LA REINVENCIÓN DE PUTIN

22 de enero de 2020

                
Todos los rusólogos -o mejor, los putinólogos- andan estos días tratando de escudriñar lo que el presidente ruso esconde -o protege- detrás del anuncio de próximas modificaciones constitucionales y de la ya acometida recomposición del gobierno y otros órganos de poder.
                
De momento, Putin dispone de un nuevo ejecutivo. Al frente ha colocado a Mijail Mishustin, un tecnócrata que se encargaba hasta ahora del sistema impositivo, donde, según opinión compartida, había demostrado su eficacia y su implacabilidad (1). Lo que no obsta para que necesariamente se aplicara los principios de rigor a si mismo. Circulan informaciones sobre manejos turbios de sus propiedades y prácticas fiscales evasivas, que él ha negado.
                
Sospechas aparte, el perfil de Mishustin ofrece pistas sobre lo que Putin espera de este gobierno remasterizado: gestión pura y dura. Tecnocracia, sí, pero autoritaria, según el modelo muñido pacientemente por el gran patrón (2) . El funcionariado al que representa el nuevo jefe del gobierno mantiene estrechas relaciones y comunión de intereses con los siloviki, la casta del personal de seguridad de la que procede el propio Putin.
                
En el gobierno permanecen los mismos pesos pesados, responsables de las carteras de fuerza (Defensa, Interior, Seguridad) y otros departamentos clave (Exteriores, Finanzas, Energía). De los treinta ministros sólo diez son nuevos, la mayoría en departamentos sociales y económicos, telón de Aquiles del estancado aparato productivo ruso.
                
El nombramiento de Mishustin ha supuesto el aparente desplazamiento del hasta ahora más fiel delfín de Putin, Dimitri Medvedev, con quien practicó el gambito de puestos (presidencia y  jefatura del gobierno) entre 2008 y 2012, para seguir controlando de hecho el poder efectivo.
                
Medvedev no ha sido jubilado: Putin lo mantiene a su lado, en la vicepresidencia del Consejo de Seguridad, un órgano que controla las parcelas más sensibles del Estado, una especie de gobierno dentro del gobierno o de gobierno por encima del gobierno. Sería, mutatis mutandis, una especie de Politburó de estos tiempos.
                
Estos cambios -y otros de menor trascendencia- han coincidido con el anuncio de una reforma constitucional, de la que aún no se sabe más que algunas pinceladas y que será sometida a “consulta ciudadana” (o sea, a referéndum).
                
Los elementos más destacados de la reforma son los siguientes:
                
- refuerzo de los poderes de la Duma o Parlamento (nombramiento de algunos ministros y del propio primer ministro, y no sólo ratificación, como hasta ahora).
                
- eliminación de la limitación de mandatos del Jefe del Estados (ahora son dos, consecutivos).
                
- poderes adicionales para el Consejo de Estado, un órgano consultivo de escasa relevancia hasta la fecha.
                
- más restricciones para optar al puesto de Presidente, relacionadas con el tiempo de residencia en Rusia y otros requisitos administrativos (un filtro ad hominem para eliminar a competidores conocidos como el popular dirigente opositor Navalny).
               
- preeminencia de la constitución rusa sobre las leyes internacionales, un blindaje legal de inspiración nacionalista contra las interferencias extranjeras en asuntos internos.
                
GATOPARDO A LA RUSA
                
Hasta aquí lo que se sabe. Y a partir de aquí, las especulaciones. Se hacen quinielas sobre el papel que Putin se reserva para sí y acerca de cómo ha diseñado el futuro de su reinado, después de veinte años manejando el timón. El líder lo ha hecho con tiempo: su actual mandato expira en 2024. Con la constitución actual, no podría presentarse a la reelección. Nadie cree que Putin, 67 años, haya pensado en retirarse (3). Las elucubraciones se disparan. Estos son los puestos en que los putinólogos (4) sitúan a Putin dentro de cuatro años.
                
1) La eliminación de los límites de mandatos presidenciales le permitiría optar de nuevo a la reelección.  Es la opción más obvia, pero el resto de cambios hace que los expertos se inclinen por salidas más alambicadas.
                
2) El Consejo de Estado con poderes reforzados es el destino al que apuntan muchas de las predicciones. Sería un órgano de vigilancia de ese proyecto de reconstrucción nacional de la Gran Rusia del que Putin habla confusa pero solemnemente en ocasiones. Putin ya preside este organismo, pero en su nueva configuración lo haría de forma vitalicia o ilimitada. Pasaría a ser una especie de Padre de la Nación. Algo parecido al papel que jugó Deng en China cuando se retiró de la primera línea institucional, o, salvando las distancias culturales y política, lo que representa Ali Jamenei en la teocracia iraní: un garante de las esencias.
                
3) El Consejo de Seguridad, solución menos solemne, más pragmática. El ejemplo más cercano es Kazastán. El expresidente Nursultán Nazarbayev, líder de la independencia en el periodo de descomposición de la URSS, asumió ese puesto para seguir pilotando la nación, cuando abandonó la jefatura del Estado el año pasado.
                
4) La Duma, reforzada en sus atribuciones de nombramientos gubernamentales, le daría a Putin la facultad de elegir a los que gobiernen, controlarlos y someterlos a escrutinio. Parece la opción más improbable.
                
Estas alternativas reflejarían la aplicación del famoso axioma de Lampedusa contado en El Gatopardo: cambiar aparentemente cosas para que nada cambie en realidad.
                
¿STALIN O ANDRÓPOV?
                
La inmensa mayoría de analistas atribuyen a Putin la intención de perpetuarse en el poder y convertirse en el dirigente más longevo de la Patria (ahora sólo le supera Stalin). Y, sin embargo, hay que considerado si Putin, en realidad, ha piensa en abandonar el poder, pero dejando establecida una arquitectura de poder que garantice hasta donde sea posible la continuidad de su proyecto. Atado y bien atado.
                
El responsable de Eurasia en el Instituto de investigación en política exterior, Chris Miller, recuerda que el maestro e inspirador de Putin fue Yuri Andrópov, su jefe durante mucho años en el KGB, efímero líder soviético entre 1983 y 1984 y mentor público de Gorbachov. Andrópov accedió a la cúspide PCUS sabedor de que no viviría mucho; por tanto, su intención no era desarrollar un proyecto de liderazgo sino encauzar un sistema a la deriva y seleccionar al encargado de conducir el barco en momentos tan delicados (5).               Incluso se ha apuntado la posibilidad de que Putin, como Andropov en su día, estuviera también enfermo, pero no parece que esta especulación tenga fundamento alguno. 
                
