EL NUEVO Y CONFUSO NUEVO COMBATE DE OCCIDENTE

 17 de junio de 2021

Tres cumbres (G-7, Europa-EE.UU. y OTAN) y numerosos encuentros bilaterales en apenas una semana, supuestamente para definir los tiempos que corren y afrontar actuales y futuros “desafíos”. Occidente (y sus socios asiáticos) han intentado coreografiar un marco general de respuestas convincentes. El problema es que difícilmente podían hacerlo cuando no se perciben con demasiada claridad las incógnitas o no existe un consenso completo sobre ellas de puertas adentro.

La OTAN y el G-7 han sido mecanismos de la geometría variable del dominio occidental frente al enemigo soviético (el primero) o las crisis cíclicas del capitalismo desde la década de los setenta (el segundo). Desde los años noventa, han intentado adaptarse a los cambios, pero siempre con el objetivo primordial de mantener su pilotaje del orden mundial.  

En la actualidad, los adversarios han cambiado. China, desde luego; e incluso Rusia, que se asienta sobre parte del territorio de la URSS y con similar capacidad militar, pero con distintos objetivos políticos. La naturaleza del conflicto sigue siendo el pulso por determinar la hegemonía mundial, pero no como antaño, mediante dos sistemas económicos opuestos (capitalismo y comunismo), sino a través de la confrontación de diferentes modelos de capitalismo, el liberal y el autoritario (o de Estado).

La presente confrontación actual no está basada fundamentalmente en supuestos ideológicos, aunque los contendientes sostengan instituciones políticas diferentes. China se aferra al partido único y la unidad funcional del Estado. Rusia es, formalmente, una democracia mixta,  presidencialista y parlamentaria, si bien los mecanismos de división y equilibrios de poder poco tienen que ver con los liberales u occidentales.

LAS “ADAPTACIONES” DE LA OTAN

Las cumbres occidentales de esta semana pasada han asumido la propuesta americana de considerar a China como un “desafío” presente y futuro. En su ámbito, la OTAN ha denunciado sus “declaradas ambiciones y su asertivo comportamiento”, que suponen una amenaza para el orden liberal (1). Este “giro hacia China” de las prioridades atlantistas supone una nueva adaptación estratégica. La primera tuvo lugar en los primeros años 90, cuando se quiso convertir a los países subsidiarios del Pacto de Varsovia de adversarios en aliados y hacer de la Alianza una especie de organización preventiva de seguridad, en la que la nueva Rusia fuera concebida como socia y no como enemiga. Ocurrió todo lo contrario. La intervención “fuera de zona”, en las guerras yugoslavas (Bosnia y Kosovo), a favor de unos contendientes y en contra de los serbios, tradicionales aliados de Rusia, desataron los recelos rusos. La presencia norteamericana en Europa se consolidó, pero intranquilizó sobremanera a Rusia cuando la lógica expansiva de la Alianza trató de llegar hasta sus fronteras (Ucrania).

La segunda adaptación se produjo tras el impacto del 11 de septiembre de 2001, en la primera década del siglo, cuando la OTAN se movilizó detrás de Washington para una operación militar de castigo en Afganistán, donde se escondían los autores intelectuales del primer ataque múltiple sufrido por Estados Unidos en su territorio desde Pearl Harbour. La sarta de mentiras que extendió la guerra a Irak sólo agravó las cosas, pero consolidó la retórica de las “nuevas funciones” de la Alianza: la lucha contra el terrorismo islamista. La fallida “primavera árabe” agudizó los conflictos regionales y evidenció límites y contradicciones de esa nueva adaptación, dejando un reguero de fracasos (Afganistán, Libia, Siria, Irak.). Tras llevar la yihad a territorio occidental, el terrorismo fue contenido pero no eliminado. 

Cumplidas ya tres décadas desde la desaparición de la URSS, y con el mundo más inestable y peligroso, la OTAN aborda su tercera adaptación estratégica: identifica a un “nuevo adversario” (China) y reconfigura “al de siempre” (Rusia, heredero transformado de la URSS). Una Alianza “transformada” encuentra nuevos frentes y motivos para seguir activa (2). Y, con ello, la presencia de Estados Unidos en Europa, después de unos años, los de Trump, en los que la simpleza con la que el entonces líder de la Alianza quería resolver las tensiones y contradicciones aliadas puso muy nervioso al establishment político-militar y estratégico.

EL “REGRESO” DE AMÉRICA

Biden ha venido a Europa a proclamar que “América está de vuelta”, es decir, a poner las “cosas en su sitio”, a Estados Unidos no sólo en el corazón de la defensa Europa, sino también en la vanguardia del combate frente a adversarios que, se dice, no usan las armas propias de la guerra fría, sino herramientas más insidiosas (3). A saber: ciberataques contra infraestructuras, desleales prácticas comerciales, espionaje y pirateo de la propiedad intelectual, extorsión de países en desarrollo mediante la engañosa seducción de inversión y la construcción de infraestructuras, interferencias ilegítimas en procesos electorales, persecución y eliminación de opositores y disidentes, asfixia y persecución de minorías, hostigamiento y/o desestabilización de vecinos, etc.

Ahora, como antes, se trata de combatir con más eficacia por la supremacía mundial. No ha cambiado la naturaleza del conflicto, pero sí las reglas y, desde luego, el entorno. China no quiere liderar la revolución mundial ni implantar su modelo político. Quiere aprovechar el sistema económico mundial (alterando las reglas que sea preciso) para cumplir con su designio: alcanzar la hegemonía planetaria y hacer del XXI el siglo de China. Rusia es más modesta: pretende sobrevivir en su replegado poderío y asegurarse un cinturón de seguridad más reducido que el soviético, pero más seguro. En los dos casos, no hay un discurso ideológico combativo, salvo un nacionalismo práctico y sincrético.

Biden está elaborando una suerte de doctrina para dar cobertura a su empeño: el imperativo moral de que las democracias triunfen sobre las autocracias. Apela al desafío experimentado en su propio país. En su discurso inaugural proclamó que “la democracia ha prevalecido en América”, pese a cuatro años de deriva autoritaria-populista, el intento de deslegitimar los resultados electorales de noviembre y el asalto el Congreso en enero.

Sin embargo, el nuevo presidente norteamericano no debe desconocer que Trump y el trumpismo siguen vivos y han colonizado al Partido Republicano y que en muchos estados se están aprobado modificaciones legislativas que restringen, dificultan o el derecho al voto. La democracia americana está más amenazada que nunca. Desde dentro.

UNA ESTRATEGIA POR CUAJAR

Los aliados comparten en líneas generales el diagnóstico sobre China (y Rusia), pero, comunicados aparte, cada uno se acomoda a la realidad a su manera y según su conveniencia. Estados Unidos libra un combate decisivo contra un rival que le disputa el puesto que ahora ocupa. Europa, en cambio, como actor importante pero secundario, ha querido hasta ahora evitar una confrontación directa con el antiguo Imperio del Medio. Hay muchos intereses económicos en juego. Estados Unidos puede llegar a plantearse el decoupling (desanclaje) de su economía y la de China, a pesar de que no está tan claro que eso le beneficiara. Europa no se lo puede permitir (4). Con la URSS nunca se construyó un sistema económico integrado como antídoto de las amenazas militares; con China, no se ha hecho otra cosa desde los 80, pese a retrocesos y dificultades. De ahí la prudencia europea en este proceso aún incierto (5).

