LAS LECCIONES DE LA CRISIS GRIEGA

14 de Julio de 2015

El resultado del fin de semana más largo en la política europea en los últimos años deja ya una serie de lecciones provisionales, a falta de que se sustancien y  apliquen las medidas adoptadas y se dejen  sentir las consecuencias políticas y sociales correspondientes.

1.- En la fórmula adoptada para seguir encarando la deuda griega, vuelve a imponerse la lógica de la austeridad, en la que la Unión Europea sigue atrapada desde hace siete años, pese al palmario fracaso cosechado en la mayor parte de los países donde se ha aplicado.

2.- El esfuerzo francés exhibido en esta cumbre ha estado centrado en evitar un 'Grexit' y, por tanto, un fracaso conceptual de la unidad europea. Ha quedado marginada, una vez más, la visión socialdemócrata de sustituir, o al menos equilibrar,  la austeridad con el crecimiento, para salir de la crisis. Aunque el presidente Hollande pueda presumir, de haber evitado la salida griega del euro, sigue sin percibirse un giro significativo en la política económica europea. La crisis griega ha sido, en este aspecto, otra oportunidad perdida.

3.- La Unión Europea ha impuesto una lógica implacable de cumplimiento de las normas sin concesiones particulares... sobre todo si el que ha evadido sus responsabilidades es un miembro menor o de peso político y económico más reducido. Esta severidad no fué aplicada con motivo del déficit francés, por ejemplo. O el alemán, durante los años más complicados de la unificación.

4.- El primer ministro Tsipras has pecado de ingenuo...o de temerario al pretender que con una consulta al pueblo podía condicionar la postura del Club, o más bien, de sus vigilantes más aguerridos. Al contrario, si acaso, ha provocado una reacción de firmeza reforzada. No tanto, por 'venganza', como se ha comentado con cierta ligereza, sino por la autoimpuesta obligación de no sembrar dudas sobre la seriedad en la exigencia de cumplir las normas. Lo más reprochable del primer ministro griego no es haber cedido este fin de semana brutal en Bruselas. No tenía opciones. Desafió a un rival mucho más fuerte, le arrojó a la cara el referéndum, como un guante cargado de democracia. La respuesta ha sido la única posible. Contundente y definitiva.

5.- Si Tsipras se ha equivocado en la estrategia (jugar a que una salida de Grecia del euro le blindaba de un tercera ronda de 'reformas' y recortes' o le propiciaba una oportunidad de revisar la deuda) la táctica empleada ha resultado desastrosa. El tiempo no corría a favor de Atenas, con sus bancos al borde de la quiebra y los ciudadanos asfixiados por el 'corralito'. Ni siquiera ha habido juego de póker al borde del precipicio. No es la resistencia de Tsipras lo que se iba debilitando en Bruselas, porque la 'rendición' ya estaba anunciada prácticamente al día siguiente del referéndum. Lo que se iba ventilado durante este fin de semana interminable era la fórmula de la capitulación griega. Francia y Alemania, como no podía ser de otra forma, consiguieron pactar una solución que cada cual pudiera  presentarlos como un éxito conjunto9 y venderlo sin esfuerzo a sus parlamentos y ciudadanos.

6.- La 'decadencia' de Tsipras como alternativa de izquierda radical en Grecia ha comenzado. Es difícil aventurar si es irreversible, o cuánto va a durar el gobierno. O si éste va a tener que cambiar de socios para sostenerse. Es previsible que la división en Syriza, ya visible, se profundice en las próximas semanas y se perfile un acercamiento de la facción de Tsipras a otras opciones de centro izquierda, como el PASOK o TO POTAMI, para garantizar un apoyo parlamentario en las medidas de adopción de la medicina prescrita en Bruselas.

7.- Las invocaciones de la izquierda europea más rebelde (incluida la griega) al 'diktat' alemán o al 'golpe de Estado' pueden servir para mantener un caldo de cultivo contestatario, pero al fallarles el soporte de un gobierno capaz de desafiar a los poderes, por el fiasco de Tsipras, perderá fuerza real. El fracaso de la 'Grecia rebelde' puede perjudicar, a la postre, a otras opciones del mismo signo en el resto de Europa. El correctivo impuesto a Grecia puede ser interpretado por buena parte del electorado contestatario como un 'escarmiento' y reducir el apetito de la rebeldía.

8.- El recurso a las consultas populares, es decir, la derivación hacia la ciudadanía de la responsabilidad de un gobierno de tomar decisiones y adoptar medidas para ponerlas en práctica,  ha sufrido un importante correctivo.  Los referéndums no sólo se convocan para ganarlos, sino para ejecutar la política que se ha decidido legitimamente. Tsipras hizo todo lo contrario: obligó a la mayoría del pueblo a que dijera 'no' a unas condiciones de un tercer 'salvamento' financiero, para luego aceptarlo en todos sus términos, incluso endurecidos. Algunos gobiernos acreedores desmontaron de inmediato el 'argumento' de la democracia directa griega, replicando que podían replicar con hipotéticas consultas similares que arrojarían, con toda seguridad, resultados contrarios al griego.

9.- Si la política deja poco espacio al idealismo, su derivada, las relaciones exteriores, resulta aún mucho más inclemente. Las negociaciones entre Estados siguen una lógica contundente casi siempre vinculada a la preservación o imposición de intereses y pocas veces fiel a ideales.

10.- Grecia pierde, por supuesto, pero la UE también, porque la humillación de uno de sus miembros es una lección malísima de cara al futuro. La percepción positiva de pertenencia se ha debilitado durante la crisis griega. Con razón o sin ella, la impresión que se abre paso es que existe poca sensibilidad por los problemas agónicos de los ciudadanos más desfavorecidos, en este caso los griegos. O para decirlo más exactamente, la solidaridad europea no ha salido reforzada de la 'solución' con la que se ha pretendido cerrar la crisis griega.


