URUGUAY: IGUALDAD, UNIDAD Y RENOVACIÓN, LOS DESAFÍOS DE LA IZQUIERDA

13 de Febrero de 2015
                
Escribo desde Uruguay, donde estos días proliferan balances y análisis sobre el mandato del Presidente Mujica. El 1 de marzo dejará el cargo a su compañero de partido y vencedor de las recientes elecciones presidenciales, Tabaré Vázquez,  que cumplirá su segundo periodo presidencial y el tercero consecutivo del Frente Amplio.

MISMOS IDEAS, NUEVOS ENFOQUES

En ningún lugar como en Uruguay, la izquierda ha conseguido encadenar un transcurso político tan largo y, por lo general, fecundo y positivo. Lo ha hecho con inteligencia, pero sobre todo con un esfuerzo de convergencia de sus distintas corrientes, aunque a veces haya sido costoso. El Frente Amplio reúne a socialistas, comunistas, izquierdistas, extupamaros (guerrilleros urbanos),  desarrollistas y otras familias políticas de adscripción progresista. Las peleas internas no han faltado y pocas veces se han disimulado. Pero el experimento de unidad ha funcionado. Y, por lo que parece, puede tener vitalidad para rato. Harían bien en Europa en tomar nota de la experiencia uruguaya, por muchas diferencias de cultura política y social que puedan existir.

El modelo de gestión de la izquierda uruguaya ha sido analizado, desde su origen, e incluso antes, por los politólogos Adolfo Garcé y Jaime Yaffé. Hace diez años publicaron el libro “La Era progresista”, cuyo mérito no consistió no predecir el triunfo del Frente Amplio (estaba cantado), sino en avanzar los rasgos de un gobierno orientado a defender los intereses y necesidades populares. Ahora, publican una versión revisada y orientada al futuro, con el añadido al título más descriptivo que comprometido: “La Era progresista. Tercer acto” (1).

En sus conclusiones, los autores aventuran que el tercer mandato del FA intentará seguir conciliando crecimiento e igualdad, pero con un mayor énfasis en el desarrollo. Conviven en el bloque progresista distintas visiones del desarrollo. La más moderada, encabezada por el Presidente electo Vázquez, y sobre todo por su aliado Danilo Astori, ministro de Economía en su primer gobierno y en el que ha formado ya para los próximos años, enfatiza la importancia de construir buenos mercados con reglas del juego sólidas (un enfoque socialdemócrata). Los comunistas y los emepepistas (Movimiento de Participación Popular, el partido de Mujica) aceptan el sistema del libre mercado, pero presionar a favor de una construcción más sólida del socialismo. La tercera línea, los desarrollistas, defienden una visión clásica de esta doctrina de gran raigambre en la región, conectan con la doctrina de la nueva CEPAL y preconizan un fuerte papel del Estado para hacer posible el proyecto de “cambio estructural para la igualdad”.

EL LARGO ADIÓS A UN PRESIDENTE ‘INFORMAL’

Tabaré Vázquez no esconde su intención de “cambiar de estilo”. El antecesor/sucesor de Mujica no compartió nunca esas maneras  francas, participativas, espontáneas del todavía Presidente. Le ha reprochado, incluso públicamente, su forma desordenada de plantear políticas de cambio. Estos días de intenso trabajo de los equipos encargados de la transición, ha trascendido en la prensa uruguaya (2) la voluntad del gobierno entrante de retocar algunos proyectos de Mujica “para hacerlos bien”, en particular los programas sociales, la gran pasión del Presidente saliente, por su vocación solidaria y participativa. “Hacerlos bien” significa, para los nuevos gestores, no solo hacerlos  viables y sostenibles, sino también “institucionalizarlos”, es decir, encuadrarlos en un marco político más clásico.

Este giro de estilo (pero quizás también de sustancia) encontrará posiblemente una notoria resistencia en el bloque parlamentario del Frente Amplio, donde obtuvieron mayoría en las elecciones legislativas los partidarios de Mujica. De ahí que Tabaré tendrá que poner en juego sus contrastadas habilidades conciliadoras para que las diferencias internas no generen frustración ni tensiones. En realidad, el debate político uruguayo no se planteará en términos de gobierno-oposición, sino de gobierno-grupo parlamentario.

No debería ser difícil encauzar el debate interno en el Frente Amplio. Las tres corrientes principales del FA tienen que comprender que la prioridad será afrontar el desafío de la igualdad en un contexto internacional y regional mucho menos favorable. La CEPAL acaba de predecir un escenario nublado, anticipado por el frenazo del crecimiento. Los gobiernos brasileño  y uruguayo (en menor medida, argentino) afrontarán quinquenios complicados

En el caso uruguayo, dos son los grandes proyectos sociales a acometer: el llamado Sistema Nacional de Cuidados, traducible como una Seguridad Social universal, y la Reforma de la Educación, quizás la mayor frustración de Mujica, según él mismo repite en mítines, declaraciones y entrevistas.  El presidente saliente se lamenta de que sus propios compañeros de bancada obstaculizaron la implementación de un proyecto de universidad popular. Sus críticos le reprochan confusión y voluntarismo en el planteamiento.

EL DESAFÍO DEL RELEVO GENERACIONAL

Y finalmente, la izquierda tiene otro desafío imprescindible: la renovación de los líderes políticos. Vázquez, Mujica y Astori, los tres grandes de esta “era progresista” se despedirán con la década. El nuevo gobierno de Tabaré presenta una media de edad de 64 años, aunque el vicepresidente, el desarrollista Sendic (hijo del fundador de los Tupamaros) es uno de los dirigentes más jóvenes, junto con Constanza Moreira, con mayor proyección de futuro.  

Esta especie de “gerontocracia” resistente en la izquierda uruguaya, en los níveles más altos de liderazgo, contrasta con la renovación iniciada en la cúspide de los partidos históricos o tradicionales del centro y la derecha. Y aunque ni Luis Lacalle Pou, ni Pedro Bordaberry han podido, de momento, pese a su juventud y su “abolengo” político (las dinastías políticos también existen en Uruguay) con los veteranos líderes de la izquierda, lo cierto es que la renovación se antoja como una asignatura indesplazable en este tercer quinquenio de la izquierda gobernante.


(1) “Tercer Acto. La Era progresista. Hacia un nuevo modelo de desarrollo”, ADOLFO GARCÉ y JAIME YAFFÉ. EDITORIAL FIN DE SIGLO. Montevideo, 2014.


(2) EL PAIS (de Uruguay), 11 de febrero.

