25 de Junio de 2009
La revuelta iraní va camino de convertirse en una trampa múltiple para los muy diversos actores, internos y externos, activos, contemplativos y expectantes, implicados e intelectualmente curiosos, solidarios e interesados.
Puede convertirse en trampa fatal para los sectores más aperturistas del régimen, si no son capaces de articular un liderazgo fiable, aceptado y sólido para gestionar la derrota. Hasta ahora, más allá de las proclamas emotivas y de invocaciones a la resistencia y al martirio, no lo ha sido, o al menos no a la altura de las circunstancias. La estrategia del pulso en la calle y la búsqueda consciente o inconsciente de la simpatía exterior ha sido insuficiente. El candidato Musaví es un líder improbable. Por su trayectoria, por su herencia, por sus contradicciones y por el material político del que está hecho su discurso. Mucho menos Rafsanjaní, el perfecto mandarín de un régimen que está más allá de los personalismos, por mucho que esto cueste entenderlo en Occidente. Su condición de hombre bisagra de la Revolución Islámica le ha servido hasta ahora para mantenerse como equilibrio, y su fortuna para disipar repugnancias. Pero ahora puede resultar una carga para unos y para otros.
Para el resto de los dirigentes que han enseñado tímidamente sus simpatías por los “revoltosos”, la trampa podría no ser menos nociva. Los ayatollahs sagradamente indignados por los apetitos de poder terrenal del mediocre binomio usurpador de la herencia de Hussein y Jomeini se han pisado la túnica. Se mordieron la lengua, después de darse cuenta de los riesgos que asumir al emplearla. Finalmente, han preferido preservar la tranquilidad de sus púlpitos que afrontar un proceso de herejía. A partir de ahora, sus discursos morales tendrán menos credibilidad.
Trampa de profundidad abisal también para Obama, que se ha visto obligado a rehacer su discurso, para no parecer insensible a los “anhelos de justicia” del pueblo iraní. Pero al hacerlo, ha comprado el riesgo de destruir el germen de un diálogo con el régimen iraní acerca de su política nuclear. Lo más peligroso de la trampa no es que Obama haya expuesto sus debilidades tácticas (falta de información solvente sobre la relación de fuerzas, desgana por tomar partido, miedo a equivocarse), sino que haya sido la oposición, principalmente la republicana, la que le haya marcado los tiempos del discurso. Decimos principalmente republicana, porque la izquierda progresista no escondió tampoco su incomodidad por esa frialdad tan característica del presidente norteamericano, cuando no es él quien sopla las velas.
La trampa iraní puede resultar muy negativa no sólo para el dossier nuclear, sino para el más ambicioso encargo de encarrilar el proceso de paz en todo el Oriente Medio. La deriva autoritaria en Teherán refuerza las posiciones intransigentes en Israel y mueve la agenda a conveniencia de Netanyahu. De abortarse el diálogo con Irán, el primer ministro israelí se encontrará con ese regalo del tiempo que tanto anhelaba para colocar encima de la mesa las opciones militares que a Obama (y al establishment militar norteamericano) le espantan.
La revuelta iraní y esta aparente evolución bonapartista policial-militar del régimen islámico también proyectan trampas para las élites político-burocráticas de los países árabes vecinos. El sistema político y los mecanismos electorales no son allí más limpios, ni mucho menos. Pero es improbable que el ejemplo iraní pueda replicarse en otras naciones islámicas, y no por falta de ganas, sino porque la represión en las monarquías petroleras quasifeudales o en las repúblicas dinásticas es mucho menos sutil y los vehículos de expresión del malestar están más asfixiados aún que en la república islámica, donde al menos hasta ahora sobrevivía cierta pluralidad. Si fraude ha habido en Irán, qué decir, por ejemplo, de Egipto, donde Obama dejó una simiente subversiva para un sistema a punto de vivir una sucesión palaciega en la Casa Mubarak.
Y en la trampa iraní han quedado atrapados también medios de comunicación y consumidores occidentales de noticias. Los primeros, porque la dificultad de informar, la falta de presencia y conocimiento profundo del país y el modelo informativo reinante han provocado una confusión sin precedentes. Esa emergencia del periodismo ciudadano (via Internet, Twitter, YouTube, Facebook) como complemento –en realidad, a partir de un cierto momento, como alternativa- a los medios tradicionales tiene todavía más de leyenda que de auténtico fenómeno socio-cultural. La emotividad ha propiciado errores informativos de bulto, precipitaciones comprensibles pero también evitables, dramatizaciones excesivas, simplificaciones engañosas. Una vez más, no se ha resistido la tentación de convertir el sufrimiento lejano en espectáculo entre lo épico y lo virtual.
Y finalmente, no es pequeña la trampa para los supuestos vencedores de la crisis, ese sindicato de intereses que encabezan Jamenei y Ahmadineyad. Su triunfo va a tener un precio enorme. La ambigüedad de ciertos núcleos de poder ha prolongado la incertidumbre, y aunque no hayan ayudado a los sectores aperturistas, han dañado la solidez, legitimidad y fortaleza del liderazgo. “La autoridad del Guía ha quedado minada”, afirma el especialista del NYT Roger Cohen, que ha podido permanecer estas semanas en Irán. Es probable que esos sectores se crean con fuerza para renegociar mejoras en su estatus, y eso reavivará el conflicto. Como dice Karim Sadjapour, un investigador iraní del Instituto Carnegie, “la élite política del país está más dividida que nunca en treinta años de Revolución”.
Con mucha más contundencia se posicionarán los que han hecho el mayor gasto: ese aparato policíaco-militar-ideológico que integran millones de basiyis y centenares de miles de pasdaranes, encargados de sembrar y administrar el miedo. El profesor de la Universidad de Michigan Afshon Ostovar, que prepara una tesis doctoral sobre las fuerzas de seguridad iraníes, está seguro que obtendrán recompensa material, no sólo por haber hecho el trabajo sucio, sino por no haber salpicado demasiado, por haberse consagrado como profesionales eficaces y haber evitado un Tiananmen.
En definitiva, dos semanas de sobresaltos iraníes dejan un camino plagado de trampas y minas para la pacificación real de la región. Bajo el liderazgo de Obama, Occidente deberá hacer un esfuerzo extraordinario para que no empecemos a temernos que lo peor está por venir.
IRAN: ENTRE EL 18 BRUMARIO, TIANANMEN Y LA REVOLUCION VIRTUAL
18 de junio de 2009
A la hora de escribir este comentario, nadie se atreve a anticipar la salida de la actual crisis iraní. Ni siquiera a caracterizar cuál es la naturaleza de la crisis. ¿Crisis política? ¿Crisis social? ¿Crisis sistémica?
La mayoría de los análisis que hemos podido manejar estos días se basan en presunciones. Empezando por los propios resultados electorales. Hay motivos para sospechar de fraude masivo (desde irregularidades “técnicas” hasta resultados locales demasiado paradójicos o directamente increíbles). Pero no existen convicciones sólidas para considerar como seguro el triunfo de la oposición reformista. Algunos analistas confunden aquí deseos con realidad. Eso, entre otros factores, explicaría la cautela de Obama. En todo caso, dando por buena la tesis del fraude a gran escala, otras especulaciones adicionales enturbian los análisis. Y los pronósticos sobre el futuro.
Debido a la confusión del momento y a una cierta simplificación del sistema político iraní, la mayoría de los comentarios tienden a presentar lo que está ocurriendo como una reacción del poder clerical frente a las demandas de apertura de los sectores más progresistas de la sociedad. Podría no ser exactamente así. De hecho, ayatollahs conservadores de enorme prestigio e influencia se han apuntado a la tesis del fraude, uniendo sus voces a las de los disidentes tradicionales como Ali Montazeri (en su día delfín de y luego apartado y confinado en su domicilio particular de Qom).
Dos analistas del American Enterprise Institute, de orientación proneocon, sostienen en un artículo titulado “la Revolución oculta” que Jameini y Ahmadineyad proyectan la “transformación de una teocracia en una dictadura militar ideológica”. O sea, ungida por la fé. Sus víctimas serían tanto los reformistas como el poder intermediario de los sacerdotes islámicos. En apoyo de esta tesis, hay que recordar que Ahmadineyad ganó las elecciones de 2005 enarbolando un programa muy crítico hacia la corrupción anidada en el sistema clerical. El expresidente Rafsanjani fue entonces y es ahora uno de sus rivales más acérrimos. Según el principio de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, Rafsanjani ya se arrimó a Musaví antes de las elecciones.
Apoya también esta tesis de la conversión del regimen que el principal apoyo de Ahmadineyad sean las fuerzas armadas más ideologizadas del régimen, los pasdaranes o guardianes de la revolución y sus milicias de choque, los basijis, voluntarios veteranos de la guerra contra Irak y sectores lumpen del sistema.
De ser plausible esta interpretación de lo que podría estar ocurriendo en la cúspide del poder, estaríamos ante una versión iraní del 18 Brumario. Jamenei y Ahmadineyad, como Bonaparte, aprovecharían las debilidades y contradicciones del sistema político para transformarlo en una suerte de dictadura militar que no sólo pondría a raya a los reformistas, sino que sometería a la casta clerical que ha controlado el pulso de la vida iraní desde 1979. La jerarquía religiosa terminaría aceptando la deriva autoritaria, debido a dos alicientes definitivos: uno, su condición de garantía frente al peligro de un reformismo tendente a una creciente laicidad; y dos, el mantenimiento de ciertos privilegios.
La incógnita es hasta donde llegará este tándem que formalmente pilota la República. ¿Qué hará el resto de las Fuerzas armadas iraníes si los reformistas no ceden? El actual ministro de Defensa es un basijí amigo leal del presidente. El propio Jamenei habría favorecido a elementos militares del régimen para fortalecer su base de poder. Cuenta Neil Facquhar en el NEW YORK TIMES que pasdaranes escogidos por el Guía ocuparían hoy importantes puestos en la RadioTelevisión o en fundaciones creadas a partir de bienes confiscados por la revolución. En todo caso, ¿es sólida la cadena de mando militar? No se sabe.
Ciertamente, Jamenei atesora la autoridad moral del régimen, pero nunca fue el candidato preferido de la élite religiosa, sino una solución de compromiso. Su posición ahora parece débil. Que primero se apresurara a bendecir la victoria de su protegido y luego se aviniera a un recuento para aplacar a la oposición indicaría que no se siente seguro de las lealtades imprescincibles. Pero también podría tratarse de una simple maniobra para ganar tiempo y esperar a que la dinámica represiva asfixie primero y aplaste finalmente la opción reformista. Sería el escenario Tiananmen.