LA CONFUSA POSICIÓN DE LA SOCIALDEMOCRACIA EN LA CRISIS GRIEGA

 9 de Julio de 2015
             
¿Tiene la socialdemocracia europea una posición común ante la crisis griega? No lo parece. Peor aún: ¿tiene alguna? Más allá de generalidades, no se ha escuchado.
                
Corren tiempos de 'renacionalización' de las políticas europeas. Todo aquello que no puede ser explicado o vendido desde posiciones estrictamente nacionales tiene poco futuro y ningún presente político.  Puede decirse incluso de forma más terminante: cualquier postura o aproximación a una problemática, por global que sea, que responda a un criterio ideológico o de valores que supere el enfoque nacional (ista) está condenado al fracaso o al escarnio.
                
Los medios, de cuando en cuando, airean el 'peligro' de eventuales victorias o avances de los partidos populistas, o ultranacionalistas, o xenófobos. En realidad, no hace falta que el actual clima se sustancie en triunfos electorales  de esa naturaleza, completos o relativos. Sin que tal cosa ocurra, las consecuencias ya se están detectando ampliamente en el mapa europeo. El populismo nacionalista (en sus variadas manifestaciones) ha conseguido envenenar el debate político europeo y condicionar las agendas, nacionales y comunitarias.
                
Lo hemos visto en el monumental fiasco de la política migratoria, con una decisión que remite a otra decisión futura, mientras la llegada de desamparados continúa. Y lo estamos viendo, aunque con perspectivas distintas,  en el desarrollo de la crisis griega, donde se alienan las posturas más por países que por ideas o planteamientos políticos. En ese torbellino demagógico de lo que 'interesa' a cada país, se ha visto arrastrada, de forma decepcionante, la socialdemocracia europea. Lo que confirma su crisis, largo tiempo incubada.
                
En la crisis griega, hemos apreciado la cacofonía provocada por las declaraciones divergentes, en el fondo y en la forma, en el propósito y en la metodología, de diferentes líderes socialistas europeos. La única alternativa a esta confusión ha sido el silencio de quienes o no estaban seguros de lo que debían decir, o ni siquiera sabían si debían decir algo.
                
Este desconcierto socialdemócrata contrasta con la aparente uniformidad del discurso  liberal-conservador (defensor a ultranza de la política de austeridad por fracasada, absurda y dañina que esté resultando) y, por supuesto, de la posición izquierdista (donde se reúnen los críticos acérrimos de lo anterior y se propaga una especie de ética de la resistencia).
                
Los socialistas europeos no siempre, o casi nunca, han sintonizado sus mensajes. Generalmente, se han refugiado en una prudente moderación, en vagas invocaciones al diálogo y a la negociación, sin cuestionar a fondo las políticas de austeridad y sus derivados. Cuando no, en algunos casos estridentes,  incluso han encabezado el rechazo a Grecia. El caso más claro es el del Presidente del Eurogrupo, el socialista holandés Dijsselbloem. Aparte de sus choques de ego con el dimitido Varufakis, algunas de sus manifestaciones han sido espacialmente agrias y quizás innecesariamente descalificadoras.
                
Por lo demás, resulta llamativo que, en la noche del domingo, las dos únicas voces europeas que se escucharon, entre el tumulto del entusiasmo de los seguidores de Syriza, fueron las de dos socialdemócratas alemanes, Gabriel el jefe del SPD y Vicecanciller, y Shultz, el Presidente del Parlamento Europeo. Ambos reprocharon al primer ministro griego que con su actitud hubiera hecho casi imposible un acuerdo y empujado a su país fuera del euro. O casi. Ambos decidieron hablar como "alemanes"; es decir, cerraron filas con el gobierno de gran coalición, donde el SPD juega el papel de socio menor (como les ocurre a los socialistas en Holanda). Tal circunstancia no les hace ser más conciliadores, sino al contrario: quizás se ven obligados a mostrar una dureza que no les enajene el apoyo de unas bases poco comprensivas con la situación de emergencia en Grecia.
                 
EL INSUFICIENTE ESFUERZO FRANCÉS
                
Frente a este coro dudosamente constructivo, los socialistas franceses han ensayado una posición más conciliadora, sobre todo en este tramo último de la crisis, pero no sin contradicciones o discordancias. François Hollande recibió a Merkel la noche siguiente al varapalo del referéndum griego, con la declarada intención de recuperar el control político y orientar una salida que no estuviera dominada por el enfoque tecno-burocrático. Esta semana, Hollande y Valls han sido los vocales más activos en favor de la permanencia griega en el euro.
                
Este esfuerzo de París en pos de una solución negociada, que obligue a cesiones de ambas partes (para simplificar la ecuación), no quiere decir que no haya contradicciones en el socialismo francés. Sería imposible, si atendemos a lo que está ocurriendo en el terreno propiamente nacional, con un sector del partido clara y ruidosamente enfrentado al gobierno, precisamente por la oportunidad y la justicia de las políticas de ajuste ( o de rigor, como le gusta decir al primer ministro Valls, para escapar de la odiosa etiqueta de la 'austeridad).
                
Nuevamente, en algunos casos, la presión institucional se ha impuesto a la ideológica. El mensaje del Comisario de Economía, Pierre Moscovici, un veterano de la política europea, no ha sido exactamente el mismo que el del Eliseo, por ejemplo, aunque en los últimos días haya optado por el silencio.
                
