BANGLA DESH: LA SUCIEDAD QUE LLEVAMOS PUESTA

16 de mayo de 2013

Se han necesitado más de mil muertos y una alerta mediática concentrada para que se adopten medidas contra la 'esclavitud del textil' en Bangla Desh. Los gigantes de la confección y la distribución que deslocalizan su producción en aquel rincón del mundo sin derechos y con  leyes moldeables y autoridades corrompibles se han dado un lavado de conciencia y han acordado la adopción de una serie de medidas ligeramente más protectoras de la mano de obra. No demos por garantizada que se cumplan. Ni siquiera que entren en vigor.
                
Al comprador de ropa occidental no le puede chocar que encuentre qué ponerse por un precio comparativamente razonable con respecto a otros objetos de consumo. Es un lugar común atribuir 'a los chinos' la confección de bajo precio y dudosa calidad, aunque no siempre nos molestemos en comprobarlo. Pero cuando adquirimos eso que se llama "ropa de marca" hay quien se convence de que, se fabriquen donde se fabriquen, esos productos están sometidos a ciertas normas. Lo único que se acepta con resignado interés es que los manufactureros deben percibir salarios bajos que aqui. Cuando 'aqui' se hacía ropa, claro.
                
La tragedia ocurrida el 24 de abril en Rana Plaza, una macrofábrica de Dacca, la capital, ha puesto en evidencia la desinformación sobre lo que llevamos encima. Lo que nos cubre o nos abriga huele a podrido y mancha, aunque no percibamos el olor y la suciedad que desprende.
                
Un incendio pavoroso destruyó la fábrica textil. El derrumbamiento de la defectuosa instalación sepultó a miles de trabajadores. Más de mil cien perecieron o desaparecieron sin esperanza. A medida que se recuperaban los cadáveres iban filtrandose los datos que reflejaban una situación a todas luces criminal: la falta de controles, de medidas de seguridad, de garantías elementales. Pero también otras condiciones menos inmediatas del trabajo.
                
Bangla Desh es el gran telar del mundo. La consultora MacKinsey, una de esas empresas que se dedican a señalar el terreno del negocio a las empresas ávidas de extender los márgenes de beneficio, animaba recientemente a seguir localizando la producción textil en aquel país al menos durante los próximos años: estimaba que la producción podía duplicarse en apenas dos años más y triplicarse en los cinco siguientes. La ropa confeccionada ya representa más del 80 por ciento de las exportaciones nacionales. Es decir, que 'el país vive de eso'. En realidad, sus habitantes están encadenados a esa 'prosperidad'. Cada día es más competitivo. Lo que quiere decir que los productores viven comparativamente peor.
                 
Hasta hace sólo unos años, Bangla Desh era un rincón de miseria azotado por los ciclones y resignado a mortandades pavorosas. La evolución de la economía mundo produjo ciertas condiciones que favorecieron la emergencia manufacturera del país. Los salarios se elevaron en China como consecuencia del desarrollo industrial. El retraso de Bangla Desh se convirtió en su principal atractivo. Cuatro millones de brazos disponibles y una cultura de sumisión casi absoluta se conjugaron para suministrar a las grandes marcas de la confección 'lo necesario' para seguir compitiendo salvajemente por un consumo bajo la amenaza de la crisis.
                
En los telares de Bangla Desh no hay derecho de sindicación. Los intentos de organizar a los trabajadores se castigan con la persecución, el despido y peligros aún peores. Las presiones de la producción obligaron, sin embargo, a elevar los salarios un 30% hace apenas tres años. Aparentemente, una mejora notable. Otra percepción equivocada. Después de la subida, un trabajador medio no gana más de 25 o 30 euros al mes. Una miseria maquillada. Enumerar el resto de las condiciones laborales equivale a desgranar un catálogo de horrores. El flamante Papa Francisco ha calificado la situación de los trabajadorex textiles bengalíes de "exclavitud". No es una figura retórica ni piadosa.
                
