TRUMP PONE A ESTADOS UNIDOS AL FRENTE DEL MALESTAR OCCIDENTAL

9 de noviembre de 2016                

La América del malestar ha elevado a Donald Trump a la cúspide del país. Contra la inmensa mayoría de los pronósticos y expectativas, el candidato más extravagante de la historia reciente se convierte en el próximo presidente de los Estados Unidos.
                
El triunfo de Trump ha sido muy ajustado en votos populares -apenas un punto de diferencia, según resultados aún provisionales- pero convincente en el reparto de votos del colegio electoral. El magnate inmobiliario ha ganado en casi todos los estados reñidos (Ohio, Florida, Pensilvania, Carolina del Norte, Wisconsin). Sólo se le escapó Virginia. Y a esta hora seguía sin decidirse Michigan.
                
En su discurso de celebración de la victoria, Trump se ha mostrado conciliador y ha adoptado un tono humilde, muy diferente al empleado en la campaña. Incluso se ha permitido reconocer los servicios de su adversaria. Pero ha sido absolutamente evasivo acerca de sus intenciones de gobierno, más allá de tópicos y vaguedades sobre la reconstrucción del país, la superación de la división nacional y la promesa de un futuro brillante para todos.
                
La incomparecencia de Hillary Clinton en la noche electoral ha sido chocante. Llamó a Trump para felicitarlo y admitir su derrota, pero no ha aparecido públicamente para pronunciar el habitual y casi obligado discurso de concesión de la victoria de su rival.
                
La América más progresista, consciente de las desigualdades o simplemente educada se encuentra en estado de shock. Como escribía a última de la noche el Nobel de economía, Paul Krugman, intuyendo la victoria de Trump, esa América “quizás no entiende en el país en el que vive”.
                
El análisis meditado de los resultados permitirá en las próximas horas o días explicar con más rigor lo ocurrido. Pero puede avanzarse que la elevada abstención de las minorías afroamericana y latina ha podido ser decisiva para la derrota de la candidata demócrata en los estados de Ohio, Pensilvania y Carolina del Norte. Por el contrario, buena parte de esa clase obrera blanca malestar por la crisis económica y social y los efectos negativos de la globalización ha comprado el discurso populista y engañoso del candidato republicano.
                
Con el triunfo de Trump, se confirma de la manera más contundente posible la deriva del mundo occidental por la senda del extremismo, el populismo y el nacionalismo exclusivista. Después del Brexit y del auge de los partidos y movimientos xenófobos en Europa, el rumbo que se dibuja en Estados Unidos no puede ser más inquietante.

Es más que probable que, una vez instalado en la Casa Blanca, Donald Trump rectifique buena parte de su discurso y se avenga a encajar sus promesas en el cauce mucho más clásico del acervo político tradicional. Puede ayudar a esta acomodación con el establishment la mayoría republicana en las dos cámaras del legislativo, confirmada en estas elecciones.
               
               
               

                

ESTADOS UNIDOS: LA MAYOR INQUIETUD DEMÓCRATA ES LA ABSTENCIÓN

6 de noviembre de 2016

La amenaza de los emails sobre Hillary Clinton se desvanece. El FBI admite que no hay materia para continuar las investigaciones por el momento, ratificando la posición adoptada en julio, que descartaba la comisión de delito. La aparente última bala de Trump se pierde en el vacío. 

Aunque Hillary Clinton parece estar a punto de convertirse en la primera mujer electa como Presidenta de los Estados Unidos, su equipo de campaña elude la mínima impresión de triunfalismo. Por el contrario, en declaraciones y en actos, se extrema la cautela y se emplean todos los medios para conquistar votos que se presumen dudosos o esquivos.
                
En la noche del sábado estuve presente en un acto electoral de Hillary Clinton en Filadelfia. El principal mensaje de la candidata demócrata fue la enérgica llamada al voto. Apenas si mencionó de pasada a su adversario. Habló en tono positivo, de esperanza, de mejorar la vida de los norteamericanos, especialmente de los más vulnerables, y de la importancia trascendental de la educación. Ante un público entregado, puso especial énfasis en resaltar que estas elecciones pueden marcar con gran claridad el rumbo del país, de ahí la importancia de una gran participación ciudadana.

La abstención es, por tanto, la principal preocupación de los demócratas. El descenso de la participación de los afro-americanos en el voto anticipado (el equivalente a nuestro voto por correo) inquieta especialmente. Como reflejo de ello, Hillary volverá de nuevo a Filadelfia el día antes de las elecciones, acompañada por el Obama y su esposa, Michelle. El Presidente está mostrándose muy activo en este final de campaña. Otra celebridad afro-americana, el jugador de baloncesto Lebron James, intentará capturar rebotes para Hillary en Cleveland, uno de los baluartes negros del importante estado de Ohio.