Tampoco han faltado los patinazos. El polémico Ministro de Economía, Emmanuel Macron, ha expresado opiniones un tanto desconcertantes. Dijo que Syriza era asimilable al Frente Nacional  (una especie de 'boutade' de la que tuvo que retractarse y pedir disculpas) y, al mismo tiempo, afirmar que no se debería activar de nuevo el Tratado de Versalles, en referencia a las penosas condiciones impuestas a Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial (otra exageración fuera de contexto).
                
En los países del sur, sometidos siempre a la sospecha de mal gobierno por los celosos austeros septentrionales, el discurso tampoco ha sido clarificador. El italiano Matteo Renzi gusta de realizar declaraciones altisonantes. No se ha privado incluso de sermonear a sus colegas europeos, como hizo tras consagrarse el enésimo fracaso en la conformación de una política migratoria común, hace un par de semanas. Con Grecia demostró el mismo lenguaje de franqueza brusca, cuando compareció en compañía de Ángela Merkel, aunque en compañías menos severas se haya mostrado más proclive al acuerdo.
                
Finalmente, para no eludir el caso más cercano, el PSOE ha mantenido un 'perfil bajo' en estas últimas dos semanas. Los dirigentes que han comparecido ante la opinión pública se han protegido bajo un discurso institucional, con apelaciones a la negociación, en un tono similar al del Presidente francés, pero evitando señalar la discrepancia con  los correligionarios alemanes.  

                
¿Se teme en la dirección socialista que una posición flexible hacia Tsipras pueda ser utilizada por el PP para seguir vendiendo esa deriva hacia el radicalismo que implicaría un acercamiento a PODEMOS? ¿O es que se prefiere mantener la ambigüedad para no resultar desacreditado, en caso de que triunfe la línea dura en Europa?

GRECIA: LA RESPUESTA ES SÓCRATES, NO SÓFOCLES

6 de Julio de 2015
                
El resultado del referéndum griego obliga a Europa a realizar un ejercicio de flexibilidad y, sobre todo, de algo que ha carecido en los últimos años: liderazgo.
                
La interpretación del voto del domingo varía según las perspectivas ideológicas. Alexis Tsipras ha echado un órdago y parece haberlo ganado, según los que apoyan o comprenden su posición. Para los escépticos, y aún más en estimación de los hostiles, su victoria está plagada de riesgos, porque puede acarrear consecuencias diferentes a las pretendidas por él.

Pero lo que parece indiscutible es que el referéndum devuelve la crisis griega al lugar del que nunca debió salir: el terreno político. Por mucho que hable de deuda, de ayuda financiera, de ajustes fiscales, de reducción y redistribución de gastos, materias claramente económicas, es sabido que  la dimensión de problema pertenece clara y fundamentalmente a la Economía política.

No hay salida sin un acuerdo. De la misma forma que los acreedores no han doblegado a un gobierno griego que cuenta con amplio apoyo popular, no es posible pensar que un 60% de los griegos obliguen a los Estados europeos a que acepten sin más sus condiciones, porque también ellos cuentan con mayorías que podrían expresarse en sentido opuesto a como lo han hecho ellos. La negociación no es que sea posible: es el único camino hacia la solución.

Ahora le toca mover ficha a Europa. Es buena señal que la cumbre europea venga precedida del habitual ejercicio de sintonización franco-alemán. El encuentro Merkel-Hollande, previsto para la noche del lunes, confirma que la respuesta va a ser política y no tecno-burocrática. Buena señal. Pero, atención, no hay que dar por hecho que se vaya a lograr un compromiso pronto. La división europea ante el desafío griego es difícil de ocultar. Francia promueve un cambio de enfoque, más flexible, más conciliador. Alemania se resiste.

Pero es un error hablar de Berlín como un bloque férreo. Merkel, tan denostada, es posiblemente la más interesada en evitar una ruptura drástica con Atenas. La canciller se debate entre su estatus de jefa de un gobierno en un país que mayoritariamente siente como un agravio la posición griega y su condición de primera dirigente europea e internacional. Como líder doméstica se atiene a la intransigencia que exhibe su partido y los otros alemanes; como dirigente internacional se ve obligada a contemplar una perspectiva geoestratégica que desaconseja una respuesta rupturista.

Hace unos días, el anterior Jefe de la OTAN en Europa, el general norteamericano de origen griego James Stavridis, daba la voz de alarma ante un eventual ‘Grexit’. La salida griega del euro resultaría catastrófica, en su opinión, para la estabilidad del sur de Europa, debido a la situación siempre potencialmente desestabilizadora en los Balcanes y un frente múltiple de guerras y conflictos en Ucrania y Oriente Medio. Un alejamiento griego de Europa introduce elementos visibles de inquietud. Una Grecia rechazada por Europa abriría la perspectiva, siquiera hipotética, de acercamiento a Rusia y China, en busca de alivio financiero y respaldo político. Algo que hace temblar mucho más a las élites occidentales que el impago de la deuda. 

Por encima de todos los factores económicos complejos que han hecho fracasar las negociaciones este año, prevalece un imperativo moral, político y estratégico que empuja hacia el compromiso. Ahora hace falta más racionalidad y menos tragedia. Más Sócrates y menos Sófocles.


LO QUE COMPARTEN MERKEL Y TSIPRAS

  2 de Julio de 2015               
                
La Canciller alemana, Ángela Merkel, y el primer ministro griego, Alexis Tsipras, aparecen ante la opinión pública europea como dos rivales casi irreconciliables. Hasta cierto punto lo son. Y, sin embargo, paradojas de la política, comparten una presión similar: conciliar sus principios y la presión de sus respectivos partidos y electorados con su responsabilidad como dirigentes internacionales que detentan cierto liderazgo en la defensa y promoción de visiones ideológicas diferentes.
                
