YEMEN: LA MASACRE SAUDÍ Y EL DOBLE RASERO OCCIDENTAL

22 de Octubre de 2015
                              
La guerra de Yemen ha provocado más de cinco mil muertos, decenas de miles de heridos y mutilados y un número aún superior de desplazados. Un 80% de la población está privada de acceso a recursos básicos. Se trata de una vergüenza internacional que ha merecido una atención muy escasa en proporción a los daños ocasionados y a la infamia que la sostiene.
                
Arabia Saudí y sus vecinos lanzaron una operación de castigo que creyeron iba a ser corta y exitosa. Pretendía reponer en su puesto al derrocado Presidente Hadi, sunní, que había sido expulsado del poder por una forzada coalición compuesta por milicianos de la minoría houthi, de confesión shií, apoyados por Irán, y tropas leales al anterior Presidente, el ex-dictador Alí Saleh, en su día aliado de Washington en la lucha contra Al Qaeda, y luego caído en desgracia tras el movimiento de contestación de la 'primavera árabe' (1).
                
Los dos bandos son responsables de crímenes y abusos injustificados. Pero son 'nuestros' aliados saudíes los que han cometido las peores atrocidades, porque tienen medios materiales y capacidad militar para hacerlo. Para mayor escarnio, en su propósito, la familia real saudí ha acudido a aliados locales que dice tener por enemigos, grupos vinculados a Al Qaeda o a otros núcleos islamistas radicales, como ha denunciado el Wilson Center (2).
                
Los informes y denuncias de la ONU y de las organizaciones humanitarias presentes en Yemen son contundentes.  La aviación de los saudíes y aliados, con el invaluable suministro norteamericano de datos de inteligencia, ha machacado de forma indiscriminada núcleos de población civil; se ha impedido a las organizaciones humanitarias, el acceso y reparto de ayuda en zonas de gran necesidad; se ha bloqueado el suministro adicional y vital de ayuda humanitaria (alimentos, medicinas, combustible y otro material de ayuda) mediante el bloqueo naval de los puertos de Aden y Al Hudaydah; se ha permitido, cuando no alentado, (por ambos bandos) el reclutamiento de niños para reforzar las milicias. En definitiva, un sufrimiento humano, que, en palabras del Coordinador de Ayuda Humanitaria de la ONU, Stephen O'Brien, resulta "casi incomprensible"  (3).
                
Otro aspecto desgarrador es el daño al patrimonio histórico-artístico. El mundo conoce la infame destrucción que el Daesh ha protagonizado en Palmira, pero se habla mucho menos de los destrozos provocados en Yemen, en su mayor parte por los bombardeos de la coalición saudí. Una treintena de edificios históricos y lugares de gran valor arqueológico han sido destruidos (4).
                
PERSPECTIVAS DE NEGOCIACIÓN
                
Hasta hace pocos días, el exiliado Presidente Hadi se había resistido a participar en las negociaciones de paz auspiciadas por las Naciones Unidas. Es muy posible que las presiones diplomáticas hayan doblegado la resistencia de los saudíes y su protegido se haya tenido que avenir al diálogo, de buena o mala gana.
                
En todo caso, el éxito de las negociaciones diplomáticas está lejos de estar garantizado. Es muy probable que la coalición regional encabezada por Riad pretenda imponer condiciones duras, tras el relativo éxito de sus operaciones militares el pasado verano tras la captura de Aden. Uno de los obstáculos más importantes puede residir en la depuración de responsabilidades por la campaña militar. Si las potencias exigen que se lleve a cabo una investigación independiente y seria, es probable que los saudíes se levanten de la mesa.
                
Y, sin embargo, sería un bochorno que, pretextando el éxito de las gestiones diplomáticas, se haga tabla rasa de lo sucedido. De momento, los saudíes han desplegado una intensa actividad diplomática, en Nueva York y en Ginebra, para sacudirse las críticas y denuncias por su comportamiento. Anunciaron al final del verano que financiarían el coste de la operación humanitaria diseñada por la ONU, pero han ido dilatando la entrega del dinero, después de que se les recordara que resulta contrario a las normas internacionales que uno de los bandos en disputa pretenda controlar el proceso de ayuda a las poblaciones afectadas.
                
LA RESPONSABILIDAD DE ESTADOS UNIDOS
                
La implicación de los norteamericanos es incómoda. Se han visto obligados a respaldar a los saudíes, aunque no pocos representantes de la administración admiten en privado su repugnancia por una operación militar que la ONU considera merecedora de una investigación por posible actuación criminal.
                
La administración Obama no ha creído conveniente desairar a los saudíes en Yemen, donde ellos creen estar combatiendo por la supremacía regional frente al desafío iraní, después de la fractura ocasionada por el acuerdo nuclear con el régimen de los ayatollahs, que nunca gustó a las conservadoras monarquía petroleras.
                
Este juego de compensaciones para mantener el equilibrio estratégico en Oriente Medio puede gravar penosamente uno de los principales logros de Obama en la escena internacional. Pronto lo veremos en el caso de Israel. En este caso, el deterioro de unas relaciones consideradas "indestructibles" ha ofrecido un flanco político débil al presidente, que sus adversarios han explotado con un cinismo descarado. Ahora, cerrado el acuerdo con Irán, es inminente la confirmación de un inmenso paquete de cooperación militar entre Estados Unidos e Israel, que puede anunciarse durante la próxima visita de Netanyahu a Washington.
                
Esta dinámica de responsabilidades y obligaciones norteamericanas condiciona pesadamente la resolución de la guerra de Yemen. Es cierto que Washington ha expresado su preocupación a Riad por el desarrollo de la operación bélica y ha instado a que se entablen negociaciones con los 'rebeldes houthi' y su aliado Saleh. Pero la presión ha sido suave y discreta para no ahondar más la herida.
                
Una vez más, el doble rasero para medir la conducta de los Estados desvela la hipocresía de los aparatos de Estado internacionales, que secundan buena parte de los medios. Mientras se vitupera a Rusia por su apoyo al régimen sirio y se denuncia con profusión la crueldad con la que éste actúa contra su propia población, se mantiene una tolerancia escandalosa hacia las monarquías petroleras del Golfo, principales responsables de la carnicería en Yemen.
                
Este comportamiento dúplice para enjuiciar conductas y adoptar las medidas oportunas es tan antiguo como la propia existencia de los Estados, pero se exhibe con vigor renovado cada vez que resulta necesario para blindar intereses supuestamente comunes.

(1) Para una documentaciónbien apoyada con gráficos y referencias históricas, resulta muy útil el trabajo "Maps the Yemen Conflict", en la página web del EUROPEAN COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS (http://www.ecfr.eu/)

(2) "Saudi Arabia 'Terrorists Allies' in Yemen". DAVID B. OTTAWAY. WOODROW WILSON CENTER. MIDDLE EAST PROGRAM. Agosto 2015.