Otro factor que condiciona el nuevo posicionamiento de la OTAN aún por desarrollar y estructurar es la consolidación de la convergencia de intereses entre Pekín y Moscú. Ya se ha avanzado notablemente en el terreno político y militar . Sus economías son complementarias, aunque los límites de una cooperación más amplia son notables (6). En todo caso, no es juicioso esperar que chinos y rusos permanezcan de brazos cruzados y esperen a que esta estrategia occidental se resuelva en un rumbo más pragmático.

Frenar o condicionar esa convergencia ruso-china es uno de los objetivos de actuación que se plantea la administración Biden en su esfuerzo por encuadrar las tensas relaciones con el Kremlin (7), que están en el nivel más bajo de los últimos treinta años, según admiten ambas partes. Aquí se presenta una suerte de “cuadratura del círculo”: cómo presionar a Moscú para “contener” sus malos hábitos, sin irritarlo lo suficiente para evitar la ruptura y el acercamiento aún más estrecho a Pekín.  La cumbre Biden-Putin en Ginebra ha salido como se esperaba. Un esfuerzo por presentar las profundas diferencias y reproches con amabilidad, pero sin concesiones ni avances. No deben esperarse cambios a corto plazo.

 

NOTAS

(1)    https://www.nato.int/cps/en/natohq/news_185000.htm?selectedLocale=en

(2) “The future of NATO in an order transformed”. BRUCE JONES. BROOKINGS, 14 de junio.

(3) “Joe Biden worries that China might win. THOMAS WRIGHT. THE ATLANTIC, 9 de junio.

(4) “The World might want China’s rules”. STEPHEN WALT (HARVARD). FOREIGN POLICY, 5 de mayo;

(5) “Pour l’OTAN, la Chine représente desormais un ‘défi sistémique’ por l’ordre mundial”. LE MONDE, 15 de junio.

(6) “China and Russia’s dangerous convergence”. ANDREA KENDALL-TAYLOR y DAVID SHULLMAN. FOREIGN AFFAIRS, 3 de mayo; “Is Putin really considering a military alliance with China? ALEXANDER GABUEV. CARNEGIE MOSCOW, 3 de diciembre.

(7) “How Biden should deal with Putin”. MICHAEL MCFAUL. FOREIGN AFFAIRS, 14 de junio.

AMÉRICA LATINA: LA FALSA RETÓRICA DEL ANTIPOPULISMO

 9 de junio de 2021

Las elecciones en Perú (presidenciales) y México (legislativas) han vuelto a avivar la obsesión por el populismo latinoamericano, al que se considera como un agravante de la crisis endémica de la región. Estos días se han utilizado estas dos citas electorales para reiterar la narrativa en contra de las opciones que se presienten (Perú) o se evalúan (México) como perniciosas para la prosperidad y peligrosas para la democracia.

PERÚ: EL FANTASMA DEL “COMUNISMO”

El eventual triunfo de Pedro Castillo en Perú se presenta como un refuerzo del eje bolivariano (que en realidad hace mucho tiempo que dejó de existir, si es que alguna vez pasó de las proclamaciones retóricas o el voluntarismo de sus estandartes). La élite política peruana ha acudido al fantasma del “comunismo”, temerosa de que la agitación del peligro “populista” no fuera ya suficiente para asustar a las clases acomodadas y medias. Poco importa que eso suponga confiar el mando (formal) del país a Keiko Fujimori, cuyas credenciales democráticas son pésimas, no por sus antecedentes familiares, sino por su trayectoria propia como política activa en el Congreso nacional ( ).

La convergencia de apoyos aglutinada en torno a la candidata de la derecha ilustra muy bien la inescrupulosa costumbre del entorno liberal-conservador latinoamericano: cuando se cree en peligro el sistema socio-económico que blinda sus intereses, se relegan al olvido los discursos sobre la libertad y los derechos humanos para atender a lo que importa. Así ocurrió en Perú a mediados de los años setenta, con el respaldo sin complejos a la dictadura militar del general Morales Bermúdez, que “corrigió” (en realidad, liquidó) el experimento socializante (“populista”, se diría ahora) de su colega de armas, el general Velasco Alvarado.

 Las dudas sobre el programa de Castillo son comprensibles. La impregnación religiosa (católica) de su discurso y de su experiencia vital familiar y social parece desmentir cualquier tentación “comunista” (2). Pero en el arsenal propagandístico de la derecha peruana no hay mucha imaginación. Aunque se cuente para esta hora con la no tan inesperada colaboración del brillante novelista Mario Vargas Llosa y su neoliberal hijo Álvaro, éste más bragado sobre el terreno del subcontinente en las dos últimas décadas. Queda muy atrás la contienda que enfrentó a Vargas Llosa (Mario) con Fujimori (Alberto), en el que, a decir del primero, se dirimía el futuro de la democracia peruana, tras la traumática guerra alucinadora de Sendero Luminoso. De esa confrontación para defender las libertades se ha pasado, treinta años más tarde, a una lucha a muerte “por el sistema” (socio-económico, se entiende) y a defender “el mal menor” (3).

Perú ha sido el laboratorio más elaborado del modelo regional de libre comercio, debido en parte a su posición geográfica (balcón al Pacífico). Esta “ventaja” es compartida con Chile, el otro “campeón” de la apertura económica internacional en las últimas dos décadas. A pesar de la distinta solidez de las dos economías (más fuerte la chilena), en ambos casos la experiencia se ha saldado con un parejo y dramático fracaso: una creciente desigual social, que ha provocado enorme sufrimiento humano y una desafección hacia el sistema democrático liberal. Perú ha tenido cinco presidentes en los cinco últimos años y Chile acaba de escenificar el mayor repudio de la clase política tradicional desde el final de la dictadura pinochetista, en las elecciones constituyentes. Al cabo, no es el “populismo” lo que hace peligrar el sistema democrático, sino la falta de respuestas liberales a las necesidades populares (3).

Otro elemento que impugna el catastrofismo de las élites peruanas es la dudosa capacidad de un hipotético “Presidente Castillo” para aplicar un programa “populista”. El Congreso actual no le es favorable. Más agitación y no chavismo es lo que se avista en Perú (4).

 MÉXICO: LA TAREA PENDIENTE DE AMLO

En el caso de México, el debate es de otra naturaleza. El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador (AMLO, en el lenguaje político local) en las presidenciales de 2018 culminó un largo empeño de dos décadas, en las que la institucionalización del fraude le impidió alcanzar su objetivo. Por primera vez, lo más parecido a la izquierda regional llegaba a la presidencia de la República. AMLO procedía del corrupto PRI (el partido-Estado que dominó la centuria posterior a la Revolución) y pretendió crear una alternativa popular sin apartarse de la idiosincrasia mexicana, lo que le valió enseguida el apelativo de “populista”.

De ideología confusa y maneras autoritarias, López Obrador se obsesionó con la victoria, convencido de que la izquierda del PRI se había perdido en un laberinto ineficaz de críticas y denuncias. Primero en el liderazgo del PRD (Partido Revolucionario Democrático, una escisión del PRI) y luego al frente de MORENA (Movimiento de Renovación Nacional), AMLO persistió en superar los fosos que lo alejaban del Palacio de los Pinos.

