.000). Más aún: su situación no era tan deplorable como se había temido. De hecho, algunos se sentían seguros en ese entorno, porque consideraban que sus perseguidores no le seguirían hasta allí. Esta evaluación ha sido cuestionada por un portavoz de la minoría 'yazidí' en Estados Unidos, quizás porque se teme que Washington empiece a desentenderse muy pronto de la suerte de los huidos.
                
Resulta "sorprendente" la "sorpresa", si se permite la figura. Aunque estos días expertos en vigilancia y procesamiento de datos de inteligencia recogidos desde el aire han estado evaluando el posible "error" sobre el número de personas atrapadas en el Monte Sinjar y haya un cierto consenso en señalar las dificultades de ofrecer datos exactos, lo cierto es que los antecedentes de equivocaciones, informes exagerados o mentiras descaradas en Irak invitan al escepticismo cuando no a una abierta incredulidad.
                
Los pocos analistas críticos que pueden leerse o escucharse en los medios occidentales señalan estos días que las razones oficiales de esta última intervención militar de Estados Unidos en Irak pueden estar basadas en motivaciones no exclusivamente -ni preferentemente- humanitarias: prevenir el genocidio 'yazidí' y garantizar la seguridad de los norteamericanos.
                
El conocido periodista e historiador Robert Fisk, gran conocedor de Oriente Medio y abiertamente crítico con la política occidental, asegura que "el petróleo es el nervio de la guerra"(2). Señala  Fisk que los bombardeos tenían como verdadero objetivo asegurar una zona, el Kurdistán iraquí, donde se localiza una tercera parte de las extracciones iraquíes de petróleo, una buena parte de las reservas supuestas y también importantes yacimientos de gas. En Erbil, la capital kurda de Irak, residen miles de occidentales, hombres de negocios, diplomáticos, agentes y otros, que vigilan la estabilidad de unas inversiones cifradas en 10.000 millones de dólares, con unos rendimientos netos, en el caso del petróleo, del 20%. Lo que habrían 'protegido' los bombardeos norteamericanos son los intereses de compañías como MOBIL, CHEVRON, EXXON o TOTAL, tanto o más que a los desventurados 'yazidíes'.
               
                
CONVERGENCIAS CRUZADAS ENTRE RIVALES
                
La intervención militar norteamericana ha coincidido, no por casualidad, con el desenlace de la crisis política en Irak. El cambio de primer ministro en Bagdad se presenta como la mejor oportunidad de los últimos años para devolver la estabilidad política al país. La Casa Blanca ya ha prometido al nuevo gobierno más ayuda militar para frenar la amenaza extremista. Aún no se han explicitado los detalles.
                
Las circunstancias del relevo en el poder ejecutivo iraquí son inquietantes. El primer ministro saliente, Nuri Al Maliki, ha sido presentado como el máximo responsable de la degradación política y militar: por su autoritarismo, su sectarismo y su incompetencia. Maliki es un 'bis' del afgano Karzai: elegidos inicialmente por Washington, han terminado siendo unos obstáculos a eliminar (políticamente, claro).
                
Maliki ha sido un desastre en muchos sentidos, pero los manejos para sacarlo de la cancha tienen cierto olor a golpe de Estado, como el propio político ahora apartado denunció. Las últimas elecciones confirmaron al partido de Maliki como el más numeroso del Parlamento, pero sin mayoría suficiente para formar gobierno estable. Ciertamente, sunníes y kurdos se opusieron a prestarle los votos que le faltaban. No por ello, los líderes chíies se atrevieron a discutirle el liderazgo, quizás asustados por las lealtades paramilitares de Maliki.
                
