GRAN BRETAÑA: EL COMPROMISO DE ED MILLIBAN

6 de Mayo de 2015

¿Habrá un giro a la izquierda en Gran Bretaña? El resultado de las elecciones es aún incierto. La diferencia que anuncian los sondeos entre los dos principales partidos -conservador y laborista- se encuentra dentro de los márgenes de error demoscópico y, por tanto, no resulta concluyente. Sin mayoría absoluta, se impondrán los pactos. Tarea ardua.
                
TRUCOS DE CAMPAÑA
                
Los tories confían en poder repetir la coalición con los liberales-demócratas, si éstos confirman la tendencia a la recuperación apuntada en la última fase de la campaña. Pero es un wishfull thinking, por dos motivos: ni siquiera la conjunción de los dos partidos asegura la mayoría parlamentaria y, aún en ese caso, tampoco está claro que el socio menor de esa coalición quiera repetir la experiencia, a la vista del tremendo desgaste sufrido en los últimos cinco años. Numerosas voces lib-dem se han pronunciado ya claramente en contra.
                
Los laboristas rechazan firmemente la coalición con los nacionalistas escoceses, pero se entiende mal cómo pueden formar gobierno, puestos que el acercamiento a los liberal-demócratas tampoco sería suficiente, incluso sumando apoyos de los verdes y otros grupos menores. El pacto entre laboristas y nacionalistas escoceses ha sido una de las armas de campaña del premier conservador Cameron para desalentar el voto a los primeros, aireando el riesgo de desgarro en la unidad nacional. El rechazo laborista a esa coalición responde al intento de desactivar esta estratégica tory. Pero lo cierto es que no hay mucha simpatía entre laboristas y nacionalistas escoceses porque compiten por segmentos electorales cercanos.
                
La nueva líder escocesa, Nicola Sturgeon, se encuentra mucho más a la izquierda que su antecesor, Alex Salmond. Pese a su desconfianza del socialismo clásico británico por su postura centralista, Sturgeon cree prioritario impedir la continuidad del neoliberalismo pálido de Cameron. Por eso, insiste en el pacto de conveniencia con los laboristas. Esta opción podría abrirse paso no en forma de coalición de gobierno, sino de apoyo parlamentario. Pero Milliban sabe que eso sería comprar inestabilidad y restar inerme ante cualquier presión escocesa.
                
La peor pesadilla de los laboristas es que los nacionalistas se lleven la gran mayoría de los 59 escaños que se juegan en Escocia. Esta parte del Reino Unido ha sido uno de sus feudos históricos, pero la emergencia nacionalista le ha ido debilitando en los últimos años. El debate sobre el referéndum de independencia fue decisivo en la decadencia laborista en Escocia. El triunfo del "no", lejos de hacer retroceder al independentismo, le abrió otros caminos.
                
UN PROGRAMA DE GOBIERNO
                
Con estas limitadas e inquietantes perspectivas, Ed Milliban ha intentado construir un propuesta electoral mucho más a la izquierda de lo que ofreció durante la década anterior el llamado "nuevo laborismo", liderado por Tony Blair. No se trata en todo caso de volver al "viejo laborismo", sino de ensayar una vía progresista sin renunciar a los principios. La propuesta laborista se 'codifica' en diez leyes que Milliban pretende desarrollar en el denominado "discurso de la Corona"; es decir, el programa del nuevo gobierno, si la Reina le encargara la misión de dirigir el país, a la vista de los resultados electorales. Estos son los asuntos más relevantes:
                
- Una nueva ley sanitaria que desmonte los recortes y las reformas restrictivas de los conservadores (éste quizás haya sido el asunto de mayor peso en la campaña).
                
- Un nuevo código fiscal que revierte los privilegios otorgados por Cameron a las grandes fortunas (incremento de cinco puntos en la presión impositiva) y los beneficios del capital, tras un periodo de incremento de la desigualdad sólo comparable al periodo thatcherista (Gran Bretaña es hoy el país desarrollado más desigual del mundo, junto con Estados Unidos).
                
- Una reforma energética que modifica la regulación del mercado e incluye la congelación de precios.
                
- Una apuesta por la ampliación de oportunidades educativas, que establece la reducción de las tasas universitarias en un 33%.
                
- Una política laboral más favorable a los intereses de los trabajadores, con el aumento del salario mínimo. En términos reales, los salarios han disminuido todos los años desde 2010.
                
- Un giro completo en la política de inmigración, en el que prevalece la integración y la protección de los más vulnerables y no actuaciones de rechazo o repulsión.
               
- Una batería de medidas de protección y promoción social, al más clásico estilo social-demócrata, pero sin excesos, ya que se afirma el principio de la "responsabilidad fiscal" y la garantía de control del gasto público, que ejercerá una Oficina presupuestaria del Parlamento (los laboristas plantean recortes de sólo mil millones de libras, frente a los doce mil millones que prometen los conservadores).
                
- Una política exterior que rompe con el "aislacionismo" tory y afirma un nuevo liderazgo británico comprometido con Europa, frente a un Cameron atrapado por la promesa de someter a referéndum la permanencia en la Unión, para apaciguar a su ala eurófoba.
                