Pero contrariamente a la China posterior a Tiananmen, este Irán replegado y militarizado no podría contar con el reclamo del crecimiento y la prosperidad económicos. Los mandarines del “comunismo capitalista” han tapado el malestar popular con un consumismo eficaz, por muy desequilibrado que sean sus fundamentos. Jamenei y Ahmadineyad solo cuentan con el petróleo y poco más para aplacar previsibles convulsiones sociales, y su capacidad terapéutica no depende de ellos, sino de los mercados internacionales. El otro recurso de la pareja, el átomo, es un arma de doble fila. Puede disuadir, pero también puede precipitar la indeseable respuesta militar. A este respecto, no resulta estrambótico proclamar que Netanyahu ha votado por Ahmadineyad. Como dice el analista judío Thomas Friedman, nada sospechoso de antiisraelí, la permanencia de ese “comportamiento antisemita refleja el verdadero e inmutable carácter del régimen iraní”. Ergo, convierte su destrucción en una necesidad para Israel…. Y, para Estados Unidos, en un impostergable debate.
El tercer escenario es el triunfo de esta revolución virtual, alimentada por redes sociales y mensajería instantánea. Irán se incorporaría a la serie de revoluciones coloreadas o de terciopelo, iniciadas hace veinte años en Europa del Este, revividas luego en las antiguas repúblicas soviéticas (Federación rusa, Ucrania, Georgia, Moldavia) y ahora sedicentes en Irán y quién sabe si en otros países del mundo islámico. Naranja, rosa, verde…. Colores pastel para maquillar propuestas contradictorias y no siempre tan espontáneas ni tan idealistas. La simpatía occidental por esta “revolución verde” es comprensible, pero no es seguro de que aquí se comprendan las verdaderas motivaciones de todos los que pretenden sacar partido de un eventual triunfo de la oposición iraní.
Aunque expertos como Juan Cole, de la Universidad de Michigan, consideren que Musaví no es el expresidente Jatamí, sino un líder con más fuerza y alianzas más poderosas, no es seguro que pueda prevalecer en un entorno tan hostil. Si busca apoyo exterior, podría debilitarse su alianza con los conservadores pragmáticos. De ahí también la cautela de Obama. La volatilidad de la situación exige mucha prudencia. Es probable que el supuesto “final de la revolución islámica” se convierta en un periodo largo, confuso y profundamente inestable. Un quebradero de cabeza para Obama y sus designios de diseñar un Oriente Medio democrático, tolerante y amistoso.
A la hora de escribir este comentario, nadie se atreve a anticipar la salida de la actual crisis iraní. Ni siquiera a caracterizar cuál es la naturaleza de la crisis. ¿Crisis política? ¿Crisis social? ¿Crisis sistémica?
La mayoría de los análisis que hemos podido manejar estos días se basan en presunciones. Empezando por los propios resultados electorales. Hay motivos para sospechar de fraude masivo (desde irregularidades “técnicas” hasta resultados locales demasiado paradójicos o directamente increíbles). Pero no existen convicciones sólidas para considerar como seguro el triunfo de la oposición reformista. Algunos analistas confunden aquí deseos con realidad. Eso, entre otros factores, explicaría la cautela de Obama. En todo caso, dando por buena la tesis del fraude a gran escala, otras especulaciones adicionales enturbian los análisis. Y los pronósticos sobre el futuro.
Debido a la confusión del momento y a una cierta simplificación del sistema político iraní, la mayoría de los comentarios tienden a presentar lo que está ocurriendo como una reacción del poder clerical frente a las demandas de apertura de los sectores más progresistas de la sociedad. Podría no ser exactamente así. De hecho, ayatollahs conservadores de enorme prestigio e influencia se han apuntado a la tesis del fraude, uniendo sus voces a las de los disidentes tradicionales como Ali Montazeri (en su día delfín de y luego apartado y confinado en su domicilio particular de Qom).
Dos analistas del American Enterprise Institute, de orientación proneocon, sostienen en un artículo titulado “la Revolución oculta” que Jameini y Ahmadineyad proyectan la “transformación de una teocracia en una dictadura militar ideológica”. O sea, ungida por la fé. Sus víctimas serían tanto los reformistas como el poder intermediario de los sacerdotes islámicos. En apoyo de esta tesis, hay que recordar que Ahmadineyad ganó las elecciones de 2005 enarbolando un programa muy crítico hacia la corrupción anidada en el sistema clerical. El expresidente Rafsanjani fue entonces y es ahora uno de sus rivales más acérrimos. Según el principio de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, Rafsanjani ya se arrimó a Musaví antes de las elecciones.
Apoya también esta tesis de la conversión del regimen que el principal apoyo de Ahmadineyad sean las fuerzas armadas más ideologizadas del régimen, los pasdaranes o guardianes de la revolución y sus milicias de choque, los basijis, voluntarios veteranos de la guerra contra Irak y sectores lumpen del sistema.
De ser plausible esta interpretación de lo que podría estar ocurriendo en la cúspide del poder, estaríamos ante una versión iraní del 18 Brumario. Jamenei y Ahmadineyad, como Bonaparte, aprovecharían las debilidades y contradicciones del sistema político para transformarlo en una suerte de dictadura militar que no sólo pondría a raya a los reformistas, sino que sometería a la casta clerical que ha controlado el pulso de la vida iraní desde 1979. La jerarquía religiosa terminaría aceptando la deriva autoritaria, debido a dos alicientes definitivos: uno, su condición de garantía frente al peligro de un reformismo tendente a una creciente laicidad; y dos, el mantenimiento de ciertos privilegios.
La incógnita es hasta donde llegará este tándem que formalmente pilota la República. ¿Qué hará el resto de las Fuerzas armadas iraníes si los reformistas no ceden? El actual ministro de Defensa es un basijí amigo leal del presidente. El propio Jamenei habría favorecido a elementos militares del régimen para fortalecer su base de poder. Cuenta Neil Facquhar en el NEW YORK TIMES que pasdaranes escogidos por el Guía ocuparían hoy importantes puestos en la RadioTelevisión o en fundaciones creadas a partir de bienes confiscados por la revolución. En todo caso, ¿es sólida la cadena de mando militar? No se sabe.
Ciertamente, Jamenei atesora la autoridad moral del régimen, pero nunca fue el candidato preferido de la élite religiosa, sino una solución de compromiso. Su posición ahora parece débil. Que primero se apresurara a bendecir la victoria de su protegido y luego se aviniera a un recuento para aplacar a la oposición indicaría que no se siente seguro de las lealtades imprescincibles. Pero también podría tratarse de una simple maniobra para ganar tiempo y esperar a que la dinámica represiva asfixie primero y aplaste finalmente la opción reformista. Sería el escenario Tiananmen.
Pero contrariamente a la China posterior a Tiananmen, este Irán replegado y militarizado no podría contar con el reclamo del crecimiento y la prosperidad económicos. Los mandarines del “comunismo capitalista” han tapado el malestar popular con un consumismo eficaz, por muy desequilibrado que sean sus fundamentos. Jamenei y Ahmadineyad solo cuentan con el petróleo y poco más para aplacar previsibles convulsiones sociales, y su capacidad terapéutica no depende de ellos, sino de los mercados internacionales. El otro recurso de la pareja, el átomo, es un arma de doble fila. Puede disuadir, pero también puede precipitar la indeseable respuesta militar. A este respecto, no resulta estrambótico proclamar que Netanyahu ha votado por Ahmadineyad. Como dice el analista judío Thomas Friedman, nada sospechoso de antiisraelí, la permanencia de ese “comportamiento antisemita refleja el verdadero e inmutable carácter del régimen iraní”. Ergo, convierte su destrucción en una necesidad para Israel…. Y, para Estados Unidos, en un impostergable debate.
El tercer escenario es el triunfo de esta revolución virtual, alimentada por redes sociales y mensajería instantánea. Irán se incorporaría a la serie de revoluciones coloreadas o de terciopelo, iniciadas hace veinte años en Europa del Este, revividas luego en las antiguas repúblicas soviéticas (Federación rusa, Ucrania, Georgia, Moldavia) y ahora sedicentes en Irán y quién sabe si en otros países del mundo islámico. Naranja, rosa, verde…. Colores pastel para maquillar propuestas contradictorias y no siempre tan espontáneas ni tan idealistas. La simpatía occidental por esta “revolución verde” es comprensible, pero no es seguro de que aquí se comprendan las verdaderas motivaciones de todos los que pretenden sacar partido de un eventual triunfo de la oposición iraní.
Aunque expertos como Juan Cole, de la Universidad de Michigan, consideren que Musaví no es el expresidente Jatamí, sino un líder con más fuerza y alianzas más poderosas, no es seguro que pueda prevalecer en un entorno tan hostil. Si busca apoyo exterior, podría debilitarse su alianza con los conservadores pragmáticos. De ahí también la cautela de Obama. La volatilidad de la situación exige mucha prudencia. Es probable que el supuesto “final de la revolución islámica” se convierta en un periodo largo, confuso y profundamente inestable. Un quebradero de cabeza para Obama y sus designios de diseñar un Oriente Medio democrático, tolerante y amistoso.
DERROTAS Y PARADOJAS DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA
11 de junio de 2009
La derrota de la socialdemocracia en la gran mayoría de los países europeos –en todos los de mayor peso político- ha dejado una gran amargura en dirigentes y seguidores. A pocos les ha debido sorprender; y en los casos de desviación con respecto a las previsiones, ha sido en sentido negativo. En realidad, no hemos asistido a una derrota global, debida a un conjunto de causas comunes o muy similares, sino a varias derrotas. O para ser más exactos: el centro izquierda se ha despeñado por caminos diferentes.
El primer factor que se queda corto para enfocar el análisis es el desgaste por el ejercicio del gobierno en tiempos tormentosos como éstos. Es verdad que serviría para explicar lo ocurrido a los laboristas británicos o a los socialistas españoles, pero los socialistas franceses y los excomunistas italianos reconvertidos al centro izquierda no han sido castigados por gobernar, sino por no haber presentado credenciales solventes para hacerlo desde su cada día más incómoda oposición.