Lo que es seguro es que seguirán haciéndose cábalas hasta que el líder ruso desvele sus verdaderas intenciones.


NOTAS

(1) “Mikhaïl Michoustine, spécialiste des impôts et poète à ses heures, désigné premier minister russe”. LE MONDE, 18 de enero.

(2) “Russia’s new prime minister augurs Techno-Authoritarianism”. JOSEPH W. SULLIVAN. FOREIGN POLICY, 20 de enero.

(3) “Putin, the Great. Russia’s Imperial impostor”. SUSAN B. GLASSER.  FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre 2019.

(4) “Did Putin just appoint himself President for life?”. DIMITRI TENIN, ALEXANDER BAUNOV, ANDREI KOLESNIKOV Y TATIANA STANOVAYA). CARNEGIE MOSCOW CENTER, 17 de enero.

(5) “Succession and Punishment”. CHRIS MILLER. FOREIGN POLICY, 21 de enero.

TRINCHERAS Y DESPACHOS

15 de enero de 2020

                
Tres conflictos concitan ahora la atención prioritaria de las principales cancillerías mundiales: la guerra libia, la lucha antiyihadista en el Sahel africano y los coletazos de la crisis entre Irán y Estados Unidos. En todos ellos, las maniobras de despacho, políticas o diplomáticas, (lo que Metternich llamó la “continuación de la guerra por otros medios) se han desplegado con similar intensidad que las propias operaciones militares.
                
LIBIA: LA HORA DE LAS POTENCIAS SECUNDARIAS
                
La guerra libia se encuentra a las puertas de la capital, Tripoli desde finales de noviembre. En el conflicto se oponen, básicamente, dos bandos irreconciliables: uno, de corte autoritario (el Ejército Nacional Libio), bajo el liderazgo del general Haftar; y el otro, una débil coalición entre milicias antigadafistas de primera hora e islamistas blandos, que forman un llamado Gobierno del Acuerdo Nacional (GAN), liderado por Faiez Sarraj y reconocido por la ONU. Pero estos dos bandos no son en absoluto homogéneos.
                
El general Haftar ha conquistado Sirte, una localidad estratégica situada entre Tripoli y Misrata, una ciudad situada más al oeste, donde se acantonan los milicianos que apoyan al gobierno central de Sarraj. En la operación han sido decisivos los gadafistas, ya que Sirte es la ciudad natal del dictador libio asesinado en 2011 y del clan de los Gaddafa y los Warfalla, que le daban cobertura.  La alianza entre el general y los  partidarios del anterior líder libio es coyuntural e interesada, como explica la investigadora francesa Virginie Collombier (1).
                
De hecho, Haftar rompió con Gaddaffi antes de unirse a la CIA, para después seguir la aventura por su cuenta. Les une al odio a los islamistas, aunque algunos de estos grupos, resentidos con el GNA, se han pasado momentáneamente a su bando.
                
En todo caso, el conflicto libio podría no decidirse del todo en las trincheras, sino en los despachos, y en particular en los gabinetes de Moscú y Ankara. Rusia y Turquía apoyan a un bando distinto: Putin, a Haftar; Erdogan, a Sarraj. Los dos presidentes autoritarios han forjado un acuerdo de alto el fuego (2), después de que los rusos hubieran apoyado al ALN con mercenarios (Rusia) y los turcos al GAN con milicias veteranas de Siria, armamento y un pacto de colaboración de posguerra (3).
                
Occidente, que desencadenó el conflicto con su intervención en contra del régimen de Gaddaffi, amparado en el argumento de proteger a la población de la represión, se ve ahora fuera del juego de los despachos. Estados Unidos juega sus bazas, pero Trump no tiene mucho interés en esa guerra, y menos en año electoral. La UE está dividida, con Francia jugando a dos barajas, al menos durante un tiempo, e indecisa por el riesgo a comprometerse más de lo conveniente. Tampoco es que Erdogan y Putin tengan garantizado salir indemnes de este pandemónium libio. Las artimañas de despacho pueden mutarse en pesadilla sobre el terreno.
               
SAHEL: EL PRESTIGIO FRANCÉS
                
En el Sahel se está librando en los últimos años una de las guerras periféricas contra el yihadismo, con menor repercusión internacional que la de Siria o Irak. Francia, en virtud de su pasado colonial, asumió la responsabilidad política, el coste material y el sacrificio humano. Se han ido sucediendo operaciones, sin resultado concluyente. Los gobiernos aliados del G5 (Mauritania, Mali, Burkina Fasso, Níger y Tchad) han sufrido ofensivas lacerantes y humillantes en los últimos meses. Incluso Francia se ha visto atrapada en emboscadas, la última de las cuales, en noviembre, causó la muerte de 13 militares del dispositivo Barkhane (4).
                
Esta intervención francesa, solicitada por los gobiernos de la zona, empieza a ser cuestionada por sectores de una población que sufre las consecuencias de un conflicto interminable. París se resintió de los reproches y exigió a los líderes de los cinco países que clarificaran su posición sobre la presencia militar francesa. Un órdago que hizo su efecto. Después de una inicial reacción de desagrado, que obligó a cancelar la cita en diciembre, Macron recondujo la situación y los reunió esta semana en la localidad pirenaica de Pau, con el resultado de un acuerdo diplomático que revalida la presencia militar francesa en el Sahel (5).
                
El alto mando galo cree que sin los 4.500 soldados franceses los gobierno locales habrían sucumbido a la ofensiva yihadista, liderada por la rama local del Daesh. En Pau se ha revisado la estrategia, aumentado en un centenar el contingente francés y, sobre todo, restringido las áreas de operaciones: a partir de ahora se concentrarán en las zonas fronterizas de Mali, Níger y Burkina. París teme que el conflicto se extienda a la ribera atlántica. En verano se valorará la evolución y se decidirá si se mantienen las tropas francesas (6).
                
