SIRIA: DE LA INCOMPETENCIA A LA CATÁSTROFE

16 de octubre de 2019

                
En tan sólo unos días, Trump ha conseguido que una guerra que duraba siete años y estaba próxima a resolverse, al menos en su fase militar, se haya reavivado y adquirido una dimensión internacional aún más amplia y complicada. El norte de Siria es hoy un lugar mucho más inestable, un peligro creciente para la paz regional y motivo de escarnio para el entramado diplomático y militar de la superpotencia mundial. Pocas veces se ha visto un desastre autoinfligido de estas proporciones.
                
Y lo peor es que la decisión presidencial se venía venir, que no ha sido consecuencia de una crisis inesperada o de un acontecimiento repentino. Es el famoso “instinto”, del que Trump presume con la audacia de quien se siente único cuando en realidad ignora casi todo.
                
Al anunciar la retirada del millar de soldados -unidades especiales, la mayoría- que protegían a las milicias kurdo-sirias vencedoras de los yihadistas del Daesh, Trump envió la señal que el presidente turco estaba esperando para modificar el mapa regional y crear una situación de mejor acomodo a sus intereses. Que el presidente norteamericano no le diera luz verde expresa es irrelevante: a un personaje como Erdogan le basta con que le abran la puerta, no es necesario que le inviten a pasar.
                
OPERACIÓN PEACE SPRING
                
El nuevo sultán tiene una necesidad, un propósito y un designio al invadir Siria. La necesidad es crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad, para alojar allí a millones de sirios huidos de su país durante la guerra, que malviven hacinados en campos de refugiados. El propósito va más allá de la necesidad humanitaria: pretende acabar con el experimento político kurdo afincado en la frontera que alienta a los connacionales de Turquía, de forma que se elimine cualquier riesgo de contagio. El designio supera al propio Erdogan, pero él cree que puede interpretarlo: convertirse en un actor imprescindible,  no sólo en Siria, sino en todo el Oriente Medio, ahora que el abandono de Washington abre el juego (1).
                
Al percatarse de que su decisión no era tan brillante como él había imaginado y que los turcos se tomaban el brazo, cuando sólo les había ofrecido la mano, Trump manipuló el relato para capear el temporal. Pero Erdogan tenía preparada la operación desde hace meses (un año o más, en realidad) y se movió con rapidez. Avance de tropas mercenarias sobre el terreno, apoyo artillero y bombardeos aéreos para provocar el pánico en la población y poner a las milicias sirio-kurdas a la defensiva. Tampoco se privó de liberar presos yihadistas, potenciales cómplices futuros si le hicieran falta (2). Ni de permitir actos de gansterismo, como el asesinato de una líder kurda y su chofer (3). 
Que Trump anunciara sanciones económicas a los principales dirigentes turcos e incluso amenazara con “destruir la economía turca” no modificó los planes de Erdogan, ni cambió el rumbo de los acontecimientos. Ya era tarde
                
Los kurdos, que llevan un siglo soportando traiciones y engaños de las potencias occidentales (4) se defendieron como pudieron, por supuesto, pero, haciendo de tripas corazón, pactaron con Assad (soldados sirios ya patrullan en áreas kurdas) y se encomendaron a la única potencia con capacidad para construir un orden alternativo al de Estados Unidos: Rusia. 

El año pasado, cuando Trump amagó con el repliegue que ahora ha ejecutado, los kurdos sirios declinaron una oferta de Moscú, porque creían que Washington frenaría a Erdogan. No lo hizo del todo (los turcos ocuparon Afrin, en el extremo occidental de la zona) pero la operación fue limitada y se mantuvo el precario status quo en esa región que los kurdos  llaman Rojava (5).
                
RUSIA RECOGE EL TESTIGO
                
Putin ha jugado las cartas con destreza profesional. El Kremlin goza de bazas limitadas, pero, como no hace estupideces, obtiene resultados razonables. Para los rusos, lo principal es que la Siria de Assad vuelve a ser el actor regional de antes de la guerra, después de haberla ayudado a ganar un envite militar impresionante.  Pero Putin tiene que resolver ese triángulo infernal que forman Turquía, Siria y los kurdos. La forma de hacerlo es paciencia y habilidad: dando a cada uno lo que cree que le pertenece y consiguiendo que todos acepten concesiones. Sin vencedores ni vencidos.
                
Siria anhela recuperar la soberanía sobre el conjunto del territorio, conceder una forma de autonomía a los kurdos y garantizarse la protección rusa frente al empuje turco. 

Turquía puede aceptar la continuidad del régimen sirio, al menos por el momento, siempre que la frontera no se convierta en un laboratorio de un proyecto nacional kurdo y se tenga a raya a las milicias del YPG. 

Por su parte, los kurdos regresan a esa casilla que les es tan conocida: la lucha por la supervivencia. Sólo Moscú puede proporcionarles la protección que hasta ahora les garantizaba Washington. Limarán su poder militar, convertirán a sus soldados en policías y tratarán de mantener su modelo social más o menos a flote, pese a ser muy subversivos para los dos países entre los que se encuentran atrapados, como ha explicado muy bien Jenna Krajeski tras convivir tiempo prolongado con ellos (6).
                
Trump podría conformarse con eso, siempre que le permita alardear de haber puesto fin a una de esas “guerras interminables” que prometió liquidar durante su campaña electoral. Pero el establishment político, diplomático y militar norteamericano tiene una visión más completa de lo que se ventila en la región. El renacimiento de la Siria alauí (una rama local de chiismo) no sólo conforta a Moscú, sino que refuerza la supuesta pretensión de Irán de extender sus tentáculos en Oriente Medio. Assad no habría ganado esta guerra sin el apoyo ruso, pero los guardianes de la revolución islámica iraní y los milicianos libaneses chiíes de Hezbollah (financiados y armados por Teherán) han librado batallas claves para la supervivencia del régimen baasista.
                