(3) Dos esclarecedores artículos sobre la responsabilidad saudí en FOREIGN POLICY: "As Air War Intensifies, Saudi Arabia Launches Charm Offensive Before U.N. Summit" (23 de septiembre) y "The Human Carnage of Saudi Arabia'War" (26 de agosto).

(4) LE MONDE, 23 de agosto.

PALESTINA: LA INTIFADA DE LA DESESPERACIÓN

15 de Octubre de 2015
           
Palestina captura de nuevo el primer plano de la atención internacional. Otras guerras, otros conflictos, otras crisis habían desplazado al drama palestino, como si aquella tierra hubiera entrado en hibernación. Y, sin embargo, no pocos avisaban de la inminencia de una nueva explosión. Ya está aquí. Sea o no la Tercera Intifada, es lo de menos. Lo cierto es que la frustración sorda, inatendida, se ha convertido ya manifestación terrible de desesperación.
                
CARACTERÍSTICAS DE LA REVUELTA

Lo primero que debería hacerse es intentar discernir los perfiles propios de esta furia nueva, o renovada, porque, según nos cuentan los corresponsales extranjeros allí no son pocos los rasgos diferenciadores con respecto a los dos Intifadas anteriores. A saber:
                
-Actuaciones autónomas (y hasta solitarias, en algunos casos). La mayoría de los actos han sido cometidos sin orientación, consigna o estrategia. Salvo algunos casos, los ataques con cuchillo a civiles o policías israelíes ha sido iniciativa de palestinos sin afiliación política u organizativa en particular.

-Extracción social media. El icono de la protesta actual no es el adolescente ‘armado’ con piedras y palos. Es un joven ya más maduro, que va a la Universidad, y se sirve de un cuchillo para descargar su frustración. No por ser alumnos en los centros de Al Qods o Bir Zeit, estos jóvenes pertenecen a la élite, pero su perfil social se aleja del adolescente sin ocupación
            
-El combustible de las redes sociales. Esta dupla (juventud y formación universitaria) ha favorecido el uso de las redes sociales como elemento de interconexión no personal, etérea, pero enormemente inspiradora. Algunos de los actos de violencia han sido respuestas contundentes a los actos de represión o castigo contra rebeldes que se habían ‘alzado’ contra el ocupante. Como un acto íntimo y al mismo tiempo solidario de indignación.
                
-Espíritu crítico frente al liderazgo nacional. Los jóvenes que han dejado rastro de sus motivaciones antes de terminar abatidos por las fuerzas de seguridad han manifestado o dejado entrever su profundo disgusto por la actuación del liderazgo nacional palestino. El alcance de esta protesta puede ser limitado, pero viniendo de jóvenes con cierta formación resulta indicativo de un malestar creciente en la sociedad por la falta de alternativas políticas viables y la desafección creciente de las masas palestinas hacia sus dirigentes. En palabras de Mustafá Barghuti, uno de los pocos líderes palestinos que conserva crédito, se trata de una de “una de las generaciones palestinas más patrióticas y audaces” (1)
                
-Escasa (o no detectada) motivación religiosa. A ninguno de los jóvenes que se han ‘sacrificado’ con sus actos vengadores se le ha escuchado o leído declaraciones encendidas de islamismo. La apelación al ‘martirio’ tiene un indudable contenido religioso, pero trasciende de ese ámbito. No hay un discurso extremista. En todo caso, la adhesión al Islam debe interpretarse como elemento adicional de identidad frente al ocupante. Que la oleada actual de protestas haya venido precedida de la tensión originada en la explanada de las mezquitas en Jerusalén le confiere un aire de reivindicación religiosa que no debe exagerarse.
                
LOS FACTORES PRECIPITANTES
                
La revuelta en ciernes tiene, como se desprende de lo anterior, viene impulsa por una fuerte dinámica endógena. Pero, aunque fundamentalmente espontánea, no surge de la nada. En realidad, es el resultado de un agotamiento general: de la capacidad de liderazgo de todas las opciones político-militares, del reforzamiento de la impunidad israelí, de una percepción de abandono internacional, en fin, de las expectativas de cambio. Analicemos estos factores.
                
-Deriva extremista de Israel. La reválida electoral de una coalición derechista acabó con cualquier oportunidad de acercamiento. El proceso ilegal de colonización y construcción de viviendas ha continuado. La perspectiva de seguridad (es decir, de represión) se impone a cualquier otra más conciliadora. Que el ciudadano israelí haya decidido andar armado por la calle para defenderse de la amenaza de agresión a cuchillo indica el clima de deterioro social al que se ha llegado. Netanyahu parece desbordado, como le reprocha la desangelada oposición laborista. Desde la derecha o el movimiento colono le piden mano más dura. Y la habrá.
                
-Impotencia del Gobierno palestino. Es un elemento central para comprender lo que ocurre. Resulta un tanto patético que el Presidente Abbas haga un llamamiento a la calma y a la protesta pacífica, cuando casi nadie lo escucha y mucho menos confía en él. No tanto por su fracaso político y diplomático, si no por su incapacidad para generar cohesión social y nacional. Mahmud Abbas inició el año con una apuesta internacional que se pretendía decisiva para el avance de los intereses nacionales. Pero, al cabo, la incorporación de Palestina al Tribunal Penal Internacional, el sonado reconocimiento del Vaticano y otros logros menores resultaron ser apuestas sobredimensionadas por el Presidente palestino y su círculo.  La ofensiva diplomática se agotó en sí misma, sin consecuencias prácticas. Y con ella, crédito político.              

Abbas dijo hace unas semanas que se iba, que se retiraba (tiene 82 años). Pero la falta de transparencia sobre el proceso de cambio y renovación es escandalosa. Los órganos de poder de Fatah y de la propia Autoridad Nacional Palestina están bloqueados o neutralizados. En medio de esa parálisis institucional y política, se mandan mensajes sobre la renuncia a los acuerdos de Oslo. Una proclama tardía que todo el mundo ya había asumido hace tiempo.
                
-Debilitamiento de Hamas. A los rivales internos de Abbas no les ha ido mejor. Tras el decepcionante fracaso de la convergencia entre Hamas y Fatah, la situación en Gaza se ha convertido en más pavorosa aún de lo habitual. La reconstrucción de la franja tras la última devastación bélica ha resultado un completo fiasco, hasta la fecha.  

Ciertamente, los fondos habían llegado a cuentagotas un año después de concluida la operación de castigo israelí (sólo 340 millones de $, de los 2.500 comprometidos por las potencias internacionales). Pero esta mínima parte se había infrautilizado o mal empleado. Ni una sola de las 18.000 casas dañadas o destruidas era habitable a final de este verano. Lo que ha aflorado en Gaza no ha sido reconstrucción, sino corrupción, el impulso más poderoso en todos los territorios palestinos. El cemento que se adquiere según las provisiones acordadas no se utiliza para construir casas nuevas, sino para venderlo en el mercado negro (2). Para agravar aún más las cosas y exacerbar la desesperación de sus habitantes, Egipto se ha empleado a fondo en la anegación y destrucción de los túneles que venía garantizando un alivio alternativo a los gazaríes (3).

