CASTIGO DE LAS URNAS, PENITENCIA DE LAS COALICIONES

13 de Mayo de 2010

Mientras la crisis mantenga su poder destructivo, las elecciones van a castigar a los partidos que gobiernan, sin beneficiar del todo a los que aguardan turno, con más miedo que vergüenza, en la oposición. De ahí la exigencia de la coalición, incluso en los países más improbables por su sistema electoral mayoritario, como el Reino Unido, o en los más habituados, como en Alemania. Otrora, los partidos bisagras estarían de enhorabuena. Pero en el panorama actual, la coalición se antoja una oportunidad incierta y peligrosa. Para todos.

CAMBIO DE GUARDIA CON PASO FORZADO

A pesar del tono de fanfarria empleado por la prensa afín, no fue la escena triunfal con la que habían soñado los tories estos últimos años. La primera foto del PM David Cameron en el "10" resultó tardía y un tanto apagada. El jefe de gobierno más joven en casi dos siglos, llegó hasta Downing Street "a trompicones". ¡Qué distinto a la "irrupción" de Blair en 1997! , escribían los comentaristas críticos.
Después de sesenta y cinco años de gobiernos monocolores, Gran Bretaña se hace más europea también en este aspecto político. Al final, los liberal-demócratas se han ido del brazo de los conservadores, tras unas negociaciones más cargadas de táctica que de sustancia, a tenor de lo que se sabe acerca del acuerdo de la coalición. El socio menor tendrá cinco carteras, ninguna decisiva, y a su líder como "deputy", una especie de vice, con poderes aún por precisar. Los aspectos más derechistas del programa fiscal conservador se suavizan, pero se mantienen severos recortes inmediatos del gasto público. Habrá un referéndum electoral, con vistas a implantar el mecanismo del voto alternativo, pero los tories harán campaña en favor del mantener el sistema mayoritario. El sueño liberal de la proporcionalidad se diluye. En compensación, las legislaturas tendrá duración fija de cinco años, para conjurar la tentación tory de intentar conseguir antes de tiempo la mayoría absoluta que ahora se les ha negado.
El pacto de centro-derecha ha generado poco entusiasmo entre sus aparentes beneficiarios. Los dos líderes transmiten escasa empatía, aunque intenten escenificar lo contrario. Sus estados mayores no ocultan cierto descontento. ¿Y las bases? Pura decepción. Unas, por no haber conseguido la mayoría absoluta para desmontar algunos andamiajes del "nuevo laborismo". Otras, por terminar vinculados a unos socios que representan todo lo contrario a esos postulados de renovación política que han proclamado.
Clegg estaba abocado a este desenlace desde la noche del 6 de mayo, cuando advirtió que su "auge" era asimilable al del souflé. La única carta que el líder liberal tenía era coquetear con unos y otros para que mejoraran sus dotes. Los liberales escenificaron las evidentes discrepancias con los conservadores en política fiscal, migratoria, europea y de seguridad para proyectar la complicación del pacto y abrir el apetito de pacto a los laboristas. Pero la mayoría de la dirigencia del partido derrotado había terminado por aceptar que el momento se antojaba propicio para cerrar el capítulo del "nuevo laborismo" y pasar a la oposición. Y nada mejor que una derrota para despedir al líder. Los medios británicos, como era de esperar, recibieron el gesto del líder dimisionario con valoraciones opuestas: los de centro de izquierda lo consideraron un gesto que compensaba fracasos anteriores y acreditaba su altura política; los derechistas, tabloides o "respetables", "un golpe de efecto típicamente labour".

DEL ACUERDO INCONVENIENTE AL MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

Tardaremos en saber las verdaderas intenciones de Brown al ofrecer su dimisión al frente del Partido Laborista a principios de semana, supuestamente para favorecer un acuerdo de gobierno entre los suyos y los liberal-demócratas. El ya ex-primer ministro sabía que esa fórmula necesitaría de socios adicionales para conformar una mayoría parlamentaria "progresista": escoceses, norirlandeses, etc. Pocas garantías de estabilidad, por tanto. O ninguna. Algunos negociadores laboristas filtraron a sus medios afines la temperatura de las negociaciones con los liberales: frialdad, suspicacia y tacticismo. Uno de ellos le dijo al principal articulista de THE GUARDIAN, Jonathan Freedland, que los liberales exigían recortes del déficit muy perjudiciales para las prestaciones sociales. "Y luego dicen que son progresistas", comentaba el confidente.
El liderazgo laborista tampoco se encontraba cómodo con la aspiración liberal de reformar el sistema electoral. Un buen sector del partido no estaba por la labor de hacerse el hara-kiri con unas medidas que, a buen seguro, reducirán indefectiblemente su futura presencia parlamentaria en el norte de Inglaterra y, sobre todo, en Escocia. Muchos percibían que el pacto serviría simplemente para prolongar su permanencia en Downing Street por una temporada corta, a cambio de poner mucho más difícil su regreso después de ser definitivamente desalojados . Partida concluida.
Era evidente que las negociaciones entre liberales y laboristas nunca estuvieron dominadas por el entusiasmo, pero Clegg dejó que se desplegara su ala izquierda para inquietar a los tories. Lo consiguió, en parte. Cameron seguramente contaba con el farol, pero no quiso correr riesgos, revitalizó las conversaciones con Clegg y mejoró su oferta.
Para completar la escena de la derrota, Brown recortaba los plazos de su desaparición política: no será en otoño, sino ya mismo. La figura emergente del laborista es David Milliban, el jefe saliente del Foreign Office. Joven, ambicioso y con buena imagen de esa que ahora se aprecia y resulta políticamente rentable. Pero también inasible, políticamente. Algunos comentarios malintencionados sobre sus pretensiones ya se escucharon en la noche electoral.
Clegg ha obtenido lo máximo que podía conseguir y ha hecho virtud de la necesidad. Tuvo claro que no podía abrazarse al deshollinador (Brown) sin evitar quedar manchado, como le advertía ácidamente un comentarista de THE TIMES. Colaborar con Cameron le hará responsable de medidas que serán difíciles de explicar a sus bases más "progresistas". Cierto. Pero puede proclamar que arrima el hombro en beneficio del país (mensaje al conjunto del electorado) y atempera el giro a la derecha (guiño a los suyos más disgustados con la solución). Los diarios de centro-izquierda (THE GUARDIAN y THE INDEPENDENT), que recomendaron votar por el partido de Clegg, se muestran comprensivos con la decisión liberal de coaligarse con los tories, como ejercicio de realismo y responsabilidad. Pero también de oportunidad: se frena así la temida "revancha" conservadora. Los aliados de este lado del Canal también experimentan cierto alivio, porque confían en que los liberales, convencidos europeístas, puedan neutralizar los instintos euroescépticos de los dos ministros conservadores más influyentes: Hague (Exteriores) y Osborne (Finanzas).