Bangla Desh vive una lógica perversa, conocida en el sector como el momento 'tee-shirt' o 'momento camiseta'. Significa esto que se encuentra atrapado en una fase de  acumulación de excedentes de los grandes imperios de la confección. La dependencia es máxima porque el país no dispone aún de los medios para dar el salto a otra fase del desarrollo industrial y económico. No dispone de alternativas para mantener su fuerza de trabajo activa. Otros países vivieron esa fase productiva antes; los más recientes, vecinos asiáticos como Vietnam, Camboya, ciertas regiones de la India o Sri Lanka. Los antecedentes del Reino Unido o la Norteamerica sureña constituyen una recreación literaria o cinematográfica.
                
La tragedia no es casual, no es fruto de una negligencia puntual, de un fallo humano, ni siquiera de una cadena de errores. Es una característica estructural, como nos recuerdan estos días algunas organizaciones como CLEAN CLOTHES. En Bangla Desh consitituyen una condición necesaria de la competencia, del 'exito del país-factoria'. En los últimos veinticinco años se han ido acumulando muertos más o menos silenciosos. El estruendo del 24 de abril no ha podido taparse bajo el manto de esa engañosa 'prosperidad'. Un viento de cólera ha recorrido el país y ha agitado la preocupación de los 'clientes' mayores.
                
En la actualidad, como revelaba un diario local estos días, sólo hay 51 inspectores para vigilar 200.000 factorías mientras otros tantos puestos juzgados imprescindibles estan vacantes. Conscientes de que, evocando a Lampedusa, algo hay que hacer para no poner en peligro lo fundamental, gigantes europeos como la sueca H&M (primera productora en el país), las españolas Inditex (Zara) y El Corte Inglés, las británicas Mark&Spencer, Primark y Tesco, la holandesa C&A o la italiana Benetton se han avenido a suscribir un acuerdo que mejore la seguridad de las instalaciones fabriles, promovido por los sindicatos. Con una pose no exenta de hipocresía, estas grandes firmas proclaman ahora que aceptarán el "examen completro y riguroso" de "inspectores indepedientes" para acreditar el cumplimiento de las normas y reglamentos en materia de salubridad y seguridad de las plantas.
                
La mayoría de las competidoras norteamericanas, algunas tan señaladas como WalMart o Gap se han mantenido de momento al márgen con esquinados argumentos legales (Si ha consentido a firmar, en cambio, PVH, la matriz de Calvin Klein y Tommy Hilfiger). En sus comunicados mediáticos, esas firmas multinacionales tienden a responsabilizar a las autoridades locales y a las empresas subsidiarias, como si ellas fueran concurrentes pasivas de la situación.
                
Veremos donde quedan esas buenas intenciones forzadas por la presión del momento. Uno de los principales asesores del gobierno comentó escandalizado ante los reclamos laborales y sindicales que sería suicida matar a la "gallina de los huevos de oro". La frase no es una muestra de insensibilidad.
                
Es un reflejo fiel de la realidad parcial de la economía local. En este lado del proceso mercantil, el desagrado o la mala conciencia que provocan tragedias de este tipo soportan fechas de caducidad muy cercanas. Por otro lado, la tentación del boicot tiene las alas cortas. Y, más significativamente aún, como advertía estos días una bloguera en THE GUARDIAN, muy activa en asuntos de deslocalización  y explotación, el castigo a estas empresas cómplices se ejercerá en primer término sobre los 'esclavos de Bangla Desh'. No dejaremos de comprar ropa en nuestras tiendas de moda. Por mucho que manche o apeste.

SIRIA: LAS PARADOJAS DE LAS ‘LÍNEAS ROJAS’


8 de mayo de 2013


                Los bombardeos, con toda seguridad israelíes, de instalaciones militares sirias cerca de Damasco han supuesto una escalada hasta cierto punto sorpresiva en el conflicto. Otros dos elementos recientes, el supuesto uso de armas químicas por el régimen de Assad y las filtraciones sobre planes avanzados en Washington para apoyar de forma más letal a los rebeldes, han disparado las especulaciones sobre un salto cualitativo en el desarrollo de la crisis. Sin embargo, hay demasiadas zonas oscuras que aconsejan un análisis cauteloso.

