EL DESAFÍO DE CAMERON: EXCEPCIONALIDAD BRITÁNICA Y DEBILIDAD EUROPEA

19 de Febrero de 2016
                
La vinculación de Gran Bretaña al proyecto de Unión Europea ha sido siempre, o casi siempre, un dolor de cabeza. Para las dos partes. En el mejor de los casos, se ha vivido como un  matrimonio de conveniencia. Nadie está del todo a gusto, pero ambas partes han evitado el paso definitivo de la ruptura. Cada primer ministro británico se encuentra con ese dossier ardiente en su despacho cuando entra en el 10 de Downing Street y lo deja en un similar estado de combustión cuando recoge sus papeles para marcharse. A su vez, los líderes europeos, del centro-derecha al centro izquierda, se ven obligados a ejercicios cotidianos de paciencia, comprensión y pragmatismo frente la incomodidad de sus socios insulares.
                
Cameron, por lo tanto, no es original, ni ha planteado nada que sus antecesores no hubieran evocado al menos desde Thatcher. Lo singular, en su caso, es que ha dado el paso del referéndum, "para clarificar y definir de una vez por todas" el asunto, según él mismo gusta de explicar. Sin exagerar. No pasará una generación antes de que, sea cual sea el resultado de la consulta, el "asunto" vuelva a plantearse en los mismos términos hamletianos: "ser o no ser" socios europeos, o, por el contrario, "volver o no volver a ser".
                
Por mucha literatura tramposa que circule o mucha gramática parda que se emplee en el debate, la cuestión de la pertenencia a la Unión Europea es una cuestión práctica. Pero, para ser justos, esa misma actitud prevalece en países en los que la mayoría de sus ciudadanos, con ímpetu retórico, se declaran  "europeístas".
                
Y si no, analicemos las condiciones de Cameron para erigirse en Lancelot europeo frente a los recalcitrantes aislacionistas de su partido o de la facción escindida y/o reunida en la versión británica de la corriente xenófoba emergente en toda Europa (UKIP). Las demandas del primer ministro a sus pares de la UE no plantean grandes cuestiones de principio. Ni siquiera la aparentemente más elevada de la protección de la soberanía o la salvaguarda frente a una integración cada vez más estrecha.
                
Como Thatcher, Cameron pide dinero, pero de otra forma. La "dama de hierro" quería que, mediante cheque compensatorio, a Londres se le devolviera parte de lo que pagaban los británicos para sostener lo que contemplaban como "tinglado europeo". Los tiempos han cambiado, las normas (aunque los ciudadanos no lo adviertan) se han modificado, hay una moneda común  (que no única) en Europa, los mercados financieros están más integrados, y lo que Gran Bretaña reclama ahora tiene un lenguaje menos pedestre. Pero el fondo es lo mismo.
                
Cameron, como la inmensa mayoría de los políticos, empresarios, banqueros y ciudadanos británicos no quieren que la libra sea la libra o que la libra se convierta en el euro. Pero no quieren que la suerte del euro condicione más allá de lo inevitable el rumbo de la libra, es decir que las decisiones de los países del euro terminen influyendo demasiado en  negocio financiero de la plaza dorada del Reino Unido que es la City londinense. Así que, sin estar en la eurozona, Londres quiere tener derecho de influencia (no dice veto) en ese miniclub del Club. El cheque de Thatcher se convierte en la acción de oro de Cameron.
                
El cuarto y último asunto es el más irritante para las fuerzas progresistas europeas. Gran Bretaña se ha opuesto siempre a una integración política plena. De forma contundente, por supuesto, los conservadores. Los pseudo laboristas de la tercera vía blairista, también, aunque con una retórica más pálida. Cuando la socialdemocracia europea consiguió en Maastricht que la Unión económica y monetaria y el desarrollo del mercado único se equilibrara con la formulación de una ambigua y débil Europa social, el líder tory del momento, el oscuro y transitorio John Mayor, logró que sus pares le otorgaran el opt-out, el derecho a que no se aplicar a los británicos las normas generales. Europa tragó: eso o el divorcio.
                
Andando el tiempo, el intrincado laberinto de la integración europea succionó a Gran Bretaña mucho más dentro de las reglamentaciones sociales de lo que sus líderes políticos o económicos hubieran deseado, pero  ese proceso nunca ha sido cómodo y el malestar se ha ido acumulando. Paradójicamente, ha sido una de las tradicionales exigencias políticas británicas lo que ha terminado por desatar la crisis.
                
Durante años, sucesivos gobiernos (y Parlamentos) británicos defendían la prioridad de la ampliación sobre la integración. No por generosidad, sino por interés. Cuanto más grande Europa, menos Unida: menos potente el conjunto frente a la particularidad.  Además, los candidatos a entrar compartían con los británicos el recelo frente a los macropoderes, porque la mayoría eran estados  que habían estado sometidos a la hegemonía soviética. El renacido nacionalismo centroeuropeo era contemplado con simpatía complaciente en Londres. Pero como la historia tiene estos giros inesperados, a la libertad de movimiento de capitales (el mercado libre) le siguió un proceso de libertad de movimiento de personas (migración), por aquello del juego europeo de equilibrios con balanza en el centro. Son ciudadanos del sur, pero también y sobre todo orientales los que ahora presionan la caja pública. No dice Cameron, sin embargo, que la mayoría de los inmigrantes proceden de la Commonwealth, no de la UE, y que todos, unos y otros, contribuyen a engrosas las arcas fiscales.
                
El desplazamiento de población de los últimos años ha hecho que Gran Bretaña tenga que asumir, como otros países, aunque quizás en mayor cuantía, el pago de beneficios sociales a ciudadanos europeos de origen no británico. Cameron quiere que Europa le exima de esa obligación como Thatcher quería dejar de pagar la factura de las políticas comunes. Pero ni uno ni otro querían entender los beneficios de otro orden que la Unión ha reportado y sigue reportando a Gran Bretaña.
                