La historia quiso que el mandato de AMLO coincidiera con el de Trump. Lo que el discurso liberal presentó rápidamente como el “choque inevitable de dos populismos”. Para sorpresa de algunos, lo que pasó fue lo contrario: tras un breve cruce de guantes para la galería, ambos se entendieron bajo el manto de un acuerdo de intereses (5). Trump abandonó las presiones sobre la construcción de un muro antimigratorio y López Obrador acentuó los controles frente a la afluencia de cientos de miles de desesperados centroamericanos que sueñan con recalar en el El Dorado del Norte.

En el plano interno, AMLO ha gobernado como se esperaba, blindado por una mayoría absoluta en el Congreso. Se le imputa autoritarismo, falta de respeto por los controles clásicos de la democracia, erosión del principio de la división de poderes y fracaso en algunas de las promesas más repetidas de su larguísima campaña electoral: lucha contra la corrupción y desmilitarización del combate contra el crimen organizado. El presidente ha replicado que la oposición y sus cómplices mienten o manipulan para arruinar su mandato (6).

La realidad se encuentra a medio camino. Es comprensible que no se puedan resolver en tres años problemas tan profundos de la sociedad y el Estado, pero poco práctico se ha hecho para encaminar una mejora solvente. La violencia ha sido pavorosa durante la campaña. El mundo criminal, privado de liderazgo, atomizado y caótico, se han vuelto más peligroso, si cabe. La debilidad del Estado no se ha reducido. AMLO no ha podido o no ha querido zafarse de la militarización de la seguridad pública. Por su instinto autoritario, según sus críticos, a derecha e izquierda; por la corrupción sistemática de las fuerzas policiales y los aparatos jurídicos, según sus partidarios.  

En el plano social, el presidente defiende con orgullo uno de los pilares de su gestión: la creación de estructuras paralelas a las oficiales para hacer avanzar sus programa sociales, con una pirámide de delegados estatales y regionales a las que se les ha conferido un poder directo, para aplicar el objetivo de la “Cuarta Transformación” del proyecto nacional mexicano (7). Algo parecido a lo que quiso hacer Hugo Chávez durante el cénit de su mandato. Con hipocresía evidente, una oposición desacreditada ha querido dar lecciones de legalidad y respeto institucional, tras haber suspendido en lo mismo que reprochan al actual mandatario

En realidad, ha sido la mala gestión del COVID (pareja a la de los dirigentes de la región) y no la tarea de sus rivales políticos lo que más ha pesado en evidenciar las contradicciones de un hiperpresidente más apegado a la tradición del cargo que a sus proclamas transformadoras (8).

Las elecciones de mitad de mandato, celebradas este mes, han confirmado la erosión de AMLO, pero no han certificado su inevitable fracaso, predecido por los altoparlantes de la causa anti populista. MORENA ha perdido la mayoría absoluta (un 25% de escaños menos que en 2018), pero podrá recomponerla con el apoyo de dos partidos afines (verdes y laboristas), aunque no le alcance para reunir los dos tercios del Congreso, necesario para su aspiración de reformas constitucionales. El ascenso de la oposición (un 30% del PRI y del derechista PAN) ha sido insuficiente para bloquear la agenda legislativa del Presidente, pero le permitirá impulsar su estrategia de desgaste político. No obstante, AMLO cuenta con una baza política más: el refuerzo de sus posiciones en los 15 estados de la Federación que han pasado por las urnas.

               

NOTAS

(1) “Peru’s new President will polarize the country”. WILLIAM FREEMAN y LUCAS PERELLÓ. FOREIGN POLICY, 4 de junio.

(2) “Pedro Castillo, l’instituteur candidate des pauvres a l’élection présidentielle”. AMANDA CHAPARRO. LE MONDE, 3 de junio;

(3) “Perú y la desolación final”. ALBERTO BARRERA TISZKA. THE NEW YORK TIMES (en español), 2 de mayo;  

(4) “Peru’s fraying democracy”. MICHAEL SHIFTER. FOREIGN AFFAIRS, 3 de junio”.

(5) “The profound issues at stake in Mexico’s midterms”. VALDA FELBAB-BROWN. BROOKINGS, 4 de junio.

(6) “Au Mexique, l’”hyperprésidence” d’”AMLO” électrise la campagne électoral”. FRÉDÉRIC SALIBA. LE MONDE, 1 de junio.

(7) “Violencia electoral e influencia ilícita en Tierra Caliente”. Informe del INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 2 de junio. K

(8) “Voters should curb Mexico’s power-hungry President. Andres Manuel López Obrador pursues ruinous policies by improper means. THE ECONOMIST, 27 de mayo.

EUROPA Y ÁFRICA: HERIDAS Y RESPONSABILIDADES

 2 de junio de 2021

En las últimas semanas han confluido sobre el primer plano de la actualidad varios acontecimientos relacionados con el pasado colonial no resuelto de Europa. En Francia, tras los ecos de la recurrente polémica sobre la independencia argelina, ha sobrevenido la asunción de responsabilidades por el genocidio de Ruanda (1994). En Alemania, la petición solemne de perdón, con indemnización añadida, a los pueblos de Namibia. Y en España, el último incidente relacionado con la espina del Sahara Occidental.

La lección común a todos estos acontecimientos es que la evasión interesada del pasado nunca es una solución. Desde los procesos de descolonización iniciados en los años sesenta, hay una tentación por someter al olvido los aspectos más negativos del periodo colonial, mediante la combinación de políticas de sustitución. Se ha intentado eludir la patata caliente de las reparaciones con ofertas de “cooperación” económica, una condescendencia ante el rumbo por lo general fallido de las nuevas naciones independientes, la disimulada tutela de sus opciones estratégicas y la oferta envenenada e interesada de padrinazgo militar cuando han surgido amenazas a la falsa estabilidad de regímenes dudosamente legítimos.

Estas políticas, que han sido definidas con el eufemismo de “neocolonialismo”, han sido constantes a lo largo de los últimas décadas, la más de la veces con la complicidad y el cinismo de las nuevas élites gobernantes en África. Tras aceptar reglas del juego diseñadas por las antiguas potencias coloniales, se deslizaban luego hipócritas protestas de victimismo, cuando convenía por exigencias de política interna, para justificar insatisfacciones puntuales o como excusa ante fracasos indisimulables.

FRANCIA Y RUANDA

El presidente Macron, como sus antecesores, ha dedicado buena parte de su tiempo y su energía al esfuerzo de marcar una impronta propia en la política africana de Francia. Lo ha hecho a su manera: con una mezcla de intuición y oportunismo, sin condicionamientos doctrinarios o ideológicos. A fuer de francés, ha solemnizado el pragmatismo.

Así es como ha actuado en el caso de Ruanda.  Amparado por la levedad de su peso personal (tenía 16 años en 1994), Macron puede permitirse pisar, a bajo riesgo,  el terreno minado de una élite estatal política tradicional con los armarios plagados de “cadáveres” africanos. Primero alentó los trabajos de un equipo independientes de investigación sobre lo ocurrido (la Comisión Duclert). Asumió a continuación sus conclusiones, con la serenidad que propicia no pagar facturas. Y, finalmente, acometió la visita pendiente a Kigali con la confianza de ser entendido y celebrado, pero sobre todo con la comodidad de no llevar las suelas de los zapatos manchados de sangre. Con una elegancia previsible,  permitió que flotara la sombra del entonces jefe de estado, François Mitterrand, no sin dejar claro que Francia no fue “cómplice” de la matanza de tutsis a manos de los hutus, en la carnicería tribal africana (1).