MALESTAR EN WASHINGTON
                
Hace unos meses el secretario Pompeo, altoparlante diplomático de Trump, proclamó que Washington no pararía hasta conseguir que la “última bota iraní saliera de Siria”. Para lograr tal objetivo, no parecía muy juicioso sacar antes de allí a las botas norteamericanas. Pero ese es el tipo decisiones incoherentes que prodiga su jefe. Como sostiene Martin Indyk, un veterano de la diplomacia norteamericana en la región, el abismo entre la retórica de Trump y los hechos sobre el terreno no resisten un mínimo escrutinio (7). El nuevo equilibrio en Siria fortalece al Kremlin, proporciona a Irán una plataforma de conexión con el Mediterráneo y favorece una eventual resurrección del Daesh. Inaceptable para Washington.
                
Este desastre que un presidente bajo sospecha ha originado quizás sea “irreparable”, como sentencia el WASHINGTON POST (8). Su “instinto” ha provocado una “calamidad inmediata”, en palabras de David Sanger, analista de seguridad del NEW YORK TIMES (9). Sólo cabe esperar que Putin ordene el tablero y pacifique las riberas del Éufrates. Luego puede pasarle la factura a Trump, siempre que éste sobreviva al impeachment, a la contienda electoral o a sí mismo. ¿Quién mejor, para preservar los intereses de Rusia en este tiempo de turbulencias en el que las alianzas ya no sirven y el equilibrio en varias zonas del planeta se encuentra en permanente revisión?


NOTAS

(1) “What is driving Turkey’s invasion y what comes next”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE OF NEAR AND MIDDLE EAST, 12 de octubre.

(2) “Turkish backed Syria Free Army is deliberating releasing ISIS prisoners”. LARA SELIGMAN. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(3) “Syrian arab fighters backed by Turkey kill two Kurdish prisoners”. THE NEW YORK TIMES, 13 de octubre.

(4) “The Kurdish Awakening”. HENRY J. BARKEY, FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril 2019; “The secret origins pf the U.S.-Kurdish relationship explain today’s disaster. BRYAN GIBSON. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(5) “The scramble for northeast Syria”. AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.


(6) “What the world loses if Turkey destroys the Syrian kurds. A radical political experiment is in peril”. JENNA KRAJESKI. THE NEW YORK TIMES, 14 de octubre.

(7) “Disaster in the desert. Why Trump’s Middle East Plan can´t work”. MARTIN INDYK. FOREIGN AFFAIRS, 15 de octubre.

(8) “Trump followed his gut on Syria. Calamity came fast”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 15 de octubre.

(9) “Trump’s blunder in Syria es irreparable”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 15 de octubre.

ABIY AHMED, UN GORBACHOV AFRICANO

11 de octubre de 2019

                
Abiy Ahmed, flamante Premio Nobel de la Paz 2019, es el joven (tiene 42 años) primer ministro de Etiopía, uno de los países africanos más poblados (100 millones de habitantes) y diversos étnicamente (80 grupos distintos).
                
La Academia le ha distinguido con el galardón más prestigioso de la escena mundial “por sus esfuerzos dedicados a la paz y la cooperación internacional y en particular su iniciativa para resolver el conflicto fronterizo con Eritrea”. En realidad, el proceso de reconciliación entre Etiopía y su antigua provincia, independizada en 1993, se había iniciado antes de su llegada al poder, hace ahora año y medio. Pero, ciertamente, Aby ha trabajado intensamente estos 18 meses por poner en práctica los acuerdos de paz. Uno de sus gestos más simbólicos fue su visita a Asmara, la capital eritrea, donde pronunció un histórico discurso, que bien podría ser comparado con el que Sadar protagonizó en la Knesset israelí en 1977.
                
Abiy no es un populista ajeno a  la política etíope. Forma parte del grupo dirigente del Frente Democrático de Etiopía, que lleva gobernando el país desde la destitución del dictador militar Mengistu Haile Mariam, en 1991. Pero Abiy no pertenece a la etnia Tigray, dominante aunque no mayoritaria (sólo un 10% de la población), sino a los oromo, una de las principales del país, pero con escaso peso hasta ahora en las jerarquías del Estado y del partido (1).
                
Este joven político africano ha sido valiente en sus ambiciones políticas. Luchó por el liderazgo del partido-Estado desde posiciones subalternas, se atrevió a iniciar un proceso de apertura política y de liberalización económica y ha propugnado un entendimiento con los vecinos que va más allá de la paz con Eritrea (1). Etiopía es la gran potencia en el Cuerno de África, región enclavada en una encrucijada de rivalidades y rutas comerciales entre ese continente y la Península arábiga, al otro lado del Mar Rojo. De hecho, la pacificación, aún precaria, depende en gran medida de los equilibrios regionales, como ha señalado el profesor de la Universidad de Boston, de origen etíope, Michel Walderiam (2).
                
El nuevo Nobel de la Paz puede ser considerado una especie de Gorbachov etíope, en la medida en que pretende cambiar desde dentro el sistema político de su país al tiempo que establece un clima de convivencia pacífica con sus vecinos y un partenariado económico con las potencias regionales y mundiales, interesadas en el potencial de Etiopía. Varios dirigentes europeos y medio orientales han visitado Addis Abeba con la pretensión de convertirse en socios preferenciales. Macron, siempre atento a los movimientos de cambio en África, viajó a primeros de año a Etiopía y pudo conocer de primera mano los planes de Abiy (3).
                