Otra debilidad de la candidata demócrata son los votantes más jóvenes (los milenials), que apoyaron a Sanders en las primarias. El candidato socialista también está participando a diario en actos a favor de Hillary para intentar aportarle votos que pueden ser decisivos para afianzar su ventaja.

Finalmente, los latinos, otra cantera inclinada mayoritariamente hacia el bando azul, podrían ser menos decisivos de lo que resultaron para Obama. A pesar de sus despectivos comentarios hacia los inmigrantes, atenuados en las últimas semanas, Trump parece haber seducido a ciertos segmentos socialmente conservadores de la comunidad hispana

En los últimos días, el magnate continúa en la línea adoptada tras el último debate de suavizar su tono y contener su lengua, aunque se muestre muy combativo con su adversaria.
             
El promedio de los sondeos sobre el voto general indica una ventaja mínima de Hillary (menos de dos puntos; es decir, dentro del margen de error). Esta cifra permite a los medios resaltar una emoción muy conveniente para mantener la atención de las audiencias.

En todo caso, cuenta poco la intención nacional de voto. Lo que importa es la tendencia en los estados claves o indecisos (swing states), porque es en cada estado donde se obtienen los miembros del colegio electoral, los que, al cabo, eligen al vencedor.

Del análisis del mapa electoral se desprende que el candidato republicano tiene muy difícil la victoria, aunque no imposible, por supuesto. En los estados más apretados, sólo parece contar con ventaja relativamente clara en Ohio, pero necesita victorias también en Florida, Carolina de Norte, Pensilvania, Nevada y algún otro. Y, naturalmente, no sufrir una sorpresa desagradable en algunos de los estados que votan tradicionalmente republicano pero este año aparecen como rojos pálidos en los mapas de previsiones. Por todo ello, la mayoría de los expertos siguen pensando en un triunfo de Hillary Clinton, incluso en un gran triunfo, según los más audaces.

HILLARY, CONTRA SUS FANTASMAS

2 de noviembre de 2016  

Las anómalas elecciones presidenciales norteamericanas de este año no se resolverán por cuestiones políticas, ideológicas o programáticas. O por las percepciones más o menos reales, oportunistas o presentidas de seguridad nacional, interna o externa. Será el factor humano, todo lo indica ya con bastante claridad a estas alturas, lo que parece haber decidido hace ya tiempo el resultado. Siempre importa, por supuesto, pero pocas veces tanto como en esta ocasión.

Lo singular de estas elecciones no es que un candidato supere a otro en idoneidad, en simpatía (o empatía), en credibilidad. En definitiva, en eso que en el lenguaje político norteamericano se denomina “elegibilidad”; es decir la capacidad para ser elegido, el juego favorable de sumas y restas que cualquier candidato tiene que soportar en el largo escrutinio previo a alcanzar la Casa Blanca

La paradoja de 2016 es que el carácter, la personalidad, el factor humano, en definitiva, la elegibilidad, no debería haber arrojado duda alguna. Sólo hay un candidato real, con capacidad para el puesto. Incluso se puede decir más: con extraordinaria capacidad para el puesto, gusten más o menos sus posiciones políticas o su manera de gestionar los asuntos políticos, su estilo. Esa candidata es Hillary Clinton. Sus méritos políticos, medidos en conocimiento, experiencia, visión, apoyos relevantes, capacidad de trabajo, etc. no es que excedan a su rival: lo anulan.

Pero la política, con ser todo eso, también es, y cada vez más, otra cosa, menos contrastable, menos objetiva, más arbitraria, más imprevisible. Tiene que ver con la confianza, por supuesto, pero no la que puede alcanzarse con la valoración objetiva y racional de los méritos y con la capacidad para conseguir lo que se dice querer conseguir (o al menos parte notable de ello). Es otra dimensión de la confianza. Menos medible con criterios racionales y objetivos y más relacionada con elementos perceptivos, con apariencias, con creencias, reales o falsas. Y en ese terreno, Hillary Clinton no ha conseguido desvanecer los fantasmas que la persiguen, que han lastrado su campaña, como antes cuestionaron o hipotecaron su candidatura y su carrera política ynque, a buen seguro, en caso de su más que probable victoria, planearan sobre su presidencia.

MALDITOS CORREOS

Esta larga consideración inicial explica la última sorpresa de octubre, es decir, esos elementos que inciden o tienen la apariencia de sacudir las campañas, modificar la tendencia que se afirmaba hasta ese momento e incidir notablemente en el resultado de las elecciones.

La última entrega del culebrón de los e-mails se ha colado en la campaña cuando el asunto parecía agotado. No por descuido o por un cierre en falso del asunto, sino por una ramificación inesperada. En realidad, no se trata de e-mails de la candidata que no hubieran estado sometidos al escrutinio investigador. Son del exmarido de una de las principales operadoras políticas de Hillary, Huma Abedin.

