ALIANZA FUERTE DE GOBIERNOS DÉBILES

6 de julio de 2022

La reciente cumbre aliada de Madrid dejó un aire irreal de unidad y fortaleza occidental. La unidad es relativa, aunque las grietas se dejan para las discretas consultas o el trabajo de los despachos. La fortaleza es puramente militar, aunque adolece de un desequilibrio irresoluble entre los dos polos atlánticos: Estados Unidos y Europa. La OTAN revive con las crisis internacionales (en particular contra el desafío otrora soviético y ahora ruso), porque es un instrumento diseñado con ese fin. Pero puede hacer muy poco o nada para resolver las debilidades internas. Por el contrario, si acaso, profundizarlas, al presionar en pro de un mayor gasto militar para contrarrestar una amenaza discutible y reducir recursos en inversión social.

La guerra (fría) es buena para ciertos negocios (los armamentistas y sus derivados) pero muy mala para la vida de la gran mayoría de la gente. Para los europeos, este pulso de prestigio, esta sobreactuación frente a la agresión rusa en Ucrania es ya un drama y puede acabar en tragedia. En lo que va de siglo, Occidente ha sido sacudido por cuatro guerras mayores “externas” (Serbia, Irak, Afganistán y Ucrania), azotado por una pandemia global que está aún lejos de extinguirse por completo y soportado dos crisis económicas de gran envergadura (financiera, la primera; y energética y económica, la actual). Este ciclo de penurias y pesimismo ha permitido pocos respiros. Han asomado reflejos autoritarios incluso delirantes en la cúspide del poder político (Trump), se han reforzado viejas pulsiones racistas y xenófobas (en Estados Unidos y en Europa, incluso en la suave Canadá), se ha profundizado la brecha social y se ha ido descosiendo el frágil tejido de conformidad más o menos activa con el sistema liberal de democracia cada vez más desconectada de las necesidades de las mayorías.

La unidad en la fortaleza o la fortaleza a través de la unidad es poco más que un eslogan frente a un enemigo cuya agresividad es síntoma de debilidad más que de potencia, por agresivo que pueda ser su comportamiento. Los líderes participantes en la Cumbre Atlántica de Madrid exhibieron músculo en un encuentro internacional con aroma a tiempos pasados. Horas después regresaron a la cruda realidad de un imparable incremento del coste de la vida, el riesgo de desabastecimiento energético y la alarma ante un rebrote pandémico de efectos todavía no predecibles. En este contexto, la cohesión de los principales gobiernos aliados da síntomas de fragilidad preocupantes.

EEUU: UN PRESIDENTE AMORTIZADO

En Estados Unidos, la agenda Biden de “reconstrucción nacional” está en ruinas. El Tribunal Supremo se erige casi en un gobierno paralelo, desmontando derechos y empujando al país hacia atrás, en una guerra cultural contra sus propios ciudadanos no adeptos a una cruzada conservadora (1). Las elecciones de mitad de mandato de noviembre pueden dar la puntilla al octogenario presidente, a quien muchos de los suyos consideran ya un imposible candidato a la reelección dentro de dos años, sin que haya una alternativa clara y viable entre los demócratas (2). El país está espantado por las sesiones catárticas de la Comisión parlamentaria sobre el 6 de enero, pero los clones suavizados de Trump se hacen fuertes y dominan el relato en el Partido Republicano, que no vive incómodo en el extremismo. Las pálidas medidas contra la enfermiza adicción a las armas, que mata a más gente que el terrorismo internacional, se ahogan en nuevas matanzas a un ritmo infernal de una por semana. La vida es cara y antipática. La quiebra social nunca ha sido tan profunda en cincuenta años.

ALEMANIA: UNA RUPTURA FORZADA

En Europa, las cosas no van mejor. Por citar sólo a los más grandes, Alemania se debate en el esquizoide dilema de abandonar décadas de dependencia energética de Rusia con la esperanza de no destruir por completo todos los puentes (3). La coalición de gobierno está tensionada. Los socialdemócratas sancionan a regañadientes a Moscú, sabedores de que disparan contra los intereses nacionales. Los ecologistas se erigen en halcones, no del clima, como es su razón de ser, sino de un belicismo neoconverso frente al Kremlin (4). Los liberales, eslabón menor, contemplan con cierta candidez los apuros de sus socios mayores, pero son muy sensibles a la inquietud de los medios de negocios a los que representan. El gobierno parece estable, pero es muy dependiente de una paz social que no ha sido tan incierta desde la reunificación.

FRANCIA: LA SOLEDAD DE MACRON

Francia se aleja del camino del liderazgo europeo que Macron lleva anunciando desde su primera elección, en 2017. El Presidente es hoy más débil que cualquiera de sus antecesores en la V República. Su nuevo ejecutivo, abocado a gobernar en solitario, ni siquiera se ha atrevido a inaugurar su mandato con la habitual moción de confianza. Lo único relativamente confortable para Macron es que hace frente a tres oposiciones (ultraderecha, conservadores e izquierda) incapaces de entenderse y, por tanto, de amenazar seriamente con derribar al gobierno. La izquierda (NUPES) parece haber asumido el papel de oposición activa al apresurarse a depositar una moción de censura en la Asamblea Nacional. Su pretensión se reduce a erosionar el ya de por si escaso prestigio de la exigua mayoría (5). Conservadores y nacional-identitarios permanecen agazapados a la espera de tiempos más propicios. El partido de Marine Le Pen parece priorizar de momento la construcción de esa respetabilidad que le falta para asaltar el Eliseo. Los Republicanos apuestan por un desgaste a fuego lento.