                Hace unos meses, el presidente Obama manifestó que el uso del arsenal químico por parte de los militares leales al presidente sirio era una línea roja que podría provocar una intervención más directa de Estados Unidos en el conflicto.  Estos días, el NEW YORK TIMES y otros medios norteamericanos han revelado el impacto que estas declaraciones de Obama provocó en sus principales asesores, porque éstos aseguran que nunca se había hablado de “línea roja” en la definición de la estrategia y en la clarificación de los escenarios posibles.

¿DESLIZ DE OBAMA?

¿Cometió un desliz el Presidente? ¿Actuó, como ha hecho en otras ocasiones, impulsado por una retórica humanitaria que confundía los imperativos prácticos o estratégicos? Es difícil creerlo, porque Obama no es precisamente un novato, ni un idealista. Pero, además, porque si algo ha caracterizado a la posición del Presidente en  todos estos largos meses de guerra civil ha sido su marcada renuencia a una intervención directa de Estados Unidos.

Dos son las razones principales de la cautela presidencial: primero, cierto rechazo a involucrarse en guerras ajenas sin que haya amenazados intereses directos de Estados Unidos; y, en segundo lugar, la creciente sensación de que no hay un bando claro al que apoyar, ya que los rebeldes, a los que ya ayuda con información, logística y otros apoyos, no han definido con claridad que el proyecto de país quieren y si serán capaces de deshacerse de elementos islamistas radicales.

El fantasma de Irak –conflicto al que Obama se opuso, en una actitud que significaría el comienzo de su ascenso político- le ronda al Presidente con enorme persistencia. Dos peligros le alejan de una involucración directa: verse atrapado en un conflicto con inevitables victimas propias sin perfiles ni objetivos claros y la deriva aún más sangrienta de la matanza entre sirios.

De ahí que sorprendieran sus referencias a "líneas rojas". Seguramente, Obama quiso intimidar al régimen sirio y evitar que acudiera a ese recurso militar para hacer retroceder a los rebeldes e invertir una tendencia negativa en la guerra. Los colaboradores del Presidente intentar explicar ahora que esas "líneas rojas" se referían no a episodios menores o puntuales, sino a un uso a gran escala o que comportara muchas víctimas. 

Si se confirmara que los Assad ha llegado a un punto de no control que les hubiera empujado a emplear de forma generalizada ese armamento ‘prohibido’, Obama se enfrentaría al dilema de escalar el compromiso militar norteamericano o arriesgar su credibilidad. Esto, con ser negativo e indeseable, no sería, sin embargo, lo peor.

En los últimos días, una vieja conocida de las causas internacionales, la ex fiscal del Tribunal de crímenes de guerra de la antigua Yugoslavia Carla del Ponte, se ha atrevido a denunciar que, efectivamente, se han empleado armas químicas en Siria...  Pero no el gobierno, sino los rebeldes. Las afirmaciones de la polémica jurista suiza han sido desautorizadas con cierta celeridad en Washington y en la propia ONU, para la que sigue trabajando como observadora. Pero sus afirmaciones ya han sembrado dudas.

EL PAPEL DE ISRAEL

Mientras los hombres del Presidente tratan de gestionar los compromisos públicos de su jefe, Israel dejaba claro que no tiene esos problemas y que sus “líneas rojas” son claras y precisas, y sus actuaciones contundentes. El gobierno de Netanyahu habría querido abortar en su fase de gestación unos supuestos planes de Assad de transferir a la milicia libanesa chií de Hezbollah ciertos arsenales especialmente amenazantes para Israel: los cohetes de fabricación iraní Fateh 110.  Dos bombardeos contundentes en apenas dos días, similares al ya efectuado en enero, llevaban el sello israelí, aunque las autoridades de Jerusalén hayan guardado un reglamentario silencio. Han sido fuentes norteamericanas las encargadas de confirmar extraoficialmente la autoría israelí. Y, como era también de rigor, las posteriores valoraciones del derecho a la defensa preventiva de su privilegiado aliado.