El aludido, Anthony Weiner, no estaba siendo investigado por el supuesto uso irregular de esa herramienta de comunicación por parte de la exsecretaria de Estado, sino por una cuestión particular, una supuesta conducta sexual inapropiada (exhibicionismo, et.) con chicas menores de edad.  En los correos de este personaje, un ex miembro de la Cámara de representantes que se vió obligado a dimitir cuando se conoció el escándalo, se han detectaron correos de Hillary Clinton en sus años al frente de la diplomacia norteamericana.

El factor que ha desencadenado la polémica ha sido la decisión del director del FBI, James Comey, de reabrir la investigación, pero sobre todo de hacerlo público, solicitando autorización al efecto a las instancias pertinente del legislativo, en plena campaña.

El equipo de Hillary Clinton y no pocos observadores independientes cuestionan la oportunidad de la actuación del jefe del FBI, por considerar que, sin saberse en absoluto si hay algo en los correos de Weiner que incriminara de alguna forma a la candidata, se está proyectando una imagen negativa, que refuerza la impresión de conducta inapropiada en relación con su manejo del correo electrónico oficial, haya sido ese su propósito o no.

OBLIGADA NEUTRALIDAD

Lo que se le reprocha a Comey es que no haya respetado unas normas, codificadas en la Ley Hatch, que obliga al FBI a extremar su cuidado para que las investigaciones en curso no influyan o condicionen el resultado de unas elecciones. El responsable de Ética en la administración Bush (W), Richard Painter, profesor de Derecho y republicano de inspiración, se preguntaba estos días, como muchas otras figuras independientes, si el director del FBI habría incurrido en abuso de poder (1).

Comey es un republicano que Obama puso al frente del principal órgano de investigación policial interna en Estados Unidos. Una institución tan respetada como temida, plagada de historias y leyendas negras. Se trata de una figura controvertida, por su perfil no necesariamente polémico, pero si proclive a adoptar posiciones personales. Los republicanos lo criticaron por no haber sido suficientemente duro en la investigación de los correos de la candidata. Los demócratas no entendieron su aparente pasividad a la hora de afrontar las sospechas de hackeo del Partido en las vísperas de la Convención de Filadelfia por parte de supuestos agentes rusos.

Desde el pasado fin de semana, no se habla casi de otra cosa en el carrusel de la campaña presidencial. Trump se había hundido en las encuestas y visto desaparecer su ya de por si alejadas perspectivas de éxito al no remontar en esa decena de estados que necesita para sumar los votos necesarios (los llamados swing states o estados cambiantes, que son los que terminan decidiendo las elecciones). En las últimas semanas de campaña se había resquebrajado la ficción de su candidatura, no tanto por la inconsistencia de sus propuestas, más que evidentes, cuanto por esas cuestiones de personalidad antes aludidas: comentarios sexuales machistas, en particular, pero también su desastroso desempeño en los debates.

Era de esperar, por tanto, que Trump se agarrara, como ha hecho, al culebrón de los correos (aunque pueda ser humo y sólo humo, o ruido y sólo ruido) para engancharse de nuevo a la campaña e intentar desesperadamente que la última sorpresa de octubre se convierta en su chaleco salvavidas. Que el NEW YORK TIMES, inclinado tradicionalmente hacia los demócratas, haya publicado una nueva entrega en la que se evidencia las maniobras del Trump empresario para evadir impuestos (una conducta persistente) ha tenido un efecto menor. El foco de la sospecha se ha girado de nuevo hacia Hillary y las encuestas han reflejado un estrechamiento de las diferencias, aunque no lo suficiente en lo que importa, es decir, en la modificación del mapa electoral en los estados decisorios. No al menos de momento.

Como estaba determinado desde un principio, la gran batalla de Hillary no es contra su rival ni contra las circunstancias previsibles o imprevisibles, sino contra sí misma. O, lo que equivale a lo mismo en política, contra la percepción real o interesadamente manipulada que se tiene de ella: política hábil, pero maniobrera; experimentada, pero insincera y escurridiza; fiable por su capacidad, pero sospechosa por su estilo.

(1) NEW YORK TIMES, 30 de octubre


TURQUÍA: LA NOSTALGIA OTOMANA

26 de octubre de 2016
               
Después de completar la purga y acomodar el Estado a sus ambiciones y ensueños políticos, el Presidente turco, Recep Tayip Erdogan, cree llegado el momento de cobrarse avances en el frente exterior.
                
La guerra de Siria, aunque resulte un escenario plagado de peligros para Turquía, se le presenta al líder turco como un campo de oportunidades. El pasado verano, tras asegurarse que las consecuencias del fallido golpe militar se encontraban bajo control, lanzó a unidades seleccionadas de su ejército a controlar el norte de Irak, con el propósito de impedir que las victorias militares de las milicias kurdas turco-sirias se hicieran fuertes y avanzaran en su proyecto de instaurar el germen de una futura entidad semi-independiente en la zona.
                