El primer ministro etíope ha prometido una democratización del régimen político: después de proclamar una amnistía que dejó en libertad a miles de presos políticos y de legalizar formaciones políticas opositoras, mantiene su promesa de celebrar elecciones libres en 2020, con la garantía que supone haber colocado al frente de la Comisión electoral a una figura de la oposición.
                
Otro desafío importante de este proceso de reconciliación interior es garantizar los equilibrios étnicos y regionales internos, quizás el eslabón más débil de su proyecto político. Los tigrais, acostumbrados a ejercer la hegemonía, contemplan con hostilidad un programa que sanciona una merma de su influencia nacional. Aunque por el momento la enorme popularidad del primer ministro parece haberle blindado de conspiraciones y revueltas, se mantiene el riesgo de balcanización de Etiopía (4). La paz en Eritrea quedaría arruinada si elementos tigrais hostiles a la pacificación consiguieran desestabilizar al primer ministro.

NOTAS

(1) “Abiy Ahmed is not a populist”. TOM GARDNER. FOREIGN POLICY, 5 de diciembre 2018.

(2) “Can Ethiopia’s reforms succeed? What Abiy’s plans means for the country and the region”. MICHAEL WOLDEMARIAM. FOREIGN AFFAIRS, 10 de septiembre de 2018.

(3) “Le reformateur Abiy Ahmed face le défi ethnique”. CHRISTOPHE CHATÊLOT. LE MONDE, 11 de marzo.

(4) “Don’t let Ethiopia be the next Yugoslavia. FLORIAN BIEBER Y WOLDEMAGEGN TADESSE GOSHU. FOREIGN POLICY, 15 de enero.

SIRIA: TRUMP SIEMBRA EL CAOS


9 de octubre
               
Donald Trump ha puesto las semillas del caos en el norte de Siria al ordenar la retirada del millar de soldados norteamericanos desplegados en la zona. Se ignora aún si el repliegue será total o parcial. El objetivo de estos efectivos, la mayoría miembros de fuerzas especiales, ha sido doble: impedir un enfrentamiento entre milicias kurdas y fuerzas militares turcas y prevenir el reagrupamiento y la recuperación de los militantes extremistas del Daesh.
                
La decisión ha provocado algo cercano al pánico en los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio y, lo que resulta más asombroso, entre sus colaboradores más próximos en la Casa Blanca, el gobierno, el legislativo y el Pentágono (1).
                
Una vez más, Trump ha hecho uso de su especialidad, el golpe de teléfono, para modificar la estrategia de seguridad norteamericana en una zona explosiva como pocas. Tras una charla telefónica con el presidente turco, hizo saber a sus colaboradores la orden de traer de vuelta a los soldados norteamericanos, de inmediato.
                
No es la primera vez que esto ocurre. En diciembre de 2018 adoptó una decisión similar, que precipitó la dimisión del Secretario de Defensa, el general retirado James Mattis, y del enviado especial norteamericano en la zona, el diplomático, Brett Mac Gurk. Este último criticó entonces duramente a Trump y ahora le niega su calidad de comandante en jefe (2).
                
Entonces como ahora, los responsables de la política exterior y de seguridad en Siria consideraban imprescindible la presencia militar norteamericana, sin la cual, los resultados obtenidos en los últimos años podrían verse desbaratados dramáticamente. Fiel a su estilo improvisado y irreflexivo y a su instinto de conectar con el rechazo de buena parte de los ciudadanos a mantener guerras largas e inciertas, el presidente ha tirado por la calle de en medio, sin pararse a considerar seria y concienzudamente efectos y consecuencias (3).
                
TRAICIÓN A LOS KURDOS
                
Lo más grave de la retirada militar norteamericana es que facilita una operación de limpieza que gobierno y ejército turcos anhelan desde hace tiempo: la expulsión de las milicias kurdas que resultaron decisivas en la derrota de los extremistas islámicos. Sin ellas, todo el mundo coincide en que Estados Unidos no hubiera podido vencer al Daesh.
                
Las milicias kurdas que operan el territorio componen el grueso del brazo armado de la Fuerza Democrática de Siria, uno de los principales grupos de oposición armada al régimen de Assad, que se vieron luego obligados a cambiar de prioridad bélica, para frenar primero y derrotar más tarde a los extremistas islamistas.
                
Los kurdos sirios han sacrificado más de diez mil vidas y empeñado un enorme desgaste humano. Después de doblegar a los extremistas islámicos, aseguran ahora la vigilancia de miles de yihadistas. Sin la presencia norteamericana y ante el riesgo seguro de una ofensiva turca, los kurdos abandonaran sus posiciones, lo que tendrá como consecuencia la puesta en liberación práctica de esos presos (3).
                
La amargura de los kurdos sirios es comprensible. Se temen lo peor, y con razón: recuerdan el ataque turco en Afrin, en el noroeste de la zona. Después de hacer el gasto, se ven ahora traicionados. Es probable que acudan ahora a Moscú para que sirvan de mediadores en una conciliación forzada con Damasco, algo que espanta al establishment norteamericano.
                
ERDOGAN ACIERTA CON LA TECLA
                
Turquía considera que las milicias kurdo-sirias están apoyadas, penetradas y hasta controladas por el PKK, una formación político-militar kurdo-turca, cuyo objetivo es lograr la independencia del Kurdistán turco. Curiosamente, Erdogan intentó en el pasado la paz con el PKK, pero después de fracasar se embarcó en una lucha a muerte para destruirlo.
                
