PARADOJAS DE LAS ELECCIONES ALEMANAS

29 de septiembre de 2009

A primera vista, la lectura de las elecciones alemanas parece sencilla. Los resultados parecen tan claros que la tentación de hacer un análisis unidireccional es grande. Se ha producido un giro conservador, con la estabilización –a la baja- de la CDU (cristianodemócratas) y el ascenso en casi cinco puntos del FPD (liberales), lo que avala una “pequeña coalición” de centro-derecha con las suficientes garantías para gobernar. La pérdida de once puntos y de un tercio de sus escaños supone una severa derrota del SPD (socialdemócratas), su desplazamiento a la oposición y una previsible travesía del desierto. El beneficiario secundario del hundimiento socialdemócrata es Die Linke (izquierda), el combinado de socialistas de izquierda escindidos del SPD, los antiguos comunistas del Este y otros grupos minoritarios críticos del sistema. Sin embargo, no resulta descabellado observar ciertas paradojas que auguran complicaciones políticas en Alemania durante los próximos cuatro años.
LA ESTRATEGIA DE MERKEL
Aunque el líder liberal, Guido Westervelle le haya disputado la atención mediática, Angela Merkel es la vencedora personal de las elecciones. Por su credibilidad, afirman los afines. Por su ambigüedad, replican los críticos. Discípula aventajada de su correligionario Andreotti, ha sabido sacar toda la ventaja posible de su condición de Jefa de gobierno para convertir la necesidad en virtud. La necesidad: atemperar sobre la marcha el credo neoliberal con que se había presentado a las elecciones de 2005. La virtud: presentarse como garantía de equilibrio entre frente a socialdemócratas y liberales.
La primera paradoja de estas elecciones es que, en su obligada operación de camuflaje político, Ángela Merkel ha terminado perjudicando, siquiera levemente, a su propio partido. La CDU ha cosechado los peores resultados desde 1949 y “hermanos bávaros” de la CSU consiguen menos escaños que el FPD, por primera vez en la República Federal.
Merkel ha hecho valer su propuesta centrista, sin excesos ni fundamentalismos ideológicos. Como escribió Richard David Precht en DIE ZEIT: “Se acabó lo de ‘libertad en lugar de socialismo’ de los cristiano-demócratas, que defienden hoy el mayor plan de subvenciones de la historia alemana desde Willy Brandt”. La defensa que hizo en la cumbre del G-20 de una amplia regulación de los mercados financieros y del estricto control del sueldo de los altos ejecutivos terminó de reforzar su perfil de conservadora responsable.
El FENÓMENO WESTERVELLE
Paradójica resulta también la reconversión del líder liberal, que tuvo su periodo de extravagancia y exhibicionismo en los “reality shows” televisivos y que ahora se encuentra cómodo con la imagen de “alemán medio”. Guido Westervelle ha corregido sus excesos. Su estilo directo, su espontaneidad casi juvenil, su franqueza (avalada por la “confesión” de su homosexualidad, ante cierto escándalo de los ultraconservadores bávaros) se mantienen, pero han sido reciclados y puestos ahora al servicio de una estrategia de gobierno.
Otra paradoja es que los grandes defensores en Alemania del orden ultraliberal, que tan nefastas consecuencias ha comportado, sean los vencedores de estos comicios. El SÜDDEUTSCHE ZEITUNG aventura esta explicación: “Tal vez los electores han visto a los liberales menos como defensores de una ideología que como representantes de posiciones que les son personalmente útiles”. Las posiciones más identificables de los liberales se refieren a la reducción de impuestos.
UNA COALICION NO TAN PLÁCIDA
Los liberales habían dejado claro en su congreso de Potsdam su disposición a una coalición con la CDU-CSU, como en los ochenta y noventa. La CDU favorecía también el cambio de socio. Merkel sólo fue más explícita avanzada ya la campaña. Nunca descartó completamente la Gran Coalición, en la que no sentía peligrar su capital político.
Democristianos y liberales se han repartido, desigualmente, el electorado de centro-derecha todos estos años. Los primeros, aplicando una versión conservadora del capitalismo renano, más protector que el anglosajón, más consciente de la importancia del Estado, pero también más tradicionalista en cuestiones sociales, de moralidad y costumbre. Los segundos, aunque apegados a una cierta retórica librecambista propia del capitalismo thatcherista, han buscado sus caladeros en las clases medias emergentes, empresarios, profesionales, y entre el electorado más joven, con un mensaje más abierto en las cuestiones sociales y culturales. La denuncia de medidas cristianodemócratas que podrían debilitar las libertades civiles en la política antiterrorista pueden haberle proporcionado ciertos apoyos entre el electorado de inclinación progresista, estima el semanario británico THE ECONOMIST.