Además, el comportamiento del electorado en Gran Bretaña y España no es similar. Los laboristas han sido humillados; los socialistas españoles han capeado el temporal y evitado males mayores. En Alemania, donde socialdemócratas y democristianos comparten gobierno, el castigo ha sido mucho más rotundo para los primeros, a pesar de que ejercen el papel de socio minoritario en la gran coalición. Otros partidos de centro-derecha gobernantes han resultado más o menos reivindicados en Polonia, Hungría, República Checa, Bélgica (Flandes) u Holanda, y con menos claridad en los países bálticos.
Hay, obviamente, factores estrictamente nacionales que explicarían mejor los resultados. Pero no del todo. Por ejemplo, los escándalos o los casos de corrupción no resultan suficientemente determinantes. En España e Italia no han servido para debilitar sustancialmente a la derecha. En Gran Bretaña pueden haber frenado el ascenso de los conservadores, pero han machacado a los laboristas y dejado casi indemnes a los eurófobos derechistas. Y en la Bélgica valona no han hecho mella en los socialistas gobernantes.
En cuanto a las divisiones internas de los partidos o familias políticas, podría resultar una causa convincente en Francia, pero las tensiones de la derecha en España se han mantenido hasta ayer. Y en Italia, a Berlusconi le sacan los colores sus propios aliados.
Pero la paradoja que la mayoría de los analistas resaltan es que los ciudadanos hayan confiado en los partidos conservadores y liberales, supuestamente más partidarios de las políticas que han propiciado la crisis, y, en cambio, hayan pasado factura a los socialistas, más tibios o renuentes ante esas recetas. Esa paradoja es sólo aparente. Habría que preguntarse si la mayoría de los ciudadanos han visto tan clara esa diferenciación durante todos estos años de verbena económica. Es difícil exonerar a muchos partidos socialdemócratas de responsabilidad en la desregulación, la liberalización a ultranza, la flexibilidad del mercado de trabajo, el debilitamiento de las rentas del trabajo frente a las del capital o el estancamiento de los servicios sociales. Por mucho escarnio que produzca, han resultado más creíble Sarkozy y Merkel proclamando una versión más humana del capitalismo que sus rivales denunciando la hipocresía y el oportunismo de estas propuestas.
Con respecto a ese sistema que ahora ha hecho crisis, la socialdemocracia ha mantenido posiciones que recorren un amplio abanico, pero en ningún caso ostentosamente críticas. En un rápido vistazo, y comenzando a la izquierda del espectro, reconocemos a ciertas familias del socialismo francés proponiendo políticas diferentes a las practicadas cuando ellos mismos gobernaban o a las que otros compañeros del partido claramente propugnaban. En el socialismo mediterráneo, hemos asistido a mensajes diferentes si se lanzaban desde el gobierno o si se predicaban desde la oposición. Los nórdicos han tratado de cuadrar el círculo con propuestas atractivas y temporalmente eficaces como la “flexiseguridad”, en un intento por combinar las recetas liberales con las terapias sociales. Más allá fue Schröeder en Alemania, al hacer cargar fundamentalmente sobre las capas populares la herencia de una unificación que diseñaron y pilotaron sus antecesores democristianos.
Pero la palma se la ha llevado el laborismo británico, que ha venido practicando políticas que hubieran suscrito sin apenas correcciones la señora Thatcher y sus herederos. Tony Blair acudió a su teórico de cabecera, Anthony Giddens, para presentar sus propuestas como una “tercera vía” entre el neoliberalismo y un socialismo supuestamente filoestatista que nunca lo fue. Al final, maestro en el arte de la cabriola política, ideológica y, sobre todo, mediática, Blair presentó su modelo como “social-liberal”. Brown es un heredero malogrado, que discrepó de su colega-enemigo en cuestiones tácticas, no en las grandes líneas de fondo. Es probable que acabe su carrera como un personaje de Shakespeare.
Blair no sólo ha sido el máximo exponente de la pérdida de identidad de la socialdemocracia europea. Puede resultar el protagonista de otra paradoja. A pesar de no haber resuelto en doce años las tribulaciones británicas con Europa, se perfila ahora desacreditado y desgastado por su complacencia hacia los neocon norteamericanos, como el principal candidato a convertirse en el presidente estable de la Unión. De la misma forma que algunos socialistas europeos (entre ellos, los españoles) favorecen la reválida del ultraliberal Barroso al frente de la Comisión, los populares europeos podrían contribuir a prolongar la carrera política del hombre que propició largos años del laborismo en el poder, pero vendió su alma. Este juego cruzado de lealtades y alianzas es la prueba más gráfica, aunque no la más importante, de ese maridaje que tanto ha perjudicado a la izquierda en el ejercicio del gobierno.
No se trata de radicalizar ciegamente los programas o de cargarlos de excesos ideológicos, sino de clarificarlos, de no dejarse ganar por tentaciones oportunistas. Pero sobre todo de regresar a la sociedad civil, de engarzar el trabajo político con las necesidades populares, de enterrar las campañas de laboratorio, de reducir a su justa medida a los gabinetes de imagen. En definitiva, de refundar la manera de entender y practicar la política para arraigarla en los verdaderos movimientos sociales y no en fenómenos mediáticos de corto vuelo y dudosa profundidad.
La izquierda europea con vocación de gobernar debe recuperar, ante todo, su compromiso de reflejar las nuevas realidades sociales con herramientas renovadas pero propias y no mediante adaptaciones digeribles de recetas ajenas. Ni siquiera así es seguro que acabe la hegemonía liberal-conservadora en Europa, pero al menos sus dirigentes podrán dormir con la conciencia tranquila.
La derrota de la socialdemocracia en la gran mayoría de los países europeos –en todos los de mayor peso político- ha dejado una gran amargura en dirigentes y seguidores. A pocos les ha debido sorprender; y en los casos de desviación con respecto a las previsiones, ha sido en sentido negativo. En realidad, no hemos asistido a una derrota global, debida a un conjunto de causas comunes o muy similares, sino a varias derrotas. O para ser más exactos: el centro izquierda se ha despeñado por caminos diferentes.
El primer factor que se queda corto para enfocar el análisis es el desgaste por el ejercicio del gobierno en tiempos tormentosos como éstos. Es verdad que serviría para explicar lo ocurrido a los laboristas británicos o a los socialistas españoles, pero los socialistas franceses y los excomunistas italianos reconvertidos al centro izquierda no han sido castigados por gobernar, sino por no haber presentado credenciales solventes para hacerlo desde su cada día más incómoda oposición.
Además, el comportamiento del electorado en Gran Bretaña y España no es similar. Los laboristas han sido humillados; los socialistas españoles han capeado el temporal y evitado males mayores. En Alemania, donde socialdemócratas y democristianos comparten gobierno, el castigo ha sido mucho más rotundo para los primeros, a pesar de que ejercen el papel de socio minoritario en la gran coalición. Otros partidos de centro-derecha gobernantes han resultado más o menos reivindicados en Polonia, Hungría, República Checa, Bélgica (Flandes) u Holanda, y con menos claridad en los países bálticos.
Hay, obviamente, factores estrictamente nacionales que explicarían mejor los resultados. Pero no del todo. Por ejemplo, los escándalos o los casos de corrupción no resultan suficientemente determinantes. En España e Italia no han servido para debilitar sustancialmente a la derecha. En Gran Bretaña pueden haber frenado el ascenso de los conservadores, pero han machacado a los laboristas y dejado casi indemnes a los eurófobos derechistas. Y en la Bélgica valona no han hecho mella en los socialistas gobernantes.
En cuanto a las divisiones internas de los partidos o familias políticas, podría resultar una causa convincente en Francia, pero las tensiones de la derecha en España se han mantenido hasta ayer. Y en Italia, a Berlusconi le sacan los colores sus propios aliados.
Pero la paradoja que la mayoría de los analistas resaltan es que los ciudadanos hayan confiado en los partidos conservadores y liberales, supuestamente más partidarios de las políticas que han propiciado la crisis, y, en cambio, hayan pasado factura a los socialistas, más tibios o renuentes ante esas recetas. Esa paradoja es sólo aparente. Habría que preguntarse si la mayoría de los ciudadanos han visto tan clara esa diferenciación durante todos estos años de verbena económica. Es difícil exonerar a muchos partidos socialdemócratas de responsabilidad en la desregulación, la liberalización a ultranza, la flexibilidad del mercado de trabajo, el debilitamiento de las rentas del trabajo frente a las del capital o el estancamiento de los servicios sociales. Por mucho escarnio que produzca, han resultado más creíble Sarkozy y Merkel proclamando una versión más humana del capitalismo que sus rivales denunciando la hipocresía y el oportunismo de estas propuestas.
Con respecto a ese sistema que ahora ha hecho crisis, la socialdemocracia ha mantenido posiciones que recorren un amplio abanico, pero en ningún caso ostentosamente críticas. En un rápido vistazo, y comenzando a la izquierda del espectro, reconocemos a ciertas familias del socialismo francés proponiendo políticas diferentes a las practicadas cuando ellos mismos gobernaban o a las que otros compañeros del partido claramente propugnaban. En el socialismo mediterráneo, hemos asistido a mensajes diferentes si se lanzaban desde el gobierno o si se predicaban desde la oposición. Los nórdicos han tratado de cuadrar el círculo con propuestas atractivas y temporalmente eficaces como la “flexiseguridad”, en un intento por combinar las recetas liberales con las terapias sociales. Más allá fue Schröeder en Alemania, al hacer cargar fundamentalmente sobre las capas populares la herencia de una unificación que diseñaron y pilotaron sus antecesores democristianos.
Pero la palma se la ha llevado el laborismo británico, que ha venido practicando políticas que hubieran suscrito sin apenas correcciones la señora Thatcher y sus herederos. Tony Blair acudió a su teórico de cabecera, Anthony Giddens, para presentar sus propuestas como una “tercera vía” entre el neoliberalismo y un socialismo supuestamente filoestatista que nunca lo fue. Al final, maestro en el arte de la cabriola política, ideológica y, sobre todo, mediática, Blair presentó su modelo como “social-liberal”. Brown es un heredero malogrado, que discrepó de su colega-enemigo en cuestiones tácticas, no en las grandes líneas de fondo. Es probable que acabe su carrera como un personaje de Shakespeare.