Macron, el africano (como lo fuera Hollande, y antes Chirac), ya ha tenido su momento de liderazgo con resonancias neocoloniales en aquella zona feraz, terrible, pobre entre las pobres del mundo y siempre alejada de un horizonte prometedor. Ha conseguido en un castillo medieval de Pau lo que se le escapaba en las arenas esquivas del Sahel: apuntalar un cierto prestigio de potencia indispensable. Claro que los propios oficiales franceses admiten que siguen necesitando del apoyo logístico americano (los ubicuos drones) para cosechar triunfos en las trincheras invisibles del cinturón desértico africano.
               
IRÁN: LA REPRESALIA AUTOINFLIGIDA
                
La República Islámica ha cometido uno de esos errores que pesan en la conciencia y en el prestigio. El derribo, por error, del avión ucraniano que cubría la línea entre Irán y Canadá ha supuesto una enorme tragedia humana y un enorme daño autoinfligido, en un momento en que el régimen se presentaba en guisa de agraviado por el asesinato de su dirigente militar más admirado y temido. Haya o no más represalias que una salva de misiles contra una base norteamericana en Irak, sin muertos, Teherán ha convertido una decisión de despacho en una derrota en la trinchera del pulso con Estados Unidos.
                
Centenares de personas se han manifestado en Teherán e Isfahán para expresar su indignación por el derribo del avión. Más de la mitad de las 176 víctimas mortales eran de origen iraní (inmigrantes, supuestamente). La población reprocha al régimen sus mentiras, porque inicialmente declaró no ser responsable del suceso. Cuando las pruebas resultaron irrefutables, el propio responsable militar dijo en televisión, en tono de suprema contrición, que “prefería haber ardido con el resto de los pasajeros antes de pasar por una humillación semejante”.  Las manifestaciones contra América por el asesinato de Soleimani han mutado en reactivación de la cólera popular por la subida del precio de los combustibles, ahogada a sangre y fuego a últimos de noviembre. Irán ha disparado contra sí mismo.
                
Por su parte, Trump ha vuelto a ser cogido en falso, al desvelar altos cargos de su gobierno que no existían las evidencias de peligro inminente para cuatro embajadas en Oriente Medio, como invocó el presidente de las doce mil mentiras para dar la orden de ejecución del militar iraní. Trump juega a la guerra de propaganda, se quema las manos y  debilita aún más su credibilidad, en vísperas de la entrada en el Senado del impeachment. Es probable que esta cámara del legislativo, merced al voto de algunos republicanos alarmados por el Presidente, limite sus “poderes de guerra”.

NOTAS

(1) “En Libye, les khadafistes pensent que l’alliance avec Haftar leur permettra de revenir au pouvoir”. Entretien avec Virginie Collombier. LE MONDE, 7 de enero.

(2) “En Libye, le cessez-feu de Tripoli illustre l’influence de la médiation turco-russe” FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 13 de enero.

(3) “Ceasefire or escalation in Libya”. BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST, 10 de enero.

(4) “À Pau, le sommet de tous les espoirs ou de tous les dangers pour le Sahel? ANNE-SYLVESTRE-TREINER. COURRIER INTERNATIONAL, 13 de enero.

(5) Sahel: France et ses alliés face à l’urgence de djihadiste”. CHRISTOPHE CHÂTELOT. LE MONDE, 13 de enero.

(6) “Au Sahel, le nouveau visage de l’opération ‘Barkhane’”. NATALIE GOUBERT. LE MONDE, 13 de enero; À Pau, les pays de G5 et la France redéfinissent les priorités au Sahel”. COURRIER INTERNATIONAL, 14 de enero.

IRÁN: EL VÉRTIGO DE LA VENGANZA


 8 de enero de 2020
                
Desde que el pasado 3 de enero Estados Unidos asesinara Qassem Soleimani, el  líder militar iraní más emblemático, se hacen todo tipo de especulaciones sobre la respuesta de los ayatollahs. No tardó mucho en confirmarse lo que casi todo el mundo esperaba: Teherán anunció que dejará de someterse al acuerdo internacional sobre el uso de la energía nuclear. De hecho, tras la ruptura norteamericana, los iraníes habían incumplido provisiones menores del pacto. El Plan amplio y conjunto de Acción (JCPOA, por sus siglas en inglés) era ya casi papel mojado; hoy es historia. Este miércoles, misiles balísticos iraníes impactaron en dos bases norteamericanas en Irak, sin que,  se sepan los efectos personales.
                
EL FUTURO DE IRAK
                
Precisamente desde el lado iraquí resulta muy relevante la decisión del Parlamento nacional de demandar la retirada de las fuerzas militares norteamericanas. Conviene señalar, no obstante, que en la votación no estuvieron presentes los diputados kurdos y muchos sunníes. La mayoría parlamentaria está formada por fuerzas chiíes que se han venido resistiendo a la presencia de Estados Unidos en Irak desde 2003: son partidos creados a partir de milicias y sectores del chiismo inspirados, organizados, financiados y armados por Irán.
                
El consultor del Instituto de Washington para el Cercano Oriente Michael Knights, con tres lustros de experiencia en Irak, considera que Washington debe mantenerse firme en la consecución de tres objetivos fundamentales en aquel país: garantizar su soberanía frente a amenazas exteriores, asegurar su estabilidad y afianzar la democracia (1) La académica de Harvard y antigua consejera de G.W. Bush, Megan O’Sullivan, propone que EE.UU. renueve su compromiso con Iraq y, entre otras cosas, comparta con ese país sus redes de inteligencia, como paso para la restauración de la confianza (2).
                
Disiente de este optimismo otro analista con amplia experiencia en la zona, Steven Cook (miembro de la administración Obama, ahora consultor senior en el influyente Consejo de Relaciones exteriores). En su opinión, Irán ha ganado la batalla de Irak y lo mejor que puede hacer Estados Unidos es admitirlo y retirarse, cuanto antes mejor (3).
                