Fuentes kurdas han advertido que resistirán un ataque turco, pero no descartan que el objetivo de esa ofensiva sea más ambicioso que control militar de la frontera: dominar otras el zonas del territorio sirio, para ganar influencia en la discusión internacional sobre el futuro político del país.
                
Alertado por esta primera consecuencia del desaguisado, el Pentágono ha intentado hacer virtud de la necesidad y se ha esforzado por explicar que la decisión del presidente no implica el aval a una hipotética ofensiva turca. El propio Trump, ansioso por limitar daños, aseguró en un tweet que podría “destruir la economía turca” (sic) si Erdogan intentara sacar provecho de la situación.
                
Pero eso es exactamente lo que el llamado nuevo sultán turco pretendía justamente con su llamada telefónica al despacho oval: obtener una luz verde implícita para imponer una nueva realidad acorde a sus intereses en la frontera turco-siria.
                
No sólo ha habido precipitado y juicio deficiente en el presidente hotelero. Puede decirse que Erdogan forma parte de la corte de autócratas internacionales con los que Trump confiesa sentirse especialmente a gusto, él a quien incomodan los dirigentes aliados a los que considera demasiados convencionales y aprovechados, muchos de ellos.
                
¿OXÍGENO PARA EL DAESH?
                
Aparte de alentar el rebrote del nunca resuelto conflicto turco-kurdo, la retirada militar norteamericana del norte de Siria puede dar oxígeno al Estado Islámico. Los extremistas islámicos pueden estar derrotados, pero no eliminados, a pesar de la retórica triunfalista de Trump. Consideran los expertos que la retirada militar norteamericana puede propiciar una recuperación logística y militar del Daesh, una vez que Turquía haya forzado la evacuación de las milicias kurdas. El previsible vacío de poder incitará a los extremistas islámicos que se verán libre de vigilancia y a otros muchos que permanecen agazapados, durmientes o en reserva, tanto en Siria como en Irak, a reagruparse y fortalecerse en esa zona fronteriza.
                
Para Trump resulta especialmente negativo que su decisión haya sido criticada sin  suavidad por algunos de sus principales aliados en el Congreso como el jefe de la minoría republicana en la Cámara, Mitch McDonnell, o el senador Lindsey Graham, quienes consideran que sólo los enemigos de Estados Unidos se verán beneficiados: el régimen sirio, Irán y Rusia.
                
No es descartable que el entramado político-diplomático-militar norteamericano exagere los riesgos de la decisión de un presidente sometido a una presión tremenda por sus vergonzosos chalaneos con dirigentes mundiales para obtener basura que arrojar a sus oponentes políticos. Es cierto que Trump prometió acabar con las guerras interminables e inútiles en Oriente Medio y que buena parte de la opinión pública lo apoya en esa posición. Pero hay formas y formas de actuar en procura de un objetivo razonable y deseable. Y Trump lo ha vuelto a hacer, como dice agudamente el profesor de Harvard Stephen Walt (5), de la peor manera posible.


NOTAS

(1) Defying Pentagon, Trump endorses Turkish operation in Syria”. LARA SELIGMAN. FOREIGN POLICY, 7 de octubre.     

(2) “Hard truths in Syria”. BRETT MC GURK. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2019.

(3) “Does Donald Trump know what his Syria policy is? EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 7 de octubre.

(4) “Syrian Kurds see American betrayal and warn fight against ISIS is now in doubt”. THE WASHINGTON POST, 8 de octubre.

(5) “Welcome to the Impeachment Foreign Policy”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 7 de octubre.

EE.UU.: LA CAJA DE LOS TRUENOS DEL IMPEACHMENT


25 de septiembre de 2019
                 
Lo que no consiguió el informe Mueller lo ha puesto en marcha la denuncia anónima y en origen discreta de un miembro de los servicios de inteligencia. Si en el caso del Rusiagate no pareció encontrarse la pistola humeante, la prueba fatal que pusiera al turbulento presidente en el disparadero de su posible impeachment (destitución), en esta conexión ucraniana todo ha ido más rápido. Lo que no quiere decir que Trump tenga los meses contados, ni mucho menos. Pero ya no parece tan seguro el blindaje de la mayoría republicana en el Senado, que será, a la postre, el órgano de poder que decida la suerte del presidente.  
                
Un anónimo denunciante (whistleblower), perteneciente al servicio interior de la Casa Blanca, ejerció la prerrogativa legal (casi una obligación ciudadana) de informar de unos comentarios, que él estimó no apropiados, vertidos por el Presidente durante una conversación telefónica con su colega de Ucrania, a finales de julio. Según revelaciones periodísticas, Trump habría presionado al joven y  neófito Zelensky para que los servicios secretos ucranianos investigaran los negocios en aquel país del hijo del exvicepresidente norteamericano y precandidato presidencial Joe Biden y el papel que éste pudiera haber jugado en ellos, ya que Obama lo había encargado de seguir de cerca la situación en Ucrania. Entretanto, la Casa Blanca había congelado un paquete de ayuda de 400 millones de dólares al gobierno de Kiev, aprobado previamente por el Legislativo. La Casa Blanca asegura que esa decisión había sido adoptada antes de las conversaciones entre los presidentes. ¿Fue así?
               
EL DILEMA RECURRENTE DE LOS DEMÓCRATAS
                
Nada más saltar a la luz estos detalles, volvió a plantearse el debate sobre la capacidad y la honestidad de Trump para ejercer el cargo. No tardó en resurgir la opción del impeachment, alentada por un sector de la oposición demócrata. Pero su líder legislativo, la octogenaria presidenta de la Cámara de Representantes (tercer cargo del país en el escalafón institucional) se mostraba renuente. Como había hecho durante la trama rusa, incluso después de hacerse público el informe Mueller.
                