Llegados a este punto, la gran pregunta es por qué hay que seguir aceptando los órdagos británicos. El Brexit no perjudica a Europa más que al Reino Unido. Por mucho que Gran Bretaña sea el país europeo con mayor proyección ultramarina (overseas),  hay mucho de mito o falsa creencia. Que se lo digan a los chinos, que consideran el desacoplamiento británico de Europa como malo para los negocios. Los industriales británicos (especialmente los del automóvil) quieren el anclaje en Europa, pero en mejores condiciones. Los financieros, ídem de ídem. Estos intereses son a los que representa Lancelot Cameron. El aislacionismo de sus correligionarios y de otros sectores más agrios es el resultado de una colección de espejos deformantes, que tienen tanto de autóctono como de foráneo: la xenofobia y la intransigencia.

                
Sin compartir la retórica hueca en que a veces se deshilacha el discurso europeo, no hay motivos para seguir sucumbiendo a ese chantaje. No hace falta erigirse en euroentusiastas  para rechazar a los euroescépticos, ni para acomodarse ahora a estos euroresignados o euro-pragmáticos cameronianos. Basta con sostener principios de justicia social y visión compartida. 

EL DOBLE PROBLEMA DE HILLARY CLINTON

11 de Febrero de 2016
               
La historia de cómo Hillary Clinton se convirtió finalmente en la primera mujer que alcanzó la presidencia de Estados Unidos se asemeja a esas clásicas películas en que, para captar la atención, todo tiene que empezar rematadamente mal antes de que algo, o alguien, interviene y, entonces, las cosas empiezan a arreglarse hasta el inevitable `happy end`.
                
EL AVISO SERIO DE NEW HAMPSHIRE

No por anunciado en los sondeos, el resultado resulta menos inquietante. El equipo de la megacandidata había hecho control preventivo de daños, anticipando que la vecindad de New Hampshire con Vermont, el estado por el que Sanders en Senador convertía a éste en claro favorito de esta etapa de las primarias.
                
No ha funcionado el emplaste. La derrota ha sido mucho más amplia de lo asumible. El análisis de los exit polls indica que los grupos de población hasta ahora más proclives a la exsenadora de Nueva York le han fallado.

Lo más llamativo es que las mujeres, casadas o divorciadas, han votado más a su rival que a ella, por once puntos de ventaja. La defección de los jóvenes demócratas es conocida, y se ha confirmado. Sólo uno de cada seis por debajo de los treinta le ha votado. En la siguiente franja de edad -entre 30 y 44-, el resultado es algo mejor pero no prometedor: sólo ha conseguido a un tercio escaso de los potenciales votantes. El único segmento de edad en que Hillary ganó fue el de los mayores de 65.

Pero si el género y la edad concitan suficiente preocupación de los estrategas de campaña de la todavía favorita, lo que realmente les debe alarmar es el factor social o factor clase. Esa clase media a la que se comprometió defender cuando presentó su candidatura el año pasado lo ha abandonado en New Hampshire. Le han respaldado los profesionales y los sectores más acomodados de esa clase que, sin ser millonarios, ni siquiera ricos, está lejos de pasar apuros para pagar las facturas, según la clásica expresión de este país.

Ese voto obrero, trabajador y masculino se lo ha llevado su adversario, algo que parecía increíble hace un año. Sanders se confirma como el candidato como el candidato del progresismo idealista, pero en New Hampshire también se ha ganado a los desfavorecidos que no quieren cambiar el mundo, sino encontrar un mejor sitio en él, es decir, los posibilistas.  

SENSACIÓN DE ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Hillary Clinton no podrá ser “la próxima presidenta de los Estados Unidos” si no le da la vuelta a esta tendencia. No le bastan los mayores o los acomodados de la clase media alta. Por eso, su equipo de campaña confía el giro viene en la próxima doble curva; es decir, en las primarias de Nevada y Carolina del Sur, a finales de mes.

Nevada es conocida fuera de Estados Unidos por ese submundo norteamericano que es Las Vegas. Pero es mucho más. Hay una importante población latina y una población trabajadora que vota firmemente demócrata. Como expresión de ese voto obrero, los sindicatos tienen un papel considerable. Y la cúpula sindical le ha prometido el voto a Hillary.

Carolina del Sur es el primer caladero importante de votos afro-americanos que sale a concurso. Aquí la candidata es más que favorita. Muchas mujeres activistas negras con fuertes raíces en el Partido Demócrata de este estado la respaldan y la admiran. Pero muchos analistas ya están advirtiendo que Hillary Clinton no debe confiarse, porque un tropiezo en Carolina del Sur podría abocarla al Supermartes de marzo como una partida de vida o muerte.

LA PARADOJA DEL RESPALDO AFRO-AMERICANO

Esta preocupación se fundamenta en dos debilidades de la candidata con la población negra: una propia y otra atribuida a la gestión de su esposo como Presidente en los noventa.

Por empezar con esta última, Bill Clinton promovió y saco adelante una legislación para combatir el auge de la delincuencia que fue muy criticada en su momento, porque puso en el énfasis en la persecución de los delitos más habitualmente cometidos por los negros (el caso clásico fue la lucha contra el crack, mientras fue muy permisivo con la cocaína). Al término de su mandato, las cárceles norteamericanas estaban llenas de negros por delitos de drogas (uno de cada ocho o nueve), mientras la población blanca relacionada con este delito apenas era perseguida.

El establishment político afro-americano ha sido siempre un bastión de los Clinton. Pero como se demostró en el auge de Obama, a finales de la primera década del siglo, las nuevas generaciones de activistas de esta raza han intentado desmontar lo que ellos consideran un mito: que Bill Clinton fue el “primer presidente negro” de Estados Unidos, como proclamó en su día la escritora Tony Morrison. No basta con tocar el saxo en un local sagrado de la comunidad negra para convertirse en defensor de la causa (1).

