ESCOCIA: FORTALEZAS Y DEBILIDADES DE LA ASPIRACIÓN INDEPENDENTISTA

12 de mayo de 2021

Las elecciones regionales en Escocia del pasado 6 de mayo han reforzado la aspiración nacionalista de lograr un nuevo referéndum de independencia. El Partido Nacionalista escocés (SNP) ha aumentado en un escaño su presencia en el Parlamento de Holyrood y se ha quedado a uno solo de la mayoría absoluta. Sus socios en la aspiración independentista, los verdes, han obtenido dos más y ya suman ocho. Hay, por tanto, una mayoría política que quiere a Escocia fuera del Reino Unido. Y dentro de la Unión Europea.

La posición de los nacionalistas se ha reforzado electoralmente, mientras el bando opuesto presenta un balance desigual. Los conservadores parecen exitosos tras su abrumador triunfo en las generales de diciembre de 2018, mientras los laboristas continúan con su calvario electoral, confirmado en los comicios parciales recientes. En las últimas dos décadas, la decadencia laborista en su otrora feudo escocés ha transcurrido en paralelo al auge independentista, como refleja el siguiente gráfico. Es claro el trasvase de votos, favorecido por la evolución del nacionalismo hacia posiciones clásicas de la socialdemocracia europea.



Los liberal-demócratas tampoco levantan cabeza. Su creciente irrelevancia en Escocia se ha producido en beneficio de los conservadores, que se presentan como portavoces más convincentes de la población unionista.



El primer ministro tory, Boris Johnson, parece haber superado el desgaste de la pandemia con una eficaz campaña de vacunación, liberada de las rigideces burocráticas que han lastrado a la UE. Pero ante el “problema escocés”, esta aparente fortaleza es muy discutible y tendrá que ser más hábil que contundente.

Nicola Sturgeon es ya, sin lugar a dudas, la segunda figura política del Reino (todavía) Unido. El reciente triunfo electoral parece enterrar la marejada que sacudió al SNP por el enfrentamiento con, Alex Salmond, su antecesor.

Así las cosas, la independencia escocesa y el procedimiento para alcanzarla será objeto de una feroz disputa y de un intrincado debate social, mediático y político. He aquí un repaso a las fortalezas y debilidades de una aspiración que puede tener enormes consecuencias en todo el continente. Los argumentos favorables y desfavorables se presentan por bloques temáticos.

1. La cuestión legal o de procedimiento.

      DEBILIDADES

FORTALEZAS

Los nacionalistas no pueden convocar el referéndum. Tiene que hacerlo Westminster. Los conservadores, con mayoría absoluta en el Parlamento de Londres, se oponen radicalmente, igual que laboristas y liberales.

La mayoría independentista no plantea un desafío al Estado ni pretende seguir una vía unilateral, contrariamente a lo ocurrido en Cataluña. Quiere que el proceso se ajuste a las exigencias legales.


2. Las bazas políticas.

  DEBILIDADES

FORTALEZAS

Johnson ha descartado el “permiso” para la celebración de un nuevo referéndum, ateniéndose al principio no escrito (es decir, político, no legal) de que tal iniciativa sólo puede producirse una vez por generación. Cameron ofreció más competencias a Escocia en 2014 y eso resultó decisivo para que el resultado del referéndum fuera favorable a la permanencia en el Reino Unido. Johnson, en cambio, no se ha mostrado muy conciliador, hasta la fecha, aunque, conociendo su carácter, no es descartable un viraje. En todo caso, no será fácil convencer a la base tory, que ya fue reticente con la postura flexible de Cameron. Según una encuesta de YouGov, la mitad de los británicos son  indiferentes o incluso favorables a la independencia escocesa, pero los electores conservadores son claramente contrarios.

Sturgeon replica que han cambiado notablemente las condiciones políticas con respecto a 2014. Entonces, Gran Bretaña estaba en la UE. Ahora, Escocia se ha visto expulsad del proyecto europeo, a pesar de que, en el referéndum del Brexit, los escoceses votaron claramente a favor de la permanencia en la UE (62% frente al 38%).

La popularidad de Sturgeon se ha reforzado con una más que aceptable actuación ante la pandemia en sus ámbitos de competencia, y un balance positivo en su gestión global, aunque haya algunos elementos negativos.

La escisión protagonizada por Alex Salmond, el anterior líder nacionalista y en su día mentor de Sturgeon, tras un escándalo relacionado con presuntos abusos sexuales, se ha diluido. ALBA, el partido creado por Salmond tras la ruptura, no ha obtenido ni un solo escaño en las recientes elecciones.


3. La viabilidad económica. 

    DEBILIDADES

FORTALEZAS

Las cifras indican un desequilibrio fiscal de Escocia. En la actualidad, este territorio recauda menos y gasta más por habitante que el Reino Unido en su conjunto. El déficit público escoces sería el 8,6% del PIB frente a, 2,6% del Reino Unido.

THE ECONOMIST señala, además, que el rédito fiscal del petróleo y el gas, el principal recurso de Escocia, es volátil: ha pasado de 10 mil millones de libras en 2008 a 650 millones el año pasado. Eso sin tener en cuenta que, en caso de separación, Gran Bretaña reclamará una parte de esos recursos naturales, además del sostenimiento compartido de la deuda estatal actual, que supera los 2 billones de libras y supone casi el 100% del PIB.

Por último, se resalta el impacto sobre el comercio. Escocia vende al Reino Unido el 60% de los productos que exporta. En el nuevo escenario, habrá una merma clara.

Los nacionalistas argumentan que Escocia dispone de una situación socio-económica favorable para afrontar estos retos, por cuanto que, según los datos disponibles más recientes, el PIB per cápita es casi de 30.000 libras, sólo dos mil menos que el del Reino Unido.

Asimismo, los independentistas arguyen que,  según la mayoría de los análisis, los perjuicios económicos del Brexit van a ser mayores que los de Scotxit, y eso no impidió el empeño de los tories (y de la mayoría de los laboristas) en separarse de la UE.

Otro argumento menos fáctico remite a experiencias similares de otros países europeos, cuya prosperidad mejoró muy claramente después de acceder a la independencia. Son los casos de Noruega (después de separarse de Suecia) y de Islandia (tras segregarse de Dinamarca).

Con respecto al dossier mercantil, Escocia espera compensar la pérdida con la protección del acuerdo entre la UE y Gran Bretaña.  

               

4. Las relaciones con la UE.

DEBILIDADES

FORTALEZAS

Por muy entusiasta que sea con el proyecto europeo, Escocia tendrá que afrontar un periodo de adaptación y de cumplimiento de requisitos tan estrictos como cualquier otro aspirante a la adhesión. Los tories suelen afirmar que la eurofilia escocesa es muy reciente y recuerdan que en los años setenta se opusieron al ingreso del Reino Unido.

Además, se evoca el problema político que originaría la adhesión tras una secesión nacional; y en particular se apunta a un posible veto de España, para no alimentar las aspiraciones de Cataluña. Se ignora qué posición mantendrán Alemania y Francia, dos ejemplos contrarios de federalismo y centralismo en sus ámbitos internos.

En el aspecto técnico, también se señalan problemas. Para cumplir con los criterios de la UE, Escocia tendría que afrontar un serio ajuste, algo muy perjudicial para su proyecto de expansión de sus servicios públicos.

El gran obstáculo será el monetario. Escocia no desearía adoptar el euro, pero como no tiene moneda propia, tendría que acogerse a la libra como instrumento transitorio. Los tratados europeos no contemplan de forma explicita esta solución, lo cual plantea un complicado proceso de negociación.

Los nacionalistas acreditan un fuerte compromiso con el proyecto europeo. En el referéndum del Brexit, se pronunciaron claramente por la permanencia en la UE, con un 62% de votos favorables, más que cualquier otra parte del Reino Unido.

El europeísmo escocés no tan reciente como dicen los unionistas. Hace tiempo que los nacionalistas mantienen un discurso de adhesión al proyecto de integración europea frente a las reticencias de conservadores y de un sector de los laboristas.