La camarilla siria no tiene fuerza ni estómago para dar una réplica a su enemigo tradicional. La aparente facilidad de la intervención israelí puede ser aprovechada por los halcones del Congreso. Algunos ya señalan que el régimen sirio esta lo suficientemente debilitado como para infligirle el golpe definitivo sin apenas riesgo. Por lo pronto, en la Casa Blanca se limitan a decir que el Pentágono ultima planes de contingencia y que todas las opciones están abiertas (bombardeos selectivos, zonas de exclusión aérea, suministro de armas a los rebeldes, etc.). Pero, como ha confirmado Kerry esta misma semana en Moscú, la opción preferente sigue siendo diplomática; es decir, una rendición pactada de Assad.

Israel, en definitiva, hace su guerra, no por cuenta de Estados Unidos o de sus aliados europeos o árabes. Los estrategas israelíes no apuestan por nadie en el galimatías sirio. De ahí que Netanyahu haya dicho expresamente que no quiere una guerra con Damasco. Es Irán y el refuerzo de su aliado libanés Hezbollah lo que preocupa al mando israelí.  Pero, se quiera o no, Assad sería victima concurrente. El presidente sirio corre el riesgo de ser acosado aún más por los rebeldes y de ser ridiculizado por Israel, sin mucha capacidad de respuesta. Obama podría contemplar la rendición del régimen sirio sin haber disparado un tiro. Pero, última paradoja, ahí no acabaría la pesadilla siria. Probablemente, comenzaría de nuevo con una transición incierta y muy peligrosa.                

BOSTON: A VUELTAS CON LA CONSPIRACION


25 de abril de 2013
                
El esclarecimiento del atentado de Boston se hace esperar. La teoría de una conspiración, o dicho de otro modo, de una “conexión chechena-daguestana” que vincule el atentado con la ‘madeja yihadista internacional’ no brinda, de momento, una base sólida de fundamento. Por lo que se conoce hasta ahora sobre los supuestos autores del acto criminal, los hermanos Tsarnaev, la tesis de que actuaban por voluntad propia y de forma aislada parece imponerse.

El  descubrimiento de un pequeño arsenal en posesión de los sospechosos y los indicios de que planeaban realizar más atentados, presumiblemente en Nueva York, adonde parece que tenían previsto desplazarse, no parecen motivos suficientes para vincular a los hermanos Tsarnaev con redes terroristas organizadas, según los investigadores.

Sin embargo, en los últimos días se ha suscitado un cierto nivel de polémica. Algunos miembros muy conservadores del Congreso, pertenecientes al Partido Republicano han apreciado ‘fallos’ o ‘errores’ que ellos mismos han calificado de ‘cierta consideración’ en la práctica investigadora del FBI.
                
¿UN VIAJE SOSPECHOSO?
                
Todo gira en torno a una petición de los servicios de inteligencia rusos al FBI, en enero de 2011, sobre el mayor de los Tsarnaev, al conocer que éste, ya residente en Estados Unidos, proyectaba realizar un viaje a Chechenia y Dagestán, supuestamente “para entrar en contacto con grupos clandestinos no especificados”. Moscú mantiene una estrecha vigilancia de todo lo que ocurre en esas dos repúblicas caucásicas donde se mantiene vivo un fuerte sentimiento separatista de inspiración islamista. El FBI no encontró nada significativo en el historial, los movimientos, la vida o la familia de Tamerlan Tsarnaev, después de realizar las averiguaciones supuestamente de rigor, y así se lo hizo saber a los rusos.
                
Los hermanos Tsarnaev llevaban años viviendo en Estados Unidos, El menor de ellos (19 años), Dzhokhar, el que todavía vive aunque está seriamente herido, ya es ciudadano norteamericano, mientras el fallecido, Tamerlan (26 años) estaba gestionando los papeles.

Sin embargo, según ciertas informaciones que han aflorado estos días, las sospechas rusas podían no estar desencaminadas. Ese viaje que finalmente Tamerlan Tsarnaev realizó a su país de origen y a Dagestán en 2012 (seis meses de estancia) pudo ser el punto de partida de una supuesta militancia islamista del checheno y, al cabo, haber conducido  a la tragedia de Boston. El FBI habría comenzado una investigación a fondo de lo ocurrido en ese viaje, pretendidamente crucial, por si se pudieran detectar contactos, conexiones y planes específicos, pero no hay resultados significativos hasta el momento.