ESCENARIOS DE LA ESCALADA
                
Aparte de estas contingencias previstas (acuerdo nuclear, Irak y ataques limitados), se multiplican análisis sobre la espiral de las represalias. Los expertos contemplan un abanico desde el optimismo voluntarista al pesimismo extremo, según una graduación de la gravedad, que he condensado así:
                 
- Grado 0: el martirio de Soleimani no sería antesala de la catástrofe sino un aliciente para reconducir las negociaciones bilaterales entre Washington y Teherán, con el apoyo instrumental de países muleta o intermediarios (Suiza, Orán). Es una tesis defendida por el director del Instituto de Washington para el Cercano Oriente, Robert Satloff (4), quien cita el antecedente del derribo accidental de un avión civil iraní de pasajeros en 1988 por un misil norteamericano; aquella tragedia no provocó represalias del régimen islámico, enfangado en una guerra de desgaste con Irak, sino el inicio de una negociación para concluir el conflicto. El tiempo es muy distinto, pero el riesgo de conflagración regional es tan amplio que puede servir de acicate para replantear el actual clima de tensión, sostiene la investigadora del Centro para el Progreso americano, Kelly Magsamen (5). Dennis Ross, veterano negociador de los planes de paz en la región, propone involucrar a Rusia y China para contener a Irán (6).  
                
- Grado 1: Irán responde con acciones de baja intensidad (ciberataques), o como las de este miércoles, que pueden o no provocar respuestas proporcionales de Estados Unidos. Sería una réplica de lo ocurrido la pasada primavera; es decir, boicot de petroleros en el Golfo Pérsico o en instalaciones energéticas de Arabia Saudí y otras monarquías de la zona aliadas de EE.UU. El Pentágono podría responder con ataques limitados a instalaciones militares iraníes.
                
- Grado 2: Irán se cobra sangre en sus represalias. De forma directa o mediante sus proxys (colaboradores) regionales, ataca bases militares y objetivos civiles de Estados Unidos o de sus aliados (Israel, Arabia, etc). Es un menú amplio que desgranan casi todos los analistas aquí citados. Ilan Goldenberg, director del programa para Oriente Medio del Centro para una Nueva Seguridad Americana, publicó hace semanas cómo sería una guerra entre Estados Unidos e Irán, y ahora ha intentado describir los rasgos de una escalada (7).
                
- Grado 3: como parte de la anterior secuencia, pero con intensidad desestabilizadora mayor, el propio Goldenberg, Knights y otros plantean un eventual atentado terrorista en el interior de Estados Unidos o contra una personalidad de rango similar a Soleimani. Washington elevaría el nivel de respuesta y sería difícil mantener el control. Pero varios expertos admiten que Irán no ha demostrado mucha pericia precisamente en acciones fuera de Oriente Medio.
                
- Grado 4: resolución de la escalada en una guerra abierta, más o menos convencional, con implicación del resto de actores regionales e incierto y muy peligroso resultado.
                
LO QUE CONVENDRÍA A IRÁN
                
Más allá de estos war games, resulta más útil razonar sobre lo conveniente para ambas partes. Una de las principales especialistas occidentales en Irán, Suzanne Maloney, de la Brookings Institution, considera que la respuesta iraní no será “ciega ni impulsiva”(8). Se basa en la experiencia de la conducta exhibida por los dirigentes de la República Islámica, para señalar que, en ocasiones anteriores, ante situaciones similares, Teherán se ha demorado “meses o incluso años” en responder. Esta tesis es respaldada por Michael Knights. A su juicio, habrá venganza, porque el asesinato de Soleimani es una afrenta “personal” para el Guía Supremo Jamenei, pero no será rápida ni arriesgada, porque es superior el deseo de preservar la República Islámica, que peligraría con una escalada militar (9).
                
Entretanto, el régimen puede alentar la cólera popular (Soleimani era un dirigente admirado, no así otros), para aplacar el actual clima de malestar social por las duras condiciones de vida. Esta desviación de la protesta hacia el enemigo externo, que no ha sido posible con la culpabilización de las sanciones, podría resultar factible en este caso. En este enfoque profundiza Daniel Byman, vicedecano de la escuela de estudios internacionales de la Universidad de Georgetown (10). No obstante, Maloney cita una reciente encuesta sobre la temperatura social en Irán poco favorable para el régimen: más de la mitad de los ciudadanos desean continuar manifestándose, dos terceras partes no tienen intención de votar en las elecciones parlamentarias del mes que viene y ocho de cada diez se declaran insatisfechos con las condiciones de vida en el país.
                
Byman, Knights y Maloney coinciden en otro argumento que anticipa una reacción prudente de Teherán: los ayatollahs han admitido su “debilidad militar frente a Estados Unidos” y tienen asumido que “sólo perderían, en caso de una confrontación abierta”. Sería más inteligente no exponer una fortaleza que ha costado tanto tiempo edificar. Al Qods, la unidad de élite que lideraba Soleimani, cuenta con una fuerza de entre diez y veinte mil hombres muy bien instruidos y armados. El nuevo jefe, Ismail Qaani, no es un amateur (11).
                
EL RIESGO TRUMP
                
En otro tiempo Estados Unidos sería más previsible. Ahora, no. El riesgo no consiste en domesticar una reacción vengativa de la otra parte, sino en frenar a la propia Casa Blanca. Cada día resulta más evidente que el asesinato de Soleimani era, por así decirlo, innecesario. Ni respondía a una necesidad de seguridad, ni se evaluaron de forma sensata la opciones de riesgo/oportunidad. Trump actuó de nuevo guiado por sus impulsos, escocido como estaba por los reproches de indecisión cuando abortó a última hora una acción militar que él mismo había aprobado horas antes, en respuesta al derribo de un dron norteamericano. Otra motivación en la liquidación del dirigente iraní puede haber sido la neutralización de la atención pública sobre el impeachment.
                
La confusión que reina estos días en Washington abona esta impresión. Se filtra un documento en el que se anuncia la retirada militar completa de Irak después de la decisión del Parlamento iraquí y luego el jefe del Pentágono lo desmienta aludiendo que se trataba de un borrador. Trump asegura que entre los 52 objetivos seleccionados para ataques, en caso de que haya represalias iraníes, se encuentran centros culturales, lo que provoca un comprensible revuelo que obliga al Secretario de Defensa a desmentirlo. Todos los expertos citados en este análisis coinciden en que la actual administración carece de una estrategia coherente sobre Irán, porque el Number One no encaja en esas complejidades.
                
El director de Investigaciones del Instituto Brookings, Michael O’Hanlon, pergeña un mapa de prioridades para Washington a corto, medio y largo plazo. Lo inmediato sería reforzar la seguridad en instalaciones civiles y militares. Finalmente, propone una estrategia a largo plazo para negociar con Irán, basada en la siguiente secuencia: ofertar el levantamiento de las sanciones si las restricciones del programa nuclear se convierten en definitivas y no en temporales; un pacto de no agresión con Israel; renuncia al programa de misiles balísticos intercontinentales; diálogo sobre los distintos conflictos actuales en Oriente Medio (12).
                 