El bloqueo era total. Hasta que se produjo la crisis de agosto; es decir el avance 'yihadista' en el norte. Washington, que se había negado a las solicitudes de armamento de Maliki, decidió intervenir entonces, claramente en apoyo de los kurdos, sin consultar con el primer ministro. Un desplante en toda regla. En paralelo, el cortejo norteamericano de prominentes otros líderes chíies envenenaron las relaciones internas en el partido mayoritario (Dawa), en la coalición electoral (Estado de Derecho) y en el grupo parlamentario (Alianza Nacional) hasta hacer trizas la continuidad de Maliki. La posición favorable al relevo por parte del Gran Ayatollah chií Ali Al-Sistani, cuyas indicaciones son órdenes para la mayoría de la población chií, terminó de decidir a los colegas del primer ministro enrocado. El régimen de Irán, principal protector de Maliki, después de haber enviado asesores militares a Bagdad, se terminó por dar cuenta de que su "hombre en Bagdad" estaba ya quemado. La suerte de Al-Maliki estaba echada (3).
                
El elegido para reemplazar a Maliki es Al Abadi, un exiliado como su antecesor y 'hermano', según el lenguaje oficial. Estos días, altos cargos y medios norteamericanos doran el blasón del nuevo jefe del ejecutivo iraquí, para enaltecer un liderazgo que sólo podrá ganarse en el ejercicio del poder. Que Al-Abadi cuente también con el beneplácito explícito de Irán parece una exigencia del guión. En Teherán no importa quien mande en Bagdad sino la garantía de fidelidad a una alianza estratégica.
                
DESIGNIOS CONTRADICTORIOS
                
Esta convergencia de intereses entre Washington y Teherán pudiera parece otra "sorpresa" de la última crisis iraquí. Pero tampoco lo es. Más allá del propósito compartido en impedir un triunfo extremista sunní en Irak, ¿es descabellado suponer que el clima de trabajo desarrollado en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní puede estar creando un positivo caldo de cultivo para el deshielo entre ambas potencias? Obama coincide con Jamenei o Rohaní es apostar por la estabilidad regional.
                
El fantasma de la recuperación del eje Washington-Teherán, aún con fundamentos y propósitos muy diferentes a los existentes en los años del Sha, provoca auténticas pesadillas tanto en los austeros despachos israelíes como en los suntuosos palacios reales saudíes. De ahí que, desde ambos polos, se estén haciendo esfuerzos intensos para evitarlo. Israel ha apostado por una guerra desmedida en Gaza para reventar la unidad palestina, sin duda, pero también para mantener el 'status quo' regional. Hay motivos para sospechar que Arabia Saudí dejó que desde el reino se ayudara y financiara al ISIS y otros extremistas sunníes, para combatir indirectamente a los regímenes enemigos de Damasco y Bagdad, sin duda, pero también para provocar una amenaza regional que Estados Unidos no puede pasar por alto, obligándolo a una intervención militar que supondría una nueva ruptura con Irán.
                
Quizás no por casualidad, esta aparente doble resolución de la crisis iraquí (en el frente político y en el militar) esté siendo cuestionada por analistas bien conectados con el 'establishment' norteamericano (3) y, por extensión, con Israel. El tono general en estos sectores es claramente favorable a una intervención directa más intensa y comprometida de Estados Unidos (claramente, una 'tercera guerra') para destruir el EI ("más peligroso y potente que Al Qaeda, repiten insistentemente estos analistas)  y consolidar los intereses estratégicos en Oriente Medio (terminar el trabajo que dejaron pendiente los dos Bush y que Clinton no quiso acometer). Tal empeño implica, obviamente, abortar de cuajo la colaboración entre Washington y Teherán y, seguramente, hacer naufragar las negociaciones nucleares.


(1) "Sorpresa" es el término empleado por  GORDON LUBOLD, uno de los editores de FOREIGN POLICY, y coordinador del principal resumen internacional de la revista, en un artículo para la web, el 14 de agosto.

(2) THE INDEPENDENT, 11 de Agosto de 2014

(3) En un comentario de la web MUFTAH, crítica con la perspectiva oriental en Oriente Medio, se hace un buen análisis del desarrollo de la crisis política iraquí. 13 de agosto.

(4) En sú última edición, FOREIGN AFFAIRS, habitual portavoz de ese 'establishment' publica artículos de MICHEL O´HANLON, ROBIN SIMCOX Y REIDAR VISSER que inciden en que la "operación limitada" de Obama no resolverá los dilemas norteamericanos en Irak. Menos explícito, pero igualmente partidario de un esfuerzo militar más resuelto, se muestra el ex-comandante de la OTAN y ex-Consejero de Seguridad Nacional de Obama, el general Jones, en el WALL STREET JOURNAL, del 14 de agosto.

