RUSIA Y LA PARTIDA DE AJEDREZ EN SIRIA

17 de Septiembre de 2015

Septiembre es tiempo de afinar estrategias y agendas diplomáticas. La Asamblea anual de las Naciones Unidas propicia encuentros públicos sonados y publicitados, pero sobre todo contactos discretos y puestas al día de negociaciones en marcha.
                
Este año, superado el escollo iraní, atascados otros procesos, como el afgano o el iraquí, y bloqueado por elecciones (EEUU) el sempiterno conflicto israelo-palestino, todo indica que la portada se la llevará Siria. El protagonismo, en todo caso, será ruso y norteamericano, en sus dos papeles estelares. Putin llega a Nueva York como objeto de todas las miradas. Señalan algunos analistas que los asesores de la Casa Blanca dudan sobre la conveniencia de  que Obama acceda a celebrar una entrevista con su colega ruso, que éste parece desear.
                
DESCODIFICANDO EL MOVIMIENTO DE PUTIN

Rusia se encuentra en una posición de debilidad económica causada por el desplome de los precios de sus productos energéticos y, menos, por el efecto de las sanciones económicas impuestas tras su intervención en Ucrania. El castigo está haciendo daño a los ciudadanos rusos, aunque, de momento, no se perciba un cambio de conducta del Kremlin: es una creencia acendrada en Rusia que la debilidad corroe más que el autoritarismo.
                
Putin, no obstante, se sentiría más a gusto aliviando presión. Y, en cambio, su último movimiento de ficha en Siria parece orientado justo a lo contrario. Rusia está reforzando sus bases e instalaciones militares en Siria desde hace semanas.

Los analistas plantean diferentes interpretaciones de este movimiento de piezas rusas sobre el tablero sirio. Algunos se inclinan por pensar que, lejos de ser una provocación hacia Estados Unidos, es una forma de dinamizar  y elevar el proceso de negociación, que parecía haberse encarrilado durante el verano en Ginebra, hasta que la crisis de los refugiados impusiera una congelación. El reforzamiento militar estaría destinado a potenciar la posición diplomática de Rusia en las negociaciones diplomáticas. Y, al cabo, un acuerdo sobre Siria podría alentar una dinámica de deshielo (como se decía durante la guerra fría) y reconducir la crisis de Ucrania antes del invierno.
               
Naturalmente, ésta es la interpretación de los ‘palomas’, los que estiman que siempre es más útil dialogar que golpear, o dialogar antes que golpear. Por el contrario, los ‘halcones’ creen que Moscú ha reforzado estruendosamente sus capacidades militares en Siria para rescatar al régimen de Assad, intentar revertir sus derrotas y compensar las limitaciones de las ayudas de Irán y sus acólitos regionales. En consecuencia, estos ‘duros’ deslizan las habituales recriminaciones a la Casa Blanca por su indecisión, coherencia y debilidad. Que en Siria consideran especialmente calamitosa.
               
¿HACIA UN RESULTADO DE TABLAS?

Las intenciones rusas son interpretables, porque, por lo que sabe del despliegue ruso captado por los satélites (1), tanto puede estar orientado a propiciar un balón de oxígeno y un refuerzo para el régimen, como a asegurar un bastión alauí en la región oriental, a lo largo de la costa mediterránea. Assad sólo controla esta parte del país y la capital, Damasco; en total, una sexta parte de la superficie del país, pero se trata del terreno más poblado y más rico.
               
Lo que Moscú parece haber descartado ya es sacrificar a Assad en otra partida más amplia, la que se juega en el tablero regional de Oriente Medio. Rusia necesita asegurar que, pase lo que pase, pueda seguir contando con su principal base de actuación y proyección de influencia en la zona. Ninguno otro actor se lo garantiza, sino todo lo contrario. A su vez, el presidente sirio sabe que Moscú es su mejor baza, tanto o más que Irán, y la juega a fondo. En una entrevista con televisiones rusas (2), Assad descarta su salida del país y reitera que está dispuesto a negociar con la “oposición sana”. Por tal cosa quiere decir los que no son terroristas, hábil indicación de que su régimen pretende lo mismo que Occidente: derrotar al terrorismo que representan el Daesh o sus rivales ‘ablandadas’ o ‘debilitadas’ (Al Nusra).

Si el propósito del gambito ruso es fortalecer el bastión alauí del clan Assad y no preparar la reconquista, Moscú estaría creando las condiciones para poder ofrecer tablas como resultado de la partida bélica. Eso implicaría, se le llame como se le llame, la partición del país, al menos de forma interina, mientras se negocia un acuerdo de paz a largo plazo.

Esta opción ha sido debatida en varias ocasiones a lo largo de la guerra y ahora parece ser la favorita de algunos analistas occidentales, que evocan las soluciones alcanzadas en Bosnia, Kosovo o  Etiopía-Eritrea (3). Denominada impropiamente confederal por algunos, esta solución despierta numerosas dudas. Precisaría en primer lugar de un reforzamiento efectivo y mucho más contundente de las opciones rebeldes ‘moderadas’, que hasta ahora han fracasado o no se han planificado adecuadamente. Tampoco está clara la distinción entre radicales y moderados en muchas zonas del destruido país. Que el Daesh quedara fuera de este reparto exigiría un compromiso militar mayor del que se quiere admitir.
                
OBAMA COMBINA OPCIONES

En reciprocidad a esta falta de definición sobre las intenciones rusas, la administración norteamericana también interpreta su particular juego del ‘caliente y el frío’. Ha filtrado o ha permitido que llegue a conocimiento de algunos medios especializados la nueva estrategia de apoyo a los rebeldes sirios, que supone una versión rebajada de otras anteriores, más realista o menos ambiciosa, consistente en entrenar unidades seleccionadas para insertarlos en zonas de combate con la misión de señalar y precisar los objetivos a los aviones norteamericanos (4).
                
El replanteamiento de la limitada intervención en Siria se basa en la doctrina Obama de priorizar la destrucción del Daesh, antes que cualquier objetivo deseable, en particular la derrota de Assad. Estos comandos de apoyo en tierra deberán, de momento, olvidarse de los soldados gubernamentales y concentrarse en las milicias yihadistas. Lo que resulta de dudosa eficacia, para algunos, y de palmario error, para otros. No es fácil que muchos sirios dispuestos a combatir acepten obviar a los militares sirios o a sus aliados externos, por mucho que les repugne la tiranía impuesta por los extremistas islámicos. En medio, se encuentran otros grupos armados opuestos al régimen, pero islamistas radicales, en la línea de Al Qaeda (el Frente Al-Nusra) ante los que se tiene una actitud ambigua y dictada por necesidades inmediatas y circunstancias concretas.
                
En definitiva, se entrevisten o no, después de años sin photo opportunity, Obama y Putin aprovecharán el septiembre neoyorquino para que sus respecticos asesores estudien y contrasten con más detenimiento el tablero sirio, mientras en Europa los millones de ciudadanos de aquel país esperan que Europa agote trampas propagandísticas, supere divisiones y resuelva contradicciones.