UNA NECESARIA CAUTELA
                
Milliban, apodado hace años el "rojo" por sus enfrentamientos públicos con el "nuevo laborismo", cree poder liderar este giro a la izquierda en el laborismo, pese a que las dudas sobre la fortaleza de su liderazgo no han sido despejadas. Durante la campaña, y en los meses anteriores, ha protagonizado un marcado contraste de posiciones con sectores empresariales y financieros a los que se había acercado su partido en la década anterior, durante el mandato de Tony Blair. De hecho, la financiación de los laboristas se ha visto perjudicada por este motivo. Los sindicatos han recuperado el puesto de contribuyentes principales del partido.
                
No está claro ni que Milliban pueda pronunciar "el discurso de la Corona", ni que, aún en ese caso pueda aplicar este programa de tintes keynesianos. La experiencia francesa, aunque con rasgos, referencias culturales y planteamientos diferentes, aconseja prudencia y rebaja las expectativas. En todo caso, el alejamiento definitivo de los años blairistas otorga a los laboristas un crédito progresista. Los pactos post-electorales determinarán el verdadero alcance del prometido giro a la izquierda.

                               

ARABIA SAUDÍ: EL 'VIAJE AL FUTURO' Y LA TRAMPA DE YEMEN

3 de Mayo de 2015
                
El 'nuevo' rey saudí ha dado un aparente golpe de autoridad, ha roto la línea sucesoria y ha promocionado a los principales puestos de mando del Estado-familia a dos de los exponentes de la 'nueva' generación. Por primera vez, el heredero y el heredero del heredero no serán ya hijos del patriarca Abdulazziz. El último hijo que quedaba vivo, el príncipe Muqrin, ha sido desplazado. Ya no será el último bin Abdelazziz que reinará. Con el actual monarca, Salman, se cerrará la primera generación de herederos.
                
El desplazamiento de Muqrin puede obedecer a varias causas, no necesariamente contradictorias entre ellas. El último hijo de Abdelazziz no es sudairi,  es decir, no es hijo de la favorita del fundador, sino de una esclava yemení que supo hacerse su sitio en el harem de la Corte. Durante decenios, los sudairis han ejercido una cierta hegemonía, pero no absoluta. Por ejemplo, el anterior monarca, Abdallah, tampoco era sudairi, pero supo ejercer su derecho al trono y luego su mandato con autoridad contrastada.  Salman, el último sudairi en el trono, no ha respetado la voluntad en vida de su antecesor y se ha desprendido de Muqrin. Esta lucha palaciega entre clanes familiares puede haber influido en el desbaratamiento del orden sucesorio establecido. Pero otros analistas apuestan por motivos más prácticos.
                
LOS DOS MOHAMMED
                
Al abrir paso anticipadamente a los hijos de los hijos, a los nietos, Salman, ya casi octogenario, procede a un relevo generacional que las circunstancias supuestamente demandan. Los dos promovidos, Mohammed Bin Nayef y Mohammed Bin Salman, primos entre sí, son de la rama sudairi, por supuesto. Pero más importante que sus orígenes familiares maternos es que gozan de fuertes anclajes en la estructura de poder saudí. Otro cambio sonado es la jubilación del ministro de exteriores, Saud Al Faisal, cuatro décadas en el cargo, y el ascenso del actual embajador en Washington, Al Jubeir, externo a la familia saudí.
                
Bin Nayef ha sido nombrado heredero primero, es decir, sería el siguiente Rey, a la muerte de Salmán, su tío. Heredó de su padre, el sudairi Nayef, el mando de las fuerzas de seguridad e inteligencia. Mantiene excelentes relaciones con Estados Unidos. Se le considera un duro en los asuntos antiterroristas. Pasa por ser el hombre fuerte de la cúspide de poder saudí. Su elección no ha sido una sorpresa. Su perfil y el de Salman pueden reflejar cierta contradicción, ya que el rey actual es conocido por su orientación ultraconservadora, muy apegado a la tradición wahabbi (la corriente saudí del islam, rigorista), pero sobre todo protector de ciertas organizaciones caritativas a las que se han atribuidos conexiones con núcleos cercanos a Al Qaeda en el pasado. Esta duplicidad no es extraña en el universo saudí.
                
Bin Salman, el primogénito del rey, ha experimentado un ascenso meteórico. Fué una sorpresa su promoción al Ministerio de Defensa y al frente de importantes comisiones económicas y sociales, cuando su padre accedió al trono. Ahora, con el desplazamiento de Muqrin, se convierte en el heredero del heredero. Entre sus primeras responsabilidades de importancia, sin duda, destaca el pilotaje de la operación militar saudí en Yemen. Si esta aventura saliera bien, se consolidaría su posición en la estructura de poder estatal-familiar. Pero, de momento, tal resultado positivo no parece garantizado, ni mucho menos.
                
LA INCIERTA AVENTURA EN YEMEN
                
Yemen, por el contrario, puede convertirse en una pesadilla para la familia real. Las palabras amenazantes de Suleiman, el temido general iraní que manda la Guardia de la Revolución, el cuerpo pretoriano de los ayatollahs, en las que afirmaba que Yemen anuncia la decadencia y derrumbamiento de Arabia, ha sonado a muchos como el anuncio de una confrontación más directa entre las dos gran potencias regionales.
                