Lo único que al parecer se ha podido establecer es que Tamerlan habría mostrado un mayor ‘fervor religioso’ tras regresar de Chechenia y Dagestán, según testimonios de algunos de sus familiares y amigos, según asegura THE WASHINGTON POST. El mismo diario señala que poco después de la llegada de Tsarnaev a las dos repúblicas caucásicas se registró allí un fuerte incremento de los atentados y acciones violentas, pero no ofrece indicios de su participación o vinculación con los mismos.

Por su parte, el WALL STREET JOURNAL asegura que los servicios de inteligencia rusos detectaron el contacto de Tamerlan Tsarnaev con un “sospechoso militante” islámico durante ese viaje y habrían informado de ello al FBI, pero la agencia norteamericana no admite haber recibido esa información.

En THE NATION, el periodista Robert Dreyfuss, sugiere que el interrogatorio al que fue sometido por el FBI en 2011, pudo haber tenido un efecto significativo en la radicalización de Tamerlán. El mero hecho de ser interpelado, de tratársele como posible sospechoso de estar realizando algo ilegal, podría haberle provocado una fuerte irritación y una radicalización de sus sentimientos nacionalistas antirusos, sostiene Dreyfuss, de forma no menos especulativa que quienes dan pábulo a sus conexiones islamistas.

ANTECEDENTES EN BOSTON

Otras informaciones sobre la existencia de redes de la resistencia chechena establecidas en Boston y otras localidades de Massachusetts han abonado la tesis de la conspiración. En un artículo para FOREING POLICY, J.M. Bergen asegura que “durante los ochenta y noventa, combatientes islamistas extranjeros sostuvieron robustas redes de reclutamiento y financiación en apoyo de ‘yihadistas’ chechenos en los Estados Unidos, y Boston albergó uno de los centros más significativos, la sucursal de Centro Al Kifah, domiciliado en Brooklyn”.  Estas redes coordinaban la ayuda a los ‘muyaidines’ que combatían la ocupación soviética de Afganistán durante los años ochenta. Al menos cuatro de esos combatientes muertos en aquel país habrían sido reclutados en Boston.

Posteriormente, tras la derrota soviética, estos militantes dirigirían sus actividades contra Estados Unidos y algunos de los integrantes de la sede central de Brooklyn participarían en el atentado del World Trade Center en 1993 y habrían estado involucrados en otros planes fallidos.

DERIVA POLÍTICA

Estas filtraciones periodísticas se prolongan en valoraciones políticas quizás peor intencionadas. Destacados congresistas republicanos han insinuado que el FBI cometió fallos o no fue muy diligente tras la solicitud rusa de investigación a Tamerlán Tsarnaev. Más allá de estas críticas, cautelosas y sibilinas, estos representantes de la oposición han presionado a la administración para que consideren al sospechoso superviviente como ‘militante islamista’ y, por tanto, lo sometan a la legislación antiterrorista, lo que supone arresto militar e interrogatorios sin presencia de abogado. 

El presidente Obama se ha mantenido firme y ha declarado que no hay razones para declarar a Dzhokhar Tsarnaev como ‘preso de guerra’ puesto que no hay indicios de vinculación con Al Qaeda y, por lo tanto, se le aplicará el procedimiento criminal ordinario. Es importante señalar que Estados Unidos no está formalmente ‘en guerra’ contra todas las organizaciones terroristas de inspiración islamista, sino solamente con la red fundada por Bin Laden.
Como era de temer, el riesgo de una derivación política de la tragedia de Boston está lejos de ser conjurado.                                 

EE.UU.: TERRORISMO, TORTURA Y PREJUICIOS



18 de Abril de 2013
                
 El esquivo atentado de Boston no sólo ha aplacado las alarmas diplomáticas y mediáticas sobre el riesgo de guerra asiática a partir del 'foco' norcoreano. También ha sumido en la desatención un informe cardinal sobre la denominada 'guerra contra el terror en los Estados Unidos', en el que se realiza una detallada revisión de las prácticas de investigación, desplazamiento, interrogatorio y tratamiento de sospechosos de terrorismo.
                 
