GRECIA: NAUFRAGIO EN ÍTACA

24 de mayo de 2023

Hace cincuenta años, Lluis Llach, músico y cantautor catalán, maduraba la creación más ambiciosa y brillante de su trayectoria artística, hasta entonces. Viatge a Itaca, obra del poeta griego por entonces ya  fallecido Konstantinos Kavafis, no era uno más de esos poemas a los que Llach, como tantos otros, había dado un nuevo  aliento de vida mediante su conversión en canciones de resistencia, lucha y esperanza de libertad. Viatge a Ítaca rompía las fronteras de la militancia política y social. Iba más allá del atrevimiento del mensaje combativo (como había sido L’Estaca, a finales de los sesenta). El valor original del poema musicado de Kavafis residía en la celebración de la utopía. La obra salió a la luz en 1974, año de convulsiones políticas y esperanzas renacidas en toda España. Y en Grecia, donde la “dictadura de los coroneles” se desfondaba tras su aventurera intervención en Chipre. En el país de Kavafis empezaba a despuntar el alba de libertad, que se extendería luego por todo el sur de Europa: primero, Portugal; luego, España.

Las nubes de la política real ensombrecieron pronto la utopía kavafiana en cualquiera de esos tres países. La democracia les llegó en uno de esos momentos de dificultades extremas (crisis del petróleo tras la guerra del Yom Kippur, agotamiento del modelo de nivelación social de la socialdemocracia europea e irrupción del neoconservadurismo revanchista anglosajón).

El modelo ultraliberal que ha dominado Europa (y Estados Unidos, su inspirador y motor) hasta finales de la primera década del presente siglo arrasó con todos los avances sociales de la segunda posguerra europea. Y Grecia, de nuevo Grecia, se convirtió en el epítome de esa masacre social y política. La ruina del país, propiciada por la mala gestión de los gobiernos del “consenso centrista” (PASOK y Nueva Democracia) y las recetas neoliberales subsiguientes, dinamitó la estructura política del país.

En 2012, en un panorama dantesco de quiebras, desempleo, pobreza y hambre, surgió una alternativa de izquierdas con ribetes utópicos, sin anclaje orgánico en las familias clásicas (socialistas o comunistas). SYRIZA inspiró un nuevo viaje a Ítaca, una singladura que debía ir “más allá de los árboles caídos que ahora nos aprisionan”, como había escrito Kavafis.

Ya se sabe cómo acabó aquella travesía griega de la esperanza renacida. Tsipras y Varufakis creyeron haber cegado a Polifemo, pero el monstruo de la gruta de la austeridad europea resultó tener más de un ojo y el “Dios del viento” no impulsó el barco de los utópicos, sino que lo desguazó con inclemencoa. Tsipras fue humillado en Bruselas. Y, cuando intentó presentar su claudicación como una tregua antes de seguir la travesía, muchos desengañados griegos le volvieron la espalda. En 2019 aún pudieron aguantar a pesar de perder las opciones de gobierno. Ahora, cuatro años después, se ha levantado acta del naufragio. En estos ocho años de tormentosa singladura, SYRIZA ha perdido la mitad de sus “guerreros fieles al pueblo”: de 145 diputados ha pasado a 71.

¿Qué ha ocurrido para que la utopía se haya disuelto en la amargura del fracaso?

EL DESENGAÑO DE SYRIZA

SYRIZA no ha encontrado la sabiduría que Kavafis loaba como la auténtica recompensa del viaje. El gran error de Tsipras y los suyos fue hacer creer que se podía derrotar al enemigo austericida sólo con gritar a las armas y remar con entusiasmo. No supo en su momento apreciar el valor de la paciencia, algo comprensible en parte, si se tiene en cuenta el apremio de la situación que heredaron. No ha aprendido lo suficiente de los errores o no ha construido  la manera de explicarle a los griegos que no estaba preparada para combatir contra dioses tan implacables.

El proyecto se ha ido debilitando y el ejército de combatientes ha ido menguando, víctima de la endémica enfermedad de la izquierda utópica europea: la división creada por el personalismo, disfrazado de exigencias ideológicas puristas. La SYRIZA fuerte y unida de 2012 se ha roto en tres. El grupo mayor, que conserva siglas y la mayor parte de dirigentes, ha logrado poco más del 20% de los votos, dieciséis puntos menos que en enero de 2015. La facción intelectual, crítica y provocadora de Varufakis (Mera’25) ni siquiera ha franqueado la barrera del 3% necesaria para obtener representación parlamentaria. La escisión Rumbo a la Libertad (nombre de claras resonancias kavafianas), supera a los anteriores en unas décimas, pero tampoco lo suficiente para acceder a la Asamblea. Esta desbandada de los navegantes utópicos debería servir de aviso a las formaciones españolas análogas, ante los desafíos electorales.

Otra lección del desastre ha sido la ruptura de puentes con el merecidamente denostado PASOK, ahora en otro trabajoso viaje de reconstrucción/regeneración, que le ha valido un empuje electoral de 4 puntos (hasta el 11%), insuficiente para mejorar sus opciones negociadoras.

LA ENGAÑOSA GESTIÓN DE MITSOTAKIS

Lo más lacerante del desfondamiento de SYRIZA es que su adversario conservador llegaba muy ensuciado al combate electoral. El gobierno de Kyriakos Mitsotakis arrastraba una cadena de escándalos que ilustraban la pobre salud democrática del país. Las escuchas telefónicas de periodistas, empresarios e incluso del líder socialista Nikos  Androulakis, orquestadas desde los servicios secretos a través de una empresa informática en la que tenía participación el sobrino del primer ministro, desnudaron la hipocresía de la retórica liberal (1). Todo ello acompañado de un control cada vez más estrecho de los medios y de una reforzada vigilancia policial (2).

Más sangrante había sido el accidente ferroviario de febrero (57 muertos), que sacó a flote el deterioro criminal de las infraestructuras griegas tras la prolongada austeridad y el recorte de la inversión pública (3), considerado en su día como puro gasto para Bruselas y los gobiernos griegos sumisos. El actual jefe del gobierno ha tratado de compensar esas políticas con medidas que pudieran tener rédito electoral inmediato, pero siempre con la óptica de estimular fiscal y financieramente a los negocios (4).

Mitsotakis, de cuna rica y experimentada en las artimañas del poder, ha demostrado conocer mucho mejor los trucos de las democracias para presentar ciertos datos económicos como artículos de fé en la lucha por la supervivencia política (5). En 2022, tras el final declarado de la pandemia, el crecimiento económico se ha cifrado en el 5,2%, a costa del desempleo más alto de Europa (11%, pero un 24% entre los jóvenes) y una agudización de la desigualdad, con más de la cuarta parte de la población en situación de pobreza y un claro riesgo de exclusión (6).

Atención aparte merece la regresiva política migratoria, que se ha ejercido sin complejos y con la complacencia de Europa (7). La denegación de auxilio a barcos en dificultades han provocado una oleada de indignación entre las organizaciones humanitarias (8). El número de víctimas mortales en la ruta del Mediterráneo central ya ha batido los récords de años anteriores, y aún no estamos en verano, la estación que registra los mayores flujos migratorios.

Nada de esto, que apela a la condición humana más noble, ha importado demasiado. Quienes desprecian la utopía como alimento de la inestabilidad y acreditan sus prestigiosos títulos académicos como garantía de eficacia han ganado la partida en Grecia. Una vieja epidemia se extiende de nuevo por el país: la desmemoria. Que lleva como corolario la apatía: un 40% de los griegos ni siquiera ha ido a las urnas.

Pero el esfuerzo de Mitsotakis no ha concluido. Como le falta un puñado de diputados para la mayoría absoluta, utilizará el mecanismo de reforma de la ley electoral para forzar otros comicios en verano. Pretende aprovechar el naufragio de SYRIZA para hacerse con todo el botín político. Ni siquiera esas decenas de miles de jóvenes mayores de 16 años que pueden votar este año evitarán la catástrofe de la izquierda utópica. Ítaca está aún más lejos.

 

NOTAS

(1) “European Parliament report condemns spyware abuses in Greece”. BALKAN INVESTIGATIVE NEWS REPORT, 9 de mayo.

(2) “Greece’s prime minister wins an election but lacks a majority”. THE ECONOMIST, 21 de mayo.

(3) “Vent de colère après la catastrophe ferroviaire”. COURRIER DES BALKANS, 6 de marzo.

(4) “An election won’t end Greece’s troubles”. AKIS GEORGAKELLOS y HARRIS MYLONAS. FOREIGN POLICY, 19 de mayo.

(5) “Le premier ministre Kyriakos Mitsotakis sollicite un second mandat pour dejouer ‘l’instabilité’”. LE MONDE, 21 de mayo.