Los liberales, como en los ochenta y noventa, se harán con las carteras de Exteriores y Economía. En la conducción de la economía, cristianodemócratas y liberales tendrán que conciliar sus propuestas fiscales. Sabedora de las facturas que hay pendientes, Merkel aceptará recortes de impuestos, pero la mitad de los 50 mil millones de dólares que propugna Westerwelle. La propuesta liberal es “jugar a la ruleta rusa con la sociedad”, sanciona el SUDDEUTSCHE. La Canciller ha rechazado –resalta DIE ZEIT- otras aspiraciones liberales "como la suavización de las condiciones de despedido o la privatización de las agencias de empleo”.
Guido Westervelle será el jefe de la diplomacia y, en tanto tal, Vicecanciller. Otra paradoja. Aunque el líder liberal se ha preocupado por los temas internacionales, dejándose ver en foros exclusivos y pronunciando discursos de ciertas pretensiones ante audiencias especializadas, lo cierto es que su experiencia real en la materia es nula y, señala con cierta acidez el corresponsal de LE MONDE, “el inglés no es su fuerte”. El asunto tiene poca importancia, porque será la Canciller la que dirija la política exterior alemana.
El HUNDIMIENTO SOCIALDEMÓCRATA
La humillante derrota del SPD se produce “en todas las franjas de edad y todas las categorías profesionales”, observa LE MONDE. La Gran Coalición, presentada como un ejercicio de responsabilidad por los dirigentes del partido, ha terminado convirtiéndose en una trampa política. Steinmeier y sus socios de la dirección quisieron corregir el discurso, pero el intento ha tenido el efecto paradójico de ampliar la catástrofe en vez de reducirla.
DIE ZEIT señala que la derrota del 27 de septiembre es el final de una estrategia incubada a mediados de los setenta por la corriente Seeheimer Kreis, que inspiró a la trinidad reformista del SPD (Schroeder, Steinmeier y Muntefering). El SPD ha pagado hoy las hipotecas políticas de la Agenda 2000, que a finales de los noventa pretendió “salvar” el Estado de bienestar haciéndolo más flexible, recortando los supuestos excesos y abusos, adaptándolo a la oleada liberal. La renovación debería confirmarse en el Congreso anunciado para noviembre. Muntefering no se presentará a la reelección como presidente y Steinmeier ya ha renunciado que no aspira al cargo, aunque, de momento, presidirá el grupo parlamentario.
LA INCIERTA RECONCILIACION DE LA IZQUIERDA
Pero contrariamente a lo que ocurre en otros países europeos, este debilitamiento de la socialdemocracia alemana no ha favorecido sólo al centro-derecha. El buen resultado de la coalición de izquierdas (Die Linke) supone un capítulo más en un largo ajuste de cuentas histórico entre las “dos almas del socialismo alemán”. Con el 12% de los votos (tres más que en 2005) y 76 diputados federales (22 más de los que tenía), Oskar Lafontaine se cobra una revancha indudable. Después de diez años trabajando en la reestructuración y fortalecimiento del SPD, las insalvables diferencias con Schröeder y el sector reformista provocaron su tormentoso abandono del partido, en 2005. Dos años después, el “Napoleón del Sarre” consiguió la convergencia, no sin dificultades, entre la corriente izquierdista de la socialdemocracia (agrupada en la WASG, Alternativa electoral para el trabajo y la justicia social) y el PDS, el heredero muy renovado del partido comunista de Alemania Oriental.
La herida que esta escisión motivó no se ha cerrado. Está por ver si el resultado de estas elecciones ahonda la llaga o contribuye a su cicatrización. Desde la lógica política, el acercamiento en la oposición es más factible. Pero las enemistades son profundas. Y no está claro que los futuros dirigentes del SPD favorezcan el acercamiento a Lafontaine.
Tampoco DIE LINKE es una balsa de aceite. El diagnóstico de DER SPIEGEL es sugerente: “El cuadro clásico en el Este es intrínsecamente conservador, tiene la cultura política del partido mayoritario que fue durante cuarenta años y no quiere renunciar a ello (…) El militante del Oeste, por su parte, lleva el estigma de minoritario, lo que le hace ligeramente salvaje y poco apto al compromiso”. Podría resultar también paradójico que el crecimiento de la izquierda pudiera agudizar estas discrepancias.
El tercer partido progresista, los Verdes, se estabiliza en un 10%. Su influencia política no aumenta, pero se mantiene como imprescindible para que la izquierda vuelva al gobierno en 2013. La abstención ha batido records. La participación se ha reducido al 70,8%, ¡siete puntos menos que hace cuatro años!, cuando ya se tocó fondo. “Hitler ha dejado de ser rentable para la perdurabilidad de la democracia”, enfatiza con ironía el SUDDEUTSCHE.
En definitiva, lejos de una aparente estabilidad, Alemania vive una “transición política”, como ha señalado Joshka Fischer, el exlíder ecologista y hoy consultor y analista fieramente independiente. La consolidación de los “partidos pequeños” impedirá la hegemonía política de los dos grandes, que necesitarán a dos pequeños para gobernar. Por una generación al menos, la fórmula de la Gran Coalición parece definitivamente enterrada.