HORRORES MEDIÁTICOS Y MUERTES SILENTES

 5 de Febrero de 2015

El asesinato en cautividad del piloto jordano Moaz Al-Kasasbeh por su captores del Estado Islámico ha llenado de horror los canales informativos de todo el mundo. La última atrocidad de los extremistas islamistas no ha sido la única muerte que en los últimos días ha sacudido páginas, ondas y pantallas. Dos japoneses han sufrido un terrible destino similar a mano de los mismos verdugos. Pero hay otro caso reciente de muerte violenta -¿impune?- que no ha recibido la misma atención y, desde luego, el mismo rasero de enjuiciamiento moral.

UN ‘RESPALDO’ INVOLUNTARIO AL CALIFATO

Los asesinos del EI han “mejorado” a sus antecesores de Al Qaeda en competencia militar, en disciplina y en crueldad. Pero también en el dominio de los más modernos medios de comunicación y propaganda. Y, por si estos conocimientos aventajados no resultaran ya suficientes para la exhibición propagandística del terror, algunos medios parecen decididos a “colaborar”, involuntaria pero irreflexivamente, en la propagación del horror.

Para neutralizar cualquier atisbo de crítica o aplacar una dudosa mala conciencia, los medios llegan hasta al pretil del espanto, pero evitan poner en antena los momentos álgidos del suplicio: el degollamiento de los periodistas o la carbonización del piloto. Con una cierta hipocresía aparentemente profesional, los medios aluden al carácter noticioso de estos acontecimientos terribles, orillando unas elementales normas de ética informativa. Algunas excepciones son relevantes: la BBC incluyó hace mucho tiempo en sus códigos de emisión la prohibición expresa de emitir imágenes de víctimas del terrorismo.

En realidad, más bien se trataría de explotar cierta propensión al morbo, una suerte de atracción fatal hacia las manifestaciones más horrendas del mal, o la simple excitación provocada por imágenes que trascienden la normalidad cotidiana. Sea lo que fuere, los medios se convierten, descuidadamente, en “correa de transmisión” de una odiosa propaganda.

Por consideraciones similares, para no caer en la propaganda ajena, aunque cultive muy cuidadosamente la propia, el Pentágono prohibió hace 25 años que se ofrecieran imágenes estáticas o en movimiento de soldados heridos o muertos, y menos muriéndose. En estos tiempos de relativismo ético acelerado, parece pertinente hacerse estas reflexiones y apoyarlas con preguntas sencillas. Para poner el ejemplo de un hecho reciente: ¿se hubieran emitido, de haberse grabado y distribuido, las imágenes de los humoristas del Charlie Hebdo, bajo las sillas y mesas de su redacción, mientras aguardaban los disparos fatales?

LA SEGUNDA MUERTE DE SAJIDA

La respuesta del Estado jordano al vil asesinato de Moaz Al-Kasasbeh tampoco ha sido edificante. El ajusticiamiento de dos terroristas prisioneros parece un acto crudo de venganza, por la manera en que se ha efectuado la decisión. Los crímenes de los dos detenidos y sus condenas a muerte no avalan una celeridad justiciera semejante. Sólo la necesidad de aplacar la sed de venganza de una población, a la que previamente se había movilizado para conseguir la liberación del rehén, puede explicar una conducta tan impropia en un Estado de Derecho. Se trataba, en definitiva, de “hacer temblar la tierra” (términos oficiales), de “sacrificar”, ojo por ojo, a unos presos asimilados al verdugos enemigo.

Uno de los terroristas precipitadamente ajusticiados tras la salvajada sufrida por el piloto jordano es Sajida Rishawi, una mujer iraquí de 46 años, a la que no se atribuye militancia islamista ni ideología. Sólo el impulso primario de venganza de una mujer agraviada (1).

En realidad, Sajida había muerto, de alguna manera, hace más de diez años, cuando su primer marido y tres de sus hermanos perecieron en enfrentamientos con el ejército de los Estados Unidos en su provincia natal de Anbar. Muertos que nunca vimos, como a tantos otros, victimas de una guerra evitable.

En respuesta a esta pérdida desgarradora, la viuda se impuso el deber fatídico de la venganza y, en noviembre de 2005, encontró una forma implacable de cumplir su designio. En compañía de su segundo esposo, éste si un activo colaborador de Al Qaeda, se cubrió el pecho de explosivos y se preparó para inmolarse durante la celebración de una boda en Amman, la capital jordana. Las bombas de su esposo explotaron, pero no las suyas. Sajida fue detenida por la policía jordana. El ISIS decidió cambiar el objeto del chantaje al Estado jordano y en vez de dinero, reclamó el canje del piloto jordano por la “terrorista accidental” y otro preso islamista iraquí. Ahora, los tres están muertos.

VERDUGOS AMIGOS

Otra muerte ha pasado más desapercibida para los medios occidentales, la de Shaimaa Sabbagh, una poeta y activista de derechos humanos egipcia, que fue abatida a tiros el 24 de enero, en una calle de El Cairo,  cuando se disponía a depositar una corona de flores en memoria por las víctimas de la revolución de 2011 contra la dictadura de Mubarak.

Un fotógrafo de Reuters captó el momento en que Shaimaa era alcanzada por las balas y también la secuencia posterior, cuando uno de sus compañeros alcanzó a sujetarla antes de caer al suelo (2). Aún no han sido identificados los autores de los disparos. Las organizaciones cívicas y parte de la oposición responsabilizan a la policía. Pero las fuerzas de seguridad y el gobierno controlado por los militares se han desentendido de la acción criminal. En un gesto de cinismo supremo, el General-Presidente Al Sisi ha manifestado que siente a Shaimaa “como si fuera su hija”. Para cerrar el círculo de un hipócrita e insostenible discurso de la conspiración permanente, las autoridades trataron de atribuir el crimen a los Hermanos Musulmanes.

Seguramente, nunca se sabrá quién mató a la poeta egipcia, pero si sabemos quiénes son los responsables de otros cientos, miles de egipcios asesinados por no aceptar la narrativa del golpe militar. Esos verdugos son “amigos”, de ahí que reciban un cierto amparo, como que se permita a alguno de sus representantes desfilar por las calles de París, en protesta por el asesinato de los dibujantes satíricos franceses. Otra ironía mediática.

Las fotos de la muerte de Shaimaa no han generado el mismo apetito “noticioso” que las del piloto jordano o las anteriores víctimas de los verdugos enemigos. No hay, seguramente, un móvil político o ideológico en esta discriminación de barbaridades en directo. Se trata más bien de una narrativa que condiciona el discurso de los medios sobre el terrorismo y, en particular, sobre el terrorismo islamista. La crueldad espantosa de los ‘califales’ está encuadrada en la columna de los “malos” o “malísimos”, aplicable a los taliban afganos o pakistaníes. 