Blair no sólo ha sido el máximo exponente de la pérdida de identidad de la socialdemocracia europea. Puede resultar el protagonista de otra paradoja. A pesar de no haber resuelto en doce años las tribulaciones británicas con Europa, se perfila ahora desacreditado y desgastado por su complacencia hacia los neocon norteamericanos, como el principal candidato a convertirse en el presidente estable de la Unión. De la misma forma que algunos socialistas europeos (entre ellos, los españoles) favorecen la reválida del ultraliberal Barroso al frente de la Comisión, los populares europeos podrían contribuir a prolongar la carrera política del hombre que propició largos años del laborismo en el poder, pero vendió su alma. Este juego cruzado de lealtades y alianzas es la prueba más gráfica, aunque no la más importante, de ese maridaje que tanto ha perjudicado a la izquierda en el ejercicio del gobierno.
No se trata de radicalizar ciegamente los programas o de cargarlos de excesos ideológicos, sino de clarificarlos, de no dejarse ganar por tentaciones oportunistas. Pero sobre todo de regresar a la sociedad civil, de engarzar el trabajo político con las necesidades populares, de enterrar las campañas de laboratorio, de reducir a su justa medida a los gabinetes de imagen. En definitiva, de refundar la manera de entender y practicar la política para arraigarla en los verdaderos movimientos sociales y no en fenómenos mediáticos de corto vuelo y dudosa profundidad.
La izquierda europea con vocación de gobernar debe recuperar, ante todo, su compromiso de reflejar las nuevas realidades sociales con herramientas renovadas pero propias y no mediante adaptaciones digeribles de recetas ajenas. Ni siquiera así es seguro que acabe la hegemonía liberal-conservadora en Europa, pero al menos sus dirigentes podrán dormir con la conciencia tranquila.
EUROPA, TREINTA AÑOS DESPUÉS
04 de junio de 2009
Las elecciones europeas del domingo se van a celebrar bajo el peso de la crisis más profunda de los últimos treinta años. Por una coincidencia de la historia, los primeros comicios de la entonces Comunidad Económica Europea también estuvieron dominados por el brutal impacto del segundo shock petrolero de los setenta.
Entonces, Europa ser percibía como una ilusión, una oportunidad, un trampolín de progreso y de libertades reforzadas. En particular, para los españoles, que acabábamos de aprobar la Constitución y fijamos en Europa el horizonte más inmediato de nuestro futuro democrático. España no formaba todavía parte del club y, por tanto, los españoles no pudimos participar en esas elecciones. Nuestra primera cita con las urnas europeas fue en 1989, aunque antes tuvimos una representación provisional.
Ahora, treinta años después, muchas de esas esperanzas en Europa quizás no se han esfumado, pero si se han debilitado. Y no solamente por la crisis. El proyecto europeo se ha estancado claramente. Sobre este diagnóstico, ampliamente compartido, se ha escrito hasta la saciedad. Según la sensibilidad ideológica, se aportan unas causas u otras. Desde una posición de izquierda, progresista y crítica, puede decirse que Europa ha servido para legitimar políticas contra las que se venía largo tiempo combatiendo.
Es verdad que, bajo el liderazgo de Felipe González y de Jacques Delors, los socialistas europeos intentaron equilibrar las prescripciones más liberales que ponían énfasis en las recetas económicas y escamoteaban los avances sociales. No siempre lo consiguieron. Pero no es descabellado plantear que, en el empeño, los socialistas renunciaron a visiones que perdían fuerza, tanto ideológica como electoral, en el torbellino neoliberal de los ochenta y primeros noventa.
No hay que olvidar que las primeras elecciones europeas se celebraron bajo la inluencia que produjo en toda Europa la arrolladora victoria electoral de Margaret Thatcher y el derrumbamiento del laborismo. Gran Bretaña, siempre alerta y escéptica con Europa, enviaba un mensaje de desconfianza hacia el continente. Un invierno largo y deprimente se adueñaba de la Europa que defendía el avance del proyecto social, después de los fundacionales años de consolidación económica. Y si en la Europa mediterránea se encendía una cierta luz de confianza, lo cierto es que los partidos socialista meridionales que cosecharon éxitos electorales en esos años de ofensiva neoliberal-conservadora no pudieron contrarrestar la marea neoliberal. Más bien al contrario, los socialistas terminaron asumiendo el discurso de sus adversarios, tratando de recomponer el gesto.
Este posibilismo del centro izquierda europeo pareció tener al principio ciertos réditos electorales. Si repasamos los resultados de las elecciones europeas, nos damos cuenta que el Grupo Socialista se mantuvo como el más numeroso de la Eurocámara hasta 1994, durante cuatro elecciones consecutivas.
Pero se trata de un dato engañoso, porque el centro-derecha se presentó en esas convocatorias dividido entre las familias democristiana, liberal y conservadora (en sus distintas versiones nacionales). Hasta ese año, el proyecto político europeo siguió siendo liderado, al menos ideológica y moralmente, por la izquierda moderada. Incluso los comunistas –y sus herederos-, aunque críticos, no rompieron por completo con el proyecto europeísta.
A mediados de los noventa, con la crisis económica, la difícil explicación del desigual y polémico Tratado de Maastricht, el debilitamiento del eje franco-alemán y el agotamiento de los líderes más convencidos y vehementes de la Europa política, el centro-derecha se hizo con el timón europeo. No por casualidad, el Parlamento entrante en 1994 contaba con 198 diputados del Partido de los Socialistas europeos y 156 del Partido Popular Europeo, una diferencia de 42 escaños. Cinco años después, antes de celebrarse las elecciones de 1999, esa diferencia se había reducido a trece. En la izquierda europea en estos años se habían producido dos grandes corrimientos de tierras: los verdes acentuaron el declive de los comunistas a finales de los ochenta y en los noventa y el nacionalismo progresista debilitó en gran medida a los socialistas
En las dos elecciones siguientes, 1999 y 2004, la tendencia liberal-conservadora y el reagrupamiento de fuerzas en esta opción se confirmaron y reforzaron, en gran parte por la ola neoconservadora y neoliberal que sopló desde el Este, tras la caída de los regímenes comunistas y su ansiada incorporación a Europa. La diferencia del Grupo Popular frente al Grupo Socialista en la Eurocámara del siglo XXI no ha sido nunca inferior a los sesenta diputados. Pero si añadimos los conservadores nacionalistas y los demócratas liberales, el predominio del centro-derecha se ha colocado por encima del centenar de escaños, apenas compensados por los grupos a la izquierda del socialista (verdes e izquierda crítica).
Esta evolución política del Parlamento europeo sólo explica en parte el mapa político de la Unión, porque en los gobiernos nacionales se han dado alternancias a veces ligeramente diferentes e incluso contradictorias. Pero sirve como indicador de tendencia. Eso seguramente ocurra ahora. La crisis actual es, sobre todo, la crisis del modelo que arrancó con fuerza cuando se inauguraba el Parlamento Europeo hace treinta años. Pero no está claro que la ciudadanía identifique a los responsables políticos del desastre. En parte, por la deplorable información que se ofrece en los medios, pero también por la ambigüedad y la falta de identidad definida del centro izquierda durante todos estos años, con muy meritorias excepciones.
Si se confirma la derrota de la izquierda moderada, será impostergable la reflexión sobre el proyecto europeo de las fuerzas progresistas, sus diferentes traducciones nacionales y su papel en el debate global. No se puede fiar todo al seguidismo de lo que haga Obama, por prometedor que les resulte a algunos el presidente norteamericano. La ausencia de claridad política e ideológica en respuesta a la crisis empieza a ser alarmante. No se trata de encontrar recetas mágicas, sino de construir una alternativa europea conjunta y global. La crisis de liderazgo afecta tanto a la derecha como a la izquierda, es cierto. Pero la derecha depende menos de los proyectos políticos. Sus referencias están en los mercados. La política tiene para ella un peso accidental. Por usar la metáfora futbolística de los socialistas en esta campaña, la izquierda es más dependiente de las construcciones políticas, porque juega en campo ajeno.
Las elecciones europeas del domingo se van a celebrar bajo el peso de la crisis más profunda de los últimos treinta años. Por una coincidencia de la historia, los primeros comicios de la entonces Comunidad Económica Europea también estuvieron dominados por el brutal impacto del segundo shock petrolero de los setenta.
Entonces, Europa ser percibía como una ilusión, una oportunidad, un trampolín de progreso y de libertades reforzadas. En particular, para los españoles, que acabábamos de aprobar la Constitución y fijamos en Europa el horizonte más inmediato de nuestro futuro democrático. España no formaba todavía parte del club y, por tanto, los españoles no pudimos participar en esas elecciones. Nuestra primera cita con las urnas europeas fue en 1989, aunque antes tuvimos una representación provisional.
Ahora, treinta años después, muchas de esas esperanzas en Europa quizás no se han esfumado, pero si se han debilitado. Y no solamente por la crisis. El proyecto europeo se ha estancado claramente. Sobre este diagnóstico, ampliamente compartido, se ha escrito hasta la saciedad. Según la sensibilidad ideológica, se aportan unas causas u otras. Desde una posición de izquierda, progresista y crítica, puede decirse que Europa ha servido para legitimar políticas contra las que se venía largo tiempo combatiendo.
Es verdad que, bajo el liderazgo de Felipe González y de Jacques Delors, los socialistas europeos intentaron equilibrar las prescripciones más liberales que ponían énfasis en las recetas económicas y escamoteaban los avances sociales. No siempre lo consiguieron. Pero no es descabellado plantear que, en el empeño, los socialistas renunciaron a visiones que perdían fuerza, tanto ideológica como electoral, en el torbellino neoliberal de los ochenta y primeros noventa.
No hay que olvidar que las primeras elecciones europeas se celebraron bajo la inluencia que produjo en toda Europa la arrolladora victoria electoral de Margaret Thatcher y el derrumbamiento del laborismo. Gran Bretaña, siempre alerta y escéptica con Europa, enviaba un mensaje de desconfianza hacia el continente. Un invierno largo y deprimente se adueñaba de la Europa que defendía el avance del proyecto social, después de los fundacionales años de consolidación económica. Y si en la Europa mediterránea se encendía una cierta luz de confianza, lo cierto es que los partidos socialista meridionales que cosecharon éxitos electorales en esos años de ofensiva neoliberal-conservadora no pudieron contrarrestar la marea neoliberal. Más bien al contrario, los socialistas terminaron asumiendo el discurso de sus adversarios, tratando de recomponer el gesto.