La permanencia Hamas como alternativa radical a la vía pacífica o diplomática de Fatah y de la ANP también se ha visto cuestionada por la emergencia de opciones más extremas. Se habla, quizás con cierta exageración, de los primeros brotes del Daesh. En todo caso, Hamas ya no puede contar con el apoyo iraní, tras haberse posicionado contra Assad en la guerra siria. (4). Los líderes islamistas buscan ahora comprensión, fondos y respaldo en Arabia Saudí, mientras Teherán se apresura a componer, con residuos radicales y paramilitares, una alternativa nueva, incluso con una perspectiva confesional chíi, casi inusitada allí (5).
              
-Percepción de indiferencia internacional. Seguramente, no hay capital occidental que admita desinterés por el drama palestino. Pero el fiasco de la reconstrucción de Gaza es sólo un síntoma de lo contrario. En los últimos meses (hasta un par de años), Occidente ha puesto su interés en otros asuntos, incluidos los regionales. El acuerdo nuclear con Irán o el auge del Daesh y la amenaza terrorista interna han relegado de hecho el problema palestino. Hay una parte de impotencia o frustración, o de cansancio, por la ausencia frustrante de resultados. En Palestina, Estados Unidos pone el músculo y Europa el dinero. Sin frutos.

Tras la enorme decepción provocada por el fracaso de los enormes esfuerzos del infatigable Kerry, se instaló un negativismo indisimulable en todas las cancillerías occidentales. Cuando el acuerdo nuclear con Irán parecía al alcance, surgió una iniciativa francesa en la ONU, que contemplaba el reconocimiento internacional del Estado Palestino al margen del consentimiento israelí. (6). Obama, en plena irritación con Netanyahu, pareció considerar con seriedad el proyecto, pero finalmente prefirió no asumir riesgos excesivos.

En definitiva, lo único que no puede afirmarse de esta Intifada de la desesperación es que haya sido una sorpresa, aunque algunos de sus elementos identificativos representen una cierta novedad.


(1)    LE MONDE, 11 de Octubre.
(2)    NEW YORK TIMES, 22 de Agosto.
(3)    NEW YORK TIMES, 7 de Octubre.
(4)    “Hamas y Palestine Authority after the Iran Deal” GRANT RUMLEY. Fundación para la Defensa de las Democracias. FOREIGN AFFAIRS, 2 de Agosto.
(5)    “Iran’s New Proxy Militia in Gaza” EHUD YAARI. Instituto de Washington para Cercano y Medio Oriente. FOREIGN AFFAIRS, 28 de Septiembre.

(6)    FOREIGN POLICY, 28 de Abril y 30 de Diciembre.

GUERRAS EN EL MUNDO ISLÁMICO: ERRORES, TORPEZAS, MANIPULACIONES Y PARADOJAS

 8 de Octubre de 2015
                
El foco del interés mediático estaba puesto en Siria, en particular en el desarrollo de las operaciones militares patrocinadas por Rusia, cuando se producía el enésimo "error" de las fuerzas norteamericanas en Afganistán, al destruir sus aviones AC-130 un hospital de Médicos Sin Fronteras en la ciudad septentrional de Kunduz. Al día siguiente, el conflicto de Siria volvía a reclamar protagonismo, al saberse que aviones rusos habían entrado en espacio aéreo turco.
                
Como decíamos en un comentario anterior, los errores son consustanciales a las guerras. Incluso en estos tiempos de rigor y precisión tecnológica. ¿O no han sido errores lo antes referido? Tardará en saberse, si es que alguna vez se sabe, y para entonces no importará mucho, porque se estará hablando de otros errores más recientes.
                
Lo relevante es que la guerra no sólo se libra en los campos de batalla. Importa tanto lo que se hace como la narrativa de lo que ocurre. Washington se empleó a fondo para desprestigiar el inicio de las operaciones de la aviación rusa, afirmando que no estaba atacando al Daesh sino a la oposición "moderada", lo que demostraba que el propósito de Moscú no era derrotar al extremismo terrorista, sino ayudar a sobrevivir al régimen de Assad. 
                
Tal afirmación resultaba dudosa o incompleta. Primero, por la fuente: los informantes eran grupos sostenidos por Washington y contrarios a la intervención rusa; y segundo, porque la oposición siria, aparte del Daesh, se caracteriza por una enorme fragmentación y un cambio constante de alianzas. Los responsables del planeamiento norteamericano en Siria han visto con bochorno como parte del armamento y recursos bélicos entregados a sus "protegidos" han terminado en manos de Al-Nusra (marca siria de Al Qaeda) o de los salafistas de Al-Sham, con los que, en ciertas zonas, se encuentran ahora en buenos términos. Por otro lado, el Daesh también está siendo objeto de los ataques rusos, en días recientes, con misiles disparados por barcos de guerra desde el Caspio, muy lejos (1.500 Km.) de los frentes sirios.
                
Lo anterior no invalida que Putin haya pretendido confundir a la opinión pública occidental. Rusia tiene un interés auténtico en derrotar al terrorismo islamista, porque se trata de una amenaza para su seguridad interior. El Cáucaso es uno de los campos de batalla más activos de la yihad y vivero de combatientes exteriores. Para Moscú, salvar a Assad es la manera más segura de derrotar a los yihadistas, sean cuales sean. Si se han concentrado en la coalición Jaish Al-Fatah (Al Nusra, Al Sham y 'laicos') es porque sus posiciones son, ahora, las que amenazan de forma más acuciante los feudos del régimen en la costa mediterránea.
                
Algo parecido ocurre con Estados Unidos en Afganistán. Trece años después, ese propósito propagandístico de los neo-con de prolongar la "guerra contra el terror" con una operación de 'nation-building' (construcción de un país democrático) ha fracasado por completo. La corrupción, el autoritarismo, el desprecio por los intereses de la mayoría de la población, la conculcación de las normas básicas de la convivencia se mantienen en Afganistán. No tiene sentido comparar la situación actual con la época de los taliban: ambas son terribles. Obama comprendió eso e intentó desembarazarse cuanto antes, para dedicar los recursos ahora engullidos por esa y otras guerras a necesidades nacionales perentorias. Pero su punto de vista, no idealista sino práctico, se ha visto sometido a la usura de la lógica de superpotencia, a la presión de los diferentes aparatos y burocracias... y a sus propios errores.
                
El fiasco del hospital de Kunduz supone un duro golpe al prestigio de EE.UU., porque, sea cual sea el resultado de la investigación, no hay salida positiva. Si fueron los aliados afganos los que demandaron el bombardeo, las garantías de actuación que el mismo mando norteamericano ('procediment rules') quedan en evidencia. Si el error se produjo en la gestión misma de la cadena de mando norteamericano, como ha terminado por reconocer, sin detalles, el general Campbell, todavía peor. Se entiende que Médicos Sin Fronteras no se conforme con las condolencias y con la odiosa apelación a los "daños colaterales", califique el incidente de "crimen de guerra" y pida una investigación internacional independiente.
                