REINO UNIDO: JOHNSON, EN EL ALERO

En Gran Bretaña, el ilusionista Boris Johnson vive de nuevo horas de peligro. La dimisión sonora y muy incisiva de los dos ministros más relevante de su gobierno lo pone de nuevo “pendiendo de un hilo”, como dicen los inclementes diarios de Londres (6). Aunque el fracaso de la moción interna de desconfianza tory le concede teóricamente un año de respiro, no son pocos quienes predicen que Johnson se derrumbará mucho antes. Torres más altas han caído, dicen propios y adversarios, con Thatcher en mente. El último escándalo, haber mantenido, de nuevo mentira mediante, a un ministro de segunda pese a saber que había acosado a dos jóvenes asesores, despierta los reflejos hipócritas de un conservadurismo puritano que nunca ha soportado el exhibicionismo de su primer ministro. Johnson se apoderó del Brexit y ganó por goleada las elecciones siguientes. Con credenciales así, era más digerible el desagrado. Pero Boris se ha quemado en tiempo récord. Hará lo que sea para sobrevivir. Ha puesto ya en riesgo el acuerdo de divorcio con Europa para tapar una vía de agua abierta por los protestantes unionistas en el Ulster. Se ha erigido en el más locuaz abogado de Ucrania. Y ahora que lo ha abandonado el Canciller del Exchequer (Ministro de Hacienda), aventará la bajada de impuestos para “poner dinero en el bolsillo de los ciudadanos” y hacer creer que así compensará una inflación galopante.

Italia, paradójicamente, parece más tranquila. Pero es una sensación engañosa. La estabilidad gira en torno al crédito que aún conserva el primer ministro Draghi, muy activo también en la escena internacional. Pero en Italia las crisis son a menudo imprevistas y violentas. O caprichosas. Han aparecido de nuevo grietas en una fachada sólo remozada. El populista Movimiento 5 estrellas se parte por la política hacia Rusia. El centroizquierda ha mejorado en las municipales parciales de hace unas semanas, pero no tiene apetencias de mejorar posiciones de poder en una coyuntura tan desfavorable. Los nacional-populistas de Savini y la extrema derecha de Meloni compiten por el impulso lepenista. En estas rebatiñas italianas, suele aparecer un puñal que aspire a acabar con César.  

De este cuarteto europeo hacia abajo en la escala de poder e influencia en Europa, no hay mejores señales. Si la dinámica belicista en curso empuja a los gobiernos a incrementar el gasto militar y los precios prosiguen su escalada, el malestar social irá en aumento. Para muchos, reaparece el espectro de los setenta, aunque la realidad sea muy diferente. Pero de eso nos ocuparemos en un próximo comentario.


NOTAS

(1) “Supreme Court goes against public opinion in rulings on abortion, guns”. MICHAEL SCHERER. THE WASHINGTON POST, 24 de junio.

(2) “Biden irked by Democrats who won’t take ‘Yes’ for an answer in 2024”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 27 de junio.

(3) “The anatomy of Germany’s reliance on Russian natural gas”. DER SPIEGEL, 29 de junio.

(4) “¿From peaceniks to hawks? Germany’s greens have transformed in the face of Russia’s war”. DER SPIEGEL, 6 de mayo.

(5) “Motion de censure ou non: les oppositions prennent position”. LE MONDE, 6 de julio.

(6) “What the papers said about Boris Johnson’s cabinet resignations”. THE GUARDIAN, 6 de julio.


CUMBRES Y DEPRESIONES

30 de junio de 2022


Tres cumbres en una semana: UE, G7 y OTAN. Todas ellas con la guerra de Ucrania y sus consecuencias como asunto casi monográfico. Tres escaparates en los que reflejar una unidad occidental que es menos solida de lo declarado, pero suficiente para presentar a Rusia una demostración de fuerza.

Las cumbres son momentos ceremoniales en los que raramente se logra algo que no venga pactado o cocinado previamente. Los resultados dramáticos o de última hora son infrecuentes y cuando suceden suelen ser salidas de compromiso de poco alcance y dudoso cumplimiento. Por la misma razón, los fracasos sonoros son aún más improbables: sólo con el imprevisible Trump en escena las reuniones de la OTAN y el G-7 acabaron como el rosario de la aurora. Por eso, las cumbres se concibieron para dar buenas noticias, para consagrar grandes logros. Formalmente, así ha sido de nuevo este año. Pero por detrás de las fanfarrias aparecen, en esta ocasión especialmente, las depresiones de una realidad amarga.