Pelosi estaba arropada por un nutrido sector de congresistas demócratas, recelosos ante una operación política muy arriesgada. Guiados por el cálculo coste-beneficio más que por consideraciones de moral política, estimaban que no estaba garantizado que la conducta delictiva del presidente pudiera queda completamente esclarecida y sabían que los republicanos, mayoritarios en el Senado, protegerían a Trump, por muy hartos que algunos estuvieran de él.
                
Los demócratas siempre han estado divididos sobre cómo había que tratar las maniobras torticeras de Trump para hacerse con la presidencia. Los más moderados consideraban que un intento de echarlo por una vía que no fuera la electoral podría convertirse en un boomerang político y terminar por reforzarlo. El ala progresista, reforzada tras las elecciones legislativas de medio mandato de 2018, pugnaban por una actitud de máxima beligerancia. Pelosi siempre estuvo del lado de los primeros
                
Cuando estalló este escándalo ucraniano, la semana pasada, tampoco Pelosi se sintió inicialmente muy inclinada a usar ese botón nuclear de la política norteamericana que es la destitución de un presidente. No creía que, pese a tratarse de un asunto más sencillo, más fácilmente comprobable que el Rusiagate, sus rivales republicanos fueran a modificar su actitud protectora del presidente.
                
Pero el empecinamiento del equipo presidencial en despreciar al legislativo modificó la tradicional posición cautelosa de los demócratas. La Casa Blanca se negó durante varios días a que los responsables de inteligencia informaran al Congreso de las conversaciones entre Trump y Zelinsky y de las actuaciones posteriores.
                
En la tarde del martes, la remisa Nancy Pelosi giraba por fin el pulgar hacía abajo y anunciaba el inicio del procedimiento del impeachment o destitución del presidente. La conexión ucraniana anuncia un pulso tremendo entre la Mansión de los Horrores en que se ha convertido la Casa Blanca y el Templo de las indecisiones a que ha quedado reducido el Capitolio.
                
EL HEDOR DEL DESPACHO OVAL
                
Un intenso olor a podrido se desprende de estas conexiones ucranianas. Un país, Ucrania, sumido en una profunda crisis económica, social y política por una guerra de secesión que parece lejos de resolverse satisfactoriamente. Un presidente inexperto, Zelensky, actor de profesión, pretendidamente renovador pero enfeudado a los intereses económicos de su patrón, protector y financiador.
                
Un exvicepresidente y precandidato, Biden, sobre el que pesa la sospecha de actuar como protector de los negocios inexplicables de su hijo Hunter, en un país corroído por el poder informal pero inmenso de los oligarcas herederos del comunismo en ruinas.
                
Un presidente norteamericano en ejercicio, Trump, que podría haber presionado a otro jefe de Estado para que investigara a un ciudadano estadounidense que además es uno de los políticos más destacados de su país y su posible rival electoral en 2020, cuando todavía no se ha esclarecido su responsabilidad en la manipulación de 2016, con la presunta cooperación de otra potencia, Rusia, enemiga bélica de la que ahora aparece implicada.
                
Al Congreso se le ha regateado (¿hurtado?) información, lo que convierte el escándalo en un potencial conflicto institucional explosivo y destructivo hasta límites solo imaginables para guionistas desesperados por crear historias de ficción que superen de nuevo a la realidad.
                
Cuando parecía haberse diluido en las brumas del río Potomac la sombra del impeachment presidencial precipitada por los lazos rusos (Russia links) del presidente hotelero, emerge de las aguas turbias de los aparatos de inteligencia otro monstruo igualmente devorador de titulares y pantallas. ¿Ha pretendido el candidato-presidente recabar material comprometedor para el exvicepresidente-candidato como ya hiciera con Hillary? ¿Estamos ante otro caso de juego sucio en el pestífero entorno poder/dinero de Washington?
                
Por la Avenida de Pennsylvania se puede intuir ya el desfile de todos los fantasmas políticos de la reciente historia norteamericana, con sus etiquetas bien visibles colgadas del cuello: Nixon (Watergate), Reagan (Irán-Contras), Bill Clinton (Whitewater, Lewinsky)... Trump ha comprado muchos boletos para unirse al cortejo.
                
El escándalo  no sólo arroja sombras espesas sobre la Casa Blanca. También altera las previsiones electorales. Sea destituido o no, es previsible que el presidente sufra un serio desgaste en este proceso. Y Biden, hasta hace poco el front-runner (favorito) demócrata, puede ver arruinadas sus opciones si la investigación del caso arroja datos comprometedores sobre su conducta. El otoño político norteamericano promete cotas máximas de intensidad.              
                 

CON UN OJO EN IRÁN Y OTRO EN ISRAEL

18 de septiembre de 2019

           
Los ataques del pasado fin de semana contra instalaciones petrolíferas saudíes, cuya autoría aún está por verificar, las dudas de Trump sobre la respuesta a aplicar en caso de que Irán sea señalado como responsable, el punto muerto político que han dejado las elecciones en Israel -las segundas en seis meses-, el atasco en la culminación de la guerra siria por las operaciones militares inconclusas en el norte y el problema de difícil absorción de las miles de personas desplazadas componen un inquietante panorama incluso para una zona ya de por si preocupante como es Oriente Medio.
                
RESPUESTA Y POSTUREO            
                
Arabia Saudí dice haber reparado los daños ocasionados por los ataques con drones en sus instalaciones de Abqiq y Kurais, donde se procesa el 6% de la oferta mundial de crudo. Los precios subieron más de un 20% pero luego bajaron hasta un poco, aunque no al nivel anterior a la crisis. En todo caso, el perjuicio económico inmediato no parece el problema mayor. El dilema de la respuesta se plantea en términos de prestigio.
                