DE LA GUERRA NECESARIA A LA GUERRA INCÓMODA

24 de septiembre de 2009

En ese desplazamiento político y emocional se encuentra el Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, con respecto a Afganistán. La solicitud de tropas adicionales explicitada por el jefe militar norteamericano en aquel país, el general McChrystal, no por esperada ha resultado menos agitadora.
Se sabe lo que pide con cierto apremio el alto mando militar: más tropas si se quiere evitar el fracaso. Fracaso equivale a derrota. El general McChrystal aplica aquí lo que viene siendo elemento central de las estrategias de combate de los Estados Unidos en sus guerras de baja intensidad desde la revisión realizada a comienzos de los ochenta, cuando se decidió que el Pentágono debía estar preparado para afrontar “dos guerras y media”. Ese principio es que cualquier intervención militar debe contar con una fuerza masiva, desproporcionada quizás, para asegurar una victoria contundente pero sobre todo rápida.
El desdichado Donald Rumsfeld, cruzado de tantas contrarrevoluciones radicales, se permitió cuestionar este principio en la guerra contra Irak e impuso a los generales del Pentágono una campaña inicialmente reducida. Tenía el entonces secretario de Defensa la idea de que los militares también se comportan como burócratas y tienden a gastar más de lo necesario. Seguramente, como no se creía sus propios embustes sobre las capacidades de destrucción masiva de Saddam Hussein, apostó por movilizar recursos limitados, pero altamente eficaces. A principio, la estrategia resultó. La guerra fue corta y hubo más victimas propias causadas por fuego amigo que por Irak. Pero la posguerra resultó muy diferente. Cuando el ejército norteamericano se convirtió, sin disimulo ni retóricas, en fuerza de ocupación, pasó lo que pasó. Y los generales le pasaron factura a Rumsfeld. Lo fueron debilitando a medida que las bajas de adolescentes norteamericanos aumentaban y la gran farsa destruía la reputación patriótica de la administración Cheney-Bush (por este orden). Hasta que el más listo de la sala de banderas, el general Petreus, consiguió convencer a la Casa Blanca de que la única forma de revertir la situación y maquillar el desastre era incrementar las tropas combatientes en Irak: el famoso “surge”. Así se hizo, y con Rumsfeld ya en la “reserva” (definitiva), se libró la “guerra de los militares”, la que los militares querían. Aquí dejamos la analogía. Y volvemos a Afganistán.
Aunque la situación sea bien distinta, como ya hemos explicado aquí, la receta castrense no difiere mucho: más tropas para garantizar el éxito. Los argumentos centrales del requisitorio de McChrystal fueron desveladas en el WASHINGTON POST por Bob Woodward (el periodista del Watergate): hay que aumentar las tropas para superar la movilidad de los talibanes y su eficaz manejo del terreno y de la frustración local, y así poder proteger a la población de los ataques y amenazas, hay que formar a las fuerzas militares y de seguridad afgana para hacer posible una retirada ulterior con garantías. Esa es la letra grande. Pero la letra pequeña tiene un interés incuestionable.
McChrystal no se muerde la lengua al analizar los factores que están complicando la misión. Del mando de la OTAN en Afganistán afirma que está “mal configurado”, es “poco experimentado”, está “distanciado de los afganos” y no entiende “aspectos críticos de la sociedad afgana”; como consecuencia de los cual, los soldados aliados están más preocupados de “protegerse a si mismos que de proteger a la población local”. Del gobierno afgano, asevera que está debilitado por una “corrupción generalizada” y el “abuso de poder”. De los talibanes, que son despiadados, pero astutos y con gran capacidad para la propaganda y el reclutamiento de desafectos, especialmente en las cárceles, convertidas en viveros de terroristas.
Ya antes del informe, la Casa Blanca empezaba a sentirse visiblemente incómoda por una guerra cada día más enrevesada. La tesis preelectoral de Obama de que Bush se había equivocado de guerra era sugerente para que el alma conservadora de Estados Unidos no se espantara y no pudiera presentarlo como un pusilánime que carecía de agallas para ser comandante en jefe. La fórmula de Obama era brillante es su sencillez: cambiamos los huevos de cesto, nos vamos –ordenadamente- de Irak y nos concentramos en Afganistán (y Pakistán), derrotamos a los talibanes, cazamos a Bin Laden y a sus últimos guerreros del apocalipsis jihadista y nos preparamos para una nueva era de paz y estabilidad en Oriente Medio. Pero estalló la crisis económica, seguir gastando en guerras remotas y poco productivas se hizo más difícil día a día, la situación sobre el terreno empeoraba, las bajas alcanzaban cifras récord y los amigos locales no sólo se dedicaban a enriquecerse sino que, además, no tenían empacho en amañar las elecciones sin disimulo. En sólo unos meses, el cántaro roto, y la leche, derramada.
Obama ha dicho que examinará la petición de McChrystal, pero “no hay que poner el carro delante de los bueyes” (sic). O sea, que primero hay que redefinir la estrategia y luego decidir los recursos que se asignan. Pero lo cierto es que el informe del general –y su conocimiento público- ha apremiado el debate. Hasta el punto de que Obama reunió el día 13, domingo, a sus principales asesores para escuchar sus propuestas. El vicepresidente Biden estuvo muy claro: olvidémonos de Afganistán, allí ya no hay terroristas islámicos, hay que preparar la retirada y concentrarse en destruir a los binladistas y sus amigos talibanes afganos y pakistaníes en la porosa zona fronteriza, a base de bombardeos de los aviones Predator y otros efectivos especiales. O sea, pasar de la contrainsurgencia al contraterrorismo. Esta opinión no fue compartida por los otros altos cargos. Hillary Clinton incluso llegó a decir en la PBS: “si Afganistán es tomado por los taliban, no quiero decir lo rápido que regresará allí Al Qaeda”. Pero que la “solución Biden”, desestimada por Obama en marzo, haya vuelto a considerarse indica la “amplitud de la revisión que está haciendo la administración”, subraya el diario neoyorquino.
Los militares temen que Obama se esté arrepintiendo de haber ordenado el envío de 21.000 hombres más esta primavera, según fuentes del Pentágono citadas por THE NEW YORK TIMES. Por su parte, Robert Dreyfuss asegura en el semanario progresista THE NATION que en círculos neocon se especula con que McChrystal dimita si no obtiene las tropas adicionales que ha solicitado. THE WALL STREET JOURNAL asegura que la Casa Blanca le pidió que aplazara su informe. Pero este general proveniente de las fuerzas especiales y con algunos episodios oscuros en su historial se habría sentido respaldado por muchos de sus superiores. No es descartable que Obama tenga que acudir a su “ministro prestado” (de Bush), el secretario de Defensa, para aplacar los ánimos. Después de todo, el propio Gates lo dijo alto y claro cuando se conoció el informe de McChrystal: “lo de Afganistán va para largo, mejor es que nos tomemos un respiro y reflexionemos con calma”.
¿Quién se acuerda de la “guerra necesaria”? Ahora hay que evitar que se vuelva insoportablemente incómoda