Sin embargo, las muertes que a diario se amontonan en muchas calles, callejones y caminos del mundo islámico, a manos de uniformados, bandoleros a sueldo o funcionarios oscuros reciben un tratamiento mitigado, como si hubiera un barómetro tácito de la crueldad. Lo mismo ocurre con esas muertes silentes que alimentan la revancha de miles de sabijas: asesinatos teledirigidos, quirúrgicos o ‘limpios’, protegidos de la sanción moral de los medios.


(1)“All-but-forgotten prisoner in Jordan is at center of swap demand by ISIS”, NEW YORK TIMES, 28 enero.


ISLAMOFOBIA EN EUROPA: RESPONSABILIDADES COMPARTIDAS

2 de Febrero de 2015

La comunidad musulmana francesa reaccionó de forma desigual a los asesinatos de enero en París. Mucha gentes se escandalizó porque en no pocos colegios o institutos del país no se quisiera honrar la memoria de los caricaturistas asesinados por los hermanos Kuachi, o no quisieran identificarse con la marea ciudadana que se solidarizó con las victimas.

La inmigración es uno de los fenómenos decisivos en el futuro de las orientaciones políticas en Europa y está condicionando de forma notable los resultados electorales.  A la dinámica estable de la inmigración por razones socio-económicas, se une el agravamiento de los conflictos bélicos en países musulmanes próximos, que provocan un incremento de personas desplazadas. Las fórmulas ensayadas en las últimas décadas para mejorar la convivencia entre poblaciones nacionales e inmigrantes han fracasado total o  parcialmente. La integración no ha conseguido los objetivos deseados. Pero tampoco la multiculturalidad, u otro tipo de ensayos mixtos o menos estructurados (1).

Este fracaso se refleja en una clientela política que ha favorecido la emergencia de partidos o formaciones con discursos clara o veladamente xenófobos.  La islamofobia es la manifestación más palpable de la xenofobia, no sólo porque buena parte de la población inmigrante es de confesión musulmana, debido a la cercanía de países donde esa religión es mayoritaria o absoluta, sino también, y sobre todo, por la percepción, alentada en círculos políticos, intelectuales y mediáticos neoconservadores y/o afines, de que el Islam y el Cristianismo viven una nueva etapa de confrontación, es decir, una edición actualizada del "choque de civilizaciones".

El fenómeno del yihadismo, es decir la emergencia de una militancia radical y violenta de grupos que denuncian la opresión de poblaciones musulmanas es muy anterior a los atentados de Estados Unidos. Pero es importante señalar que los yihadistas no combaten solamente a Occidente (ése sería el "enemigo externo"), sino también a los gobiernos o a las élites de sus propios países (el "enemigo interno"), la mayoría de los cuales son también musulmanes y, según el enfoque de los yihadistas, actuarían de colaboradores necesarios de la sumisión de las masas musulmanes en favor de los intereses occidentales.
                
La comisión de crímenes terroristas en Occidente ha incidido de forma muy negativa en el debate de la inmigración, porque, de forma errónea y en algunos casos interesada, se ha tendido a confundir un fenómeno con otro. Este clima de temor ante la amenaza terrorista ha hecho que se incremente el recelo y la desconfianza hacia las minorías de origen musulmán, aunque muchos de sus integrantes disfruten de la ciudadanía nacional desde hace tiempo. El rechazo es mucho más radical y excluyente cuando se trata de acoger a quienes, por razones políticas o económicas, buscan amparo en nuestros países.
                
Mucho se ha debatido sobre las tensiones entre poblaciones originarias e inmigrantes. Suele evocarse con frecuencia las motivaciones socio-económicas, de un lado, y las culturales y religiosas, del otro. Quienes sostienen que los inmigrantes no quieren, en realidad, aceptar las pautas de convivencia del país que han elegido para iniciar una nueva vida, mencionan su intransigencia religiosa o cultural, su falta de adaptación al país de acogida, su deseo de "aprovecharse" de las oportunidades económicas y sociales del país que los ha acogido, pero su renuencia, cuando no su rechazo, a asumir los valores sociales de referencia.

Por el contrario, los portavoces de estas minorías o los nacionales críticos con el funcionamiento de nuestras sociedades sostienen que el desencuentro socio-cultural se debe a la situación de marginación, exclusión, desprecio y desatención en que se encuentran las masas inmigrantes. La afluencia de mano de obra externa resultó provechosa en su momento. Ahora, que la crisis drena los recursos y dificulta una atención universal, los inmigrantes son injustamente percibidos como molestos y ajenos y su presencia se considera perjudicial para el acceso al trabajo y a las prestaciones sociales.

Tres investigadores de distintos países van a publicar este año un trabajo elaborado durante seis años sobre el fracaso de la integración musulmana en Francia. (2) Una mayoría de los franceses cree que la falta de integración se debe a la falta de voluntad de los propios musulmanes, debido a sus anticuados valores sociales y a su intransigencia religiosa. La separación Iglesia-Estado, o dicho de otro modo, la diferenciación entre las creencias religiosas y los derechos y las obligaciones cívicas constituyen la base de la convivencia en las sociedades democráticas. El auge de la derecha religiosa en EE.UU. constituye una inquietante anomalía.

Las poblaciones originarias están convencidas de que algunas actitudes sociales de los musulmanes, como el trato a la mujer, están condicionadas por esa falta de independencia entre lo cívico y lo religioso. A esto se opone, por parte de los sectores islámicos militantes,  una mentalidad de resistencia cultural, frente a lo que perciben como agresión o imposición de normas de conducta ajenas a sus creencias y valores. Esta doble tensión constituye un  “equilibrio discriminatorio”, para cuya superación  no se ha puesto todavía remedio adecuado. Peor aún, es el Frente Nacional el que parece llevar la iniciativa, con un discurso reconocible, el más inconveniente y pernicioso, porque incrementa el problema en vez de resolverlo.