(6) “En Grèce, des élections legislatives, sur lesquelle plane le spectre de l’impasse politique” (resumen de prensa griega). COURRIER INTERNATIONAL, 21 de mayo.

(7)  “As Greece votes, leader says blocking migrants built ‘good will’ with Europe”. THE NEW YORK TIMES, 21 de mayo.

(8) “EU asks Greece to investigate video showing migrants abandoned at sea”. THE NEW YORK TIMES, 22 de mayo;

LO QUE NO SE HA ENTENDIDO DE TURQUÍA

17 de mayo de 2023

Turquía ha votado y Erdogan conserva muchas opciones de seguir en el poder. No es lo que predecían la mayoría de los sondeos (le daban varios puntos por debajo de Klicdaroglu), ni lo que deseaban discretamente sus formales aliados occidentales. El autoritario presidente turco ni siquiera ha tenido que recurrir a una manipulación soez de las urnas, temida por rivales y observadores (1). Le ha bastado con su sistema piramidal y paternalista que tiene raíces ancestrales y conecta con una población adicta a la autoridad.

Ese medio punto que le ha faltado a Erdogan para lograr la mayoría absoluta en la primera vuelta se antoja pan comido para el 28 de mayo. Sólo debe arañar los votos reticentes de los otrora convencidos de su misión histórica. O atraer  a una pequeña parte del ese 5% que ha votado a Sinan Ogan, un disidente ultra del ultraconservador Movimiento Nacionalista el partido más importante (11% de los votos en las legislativas) de los que gravitan en la coalición agrupada bajo el liderazgo supremo de Erdogan. Por tanto, salvo sorpresa mayor, el actual presidente seguirá acaudillando el país.

Muchos analistas de los medios occidentales liberales se preguntaban este lunes cómo es posible que, ante una situación económica tan precaria (inflación próxima al 50%, la divisa nacional ya  sin valor real, incremento del paro), la gestión desastrosa del reciente terremoto, una tensión casi insoportable con sus formales aliados occidentales y la presencia de una oposición casi unificada por primera vez en veinte años, Erdogan haya podido prevalecer.

La mayoría de las respuestas inciden en la perversión del sistema político, el patronazgo de unos medios de comunicación serviles, la manumisión de un electorado casi cautivo con nuevas subidas de sueldo a funcionarios y empleados públicos, anuncios de anticipación de la jubilación y promesas de subsidios inmediatos tras las elecciones, aparte de la sempiterna invocación a la debilidad e incluso la connivencia de la oposición con el “terrorismo” kurdo (2).

Todas esas razones son ciertas. Y poderosas. Pero se elude o no se destaca lo suficiente la conexión que Erdogan ha sabido cultivar y fortalecer con el instinto político de una mayoría de los turcos, adictos a la autoridad y al poder fuerte (3). Erdogan ha hecho creer a los turcos que han  superado el complejo de las poblaciones de imperios derrotados, humillados.

UN SIGLO DE AUTORITARISMO CON MODELOS DIVERSOS

La Turquía moderna cumple ahora cien años. Fue construida por el padre de la Patria, Mustafá Kemal Atatürk, un oficial del ejército otomano barrido por las potencias occidentales durante la Primera Guerra Mundial. Atatürk comprendió que la enorme catástrofe del derrumbamiento del Imperio de la Sublime Puerta sólo podía ser restañada con un poder fuerte capaz de abrirse paso en un nuevo mundo. El conservadurismo monárquico arraigado en el Islam como fuente de legitimación debía ser sustituido por una República sin complejos que mirara al futuro sin nostalgia ni temor, pero sin renunciar a lo más sólido de la tradición.

Pese a la amputación de sus territorios en Oriente Medio y a la pérdida definitiva de su influencia directa en la Europa balcánica y suroriental, Turquía tenía potencial para seguir siendo un gran país, una orgullosa nación. Sólo tenía que elegir mejor sus amigos, perder el miedo a ese nuevo mundo que se abría a sus ojos y construir un Estado fuerte no basado en la autoridad divina de un monarca o una familia sino en la voluntad férrea de sus ciudadanos. Una República autoritaria.

El proyecto de Atatürk prendió. Turquía supo explotar su condición de enclave privilegiado entre Europa y Asia. La nueva República, ya desaparecido el Padre, superó la II Guerra Mundial esta vez en el lado vencedor, lo que multiplicó su valor estratégico en el nuevo equilibrio entre el Este y el Oeste, ofreciéndose como pilar adelantado del campo occidental frente al flanco sur del nuevo coloso soviético. La rivalidad de siglos entre los regímenes absolutistas del Sultanato y el Zarismo se replicaba en la guerra fría con dos modelos republicanos opuestos: el todavía revolucionario pero ya conservador de Stalin y el autoritario pero formalmente afecto a las instituciones democráticas occidentales de los generales turcos, garantes primordiales del legado kemalista, junto a una judicatura militante y un funcionariado disciplinado.

Esa Turquía fuerte, autoritaria y vigilante nunca fue una democracia liberal al estilo europeo. Su condición de vigía le permitía sobrepasar los límites. Los partidos políticos se soportaban como una debilidad, y cuando se traspasaban ciertos excesos liberales, los militares ejercían el poder  directo, sin intermediarios. Occidente vivió muy a gusto con esa democracia autoritaria que el pueblo no contestaba, salvo una minoría ilustrada que había creído en un futuro de derechos y libertades, en la versión blanda e idealizada de la modernidad kemalista.

A finales de los setenta emergió el islamismo subyacente, depositario de valores conservadores profundos de las masas campesinas de la meseta central o del oriente más atrasado. Con la paciencia habitual de las religiones monoteístas, el Islam supo canalizar la insatisfacción ante una prosperidad alicorta que no llegaba a todos. El kemalismo era  un encaje incómodo para los líderes emergentes de ese Islam combativo que rebasaba el ámbito de la piedad personal.  Los militares herederos de Atatürk percibieron de inmediato el peligro y, al igual que habían eliminado cada exceso veleidoso de los partidos, no dudaron un segundo en segar de raíz una amenaza que consideraban aún más peligrosa. La persecución del islamismo fue sañuda. Erdogan fue el exponente de un islamismo de nuevo cuño que combinaba tradición y modernidad. El agotado régimen cívico-militar hizo un postrero intento de sofocarlo. Sin éxito.

ERDOGAN ROMPIÓ EL MOLDE

Tras su victoria en las municipales de Estambul, Erdogan aprovechó su momento y, con esa paciencia destilada del Corán, supo neutralizar a los generales atlantistas como baluartes primordiales de esa República autoritaria. Erdogan no destruyó el Ejército ni vació las instituciones kemalistas: simplemente las transformó, les dio una orientación ideológica y cultural diferente. No tuvo miedo ni se protegió de las masas desposeídas de Anatolia ni de las clases medias y trabajadores de las grandes ciudades; por el contrario les atrajo con una versión paternalista del Estado conseguidor, aliado de las fortunas pero hábil garante del reparto. Frente a la versión turca desfalleciente de la socialdemocracia o al neoliberalismo rapaz que se había impuesto en Occidente, Erdogan apañó un sistema corporativo que pretendía aglutinar capital y trabajo bajo la inspiración humanista de un islam protector.

Los principios prometedores se fueron disolviendo y las contradicciones del sistema se hicieron  evidentes a medida que se agotaban las palancas, tanto materiales como ideológicas. La corrupción fue gangrenando el campo de oportunidades sociales. El poder autoritario se distinguía cada vez menos del dictatorial. Empezaron a brotar las disensiones internas y los enemigos otrora silentes. Ante estos síntomas de problemas -aún no de debilidad-, Erdogan recurrió al resorte del falso riesgo del enemigo interior: el irredentismo kurdo. Después de unos inicios conciliadores, fue apretando los mecanismos represivos. El intento de golpe militar de 2016, real o fabricado (a tenor de su chapucera ejecución) le brindó la oportunidad de acabar con esos brotes de contestación: la purga fue extensa, profunda y despiadada.

Para entonces, Erdogan ya había diseñado una política exterior instrumental en su proyecto autoritario. Afianzado el poder interior, llegaba el momento de desprenderse de los rescoldos de complejos de potencia derrotada y humillada, de afirmar su condición de potencia regional y, por qué no, algún día, mundial. Empezó por extender su modelo ante un mundo árabe en descomposición, primero con una versión amable (‘cero enemigos’, fue la fórmula) y luego cada vez más asertiva. No dejó escapar la oportunidad que le brindó la ‘primavera árabe’. Tras la fragmentación de Siria, en una guerra internacionalizada y brutal en la que él participó apoyando al bando islamista menos radical, franqueó los fronteras para perseguir a los congéneres de sus enemigos kurdos.