IRAK: PANES Y BOMBAS

11 de Agosto de 2014
                
Obama se fue de vacaciones cumpliendo uno de los rituales de la reciente política exterior norteamericana que más le desagradaba: ordenar ataques aéreos en Irak. Aunque las circunstancias sean muy distintas a las que determinaron las decisiones de sus antecesores (los dos Bush y Clinton), lo cierto es que el actual inquilino de la Casa Blanca se ha resistido a dar luz verde a operaciones militares ofensivas en el atormentado país del Tigris y Éufrates.
                
El presidente norteamericano anticipó cautelosamente la decisión un día antes. No es descabellado pensar que deseaba que el impacto mediático del ataque en si no desplazara el interés de sus motivaciones y, aún más significativo, el propósito de atenerse  a su doctrina de "acción limitada".
                
Los objetivos acotados de los ataques de los F-18 y los drones son dos: primero, detener el avance de las columnas de los yihadistas del Ejército Islámico (EI) hacia Erbil (la capital del Kurdistán iraquí), para poner a salvo al personal militar del consulado norteamericano en esa ciudad; y, segundo, prevenir el genocidio de miles de personas de la minoría yazidí, atrapadas en condiciones deplorables en el Monte Sinjar. De forma complementaria, y para reforzar el segundo objetivo, se han distribuido alimentos y suministros de primera necesidad a esos perseguidos para salvarles de la desnutrición y la deshidratación.  En definitiva: panes y bombas.
                
Las consecuencias han sido fructíferas, de momento, por lo que informa el Pentágono y la Casa Blanca. Los yihadistas han perdido varios vehículos blindados y varios combatientes en número no precisado han sido literalmente destrozados. Los peshmergas o milicianos kurdos han conseguido contraatacar y tomar dos localidades distantes tan sólo media hora de Erbil. Los yazidíes han disfrutado de cierto alivio y parte de ellos han conseguido pasar a Siria o evadir en buena medida el acoso (1).
               
LOS RIESGOS
                
Naturalmente, la decisión de Obama comporta riesgos y, por ello y por otros motivos más interesados, ha acarreado críticas.
                
En primer lugar, por limitada y medida que se quiera presentar y por mucho que se invoquen razones humanitarias o de autoprotección, lo cierto es que los ataques aéreos pueden significar un giro en la guerra iraquí y colocar a Estados Unidos como favorable a uno de los bandos. Los ataques favorecen de forma directa e inmediata a los kurdos, de las tres grandes que componen Irak, la más pro-norteamericana. Ya en 1991 y en 2003, los aviones norteamericanos salvaros a los kurdos del aplastamiento que intentó Saddam Hussein.
                
Algún comentarista norteamericano (2) ha señalado estos días que la intervención beneficia también indirectamente al primer ministro, el chií Nuri Al-Maliki, ya que impide el hundimiento definitivo de su gobierno "en funciones". No está claro. Obama advirtió que el bombardeo de las unidades del EI no sería suficiente para resolver la crisis e insistió en que sólo un gobierno de amplia base nacional podría conseguir ese objetivo.
                
De hecho, los chiíes no han reaccionado con satisfacción. Con cierta amargura, dirigentes chiíes próximos al primer ministro iraquí comentó que los bombardeos llegaban demasiado tarde, y sólo cuando se trataba de proteger a cristianos (objeto de expulsiones y represión de los yihadistas en las últimas semanas) o a otras minorías religiosas. Es decir, no musulmanes. Lo que Maliki y los suyos venían reclamando durante meses es que el Pentágono le proporcionara armas para derrotar a los yihadistas, en ningún caso la acción militar directa de la superpotencia a la que contemplan con una mezcla de recelo e interés.             
                