De esta manera, Erdogan decidió, cuando él quiso o cuando le convino mejor, aceptar esa insistente invitación de Estados Unidos y sus aliados occidentales de combatir al Daesh en Siria. Formalmente, las operaciones militares turcas en el norte de Irak tienen ese objetivo, pero en la práctica para el sistema político-militar turco de lo que se trata es de impedir que el vacío de poder generado por el repliegue de los yihadistas sea aprovechado por los kurdos para fortalecer sus posiciones.
                
Washington, impulsado por la necesidad de restañar heridas, tras los reproches de Erdogan por lo que consideró en su momento como tibieza cuando no esquinada complicidad norteamericana en la intentona militar, se sintió en la necesidad de presionar a los combatientes kurdos para que se mantuvieran en la ribera oriental del Tigris y no completaran su aspiración de consolidar una zona continua de terreno en la frontera sirio-turca.
                
Ahora, iniciada la batalla para recuperar Mosul al Estado islámico, el presidente turco, seguramente con el beneplácito del Ejército, ha visto una nueva oportunidad de afianzar la presencia turca en la región. En el complicado plan de combate, que se ha ido gestando durante meses, Washington descartó la participación de fuerzas militares turcas, pero Erdogan está reclamando su parte en el botín, mediante la entrada en combate.
                
En la base turca de Bashiqa, situada muy cerca de Mosul, en el norte de Irak, se mantienen unos ochocientos soldados, apoyados por carros, blindados y artillería, tras las exitosas operaciones militares del verano, ahora en espera de unirse al asalto contra la fortaleza del Califato.            

Aparte del temor principal, a que las guerras de Siria e Irak favorezcan la emergencia de una entidad kurda en su frontera sur, con capacidad para convertirse en germen de una entidad política autónoma primero e independiente después, a los turcos, de confesión sunní mayoritariamente, les inquieta el refuerzo del poder político chíi, confesión dominante en Irak y absoluta en Irán. Uno de los motivos invocados por el régimen turco para justificar su activa participación en el conflicto iraquí es la salvaguarda de la seguridad de la población sunní en Mosul. En la base de Bashiqa, oficiales e instructores turcos entrenan a unas milicias sunníes dirigidas por un antiguo gobernador de Mosul.
                
El activismo turco ha sido todo menos discreto. En los últimos días, el presidente turco ha pronunciado proclamas y encendidos discursos reclamando no sólo sitio en este combate específico, sino en la redefinición de la región. Erdogan sabe que una de las consecuencias de las guerras en Siria e Irak puede ser la conformación de entidades políticas semi autonómas o federadas, y quien sabe si el redibujo de unas nuevas fronteras. Y no quiere que Turquía esté ausente o sea una simple invitada u observadora.
                
La partición de Siria, por ejemplo, es objeto de debate abierto en los gabinetes de estrategia en Estados Unidos y en Europa. Hay quien abiertamente lo está proponiendo como fórmula inicial para detener la guerra y, con posterioridad, para conformar un nuevo país, basado en equilibrios étnicos y religiosos. Al estilo de Bosnia, salvando las distancias (1).
                
Ante la eventualidad de una redefinición del mapa político y geoestratégico, Erdogan quiere reservar un papel muy protagonista para Turquía. El nacionalismo turco, ya sea de inspiración laica o islamista, no ha aceptado nunca las consecuencias prácticas del derrumbamiento del Imperio Otomano, al término de la Primera Guerra Mundial. Y aunque el nacimiento de la nueva Turquía, en los años, suponía la superación del revanchismo, de las tentaciones imperiales y de las nostalgias de grandeza, lo cierto es que la descomposición abierta o semicontrolada de las vecinas Siria e Irak han reabierto el apetito de los nostálgicos del expansionismo turco.
                
Estados Unidos contempla con mucha preocupación esta enésima exhibición de fuerza de Erdogan. Una de las mayores preocupaciones de Washington ha sido convencer al gobierno de Irak, para que excluyera del combate de Mosul a las milicias chiíes armadas y financiadas por Irán. De esta forma, pretendían privar al Daesh de un elemento de propaganda en su esfuerzo de resistencia, ya que los yihadistas no podrían presentarse ante la población local como defensores de la mayoría sunní de la ciudad frente a los asaltantes chíies.
                
En Irak, el primer ministro Abadi, un chíie moderado y muy diplomático siempre en sus manifestaciones, se vió obligado a contestar al intervencionismo turco con una dureza inhabitual. “Por dignidad nacional”, replicó Abadi, las fuerzas iraquíes no permanecerían impasibles ante una intervención militar turca en Mosul: “les haríamos frente”, sentenció.
                