Cuando Occidente torció de nuevo el gesto, Erdogan liberó todo el arsenal de reproches. Sobre todo con Europa, que llevaba décadas negándole la entrada en el selecto club de la Unión, con un complejo de condiciones que tanto los dirigentes como el pueblo percibían como excusas para disimular el inconfesable racismo y xenofobia que las masas de inmigrantes sufrían desde hacía décadas en las barriadas menesterosas europeas. Con EE.UU, el respeto reverencial se tornó cada vez más exigente. En esa nueva partida triangular, Erdogan contó un socio hasta cierto punto inesperado: la Rusia de Putin. Un espejo de su régimen, con raíces y desarrollo diferentes, pero con capacidad similar para contestar la arrogancia occidental.

Lo impensable décadas atrás se produjo. Erdogan aprovechó la posición geoestratégica de su país en beneficio propio y le puso precio a su patrón occidental. De entre todas las alteraciones del orden liberal en los últimos treinta años, la revisión turca ha sido quizás el fenómeno más relevante. No es que Turquía se haya vuelto equidistante entre Occidente y Rusia. Pero la casuística de la cooperación dentro de la rivalidad entre Ankara y Moscú provoca una inquietud enorme en la OTAN. Como su actuación autónoma en los conflictos africanos y caucásicos.

La guerra de Ucrania ha confirmado la apuesta de Erdogan. No se ha alineado con Rusia, pero se ha abstenido de sumarse a la guerra económica contra el Kremlin. Juega un papel de mediador para resolver el atasco en el suministro de grano ucraniano a numerosos países dependientes del Sur. Y vende drones a Kiev sin que ello provoque la irritación de Putin, o sin que este lo demuestre, porque gana por otro lado.

En campaña, Erdogan hizo virtud de la necesidad, capeado el temporal de las crisis sucesivas (Covid, guerra, corrupción, incompetencia, etc) e insistió en sus mensajes de fuerza y prestigio. A saber... nunca desde Atatürk ha sido Turquía tan respetada en el exterior. O temida. O incluso odiada por esos liberales europeos despectivos o esos norteamericanos arrogantes que ahora tienen que atender nuestros intereses en Oriente Medio. Erdogan ha vendido a sus fieles, a los que han dejado de creer en el, pero también a quienes recelan de su sistema, la impresión de que nadie puede hacerlo mejor y proporcionarles más seguridad y prosperidad. El tibio apoyo del principal partido kurdo (por lo demás, inhabilitado y descabezado) a la coalición opositora ha sido un regalo presentido por el Sultán, que no dudó en utilizarlo para presentar a sus rivales como “cómplices de los terroristas” (5)

Otros factores le han ayudado a resistir este embate de malos tiempos. La personalidad un tanto desvaída de Kilicdaroglu (6) encaja mal con ese instinto autoritario de las masas turcas menos familiarizadas con los matices políticos liberales. Sus promesas de una restauración del sistema democrático han resultado poco convincentes, y menos el presentido alejamiento de Moscú, con quien Erdogan ha trabado una interdependencia económica difícil de desmontar a corto plazo (7). A eso se añade el escaso compromiso del líder opositor con los intereses de la clase trabajadora (8), una visión de un analista turco menos ajustada a la lógica occidental.

NOTAS

(1) “Turkey’s elections won’t be free and fair”. NATE SCHENKKAN y AIKUT GARIPOGLU (Freedom House). FOREIGN POLICY, 3 de mayo.

(2) “Eléctions en Turquie: pourquoi Erdogan a déjoué les pronostiques”. MARIE JÉGO (corresponsal en Ankara) Y ANGÈLE PIERRE. LE MONDE, 16 de mayo; “Recep Tayip Erdogan confounds predictions in Turkey’s elections”, THE ECONOMIST, 14 de mayo; “Erdogan’s grip on power is loosened but no broken, vote show”. BEN HUBBARD. NEW YORK TIMES, 15 de mayo;

(3) “Erdogan scores win through culture wars and soft authoritarianism”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 16 de mayo.

(4) “En Turquie, une élection cruciale pour l’Europe et l’OTAN”. NEKTARIA STAMOULI. POLÍTICO (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 11 de mayo).

(5) “Turkey’s resilient autocrat”. SONER CAGAPTAY. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo.

(6) “A former bureaucrat is giving Erdogan a run for his money”. THE ECONOMIST, 10 de mayo.

(7) “What if Kemal Kilicdaroglu wins Turkey’s election”. STEVEN COOK. FOREIGN POLICY, 14 de abril.

(8) “Turkey’s opposition can’t win without the working class”. HALIL KARAVELI (Central Asia and Caucas Institute). FOREIGN POLICY, 17 de abril.

UN VERANO CALIENTE EN EL MEDITERRÁNEO

10 de mayo de 2023

Se teme un nuevo verano trágico en el Mediterráneo por la deficiente gestión oficial de los flujos migratorios. La tendencia apuntada en los primeros meses del año así lo anticipa. En lo que va de año, el Mediterráneo ha vuelto a ser la tumba de miles de africanos que intentan llegar a la orilla norte, por las costas italianas y griegas, sobre todo (1).

En 2017 la UE alcanzó un acuerdo de control migratorio con Libia, que desde la gran crisis de 2015 había sido el principal foco reciente de procedencia de los migrantes africanos y asiáticos (2). El contenido de aquel acuerdo presentaba ribetes oscuros, como en su día denunciaron no pocas organizaciones humanitarias.

Las potencias europeas, muy divididas y enfrentadas entre ellas, “externalizaron” el control de la migración africana a un país sumido en una guerra interna y con escasas, por no decir nulas, garantías democráticas. Se documentaron numerosos casos de torturas practicadas por la guardia costera libia (3).

Si bien la llegada de inmigrantes irregulares procedentes de Libia se había reducido en más de un 50% hasta finales de 2022, el flujo total en el Mediterráneo ha registrado nuevos aumentos desde 2020.

TÚNEZ, EL ACTUAL FOCO DE MAYOR PREOCUPACIÓN

A pesar de seguir actuando con un alto grado de impunidad, las mafias que controlan el tráfico de personas decidieron desplazar el lugar de origen a Túnez que, por entonces, parecía un lugar más tranquilo. Ha dejado de serlo.

De enero a abril de este año, más de 26.000 personas procedentes de Túnez han llegado a las costas italianas, mientras que en todo 2022 la cifra de arribados fue de 30.000. Por tanto, es razonable pensar que asistiremos a un desbordamiento de la situación, sin que parezca existir un plan de actuación. Más bien al contrario (4).

Este nuevo repunte de la crisis migratoria coincide con un gobierno italiano de nuevo muy represivo en materia migratoria y social. La primera ministra, Giorgia Meloni, como era de esperar, ha optado por la “manera fuerte”, bloqueando la llegada de embarcaciones y dificultando las tareas de socorro de las ong’s que intentan evitar los naufragios. A la mayoría de los emigrantes que, pese a todo, consiguen alcanzar puertos italianos les espera un incierto viaje de vuelta. A mediados de abril, el gobierno de Roma decretó el estado de emergencia nacional, en virtud del cual se facilitan y agilizan las medidas de repatriación de los migrantes

A los miles de subsaharianos que inician cada año el éxodo, debido a la violencia endémica o una miseria sin remedio en sus lugares de origen, se añaden ahora los propios tunecinos. El país que alcanzó gran notoriedad por ser el primero en el que se produjo un levantamiento popular contra los regímenes dictatoriales árabes a comienzos de la pasada década, se encuentra sumido en una crisis múltiple. Un régimen autoritario, ya sin ambages, parece incapaz de resolver una situación económica ruinosa. La pandemia hundió el sector turístico, principal fuente de riqueza y divisas del país. El PIB se ha desplomado casi un 9%. El desempleo oficial supera el 10%, pero la economía informal crece sin parar y la desesperación social se hace insostenible. La deuda atenaza a las arcas públicas. Las autoridades negociaron hace poco un préstamo de unos 2 mil millones de $ con el FMI, pero el presidente Saïed  lo rechazó por considerarlo un “diktat inaceptable” (5).

Entre los observadores internacionales no hay unanimidad a la hora de evaluar la estrategia negociadora tunecina. Hay quien estima que el FMI ahogará al país como ya ocurrió en otras crisis anteriores (6). La conducta arbitraria y dictatorial del presidente complica las cosas. Saïed, un profesor de Derecho, llegó al poder con un mensaje populista de saneamiento general de las instituciones, tras el fracaso de los gobiernos que sucedieron a la dictadura del general Ben Ali. Su fórmula de democracia directa se ha resuelto en su simple y llana voluntad. Ha disuelto el Parlamento, ha puesto bajo su control directo a la judicatura, gobierna por decreto e ignora o desautoriza con frecuencia a sus ministros (7). Su última decisión polémica ha sido detener a Rachid Gannouchi, líder del movimiento islamista moderado Ennahda (Renacimiento), que es la formación política mayoritaria (8). El atento de ayer en una sinagoga de Djerba vuelve a reavivar el peligro de radicalismo musulmán. Europa y Estados Unidos han sido pasivos cuando no benignos con Saïed, de forma similar a cómo han actuado con el general Al Sisi en Egipto, ambos represores, aunque en distinto grado, de los islamistas.