TSIPRAS, EN SU LABERINTO
                
Ante el bloqueo de las últimas semanas en las negociaciones para evitar el impago al FMI, el primer ministro griego se encontró en un callejón sin salida. Su disposición a negociar, demostrada durante los últimos meses, no le había reportado los frutos esperados. Los acreedores no le dieron lo que necesitaba para poder convencer a su partido de la necesidad de aceptar renuncias. Tsipras se vio entre la espada de la troika y la pared de Syriza.
                
Sólo una jugada audaz le podía permitir recuperar la iniciativa. Creyó encontrarla sometiendo a referéndum las condiciones europeas para liberar el último tramo crediticio. Pero su comportamiento de los últimos días ha sido confuso y contradictorio. La propia pregunta puede resultar incomprensible para muchos ciudadanos griegos. Y sus pretendidas garantías de que un rechazo de las condiciones europeas no significa la salida del euro no han resultado convincentes, porque la falta de un marco jurídico preciso provoca incertidumbre. El remate final ha sido su intento de última hora, ya convocado el referéndum, de aceptar el paquete de la troika con "algunas modificaciones". El desdén europeo ha sido humillante.
                 
Tsipras puede creer que ha efectuado una brillante maniobra política. Pero contrae un riesgo enorme. Si lo gana, si triunfa el NO a las condiciones de los "acreedores que quieren humillar al pueblo griego", se vería empujado a un camino incierto, plagado de peligros. No está garantizado que Grecia pueda seguir en el euro si no se reconducen las negociaciones, aunque tampoco puede asegurarse lo contrario.
                
Quizás no sea maquiavélico pensar que Tsipras puede gestionar mejor el SI. Su honestidad política no habría quedado comprometida, aceptaría el veredicto del pueblo, dimitiría y convocaría elecciones. Se presentaría entonces como el mejor garante de los intereses populares y nacionales, para encarar una nueva ronda negociadora con los acreedores. Y si perdiera los comicios anticipados, podría construir, de nuevo desde la oposición, una alternativa con garantías, en espera de que la situación mejore y pueda tener de nuevo opciones de poder en un contexto más favorable.
                
EL DILEMA DE MERKEL
                 
En el otro lado del escenario público donde se representa la crisis aparece Europa. Pero sobre todo Alemania, el gran gigante implacable dispuesto a someter a la pequeña Grecia a sus condiciones, arrastrando al resto de sus socios continentales, si es preciso. Al frente de esta fuerza estaría la Canciller Merkel, como expresión máxima de la villanía. Esta visión, aunque contenga cierta verdad, resulta un poco simplista. Ni Alemania es la única que presiona, ni Merkel es la más desalmada de los dirigentes políticos europeos.
                
Naturalmente, pocas dudas pueden tenerse sobre la firmeza de la Canciller germana. Pero quizás se hayan cargado las tintas sobre su persona. Estos días hay abierto un debate en Alemania sobre las actitudes ante la crisis griega y posibles alternativas para salir del atasco.
                
En lo fundamental, reina un acuerdo absoluto. Grecia es considerada la principal responsable. Y el actual gobierno de Atenas es blanco de fuertes invectivas por su empeño en derivar la culpa hacia los acreedores. Pero la mayoría de los ciudadanos griegos y europeos no están tan al cabo de los matices.
                
Resulta de particular interés lo que parece estar ocurriendo en el interior del principal partido alemán, la Unión Cristiano-Demócrata (CDU). Corren rumores cada vez más intensos sobre desavenencias notables entre la Canciller y su Ministro de Finanzas, Schäuble. (1).
                
Ángela Merkel, consciente de imagen cada vez más áspera de Alemania en Europa, intenta equilibrar su dureza en los principios con su obligación de estadista. Ante todo quiere prevenir el 'Grexit' (la salida griega del euro) porque sabe que podría ser un golpe político tremendo para el proyecto europeo. En esta sensibilidad no parece acompañarle su ministro de Finanzas, quien no ha tenido problemas en declarar que para estar en un club hay que cumplir las normas, sin excepciones ni indulgencias.  Wolfgang  Schäuble mantiene una línea aún más dura que Ángela Merkel con respecto a Grecia. No le importa frisar la incorrección. O la provocación. Durante uno de sus recientes encuentros  en Berlín, se permitió regalar a Varufakis unos euros de chocolate. Para calmarle la ansiedad, vino a decir.
                
Discapacitado físico por un atentado sufrido hace 25 años, Schäuble es un líder natural para muchos cargos altos y medios de su partido. Un escándalo de financiación irregular al término del mandato de Kohl le cerró las puertas del liderazgo. Fue obligado a detentar puestos secundarios, pero sólo en apariencia. Merkel nunca hubiera llegado a la cumbre sin su consentimiento. Algunos medios alemanes sostienen que Schäuble, a sus 73 años, está dispuesto a echarle un pulso a su jefa si ésta flojea frente a Grecia. Su poder no es desdeñable, porque controla el grupo parlamentario democristiano, sin el cual cualquier acuerdo con Grecia es inviable. En la escena política alemana apunta la sombra de Thatcher.
                
La dureza de Schäuble reposa en un hecho fundamental: la defensa del contribuyente alemán. DER SPIEGEL ha efectuado un estudio que cifra en 84 mil millones de euros el coste que podría tener para la Hacienda alemana una suspensión total de pagos de Grecia. En todo caso, algo improbable y de efecto diferido hasta más de la mitad del presente siglo (2).
                