El giro militar ha coincidido con una fase más aguda de la crisis política interna iraquí. El presidente del país, Fuad Massum, un kurdo, se negó a encargar a Al-Maliki la formación de un nuevo gobierno, al constatar que la mayoría que le otorgó las recientes elecciones no resultaba suficiente para garantizar la estabilidad. Al-Maliki reaccionó como se temía: acusó al Jefe del Estado de "violar la constitución" y anunció que lo denunciaría ante el máximo tribunal del país. Algunas fuentes afirmaron horas después que se habían registrado movimientos de tropas en Bagdad y el refuerzo de la zona de protección, donde se encuentran los edificios oficiales y las embajadas, e incluso que carros de combate habrían cercado el palacio presidencial. Estas informaciones no han sido confirmadas de fuente independiente. En todo caso, el presidente Massum aguantó el pulso y ha encargado la formación del gobierno a otro chií, Haider el Abadi, actual Vicepresidente del Parlamento, que cuenta, en apariencia, con el apoyo de la principal coalición chií, pero no es de los favoritos para reemplazar a Al-Maliki.
                
Está por ver la reacción sunní, de momento no explicitada. Aunque los exponentes de esta minoría que colaboran con el sistema se han distanciado del EI, no puede descartarse que se recuperen alianzas de conveniencia si los chiíes, además de los kurdos, salen directamente beneficiados de los bombardeos norteamericanos.
                
LAS CRÍTICAS
                
Los republicanos y algunos demócratas que se han distanciado de la Casa Blanca (recuérdese: disgustados por lo que consideran falta de decisión del Presidente en Siria) reprochan a Obama que le cueste tanto afirmar el poderío militar norteamericano cuando se trata de influir en procesos que pueden ser de importancia estratégica para el país. La oposición no juega limpio, porque no ha definido una estrategia clara en Irak, pero critica hipócritamente la de su rival demócrata, más como un reflejo de revancha, ya que Obama construyó su ascenso político sobre la lanzadera del rechazo a la intervención de 2003 en Irak. En cuanto a los afines, incluidos medios y 'think-tanks' escarmentados por el fracaso de la década pasada, lo que se reprocha a Obama es que tarde tanto en adoptar decisiones, sin duda desagradables, pero al fin y al cabo inevitables.
                
Todo indica que Obama afrontará los últimos dos años de su mandato sin haberse librado del todo de la pesadilla iraquí. Puede hacer virtud de la necesidad si tiene éxito con su estrategia de acción limitada y consigue contener el avance de los extremistas islámicos. El discurso humanitario tiene cierto respaldo exterior, pero suele desvanecerse a medida que se prolonga, y el propio Presidente ya ha advertido que, una vez iniciada, la intervención no será sólo cuestión de semanas. Serán meses, anticipa los observadores. Lo que permite augurar que el apoyo inicial se irá diluyendo, si el EI se muestra correoso, inteligente y competente, como ha ocurrido hasta ahora, como se desprende de un interesante análisis del Instituto de estudios internacionales DELMA, en Abu Dhabi. (3).
               
(1) ROD NORLAND AND HELEN COOPER. Capitalizing U.S. bombings, Kurds retake iraqui towns. THE NEW YORK TIMES. 10 Agosto 2014.

(2) STEVE SIMON. Obama's Bombshells. The Unintended consequences of airstrikes in Iraq. FOREIGN AFFAIRS, 8 Agosto 2014.


(3) HASSAN HASSAN. ISIS, the jihaists who turned the tables. THE GUARDIAN, 10 Agosto 2014.

DE UN SIGLO A OTRO: ¿OTRA VEZ UN MUNDO SIN CONTROL?

31 de Julio de 2014
                
Ahora que se cumplen cien años del inicio de la I Guerra Mundial y se refrescan hechos, se evocan vivencias, se establecen paralelismos y divergencias  y se afinan análisis de causas y consecuencias, parece percibirse de nuevo que el mundo –dicho así: con cierta simpleza, para no hacer más complicada esta introducción-  se encontrara ‘fuera de control’.