De momento, pues, espera y preocupación. Se ha retrocedido cinco años. Para Oriente Medio, una nimiedad.

NOTAS

(1) “How Soleimani’s killing could make a stronger Iraq”. MICHAEL KNIGHTS. POLÍTICO, 5 de enero. 

(2) “The U.S.-Iraqui relationship can be salvaged”. MEGHAN L. O’SULLIVAN. FOREIGN AFFAIRS, 7 de enero.

(3) “There is nothing left for Americans to do in Iraq”. STEVEN A. COOK. FOREIGN POLICY, 6 de enero.

(4) “How the Soleimani assassination could path the way for a new deal with Iran”, ROBERT SALOFF. THE WASHINGTON POST, 3 de enero.

(5) “How to avoid another war in the Middle East”. KELLY MAGSAMEN. FOREIGN AFFAIRS, 4 de enero. 

(6) “Fear of ‘What’s next’ will influence Iran’s -and the world’s- reactions”. DENNIS ROSS. THE HILL, 6 de enero. 


(7) “Will Iran’s response to the Soleimani strike lead to war?”. ILAN GOLDENBERG. FOREIGN AFFAIRS, 3 de enero.

(8) “The regimen wants to stay in power”. SUZANNE MALONEY. THE WASHINGTON POST, 3 de enero

(9) “Iran’s next move may be no move”. MICHAEL KNIGHTS. FOREIGN POLICY, 7 de enero.

(10) “Killing Iran’s Qassem Soleimani changes the game in the Middle East”. DANIEL L. BYMAN. VOX, 3 de enero

(11) “Iran can find a new Soleimani”. DANIEL L. BYMAN. FOREIGN POLICY, 6 de enero; “Who is Esmail Qaani, the new chief Commander of Iran’s Qods Force?”. ALI ALFONEH. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 7 de enero.

(12) “Qassem Soleimani and beyond”. MICHAEL O’HANLON. THE BROOKINGS INSTITUTION, 3 de enero.

SOLEIMANI: UN ASESINATO MÁS TRASCENDENTE QUE EL DE BIN LADEN

3 de enero de 2020

                
Por orden de Trump, un dron del Pentágono ha acabado con la vida del general iraní Qassem Soleimani, jefe de la unidad de élite Al Qods de los Guardianes de la Revolución, la fuerza pretoriana de la élite clerical dirigente de Irán. La acción ha tenido lugar en las cercanías del aeropuerto de Bagdad. En el ataque también han perecido el vice líder de la milicias chiíes proiraníes de Irak, Abdul Mahdi Al Mohandes y otras siete personas.
                
El ministro iraní de exteriores, Javad Zarif, negociador jefe del acuerdo nuclear con la comunidad internacional, ha calificado el hecho como un  “acto de terrorismo internacional extremadamente peligroso” y ha responsabilizado a Estados Unidos de las consecuencias. El Consejo de Seguridad iraní, bajo la presidencia del Guía Supremo, Ali Jamenei, se reunirá de inmediato para valorar lo ocurrido y, supuestamente, decidir la respuesta del régimen.
                
Según Washington, la operación es una respuesta a los actos de hostigamiento de Irán contra personal diplomático, operativo y civil de Estados Unidos en Oriente Medio. Hace sólo unos días, miles de ciudadanos chiíes proiraníes asediaron la embajada norteamericana en Bagdad. El Pentágono asegura que el jefe de la unidad de élite Qods aprobó esta acción
                
La eliminación de Soleimani tiene mucha más trascendencia de lo que supuso en 2010 el asesinato de Osama Bin Laden.  En ese momento, el fundador de Al Qaeda era un hombre anciano, aislado en una casa modesta de las afueras de Rawalpindi, en Pakistán, desconectado de las operaciones reales de su organización y apenas efectivo, más allá de una aureola, por lo demás ya en decadencia. Incluso la caza y liquidación del Califa Al Bagdadi, en un remoto escondite de Siria, hace unas semanas, cuando el Daesh había sido privado de casi todo su poder territorial y se encontraba debilitado, parece una operación de menor importancia comparada con ésta.
               
En cambio, Soleimani era el jefe con plenos poderes de la actuación militar y operativa de Irán en su vasta zona de influencia regional, el coordinador de las actuaciones de las fuerzas militares y paramilitares locales influidas y/o teledirigidas por Teherán y el cerebro estratégico del desafío iraní a Estados Unidos en la región.
                
Como ha afirmado Lisse Doucet, la veterana periodista de la BBC, y una de las mejores conocedoras de Oriente Medio, el jefe de la unidad de élite Qods había sido el “principal arquitecto” de las guerra de Siria e Irak y del combate multinacional contra el Daesh. Es difícil encontrar alguien en la cúpula del poder iraní con más influencia en el exterior cercano que el general Soleimani. En este sentido, el atentado puede considerarse un “magnicidio”.
                
Estados Unidos e Irán se han situado al borde del enfrentamiento directo desde que la administración Trump rompió el acuerdo nuclear, contrariamente al resto de la comunidad internacional. Desde la primavera pasada, se han registrado escaramuzas y varios episodios de tensión en el estrecho de Ormuz, el enclave más sensible del Golfo Pérsico, vía de salida del petróleo procedente de Oriente Medio hacia el resto del mundo.
                
Trump ordenó la reinstauración de las sanciones y una política de “máxima presión” contra el régimen de Irán, con tres objetivos fundamentales: obligarlo a renegociar el acuerdo nuclear en condiciones más favorables para Washington, hacedlo renunciar a sus programas avanzados de armamento y forzarlo a abandonar su implicación activa y destacada en los conflictos de Siria, Irak, Líbano, Yemen y otras áreas de desestabilización en el mundo islámico.
                
Los ayatollahs no han dado muestra de debilidad o retracción, a pesar de que se han registrado movimientos de protesta social en el interior de Irán como consecuencia, en parte de los efectos de las sanciones sobre el nivel de vida de la población. En noviembre de 2019, el régimen actuó con especial dureza, reprimiendo las manifestaciones y bloqueando el acceso a Internet. En el frente exterior, se tiene la convicción de que unidades especiales iraníes han protagonizado actos de sabotaje contra petroleros en el Golfo Pérsico y un ataque contra el principal centro de refinería de Arabia Saudí, entre otros, hasta llegar a las últimas operaciones de hostigamiento contra personal o colaboradores del dispositivo norteamericano en la zona.
                