Los socialdemócratas, socios menores en el gobierno, no quieren parecer más tímidos en la defensa de los trabajadores alemanes. La dirección del SPD ha sido incluso más asertiva que la propia Canciller en la denuncia de lo que se considera como maniobras propagandistas de Tsipras y Varufakis. El vicecanciller y líder socialdemócrata, Sigmar Gabriel, ha llegado a acusar al gobierno griego de aprovechar la crisis "para forzar un cambio de funcionamiento de la zona euro acorde a sus visiones ideológicas y políticas" (3).
                
En definitiva, la lógica de los intereses nacionales se impone sobre una visión común. Como ha denunciado estos días THE GUARDIAN, el diario británico más europeísta, en la crisis griega "está en juego el proyecto europeo mismo" (4).


(1) "Brewing conflict over Greece: Germany's Finance Minister mulls taking on Merkel". DER SPIEGEL, 12 de Junio.
(2) "Germany faces billions in losses if Greece goes bust" DER SPIEGEL, 30 de junio.
(3) LE MONDE, Crónica de su corresponsal en Berlín, 1 de julio.
(4) THE GUARDIAN, Editorial, 1 de julio.



LO QUE SIGNIFICA SER ALIADO

25 de Junio de 2015
                
En pleno clima de creciente inquietud por la situación bélica en Ucrania y las supuestas amenazas rusas de desestabilización de sus vecinos más cercanos (los estados bálticos preferentemente), se filtran más detalles sobre el espionaje norteamericano a otros dirigentes aliados, en esta ocasión los tres últimos presidentes franceses.
                
LA IMPOSTURA DEL ESPIONAJE AMIGO

Obviamente, por razones de imagen y de cierta manera de entender la credibilidad política y el orgullo nacional, la reacción de París ha sido la esperada: indignación contenida, reprimenda, exigencia de que tal conducta no puede repetirse y arreglado. Desde Washington, idéntico ajuste al guión establecido: disculpas y garantías de que se trata de actuaciones pasadas.
                
Ya dijimos en su momento que estos escándalos de espionaje son muy efectistas, hacen correr tintas políticas y mediáticas y encuentran un eco muy notable en cierta opinión pública. Pero, a la postre, tienen un recorrido real, político o diplomático, muy corto.
                
Indudablemente, se espera cierta lealtad de un aliado, y algunas de las gamberradas electrónicas practicadas por la inteligencia norteamericana son de una vulgaridad sonrojante. Pero resulta un tanto hipócrita. Como ya se ha demostrado convenientemente, Estados Unidos no habría podido espiar a Merkel, Sarkozy, Hollande, Dilma Roussef u otros dirigentes europeos y del resto del mundo, sin la colaboración de los servicios de inteligencia de algunos de los afectados (1). 
                
Desde que los Estados se consolidaron como formas políticas destinadas a garantizar los intereses de las naciones o de sus exponentes sociales, el espionaje es una prolongación de la diplomacia. Como lo es la guerra. No se espía sólo a los enemigos. A los amigos, también, porque nunca se sabe cuándo dejaran de serlo, si lo son de verdad o hasta qué punto están dispuestos a demostrar y garantizar su amistad. No hace falta ser un especialista en relaciones internacionales para saber eso. Con haber leído algunas novelas de género debería bastar.
                
Pero como esas relaciones internacionales, plagadas de trampas, duplicidad de lenguajes e intenciones marcadas, proyectan un código de conducta determinado, asistiremos en los próximos días a otra ronda suelta de indignaciones. El Eliseo no se toca impunemente.  Una vez más, la proverbial incomodidad franco-norteamericana, tan tópica como engañosa, encontrará espacio abundante en los medios y tertulias durante unos días.
                
EL REGRESO DE LA OTAN A CASA

En medio de ese ruido mediático-diplomático, los aliados occidentales pondrá a enfriar este último bochorno y se empeñarán en afrontar el problema ruso, con la adopción de medidas o compromisos que tengan la contundencia aparente necesaria pero también la prudencia adecuada para no generar males mayores.
                
La guerra de Ucrania, en riesgo de escapar al control de las grandes potencias, incluida la propia Rusia, que supuestamente es su principal instigadora, va a servir de cobertura para revisar veinte años de política de seguridad y defensa en Europa.
                
La tarea es complicada, porque se está lejos del consenso. No todos los aliados perciben con igual claridad y sentido de urgencia el “peligro ruso”. Como es natural, los países de frontera (los pequeños estados bálticos, Polonia y algún otro) son los más activos en la reclamación de medidas efectivas de disuasión. Por el contrario, los más alejados de Rusia, sin restar importancia al riesgo, prefieren que se mantenga la atención en otras amenazas a la seguridad mucho más apremiantes (Oriente Medio, presión migratoria, tráfico de drogas, etc.).
                
El nuevo Jefe del Pentágono, Aston Carter, se estrena esta semana en Europa con el portafolios nutrido de propuestas y opiniones. Llega al SHAPE (Cuartel General Aliado, en Bruselas) después recorrer varios países para escuchar ideas, sugerencias y reclamaciones, que serán compartidas en la reunión de primavera del Consejo de Defensa de la OTAN.
                