En este contexto tan desfavorable, el fenómeno migratorio se antoja explosivo. Las autoridades europeas están intentando un acuerdo con las tunecinas para asegurar un cierto control fronterizo. Pero si de los libios no se podía esperar un trato muy humano, algo parecido está pasando en Túnez. Saïed es un factor de riesgo añadido. Recientemente se ha despachado con comentarios racistas sobre los subsaharianos que llegan a las playas y costas tunecinas para abordar la travesía mediterránea. La arbitrariedad de Saïed no es la única razón del pesimismo.

TENSIÓN INTERNA EUROPEA

La cuestión migratoria ha provocado, de nuevo, un nuevo foco de tensión intracomunitario, especialmente agudo entre Francia e Italia. La situación se arrastra desde otoño de 2022, cuando el gobierno italiano negó el abordaje en sus puertos del barco Ocean-Viking, de la ONG SOS-Mediterráneo, que acabó recalando en Toulon. París reprochó a Roma su conducta en términos severos. En los dos países, la extrema derecha aprovechó a fondo la crisis. Marine Le Pen acusó al gobierno de “dejadez”. Meloni actuó en parte por instinto y en parte por presión de sus socios xenófobos de la Liga, que están muy atentos al menor signo de “debilidad” de la jefa de gobierno para arrebatarle una base social por la que compiten ambas formaciones.

Este mismo mes, la tensión franco-italiana ha alcanzado un nuevo pico. Después de nuevas actuaciones restrictivas italianas en el Mediterráneo, ante el referido incremento migratorio, el el ministro galo del Interior, Gérald Darmanin, acusó directamente a Meloni de ser “incapaz de gestionar los problemas migratorios”. Las declaraciones fueron deliberadamente provocativas, no sólo por su dureza, poco habitual, entre socios europeos, sino por el momento. Al día siguiente estaba prevista una reunión de los ministros de exteriores de ambos países, que por supuesto fue cancelada (9).

Como es sabido, la inmigración es uno de los principales asuntos de fricción social y política en  Francia. La derecha y la ultraderecha presionan a Macron para que endurezca su posición. El nuevo líder de los antiguos gaullistas (Los Republicanos), Eric Ciotti, pertenece al ala radical del partido, hasta el punto de coincidir básicamente con Le Pen en esta materia.

Después de superar muy malamente el trago de la reforma del sistema de pensiones, la siguiente pesadilla del gobierno Borne iba a ser la nueva ley migratoria. Pero las exigencias exhibidas por LR han aconsejado a la primera ministra aplazar la iniciativa hasta después del otoño. Las elecciones, este mismo mes, en Grecia y Turquía, ambos países claves en el tráfico migratorio, son signos adicionales de un verano muy caliente en el Mediterráneo, y no solo por motivos meteorológicos.

 

NOTAS

(1) https://missingmigrants.iom.int/region/mediterranean
https://data.unhcr.org/en/situations/mediterranean 
https://www.msf.org/mediterranean-migration-depth

(2) https://www.consilium.europa.eu/en/infographics/migration-flows-to-europe/

(3) https://ecre.org/mediterranean-eu-blamed-for-increase-of-departures-from-tunisia-and-loss-of-lives-ngo-rescue-ship-blocked-un-report-notes-systematic-torture-by-eu-supported-libyan-authorities/

(4) “Why are migrants to Europe fleeing from and through from Tunisia?”. THE ECONOMIST, 3 de mayo.

(5) “Le président tunisien dit ‘non’ au FMI. MONIA EN HAMADI. LE MONDE, 6 de abril.

(6) “Tunisia was right to reject the IMF deal”. ALISSA PAVIA (Centro Hariri, del Atlantic Council). FOREIGN POLICY, 19 de abril¸ “Don’t bail out Tunisia’s would be dictator”. SHADI HAMID (Brookings Institute), FOREIGN AFFAIRS, 28 de marzo.

(7) “A wave of repression. Tunisia’s President turns back the clock to authoritarism”. THORE SCHRÖEDER. DER SPIEGEL, 30 de abril.

(8) “Tunisia can rebuild its democracy. Only its president stands in the way”. RACHED GHANNOUCHI. THE WASHINGTON POST, 25 de abril.

(9) “Les propos de Gérald Darmanin sur Giorgia Meloni provoquent une nouvelle crisis franco-italienne sur le question de l’inmigration”. ALLAN KAVAL (corresponsal en Roma). LE MONDE, 5 de mayo.

COREA: EL SEGUNDO TEATRO DE LA NUEVA GUERRA FRÍA EN ASIA

3 de mayo de 2023

Estados Unidos afina su doble estrategia de confrontación en Europa y Asia contra la enemiga Rusia y la rival China. Mientras los servicios de inteligencia, militares, diplomáticos y políticos se preparan para encajar la anunciada contraofensiva ucraniana de primavera, en Asia se van retocando y afinando las alianzas tradicionales.

La reciente cumbre entre los presidentes norteamericano y surcoreano ha recibido menos atención en los medios españoles de lo que merece su importancia. Biden y Yoon Suk-yeol han elevado el rango de una relación bilateral al llevar la cooperación militar al plano nuclear. Se trata de una novedad importante. En este caso, no se trata de una respuesta al refuerzo militar chino, sino, evidentemente, a la escalada del programa atómico norcoreano. Pero, en caso de un deterioro de las condiciones de seguridad en Extremo Oriente, no es descartable que se acumulen dos crisis paralelas en la región: Taiwán y Corea.

La Declaración de Washington, suscrita hace unos días, Estados Unidos y Corea del Sur anuncia la creación del denominado Grupo Consultivo Nuclear, en virtud del cual el primero se compromete a “consultar” con su aliado asiático antes de tomar una decisión sobre el uso de armas nucleares, en respuesta a una eventual ofensiva atómica del régimen norcoreano. Esta novedad excede el plano técnico o puramente militar y supone una elevación del estatus estratégico de Corea del Sur a un nivel similar al que tienen los aliados europeos de EE.UU.

Durante décadas, Estados Unidos ha mantenido un sistema militar de protección de Corea del Sur un tanto paternalista. Además de desplegar casi 30.000 hombres en territorio surcoreano, Washington afirmaba el compromiso adicional de cubrir con su paraguas nuclear cualquier decisión extrema de la dinastía Kim. Pero las autoridades de Seúl no tenían capacidad para decidir sobre el uso del arma atómica (1).

UN DILEMA SIN RESOLVER

La aceleración del programa nuclear norcoreano en los últimos tres o cuatro años ha erizado el debate sobre la seguridad nacional en Seúl, hasta el punto de que, en estos momentos, un 70% de sus ciudadanos se muestran partidarios de dotarse de armamento nuclear propio. Esto ha alarmado al establishment norteamericano, porque supondría una ruptura de Seúl con el TNP (Tratado de No Proliferación Nuclear) y el riesgo de un mayor descontrol en caso de crisis grave.

El origen de esta inestabilidad en la alianza bilateral reside en las dudas sobre la solidez del compromiso protector norteamericano, una vez que Pyongyang se encuentra en el umbral de poder alcanzar el suelo norteamericano con sus misiles nucleares de largo alcance. En términos sencillos: ¿Washington pondría en riesgo Los Ángeles o Seattle para salvar Seúl? (2).

Este dilema existencial replica el generado en la década de los 50 en Europa. Y para encauzarlo, Estados Unidos ha acudido ahora a la misma solución  de entonces: involucrar a su aliado en la planificación de la respuesta nuclear.

El problema es que este mecanismo puede resultar insuficiente, como lo fue parcialmente en Europa. Británicos y franceses no se conformaron con el paraguas participativo de Washington y desarrollaron sus propios arsenales atómicos, aunque Estados Unidos pudo asegurar el control de la panoplia táctica, que culminó con el despliegue de los misiles de medio alcance a primeros de los ochenta, en el último repunte de la guerra fría, bajo el mandato de Reagan.

El presidente surcoreano abandonó Estados Unidos visiblemente satisfecho, y con él una parte de las élites de su país y de los estrategas y expertos norteamericanos (3). Pero lo cierto es que la opinión surcoreana sigue dividida. Este mecanismo de participación en la cooperación nuclear no resuelve decisivamente la duda fundamental, es decir, si los “protectores norteamericanos” estarían dispuestos a arriesgar la seguridad nacional para responder a una agresión norcoreana.

Las críticas o recelos más acerados provienen de la derecha surcoreana, que insiste en proponer la creación de un arsenal nuclear propio, para reforzar la disuasión frente al enemigo del norte. Esta opción es apoyada por ultraconservadores norteamericanos como Doug Bandow (4).