En cuanto a los requisitos, los políticos y sociales están más que acreditados y los económicos no son insalvables. Se citan opiniones autorizadas, que sostienen que la candidatura escocesa tendrá preminencia sobre la de aspirantes balcánicos como Albania y Montenegro.

En el controvertido asunto del euro, el planteamiento inicial de Escocia es conservar su autonomía monetaria. Aspiran, sin decirlo expresamente, a seguir el modelo sueco, es decir, comprometerse con el euro, pero sin prisas, a largo plazo, hasta calibrar lo que resulte más conveniente para sus intereses económicos y, si procede, crear su propia moneda.

 

 5. El compromiso con la seguridad aliada

   DEBILIDADES

FORTALEZAS

El principal escollo es el futuro de los submarinos de propulsión nuclear Trident, cuya base se encuentra a 65 kilómetros de Glasgow. Los nacionalistas han sido desde hace tiempo partidarios de la retirada de este armamento. La mitad del electorado escocés se manifiesta claramente a favor de la retirada de los submarinos y de una Escocia desnuclearizada. Una eventual tensión con la OTAN puede ser una complicación adicional y una baza para los unionistas de Londres.  

Escocia desea permanecer anclada en la OTAN y su pertenencia a esta organización será muy bien recibida por los aliados. El nuevo país aseguraría el refuerzo de la vigilancia activa del norte marítimo europeo, de importancia estratégica evidente, además de contar con el respaldo de los países bálticos, por la permanente sensación de la supuesta amenaza rusa.

La flexibilidad en el asunto de los submarinos se da por descontada, aunque no sea explícita. De hecho, Sturgeon hace tiempo que ha dejado de reivindicar la retirada de este armamento.

 

REFERENCIAS

- “Brexit has reinvigorated Scottish nationalism. It has also shown up some of the difficulties of secession. THE ECONOMIST, 17 de abril.

- “Scottish activists want a quiet, safe, progressive independence. The new country would scurry to join NATO and the EU”. LINDSEY KENNEDY y NATHAM PAUL SOUTHERN. FOREIGN POLICY, 31 de marzo.

-SNP election win: Johnson set up meeting as Sturgeon pledges second referendum. GUARDIAN, 8 de mayo.

- “Enthusiasm for the SNP does not reflect its record in government”. THE ECONOMIST, 1 de mayo.

INDIA: LA PIRA FUNERARIA DE MODI

 5 de mayo de 2021

India vive una tragedia nacional debido al COVID-19. O más bien a la incompetente respuesta del gobierno ante la segunda ola de la pandemia, no por anunciada y previsible mejor afrontada. Una nueva variante del virus (B.1617), a pesar de ser pronto identificada, ha provocado una inflexión inusitadamente acelerada de infecciones, que alcanzaron una media de 400.000 casos diarios en los primeros días de mayo. Aunque la curva remita un poco, habrá más de un millón de muertos antes del verano. Una cifra pavorosa, incluso para un país con 1.400 millones de habitantes.

IMPREVISIÓN Y TRIUNFALISMO

La imprevisión en la gestión de los recursos, sobre todo de oxígeno y de vacunas, y una desorganización masiva se ha impuesto sobre una retórica arrogante y hueca de las autoridades, que hasta finales de abril presumían de tener bajo control la enfermedad y de disponer de un plan para suministrar vacunas a decenas de países en desarrollo.

Lo más irritante del drama humano es, por tanto, que, si no evitado, podía haberse minimizado. Eso es lo que se les reprocha a los máximos dirigentes desde los partidos de oposición, organizaciones de derechos humanos, escasos medios e intelectuales críticos (1).

El caos indio era, desgraciadamente, un escenario más que probable. El nacionalismo identitario que gobierna la mayor “democracia” del mundo lleva desde 2014 pervirtiendo las  normas básicas y practicando una propaganda absurda y retrógrada, bajo un triunfalismo sin fundamento y un programa de intolerancia, exclusión y racismo. Para hacerlo todo esto más tragable a una población con bajísimos niveles de educación, se viene prometiendo un crecimiento económico y un desarrollo social espectaculares. Después de siete años, todo se ha quedado en un espejismo empañado por  miles y miles de piras funerarias donde arden los restos de ciudadanos desamparados y abandonados por sus iluminados dirigentes.

La primera sanción política del gobierno Modi se ha producido en las elecciones regionales celebradas en cuatro estados el pasado fin de semana. Las más significativas han sido las de Bengala Occidental, por su población y peso económico. El Bharatiya Janata, el partido nacionalista del primer ministro Modi, aspiraba a derrotar a los populistas del Trinamool Congress, que detentaban el gobierno regional. El resultado ha sido demoledor. La primera ministra bengalí, Mamata Banerjee, ha reforzado su mayoría en el parlamento regional hasta disponer de más del 70% de los escaños, mientras el BJP tan sólo contará con 77... de los 200 que el ministro de Interior presumió que obtendrían los suyos (2).

La ciega ambición por apuntarse un triunfo con el que reforzar su dominio del país, llevó a los dirigentes nacional-identitarios, con el propio Modi a la cabeza, a participar en mítines multitudinarios sin las debidas precauciones sanitarias. Para entonces, finales de abril, el azote de la nueva variante del virus empezaba a apuntarse como demoledor, según advertían desesperadamente científicos y facultativos, que hablaron de “tsunami” vírico.

UN SISTEMA SANITARIO QUEBRADO

Esas voces de alarma debían haber provocado al menos un esfuerzo similar al realizado en septiembre del año pasado, cuando se pudo a duras penas sofocar la primera oleada, lo que el gobierno aprovechó para engrasar su máquina propagandística y proclamar que India iba a ser decisiva en la lucha mundial contra el virus.

La crisis ha puesto en evidencia un sistema sanitario quebrado. En comparación con otros países parejos (los llamados BRICS, o potencias económicas medias en auge), India es el que menos porcentaje de su PIB dedica a sanidad: un 3,6% en los seis años de Modi (frente al 5% de Rusia o China, el 8% de Suráfrica o el 9% de Brasil). A esta carestía de medios, se une una falta asombrosa de previsión y un fallo masivo de logística. No es que no se tuviera oxígeno, es que no se habían preparado adecuadamente su transporte y distribución.

Hace sólo unas semanas, el gobierno anunció que 300 millones de ciudadanos (casi una cuarta parte de la población) estarían vacunados en julio, pero, como denuncian médicos y observadores de la situación, no se han dispuesto los medios para cumplir este objetivo. Hasta la fecha, solo se ha vacunado por completo a 26 millones de personas y el número de las que han recibido una sola dosis no llega a 125 millones. Naturalmente, se han suspendido  las entregas a otros países y  el nacionalismo  sanitario indio al rescate ha quedado en ridículo (3).

Catástrofe humanitaria y revés político anuncian años duros para este segundo mandato de Modi. Ya antes de la pandemia, el país había vivido una movilización de protesta campesina sin precedentes, por un plan gubernamental de liberalización del sector agrario. Aunque algunos analistas indios y occidentales consideraban necesaria las medidas, desde una perspectiva liberal, el gobierno actuó a su manera: autoritaria, precipitada y sin miramientos (4).

Las maneras fuertes del primer ministro indio son difícilmente una sorpresa. Durante su etapa de gobierno estatal en Gujarat hizo la vista gorda ante una de las matanzas más horribles de musulmanes en la historia reciente de la India. Algunos investigadores le imputan incluso complicidad y no solo pasividad.

AUTORITARISMO Y PASIVIDAD

En sus años al frente de la nación, las libertades se han restringido, la independencia de las instituciones se ha debilitado y el programa intolerante y racista de los inspiradores del nacionalismo hindú ha ido ganando espacio en la sociedad y en los aparatos del Estado. Uno de los principales intelectuales indios en el extranjero, Milan Vishnav, asegura que India no puede considerarse ya como integrante del club “de los países libres” (5).