Quizás, estemos asistiendo a una progresiva transformación positiva, a juzgar por los resultados de una encuesta realizada después del atentado contra el Charlie Hebdo. Si en 2013 el porcentaje de los que consideraban al Islam "compatible con los valores de la sociedad francesa" era del 74% en 2013 y del 63% en 2015, este año no pasaba del 51%. ¿Hasta qué punto buena parte de los franceses estaban empujados por la necesidad de mostrarse solidarios y comprensivos frente a la violencia de los intransigentes? (3)

Los defensores de los derechos de los inmigrantes creen que la mejora de sus condiciones socio-económicas contribuiría a facilitar su integración (4). No obstante, algunos expertos sostienen que el vivero de la lucha armada contra los países occidentales de acogida, no son los barrios marginados. Según un estudio del Centre for Prevention Against Islamic Sectarism (5), el 84% de los jóvenes musulmanes radicalizados residentes en Francia proceden de la clase media y sólo el 10% tenían abuelos que no habían nacido en Francia. Sólo quienes disfrutan de un cierto grado de prosperidad y formación son capaces de articular un discurso de preservación y protección de sus referencias culturales, según se defiende en otro estudio de dos investigadores norteamericanos. Estos autores aseguran que la mayoría de los musulmanes de Francia y Gran Bretaña se identifican con sus países de acogida (6).

Lo mismo ocurriría en Alemania, como refleja un reportaje del semanario alemán DER SPIEGEL (7), publicado tras los crímenes de París, en el que se pulsaba la opinión de miembros de la comunidad musulmana sobre las actitudes violentas, la amenaza yihadista y PÉGIDA, el movimiento que combate lo que considera una excesiva inmigración y, en particular, la creciente afluencia de musulmanes en Alemania. Lo más llamativo es que la inmensa mayoría de los consultados se sienten alemanes antes o más que musulmanes. No entienden que se les pueda pedir explicaciones o que tengan que justificarse por actos que no han cometido y que desaprueban. Muchos de ellos combinan la observación de preceptos religiosos y/o culturales islámicos con costumbres propias de las sociedades donde viven, como fumar o beber alcohol. Todos temen a que el caso Charlie Hebdo pueda desencadenar una oleada islamófoba.

Naturalmente, no todas las críticas a las conductas de estas minorías musulmanas están movidas por el prejuicio, el desconocimiento o el desprecio. Numerosos ciudadanos europeos se sienten legítimamente preocupados por las oportunidades de las mujeres musulmanas. Pero a veces se tiende a confundir discriminación con libre elección. El caso más típico es la discusión sobre la prohibición de llevar el velo o la cabeza tapada en lugares públicos, en particular la escuela. Las leyes que protegen la laicidad en Francia tienen un gran apoyo social, porque la mayoría de la población originaria comprende la necesidad en que se fundamentan  esos preceptos legales. Pero numerosas jóvenes musulmanas no llevan necesariamente esas prendas porque estén oprimidas por sus padres, maridos o hermanos, sino porque deciden libremente hacerlo. Las leyes deben cumplirse, pero deberían evitarse discursos que generen suspicacia o desprecio.

Uno de los principales articulistas europeos en materia de inmigración, Gary Younge, sostiene que no existe una explicación sencilla a la problemática de la inmigración y, mucho menos, del fenómeno terrorista islamista (8). Sostener que el Islam es inherentemente "violento" resulta tan poco consistente como defender que es intrínsecamente "pacífico". Y lo mismo podría decirse de otras confesiones.  Por similar línea de argumentación, no pueden simplificarse o reducirse las causas que originan sustratos violentos. Los asesinos de París "son responsables de lo que hicieron, de la misma forma que nosotros, como sociedad, somos colectivamente responsables por las condiciones que hicieron posible su existencia".


NOTAS

(1) Un panorama muy completo sobre los asuntos de inmigración, integración, multi y inter.culturalidad en "Grande Europe". LA DOCUMENTATION FRANÇAISE, nº 10, julio de 2009.

(2)   “Why Muslim Integration Fails”. CLAIRE L. ADIDA, DAVID D. LAITIN Y MARIE-ANNE VALFORT. THE WASHINGTON POST, 14 de Enero (Este artículo es una synopsis del libro del mismo nombre que se publicará el próximo otoño).

(3)   Encuesta realizada por IPSOS/SOPRA-STERIA, publicada en LE MONDE, 28 Enero 2015.

(4)  “Elección y prejuicio. Discriminación de personas musulmanas en Europa”. AMNISTÍA INTERNACIONAL, 24 abril 2012.

(5)  Citado en “Who are Europe’s jihadis? SARA MILLER. CHRISTIAN SCIENCE MONITOR, 13 Enero 2014.

(6) “Surveying the Landscape of Integration: Muslim Inmigrants in United Kingdom and France”. DAVID JACOBSON Y NATALIE DELIA DECKARD. DEMOCRACY AND SECURITY, vol.10, nº 2, 2014.

(7)  “German Muslims Fear Backlash after Paris Attacks”. DER SPIEGEL, 21 Enero 2015.

(8)  “Charlie Hebdo: the danger of polarised debate”. GARY YOUNGE. THE GUARDIAN, 11 Enero 2015.    

ARABIA: EL SALTO GENERACIONAL, MÁS CERCA

29 de Enero de 2015    

La gerontocracia saudí se agota. La muerte de Abdullah ha desencadenado un proceso sucesorio sin aparentes sobresaltos, pese a las dudas suscitadas por los rumores de líneas divergentes en la familia real, debido a la sorda lucha de clanes en la dinastía.

Abdulaziz, el fundador, que tuvo 35 hijos de diferentes esposas, estableció que el trono pasara de hermano a hermano y no de padre a hijo, para que todos los clanes emparentados disfrutaran del privilegio de la corona. Siete de los hermanos eran sudairi,  es decir, hijos de la favorita, Hassa, perteneciente a la tribu de ese nombre, una de la más influyentes del reino. Cuatro de los siete hermanos sudairi han sido reyes. Según el peculiar mecanismo de sucesión de la Casa Saud, el nuevo monarca (previa consulta no vinculante a un Consejo que no tiene necesariamente que reunirse) designa a su sucesor y al sucesor del sucesor.

Se había especulado con la posibilidad de que el nuevo rey, Salman, el último sudairi en la línea sucesoria, no respetara la voluntad de su antecesor. Hijo de una concubina yemení y por tanto ajeno al clan privilegiado, y a falta de hermanos por vía materna, Abdullah había designado a su medio hermano Muqrin, hijo de una joven esclava también yemení, como segundo heredero, tras la muerte de los príncipes sudairi Sultán y Nayef.  Abdullah ha sido un rey fuerte, ya que no sólo actuó con energía durante la década que estuvo en el trono, sino que desempeñó antes esas funciones por la prolongada enfermedad de su antecesor, Fahd.

Finalmente, se han respetado los pactos tácitos. El sudairi Salman ha mantenido a su medio hermano Muqrin en la posición prevalente de la línea de sucesión. Para dar continuidad a la dinastía, y sin más hermanos ya disponibles en la línea de sucesión, ha optado por lo más previsible. El elegido ha sido Mohammed, el hijo de su hermano Nayef (sudairi), el anterior todopoderoso ministro del Interior hasta su fallecimiento en 2012.