Error por error, los rusos aseguran que sus aviones no tenían intención de penetrar en espacio aéreo turco, y que fue la niebla lo que provoco el error de las maniobras. La OTAN lo niega y ofrece datos del tiempo de "iluminación" (exposición) de los aviones a los radares turcos. Como en el caso de la selección de objetivos, la violación del cielo turco puede ser sospechosa para los aliados occidentales. Pero no se comprende bien qué gana Rusia con actuaciones de este tipo, que pueden resultar altamente provocativas.
                
En todo caso, los errores o las provocaciones, o simplemente los riesgos de la guerra se confunden en los imperativos de los intereses a largo plazo. En todos los conflictos bélicos que se contabilizan, del Mediterráneo al Índico, se acumulan comportamientos paradójicos o simplemente poco explicados.
                
APARENTES PARADOJAS
                
Puede parecer paradójico que Rusia haya tardado cuatro años en respaldar de forma contundente a su único aliado directo en Oriente Medio. Es plausible que Putin haya visto en la crisis siria una oportunidad para rehabilitar su estatura internacional y generar una dinámica de negociación que le librara de las sanciones impuestas tras su intervención en Ucrania. Pero es imposible que, en sus cálculos, el presidente ruso no hubiera contemplado el rechazo a su iniciativa militar, no sólo de Occidente, sino sobre todo de las potencias regionales sunníes que no aceptarán el salvamento de Assad, principal aliado de Irán en la zona.
                
-Es una aparente paradoja que Israel haya "intervenido" a su manera en la guerra, concertando con Moscú un sistema para prevenir choques no deseados de sus respectivas aviaciones; lo que indica, para muchos, que tras resignarse al acuerdo nuclear con Irán, Netanyahu no quiere depender en exclusiva de Obama para proveerse de garantías adecuadas de seguridad. El primer ministro israelí, y no el presidente norteamericano, fue el primero en ser informado de primera mano por el Presidente ruso de sus planes en Siria. Después de todo, para Israel, Assad puede ser el mal menor, siempre que Hezbollah no salga reforzado.
                
-Tampoco es asunto menor que Irán haya sido el factor central de consultas de Putin antes de su operación en Siria. El General Suleiman, jefe de las fuerzas especiales iraníes Al Qods y estratega principal de Assad, viajó recientemente a Moscú, para ayudar a los militares rusos a definir alcance, objetivos y operativa de la intervención. Un paso arriesgado si se tiene en cuenta que el acuerdo nuclear aún no está ratificado en el Congreso norteamericano, aunque una mayoría ya se haya expresado a favor ¿Quizás el rescate del régimen alauí sea la cara opuesta de la moneda de ese entendimiento con Occidente, en esa política de equilibrios entre moderados y radicales que desempeña el Supremo Guía Jamenei?
                
-Difícilmente puede pasarse por alto la paradoja que representa la demanda de protección que Turquía ha hecho a la OTAN ante la activa presencia de la aviación rusa en el conflicto, después de de boicotear a conciencia la estrategia occidental de reforzar a los combatientes kurdos como efectivos terrestres de referencia en el desgaste del Daesh en el frente meridional de la guerra.
                
-O, por volver a Afganistán, es paradójico que el gran éxito militar de los talibán desde hace años no haya sido en sus feudos del sur, sino en la norteña Kunduz, una villa donde nunca tuvieron gran implantación y donde las fuerzas del gobierno deberían haber asegurado su dominio. La operación ha sido difícilmente sorpresiva, porque los talibán llevaban semanas, si no meses, preparándola. ¿Falló la evaluación de las fuerzas gubernamentales? ¿También la previsión de riesgo por parte de los norteamericanos? Para nadie es un secreto que el Presidente Ghani no quiere que se vayan del todo los norteamericanos.
                
-El sobresalto de Kunduz, paradoja mayor, puede terminar siendo beneficiosa para el gobierno afgano, porque favorece la revisión del conflicto en Estados Unidos. El Pentágono y la Casa Blanca, una vez más, parecen diferir sobre si quedarse, irse o reforzar efectivos, aunque con menos escándalo que en ocasiones anteriores. El jefe de los efectivos norteamericanos allí, el General Campbell, con el apoyo de la cúspide militar, no ve con buenos ojos que la presencia de efectivos se reduzca, como quería Obama, a proteger la embajada en Kabul. Otros planes más ambiciosos se han dispuesto. Pero en un contexto así, ¿cómo explicar el 'descuido' de la cadena de mando en el bombardeo del hospital de MSF?


¿SIRIA, CAPITAL MOSCÚ?

 1 de Octubre de 2015
                
La guerra en Siria entra en una nueva fase. Rusia ha decidido enviar una señal más potente de su decisión de apoyar al actual régimen. Putin intentó el aval de Obama para una difusa “alianza internacional” contra el terrorismo yihadista, pero no lo consiguió. Nunca se hizo, seguramente, ilusiones al respecto.

El incremento de efectivos militares de las últimas tres semanas podía haber tenido una función inicialmente política o diplomática: reforzar los intereses rusos en caso de desbloqueo de las opciones negociadoras. Esta vía sigue abierta, por supuesto, pero estamos en otro momento. Los aviones rusos, pilotados por aviadores sirios (que no se olvide), ya han entrado en acción.

Pero, y aquí está lo verdaderamente relevante de la novedad, los objetivos atacados, al parecer, no han sido los señalados por Putin como enemigos, es decir, los extremistas del Daesh. Aseguran fuentes de la oposición más o menos ‘pro-occidental’ o ‘moderada’ que han sido sus posiciones las atacadas en Homs y otras pequeñas ciudades de la provincia de Hama, donde los yihadistas apenas si tienen presencia relevante.Hay que esperar a conocer las razones de la operación sirio-rusa. No es muy probable, pero puede tratarse de un error de inteligencia. Como apuntaba este jueves el editor de Oriente Medio del diario THE GUARDIAN, en las guerras se cometen errores y se bombardean los sitios equivocados. Que se lo digan a los norteamericanos en Irak o Afganistán o a los saudíes estos últimos meses en Yemen (el último “error” ha costado la vida de decenas de personas que celebraban una boda, por ejemplo).

Si no ha sido un error, como resulta más factible, la decisión rusa es inconsistente con el discurso oficial. Porque no parece sensato creer que han sido el gobierno o los militares sirios los que han elegido estos primeros objetivos, sin el consentimiento de Moscú. Algunos analistas militares occidentales consideran que la operación tenía como objetivo impedir la consolidación de posiciones rebeldes no yihadistas en Hama que podrían resultar amenazantes para el feudo del régimen en Latakia. Si es así, las urgencias del Presidente sirio son muy apremiantes y el mando ruso ha debido considerar que atender esta necesidad era más importante que dejar al descubierto la verdadera intención de la intervención rusa.