UE: ALEGRÍA EN UCRANIA, FRUSTRACION EN LOS BALCANES

Los 27 países de la UE aprobaron la concesión a Ucrania del estatus de país aspirante, una decisión más política y simbólica que efectiva. El proceso de adhesión se antoja largo, complicado e incierto, por mucho que la retórica de solidaridad en estos tiempos aciagos pudiera inducir a pensar lo contrario. Los líderes han preferido pecar de excesivos que quedarse cortos, para no decepcionar a sus colegas ucranianos. Pero unos y otros son perfectamente conscientes de que la integración queda lejos y que no sólo dependerá de la suerte de la guerra. Las escaramuzas de la negociación se prevén muy fatigosas y parecerán interminables. Como todas.

Aún más depresiva ha sido la dinámica que esta prioridad ucraniana ha provocado en los países de los Balcanes occidentales (Bosnia, Macedonia del Norte, Montenegro, Albania, Serbia y Kosovo), que llevan mucho más tiempo esperando, El enfado fue mayúsculo y la sensación de que “Europa no nos quiere” salió reforzada. Se refuerza así el discurso político de las fuerzas nacionalistas que desconfían del proyecto europeo y mantienen una relación paralela con Moscú y Pekín (1). 

El caso más lacerante es el de Bosnia-Herzegovina, país que afronta la mayor amenaza contra la paz desde 1995. Los acuerdos constitucionales impuestos en Dayton se están descosiendo a ojos vistas, fundamentalmente por las aspiraciones independentistas de los serbobosnios y el revisionismo institucional de los croatas. En Sarajevo se piensa, con cierto humor negro que, si a Ucrania se la cuela por la guerra, quizás Bosnia se vea en una situación “favorable” semejante más temprano que tarde.  

G-7 Y EL BOOMERANG DE LAS SANCIONES

El G-7 se concentró en castigar económicamente más a Rusia y en mitigar lo que ya parece inevitable, que es un riesgo muy alto de recesión en prácticamente todas las regiones de la economía mundial. Las sanciones no han funcionado como se pensaba, o no con la rapidez que se pretendía. La economía rusa resiste. O, para ser más preciso, ingresa más que hace cuatro meses por la venta de sus productos energéticos, al haber subido los precios: mil millones de dólares diarios, todo un récord. Con esa cantidad, el Kremlin no solo puede pagar el esfuerzo de guerra, sino que está en condiciones de hacer frente a salarios y pensiones e incluso compensar el alza del coste de la vida.

A Occidente no le vale con esperar a que las sanciones erosionen de verdad a Rusia, porque la guerra se acelera y Moscú está ya cerca de conquistar el Donbás. Se impone ahora cortar esa fuente de financiación bélica. Pero hay muchas dificultades para lograrlo. El boicot europeo al petróleo ruso se ha quedado en propósito, de momento. Y al gas ni siquiera se le ha metido mano. Muchos países dependen de esos productos energéticos para calentar casas y hacer funcionar industrias y ciudades. 

Se plantea ahora poner un tope al precio que se paga por el petróleo ruso, mediante un mecanismo que implicaría a las empresas energéticas privadas y a las compañías de seguros. Algo complejo e incierto. Si se provoca una bajada del precio del crudo ruso, China e India se aprovecharán de ello y en mayor medida, y no se sabe cómo eso puede resultar a la postre tan ventajoso. Si no ocurre algo peor: que Rusia reduzca producción sin que esta merma puedan compensarla los países de la OPEP y los precios se disparen en vez de reducirse (2). La solución se convertiría así en otra amarga depresión, en la línea de las generadas hasta ahora (inflación, problemas de suministro, hambre en zonas vulnerables, etc.)

OTAN: DE LA MUERTE CEREBRAL A LA HIPERVENTILACIÓN

De las tres cumbres de la semana, la de la OTAN parece la más exitosa, porque se parte de una situación de clara ventaja. La Alianza Atlántica se ha visto reforzada por la agresión rusa al fomentar el miedo, la inseguridad y la necesidad de mayor protección. Esa ha sido la reacción de Suecia y Finlandia, al modificar décadas de cierta neutralidad en favor de un atlantismo activo y pleno.

Antes de empezar la cumbre se superó, aparentemente, el veto turco a la ampliación. Como se esperaba, Estocolmo y Helsinki prometen una vigilancia estrecha de las actividades en esos países nórdicos de los kurdos del PKK, que Ankara considera como “terroristas”, y levantar el embargo de armas a Turquía. A Erdogan le funciona de nuevo la política de presión. Hay un punto de inconsistencia en estas decisiones. Los aliados del PKK en Siria, el YPG, han sido la principal baza norteamericana y europea e en su combate tanto contra Damasco como contra el DAESH, para gran enojo de Turquía. El muy impreciso compromiso de Madrid sacrifica a los kurdos en armas. Algo similar a lo que hizo Trump en su día para agradar a Erdogan y tanto le reprocharon sus aliados.