DEL PENÚLTIMO HIJO AL PRIMER NIETO

Este desfile de príncipes en el primer país exportador de petróleo del mundo refleja la naturaleza de un régimen opaco como pocos, en el que una familia no sólo dirige un país, sino que lo administra como un bien propio. Alguna vez se ha dicho que el sistema saudí es feudal. En parte es así, puesto que la soberanía nacional no existe. Como no existe constitución ni otras leyes que las derivadas de la sharia, la ley islámica. La legitimidad reside en la voluntad de la familia real. Un Consejo o Shura, formado por apenas un centenar y medio de notables, eleva propuestas legislativas al trono. La familia es extensa y resistente al cambio, pese a que ya hace décadas que sus integrantes se van a vivir y estudiar a Occidente para aprender a dirigir el país como si fuera una empresa. Una empresa familiar.

Aparentemente, cada periodo real está marcado por la personalidad del monarca. Pero dentro de límites muy estrictos. Una especie de Consejo de Familia cumple un papel análogo al de los Consejos reales en el antiguo régimen de las naciones europeas.  Cada rey puede ser más o menos aperturista, abierta o discretamente reformista, pero su programa o sus decisiones no son del todo suyas o sólo son aparentemente suyas. La impronta que marca cada reinado se resuelve en gestos, por lo demás escasos, debido al hermetismo del sistema.

El nuevo rey, Salman, tiene la pinta de que disfrutará de un reinado breve, debido a su frágil salud. Algunos saudólogos le atribuyen incluso incapacidad o escasa capacidad para el desempeño del cargo. Pero es improbable que sea apartado del trono. Ocurrió con Saud, el primer hijo del patriarca y fue un trauma por el que se tratará de evitar por todos los medios.

Algunos especialistas occidentales en el reino saudí parecen obviar el perfil de Salman, al que asimilan con un periodo de transición o tenencia de la corona, y se centran en escudriñar los perfiles de Muqrin y, sobre todo, del primer nieto que, si no hay sobresaltos o accidentes, será rey: Mohammed Bin Nayef o “hijo de Nayef”.

¿UN ‘GORBACHOV SAUDÍ?

Muqrin, el benjamín de los hijos de Abdelazziz, podría acceder al trono a una edad más temprana (ahora tiene 69 años) que sus medio-hermanos. Se le considera aperturista y reformista, pero con los límites ya señalados para Arabia. En otras palabras, no cabe esperar que sea una especie de “Gorbachov saudí”.

¿Podría serlo Mohammed Bin Nayef? Por edad (55 años), por educación, por un acomodo más natural a los tiempos, tal vez. Pero ni su temperamento, ni su trayectoria anticipan un reinado conciliador, sino conservador, enormemente atento a la preservación sin fisuras de los intereses de la dinastía. ¿Será el pivote de la dinastía, como asegura el profesor de Princeton Bernard Haykal? (2).

Mohammed heredó de su padre, Nayef, el puesto de ministro del Interior. Tal cargo reúne las competencias sobre seguridad e inteligencia. Bin Nayef ha sido inequívocamente implacable con cualquier foco de contestación opositora o de las organizaciones de derechos humanos. En cuanto al peligro 'yihadista', el ministro y ahora heredero segundo aparece como un duro enemigo. Lo que contrasta con la sensibilidad favorable a los islamistas radicales que se atribuye al nuevo monarca. Salman fue durante años el mejor de los islamistas radicales y captador de fondos de los mujaidines afganos en los ochenta y de los musulmanes bosnios en los noventa (3).

Es algo poco discutido que en el régimen saudí anidan todavía simpatías (¿complicidades?) no resueltas hacia el extremismo rigorista islámico, según sospechan los servicios de inteligencia occidentales. Como es sabido, la alianza de la corona saudí con el wahabismo, una corriente de interpretación muy rígida del Islam ha favorecido una cierta ambigüedad frente a las manifestaciones extremistas fuera del reino.

CONTINUIDAD, PERO…

De Salman a Bin Nayef no se esperan cambios en la política exterior saudí, aunque sí mayor asertividad. El momento es delicado. El empeño de Obama por resolver pacíficamente el dossier nuclear iraní y las reticencias de la Casa Blanca a propiciar directamente la caída del régimen sirio, aliado de Teherán, han irritado profundamente en Riad.  Nada desean más los saudís que el férreo control (si no la caída) de los ayatollahs, por su activismo ya sea en la defensa, avance y propagación de la causa del chiismo en toda la región (Siria, Irak, Líbano, Bahrein, Yemen, etc.).

En todo caso, no conviene dramatizar en exceso las tensiones entre Washington y Riad. Obama quiso presentar sus respetos al nuevo rey, en su viaje de vuelta de la India. Después de todo, los Saud comparten intereses estratégicos con Occidente. El petróleo es un factor determinante. Mucho se ha escrito sobre las razones de Arabia para mantener a toda costa la producción y favorecer así la caída de los precios. Es una medida que tiene efectos múltiples. El descenso de los ingresos perjudica a todos los países exportadores, pero sobre todo a los que más necesidad tienen de arcas llenas: Irán y Rusia, países sometidos a sanciones internacionales, en cabeza.

Que los saudíes se empeñen en mantener los precios bajos para hacer daño al enemigo iraní es comprensible. Pero el mismo reino se encuentra necesitado de recursos para sostener sus servicios públicos, cada vez más abultados y sus recursos financieros menguan.

Los expertos señalan otra razón para la política saudí: asegurarse una mejor posición de competencia frente a los nuevos productos petroleros norteamericanos. Las compañías estadounidenses necesitan que el petróleo no baje de 50$ para que sea rentable la extracción del crudo ligero o shale (4). Cuanto más barato el petróleo, menos beneficio y, por tanto, menos posibilidad de que haya menos competencia en el mercado. El equilibrio es más difícil cada día.


(1)    Para información adicional sobre el complejo mecanismo de poder interno saudí, es muy recomendable del trabajo de SIMON HENDERSON, publicado por el Instituto Washington para el Cercano Oriente, titulado “After Abdhullah. Succession in Saudi Arabia”, en agosto de 2009. Una revisión resumida y actualizada, escrita días antes de la muerte del rey: “Royal Roulette”, FOREIGN POLICY, 7 de enero.

(2)    Perfil interesante de Mohammed Bin Nayef en el NEW YORK TIMES, de 26 de enero.

(3)    "King Salman Shady History". DAVID ANDREW WEINBERG. FOREING POLICY. 28 de enero.