DE LA GUERRA NECESARIA A LA GUERRA INCÓMODA

24 de septiembre de 2009

En ese desplazamiento político y emocional se encuentra el Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, con respecto a Afganistán. La solicitud de tropas adicionales explicitada por el jefe militar norteamericano en aquel país, el general McChrystal, no por esperada ha resultado menos agitadora.
Se sabe lo que pide con cierto apremio el alto mando militar: más tropas si se quiere evitar el fracaso. Fracaso equivale a derrota. El general McChrystal aplica aquí lo que viene siendo elemento central de las estrategias de combate de los Estados Unidos en sus guerras de baja intensidad desde la revisión realizada a comienzos de los ochenta, cuando se decidió que el Pentágono debía estar preparado para afrontar “dos guerras y media”. Ese principio es que cualquier intervención militar debe contar con una fuerza masiva, desproporcionada quizás, para asegurar una victoria contundente pero sobre todo rápida.
El desdichado Donald Rumsfeld, cruzado de tantas contrarrevoluciones radicales, se permitió cuestionar este principio en la guerra contra Irak e impuso a los generales del Pentágono una campaña inicialmente reducida. Tenía el entonces secretario de Defensa la idea de que los militares también se comportan como burócratas y tienden a gastar más de lo necesario. Seguramente, como no se creía sus propios embustes sobre las capacidades de destrucción masiva de Saddam Hussein, apostó por movilizar recursos limitados, pero altamente eficaces. A principio, la estrategia resultó. La guerra fue corta y hubo más victimas propias causadas por fuego amigo que por Irak. Pero la posguerra resultó muy diferente. Cuando el ejército norteamericano se convirtió, sin disimulo ni retóricas, en fuerza de ocupación, pasó lo que pasó. Y los generales le pasaron factura a Rumsfeld. Lo fueron debilitando a medida que las bajas de adolescentes norteamericanos aumentaban y la gran farsa destruía la reputación patriótica de la administración Cheney-Bush (por este orden). Hasta que el más listo de la sala de banderas, el general Petreus, consiguió convencer a la Casa Blanca de que la única forma de revertir la situación y maquillar el desastre era incrementar las tropas combatientes en Irak: el famoso “surge”. Así se hizo, y con Rumsfeld ya en la “reserva” (definitiva), se libró la “guerra de los militares”, la que los militares querían. Aquí dejamos la analogía. Y volvemos a Afganistán.
Aunque la situación sea bien distinta, como ya hemos explicado aquí, la receta castrense no difiere mucho: más tropas para garantizar el éxito. Los argumentos centrales del requisitorio de McChrystal fueron desveladas en el WASHINGTON POST por Bob Woodward (el periodista del Watergate): hay que aumentar las tropas para superar la movilidad de los talibanes y su eficaz manejo del terreno y de la frustración local, y así poder proteger a la población de los ataques y amenazas, hay que formar a las fuerzas militares y de seguridad afgana para hacer posible una retirada ulterior con garantías. Esa es la letra grande. Pero la letra pequeña tiene un interés incuestionable.
McChrystal no se muerde la lengua al analizar los factores que están complicando la misión. Del mando de la OTAN en Afganistán afirma que está “mal configurado”, es “poco experimentado”, está “distanciado de los afganos” y no entiende “aspectos críticos de la sociedad afgana”; como consecuencia de los cual, los soldados aliados están más preocupados de “protegerse a si mismos que de proteger a la población local”. Del gobierno afgano, asevera que está debilitado por una “corrupción generalizada” y el “abuso de poder”. De los talibanes, que son despiadados, pero astutos y con gran capacidad para la propaganda y el reclutamiento de desafectos, especialmente en las cárceles, convertidas en viveros de terroristas.
Ya antes del informe, la Casa Blanca empezaba a sentirse visiblemente incómoda por una guerra cada día más enrevesada. La tesis preelectoral de Obama de que Bush se había equivocado de guerra era sugerente para que el alma conservadora de Estados Unidos no se espantara y no pudiera presentarlo como un pusilánime que carecía de agallas para ser comandante en jefe. La fórmula de Obama era brillante es su sencillez: cambiamos los huevos de cesto, nos vamos –ordenadamente- de Irak y nos concentramos en Afganistán (y Pakistán), derrotamos a los talibanes, cazamos a Bin Laden y a sus últimos guerreros del apocalipsis jihadista y nos preparamos para una nueva era de paz y estabilidad en Oriente Medio. Pero estalló la crisis económica, seguir gastando en guerras remotas y poco productivas se hizo más difícil día a día, la situación sobre el terreno empeoraba, las bajas alcanzaban cifras récord y los amigos locales no sólo se dedicaban a enriquecerse sino que, además, no tenían empacho en amañar las elecciones sin disimulo. En sólo unos meses, el cántaro roto, y la leche, derramada.
Obama ha dicho que examinará la petición de McChrystal, pero “no hay que poner el carro delante de los bueyes” (sic). O sea, que primero hay que redefinir la estrategia y luego decidir los recursos que se asignan. Pero lo cierto es que el informe del general –y su conocimiento público- ha apremiado el debate. Hasta el punto de que Obama reunió el día 13, domingo, a sus principales asesores para escuchar sus propuestas. El vicepresidente Biden estuvo muy claro: olvidémonos de Afganistán, allí ya no hay terroristas islámicos, hay que preparar la retirada y concentrarse en destruir a los binladistas y sus amigos talibanes afganos y pakistaníes en la porosa zona fronteriza, a base de bombardeos de los aviones Predator y otros efectivos especiales. O sea, pasar de la contrainsurgencia al contraterrorismo. Esta opinión no fue compartida por los otros altos cargos. Hillary Clinton incluso llegó a decir en la PBS: “si Afganistán es tomado por los taliban, no quiero decir lo rápido que regresará allí Al Qaeda”. Pero que la “solución Biden”, desestimada por Obama en marzo, haya vuelto a considerarse indica la “amplitud de la revisión que está haciendo la administración”, subraya el diario neoyorquino.
Los militares temen que Obama se esté arrepintiendo de haber ordenado el envío de 21.000 hombres más esta primavera, según fuentes del Pentágono citadas por THE NEW YORK TIMES. Por su parte, Robert Dreyfuss asegura en el semanario progresista THE NATION que en círculos neocon se especula con que McChrystal dimita si no obtiene las tropas adicionales que ha solicitado. THE WALL STREET JOURNAL asegura que la Casa Blanca le pidió que aplazara su informe. Pero este general proveniente de las fuerzas especiales y con algunos episodios oscuros en su historial se habría sentido respaldado por muchos de sus superiores. No es descartable que Obama tenga que acudir a su “ministro prestado” (de Bush), el secretario de Defensa, para aplacar los ánimos. Después de todo, el propio Gates lo dijo alto y claro cuando se conoció el informe de McChrystal: “lo de Afganistán va para largo, mejor es que nos tomemos un respiro y reflexionemos con calma”.
¿Quién se acuerda de la “guerra necesaria”? Ahora hay que evitar que se vuelva insoportablemente incómoda