El expresidente socialista estaba obsesionado con el dominio anglosajón en el continente africano (en este caso, de Estados Unidos, más que de Gran Bretaña)  y abordó la lucha por el poder en Ruanda como una cuestión estratégica para Francia, no como un asunto interno ruandés. La Comisión Duclert ha confirmado lo que ya entonces era evidente antes, durante y después de la matanza: desde el Eliseo se aceptó y amparó el intento del presidente Habyarimana de exterminar a la población tutsi para impedir su de otra forma inevitable emergencia política como etnia dominante en el país.

Macron pretende dar carpetazo al pasado aceptando la “responsabilidad” de Francia,  pero haciendo control de daños; en este caso, rechazando la noción de “complicidad”. Un gambito ha comprado con parejo pragmatismo el actual presidente ruandés, Paul Kagame, en su día líder de la resistencia que se sobrepuso a la matanza y replicó con la conquista del poder. Como reflejo de lo que es hoy África, Kagame lidera un proyecto político autoritario (2), respaldado por otras autocracias vecinas (principalmente, Uganda) y avalado por las sucesivas administraciones norteamericanas desde Clinton. O sea, justo lo que Mitterrand quería evitar. 

Macron dice mirar al futuro, su mantra político fundamental y único factor que le queda para prolongar su capital político. En África como en su propio país, este antiguo ejecutivo bancario piensa en términos de rentabilidad. Su política de seguridad en el Sahel se encuentra en el filo del fracaso, por la persistencia del empuje yihadista pero también por la incompetencia, la negligencia y la corrupción que caracterizan a las élites de los países de la región. Ruanda es una apuesta más segura. Kigali bien vale un arrepentimiento contenido (3).

 ALEMANIA Y NAMIBIA

El caso de Namibia es diferente, ya que nos remite a un periodo de efímera ambición colonial alemana. Tras el “reparto de Berlín”, auténtica carta del condominio colonial del imperialismo europeo a finales del siglo XIX, Alemania se vio compensada con pequeñas compensaciones en la costa noroccidental y suroccidental del continente, mientras Francia y Gran Bretaña, aparte de Bélgica y España, se quedaban con los mayores trozos del pastel.  La Namibia de hoy fue la posesión más preciada, tanto por sus recursos como por su extensión.

A comienzos del siglo XX, dos pueblos originales, los Herero y los Nama se levantaron contra el dominio germano. La represión fue brutal. Fueron asesinadas 90.000 personas,  lo que permite calificar la operación como genocidio. Los pocos sobrevivientes fueron encerrados en campos de detención que, por sus características y funcionamiento, se convirtieron en los pioneros de los campos de concentración nazis.

Ahora, Alemania, después de un largo periodo de reconsideración, ha procedido al correspondiente ejercicio de “arrepentimiento”. No sólo moral. El sobre con la presentación de excusas viene abultado con un cheque de más de mil millones de euros, en concepto de “reparación” a los herederos de las víctimas. Acostumbrados a este tipo de autolaceración por las barbaridades pasadas, los alemanes no han necesitado de alambiques retóricos para admitir su “responsabilidad moral”, en palabras del ministro de exteriores Haiko Maas (4).

 ESPAÑA, MARRUECOS Y EL SAHARA

El Sahara Occidental es la espina africana de España. La crisis reciente con Marruecos, por la atención sanitaria urgente del líder saharaui en un hospital español es un reflejo más de un problema irresuelto.

La espantada final del franquismo no ha sido reparada por los sucesivos gobiernos democráticos con la firmeza que el asunto exigía, bajo el parcial argumento de que el dossier había quedado emplazado en la ONU. La sombra intimidatoria del poder desestabilizador de Marruecos en tres frentes (inicialmente, la pesca; luego, la presión migratoria y la amenaza del terrorismo yihadista; y siempre Ceuta y Melilla) ha pesado demasiado en las esferas de poder. Como resultado de ello, a lo largo de estos años, el Estado ha declinado su responsabilidad en beneficio de grupos activistas de la sociedad civil, protagonistas de muchos gestos solidarios con la población saharaui. La desconexión entre ciudadanía y el Estado es palpable.

Esta realidad es también, en cierto modo, emocional. Hay más simpatía hacia un pueblo errante y reprimido que hacia un Reino que, como tantos otros en el mundo árabe, difícilmente cumple las normas de convivencia en democracia y libertad. Pero también opera una suerte de racismo subterráneo en la sociedad española y un resentimiento no del todo superado por la desastrosa herencia de las guerras coloniales, que prolongó su siniestra sombra en la contienda de 1936-1939.

El actual gobierno ha actuado correctamente al no ceder a las presiones marroquíes, a pesar del temible escenario de un eventual verano de crisis migratoria en Ceuta y Melilla. La UE ha echado una mano, incluyendo a Francia, que nunca quiere estar ausente en cualquier sobresalto africano (y en particular magrebí). No corrían buenos tiempos para Marruecos, después de un imprevisto incidente diplomático con Alemania, también a causa del Sahara (5). Rabat se creía reforzado con los acuerdos Abraham, en el tramo final del mandato de Trump, que posibilitaron el reconocimiento norteamericano de la soberanía marroquí sobre el territorio saharaui, “a cambio” de la normalización plena con Israel (6).

El episodio ha tenido su dimensión judicial, que avala la actuación del Gobierno y dificulta la propaganda marroquí. Pero, contrariamente al caso de Ruanda y Namibia, el Sahara no es un asunto del pasado, ni siquiera reciente: es todavía un asunto candente, para el que no valen excusas, ni siquiera compensaciones.  Cada día que pasa, es evidente que el plan de paz de la ONU es papel mojado y la anexión marroquí un hecho consumado. La reanudación de la guerra, que los saharauis anunciaron a finales de 2019, es un gesto propagandístico, debido a su inferioridad militar.  tarda en fraguarse, debido a su debilidad militar y a su  aislamiento diplomático. Las escaramuzas de meses pasados no pueden enmascarar esa amarga realidad.

 

NOTAS

(1) “A Kigali, Macron èspere le ‘don’ du perdón de la part des rescapés du genocidio”. PIOTR SMOLAR. LE MONDE, 27 de mayo.

(2) “The dark side of the Rwanda’s rebirth”. MVEMBA PHEZZO DIZOLELE. FOREIGN POLICY, 29 de mayo.

(3) “La politique africaine d’Emmanuel Macron, un project de renoveau à l’épreuve du réel”. JEAN-PHILIPPE RÉMY. LE MONDE, 27 de mayo.

(4) “Vertreter der Herero und Nama forden hunderte milliarden euro entschädigung”. DER SPIEGEL, 1 de junio.

(5) “Le Maroc ouvre une double crisis diplomatique avec l’Allemagne et l’Espagne”. FRÉDERIC BOBIN. LE MONDE, 15 de mayo; “Sahara occidental rapelle son ambassadrice a Berlin, dénonçant des ‘actes hostilles’ de l’Allemagne”. LE MONDE, 6 de mayo.

(6) “Morocco joins list of arab nations to begin normalizing relations with Israel”. THE NEW YORK TIMES, 10 de diciembre.

¿HACIA UNA TERCERA DÉCADA PERDIDA EN AMÉRICA LATINA?