Es decir, que las doctrinas, dinámicas y relaciones de poder que se ha ido generando durante este siglo, en sucesivas crisis, catástrofes ampliadas, dinámicas de control, de equilibrio y de pactos, compromisos y garantías, se hayan descosido y nos encontremos de nuevo ante la sensación de no hay autoridad capaz de impedir, con certeza, un nuevo ciclo de inestabilidad y destrucción.
                
En la literatura, histórica y de ficción, periodística y académica, de divulgación y de investigación, que ha proliferado en los últimos meses al calor del centenario, se abre paso la idea fuerza de que aquella Gran Guerra, coronación de un siglo largo de lucha por la hegemonía (que empezó siendo europea para convertirse finalmente en mundial), no fue inevitable en modo alguno, y que sólo la ceguera, incompetencia, inmadurez, y  rigidez del circulo más reducido de las élites de entonces precipitaron la catástrofe, al no ser capaces de corregir la esclerosis del sistema europeo  y establecer un sistema de garantías.
                
Desde una posición marxista o simplemente crítica de la Historia, la I Guerra Mundial, sin embargo, no es que fuera estrictamente inevitable, pero sí resultó una consecuencia lógica y poderosa de las contradicciones del sistema capitalista en su fase imperialista y los pilotos de los intereses de clases no fueran capaces de gestionar las tensiones de una manera que resultaran menos dramática para las poblaciones.
                
Es bien sabido que la I Guerra Mundial, además de su pavorosa herencia de muerte y destrucción, provocó un vuelco mundial y generó nuevos centros de poder, pero no hizo el mundo más estable. Las torpezas de esas élites dirigentes y el agotamiento cíclico del sistema económico y social dominante alumbró fenómenos odiosos de autoritarismo, revanchismo, falsas redenciones y,  a la postre, una fuerza irresistible de destrucción. Como si los cadáveres esparcidos por los campos sin cultivar se hubieran convertido a la postres en semillas de una destrucción aún más devastadora y cruel, que terminó germinando apenas una generación después en una Segunda Guerra, ‘más mundial’ aún, en sentido de universalidad.
                
Esta segunda experiencia, de una dimensión traumática aún mayor que la primera, no por la mortandad, sino por el grado de crueldad que desató, parecía haber creado la conciencia de que, fueran cuales fueran las contradicciones, conflictos entre naciones o clases, tensiones sociales, raciales, religiosas o ideológicos, el mundo no se podía permitir un tercer ciclo destructor, por la razón determinante, entre otras, de que el acelerado desarrollo tecnológico militar podría conducir al planeta a la extinción.
                
El medio siglo largo que siguió a la segunda gran posguerra ha sido considerado por numerosos líderes e intérpretes de la Historia como un periodo positivo de estabilidad que, pese a sus imperfecciones y limitaciones, de sus grietas y fracasos locales, puntuales y menores o medianos, ha mantenido la paz mundial, entendida como ausencia de una guerra general y descontrolada.
                
La clave de este periodo de ausencia de ‘Gran Guerra’ radicó, en primer lugar, en la confirmación de dos grandes polos de poder (Estados Unidos y la Unión Soviética), como líderes indiscutibles de dos sistemas (el viejo orden capitalista remozado y, supuestamente libre de sus perversiones más destructivas; y el socialista, que pretendía derribar al anterior, pero no mediante una conflagración militar, sino como consecuencia de su capacidad para satisfacer las necesidades de toda la población mundial y cumplir con el devenir histórico).
                
En realidad, las exégesis que estos dos grandes polos de poder hacían de su propia misión histórica no se basaba en un discurso tan positivo. La conjura de otro ciclo de terror se edificó haciendo el riesgo intolerable; es decir definitivo y terminal para la humanidad, mediante el desarrollo de los arsenales nucleares y de la tecnología de uso. La doctrina militar de la ‘destrucción mutua asegurada’ (o, en sus siglas en inglés, MAD: no por casualidad, LOCURA) se afianzó en Occidente como una garantía frente a la amenaza de una nueva guerra. 