Para ser francos, Modi ha encontrado poca resistencia crítica en el interior del país. La oposición es muy débil. El histórico Partido del Congreso, liderado sempiternamente por la familia Gandhi, agoniza entre la impotencia y la melancolía. Caciques locales y nacionalistas rivales han construido pequeños diques regionales que apenas minimizan el dominio del BJP.

En el exterior, se ha sido complaciente con Modi, por ser moderado. La rivalidad de India con China, plasmada el año pasado en un nuevo foco de tensión en el Himalaya, ha hecho que las potencias occidentales, en especial Estados Unidos, haya valorado al alza su cooperación activa y reforzada. India es uno de los cuatro miembros del Quadrilátero (Quad), el nuevo mecanismo de seguridad diseñado para el Indo-Pacífico, que integran también Australia y Japón.

Trump y Modi hablaban el mismo lenguaje nacionalista y demagógico, pero la nueva administración norteamericana no puede ni quiere prescindir de un gigante asiático que puede complicar las cosas a China en Asia. O al menos en eso se confía en la nueva Casa Blanca, aunque no guste su estilo. Si no hay una rectificación pronta y no se endereza el proceso de vacunación, el proyecto del Bharatiya Janata puede disolverse en la violencia y el caos (6). Las enormes piras de cadáveres ardiendo en crematorios improvisados pueden convertirse en el anticipo de la combustión acelerada del proyecto de Modi y del nacionalismo identitario indio.


NOTAS

(1) “How India descended to Covid-19 chaos”. BBC, 5 de mayo; “India’s COVID crisis has spiralled out of control”. THE ECONOMIST, 3 de mayo.

(2) “Battered by COVID-19, Narendra Modi is humiliated by Indian voters”. THE ECONOMIST, 2 de mayo.

(3) “Complacence and government failures fueled India’s COVID disaster”. LAURA HÖFLINGER y ADNAN BHAT. DER SPIEGEL, 30 de abril; “Moddi fiddles while India burns”. KAPIL KOMIREDDI (Autor de Malevolent Republic: a short history of the new India”. FOREIGN POLICY, 30 de abril; “A country gasping for air. Indians pay the price for Government inaction as COVID-19 surges”. MANDAKINI GAHLOT. FOREIGN AFFAIRS, 28 de abril.

(4) “India’s farmers Will Benefit from reforms”. SURUA GUPTA y SUMIT GANGULY. FOREIGN AFFAIRS, 3 de marzo; “La révolte des paysans indiennes”. SOPHIE LANDRIN. LE MONDE, 9 de diciembre.

(5) “The Decay of Indian Democracy. Why India no longer ranks among the lands of the free”. MILAN VAISHNAV (Director del Programa de Asia en la CARNEGIE FOUNDATION). FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo; “Narendra Modi threatens to turn India into a one-party state”. THE ECONOMIST, 28 de noviembre.

(6) “The End of the Modi’s global dreams”. SUSHANT SINGH (Investigador en el Center for Policy Research, en Nueva Delhi). FOREIGN POLICY, 3 de mayo; “India’s path to the big leagues”. ASHLEY J. TELLIS. CARNEGIE, septiembre de 2020; “Modi’s Coronavirus test”. ANUBHAY GUPTA y PUNET TALWAT. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo de 2020.

EL CAPITALISMO VERDE REFUERZA AL ECOLOGISMO POLÍTICO

 28 de abril de 2021

El regreso de Estados Unidos al consenso internacional sobre el afrontamiento del cambio climático es uno de los pilares de la política exterior de la administración Biden. La cumbre virtual sobre el clima debe consolidar compromisos debilitados durante los años de Trump, bajo los cuales se han camuflado y amparado otros incumplimientos (1).

Pero la lucha contra el cambio climático y la preservación de un planeta habitable es algo más que un objetivo de la humanidad. Es también una gigantesca oportunidad de negocio propulsada bajo la denominada transición ecológica. La necesidad favorece esta nueva fase del desarrollo capitalista en una multitud de campos de expansión: aceleración del desarrollo de energías renovables, nuevas aplicaciones tecnológicas, reorientación del sector de la construcción y la ingeniería, apertura de líneas de financiación, etc.

Como en otras fases del sistema socio-económico vigente, el capital público drenará el sector privado. El plan Biden de promoción de empleo inyectará 2 billones de dólares, parte de los cuales irá destinado a engrasar la ”economía verde”. En Europa, una parte de los 750 mil millones del Plan de recuperación tendrá similar propósito. Y habrá más fondos. Pero este impulso no necesariamente favorecerá una distribución más igualitaria de los recursos. Más bien debe temerse lo contrario: pese a una proliferación de pequeños y medios negocios asociados inicialmente a la transición ecológica, lo más probable es que más temprano que tarde se consolide una concentración empresarial.

En el plano geopolítico, tampoco cabe esperar un reequilibrio de oportunidades.  Desde el inicio de las negociaciones sobre el clima (Río, 1992) hasta la fecha, los compromisos de compensación a los países pobres han sido degradados p incumplidos. Como recordaba el año pasado el keniano Mohamed Adow, director de Africa Power Shift, Occidente acumula una deuda ecológica histórica con el mundo en desarrollo (2). EE.UU, Canadá y Europa siguen siendo en la actualidad emisores de CO2 más intensos que el resto de los países, incluidos los grandes contaminadores actuales del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica).

Pero si introducimos la variable histórica, este saldo se convierte en abrumador. Desde la Revolución Industrial (mediados del XVIII) hasta el presente, las grandes economías occidentales más Japón han sido responsables de las tres cuartas partes de las emisiones de carbono, según un exfísico de la NASA. Si tomamos como referencia los últimos 60 años, el daño ecológico que los países pobres han hecho a los ricos suponen la cuarta parte del perjuicio inverso, según un informe de la Academia estadounidense de Ciencias (2008).

UN NUEVO DISCURSO POLÍTICO              

En esta nueva fase del capitalismo asociada a las perspectivas catastróficas del clima pero también al agotamiento de las fuentes energéticas fósiles, eran necesarios nuevos discursos en los partidos y centros de pensamiento del consenso centrista, para incorporar los postulados modernizados del ecologismo de primera hora. Lo cual, a su vez, ha obligado a esas formaciones específicas o nominalmente “ecologistas” o “verdes” a esforzarse por hacer distinguible y relevante su voz. No siempre -casi nunca, en realidad- lo han logrado.

El peso electoral medio de los Verdes en los países de la UE se ha mantenido en una horquilla del cinco al siete por ciento.  La mayor implantación se encuentra en los países del Centro europeo y el Benelux (Austria, Suiza, Holanda, Luxemburgo y Bélgica); se han estancado en los países nórdicos en parte por el auge populista; experimentan un fuerte vigor en los bálticos, si consideramos a los partidos campesinos; apenas existen en los antiguos satélites de la URSS del centro y el sureste (Polonia, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Bulgaria, Rumania); y son muy débiles o están integrados en plataformas generalistas de la izquierda en el Mediterráneo y el sur (Italia, España, Grecia, Chipre, Malta y Portugal).

En los tres grandes países europeos su fortaleza es desigual. Apenas mantienen una presencia simbólica en el Reino Unido (penalizados por el sistema electoral mayoritario). En Francia están divididos entre progresistas y liberales, estos últimos marginales. La media de los primeros en los últimos 30 años apenas llega al 5%. Ahora quieren ejercer una voz más influyente, ante la debilidad creciente de los partidos tradicionales de izquierda (PSF, PCF) y el retroceso de los radicales o insumisos. Es en Alemania donde, después de un periodo de estancamiento en los noventa y en la primera década de la centuria, acarician por fin la posibilidad de llegar al gobierno federal.

ALEMANIA, EJE IMPULSOR

El caso de Alemania es singular. Allí emergieron como fuerza política propia, en los ochenta, impulsados por la oleada de protestas contra la instalación de los euromisiles y la creciente preocupación por la falta de control de las industrias contaminantes. Durante el proceso de unificación, la polarización los relegó a un papel muy secundario. Tras el cambio de siglo, fueron socios de la coalición de gobierno con el SPD de Schröeder.