Este posibilismo del centro izquierda europeo pareció tener al principio ciertos réditos electorales. Si repasamos los resultados de las elecciones europeas, nos damos cuenta que el Grupo Socialista se mantuvo como el más numeroso de la Eurocámara hasta 1994, durante cuatro elecciones consecutivas.
Pero se trata de un dato engañoso, porque el centro-derecha se presentó en esas convocatorias dividido entre las familias democristiana, liberal y conservadora (en sus distintas versiones nacionales). Hasta ese año, el proyecto político europeo siguió siendo liderado, al menos ideológica y moralmente, por la izquierda moderada. Incluso los comunistas –y sus herederos-, aunque críticos, no rompieron por completo con el proyecto europeísta.
A mediados de los noventa, con la crisis económica, la difícil explicación del desigual y polémico Tratado de Maastricht, el debilitamiento del eje franco-alemán y el agotamiento de los líderes más convencidos y vehementes de la Europa política, el centro-derecha se hizo con el timón europeo. No por casualidad, el Parlamento entrante en 1994 contaba con 198 diputados del Partido de los Socialistas europeos y 156 del Partido Popular Europeo, una diferencia de 42 escaños. Cinco años después, antes de celebrarse las elecciones de 1999, esa diferencia se había reducido a trece. En la izquierda europea en estos años se habían producido dos grandes corrimientos de tierras: los verdes acentuaron el declive de los comunistas a finales de los ochenta y en los noventa y el nacionalismo progresista debilitó en gran medida a los socialistas
En las dos elecciones siguientes, 1999 y 2004, la tendencia liberal-conservadora y el reagrupamiento de fuerzas en esta opción se confirmaron y reforzaron, en gran parte por la ola neoconservadora y neoliberal que sopló desde el Este, tras la caída de los regímenes comunistas y su ansiada incorporación a Europa. La diferencia del Grupo Popular frente al Grupo Socialista en la Eurocámara del siglo XXI no ha sido nunca inferior a los sesenta diputados. Pero si añadimos los conservadores nacionalistas y los demócratas liberales, el predominio del centro-derecha se ha colocado por encima del centenar de escaños, apenas compensados por los grupos a la izquierda del socialista (verdes e izquierda crítica).
Esta evolución política del Parlamento europeo sólo explica en parte el mapa político de la Unión, porque en los gobiernos nacionales se han dado alternancias a veces ligeramente diferentes e incluso contradictorias. Pero sirve como indicador de tendencia. Eso seguramente ocurra ahora. La crisis actual es, sobre todo, la crisis del modelo que arrancó con fuerza cuando se inauguraba el Parlamento Europeo hace treinta años. Pero no está claro que la ciudadanía identifique a los responsables políticos del desastre. En parte, por la deplorable información que se ofrece en los medios, pero también por la ambigüedad y la falta de identidad definida del centro izquierda durante todos estos años, con muy meritorias excepciones.
Si se confirma la derrota de la izquierda moderada, será impostergable la reflexión sobre el proyecto europeo de las fuerzas progresistas, sus diferentes traducciones nacionales y su papel en el debate global. No se puede fiar todo al seguidismo de lo que haga Obama, por prometedor que les resulte a algunos el presidente norteamericano. La ausencia de claridad política e ideológica en respuesta a la crisis empieza a ser alarmante. No se trata de encontrar recetas mágicas, sino de construir una alternativa europea conjunta y global. La crisis de liderazgo afecta tanto a la derecha como a la izquierda, es cierto. Pero la derecha depende menos de los proyectos políticos. Sus referencias están en los mercados. La política tiene para ella un peso accidental. Por usar la metáfora futbolística de los socialistas en esta campaña, la izquierda es más dependiente de las construcciones políticas, porque juega en campo ajeno.
LA HIPOCRESÍA NUCLEAR
28 de Mayo de 2009
El vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció el pasado mes de octubre que, antes de que se cumpliera seis meses de su entonces hipotética llegada a la Casa Blanca, Barak Obama tendría que afrontar su primera gran prueba internacional. Su profecía se ha cumplido.
En realidad, ya se han producido decisiones trascendentes en política exterior, algunas de gran valor y cierta esperanza; otras, inquietantes y reveladoras de lo difícil, por no decir imposible, que resulta cambiar la lógica imperial. Pero el segundo y último test nuclear de Corea del Norte –y el lanzamiento adicional de dos cohetes- reúne todas las condiciones para ser considerado por cancillerías, analistas y observadores como esa gran prueba al acecho.
Obama se lo ha tomado con seriedad, pero con calma. Tenía prevista una partida de golf y no la suspendió. Seguramente, el juego le sirvió para ensayar paciencia, autocontrol y precisión en la respuesta. Coordinar sanciones bajo el paraguas de la ONU es, seguramente, la respuesta más adecuada, aunque es dudoso que sirva para enderezar el problema.
El revuelo internacional ocasionado evidencia la hipocresía que rodea este asunto de las armas nucleares: quien tiene derecho a poseerlas, por qué se ha llegado a esta situación y quienes son los responsables de la inseguridad que provoca su crecimiento y la incertidumbre sobre su inmediato destino.
Como de todos es sabido, Estados Unidos abrió la caja de Pandora en 1945. No se trataba de una necesidad militar. Las bombas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki cuando Japón ya estaba prácticamente derrotado. En realidad, se trató de una exhibición de fuerz, de marcar el inicio de una nueva etapa en las relaciones internacionales, de dejar claro quien era el nuevo dueño supremo del mundo. Las bombas abrasaron Japón, pero su verdadero destinatario político fue la nueva superpotencia emergente: la Unión Soviética. Ya sabemos lo que ocurrió después.
Durante décadas, Washington y Moscú practicaron una preocupación muy selectiva sobre el desarrollo nuclear militar. A los aliados se les toleró ciertos privilegios. A otros, no se les pudo –o no se quiso- evitar su llegada al club atómico.
Sesenta y cuatro años después, ocho países (China, Corea del Norte, India, Pakistan, Indonesia, Iran, Israel y Egipto) acompañan a Estados Unidos en la renuncia a suscribir el Tratado de prohibición de pruebas nucleares. Clinton estuvo a punto de sacarlo adelante, pero la mayoría de senadores republicanos se lo impidió en 1999. Obama le ha encargado ahora a su vice Biden que lo intente de nuevo, pero no lo tiene asegurado. El ensayo norcoreano puede resultar de mucha utilidad a quienes se oponen de forma recalcitrante.
Los neocon consideran a Corea del Norte el estado más canalla entre los canallas. Otros analistas más templados simplemente destacan el fracaso de su experimento comunista y su atormentado destino. Corea fue el primer escenario bélico de la guerra fría, el banco de pruebas del anticomunismo beligerante en Asia. La guerra resolvió poco o nada. La división de Corea se ha perpetuado, más allá de la europea. La Corea comunista y la Corea capitalista son igualmente anómalas. Pero mientras la segunda se integró en el sistema económico mundial, la primera ha quedado como vestigio sórdido de la derrota comunista.
Corea es el único ejemplo de dinastía roja. El padre Kim Il Sung, despiado y brutal, dejó una herencia de hambre y terror al hijo primogénito Kim Il Song. Los arcanos occidentales pintan esta caricatura de su personalidad: enfermizo, ridículo, caprichoso e incapaz.
En estos veinte años de mandato, Kim II ha mantenido el régimen, aunque el hambre asedie a su población, si son ciertas las informaciones de inteligencia occidentales. Su pretendida inutilidad no le ha impedido, sin embargo, dotarse del último instrumento negociador eficaz frente a la hostilidad exterior: el arma atómica.
Estados Unidos y sus aliados occidentales han fracasado estrepitosamente en el seguimiento y neutralización del lunático propósito de Kim. Clinton le ofreció alimentos, petróleo, centrales nucleares civiles y cierto reconocimiento para aplacar su peligroso apetito. Bush, sacando pecho, intentó primero arrinconar al tiranuelo, pero cuando se dio cuenta de que necesitaba más que bravuconadas para conseguirlo, se puso a practicar distintas versiones del palo y la zanahoria.
En esta errática política, Estados Unidos se procuró aliados exteriores (Europa), protegidos regionales (Japón y Corea del Sur), y cómplices improbables (Rusia y China). Las negociaciones a seis (los cinco anteriores y el propio estado reo) han sido un clamoroso fracaso. El analista conservador Robert Kagan, considerado un especialista en la materia, reprocha a Clinton su falta de realismo; a Bush, con amargura, su inconsecuencia. A los supuestos socios de conveniencia rusos y chinos, su comportamiento hipócrata y mendaz: en particular, Pekín manipula a su marioneta y maneja su propio juego en esa zona de importancia estratégica vital para China.
Kagan cree que, llegados a este punto, lo mejor es que Washington garantice a surcoreanos y japoneses su protección sin mínimo atisbo de dudas, que se olvide de Moscú y Pekín y que, si merece la pena, inicie una estrategia bilateral con Pyongyang, con dos objetivos claros: hacer al régimen todo el daño posible hasta que Kim pase el testigo dinástico e intentar enterrar el proyecto nuclear con un líder más avenido a razones.
Otros medios más templados del establishment aconsejan a Obama una firme prudencia. Y mucha consulta internacional. El WASHINGTON POST cree que el presidente no debería abordar el caso “como si se tratara de una crisis, ni siquiera un asunto urgente”. En el NEW YORK TIMES, David Sanger cita fuentes próximas a Obama para identificar el verdadero sentido de la preocupación con este asunto: no es que Corea del Norte vaya a usar la bomba. Lo que se teme es que la ponga en el mercado. Por tanto, se impone controlar el tráfico de lo que sale del país. Un bloqueo naval sin contemplaciones. Y esperar acontecimientos. Comprobar si Kim está realmente moribundo, confiar en que sus hasta ahora sumisos generales se decidan a acelerar su agonía, y ser muy generoso en la seducción del que asuma la herencia.
En todo caso, nunca dar la impresión de que saldría gratis sobrepasar ciertas líneas. No por el peligro real que el dictador norcoreano representa, sino por la lección equivocada que puede extraer Irán, el otro estado con ínfulas nucleares, el que realmente preocupa.
El vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció el pasado mes de octubre que, antes de que se cumpliera seis meses de su entonces hipotética llegada a la Casa Blanca, Barak Obama tendría que afrontar su primera gran prueba internacional. Su profecía se ha cumplido.
En realidad, ya se han producido decisiones trascendentes en política exterior, algunas de gran valor y cierta esperanza; otras, inquietantes y reveladoras de lo difícil, por no decir imposible, que resulta cambiar la lógica imperial. Pero el segundo y último test nuclear de Corea del Norte –y el lanzamiento adicional de dos cohetes- reúne todas las condiciones para ser considerado por cancillerías, analistas y observadores como esa gran prueba al acecho.
Obama se lo ha tomado con seriedad, pero con calma. Tenía prevista una partida de golf y no la suspendió. Seguramente, el juego le sirvió para ensayar paciencia, autocontrol y precisión en la respuesta. Coordinar sanciones bajo el paraguas de la ONU es, seguramente, la respuesta más adecuada, aunque es dudoso que sirva para enderezar el problema.
El revuelo internacional ocasionado evidencia la hipocresía que rodea este asunto de las armas nucleares: quien tiene derecho a poseerlas, por qué se ha llegado a esta situación y quienes son los responsables de la inseguridad que provoca su crecimiento y la incertidumbre sobre su inmediato destino.
Como de todos es sabido, Estados Unidos abrió la caja de Pandora en 1945. No se trataba de una necesidad militar. Las bombas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki cuando Japón ya estaba prácticamente derrotado. En realidad, se trató de una exhibición de fuerz, de marcar el inicio de una nueva etapa en las relaciones internacionales, de dejar claro quien era el nuevo dueño supremo del mundo. Las bombas abrasaron Japón, pero su verdadero destinatario político fue la nueva superpotencia emergente: la Unión Soviética. Ya sabemos lo que ocurrió después.
Durante décadas, Washington y Moscú practicaron una preocupación muy selectiva sobre el desarrollo nuclear militar. A los aliados se les toleró ciertos privilegios. A otros, no se les pudo –o no se quiso- evitar su llegada al club atómico.
Sesenta y cuatro años después, ocho países (China, Corea del Norte, India, Pakistan, Indonesia, Iran, Israel y Egipto) acompañan a Estados Unidos en la renuncia a suscribir el Tratado de prohibición de pruebas nucleares. Clinton estuvo a punto de sacarlo adelante, pero la mayoría de senadores republicanos se lo impidió en 1999. Obama le ha encargado ahora a su vice Biden que lo intente de nuevo, pero no lo tiene asegurado. El ensayo norcoreano puede resultar de mucha utilidad a quienes se oponen de forma recalcitrante.
Los neocon consideran a Corea del Norte el estado más canalla entre los canallas. Otros analistas más templados simplemente destacan el fracaso de su experimento comunista y su atormentado destino. Corea fue el primer escenario bélico de la guerra fría, el banco de pruebas del anticomunismo beligerante en Asia. La guerra resolvió poco o nada. La división de Corea se ha perpetuado, más allá de la europea. La Corea comunista y la Corea capitalista son igualmente anómalas. Pero mientras la segunda se integró en el sistema económico mundial, la primera ha quedado como vestigio sórdido de la derrota comunista.
Corea es el único ejemplo de dinastía roja. El padre Kim Il Sung, despiado y brutal, dejó una herencia de hambre y terror al hijo primogénito Kim Il Song. Los arcanos occidentales pintan esta caricatura de su personalidad: enfermizo, ridículo, caprichoso e incapaz.
En estos veinte años de mandato, Kim II ha mantenido el régimen, aunque el hambre asedie a su población, si son ciertas las informaciones de inteligencia occidentales. Su pretendida inutilidad no le ha impedido, sin embargo, dotarse del último instrumento negociador eficaz frente a la hostilidad exterior: el arma atómica.
Estados Unidos y sus aliados occidentales han fracasado estrepitosamente en el seguimiento y neutralización del lunático propósito de Kim. Clinton le ofreció alimentos, petróleo, centrales nucleares civiles y cierto reconocimiento para aplacar su peligroso apetito. Bush, sacando pecho, intentó primero arrinconar al tiranuelo, pero cuando se dio cuenta de que necesitaba más que bravuconadas para conseguirlo, se puso a practicar distintas versiones del palo y la zanahoria.
En esta errática política, Estados Unidos se procuró aliados exteriores (Europa), protegidos regionales (Japón y Corea del Sur), y cómplices improbables (Rusia y China). Las negociaciones a seis (los cinco anteriores y el propio estado reo) han sido un clamoroso fracaso. El analista conservador Robert Kagan, considerado un especialista en la materia, reprocha a Clinton su falta de realismo; a Bush, con amargura, su inconsecuencia. A los supuestos socios de conveniencia rusos y chinos, su comportamiento hipócrata y mendaz: en particular, Pekín manipula a su marioneta y maneja su propio juego en esa zona de importancia estratégica vital para China.
Kagan cree que, llegados a este punto, lo mejor es que Washington garantice a surcoreanos y japoneses su protección sin mínimo atisbo de dudas, que se olvide de Moscú y Pekín y que, si merece la pena, inicie una estrategia bilateral con Pyongyang, con dos objetivos claros: hacer al régimen todo el daño posible hasta que Kim pase el testigo dinástico e intentar enterrar el proyecto nuclear con un líder más avenido a razones.
Otros medios más templados del establishment aconsejan a Obama una firme prudencia. Y mucha consulta internacional. El WASHINGTON POST cree que el presidente no debería abordar el caso “como si se tratara de una crisis, ni siquiera un asunto urgente”. En el NEW YORK TIMES, David Sanger cita fuentes próximas a Obama para identificar el verdadero sentido de la preocupación con este asunto: no es que Corea del Norte vaya a usar la bomba. Lo que se teme es que la ponga en el mercado. Por tanto, se impone controlar el tráfico de lo que sale del país. Un bloqueo naval sin contemplaciones. Y esperar acontecimientos. Comprobar si Kim está realmente moribundo, confiar en que sus hasta ahora sumisos generales se decidan a acelerar su agonía, y ser muy generoso en la seducción del que asuma la herencia.
En todo caso, nunca dar la impresión de que saldría gratis sobrepasar ciertas líneas. No por el peligro real que el dictador norcoreano representa, sino por la lección equivocada que puede extraer Irán, el otro estado con ínfulas nucleares, el que realmente preocupa.
EL DESTINO DE LA FAMILIA, EL ALMA DE LA NACIÓN
21 de mayo de 2009
En las elecciones de la India, las más prolongadas del mundo (un mes de proceso electoral), el partido del Congreso no sólo ha revalidado su victoria relativa de 2004, sino que la ha reforzado y consolidado espectacularmente: le han faltado una veintena escaños para obtener la mayoría absoluta en el Parlamento federal.
El éxito adquiere una especial valía política por varias razones. En primer lugar, porque los pronósticos indicaban un resultado bien diferente (debilitamiento del Congreso y crecimiento de los partidos regionalistas y particularistas). Por otro lado, aunque la crisis económica no había golpeado al país con la misma virulencia que a las grandes potencias capitalistas, lo cierto es que el índice de crecimiento se había ralentizado notablemente, hasta el punto de poner en riesgo la consolidación de India como economía emergente. Y, finalmente, porque los atentados de Bombay habían reavivado un clima de miedo y de hostilidad hacia los musulmanes, perjudicial para el proyecto integrador que el Congreso ha representado con mayor o menor coherencia.
Los augurios han resultado fallidos. Todo indica que en el ánimo de la mayoría de los 700 millones de electorales han pesado mucho más los logros que los fracasos y que el Congreso confirma su rol de intérprete supremo de la voluntad popular. Una gran parte del mérito hay que atribuírselo, por supuesto, al primer ministro, Manmohan Singh, quien, a comienzos de los noventa, como Ministro de Economía, diseñó la apertura y liberalización de la economía india. Es un hombre prudente, desprovisto del carisma tan apreciado por las masas indias y ajeno a cualquier ambición personal.
India ha aprovechado con inteligencia el ciclo expansivo mundial para confirmar la salud de su economía. Si China ha utilizado sus ventajas estructurales para convertirse en el “gran taller del planeta”, India ha consolidado su posición como “oficina trasera del mundo”. El liderazgo global de su sector informático y telemático no admite discusión. Más de doscientos millones de indios han salido de la pobreza máxima durante estas casi dos décadas, aunque otros trescientos millones esperan.
Pero la competencia de Singh no se ha limitado al aspecto técnico, sino también al que menos se esperaba: el político. Lo ha demostrado tanto en la difícil gestión de la coalición que ha sostenido su gobierno estos años, como en la respuesta moderada y responsable que ha dado a la amenaza terrorista. Con una combinación de habilidad y firmeza, desmontó las posiciones intransigentes, radicales y hasta xenófobas de la oposición nacionalista y puso en evidencia a su líder, el octogenario Advani.
Pero Singh comparte el éxito político con quien realmente sigue detentando la legitimidad del liderazgo político: la familia Gandhi. Los sucesores de Nehru, su hija Indira y su nieto Rajiv, representaron perfiles muy diferentes. Ella, animal político y fiel heredera del proyecto nacional. Él, líder reticente y casi a la fuerza, terminó asumiendo el veredicto del destino. Ambos fueron asesinados. Los noventa contemplaron la modernización económica de la India, pero también la crisis del partido del Congreso, arruinado por los casos de corrupción y el débil liderazgo ocasional de Narashima Rao.
La viuda de Rajiv, Sonia, italiana y católica, dio pistas inequívocas sobre su voluntad de poner fin a la dinastía, para preservar el futuro de sus hijos. En realidad, ocurrió todo lo contrario. Sonia convirtió su debilidad en fortaleza. Su protagonismo y el de sus hijos resultó fundamental para que el Congreso triunfara en las elecciones de 2004, si bien con una minoría exigua. La reticente viuda tomó entonces decisiones que explican en gran medida lo ocurrido ahora. Primero, demostró que no tenía ambición de poder, al encargar a Singh la jefatura del gobierno. Segundo, preservó a su primogénito Rahul (entonces, con 34 años) de la batalla política cotidiana. Sonia se reservó la administración de la herencia, tuteló la maduración política de su hijo y asumió que no podía escapar al destino que le reservaba la India.