FRENTE A LA SECTA DE LAS CIFRAS, MIDAMOS LA FELICIDAD

17 de septiembre de 2009

El ejercicio político-económico practicado de forma obsesiva en la rentrée europea es la cábala sobre la salida de la crisis. Las grandes organizaciones internacionales, escarmentadas por los precedentes escasamente alentadores, tratan de afinar lo más posible y, sobre todo, extreman las cautelas. Pero más allá del diseño de escenarios y de la administración del optimismo y el pesimismo, la crisis ha servido también para cuestionar ciertos fundamentos que se consideraban sólidos. Además, desde otras latitudes menos ortodoxas, se ponen en duda los instrumentos de medición de lo que funciona y lo que no, lo que es consistente con los intereses y aspiraciones de la mayoría de población y lo que responde simplemente a construcciones abstractas, lo que refleja más fielmente la realidad social y lo que la oculta, camufla o distorsiona.
Entre tanta previsión revisada, especulación obligada y cálculo orientado a fines interesados, ha pasado casi desapercibida, al menos en España, una interesante iniciativa que propone modificar la medición de la riqueza, el desempeño económico y su imprescindible reflejo social. Después de casi un año de trabajo, este proyecto ha sido presentado públicamente en la Sorbona de París, en forma de Conferencia Internacional dedicada a su estudio y desarrollo, inaugurada a comienzos de semana por el Presidente Sarkozy, impulsor político de la idea.
De momento, el resultado básico de la iniciativa es el llamado Informe Stiglitz, un estudio liderado por el Premio Nobel de Economía y Presidente del Consejo de asesores económicos del Presidente Bill Clinton. Junto a Stiglitz han trabajado también, como cabezas visibles del estudio, el también Premio Nobel de Economía Amartya Sen y el Presidente de Observatorio francés de coyunturas económicas, Jean Paul Fitoussi. El propósito del estudio consiste en “desarrollar nuevos instrumentos de medida de la riqueza de las naciones”. O, como resume LE MONDE, el diario que más espacio le ha concedido, este proyecto pretende “poner por delante la medida del bienestar de la población sobre la de la producción económica”.
Lo que Stiglitz, Sen, Fitoussi y otros diecisiete “sabios” han hecho es poner en evidencia las trampas del actual sistema económico y social, empezando por todo ese conjunto de instrumentos y mediciones que lo legitiman y prolongan sus imposturas. Algunos resaltados en el informe reflejan el entramado de falsedades, inexactitudes o imprecisiones encubiertas.
El primer indicador cuestionado es, lógicamente, el PIB, base tradicional de cualquier análisis económico que se precie y quiere atraer reconocimiento público y político. No es que el PIB no sirva, pero es preciso ajustarlo mediante otras variables, para que lo que indica sea relevante para determinar el bienestar económico. Los investigadores proponen que se sustituya el indicador del Producto Interior Bruto, tal y como está ahora, por el de Producto Nacional Neto (PNN), que mediría no sólo la producción, sino también la depreciación del capital. Como dicen los autores, con ironía y afán provocador, para que salga un PIB mejor es preferible que el país sufra una catástrofe porque en su cálculo inciden al alza los gastos de reconstrucción, mientras que se omite la reducción que supone los daños ocasionados. Éste último es sólo un ejemplo de la dimensión económica. Pero las propuestas más interesantes son las que se realizan en el ámbito de la recolección de datos sociales, y no todos cuantitativos: lo que Sarkozy resumió con la muy francesa divisa de “medir la felicidad”, para liberarnos de “la secta de la cifras”.
Los expertos concluyen su informe con un paquete de doce recomendaciones que constituyen una especie de catálogo de prevención de la ceguera económica, tan generalizada, según se ha comprobado en la gestación, desarrollo y reproducción de la crisis. La inadecuación de los sistemas de medición y contabilidad podría esta a la altura de los enfoques de análisis, diagnósticos y propuestas de intervención, según los participantes en este estudio, casi todos ellos conocidos por su saludable resistencia a las corrientes dominantes en el pensamiento económico de los últimos treinta años. Junto a la ya mencionada reconsideración del PIB, éstas son las propuestas más sugerentes:
- Tener en cuenta el patrimonio; es decir, aplicar a las personas y familias los conceptos de activos y pasivos que se utiliza para analizar las empresas.
- Crear un índice divisorio que separe a la población en dos partes iguales: los que están por encima y los que se sitúen por debajo de un “ingreso medio”, lo que contribuirá a medir mejor la justicia social de una colectividad.
- Incorporar las actividades no mercantiles en las contabilidades nacionales. Estas prácticas son muy habituales en el área de los servicios domésticos. Muchas personas son trabajadoras activas en el ámbito familiar, pero el producto que generan no se mide, porque no se intercambia por un salario.
- Incluir la medición de la calidad de vida en la determinación del bienestar material, lo que incluye el desempeño de los servicios de salud, educación, empleo sostenible, vivienda decente, entorno seguro y participación política y social. El objetivo sería construir un “índice sintético”. Igualmente, sería relevante medir el impacto de la calidad de vida en otros dominios económicos, como la productividad, la conflictividad social, etc.
- Evaluar de manera exhaustiva las desigualdades (social, de género, edad, raza, etc.), con énfasis especial en las derivadas de la inmigración.
- Incorporar el factor subjetivo; es decir, la evaluación que cada uno hace de su vida, la autopercepción de satisfacción e insatisfacción, etc.
- Evaluar la “sostenibilidad del bienestar”, o su capacidad para mantenerse durante tiempo.
- Establecer una batería de indicadores ligados al medio ambiente.
Algunos medios escépticos insinúan que más que perseguir una mejor fotografía social, lo que ha pretendido el presidente francés es maquillar ciertos resultados económicos estructurales franceses poco estimulantes. El FINANCIAL TIMES sostiene que “el principal objetivo de Sarkozy , al menos antes de la crisis, era el de elevar la tendencia de crecimiento de Francia en un punto porcentual”. Lo que no se entiende es que insignes economistas se hayan prestado a tal maniobra. En todo caso, Sarkozy pretende presentar esta iniciativa a sus socios europeos. Si realmente se produce, el debate puede resultar realmente interesante.

¿HAY QUE AUMENTAR EL ESFUERZO MILITAR EN AFGANISTAN?

10 de septiembre de 2009

Es perceptible el daño que ha causado la matanza de Kunduz provocada por la OTAN. Los líderes europeos empiezan a solapar mensajes conciliadores de ópticas distintas: reforzar tropas para asegurar una retirada posterior o traumática. El premier Brown afirma el compromiso británico con la seguridad occidental y promete mantener todas sus tropas (no dijo que aumentarlas). A veinte días de las elecciones, la canciller Merkel ha querido dar muestras de que no flojea; pero tampoco parece dispuesta a dejarse arrastrar por una espiral sin control y ha planteado un límite para la presencia militar: cinco años.