Desde mediados de los 90 se han movido en una franja electoral de dos puntos (entre el 6,5% y el  8,5%), sólo superado en 2009 (10,7%). El debate entre las dos corrientes de los Verdes (fundamentalistas o radicales y realistas o moderados) se ha saldado, no sin altibajos, a favor de los últimos. Los fundis constituyen hoy una minoría o han migrado a otras latitudes izquierdistas. Los realos impusieron su programa de colaboración abierta con otros partidos, sin exclusiones, salvo la extrema derecha. Los verdes, en efecto, gobiernan hoy con el SPD, CDU, FPD (liberales) y Die Linke (La Izquierda, integrada por disidentes de la socialdemocracia oficial y el antiguo partido comunista del Este), en formatos y combinaciones múltiples.

Este pragmatismo les permite ahora posicionarse como posible socio de coalición del gobierno que salga de las elecciones de septiembre, favorecidos por el descenso de la CDU post-Merkel (por debajo del 30% en las encuestas) y aún más del SPD (del que se espera el peor resultado de su historia: en torno al 15%). Con una estimación de voto en torno al 20-22%, los Verdes sueñan incluso con superar a los democristianos y poder liderar distintas fórmulas de gobierno compartido, como en algunos länder.

En su último número, el influyente semanario político DER SPIEGEL dedicó su portada a Annalena Baerbock, una de las dos líderes de los Verdes (la dirección es bicéfala en el partido desde hace tiempo) y candidata a la cancillería (3). La ideología de esta mujer que fuera deportista destacada (campeona nacional de trampolín) y doctora en ciencia política no está muy definida. Se destaca por su carácter y sus dotes de liderazgo, algo que los alemanes aprecian y premian en las urnas. En su favor juega también la debilidad del candidato democristiano, Armin Laschet, que no cuenta con el respaldo entusiasta de una gran parte de su partido. El  partido bávaro (CSU) trató infructuosamente de promover a uno de los suyos, el popular Marcus Söder. En los socialdemócratas, el actual ministro de Economía, Olaf Scholz, se percibe como más sólido, pero se ve vez arrastrado por la larga decadencia de su partido.

Baerbock, clara exponente de los ecologistas realos, puede gobernar con la mano derecha y la mano izquierda, aunque las bases de su partido siguen prefiriendo a los socialdemócratas, y una minoría también a Die Linke. No obstante, en asuntos ambientalistas han saltado chispas entre Verdes y SPD (4). Los ecologistas son muy críticos con el gasoducto NordStream2 que los socialdemócratas defienden (el excanciller Schröeder es un alto cargo de del consorcio y presidente de la petrolera estatal rusa Rosfnet).

El impulso diplomático que la administración Biden dará a la lucha internacional contra el cambio climático y la orientación "ecológica" del capitalismo internacional asentarán la corriente medioambientalista ya muy influyente en el Partido Demócrata norteamericano.

En Alemania,  una victoria de los Verdes podría dar nuevo vigor a formaciones parejas en Europa, desprovistas ya del espíritu crítico con el que surgieron. A su vez, liberales, conservadores y socialdemócratas acentuarán aún más sus discursos con retórica verde para apuntalar sus perspectivas electorales y mejorar su posición frente al nacionalismo populista e identitario, menos sensible a esta tendencia. 

 

NOTAS

(1) “Climat: cinq ans après l’accord de Paris un sommet Mondial aux avances insuffisantes”. LE MONDE, 13 de diciembre.

(2) “The Climate debt. What the West owes the rest”. MOHAMED ADOW. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2020.

(3) “Annalena Baerbock holds the keys to Germany’s next election”. DER SPIEGEL, 23 de abril;

(4) “Annalena Baerbock, the woman who could be Germany’s next chancellor”. BBC, 20 de abril; “Germany’s Green Party knows how to pick a candidate for chancellor”. THE ECONOMIST, 19 de abril; “Annalena Baerbock, la Verte allemande qui rêve d’être chancelière”. THOMAS WIEDER. LE MONDE, 19 de abril.

GUERRAS LATENTES

14 de abril de 2021

En el confuso y peligroso panorama internacional parecen haber amainado algunos de los conflictos bélicos recientes. Sin embargo, es una impresión engañosa. En muchos de esos casos, se está lejos de una pacificación estable y duradera. Como mucho, podría decirse que nos encontramos en un estado de guerras latentes, categoría en la cual debemos añadir otros conflictos que no han degenerado en conflagración abierta o clásica. Todavía. Seleccionamos tres casos, para este comentario.

IRÁN-ISRAEL: LA AMENAZA FANTASMA

El caso más relevante, por sus implicaciones estratégicas, regionales y globales, es la hostilidad existencial entre Israel e Irán. Ambos países libran desde hace años una guerra sorda o interpuesta, que cada parte ejecuta a su manera o con sus recursos. Israel, con operaciones de sabotaje, asesinatos selectivos o ataques militares directos contra los aliados del enemigo. Irán, fortaleciendo su red de influencia regional y, ayudado involuntariamente por la torpeza de la anterior administración norteamericana, avanzando en su programa nuclear.

El último episodio de esta guerra latente ha sido el apagón provocado en la central de procesamiento de uranio de Natanz, que ha obligado a su paralización momentánea. Fuentes de inteligencia norteamericanas atribuyen la acción a los servicios especiales israelíes. Las autoridades sionistas ni siquiera se han molestado en negarlo (1). Este último acto de sabotaje coincide, no casualmente, con la reanudación de las negociaciones en Viena, para restablecer el acuerdo nuclear con Irán. EEUU participa indirectamente en los contactos: de momento evitan compartir mesa con Irán, pero Alemania, Francia y Reino Unido) le tienen al corriente de las conversaciones (2).

Israel ha dejado claro que hará todo lo posible para que ese acuerdo (JCPOA, por sus siglas en inglés) permanezca en el punto muerto al que lo condenó Trump con su retirada y su política de “máxima presión” contra el régimen de los ayatollahs. La administración Biden quiere dar un giro de 180 grados, pero se toma muchas cautelas, por la hostil oposición de los republicanos y la belicosa posición israelí.

El clima de las relaciones bilaterales israelo-americanas vuelve a ser ríspido, como lo fuera en la era de Obama; no en vano, aparte del desencuentro sobre Irán, Biden sufrió algunos desaires del gobierno de Netanyahu. El primer ministro israelí tiene de nuevo la oportunidad de prolongar su liderazgo político, pero está más acorralado si cabe por el triple proceso judicial que lo debilita y con menos posibilidades que nunca de construir una nueva mayoría parlamentaria. Si no lo consigue, habrá nuevas elecciones, las quintas en poco más de dos años. Y para entonces, podría haber sido condenado por cualquiera de los cargos que pesan sobre él: corrupción, abuso de poder y quiebra de confianza. En ese contexto, sólo el mantenimiento de un pulso bélico con Irán puede instaurar en el país un clima de emergencia nacional al que agarrarse para preservar sus opciones políticas.

Irán, por su parte, ha sobrevivido a las sanciones de Trump (que Biden aún no ha levantado) y mantiene sus posiciones en la región (Siria, Yemen, Líbano, Irak), pero necesita desesperadamente un respiro. La sucesión del Guía Supremo y las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina. Los conservadores cuentan con muchas bazas para copar todas las instancias de poder. El régimen intenta consolidar una inverosímil cooperación con China. En este pulso Irán-Israel no faltan las escaramuzas navales, cada vez más inquietantes (3).

UCRANIA: EL DILEMA DE PUTIN

Otro escenario de guerra latente es Ucrania. En las últimas semanas, los servicios de inteligencia occidentales han confirmado el incremento en 14.000 hombres de los efectivos militares rusos en Crimea y en la frontera, lo que elevaría el número total a 40.000 soldados en cada una de esas zonas. El gobierno de Kiev ha denunciado esta acción “intimidatoria”. Rusia rebate que esas sean sus intenciones y afirma que se trata de un “asunto interno” (4).