Esa estrategia se materializa ahora en la responsabilidad de afrontar los desafíos abrumadores que aguardan al nuevo gobierno. El partido de Nehru, de Indira, en menor medida de Rajiv, se convierte, ya sin reservas ni dudas, en el partido de Sonia, de Rahul, a quien Singh seguramente incluirá en su nuevo gobierno, con vistas a su proyección definitiva.
Pero ante todo, el Congreso revalida su condición de depositario del alma de la nación. El éxito electoral confirma que la India desea seguir su propia vía, sus propios ritmos, que no renuncia al sueño fundador de Gandhi. Que no le gusta recibir lecciones de eficacia de Occidente. Este profundo sentido nacional no es, sin embargo, incompatible con el instinto de modernización que encarnan los herederos más occidentalizados de la dinastía.
La prensa internacional se hace eco de las preocupaciones de las cancillerías. Reclaman a Sonia y a Rahul que no se olviden de las responsabilidades regionales de la India. Que favorezcan la reconciliación con Pakistán, facilitando un acuerdo sobre Cachemira. Washington está ansioso por hacer entender a la casta militar pakistaní que la amenaza no es India sino sus protegidos pastunes radicales de la frontera noroccidental y sus cómplices integristas afganos. Se le pide también que ayuden al superar el trauma de la destrucción de la guerrilla tamil en la vecina Sri Lanka. Se le exige que abra aún más su economía y la integre con más solidez en la globalización, a pesar de la crisis.
Pero el verdadero reto, es el que más importa a la India, es superar la pobreza endémica, acabar con la esclavitud doméstica –pública y privada- de sus mujeres, formar a sus jóvenes para que no sigan buscando en Occidente la prosperidad que resulta tan difícil encontrar en su país, abolir en la práctica el odioso sistema de castas, solventar las tensiones étnicas, construir un perfil de potencia basada en la sostenibilidad y no en delirios mesiánicos de de raza o religión.
Por muchas razones, India -y no necesariamente China- puede ser la gran potencia mundial de la segunda mitad del siglo XXI. Si eso ocurre, seguramente no será un Gandhi el encargado de gestionar ese esplendor. Ese sería el último éxito de la dinastía.
En las elecciones de la India, las más prolongadas del mundo (un mes de proceso electoral), el partido del Congreso no sólo ha revalidado su victoria relativa de 2004, sino que la ha reforzado y consolidado espectacularmente: le han faltado una veintena escaños para obtener la mayoría absoluta en el Parlamento federal.
El éxito adquiere una especial valía política por varias razones. En primer lugar, porque los pronósticos indicaban un resultado bien diferente (debilitamiento del Congreso y crecimiento de los partidos regionalistas y particularistas). Por otro lado, aunque la crisis económica no había golpeado al país con la misma virulencia que a las grandes potencias capitalistas, lo cierto es que el índice de crecimiento se había ralentizado notablemente, hasta el punto de poner en riesgo la consolidación de India como economía emergente. Y, finalmente, porque los atentados de Bombay habían reavivado un clima de miedo y de hostilidad hacia los musulmanes, perjudicial para el proyecto integrador que el Congreso ha representado con mayor o menor coherencia.
Los augurios han resultado fallidos. Todo indica que en el ánimo de la mayoría de los 700 millones de electorales han pesado mucho más los logros que los fracasos y que el Congreso confirma su rol de intérprete supremo de la voluntad popular. Una gran parte del mérito hay que atribuírselo, por supuesto, al primer ministro, Manmohan Singh, quien, a comienzos de los noventa, como Ministro de Economía, diseñó la apertura y liberalización de la economía india. Es un hombre prudente, desprovisto del carisma tan apreciado por las masas indias y ajeno a cualquier ambición personal.
India ha aprovechado con inteligencia el ciclo expansivo mundial para confirmar la salud de su economía. Si China ha utilizado sus ventajas estructurales para convertirse en el “gran taller del planeta”, India ha consolidado su posición como “oficina trasera del mundo”. El liderazgo global de su sector informático y telemático no admite discusión. Más de doscientos millones de indios han salido de la pobreza máxima durante estas casi dos décadas, aunque otros trescientos millones esperan.
Pero la competencia de Singh no se ha limitado al aspecto técnico, sino también al que menos se esperaba: el político. Lo ha demostrado tanto en la difícil gestión de la coalición que ha sostenido su gobierno estos años, como en la respuesta moderada y responsable que ha dado a la amenaza terrorista. Con una combinación de habilidad y firmeza, desmontó las posiciones intransigentes, radicales y hasta xenófobas de la oposición nacionalista y puso en evidencia a su líder, el octogenario Advani.
Pero Singh comparte el éxito político con quien realmente sigue detentando la legitimidad del liderazgo político: la familia Gandhi. Los sucesores de Nehru, su hija Indira y su nieto Rajiv, representaron perfiles muy diferentes. Ella, animal político y fiel heredera del proyecto nacional. Él, líder reticente y casi a la fuerza, terminó asumiendo el veredicto del destino. Ambos fueron asesinados. Los noventa contemplaron la modernización económica de la India, pero también la crisis del partido del Congreso, arruinado por los casos de corrupción y el débil liderazgo ocasional de Narashima Rao.
La viuda de Rajiv, Sonia, italiana y católica, dio pistas inequívocas sobre su voluntad de poner fin a la dinastía, para preservar el futuro de sus hijos. En realidad, ocurrió todo lo contrario. Sonia convirtió su debilidad en fortaleza. Su protagonismo y el de sus hijos resultó fundamental para que el Congreso triunfara en las elecciones de 2004, si bien con una minoría exigua. La reticente viuda tomó entonces decisiones que explican en gran medida lo ocurrido ahora. Primero, demostró que no tenía ambición de poder, al encargar a Singh la jefatura del gobierno. Segundo, preservó a su primogénito Rahul (entonces, con 34 años) de la batalla política cotidiana. Sonia se reservó la administración de la herencia, tuteló la maduración política de su hijo y asumió que no podía escapar al destino que le reservaba la India.
Esa estrategia se materializa ahora en la responsabilidad de afrontar los desafíos abrumadores que aguardan al nuevo gobierno. El partido de Nehru, de Indira, en menor medida de Rajiv, se convierte, ya sin reservas ni dudas, en el partido de Sonia, de Rahul, a quien Singh seguramente incluirá en su nuevo gobierno, con vistas a su proyección definitiva.
Pero ante todo, el Congreso revalida su condición de depositario del alma de la nación. El éxito electoral confirma que la India desea seguir su propia vía, sus propios ritmos, que no renuncia al sueño fundador de Gandhi. Que no le gusta recibir lecciones de eficacia de Occidente. Este profundo sentido nacional no es, sin embargo, incompatible con el instinto de modernización que encarnan los herederos más occidentalizados de la dinastía.
La prensa internacional se hace eco de las preocupaciones de las cancillerías. Reclaman a Sonia y a Rahul que no se olviden de las responsabilidades regionales de la India. Que favorezcan la reconciliación con Pakistán, facilitando un acuerdo sobre Cachemira. Washington está ansioso por hacer entender a la casta militar pakistaní que la amenaza no es India sino sus protegidos pastunes radicales de la frontera noroccidental y sus cómplices integristas afganos. Se le pide también que ayuden al superar el trauma de la destrucción de la guerrilla tamil en la vecina Sri Lanka. Se le exige que abra aún más su economía y la integre con más solidez en la globalización, a pesar de la crisis.
Pero el verdadero reto, es el que más importa a la India, es superar la pobreza endémica, acabar con la esclavitud doméstica –pública y privada- de sus mujeres, formar a sus jóvenes para que no sigan buscando en Occidente la prosperidad que resulta tan difícil encontrar en su país, abolir en la práctica el odioso sistema de castas, solventar las tensiones étnicas, construir un perfil de potencia basada en la sostenibilidad y no en delirios mesiánicos de de raza o religión.
Por muchas razones, India -y no necesariamente China- puede ser la gran potencia mundial de la segunda mitad del siglo XXI. Si eso ocurre, seguramente no será un Gandhi el encargado de gestionar ese esplendor. Ese sería el último éxito de la dinastía.
PAKISTAN: EL HUEVO DE LA SERPIENTE
14 de mayo de 2009
Las operaciones militares del Ejército de Pakistán contra los talibán locales en las regiones del noroeste del país han ocasionado mucho sufrimiento humano, pero es dudoso que hayan tenido utilidad alguna en la estabilización del país. La coincidencia del inicio de la ofensiva militar con la estancia en Washington del presidente Zardari resulta demasiado obvia La Casa Blanca y su equipo de enviados de estas semanas, diplomáticos y uniformados, habían presionado sonoramente en Islamabad para que se produjera una acción contundente.
El nerviosismo en la nueva Administración es palpable y nadie lo disimula. El escenario siquiera hipotético del único país musulmán dotado de armamento nuclear cayendo en manos de un gobierno marcadamente integrista es simplemente insoportable para Occidente. El relevo del jefe militar en Afganistán es el último ejemplo de que el frente AFPAK es la mayor preocupación internacional de Obama.
El avance de las fuerzas supuestamente aliadas de los taliban afganos y de Al Qaeda se juzgan ya inaceptables. Exasperados por la ausencia de resultados por parte del Ejército pakistaní, los hombres de Obama decidieron intensificar los bombardeos de posiciones integristas a cargo de los Predator, aviones pilotados a distancia. Los militares norteamericanos exhiben una larga lista de taliban y de supuestos dirigentes de Al Qaeda que habrían sido eliminados en estos bombardeos. Pero muchos de ellos han sido reemplazados. Lo que es peor: los daños colaterales han sido más altos de lo calculado y han desencadenado la ira de las poblaciones locales.
El enviado especial de LE MONDE en el valle del Swat ha recogido entre los desplazados testimonios de muy distinto tenor sobre este mini-reino fundamentalista que ahora se pretende erradicar: desde los que denunciaban sus amenazas y extorsiones para consolidar su base de poder hasta los que afirman que los talibán eran sensibles a las necesidades y preocupaciones de los más pobres.
El rechazo creciente de la estrategia norteamericana en el país esta siendo hábilmente explotado por los combatientes islámicos radicales, según admiten fuentes de inteligencia estadounidenses citadas hace unos días por el NEW YORK TIMES. Sabrina Tavernese contaba recientemente cómo las madrazas integristas proliferaban en lugares hasta ahora alejados de la influencia integrista, como el Punjab.