La Casa Saud ha señalado automáticamente a Irán como el villano y se niega a aceptar que hayan sido los protegidos houthis yemeníes de Teherán quienes pasen por los autores del ataque. El Secretario Pompeo se apresuró a comprar esta versión. La monarquía petrolera quiere de Washington una respuesta contundente, un escarmiento que no deje lugar a dudas sobre su compromiso con el suministro de crudo y la seguridad del Reino (1).
                
Pero a Trump no le seduce el riesgo y se ha comportado de modo similar a como lo hizo en primavera: alarde de músculo y determinación (“locked and loaded”) pero pies de plomo sobre una represalia militar efectiva. Antes de la crisis, estaba dando vueltas a una cumbre efectista con el Presidente de Irán, el moderado Rohani, coincidiendo con las sesiones de la Asamblea General de la ONU en Nueva York. El ataque ha hecho imposible el evento...  por ahora.
                
Finalmente, la decisión de endurecer las sanciones económicas, ya de por si severas a día de hoy, y la posición radicalmente contraria del Guía de la Revolución, el anciano e intransigente Jameini, ha acabado con el espejismo diplomático (2).
                
El presidente norteamericano ya está en precampaña por su reelección, la situación económica es razonablemente positiva (aunque no espléndida como él pretende) y en las filas demócratas todavía no se percibe confianza en un triunfo en 2020. No quiere estropear el presidente hotelero estas perspectivas favorables de la temporada que viene. Una escalada militar con Irán le complicaría las cosas, fuera cual fuera el resultado final, e iría en contra de sus promesas e instintos, completamente opuestos a seguir enfangándose en guerras, cuando el intrincado e incierto conflicto comercial con China ya supone amenazas mayores. El cese del belicoso Bolton abona esta impresión de la reticencia de Trump a que se le vayan las cosas de las manos en una región que Washington lleva decenios tratando de controlar sin resultado.
                
Si hubiera otro incidente, podría ser inevitable una respuesta militar, cosmética o real, pero reducida y limitada, para salvar la cara u honrar el prestigio, como señalan algunos analistas estos días (3). Una deriva muy distinta sería una sorpresa, aunque nunca se pueden hacer pronósticos con el errático inquilino de la caótica Casa Blanca actual.
                
EL OCASO DE NETANYAHU
                
La incertidumbre en Israel presenta perfiles dramáticos, pero su gestión puede resultar de gran importancia para el juego de equilibrios en la región. Las elecciones no han arrojado una mayoría de gobierno clara. El Likud liderado por el actual primer ministro ha obtenido uno o dos diputados menos (aún no hay datos definitivos) que el bloque centrista Kahol Lavan (Azul y Blanco), encabezado por tres exjefes militares.
                
Con respecto a las elecciones de abril, el resultado es ligeramente peor para el incombustible Netanyahu. La defección de Liebermann, el político derechista de origen ruso, otrora amigo y ahora encarnizado rival del astuto primer ministro, forzó la repetición de los comicios (4). Israel Beiteinu (Nuestra casa Israel) obtendría ocho o nueve diputados en la Knesset (Parlamento), lo que convierte a su líder en king-maker, en la clave para decidir el rumbo político inmediato del país. Su propuesta es clara: un gobierno de gran coalición que acuerde líneas de consenso y, sobre todo, acabe con los privilegios de los religiosos, un sector social y político y social que ha sido clave para que Netanyahu se mantenga en el poder.
                
El problema es que Benny Gantz y los otros líderes del bloque centrista Azul y Blanco no quieren gobernar con Netanyahu no sólo por una profunda desconfianza, sino porque tal opción supondría aceptar un blindaje legal del primer ministro, que afronta tres procesos judiciales por corrupción. Es sabido que Netanyahu pretende introducir cambios legislativos que obstaculizarían la acción de la Justicia en casos como el suyo. Ayudarlo a conseguirlo implicaría complicidad por parte del actual bloque opositor principal (5).
                
Gantz y los generales moderados tampoco pueden gobernar sin el apoyo del político de origen ruso. No les bastaría el voto favorable de laboristas y socialistas (11 escaños, según los datos provisionales). Ni siquiera el de la formación de los árabes israelíes, que se han vuelto a presentar unidos en la Lista Conjunta y se han convertido en la tercera fuerza política de la Knesset con 12 escaños estimados.
                
Netanyahu, eso puede darse por seguro, hará todo lo posible por conseguir un “gobierno sionista fuerte”, como él mismo ha dicho nada más darse a conocer los resultados provisionales. Tratará de engatusar a Lieberman, a quien promocionó, manipuló y utilizó hasta que otras urgencias políticas le obligaron a sacrificarlo y atender preferentemente a los religiosos, cuya deriva extremista es cada vez más acusada (6).
                
El animal político israelí más implacable desde Golda Meier ha demostrado que está dispuesto a lo que sea para mantenerse en el poder. Ya ha terminado de aplicar la puntilla al moribundo proceso de paz con los palestinos, al comprometerse a anexionarse el Valle del Jordán, si continúa al frente del gobierno, lo que haría inviable un estado palestino independiente. Puede desdecirse o aplazar este designio, por supuesto, pero en estos momentos padece el mal de la manta corta: si se tapa la cabeza (acuerdo con Lieberman), se quedaría con los pies fríos (abandono de los nacionalistas radicales y de los ultraortodoxos).
                
Conociendo al personaje, encontrará la manera de intentarlo. No se rendirá así como así, sabiendo que tampoco sus rivales tienen una solución fácil a su alcance. Ahora no está luchando por la supervivencia: la batalla en curso es por su libertad, para evitar la cárcel. Peleará más que nunca. Al cabo, no son descartables unas terceras elecciones.
                