La guerra en Ucrania (13.000 muertos y un millón de desplazados) se encuentra congelada desde los acuerdos de Minsk (2015), aplicado solo a medias. La ambigüedad de sus provisiones ha provocado esta situación de no paz-no guerra. Moscú quiere que se apliquen los derechos de autonomía (una independencia encubierta) a las regiones rusófilas del este, antes de retirar sus efectivos de la zonas en disputa. El gobierno ucraniano exige una secuencia inversa. La confianza es nula. Hace un año ya que al joven e inexperto presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se le acaba el crédito político, no tanto por la continuidad latente del conflicto, sino por la falta de mejoría en la situación social y económica. Una hostilidad renovada frente a Rusia es el único factor de legitimación que le resta, frente a unos oligarcas que detentan el poder real y unos aparatos de seguridad que ejercen una función de tutela (5).

Putin también atraviesa por apuros, debido a los efectos de la pandemia, al efecto de las sanciones norteamericanas y a un incremento del malestar ciudadano. La popularidad del presidente ruso es la más baja en años. Las protestas callejeras de enero tuvieron más que ver con la degradación de la situación social que con la detención del opositor Alexei Navalny. Los “éxitos” internacionales ya no son suficientes para proyectar una impresión positiva desde el Kremlin (6). La nueva administración norteamericana es menos complaciente, aunque poco o nada obtuvo Putin de la anterior, pese a la retórica del establishment de Washington.

Los analistas no creen que Rusia vaya a invadir Ucrania. Algunos creen que Moscú, con su denuncia de que Kiev prepara una limpieza étnica en la región del Don, podría estar recreando el escenario georgiano de 2008, cuando el entonces presidente de aquel país quiso acabar con el estatus semiindependiente de las regiones rusófilas y acabó precipitando la intervención rusa. Georges W. Bush no consideró prudente una confrontación directa con Moscú y Georgia perdió aquella guerra.

Ucrania cuenta con un respaldo retórico de Occidente, pero es improbable que se pase del estado de latencia al de guerra abierta y esa escalada bélica arrastre a la OTAN. El riesgo existe, naturalmente, pero los intereses en juego, simbolizado en el proyecto del gasoducto NordStream-2, hacen pensar en la preservación de la contención (7).

AFGANISTÁN: RETIRADA, AL FIN

El tercer escenario de guerra latente corresponde al conflicto más antiguo de los examinados. Después de tres meses de consideraciones y debates discretos, el presidente Biden ha optado por una vía intermedia. Ni retirada el 1 de mayo, como había pactado Trump con los talibanes, en un chapucero acuerdo sin garantías; ni mantenimiento sine die de la presencia militar norteamericana, como reclaman militares y halcones. La retirada de las tropas de combate se aplaza al 11 de septiembre, cuando se cumplirá el vigésimo aniversario del múltiple atentado yihadista, que precipitó la aventura militar en Afganistán. Quedarán en el país unos centenares de efectivos para proteger la embajada, y poco más.

                Dos décadas de guerra han dejado 2.400 muertos norteamericanos (las víctimas afganas se cuentan por decenas de miles) y un coste de 2 billones de dólares. Bin Laden fue eliminado en 2010 en la vecina Pakistán, cuando ya era una anciana sombra sin apenas influencia. La nueva generación yihadista que lo sucedió ha sido derrotada pero no extinguida. Los talibanes se creen en condiciones de volver a ser la fuerza dominante en el país (8).

                Biden no confía en este gobierno afgano, como Obama tampoco esperaba nada bueno del precedente. Altos cargos norteamericanos propusieron recientemente una especie de transición pactada y participativa, que el ejecutivo afgano recibió con irritación y los talibán han despreciaron (9). Veinte años de ocupación no han servido para sentar las bases de una pacificación duradera. Ciertamente, una restauración integrista sería catastrófica para ciertos sectores sociales (las mujeres, primordialmente, pero no sólo ellas), aunque no es tan seguro que el país vuelva a ser santuario de yihadistas. O no más que otros. Biden nunca estuvo de acuerdo con la estrategia contrainsurgente. Aplacada la amenaza terrorista internacional ha llegado a la comprensible conclusión de que, pese a la falta de consenso interno (10), es hora de acabar con la más emblemática y prolongada de las guerras interminables (endless wars).

 

NOTAS

(1) “Iran apparently strikes an Iranian nuclear facility -again”. THE ECONOMIST, 12 de abril.

(2) “U.S. prepare fot further talks with Iran, as Tehran blames Israel for attack on nuclear facility”. THE WASHINGTON POST, 13 de abril.

(3) “Iran and Israel’s undeclared wars at Sea (part 2): the potential for military escalation”. FARZIN NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 13 de abril.

(4) “Is Russia going to war in Ukarine?”. BBC, 13 de abril; “En Ukraine, dangereuse escalade dans le Donbass”. FAUSTINE VINCENT. LE MONDE, 2 de abril.

(5) “Zelensky’s first year: new beginning or false dawn?”. STEVEN PIFER. BROOKINGS, 20 de mayo de 2020; “The uneven first year of Zelenskiy’s Presidency”. GWENDOLINE SESSEN. CARNEGIE, 19 de mayo de 2020

(6) “Russia’s weal strongman. The perilious bargains that keep Putin in power”. TIMOTHY FRYE. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2021.

(7) “Is Russia preparing to go to war in Ukraine?”. AMY MCKINNON. FOREIGN POLICY, 9 de abril. .

(8) “The Taliban think they have already won, peace deal or not”. ADAM NOSSITER. THE NEW YORK TIMES, 30 de marzo.

(9) “The Hail Mary of power-sharing in Afghanistan. MICHAEL O’HANLON y OMAR SHARIFI. BROOKINGS, 29 de marzo.

(10) “In or out of Afghanistan is not a political choice”. SARA KREPS y DOUGLAS KRINER. FOREIGN AFFAIRS, 22 de marzo; “Americans are not unanimously war-weary of Afghanistan”. MADIHA AFZAL y ISRAA SABER. BROOKINGS, 19 de marzo.

BIDEN: EL INESPERADO ENTERRADOR DE LA REVOLUCIÓN NEOCONSERVADORA

 7 de abril de 2021

Hace apenas quince meses, cuando el Coronavirus era aún una amenaza en ciernes y  las primarias demócratas no habían empezado, pocos predecían que el casi octogenario Joseph Biden se fuera a convertir en el líder mundial probablemente con mayor impacto en Occidente desde Ronald Reagan. Aún no lo es, pero cada día que pasa quiebra un pronóstico o altera la proyección que su carrera política, su temperamento y sus convicciones políticas hacían razonablemente esperar.

Para no incurrir en malentendidos, hay que empezar diciendo que esta “sorpresa” no se deriva de una equivocación colectiva y mucho menos de una conversión personal. Una vez más, la Historia elige personajes secundarios o dirigentes medianos para encarnar giros decisivos. Y en Estados Unidos, esta máxima es más cierta que en cualquier otro lugar.

Si echamos la vista atrás, hay muchos puntos de contacto entre Reagan y Biden, a pesar de sus posiciones políticas aparentemente opuestas. Ninguno de los dos era un líder brillante, deslumbrante, imaginativo o carismático. Los dos pueden considerarse ejemplos de una clase política reconocible. Ambos acreditaban experiencia, aunque desigual: Reagan había sido gobernador de California, el estado más poderoso y poblado de la Unión; Biden, llevaba 30 años ininterrumpidos en el Senado y había cumplido un mandato como Vicepresidente.

EL ENGAÑOSO PRESTIGIO DE REAGAN

Hace ahora cuarenta años que Ronald Reagan se convertía en el 40º presidente de los Estados Unidos. El mundo se encontraba inmerso en el segundo shock petrolero en apenas ocho años. El crecimiento económico se encontraba estancado y agravado por una inflación imparable (estanflacion: combinación de estancamiento e inflación ). En pleno trauma por la humillación de los rehenes de Irán, una economía incapaz de salir a flote, el poderío estable aparente del comunismo soviético y el triunfo de partidos y movimientos izquierdistas en el mundo en desarrollo, Estados Unidos parecía más a la defensiva que nunca desde 1945.