Las relaciones intercoreanas viven otra fase de deterioro, tras la breve distensión que se produjo durante el mandato de Trump. Nunca se sabrá si Kim Jong-un llegó a pensar en algún momento en una coexistencia pacífica con su vecino y, correlativamente, en una neutralización de su programa nuclear. La actuación del anterior presidente fue una chapuza diplomática basada en su presuntuoso instinto de hombre de negocios (¿?), pero careció de disciplina, método y calendario. Nunca pasó del contacto personal. Kim dio cuerda a Trump y facilitó cierto clima de cooperación con el Sur con la esperanza de obtener ciertas ventajas económicas que podrían quitar presión a país empobrecido y generar cierto alivio en su atribulada población. Pero cuando llegó el momento de plasmar en medidas concretas la sucesión de encuentros mediáticos, todo quedó en nada. El espejismo de una solución milagrosa entre Estados Unidos y Corea del Norte se desvaneció y la ilusión de un acercamiento entre los dos vecinos se disolvió en la amargura. El programa nuclear de Pyongyang está en máximos históricos (5).

EL PAPEL DE CHINA

En la coyuntura actual, con el acercamiento instrumento chino-ruso y la sustanciación de la rivalidad estratégica entre China y Estados Unidos, una eventual crisis coreana cobra una dimensión algo diferente a la de las últimas décadas. La ambición nuclear norcoreana era rechazada, aunque en distinta medida, por todas las grandes potencias internacionales. De hecho, ante el régimen de Pyongyang, Pekín cumplía el rol de poli bueno en el denominado grupo 6+2 (seis potencias internacionales y las dos Coreas), debido a su poder de generar incentivos económicos si desistía del programa atómico. La dependencia norcoreana de China es muy intensa. Moscú colaboraba en este empeño, aunque, obviamente, con menor peso.

Ciertamente, algunos estrategas occidentales sospechaban que Pekín practicaba un doble juego. Si bien no le interesaba una Corea del Norte nuclear, la amenaza que representaba para Estados Unidos tenía un valor de presión nada desdeñable.  Por otro lado, China estaba y sigue estando muy interesada en desarrollar sus relaciones comerciales y económicas con Corea del Sur, por razones intrínsecas, pero también como posible factor de debilitamiento, o al menos de compensación del vínculo surcoreano con Washington.

Esto último también está pesando en el debate estratégico actual en el país. La izquierda y en particular los jóvenes no están muy convencidos de incorporarse a la dinámica de confrontación con Pekín inspirada por Washington, según sostiene John Delury, un académico norteamericano de la Universidad Yonsey (Seúl). Un deterioro de las relaciones chino-surcoreanas, se cree en esos círculos, no sólo desestimularía de Pekín de cumplir un rol moderador de Pyongyang; además, tendría efectos económicos perniciosos para el país y hacer crecer el desempleo (6). Esta aprensión se añade a la motivada por las iniciativas proteccionistas de la administración Biden en materia tecnológica y comercial. El mensaje tranquilizador que el presidente norteamericano ha transmitido a su colega surcoreano en su reciente encuentro no ha convencido del todo en empresas y trabajadores de las industrias de automoción y electrónica.

NOTAS

(1) “South Korea’s nuclear options”. JENNIFER LYND y DARYL G. PRESS. FOREIGN AFFAIRS, 19 de abril; “South Korea could get way with the bomb”. RAMÓN PACHECO PARDO. FOREIGN POLICY, 18 de marzo¸“Nuclear energy should be at the forefront of Biden and Yoon’s cooperative agenda”. KAYLA ORTA. WILSON CENTER, 25 de abril.

(2) “America’s ironclad Alliance with South Korea is a touch rusty”. ADAM MOUNT y TOBY DALTON. FOREIGN POLICY, 27 de abril; “Inside the renewed promise to protect South Korea from the nuclear weapons”. DAVID SANGER y CHOE SANG-HUN. THE NEW YORK TIMES, 26 de abril.

(3) “South Korea-American pie: unpacking the US-South Korea summit”. ANDREW YEO y HANNA FOREMAN. BROOKINGS, 28 de abril; “Why Biden and Yoon’s agreement is a big deal”. GRAHAM ALLISON. FOREIGN POLICY, 27 de abril.

(4) “Washington might let South Korea have the bomb”. DOUG BANDOW. FOREIGN POLICY, 17 de enero.

(5) “The new North Korea threat”. SUE MI TERRY. FOREIGN AFFAIRS, 19 de enero.

(6) “After warmth from Biden, South Korea’s leader faces a different tune at home”. CHOE SANG-HUN. THE NEW YORK TIMES, 29 de abril.

SUDAN COMO ESPEJO DEL DESASTRE AFRICANO

26 de abril de 2023 

El infierno que vive Sudán en las últimas semanas es sólo la agudización de una crisis cuyos orígenes se remontan mucho tiempo atrás. La mayoría de los analistas remiten a la fallida transición hacia un gobierno civil tras el derrocamiento del general pro-islamista Osman  Bashir, en 2019. Pero, en realidad, los males vienen de antes: sin exagerar, desde el momento mismo de la formal independencia del país del Alto Nilo, en 1956. La primera década del nuevo estado fue turbulenta. En 1969, el general Yaafar al-Numeiri encabezó un golpe militar que sofocó una larga y penosa guerra civil. De inspiración comunista y panarabista-nasserista, el régimen fue deslizándose hacia posiciones conservadoras, que se acentuaron con el cambio histórico de Sadat, el tratado de paz egipcio-israelí y la llegada de Reagan a la Casa Blanca.

Más tarde, la irrupción del islamismo radical contra el orden norteamericano en la región sacudió también Sudán. El general Bashir tomó el mando e impuso un régimen amable con Al Qaeda. Clinton ordenó bombardeó supuestas bases de los integristas en 1998, tras los atentados de Kenia y Tanzania. Bin Laden se trasladó a Afganistán y el nuevo régimen sudanés se estabilizó.

UNA RIVALIDAD INDUCIDA

Bashir nunca se creyó a salvo y, temiendo un golpe inspirado desde el interior o desde el exterior, fragmentó los aparatos militar y de seguridad. Milicias y fuerzas especiales crecieron fuera del control directo del mando militar. De esa escisión operativa y funcional surge la discordia que ahora enfrenta al jefe del Ejército y cabeza de la Junta militar en el poder, el general Abdulfattah Burhan, y su colega Mohamed Hamdam Dagalo (alias Hemedti), jefe de la Fuerza de Reacción rápida, evolución de una milicia represora (los janjanweed), que liquidó brutalmente una revuelta campesina en la región meridional de Darfur en 2003. (1).

Sin embargo, otra rebelión mucho más antigua y poderosa condujo a la secesión del extremo meridional del país, poblado mayoritariamente por cristianos animistas. En 2005, nació Sudán del Sur, tras más de treinta años de guerra.

Cuando una sublevación popular contra la carestía de la vida y la corrupción derribó el régimen de Bashir en 2019, los dos generales antes mencionados se aliaron para controlar el movimiento popular con la falsa promesa de devolver el poder a los civiles para establecer la democracia. No fue eso lo que ocurrió. Los militares siguieron controlando férreamente el poder, como siempre. Pero la rivalidades entre ambos gallos uniformados ha terminado por explotar. El pueblo llano, sobre todo el que no dispone de medios para escapar, paga las consecuencias.

LA DISFUNCIONALIDAD AFRICANA

Esta nueva guerra interna en Sudán reproduce muchos de los factores disfuncionales de los regímenes políticos surgidos de procesos de independencia fallidos e interferencias externas regionales y globales, a despecho de los intereses de las poblaciones locales. A saber: la hegemonía militar en los equilibrios institucionales, la riqueza natural como imán de la codicia de los agentes de poder, la corrupción que gangrena el Estado y los renovados mecanismos de dominación de las antiguas potencias coloniales y de nuevos actores emergentes.

En la mayoría de los países africanos, las élites coloniales fueron sustituidos por liderazgos débiles dependientes en gran medida de fuerzas militares cuya orientación ideológica inicial fue revolucionaria, aunque a medida que sus jefes se consolidaban en el poder, abandonaron el discurso de liberación para ejercer un poder de casta y consolidarse como nueva clase dominante.

El principal estímulo para centralizar y monopolizar el poder ha sido el disfrute egoísta de las inmensas riquezas naturales en el continente. En algunos casos, las compañías occidentales mantuvieron la exploración de los recursos minerales y energéticos, en connivencia con las nuevas élites locales y la vigilancia de las antiguas potencias coloniales; en otros, la ruptura con los antiguos dominadores extranjeros no garantizó, ni mucho menos, el reparto igualitario de la riqueza. África se convirtió en un gigantesco botín para unos pocos (2). La injusticia colonial fue sustituida por la depredación interna alentada o consentida desde fuera.