A esta sombra de la historia, se suma otra inquietud más cercana. Ya durante la fallida campaña de 2008, pero también en el arranque de la actual, a Hillary Clinton se le ha percibido incómoda en debates relacionados con la cuestión racial. Su visión de efectividad, de priorizar la competencia sobre la ideología, la frialdad con la que a veces afronta los problemas sociales le han granjeado algunos disgustos entre los sectores que dicen defender.

En concreto, protagonizó una suerte de encontronazo con unos activistas de Black Lives Matter que intentaron interrumpir un acto electoral suyo el pasado verano, precisamente en New Hampshire. Uno de esos activistas le reprochaba las consecuencias de la política de lucha contra la delincuencia de su esposa, que ella defendió públicamente, y Hillary optó por una postura distante, poco empática. Una frase resume su actitud: no se pueden cambiar los corazones, se pueden cambiar las leyes (2). Este tipo de mensajes no son los que cambian una dinámica, que es lo que necesita ahora la candidata.

Este es el gran reto para Hillary. Más que asegurarse los caladeros tradicionales de voto o insistir en su cantinela de la experiencia y la eficacia, que sólo convence a los ya convencidos, los que no se sienten perdedores en la terrible deriva de la desigualdad pre y post-crisis, la candidata Clinton tiene que demostrar no sólo que quiere legislar para los desfavorecido, sino que los comprende, que es capaz de entenderlos además de defenderlos de manera abstracta o política. En definitiva, Hillary Clinton tiene, por supuesto, un “problema de mensaje”, como decía la CNN el pasado martes. Pero mucho mayor es su fracaso para crear confianza en su persona.


(1)    THE NATION, 10 de febrero de 2016.

(2)    THE NEW YORK TIMES, 19 de agosto de 2015.

CINCO LECCIONES DE IOWA Y EL FACTOR ‘ENFADO’

 3 de Febrero de 2016

La carrera por la presidencia de Estados Unidos es muy larga, sólo apta para quienes tengan o consigan atraer mucho dinero, atesoren notable experiencia y apoyo organizativo, posean la habilidad de cambiar algunas de las reglas del juego o sean capaces de generar una especie de conexión cósmica con un complejo conglomerado compuesto por los grandes intereses (Wall Street), la clase media (Main Street) o el tinglado mediático. El candidato que reúna un mayor número de las condiciones anteriores es un ganador en potencia.

DESPUÉS DE IOWA

La primera posta de las primarias, Iowa, se ha jugado. Es muy pronto para sacar conclusiones, vaya por delante esto. Pero como es inevitable al menos explicarse lo ocurrido, avanzamos algunas observaciones.
                
1) Ni Trump tenía ganada la nominación antes de febrero, ni la ha perdido en los caucus de ese pequeño estado del medio oeste. Recordemos que ni McCain ni Romney, los dos últimos candidatos republicanos, ganaron en Iowa. Los vencedores fueron Huckabee y Santorum, las opciones más conservadoras de las presentes en aquellas ocasiones. El triunfo de ambos tuvo las alas muy cortas.
                
2) La explosión de la burbuja Trump sigue siendo más que probable, pero no será repentina ni inmediata. En el peor de los casos, llegará vivo al Supermartes de marzo. Hasta entonces cualquier pronóstico liquidacionista es frívolo y prematuro.
                
3) Clinton ha sufrido una humillación en Iowa al no ser capaz de distanciar más que en unas décimas a Sanders, pero puede hacer virtud de la necesidad y convertirse en una candidata aún más fuerte de cara a la siguiente fase del proceso. Hillary ha sido demasiado táctica y muy poco estratega. A las propuestas progresistas del político "demócrata y socialista" (Sanders dixit), la gran favorita replicó primero con la indiferencia y luego, a la vista del apoyo creciente cosechado por su rival, con planteamientos populista, como sostiene John Nicols, el analista político del semanario progresista THE NATION. Ha llegado la hora de conocer a la próxima Presidenta Clinton. Pero de verdad.
                
4) Las alternativas republicanas a la pesadilla Trump hablan castellano. Ted Cruz y Marco Rubio, hijos de cubanos inmigrantes, aunque de etapas históricas un poco distintas, acreditan un background muy conservador. Tocan una música muy similar, pero interpretan letras algo diferentes. Fundamentalista religioso, el primero; más pragmático, el segundo.Cruz pretende ser un outsider, pero sólo por oportunismo: para conectar con ese magma electoral del enfado, que en su día fue el Tea Party y hoy es algo más difuso, pero no menos destructivo. Rubio es más joven, tiene más que demostrar y un historial económico privado muy vulnerable.

La orientación política de los hispanos norteamericanos está claramente escorada hacia el Partido Demócrata. Por eso sería una ironía que el primer presidente con raíces hispanas fuera tan derechista como Cruz o Rubio. Pero es una opción real. Bush, que está hundido, pero no muerto, no es hispano, pero su mujer sí; y también es conservador, pero más razonable.
                
5) Se recomienda escepticismo y mucha cautela. Estas son elecciones muy abiertas, aunque esto debería aplicarse al bando republicano. Sanders es el único candidato que ya ha ganado pase lo que pase. Su triunfo moral es indiscutible y la importancia de su propuesta (puramente socialdemócrata, en los patrones europeos) es una novedad promisoria en el panorama político norteamericano. A los republicanos, y a Clinton, la única victoria que les vale es la real, la política, la nominación en verano. Cualquier otra cosa sería un fracaso.
                