Esa era, al menos, la narrativa propagandística de la derecha más combativa. Había que reaccionar pronta y contundentemente. No había espacio para medias tintas. Había que poner fin a las terceras vías, a los modelos de reforma de capitalismo, la socialdemocracia, el Estado del bienestar, el fortalecimiento sindical, la cultura liberal, los movimientos por los derechos civiles y de las minorías, etc. Había que lanzar una “revolución neoconservadora”. Y las circunstancias y los laboratorios de ideas creyeron que la persona para encarnarlo no debía ser una figura cumbre del panorama político, sino un relaciones públicas, un carca simpático.

A sus setenta años, Reagan se convirtió en el presidente de mayor edad de la historia norteamericana. Y seguramente uno de los menos dotados intelectualmente. Actor mediocre y oportunista sin complejos, interpretó el papel que se reservó para él de manera satisfactoria. Reagan bajó los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, restringió o eliminó los programas sociales que se habían creado durante la etapa de Johnson (otro político astuto pero en absoluto tocado por el áurea de líder imprescindible, como Kennedy) y lanzó la carrera armamentística más ambiciosa de la historia, por tierra, mar, aire... y espacio sideral. Este empeño se codificó en dos lemas: “El Estado es el problema, no la solución” y “Hacer grande a América de nuevo”. La economía-vudú reaganiana partía de la supuesta creencia de que al disponer de más dinero, los ricos invertirían más en la economía y todos se beneficiarían de su esa reforzada prosperidad (el llamado efecto trickledown o goteo). En realidad, la popularidad de Reagan se basó en una gigantesca mentira, como denuncia un reciente documental (1)

El legado de la revolución conservadora es apabullante: incremento exponencial de la desigualdad, unas sociedades escindidas, falta de oportunidades para las inmensas mayorías, precarización y degradación de las condiciones laborales y quiebra del principio del progreso generacional (por primera vez, los hijos no viven mejor que sus padres), etc. En estos años, la riqueza nacional en manos del 1% más rico ha pasado del 22% al 37%. Nueve de cada diez ciudadanos son ahora, de media, trece puntos más pobres que antes de Reagan (2).

Desde finales de los 70, los demócratas han sido seducidos y/u obligados a comulgar con ciertos dogmas para poder financiar sus campañas políticas y aspirar a ser elegidos por una ciudadanía manipulada por medios serviles y/o dependientes.

HACIENDO VIRTUD DE LA NECESIDAD

Ahora, bajo la abrumadora destrucción, humana, económica y social del COVID-19, el presidente norteamericano ha emprendido dos vastas iniciativas públicas convergentes (un plan de estímulo económico, ayudas sociales y beneficios fiscales a las familias y un gigantesco programa de renovación de infraestructuras y promoción de la economía verde y la transición energética), por valor de 4 billones de dólares, lo que equivale al 80% del gasto contemplado en los Presupuestos Generales del Estado Español para 2021.

Para financiar este gigantesco esfuerzo, Biden y la secretaria del Tesoro Yellen plantean aumentar los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, revirtiendo así uno de los principales paradigmas de la “revolución neoconservadora”: que la presión fiscal es un gran obstáculo para la prosperidad (3). El plan Biden-Yellen prevé anular los regalos de Trump y elevar el tipo impositivo al 28% para las grandes empresas (siete puntos más; en todo caso aún inferior al 35% que consiguió Obama del Congreso tras el desfondamiento financiero). Además,  es la primera vez que un gobierno norteamericano propone gravar a las compañías multinacionales, que han sido las grandes beneficiarias del neoliberalismo.

Biden, un político del establishment, en absoluto crítico de lo que ha ocurrido durante estas cuatro últimas décadas, se convierte en el defensor inesperado de la intervención activa del Estado en la economía de libre mercado, emulando modestamente a Roosevelt (4). Su proclamada cercanía a los sindicatos en poco o nada situaba a Biden en terrenos ideológicos progresistas. De hecho, durante las primarias demócratas se desmarcó expresamente de las propuestas más a la izquierda, formuladas por Bernie Sanders o Elisabeth Warren.

En los últimos tres meses, sin embargo, estamos oyendo a un presidente que adopta programa y lenguaje de esa izquierda demócrata, a la que no pertenece y en la que él no confía. Los centristas o escépticos de su partido callan, sin duda convencidos de que conseguirán templar esas propuestas en los pasillos del Congreso, como hicieron con el plan de salvamento económico y con la reforma sanitaria de Obama. La eliminación de la subida del salario mínimo a 15 $ ha sido un anticipo. Los más progresistas temen que el presidente tenga asumidos esos recortes, pero están dispuestos a defender el triunfo intelectual que supone siquiera la presentación pública de estas políticas, y a dar batalla (5).

Naturalmente, Biden no quiere conducir el país hacia un socialismo democrático (6). Son las circunstancias las que le han obligado a poner su firma a las políticas públicas más ambiciosas en noventa años. La Historia, de nuevo, ha elegido al menos esperado, no al mejor dotado o al más brillante. Pero sí a uno de los más dispuestos a hacer lo que sea necesario para salvar al sistema. Sin complejos ideológicos o doctrinarios.


NOTAS

(1) El documental “The Reagans”, de la productora audiovisual SHOWTIME, destapa el ejercicio de propaganda falaz que hizo del 40º Presidente un líder nacional y mundial.

(2) Datos recogidos en el trabajo “The Starving State. Why Capitalism’s salvation depends on Taxation”. JOSEPH STIGLITZ, TODD TUCKER y GABRIEL ZUCMAN. FOREIGN AFFAIRS, Enero-febrero de 2020.

(3) “Joe Biden’s quietly revolutionary first 100 days”. EDWARD LUCE. FINANCIAL TIMES, 18 de marzo.

(4) “Biden is facing a Roosevelt moment”. KATRINA VAN DEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 30 de marzo.

(5) Stimulus bill as a political weapon? Democrats are counting on it”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(6) “No, Joe Biden won’t give us Socialdemocracy”. MATT KARP. JACOBIN, 15 de marzo.

 

ISRAEL: LA VOTACIÓN INTERMINABLE

 31 de marzo de 2021

Las cuartas elecciones generales israelíes en dos años no han arrojado una mayoría suficiente para garantizar un gobierno mínimamente estable. Se habla abiertamente ya de las quintas elecciones antes del verano. Una inestabilidad sin precedentes.

El sistema electoral proporcional puro y la atomización del espectro político explican este bloqueo. Pero habría que añadir el de la versión local de la polarización: partidarios y adversarios de Netanyahu, el primer ministro desde 2009 (y líder más longevo de Israel, si se cuenta un primer periodo de gobierno en los años noventa).

King Bibi, como se le conoce coloquialmente, ha secuestrado la democracia israelí. Todo, o casi todo, gira en torno a su figura. A sus intereses personales, más que a su proyecto político. Su designio consiste ya en escapar al triple proceso judicial abierto contra él por corrupción, malversación de fondos y abuso de confianza. La clase política se divide entre quienes creen que el primer ministro debe ser sometido a la justicia, sin privilegios ni salvaguardas, y quienes pretenden defenderlo por convicción o por conveniencia.

Hace una década larga, Netanyahu se convirtió en el líder de una derecha nacionalista decidida a cuestionar primero y enterrar más tarde el proceso de paz con los palestinos, estimular la colonización de los territorios ocupados e imprimir un giro conservador y tradicionalista en la sociedad israelí. La usura del poder y su indisimulada ambición le han llevado a pertrecharse contra cualquier intento de alternativa (1). Netanyahu ha sustituido la visión por la maniobra permanente, el proyecto por el oportunismo. Las instituciones son cada vez más serviles y ahora se atenta contra la judicatura. Un caso comparable al de Hungría y Polonia, según analistas críticos o Samy Cohen, politólogo judío residente en Francia (2).