Lo cierto es que no resulta convincente la estrategia que supuestamente el joven Bin Salman habría aplicado en el vecino país. El apoyo al depuesto Presidente Hadi no ha resultado suficiente para hacer retroceder a los houthis, que siguen una línea local del chiismo y, por tanto, cuentan con la simpatía y el apoyo material de Irán. Los rebeldes son una etnia resistente y profundamente enraizada en el país, lejos de la imagen de agentes exteriores como Riad quiere hacer creer. La alianza de los houthis con el anterior presidente, Saleh, sunní, responde a necesidades pragmáticas de ambas partes.
                
El mando saudí anunció la detención de los bombardeos hace más de una semana. Oficialmente, se habían logrado los objetivos propuestos. Pero sobre el terreno, nada de eso podía confirmarse. Pese a la potencia de fuego empleada, los houthis mantenían el cerco a Aden, la segunda ciudad del país. La pausa pareció provocada, más bien, por las presiones de la Casa Blanca, ante la pavorosa situación humanitaria en Yemen. Los mil muertos y 300.000 de desplazados, el colapso de los servicios básicos, incluidos los sanitarios, la falta de alimentos y medicinas y el desamparo de millones de personas obligaron a suspender los bombardeos. Sin embargo, sólo días después, los saudíes volvieron a la carga, quizás temerosos de que sus rivales pudieran aprovechar la tregua para mejorar sus posiciones. La Cruz Roja Internacional y otras organizaciones no se cansan de advertir de la catastrófica situación humanitaria.
                
A mediados de mayo, Obama ha convocado en Camp David una cumbre con las monarquías petroleras del Golfo Pérsico para redefinir una alianza de décadas. El acuerdo nuclear con Irán y un eventual acercamiento posterior entre Washington y Teherán (que algunos jeques ya dan por hecho) es el principal asunto de una agenda que no se ha cerrado. El presidente tratará de aplacar inquietudes y tensiones, pero necesitará de algo más que promesas para conseguirlo. El apoyo brindado a Arabia en la operación de Yemen va en esa misma línea de amortiguar los resquemores ante el acercamiento a Irán. A Obama no parece convencerle esa última guerra regional, pero no podía permanecer completamente al margen, debido a la implicación iraní, en todo caso, muy exagerada por los saudíes para forzar una reacción de Washington favorable a sus intereses. El presidente norteamericano podría contentar un poco más a los jeques, abriéndoles el bazar de las armas. Una 'golosina' letal con la que aliviar el pánico a Irán. La veterana corresponsal en el Pentágono del NEW YORK TIMES, Helene Cooper, cree que podrían acceder a la nueva vedette de la tienda, el supersofisticado F-35. Eso sí, tres años después de que lo adquiriera Israel, por aquello de la ventaja estratégica.

                
El complicado tablero regional podría, pues, originar peligros severos en este viaje al futuro que se ha iniciado en la corte saudí. La aventura exterior puede hacer naufragar el relevo generacional, desprestigiar a uno de los dos protagonistas del futuro (o a los dos) y hacer parcialmente realidad el mal de ojo del gran enemigo iraní.

BALTIMORE: LA FORMA DOMÉSTICA DEL ‘TERRORISMO’

30 de abril de 2015
                
Después del enésimo estallido de violencia urbana por motivaciones policiales, raciales y/o  sociales, en este último caso en la explosiva ciudad portuaria de Baltimore, el Presidente Obama pidió a la nación un “examen de conciencia” sobre las causas profundas de esta lacra.
                
Tal empeño nunca se cumplirá o, en el mejor de los casos, no valdrá para nada. Lo más tremendo del asunto es que a nadie mínimamente informado le ha podido sorprender ni mínimamente lo ocurrido.
                
Hay cientos casos como el de Baltimore en los Estados Unidos, pero esta ciudad del estado de Maryland tiene además sobre sí el haber sido magistralmente expuesta en la serie THE WIRE, una de las favoritas del Presidente, precisamente por todos esos factores que la han llevado estos días a las portadas noticiosas. Esta producción televisiva presentaba un paraíso de estupefacientes, de narcotraficantes arrogantes, de fortunas ilegales lavadas, de policías corruptos o directamente criminales, de políticos pervertidos, de periodistas descuidados o comprados, de ciudadanos desengañados y cínicos.
                
Para que se produjera un estallido de violencia en la ciudad sólo hacía falta una “chispa”, dice el corresponsal de LE MONDE (1). En realidad, chispas saltan a diario. Lo que desencadena el infierno es que esa chispa sea transmitida. Y para eso ya no es preciso una cámara profesional de televisión: con el video escuálido de un teléfono móvil es más que suficiente.
                
Los últimos disturbios con motivaciones policiales/raciales/ sociales (Ferguson, North Charleston, Baltimore) pueden dar una sensación de que el problema se ha agravado, que hay una degradación de las prácticas policiales, un empeoramiento de la convivencia. No parece ser así. Obama lo dijo certeramente el otro día: lo que ocurre no es “nuevo”, se ha estando gestando durante mucho tiempo, es casi imposible que no enseñe la cara de vez en cuando. Una chispa propalada por cualquier medio electrónico es el principio del caos.
                