 26 de mayo de 2021

América Latina es la zona del mundo más golpeada por COVID. Esta semana ha superado el millón de muertos, casi una tercera parte del total mundial, pese a que la región sólo reúne al 8% de la población planetaria. La pandemia no da señales de remitir. Excepto en Chile y Uruguay, la vacunación avanza con lentitud desesperante por falta de recursos, una logística deficiente, políticas absurdas e irresponsables (es el caso de Brasil, que se suman casi la mitad de las víctimas) y las debilidades estructurales de los sistemas sanitarios (1)

El impacto es durísimo, y no sólo en el plano sanitario o humanitario. La catástrofe económica es inmensa. Según el informe anual del Banco Interamericano de desarrollo, la economía de la región se ha retraído casi un 7,5% (un 3% en el global mundial), algo que no se había producido en los doscientos años de vida de estas naciones (2). Ningún otro bloque geográfico del mundo presenta cifras tan devastadoras. La región ha padecido, sin embargo, los confinamientos más estrictos. Tres países de América del Sur figuran entre los cinco con condiciones más severas de aislamiento: Perú (1º), Argentina (2º) y Chile (4º).

La fuerte dependencia que muchos de estos países tienen del turismo y de otros sectores económicos que el FMI denomina “de contacto intensivo” explica en parte esta situación calamitosa. Hay otros factores que contribuyen notablemente, en particular las políticas de estímulo fiscal y de réplica a la crisis, que han sido mucho más débiles que en otros lugares. Según un estudio de THE ECONOMIST, la media mundial de dinero público aportado ha sido de un dólar por cada dólar perdido por la crisis. En América del Sur y el Caribe, la cifra ha sido de 28 centavos. Además, parte de esa insuficiente compensación no ha repercutido directamente en la mejora de la situación de los ciudadanos, sino en cubrir las deficiencias de un sistema sanitario endeble (3).

La pandemia ha puesto en evidencia la debilidad económica y la fragilidad social de una región azotada por el mal gobierno, la orientación deliberadamente equivocada de sus sistemas productivos y el egoísmo criminal de sus élites. Latinoamérica padece los mayores niveles de desigualdad social de todo el mundo, con abismos escandalosos entre los tramos más y menos desfavorecidos de la población. No podía esperarse otro resultado menos severo tras el azote adicional del coronavirus.

Antes de la pandemia, la zona afrontaba una nueva década marcada por la amenaza de una nueva regresión. Tras la década larga perdida de finales del siglo pasado, se produjo, a mitad de la primera de esta centuria un débil y vacilante y engañoso periodo de recuperación, favorecido por el impulso de las materias primas, en un momento de fuerte demanda exterior, sobre todo procedente de China y otros mercados emergentes. Eso coincidió con la llegada al poder de fuerzas progresistas en varios países de la región, en algunos casos por primera vez en su historia. La pobreza se redujo, la alfabetización se incrementó, los programas sociales se reforzaron o se implantaron.

Pero el experimento duró poco. A mitad de la segunda década, la crisis financiera internacional terminó repercutiendo en el dependiente sistema económico de la región y casi todo se vino abajo. Los gobiernos progresistas fueron sustituidos por una versión remozada del neoliberalismo conservador. Llegó la época de los  presidentes-empresarios (Argentina, Chile, Perú, Uruguay y, con retraso, Ecuador), de populismos extremistas con indisimuladas tendencias autoritarias (Brasil), cuando de no oscuras maniobras políticas golpistas (Bolivia) o de conservadurismo acentuado (Colombia). El nuevo giro fracasó claramente en Argentina y Bolivia y da muestras de agotamientos terminal en Chile y en Brasil. El Covid sólo es la puntilla.

En dos de estos países hemos asistido estas últimas semanas a procesos distintos de gangrenamiento social y vuelco institucional: Colombia y Chile. Dos trayectorias diferentes, pero con un denominador común: atrincheramiento de las élites y empobrecimiento galopante de la población, debilitamiento de las clases medias y fracaso de un sistema de alternancia que deja fuera o desconoce las necesidades populares.

El estallido social en Colombia es el más grave en décadas. El gobierno de Iván Duque ha llevado al extremo la militarización sistémica de la policía para reprimir las protestas de una población exasperada (4). La pobreza ha alcanzado a otros cuatro millones más de colombianos, tanto por efecto del Covid como por las propias debilidades de la estructura económica. La chispa que precipitó la explosión social fue una reforma fiscal lesiva e injusta, que reforzaba los impuestos al consumo (los que más perjudican a los pobres) e introducía otros sobre la renta que agravaban el sistema impositivo más regresivo del continente.

Colombia llevaba desde 2016 esperando en vano el llamado “dividendo de la paz”, es decir, los supuestos beneficios del acuerdo con las FARC. Duque representaba el sector más beligerante de la oligarquía colombiana. Aunque no se ha revertido el proceso claramente, se han producido provocaciones. No ha sido una sorpresa que portavoces políticos y militares hayan querido presentar las protestas sociales como una actividad encubierta de “terrorismo”. El medio centenar de muertos dejado por la represión alimentará el resentimiento social (5).

En Chile, la descomposición del gobierno del empresario Piñera se ha consumado en las elecciones constituyentes. En realidad, la derecha, con menos de una cuarta parte de los escaños en juego, no ha sido la principal perdedora. El bloque de la Concertación, fórmula centrista que condujo los destinos del país durante dos décadas tras la caída de la dictadura militar, también parece definitivamente liquidado, tras un largo periodo de agotamiento, al obtener sólo una sexta parte de los diputados (6).

La Asamblea de la que debe salir una nueva Constitución que entierre para siempre el legado de Pinochet estará dominada por nuevas o remozadas fuerzas de izquierda, ajenas al consenso centrista de las últimas dos décadas, y de los “independientes”, cuya orientación en la práctica está aún por calibrar. Los movimientos estudiantiles, ecologistas e indigenistas han conseguido hacer oír su voz y tendrán un peso inédito en el futuro rumbo político.

Algunos analistas “al norte de Río Grande” quieren ver un contraste entre los casos colombiano y chileno: marcado por la violencia, el inmovilismo y la desesperación, el primero; impulsado por la “civilidad” y una renovada “institucionalización”, el segundo (7). La realidad es más compleja. Una nueva constitución, por muy progresista que sea, no será suficiente para superar las viejas heridas de la sociedad chilena. La democratización del sistema político no redujo, o muy poco, la desigualdad y las graves fracturas sociales. No hay garantías de que se reproduzcan las frustraciones.

Desde el poderoso vecino del norte preocupan las denominadas “derivas populistas” (al modo de Bolivia, Ecuador o Venezuela) que el empecinamiento en recetas liberales que no sólo han incrementado la pobreza sino que han fracasado en garantizar un crecimiento sólido.

Tras treinta años de vaivenes políticos, una realidad se impone como incontestable. América Latina necesita un cambio profundo, estructural más que puramente institucional, con una decisiva y contundente acentuación en políticas socio-económicas de creciente igualdad y distribución más equitativa de la riqueza. En caso contrario, estaremos abocados a una tercera década perdida.


NOTAS

(1)https://www.paho.org/en/news/21-5-2021-latin-america-and-caribbean-surpass-1-million-covid-deaths

(2)https://publications.iadb.org/publications/english/document/2021-Latin-American-and-Caribbean-Macroeconomic-Report-Opportunities-for-Stronger-and-Sustainable-Postpandemic-Growth.pdf

(3) “Why Latin America’s economy has been so badly hurt by covid-19”. THE ECONOMIST, 10 de mayo.

(4) “Colombia’s Police Force, built for War, find a new one”. JULIE TURKEWITZ y FEDERICO RÍOS. THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo.