Estas últimas semanas no se han movido sólo papeles (se habla de un memorándum confidencial con detalles y evaluaciones precisas sobre la dimensión y el alcance de la amenaza rusa, que tendrá cada ministro y su staff en la reunión de Bruselas). La OTAN está empezando a movilizar efectivos: carros de combates, vehículos blindados y de transporte de tropas serán instalados próximamente en algunos países del flanco oriental de la Alianza. La fuerza de reacción rápida de 5.000 hombres, modesta pero ya muy significativa, estará lista muy pronto. El esfuerzo no es menor. Equivale a desentumecer los músculos atrofiados, como decía esta semana una analista de seguridad del Eurasia Group. EE.UU. todavía tiene destacados 65.000 hombres en Europa, cuatro veces menos que durante la “guerra fría”, pero cifra básica de disuasión a partir de la cual es creíble una movilización extensiva.
                
Como escenificación de este “despertar” de la “vieja OTAN”, o de la vuelta de la OTAN a su escenario original, las amplias maniobras recién concluidas en Letonia, sirven de mensaje de tranquilidad y compromiso a esos nuevos aliados, menos curtidos en el arte del cinismo. O más sensibles al ronroneo de las bravatas rusas.
                
Está en ciernes una cierta recuperación de la lógica de la “guerra fría”, aunque no escucharemos esa formulación, bajo concepto alguno. Existe un amplio convencimiento de que la ilusión de una relación con Rusia como socio se ha desvanecido por completo y que la crisis de Ucrania no es ocasional o temporal, sino el reflejo de los problemas inherentes del coloso europeo para gestionar sus tensiones internas y periféricas. Los “sovietólogos” se han convertido en “rusólogos”. El “comunismo” ha sido sustituido por el “nacionalismo expansivo” (en combinación o alianza con la religión ortodoxa) como combustible de agitación.
                
Rusia no colabora mucho en desmontar este discurso. Ofrece sonoros argumentos cada día. La mayoría son reactivos, pero de vez en cuando el Kremlin –como ocurría en los tiempos del comunismo- siente la obligada necesidad de tomar la iniciativa, o de hacer creer que tiene la capacidad para hacerlo.
                
LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ADVERSARIO
                
La anunciada modernización de ciertos arsenales nucleares, la propaganda patriotera, la exhibición recurrente aunque vulgar de músculo militar son guiños propagandísticos dudosamente novedosos, pero inevitables en la dinámica actual. Otros, en cambio, presentan cierto carácter de singularidad. El más espectacular ha sido, sin duda, la recepción al primer ministro griego, Alexeis Tsipras, Petersburgo, a bombo y platillo, en plena crisis de la deuda.
                
Tsipras se cubrió bajo la celebración de un seminario económico internacional, pero su sola presencia en la capital rusa se convirtió en un acto político de indiscutible envergadura. Ni el credo común ortodoxo de muchos griegos y rusos, y menos el pasado comunista del político heleno, pudieron servir de paraguas o justificación a esta visita en  este momento.
                
El líder izquierdista griego evitó, como era lógico, cualquier referencia polémica a los problemas con sus socios comunitarios. En reciprocidad, sus anfitriones rusos resistieron la tentación de explotar esa discordia interna. Pero en la mente de todo el mundo flotaba la tradicional  posición de Syriza en contra de las sanciones a Rusia por el conflicto de Ucrania. Difícilmente encontraría Tsipras en Moscú lo que no consiga en Bruselas, Frankfurt o Berlín (por citar el eje habitual de sus desvelos). No está Rusia para “rescates” de tamaña naturaleza. Pero el alarde político era demasiado tentador para no extraer el jugo adecuado.
                
Otra regla más de la diplomacia: se puede ser aliado sin renunciar a las ventajas de flirtear con los adversarios, o se puede tantear a los adversarios para protegerse de tus amigos.
               

(1) Varios medios han denunciado esto. Especial interés tiene la investigación públicada el pasado 30 de abril por el diario SÜDDEUTSCHE ZEITUNG


DINAMARCA COMO SÍNTOMA

22 de Junio de 2015
                
El ascenso de la extrema derecha danesa refleja la profundidad y gravedad de los efectos políticos inquietantes de la crisis y la falta de respuesta de los partidos moderados para atajar sus consecuencias sociales.
                
LAS VACILACIONES SOCIALDEMÓCRATAS
                
El Partido del Pueblo danés, ferozmente contrario a la inmigración y ruidosamente crítica con la UE, se ha convertido en la segunda formación política más votada en las elecciones generales de la pasada semana, por detrás de los socialdemócratas. Sin embargo, la anunciada alianza de los populistas de derecha con los liberal-conservadores suma 90 escaños, frente a los 85 que reúne reunir el centro-izquierda. El gobierno de centro-izquierda, que propiciado una de las recuperaciones económicas más sólidas, aunque modestas, del continente ha tocado a su fin. La líder socialdemócrata, Helle Thoming-Schmidt, se ha sentido obligada a presentar su dimisión.
                
Si los socialdemócratas han gestionado razonablemente bien, ¿por qué no han obtenido el apoyo necesario para continuar en el poder? La respuesta es sencilla: numerosos sectores sociales no confían en la solidez de la recuperación y se sienten amenazados por fenómenos como la inmigración el incremento de los refugiados, por las repercusiones que han tenido sobre la asistencia social. Dinamarca, fiel a su tradición solidaridad interna y externa, registró un record de acogida de refugiados en 2014, debido a la guerra de Siria y la a la gran afluencia de eritreos.
                
Ante los efectos electorales negativos que anticipaban las encuestas, la primera ministra socialdemócrata prometió aplicar reglas más estrictas para la concesión de asilos y exigencias más duras hacia la inmigración. Esta parcial rectificación de la política de acogida fue duramente criticada por el ala izquierda de los socialistas y organizaciones solidarias no gubernamentales, al entender que se hacían concesiones a la derecha populista. Con todo, ni siquiera estas restricciones anunciadas resultaron suficientes para frenar a los xenófobos del Partido del Pueblo danés, cuyos mensajes demagógicos arreciaron durante la campaña. Los liberales-conservadores, con un lenguaje político más correcto, no dudaron en participar de esta campaña de acoso al gobierno de centro-izquierda, convencidos, como así ha sido, de que serían los principales beneficiados del desgaste.
                