No es fácil anticipar la respuesta de la cúpula clerical y militar iraní a la eliminación del general Qassem Soleimani, aunque el régimen necesita demostrar que no está dispuesto a dejarse intimidar por la “maxima presión” estadounidense. Cabe esperar que se produzcan atentados e incluso alguna acción que puede ser percibida como espectacular. Pero los responsables de la República Islámica han hecho prueba de contención para evitar que la escalada escape a su control.


MAGREB: TIEMPO DE DECISIONES

27 de diciembre de 2019

                
En el norte de África parece haber llegado el tiempo de la resolución a las crisis que sacuden a esos países desde hace semanas, meses o años, según el caso. Tres son los escenarios que merecen especial atención inmediata: Argelia, Libia y el Sahara Occidental.
                
ARGELIA: UNA DESAPARICIÓN INESPERADA
                
En Argelia, el anuncio de la muerte repentina del Viceministro de Defensa, jefe del Estado Mayor y, ante todo, auténtico “hombre fuerte” del régimen, el general Ahmed Gaïd Salah, ha trastocado todos los cálculos sobre el futuro del proceso de liberación/adaptación del sistema político. Salah había conseguido mantener con firmeza el timón a pesar de las fuertes turbulencias ocasionadas por el movimiento popular de protesta (Hirak) que lleva diez meses exigiendo la democratización del país, la erradicación de la corrupción y la renovación completa y absoluta de los cuadros dirigentes.
                
El Hirak, pacífico pero persistente, ha forzado dimisiones, encausamientos judiciales, encarcelamientos y jubilaciones definitivas de numerosos altos cargos. El anciano y enfermo Abdelaziz Butteflika, jefe aparente de un Estado sacudido por la calle, tuvo que renunciar a una nueva y esperpéntica reelección.  La contestación popular desencadenó una lucha entre los distintos clanes por arrojar sobre los demás la responsabilidad de los males que aquejan a la población, por hacerse con la herencia. En definitiva, por prevalecer.
                
El general Salah, en su día aliado de Butteflika, terminó por enviar a la historia al amortizado jefe del Estado y abrió un combate feroz con el hermanísimo Saïd, que aspiraba a controlar la sucesión después de aceptar que ya era imposible la prolongación. Aparatos burocráticos, poderosos intereses económicos privados y mafias puras y duras han participado en esta guerra sorda, a decir de quienes intentan desentrañar uno de los sistemas más herméticos del mundo árabe.
                
A sus 79 años, el general Salah pretendía agotar la protesta y seguir “manejando los hilos” hasta su retirada. (1). Salah tomó el mando de la transición y, contra la voluntad del Hirak, mantuvo un proceso electoral desacreditado. Los cinco candidatos eran figuras del régimen, aunque alineados en facciones distintas. Con una participación que no llegó al 40%, un éxito del movimiento de protesta, se impuso Abdelmajid Tebboune,  uno de los primeros ministros efímeros y decorativos de Butteflika (2). Como era de esperar, enseguida tendió la mano a la oposición popular (3). El último acto público de Salah, cuatro días antes de su muerte, fue, precisamente, la asistencia a la toma de posesión de Tebboune, que condecoró al general con la medalla al Mérito Nacional en su distinto más alto. “Quizás hasta sea cierto que lo ha matado un infarto”, ha escrito mi compañero Paco Audije, atento seguidor de Argelia (4).
                
Según el diario independiente EL WATAN, la desaparición del último mujahid supone un “giro en la vida nacional” (5). Veremos en qué sentido. De momento, el relevo de Salah al frente del Ejército ha sido rápido. El general Saïd Chengriha, hasta ahora un mando regional, es el nuevo jefe militar: el primero en su puesto que no luchó en la guerra de la independencia. Ese ha sido el factor legitimador de las fuerzas armadas argelinas en estos 60 años. Los militares no han sido el único poder, pero sí el más decisorio, desde que el coronel Bumedian derribara a Ben Bella y acabara con el romanticismo de la liberación. En los 90, un directorio de media docena de generales aplastó a un islamismo combatiente que se había subido a las barbas del régimen: la “guerra civil” costó 200.000 muertos. Butteflika fue una apariencia de normalidad civil. Salah afianzó el control militar. La guerra de clanes podría reabrirse.
                
LIBIA: ¿HACIA LA BATALLA FINAL?
                
En la vecina Libia, después de años de sangriento pulso por hacerse con la herencia de Gaddafi, los dos grandes bloques en que se han sustanciado las distintas milicias, corrientes y gobiernos podrían estar preparándose para el combate final. La solvencia del Gobierno de Unidad Nacional (GNA), reconocido por la mayoría de la comunidad internacional, es discutible. Sus apoyos externos aún son más dudosos que los internos. Enfrente tiene a un autodenominado Ejército Nacional Libio, que es, más bien, una banda armada (pero muy armada), liderada por el autoritario general Jalifa Haftar, un tipo con una historia truculenta, disidente del régimen de Gaddafi, luego agente de la CIA, más tarde enemigo a muerte de los islamistas y ahora cuidado por Rusia, que le aporta mercenarios curtidos (6). La mayoría de los gobiernos europeos dicen despreciarlo, pero Francia mantiene un doble juego. Las potencias árabes involucradas en la guerra libia favorecen cada cual a un bando distinto.
                
El último movimiento público lo ha hecho Turquía. Erdogan ha sido un intervencionista compulsivo en las crisis de Oriente Medio durante toda la presente década. En algunos casos, por interés directo, como en Siria; en otros, por una cuestión de influencia y prestigio, que, en estos momentos, y ante la política norteamericana de saldos, adquiere una importancia notable. Erdogan ya apoya al jefe del gobierno reconocido, Fayed al-Sarraj, con armas y logística; ahora promete también soldados, policías y asesores (7).
                
Este posicionamiento turco coloca a Erdogan en el bando opuesto al escogido por Putin, algo que cuestiona el acercamiento entre Moscú y Ankara, claramente manifiesto en la gestión de la posguerra siria. El “nuevo sultán” demuestra, una vez más, que no se casa con nadie, más allá de sus conveniencias. Sarraj representa un intento de conciliación con los islamistas más o menos moderados, que es la línea que defiende Erdogan en la región, aunque esa política genere una profunda desconfianza en Arabia Saudí o en Egipto, donde no se tolera otro uso político del Corán que el dictado por la cúspide del poder.
                