Otros frentes de conflicto en Oriente Medio (Siria, Turquía, Líbano, Yemen) dependen en cierta medida de lo que ocurra con el pulso en estos dos escenarios centrales.


NOTAS

(1) “A credibility test to U.S.-Saudi defense relations and Iran deterrence”. MICHEL KNIGHTS. THE WASHINGTON INSTITUTE ON THE NEAR EAST, 16 de septiembre;

(2) “This is the moment that decides the future of the Middle East”. STEVEN COOK. FOREIGN POLICY, 17 de septiembre.

(3) “Experts react to the attack on Saudi oil facilities”. SAMANTHA GROSS, SUZANNE MALONEY, BRUCE RIEDEL y DANIEL BYMAN. BROOKINGS INSTITUTION, 17 de septiembre.

(4) “Israel elections could turn on ugly breakup of an odd couple”. DAVID HALBFINGER y ISABEL KESHNER. THE NEW YORK TIMES, 16 de septiembre.

(5) “On the Eve of Israel’s do-ever: final maneuvers and coalition possibilities”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON THE NEAR EAST, 16 de septiembre; Israel’s elections redux: What you need to know. NATHAN SACHS. BROOKINGS INSTITUTION, 13 de septiembre.

(6) “The increasingly right stuff: religious parties in Israel’s upcoming elections”. DAVID POLLOCK y TAMAR HERMANN. THE WASHINGTON INSTITUTE ON THE NEAR EAST, 5 de septiembre.

DIPLOMACIA: ARTE Y CHAPUZA

11 de septiembre de 2019


La Diplomacia (así, con mayúsculas) bien puede considerarse un arte, en tanto que consigue hacer posible lo aparentemente imposible, cuál es convertir en acuerdo los conflictos, o embellecer la convivencia de intereses contrapuestos. Ciertamente, abundan los ejemplos en los que esta disciplina es un ejercicio de cinismo y se limita a disimular, esconder o impostar mecanismos de dominación. En contraste, la diplomacia (con minúsculas) se usa   como tapadera de la chapuza. En las últimas semanas hemos asistido a ejemplos de todas estas variables, que no resulta difícil identificar.
               
SUTILEZAS GALAS
                
Los franceses tienen una expresión muy significativa que encuentra una aplicación muy frecuente en diplomacia: jouer au chaud et au froid (jugar al caliente y al frío). Presionar y relajar. Retirarse y acercarse. Amagar con romper para favorecer un pacto. Practicar este juego requiere disfrutar de una posición de poder con cierta solidez, pero no necesariamente la predominante. Es el ejercicio inteligente de la diplomacia lo que puede otorgar la ventaja.
                
La escuela francesa de diplomacia ha practicado estas y otras técnicas durante siglos, desde los tiempos del absolutismo luisiano hasta esta época del republicanismo con aires coronados del sistema político vigente.  El gaullismo transformó el parlamentarismo para conferir al Jefe del Estado no sólo mayores atribuciones, sino una estatura internacional más visible, una personalización de la grandeur. En un mundo bipolar, el prestigio de Francia pasaba por procurarse un hueco, hacer oír su voz: entre los aliados occidentales (EEUU, Reino Unido o Alemania) casi más que frente al enemigo oficial (URSS). Desde De Gaulle, todos los presidentes franceses se han entregado con más o menos entusiasmo a esta pulsión.
                
Macron no es una excepción, pese a su juventud o a su pretendida frescura, a su modernidad tecnocrática, a sus aires de espontaneidad revisionista de las tradicionales estructuras de poder, a su pretendida superioridad de los rígidos esquemas partidistas (cada día más olvidados). Como les ha ocurrido a muchos de sus antecesores, el actual presidente atraviesa el meridiano de su mandato impulsado por la ambición exterior. Los accidentes domésticos, lejos de resolverse, no serán el principal cometido de sus desvelos, que delegará en sus prefectos (jefe de gobierno, ministros, operadores políticos leales del cada día más partido y menos movimiento). El jefe del Estado se concentrará en la gestión de un orden mundial en crisis, de unos valores amenazados por viejos y nuevos demonios, en procura de un liderazgo ahora huérfano o, peor aún, pervertido por desvaríos peligrosos.
                
La reciente reunión del G7 ha sido la ceremonia de lanzamiento de esta pretensión. Los resultados fueron modestos; la proyección, ambiciosa. Macron logró un reconocimiento generalizado. Se ha erigido en una especie de primus inter pares, de viga maestra en una arquitectura mundial plagada de grietas. Ha conseguido lo que previamente le había resultado esquivo: evitar que el presidente hotelero reventara la cumbre, al embridar sus peores instintos, halagar su vanidad y reducir a la nada sus repentes infantiles. En Europa, patio cercano, ha cogido por fin el testigo de la canciller alemana, que no ha opuesto resistencia, tanto por vocación como por necesidad: está de despedida y no es mujer de amagos.
                
El presidente francés ya está preparando el decorado y ha cursado las primeras invitaciones. El principal llamado a escena será su colega ruso, Vladimir Putin. Dos ministros franceses ya han hecho esta semana el camino de Moscú para afinar los preparativos (1).
                
LA VÍA RUSA
                
“Hay que recuperar a Rusia”, es el mantra de estos días en el Eliseo. Resulta imperativo “redefinir las relaciones con Moscú”, si se quiere emplear una expresión más oficial. Objetivo que va más allá de la dimensión bilateral: según el propio Macron, “la aproximación de Rusia y Europa” será el tema clave de la diplomacia francesa (2). Helás! Rusia como avenida del renacido liderazgo francés en la UE. Con o sin eje franco-alemán. Con o sin el Reino Unido.
                