Esta cumbre de Madrid estaba planeada para aprobar un nuevo “concepto estratégico” que es una especie de orientación general de la política de defensa occidental, renovada aproximadamente cada diez años. Que Rusia iba a cambiar de consideración con respecto a 2010 era algo que se esperaba desde hacía tiempo por lo que se contemplaba como “política revanchista y expansionista” de Putin. La guerra de Ucrania ha acelerado y agudizado el lenguaje hasta definir a Rusia como “la mayor amenaza para la seguridad” occidental. Términos que, salvando las distancias, son similares a los empleados al comienzo de la guerra fría, es decir, a finales de los años cuarenta. Pero, atención, el arquitecto de la política de contención de la URSS, el diplomático destinado en Moscú Georges Kennan, estimó en su día que la política de expansión de la OTAN era un enorme error que traería consecuencias negativas para los vecinos de Rusia y para Occidente. Coincidía con no pocos analistas nada sospechosos de simpatías prorrusas. No se les escuchó y en estas estamos.

La OTAN va a cuadriplicar las fuerzas en las regiones europeas más cercanas a Rusia (Centroeuropa y países bálticos) hasta un total de 400.000 hombres, con su armamento sofisticado y las infraestructuras que tal despliegue exige. Un esfuerzo que implicará un incremento notable del gasto militar. En nombre de la seguridad, se va a proceder a una reestructuración de las disponibilidades financieras en Europa. En un contexto económico nada favorable, todo lo que se destine a defensa dejará de invertirse en reducir la desigualdad, mejorar los servicios sociales y acelerar la transición ecológica. El entusiasmo de la Cumbre de Madrid por el aparato militar dejará paso a la depresión provocada por un retroceso en los niveles de vida de la mayoría de los ciudadanos. 

La actual guerra dopa el discurso político. Sin embargo, si repasamos las cifras del equilibrio de fuerzas en Europa, los temores no parecen justificados. Según los datos del SIPRI, el prestigioso instituto sueco, el gasto militar de los países de la OTAN superó ampliamente el billón de dólares en 2021, mientras el de Rusia fue de unos 65.000 millones; es decir, la Alianza Atlántica se gastó en defensa 17 veces más que el Kremlin. De ese billón largo de dólares, Estados Unidos aporta las tres cuartas partes, es decir, diez veces más que Rusia (3). Y este desequilibrio aumentará en los próximos, según el proyecto de presupuestos del Pentágono.

EL ARRASTRE NORTEAMERICANO

En un artículo reciente para el Washington Post, la directora del semanario de izquierdas norteamericano THE NATION, Katrina Van den Heuvel, denunciaba el impacto depresivo que este gasto militar en flecha ascendente iba a tener para los sectores populares de la sociedad norteamericana (4).  Estados Unidos gastará en defensa más que los nueve países juntos que le siguen en esfuerzo militar. El Pentágono mantiene 700 bases en más de 80 países, la mayoría para contener un supuesto expansionismo de China en la zona del Asia-Pacífico, donde se está fraguando una alianza similar a la OTAN conocida como QUAD (abreviatura de cuadrilátero) que agrupa de momento a EE. UU., Australia, India y Japón. Otros países como Corea del Sur, Filipinas o incluso Vietnam, todos en contenciosos territoriales con Pekín, están siendo convocados a unirse. Pero es más grande el miedo a provocar al gigante asiático que a una improbable agresión china.

Para incidir en la comparación anterior, los países del QUAD gastan en defensa casi un billón de dólares, casi cuatro veces más que China (270.000 millones). Como acto simbólico, los líderes cuadrangulares han sido invitados a la cumbre de la OTAN, para reforzar otra de las decisiones contenidas en el nuevo “concepto estratégico”: la consideración de China como un “desafío” para Occidente, por mucho que se trate de un país “fuera de la zona” cubierta por la Alianza. China es situada en un escalón de amenaza inferior al de Rusia en cuanto a intenciones (incluido el riesgo de Taiwán), pero más elevado por su potencial, que es más económico y estratégico que militar. La suavización de la referencia a China refleja la aprensión europea (sobre todo alemana) a dificultar los intercambios comerciales bilaterales. Para Washington, el pulso se dirime en términos de hegemonía mundial; para Berlín y otros grandes europeos, se reduce a acordar reglas del juego más equilibradas. La sintonía aliada también se enturbia aquí.

La militarización del Presupuesto americano beneficia al complejo industrial y militar que ya denunciara hace 70 años el presidente Eisenhower, otro halcón de la guerra fría. A ese tramado de intereses de entonces, Katrina van den Heuvel añade a congresistas, académicos y expertos de los think tank, que reciben suculentas contribuciones para sus campañas (300 millones de dólares) o gabinetes de estudio y/o aleccionamiento (1.000 millones en cinco años). En pocos sitios son tan evidentes las puertas giratorias. Según la organización Open Accountability, más 1.700 generales y altos cargos del Pentágono recalaron en los puestos de mando de las compañías armamentísticas cuando colgaron el uniforme. Los políticos aducen que la industria de armamento genera empleo y prosperidad en los estados en que ubican sus laboratorios y fábricas. Y con ese argumento tienen ganada la partida. Putin les ha venido de perlas.

Que Rusia haya invadido Ucrania no quiere decir que pueda repetir la jugada en otros países europeos, ni siquiera los pequeños bálticos, que están cubiertos con el paraguas de la OTAN, incluida la disuasión nuclear en caso de improbable escalada. Rusia puede atacar un país con una potencia militar que es casi 12 veces inferior, pero sería suicida que lo hiciera ante la obligada respuesta de una Alianza militar que es 17 veces superior. Por no hablar de la abismal diferencia cualitativa de los armamentos occidentales y rusos, como se está evidenciando en Ucrania.