(1)    FOREIGN POLICY ha ofrecido en exclusiva esta semana (14 de septiembre) imágenes del satélite que muestra el reforzamiento militar ruso en Siria, con centro neurálgico en Latakía, donde se construiría una base de despliegue aéreo, próximo a la actual base naval de Tartus.

(2)    BBC, 16 de Septiembre.

(3)    Uno de los defensores de esta opción, MICHAEL O’HANLON, investigador en la Brookings Institution, resumió el debate teórico sobre las posibles salidas de la guerra en Siria en un artículo publicado por el THE WASHINGTON POST, el 3 de septiembre.


(4)    THE NEW YORK TIMES informó el 11 de septiembre sobre el contenido del renovado programa de apoyo militar norteamericano a los rebeldes sirios, pero una información más precisa sobre el supuesto cambio de estrategia lo ofreció en exclusiva DAN DE LUCE para FOREIGN POLICY, el 15 de septiembre.

EUROPA: Y, DE REPENTE, LOS VALORES

14 de Septiembre de 2015
                
Europa vuelve a recuperar el debate de los valores. Después de ocho años capturados por elementos como déficit, deuda, equilibrio presupuestario, gasto público, prima de riesgo y un largo etcétera, de repente los mismos líderes que han justificado su gestión sobre esos imperativos llevan al primer plano de la atención pública los valores. La Europa oficial relega lo técnico y prioriza lo humano. Cuidado con esta transformación del discurso. Es engañosa.
                
Lo que este verano ha modificado la prevalencia del discurso europeo en favor de un énfasis más humano ha sido la acumulación, en las fronteras europeas, de personas huidas es de zonas de conflicto(s). Así, en plural: conflictos bélicos, en algunos casos, más inmediatos, y conflicto(s) permanentes (pobreza, miseria, represión), no excluyentes entre sí. Sin embargo, lo que ha venido en llamarse "crisis de los migrantes o de los refugiados" no ha ocurrido de repente ni, por supuesto, puede considerarse como un fenómeno en modo alguno nuevo. Más intenso, desde luego, y también en parte por ello más publicitado en los medios.               
                
A muchos ha sorprendido que el motor de este cambio de discurso haya sido el más imprevisto. Alemania ha asumido el liderazgo de una solución humana, después de ocho años de una implacable frialdad supuestamente técnica en el afrontamiento de la crisis económica y social que ha dejado a Europa en su peor situación desde la recuperación de posguerra.
                
El triunfo político alemán a costa de Grecia y de quienes confiaban en que la crisis griega abriera una brecha definitiva en la tiranía de la austeridad tuvo un alto precio en términos de relaciones públicas. La imagen de Alemania en Europa, ya deteriorada, alcanzó mínimos históricos. Lo que coincidió, llamativamente, con un debilitamiento del apoyo interno de la Canciller, que se vio cuestionada por parte de los suyos, curiosamente por percibírsele  cierta debilidad, al no haber apostado por la expulsión griega del euro.
                
FIERAMENTE HUMANA
                
Los cientos de miles de migrantes propiciaron una oportunidad inesperada a Merkel para mutar de villana en hada madrina de la solidaridad. Un huido sirio resultaba menos oneroso que un pensionista griego. Y más rentable. En la exhibición compasiva de la Canciller han pesado consideraciones humanitarias, seguramente. Materiales, también. Alemania necesita mano de obra para compensar un déficit demográfico inquietante. El entusiasmo de la patronal germana hacia estos potenciales trabajadores en estado máximo de necesidad (y mínimo de exigencia) tiene menos que ver con la compasión que con el cálculo empresarial.
                
Un segundo factor de rentabilidad para Merkel ha sido la posición ejemplarizante de fuerza. La crisis no sólo le ha brindado la oportunidad de demostrar en el lado izquierdo del dorso tiene corazón y no una calculadora. También le ha permitido sermonear elegantemente a sus socios europeos remisos, remolones o directamente esquivos. Después de afirmar su superioridad en el rigor, ahora gana también la batalla de la compasión. Vence en el terreno técnico y en el de los valores.
                
Frente a esta ofensiva ideológica y publicitaria, la izquierda europea, o las izquierdas, han reaccionado subsidiariamente. La socialdemocracia, en su línea de hace ya tiempo, ha asumido un papel seguidista y subsidiario. Las opciones emergentes radicales, rebasadas en su propio terreno, han doblado la apuesta, promoviendo iniciativas de solidaridad-plus, a veces poco realistas o dudosamente arraigadas en la mayoría social. Ése es el peligro cuando las propuestas políticas se desplazan de lo racional a lo emocional.
                
La mala noticia es que esta oleada solidaria puede abocar en un cierto desengaño. La pretensión alemana de que todos arrimaran el hombro ya apunta hacia el fracaso. Es poco probable que Merkel sea capaz de doblegar la renuencia justamente de aquellos países donde Alemania parecía ejercer una hegemonía sin contestación desde el derrumbamiento de los regímenes comunistas. En la propia sociedad germana brotan los síntomas de incomodidad. En Baviera, el partido local de la confederación democristiana empieza a hacer oír su voz discrepante. La extrema derecha se sacude la tentación de la mala conciencia. Cuando la fatiga mediática de la compasión aparezca, se confirmará el cambio de política.
                 
EL DESENCANTO DEL POSCOMUNISMO
                
En esa apelación a los valores, se lee estos días que el malestar húngaro, polaco, eslovaco o checo (también báltico) ante la acogida generosa de migrantes o refugiados se debe en parte a que en las sociedades de estos país no han arraigado aún los principios éticos occidentales. Cuarenta años de autoritarismo, se asegura, han dejado un poso escéptico.
                  
El argumento es tramposo. La reticencia en esos países al fenómeno migratorio tiene mucho que ver con sus condiciones socio-económicas y materiales. La prosperidad que se vendió a la población de esos países se ha convertido en desigualdad, otras formas de corrupción y una fachada de consumismo sólo para disfrute de los ganadores. La triada venturosa de la libertad, la democracia y el libre mercado no ha repartido dividendos por igual.
                
Y en relación a los valores, el desarme ideológico que liquidó todo lo que sonara a socialismo y a políticas públicas tuvo dos beneficiarios directos. Primero, la Iglesia: no la compasiva, sino la ferozmente conservadora, la que afirma los valores cristianos frente a la amenaza islámica, por ejemplo. Segundo, a veces en convergencia con el púlpito, la extrema derecha nacionalista, xenófoba, reaccionaria. Los partidos de izquierda han recuperado posiciones de forma ocasional, más como reacción al desencanto que como portadores de un modelo alternativo sólido y eficaz.  Solo si se ignoran estos elementos puede sorprender la conducta de estos países en la crisis de los refugiados.
               