Con respecto a la brutalidad policial, los antecedentes de Baltimore son pavorosos. THE WIRE no descubrió nada: lo enseñó al país y al mundo. Un diario local, THE BALTIMORE SUN, publicó en otoño pasado unas cifras escalofriantes sobre la conducta de las fuerzas locales de seguridad. En los últimos cuatro años, se han producido un centenar de sentencias o resoluciones judiciales condenatorias de la policía por malos tratos, brutalidad y violación de derechos civiles.  El catálogo de consecuencias es pavoroso: huesos quebrados, órganos dañados, traumas cerebrales e incluso fallecimientos (2).
                
Esta realidad, apabullante en Baltimore, encuentra réplica en otros muchos lugares de del país.  El Departamento de Justicia ha abierto 21 expedientes de investigación por presuntas conductas delictivas de cuerpos de policía local y en quince de ellos se ha visto obligado a establecer programas pactados de reformas. Pero como han denunciado numerosas publicaciones progresistas e incluso moderadas en Estados Unidos, no existe la voluntad política suficiente o los recursos no parecen los adecuados para conseguir resultados de forma más rápida y contundente.
                
Para entender lo ocurrido, conviene combinar la perspectiva racial con la social. La realidad de estos suburbios urbanos norteamericanos no distan mucho de la de algunos europeos donde se agolpan inmigrantes y marginales. La capacidad (y en algunos casos, la voluntad) de las autoridades no son muy diferentes a uno y otro lado del Atlántico. La cuestión racial es decisiva pero no exclusiva. Como sostiene un periodista de la radio pública norteamericana, de gran calidad, esta explosión de Baltimore es más un conflicto de clase que un conflicto racial, porque la policía y el Ayuntamiento están dirigidos por negros (3).

Muy cierto. No obstante, un reciente estudio titulado “Beyond Discrimination: Racial Inequality in a post-racist Era” (4) analiza el peso de las instituciones  en la conformidad de una mentalidad discriminatoria incluso sin pretenderlo directamente. Uno de autores es o ha sido un alto responsable de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad John Hopkins, una de de los orgullos de Baltimore, de esas joyas que apenas si aparecen citadas de pasada en el sórdido mundo real que magistralmente retrató THE WIRE.
                
EL PELIGRO ESTÁ EN CASA
                
En un país durante años traumatizado por un atentado, cuya gravedad, indiscutible, fue desproporcionadamente amplificada por un impacto visual directo y un tratamiento mediático y político desbocado, la violencia cotidiana transcurre con increíble normalidad.
                
El principal enemigo de Estados Unidos no es exterior, en este momento, el ‘terrorismo yihadista”, como propalan políticos, especialistas y medios más o menos cómplices de un sistema de propaganda engañoso. El terrorismo que vive cada día el norteamericano medio (aunque ‘técnicamente’ no adquiera tal nombre) habla inglés, consume hamburguesas, se divierte en el fútbol o en el béisbol y reza en las iglesias. Y, en muchos de los casos, viste uniforme pagado por los contribuyentes.
                
La apelación a la calma después de conocerse el último episodio de  bestialidad policial en Baltimore (el joven fallecido tenía rota el 80% de su columna, unos daños que no pueden ocasionarse sin un maltrato descontrolado) es una reacción lógica, necesaria y sensata. Pero no debe extrañarnos su futilidad. Los espasmos de revancha perjudican sobre todo a la comunidad afro-americana más pobre porque consolida visiones prejuiciosas no sólo sobre su conducta en un momento y un lugar concretos, sino acerca de su “naturaleza” o "condición".

                
En lo visto estos días, hay otros elementos secundarios pero también inquietantes. En particular, el tratamiento de heroína que le he dado la prensa sensacionalista a la madre que golpea a su hijo en público para llevarlo a casa, después de haberlo visto en televisión participando en los disturbios. El diario NEW YORK POST, del magnate Murdoch no tuvo empacho en titular que  mejor que la Guardia Nacional, lo que habría que desplegar son estas madres. Al cabo, otra forma de hacer apología de una violencia familiar, de baja intensidad. Se manipula sin escrúpulos el enfado o el nerviosismo de una madre para presentarlo como un ejemplo de firmeza. Por supuesto, las causas que originan los disturbios quedan minimizadas.

MIGRANTES: ALGUNAS CIFRAS DE LA INFAMIA

28 de Abril de 2015
                
Como era de temer, el acuerdo europeo para afrontar el desafío de la inmigración, tras la penúltima catástrofe, ha decepcionado a quienes esperaban un compromiso más sólido. No tanto en euros, sino en la profundidad de las políticas  y la radicalidad (que no el radicalismo) de las políticas.
                
En un artículo anterior explicábamos las razones de este fracaso continuo. No hay que responsabilizar sólo a las gobiernos. Las sociedades, o sus líderes, intérpretes o portavoces más activos, viven atrapados por contradicciones nada fáciles de resolver. No hay una mayoría social en Europa que apoye una respuesta justa, solidaria y progresista.
                
Pero este comentario no quiere reincidir en eso. Se habla mucho del negocio que hay detrás del drama, de las mafias, de los intereses que especulan con la angustia, la ilusión, la esperanza o el simple instinto de supervivencia de las víctimas de este fenómeno.
                