LOS APUROS DE MERKEL

Y mientras un gobierno de coalición se inaugura en Gran Bretaña, otro se adentra en parecidos escenarios de incertidumbre, en Alemania. Los malos resultados de su partido en las elecciones regionales de Renania-Westfalia le complican la tarea de gobernar a Ángela Merkel. Pierde la mayoría en el Bundesrat (la Cámara alta) y le obliga a frenar ciertos compromisos electorales con sus socios liberales, sobre todo las rebajas fiscales. La coalición gobernante en Berlin podría empezar a experimentar tensiones. Pero los liberales no están para muchas exigencias, porque, proporcionalmente, el electorado renano les ha castigado tanto o más que a los democristianos. Para aliviar la amargura, el SPD sigue atrapado en la herencia de Schroeder: aunque pocos, también ha perdido votos, y para gobernar en Renania debe convencer a verdes y rojos, que han sido los vencedores morales. Para ser un länder tradicional, es significativo que los ecologistas y socialistas de izquierdas más comunistas hayan duplicado sus puntos porcentuales de apoyo electoral.
Los analistas creen que la gestión de la "crisis griega" ha pasado factura a Merkel. Pero el análisis es escurridizo y poco convincente. Desde Europa se le reprochaba a la canciller que no se atreviera a avalar el rescate y que estirara los plazos hasta que pasaran las elecciones renanas. Como los dueños del casino internacional amenazaron con emboscadas letales contra el euro, Merkel decidió in extremis apoyar el paquete de ayuda a Grecia, aunque eso desagradara a la mayoría de los electores, nada partidarios de pagar los platos rotos griegos. Probablemente no habría servido de nada la pausa táctica, porque el malestar ya había prendido en Alemania, como en Gran Bretaña, en Francia, o en España, por mencionar sólo países europeos. Salvo los partidos que nunca van a tener responsabilidades de gobierno, todos están sometidos ahora al castigo de las urnas y a la penitencia de las coaliciones.