UN TAL CORBYN

                
Y en este discurso de recuperación de los valores, aunque desde posiciones diferentes, puede entenderse el triunfo arrollador de Jeremy Corbyn en la contestación laborista en Gran Bretaña. El asunto es relevante porque supone el primer toque de atención serio en una socialdemocracia europea replegada, asustadiza y defensiva. Lo que Corbyn plantea ya lo expusimos cuando se perfilaba su victoria, al comienzo del proceso electivo. La confirmación de su victoria, en este final de verano bajo la una intensidad emocional elevada, debe abrir o recuperar la reflexión. Ni el entusiasmo que el fiasco de Syriza ha dejado en evidencia, ni un despectivo pronóstico de fracaso del nuevo líder laborista son aconsejables. Se impone un debate serio, sin sectarismos. La izquierda debe demostrar que también tiene valores. Que están vigentes y que no están enfeudados a la piadosa compasión o a los trucos publicitarios.

SIRIA: ¿HACIA UN NUEVO ESCENARIO?

10 de Septiembre de 2015           
                
La crisis de los refugiados en Europa ha motivado un incremento del interés por la evolución del conflicto bélico en Siria y ha precipitado algunas especulaciones aventuradas sobre un posible cambio de política occidental, para favorecer la aceleración de un desenlace.
                
A pesar de la coincidencia temporal de los dos procesos (el movimiento migratorio y la situación sobre el terreno), lo cierto es que la maduración de un salto cualitativo por parte de los agentes externos se lleva incubando desde hace tiempo.
                
LA SITUACIÓN MILITAR               
                
Sobre el terreno, parece consolidarse cada día que pasa el debilitamiento del régimen. Las fuerzas militares gubernamentales siguen replegándose. La última derrota ha sido la rendición de la última base aérea en la región septentrional de Idlib. Assad ha perdido la mitad de su ejército y sólo controla una sexta parte del territorio, en la franja oriental del país, la más poblada (1).
                
No por ello, puede afirmarse que sus rivales hayan alcanzado una dinámica de victoria. Para empezar, en Siria no hay una guerra, sino varias. Es decir, no luchan dos bandos sino al menos tres o cuatro, enfrentados entre sí, en mayor medida o intensidad, con alianzas puntuales y temporales de conveniencia. A saber: el Daesh (Estado Islámico), Al Nusra (franquicia de Al Qaeda), y unas milicias más o menos pro-occidentales, en todo caso muy divididas y a menudo enfrentadas con el cuestionado liderazgo político en el exilio.
                
Por eso, ese debilitamiento del régimen no implica necesariamente el fortalecimiento de los bandos opuestos. El territorio sirio se encuentra fragmentado. De hecho, muchos observadores creen que estamos ante una partición de facto, que podría prolongarse en el tiempo, si no se rompe el status quo actual. Pocos predicen una solución militar del conflicto.
                
LOS AGENTES EXTERNOS
                
Pueden resultar definitivos en este momento. Nunca han dejado de condicionar o influir en los acontecimientos bélicos, pero dada la situación de agotamiento militar o de limitadas posibilidades de alteración de frentes, la relevancia de estos agentes externos podría crecer a corto plazo. Pueden hacerlo por dos vías, no necesariamente excluyentes: una acción militar directa y/o la intensificación de las negociaciones diplomáticas.
                
Una extensión de la intervención militar externa sólo parece reservada a Estados Unidos y a Rusia. Otros agentes, como Irán (y sus delegados) o Arabia Saudí (o sus agentes directos o indirectos) pasarían a segundo plano o se subordinarían a las grandes potencias.
                
Estados Unidos. Por decisión de Obama, ha mantenido un perfil cauto en Siria, desde el comienzo del conflicto. Después del fiasco de la línea roja (compromiso incumplido de intervención directa si se probaba el uso de armas químicas por parte del régimen), el presidente se ha atenido a una política de contención asentada en estos pilares: reclutamiento, financiación, entrenamiento y  apoyo logístico a combatientes pro-occidentales, de un lado, eliminación de objetivos yihadistas precisos y seleccionados y búsqueda de un compromiso diplomático.
                
Obama no quiso repetir en Siria lo que entendía que podía ser la reedición del error de Iraq, puesto que el escenario de división étnica, odios enconados y rivalidad regional irreconciliable que caracterizan el conflicto sirio resultan muy similares. Una vez que las milicias más cercanas a Occidente perdieron influencia decisiva, se complicaron las cosas.
                
La emergencia, consolidación y expansión del Daesh reforzó la renuencia del presidente norteamericano. El objetivo inicial de propiciar un cambio de régimen se enfrió considerablemente al plantearse la hipótesis de sustitución de una tiranía por otra aún más terrible. Resultaba como poco contradictorio atacar a los extremistas islámicos en Iraq y favorecer indirectamente su triunfo en Siria, al debilitar a su enemigo. Tampoco parecía coherente, ni conveniente, apostar por el refuerzo de Al Nusra/Al Qaeda, sólo porque en Siria combata a muerte contra el Daesh, en pos de un liderazgo del universo yihadista. El apoyo a las milicias moderadas no se interrumpió nunca, pero ha resultado lento y poco efectivo (2).
                
Por todo ello, la administración optó por priorizar la eliminación de los combatientes del Daesh mediante el uso extensivo de los drones, tratando de que ello beneficiara lo menos posible al régimen. El presidente sirio, consciente de que tal actuación le favorecía, se inhibió expresamente, aunque poco podía hacer por impedirlo.
                
Los críticos (tanto en las filas republicanas como en anteriores miembros de la propia administración demócrata) le reprochan a Obama que con sus inconsecuencias haya favorecido esta derivación indeseable de la guerra en Siria, por no haber actuado de la manera conveniente al principio, es decir, apoyando masivamente a los moderados e incluso implicándose militarmente de forma directa.
                
Rusia. El respaldo de Moscú al régimen de Damasco no parece haberse debilitado, aunque ha resultado de relativo valor militar. El principal apoyo práctico del clan Assad han sido los milicianos chiíes libaneses de Hezbollah y la dirección estratégica aportada por el general Suleiman, jefe de Al Qods, la guardia pretoriana de la República Islámica de Irán.
                
Ahora, ante la alarmante perdida territorial y el peligro real de un desfondamiento del régimen, Moscú parece haber decidido dar un paso al frente e incrementar su implicación militar. Desde hace días se sostiene públicamente una polémica sobre las intenciones de un reforzamiento de capacidades militares rusas en Siria. Rusia mantiene desde hace décadas una base naval en Tartus, en la costa mediterránea. El envío de asesores militares, de viviendas prefabricadas y de diverso material a la base aérea próxima de Latakía, el principal baluarte alauí, ha hecho que el Pentágono haga sonar las alarmas mediáticas. Más aún: ha presionado a sus aliados búlgaro y turco para que nieguen el uso del espacio aéreo a los aviones de transporte ruso. Sofía ha aceptado la demanda de Washington. Se desconoce la respuesta del griego Tsipras.
                