Anteriormente, Erdogan se había mostrado irrespetuosamente desdeñoso con el gobierno iraquí al declarar que Bagdad es simplemente “el administrador de un ejército del chiismo” (2).
                
La administración Obama ha tomado cartas en el asunto. El jefe del Pentágono, que sigue desde la zona el desarrollo de la batalla de Mosul, está realizando intensas gestiones en Ankara y Bagdad para aplacar este brote de tensiones entre dos países que son aliados de Estados Unidos, pero en esfuerzos y objetivos no siempre coincidentes.

NOTAS.

(1)     “Syria. A deadlock for years to come”. MICHAEL O’HANLON. BROOKING INSTITUTION, 17 de octubre.

(2)     “Turkey’s push to join battle for Mosul inflames tensión with Iraq”. NEW YORK TIMES, 23 de octubre; “Turkey barges into the Mosul fight”. NEW YORK TIMES, 24 de octubre.

LA TRAMPOSA DENUNCIA DE DONALD TRUMP

21 de octubre de 2016
                
La última tormenta político-electoral desatada por Donald Trump en Estados Unidos (en Washington, no tanto en el resto del país) ha sido su negativa a reconocer de antemano los resultados del 8 de noviembre.
                
En el tercer y último debate electoral, el nominado republicano se puso misterioso al decir al moderador que "mantendría el suspense" ante la pregunta sobre su aceptación del veredicto de las urnas.
                
Hillary respondió con la contenida indignación que caracterizó su actuación en este último gran espectáculo televisado previo a las elecciones. La nominada demócrata hizo algunas referencias a la limpieza del sistema electoral norteamericano más que discutibles.
                
Es un hecho que las elecciones norteamericanos no son un modelo de democracia, contrariamente a lo que creen muchos en Europa. El sistema está plagado de trampas, obstáculos y trucos que privan del voto a numerosos ciudadanos. La exigencia de carnets de identificación, que en Estados Unidos no son moneda común y corriente como aquí, impide que sectores significativos de la población más desfavorecida vote. Estar identificado cuesta dinero, más del que muchos pobres se pueden permitir. Por no hablar de la población ex-carcelaria (demasiado numerosa en aquel país) y otros condicionamientos, algunos de ellos tan absurdos que resultarían escandalosos en Europa.
                
Muchas organizaciones de derechos cívicos trabajan para que la gente se registre, condición previa para votar (de nuevo, otra exigencia que no existe en Europa), o para ayudar a los ciudadanos a eliminar los obstáculos para registrarse. Esas ong's y algunos medios contestatarios, e incluso otros acomodados en el sistema, llevan décadas denunciando esta debilidad del sistema electoral norteamericano. El ex-presidente Carter dijo en una ocasión que las elecciones norteamericanas deberían contar con observadores internacionales.
                
Recientemente, el Tribunal Supremo ha adoptado algunas medidas que protegen a los ciudadanos de las maniobras de algunos estados, principalmente los dominados por la derecha republicana, para limitar el derecho de voto.  Pero hay mucho por hacer y el riesgo de retroceso está siempre presente.
                
Al poner en duda el resultado legítimo de las elecciones, Donald Trump no denuncia, y mucho menos afronta, las brechas en la legitimidad electoral. No era esa su intención. Ni un sistema más justo y democrático, su objetivo.         
                
Lo que Trump pretende es justificar su presentida derrota. El anti-candidato del Partido Republicano ha hecho una campaña desastrosa. A la fatiga que la incontinencia de estupideces y falsedades ha generado, se han sumado las injurias a mujeres, grupos sociales o raciales, a medios menos complacientes, o a su propia rival directa.
                
Trump se empeora a sí mismo (un ejercicio verdaderamente sobresaliente por la dificultad que comporta), cuando intentó luego hacerse el gracioso y aseverar que sólo reconocería los resultados si él resultaba ganador.
                
Después de todo, el sistema político-mediático norteamericano se "merece" a un tipo como Donald Trump. Sin la atención casi obsesiva, más o menos involuntaria, hipócrita, que ha recibido de casi todos los medios, sin la instrumentalización de su venenosa popularidad por parte de la errática y vengativa derecha política, Trump no habría pasado de ser lo que es: un oportunista aventurero con pocos escrúpulos, un sarta de tópicos demagógicos y apenas unas cuentas ideas recurrentes del arsenal reaccionario estadounidense.
                
No reconocer su presentida derrota y prolongar innecesariamente la duración de la liturgia de la noche electoral al no comparecer públicamente para felicitar a Hillary Clinton sería la última manifestación de lo único que sabe hacer: concitar en él el foco de la atención mediática.
                
El sistema electoral norteamericano necesita una revisión profunda. Pero Donald Trump no es ni puede ser el profeta de su reforma, sino un farsante escandaloso.

                

DAESH: ¿DERROTA FINAL O ENÉSIMA TRANSFORMACIÓN DEL JIHADISMO?