La ONU estima que el actual flujo de emigrantes que intenta llegar a Europa desde las costas libias sustenta una negocio de 170 millones de dólares anuales. El corresponsal en Egipto del NEW YORK TIMES, David Kirkpatrick, un prestigioso compañero de profesión, se ha desplazado a Libia y ha elaborado un sensacional trabajo (1) que desgrana la contabilidad de este tráfico contemporáneo de personas. Éstas son, resumidas, las cifras de la infamia:
                
-el incierto viaje hacia la ‘prosperidad’ europea le cuesta de media a un emigrante africano unos 1.600 $ (5.000 durante los años de Gaddafi)
                
-si establecemos una media de 200 ‘pasajeros’ por esos barcos cerberianos, el ingreso para estos negreros de hoy en día asciende a unos 320.000 $.
                
-en el camino al puerto, durante el traslado en carretera, las milicias que se han adueñado del país tras la ‘revolución ‘, cobran un ‘peaje’ de unos 100 $ en cada puesto de control que franquea el autobús con los viajeros (en torno a unos veinte por vehículo).
                
-los edificios en que los negreros hacen esperar a los viajeros mientras se prepara el barco que los arroja al Mediterráneo cuestan unos 5.000 $ mensuales, más una especie de prima que se paga al casero o dueño en concepto de compensación por el riesgo de una intervención policial.
                
-los guardias que protegen estos edificios de esos riesgos y que aseguran el inicio de la partida hacia los puntos de embarque cuestan unos 20.000 $ mensuales.
                
-el flete de la embarcación que efectúa la travesía con capacidad para 250  personas se eleva a unos 80.000 $ y el bote fuera borde que traslada a los viajeros, de veinte en veinte, hasta el barco mayor cuesta no menos de 4.000 $.
                
-los honorarios de  los capitanes rondan los 7.000 $ (según nacionalidades: los hay con más o menos caché).
                
-luego están las ‘minucias’ para el recorrido: un teléfono con conexión por satélite que el capitán utilizar para avisar a la Cruz Roja cuando se llega a aguas internacionales cuesta 800 $; un chaleco salvavidas se vende por 40$.
                
-si los aspirantes a viajar no tienen la ‘suerte’ de llegar al mar, porque son detenidos por las ‘autoridades’ libias, se ven recluidos en miserables centros de retención donde son tratados literalmente como esclavos; se puede escapar de allí, siempre y cuando dispongan de entre 500 y 1.000 $, que es lo que cuesta sobornar a uno de los guardianes sin escrúpulos que los vigilan (el precio incluye toda una familia, si ése es el caso).
                
En fin, la crónica de David tiene otros muchos aspectos y matices. Si me he limitado a reseñar aquí las cifras de las sucesivas extorsiones es porque resumen de forma abrumadora la dimensión plástica de la infamia.
                 

(1)    “Before dangers at sea, African migrants face perils of a lawless Lybia”. DAVID KIRPATRICK. THE NEW YORK TIMES, 27 de abril.

DRONES: LOS GAFES DE LA 'GUERRA INTELIGENTE'

26 de Abril de 2015
                
Cada guerra incuba sus héroes, fabrica sus mitos y se resume en sus armas icónicas. La verdad y la propaganda, los hechos reales y los elaborados para la aceptación del 'público' se confunden.
                
Por no remontarnos muy lejos en el tiempo, herramientas de matar como los misiles Tomahawk o Stinger, el fusil Kalashnikov, los aviones Stealth (Furtivo: elusivo a los radares) o el F-22, llamado a sustituir a los F-16, etc. se convierten en referencias que periodistas y ciudadanos mencionan en crónicas y conversaciones, con pavor o fascinación.
                
Entre todas esos cachivaches de impresionante eficacia tecnológica y abrumadora capacidad destructiva, quizás el drone sea el exponente más representativo de este momento en el que matar ha adquirido las formas más refinadas (parafraseando a De Quincy) del arte militar, en búsqueda permanente de la infalibilidad.
                
MITOS Y REALIDADES
                
El drone es un aparato aéreo pilotado a remoto. Versátil y multifuncional. Observa, procesa y mata. Presencial pero silencioso. Sus exégetas (políticos, militares, académicos, profanos) lo consideran la expresión más acabada de la llamada 'guerra inteligente'.
                
Obama es uno de sus 'admiradores' más reconocidos. No porque se trate de un dirigente belicista, aunque difícilmente puede el líder de la primera potencia política, militar y tecnológica del mundo ser lo contrario.
                
Hace unos días, el presidente pasó uno de los momentos más amargos de su mandato al anunciar que, en una operación de esos drones casi infalibles, habían resultado muertos dos personas inocentes, un norteamericano y un italiano, que permanecían secuestrados por Al Qaeda en el Valle de Salley, una zona montañosa de Pakistán fronteriza con Afganistán.
                
La muerte  no intencionada de estas dos rehenes del terrorismo, junto a sus captores, dos supuestos dirigentes de nivel medio de la organización de Bin Laden ha reavivado el debate sobre el programa de 'liquidación clandestina' que la CIA, pese a declaraciones, promesas e intentos, sigue controlando de forma celosa y férrea.
                