Los rusos han replicado con cierta lógica. Fundamentan este rescate de Assad por dos razones: cumplimiento de obligaciones defensivas contraídas con anterioridad al actual conflicto y coherencia con el compromiso internacional de lucha contra el terrorismo yihadista. O sea, asegura que hace lo mismo que Washington, pero se considera libre de elegir a qué bando apoyar. Más aún, ironiza sobre las críticas norteamericanas y se pregunta si Washington quiere realmente derrotar al terrorismo yihadista o encubrir una excusa para echar a Assad.
                
Gran Bretaña y Francia. Coincidiendo con este refuerzo militar ruso, pero sin relación alguna con ello, se anuncia la posible implicación directa de estas dos potencias europeas. Se ha sabido ahora que los británicos mataron a dos nacionales que se habían alistado en el Daesh, después de conocer que habían proyectado atentar contra la Reina Isabel y otros objetivos civiles durante la celebración de los actos del aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial. En Gran Bretaña se ha suscitado un intenso debate sobre la legalidad de estas acciones tanto o más que sobre los riesgos que pudieran acarrear. Pero el primer ministro Cameron ha dejado claro que volverán a actuar de la misma manera para prevenir el peligro de atentados en suelo británico o europeo.
                
Al calor de este debate, el Presidente Hollande anunció, como gran novedad exterior de la rentrée, la disposición de Francia de participar en ataques aéreos contra posiciones del Daesh en Siria, invocando imprecisas razones de "seguridad interior". De momento, se aumentarán los vuelos de reconocimiento y la fijación de objetivos. Todo parece indica que el Eliseo quiere ganar influencia en caso de que se avance en la negociación (2).
                
La coincidencia de estas dos novedades con la crisis de los refugiados (muchos de ellos sirios) que por cientos de miles buscan una vida nueva lejos del conflicto puede contribuir a confundir a la ciudadanía. Entre todas las inconsistencias europeas, ésta parece la más inquietante. Sería escandaloso, aparte de peligroso, que se intentara ahora lavar la mala conciencia del abandono de los damnificados por la guerra con un eventual protagonismo militar que se ha eludido, con absoluta lógica, desde un principio.  
                
EL AVANCE DIPLOMÁTICO
                
Antes de esta aparente escalada en el plano militar, este verano se habían registrado avances en el terreno diplomático.  La conclusión del acuerdo nuclear con Irán y la creciente sensación de que Obama podía eludir el obstáculo del Congreso norteamericano hicieron creer en una evolución más positiva del conflicto sirio, debido a una pretendida  disposición más favorable de Teherán, nunca confirmada oficialmente.
                
Algunas señales no pasaron desapercibidas. Las diplomacias rusa y saudí intercambiaron posiciones. Se avanzó en la definición de actuaciones en caso de comprobarse uso adicional de armas químicas. Los norteamericanos hicieron desaparecer de su discurso público la exigencia de una retirada de Assad como condición previa de un acuerdo, etc. (4).
                
La operación de refuerzo militar ruso no tiene necesariamente que conducir a una quiebra de este esfuerzo diplomático. Como en el caso de Francia, puede tratarse justo de lo contrario: afianzar sus intereses en un proceso negociador que se abre paso cada día como la solución más racional a un infierno sin futuro.

(1) Datos ofrecidos por el IHS Conflict Monitor en Jane Intelligence Review. 23 de Agosto.

(2) "The Pentagon Ups the Ante in Syria Fight". FOREIGN POLICY, 30 de Marzo.

(3) LE MONDE, 8 de Septiembre.

(4) NEW YORK TIMES, 8 de agosto.

ARMAS DE CONFUSIÓN MASIVA

 6 de Septiembre de 2015       
                
El fenómeno es ya un clásico de la aldea global. Una imagen conmovedora de especial impacto desencadena un comportamiento mediático intenso. Que despierta el comprensible sentimiento de compasión. Que favorece una movilización pública en la que se mezcla el buen instinto de ayudar y el dudoso reflejo de culpabilizar. Que obliga a los responsables (sólo a algunos, los más cercanos) a actuar, a hacer algo, a demostrar que no son menos sensibles, compasivos o solidarios que los ciudadanos que los eligen y ante los que deben responder.
                
Aylan, el niño kurdo-sirio de 3 años, el niño de la playa, ha sido, en esta ocasión, el triste protagonista de esta última manifestación de la política por compasión. La imagen ha sido singularmente eficaz por su impresionante poder simbólico: la playa, imaginario clásico de un feliz desenlace tras el azaroso peligro que arrastra un viaje, metáfora del sueño cumplido que torna en la horrible pesadilla de la muerte como negación absoluta de futuro.
                
Otro mérito de la que será ya, a buen seguro, imagen del año: es triste, conmovedora y desgarradora, pero no es morbosa. El niño Aylan pese a su incómoda postura final, irradia una impresionante dignidad. Hasta una elegante presencia: no está vestido con harapos ni parece desnutrido. Puede ser nuestro niño, el hijo de cualquiera de los consumidores de televisión de clase media o protagonistas de esa 'información paralela' en que pretenden haberse convertido las redes sociales.
                
No importa que antes de ese icónico naufragio infantil, cientos de niños hubieran perecidos ahogados en las aguas engañosamente clementes del Mediterráneo o en camiones sin ventilación abandonados en anchurosas autopistas europeas. O en los campamentos saturados y subatendidos de Jordania, Líbano o Turquía. O, definitivamente, en las trampas fatales en que se han convertidos las calles y los campos de Siria, por citar sólo el país de procedencia del niño de la playa.
                
No era lo mismo, y no lo era, porque nos faltaba la imagen definitiva, la que se revela capaz de concitar todos los sentimientos y emociones en un impulso común. Por supuesto, hay muchas fotos e imágenes de niños víctimas de ese mismo conflicto que arrojó a la familia de Aylan de su hogar. Pero ninguna había estado investida, hasta ahora, de ese poder transformador: de conciencias, de políticas, de actuaciones.
                
Tampoco importa que, antes de la aparición de niño de la playa, las centenares de miles de víctimas con imagen compartida o sintetizada en rostros sin nombre y desesperación sin relato ya hubieran sido capaces de poner en evidencia el fracaso de la política de asilo y refugio de la Unión Europea.
                
¿UN CAMBIO DE POLÍTICA EUROPEA?

La Canciller Merkel, a pesar de su habitual cautela calculada, ganó por la mano a sus socios europeos y se erigió en portavoz de la alarma, secundado por el Presidente Hollande (que exige ya un "mecanismo permanente y obligatorio" de atención a los demandantes de asilo) y el Primer ministro Renzi, quizás el menos diplomático a la hora de reclamar que todos arrimen el hombro equitativamente.
                