No resulta inhabitual este doble lenguaje europeo, que responde a compromisos antagónicos: satisfacer las reclamaciones de Washington y atender la desafección de la ciudadanía europea ante el conflicto. Por esta razón, no debe descartarse que al actual consenso atlántico se le aprecie fecha de caducidad en unos pocos meses. Quizás antes, cuando se produzca el próximo error militar de bulto.

El debate sobre la conveniencia de reforzar el contingente militar occidental en Afganistán está plagado de presunciones demasiado cuestionables. Los argumentos de quienes consideran que, con independencia de otras medidas de carácter político, es preciso incrementar el número de efectivos utilizan los siguientes argumentos:

-con carácter inmediato, hay que “proteger a los protectores”; es decir, se precisan más soldados para garantizar más y mejor seguridad a los militares que supuestamente defienden a la población afgana de los taliban y garantizan el avance de la institucionalización democrática.

-ni el actual gobierno, ni el que le siga (que todo indica que será el mismo, con cambios de menor importancia) tiene o tendrá la capacidad para derrotar por sí solo a los integristas islámicos y protectores; de hecho, la formación de militares y policías afganos arroja resultados muy decepcionantes.
-la contención de los taliban no puede hacerse a distancia o con operaciones puntuales: tarde o temprano, conseguirían derribar al gobierno afgano.
-la derrota del régimen actual supondría el regreso de los talibán al poder y la más que probable recuperación del santuario afgano para Al Qaeda y otras redes terroristas afines.
-esta situación desestabilizaría gravemente Pakistán, bien obligando a su gobierno a pactar con los elementos más extremistas del país o, peor aún, anticipando su caída.
-la desestabilización de Pakistán supondría una amenaza inaceptable para la seguridad internacional debido a la existencia de arsenal nucleares en ese país.

En el Pentágono y en los think-tank conservadores se comparte este análisis, de ahí la insistencia de la cúpula político-militar en mantener e incrementar el esfuerzo militar.

Pero hay una óptica distinta, que se proyecta desde sectores progresistas o simplemente más escépticos sobre la solución militar.

Los diarios NEW YORK TIMES Y LE MONDE han ofrecido estos últimos días relevantes valoraciones de expertos que defienden opciones alternativas y cuestionan seriamente no sólo la legitimidad, sino también la supuesta eficacia del refuerzo armado.

El profesor Andrew Bacevich, de la Universidad de Boston, estima que Al Qaeda puede ser neutralizada utilizando inteligencia masiva, aviones teledirigidos Predator, misiles de crucero y operaciones específicas de fuerzas especiales, e incluso el soborno de los líderes tribales militares para que priven de amparo a los amigos de Bin Laden.

Con respecto al dilema en Pakistán, el director del Centro de Estudios para la Paz de Georgetown, Daniel Byman, sostiene que la escalada militar en Afganistán hará a Estados Unidos cada vez más dependiente del país vecino y cuanto más necesarias se sientan las autoridades pakistaníes, especialmente las militares, más capacidad tendrán de poner condiciones y de resistir las presiones para que combatan a sus extremistas de las regiones tribales fronterizas.

Pero el análisis más sugestivo sobre los dudosos fundamentos de la estrategia militaristas lo leemos en un dossier especial de LE MONDE sobre la actual salud de Al Qaeda. El antiguo agente de la CIA y ahora experto en terrorismo islámico Marc Sageman adelanta algunos de los datos y reflexiones que aparecerán ampliados en su libro “Los complos de Al Qaeda en Occidente”. Sageman afirma que la red de Bin Laden esta decididamente debilitada, que su capacidad para perpetrar actos violentos es cada vez más reducida, que las amenazas terroristas proceden de grupos cada vez más autónomos y que, por lo tanto, “la guerra en Afganistan no tiene sentido y es fundamentalmente política”. Sageman señala que lo que queda de Al Qaeda no está en Afganistán, sino en Pakistan. Y como será imposible desplegar tropas extranjeras en este país, la única alternativa es mejorar la inteligencia en las regiones fronterizas y favorecer el desarrollo y la calidad de vida de la población de estas zonas sensibles.

Este discurso de actuar a favor de las poblaciones locales y no simplemente blindar los intereses occidentales está también presente en la revisión estratégica que ha pergeñado el general McChrystal, comandante norteamericano en Afganistán. Los militares de Estados Unidos y sus aliados son conscientes de que los afganos no se sienten, en general, protegidos por la OTAN, aunque podamos admitir que hasta cierto punto lo están. Y no sólo por los lamentables errores que devienen en masacres inaceptables. El enredo de explicaciones sobre errores inducidos por los propios taliban, en su táctica de utilizar escudos humanos o proteger sus movimientos poniendo en riesgo a las poblaciones civiles no resulta convincente, porque tal comportamiento es habitual y tradicional en este tipo de milicias y guerrillas. De hecho, el alto mando norteamericano ha restringido los protocolos de bombardeos aéreos, lo que supone admitir que no se había hecho lo suficiente para limitar las victimas indeseadas.

Pero el otro elemento frágil de la estrategia occidental de ganarse el favor de los afganos reside en su vinculación, voluntaria o forzada, con el actual régimen. Las elecciones de agosto se presentaron como factor de legitimación y reforzamiento de una afganización del conflicto. Pero ha servido para todo lo contrario. Karzai ya se da por vencedor en primera vuelta, pero que La ONU denuncia “claras y convincentes pruebas de fraude”. En la Casa Blanca, la incomodidad con el presidente es indisimulable, pero Washington tiene las manos atadas. Un gobierno decente no se improvisa en unos meses, ni siquiera en unos años, y menos en un país como Afganistán, corrompido sin cuenta, desde dentro y desde fuera, durante décadas.