TRUMP/SANDERS, LAS DOS CARAS DEL RECHAZO

En los meses anteriores al inicio de las primarias 2016, en Estados Unidos se ha ido consolidando un fenómeno no necesariamente inédito, pero si destacado por su amplitud y profundidad: la fortaleza in crescendo de los outsiders. Estos días pasados, varios medios se han dedicado a analizar comparativamente los casos Trump y Sanders. Como estos dos contendientes se sitúan en extremos opuestos del espectro político, las diferencias entre ambos son tan abismales en el mensaje, en los programas (si es que el multimillonario lo tiene), y en el propósito que no merece la pena insistir sobre ello. Más interesante, en cambio, son las similitudes.
                
¿Qué pueden tener en común Donald Trump y Bernie Sanders? La respuesta es clara, aunque reducida: el público que les sigue, prescindiendo del componente ideológico, claro está. A saber: un electorado abrumadoramente BLANCO, MASCULINO Y ENFADADO.
                
Poca cosa, se dirá, y con razón. Pero de esas tres condiciones, una, el género, es el 50% del electorado. El elemento racial disminuye notablemente el grueso de simpatizantes, digamos a la cuarta parte de la mitad, más o menos. El tercer factor reductor, o sea el estado de ánimo es más difícil de cuantificar. Pero como dice el inteligente comentarista político norteamericano David Brooks, "ésta es una nación ansiosa y enfadada".
                
No sólo Estados Unidos, como cuerpo político y social, está bajo el efecto del malestar o la crispación. En Europa pasa algo similar, aunque con componentes sociales (más que culturales) distintos y con pautas de conducta algo diferentes. Siguiendo a Brooks, "mucha gente ha perdido fe en el liderazgo político" del país. ¿No nos suena conocida esta canción a los europeos?
                
Trump y Sanders, desde posiciones muy diferentes, e ideológicamente opuestas, han expresado este rechazo de la política tradicional, apelando a constituencies o electorados desengañados o (no lo olvidemos) poco proclives al ejercicio de flexibilidad, consenso y posibilismo que caracteriza a la política.
                
Outsiders como Trump Sanders ha habido antes, en otros momentos de la reciente política norteamericana, como los ha habido en Europa. Pero nunca habían llegado tan lejos. Es decir, hasta el punto de ser front-runners (líderes en la intención de voto) antes del inicio de las primarias, como ha sido el caso de Trump, o desafiar en toda regla a una megacandidata como Hillary Clinton, como ha conseguido Sanders de forma absolutamente inopinada.

                

SIRIA: MIL GUERRAS Y UNA PAZ INVEROSÍMIL

27 de Enero de 2016
                
La Conferencia de Paz sobre Siria se ha retrasado. No es descartable que la demora se prolongue, incluso más allá del viernes, nueva cita. No hay acuerdo en casi nada para empezar a hablar. Pero el escollo que más se destaca estos días últimos tiene que ver con lo más primario en un esfuerzo diplomático de esta naturaleza: los participantes.
                
El responsable de la ONU encargado de las conversaciones, Stefan de Mistura, está harto. Apenas lo oculta. Unos y otros le ponen vetos en la lista de asistentes. Sobre todo los saudíes, que quieren imponer a sus protegidos. De Mistura ha dirigido una carta a los estados permanentes del Consejo de Seguridad para que tomen cartas efectivas en el asunto (1).
                
Estas dificultades iniciales son sólo las primeras en una larga lista no muy difícil de anticipar. Hasta hace sólo unas semanas se imponía el convencimiento general de que no era posible una solución militar del conflicto. Ahora las opiniones son más diversas.
                
Algunos analistas consideran que la intervención rusa ha reforzado a Assad hasta el punto de volver a hacerle creer en la victoria militar (2). Esta afirmación seguramente es exagerada. Otras estimaciones, por el contrario, indican que el régimen ha obtenido un respiro, pero no ha mejorado ostensiblemente sus posiciones.
                
Quizás la mejor noticia para las autoridades de Damasco es que sus enemigos siguen divididos, y por mucho tiempo, por lo que parece. El empeño saudí en convertir a sus protegidos en los elementos centrales de una solución debilita las opciones más moderadas, si es que existe ya alguna.
                
TODOS CONTRA TODOS
                
En Siria se vive algo similar a una guerra de todos contra todos. En el plano bélico, las alianzas en una zona, región, provincia o enclave se diluye a los pocos días o semanas. Los amigos de hoy, o de aquí, se convierten mañana, o allá, en enemigos. La aparente afinidad ideológica o étnica, o incluso un padrinazgo común, no impiden esta variabilidad. Para los propios especialistas, la elaboración de un mapa de contendientes por zonas resulta un quebradero de cabeza. O, en todo caso, un ejercicio sometido a continua revisión.
                
En un esfuerzo de síntesis, y advirtiendo que la simplificación es inevitable, diremos que se pueden detectar en Siria guerras distintas que se solapan, confunden, desvirtúan y, en ciertos momentos, se anulan entre sí.
                
A priori, el régimen de Assad se enfrenta a todos. Pero los rebeldes combaten entre ellos en frentes paralelos, simultáneos o solapados. Esta multiplicidad de enfrentamientos  sobre el terreno, en varios lugares y durante bastante tiempo, termina por congelar, suspender o neutralizar el conflicto inicial. Hay discrepancias y choques serios entre laicos (casi simbólicos) y yihadistas. Los yihadistas del Frente Al-Nusra, la franquicia de Al Qaeda, y el Daesh se combaten ferozmente. Los favoritos de Arabia Saudí, como Jaish al Islam o Al Ahrar Al-Sham, colaboran en algunas zonas con Al-Nusra, y en otras se enfrentan con saña; a su vez, esos dos grupos amparados y financiados por Riad, se han negado apoyo en ocasiones, por discrepancias tácticas, sectarias o de liderazgo.
                