En otros casos, la imagen del niño de la playa ha sido el desencadenante de reacciones tardías. En sólo cuarenta y ocho horas, algunos líderes europeos han modificado su posición para honrar el sacrificio de Aylan. El austríaco Faymann ha abierto sus puertas a miles de migrantes atrapados en la estación de Budapest. El británico Cameron, padre consternado según sus propias palabras, ha anunciado que acogerá a miles de esos desamparados. Otros, en cambio, persisten en sus miedos,en sus dependencias políticas. O en sus ambigüedades, véase, para qué irnos más lejos, nuestro Rajoy, genio y figura, perdido en la laberíntica inconsistencia de su habitual discurso.  De algunos, no obstante, sólo escarnio puede esperarse: es el caso del húngaro Orbán, atrincherado en un infame discurso identitario y religioso que ha debido provocar pavor y rechinar de dientes en el Vaticano de Francisco.

Veremos si este revolcón moral se traduce, por fin, en la deseada y necesaria política común de acogida y asilo. 
                
Pero más allá de los contritos discursos oficiales, sinceros o hipócritas, la reacción más relevante ha sido la pública, la ciudadana, la social. Se trata de un comportamiento tan elogiable como podría esperarse, a tenor de antecedentes similares (atentados terroristas, catástrofes, accidentes de gran envergadura). Los gestos de compasión y/o solidaridad merecen reconocimiento. No obstante, existe el peligro de que el efecto conmovedor levante expectativas equívocas, irreales, ilusorias.
                
Esa es la consecuencia más letal de las modernas, modernísimas armas de confusión masiva, a las que podría adscribirse la imagen del niño de la playa. Que encadenan las respuestas en el ciclo estéril de la indignación, la compasión y el reproche, cuya salida sólo conduce al desencanto, la frustración y el cinismo. A la 'fatiga de la compasión', concepto acuñado principio de los noventa, cuando no existían las redes sociales.
               
¿PARAR LA GUERRA EN SIRIA?
                
Se escuchan estos días recriminaciones por haber permitido que esto llegara tan lejos. De forma atropellada y confusa se reprocha la incapacidad de "detener la guerra", debido a una actitud de pasividad o indiferencia europea (occidental) por la suerte de sus ciudadanos.
                
Es una imputación seguramente equivocada. Europa no tiene ahora, ni lo tuvo al comienzo del conflicto, capacidad para tal empeño. A los que defienden la intervención (algunos ni siquiera aclaran de qué tipo), se les podía recordar el "brillante" resultado de Libia, donde la "intervención" (militar, en este caso) fue liderada por potencias europeas (Francia y Gran Bretaña). O la lección de Irak, por mucho que se quiera atribuir el caos actual al repliegue norteamericano (como si la presencia permanente, o sine die, fuera una posibilidad real). O el ejemplo de Afganistán, de donde vienen también muchos de estos refugiados protagonistas de este verano, tras una "exitosa" intervención que ha arrojado muchos logros pero no precisamente el de acabar con el éxodo de personas.
                
Siria es, por lo menos, un caso tan complejo como los tres citados anteriormente, donde los resultados  de las intervenciones han sido, en gran medida, opuestos a lo deseado. De forma sintética, esbozamos apretados argumentos contra esa reclamada intervención:
                
- Ninguno de los bandos (en plural) del conflicto sirio ofrece, ni ha ofrecido nunca, garantías de alianza fiable. Nadie podía garantizar, ni siquiera Estados Unidos, que la caída del oprobioso régimen de los Assad y su casta alawí pudiera ser reemplazada por un gobierno decente.  Los supuestos "moderados" o "pro-occidentales", que parecían una alternativa al comienzo de la guerra, han desaparecido; por falta de apoyo occidental, dicen los defensores de la intervención; pero también  por falta de sintonía con unos beligerantes radicalizados desde un principio.  Ahora, los previsibles beneficiarios del debilitamiento de Assad son los horrendos criminales justicieros del Daesh o los más pálidos pero no menos temibles jihadistas apegados al prestigio desvaído de Al Qaeda.  Lo hemos visto en Libia, donde los "liberadores" que lincharon a Gaddaffi, bajo la contemplación aérea de los protectores occidentales, se matan con entusiasmo y sin descanso entre ellos y hacen mofa de los acuerdos suscritos bajo tutela internacional con desafiante arrogancia.
               
- Ninguna de las potencias regionales con influencia determinante (Arabia Saudí y sus adláteres del Golfo Pérsico, de un lado, e Irán, en el bando opuesto) resultan socios leales o equilibrados, porque siempre tratarán de hacer prevalecer sus agendas de hegemonía regional por encima de una razonable vocación conciliatoria.
                
- Y, finalmente pero no menos importante, hay muchas razones para anticipar que el confuso respaldo a la intervención se disolvería con inusitada rapidez en cuanto empezaran a contarse victimas propias (como algunos de los ejemplos anteriores ilustran sin necesidad de avivar la memoria).
               
  Así que conviene embridar los legítimos sentimientos de compasión con el prudente ejercicio de la razón, como recomendaban los malogrados ilustrados, exigir actuaciones eficaces pero realistas para satisfacer las necesidades de estos miles de desesperados que asoman por mares y carreteras europeas y aceptar que algunos problemas que tienen raíces y causas complejas y muy enquistadas no se resuelven con el impulso de los tuits, por muy masivos y bienintencionados que sean.

                
Las armas que matan y expulsan a poblaciones enteras, cargadas en gran parte por agentes bien conocidos, tienen una capacidad de destrucción masiva.  Otras armas, las mediáticas, verticales u horizontales, pueden hacer daño de otro tipo: confundir a los millones de ciudadanos honestos que desearían un mundo mejor y exonerar a los que sacan beneficio de esos buenos sentimientos.

MERKEL Y LOS ESPEJOS DEFORMANTES: DE VILLANA A HEROÍNA.

3 de Septiembre de 2015
                
En cierta narrativa mediática, Ángela Merkel empezó el verano como villana y va camino de acabarlo como heroína. En el penúltimo episodio del drama griego, forzó la humillación del otrora levantisco Tsipras al hacerle aceptar condiciones leoninas de un tercer rescate. Ahora, con la tragedia de miles de migrantes desesperados capturando la atención internacional, se erige en defensora de los "valores humanitarios" europeos.
                
Para ser rigurosos, la realidad no se puede reducir a un juego de disfraces. Los espejos deformantes de la política, la diplomacia y la mediática producen simulacros de cuento. Ni Merkel fue una especie de señorita Rottenmaier con los díscolos griegos, ni ha emergido ahora como hada madrina de los desamparados que huyen de la guerra o la miseria en sus países.
                
Algo si parece innegable. Alemania asume la conducción europea, lo quiera o no. Y la máxima responsable de su gobierno parece impelida, por vocación o por necesidad, a asumir un liderazgo político ante un vacío alarmante a su alrededor.
                