'PÁJAROS LIBRES'
                
Los populistas, pese a obtener más votos que los liberales, no quieren asumir la responsabilidad del gobierno. Están dispuestos a ceder esa responsabilidad al líder liberal, Lars Lokke Rasmussen, y apoyarlo desde fuera del gobierno, como hicieron entre 2009 y 2011. Como ha dicho su líder, Kristian Thulesen Dahl, los populistas prefieren mantener su papel de "pequeños pájaros libres". Es decir, evitar el desgaste de la gestión, presionar a los liberales y obligarlos a rectificaciones importantes. En otras palabras, su plan parece ser ir preparando el camino para un asalto más sólido y contundente del poder.
                
Esta estrategia de condicionar al gobierno de turno desde fuera ha ido ganando posiciones desde que este partido se constituyera hace veinte años, cuando aparecieron las primeras manifestaciones de crisis en el hasta entonces estable sistema político danés.
                
Los populistas daneses han hecho gala de esta prudencia estratégica también en sus alineamientos internacionales. Pese a los intentos de sus afines en Francia y Holanda, el Partido del Pueblo danés no se ha sumado al bloque ultra en el Parlamento Europeo, liderado por la francesa Marine Le Pen y el holandés Geert Wilders, en el que participan también la Liga Norte Italiana, los nacionalistas flamencos y la extrema derecha de Austria y Polonia. En total, 36 eurodiputados, lejos de los 221 con que cuenta el grupo democristiano y los 191 del grupo socialista. Los euroescépticos  del UKIP británico tampoco se han unido al eurogrupo de Le Pen, aunque uno de sus miembros sí lo ha hecho a título individual.
                
Los populistas daneses han preferido, de momento, acomodarse junto al Partido Conservador británico, en Estrasburgo. De hecho, han sido los más activos en apoyar el proyecto de reforma de los tratados de la UE que está reclamando el primer ministro Cameron. No es descartable, sin embargo, que, si el propósito de los tories no alcanza sus objetivos, los populistas daneses terminen recalando en los bancos del eurogrupo ultra, sobre todo si las elecciones francesas consolidan el auge del Frente Nacional.          Esta recomposición del mapa europeo, en los parlamentos nacionales y en el europeo, debe confirmarse en las citas electorales de los próximos años. 
                
UN MODELO QUE FUNCIONA... PESE A TODO
                
Dinamarca ha sido un país modélico, por muchas razones. El alcance de su Estado de Bienestar se convirtió en el más amplio y sólido del continente, por delante incluso de sus vecinos del norte, tradicionalmente los que más gozaron durante décadas de los sistemas más avanzados de protección social.
                
A comienzos de siglo, las tensiones sobre el equilibrio de las cuentas públicas empujaron los políticos daneses a defender reformas en el sistema de bienestar. La social-democracia entendió que debía aceptar reformas si quería salvar lo esencial del sistema Uno de los elementos más destacados fue la llamada flexi-seguridad; es decir, la combinación de la estabilidad en el empleo con la introducción de fórmulas flexibles en el mercado de trabajo.
                
Otro de los programas pioneros ensayados por los socialdemócratas suecos fue él de rehabilitación y reinserción social de jihadistas regresados de los frente de combates en Siria, Irak y otros lugares. Dinamarca es, proporcionalmente, el país europeo de donde sale el mayor número de combatientes extremistas islámicos.

                
En definitiva, mala noticia para la izquierda moderada, a la que no le sirve moderar su discurso o introducir rectificaciones o limitaciones en política social para frenar un malestar muy azuzado por las fuerzas populistas de derecha, xenófobas y euroescépticas, que juegan a favor del viento.

EUROPA ANTE SUS FANTASMAS

18 de Junio de 2015

                
El último acto de la interminable tragedia griega no sólo exhibe las tensiones del proyecto de Syriza, como pretenden algunos analistas de los medios más en sintonía con el sistema de poder político-financiero. También pone en evidencia la debilidad del liderazgo europeo y las contradicciones generadas por las políticas de austeridad. La crisis griega es una crisis europea, se quiera o no. Los condicionantes financieros imponen su lógica a las visiones políticas, que, en un caso como éste, deberían afirmar su prevalencia.
                
LA RESPONSABILIDAD DE TSIPRAS
                
No se trata de concesiones a una cierta demagogia, como la cohorte de tecnócratas, agentes de los intereses acreedores y otros 'sabios' pretenden explicar. Grecia tiene que hacer frente a sus responsabilidades y el nuevo gobierno ha de asumir que algunas de sus promesas preelectorales son difíciles de cumplir, o de conseguir que se conviertan en realidad. Tsipras debía saber que, por mucho que sus argumentos hubieran conquistado el corazón de sus atribulados compatriotas, las resistencias a sus planteamientos y propósitos de los acreedores y de la potente armada que representa la troika (CE, BCE y FMI) iban a ser así de duros.
                
Hay cierto teatro político en esta aparente radicalización de la posición de Tsipras. El primer ministro griego tiene razón en muchas de las cosas que dice. Su discurso de defensa de los más desfavorecidos por las políticas de austeridad y su apuesta radical por la democracia como expresión de la voluntad de la mayoría no tienen réplica decente. Pero sólo es una parte de la historia. No se trata de resignarse ante los grandes poderes, sino de elegir la estrategia adecuada para extraer concesiones y ventajas, cuando se es consciente de la debilidad propia.
                