Este nuevo reparto no ha sido pacífico. La unidad de las Fuerzas Armadas nunca existió salvo en contadas excepciones. Los jefes militares actuaron según lealtades raciales y sobre todo tribales. O surgieron milicias armadas que se han apoderado de ricos recursos con los que financian sus revueltas y estructuras de poder paralelas, mediante contrabando o contratos formales.

Esta corrupción endémica alcanza a casi todos los estamentos políticos, aunque el único decisivo sea el militar, garante del nuevo orden neocolonial. Los movimientos de resistencia o protesta de la sociedad civil o de los sectores desfavorecidos han sido sofocados; y, en los casos en que pudieron ser exitosos, resultaron más tarde neutralizados o cooptados.

A veces, los militares, bien por conveniencia o voluntad propia, bien por presiones externas inducidas por cuestiones de imagen o de propaganda frente a la concurrencia de otros agentes, han permitido la creación de gobiernos civiles y de un sistema institucional más aparente. Pero se presente de uniforme o de traje y corbata, el poder no ha cambiado de manos. En ciertos casos, los mismos militares han cambiado la casaca por la chaqueta (3).

La conflictividad no ha cesado de manifestarse, generalmente en función de la diversidad racial y tribal, de las ambiciones personales insatisfechas, de lealtades traicionadas y de un tejido continuo de apoyos exteriores. Hubo un tiempo en que los golpes de Estado parecían cosa del pasado, tanto por la eficacia en el reparto del botín entre todos los actores capaces de agitar la caja, cuanto por la preferencia de las potencias exteriores por la “estabilidad”.

El auge del islamismo en ciertas regiones y su predicamento en las masas locales ha tenido un efecto múltiple y contradictorio. Si bien en algunos casos resultó útil para acabar con los focos antioccidentales postreros, como en Libia (en el marco de la primavera árabe), en otros ha alterado el orden neocolonial, caso paradigmático del Sahel, donde el fracaso de los sucesivos intentos de control militar francés (operaciones Epervier, Serval y Barkhane) ha sido llamativo. El nuevo “partenariado” proclamado ahora por Macron no presenta mejores perspectivas (4).

Los servicios de inteligencia occidentales sostienen que Rusia ha visto la oportunidad de llenar ese vacío o debilitamiento de la tutela externa, mediante la infiltración de los grupos de mercenarios Wagner, que se extiende ya, en mayor o menor medida, por más de una decena de países, la mayoría en el Sahel (5). En el caso de Sudán, su hombre sería Hemedti, hasta ahora formalmente el número dos de este régimen provisional (6). Sin embargo, Moscú mantiene un acuerdo de cooperación política y militar con su rival, el general Burhan, el fáctico Jefe del Estado. No está claro, por tanto, qué papel juega Moscú en este conflicto, si es que juega alguno.

China, conforme a su proyecto de hegemonía (o respuesta a la hegemonía occidental, según se mire) ha expandido sus tentáculos económicos, con inversiones, obras de infraestructura y préstamos masivos (7). Pekín detenta la mayor parte de la deuda pública y privada africana, lo que preocupa sobremanera en Washington y Bruselas. La iniciativa pro-Democracia de Biden está orientada a neutralizar la influencia económica china y la penetración militar rusa (8).

En la actual crisis de Sudán , la rivalidad militar es el reflejo de intereses corporativos y locales, apoyados por algunas de la potencias regionales que han prolongado la guerra civil en Libia (Egipto, las petromonarquías arábigas, Rusia). La pasividad que algunos ven en la postura de Estados Unidos es sólo aparente. Washington habría actuado a través de sus aliados regionales, pero el actual clima de desconfianza mutua ha complicado las cosas.

Diplomáticos, asesores y académicos con experiencia en Sudán se lamentan estos días de los errores cometidos en las negociaciones para la transferencia del poder tras la caída del régimen de Bachir (9). Con todas las notables diferencias que se puedan señalar, Sudán es una especie de mini Afganistán para Estados Unidos.

 

NOTAS

(1) “Stopping Sudan’s descent into a full-blown civil war”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 20 de abrill .

(2) “Why Africa is one of the most unequal continents in the world”. THE ECONOMIST, 13 de abril.

(3) “The state of Democracy in Africa and the Middle East”. ECONOMIST INTELLIGENCE UNIT https://www.economist.com/graphic-detail/2023/02/01/the-worlds-most-and-least-democratic-countries-in-2022

(4) “En Afrique, le nouvelle ‘partenariat’ proposé par Macron mise a l’épreuve par la crisis en RDC”. CHRISTOPHE CHÂTELOT. LE MONDE, 6 de marzo.

(5) “Comme le groupe Wagner tisse sa toile en Afrique” (artículo del diario suráfricano MAIL & GUARDIAN, reproducido por COURRIER INTERNATIONAL, 15 de marzo; “Wagner group is moving aggressively to establish a ‘confederation’ of anti-Western states in Africa”. THE WASHINGTON POST, 24 de abril.

(6) “How a military leader fell out with the army and plunged the country into war” NESRINE MALIK. THE GUARDIAN (THE LONG READ), 20 de abril.

(7) “How America plans to break China’s grip on African minerals”. THE ECONOMIST, 28 de febrero; “China hasn’t given up on the Belt and Road. MATT SCHRADER y J. MICHAEL COLE. FOREIGN AFFAIRS, 7 de febrero.

(8) “What is the relevance of a second democracy summit for Africa?”. DANIELLE RESNICK. THE WASHINGTON POST, 28 de marzo; “A new cold war looms in Africa as U.S. pushes against  Russians gains”. DECLAN WALSH. THE NEW YORK TIMES, 19 de marzo.

(9) “The violence in Sudan is partly our fault”. JACQUELINE BURNS (ex-asesora para Sudan del Departamento de Estado). FOREIGN POLICY, 23 de abril; “Sudan is tearing itself and Washington lost its capacity to to help”. ALEX DE WAAL (asesor de la OUA). RESPONSIBLE STATESCRAFT, 20 de abril);“In Sudan, U.S. policies pave the way for war”. JUSTIN LYNCH (investigador y analista en Washington). FOREIGN POLICY, 20 de abril.

 

UN MUNDO TRIANGULAR

19 de abril de 2023

Resonaban todavía las declaraciones de Macron a favor de la autonomía estratégica de Europa y las necesidad de no verse atrapados en conflictos no elegidos, cuando la onda de choque sobre la cohesión del mundo occidental se replicaba desde otras latitudes y ubicaciones geoestratégicas. La pretensión norteamericana de alinear al discutiblemente llamado “mundo libre” bajo su liderazgo, frente a la “amenaza” rusa y al “desafío” chino parece hoy una quimera.

El presidente de Brasil acudió a la Casa Blanca para agradecer el apoyo de Biden en la crisis inaugural de su tercer mandato (revuelta desordenada de seguidores de Bolsonaro frente al complejo institucional de Brasilia el 8 de enero) y suscribir una declaración de compromiso con el “fortalecimiento de las instituciones democráticas”. Pero luego viajó a China para respaldar un plan de paz para Ucrania, que Pekín codifica en una docena de puntos ambiguos e interpretables. Días después, Lula recibió al jefe de la diplomacia rusa, para dejar claro que, como su colega francés, el líder del país más grande del patio trasero norteamericano tampoco quiere dejarse en peleas que no elige o en las que percibe que sólo puede perder (1).

De manera simultánea a estos acontecimientos, se desataba el penúltimo (habrá pronto otro, sin duda) caso de filtraciones que desvelan inconsistencias y contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se piensa y lo que se proclama en política internacional. En realidad, sorpresas conceptuales, ninguna. Solo los adeptos o los ingenuos pueden sorprenderse o escandalizarse.

Tampoco es una novedad que las alianzas internacionales son menos sólidas de lo que sus dirigentes pretenden hacernos creer y las lealtades mucho más difusas y dependientes de la geometría variable de intereses cruzados, interdependencias inevitables y desconfianzas tan viejas como la convivencia/hostilidad entre naciones, clases y religiones.

EL MODELO DE LOS BRICS

Macron y Lula no pueden ser más distintos y, sin embargo, están más de acuerdo de lo que quizás ellos mismos están dispuestos a admitir. Representan a dos mundos diferentes, con dos trayectorias históricas incluso opuestas (colonial, el primero; colonizado, el segundo). Ambos dependen de Estados Unidos, aunque en medidas asimétricas, para garantizar íntegramente su seguridad. Pero los dos aspiran a ejercer su parcela de liderazgo regional sin apenas cortapisas.

Las palabras pronunciadas por Lula en la toma de posesión de Dilma Rousseff como nueva Presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo son elocuentes: “Cada noche me preguntó por qué todos los países del mundo tienen que realizar sus transacciones comerciales en dólares. ¿Por qué no podemos emplear nuestra propia moneda? ¿Por qué no innovar? ¿Quién ha decidido que la moneda sería el dólar, después de desaparecer el patrón oro?” (2).