Los responsables de los principales países aliados no han creído nunca en el plan antiterrorista de Putin, al que considera como una excusa o tapadera de su principal motivación: mantener a flote el régimen actual hasta que se clarifique un escenario de transición que tenga en cuenta los intereses geoestratégicos de Moscú.
                
La cuestión, en todo caso, es si Putin y sus colaboradores han afinado los cálculos. Si tienen controlada la escalada, diseñados con precisión razonable los objetivos, medido el alcance de la participación y programada su conclusión. O sea, el ABC.
                
Putin puede cosechar en Siria todo lo contrario de lo que pretende: en lugar de afianzar su única base de actuación en Oriente Medio, afronta el riesgo de desencadenar algo similar a lo que fue Afganistán para la gerontocracia del Kremlin en los años ochenta.
                
Sería una gran torpeza. Putin vivió como joven oficial del KGB el drama de la descomposición soviética. Es difícil creer que no aprendió algunas lecciones. Lo más razonable es  pensar que el Presidente ruso quiere cambiar los actuales términos de la ecuación militar, elevar las bazas del clan Assad y forzar una negociación sobre el futuro de Sira en mejores condiciones. Y, de paso, abonar su retórica de restauración de la grandeza nacional y compensar los fracasos cosechados en Ucrania.
                
Contrariamente a lo que hizo en el caso de su vecino europeo, Putin parece haber tomado aquí más precauciones. Antes de su intervención en la ONU, anunció un acuerdo con Irak e Irán para compartir información de inteligencia sobre la amenaza terrorista. Esta iniciativa tiene tanta importancia como la entrada en acción de la aviación rusa, porque desmiente la soledad de Moscú.

Que uno de los socios sea Irak no deja de ser problemático para Estados Unidos. Washington confiaba en que el cambio de gobierno pudiera corregir el rumbo iraquí. No parece que sea así. El primer ministro Al-Abadi puede ser más dialogante que su antecesor, su correligionario y sin embargo rival, Al-Maliki, pero su capacidad para tomar decisiones sustanciales es muy limitada. Sin el respaldo de las milicias chiíes, armadas y financiadas por Irán, el gobierno se reduce a una alcaldía, y con limitaciones. Resulta curioso que el apoyo más firme de Abadi en la afirmación de su autonomía de decisión sea el Gran Ayatollah Sistani, que mantiene con sus hermanos chiíes de Bagdad unas relaciones distantes.

No le ayuda a Obama, en este momento de la crisis, el fracaso del programa de apoyo militar a la denominada oposición moderada en Siria. Con 500 millones de dólares de presupuesto y muchos meses de trabajo, el resultado es más que decepcionante. O los combatientes apoyados no son competentes o directamente entregan sus armas y pertrechos a los yihadistas afiliados o cercanos a Al Qaeda.

A pesar de la aparente audacia rusa y de los fiascos estadounidenses, Putin no tiene capacidad, ni seguramente la pretensión, de convertirse en la pieza maestra de la crisis, por mucho que republicanos e intervencionistas cerrados pretendan hacerlo creer. Desde el fiasco de la “línea roja”, a cuenta del empleo de armas químicas por el régimen sirio, estas voces críticas están enrocadas en el discurso de que las reticencias de Obama “han hecho más fuerte a los enemigos de América  y han convertido al mundo en un lugar más peligroso”. El acuerdo nuclear con Irán y el acercamiento a Cuba, lejos de ser aceptados como logros, se presentan precisamente como carga de la prueba de una política errada.

El problema para Obama es que no pocos demócratas e independientes ajenos a la apocalíptica visión conservadora sobre la debilidad actual de la posición de EEUU en el mundo se confiesan exasperados por una cautela presidencial que estiman inconveniente. Es bien sabido que Hillary Clinton no compartía el escepticismo intervencionista de Obama en Siria y otros lugares. Otros candidatos en las ejecutivas, (gobernadores) y legislativas que acompañaran a las presidenciales del año próximo se encuentran en posiciones similares.

Por todo ello, es previsible que este otoño se afiance la moda retro de la ‘guerra fría’, que se percibe desde Crimea, Pero, salvo complicaciones mayores, no cabe esperar un giro dramático en el juicio de Obama. El Presidente quiere terminar de definir su legado completando algunos proyectos de política social; y, en materia exterior, coronarlo con el gran acuerdo sobre el control del cambio climático, que está más cerca después del compromiso con China. El hombre que llegó a la Casa Blanca prometiendo sacar al país de la guerra no querría salir de ella vestido con traje de campaña.


TRES EN RAYA: ESTADOS UNIDOS ANTE LOS DESAFÍOS DE CHINA Y RUSIA

24 de Septiembre de 2015       
                
El presidente chino, Xi Jinping, realiza su primera visita a Estados Unidos desde que accedió al cargo, quizás en su momento de mayor debilidad debido al frenazo del crecimiento económico, el desplome de los mercados bursátiles y la debilidad de su divisa internacional. En contraste, o quizás alentado por ello, el discurso exterior de Pekín se hace cada día más asertivo y sus proyectos militares son cada año más ambiciosos, para alarma de sus vecinos. Y de Washington. El Pentágono se está planteando alguna medida simbólica para dejar claro que no EE.UU. no va a aceptar los hechos consumados, como las exclusiones de navegación y vuelo en el Mar meridional de China.
                
Paralelamente, el Kremlin intenta procurarse un respiro, tras el agobio al que se ha visto sometida Rusia por las sanciones occidentales impuestas tras la captura de Crimea y, más aún, por el derrumbamiento del precio de los productos energéticos. Con su alarde militar y su iniciativa diplomática en Siria, no pocos atribuyen a Putin el intento de recuperar en Oriente Medio lo perdido en Europa. El presidente ruso ambiciona contar con el respaldo de Pekín.
                
He aquí que, como en otros momentos de la segunda mitad del siglo pasado, Estados Unidos se ve abocado a combinar sus políticas rusa y china para prevenir alineamientos sin arriesgar demasiado una confrontación.
                
MEDIO SIGLO DE EQUILIBRIO

Desde el final de la segunda guerra mundial Estados Unidos ha intentado equilibrar sus relaciones con Rusia (antes URSS) y China con el objetivo estratégico de contener su influencia, evitar una guerra y fortalecer los intereses occidentales en el mundo entero.
                
Este juego equilibrista ha pasado por distintas fases. A finales de los años cuarenta, el comunismo parecía inevitablemente en auge. En la URSS se consolidaba y en China se erigía como sistema victorioso. Los estrategas norteamericanos se prepararon para afrontar un doble desafío en el vasto espacio euroasiático. La mitad de Europa caía bajo hegemonía soviética y en Asia la amenaza cobraba un alcance similar, con especial virulencia en Corea e Indochina.
                
Surgió entonces lo más favorable para Occidente: la disputa chino-soviética. Mao no aceptó el liderazgo internacional de Stalin en la orientación de un comunismo internacional unido y monolítico. Desde comienzos de los cincuenta, cada uno de estos colosos aplicaría su propia política exterior y su visión de la revolución mundial a su manera y bajo el prisma de sus intereses exclusivos. Ahí comenzó la derrota del comunismo real como ideología de futuro, aunque eso tardaría décadas en comprobarse.
                