Los kurdos constituyen un factor generador de paradojas en cadena. Por un lado, los combatientes del YPG (kurdos sirios) son los enemigos más activos de los yihadistas en el norte, lo cual ha favorecido una especie de pacto tácito de no agresión con Damasco. Por otro lado, los kurdos son los combatientes más fiables para los norteamericanos y sus principales receptores de ayuda y apoyo sobre el terreno. Pero esta relevancia kurda irrita de forma insoportable a Turquía, teórica aliada de Estados Unidos. De hecho, los turcos combaten con más ferocidad a sus kurdos (PKK), aliados del YPG.
                
Las urgencias humanitarias complican aún más las cosas, porque los contendientes no dudan en tomar como rehenes a la población civil para obtener ciertas ventajas, alivios o intercambios satisfactorios, en términos tácticos y/o propagandísticos.
                
LAS RIVALIDADES DE GUANTE BLANCO
                
En el plano diplomático, la situación no es mucho más clara, como el retraso en el inicio de la Conferencia de Paz ha puesto palmariamente de manifiesto.
                
Estados Unidos y Rusia no comparten una estrategia común. Washington pretende que la derrota del Daesh no sirva para consolidar a Bashar el Assad y su sistema de poder bajo la hegemonía alauí, sino que abra el paso a un nuevo régimen más abierto y democrático. Moscú sólo aceptaría la caída de su protegido en Damasco si le sustituyera otro que garantizara sus intereses estratégicos (presencia militar e influencia en la zona). Informaciones recientes parecen apuntar a una escalada limitada del compromiso militar norteamericano no directo, sino bajo cobertura saudí o de otros estados árabes conservadores tradicionalmente aliados. En la Casa Blanca se mantiene el convencimiento de que el Kremlin no puede permitirse, en la actual situación de fragilidad económica rusa, con el petróleo por debajo de 30 dólares, la prolongación de su compromiso militar en Siria.
                
Esta rivalidad entre las dos grandes potencias externas en Oriente Medio se convierte en hostilidad abierta y cada vez más peligrosa en el caso de Arabia Saudí e Irán. La Casa de los Saud quiere un cambio radical de régimen y la hegemonía de la mayoría sunní. La República Islámica necesita conservar a toda costa el eje chíi en posición de fuerza junto al Mediterráneo.
                
Hay otros enfrentamientos no menos agrios. Rusia se ha olvidado, al menos por el momento, de sus planes de cooperación económica y energética con Turquía, tras el desgraciado y todavía no suficientemente explicado incidente del avión ruso abatido por las baterías antiaéreas turcas. El actual gobierno de Iraq, aunque más moderado y aparentemente menos sectario que el anterior, tampoco ve con buenos ojos que en su flanco occidental triunfe una opción sunní radicalizada o sometida a los dictados de Arabia Saudí. Aunque Assad no es un aliado directo de los chiíes iraquíes, es un protegido de Teherán, que sigue teniendo una influencia capital en Bagdad, sobre todo a la hora de evitar un nuevo desafío de los extremistas sunníes del Daesh.
                
En fin, como sostiene con lucidez un veterano analista de la región, a la hora de imaginar la paz, lo más sensato es ser escéptico (3). Siria sigue siendo un pandemónium de muy difícil abordaje. Sólo el agotamiento real de las opciones militares, por extenuación pura y dura, puede abrir la puerta a negociaciones diplomáticas y políticas reales y no ficticias o aparentes, es decir, de cobertura. Si el actual bloqueo se prolonga, como parece más que probable, la desesperación de la población se agravará, si eso es posible, continuará el éxodo y y el drama de los aspirantes a refugiados terminará por resquebrajar del todo Schengen, uno de los fundamentos de la Unión Europea.


(1) U.N. Envoy signals that Ryad is obstructing Syria peace talks. COLUM LYNCH. FOREIGN POLICY, 20 de enero.

(2) "Assad has it his way. The Peace talks and after" JOSHUA LANDIS y STEVE SIMON. FOREING AFFAIRS, 19 de enero.


(3) "A Skeptic´s Take on solving Syira". DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 23 de diciembre.

GOOD MORNING, IRAN

18 de Enero de 2016
                
No ha habido manifestaciones de alegría en las calles iraníes. Discreta, aunque solemne, sesión en el Parlamento. Sobrio discurso del presidente Rouhani con escasas concesiones triunfalistas y una promesa fundamental: emplear los fondos liberados por el levantamiento de las sanciones para promover el crecimiento y desarrollo del país y el bienestar social de los iraníes.
                
UNA LARGA RECUPERACIÓN...
                
Esta prudente reacción al final de las sanciones es consistente con el futuro previsible. A Irán le queda un largo trecho para disfrutar plenamente de la bonanza creada por la esta "nueva atmósfera" (Rouhani dixit). Ciertamente, el alivio se hará sentir pronto. Lo más inmediato será el acceso, por parte del Estado y de los particulares, a los casi 100 mil millones de dólares en activos iraníes bloqueados hasta ahora en las plazas financieras internacionales. Poco a poco, la industria petrolera nacional irá aumentando la venta de crudo en el mercado internacional, hasta alcanzar, a final del año, el millón de barriles diarios, lo que proporcionará al país 30 millones de dólares adicionales cada día.
                 
Otros beneficios, como la recuperación de la inversión extranjera, se hará esperar, por dos razones: primero, las empresas multinacionales querrán comprobar las condiciones de sus potenciales operaciones en un entorno político inestable (procesos electorales inciertos a la vista);  y, en segundo lugar, el riesgo de cualquier discrepancia seria en la aplicación del acuerdo nuclear podría disparar el snap-back; es decir la reintroducción escalada parcial o total de las sanciones (según la gravedad del eventual incumplimiento).
                