La frustración de la actual administración tiene difícil alivio. A pesar de las declaraciones conciliadoras que han coronado los recientes encuentros en la Casa Blanca, lo cierto es que casi nadie en Washington confía en Zardari, no porque se crea que el viudo de Bhutto trata de engañar a propósito, sino porque se es consciente de su extrema debilidad política y de su trayectoria oportunista y difícilmente fiable.
Esta desconfianza inquieta a los intelectuales pakistaníes que creen ver a su país al borde del caos. Su portavoz más conocido es el periodista Ahmed Rashid. En el WASHINGTON POST, suplicaba al Congreso que no obstaculizara ni retrasara la liberación de fondos destinados al Ejército (para dotarse de medios de lucha contrainsurgentes) y al Gobierno (para que contribuya a estabilizar la economía de Pakistán), porque estima que la situación se deteriora velozmente y la desestabilización del país es más que un peligro cierto.
Rashid admite que los legisladores exijan ciertas garantías y, como feroz crítico del Ejército y de los servicios secretos de su país que es, reconoce que parte de la ayuda estadounidense entregada en los últimos años no fue destinada a la lucha contra el terrorismo jihadista, sino a fortalecer un arsenal pensado para combatir a la India.
Al Ejército de Pakistán le resulta muy duro retirar a sus mejores efectivos de la frontera oriental, donde afrontan la permanente alarma de una potencial confrontación con la India, para concentrarlos justo al otro lado del país, en la porosa región fronteriza del noroeste en la que se encuentran los nutrientes de la resistencia islámica.
Washington se encuentra hoy con un problema –con una pesadilla- que es, en gran medida, creación suya. Como, de otra manera, ocurrió en Irak con Saddan Hussein. Esos combatientes jihadistas de hoy son herederos de una cultura establecida a comienzos de los ochenta, cuando la Norteamérica de Reagan selló con el Pakistán del general Zia Ul Haq la creación, financiación, entrenamiento y aprovisionamiento logístico y armamentístico de la resistencia antisoviética en Afganistán.
A los ultras de Washington de aquellos años no les importó el sesgo marcadamente integrista que fueron adoptando buena parte de los muyaidines, su escaso respeto por los derechos humanos y por la libertad. El gran cómplice de la administración Reagan en esa estrategia de desgaste, a toda costa, del Ejército Rojo fue el presidente golpista de Pakistán. El general Zia Ul Haq era el Pinochet pakistaní. Ali Bhutto, el padre de Benazzir, lo nombró porque lo creía fiel e inofensivo y terminó derrocándolo y ejecutándolo.
Zia impuso la Ley Marcial para amparar un régimen represivo terrible. Aplicó la sharia en numerosas instancias judiciales, sociales y culturales del país. Llenó Pakistán de intransigentes madrazas coránicas y protegió sin disimulo a los elementos más radicales de la resistencia afgana. Hasta su muerte (¿asesinato?) en 1988, al estrellarse el helicóptero en que viajaba, Zia completó un mandato siniestro.
Veinte años después, su legado sigue dominando las mentes y comportamientos del instituto armado pakistaní, el único poder real del país, y no sólo por su capacidad de imponer la agenda política, sino por su fortaleza económica. El Ejército de Pakistán es un auténtico Estado dentro del Estado, por no decir que es el Estado mismo, o su interprete único e implacable. Su servicio secreto, el SIS pone y quita veto a presidentes y gobiernos, jefes del Ejército o de la policía.
Después de los atentados del 11-S, los militares pakistaníes no pudieron oponerse al derrocamiento de los estudiantes islámicos, por haberse convertido en anfitriones de Bin Laden. Pero todo indica que colaboraron en su recuperación y en la contraofensiva talibán en Afganistán, durante el segundo mandato de Bush, a medida que el Pentágono se enfangaba en Irak. Es muy difícil desbaratar una estrategia alimentada durante toda una generación. A los estrategas norteamericanos no les importaba lo más mínimo armar hasta los dientes a esta dudosa clientela. Y, de paso, reforzar a esos militares pakistaníes a quienes hoy reprochan que no acaben con las criaturas a que les habían encargado nutrir y desarrollar.
Las operaciones militares del Ejército de Pakistán contra los talibán locales en las regiones del noroeste del país han ocasionado mucho sufrimiento humano, pero es dudoso que hayan tenido utilidad alguna en la estabilización del país. La coincidencia del inicio de la ofensiva militar con la estancia en Washington del presidente Zardari resulta demasiado obvia La Casa Blanca y su equipo de enviados de estas semanas, diplomáticos y uniformados, habían presionado sonoramente en Islamabad para que se produjera una acción contundente.
El nerviosismo en la nueva Administración es palpable y nadie lo disimula. El escenario siquiera hipotético del único país musulmán dotado de armamento nuclear cayendo en manos de un gobierno marcadamente integrista es simplemente insoportable para Occidente. El relevo del jefe militar en Afganistán es el último ejemplo de que el frente AFPAK es la mayor preocupación internacional de Obama.
El avance de las fuerzas supuestamente aliadas de los taliban afganos y de Al Qaeda se juzgan ya inaceptables. Exasperados por la ausencia de resultados por parte del Ejército pakistaní, los hombres de Obama decidieron intensificar los bombardeos de posiciones integristas a cargo de los Predator, aviones pilotados a distancia. Los militares norteamericanos exhiben una larga lista de taliban y de supuestos dirigentes de Al Qaeda que habrían sido eliminados en estos bombardeos. Pero muchos de ellos han sido reemplazados. Lo que es peor: los daños colaterales han sido más altos de lo calculado y han desencadenado la ira de las poblaciones locales.
El enviado especial de LE MONDE en el valle del Swat ha recogido entre los desplazados testimonios de muy distinto tenor sobre este mini-reino fundamentalista que ahora se pretende erradicar: desde los que denunciaban sus amenazas y extorsiones para consolidar su base de poder hasta los que afirman que los talibán eran sensibles a las necesidades y preocupaciones de los más pobres.
El rechazo creciente de la estrategia norteamericana en el país esta siendo hábilmente explotado por los combatientes islámicos radicales, según admiten fuentes de inteligencia estadounidenses citadas hace unos días por el NEW YORK TIMES. Sabrina Tavernese contaba recientemente cómo las madrazas integristas proliferaban en lugares hasta ahora alejados de la influencia integrista, como el Punjab.
La frustración de la actual administración tiene difícil alivio. A pesar de las declaraciones conciliadoras que han coronado los recientes encuentros en la Casa Blanca, lo cierto es que casi nadie en Washington confía en Zardari, no porque se crea que el viudo de Bhutto trata de engañar a propósito, sino porque se es consciente de su extrema debilidad política y de su trayectoria oportunista y difícilmente fiable.
Esta desconfianza inquieta a los intelectuales pakistaníes que creen ver a su país al borde del caos. Su portavoz más conocido es el periodista Ahmed Rashid. En el WASHINGTON POST, suplicaba al Congreso que no obstaculizara ni retrasara la liberación de fondos destinados al Ejército (para dotarse de medios de lucha contrainsurgentes) y al Gobierno (para que contribuya a estabilizar la economía de Pakistán), porque estima que la situación se deteriora velozmente y la desestabilización del país es más que un peligro cierto.
Rashid admite que los legisladores exijan ciertas garantías y, como feroz crítico del Ejército y de los servicios secretos de su país que es, reconoce que parte de la ayuda estadounidense entregada en los últimos años no fue destinada a la lucha contra el terrorismo jihadista, sino a fortalecer un arsenal pensado para combatir a la India.
Al Ejército de Pakistán le resulta muy duro retirar a sus mejores efectivos de la frontera oriental, donde afrontan la permanente alarma de una potencial confrontación con la India, para concentrarlos justo al otro lado del país, en la porosa región fronteriza del noroeste en la que se encuentran los nutrientes de la resistencia islámica.
Washington se encuentra hoy con un problema –con una pesadilla- que es, en gran medida, creación suya. Como, de otra manera, ocurrió en Irak con Saddan Hussein. Esos combatientes jihadistas de hoy son herederos de una cultura establecida a comienzos de los ochenta, cuando la Norteamérica de Reagan selló con el Pakistán del general Zia Ul Haq la creación, financiación, entrenamiento y aprovisionamiento logístico y armamentístico de la resistencia antisoviética en Afganistán.
A los ultras de Washington de aquellos años no les importó el sesgo marcadamente integrista que fueron adoptando buena parte de los muyaidines, su escaso respeto por los derechos humanos y por la libertad. El gran cómplice de la administración Reagan en esa estrategia de desgaste, a toda costa, del Ejército Rojo fue el presidente golpista de Pakistán. El general Zia Ul Haq era el Pinochet pakistaní. Ali Bhutto, el padre de Benazzir, lo nombró porque lo creía fiel e inofensivo y terminó derrocándolo y ejecutándolo.
Zia impuso la Ley Marcial para amparar un régimen represivo terrible. Aplicó la sharia en numerosas instancias judiciales, sociales y culturales del país. Llenó Pakistán de intransigentes madrazas coránicas y protegió sin disimulo a los elementos más radicales de la resistencia afgana. Hasta su muerte (¿asesinato?) en 1988, al estrellarse el helicóptero en que viajaba, Zia completó un mandato siniestro.
Veinte años después, su legado sigue dominando las mentes y comportamientos del instituto armado pakistaní, el único poder real del país, y no sólo por su capacidad de imponer la agenda política, sino por su fortaleza económica. El Ejército de Pakistán es un auténtico Estado dentro del Estado, por no decir que es el Estado mismo, o su interprete único e implacable. Su servicio secreto, el SIS pone y quita veto a presidentes y gobiernos, jefes del Ejército o de la policía.
Después de los atentados del 11-S, los militares pakistaníes no pudieron oponerse al derrocamiento de los estudiantes islámicos, por haberse convertido en anfitriones de Bin Laden. Pero todo indica que colaboraron en su recuperación y en la contraofensiva talibán en Afganistán, durante el segundo mandato de Bush, a medida que el Pentágono se enfangaba en Irak. Es muy difícil desbaratar una estrategia alimentada durante toda una generación. A los estrategas norteamericanos no les importaba lo más mínimo armar hasta los dientes a esta dudosa clientela. Y, de paso, reforzar a esos militares pakistaníes a quienes hoy reprochan que no acaben con las criaturas a que les habían encargado nutrir y desarrollar.
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