En el bando opuesto, la irrenunciable misión de extender el socialismo para abocar a un mundo sin clases se configuró como un rosario de luchas parciales, de agudización de las contradicciones locales o regionales; en definitiva, se renunció a la confrontación frontal y se apostó por la denominada ‘coexistencia pacífica’ de los dos sistemas, hasta que la madurez de los procesos históricos decantara la sustitución del capitalista por el socialista.
                
No hubo ‘Tercera Guerra Mundial’, en efecto, pero si dos procesos bélicos paralelos que disimularon la continuidad de la destrucción. En los centros de poder mundial, fue la llamada ‘Guerra fría’, caracterizada por el ‘equilibrio del terror’ y la manipulación de élites y sistemas locales y regionales de poder. En esa periferia, provista de la vacuna contra la destrucción bélica, se libraron decenas y decenas de conflictos locales y regionales, que aniquilaron millones de vidas, pero no provocaron una gran conflagración a escala universal. La propaganda hizo que estos conflictos fueran codificados como ‘de baja intensidad’, una cínica interpretación de la catástrofe y el sufrimiento, según la cual, se admitiera o no, se establecían distintas categorías de muertos y víctimas.
                
Este sistema mundial hizo crisis cuando el fundamento sobre el que estaba basado: el equilibrio entre los dos grandes polos capaces de provocar la destrucción del rival, se vino abajo. El periodo de transición aceptado por la ‘nomenklatura’ soviética concluyó de modo opuesto a sus previsiones. No porque el capitalista supiera a la postre resolver mejor los problemas universales, sino por la impericia, corrupción y agotamiento de las élites ‘revolucionarias’.           
                
Los más optimistas  -o los menos honestos, intelectualmente hablando- pensaron que el final de la era bipolar conduciría a un mundo más equilibrado, pero no sobre la base de la amenaza del terror, sino de la cooperación internacional, como en 1945. Pero ni hubo ‘final de la Historia’, ni el capitalismo demostró su capacidad de regenerarse para afianzarse como sistema incontestable, ni los viejos enemigos de Occidente supieron encontrar su acomodo en un orden internacional sin tensiones. Y, sobre todo, las ‘guerras calientes’ del último medio siglo empezaron a cobrar una virulencia mayor, al no haberse no ya solucionado sino simplemente mejorado las condiciones que las habían provocado.
                
En ese momento estamos ahora. Desaparecida la Unión Soviética, cuestionada la capacidad de la otra superpotencia, la triunfante, Estados Unidos, de garantizar un orden mundial sin sobresaltos, basado en las garantías de provisión de vidas dignas de ser vividas para el conjunto de la humanidad, se abre paso la percepción de que el mundo empieza a parecerse, salvando las enormes distancias, al que existía hace un siglo: en el sentido de inestabilidad, proliferación de conflictos con potencial reforzado de contagio y ausencia de un poder  moderador con capacidad para poner un freno a los ciclos destructivos.
               
El oportunismo político y una cierta pereza intelectual intentan hacer recaer sobre una supuesta incapacidad de liderazgo mundial del actual presidente norteamericano la responsabilidad de este mundo de nuevo sin control. Es manifiestamente falso. Sin entrar en un análisis más detallado, debido a la extensión que ya ha adquirido este comentario, baste decir que el actual encadenamiento de conflictos locales o regionales ahora registrados o registrables son imputables más bien a esos campos de ‘pensamiento’ o ‘canteras políticas’ que irresponsable y deshonestamente apuntan a la actual Casa Blanca.

No es la falta de liderazgo o el ‘nuevo aislacionismo’ la causa de la inestabilidad internacional, sino la falta de soluciones reales a los conflictos, presentados como locales o regionales o de ‘baja intensidad’, pero que han generado situaciones enquistadas de injusticia y frustración. Ni la herencia del equilibrio del terror de la ‘guerra fría’, ni la propaganda de un sistema económico y social ‘capaz de hacer avanzar el mundo’ han podido detener ese deterioro. La actual crisis económica y social en éste nuestro mundo supuestamente preservado de la amenaza de destrucción apocalíptica está eliminando las percepciones de seguridad. El mundo no es ya un lugar seguro, porque en realidad nunca lo ha sido. Simplemente, ahora se están cayendo las tapaderas de la falsedad.