Como es sabido, la administración norteamericana insiste en ofrecer cifras de 'daños colaterales' (léase víctimas inocentes) por debajo de las reales, según distintas organizaciones que desde hace años realizan una imprescindible labor de rastreo, control y denuncia de este programa de eliminación de terroristas en Pakistán, Yemen y Somalia. Los datos más fiables indican que de las 3.852 personas eliminadas por los drones desde el 11 de septiembre de 2001, 476 (es decir, un 12%) no tenían relación con actividades terroristas (1).
                
Tras la liquidación del clérigo musulmán de nacionalidad norteamericana, Anwar Al-Awliki en Yemen, en 2011, que provocó una gran tormenta legal, la administración Obama puso en marcha un sistema de justificación legal para operaciones en la que el objetivo fuera identificado previamente como un ciudadano norteamericano miembro o colaborador de organizaciones terroristas y supusiera una amenaza para Estados Unidos.
                
Esta supuesta garantía, por chocante que parezca, no ampara a miembros de otros países, por una cuestión legal: la Constitución norteamericana prohíbe expresamente al gobierno atentar contra la vida de los ciudadanos propios, sin una causa justificada (lo que se resume en los procesos penales).
                
El problema es que, como ha señalado Micah Zenko, un investigador especialista en la materia, "Estados Unidos no sabe a quién está matando" (2). De los ocho norteamericanos muertos desde 2011 por este sistema de los aviones pilotados a distancia, sólo el mencionado Al Awliki había sido seleccionado de forma intencionada. Los otros no fueron identificados como miembros de Al Qaeda hasta después de ser eliminados, excepto el hijo del propio Al-Awliki, un adolescente de 16 años.
               
 'DRONE, MY LOVE'
                
Los drones han sido el 'ojito derecho' de Obama por su supuesta capacidad para hacer más limpias o menos arriesgadas las guerras que ha heredado y que, al menos según sus propias manifestaciones, ha intentado terminar desde que llegó a la Casa Blanca, sin conseguirlo. En un intento de resolver los problemas originados por la falta de transparencia, Obama anunció que el programa sería trasladado al Pentágono, revirtiendo así la política de militarización de la CIA impulsada por Bush. El tiempo ha pasado y nada de eso ha ocurrido. La Central de Inteligencia se mantiene firmemente al mando, y el historial profesional de los principales responsables del programa refuerza su naturaleza paramilitar.
                
No sólo el ejecutivo se resiste a cuestionar este instrumento de preferente de lucha antiterrorista. El legislativo le ha brindado un sólido respaldo, en el ejercicio de sus funciones de seguimiento, control y autorización de fondos destinados a su mantenimiento. Incluso algunos de sus miembros más liberales, como la Senadora demócrata Dianne Feinstein, se ha mostrado una entusiasta defensora de los drones en estas funciones (3).
                
Lo paradójico es que, como señalan algunos críticos, estas operaciones de 'guerra inteligente' contra el terror sean reivindicadas, cuando las personas que las dirigen han sido en muchos casos las mismas que diseñaron y ejecutaron el programa de interrogatorios clandestinos en los que se empleó de forma sistemática la tortura, como se denunció en el controvertido informe del Congreso (aún parcialmente clasificado).
                
Esta aparente contradicción tiene una explicación psicológica, que en realidad es política. Cualquier forma de tortura empleada para ablandar, intimidar y obtener información de un presunto 'terrorista' es no sólo inaceptable en términos morales, sino que constituye una práctica 'medieval' o 'arcaica' de la guerra (en este caso contra el terror). En contraste, la eliminación supuestamente selectiva, quirúrgica, distante, discreta y limpia que proporcionan los drones adquiere un áurea de modernidad, incluso de futurismo hecho realidad, de esa ambición de infalibilidad. Que tiene su propio componente moral: una guerra con tales métodos teóricamente mata menos, es más precisa, más eficaz, menos mortífera.  Aunque se conceda que aún no ha alcanzado el grado máximo deseado, y, por tanto,  a veces yerra, lo hace menos que cualquier otra. Cuestión de enfoque.


(1) Algunas de estas organizaciones son NEW AMERICAN FOUNDATION, LONG WAR JOURNAL y BUREAU OF INVESTIGATIVE JOURNALISM, fácilmente localizables en la web.

(2) Micah Zenko, investigador del COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS, mantiene un blog titulado Politics, Power and Preventive Action y publica algunos de sus artículos en FOREIGN POLICY.


(3) "Deep Support in Washington for CIA.'s Drone Mission". NEW YORK TIMES, 25 de Abril.

¿TODOS SOMOS NÁUFRAGOS?

21 de Abril de 2015
                
La última gran tragedia migratoria en el Mediterráneo ha desencadenado la habitual reacción mitad emocional, mitad política en los gobiernos europeos. Con un millar de muertos en un solo naufragio llenando portadas de periódicos y pantallas de televisión, aumenta la presión de hacer lo que no se ha hecho o rectificar lo que nunca quizás se debió hacer.

Los líderes de los 28 se aprestan ahora a reintegrar fondos que se redujeron, reconducir misiones (más recursos para salvamento y socorrismo, sin desatender el control y la vigilancia) y, last but no least, la propagación de un mensaje compasivo que intente conjurar la impresión de impotencia cuando no de indiferencia.
                