Después de lo dicho, ¿qué hacer? ¿Hay que prepararse para la retirada? En ese caso, ¿hay que anticipar ya un calendario? ¿Cómo asegurar la protección de la población afgana? ¿Qué política adoptar ante un gobierno con la credibilidad en entredicho? Los defensores de revertir la estrategia actual en un sentido radical no ofrecen respuestas a estas y otras preguntas relacionadas. Lo que se exhibe, hasta ahora, es la posición global, pero falta el detalle.

VENENOSO VERANO

3 de septiembre de 2009

Al Presidente Obama se le ha debido hacer muy largo este verano, sin apenas vacaciones, sin respiro político, sin perspectivas de cambios favorables en el panorama. Los desafíos que con ansiedad y urgencia le acechan no dan señales positivas de encauzamiento.
EL FRENTE INTERNO
En el frente doméstico, el proyecto de reforma sanitaria se ha convertido en una pesadilla política y en un escenario de extrañamiento social. Por avatares de la política norteamericana, a Obama no le está saliendo muy rentable ser el primer presidente demócrata en décadas que cuenta con el Congreso a su favor. Será porque le perciben más vulnerable de lo que la protección mediática dejaba traslucir, o porque su consabido eclecticismo permite especulaciones y presiones políticas interesadas, lo cierto es que todo el mundo pone precio a su respaldo en el bando demócrata.
Que se viva la desaparición –definitiva- de Ted Kennedy como “inoportuna” por el peso que el “león liberal” podría haber jugado en la apuesta por la reforma sanitaria, indica que al presidente no le sobran apoyos. Porque, en realidad, el senador de Massachusetts influía ya poco, y porque quienes desde el partido más aprietan a Obama son los que precisamente rechazaban las aspiraciones de último de la dinastía Kennedy a un servicio universal de salud.
Los comentaristas progresistas, como Paul Krugman, se manifiestan ya claramente decepcionados por la falta de coraje de la Casa Blanca en la gestión del dossier sanitario. Que haya mostrado tanta disposición a sacrificar la opción pública, en cuanto han apretado los republicanos portavoces de los intereses de aseguradoras y farmacéuticas, o en cuanto han ladrado más alto de lo habitual los “perros azules”, lo interpreta el Premio Nobel de Economía como un síntoma de insolvencia presidencial para afrontar los grandes desafíos. Desde latitudes centristas le reclaman a Obama que supere la etapa electoral de los grandes ideales y potencie su lado pragmático para asegurar una gestión profesional. Muchos de ellos no quieren verse sorprendidos por esos movimientos pendulares que son tan frecuentes en la vida política norteamericana. Temen ser los paganos de un exceso de entusiasmo presidencial, dentro de año y medio, en las elecciones legislativas. La estrechísima franja ideológica en la que se mueven las opciones políticas norteamericanas, alimentadas, sostenidas y aseguradas por intereses corporativos, someten a raya cualquier veleidad heterodoxa, aunque sea tan inocente como la que ha encarnado Obama.
Los otros dos asuntos internos más espinosos son la incierta recuperación económica y la revisión de los abusos cometidos por la administración anterior en la lucha antijihadista. La estrategia contra la crisis económica está también debilitada por medias tintas y presiones y dejará todavía dramas sociales y fracasos inoportunos. En el caso de los abusos de los servicios de inteligencia y de seguridad, la aspiración de hacer justicia ha chocado con una razón de Estado incómoda y ventajista. El catálogo de horrores de la CIA durante los años oscuros de Bush –de Cheney, para ser más exactos- ha provocado una reacción de ciudadanía responsable del Fiscal General y Ministro de Justicia de Obama, Eric Holder, un hombre integro y de convicciones bastantes sólidas. Sus enemigos políticos se le han echado encima; sus tenues y temerosos amigos han hecho muecas de desagrado y alejamiento. Unos y otros entienden, con matices diferentes, que se están poniendo en riesgo fundamentos muy sensibles de la seguridad nacional. La gama de torturas, sevicias y atropellos, y la incompetencia sólo comparable a la impunidad con la que esos actos fueron ejecutados –y planeados, y justificados, y amparados- deberían constituir argumento suficiente para que la opinión pública y los propios aparatos de seguridad desearan la limpieza y el restablecimiento de la imagen y el buen nombre de las maltratadas instituciones. Pero ha bastado con que afloren dudas, contradicciones y algunas torpezas en las actuaciones del departamento de Justicia para que se desencadene una campaña con un objetivo claro: hacer creer que este gobierno dilapida los avances (¿) conseguidos en seguridad nacional y lucha contra el terrorismo, desarmando, deslegitimando y debilitando al aparato de inteligencia.
El enfado del muy burocrático nuevo jefe de la CIA, Leon Panetta, un exjefe de gabinete de Clinton metido a gran maestre de espías, no ha hecho justicia a Eric Holder, y coloca al fiscal encargado de la investigación bajo escrutinio permanente, como si él fuera el sospechoso de actuar inapropiadamente. Otra iniciativa de Holder, menos publicitada en España, el reforzamiento del aparato legal de defensa de los derechos humanos y en especial de las minorías, maltratado con saña durante los años oscuros, también se encuentra bajo amenaza de boicot y descrédito por parte de las huestes republicanas y sus cómplices mediáticos y corporativos.
EL FRENTE EXTERNO
En el frente exterior, la evolución en Afganistán, prioridad declarada de Obama, empeora por días. La reclamación de los jefes militares a favor de una nueva estrategia incluirá más soldados, aunque no se haya hecho todavía, y nadie lo duda. Pero, sobre todo, plantea un compromiso más amplio, que implicará una involucración de dudosos resultados. Frustrantes expectativas, porque en estos ocho meses apenas llegan buenas noticias del infortunado país. Las elecciones no hay quien se las crea por la dimensión del fraude. Y lo peor es que no hay remedio a corto plazo. Por eso, los sectores más progresistas le reclaman a Obama que haga lo mismo que en Irak: una retirada ordenada y prudente.
Pero n se trata sólo de Afganistán. Otros escenarios conflictivos se amontonan. A saber: la interminable y muy accidentada retirada de Irak, sin que se aviste la estabilización del país, siempre bajo amenaza de implosión; la nuclearización de Irán, superada la crisis postelectoral; la intransigencia israelí, que amenaza con dejar en nada la enésima ilusión de paz global en Oriente Medio; la gestión de las rencillas latinoamericanas…. Y, ahora, para nublar aún más el inquietante panorama exterior, el cambio histórico en Japón, del que no cabe esperar en modo alguno hostilidad hacia Estados Unidos, pero si ciertas exigencias o condicionamientos adicionales. Esa propuesta de los nuevos dirigentes nipones de “recentrar” la estrategia nacional con más atención hacia Asia y menos dependencia –de todo tipo- del otro lado del Pacífico obligará a Washington a reacomodar su política asiática, muy condicionada por la evolución del imprevisible régimen norcoreano.
Así pues, un verano venenoso, cargado de peligros, con daños diferidos y alta letalidad para el presidente de Estados Unidos. Que su popularidad se resienta puede asumirse. Que su credibilidad se agriete es lo verdaderamente preocupante.