(4)     “Riyadh’s Oil Play”. BILAL SAAB Y ROBERT MANNING. FOREIGN AFFAIRS, 6 de enero.

GRECIA: UNA VICTORIA CONTRA LOS AUGURIOS. PREGUNTAS URGENTES

26 de Enero de 2015
 
Syriza ha ganado las elecciones legislativas en Grecia. Es una victoria contra los augurios del miedo, el catastrofismo y el inmovilismo. Más de un tercio de los griegos (36,5%) ha votado el cambio más radical desde el restablecimiento de la democracia, hace 34 años. Grecia es el primer país que desafía de forma abierta la política europea de austeridad, que ha contribuido no poco a prolongar y profundizar la crisis iniciada hace siete años.

En la misma noche del triunfo electoral de Syriza, y en particular de su líder, Alexis Tsipras, el hombre político del año en Europa, estas son diez preguntas urgentes a formular:

1.- En el umbral de la mayoría absoluta, con 149 escaños, ¿qué gobierno formará Tsipras? ¿Será monocolor, como ha manifestado en campaña, o integrará a algunas de las fuerzas políticas que se le han ofrecido durante la campaña para consolidar el cambio?

2.- ¿Mantendrá Syriza el programa electoral o realizará adaptaciones, sin renunciar a lo fundamental, con objeto de favorecer un pacto con la UE? ¿Se mantendrá los 'cuatro pilares' del programa de crecimiento económico (ayudas sociales de emergencia, inversiones en infraestructuras mediante una reforma fiscal en profundidad, elevación del salario mínimo acompañado de la revocación de la legislación neoliberal en materia de contratos y derecho laboral y, finalmente, renovación de la política para combatir la corrupción y el despilfarro)?

3.- ¿Qué actitud tendrán los poderes económicos griegos, sus agentes conservadores y los grandes intereses opuestos a un cambio de orientación en el país? ¿Habrá un boicot del del sistema económico? ¿Habrá 'pánico del capital'?

4.- ¿Aceptará lealmente la troika el resultado de las elecciones griegas u optará por mantenerse intransigente en no renegociar cantidad y plazos de la deuda (175% del PIB), que asfixia al país, para probar la determinación de Tsipras?

5.- ¿Hay margen para un compromiso, sin poner a Grecia en la difícil situación de renunciar al euro (por la vía que sea, ya que formalmente no se puede salir del esquema de moneda única sin abandonar el club), y sin que la UE vulnere sus propias decisiones?

6.- En el delicado toma y daca de la previsible negociación, ¿mantendrá Syriza la unidad interna o hay un riesgo algo de que ese tercio contestatario del partido comience a denunciar a Tsipras de debilidad o de oportunismo?

7.- ¿Qué será del PASOK, el partido de los socialistas griegos, reducidos a la irrelevancia con un resultado que no llega al 5% y le hace perder veinte diputados con respecto a 2012? ¿Habrá  autocrítica sincera? ¿Se convocará un congreso extraordinario? ¿Se mantendrá la escisión de Papandreu, a pesar de que su fuerza política, el Movimiento de los demócratas socialistas, no ha conseguido pasar del 3% y estará ausente en el nuevo Parlamento?

8.- ¿Qué lectura harán los demócratas griegos del preocupante ascenso de los neonazis de 'Amanecer Dorado', que se encaraman al tercer puesto y, aunque pierdan un diputado, contarán aún con 17 parlamentarios, pese a tener a parte de su cúpula directiva entre rejas? ¿Se intentará hacer más civilizados sus comportamientos o se vivirá con ellos como un caso perdido?

9.- ¿Qué efecto tendrá el triunfo de una fuerza política que cuestiona la ortodoxia europea sin ambages ni dobles discursos en los partidos socialdemócratas que cuestionan la austeridad, pero no han sido capaces de acabar con ella? ¿Habrá un cambio de discurso y de propuestas de los socialistas o seguirán insistiendo en la combinación de 'rigor' y 'crecimiento'?

10.- Relacionada con la incógnita anterior, ¿qué efectos electorales puede tener el vuelco político en Grecia en las próximas citas electorales europeas, en particular en los países del sur, con especial atención a España, donde existe, y de forma pujante, una formación como 'Podemos', gemela de Syriza?   

LA LIMITADA EFICACIA DE LA ESTRATEGIA EUROPEA FRENTE AL 'JIHADISMO'

22 de Enero de 2015
                
La UE intenta demostrar que tiene bajo un razonable grado de control la “amenaza jihadista”. Francia ya ha asignado más policías y más presupuestos para mejorar la vigilancia. Los ministros de Exteriores de la UE han anunciado otras medidas, que suenan más ambiguas y condicionadas por el impacto de la tragedia de París y por la corriente islamófoba creciente en varios países: creación de agregadurías de seguridad en embajadas en los países de conflicto, y refuerzo de la más cooperación con los vecinos árabes.
                
UN DISCURSO QUE ELUDE LO FUNDAMENTAL

El refuerzo de la seguridad en las sedes diplomáticas se justifica por la necesidad de mejorar la información y la prevención. Pero el verdadero desafío es compartir los datos que maneja cada estado, incrementar los recursos y, quizás, afinar los análisis. El peligro terrorista está fuera, pero también dentro. No es realista pretender resolver el problema sin afrontar, con paciencia y sin efectismos, las causas que lo originan.
                
La cooperación con los servicios de seguridad o inteligencia de los países árabes vecinos es, quizás, la más inquietante de las medidas anunciadas. Ninguno -o casi ninguno- de aquellos gobiernos tiene precisamente los mismos intereses que los europeos, o los nuestros no deberían ser los mismos que los de ellos. Salvo el de Túnez (y con matices), ninguno puede exhibir conductas democráticas solventes. Egipto, Argelia o Marruecos no constituyen un ejemplo a la hora de administrar información libre de contaminación política interna. Esos regímenes asimilan interesadamente riesgo terrorista y oposición interna y presentan como  amenaza violenta cualquier discrepancia seria contra los regímenes en plaza.
                
Se puede celebrar una actitud cooperadora de los vecinos árabes, pero no debería omitirse el precio de esa "generosidad". En virtud del pragmatismo antiterrorista, se corre el riesgo de legitimar unas políticas claramente represivas y contrarias a las necesidades populares, que son precisamente las que fomentan respuestas radicales y/o terroristas. 
                
Los ministros exploraron también un posible encuentro (se sugirió Madrid como sede) para abordar la situación en Siria e Irak. Es difícil que tal iniciativa cuaje siquiera. La diplomacia europea se limita a la influencia que puedan ejercer alemanes, franceses o británicos, como apoyo de Washington, y poco más.
                