Se trata de una reacción política y humanitariamente 'correcta', pero se nos debe aceptar cierto escepticismo sobre su eficacia. Llama la atención que quienes deben arbitrar, ampliar y mejorar las medidas de prevención, rescate, socorro y atención reclamen la adopción de tales decisiones, como si no fuera ellos los encargados de hacerlo. Y si no han sido capaces de hacerlo, un millar de muertos más -y los que vendrán- no serán suficiente para cambiar la tendencia.
                
Hay un desacuerdo profundo entre los países de la Unión sobre el tratamiento de la inmigración, como es bien conocido. Cada cual se centra en la dimensión del problema que más le afecta: los países del sur (o de 'frontera') demandan ayuda para  absorber y gestionar la llegada de desesperados en condiciones miserables; los del norte, destinatarios preferentes de los 'afortunados' que superan el filtro terrible del tránsito, reclaman más firmeza a sus socios meridional en el control de las mafias que se lucran con el éxodo y una mayor disponibilidad de acogida estable.
                
Por debajo de estas discrepancias nacionales, subyacen las dos razones principales que aplazan el afrontamiento eficaz del problema. Uno, el malestar social por el fenómeno de la inmigración, en un contexto de crisis resistente; y dos, la imposibilidad de mitigar las causas del éxodo incontrolado de personas.
                
Decía el otro día un editorialista de THE GUARDIAN que "es nuestra antipatía hacia los  inmigrantes lo que mata en el Mediterráneo". Es difícil no estar de acuerdo.
                
¿Activarían los gobiernos una movilización como la de enero en París, tras el asesinato de los humoristas de Charlie Hebdo? ¿Podría replicarse el grito "Todos somos Charlie en otro que proclame  "Todos somos náufragos"? Muy Improbable, teniendo en cuenta la tensión social que ha generado la inmigración.
                
En casi todos los países europeos, los gobiernos templados (de centro-derecha o centro-izquierda) están sometidos al acoso de fuerzas populistas xenófobas que consiguen drenar cada vez más votos en sectores sociales muy afectados por la falta de trabajo y la dificultad en acceder a compensaciones sociales por los recortes de fondos. Los partidos templados, a uno y otro lado del espectro político, se ven a menudo superados por una demagogia vociferante que prende en algunos sectores de la población, bien porque se siente agobiados por la crisis, bien porque comparten unos valores de exclusión.
               
Las fuerzas políticas moderadas tratan de combatir esta presión xenófoba con una combinación estéril de medidas compensatorias y un discurso bienintencionado. El resultado es insuficiente. La salida de la crisis es desesperadamente lenta, por decir algo. El inmovilismo en la estrategia de la austeridad resulta devastador.
                
Y si Europa no ha acertado con las políticas superadoras de la crisis en su interior, aún menos puede esperarse de su capacidad para propiciar mejores condiciones de vida en los países de origen.  La presión migratoria está provocada por la pavorosa situación de millones de personas en África (ante todo), Oriente Medio y la periferia oriental europea, debido a la miseria y a las distintas formas con que podemos llamar a la guerra (violencia, terrorismo, insurgencia, rebeliones, conflictos étnicos). Ciertamente, la Unión financia programas de cooperación y desarrollo bienintencionados, pero completamente insuficientes frente a la enorme dimensión de los problemas.
                
El ciclo que arroja a millones de personas a la huida desesperada y casi suicida es infernal. A la falta absoluta de oportunidades que degenera en pobreza, se une el egoísmo descarnado de las élites. Cuando esa situación insoportable provoca protestas sociales, se practica un autoritarismo brutal  y una violencia desmedida. En ocasiones, se responde a  la miseria y a la represión con distintas manifestaciones de violencia, espontánea u organizada, que puede o no adoptar el comportamiento del terrorismo. Cuando esa respuesta amenaza intereses occidentales, allá o acá, los dirigentes europeos se apoyan en las élites periféricas para combatirlo. Esta lógica perversa hace que, no pocas veces, Europa se vea apoyando a los que, con su comportamiento, originan las causas profundas de la inmigración.

                

GRAN BRETAÑA: DEL TENIS AL BRIDGE

20 de Abril de 2015
                
El 7 de mayo se celebran elecciones generales en Gran Bretaña. Los sondeos señalan un empate técnico entre los dos partidos dominadores de la escena política desde 1945, conservadores y laboristas. Pero, como ya ocurriera hace cinco años, el bipartidismo como mecanismo de alternancia se antoja agotado. El juego político deja de ser un match de tenis a dos. Se asemejará ahora una partida de bridge, aunque con parejas intercambiables más que estables. El panorama político se amplía. El pacto como instrumento imprescindible para gobernar se incorpora a la cultura política británica.

Gran Bretaña es el país europeo donde impera el sistema electoral mayoritario más rígido. Para sumar asientos en el Parlamento hay que ganar, uno a uno, los 650 distritos en que se divide electoralmente el territorio. Ser el segundo da igual a quedar el último: premio cero.
                
¿UN SISTEMA ACABADO?
                
Es clásico el debate que este sistema electoral ha suscitado durante décadas en Europa: se trata de un sistema injusto, porque no refleja la composición política real del país, pero es eficaz porque favorece mayorías de gobierno y, por tanto, estabilidad.