El embargo de armas a todos los contendientes es una farsa, como en otras guerras. Hace unos meses, Haftar estuvo a punto de asaltar Trípoli, tras una agresiva campaña envolvente desde el este y el sur. Hay cierta sensación de que es ahora o nunca. Trump se inhibe, aunque Haftar es ese tipo de líderes que le gustan. Pero el aparato diplomático-militar de Washington tratará de neutralizar a su errático jefe cuando llegue la fase definitoria.
                
SAHARA: ¿LA HORA DE LA VERDAD?
                
El Sahara Occidental es el tercer escenario de este análisis. El reciente 15º congreso del Frente Polisario ha confirmado una línea más dura, ya iniciada con la llegada al poder de Brahim Ghali, tras la muerte de Mohammed Abdelaziz, hace cuatro años. De forma explícita, los dirigentes saharauis hablan de lucha armada, tras tres décadas de fracaso diplomático (8).
                
El retraso sine die del referéndum y el ninguneo de la misión de la ONU (MINURSO), por las obstrucciones de Marruecos y la falta de interés efectivo de la comunidad internacional, parecen haber condenado la solución pacífica. En las bases saharauis hay un deseo de acabar con un proceder que se ha demostrado ineficaz y frustrante. La normalización de la vida de refugiados recuerda cada vez más al caso palestino. La radicalización es una reacción anunciada, pero no necesariamente más fructífera, porque el Polisario no dispone de fuerza suficiente para plantear un desafío militar serio al reino alauí. La suerte de los saharauis seguirá siendo ajena a sus decisiones y voluntades. La inestabilidad regional y los planes de las potencias internacionales no favorecen las aspiraciones saharauis.

NOTAS

(1) “Mort de Ahmed Gaïd Salah, homme fort du pouvoir algérien devenu la bête noir des manifestants”. CHRISTOPHE AYAD. LE MONDE, 23 de diciembre. El mismo autor había publicado días antes un perfil del jefe militar: “Le general Gaïd Salah, dernière figure del ‘sistème’ en Argélie”. LE MONDE, 15 de diciembre.

(2) “Qu’est Abdelmajid Tebboune, le vainqueur de l’élection présidentielle en Algérie”. AMIR AKEF. LE MONDE, 14 de diciembre.

(3) TODO SOBRE ARGÉLIE (TSA), 13 de diciembre

(4) “Incertidumbre ante la muerte repentina del hombre fuerte de Argelia”. PACO AUDIJE. PERIODISTAS.ES, 23 de diciembre.

(5) “¿La fin d’une époque?”. EL WATAN, 24 de diciembre.

(6) “With the help of russian fighters, Libya’s Haftar could take Tripoli”. FREDERIC WEHREY. FOREIGN POLICY, 5 de diciembre.

(7) “Newly aggressive Turkey forges alliance with Libya”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 23 de diciembre; “Turkey pivots to Tripoli: implications for Libya’s civil war and U.S. policy”. SONER CAGAPTAY y BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE, 19 de diciembre.

(8) “El Frente Polisario pone la vuelta a las armas encima de la mesa. GEMA SUÁREZ (enviada especial a Tinduf). LA VANGUARDIA, 20 de diciembre.

UN EPITAFIO POLÍTICO PARA CORBYN


18 de diciembre de 2019
          
En su exposición pública de las razones sobre la “decepcionante” derrota electoral del 13 de diciembre, el líder del Partido laborista británico, Jeremy Corbyn, establece las claves de lo ocurrido y sus consecuencias (1). Se pueden extractar en diez ideas:
                
1) La volatilidad política se ha acentuado. En 2017, el Labour, ya con el actual liderazgo subió diez puntos y en 2019 ha descendido ocho.
                
2) Las comunidades de las zonas industriales arrasadas de las Middlands, Gales y el norte experimentan una gran frustración ante la desigualdad y la falta de soluciones.  
                
3) El Brexit ha provocado una gran polarización y el Labour no ha superado la división entre remainers y leavers.
                
4) Los conservadores han capitalizado este sentimiento de frustración con un falso mensaje en torno al Brexit, a pesar de su propia incapacidad para llevarlo a efecto.
                
5) El Partido laborista ha duplicado sus efectivos en dos años y se ha impuesto en el debate público sobre la necesidad de un cambio social, expresado en la simpatía demostrada hacia el programa electoral (Manifiesto)
                
6) Esta autoridad política no se ha expresado en un triunfo electoral, necesario para enterrar las políticas de austeridad y promover mejoras para los sectores más desfavorecidos.
                
7) La tarea por delante consiste en seguir escuchando a esas comunidades, no alejarse de ellas y volver a defender políticas injustas.
                
8) La clase trabajadora debe seguir siendo la fuerza motriz del partido.
                
9) La gran mayoría de os medios, aliados de los conservadores y de los poderes económicos, han sido muy hostiles.
                
10) Asunción de responsabilidad personal por el fracaso electoral y anuncio de su dimisión como líder, una vez que se haga una reflexión y se prepare la sucesión.
                
LA CRÍTICA INTERNA LABORISTA
                
En el partido y en el entorno laborista, hay coincidencias y divergencias en las criticas desatadas por el resultado más favorable desde 1935. Moderados y radicales coinciden en:
                
- Censurar el instinto defensivo, casi impermeable de Corbyn, al rodearse sólo de los más fieles y despreciar, cuando no apartar y purgar, a cualquier elemento crítico.
                
- Resaltar la acumulación de propuestas sin claridad ni consistencia. La defensa de los servicios públicos quedó sepultada bajo un programa l (Manifiesto) sobrecargado de promesas discutibles (la semana laboral de 4 días o la gratuidad de la banda ancha, por ejemplo).
                
- Destacar la torpeza, indefinición y ambigüedad de Corbyn sobre el Brexit. La posición favorable a la salida de Europa se corrigió con la defensa de otro referéndum pero sin fijar posición: no se contentó ni a remainers ni a leavers (2).
                