El Nuevo Banco de Desarrollo es la institución financiera creada por los BRICS para asentar su coordinación ante los retos de la economía internacional. Las estimaciones de algunos de sus principales economistas indican que este grupo de países emergentes reunirán más del 50% del PIB mundial al final de esta década. Eso quiere decir que Brasil (B), Rusia (R), India (I), China (C) y Suráfrica (S) son ya un actor indesplazable en la escena internacional. Son cinco todavía pero ya se perfilan nuevos socios, a los que sólo falta formalizar su solicitud de adhesión y que se definan sus condiciones de ingreso.

Los BRICS no aceptan ser considerados como un bloque. No comparten los mismos sistemas políticos, ni la misma cultura. Discrepan en muchas cosas, e incluso, como en el caso de India y China, tienen disputas bilaterales no menores que han provocado choques militares. Pero la dinámica internacional de confrontación los acerca, aunque no de manera uniforme o simétrica. La “amistad sin límites” declarada por rusos y chinos no esconde diferencias incluso territoriales a lo largo de sus 4.000 kilómetros de frontera, por no hablar de una desconfianza recíproca desde los años sesenta, al menos.

Lo que une a estos países es la voluntad de no dejarse condicionar por un orden internacional basado en supuestos valores universales. La desaparición de la URSS proyectó una nueva visión del “mundo feliz” (el final de la Historia, dijeron otros) bajo tutela norteamericana, con la ayuda sustancial de sus socios principales en Europa, Asia y Oceanía. El sistema liberal democrático es la coartada que transforma en valores universales los instrumentos de preservación del equilibrio actual, tanto económicos como militares.

En los BRICS de ahora, o en la composición resultante de futuras incorporaciones, sobresale, naturalmente, China. Su dimensión es superior, según algunas magnitudes, a la del resto de socios conjuntamente. Y si miramos a ese Sur Global, como se dice ahora, no puede pasar desapercibido que Pekín es el acreedor de una deuda de casi 1 billón de dólares. Es decir, estaríamos ante el espejo inverso del Orden liberal.  Con la diferencia de que los BRICS no mantienen una alianza militar formal ni un sistema de valores políticos condicionantes. Nada de obligación contractual de apoyo mutuo que caracteriza a la OTAN, en Europa, y la que aún está por dibujar en AUKUS, en el Pacífico. Los emergentes, en cambio, se adaptan a una geometría estratégica flexible y variable, cuya única norma es el respeto a las realidades políticas de cada cual. Sin interferencias, al menos expresas (3).

ESCALENO, NO EQUILÁTERO

La flexibilidad que caracteriza a los BRICS+X permite acuerdos de distinta dimensión e intensidad con Occidente y con países terceros que se mueven en un terreno menos definido de la escena  Ello da lugar a un mundo triangular, que presenta formas distintas según el caso y el momento. No se trata de un triángulo equilátero, sino escaleno, con lados desiguales y movibles.

India es un buen ejemplo de esta abstracción geométrica que define su comportamiento internacional. Es capaz de acordar estrategias con tres potencias del bloque occidental como Estados Unidos, Japón y Australia en el marco del esquema QUAD, que vigila el desafío chino en la zona Indo-Pacífico, y al mismo tiempo mantiene el diálogo bilateral con Pekín para controlar el diferendo en el Himalaya y el mercado militar con Rusia, sin renunciar a la cooperación nuclear embrionaria con Estados Unidos. El ministro indio de exteriores ha sido muy agudo al replicar a las críticas por la “neutralidad” de su país en la guerra Ucrania: “Los europeos creen que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa” (4).

Otros aspirantes se apuntan de buen grado a esta diplomacia triangular de India. Es el caso de Arabia Saudí y de Egipto, hasta hace poco socios imprescindibles de EE.UU en Oriente Medio y seducidos hoy por la triangulación de maniobras a intereses. La petromonarquía ha aceptado de mil amores la mediación china para empezar a poner fin a la sangría de Yemen y encuadrar de forma razonable su enemistad con Irán (5). Y ello sin renunciar al establecimiento de relaciones con Israel, en el marco de los acuerdos Abraham, inspirados por Washington. Si las cosas se torcieran, el reino saudí cree poder contar aún con el paraguas de seguridad norteamericano, sin que ello signifique abandonar proyectos de cooperación económica con China y el precioso instrumento de concertación con Rusia para definir el mercado petrolero mundial (6).

En el caso de Egipto, la debilidad de su estructura económica y la explosividad de su realidad social obligan a sus patrones militares a no hacer ascos a las inversiones chinas, el mercado de armas ruso y la protección norteamericana frente a la sedicente amenaza islamista (7). Que ese triángulo es a veces esquivo o díscolo lo demuestra uno de los episodios de la última filtración aludida. Al Sisi y sus colegas uniformados se creían liberados de seguir a rajatabla la pauta americana en Ucrania. Negociaron el suministro de armas de oportunidad a Moscú y cuando Washington se percató les hizo “comprender” las ventajas de cambiar de cliente y fabricar munición para Ucrania (8). El Cairo ha compartido con Rusia estrategias de actuación en Libia, a favor de “soluciones” autocráticas dispuestas a borrar de un plumazo las alternativas islamistas apoyadas por Turquía, otro país que practica con fruición las dinámicas triangulares con Washington y Moscú, con Israel y Palestina, con Arabia o Irán, o en el Cáucaso.

Ante esta realidad creciente, la estrategia norteamericana de dibujar dos mundos en conflicto, el democrático liberal y el autocrático liberticida, se antoja poco operativo. Si bien es verdad que también Washington, cuando la necesidad y la oportunidad lo demandan, se evade de ese paradigma para practicar su particular versión de la diplomacia triangular. Sin ir más lejos con China, con la que no ha perdido el objetivo de alcanzar grandes compromisos en desafíos globales (emergencia climática, terrorismo, migración...). Y bilaterales: el año pasado, a pesar de las sanciones comerciales de Trump, que Biden ha mantenido, el volumen de las transacciones ha alcanzado un nuevo récord, próximo a los 700 mil millones de dólares.

 

NOTAS

(1) “Brazil’s Lula reaches out to China and Russia, stoking U.S. unease”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 19 de abril; “Brazil’s Lula meets Xi in China as they seek path to peace in Ukraine”. KEITH BRADSHER. THE NEW YORK TIMES, 14 de abril.

(2) “Le visite du président brésilen Lula en Chine illustre les ambitions et les limites des BRICS”. LE MONDE, 15 de abril;

(3) “The Nonaligned World” (Dossier de artículos y análisis de varios autores). FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2023.

(4) “How the Ukraine war has divided the world”. GIDEON RACHMAN. FINANCIAL TIMES, 17 de abril.

(5) En Arabie Saoudite, la nouvelle diplomatie opportuniste de Mohammed Ben Salman. BENJAMIN BARTHE. LE MONDE, 21 de marzo.

(6) ”A new order in the Middle East? Iran and Saudi Arabia’s rapprochement could transform the Region”. MARIA FANTAPPIE Y VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 22 de marzo;

(7) “Beijing reaffirms ties with Cairo” NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 17 de enero.

(8) “Egypt nearly supplied rockets to Russia, agreed to arm Ukraine instead, leak show”. THE WASHINGTON POST, 17 de abril.

MACRON, ¿INCOMPRENDIDO O PROVOCADOR?

13 de abril de 2023

La polémica suele rodear los propósitos verbales del presidente francés. Dentro y fuera del país. Cuando se encuentra aún peleando políticamente para que la oposición política y social acepte o se resigne a la reforma de sistema de pensiones, unas declaraciones suyas sobre la autonomía de Europa en las relaciones con China han hecho furor.

En el avión que lo conducía a Pekín, Macron concedió una entrevista a POLITICO, uno de los medios online más influyentes, y al diario galo LES ECHOS. El presidente francés se extendió en sus consideraciones sobre la necesidad de una “autonomía estratégica europea” (hasta aquí nada nuevo). Pero, en el ámbito de las relaciones con Pekín, se mostró distante con la actual política norteamericana. En su habitual estilo discursivo, Macron se preguntó retóricamente si a los europeos les interesaba “verse mezclados en unas crisis con China que no son nuestras”, en alusión a la tensión sobre Taiwán. La respuesta fue, claro está, negativa. Y contundente: “no debemos hacer seguidismo de la política norteamericana” (1). A continuación, apoyó este juicio en sus muy conocidas reflexiones en favor de una política europea que, sin cuestionar la lealtad atlántica hacia Estados Unidos, evite arriesgar la independencia en las opciones estratégicas.