En la actual crisis de la migración, Merkel ha sido más prudente de lo que la inevitable dimensión emocional del asunto ha proyectado. Es cierto que ha defendido los "valores humanitarios europeos" para reclamar una actitud más generosa de sus socios continentales. Es cierto que ha secundado con mensajes o discursos la actitud ejemplar de muchos de sus ciudadanos, que han acudido a recibir a los migrantes que han llegado a territorio alemán con socorro material y moral. Es cierto que ha puesto el dedo en la llaga de la parálisis política y la quiebra institucional (crisis de Schengen y de la Regulación de Dublín), como le reconocen algunos analistas. Es cierto, en definitiva, que Merkel, quizás a pesar de sí misma, se ha comportado como se espera que lo haga una dirigente política y no una administradora.

No obstante, para conjurar el peligro siempre acechante de la propaganda, es necesario completar el análisis. La Canciller alemana ni es ni pretender ser madre auxiliadora de los desamparados. En su actuación de estos últimos días se detectan también dosis de encaje diplomático, cálculo político y contradicciones morales.
                
Antes de este verano de pánico, Alemania pensaba acoger a 800.000 personas huidas de los puntos más calientes del planeta. Esta cifra ya parece desbordada. Con diferencia, es el país que asume el mayor esfuerzo de acogida. Merkel quiere acabar con la actitud evasiva, por no decir claramente hostil, de algunos de sus socios europeos.  

Las posiciones son bien diferentes. Francia, por necesidades del guion europeo, se ve empujada a respaldar la iniciativa alemana, incluso con gestos mediáticos, como la visita de Manuel Valls a Calais. Otros, por el contrario, proclaman un cambio pero en sentido opuesto al preconizado por el eje franco-alemán. Enough is enough, ha venido a decir el primer ministro británico, James Cameron y su contundente Secretaria del Home Office, Theresa May. Con menos claridad, como en él es habitual, Mariano Rajoy secunda la postura de Londres. Otros, singularmente los PECOS (países centrales y orientales de pasado comunista) y algunos nórdicos mantienen una línea dura, se inhiben o sucumben al silencio.
             
Las circunstancias de cada país, el auge de los partidos populistas, la menguante capacidad de las arcas y servicios públicos para soportar en la práctica esa actitud generosa  y la gestión del relato de la crisis explican la división y hasta el nerviosismo de los líderes políticos. Pocas veces se ha escuchado, entre aliados y socios, un cruce de acusaciones y recriminaciones tan áspero como en estos últimos días.
                
Muchos de los gobiernos que se alinearon con Merkel y Schäuble para doblegar a los griegos, discrepan de la Canciller en el asunto de la migración. Y, por el contrario, ahora son los griegos los que aplauden su posición en el problema migratorio, junto con los italianos, los dos países que han recibido el mayor impacto de acogida inmediata.

Con la crisis migratoria, Merkel ha equilibrado la imagen de villana Rottenmaier que exhibió en el rescate griego, aunque ya había ensayado este esfuerzo compensatorio entonces, al defender la integridad de la zona euro (poli buena) frente a otras opciones mucho más duras dentro de su propio partido, personificadas en el Ministro Schäuble (poli malo). Ahora, se somete a una sesión reforzada de lifting político y diplomático predicando hacia los migrantes una generosidad que rebate encarnizadamente en el debate interno europeo.
                
Es una situación paradójica. Merkel defiende a machamartillo, con una intransigencia deplorable, unas políticas que generan desempleo, desigualdad y desesperanza para millones de ciudadanos comunitarios, mientras ofrece un rostro humanitario a los que llegan del otro lado de la fortaleza europea reclamando su participación en sociedades que ellos todavía perciben como oasis de bienestar, en contraste con el infierno de sus países.
                 
Pero en la actuación de Merkel hay otros motivos que tienen que ver más con el cálculo político interno, en clave específicamente germana, que no conviene olvidar. La solidaridad de numerosas capas de la sociedad alemana convive con un nuevo brote de xenofobia y racismo criminal. Los ataques salvajes contra centros de acogida de refugiados se han incrementado en todo el país (especialmente en el este), hasta alcanzar una media de uno por día (180 en el primer semestre del año). La Canciller tardó muchísimo en pronunciarse sobre estos actos que evocan los peores momentos de la historia alemana.

Es típico de ella dejar que las crisis maduren en exceso o consuman mucha energía antes de posicionarse. Hace unas semanas, el semanario DER SPIEGEL publicó un excelente análisis sobre su conducta política, bajo el ilustrativo título de “Las Cenizas de Ángela”. Cuando, finalmente, hace unos días, la Canciller visitó el centro de Heidenau para escenificar su compromiso con los refugiados fue increpada por los xenófobos, que la acusaron ruidosamente de 'traidora'.
                
Después de esa experiencia, Merkel hizo más explicito su exigencia de resolver el desafío de los refugiados. Sabe que la amenaza racista no está derrotada en su país. El partido Alternativa por Alemania, contrario al incremento de la inmigración, o el movimiento Pegida, alarmista sobre la islamización crecienteno deben tomarse a la ligera, por supuesto. Pero, comparativamente, resultan mucho más manejables que otras fuerzas políticas en otros países no menores de la Unión, cuyo peso numérico, influencia social y capacidad de desestabilización se han demostrado mucho mayores. Una dirigente prudente como Merkel tiene muy presentes estas circunstancias.
               
Por estas y otras razones, no es probable que el gran pacto europeo sobre la migración y el derecho de asilo sea fácil, y mucho menos duradero. No hay que esperar demasiado de las próximas citas en el calendario. La divergencia de intereses, las presiones populistas internas, las desiguales actitudes de las mayorías sociales y la mediocridad de la dirigencia política actual hacen temer salidas y no soluciones.
               

                

EL DRAMA DE LOS MIGRANTES: POR QUÉ FRACASA EUROPA

30 de Agosto de 2015
                
Ya no es necesaria una tragedia mayor que conmueva a dirigentes, medios y público en general. Cada día sabemos de una, a cual más voluminosa, por el número de víctimas, o terrible, por las circunstancias en que se produce la catástrofe.
                
La falta de respuesta a la migración en Europa es ya, sin discusión, el asunto más urgente a resolver por los líderes europeos. Sin discusión, porque ellos mismos lo admiten, lo proclaman, incluso, a veces como si no les competiera a ellos hacerlo.
                
El camión-frigorífico averiado y abandonado en una cuneta austríaca, con 70 cuerpos de personas en descomposición, o la embarcación siniestrada cerca de la costa libia, con 150 náufragos ahogados no refuerza la necesidad de una solución, o al menos, de un compromiso más serio y eficaz.
                
Como se ha escrito mucho sobre las razones de la tragedia migratoria, incluido en estas páginas, quizás sea más útil intentar explicar por qué no existe, o no se percibe que exista, una voluntad política más firme para abordar el asunto.
                
La primera razón es la más obvia: se trata de un asunto complejo, muy complejo, que necesita actuaciones en múltiples áreas (jurídica, económica, política y diplomática). En realidad, más que una razón esto es una excusa. El afrontamiento de la denominada "amenaza terrorista", mucho menos letal, exige también un esfuerzo complejo y se ha hecho.
                