Los británicos no han tenido apenas interés en este debate, quizás porque el sistema bipartidista parecía tan consolidado que las quejas de los perjudicados encontraban poco eco en la ciudadanía. Pero una conjunción de crisis (económica, social, institucional y política) ha corroído los fundamentos del bipartidismo, no por la vía de un cambio de sistema electoral, sino del agotamiento del contrato político vigente desde hace setenta años.
                
En la época victoriana conservadores y liberales fueron los dueños del juego. Tras la segunda guerra mundial, los laboristas sustituyeron a los desprestigiados liberales en el duopolio político.

Tras la victoria de Thatcher, un grupo de laboristas moderados se separó del partido para formar otro al que llamaron Social-Demócrata. Para adquirir significación decidieron, a finales de los ochenta,  unirse a los liberales. De esa fusión surgió el Partido Liberal Demócrata (lib-dem). Pareció que, por fin, los eternos suplentes del juego político británico podrían saltar del banquillo y ocupar la pista. El liderazgo enérgico de Paddy Ashdown mejoró sus expectativas electorales. Pero uno de sus rivales reaccionó con viveza.

La emergencia de Tony Blair en el liderazgo laborista propició un giro a la derecha en el partido. El Labour se desprendió de viejos anclajes sindicalistas y de otros reflejos izquierdistas más retóricos que reales. El discurso del miedo a las huelgas y “chantajes” obreros dejó de engatusar a las clases medias cortejadas. La victoria arrolladora de Blair en 1997 frenó el ascenso de esa nueva opción centrista. Tuvieron que conjuntarse una serie de factores para que los liberales-demócratas se encontraran con otra oportunidad, trece años después:

-El avance y la profundización de la integración europea. El perpetuo dilema de los tories en su relación con el continente terminó consumiendo muchas de sus energías, hasta abocarlos, en estos últimos tiempos, a una crisis de hegemonía, por el ascenso del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), populista, anti-europeísta y anti-inmigración.

-La lenta pero inexorable crisis de liderazgo conservador  tras la fracasada sucesión de Margaret Thatcher. John Mayor pasó con más pena que gloria por el 10 de Downing Street y los otros herederos de la Dama de Hierro nunca consiguieron franquear esa puerta.

-El fiasco de la guerra de Irak y la renuncia del laborismo a sus principios, en nombre de la confusa modernización en que terminó disolviéndose el proyecto de Blair. La pérdida de credibilidad del gran partido del centro izquierda británico provocó grietas por las que se escurrieron millones de votos, que terminaron en distintos remansos: liberales, en los barrios más acomodados de las grandes ciudades; nacionalistas, en las tierras altas de Escocia; o en la tierra de nadie de la abstención y el desengaño, en los degradados distritos obreros.

HACIA EL INEVITABLE PACTO

Las elecciones de 2010 confirmaron que el viejo mecanismo mayoritario (the first one takes all) no era ya suficiente para asegurar el bipartidismo. Los liberales-demócratas consiguieron los que se les escapó en los 80 y 90: ganar en suficientes distritos para socavar el duopolio. En el pulso de líderes bisoños que se libró en el centro-derecha, el liberal Clegg consiguió arañarle suficientes votos al conservador Camerón para impedir que obtuviera la mayoría absoluta.

Al final, los lib-dem terminaron pactando con los conservadores por un cálculo de daños. Los laboristas estaban más debilitados: la herencia de Blair manchaba más que la inexperiencia de Cameron. Al cabo, esa apuesta no ha sido exitosa. La coalición ha terminando desgastando más al partido minoritario. Los sondeos predicen la oxidación de la bisagra política liberal el 7 de mayo, en beneficio de la opción más derechista del espectro político. El UKIP puede arrebatar a los lib-dem la tercera posición (en torno al 15%). Aunque el sistema electoral reduzcan a los populistas a la marginación parlamentaria (no se prevé que lleguen siquiera a 5 escaños), esta formación volverá a restar muchos votos a los tories.
               
Por la periferia, se confirma la emergencia del nacionalismo escocés, reforzado pese a la derrota en el referéndum independentista de septiembre. No es extraño: la casi totalidad de ese 45% que apoyó la secesión votarán al Scotish National Party, mientras que el 55% que la rechazó se dividirá entre los distintos partidos estatales. Si el SNP logra 40 escaños de los 59 que se ventilan en Escocia, el laborismo está condenado a la oposición. El líder laborista, Ed Milliban, insiste en que no pactará con los nacionalistas, pero la nueva líder de éstos, Nicola Sturgeon, mantiene su mano tendida con cierta condescendencia.

Por su parte, Cameron no deja de proclamar que Milliban terminará cediendo a la tentación escocesa y formará lo que él llama la "coalición del caos". Está estrategia del miedo está orientada más a debilitar al rival principal que a fortalecer sus improbables opciones.  Ni siquiera con una de por si contranatura  operación a tres con liberales y populistas (que tienen visiones opuestas en casi todo)  parece que el actual premier pueda sumar los 326 escaños que otorgan la mayoría en Westminster. No es de extrañar que Cameron se haya escaqueado de los debates electorales todo lo que ha podido. Cuánto más se exponga su debilidad, peores bazas tendrá, si al final la lona cae sobre el Wimbledon político y la partida se traslada a una mesa de bridge.