Aparentemente, el régimen iraní tendrá que resolver ahora un dilema básico: la distribución efectiva de los dividendos del acuerdo nuclear. El presidente Rouhani y los reformistas quieren dedicar la inmensa mayoría de estos nuevos recursos disponibles a mejorar el aparato productivo del país y atender las necesidades de la población. Los conservadores o intransigentes, sin desdeñar este aspecto, querrán reservar parte de los fondos para reforzar la influencia de Irán en el entorno regional, un objetivo que los reformistas no rechazan pero consideran muy secundario.
                
El debate interno y casi nunca público lleva meses desarrollándose.  Pero se resolverá el mes que viene, el 26 de febrero, cuando el país elija un nuevo Parlamento y, lo que es tan importante o más, una nueva Asamblea de Expertos, es decir, el organismo encargado de designar al Guía de la Revolución, la máxima autoridad del país, el hombre que se sentará en la silla de Jomeini.                    
                
Rouhani tiene una baza: las expectativas de la población, pese al desánimo creciente de los últimos años, por el efecto erosionador de las sanciones. El presidente reformista acredita unos resultados prometedores: ha conseguido reducir la carestía de la vida, pero el desempleo se mantiene o crece. El paro real se estima en un 30% y no en el 12% que sostiene la estadística oficial. El año fiscal se cerrará en marzo con crecimiento cero, después de un ligero repunte en 2014, que siguió a dos años de recesión. Las previsiones para el siguiente periodo son cautas, pese al levantamiento de las sanciones.
                
En las calles de las grandes ciudades, es apreciable la ansiedad, como reflejan algunos medios occidentales (1). El anterior presidente, Ahmadineyad, recurrió a medidas populistas para aplacar el malestar creciente de la población. Rouhani ha ido desmontando esa política, en el convencimiento de que el final de las sanciones favorecería un despegue económica antes de que la exasperación popular cristalizara en un malestar social fuera de control.
                
... PERO UNA BASE SÓLIDA
                
Irán es un país rico, educado y razonablemente desarrollado. Aunque la industria petrolera se ha visto golpeada por sucesivas crisis, el potencial es enorme: en los momentos más florecientes, era el cuarto productor mundial y el segundo exportador. Teherán no oculta su objetivo de conseguir exportar hasta cuatro millones de barriles diarios, incluso aunque esa aportación masiva de crudo provoque una caída de los precios hasta los 20 dólares. Estos cálculos suenan demasiado optimistas, según varios expertos occidentales, porque la infraestructura petrolera iraní necesita urgentes reparaciones inversiones (500.000 millones de dólares sólo para cumplir con los objetivos más inmediatos antes de fin de año).
                
Pero el régimen confía en un nuevo esplendor petrolero basado en dos factores: el atractivo que nuevas reservas y proyectos de explotación pueden ejercer sobre las compañías internacional (las inversiones se calculan en 200.000 millones de dólares en los próximos cuatro años) y la admisión de capital extranjero en el plan de privatización de la industria petrolera que está elaborando el Gobierno (2).
                
Se espera que la recuperación del maná petrolero sirva para impulsar otras industrias y actividades económicas que están consolidadas pero duramente afectadas por tres décadas de turbulencias: automóvil, construcción, acero, químicas, finanzas, etc. La posición de Irán en el G-20 es sólida y no ha sido puesta en riesgo ni siquiera durante el periodo de las sanciones. Por poner un ejemplo, quizás no se sepa que la industria automotor es más fuerte que la británica o la italiana. El gran desafío ahora es la diversificación productiva. Pero el país parece bien dotado para afrontarlo. Dispone de universidades e instituciones técnicas y científicas de talla mundial. Irán es el principal inversor en ciencia de todo Oriente Medio, con centros tecnológicos internacionalmente reconocidos en biología, informática y comunicación. En no pocos indicadores Irán supera a países BRIC como India o Brasil (3)
                
En el aspecto social, la mejora de Irán es innegable. Antes de la revolución islámica la esperanza de vida era de 54 años y ahora es de 74. La tasa de alfabetización es del 98%. La quinta parte de la población es universitaria. A pesar de la crisis, la clase media no ha desaparecido, aunque la mayoría de la población tiene que apañarse con salarios que no llegan a los 200 euros mensuales y una carestía de vida creciente hasta hace apenas dos años.
                
En definitiva, Irán ha vuelto y todo indica que su intención es permanecer y no reincidir en políticas que arriesguen el horizonte de un futuro mucho mejor. Los ayatollahs tienen que decidir si la influencia exterior es más importante que la prosperidad nacional. Y las grandes potencias tendrán mucho que decir. Irán no se abriría sólo a Occidente. La intención de los reformistas es equilibrar el nuevo paradigma de apertura a Occidente con el reforzamiento de las relaciones ya desarrolladas con los países emergentes. Los riesgos no son pequeños. El turbulento y destructivo Oriente Medio puede desbaratar, una vez más, estos planes.

(1) "A Téhéran, l'effet de l'accord nucléaire se fait attendre". LE MONDE, 15 de diciembre.

(2) "Why Oil Must not flow fast from Iran". MANSUR KASHFI. FOREIGN AFFAIRS, 26 de 
Octubre.

(3) "Rebooting Iran's economy". MASSUD MOHAVED. FOREING AFFAIRS, 22 de Noviembre.
               
                

EL ÚLTIMO AÑO DE OBAMA

14 de Enero de 2016

                
Obama es un excelente productor de discursos. En fondo y forma. Esa habilidad fue uno de los factores más importantes en la conquista de la Casa Blanca. Hasta sus adversarios lo admiten, aunque añaden que ahí se agotan prácticamente sus méritos. O casi. No es cierto, por supuesto, pero no puede negarse que el actual presidente crea grandes expectativas con sus discursos. Y luego, la realidad de la política, los formidables obstáculos que le ponen sus enemigos y sus propias inconsecuencias devuelven unos resultados algo decepcionantes.
                