A finales de los sesenta, un astuto profesor de origen judío, el Doctor Kissinger, se ganó la confianza del Presidente norteamericano más pragmático y oportunista de los últimos cien años, Richard Nixon. Kissinger fue el primero en comprender que este cisma comunista propiciaba irresistibles oportunidades para los intereses estadounidenses en el mundo y consiguió convencer a su jefe de que aplicara una política consecuente y consistente.
                
La apertura a China, tras heterodoxos ‘jugueteos diplomáticos’ (el torneo de ping-pong), resulto un éxito total. Washington logró alarmar a Moscú con este acercamiento. Después de la muerte de Stalin (1953), la URSS había aplacado su discurso y suavizado sus pretensiones, pero no aflojó cuando creyó amenazado el control que ejercía sobre sus satélites (Hungría, Checoslovaquia, etc.). El régimen soviético parecía aún firme en el interior, pero su expansión se había detenido. Más que nunca, la revolución se limitaba a “un solo país”.
                
No obstante, el Kremlin conservaba una baza decisiva: el crecimiento de su arsenal nuclear. Por tanto, el peligro del aislamiento de la URSS mediante el acercamiento a China engendraba el peligro de una percepción de acoso por parte de Moscú. El tándem Nixon-Kissinger completó entonces la apertura a China con varias iniciativas de control de armas con la Unión Soviética: Tratado de prohibición de armas antimisiles (ABM) e iniciación de un diálogo para controlar las armas nucleares de largo alcance o estratégicas, que culminaría en el SALT-I.  Washington establecía una política de equilibrio que tranquilizaba a Moscú sin perjudicar a Pekín y garantizaba una cierta neutralización de ambas potencias comunistas.
                
Esa política, “realista” para los elegantes diplomáticos y académicos que la respaldaron con entusiasmo, estaba dominada por el cinismo de su ejecutor. Nixon aseguraba una especie de paz entre Jefes, mientras cada cual alentaba a sus peones a  continuar batiéndose ferozmente en la periferia mundial: Indochina, África y América Latina.
               
Pero el sistema funcionó. La distensión enterró casi definitivamente la guerra fría. El equilibrio del terror parecía consolidarse como elemento decisivo de la estabilidad internacional. Hasta que, a finales de los setenta, la muerte de Mao y el inicio de un nuevo rumbo de China coincidieron con la esclerosis terminal del sistema soviético.

LA QUIEBRA DEL ORDEN MUNDIAL

Lo que vino después es fácil de recordar por reciente. China se embarcó en un proceso aún incierto de vía autoritaria hacia una economía de mercado, en pos de una hegemonía mundial plagada de contradicciones y peligros. La URSS se desintegró bajo el peso de su envejecimiento y su fracaso absoluto. Contrariamente a China, en Rusia no permaneció una institución central capaz de controlar el cambio sistémico.
                
Durante estos años de transición en China y (ahora) Rusia, Estados Unidos ha intentado mantener ese espíritu de equilibrio, preservando la seguridad e intentando neutralizar una conjunción de estrategias entre Pekín y Moscú para prevenir que pudieran cernirse serias amenazas sobre sus intereses geoestratégicos.
                
Al comunismo obliterado (por completo en Rusia y de forma práctica en China, aunque persista el Partido en el poder), le ha sucedido un tipo de nacionalismo más beligerante, al menos en el discurso y en las proyecciones ideológicas. La revolución mundial ya no es el factor desestabilizador.  Los elementos movilizadores en Moscú y Pekín son ahora los “intereses nacionales”. Washington contiene unos y otros con intensidad variable y con cautela calculada para no crear un problema donde no lo hay. Dicho más claramente: China y Rusia no parecen dispuestas a formar una alianza contra Estados Unidos, por mucho que se sientan a disgusto por las políticas norteamericanas de acción y contención.
                La colaboración en materia energética, o militar, o diplomática, o política no resulta desdeñable, pero presenta numerosas contradicciones y está sometida o subordinada a los intereses de cada cual más que a una estrategia conjunta y a una visión compartida. Así pues, el margen de actuación de Estados Unidos se mantiene casi intacto y puede desplegar sus estrategias de forma flexible y explotar las contradicciones chino-rusas con provecho.
                
EL ENSAYO DE OBAMA

Obama se encontró con esta situación e intentó imprimirle un sesgo más estable o positivo. Intentó el ‘reset’ (puesta a cero) con Moscú pero se encontró con una resistencia mayor de lo esperado. El autoritarismo interno y el aventurerismo externo (Ucrania) han hecho trizas ese intento. No tendrá tiempo de arreglarlo hasta de dejar la Casa Blanca.

Con China, el proceso ha sido distinto. El objetivo en este caso era embridar su auge económico para preservar una posición de hegemonía en el proceso de consolidación de Asia como la región líder de la economía mundial en un futuro ya muy cercano. Ese era el sentido de su famosa fórmula “pivot to Asia”.

Sin embargo, las enormes contradicciones de la conversión de China a la economía capitalista han generado tensiones internas, de naturaleza social (desigualdad creciente), política (corrupción y represión) y ecológica (desastres medioambientales) que, sin amenazar al régimen, han erosionado su legitimidad. Para compensar estos riesgos de quiebra de la autoridad, la elite dirigente se ha embarcado en una peligrosa política de afirmación nacional de tintes hegemónicos en su área cercana de influencia, con reclamaciones territoriales propias de tiempos pasados. Contradicción de conceptos: la superpotencia global del futuro atrapada en actuaciones propias de potencias pretéritas.

Quizás tenga que transcurrir mucho tiempo antes de que China y Rusia definan con más claridad sus designios. Pero Estados Unidos, en su condición de líder de alianzas sólidas en Europa y Asia, no quiere ni puede asistir pasivamente a esas evoluciones. Como hace más de medio siglo, debe combinar audacia y prudencia para, sin prejuicio de la seguridad internacional, favorecer una orientación positiva en esas dos grandes potencias. La dimensión de este empeño hace imposible que el éxito esté garantizado de antemano.

RUSIA Y LA PARTIDA DE AJEDREZ EN SIRIA

17 de Septiembre de 2015

Septiembre es tiempo de afinar estrategias y agendas diplomáticas. La Asamblea anual de las Naciones Unidas propicia encuentros públicos sonados y publicitados, pero sobre todo contactos discretos y puestas al día de negociaciones en marcha.
                
Este año, superado el escollo iraní, atascados otros procesos, como el afgano o el iraquí, y bloqueado por elecciones (EEUU) el sempiterno conflicto israelo-palestino, todo indica que la portada se la llevará Siria. El protagonismo, en todo caso, será ruso y norteamericano, en sus dos papeles estelares. Putin llega a Nueva York como objeto de todas las miradas. Señalan algunos analistas que los asesores de la Casa Blanca dudan sobre la conveniencia de  que Obama acceda a celebrar una entrevista con su colega ruso, que éste parece desear.
                