(5) “Agobio por la pandemia y la violencia policial sacuden a Colombia” ELISABETH DICKINSON. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 6 de mayo; “Battlefield Colombia”. CATHERINE OSBORNE. FOREIGN POLICY, 6 de mayo.

(6) “Las elecciones a la Convención constitucional de Chile confirman el deseo de cambio de la ciudadanía”. GUSTAVO GONZÁLEZ. IPS, 18 de mayo“Chilean voters have turn their backs on traditional coalitions. What’s next? WILL FREEMAN y LUCAS PERELLÓ. FOREIGN POLICY, 17 de mayo.  

(7) “Why Chile’s Constituent Assembly matters to all of Latin America”. OLIVER STUENKEL. CARNEGIE, 20 de mayo;“Chile’s Constitution is too new for its own good”. MICHAEL ALBERTUS. FOREIGN POLICY, 21 de mayo;

PALESTINA: MISMA TRAGEDIA, ESCENARIOS DISTINTOS

 19 de mayo de 2021

Más de doscientos veinte muertos palestinos (un 30%, niños), por bombardeos intensivos de la aviación y la artillería israelí sobre Gaza; y una docena de fallecidos israelíes por cohetes de Hamas lanzados sobre núcleos de población en Israel constituyen el muy desigual balance de un nuevo estallido bélico. Destrucción y sufrimiento. La tragedia se repite. Como en 2014, 2012 o 2008-09. Pero esta vez, en escenarios políticos o estratégicos muy distintos. Son estos:

1) La deriva extremista israelí. La presente crisis se produce, no por casualidad, cuando estaba a punto de fraguar una inverosímil fórmula de gobierno alternativo que hubiera enviado a Netanyahu a la oposición, y propiciado su retirada política, una vez que quedara expuesto, ya sin blindaje, a la acción de la justicia, en los tres procesos que se siguen contra él.

El preacuerdo entre los centristas de Yeish Atid (Hay futuro) y los ultraconservadores de Yamina habían logrado atraerse a los cuatro diputados de la formación islamista Ra’am (Netanyahu lo había intentado antes, en vano). Una coalición Frankenstein, que refleja la crisis de identidad de Israel. La descomposición del centro-izquierda laborista y sus epígonos y el crecimiento del nacional-judaísmo dirigen a Israel por  una senda muy oscura e inquietante. El Parlamento israelí actual es el más extremista de la historia. El peso de los religiosos, ya sean ortodoxos o sionistas, es más grande que nunca. La derecha se fragmenta y radicaliza cada vez más por disputas de liderazgo (de ego, más bien), relegando los debates ideológicos o programáticos. Netanyahu es un rey sin corona, en una corte de ambiciosos segundones (1).

                En ese panorama, los partidos de la minoría árabe se agrupan o distancian, se unen o rompen por cuestiones menores, incluidos también los personalismos. Pero, sumados,  han llegado a ser una fuerza política en absoluto desdeñable: tanto como para ser imprescindibles en una coalición de gobierno, algo insólito en más de 70 años de existencia del Estado.

2) La quiebra de la convivencia árabe-judía en Israel

La revalorización política de la minoría árabe israelí ha podido ser un factor relevante en los enfrentamientos de abril y primeros de mayo en Jerusalén Este. La sucesión de hechos es claramente provocadora: presiones previas a una decisión judicial sobre el desalojo de unas casas habitadas por palestinos en la ciudad vieja; violenta intervención policial para acabar con las protestas subsiguientes; e irrupción de militantes del partido religioso extremista Lehava en actitud ofensiva y agresiva en la explanada de las mezquitas. Esta secuencia provocó una reacción solidaria de la minoría árabe israelí con los palestinos y un enfrentamiento abierto con los fanáticos judíos (2).

Los árabes israelíes han defendido siempre una solución justa al problema palestino, incluidos los derechos políticos. A pesar de su marginación, siguen siendo ciudadanos de Israel. Los recientes acontecimientos han dañado la convivencia y agudizado la brecha social y política. Lo que añade un factor adicional de desestabilización (3).

La primera consecuencia política ha sido la ruptura del preacuerdo de coalición israelí. El derechista Neftalí Bennett, líder de Yamina, reconocía hace unos días que la colaboración de los islamistas de Ra’am era ya imposible. Resultado más factible: quintas elecciones en poco más de dos años. Pero en esta ocasión, ante el persistente bloqueo político, se tratará de una elección única y directa del primer ministro, es decir, una presidencialización de facto del régimen político. Oportunidad inesperada para Netanyahu para sobrevivir otra vez. La acción militar puede verse también desde esta perspectiva de utilidad interna (política y personal).

3) La causa palestina, sin rumbo y sin liderazgo.

La tragedia de Gaza evidencia de nuevo la extrema debilidad palestina, la ausencia de liderazgo y un peligroso vacío político y estratégico. La crisis se produce días después de que el presidente de la Autoridad palestina, Mahmud Abbas, decidiera suspender las primeras elecciones generales palestinas en quince años. Aunque alegó razones de seguridad (el COVID , entre otras), se sospecha que el octogenario líder palestino trataba en realidad de evitar una derrota calamitosa de su partido, Fatah. Los herederos de Arafat, divididos en tres listas separadas, corrían el peligro máximo de ser vencidos por Hamas también en Cisjordania. La generación de dirigentes que ha vivido al amparo de los acuerdos de Oslo con Israel sin lograr un Estado propio ni otros objetivos de una paz elusiva y tramposa habrían firmado su fracaso definitivo, su jubilación política y, last but no least, el punto final a una trama de beneficios personales que el pudrimiento de la autonomía palestina ha generado estas tres últimas décadas. Como sostienen dos investigadores palestinos en Oxford, se impone una reflexión (4).

A su vez, Hamas podría haber ganado esas elecciones, pero la gran pregunta es si realmente quería hacerlo, por las consecuencias que ello comportaría. Desde el fracaso de la primera Intifada, a finales de los ochenta, Hamas se ha presentado como la alternativa combativa a Fatah-OLP, desde una concepción de resistencia sin fisuras. En realidad, esa ha sido una falsa, o al menos equívoca, etiqueta. De hecho, los islamistas han pactado en numerosas ocasiones con Israel, por razones pragmáticas de supervivencia, e incluso por responsabilidad. Tener competencia de gobierno ha obligado a ello. Desde la terrible guerra de 2014, los “arreglos” entre Israel y Hamas han sido constantes. 

Si a Netanyahu le conviene la guerra, a Hamas, también. El lanzamiento de cohetes sobre población civil no es una respuesta militar. Ni siquiera un acto de desesperación o frustración, sino un acto de propaganda (5). Como anticipó Aaron David Miller, un veterano de las negociaciones de paz en la administración Clinton, ambas partes se necesitan mutuamente (6). Y se retroalimentan. El único perdedor es la martirizada población de Gaza.  

4) Una nueva alineación estratégica regional y final del frente árabe

Israel ha mejorado notablemente su posición regional. Los denominados Acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, han consagrado las relaciones de Israel con estados árabes del Golfo. Emiratos y Bahréin se encuentran inmersos en el proceso de normalización diplomática y de cooperación económica-tecnológica con el otrora enemigo.

Arabia Saudí se reserva para el momento más propicio, aunque ya se han filtrado los contactos bilaterales sobre calendarios y condiciones del pacto. El sobresalto de estos días en Jerusalén Este ha obligado al Trono a pronunciar críticas verbales, discretas, contra Israel, pero sin dar un paso atrás en el acercamiento. Algo parecido pasa con Jordania, que es el custodio de esos santos lugares musulmanes, en un momento de especial fragilidad para el Reino, tras una oscura conspiración en las más altas esferas, resuelta de manera poco convincente.