19 de octubre de 2016
                
Ha comenzado lo que parece ser la penúltima batalla en la guerra contra el Daesh. Se está librando en Mosul, segunda ciudad de Irak en población, capital del autoproclamado Califato y epicentro de su poder económico y propagandístico.
              
LA BATALLA DE MOSUL
                
Los análisis previos anticipan una campaña sangrienta que puede durar dos meses o más, según el optimismo o la cautela de unos u otros. Todos, en cambio, coinciden en el pronóstico sobre el resultado: ganará la denominada coalición. ¿Quiénes la componen?  Un complejo y desigual conglomerado de fuerzas compuesto por, el ejército regular, la policía federal y las fuerzas antiterroristas de Irak, los peshmerga (milicianos) kurdos, las milicias chiíes pro-iraníes semiautónomas, fuerzas tribales sunníes y rebeldes pro-turcos. En labor de apoyo, protección y orientación,  la aviación, los servicios de inteligencia y las fuerzas especiales norteamericanas y otros efectivos militares europeos (1).
               
                
El pronóstico es palmario. Ante tal despliegue de fuerza, los jihadistas (entre 3.000 y 5.000 según las fuentes) sólo tienen contadas opciones: una resistencia parcialmente subterránea, numantina, horriblemente destructiva y sangrienta, con la aniquilación como único horizonte plausible; la huida (muy improbable, al menos en condiciones favorables); o la rendición incondicional (convertida en otra forma de sacrificio, ya que nadie garantiza clemencia a los derrotados).
               
                
Uno de los principales expertos en Irak, por su experiencia directa en varias zonas del país, Michael Knigths. Este analista asegura que son muy improbables los llamados "escenarios pesadilla" (sacrificio de gran parte de la población convertida en escudos humanos, voladura de los puentes sobre el Tigris, destrucción de los sistemas de agua y electricidad, desencuentros  o malentendidos entre los asaltantes y la resistencia local o enfrentamientos sectarios entre los distintos grupos de la coalición).  La extensa red de vigilancia aérea y sobre el terreno desplegada durante meses por Estados Unidos  y el gobierno iraquí parece suficiente para prevenir estos desastres (2).
                               
Quien sabe. En todo caso, el verdadero debate sobre la campaña de Mosul no es militar, por mucho que en algunos medios se sienta de nuevo esa excitación que sólo parecen  despertar las noticias bélicas.  En Mosul se juega, a decir de muchos observadores, el futuro cercano de Irak.  Y, quizás, de toda la región.
                              
Lo más difícil no será expulsar al Daesh sino establecer en la ciudad y en su área de influencia (provincia de Ninive y aledañas en el norte del país) un sistema que garantice la estabilidad y la convivencia entre nacionalidades, etnias y confesiones (3). La ambición de las potencias regionales limítrofes (Turquía e Irán) y la incertidumbre sobre la política de la nueva administración norteamericana hacen imposible prever un desenlace satisfactorio de este dilema político. Por no hablar del fantasma de la partición (4), una tentación o amenaza que resulta también recurrente en Siria.              
               
LA REESCRITURA DE LAS PROFECÍAS
               
Otro factor que complica la estabilidad es la vecina guerra de Siria. Si el Daesh pierde su capital institucional y económica, se verá obligado a librar su última batalla en Raqqa, su bastión militante y propagandístico en Siria. En las últimas semanas habrían llegado a esta ciudad cientos de cuadros del califato acompañados de sus familias, procedentes de Mosul, para escapar del exterminio anunciado. Seguramente, apenas conseguirán aplazar su aniquilación. Las posiciones del Daesh en Siria están diluyéndose por días.          
               
El pasado fin de semana los extremistas abandonaron Dabiq, localidad emblemática como pocas, donde la propaganda califal situaba la que debía ser victoria definitiva contra los cruzados, según una ancestral profecía. Los rebeldes sirios pro-turcos se apoderaron de la ciudad con una facilidad mucho mayor de lo esperados, desmintiendo pronósticos de sacrificio masivo de los milicianos califales.  La propaganda jihadista, en un reflejo orwelliano, ya está reescribiendo sus proclamas de hace dos años y anunciando que "no era aún el momento de la batalla definitiva" y otros mensajes de improbable fortuna (5).
                            
El ISIS (o Daesh) está acabado. Todo indica que Obama dejará la Casa Blanca con ese objetivo prácticamente cumplido. Otra cosa es que el extremismo islámico esté derrotado. Eso sería una pretensión irreal, absurda. Después de todo, este Estado Islámico es heredero de otras formaciones similares o análogas que se solapan y suceden de forma espontánea, casi inevitable. La propuesta extremista desde una óptica político-religiosa es una realidad que será difícil desarraigar en Oriente Medio durante generaciones, mientras no haya un cambio en las condiciones de vida de la población, un giro impensable en las políticas de las potencias occidentales en la zona y un reequilibrio de las opciones políticas locales o regionales.   
                