Ese recorrido norteamericano es lo que nos espera en Europa, en un grado menor si se quiere, pero comparativamente similar. El viejo objetivo de dedicar el 2% del PIB en Defensa parece ahora una exigencia más que una recomendación, sólo cumplida hasta la fecha por un tercio escaso de los aliados. Veremos qué pasa en la práctica. El entusiasmo de los líderes políticos en estas cumbres unánimes a favor de los alardes militares podría generar depresiones sociales a corto y medio plazo. 


NOTAS 

(1) “Après le fiasco de Bruxelles, la bronca des Balkans contre l’UE”. COURRIER DES BALKANS, 27 de junio.

(2) “U.S. urges new tactic to curb Putin’s war machine and lower fuel prices”. THE NEW YORK TIMES, 28 de junio.

(3) https://milex.sipri.org/sipri

(4) “The Pentagon gets more money, and Americans pay the price”. KATRINA VANDEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 21 de junio.


COLOMBIA: LA HORA DE LA IZQUIERDA

 23 de Junio de 2022

Colombia y México han sido tradicionalmente países vetados a las alternativas de izquierda en América Latina. Durante décadas los establishments (con vitola política conservadora o liberal, en todo caso, intercambiables) se han ido sucediendo no sólo por la voluntad de los electores sino también por una violencia extrema en la que se han (con) fundido la brutal delincuencia del narcotráfico con las oscuras tramas asesinas de los bajos fondos institucionales.

México pareció romper esa dinámica, con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en 2018.  Y ahora le ha llegado el momento a Colombia, con la victoria de Gustavo Petro, un político que, como otros progresistas de la región (por ejemplo, la brasileña Dilma Roussef), procede del campo revolucionario y/o guerrillero. Militante en su juventud del M-19, Petro ha recalado en una suerte de socialdemocracia latinoamericana, también llamada “segunda izquierda", distinta de la corriente revolucionaria derivada de la experiencia cubana.

Colombia es el segundo país más desigual de América Latina, después de Brasil. El sistema político es profundamente clientelar. Las mayorías sociales se encuentran reprimidas en las ciudades y condenadas a la marginación y una violencia atroz en las zonas rurales. Las manifestaciones de protesta se castigan sin contemplaciones, como ocurrió el pasado año.

Petro es el llamado a impulsar un giro histórico (1), después de décadas de  persecuciones, amenazas continuas, intimidaciones cotidianas y, cuando se considera necesario, asesinatos a pleno día. Ese ciclo infernal continua. Y es más que probable que se mantenga e incluso se intensifique, como un recordatorio siniestro de que las urnas son jueces admisibles si confirman el poder real pero no si pretenden cuestionarlo.

A Petro lo motejan sus adversarios políticos y sociales de populista. No es un recién llegado. Fue alcalde de Bogotá y allí pudo verse su estilo de gobierno. Para algunos, incluso desde posiciones críticas de la sociedad colombiana, demasiado personalista y, como suele ser habitual en la izquierda, un tanto decepcionante. La derecha lo encasilló en la simpatía hacia  el chavismo, en un tiempo de obsesión venezolana entre las clases dirigentes, alimentado por las tensiones fronterizas y por la precaria instalación de los huidos más pobres del país vecino en las localidades limítrofes. Petro tiene poco o nada que ver con el bolivarismo, pero en Colombia todo lo que no sea demonizar la experiencia venezolana equivale a ser su cómplice.

UN PROGRAMA SOCIALDEMÓCRATA

Después de una larga campaña electoral plagada de embustes, presiones y picos de violencia (2), el interés se centra ahora dos grandes dilemas: qué se plantea en realidad hacer Petro cuando tome posesión del Palacio de Nariño (sede de la Presidencia) y qué le dejarán hacer los que detentan el poder real, es decir la alianza entre la oligarquía económica y las instituciones de un Estado diseñado y acostumbrado a blindar sus intereses. Por eso, es vital contar con el apoyo de los menos favorecidos. La selección de la activista ecologista negra Francia Márquez, como compañera de fórmula es un mensaje en este sentido (2).

Petro tiene un programa que puede ser considerado socialdemócrata, con las condiciones y limitaciones propias de la región. En una larga entrevista al semanario liberal británico THE ECONOMIST, el pasado marzo, el entonces candidato desgranaba sus planes de gobierno y apuntaba la estrategia para llevarlos a cabo (3). Los ejes del programa son: reforma fiscal progresista, avances en servicios y justicia sociales y transición ecológica. Los tres están interconectados y no se entienden por separado.

Petro quiere acabar con una fiscalidad no sólo injusta sino además ineficaz. El anuncio de poner coto a la explotaciones petrolíferas generó mucha polémica y alimentó las acusaciones de populismo desde sectores adversarios. En realidad, el presidente electo se compromete a respetar los contratos actuales, pero no concederá nuevas licencias de exploración. Medios de negocios investidos de liberales le imputan demagogia por considerar que sin la expansión del sector extractivo difícilmente podrá cumplir sus promesas de medidas sociales. Petro replica que la clave de su proyecto reside en la reforma fiscal.