PARLAMENTO COLGADO, GOBIERNO DE PESADILLA

7 de mayo de 2010

Las elecciones británicas han dejado un panorama político enormemente complicado para gestionar una crisis económica todavía por resolver. A falta de resultados finales y definitivos, el avance de los conservadores ha sido importante: habrán conseguido el 36% de los votos -ganan seis puntos- y casi un 50% de escaños más. Pero le faltarían alrededor de treinta diputados para obtener la mayoría absoluta. Los laboristas pierden seis puntos -no llegan al 30%- y la cuarta parte de sus diputados: se quedarán con cuarenta y tantos menos que sus adversarios tories. Los liberales digieren la amargura de comprobar que su enérgica y brillante campaña ha resultado ruinosa: sólo han ganado un punto, pero perderían entre cuatro y seis escaños. El desplazamiento de voto del 5% de los laboristas hacia los tories deja un Parlamento "colgado", sin un dueño claro de las decisiones legislativas. Nada más peligroso en las actuales circunstancias que una competición sin ganadores decisivos.
¿BESARÁ CAMERON LA MANO DE LA REINA?
O, en otras palabras, ¿se cumplirá la formalidad que abre el proceso de constitución de un nuevo gobierno? Seguramente sí, pero no inmediatamente. El líder conservador no esperó a los resultados definitivos para afirmar que "Brown ha perdido el mandato para gobernar" y que "los resultados han dejado claro que existe un deseo de cambio y un nuevo liderazgo para encabezarlo" . A lo largo de la noche electoral, sus escuderos insistieron que están preparados para dirigir el país, aunque no cuenten con mayoría absoluta.
Los conservadores proclaman que Cameron ha logrado un avance mayor que el obtenido por Thatcher en 1979. Cierto pero insuficiente. Y no por demérito de Cameron. Los laboristas disponían a finales de los noventa de una mayoría más reducida que la actual. Por lo tanto, conseguir el vuelco político necesario para poder gobernar con garantías le resultaba al "caballero de seda" Cameron mucho más difícil que entonces a la "dama de hierro". Ni siquiera el apoyo incierto de los unionistas del Ulster o de otras formaciones mínimas le permitiría a Cameron sobrepasar la barrera de los 326 diputado que otorga la mayoría absoluta.
Los laboristas se resisten a firmar su desalojo del gobierno. Las reglas electorales permiten a Brown mantenerse al menos una semana en el cargo e intentar componer una fórmula que asegure la constitución de un gobierno bajo su liderazgo. Nada lo obliga a dirigirse a Buckingham Palace precipitadamente. A última hora de la noche, en una declaración grave pero muy firme y serena, Brown ha dejado claro que seguía dispuesto a cumplir con su responsabilidad de constituir un gobierno "estable y de principios". No se ve claro cómo: ni el hipotético respaldo de los liberales les proporcionaría los 326 votos de una mayoría absoluta.
El retroceso socialista ha sido menos escandaloso de que lo se esperaba hace sólo un par de semanas, o incluso al principio de la campaña. Es cierto que los "rojos" han perdido ochenta y seis escaños y algunos de sus dirigentes no podrán seguir en la Cámara de los Comunes, pero, como señalaba el comentarista político de la BBC esta mañana, la guardia pretoriana de Brown ha conseguido revalidar su escaño, singularmente Ed Balls, el ministro de Educación, cuya caída había sido ferozmente perseguida por los conservadores y muchos comentaristas consideraban más que probable. En cambio, no ha podido salvarse Jacquie Smith, muy afectada por el escándalo de los pagos irregulares.
EL QUEBRADO SUEÑO DORADO
La resistencia laborista tiene mucho que ver con el sueño roto de los liberal-demócratas. la estrella rutilante de Nick Clegg se habría podido apagar en una noche de tormentas políticas. La "sorpresa dorada" venía perdiendo fuelle en los últimos días de campaña, a medida que cundía el pesimismo sobre la gravedad de la crisis económica y financiera por la pésima gestión política de la tragedia griega, los sobresaltos bursátiles y las previsiones de sacrificios sin precedentes. La sensación de que no era tiempo de experimentos políticos, por muy loables y revitalizadores que pudieran parecer, ha ido ganando terreno y favoreciendo las opciones conocidas por desmayadas que resultaran. El propio Clegg ha reconocido este comportamiento electoral, pero, a pesar de la "decepción" que admite sentir, ha prometido "redoblar sus esfuerzos" para conseguir un cambio del sistema para conseguir que las elecciones reflejen la verdadera expresión política del pueblo británico.
El miedo a un parlamento ineficaz, dividido e inhábil para construir una mayoría que afrontara la cirugía inevitable parece haber prendido. Esta fijación del voto en las opciones contrastadas ha arruinado el proyecto renovador de Clegg. Pero, paradójicamente, el retroceso de los liberales (han subido un punto, hasta el 23%, pero han perdido cinco o seis escaños) no conjura la pesadilla del parlamento colgado. El empeño del voto útil ha hecho, por supuesto, que muchos indecisos o conservadores tibios que pensaron dar una oportunidad a los liberales finalmente no lo hicieran. Pero el mismo reflejo ha provocado que muchos laboristas agotados, decepcionados o hartos dejaran para mejor ocasión su crédito a los renovadores lib-dems. Consecuencia: azules y rojos han resistido, con diferente intensidad, en sus feudos habituales. El voto asustado, lejos de haber evitado el riesgo de bloqueo, lo ha acentuado, porque ha hecho que cada opción potencialmente mayoritaria se afiance en sus zonas, con desplazamientos insuficientes de voto, pero sin morder decisivamente en feudos adversarios.
Esta situación alumbra una nueva paradoja: que los liberales de Clegg, pese a sus decepcionantes resultados, mantengan su condición de "king makers", de muñidores del próximo prime minister. Es una vuelta a lo que se les presumía antes de que comenzara la campaña, antes de que apareciera la ilusión de que atesorarían una influencia mucho mayor, hasta el punto de juguetear con el escenario de situar a su líder en Downing Street. Con la prudencia que los números aconsejan, el tercer partido tiene en su mano la decisión sobre cuál de los dos principales líderes del país pueda presentar a la Reina un gobierno con mayoría parlamentaria dentro de quince días. De momento, el mensaje de Clegg en esta página del libreto ha sido rechazar las prisas. En su primera declaración postelectoral ha dejado abiertas todas las posibilidades y, aunque ha reconocido que la victoria conservadora les habilita para intentar formar gobierno, ha resaltado que todas las opciones tienen derecho a intentarlo también y que los tories "deben demostrar que pueden gobernar en beneficio de la nación".
UNAS NEGOCIACIONES ANTIPÁTICAS
Habrá que negociar. Como se temía, las bases del intercambio son complicadas. A los laboristas les acerca a los liberales su mayor disposición a emprender una reforma del sistema electoral que establezca una representación más cercana a la realidad socio-política del país. Pero Clegg ha demostrado una resistencia comprensible a embarcarse con Brown en una barca zozobrante en plena marejada económica que, lejos de amainar, muestra inquietantes nubarrones y duros presagios. Tampoco parece que los discretos resultados obtenidos por el líder liberal le otorguen la fuerza suficiente para influir en el debate interno laborista y propiciar un cambio de líder que, dudosamente, facilitaría una coalición rojo-dorada.
Si este gobierno agotó sus días sumergido en la impopularidad, el que le sucede no va a tener un entorno más favorable. Resuenan de nuevo los augurios del gobernador del Banco de Inglaterra, quien aventuró que el partido que ganara estas elecciones y tuviera la responsabilidad de gobernar estaría alejado del poder durante dos generaciones después de cumplir la tarea. Así de peligroso se presenta la responsabilidad. Brown, personaje de tragedia griega, ha asumido ese destino terrible, consciente de que su futuro político consiste en consumirse en la actual hoguera. Pero no es el caso de Clegg que aspira legítimamente a una carrera política prometedora y digna.
Por el contrario, ofrecer un apoyo desganado al ganador insuficiente de las elecciones, el tory Cameron, podría dispensarles a los liberales demócratas una mayor comprensión del electorado de centro-derecha, pero tendrían que arrastrar el mismo desgaste que gobernando con los laboristas. Además, Clegg malograría su discurso de renovación al menos durante todo el tiempo que durara la legislatura, porque no es previsible que pueda arrancar a los conservadores siquiera una modificación cosmética de las reglas electorales. Más bien al contrario, las urgencias económicas y el previsible malestar social podría dejar muy poca energía para la reestructuración del paisaje político y otras iniciativas de orden moral. A los tories le resultaría suicida cualquier cambio que supusiera un deslizamiento hacia un sistema más proporcional, porque el previsible acortamiento de la legislatura le empujaría hacia unas elecciones anticipadas en las que el escenario más probable sería un parlamento dividido en tercios de dimensión similar en el que la fórmula más trabajable para componer un nuevo gobierno sería una coalición entre laboristas y liberal demócratas.
Por todo ello, lo más probable es que, por fracaso de cualquier fórmula de coalición, Cameron pueda presentar a la Reina una opción de gobierno minoritario. Con cierta soledad, tendrá que afrontar la pronunciadísima cuesta arriba, confiar en una mejora del clima y en el acierto de sus decisiones y, cuando las circunstancias lo permitan, seguramente mucho antes de que se agote la legislatura, intentar revalidar su liderazgo en las urnas, con una mayoría absoluta propiciada por sistema electoral vigente. Sólo de esta forma se podría consolidar un nuevo periodo conservador en Gran Bretaña.
Una última consideración sobre los problemas que impidieron votar a cientos -o miles- de británicos. Una mayor participación de la esperada hizo que no diera tiempo a que todos los que acudieron a una decena de colegios electorales pudieran ejercer su derecho a voto antes de que se clausuraran las urnas. La situación recordaba el bochorno, mucho mayor y con orígenes mucho más oscuros, de las elecciones presidenciales de 2004 en el estado norteamericano de Ohio. La irritación de los electores privados de voto fue aireada profusamente en los programas nocturnos de televisión y pusieron en evidencia la esclerosis que domina buena parte del sistema político británico.