LOS RIESGOS DE AFGANISTÁN

31 de julio de 2009

El presidente Zapatero le ha dicho al NYT que podría proponer al Congreso el envío de más tropas a Afganistán, si fuera necesario para consolidar el compromiso con el designio norteamericano de estabilizar el país, promover su desarrollo y derrotar al terrorismo internacional y a sus protectores talibanes. España aumentó recientemente su dotación militar para reforzar la seguridad ante las elecciones presidenciales del 20 de agosto. El jefe del gobierno español pretende de esta forma realizar un “gesto de apoyo” al Presidente Obama, cuya política exterior y visión del mundo elogia.
Antes de llegar a la Casa Blanca, todavía como candidato, Obama gustaba de presentar a Afganistán como la “guerra justa”, frente al injustificable, tramposo y devastador conflicto bélico al que Bush había arrastrado a Estados Unidos en Irak. Zapatero, al que le costó la amistad con el anterior inquilino de la Casa Blanca, defender esa misma tesis, se encontró muy a gusto abrazando la tesis del nuevo presidente norteamericano.
Pueden aceptarse las buenas intenciones. De Zapatero y de Obama. Pero hay muchas dudas acerca de que la estrategia de la actual administración sea la correcta. Esta noción de “guerra justa” presenta demasiadas brechas. Es obvio que los talibanes y el régimen político y social que defienden y representan pueden parecernos odiosos, y con bastante razón. Pero la cuestión es si podemos cambiar el destino de ese país, si nos corresponde a nosotros hacerlo y si, en el intento, nos estamos apoyando en los actores adecuados.
El proyecto de Obama se basa en fortalecer política e institucionalmente el país para primer el desarrollo económico y privar a los talibanes de la capacidad de ganarse a la mayoría de la población. Pero la quiebra se produce en el primer eslabón: las tropas internacionales no encuentran un socio fiable ni solvente. La población afgana comprueba con desaliento que los socios locales de la coalición internacional son inútiles y, lo que es peor, corruptos. Que pese a ocho años de presencia militar extranjera, el país sigue viviendo, básicamente, de la ayuda internacional o del tráfico de opio. Que los recursos que se generan no se reparten con mínima equidad, que los familiares, amigos y protegidos del presidente Karzai se enriquecen mientras la calidad de vida de la mayoría de la población no mejora. El propio Obama ha reconocido que el gobierno local al que las tropas norteamericanas contribuyen a mantener no funciona y es indigno de la causa que se defiende. Pero no encuentra alternativas. Los otros candidatos de las elecciones de agosto son débiles o no merecen una confianza mayor que Karzai.
Tampoco está clara la estrategia militar. La guerra no va bien. La reciente ofensiva internacional para debilitar a los talibanes de su feudo en la provincia meridional de Helmand no ha dado los resultados esperados. El mes de julio ha sido el más mortífero para la coalición internacional desde el comienzo de la misión, hace ocho años. Los 21.000 soldados adicionales aportados por Obama no serán suficientes para cambiar decisivamente el rumbo. Una lucha contrainsurgente como la que sería precisa para derrotar a los talibanes y a sus aliados jihadistas exigiría un incremento tan extraordinario de fuerzas que no es posible implementarlo en estos momentos. Además, el supuesto éxito de la doctrina Petraeus en Irak parece inaplicable en Afganistán. Lo explica muy bien Rory Stewart, el director del Centro Carr sobre Política de Derechos Humanos de Harvard, en un largo artículo publicado en la London Review of Books (“La irresistible ilusión: por qué estamos en Afganistán?”):
“No hay partidos políticos sólidos en Afganistán y al gobierno de Kabul le falta la base, la fuerza o la legitimidad que tiene el gobierno de Bagdad. Los grupos tribales afganos no tienen la coherencia de las tribus sunníes de Irak y su relación con las estructuras del Estado; no han sido erradicados barrio a barrio y no tienen con los Taliban la misma relación que los grupos suníes tenían con Al Qaeda”.
El otro elemento clave es Pakistán. El mayor compromiso que el primer ministro Alí Zardari y las fuerzas armadas parecen haber desempeñado en los últimos meses contra los refugios talibanes propios y afganos ha sido reconocido por la administración norteamericana. Pero persisten las dudas en el establishment militar y la debilidad del liderazgo político es terrible. Por lo demás, las víctimas civiles ocasionadas por las operaciones aéreas no sólo están erosionando el apoyo de la población local, sino que están fomentando un clima de desafección creciente en otras zonas fronterizas de Pakistán, en especial en Baluchistán.
Stewart es sólo uno de los numerosos analistas que ponen en duda la viabilidad de la “nueva política” de Obama. Desde la izquierda, el clima es gélido, cuando no claramente hostil. Desde la derecha, se le reprocha que haya criticado demasiado la gestión bélica de los republicanos. En los demócratas centristas es más fuerte el temor al desgaste que la inevitable longitud del conflicto ocasione que la confianza en el éxito final.
No es fácil para el presidente Zapatero eludir la petición de apoyo de Obama, pero debería hacerse un análisis en profundidad de los objetivos a cumplir, de las estrategias empleadas y de los riesgos asumibles, no sólo para los soldados españoles, sino para la credibilidad y solvencia de nuestra política exterior.