Colombia es el único país que, en la práctica, no cobra regalías (derechos) por la explotación de sus hidrocarburos, ya que éstas se deducen de los impuestos satisfechos por la compañías multinacionales. Esto le supone al Estado una pérdida de ingresos que puede elevarse, según los cálculo del presidente electo, hasta los 5 mil millones de dólares.

La segunda apuesta consiste en gravar acumulativamente los dividendos de las grandes empresas, que hoy están exentas, lo que supone no sólo un escandaloso privilegio, sino también un absurda penalización para el Estado. El déficit fiscal de Colombia alcanza los 20 mil millones de dólares (el monto global del presupuesto estatal es de 88 mil millones), lo que significa un 8% del PIB. Este nuevo enfoque fiscal se completa con medidas de equilibrio que implicarán el aumento de la presión fiscal a las 4.000 principales fortunas del país, la fijación de gravámenes a ciertas importaciones y la persecución del fraude fiscal. En total, Petro espera recaudar más de 10 mil millones de dólares adicionales para financiar su programa.

DEBILIDAD POLÍTICA

Petro es consciente de que su programa despierta recelos pese a su moderación, debido a las prácticas oligárquicas del poder. Sus enemigos cuentan con varias palancas para hacer fracasar sus planes. La más evidente es su debilidad parlamentaria. La formación que arropa al presidente, Pacto Histórico, fue el más votado el pasado mes de marzo, pero apenas cuenta con el 14% de los escaños del Senado y el 17% de la Cámara de Representantes. Una veintena de senadores y 27 diputados, de un total de 102 y 106 legisladores, respectivamente (5).

Los partidos “dinásticos”, liberal y conservador, suman 30 senadores y 57 diputados. Pero si se suman los 14 senadores y 16 diputados del ultraderechismo uribista del engañosamente denominado Cambio Democrático, nos encontramos con una oposición capaz de entorpecer la gestión presidencial. El Pacto Histórico podría tener el apoyo de la Alianza Verde en el Senado o de los disidentes liberales del expresidente Santos, artífice del acuerdo de desmovilización de las FARC, que el nuevo presidente respalda activamente. Pero su empeño principal será llegar a acuerdos con el Partido Liberal. Desde la izquierda se teme que estas componendas terminen descafeinando el programa.

La estrategia de Petro consiste en convocar una especie de compromiso nacional a favor de unas reformas que él presenta como patrióticas y no ideológicas. Pero esta retórica no impresiona a los poderes tradicionales del país, que tienen una visión muy cínica y egoísta del interés nacional (6).

LA SOMBRA DE WASHINGTON

La política exterior es otro de los escollos en el camino del nuevo Presidente. Petro tiene que convencer a Estados Unidos de que no alberga propósitos hostiles. No es previsible que los acuerdos militares con Washington se modifiquen sustancialmente. Pero hay revisiones necesarias. La supuesta lucha contra el narcotráfico impuesta por Estados Unidos durante las dos últimas décadas (Plan Colombia) ha sido un fracaso, también en opinión de Petro. El consumo en Estados Unidos ha aumentado y el estado colombiano se ha visto penetrado y contaminado por las mafias del tráfico ahora dominadas por los mexicanos del Golfo.

Las relaciones con Venezuela es el otro factor previsible de tensión con Washington. Petro desea una convivencia constructiva con el vecino. Desde Caracas se ha recibido su triunfo con cordialidad. El Secretario de Estado, Anthony Blinken, ha presentado un saludo positivo de bienvenida. Pero se trata de un mensaje meramente formal. No debe esperarse de la administración Biden una política de apertura significativa, ni gestos más o menos audaces como los de Obama. La reciente Cumbre de las Américas lo demuestra: no fueron convocados algunos de los países con gobiernos más a la izquierda, y otros afines se abstuvieron de acudir en señal de malestar o protesta. Esta nueva “oleada rosa” en la región (Perú, Chile, ahora Colombia y probablemente Brasil, en octubre) incomoda a Washington (7). El artificioso compromiso de Biden con las democracias se queda desnudo en América Latina.

 

NOTAS

(1) “Gustavo Petro’s big win. Colombia’s first leftist president could transform the región. IVAN BRISCOE. FOREIGN AFFAIRS, 19 de junio.

(2) “’She represents me’: the black woman making political history in Colombia”. JOE PARKING DANIELS. THE GUARDIAN, 25 de mayo.

(3) “How Gustavo Petro could change Colombia if he wins the presidential election”. THE ECONOMIST, 28 de mayo.

(4) “El pulso electoral en Colombia sacude la frágil paz”. ELISABETH DICKINSON. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 29 de mayo.

(5) https://registraduria.gov.co/

(6) “He promised to transform Colombia as President. Can he fulfill that vow? THE NEW YORK TIMES, 20 de junio.

(7) “As Latin America embraces a new left, the U.S. could take a back seat”. SAMANTHA SCHMIDT. THE WASHINGTON POST, 21 de junio.