UN INFORME IMPRESCINDIBLE, NO DEFINITIVO
                 
Hace ya cuatro años, al poco de tomar posesión Obama de su cargo presidencial, una prestigiosa asociación de defensa e investigación en derechos humanos, la Project Constitution, reunió un panel de once destacadas personalidades para que analizaran la política de persecución del terrorismo tras el 11 de septiembre. La conclusión de los trabajos,  presentada esta semana, sanciona con claridad que "Estados Unidos se embarcó indisputablemente en "desapariciones forzosas", "detenciones secretas" y "torturas.
                 
No se trata de un descubrimiento, por supuesto, pero el documento tiene un innegable valor de testimonio acreditativo por varias razones: la cantidad de información revisada y analizada, la claridad de la exposición y de sus conclusiones, el carácter independiente de la investigación y la relevancia de los componentes del grupo investigador.
                
 El panel ha sido dirigido por dos figuras no de primer orden (no hubiera sido posible, dada la naturaleza del trabajo), pero sí de singular significación: el republicano Assa Hutchinson, que sirvió en la administración Bush, primero como jefe de la DEA (la agencia antidrogas) y luego como subsecretario del Departamento de Seguridad nacional; y el demócrata James R. Jones, embajador en México durante la administración Clinton.
                
El informe final tiene casi seiscientas páginas. Repasa todas las prácticas de detención e interrogatorio de la CIA y confirma los abusos cometidos con los prisioneros sospechosos, como los ahogamientos simulados, el encadenamiento en posiciones forzadas y la privación de sueño durante días, entre otros. La mayor laguna del informe ha sido no haber tenido acceso a las 6.000 páginas de un documento, todavía clasificado, del Senado, elaborado a partir de material interno de la CIA. Los investigadores estiman que el mantenimiento de estas áreas de secreto aumenta el riesgo de que la tortura siga vigente en el tratamiento de prisioneros.
                 
Más allá de los testimonios fácticos, las valoraciones de los autores son contundentes y demoledoras: el uso de la tortura -concluyen- "daña la posición de la nación, reduce su capacidad de ejercer la censura moral [de los adversarios] cuando sea necesario y aumenta el peligro para el personal militar nortamericano cuando sea capturado".
                
 Los miembros del panel no sólo critican a la administración Bush, responsable de estos comportamientos inaceptables y perjudiciales para la seguridad de Estados Unidos. Al Presidente Obama le reprochan el secretismo y que no haya sido capaz de mantener sus promesas de limpieza del sistema de detenciones y persecución del terrorismo. Estas críticas han sido concurrentes desde varios sectores progresistas. El propio NEW YORK TIMES dice en un comentario editorial que la visión presidencial de "mirar adelante y no atrás" no puede justificar el silencio o la inhibición.
                 
LAS PRIMERAS LECCIONES DE BOSTON
                 
El desprecio por la legalidad y la humanidad que los principales exponentes de la lucha antiterrorista en Estados Unidos demostraron después de los atentados de 2001 obedeció a una histeria nacional bien lubrificada, como es bien sabido, por los ideólogos extremistas 'neocon'. Pero no debe pasar desapercibida la falta de reflejos de numerosos medios informativos, y no sólo los afines o corifeos de los 'halcones' de Washington. La promoción de un  nuevo enemigo -interno y externo a la vez- tras el vacío creado por la desaparición del adversario soviético resultaba rentable no sólo para los poderosos intereses industriales, militares e ideológicos, sino también para la narrativa mediática y su afán interesado de simplificar los mensajes y su proyectada visión del mundo.
                 
Resulta ejemplar la responsabilidad demostrada por Obama tras conocer las explosiones en el maratón de Boston. Su llamada a no sacar conclusiones precipitadas no fué sólo un acto de prudencia o sensatez políticas. El presidente debe ser consciente de que el país necesita abordar los asuntos de terrorismo no sólo con serenidad, sino también con claridad de juicio. Los términos empleados por el Presidente para responder al terrorismo son modélicos: "sin egoísmo, compasivamente, sin miedo". Parece evidente que Obama quiso evitar que, sin pruebas solventes, se atribuyera el atentado al 'enemigo islámico'.
               