El propio Tsipras airaba en la oposición su escepticismo sobre el respeto de los grandes poderes europeos hacia los valores que su partido defendía. Prueba de este 'realismo' es que el primer ministro griego comenzó su gestión exhibiendo una actitud más dialogante, más negociadora, menos combativa. Eso le costó algo más que un conato de rebelión en Syriza y la apertura de una brecha que se ha transmitido al conjunto del electorado.  El resultado es paradójico: las críticas de los radicales de su partido arrecian y, sin embargo, las encuestas indican que los griegos apoyan más ahora una solución negociada con sus acreedores e instituciones europeas (1).
                
LA HIPOCRESÍA EUROPEA
                
Dicho esto, resulta un tanto hipócrita por parte de las instituciones europeas que se cargue exclusivamente sobre el gobierno griego la responsabilidad del atasco actual. Un ejemplo palmario de esta impostura lo constituye un reciente estudio del FMI sobre el efecto de las políticas de austeridad en la prolongación de la crisis. Firmado por cinco economistas seniors (2), el estudio confirma el cambio de posición apuntado ya el año pasado, o incluso antes, cuando el fracaso de las políticas de austeridad, fanáticamente defendidas por este organismo durante décadas, ya resultaba inocultable.
                
La conclusión es clara: el aumento de la desigualdad constituye un impedimento mayor para la recuperación económica. Si los gobiernos quieren apostar por el crecimiento, deben adoptar políticas de apoyo para el 20% más desfavorecido. No es sólo una cuestión de justicia social, sino de eficacia económica. El estudio considera demostrado que cuando crecen los recursos de ese 20% se produce crecimiento económico global; cuando ocurre lo contrario, el PIB decrece. La tesis reaganiana y thatcheriana del 'tricledown' (es decir, que la riqueza de los de arriba termina filtrándose hacia abajo en la escala social) se ha demostrado del todo falsa. ¿Tanto tiempo han tardado en advertir semejante evidencia? El FMI ha necesitado una crisis histórica y una recesión pavorosa para admitir el daño ocasionado.
               
Lo terrible es que Europa, pese a la reciente retórica de apuesta por la combinación de rigor y crecimiento, no ha sido capaz de salir de este círculo vicioso. El propio FMI admite que la cacareada liberalización del mercado de trabajo (y su corolario político, el debilitamiento de los sindicatos) sólo ha servido para reforzar la prosperidad de los más ricos (el 10% de la población global). Y, sin embargo, a los griegos se les sigue exigiendo más de lo mismo, como parte del acuerdo de refinanciación de la deuda.
                
MALESTAR Y POPULISMO
                
Este fracaso europeo no se debe exclusivamente a la falta de talento de los actuales líderes de la Unión. Ni siquiera a la carencia de fórmulas para afrontar el desafío. Sobre la crisis griega planea, como un fantasma real (valga la expresión), el clima agobiante del malestar social ante la prolongación de la crisis. Ocho años después, Europa, por mucho que se quieran sobrevalorar las tímidas mejoras macroeconómicas, sigue estancada. Los colectivos sociales más perjudicados por la situación no perciben alivio.
                
ste pesimismo social constituye un caldo de cultivo para opciones extremistas. De momento, su auge se ha limitado a fogueos electorales, a votos de protesta. El verdadero peligro de las fuerzas populistas extremistas no es que puedan acceder al gobierno -que tampoco es descartable-, sino que su mensaje ha calado. Hasta el punto de obligar a los partidos conservadores del sistema a adoptar algunas de sus recetas. Por lo menos, en las proclamas y programas electorales. Está ocurriendo en Francia, con la lepenización de Sarkozy, o en Gran Bretaña, con el discurso de alejamiento de Europa adoptado por Cameron por presión del auge de los euroescépticos del UKIP. En Alemania, la dureza de Merkel hacia el sur ha servido de antídoto, pero a costa del repliegue de su liderazgo activo en Europa. (3).
                
La última 'victoria' de la extrema derecha europea ha sido la constitución de un grupo propio en el Europarlamento. Hasta ahora, la pulsión de ese nacionalismo intrínseco y las ambiciones personales lo habían impedido. Todavía no se ha logrado la unificación total, debido a la aspereza de los británicos o a la imposible asimilación de los más extremistas (como los neonazis griegos o húngaros) pero el proceso sigue en marcha.
                
La 'colonización' del mensaje político de la derecha europea por esta presión ultra no es el único elemento inquietante. En la izquierda, se percibe desconcierto. La emergencia de grupos populistas afines al modelo de Syriza es ya imparable, al menos a corto plazo. Los dirigentes de la socialdemocracia han pasado de despreciarlos a buscar fórmulas de colaboración, incluso en responsabilidades de gobierno.  El caso de España puede ser pionero. El gran riesgo es que un eventual fracaso de de las opciones progresistas radicales o de la convergencia de izquierda puede abrir la puerta al tirón definitivo de la ultraderecha. Un escenario años 30 no debe ser tomado a la ligera.      

(1) "Alexis Tsipras and the Debt Negotiations. Why Greece Will Cave-and How". GEORGES TSEBELIS. FOREING AFFAIRS, 2 de Junio.

(2) "Pay low-income families more to boost economic grothw, say IMF". THE GUARDIAN, 15 de Junio.


(3) Sobre el papel limitado de Alemania en la actual crisis europea reflexiona Jochen Bittner, editor político del diario DIE ZEIT, en un artículo titulado "Por qué Alemania no puede liderar Europa, que reproduce esta semana THE NEW YORK TIMES (17 de Junio).