En THE NEW STATESMAN (publicación situada a la izquierda de THE GUARDIAN), el escritor y documentalista PAUL MASON disecciona los errores y torpezas de Corbyn y reclama una convergencia no sólo entre las distintas corrientes del partido, pero también con el centro liberal para frenar a los nacional-populistas en las municipales de la próxima primavera (3).
                
Los sectores alineados que dominan el bloque parlamentario, más o menos con el blairismo, se sienten maltratados por Corbyn desde 2017, admiten que las disputas internas por el Brexit han influido en el resultado (sería imposible negarlo), pero restan importancia a este factor o lo consideran secundario con respecto al estilo de liderazgo. Los moderados apuntan a Corbyn como responsable del fracaso, basándose en los siguientes reproches:
                
- atrincheramiento en una ideología estatalista, basadas en el aumento del gasto público y el intervencionismo, sin atención a la capacidad real de gestión y al impacto fiscal.
                
- sectarismo organizativo por el apartamiento de dirigentes no incondicionales.
                
- campaña caótica y errática, dominado por la proliferación de mensajes, falta de foco en una propuesta clara y convincente, lucha de egos y escasa habilidad comunicativa (4).
                
- antisemitismo subyacente, asunto que generó una polémica abundante durante el verano sin desaparecer del todo, lo que habría dañado la imagen ética del partido.
                
No obstante, tanto moderados como progresistas no corbynistas admiten que el septuagenario diputado por Islington ha tenido coraje para defender una visión de igualdad y derechos sociales en un entorno devastado tras la austeridad neoliberal de los conservadores (y de de Blair, no lo olvidemos)  y la hostilidad de la mayoría de los medios.
                
Los portavoces de la moderación no ofrecen, sin embargo, un relato concluyente sobre cómo debía haberse respondido a la intoxicación provocada por el Brexit. Cuando Corbyn defendía la salida de una Unión Europea dominada por el neoliberalismo, lo criticaban. Cuando intentó situarse en una posición intermedia entre remainers y leavers, le imputaron, con cierta razón, ambigüedad y falta de claridad.
                
El apoyo a un segundo referéndum le ha costado al laborismo la perdida de muchos de sus feudos del norte. Su base obrera se adhirió al relato que asigna a Europa buena parte de la responsabilidad en la decadencia. La destrucción del tejido industrial tenía que ver sobre todo con factores internos del sistema británico, pero esas verdades incómodas no eran tragables.
                
LA FUGA DEL VOTO OBRERO AL NACIONAL-POPULISMO
                
Los exégetas del Brexit se encontraron ante una oportunidad inédita: saldar su obsesión enfermiza con el continente y hacerse valer de la demagogia nacional-populista para “romper el muro rojo” y conquistar distritos electorales obreristas secularmente afectos al laborismo (5). Margaret Thatcher destruyó a los sindicatos, pero nunca se atrajo a las bases trabajadoras. Johnson, en cambio, ha apelado al obrero desesperado que, falto de propuestas verdaderamente alternativas, se aferra a la solución milagrosa del Brexit. “Han surgido los red tories”, titulaba el muy eurófobo DAILY TELEGRAPH, entre la ironía y el alborozo (6). Un voto prestado, como reconocía Johnson, que no es tory, ni puede serlo, sino nacional-populista, Como ocurre, mutatis mutandis, en Francia, Alemania, los países nórdicos, Italia, y, en menor medida de momento, la propia España.
                
La oposición conservadora ha aprovechado la campaña de demolición del líder laborista de turno practicada por los corrosivos tabloides para debilitar aún más la imagen de Corbyn. Sólo fueron más benignos o, en el caso de los diarios de Murdoch, incluso favorables.
                
Los medios liberales como el semanario THE ECONOMIST han sido más comedidos en sus certificados de defunción, aunque ya habían descalificado la propuesta laborista como peligrosa para la economía, excesiva en su alcance, profusa en detalles y confusa en su presentación (7). Luego, en su estimación de la derrota, la firma colectiva Bagehot acentuaba la importancia de las desaconsejables compañías de que se ha rodeado Corbyn:
                
- el movimiento de base Momentum, al que califica de “guardia pretoriana”, con sus 40.000 activistas, que primero lo auparon al liderazgo del partido y luego lo “protegieron” de las críticas de parlamentarios y otros sectores moderados,
                
- la facción más radical de los sindicatos, en particular de Unity, que controla la dirección de los Trade Unions desde su ruptura con Blair.
                
THE ECONOMIST predice que estos males prevalecerán en el proceso de transición. La influencia de Momentum y del ala radical de las unions continuará y el nuevo liderazgo estará tan a la izquierda como Corbyn (8).
                
Es tiempo de reflexión pero sería un error arrojar al niño con el agua de la bañera. Al cabo, el laborismo ha obtenido un 32% de los votos (el sistema electoral británico, ya se sabe, prima de manera abusiva al más votado). Un porcentaje que quisieran para sí los socialistas en Holanda (6%), Francia (menos del 8%), Bélgica (16%), Italia (19%), Alemania (20,5%); y aún superior a países donde gobiernan, como Suecia y España (28%) o Dinamarca (26%) y Finlandia (18%). Sólo en Portugal o en Malta la socialdemocracia reúne mayor apoyo popular.


NOTAS

(1) “We won the argument, but I regret we didn’t convert that into a majority for change”.  JEREMY CORBYN. THE OBSERVER, 14 de diciembre.

(2) “Why Labour lost -and how it can recover from an epic defeat”. GEORGE EATON. THE NEW STATESMAN, 15 de diciembre.

(3) “Corbynism is over. Labour’s new leader must unite the center and the left”. PAUL MASON. THE NEW STATESMAN, 13 de diciembre.

(4) “Clash of egos and ‘policy incontinence’: inside Labour’s campaign”. HEATHER STEWART. THE GUARDIAN, 13 de diciembre.

(5) “Working-class voters desert Labour as ‘red wall’ crumbles”. JOHN HARRIS y JOHN DOMOKOS. THE GUARDIAN, 13 de diciembre.

(6) “A great victory for Red torysm. But Boris can’t take his new voters for granted”. PHILLIP BLOND. THE DAILY TELEGRAPH, 14 de diciembre.

(7) “Labour publishes s a manifesto to expand the British state. THE ECONOMIST, 21 de noviembre.

(8) “Jeremy Corbyn’s crushing defeat”. BAGEHOT. THE ECONOMIST, 13 de diciembre.