El terrorismo islamista no será conjurado sin avanzar en la resolución  de las causas que lo originan: principalmente, los enquistados conflictos en Oriente Medio y las condiciones socio-económicas de las minorías islámicas en los suburbios de las ciudades europeas.
               
La denuncia del primer ministro francés, Manuel Valls, de la existencia de un ‘apartheid’ en numerosos barrios marginados del país es valiente porque no esconde los hechos y reconoce con franqueza el fracaso de las democracias en dar solución a estos núcleos de marginación y frustración. Podía –y debía- haber ido más allá el controvertido dirigente francés y señalar las razones por las que se había llegado a esta situación. Eso le han reprochado algunos portavoces de organizaciones cívicas que trabajan en las banlieues. Pero su mensaje es útil como elemento de reflexión y semilla de autocrítica.
                
EL LABERINTO SIRIO
                
Entretanto, los escenarios donde se gesta, alimenta y desarrolla la violencia siguen fuera de control. La guerra siria es un ejemplo descarnado.
                
Siria -ahora más que Irak- es el principal vivero de combatientes 'jihadistas'. Pero Occidente carece de una política clara. Hasta hace menos de un año, se trataba de apoyar a la oposición armada siria, para acabar con el régimen del clan Assad, aliado de Irán en la zona. El auge del sector más extremista de esa oposición, hasta neutralizar e incluso anular a los moderados, ha obligado a un cambio de orientación. O de prioridades. Ahora se trata, ante todo, de derrotar al Estado Islámico, aunque sin que ello consolide el poder de Assad. Difícil ecuación, como se ha visto desde el verano hasta aquí. Por fin se admite públicamente que hay que cambiar. Sin renunciar a la ambigüedad, por si las cosas salen mal. Se favorecen discretos y no tan discretos contactos diplomáticos, que pasan por no exigir la caída de Assad como condición previa.
                
Hay actores que no aceptan este giro, y no son precisamente enemigos, sino aliados regionales, singularmente dos: Israel y Arabia Saudí. Ambos, contrarios antes que nada a un posible acuerdo sobre el proyecto nuclear iraní, contemplan con pavor cualquier iniciativa que favorezca a Assad, por ser éste el principal aliado regional de la República islámica.
                
Esta preocupación explicaría el reciente activismo militar israelí,  de audacia inusitada. El ataque aéreo de esta semana contra Hezbollah, la milicia libanesa financiada por Teherán y armada y sostenida por Damasco, en el sur de Siria, va en contra de lo que los aliados occidentales desean en estos momentos. Para mayor complicación, una de las víctimas de ese último ataque ha sido un general iraní, lo que demuestra lo ya sabido: que los Guardianes de la Revolución, la vanguardia armada de los ayatollahs, están dispuestos a hacer lo que sea para mantener a Assad en el poder, con Hezbollah como punta de lanza.
                
Los saudíes declaran su repugnancia por el siniestro Califa Al Bagdadi, pero todo indica que siguen financiando a otros grupos 'jihadistas' rivales asociados o cercanos a Al Qaeda (Al Nusra), hasta conseguir que sean los únicos que puedan rivalizar con el Estado Islámico en el desafío al régimen de Assad. De forma complementaria, la familia real, inmersa en un delicado proceso de sucesión, mantiene a marcha martillo la producción de crudo para impedir un rebote  de los precios y perjudicar de esta forma a Irán, cuando más necesita este país de ingresos por la venta del petróleo, debido a los efectos ya devastadores que están causando las sanciones económicas occidentales.

                
Occidente querría ahora una pausa en la guerra, pero no Israel y Arabia. Que el conflicto sirio sea un vivero de terrorismo en Europa no inquieta mucho a las élites saudíes e israelíes, o les resultan un problema mucho menos acuciante que el acercamiento, aunque sea hipotético, entre Washington e Irán. La diplomacia europea, con escasa capacidad de influencia, aspira a encontrar ciertos apoyos en los actores secundarios. Lo que pueda obtenerse por esa vía se antoja poco decisivo para neutralizar potenciales amenazas de nuevos atentados terroristas.

LAS LECCIONES DE LA TRAGEDIA DE PARÍS

15 de Enero de 2015
                
La emotividad de los pasados días en París (y, por extensión, en el mundo occidental) es del todo comprensible, pero sería equivocado no advertir, con el respeto debido, los riesgos y peligros que comporta. Hay motivos para sospechar que el sincero sentimiento de cientos de miles de personas asistentes a la manifestación del 11 de enero (y de los millones que hubieran deseado asistir) ha sido aprovechado en beneficio de intereses no tan nobles.
                
EL RIESGO DE LAS EMOCIONES
                
La indignación por la salvajada de los asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo no debe impedir una crítica respetuosa del trabajo de esos humoristas y una moderada alerta sobre sus consecuencias. Estos días se ha debatido en extenso sobre la libertad de expresión. Claro está, se han escuchado posiciones e interpretaciones diferentes, pero la emotiva solidaridad con las victimas ha hecho que la defensa cerrada de los dibujantes haya colocado bajo el riesgo de la descalificación cualquier opinión discrepante. El mismo eslogan de la manifestación ("Je suis Charlie") implicaba una identificación con la revista. No hacerlo podría parecer cobarde o insolidario. Y no es necesariamente así.
                
Es legítimo cuestionar la consigna "Yo soy Charlie". O rechazar que la adquisición del último número de la revista refleje un mayor grado de solidaridad con las víctimas. Nadie debería ser descalificado por no hacerlo, sencillamente porque no comparte su estilo o su línea editorial. Yo declaro que "no soy Charlie", pero, naturalmente, suscribo la máxima volteriana de defender el derecho de los humoristas a publicar lo que quieran, sin temor a ser sancionados, perseguidos o castigados.
                
La sátira, como cualquier otra forma de expresión no puede estar blindada bajo una libertad absoluta. Toda libertad, en una sociedad civilizada, tiene sus límites, que son los derechos de los demás y el imperativo de la convivencia. Muchas de las viñetas de Charlie Hebdo eran groseramente irrespetuosas y no merecían un apoyo incondicional. Antes y después del 7 de enero.
                
De igual manera que condenamos, con razón, los chistes racistas, no estamos obligados a sentirnos identificados con esas caricaturas solamente porque sus autores hayan sido asesinados. Si alguien matara a un racista por venganza contra su oprobio, ¿nos sentiríamos obligados a identificarnos con esa víctima? Muchos de los que han aceptado las caricaturas de símbolos islámicos se han sentido indignados, con razón, cuando se han deslizado ironías sobre valores democráticos.
                