FRANCIA: NADIE DEBE ESTAR CONTENTO

20 de junio de 2022

Francia experimenta de nuevo ese malestar político que ha caracterizado distintas etapas de su historia reciente. La V República, concebida para reforzar la autoridad y la estabilidad de gobierno, parece agotada. Ya no es el gaullismo o sus herederos los que sufren el desgaste, sino el exponente liberal que estaba llamado a reformar las instituciones y el modelo social sin alterar las normas institucionales del régimen.

LAS AMBICIONES DEGRADADAS DE MACRON

¡Ensemble!, la enésima divisa electoral inventada por el macronismo para consolidar la presidencia con un legislativo afín (obediente, en realidad) que pudiera realizar lo que se les escapó en el quinquenato pasado, se ha estrellado contra tres resistencias más fuertes de lo esperado: la recuperación de la izquierda unitaria, la consolidación del nacionalismo identitario y la apatía o el descreimiento de la mayoría del electorado.

El partido de Macron y sus aliados liberales y centristas tendrán 245 diputados en la nueva Asamblea, un centenar menos que hasta ahora, lo que supone una pérdida de 30%. Un revés difícil de negar o de maquillar. Las ambiciones reformistas del Presidente de la República sufren un aterrizaje forzoso para evaluar daños. Los cálculos del día después en París se centran en considerar si Macron se empeñará en negociaciones a derecha e izquierda o preferirá dejar fluir una ruptura institucional para disolver la Asamblea Nacional y convocar nuevas elecciones. La primera opción es fatigosa; la segunda, peligrosa. Macron ha perdido mucho crédito y el panorama mundial no se presta a sus alardes de liderazgo europeo e internacional. Gobernar se convertirá en algo más fastidioso que estimulante, sus queridas reformas del modelo social y político francés (la famosa fórmula de ‘ni derecha ni izquierda’) podrían alcanzar precios muy caros. Francia entra en una etapa de mercadeo.

IZQUIERDA: UN AVANCE MERITORIO PERO INSUFICIENTE

La izquierda se escapa del abismo, pero no puede cantar victoria. No era razonable esperar otra cosa después del estado de debilidad al que había sido reducida por sus propios e insistentes errores y decepciones.

No hay razón para la euforia, ni siquiera para una alegría excesiva. El propio Jean-Luc Melenchon, patrón inesperado de esta nueva versión forzada y forzosa de la izquierda unitaria, ha tropezado en su retórica triunfalista de ponerse como objetivo lograr un resultado que obligara a Macron a elegirlo como primer ministro. Seguramente era una argucia electoral para movilizar a un electorado desconfiado, más que una opción creíble de éxito. Pero si de eso se trataba, el resultado, aun siendo meritorio, resulta insuficiente. Los partidos agrupados en NUPES (plataforma de nombre poco inspirador) obtienen unos 140 diputados, más del doble de los que sumaban en la Asamblea saliente los partidos que la componen. Podrán presionar a Macron, después de un quinquenio delegando esa palanca en las movilizaciones callejeras, pero el presidente tiene socios más afines y convenientes a su derecha.

EL NACIONALISMO SE CONSOLIDA, PERO PARECE TOCAR TECHO

El nacionalismo populista e identitario se consolida como expresión de una parte de la sociedad francesa, que es mucho más numerosa de lo que las correcciones del sistema electoral dejan entender. El cordón sanitario republicano no ha saltado en pedazos, pero se ha resquebrajado. Por sus grietas se han colocado hasta casi 90 diputados de eso que viene en llamarse ultraderecha, término demasiado simplista para definir una opción política que combina factores de la más rancia reacción con una insatisfacción social legítima y comprensible. La representación del partido de Marine Le Pen se multiplica por más de diez, un resultado que asombra a primera vista, pero que en realidad no es tan sorprendente cuando se parte de un origen engañosamente bajo como el que tenía en el periodo legislativo anterior.


Hasta aquí las buenas noticias para este nacionalismo que hace de la identidad un factor de sublimación de las frustraciones sociales, políticas y culturales de un país que se siente en decadencia sin saber cómo evitarlo. La alegría se disuelve cuando se presiente que, después de varias décadas amenazando con subvertir la arquitectura institucional y cultural de la República, el anterior Frente Nacional o el Reagrupamiento actual puede haber alcanzado su techo si no hay un cambio de las normas electorales. Y eso no parece posible por ahora.

 

EL FIN DEL GAULLISMO CULTURAL Y POLÍTICO

 

La derecha conservadora, en su día gaullista, luego neogaullista y finalmente en deriva hacia un neoliberalismo con supuestas adaptaciones nacionales consuma su larga decadencia. Los Republicanos (denominación tan ambigua como el alcance de su camuflaje post-ideológico) tendrán sólo 64 diputados en la nueva Asamblea, la mitad de los que sumaban hasta ahora. Un correctivo no por esperado menos doloroso.

Gozarán al menos de la compensación de ser imprescindibles para Macron en su esfuerzo por gobernar. Pondrán un precio a su apoyo, y eso siempre significa poder. Pero, y aquí viene el contrapunto, una presión excesiva o unas aspiraciones irreales podrían desencadenar esa suerte de callejón sin salida, de crisis política e institucional que permita al Jefe del Estado activar el artículo 12 de la Constitución y disolver el Parlamento.  Lo que ocurra después nadie se atreve a pronosticarlo.