La derrota (militar) del Califato puede alentar la narrativa del martirio, muy fértil en aquellas mentalidades, por incomprensible que nos resulte a los occidentales. De las ruinas de Al Qaeda, devastada tras el 11-S, emergió una nueva corriente de extremismo islámico que el Daesh supo interpretar, reorientar o liderar. Lo más probable es que otra formación, se llame como se llame, emerja del apocalipsis jihadista que se perfila en Mosul y Raqqa.
                
De hecho, los líderes del Califato ya han anticipado su destrucción y han ensayado alternativas de supervivencia: en África, en Asia, pero sobre todo en Occidente. El ISIS perderá su condición de Estado (lo ha perdido ya) y regresará (ya lo está haciendo) a la clásica forma de organización armada o terrorista. Si puede hará daño, mucho daño, Europa, con atentados de gran envergadura. Cuando los militares de élite occidentales terminen su trabajo en Iraq y en Siria, se multiplicará el trabajo de los distintos cuerpos policiales y de inteligencia, sometidos ya a una presión enorme, en Europa, en Estados Unidos y en otras latitudes. 
                
Las profecías no se cumplen casi nunca, como en Dabiq; los pronósticos, sólo a medias. Y las batallas desiguales  como la que se va a librar en Mosul, o próximamente en Raqqa y otros enclaves de Siria, terminan replicándose en nuestras ciudades, en forma de coches-bombas, atentados suicidas y cualquier otra forma de venganzas mortales.

NOTAS

(1) "Quelles sont les forces en présence por la bataille de Mossul"; Comment la bataille contre l'Etat islamique se prépare-t-elle autour de Mossoul?". LE MONDE, 17 de octubre.

(2) "The liberation of Mosul will go betther than you thought". MICHAEL KNIGHTS. THE WASHINGTON INSTITUTE, 18 de octubre.

(3) "Truly winning the battle of Mosul".DANIEL BIMAN. MARKAZ,BROOKING INSTITUTION, 18 de octubre.

(4) "Is protecting Mosul minorities an excuse for partition?". BEVERLY MILTON-EDWARDS. AL JAZEERA, 17 de octubre.


(5) "After losses in Sira and Iraq, ISIS moves the goal posts". NEW YORK TIMES, 18 de octubre.

SIRIA Y YEMEN: DOS GUERRAS SIMILARES, DOS NARRATIVAS DIFERENTES

13 de Octubre de 2016
                
Raramente, el foco de interés mundial se pone en más de un escenario al mismo tiempo. Los conflictos armados (las guerras, para entendernos) son absorbentes, pero sólo una vez que capturan el interés público dominante. Absorbentes y excluyentes. Cuando se convierten en el asunto preferente, hacen olvidar a otros, no menos graves, no menos mortíferos, pero sí menos eficaces en la conquista de la pantalla.

Es por eso que, en estos momentos, la atención diplomática, política, humanitaria, mediática y propagandística está puesta en Siria, mientras otra guerra igualmente brutal, devastadora y peligrosa para la estabilidad regional y global, la de Yemen, casi está pasando desapercibida.

Este fenómeno de la atención dispar va más allá de eso que en los noventa, en otro momento de acumulación de desastres bélicos, se llamó la “fatiga de la compasión”. Porque, al cabo, de eso se trata. Las guerras se inician por razones que poco o nada tienen que ver con cuestiones humanitarias (aunque sí fieramente humanas, incluso las que se ocultan bajo pretextos religiosos o sobrenaturales), pero se convierten en asuntos de interés general o global, cuando son capaces de acumular tanto sufrimiento humano, siquiera remoto, delante de nuestros ojos que la mala conciencia, o la buena, nos obliga a prestarle atención.

Siria es una calamidad absoluta, porque ninguno de los contendientes es fiable. No hay una solución positiva, y eso explica que un actor tan decisivo como Estados Unidos no se haya comprometido a fondo. Los partidarios de un intervencionismo más activo, ya desde el posicionamiento liberal (que en EE.UU. equivale a “progresista”) o desde la perspectiva neocon en retroceso, reprochan a Obama su pasividad, incluso su falta de visión estratégica, cuando no lo hacen responsable directo del caos actual.

Afortunadamente no falta quien replica a bienintencionados o guerreros con sólidos argumentos. Como Steve Simon, uno de los principales conocedores de la región, responsable de Oriente Medio en la primera administración Obama y agudo analista. Contra la opinión mayoritaria y la venenosa intoxicación de los sectores más reaccionarios, Simon afirma que no hay que intervenir militarmente, que hay tener mucho cuidado sobre el grupo al que se apoya y los objetivos que se pretende defender. Con buen juicio, recomienda insistir en la vía diplomática, por gastada e ineficaz que se haya mostrado hasta ahora, para proteger lo más posible a la población civil, reducir su injustificado sufrimiento y propiciar una solución política a medio plazo.