Desgraciadamente, la propia presión de los acontecimientos, la inevitable tensión emocional, la habitual ansiedad mediática por saturar en vez de clarificar y explicar y los residuos del pánico creado por el peligro, inducido tanto o más que real, han producido algunas perlas de esas que se acumulan en el tratamiento inadecuado de crisis y conflictos.
                 
El semanario NEW YORKER publica a este respecto un significativo artículo acerca de un joven saudí que participaba en el maratón y que resultó herido de consideración por las bombas. Mientras que la gente trataba de ayudarse y socorrerse mutualmente, de repente, un joven fue derribado por uno de los presentes ante su aspecto sospechoso. ¿Cuál era? Que corría -como todos allí-, que avisaba del peligro de otra bomba -algo muy probable que terminó ocurriendo. Y otro detalle más: sus rasgos árabes, el elemento definitivo. Lo que ocurrió a continuación -dice NEW YORKER- no sorprende demasiado: la creación de un "sospechoso detenido saudí". El artículo detalla los comentarios prejuiciosos de responsables políticos y comentaristas iluminados. El relato dominante se hizo consistente con el prejuicio: el atentado sólo podía ser obra de un islámico, vino a ser el pensamiento inspirador.
                 
Al cabo, no hubo detención, ni el sospechoso era tal, sólo un 'testigo'. El caso quedará como un ejemplo más de mala práctica informativa, por supuesto; pero también de la vigencia de los fantasmas que una perversa concepción/ejecución de la 'lucha contra el terror' ha logrado incubar en la mente de muchos norteamericanos.

COREA DEL NORTE: UNA GUERRA IMAGINARIA

11 de abril de 2013


            Andan los actores e interpretes del mundo preocupados por el riesgo de un conflicto bélico a raíz de la enésima alarma generada en Corea del Norte. Con respecto a las anteriores, acontecidas en los últimos años, ésta de ahora parece cobrar visos de mayor verosimilitud. En realidad, se trata de una prolongación o continuidad de las anteriores. Con la cautela que exige un asunto de esta naturaleza, no parece osado afirmar que esta amenaza de guerra es básicamente propagandística.

ENCERRADO CON UN SÓLO JUGUETE
               
Corea del Norte es un país aislado, anacrónico, pobre y empobrecido, dirigido por una casta neurótica e irracional. Se ha entregado a una dinámica paradójica de generación de poder nuclear. Paradójico porque la supuesta motivación de supervivencia cotidiana (energía para no incrementar la dependencia) y existencial (defensa frente a una agresión fatal del enemigo o de los enemigos exteriores) se ha convertido en su principal factor de inseguridad.
           
La dinastía Kim, como casi todas las sagas familiares gobernantes, se agota a medida que se prolonga. Cada miembro recibe un legado menos sólido que su antecesor. El hasta ahora último de la serie evidencia una debilidad propia y heredada, a la vez. Los intentos de reforma –si es que existen en realidad- se ven sometidos por los imperativos de la propia lógica dinástica. El mantenimiento del régimen está ligado a la de la dinastía, porque uno y otra se han confundido con la viabilidad del país. De ahí que no haya elementos reales de rectificación. Ni el fondo  ni en la forma. Peor aún: la forma toma el mando frente a la vacuidad de un proyecto auténtico de país.
                
La forma en Corea del Norte es la propaganda. Es el mayor ejemplo real de la alegoría 'orwelliana'. Una realidad fabricada se construye en paralelo o en superposición a la vida real. No es sólo una clásica estrategia de diversión o mixtificación del poder. Es una necesidad existencial. Hay sistemas autoritarios que pueden existir con dosis medias de propaganda, porque disponen de fortalezas reales como cierta prosperidad económica, factores de cohesión social o agentes activos de arraigo social.  No es el caso de Corea del Norte. La propaganda como expresión superpuesta de esa vida vacía se ha convertido en el único sustento real del sistema político. Un reciente artículo en el diario EL PAIS sobre la vida cotidiana en Corea de Norte acreditan estas reflexiones.
           