Tanto Israel como las petromonarquías conceden una importancia estratégica a este realineamiento regional, que está diseñado para contrarrestar a Irán, ante un eventual restablecimiento del acuerdo nuclear. En este tablero volátil se juegan distintas bazas a la vez. Los saudíes mantienen la carta israelí en reserva, pero negocian paralelamente con Teherán un sorprendente acercamiento (¿o algo más?), por primera vez en cuarenta años. La fatiga de Washington por Oriente Medio hace que cada actor regional trate de mejorar sus posiciones. Sin complejos. Sin prejuicios (7).

5) La división norteamericana sobre el conflicto.

El estallido de esta última crisis supone una incomodidad para Biden, que ha puesto su atención prioritaria en China y, por extensión, en la vasta región de Asia-Pacífico. Ni siquiera el dossier nuclear iraní lo distrae mayormente de ese objetivo (8). Hay interés por llegar a un acuerdo con los ayatollahs, pero ha imprimido un ritmo pausado en las laboriosas negociaciones. En junio hay elecciones presidenciales en Irán. Se teme un triunfo de los conservadores, más reticentes al acuerdo con Washington, si no acarrea consigo un amplio levantamiento de las sanciones. De ahí que los norteamericanos “arrastren los pies”, hasta que se clarifique el rumbo político en la república islámica.

En las operaciones de estos días, Biden ha actuado con el libreto convencional: defensa del derecho de Israel “a defenderse”, bloqueo de condenas internacionales de la ONU, pasividad ante la brutal y desproporcionada respuesta bélica israelí al lanzamiento de cohetes de Hamas sobre núcleos de población israelí y pálida y tardía solicitud de alto el fuego (no fin de hostilidades). Esta ha sido la postura de Biden en cincuenta años de actividad política, en el Congreso, como responsable del Comité de exteriores, y luego en la Casa Blanca de Obama.

Lo que resulta novedoso es la creciente posición crítica en las filas demócratas. Nunca ha habido un grupo tan numeroso de congresistas que señalen a Israel como responsable. Aparte de Alexandra Ocasio-Cortez, Ilham Omar y Rashida Tlaib (de origen palestino), se han elevado otras voces que exigen a la Casa Blanca condenar los excesos de Netanyahu y del Tsahal, denunciar la política israelí como propia de un régimen de apartheid y condicionar la ayuda a Israel a un patrón decente de comportamiento (9). Por primera vez, más de la mitad de la población judía menor de 30 años no se considera vinculada a Israel. Los judíos norteamericanos agrupados en J-Street, organización más progresista que el lobby AIPAC, creen llegado de momento de acabar con la incondicional del apoyo al estado sionista (10).


NOTAS

(1) “How the fight with the Palestinians gave Israel’s Netanyahu a political lifeline”, NERI ZILBER. THE WASHINGTON INSTITUTE, 14 de mayo.

(2) “After years of quiet, israeli-palestinian conflict exploded. Why now?”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 15 de mayo. “Israel’s war will never end. STEVE A. COOK. FOREIGN POLICY, 13 de mayo.

(3) “The perfect storm for israelis and palestinians”. NATHAN SACHS. BROOKINGS, 15 de mayo.

(4) “A Palestinian reckoning. Time for a new beginning”. HUSSEIN AGHA y AHMAD SAMIH KHALIDI. FOREIGN AFFAIRS, abril-mayo 2021.

(5) “Hamas tries to seize the day”. DANIEL L. BYMAN. BROOKINGS, 12 de mayo.

(6) “Israel and Hamas need each other”. AARON DAVID MILLER. FOREIGN AFFAIRS, 29 de marzo de 2019.

(7) “Résurgence du conflict israélo-palestinien: les nouveaux alliés árabes d’Isräel sur la corde raide”. BENJAMIN BARHTE y FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 13 de mayo.

(8) “The U.S. can neither ignore nor solve the israeli-palestinian conflict”. MARTIN INDYK. FOREIGN AFFAIRS, 14 de mayo.

(9) “Bringing assistance to Israel in line with rights and U.S. laws”. JOSH RUEBNER, SALIH BOOKER Y ZAHA HASSAN. CARNEGIE, 12 de mayo.

(10 ) “Tensions among the Democrats grow over Israel as the Left defends Palestinians”. THE NEW YORK TIMES, 15 de mayo; The U.S. conversation on Israel is changing, no matter Biden’s meek response”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 17 de mayo.

ESCOCIA: FORTALEZAS Y DEBILIDADES DE LA ASPIRACIÓN INDEPENDENTISTA

12 de mayo de 2021

Las elecciones regionales en Escocia del pasado 6 de mayo han reforzado la aspiración nacionalista de lograr un nuevo referéndum de independencia. El Partido Nacionalista escocés (SNP) ha aumentado en un escaño su presencia en el Parlamento de Holyrood y se ha quedado a uno solo de la mayoría absoluta. Sus socios en la aspiración independentista, los verdes, han obtenido dos más y ya suman ocho. Hay, por tanto, una mayoría política que quiere a Escocia fuera del Reino Unido. Y dentro de la Unión Europea.

La posición de los nacionalistas se ha reforzado electoralmente, mientras el bando opuesto presenta un balance desigual. Los conservadores parecen exitosos tras su abrumador triunfo en las generales de diciembre de 2018, mientras los laboristas continúan con su calvario electoral, confirmado en los comicios parciales recientes. En las últimas dos décadas, la decadencia laborista en su otrora feudo escocés ha transcurrido en paralelo al auge independentista, como refleja el siguiente gráfico. Es claro el trasvase de votos, favorecido por la evolución del nacionalismo hacia posiciones clásicas de la socialdemocracia europea.



Los liberal-demócratas tampoco levantan cabeza. Su creciente irrelevancia en Escocia se ha producido en beneficio de los conservadores, que se presentan como portavoces más convincentes de la población unionista.



El primer ministro tory, Boris Johnson, parece haber superado el desgaste de la pandemia con una eficaz campaña de vacunación, liberada de las rigideces burocráticas que han lastrado a la UE. Pero ante el “problema escocés”, esta aparente fortaleza es muy discutible y tendrá que ser más hábil que contundente.

Nicola Sturgeon es ya, sin lugar a dudas, la segunda figura política del Reino (todavía) Unido. El reciente triunfo electoral parece enterrar la marejada que sacudió al SNP por el enfrentamiento con, Alex Salmond, su antecesor.

Así las cosas, la independencia escocesa y el procedimiento para alcanzarla será objeto de una feroz disputa y de un intrincado debate social, mediático y político. He aquí un repaso a las fortalezas y debilidades de una aspiración que puede tener enormes consecuencias en todo el continente. Los argumentos favorables y desfavorables se presentan por bloques temáticos.

1. La cuestión legal o de procedimiento.

      DEBILIDADES

FORTALEZAS

Los nacionalistas no pueden convocar el referéndum. Tiene que hacerlo Westminster. Los conservadores, con mayoría absoluta en el Parlamento de Londres, se oponen radicalmente, igual que laboristas y liberales.

La mayoría independentista no plantea un desafío al Estado ni pretende seguir una vía unilateral, contrariamente a lo ocurrido en Cataluña. Quiere que el proceso se ajuste a las exigencias legales.