ALARMAS MIGRATORIAS

29 de abril de 2010
Rumanos en Badalona. Hispanos en Arizona. Y europeos orientales como munición de un debate con desliz, quizás fatal, en la campaña electoral de Gran Bretaña. Coincidencia de tres argumentos de primera plana, que refleja ásperamente las alarmas de las políticas migratorias.
Por suficientemente conocida, no nos detendremos en la polémica suscitada por los panfletos de la organización local del Partido Popular de Badalona, en favor de la expulsión de los rumanos en situación de residencia ilegal. Ocupémonos de los otros dos casos.
ILEGALES APARENTES
En Arizona se ha promulgado una ley que permite detenciones de personas inmigrantes presuntamente ilegales por su mera apariencia externa. Morenos, más bajitos que los nativos: o sea, latinos. Arizona es uno de los estados de la Unión con más alta concentración de inmigrantes.
La pérfida ley con tintes racistas que ha firmado el gobernador -republicano- de Arizona es una patata hirviendo. Que haya expresado su apoyo un político como John McCain, senador por ese Estado, pero en su día partidario de iniciativas para legalizar a los inmigrantes irregulares, indica hasta qué punto los republicanos están dispuestos a lo que sea para perseguir un vuelco político y abortar el giro al centro.
Uno de los asesores de Bush y McCain en materia de inmigración, Mark McKinnon, señalaba estos días en el NEW YORK TIMES que "los republicanos salivan por las ganancias inmediatas sin detenerse mucho en los perjuicios a largo plazo". Lo malo es que los demócratas también está presos de las mismas servidumbres electorales. Cuando el empleo se resiste a brotar, a pesar de la candidez de ciertos indicadores macroeconómicos, la defensa de derechos de los inmigrantes, percibidos como competidores desleales en el mercado de trabajo, se les antoja arriesgada. Sobre todo a aquellos políticos que tienen su escaño bajo la luz roja de riesgo. Muchos demócratas se encuentran atrapados entre la fidelidad a dos electorados artificialmente confrontados: los obreros ("blue collars") sin trabajo y los latinos que contemplan con desazón la retórica xenófoba en alza.
Algunos líderes demócratas temen que el ejemplo de Arizona cunda en otros Estados apremiados por las presiones laborales, según una estimación de LOS ANGELES TIMES. La presunción de que actitudes duras hacia los irregulares pueden producir réditos electorales inmediatos podrían desencadenar el efecto contagio. Se calcula que en todo el territorio de Estados Unidos viven de forma ilegal más de quince millones de trabajadores extranjeros sin permiso de residencia.
No ha contribuido a prevenir el fenómeno la pasividad del gobierno federal durante el tiempo en que se ha venido gestando esta ley. Se lo reprochan a la administración Obama algunos medios liberales como THE NEW YORK TIMES o BOSTON GLOBE, con raíces muy lejanas de las tierras cálidas del suroeste. Conviene recordar que la revisión completa del sistema legal relacionado con la inmigración fue uno de los principales compromisos del candidato Obama. Otras urgencias políticas han ido demorando esta acometida, que se sitúa de nuevo en lo más alto de la agenda de la Casa Blanca, según ha admitido estos días el propio presidente.
Conforme aumenta la indignación en medios latinos estructurados y con influencia, crece la impresión de que el gobierno federal podría poner en marcha algún tipo de actuación para abortar la aplicación de la ley en Arizona. Anima a ello que también desde sectores de indisputable acreditación conservadora se hayan alzado voces de repudio a la ley. "Es muy de difícil de aplicar, sin amenazar las libertades civiles", ha comentado no precisamente un progresista como Jebb Bush, hermano del ex-presidente y ex-gobernador de Florida. En este estado, con muy fuerte presencia de cubanos exiliados, los latinos afincados y arraigados en el establishment constituyen una sólida base electoral para el partido republicano.
DESASTRES Y DEMAGOGIAS
La letalidad del debate migratorio aparece también en Gran Bretaña. Por debajo del contraste de las recetas para sanear cuentas y garantizar servicios emerge el malestar provocado por una complicada pedagogía de los asuntos migratorios. Según las encuestas de opinión, la inmigración es el segundo asunto que más preocupa a los británicos, después de la crisis económica.
Aunque con discursos de distinto tono, conservadores y laboristas habían arremetido contra el candidato liberal-demócrata, por su posición favorable a una amnistía para los sin papeles. El principal diario conservador no tabloide, el DAILY TELEGRAPH, ha calificado de "locura" las ideas de Nick Clegg. Los tories están practicando un juego peligroso: con su línea dura frente a la inmigración están sembrando xenofobia y alimentando expectativas electorales del Bloque Nacional, en el cálculo de que, finalmente, los electores molestos por la inmigración acudirán al voto útil y les votaran a ellos para forzar un giro radical de política en esa materia. Para los laboristas, el debate ya era de por si incómodo e indeseable. Feudos obreros golpeados por la crisis corren peligro de sucumbir a la demagogia ultraderechista. De ahí el perfil bajo de las propuestas laboristas y la falta de prudencia que Brown ha venido imputando al candidato emergente.
Pero nadie se podía imaginar el terrible estrambote de esta semana, en Rochdale. Este episodio se ha convertido ya en la bomba mediática de la campaña. La frustración de la votante laborista jubilada por la falta de empleo, su desagrado por el "aluvión" de inmigrantes del Este, las dificultosas explicaciones de Brown y el desahogo posterior del primer ministro convertido en exabrupto público por mor de otro micrófono que no se cerró a tiempo han conformado un cuadro de desastre. La prensa conservadora ha magnificado el incidente, mientras los estrategas laboristas se mesan los cabellos. Pero más allá de la peripecia fatal y de la hipócrita utilización del "resbalón", lo ocurrido pone en evidencia la peligrosidad del dossier migratorio, especialmente para la izquierda. La "intolerancia" que Brown apreció en la jubilada de Rochdale tiene los tentáculos muy desarrollados
La corrección y el arte del disimulo obliga al PP catalán a maquillar el brote populista antirumano en Badalona. Sin desautorizarlo, por supuesto. En Gran Bretaña habrá que esperar a la expresión electoral de la xenofobia, aunque ésta puede quedar camuflada bajo opciones más contenidas. En Arizona se han superado ya los límites de lo que resulta tolerable en un sistema democrático. ¿Cuánto tiempo pasará para que cunda el ejemplo? Las luces están en ámbar.