Estos días se ha dejado claro que París no está dispuesta a  conceder a Londres otra prórroga del Brexit. Se juega al caliente (nada de concesiones) pero se deja abierto el enfriamiento de las tensiones (“en las circunstancias actuales”). Macron no quiere más retrasos en su designio de “transformar Europa”. Otra evocación gaullista: el General nunca vio con buenos ojos sentar a las islas británicas en el continente. De nuevo hoy, parece haber más querencia en París por la decimonónica alianza franco-rusa que por la entente cordiale.
                
No se trata de nostalgia, por supuesto. Es puro pragmatismo. Macron plantea la aproximación a Moscú como una “utilidad estratégica”. Cuanto más cerca esté Rusia de Europa, más alejada estará de China. Cuanto más se acerque Europa a los Urales más autónoma será de Estados Unidos en esta época de desapego transatlántico y mayor será la influencia europea en Oriente Medio, donde Moscú ha recuperado influencia y poderío. Crimea no debe caer en el olvido pero tiene que dejar de ser un problema (3).
                
Los detalles y sutilezas diplomáticas francesas de este plato debieron formar parte del menú con que Macron agasajó a Trump en una terraza de Biarritz. Pero es improbable que el huésped fuera capaz de digerirlas. El presidente hotelero viaja siempre con prisas, con la vista puesta más en sus recorridos de golf en Florida que en las citas diplomáticas, incluso las más simbólicas, como el octogésimo aniversario de la invasión nazi de Polonia. Trump canceló el viaje con la excusa insostenible del huracán Dorian. Poco le importó que los actuales dirigentes polacos sean de los pocos en Europa que le hacen la ola (4). Ocasión diplomática malgastada.
                
EL EMBROLLO AFGANO
                
Al cabo, ni siquiera se maneja bien Trump en el oportunismo. No contento con hacer el ridículo al timón de la resistencia contra el huracán, dejó escapar sus ramalazos autoritarios al amenazar con despedir a quienes dieran información rigurosa. El presidente de las 12.000 mentiras en 900 días no puede hacer otra cosa que castigar la verdad.
                
No ha sido el único estropicio de la semana. A los afanes profesionales por forjar un acuerdo en Afganistán (si no de paz, al menos de no guerra), desempeñados por el embajador Zalmay Jalilzad (afgano de origen), respondía el spoiler en jefe desbaratándolo todo. La vanidad le impedía coronar años de esfuerzo con una simple firma, y ya. Trump quería ser protagonista de algo que ni entiende ni le importa, salvo para sacarle jugo electoral.
                
Para solemnizar la ocasión, a él se le ocurrió o asumió la peregrina idea de invitar a los líderes taliban a Camp David, pequeño templo de la recogida presidencial, para solemnizar el principio del fin del conflicto, justo en el aniversario de su origen (11 de septiembre), fecha del mayor trauma nacional del siglo. Y no sólo eso: se concibió una cumbre tripartita, Trump, los taliban y el presidente afgano, cuando éste último ha sido excluido de las negociaciones, con el requiebro de que, en esta fase, se trataba de acordar las condiciones de una retirada militar norteamericana, aunque todo el mundo sabía que era una imposición talibán (5). Un plan “catastrófico”, según Ryan Croker, otro exembajador norteamericano en Afganistán (6).
                
Al hacerse público, había  que salir del embrollo y se hizo con otra torpeza similar (6). A pesar de que en el último año, durante el cénit de las negociaciones, se han registrado más de una docena de muertes de soldados norteamericanos, el fallecimiento de un marine en un atentado suicida la última semana sirvió como excusa no sólo para suspender la cumbre, sino para congelar las negociaciones sine die (7).
                
Y, como daño colateral, el triturador de altos cargos aprovechó para enseñarle la puerta de salida de la Casa Blanca a su consejero de seguridad nacional, el tercero en tres años. El aguerrido Bolton, un neocon superviviente, se había mostrado hostil a esas veleidades conciliatorias/electoralistas de Trump “con los enemigos de América” (los taliban, claro, pero también los ayatollahs, el norcoreano Kim; y Putin, por supuesto), en discordancia con el mucho más acomodaticio Mike Pompeo, Secretario de Estado y responsable de la diplomacia. ¿Sospechó Trump que Bolton había filtrado el secreto de la cumbre en Camp David para arruinarla?
                
En todo caso, se ha transitado así de la diplomacia como arte de lo casi imposible (instalar al díscolo Afganistán en un sendero de conciliación) a la diplomacia como tapadera fallida de la chapuza precipitada por el oportunismo y la ignorante arrogancia.  

NOTAS

(1) “Macron assume son virage russe”. MARC SEMO. LE MONDE, 7 de septiembre.

(2) “Por Paris, il est urgent récupérer Moscú”. COURRIER INTERNATIONAL, 9 de septiembre.

(3) Entrevista con Florence Parly, ministra francesa de Defensa. LE MONDE, 7 de septiembre.

(4) “Poland’s leaders are the better Trumps”. MITCHELL A. ORENSTEIN. FOREIGN POLICY, 30 de agosto.

(5) “How Trump’s plan secretly meet with the Taliban came together, and fell apart”. THE NEW YORK TIMES, 8 de septiembre.

(6) “Trump’s approach to Afghanistan ‘confusing his own negotiators’”. (Entrevista con Ryan Croker). FOREIGN POLICY, 10 de septiembre.

(7) “Trumps pronounces Taliban agreement ‘dead’ and peace talks over”. THE WASHINGTON POST, 10 de septiembre.