Naturalmente, no es que no se hayan tomado medidas para abordar la creciente afluencia de personas desesperadas provenientes de zonas de conflictos (en plural: guerras, persecuciones étnicas, represión política, insoportables condiciones de vida). Pero han sido claramente insuficientes, y se sabía desde un principio que lo eran. Con las migraciones se han adoptado a sabiendas disposiciones cuyo cumplimiento era dudoso o muy dudoso. Sólo para amortiguar las críticas de organizaciones humanitarias, oposiciones políticas o incomodidades mediáticas. La operación de refuerzo de la seguridad en el Mediterráneo, que responde al nombre de Frontex, es un claro ejemplo de ello.
                
Otra razón de este fracaso es la evidente divergencia de intereses entre los estados miembros. No hay una política común de acogida, con criterios razonables y consensuados, basados en cálculos comprensivos y equilibrados, porque el desorden actual permite a algunos "librarse de la mayor parte de la carga".  En este punto conviene ser precisos: no todos actúan con igual compromiso. Alemania, tantas veces denostada, y con razón, por una política económica europea que sólo satisface sus intereses, es, sin embargo, la que más esfuerzo aporta. Y los alemanes, son los más solidarios, pese a la vergüenza de algunas minorías nazis.
                
Los Estados más remisos o más temerosos de afrontar la acogida, el cuidado y la integración de estos miles de desamparados no actúan de tal manera por simple insensibilidad o por influjo de una ideología perversa. No se trata de una manifestación más de la inepcia que tan de moda está atribuir a los políticos, aunque algunos de ellos merezcan reprobación y desprecio. Si los dirigentes no afrontan el desafío de estas migraciones masivas es porque no están seguros de contar con el apoyo de la mayoría de sus sociedades. Mejor dicho, muchos de ellos saben que actuar de forma más generosa les penalizaría política y electoralmente.
                
Esta valoración es tan arriesgada que ni siquiera se puede reconocer en público. Cuando algunos dirigentes hacen declaraciones sobre las sucesivas tragedias migratorias adoptan un discurso compasivo y conmiserativo, pero envuelto en ambiguas invocaciones al derecho a la vida, a la libertad y a una vida mejor y más próspera. A lo sumo, se promete un esfuerzo para resolver el problema de forma coordinada y solidaria. Y ya.
                
Para conseguir esos nobles propósitos, o avanzar en ese empeño, se deberían adoptar en la práctica medidas que supondrían, de una manera o de otra, un esfuerzo adicional de la población local, de cada Estado, para compartir bienes y servicios, subsidios y cargas fiscales. Y eso, en un momento especialmente difícil, por la persistencia de la crisis económica, el recorte de los servicios públicos,  la reducción o eliminación de ayudas sociales en muchos de los candidatos a reforzar su condición de países de acogida.
                
La migración, en definitiva, es un factor de perturbación del sistema político europeo actual. Importa poco que la naturaleza de la (in)migración sea económica o política, aunque tal distinción sea esencial en el plano jurídico para acceder o no a la condición de refugiado. Para una mayoría de la población de los estados que componen la UE, y en especial para los más prósperos, es secundario, en la situación actual, que la persona que llama a nuestras puertas sea pobrísimo o perseguidísimo. La percepción mayoritaria en estas latitudes es que "la casa está llena", o de que "ya no hay sitio para más desgraciados", o que "bastante tenemos ya nosotros con los nuestros". Y cuanto más se desciende en la escala social, más se escuchan ese tipo de argumentos, porque los más desfavorecidos locales son los que más temen perder con el reparto de unos ya de por sí escasos recursos. Los más desahogados, por su parte, no se consideran libres de riesgo: temen que se les exija pagar más por ampliar esos recursos.
                
Por tanto, es muy evidente el cálculo político de una política común europea que no sólo reparta "la carga", sino que amplíe necesariamente la fortaleza de las espaldas para soportarla sin riesgo de derrumbamiento social. Se trata de una operación de alto riesgo.
                
Para combatir esta situación de bochorno, las élites políticas de los partidos clásicos  en la responsabilidad de gobierno (centro-derecha y centro-izquierda) disponen de un argumento apreciable: aumentar las cargas fiscales para afrontar, al menos a corto plazo, la acogida de estos desplazados a la deriva sólo puede reforzar a los grupos populistas y xenófobos. Si éstos consiguen situarse en condiciones de acceder al poder, la suerte de los más necesitados empeoraría dramáticamente. No sólo se elevarían los muros para impedir la entrada: se producirían expulsiones masivas de quienes han conseguido ganar la orilla. Lo que ocurre es que, si se cede a este discurso-chantaje, ya estarían triunfando.

                
Otro elemento de actuación que se echa en falta es el incremento del apoyo a los países de origen para prevenir el éxodo. Ya se manejan cifras de urgencia. Pero tal empeño es ilusorio. En la mayoría de los lugares de emisión de personas, no hay agentes solventes que garanticen la recepción, gestión y distribución de esa ayuda. Lo más probable es que el dinero o los bienes entregados se pierdan, o, peor aún, vaya a parar a los sectores más despreciables o responsable de la miseria de sus pueblos. Por otro lado, una política de cooperación exige una visión a largo plazo, y los desesperados, por naturaleza, no esperan. Por no mencionar la impopularidad de aumentar los fondos destinados a cooperación o solidaridad externa, drásticamente reducidos, en unos sitios más que en otros, como consecuencia de la crisis.

UN VERANO DE PÁNICO(S)

25 de Agosto de 2015
                
El verano termina con presagios oscuros y una extendida sensación de pánico, debido a la confluencia de crisis internacionales con enorme potencial destructivo. El encadenamiento de síntomas alarmantes en la salud de la economía china, la segunda del mundo, ha coincidido con otros elementos de fuerte perturbación que evidencian la profundización de crisis locales y regionales con efectos globales.
                
CHINA: LA 'TORMENTA PERFECTA'
                
El hundimiento del mercado de valores en China es la última manifestación de la crisis ya inocultable del modelo económico construido tras la muerte de Mao. El 'lunes negro' en las bolsas de todo el mundo capitalista es sólo el primer efecto visible.  Aunque la situación pueda estabilizarse en los próximos días, parece inevitable un nuevo empeoramiento de la economía global, porque los problemas China son enormes y su repercusión mundial es obvia (1).
                
Los datos son conocidos. China afronta un "aterrizaje brusco" de su economía, como consecuencia de la debilidad de la demanda interna y externa. Pero, además y sobre todo, la deuda del país es pavorosa, por encima del 280% del PIB. Los especuladores que pidieron prestado para acumular acciones se han visto obligados a vender sus paquetes aceleradamente. El prestigioso economista de Harvard  Kenneth Rogoff había anticipado lo que ahora ocurre. En siete años, desde antes de comenzar la actual crisis mundial al pasado año, la deuda china se ha cuadriplicado, pasando de 7 a 28 billones de dólares (2).
                