CON UN AIRE A OBAMA

23 de abril de 2010

El segundo debate electoral televisivo en Gran Bretaña confirmó que por primera vez en sesenta años existe una posibilidad cierta de que triunfe una tercera opción. El candidato liberal-democrático, Nick Clegg, sabía que sus rivales tratarían de arruinar su opción antes de que siguiera creciendo, pero no lo consiguieron. Aunque el debate sonó más igualado, la "sorpresa" electoral sigue encendida.
Clegg ha logrado instaurar un perfil obamiano. No debía sorprender teniendo en cuenta el entorno político en que se celebrarán estas elecciones: desgaste del partido gobernante, fragilidad de la opción y del liderazgo conservador y fuerte descrédito del sistema político por la corrupción. Nunca ser outsider ha sido tan rentable en la política británica (incluso en la europea). Ni el voto útil (prestar apoyo a los tories, para acabar con el gobierno que no supo atajar a tiempo la crisis), ni el voto del miedo (seguir apoyando a los laboristas ante el temor de que los conservadores implanten políticas neoliberales fracasadas y de gran coste social). Y apelación directa a los jóvenes para que no huyan de la política. Otra resonancia de Obama.
En el transcurso del debate, ésta ha sido la estrategia recurrente de Clegg: hacer creíble una alternativa profunda de cambio. Cuando Brown y Cameron se enzarzaban en algunas disputas sobre los servicios públicos o sobre la política a seguir en Europa, Clegg orientaba sus intervenciones a enfatizar la inutilidad de una disputa agotada. Con notable habilidad, el candidato liberal-demócrata consiguió disimular el aspecto quizás más frágil de su candidatura: la falta de definición en muchas de sus propuestas.
FORMALISMO EN POLÍTICA EXTERIOR
En política exterior, que se presentaba como asunto estelar de esta segunda cita televisiva, el debate ha sido decepcionante. Cameron articuló un discurso crítico con Bruselas, sin parecer demasiado atado a los principios tradicionales del euroescepticismo tory. Brown ha advertido contra el peligro de volver a luchar contra Europa en solitario, en referencia clara a la época thatcherista. Clegg, consciente de que el asunto no levanta pasiones y renta pocos votos, optó por el pragmatismo: había que estar en Europa porque le conviene a la economía británica (argumento muy similar al empleado por Brown). Clegg concedió que había que agilizar el funcionamiento de la Unión (acercamiento a sensibilidades tories), pero para eso había que permanecer dentro y ser activos (alejamiento de Cameron).
Pocas discrepancias en Afganistán y en la lucha internacional contra el terrorismo. En este asunto, Clegg decidió poner el énfasis en mejorar el equipamiento y los recursos destinados a las tropas británicas y en construir una estrategia que no tenga un componente exclusivamente militar. En un guiño a los que ya están cansados de aventuras bélicas, el candidato liberal-demócrata se hizo eco del pesar por la presión que supone combatir al mismo tiempo en Irak y en Afganistán. Brown ofreció una posición más elaborada que sus oponentes, a los que se notó poco motivados por este asunto: será difícil que cualquier gobierno adopte una posición alejada de las directrices de Washington. Clegg, al que habíamos escuchado alguna manifestación de autonomía al comienzo de la campaña, prefirió decir que "la relación con Estados Unidos no puede ser unidireccional".
En la cuestión del armamento nuclear, Brown puso en aprietos a Clegg al reprocharle falta de realismo por insinuar un desarme unilateral. El candidato liberal, como en otros asuntos donde teme resultar poco experimentado, se evadió del reproche señalando que lo que propone no es romanticismo sino pragmatismo: dotarse de sistemas más modernos y eficaces. Y citó de pasada a Obama para cimentar la utopía de un mundo sin armas nucleares. Cameron, más apegado a la doctrina tradicional, se limitó a defender la disuasión nuclear.
Mucha retórica en el debate sobre el cambio climático, sin apenas controversias, salvo los reproches de Cameron a la ineficacia europea o de Clegg a la posición subsidiaria y poco enérgica del laborismo en la cumbre de Copenhague. Brown ha defendido el papel británico y europeo al acercar las posiciones de Washington a Pekín y al resto de potencias emergentes.
MAS CONFRONTACIÓN EN ASUNTOS INTERNOS
El debate cobró viveza cuando se abandonaron los asuntos internacionales y se entró en las propuestas sobre la gestión de las pensiones, los servicios públicos, la fiscalidad o la inmigración. Brown adoptó una posición casi profesoral, alertando sobre el peligro de interrumpir medidas, estímulos y políticas que estaban sacando al país de la recesión. Cameron dibujó su ideas de gran sociedad frente a la supuesta opción laborista de gran gobierno. Adoptó tu tono más ofensivo cuando acusó al primer ministro de mentir sobre las intenciones conservadores, sobre todo en materia de recortes sociales. "Debería darte vergüenza decir algunas cosas", le espetó Cameron a Brown, a quien acusó abiertamente de aventar el miedo como táctica electoralista. El líder laborista no entró a ese trapo e insistió en los peligros de alejarse del buen camino. El tercer candidato asistió a estos escasos momentos de tensión con calculada distancia y sin comprometer una postura clara en el debate sobre más o menos Estado. Solventó la cuestión defendiendo la clásica respuesta de la "tercera vía": no más ni menos, sino mejor.
En materia de inmigración. Cameron también elevó el tono para reprochar a Brown el incremento incontrolado de la inmigración. El primer ministro replicó con el catálogo de medidas que han posibilitado una reducción del tráfico ilegal de personas en los últimos años. Clegg reprochaba a sus dos adversarios falta de voluntad política para afrontar el problema y descalificaba tanto las cuotas defendidas por el líder conservador, como la política de parches del dirigente laborista. Defendió, sin gran pasión en todo caso, la regularización de los ilegales, lo que aprovechó Brown para reprocharle que estaba favoreciendo una amnistía que, a la larga traería más problemas.
Otro asunto que podía resultar espinoso era el de la corrupción política y las medidas para combatirla. Fue muy contundente Brown, quien aseguró que debía echarse de la política a los que se les pillara en falta. Cameron, con muchos casos en la gatera, quiso que el asunto pasara deprisa. Clegg lamentó que las dos grandes fuerzas políticas no hubieran sido más activas. El moderador hizo aquí su única pregunta del debate, y fue al candidato liberal, al que un diario conservador había arrojado esa misma mañana ciertas acusaciones sobre cobro en sus cuentas privadas de donaciones poco transparentes. "Es una basura sin fundamento", espetó Clegg, que despachó así el asunto para que no prendiera el daño. Horas antes del debate, los laboristas habían criticado esas imputaciones y habían atribuido su autoría intelectual a ciertos propagandistas conservadores.
Y sobre lo que constituye la gran incógnita de estas elecciones: qué fórmula de gobierno será viable a partir del 6 de mayo, el debate resultó estéril, como era de esperar. A pesar de una pregunta de un ciudadano y de la petición de concreción del moderador, los candidatos se comportaron con mucha profesionalidad y dejaron el asunto abierto. Ante la posibilidad de un parlamento "colgado" ( es decir, sin una mayoría clara), todos prefieren esperar a las cartas con las que tienen que jugar. Las encuestas reflejan distancias mínimas y gran volatilidad. Los laboristas continúan en último lugar, pero con las opciones intactas. El sistema electoral les proporciona un plus, que podría ser decisivo el 6 de mayo. Cameron tendrá que utilizar armas más convincentes que el juego sucio de la prensa derechista para "desobamizar" la