UNOS RESULTADOS NO CONCLUYENTES

Los resultados del 23 de marzo no han resuelto el atolladero. El partido de Bibi, el Likud, ha obtenido 30 de los 120 diputados de la Knesset (Parlamento); es decir, la mitad menos uno de los que necesita para gobernar con mayoría (61). A partir de aquí comienzan las cuentas. En la columna de potenciales aliados figuran los habituales de los últimos años: los diputados ultraortodoxos sefardíes del Shas (9) y los askenazíes de Unión en la Torá (7). Eso hacen 46. En cualquier lugar, lo más natural sería el pacto con los afines. No en Israel.

La ultraderecha nacionalista se divide en dos partidos, Israel Beitenu (Nuestra casa Israel), de Avigdor Libermann, que concentra gran parte del voto de los inmigrantes rusos y de Europa oriental); y Yamina, una coalición dirigida por Naftalí Bennet, que aglutina a dirigentes que han roto agriamente con Netanyahu. Cada uno de ellos tiene 7 diputados.

Liebermann mantiene su abierta hostilidad hacia los ultraortodoxos por el asunto de la exención del servicio militar (que Netanyahu les otorgó como precio a su apoyo); por tanto,  su apoyo es muy dudoso. Bennet ha conseguido unificar a esa derecha que quiere jubilar cuanto antes a Netanyahu. En ese empeño se han malogrado numerosas figuras, y Bibi sigue reinando.

Otro dirigente que se separó esta legislatura del Likud para construir una alternativa a Netanyahu fue el exministro de Educación (antes, de Interior), Gideon Sa’ar. Su partido, New Hope (Nueva Esperanza) apenas ha conseguido 6 escaños. Nada desdeñable, pero insuficiente para proclamarse como garante de una regeneración interna en la derecha nacionalista. Por lo demás, su proyecto sólo difiere del de Netanyahu en lo táctico, no en lo estratégico, como se pone de manifiesto en una entrevista concedida a un think-tank norteamericano (3).

PACTO CON DIOS Y CON EL DIABLO

Netanyahu puede pescar en el extremismo religioso sionista. Conviene aclarar que los judíos practicantes celosos y políticamente activos se dividen, básicamente, en sionistas y ultraortodoxos (antisionistas). Estos últimos, los haredim (temerosos de Dios) se opusieron al Estado de Israel como proyecto político, por considerar que no hay más autoridad que Dios. Más tarde, algunos adoptaron el pragmatismo: puesto que el Estado sionista era una realidad duradera, se organizaron políticamente para extraer ventajas de él, tanto en la comunidad sefardí (de origen oriental) como en la ashkenazí (occidental).

Los religiosos sionistas, defensores del Estado de Israel con convicción plena, han ido adoptando posiciones más extremas. Han aprovechado sus votos en la Knesset para sacarle concesiones a Netanyahu, como el resto de miniformaciones conservadoras.  En esta ocasión, el propio primer ministro, sabedor de que tendría que contar cada voto para seguir en el puesto, alentó la unificación de distintas corrientes en una coalición que agruparía a un sector de  Tkuma (Resurrección) y Oztma Yehudit (Hogar Judío), dos formaciones con abiertas posiciones racistas, partidarias de la expulsión de los palestinos de los territorios bíblicos de Judea y Samaria (Cisjordania). La segunda es heredera del grupúsculo terrorista fundado por el desaparecido rabino Meir Kahane. Netanyahu espera contar con sus 6 diputados.

En esta lucha desesperada por mantenerse en el sillón e intentar escapar al castigo de la justicia, Netanyahu parece dispuesto “aliarse con el diablo”. O con  diablos distintos y hasta opuestos a los anteriores, en este caso los islamistas árabes israelíes de Ra’am. Les ha cortejado abiertamente (4). En las elecciones anteriores este grupo minoritario acudió a las urnas con el resto de formaciones árabes en la Lista Conjunta. Bibi ha hecho penitencia con esta minoría, después de haberla ninguneado o faltado al respeto, como cuando en 2015 alertó a sus bases de que los árabes “iban a votar en manada”. Una alianza del Likud con Ra’am es totalmente antinatural. Pero ese es el signo de los tiempos.

IMPOTENCIA DEL CENTRO Y LA IZQUIERDA

En la oposición, las opciones no son mejores. El ensayo centrista (en realidad, centro-derechista) de Kajol Lavan (Azul y Blanco), llamado el partido de los generales por el origen de sus líderes, ha sido un fiasco más. Su líder, Benny Gantz, es ya otra víctima más del astuto Bibi. Para no repetir elecciones, se avino a un pacto fáustico, que consistía en la habitual fórmula de gobierno de coalición con la permuta del puesto de primer ministro a mitad de mandato. Antes de que le tocara el turno, Netanyahu orquestó una disputa sobre el proyecto presupuestario y, después de asegurarse que el caos del Covid-19 se había resuelto con una eficaz campaña de vacunación, forzó la ruptura del acuerdo de gobierno y, por tanto, las nuevas elecciones.  Kajol Lavan se rompió. De los 33 diputados de hace un año ha pasado a 8. Uno de los socios, Yesh Atid (Hay futuro), liberal, liderado por Yaid Lapid, una popular figura mediática, ha mantenido gran parte del capital político centrista, al conseguir 17 diputados.

El socialismo democrático casi ha duplicado su fuerza parlamentaria. El laborismo, otrora pilar fundamental del proyecto sionista, se ha recuperado, después de estar a punto de precipitarse en la irrelevancia política, tras una larga y penosa decadencia (5). Bajo el liderazgo, por primera vez en su historia, de una mujer, Merav MIchaeli, los laboristas han duplicado su representación (pasan de 4 a 7 diputados), en alianza de nuevo con el pequeño partido liberal Gesher (Puente). A su izquierda, Merev (Vigor) ha logrado un buen resultado al meter a seis de los suyos (tres más que ahora) en la Knesset. En cuanto a los árabes, la Lista Conjunta contará con 6 diputados, al restarse los 4 islamistas.

Así las cosas, el campo pro-Netanyahu podría tener 52 diputados seguros: 30 del Likud, 16 de dos los partidos ultraortodoxos y 6 de los religiosos sionistas extremistas. Le faltarían nueve para la mayoría. El heterogéneo bando contrario sumaría 48: 17 de Yeish Atid, 8 de Azul y Blanco, 6 de New Hope, 7 Laboristas, 6 del Meretz y 4 de la Lista conjunta árabe. Los dudosos son 18: 7 de Israel Beitenu y otros 7 de Yasmina, y 4 de los islamistas.

Los cálculos para cerrar las alianzas no tendrán que ver con la coherencia ideológica o programática. El factor decisivo será la actitud ante el futuro de Netanyahu: supervivencia u ostracismo. Si no hay veredicto concluyente, habrá quintas elecciones. Un ciclo sin final. 

 

NOTAS

(1) “For or against Netanyahu, Israelis can’t quit him”. LAHAV HARKOV. THE JERUSALEM POST, 22 de marzo.

(2) “On the verge of an illiberal democracy”. ALON PINKAS. HAARETZ, 22 de marzo; “En Isräel, l’era Netanyahu n’est pas sans rappeler celle Viktor Orban en Hongrie”. SAMY COHEN. LE MONDE, 24 de marzo.

(3) “New leadership in Israel: a conversation with Gideon Saar”. ROBERT SATLOFF. THE WASHINGTON INSTITUTE, 10 de febrero.

(4) “Israel round four: new and old dynamics”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 9 de febrero. 

(5) “How Liberals lost in Israel”. YEHUDA MIRSKY. FOREIGN POLICY, 25 de marzo.

YANG Y VANG: LA DUALIDAD DEL PULSO EEUU-CHINA

24 de marzo de 2021

Alaska es un lugar frío. Un escenario que ni pintado para escenificar el clima actual de las relaciones chino-norteamericanas. La reunión de altos cargos diplomáticos/estratégicos entre ambos países en Anchorage rebasó con creces el guion anunciado: tensión y sustanciales desacuerdos. Eso de cara a las cámaras, a las respectivas audiencias, enrocadas ambas en una desconfianza mutua. De puertas adentro, en cambio, el tono fue distinto.