DESCODIFICANDO EL MOVIMIENTO DE PUTIN

Rusia se encuentra en una posición de debilidad económica causada por el desplome de los precios de sus productos energéticos y, menos, por el efecto de las sanciones económicas impuestas tras su intervención en Ucrania. El castigo está haciendo daño a los ciudadanos rusos, aunque, de momento, no se perciba un cambio de conducta del Kremlin: es una creencia acendrada en Rusia que la debilidad corroe más que el autoritarismo.
                
Putin, no obstante, se sentiría más a gusto aliviando presión. Y, en cambio, su último movimiento de ficha en Siria parece orientado justo a lo contrario. Rusia está reforzando sus bases e instalaciones militares en Siria desde hace semanas.

Los analistas plantean diferentes interpretaciones de este movimiento de piezas rusas sobre el tablero sirio. Algunos se inclinan por pensar que, lejos de ser una provocación hacia Estados Unidos, es una forma de dinamizar  y elevar el proceso de negociación, que parecía haberse encarrilado durante el verano en Ginebra, hasta que la crisis de los refugiados impusiera una congelación. El reforzamiento militar estaría destinado a potenciar la posición diplomática de Rusia en las negociaciones diplomáticas. Y, al cabo, un acuerdo sobre Siria podría alentar una dinámica de deshielo (como se decía durante la guerra fría) y reconducir la crisis de Ucrania antes del invierno.
               
Naturalmente, ésta es la interpretación de los ‘palomas’, los que estiman que siempre es más útil dialogar que golpear, o dialogar antes que golpear. Por el contrario, los ‘halcones’ creen que Moscú ha reforzado estruendosamente sus capacidades militares en Siria para rescatar al régimen de Assad, intentar revertir sus derrotas y compensar las limitaciones de las ayudas de Irán y sus acólitos regionales. En consecuencia, estos ‘duros’ deslizan las habituales recriminaciones a la Casa Blanca por su indecisión, coherencia y debilidad. Que en Siria consideran especialmente calamitosa.
               
¿HACIA UN RESULTADO DE TABLAS?

Las intenciones rusas son interpretables, porque, por lo que sabe del despliegue ruso captado por los satélites (1), tanto puede estar orientado a propiciar un balón de oxígeno y un refuerzo para el régimen, como a asegurar un bastión alauí en la región oriental, a lo largo de la costa mediterránea. Assad sólo controla esta parte del país y la capital, Damasco; en total, una sexta parte de la superficie del país, pero se trata del terreno más poblado y más rico.
               
Lo que Moscú parece haber descartado ya es sacrificar a Assad en otra partida más amplia, la que se juega en el tablero regional de Oriente Medio. Rusia necesita asegurar que, pase lo que pase, pueda seguir contando con su principal base de actuación y proyección de influencia en la zona. Ninguno otro actor se lo garantiza, sino todo lo contrario. A su vez, el presidente sirio sabe que Moscú es su mejor baza, tanto o más que Irán, y la juega a fondo. En una entrevista con televisiones rusas (2), Assad descarta su salida del país y reitera que está dispuesto a negociar con la “oposición sana”. Por tal cosa quiere decir los que no son terroristas, hábil indicación de que su régimen pretende lo mismo que Occidente: derrotar al terrorismo que representan el Daesh o sus rivales ‘ablandadas’ o ‘debilitadas’ (Al Nusra).

Si el propósito del gambito ruso es fortalecer el bastión alauí del clan Assad y no preparar la reconquista, Moscú estaría creando las condiciones para poder ofrecer tablas como resultado de la partida bélica. Eso implicaría, se le llame como se le llame, la partición del país, al menos de forma interina, mientras se negocia un acuerdo de paz a largo plazo.

Esta opción ha sido debatida en varias ocasiones a lo largo de la guerra y ahora parece ser la favorita de algunos analistas occidentales, que evocan las soluciones alcanzadas en Bosnia, Kosovo o  Etiopía-Eritrea (3). Denominada impropiamente confederal por algunos, esta solución despierta numerosas dudas. Precisaría en primer lugar de un reforzamiento efectivo y mucho más contundente de las opciones rebeldes ‘moderadas’, que hasta ahora han fracasado o no se han planificado adecuadamente. Tampoco está clara la distinción entre radicales y moderados en muchas zonas del destruido país. Que el Daesh quedara fuera de este reparto exigiría un compromiso militar mayor del que se quiere admitir.
                
OBAMA COMBINA OPCIONES

En reciprocidad a esta falta de definición sobre las intenciones rusas, la administración norteamericana también interpreta su particular juego del ‘caliente y el frío’. Ha filtrado o ha permitido que llegue a conocimiento de algunos medios especializados la nueva estrategia de apoyo a los rebeldes sirios, que supone una versión rebajada de otras anteriores, más realista o menos ambiciosa, consistente en entrenar unidades seleccionadas para insertarlos en zonas de combate con la misión de señalar y precisar los objetivos a los aviones norteamericanos (4).
                
El replanteamiento de la limitada intervención en Siria se basa en la doctrina Obama de priorizar la destrucción del Daesh, antes que cualquier objetivo deseable, en particular la derrota de Assad. Estos comandos de apoyo en tierra deberán, de momento, olvidarse de los soldados gubernamentales y concentrarse en las milicias yihadistas. Lo que resulta de dudosa eficacia, para algunos, y de palmario error, para otros. No es fácil que muchos sirios dispuestos a combatir acepten obviar a los militares sirios o a sus aliados externos, por mucho que les repugne la tiranía impuesta por los extremistas islámicos. En medio, se encuentran otros grupos armados opuestos al régimen, pero islamistas radicales, en la línea de Al Qaeda (el Frente Al-Nusra) ante los que se tiene una actitud ambigua y dictada por necesidades inmediatas y circunstancias concretas.
                
En definitiva, se entrevisten o no, después de años sin photo opportunity, Obama y Putin aprovecharán el septiembre neoyorquino para que sus respecticos asesores estudien y contrasten con más detenimiento el tablero sirio, mientras en Europa los millones de ciudadanos de aquel país esperan que Europa agote trampas propagandísticas, supere divisiones y resuelva contradicciones.


(1)    FOREIGN POLICY ha ofrecido en exclusiva esta semana (14 de septiembre) imágenes del satélite que muestra el reforzamiento militar ruso en Siria, con centro neurálgico en Latakía, donde se construiría una base de despliegue aéreo, próximo a la actual base naval de Tartus.

(2)    BBC, 16 de Septiembre.

(3)    Uno de los defensores de esta opción, MICHAEL O’HANLON, investigador en la Brookings Institution, resumió el debate teórico sobre las posibles salidas de la guerra en Siria en un artículo publicado por el THE WASHINGTON POST, el 3 de septiembre.