EL NUEVO DIRECTORIO MUNDIAL

15 de Abril de 2010
La cumbre para atajar la proliferación nuclear y prevenir la amenaza de que "fuerzas terroristas" acceden algún tipo de armamento atómico ha servido para escenificar lo que parece un cambio de rumbo en las relaciones chino-norteamericanas. El llamado G-2 se perfila cada día más con el nuevo directorio mundial, aunque esta fórmula produzca repugnancia en las cancillerías mundiales.
Cada etapa de la historia de las relaciones internacionales tiene sus actores principales, sus secundarios, su reparto y hasta sus extras. En este mundo que dejó de ser bipolar hace dos décadas -a efectos prácticos, más-, pero que no es exactamente multipolar, a pesar de los intentos optimistas y bienintencionados de algunos analistas, sino más bien unipolar, el gran desafío es encajar el "fenómeno chino".
Se atribuye a Obama la convicción de que China debe ser su prioridad internacional. Pocos se lo discutirán, pese a que la hiperpotencia norteamericana se encuentre enfangada en guerras herederas, justas o discutibles, mucho más sangrientas e inciertas. No hay tanto consenso, en cambio, cuando se presentan las fórmulas de actuación con Pekín.
El viaje de Obama a China en noviembre de 2009 no fue precisamente un éxito. Conservadores y progresistas le reprocharon su debilidad aparente hacia los modernos mandarines post-comunistas, por razones diferentes: el artificialmente bajo valor del yuan, las reticencias a presionar a Irán o el escaso respeto a derechos humanos y libertades cívicas, entre otras de menor impacto mediático.
Obama tiene problemas para hacer exigencias a Pekín, como los tuvieron sus antecesores en la Casa Blanca. Su capacidad de presión es reducida. Pero, además, su posición bilateral es vulnerable. China es el principal acreedor de Estados Unidos. Atesora la mayoría de su deuda interna en bonos. Una palanca temible. El presidente norteamericano se mueve entre dos necesidades: la cautela y el ejercicio del liderazgo internacional.
Hace unas semanas, Obama mantuvo parado el Air Force One en la pista del aeropuerto próximo a Washington, porque la conversación telefónica que mantenía con su homólogo chino, Hun Jintao, no terminaba de concluir. Al final, Obama le arrancó el compromiso de asistir a esta cumbre sobre la proliferación nuclear. La Casa Blanca tuvo interés en señalar que en ese contacto se confirmó "un nuevo clima" bilateral.
En los últimos días, algunos habían querido apreciar posturas más flexibles de Pekín en los dos asuntos más sensibles del momento:
- un cambio en la política monetaria, con graduales apreciaciones inmediatas del yuan, postura que ya defiende abiertamente el Banco Central chino, frente a otras instancias más inmovilistas en el Ministerio de Comercio o en la Asamblea Nacional Popular.
- una predisposición más favorable a aceptar el "principio de las sanciones" para forzar un cambio en la política nuclear de Irán.
Para ganarse a Pekin, Obama había ofrecido previamente ciertos estímulos:
- renuncia a publicar un memorándum en el que, por petición expresa del Congreso, se denunciaban las manipulaciones monetarias de las autoridades chinas para colocarse en situación de ventaja competitiva.
- garantía de aprovisionamiento petrolero, en el caso de Teherán tomara represalias contra Pekín, si China se une al campo de las sanciones, según publica THE NEW YORK TIMES.
El azar ha hecho que un acontecimiento no esperado, aunque trágico, pueda favorecer el clima de diálogo. Ciertamente, el último terremoto ofrece una espléndida oportunidad para que la administración Obama exhiba gestos de extraordinaria generosidad con China.
En cualquier caso, las reglas del juego de este nuevo directorio están todavía en construcción. China ha observado cierta maestría en jugar al caliente y al frío. Lo más probable es que Pekín siga dilatando el proceso de discusión de las sanciones contra Irán, aunque deje de obstaculizar abiertamente esta opción. El catálogo que la diplomacia norteamericana ha trabajado con sus socios occidentales no está cerrado. Se manejan las siguientes: privación de acceso a crédito internacional, suspensión de la inversión extranjera en el sector energético iraní, medidas contra las numerosas e importantes empresas de los Guardianes de la Revolución (la fuerza pretoriana del régimen islámico), a la que los servicios de inteligencia occidentales atribuyen también el control del programa nuclear. Pekín siempre podrá establecer una alianza de conveniencias con Rusia para proponer fórmulas alternativas que permitan acomodos con Teherán.
Con respecto a las discrepancias sobre la política económica, los dirigentes chinos sostienen que Occidente tiene una actitud farisaica. En palabras de Zhu Feng, director adjunto del Centro Internacional de Estudios estratégicos de la Universidad de Pekín al diario LE MONDE: "Washington debería responder de manera positiva a Pekín, por el papel estimulante que China juega en la economía mundial, en esta fase de crisis financiera internacional". Considera Zhu Feng que "la rigidez de la posición americana no refleja la naturaleza de la nueva simbiosis chino-americana".
Sorprende el término "simbiosis" aplicado al actual momento, porque indica una aproximación de colaboración y no de confrontación. El pragmatismo chino es proverbial. El comunismo de Mao siempre tuvo un componente nacionalista, por mucho que costara percibirlo en el contexto de la guerra fría. Sus herederos, en cualquiera de sus facciones rivales, no se han apartado de ese principio rector de la doctrina internacional del fundador de la República Popular.
La clave para seducir a Pekín consiste es no presionar, pero también en desterrar cualquier impresión de que hace en silencio o de forma diplomática. Obama ha comprendido esto a la perfección, y eso explica sus atenciones públicas -a veces casi obsequiosas- con los chinos. Si Obama consigue fijar con China una relación bilateral sin sobresaltos, mejorará el registro histórico de Nixon y Kissinger en los setenta. Entonces, Washington y Pekín se encontraron en el terreno común de la contención de una declinante pero aparentemente todavía poderosa potencia soviética. Hoy se trata de otra cosa. La defensa de sus respectivos intereses estratégicos nacionales no tiene aún que conducir a un enfrentamiento inevitable. Aunque históricamente eso pueda ser inevitable, es probable que falten años para eso.