Es comprensible que se abra una investigación sobre la sátira que el humorista franco-camerunés Dieudonné ha hecho de Charlie Hebdo y de sus provocadoras manifestaciones de aparente simpatía por los asesinos. Su estilo es detestable. Pero el doble rasero y las contradicciones francesas le niegan el reconocimiento social de su "libertad de expresión", como ha señalado valientemente una reportera francesa del Canal 24 horas (1).
                
APROVECHAMIENTOS OBSCENOS
                
Por lo demás, resulta obsceno que en la manifestación del pasado domingo en París dirigentes democráticos europeos caminaran del brazo con altos dignatarios de países (Arabia Saudí, Egipto, Turquía, etc.) donde, bajo el instrumento de leyes anti-blasfemia u otras de similar naturaleza, la libertad de expresión está amenazada o brilla por su completa ausencia, por no hablar de la represión sistemática que se práctica.
                
Como chocante resulta la presencia del primer ministro israelí, que ha perdido la noción del control en la persecución del terrorismo islamista, hasta provocar carnicerías como la del pasado verano en Gaza. Al parecer, Hollande intentó disuadirlo de su presencia. No sólo fué inútil. Terminó convirtiendo la tragedia en un acto electoral.
                
Con otras connotaciones, también afloraron pugnas políticas locales, francesas. Digámoslo alto y claro: la manifestación fue, sin duda, un acto cívico de indudable valor ético. Pero también un instrumento de oportunismo político o diplomático deplorable.
                
EL PELIGRO DEL MIEDO
                
La otra preocupación es el miedo que los asesinatos de París han podido incubar en las sociedades francesa y europea. Es comprensible que se quiera reforzar la seguridad de los ciudadanos. Pero es dudoso que el camino sea el endurecimiento de la legislación anti-terrorista. La mayor parte de quienes llevan años estudiando el fenómeno de la radicalización islamista nos están diciendo que el problema no es tanto la inadecuación de los instrumentos jurídicos cuanto los recursos para mejorar la seguridad.
                
Pero, con todo, el mayor peligro para las libertades no es la adopción de una normativa restrictiva, sino la retórica que la envuelve y justifica. ¿Es que no hemos aprendido de las perversiones que rodearon la Patriot Act en Estados Unidos después del 11-S? ¿No resulta escandaloso que más de la mitad de la población norteamericana aún justifique la tortura para combatir el terrorismo islámico?
                
Occidente debe aprender a vivir con el conflicto, porque ha elegido el conflicto para superar la amenaza del islamismo radical. No se puede bombardear países y pretender que tales acciones no van a tener consecuencias, aun aceptando (que es mucho aceptar) la intención 'positiva' de esas políticas. Se ha comprobado que no se puede aniquilar el llamado "terrorismo islamista" mediante actuaciones bélicas. Los bombardeos en Siria, Iraq, Afganistán o Yemen pueden debilitar la capacidad combativa del Estado Islámico, de Al Qaeda o de los talibán, pero provoca un resentimiento no sólo entre los ciudadanos de esos países identificados con los radicales, sino entre segmentos de población que no necesariamente comulgan con sus ideas. La 'guerra contra el terror' ha alumbrado más 'terroristas' de los que ha eliminado, como dice acertadamente el periodista Jeremy Scahill.
                 
NECESIDAD DE POLÍTICAS POSITIVAS Y PACIENTES
                
Estados Unidos y sus aliados se han gastado una fortuna exorbitante en operaciones militares. Si se hubiera empleado ese dineral en mejorar mucho más la educación,  las infraestructuras, las redes sociales de participación, la calidad de vida de esas poblaciones, seguramente el caldo de cultivo radical se hubiera adelgazado mucho más. El éxito más palpable en Afganistán no ha sido precisamente la derrota militar de los estudiantes coránicos, sino el aumento de la escolarización de niños y niñas afganas. Lástima que la relación del esfuerzo bélico con respecto al apoyo educativo sea, sin exagerar, de 10000 a 1, si no más. Entender a las sociedades locales y trabajar con sus portavoces es mucho más positivo y eficaz, como indican algunos ejemplos, desgraciadamente limitados en alcance y recursos. (2).
                
Puede entenderse la ansiedad de dirigentes europeos por prevenir matanzas como la de París, Madrid, Londres, Toulouse, Montauban o Bruselas. Pero como han señalado expertos poco sospechosos (3), el fenómeno de los "lobos solitarios" resulta muy difícil de combatir sólo con medidas restrictivas o policiales. Sin políticas que destierren la islamofobia y aumenten las oportunidades de los millones de jóvenes musulmanes sin futuro de los extrarradios y poblaciones marginales de nuestras ciudades, nada será realmente eficaz. Hay experiencias de inserción de jóvenes radicalizados que regresan de combatir en zonas de guerra, muy prometedoras en la reducción del riesgo terrorista (4).
                
En definitiva, el Islam -ni siquiera el radical- no es una amenaza existencial para las sociedades occidentales, ni es la solución vital para los jóvenes musulmanes que están, o se sienten, discriminados. Hay que ser pacientes para hacerles entender que la manipulación de sus sentimientos religiosos es un veneno con el que falsamente se pretende aplacar su malestar, desprecio y odio hacia un sistema que no es capaz de proporcionarles una vida digna.



(1) "France is an unequal opportunity offender". LEELA JACINTO. FOREING POLICY, 14 de enero.

(2)"United States will never win the propaganda war against the Islamic State. America needs to let local allies do the talking". MANAL OMAR. FOREIGN POLICY, 9 de enero.

(3) Estos días se han publicado muchos análisis sobre el peligro terrorista. Destacamos sólo algunos:
-"Be afraid, be a little afraid. The Threat  from Western Foreign Fighters in Syria and Iraq". DANIEL BYMAN and JEREMY SAPHIRO. BROOKINGS INSTITUCION.
- "Europe focus on emergent threats from smaller crews of terrorists". STEVE ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 14 de enero.
-"No One in Europe was tougher on terror that France. That didn't stop the attacks". JOSHUA KEATING. SLATE, 15 de enero.
-"Measuring  the threat from returning jihadists". JITTY KLAUSEN. FOREIGN AFFAIRS, 1 de Octubre de 2014.

(4) Es el caso de Aarhus, una ciudad danesa gobernada por la socialdemocracia. La experiencia se cuenta en "For jihadists, Denmark tries rehabilitation". ANDREW HIGGINS. THE NEW YORK TIMES, 13 de diciembre.