En su alocución sobre el Estado de la Unión, el Presidente hizo otro ejercicio brillante al diagnosticar, con altura y profundidad, la realidad del país, sin triunfalismo ni exhibiciones infantiles de poderío al que están entregados obscenamente algunos de sus rivales.  Obama, como es preceptivo en esta ocasión, avanzó sus objetivos para el año que le resta: prometió profundizar en políticas que sigan reduciendo la brecha social, aunque sea en dimensiones modestas. O corregir y reparar algunas injusticias en el sistema de control de la migración. 
                
Pero lo más destacable de este acto litúrgico mayor en Washington ha sido la reflexión sobre algunas de las dolencias profundas del sistema político norteamericano. Y, sobre todo, la admisión honesta por parte de Obama de que la situación no ha mejorado, sino que ha empeorado en sus años de mandato.
                
Cosa grande ésta. No sólo por la autocrítica, que vino acompañada en el discurso de una dura invectiva contra sus adversarios. En su campaña presidencial, Obama prometió instaurar un clima menos partidario (es decir, sectario) y no lo ha conseguido. Lo intentó durante los dos primeros años, pero la oposición cerrada de los republicanos a los estímulos económicos para superar la crisis y aún más feroz a la reforma (modesta) del sistema sanitario, convenció al presidente de que resultaba casi imposible el empeño.
                         
Tras la frustración inicial, vino el vuelco en el legislativo, primero con la conquista republicana de la Cámara en 2010 y del Senado en 2014. Entre esos cuatro años, Obama fué abandonando cualquier esperanza de entendimiento. Y terminará su mandato con el convencimiento de que sólo las a las acciones ejecutivas, es decir el recurso a las atribuciones presidenciales, podrá engrosar su incierta agenda transformadora. Habría que preguntarse si ese objetivo de consenso (para expresarlo en términos políticos españoles) es en realidad posible.
                
Obama representó en 2009 una oportunidad de cambio, no porque presentara un programa de desafío del sistema, sino por esa pasión por la novedad que corresponde a una nación todavía joven. El origen africano del candidato, su facilidad para dominar los nuevos recursos de la comunicación política, el auge demográfico de las minorías y, por supuesto, otros factores más coyunturales como el monumental fiasco de la agenda exterior neocon propiciaron su éxito.
                
Como suele ocurrir, las urgencias desplazan a las prioridades. Y Obama tuvo que afrontar el fabuloso pinchazo de la burbuja financiera, la destrucción masiva de empleo, el desfondamiento de industrias emblemáticas (automóvil). Contrariamente al espíritu neoliberal que seguía anclado en Europa, Obama recuperó a Roosevelt y adoptó versiones adaptadas del keynesianismo. La derecha lo tildó de "socialista"; la izquierda, de tímido. En lo sucesivo, a los conservadores no les bastó con esta etiqueta tabú y han intentado destruirlo por todos los medios posibles. La izquierda americana se ha movido entre el apoyo y la decepción, la comprensión y la frustración.
                
En su discurso de la Unión de este martes, Obama  ha ido más allá de la clásica letanía de relación de consecuciones y medidas, o de reproches. Ha señalado los vicios del sistema político. No los coyunturales, sino los estructurales. Ha singularizado la debilidad intrínseca de una democracia a la que alegremente muchos de nuestros políticos y poco informados comentaristas siguen considerando como "la mejor del mundo".
                
En un párrafo de especial brillantez, Obama puso el dedo en la llaga. "Ciudadanos americanos, sean cuales sus creencias o preferencias partidarias, tanto si han apoyado mi agenda o la han combatido con todas sus fuerzas, nuestro futuro colectivo depende de su voluntad de cumplir con sus deberes como ciudadanos. Voten. Exprésense. Velen por sus prójimos, especialmente por  los débiles, por los vulnerables, con la conciencia de que si nosotros estamos donde estamos ha sido por que alguien, donde sea, ha velado por nosotros. Necesitamos que cada americano tenga una vida pública activa, y no sólo en elecciones".
                
En coherencia con lo anterior, Obama deberá invertir mucha energía en favorecer el ejercicio del voto, que sigue siendo objeto de trampas y celadas, en procurar que dejen de manipularse o se manipulen menos los censos, tamaños y composiciones de los distritos electorales para obtener o asegurar resultados, en impedir que el dinero condicione masivamente el debate político.
                
Obama no quiere ser un pato cojo, como ha escrito John Nicols, el corresponsal en Washington del semanario progresista THE NATION. La historia dirá si esta milla final le empuja hacia el panteón de las esperanzas incumplidas o le asegura el reconocimiento de haber hecho más fuerte moralmente el país.  


AMENAZAS EXTERNAS Y PELIGROS INTERNOS

11 de Enero de 2016
                
Alemania y Francia se encuentran atrapados estos días en un debate arriesgado sobre la seguridad y los valores. Al otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, ocurre algo similar. No es difícil apreciar un denominador común: la tensión entre la necesidad de afrontar amenazas externas y el peligro de que los medios empleados se conviertan en un peligro para la preservación de derechos y libertades.
                
En Francia, se vive esta estas semanas una aguda polémica en torno a la propuesta avanzada por la dupla Hollande-Valls de privar del derecho de ciudadanía francesa a los condenados por delitos relacionados con el terrorismo, si gozan de doble nacionalidad.
                
En Alemania, el aparente asalto generalizado a mujeres en las cercanías de la estación central de Colonia durante la celebración de fin de año ha puesto bajo el foco acusador a numerosos extranjeros, algunos de los cuales podrían formar parte del grupo de refugiados que encontró asilo en el país el verano pasado.
                
Finalmente, en Estados Unidos, el enésimo intento del Presidente Obama de poner coto al ejercicio abusivo del derecho a la autodefensa, convertido en licencia para matar, en impunidad de criminales y desequilibrados, se enfrenta a una resistencia irracional e hipócrita, ahora reforzada por un miedo exagerado al terrorismo islamista.
                