2. Las bazas políticas.

  DEBILIDADES

FORTALEZAS

Johnson ha descartado el “permiso” para la celebración de un nuevo referéndum, ateniéndose al principio no escrito (es decir, político, no legal) de que tal iniciativa sólo puede producirse una vez por generación. Cameron ofreció más competencias a Escocia en 2014 y eso resultó decisivo para que el resultado del referéndum fuera favorable a la permanencia en el Reino Unido. Johnson, en cambio, no se ha mostrado muy conciliador, hasta la fecha, aunque, conociendo su carácter, no es descartable un viraje. En todo caso, no será fácil convencer a la base tory, que ya fue reticente con la postura flexible de Cameron. Según una encuesta de YouGov, la mitad de los británicos son  indiferentes o incluso favorables a la independencia escocesa, pero los electores conservadores son claramente contrarios.

Sturgeon replica que han cambiado notablemente las condiciones políticas con respecto a 2014. Entonces, Gran Bretaña estaba en la UE. Ahora, Escocia se ha visto expulsad del proyecto europeo, a pesar de que, en el referéndum del Brexit, los escoceses votaron claramente a favor de la permanencia en la UE (62% frente al 38%).

La popularidad de Sturgeon se ha reforzado con una más que aceptable actuación ante la pandemia en sus ámbitos de competencia, y un balance positivo en su gestión global, aunque haya algunos elementos negativos.

La escisión protagonizada por Alex Salmond, el anterior líder nacionalista y en su día mentor de Sturgeon, tras un escándalo relacionado con presuntos abusos sexuales, se ha diluido. ALBA, el partido creado por Salmond tras la ruptura, no ha obtenido ni un solo escaño en las recientes elecciones.


3. La viabilidad económica. 

    DEBILIDADES

FORTALEZAS

Las cifras indican un desequilibrio fiscal de Escocia. En la actualidad, este territorio recauda menos y gasta más por habitante que el Reino Unido en su conjunto. El déficit público escoces sería el 8,6% del PIB frente a, 2,6% del Reino Unido.

THE ECONOMIST señala, además, que el rédito fiscal del petróleo y el gas, el principal recurso de Escocia, es volátil: ha pasado de 10 mil millones de libras en 2008 a 650 millones el año pasado. Eso sin tener en cuenta que, en caso de separación, Gran Bretaña reclamará una parte de esos recursos naturales, además del sostenimiento compartido de la deuda estatal actual, que supera los 2 billones de libras y supone casi el 100% del PIB.

Por último, se resalta el impacto sobre el comercio. Escocia vende al Reino Unido el 60% de los productos que exporta. En el nuevo escenario, habrá una merma clara.

Los nacionalistas argumentan que Escocia dispone de una situación socio-económica favorable para afrontar estos retos, por cuanto que, según los datos disponibles más recientes, el PIB per cápita es casi de 30.000 libras, sólo dos mil menos que el del Reino Unido.

Asimismo, los independentistas arguyen que,  según la mayoría de los análisis, los perjuicios económicos del Brexit van a ser mayores que los de Scotxit, y eso no impidió el empeño de los tories (y de la mayoría de los laboristas) en separarse de la UE.

Otro argumento menos fáctico remite a experiencias similares de otros países europeos, cuya prosperidad mejoró muy claramente después de acceder a la independencia. Son los casos de Noruega (después de separarse de Suecia) y de Islandia (tras segregarse de Dinamarca).

Con respecto al dossier mercantil, Escocia espera compensar la pérdida con la protección del acuerdo entre la UE y Gran Bretaña.  

               

4. Las relaciones con la UE.

DEBILIDADES

FORTALEZAS

Por muy entusiasta que sea con el proyecto europeo, Escocia tendrá que afrontar un periodo de adaptación y de cumplimiento de requisitos tan estrictos como cualquier otro aspirante a la adhesión. Los tories suelen afirmar que la eurofilia escocesa es muy reciente y recuerdan que en los años setenta se opusieron al ingreso del Reino Unido.

Además, se evoca el problema político que originaría la adhesión tras una secesión nacional; y en particular se apunta a un posible veto de España, para no alimentar las aspiraciones de Cataluña. Se ignora qué posición mantendrán Alemania y Francia, dos ejemplos contrarios de federalismo y centralismo en sus ámbitos internos.

En el aspecto técnico, también se señalan problemas. Para cumplir con los criterios de la UE, Escocia tendría que afrontar un serio ajuste, algo muy perjudicial para su proyecto de expansión de sus servicios públicos.

El gran obstáculo será el monetario. Escocia no desearía adoptar el euro, pero como no tiene moneda propia, tendría que acogerse a la libra como instrumento transitorio. Los tratados europeos no contemplan de forma explicita esta solución, lo cual plantea un complicado proceso de negociación.

Los nacionalistas acreditan un fuerte compromiso con el proyecto europeo. En el referéndum del Brexit, se pronunciaron claramente por la permanencia en la UE, con un 62% de votos favorables, más que cualquier otra parte del Reino Unido.

El europeísmo escocés no tan reciente como dicen los unionistas. Hace tiempo que los nacionalistas mantienen un discurso de adhesión al proyecto de integración europea frente a las reticencias de conservadores y de un sector de los laboristas.

En cuanto a los requisitos, los políticos y sociales están más que acreditados y los económicos no son insalvables. Se citan opiniones autorizadas, que sostienen que la candidatura escocesa tendrá preminencia sobre la de aspirantes balcánicos como Albania y Montenegro.

En el controvertido asunto del euro, el planteamiento inicial de Escocia es conservar su autonomía monetaria. Aspiran, sin decirlo expresamente, a seguir el modelo sueco, es decir, comprometerse con el euro, pero sin prisas, a largo plazo, hasta calibrar lo que resulte más conveniente para sus intereses económicos y, si procede, crear su propia moneda.

 

 5. El compromiso con la seguridad aliada

   DEBILIDADES

FORTALEZAS

El principal escollo es el futuro de los submarinos de propulsión nuclear Trident, cuya base se encuentra a 65 kilómetros de Glasgow. Los nacionalistas han sido desde hace tiempo partidarios de la retirada de este armamento. La mitad del electorado escocés se manifiesta claramente a favor de la retirada de los submarinos y de una Escocia desnuclearizada. Una eventual tensión con la OTAN puede ser una complicación adicional y una baza para los unionistas de Londres.  

Escocia desea permanecer anclada en la OTAN y su pertenencia a esta organización será muy bien recibida por los aliados. El nuevo país aseguraría el refuerzo de la vigilancia activa del norte marítimo europeo, de importancia estratégica evidente, además de contar con el respaldo de los países bálticos, por la permanente sensación de la supuesta amenaza rusa.

La flexibilidad en el asunto de los submarinos se da por descontada, aunque no sea explícita. De hecho, Sturgeon hace tiempo que ha dejado de reivindicar la retirada de este armamento.

 

REFERENCIAS

- “Brexit has reinvigorated Scottish nationalism. It has also shown up some of the difficulties of secession. THE ECONOMIST, 17 de abril.

- “Scottish activists want a quiet, safe, progressive independence. The new country would scurry to join NATO and the EU”. LINDSEY KENNEDY y NATHAM PAUL SOUTHERN. FOREIGN POLICY, 31 de marzo.

-SNP election win: Johnson set up meeting as Sturgeon pledges second referendum. GUARDIAN, 8 de mayo.

- “Enthusiasm for the SNP does not reflect its record in government”. THE ECONOMIST, 1 de mayo.