(4)    THE NEW YORK TIMES informó el 11 de septiembre sobre el contenido del renovado programa de apoyo militar norteamericano a los rebeldes sirios, pero una información más precisa sobre el supuesto cambio de estrategia lo ofreció en exclusiva DAN DE LUCE para FOREIGN POLICY, el 15 de septiembre.

EUROPA: Y, DE REPENTE, LOS VALORES

14 de Septiembre de 2015
                
Europa vuelve a recuperar el debate de los valores. Después de ocho años capturados por elementos como déficit, deuda, equilibrio presupuestario, gasto público, prima de riesgo y un largo etcétera, de repente los mismos líderes que han justificado su gestión sobre esos imperativos llevan al primer plano de la atención pública los valores. La Europa oficial relega lo técnico y prioriza lo humano. Cuidado con esta transformación del discurso. Es engañosa.
                
Lo que este verano ha modificado la prevalencia del discurso europeo en favor de un énfasis más humano ha sido la acumulación, en las fronteras europeas, de personas huidas es de zonas de conflicto(s). Así, en plural: conflictos bélicos, en algunos casos, más inmediatos, y conflicto(s) permanentes (pobreza, miseria, represión), no excluyentes entre sí. Sin embargo, lo que ha venido en llamarse "crisis de los migrantes o de los refugiados" no ha ocurrido de repente ni, por supuesto, puede considerarse como un fenómeno en modo alguno nuevo. Más intenso, desde luego, y también en parte por ello más publicitado en los medios.               
                
A muchos ha sorprendido que el motor de este cambio de discurso haya sido el más imprevisto. Alemania ha asumido el liderazgo de una solución humana, después de ocho años de una implacable frialdad supuestamente técnica en el afrontamiento de la crisis económica y social que ha dejado a Europa en su peor situación desde la recuperación de posguerra.
                
El triunfo político alemán a costa de Grecia y de quienes confiaban en que la crisis griega abriera una brecha definitiva en la tiranía de la austeridad tuvo un alto precio en términos de relaciones públicas. La imagen de Alemania en Europa, ya deteriorada, alcanzó mínimos históricos. Lo que coincidió, llamativamente, con un debilitamiento del apoyo interno de la Canciller, que se vio cuestionada por parte de los suyos, curiosamente por percibírsele  cierta debilidad, al no haber apostado por la expulsión griega del euro.
                
FIERAMENTE HUMANA
                
Los cientos de miles de migrantes propiciaron una oportunidad inesperada a Merkel para mutar de villana en hada madrina de la solidaridad. Un huido sirio resultaba menos oneroso que un pensionista griego. Y más rentable. En la exhibición compasiva de la Canciller han pesado consideraciones humanitarias, seguramente. Materiales, también. Alemania necesita mano de obra para compensar un déficit demográfico inquietante. El entusiasmo de la patronal germana hacia estos potenciales trabajadores en estado máximo de necesidad (y mínimo de exigencia) tiene menos que ver con la compasión que con el cálculo empresarial.
                
Un segundo factor de rentabilidad para Merkel ha sido la posición ejemplarizante de fuerza. La crisis no sólo le ha brindado la oportunidad de demostrar en el lado izquierdo del dorso tiene corazón y no una calculadora. También le ha permitido sermonear elegantemente a sus socios europeos remisos, remolones o directamente esquivos. Después de afirmar su superioridad en el rigor, ahora gana también la batalla de la compasión. Vence en el terreno técnico y en el de los valores.
                
Frente a esta ofensiva ideológica y publicitaria, la izquierda europea, o las izquierdas, han reaccionado subsidiariamente. La socialdemocracia, en su línea de hace ya tiempo, ha asumido un papel seguidista y subsidiario. Las opciones emergentes radicales, rebasadas en su propio terreno, han doblado la apuesta, promoviendo iniciativas de solidaridad-plus, a veces poco realistas o dudosamente arraigadas en la mayoría social. Ése es el peligro cuando las propuestas políticas se desplazan de lo racional a lo emocional.
                
La mala noticia es que esta oleada solidaria puede abocar en un cierto desengaño. La pretensión alemana de que todos arrimaran el hombro ya apunta hacia el fracaso. Es poco probable que Merkel sea capaz de doblegar la renuencia justamente de aquellos países donde Alemania parecía ejercer una hegemonía sin contestación desde el derrumbamiento de los regímenes comunistas. En la propia sociedad germana brotan los síntomas de incomodidad. En Baviera, el partido local de la confederación democristiana empieza a hacer oír su voz discrepante. La extrema derecha se sacude la tentación de la mala conciencia. Cuando la fatiga mediática de la compasión aparezca, se confirmará el cambio de política.
                 
EL DESENCANTO DEL POSCOMUNISMO
                
En esa apelación a los valores, se lee estos días que el malestar húngaro, polaco, eslovaco o checo (también báltico) ante la acogida generosa de migrantes o refugiados se debe en parte a que en las sociedades de estos país no han arraigado aún los principios éticos occidentales. Cuarenta años de autoritarismo, se asegura, han dejado un poso escéptico.
                  
El argumento es tramposo. La reticencia en esos países al fenómeno migratorio tiene mucho que ver con sus condiciones socio-económicas y materiales. La prosperidad que se vendió a la población de esos países se ha convertido en desigualdad, otras formas de corrupción y una fachada de consumismo sólo para disfrute de los ganadores. La triada venturosa de la libertad, la democracia y el libre mercado no ha repartido dividendos por igual.
                
Y en relación a los valores, el desarme ideológico que liquidó todo lo que sonara a socialismo y a políticas públicas tuvo dos beneficiarios directos. Primero, la Iglesia: no la compasiva, sino la ferozmente conservadora, la que afirma los valores cristianos frente a la amenaza islámica, por ejemplo. Segundo, a veces en convergencia con el púlpito, la extrema derecha nacionalista, xenófoba, reaccionaria. Los partidos de izquierda han recuperado posiciones de forma ocasional, más como reacción al desencanto que como portadores de un modelo alternativo sólido y eficaz.  Solo si se ignoran estos elementos puede sorprender la conducta de estos países en la crisis de los refugiados.
               
UN TAL CORBYN

                
Y en este discurso de recuperación de los valores, aunque desde posiciones diferentes, puede entenderse el triunfo arrollador de Jeremy Corbyn en la contestación laborista en Gran Bretaña. El asunto es relevante porque supone el primer toque de atención serio en una socialdemocracia europea replegada, asustadiza y defensiva. Lo que Corbyn plantea ya lo expusimos cuando se perfilaba su victoria, al comienzo del proceso electivo. La confirmación de su victoria, en este final de verano bajo la una intensidad emocional elevada, debe abrir o recuperar la reflexión. Ni el entusiasmo que el fiasco de Syriza ha dejado en evidencia, ni un despectivo pronóstico de fracaso del nuevo líder laborista son aconsejables. Se impone un debate serio, sin sectarismos. La izquierda debe demostrar que también tiene valores. Que están vigentes y que no están enfeudados a la piadosa compasión o a los trucos publicitarios.