Por parte de Estados Unidos, manejaron el encuentro el Secretario de Estado, Anthony Blinken, y el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. La delegación china estaba encabezada por el responsable de asuntos exteriores del PCCH, Yang Jiechi, y por el ministro de exteriores, Wang Yi. Dualidad Partido-Estado, más burocrática que real. Pero útil a efectos de propaganda y postureo.

Blinken resaltó en su intervención introductoria de anfitrión las críticas a Pekín por las violaciones de derechos humanos en Xinjiang, la restricción de libertades en Hong-Kong y la hostilidad creciente hacia Taiwan y otros vecinos de China.

En su turno inicial de palabra, los chinos se repartieron estudiadamente los papeles. Yang asumió el rol de poli malo, de portavoz de las maneras fuertes para afirmar la férrea voluntad china de afirmar su hegemonía mundial.  Aparentemente irritado por el zarandeo, el político Yang contragolpeó a tambor batiente durante 16 minutos (ocho veces más de lo estipulado). Reprochó a Estados Unidos su imperialismo, su cinismo en el discurso humanitario y su arrogancia por tratar de imponer su discurso moralista mientras cierra los ojos antes los abusos contra los afroamericanos y otras minorías norteamericanas.

Con el ambiente sobrecargado, el diplomático Wang puso el énfasis en las áreas de cooperación entre las dos grandes potencias mundiales, sin dejar de reclamar a Washington una actitud más constructiva. En su rol de poli bueno, encarnó la otra cara del poderío chino: su compromiso con el bienestar mundial.

Molesto por el tono de Yang, Blinken pidió a los periodistas presentes que no se marcharan para que pudieran escuchar su réplica contundente. Le recordó lo que Biden dijo a Xi Jinping en su primera conversación como presidente: el discurso chino sobre el declive de EE.UU. es un gran error de cálculo. Y añadió un consejo que el en su día vicepresidente le ofreció al líder chino hace unos años: apostar contra Estados Unidos es una mala apuesta.

En esta pelea de gallos, el jerarca comunista chino quiso tener la última palabra y abundó en las reprimendas. Después de compartir públicamente estos entremeses fríos, ambas partes pasaron a los platos templados de la negociación y el compromiso, según cuentas varias fuentes que pudieron conocer el posterior desarrollo de la reunión (1).

UNA ESTRATEGIA PENDIENTE

Yang y Wang son las caras, abierta y oculta, del diálogo/confrontación con Pekín. Hay que acostumbrarse a ello, tanto para relativizar las disputas, como para templar los logros... cuando se produzcan. A pesar del relativo ruido mediático por el alboroto de Anchorage, la reunión respondió a lo esperado. Después de todo, Blinken había dicho días antes en Tokio (2) que en las relaciones con China hay áreas de confrontación, de competencia y de cooperación. La estrategia anclada en esa tríada conceptual llevará tiempo, semanas o quizás meses, según Kurt Campbell, el principal encargado de esta tarea en el CSN (3); mientras tanto, primarán las medidas más sonoras, de las que Alaska es reflejo ampliado y distorsionado.

Después de Anchorage, Estados Unidos anunció sanciones contra responsables chinos vinculados con la represión de los uigures (comunidad musulmana de Xinjiang). La UE hizo lo propio, menos de cien días después de cerrar un polémico acuerdo de inversiones con Pekín. Otro manifestación del caliente y el frío. (Entre paréntesis: con Rusia, Europa sigue la misma ruta de confrontación, pero sin un aparente carril lento para la cooperación, aunque Alemania libera el arcén para que transite el gas del Nord Stream-2. Intereses obligan).

China será el gran asunto de la era Biden, y de las venideras. Estrategas, políticos, diplomáticos, militares y académicos no paran de producir diagnósticos, análisis, dictámenes, pronósticos y recomendaciones, menos neutrales de lo que sus autores pretenden.

Desde el campo liberal se recomienda firmeza en los principios e inteligencia en la gestión. No debe valer todo para prevenir que las sanciones se conviertan en boomerangs contra los intereses propios. Hay cierto voluntarismo en esta posición: colaborar en lo que interesa y apretar en lo inaceptable.El principal punto de esa agenda de cooperación es el cambio climático, aprovechando la buena disposición que Pekín está manifestando en los últimos tiempos (4). Otro área de prioridad es la tecnológica, donde el desafío chino en el 5G alarma sobremanera (5). Pero se olvida a veces que el contrario también juega, y tiene muchas cartas. No será fácil convencer a los chinos sobre una hoja de ruta para salvar el planeta, si se insiste en llamarles la atención sobre asuntos en los que, Yang dixit, Pekín no tolera lecciones (6).

Desde latitudes conservadoras sopla el mismo viento gélido que en Alaska: una visión de confrontación a cara de perro, bajo la óptica reaganiana de negociar sólo para favorecer la capitulación del adversario. Dos autores del muy derechista Instituto de la Empresa Americana lo han codificado con la fórmula trumpiana de suma cero (7).

Esta perspectiva de guerra fría se basa en las debilidades del adversario. A pesar de su poderío, China es un gigante con los pies más frágiles de lo que parece. El crecimiento económico se ha reducido a la mitad en la última década larga y la productividad ha descendido un 10%. La deuda, por el contrario, ha aumentado hasta alcanzar el 335% del PIB en 2020. Su gente  envejece, en parte debido a sus política antinatalista de una generación atrás, y se predice que un tercio de la población que celebrará el centenario de la China comunista en 2049 serán pensionistas. La sed de poder de China llevará a sus vecinos a protegerse más y mejor, con la ayuda de Washington, claro

Esta debilidad subyacente, empero, no hace a China menos peligrosa, sino mucho más, argumentan estos autores, e invocan el ejemplo de la Alemania de 1914. Para afrontar esta paradoja, se propone no intentar modificar el comportamiento de China sino degradar su poderío, limitando su capacidad tecnológica y protegiendo y reforzando a sus adversarios regionales (8). Una lógica de guerra fría, que elude un dato significativo: el presupuesto militar chino es cuatro veces inferior al del Pentágono.

En la Casa Blanca de 2021 prima la lógica cooperadora con límites bien definidos. Pero frente a la lógica dual de Yang y Wang, no está garantizada una estrategia eficaz. China es hoy un buen negocio para muchos aliados, una oportunidad tentadora en un ambiente incierto. Para armonizar perspectivas y políticas, Blinken se ha detenido en Bruselas para hablar con Borrell con vistas a reavivar el Foro chino, la esfera de cooperación aliada, como días antes había hecho con sus socios asiáticos, Japón y Corea.


NOTAS

(1) “The US and China get finally real with each other”. THOMAS WRIGHT. BROOKINGS, 22 de marzo.

(2) https://www.state.gov/secretary-antony-j-blinken-with-izumi-oguri-of-nippon-tv/

(3) “That was fast: Blowups with China and Russia in Biden’s first 60 days”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 20 de marzo.

(4) “Avoiding the climate canard in the US-China relations”. RYAN HASS. BROOKINGS, 4 de enero.

(5) “What the Cold War can teach Washington about China tech tensions”. BRENDAN THOMAS-NOONE. CENTER FOR STRATEGIC INTERNATIONAL STUDIES (CSIS), 12 de enero.

(6) “Chine assume des ‘grandes divergences’ avec les Etats-Unis. FRÉDÉRICK LEMAÎTRE (Pekin correspondant). LE MONDE, 12 de marzo.

(7) Dos artículos recientes de ZACK COOPER y HAL BRANDS en FOREIGN AFFAIRS resumen este punto de vista: “America only win when China’s regimen fails”(11 de marzo) y “U.S.-China rivalry is a battle over values” (16 de marzo).

(8) “Competition with china could be short and sharp”. MICHAEL BECKLEY y HAL BRANDS. FOREIGN AFFAIRS, 17 de diciembre.