La paciencia no vende, no es mediática, no captura las pantallas. Pero suele ser el mejor condimento para avanzar en soluciones complejas. Desde el momento en que una guerra se convierte en un arma política arrojadiza en conflictos políticos ajenos, la posibilidad de una solución pacífica se reduce. Ocurrió en Bosnia y está ocurriendo en Siria.

Pero, volviendo al dilema del principio, ¿por qué Siria preocupa tanto y en cambio a nadie parece interesarle lo que pasa en Yemen? Se puede decir que, siendo ambos conflictos muy graves y temibles, el sirio es más peligroso, más mortífero. Es discutible.

Yemen es un país más desconocido, no menos importante. Ni más pequeño, ni menos relevante geoestratégicamente. La persistencia del conflicto yemení es tan desestabilizadora de la región como el sirio. Pero este último tiene resuelto el elemento clave que convierte una guerra en preferencial: están más implantados los papeles de bueno y malo, de amigos y enemigos, de villanos y víctimas.

En Siria, se nos presentan dos grandes villanos que, a su vez, son enemigos entre sí: el régimen de Bashar el Assad y los extremistas islámicos del ISIS. No se puede derrotar a los dos a la vez, así que Estados Unidos y sus aliados han preferido destruir primero a los jihadistas, pero sin que ello permita reforzarse al gobierno. Pero tan importante son los villanos locales como quienes los protegen, como se argumentaba en tiempos de la guerra fría. Entonces como ahora, la Siria oficial es el feudo regional de Rusia (antes la Unión Soviética).

Las víctimas, los buenos pasivos, son la población civil, la gente corriente que sufre, se muere de hambre, enferma sin remedio ni alivio y muere. Otros actores intermedios, a los que protegemos sin proclamarlo demasiado, o no protegemos tanto como pretendemos, porque ni siquiera sabemos si merecen ser consideramos buenos o de los nuestros. Por eso no cuentan mucho. Es demasiado complicado explicar sus rivalidades o sus contradicciones. Son los actores invisibles. Hacen la guerra incomprensible al desbordar el contorno humano para convertirlo en un asunto político, socio-económico, ideológico, religioso; es decir, distante, ajeno.

El encaje sencillo, evidente, de la guerra de Siria en el renovado pulso de Occidente con Rusia, con la potencia euroasiática, enemigo tradicional durante décadas, desdibujado en los últimos veinticinco años, pero temible de nuevo, favorece la atención preferente por esta guerra en la ribera oriental del Mediterráneo. 

En Yemen, en cambio, la situación es igualmente compleja, pero el maniqueísmo de buenos y malos, las antinomias de amigos y enemigos son mucho más incómodas. Las mayores barbaridades de la guerra las está cometiendo Arabia Saudí, potencia regional, no nacional. Carnicerías por error, descuido o premeditación convierten la aparente inhibición de Estados Unidos en insostenible. 

Washington mantiene distancia del conflicto, pero alimenta los bombardeos saudíes con la inteligencia imprescindible para que Riad no haya perdido ya la guerra. Para compensar la irritación saudí por el acuerdo nuclear iraní, la Casa Blanca ha otorgado a su gran aliado árabe un respaldo del que posiblemente ya se haya arrepentido.

La última barbaridad, el bombardeo de una morgue en la capital, Sanaa, obligó a portavoces oficiales norteamericanos a pedir públicamente explicaciones a sus protegidos saudíes. Días antes, el ataque a un convoy humanitario en Siria, había desencadenado una tormenta en la ONU y la anunciada ruptura del cese el fuego. Imposible no distinguir el doble rasero. Inevitable el discurso ambivalente sobre crímenes de guerra y responsabilidades.

El reciente intercambio de acciones militares limitadas entre las fuerzas norteamericanas y los rebeldes huthies apoyados por Irán no debe conducir a una escalada, aunque eso es lo que le gustaría que ocurriera, parcialmente, al petromonarquía árabe.

Los bandos locales en uno y otro país están plagados de divisiones, contradicciones y crueldades. La población yemení sufre tanto como la siria. Y la forma en que el régimen casi feudal de la Casa Saud defiende sus pretendidos intereses en Yemen no es más comprensible o justificable que la actuación rusa en Siria. Pero no interesa poner el foco en Yemen, porque habría que dar muchas explicaciones sobre la inconsistencia de los apoyos que Occidente, con mayor o menos discreción según el caso, proporciona.

En definitiva, Siria y Yemen son dos guerras similares, devastadoras y crueles hasta lo insoportable, que despiertan enjuiciamientos morales y atención mediática y diplomática en absoluto equiparable. De ese tratamiento, se desprende una narrativa, diferente, desigual y, a la postre, profundamente cuestionable.