THRILLER POLÍTICO EN GRAN BRETAÑA

8 de Abril de 2010

Las elecciones más importantes en Gran Bretaña, en una generación. Así lo considera casi unánimemente la prensa británica y la mayoría de analistas y bloggeros de cierta reputación.
Importantes por reñidas, por lo incierto del resultado. Importantes por el efecto que pueda imprimirse a la estrategia de superación de la crisis. Importante por el reflejo que, por autónoma que sea la política británica de la continental, pueda tener su resultado en Europa. Y, finalmente, importantes por la lectura que pueda hacerse de la actitud de los ciudadanos hacia la clase política, tras una legislatura agujereada por las escándalos de corrupción y malversación de fondos.
El análisis de los datos es revelador. Para ganar, los tories necesitarían efectuar el “swing” (la remontada) más importante desde la Segunda Guerra Mundial, superior incluso (en un 1,6%), a la que protagonizó Margaret Thatcher en su arrolladora victoria de 1979, cuando la descomposición laborista y la marea neoconservadora parecían imparables. El ambiente no es favorable a quien gobierna ahora en Europa, y eso favorece a los conservadores. Pero los laboristas no parecen tan desprestigiados como hace treinta años, después de aquel terrible “invierno del descontento”, cuando prendió la impresión –exagerada, falsa- de que el país se encontraba al borde del colapso. Hablando de récords, también lo constituirá el hecho de que si Brown ganara, sería el cuarto mandato laborista consecutivo, algo que no ha ocurrido nunca.
LAS BAZAS DE BROWN
¿Cúales son las bazas del laborismo para ganar?
Primero, que su actual líder es un superviviente. No tiene desperdicio la foto de Gordon Brown en la puerta de Downing Street, el día del anuncio de la visita a Palacio para proponer a la Reina la disolución del Parlamento. El primer ministro, rodeado de la plana mayor de su gabinete, su “inner circle”, con expresión de satisfacción y confianza. La fortuna política de Brown es una de las más variables de Europa. Como su personalidad, según cuentan quienes lo conocen o han trabajado cerca. Como decía un comentarista político británico estos días, hace unos meses no estaba claro que Brown pudiera convocar elecciones. Si sus propios ministros –quizás alguno de los que ahora se retratan con él- lo hubieran abandonado, no habría sorprendido a nadie, y menos a los suyos, que estuvieron pensando en un sucesor, para evitar la convocatoria electoral. Como hicieron los tories, en 1990, cuando se atrevieron a “destronar” a la temible Margaret Thatcher.
En segundo lugar, los aciertos innegables en los momentos más dificiles. La crisis, lejos de rematarlo, lo ha apuntalado, por la eficacia de algunas de sus decisiones y por su poco acostumbrada habilidad de dar la impresión de ser el dirigente adecuado para el momento.
Y en tercer lugar, esa imagen de británico común, algo que raramente puede resultar una ventaja en estos tiempos, pero que se entiende por el hastío del público británico, intoxicado con el carisma desbordante de Blair. Brown va a explotar, sin duda, esa faceta de su personalidad, frente al elitismo contenido de su rival, el conservador Cameron, otro producto más de la factoría de Eton.
Es cierto que, en el inicio de la campaña, Brown parte como perdedor, según los sondeos. Pero, como dicen los anglosajones, es un perdedor que llega de atrás hacia adelante, o sea que da muestras de recuperación. Los seis puntos que el Labour aparece por debajo de los Tories eran más de diez hace apenas unos meses. Por supuesto, los laboristas deberán trabajar duro en la campaña. Pero la inquietud ha construido un nido en el cuartel de los conservadores.
LA OPCIÓN CONSERVADORA
Los conservadores se hicieron la foto de inicio de campaña lejos del Parlamento, tan desacreditado por escándalos que han salpicado también a muchos de sus diputados. Prefirieron el horizonte posmoderno del sur de Londres, tan caro a sus ensoñaciones del capitalismo popular que lo termina arreglando todo, aunque la realidad se empeñe en todo lo contrario.
Cameron, de ganar, sería el primer ministro más jóven de la historia, más aún que Blair cuando ganó en 1997, otro record a batir en estos comicios. Pero como se explicaba antes, su éxito tendría proporciones hercúleas, que encajan mal con la dimensión del personaje. Su imagen de modernizador del partido es poco sólida, no por sus intenciones, sino por el carácter correoso de un partido que demuestra una resistencia enfermiza al cambio en casi todos los asuntos de importancia.
El jóven y dinámico nuevo lider se ha propuesto conducir a los tories al centro. El mismo empeño de todos los conservadores -o todos los socialistas- cuando se trata de ganar elecciones. El centro se convierte en una divisa, no es un programa. Y es cuando la política se convierte en metafisica. En imagen: en propaganda. Tony Blair lo decia estos días, con un cinismo propio de mejor causa: “¿Dónde está su centro? ¿En su núcleo?”.
Las críticas conservadoras se basan en los supuestos fracasos laboristas en capítulos clásicos, como la subida de impuestos, la intervención estatal o al aumento de gasto público para afrontar la crisis y crear empleo. El aumento de las retenciones para fortalecer la seguridad social promete ser el asunto más debatido de la campaña. Y, en segundo lugar, la inmigración. Aquí, el centrismo de los tories experimenta un irrefrenable corrimiento de tierras hacia la derecha, hacia el terreno donde se encuentra su identidad y los intereses que expresan y defienden.
Y ahí es donde, presublimente, golpearan los laboristas: la contradicción entre la marca y las creencias, decía un estratega de Downing St. a un comentarista de THE GUARDIAN. Otro dirigente laborista, lucidamente preocupado por la credibilidad del propio sistema, apuntaba que en estas elecciones la disputa no será solamente entre laboristas y conservadores, sino entre política y antipolítica.
En esa disputa metapolítica podríamos asistir a otra circunstancia –desacostumbrada mejor que histórica- de estas elecciones: un Parlamento”colgado”(hung), sin mayoría, con tres actores en el reparto, en lugar de los habituales dos. Previendo la circunstancia más que probable de una dificil gestión de los resultados, se ha modificado ligeramente el calendario y se ha habitilado dias suplementarios para la consultas previas a la formación del gobierno.
Ese puede ser el momento de los liberales. Se esperaba algo similar en 1974 y en 1992, pero finalmente el público optó por lo gastado conocido. Ahora parece que vuelven a su mejor oportunidad. Si obtienen un número importante de diputados y se hacen imprescindibles para gobernar, los lib-dem pondrían un precio muy alto. Sostiene THE ECONOMIST que exigirían el cambio de la ley electoral, en beneficio de un sistema más proporcional que refleje mejor el panorama político, y –muy posiblemente- la cartera de Economía para su número dos, el prometedor Vince Cable, a quien los sondeos le otorgan la condición de “más preferido” para el puesto entre todos los electores.
“Será divertido”, comentaba con cierto jolgorio el polémico Alastair Campbell en un comentario de urgencia. Los tiempos no estan para bromas, pero las elecciones británicos prometen ser apasionantes.

RATZINGER, EN ENTREDICHO

31 de Marzo de 2010

Por un capricho del destino, en estos días de penitencia para los católicos su principal Jefe espiritual se ha visto envuelto en un intenso escrutinio sobre su credibilidad. El escándalo de los abusos sexuales le ha salpicado directamente por las dudas que han surgido acerca de su compromiso en la lucha contra el delito.
Benedicto XVI quiso despejar el ambiente sofocante que había creado la acumulación sobre casos de pedofilia, en una Carta a los católicos de Irlanda, país donde se han producido algunos de los casos más graves, pero ni mucho menos el único. Pero después de esta iniciativa, otras revelaciones y denuncias no sólo han cuestionado la eficacia del intento, sIno que han puesto en entredicho la propia credibilidad del actual Papa.