Sólo así se explica lo ocurrido estas últimas semanas: la escalada (verbal) de amenazas y riesgos de guerra. Kim Jong-Un ha subido una raya en las provocaciones y el lenguaje altisonante. No porque disponga de más recursos que sus antecesores o porque tenga un mayor conocimiento del dominio militar, sino por todo lo contrario. El más joven de los Kim es el que menos formación ha tenido en este campo, el más dependiente de tutelas familiares, el que menos se había preparado para liderar, porque la desaparición de su padre llegó antes de lo previsto, y seguramente el que menos apetito ha tenido de actuar como un “comandante en jefe”. A falta de realidad, refuerza la propaganda, la realidad paralela. Tiene que hacer más ruidosa la amenaza de guerra para parecer más creíble.
                 
LA CONTRADICCIÓN CHINA
                
El profesor Bruce Cummings (Universidad de Chicago) analiza la evolución del comportamiento norcoreano y esa translación de la propaganda interna al dominio exterior. De la misma forma que sabe que las masas no se creen el cuento oficial (por eso el dispositivo asfixiante de vigilancia y represión), el régimen también “cuenta con el buen sentido de sus adversarios de no tomarse sus incesantes apelaciones bélicas en serio”.
                 
¿Qué sentido tiene entonces toda esta retórica guerrera? Supuestamente, se persiguen tres objetivos: primero, obligar a la nueva presidente surcoreana Park a elegir entre seguir con la línea dura o volver a comprometerse en negociaciones de convivencia que estabilicen el régimen de Pyongyang; segundo, testar la “paciencia estratégica” de Obama, que contemplado desde 2009 tres pruebas de misiles de largo alcance y dos ensayos nucleares; y tercero, advertir a China de que, para evitar el riesgo de que las cosas se salgan de control, es preferible seguir tolerando las violaciones de las sanciones que alinearse con Occidente en la aplicación  de las mismas.
                 
La evolución de China, efectivamente, es un factor muy interesante del análisis. Pekín ha sacado partido de su protegido norcoreano, pero ahora tiene intereses superiores; en particular, que las bravuconadas de Pyongyang no justifiquen un refuerzo militar de Estados Unidos en la zona, ya de por si impulsado por la nueva prioridad estratégica norteamericana concedida a Asia (la famosa "pivotación estratégica" de la nueva doctrina Obama). La aceleración del sistema de intercepción de misiles decidida por el Presidente, a requerimiento del Pentágono, (mil millones de dólares de coste) no sólo atenta contra la capacidad de Corea del Norte, sino también de China.
                
 EL RIESGO DE ESCALADA

Los profesores Lieber (Georgetown) y Press (Darmouth College) sostienen que la situación en Corea es un ejemplo clásico de la estrategia de la guerra fría, en la que se contemplaba el recurso nuclear como respuesta a una escalada no evitable de la guerra convencional. Pero en este caso, esa 'evitabilidad' es muy reducida debido a las nuevas doctrinas de combate norteamericanas que, en caso de conflicto, no buscan ganar territorio enemigo sino incapacitarlo mediante la inhabilitación de su “sistema nervioso central” (es decir, la destrucción de sus sistema de control, mando y comunicaciones). Lo cual empuja a un adversario dotado con armas nucleares a escalar el conflicto.

No obstante, la buena noticia en este caso, sostienen Lieber y Press, es que Corea del Norte no parece disponer de la tecnología suficiente para sostener una escalada en el estadio nuclear. Es altamente improbable que pueda aún dotar a sus miles de cabezas nucleares ni disponga de otros recursos de destrucción atómica. En todo caso, y mientras se tenga ese margen, recomiendan ambos expertos que Washington y Seúl “desarrollen opciones militares convencionales verdaderamente limitadas” que prevengan la escalada nuclear.

De forma complementaria, los profesores sugieren que se trabaje con Pekín la creación de “paraguas dorados para los jerifaltes del régimen”, por una sencilla razón: mientras éstos sepan que existe futuro  viable para ellos y sus familias, tendrán menos estímulos para embarcarse en opciones suicidas.