Si la locomotora china frena, los vagones que arrastra entrarán en colisión. Los países más perjudicados inicialmente serán los llamados 'emergentes' productores de las materias primas que el gigante asiático demandaba vorazmente hasta hace poco. Brasil es el ejemplo más dramático. El coloso suramericano ya está al bordo de la recesión. Las tensiones sociales, convenientemente manipuladas, ya han alcanzado la calle.
                
Otras potencias directamente perjudicadas son las exportadoras de petróleo. El valor de mercado del crudo se ha depreciado en más de un 65% en sólo un año. El precio del barril de referencia se fijó el lunes en 42$. Los expertos consideran que si se mantiene por debajo de 45$ durante algún tiempo (meses), se encenderán todas las luces rojas. Y los pesimistas predicen un descenso hasta los 30$, como en 2008, cuando estalló la crisis financiera. Para los países productores, es la catástrofe. Algunos se verán dolorosamente empujados a crisis fiscales y sociales: es el caso de Venezuela, Argelia, Ecuador o el propio Brasil).
                
Irán, que confiaba en el levantamiento de las sanciones, tras el acuerdo nuclear, para reparar su ya tensada economía, puede verse en una disyuntiva perversa. Si aumenta la producción para hacer caja, puede provocar una depresión aún mayor del mercado por exceso de oferta en un momento de recesión global de demanda de energía. Irak puede despedirse de mejorar su producción para favorecer el despegue económico. Las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, que han mantenido la producción en niveles artificialmente altos para proteger su mercado de los nuevos competidores norteamericanos, están sintiendo los estos efectos negativos del mercado y acudiendo a créditos internacionales para financiar sus gastos corrientes. La depresión emergente frenaría en seco la recuperación occidental.
                
EL (PERSISTENTE) ARCO DE LA CRISIS
                
A este panorama depresivo de la economía mundial, se añaden los factores humanos, sociales y políticos. Una situación económica desfavorable agravará, en ningún caso, suavizará, los conflictos regionales con capacidad y dimensión para convertirse en crisis mundiales. ( los mismos que en los setenta Zbigniew Brzezinsky denominó como "arco de la crisis").
                
Este efecto dominó es ya una realidad. Repasemos los acontecimientos:
                
- persistencia de los conflictos bélicos en Irak, Siria, Libia, Yemen (corolarios horribles de la malhadada 'primavera árabe'), sin perspectivas de conclusión a corto plazo;
                
- enquistamiento de la guerra en Afganistán, que la retirada norteamericana, el conflicto interno en el bando talibán y la emergencia del Daesh pueden agravar aún más.
                
- riesgo de desestabilización creciente en países donde se soportan conflictos  de ésos que impropiamente han sido caracterizados como de 'baja intensidad' (Egipto, Túnez, Pakistán, Nigeria y un desigual pero no reducido etcétera).
                
- incertidumbre por la suerte del acuerdo nuclear con Irán: de no pasar la prueba del Congreso norteamericano puede abrir nuevos escenarios bélicos y agravar los actuales.
                
La acumulación de conflictos ha llevado sus consecuencias hasta nuestras propias puertas, como es bien sabido, con el inevitable efecto multiplicador de pánico. Así es cómo se está viviendo, en los despachos, en los medios y en la atribulada conciencia pública la afluencia de refugiados procedentes de aquellas zonas martirizadas. Se cuenta en la actualidad 60 millones de personas desplazadas de su lugar de origen, según ACNUR, la cifra más elevada desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
                
El análisis de la cifras nos dice mucho sobre el comportamiento de élites y sociedades. De esos 60 millones, más de la mitad (38) se han quedado en sus propios países, aunque fuera de sus hogares. Casi otros 20 se encuentran ya bajo cobertura y protección de las agencias internacionales. La minoría restante, apenas dos millones, son los errantes, los que cruzan o intentan cruzar fronteras terrestres y marítimas para rehacer sus vidas.
                
En tránsito por el Mediterráneo, bien en dirección a puertos italianos o griegos, se han acumulado un cuarto de millón de desplazados en lo que va de año. Es una cantidad "menor" si la comparamos con el millón y medio que se hacinan en Turquía o el millón largo que acampan en países  pequeños y tensionados  como Líbano o Jordania.
                
LA RESPONSABILIDAD DE EUROPA
                
Y, sin embargo, en Europa la llamada de alarma que supone esta tragedia humana, se está viviendo con aires de pánico. La primera reacción es rechazar (o levantar vallas, como el xenófobo gobierno húngaro);  luego, justificar las medidas represivas (caso del Canal de La Mancha); o desviar la responsabilidad hacia terceros  (en el caso de los gobiernos europeos); y, finalmente, hacer grandes protestas de contrición, sin que terminen de concretarse medidas, por miedo al 'efecto llamada', pero también a la negativa respuesta de algunos sectores sociales y de sus altavoces  mediáticos y políticos.
                
La llamada 'crisis de los refugiados'  pone de manifiesto numerosos fracasos europeos,  a saber:
                
1) El inadecuado  tratamiento de los conflictos en el mundo árabe e islámico, con una preocupación obsesiva por el fenómeno del terrorismo y una desatención lamentable por las causas últimas que lo originan, alimentan y contribuyen a su fortalecimiento.
                
2) El debilitamiento del proyecto europeo de unión, coordinación y solidaridad, que la crisis griega ha puesto al descubierto de una manera lacerante. Los reproches y ataques directos o velados se han convertido en moneda común del diálogo europeo.
                
3) El empobrecimiento del liderazgo político en beneficio de una visión tecnocrática y reproductora de los intereses exclusivos de las élites. Se invoca la necesidad de políticas comunes, como si los responsables de llevarlas a cabo y hacerlas efectivas no fueran los mismos que las proclaman.
                
4) La incapacidad para frenar con propuestas positivas e ideología activa el populismo xenófobo, que, lejos de remitir, se refuerza y amplía.
                
UNA CODA NORTEAMERICANA
                
Este fenómeno político ya ha encontrado eco y conexión con el otro lado del Atlántico, en la figura de Donald Trump, ya convertido, por cierto, en otro factor de pánico. Los sondeos reflejan la  consolidación del magnate, pese a su desagradable, disparatado y hasta ofensivo discurso. Sus rivales conservadores, paralizados por sus propias contradicciones, se muestran incapaces de neutralizarlo.
                
En el campo demócrata, el Presidente Obama vive bajo la amenaza, todavía no del todo conjurada, de una revuelta de los "suyos" en el acuerdo nuclear , mientras Hillary refuerza su histórica guardia pretoriana de abogados y asesores para protegerse del potencial daño que puede infligirle el asunto de los correos electrónicos.
                
Lo dicho: distintas formas de pánico dominarán la rentrée, el regreso de vacaciones, después de un cálido y turbulento verano.


(1) "China hits the Wall. Yen devaluation and the end of the economic miracle". SALVATORE BABONES (Universidad de Sidney). FOREING AFFAIRS, 16 de Agosto.

(2) "A warning on China seems prescient". ANDREW ROSS SORKIN. NEW YORK TIMES, 25 de Agosto.