Se ha escrito en la prensa liberal occidental que Macron ha provocado un “alboroto”, que ha cometido una “torpeza”, que quizás haya “perdido los pedales” o que ha “rebajado los esfuerzos de EE.UU para frenar a China” (2), entre otras valoraciones negativas.  Los medios franceses prefieren hablar de incomprensión (3). Algunos políticos europeos de segunda fila y asesores estratégicos han hecho el gasto mayor. Uno de los más afilados ha sido el presidente de la Comisión de exteriores del Bundestag, el democristiano Norbert Röttgen, un atlantista muy activo, que intentó sin éxito optar a la candidatura a la cancillería tras la renuncia de Merkel: “Macron ha conseguido hacer de su viaje una operación de comunicación para Xi y un desastre diplomático para Europa”.

Hay que recordar que Merkel forzó la firma de un acuerdo de cooperación económica con Pekín, a pesar de las reticencias de algunos socios europeos, en la víspera de dejar la presidencia rotatoria de la UE, en diciembre de 2020. Presionaban los grandes empresarios alemanes.

Junto con Macron, ha visitado China la jefa de la Comisión Europea, la alemana Ursula Von der Leyen, también democristiana, pero no hay una sola imagen conjunta de ambos con los dirigentes chinos. Sus agendas han sido meticulosamente separadas. El canciller Scholz ha guardado un significativo silencio, aunque en otros momentos se ha mostrado contrario al “decoupling” (desacoplamiento) con China. Todos los Estados actúan en función de sus intereses, por mucho que se pregone la solidaridad interna en la UE o, en un ámbito más amplio, en la Alianza atlántica.

En Francia, la oposición ha sido tibia, salvo excepciones, como la del portavoz de los europarlamentarios socialistas,  Raphaël Glucksmann, que le ha reprochado actuar por “narcisismo”. La derecha se ha mostrado circunspecta y otros críticos inciden en la “inoportunidad” de sus palabras.  Pero Macron pensaba todo lo contrario: el momento debió parecerle no sólo oportuno sino pintiparado. En el viaje a China se hizo acompañar por decenas de empresarios deseosos de recuperar el mercado chino tras el frenazo de la pandemia. Macron no quiere perder pie en China.

Quizás no contaba Macron con que nada más abandonar Pekín, los dirigentes chinos decidieran lanzar tres días de maniobras militares junto a Taiwán, en aparente respuesta a la visita que la presidenta de este país giró a California, donde fue recibida y agasajada por el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Kevin McCarthy, y otros congresistas. El calendario quizás le jugó una mala pasada. En Taiwán, las palabras de Macron han provocado escozor.

En todo caso, el presidente francés sabía que su música dulce para los oídos chinos no estaba exenta de riesgo, ya que el servicio de prensa del Eliseo exigió que los dos medios le facilitaran la versión de la entrevista para realizar las ediciones pertinentes.

En realidad, con Macron llueve sobre mojado. Todo el mundo recuerda como hace unos años provocó un revuelo incluso mayor al declarar que la OTAN se encontraba “en estado de muerte cerebral”. Por entonces se sentaba Trump en el despacho oval, las relaciones transatlánticas atravesaban por un periodo de turbulencias sin precedentes y la autonomía estratégica europea recibía parabienes en Berlín.

En la polémica actual (más amplificada que real), como en las anteriores, se mezclan razones estructurales de política europea con el estilo diplomático de Macron. Para los más veteranos en la materia, no se trata de nada demasiado original. En Washington y/o en Bruselas ya están acostumbrados a estos aparentes desmarques de Paris. Ahora como en otros momentos, se ha vuelto a recordar el “reflejo gaullista” que campa en el Eliseo. La Francia del General nunca dejó de afirmar la autonomía francesa en materia de seguridad, si era necesario con medidas radicales como la retirada del Comité Militar y de la estructura del mando integrado de la OTAN, en 1966 (la llamada “política de la silla vacía”). Francia volvió a la integración plena en la Alianza en 2009, precisamente con un nominal neogaullista como Sarkozy en el Eliseo, aunque éste se mostrara como el presidente más pronorteamericano desde el final de la segunda guerra mundial. No sería exagerado decir que en su actitud se podía detectar cierto oportunismo.

Dicen que Macron se siente a veces solo en Europa. Habría que preguntarse si esto realmente lo incomoda o si aprovecha los reproches para agrandar su estatura como dirigente con sentido histórico ante sus conciudadanos, a quienes poco o nada molesta esta afirmación nacionalista. Incluso en alguien como Macron que presume de estar por encima de nacionalismos anticuados y retrógrados, en nombre de un liberalismo de nuevo cuño, creativo y ambicioso. De puertas adentro, Macron combate el nacionalismo radical del Reagrupamiento Nacional de Le Pen, el más discreto de los antiguos neogaullistas e incluso el populista antiatlantista de la izquierda insumisa. Pero ningún presidente francés puede parecer tibio en la afirmación de la independencia nacional.

En todo caso, el “ruido” en torno a esta última polémica macronita debe interpretarse en el contexto de un nuevo brote de incomodidad entre los dos polos de la OTAN por los recelos europeos ante el reforzamiento de políticas proteccionistas en EE.UU

La ley faro de Biden promueve el desarrollo y una financiación muy generosa de las industrias tecnológicas norteamericanas para mejorar su competitividad frente a Pekín.  Por mucho que desde Washington se hagan esfuerzos por tranquilizar a sus socios del otro lado del Atlántico, no pocos dirigentes europeos, incluidos muchos a los que no les hace gracia las cabalgadas en solitario de Macron, comparten esta preocupación y apoyan una réplica adecuada de la UE en fondo y forma, aunque difieran en la intensidad y los detalles (4).Que Europa y Estados Unidos no están en la misma onda con respecto a China es una realidad, salvo las capitales más “seguidistas” de Washington, como Varsovia, Tallín, Vilnius o Riga.

Esto último se ha visto reforzado desde el comienzo de la guerra en Ucrania. Polacos, bálticos y algún otro no escondieron su malestar cuando Macron pretendió apaciguar a Putin,  a pesar de que los norteamericanos ya había informado a los aliados europeos de que Rusia había ultimado el calendario de invasión. Pero omiten recordar que el propio gobierno de Kiev no se terminaba de creer que el Kremlin llegara tan lejos.

Dicho todo lo cual, es comprensible la satisfacción con que el presidente chino ha celebrado la visita de Macron, la calidez inacostumbrada de los encuentros oficiales y privados entre los dos dirigentes y la retórica opuesta a la política inflexible de “bloque contra bloque”. Es obvio que Xi y Macron ni de lejos piensan lo mismo sobre el orden internacional, sus riesgos y amenazas, ni quieren decir lo mismo cuando hablan. Ni sobre Ucrania, ni sobre Rusia, ni sobre Taiwán. Macron no consiguió que su colega chino se comprometiera a intentar que “Rusia entrara en razón”, a pesar de los halagos que le dedicó sobre su capacidad para conseguirlo. Se puede pensar lo que se quiera de Macron, pero es pueril considerar que es ingenuo o está alejado de la realidad de los actuales equilibrios estratégicos. La preservación de los intereses de las empresas francesas, públicas y privadas, es el factor determinante en la conducta de Macron. Y eso es aplicable a cualquier otro dirigente occidental, sea cual sea la forma en que los defienda y aplique.

Así se entiende también en la Casa Blanca, donde estos gestos franceses ya apenas provocan sobresaltos. Como decía un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, Francia es un socio leal que coordina su política exterior con sus aliados occidentales en la zona del Indo-Pacífico, el nuevo marco de referencia estratégica prioritario para Estados Unidos.

Si esto no fuera poco, la filtración de documentos del Pentágono (aún por esclarecer), parece apuntar contradicciones en el análisis occidental del desarrollo de la guerra en Ucrania, pero también el espionaje de Washington a sus propios aliados, una vez más. Las lealtades no son lo que parecen y ciertas polémicas parecen agitadas por la impostura.

 

NOTAS

(1) “Europe must resist pressure to become ‘America’s followers’, says Macron”. JAMIL ANDERLINI y CLEA CAULCUTT. POLITICO, 9 de abril.

(2)“Macron’s China trip turns into an European uproar”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 12 de abril; “Emmanuel Macron’s blunder over Taiwan”. THE ECONOMIST, 12 de abril; “French diplomacy undercuts U.S. efforts to rein China in” ROGER COHEN. THE NEW YORK TIMES, 8 de abril; “Ist Macron jetzt völlig von Sinnen”. ROLLAND NELES. DER SPIEGEL, 11 de abril.

(3) ”Après sa visite en Chine, Emmanuel Macron suscite de nouveau l’incompréhension chez les alliés de la France”. LE MONDE, 11 de abril”.

(4) “Chine/États-Unies: l’Europe en déséquilibre”, IFRI (institute français des Rélations Intenationales). April 2023.