LA ALARMA FRANCESA
                
Resulta inquietante que un gobierno socialista se deje arrastrar por el impacto emocional de los últimos atentados cometidos en noviembre en París. La propuesta de privación de la ciudadanía francesa no parece una medida muy eficaz para reducir la amenaza terrorista, pero puede resultar devastadora para la defensa de los derechos y libertades.
                
No puede extrañar que la propia ministra de Justicia, Christian Taubira, se haya manifestado en contra. En el partido socialista, aunque muchos militantes y simpatizantes apoyan la iniciativa, también se han escuchado voces críticas. No sólo la de los frondeurs (los opuestos a la política socio-económica del tándem Hollande-Valls) o la de la alcaldesa  de París, Anne Hidalgo, claramente enfrentada con el primer ministro. Otros diputados han expresado su malestar por lo que consideran una "disipación de la autoridad moral".
                
Hasta hace dos meses, Hollande era cada día más impopular y la firmeza de Valls para frenar la hemorragia por la derecha no terminaba de funcionar. El ensayo de cambiar de etiquetas a las políticas anti-crisis (rigor, en vez de austeridad) no convencía a casi nadie. El asedio del nacionalismo populista había puesto a la defensiva al tándem gobernante.
                
Los atentados de París han resultado una tentación peligrosa de recuperar popularidad mediante la afirmación de la autoridad y la exhibición de músculo. La propuesta de privación de nacionalidad es quizás la más cuestionable de las medidas contra la amenaza yihadista, por mucho que encuentre respaldo masivo en una ciudadanía asustada e intimidada. La sensatez aconseja políticas más templadas y pacientes, pero a la cúpula socialista no le sobra tiempo y le falta discurso político propio y respaldo mediático. De ahí la alarma suscitada (1).
                
ALEMANIA: COLONIA, CAMBIO DE DIRECCIÓN
                
En Alemania, la crisis de Colonia pone en evidencia la fragilidad del discurso mediático-humanitario de la canciller Merkel. Su defensa de acogida sin reservas a los cientos de miles de personas huidas de las guerras, conflictos y derrumbes de Oriente Medio y África el pasado verano se ha terminado volviendo contra ella. Merkel ha terminado irritando a gobiernos mucho menos razonables de Centroeuropa que, tradicionalmente, seguían a Berlín con veneración; ha desconcertando a sus propios bases políticas que nunca entendieron su entusiasmo por la acogida ilimitada de refugiados; y ahora corre el riesgo de decepcionar a esos desventurados, si termina por restringir las políticas de acogida.
                
Aunque Merkel ha tenido cuidado de referirse solamente a los refugiados delincuentes como algunos de los supuestamente implicados en las agresiones sexuales e intentos de violación en la estación de Colonia, lo cierto es que, desde hace semanas, se observa un ánimo de rectificación en la canciller alemana. Como en Francia, la liberación de instintos mediático-políticos no frenan las simpatías xenófobas, nacional-populistas o ultraderechistas. Todo lo contrarios: las dos formaciones alemanes que capitalizan el malestar social por la inmigración, Alternativa por Alemania y Pegida, han multiplicado su capacidad de convocatoria.
                
El lamentable episodio de Colonia sigue dominado por la confusión. Las declaraciones desafortunadas de la alcaldesa de la ciudad (agredida durante la campaña de su elección por un grupo xenófobo) minimizando la gravedad de las agresiones sexuales, el extraño desempeño de la policía municipal durante la noche de marras y las versiones discrepantes sobre lo ocurrido y su dimensión real abonan una ambiente de emotividad y alarmismo social que no contribuye positivamente a la clarificación de los hechos.
                
EE.UU.: EL TERRORISMO INTERNO
                
En Estados Unidos, el Presidente Obama parece haber encontrado la marca más indeleble de su legado. Fracasado su intento de dejar al país libre de "guerras de elección" externas, intentará racionalizar la mayor paradoja de las percepciones nacionales sobre la seguridad ciudadana. Obama ha sido el presidente que con mayor pasión, compromiso y firmeza ha denunciado el escandaloso tinglado que pervierte el espíritu de la Segunda Enmienda constitucional; es decir, el derecho de los ciudadanos a portar armas para su defensa personal.
                
El primer presidente afro-americano tenía muy difícil hacer avanzar los derechos de su comunidad racial, por un prurito de neutralidad. Pero se ha sentido más libre para denunciar los abusos de la industria de fabricación de armas, el descaro del lobby favorable al uso sin límites y controles de estas herramientas que, por experiencia, se utilizan más para matar que para impedir ser objeto de agresión. El Presidente tiene mucho poder en Estados Unidos, pero en materia legislativa está muy sujeto al Congreso, y cuando esté es hostil, o algo peor, si está claramente decidido a hacer naufragar al Ejecutivo al precio que sea, la capacidad de maniobra se reduce claramente. Con efectos dramáticos, en el caso de las armas.

                
En Europa, este principio de la autodefensa armada, del ojo por ojo, nos suena a tiempos poco civilizados. Pero Obama no pretende hacer entender esto a sus ciudadanos. Las garantías que persigue mediante el agotamiento de sus atribuciones ejecutivas constitucionales no atenta contra el principio de la segunda enmienda, sino a la prevención de sus abusos y peligros más evidentes. Poco importa que el 90% de los actos terroristas sean cometidos por criminales o desequilibrados que gozan de discrecionalidad e impunidad sin límites. Resulta como mínimo chocante que el terrorismo yihadista, ocasional y sometido a una vigilancia minuciosa y poderosa, provoque un pánico desatado y alumbres propuestas grotescas como las formuladas por el candidato Trump. Y, sin embargo, la ciudadanía acumule una tras otra las tragedias del gatillo fácil no sólo sin inmutarse, sino bajo la prevención de que un Presidente quiera poner cota a tanta irracionalidad.