PECADO Y DELITO, ENCUBRIMIENTO Y RESPONSABILIDAD

En su pastoral a los obispos irlandeses, Ratzinger condenó con aparente claridad y contundencia los abusos sexuales a menores y afirmó la obligación ética y legal de colaborar con las autoridades civiles en el esclarecimiento de los hechos y en la depuración de responsabilidades. En un gesto sin precedentes, anunció la creación de una delegación para investigar la situación en Irlanda.
Y, sin embargo, causó un profundo malestar en círculos cristianos y laicos la ambigüedad manifestada en algunos aspectos críticos, a saber…
- No abogó claramente por una condena ejemplar, ni defendió medidas sancionadoras rotundas. Como jefe de un Estado, Ratzinger desarrolló un discurso impecable de colaboración con la justicia y persecución del delito. Pero en su calidad de líder espiritual, opuso la exigencia doctrinal del perdón y la redención del pecado.
- Ratzinger no mencionó la colusion entre la jerarquía católica irlandesa y las autoridades policiales en el mantenimiento del silencio y la ocultación de los hechos. Como consecuencia de la publicación del Informe gubernamental irlandés sobre los abusos sexuales de sacerdotes, cuatro obispos aludidos expresamente por posible responsabilidad en el ocultamiento de los hechos, presentaron su renuncia al cargo, pero el Papa sobre aceptó una de ellas.
- El mensaje se centró exclusivamente en Irlanda y las referencias a la extensión de la lacra fueron vagas o generales, sin menc ionar países ni señalar responsabilidades con nombres y apellidos, incluso de aquellos que han sido sancionados o incluso condenados.
Esta percibida ambigüedad ha despertado un rechazo muy apreciable en medios laicos y en círculos cristianos críticos. Es particularmente agudo el comentario de Terrence McKierman, fundador y presidente de una iniciativa ciudadana llamada Responsabilidadepiscopal.org, dedicada a rastrear el historial de los abusos: “Existe una fuerte tendencia a abordar este asunto como un problema de fé, cuando se trata en realidad de un problema de gestión eclesial y de incumplimiento de la obligación de dar cuenta de los actos”.
Varios expertos vaticanistas han rastreado la labor realizada por Ratzinger en la persecución y depuración de los delitos de abusos. En 1982, tres años y pico después de la entronización de Wojtila en Roma, Ratzinger asciende al cargo de Prefecto para la Doctrina de la Fé, una especie de Alto Comisariado doctrinal. Desde esta posición, y por su influencia decisiva en su antecesor papal, Ratzinger ejercía el puesto más determinante en la Curia. Pero no sólo eso. En el año 2001, el Vaticano aprobó una directiva queatribuía a la Congregación para la Doctrina de la Fé la competencia para tratar el espinoso asunto de los abusales sexuales cometidos por clérigos. Por tanto, el Papa polaco depositó en Ratzinger, su cardenal favorito, la máxima responsabilidad de la Iglesia en esa polémica materia. De ahí su responsabilidad. De ahí que Ratzinger se encuentre en el ojo del huracán.
La directiva de 2001 establecía otro principio, que ahora se revela devastador para la credibilidad de la jerarquía eclesiástica: la observación de un estricto secreto en el manejo de los casos de abusos sexuales. Se aducía entonces que con esta medida se pretendía proteger a las víctimas. Algunos analistas han resaltado la contradicción que supone recomendar la práctica del secreto y, cuando han comenzado a acumularse los escándalos, pedir a las diócesis locales que cooperen con la justicia.
Esta contradicción genera sospechas de hipocresia. En las páginas de LE MONDE, el director de su suplemento dedicado a las religiones, Frederick Lenoir, al referirse al silencio de los obispos durante décadas, emplea el término omertá, el que se utiliza en el código de la Mafia para mantener la ocultación de los delitos. Lenoir admite que, “desde 2001, Ratzinger ha sido impecable”. ¿Pero y antes?, “Antes –añade-es un misterio”.

¿RATZINGER, ENCUBRIDOR?

Según el NEW YORK TIMES, ni lo uno, ni lo otro. En una serie de artículos dedicados a calibrar la responsabilidad de Ratzinger en el encubrimiento de los delitos sexuales, el diario neoyorquino desvela actitudes y posiciones del actual Papa que resultan sumamente comprometedoras, desde luego sobre su credibilidad, y quizás algo más.
Lo más dañino es la revelación de que Ratzinger accedió a proteger al clérigo Lawrence Murphy, de Milwaukee (Winconsin, Estados Unidos), quien, según informes acreditados, había abusado de 200 niños con discapacidad auditiva ¡durante un cuarto de siglo! Después de frustrantes intentos fallidos de impedir que Murphy siguiera en contacto con niños de los que podía abusar, el asunto llegó a Ratzinger en 1996, en su calidad de máxima autoridad vaticana en la materia. El cardenal alemán se enfrentó entonces a un dilema tremendo: castigar al culpable, expulsandolo de la Iglesia, o atender a la suplicas del abusador que, en una carta personal, le rogaba que se le permitiera “vivir el tiempo que le quedaba en la dignidad del sacerdocio”. No hay prueba documental de la respuesta de Ratzinger. Pero Murphy murió dos años después, todavía como sacerdote en activo, lo que inclina a pensar que el futuro Papa optó por el perdón. Desde los ámbitos más críticos, se ha reprochado a Ratzinger que se haya autoexcluido de las admoniciones pronunciadas a los irlandeses.
Pero no es ésta la única mancha en el historial de Ratzinger. Otra no menos inquietante se refiere a su etapa como cabeza de la Iglesia en Munich. En aquellos años, entre 1977 y 1982, el Arzobispado de la capital bávara autorizó la acogida del cura Peter Hullermann, que había sido expulsado de Essen por haber abusado sexualmente de menores. El pedófilo fue sometido a terapia pero al cabo de poco tiempo volvió a ser encargado de un trabajo pastoral que incluía el trato con niños, a pesar de numerosos informes psiquiátricos que lo desaconsejaban rotundamente. Seis años después, el sacerdote Hullermann fue condenado a dieciocho meses de cárcel por delito de abuso sexual, una pena que no llegó a cumplir por beneficios penitenciarios.
Desde el Vaticano se explica que Ratzinger delegó la gestión de ese asunto en su Vicario General , Gerhard Gruber, quien asumió la completa responsabilidad. Pero es imposible que, dada la gravedad del caso, el entonces Arzobispo de Munich permaneciera en completa ignorancia sobre los hechos o se inhibiera.
En el Vaticano sentaron muy mal las revelaciones del Times. El OBSERVATORE ROMANO afirmó que los medios han actuado “con el claro e innoble intento de intentar golpear a Benedicto XVI y a sus más próximos colaboradoes a cualquier precio”.
En una línea de defensa más templada, otros expertos y periodistas del clrculo vaticano como Andreas Englisch y otros, alegan que, en su etapa alemana, manifestaba una completa desatención por los asuntos de personal o administrativos, lo que explicaría su falta de celo con los sospechosos de abuso. Sin embargo, el propio NEW YORK TIMES y otros medios han recordado estos días cómo Ratzinger si se implicó activamente en otros asuntos de personal, como el veto el nombramiento de un profesor de teología por sus inclinaciones progresistas o el castigo de un sacerdote que ofició una misa durante una de las numerosas misas pacifistas de primeros de los noventa. “Como Arzobispo –sentencia el TIMES- Benedicto empleó más energía en perseguir a los teólogos disidentes que a los delicuentes sexuales”. DIE ZIET afirma que “en 1980, Joseph Ratzinger fue parte del problema que le preocupa a él mismo hoy”. O sea, el silencio, el encubrimiento, el fomento, negligente o activo, de la impunidad.