Esta sensación de derrota general del sistema político francés tiene su corolario más elocuente es una abstención contundente: 54%. Similar a la de hace cinco años, lo que indica que eso que se ha dado en llamar desafección no es un malestar pasajero, sino un síntoma persistente del modelo de democracia liberal, que sus exegetas se afanan en proclamar como el mejor de los posibles mientras siguen sin solución los problemas más importantes de la ciudadanía (desempleo, desigualdad creciente, deterioro de los servicios sociales, carestía de bienes básicos). Como en todas partes.

 

EL EXORCISMO NORTEAMERICANO

 15 de junio de 2022

Las sesiones de la comisión parlamentaria sobre el 6 de enero de 2021 están siendo una especie de catarsis de la anomalía sistémica que supuso la estancia de Donald Trump en la Casa Blanca y, en particular, sus tormentosos últimos días.

Desde la dimisión de Nixon, en 1974, no se había conocido tal desprestigio de la presidencia estadounidense. Los dos periodistas que revelaron la trama del Watergate no han resistido la tentación de comparar  ambas fechorías (1). Las investigaciones parlamentarias revelan el empeño del magnate inmobiliario por presentar las elecciones de noviembre de 2020 como un fraude masivo y, en consecuencia, su resistencia obsesiva a no reconocer los resultados, hasta el punto de intentar forzar la suspensión de la certificación del triunfo de Joe Biden.

Hay testimonios solventes que acreditan la responsabilidad directa de Trump en el asalto al Congreso el 6 de enero, fecha en la que, por mor de un arcaísmo más del sistema electoral norteamericano, el Colegio de compromisorios se debía reunir para confirmar los resultados conocidos desde mes y medio antes.

Más que revelaciones sorprendentes o espectaculares, los trabajos de la Comisión arrojan pruebas y testimonios que avalan la imputación de Trump en lo que se considera ya a todas luces como un “intento de golpe de Estado”, la complicidad más o menos activa, según los casos, de numerosos legisladores republicanos y la insania política y personal de un hombre claramente incapacitado para el cargo

La sucesión de despropósitos de la noche electoral, con casi todos sus asesores tratando de convencerle de que su apelación al fraude no tenía fundamento alguno, parece más bien el guion de una dramedia: escenas esperpénticas envueltas en la gravedad de una crisis institucional desconocida. Giuliani, abogado personal de Trump, borracho según numerosas fuentes, fue el único de sus consejeros que sostenía la tesis del fraude; el resto, incluidos sus familiares más próximos (su hija, su yerno, su otro hijo…) trataban de disuadirle para que abandonara una idea absurda y sin fundamento alguno (2). ¿Llegó Trump a perder el juicio?, destacaba la publicación irónica MOTHER JONES (3).

Los medios liberales han emitido las sesiones en directo y en horario de máxima audiencia a modo de exorcismo. Editoriales y columnas de opinión coinciden en presentar estas horas finales (de momento) del trumpismo como una aberración del sistema. Además de señalar la necesidad de que Trump sea inhabilitado para evitar que vuelva a ser candidato presidencial, las lecciones morales se centran en señalar lo frágil que puede llegar a ser la democracia, la actitud pasiva cuando no claramente cómplice de la mayoría de un partido republicano infectado de populismo oportunista y la necesidad de reforzar los controles para que este bochorno no se repita (3).

UN SISTEMA QUEBRADO

Pero este exorcismo de la comisión parlamentaria se queda corto. Y no solo porque el estado mayor republicano intentara boicotear sus trabajos. El problema está en el alcance. Trump es un producto de un sistema enfermo. Es síntoma, no causa de unas perversiones políticas que se arrastran desde hace mucho tiempo: desde el nacimiento del país, según los analistas más críticos. La democracia estadounidense, tan celebrada por estos pagos por plumas y tertulianos que apenas si la conocen superficialmente o se adhieren doctrinalmente a ella sin cuestionar lo esencial, es, en realidad, un modelo quebrado.

En ningún país europeo se dan tantas artimañas para privar del voto a los ciudadanos, o se cocinan de forma tan deliberada y escandalosa las circunscripciones electorales para inducir la victoria de unos o hacer casi imposible la emergencia de otros. Y si, como en Europa, los partidos son por lo general puras maquinarias electorales con unos principios simplemente de fachada, en Estados Unidos la contienda se reduce a dos formaciones que sofocan la expresión de una sociedad mucho más plural, rica y contradictoria que esa opción binaria entre republicanos y demócratas, a veces intercambiables, y casi todos cada vez más dependientes de unas tramas de financiación que los convierten en agentes de poderosos intereses privados.

La democracia norteamericana esta esclerotizada. Una mayoría de la población no vota porque no puede o no le dejan, o porque le resulta gravoso y caro, o sencillamente porque los candidatos no les representa en modo alguno. Una vez elegidos, los políticos, con muy escasas y nobles excepciones, quedan engullidos por unos procedimientos legislativos agotados y, lo que es peor, tramposos, que convierten su función teórica en una pantomima.

Los medios liberales denuncian estas carencias y perversiones, pero contribuyen sobremanera a su prolongación y vigencia al ocuparse con obsesiva dedicación a describir de forma detallada el juego vicioso de las negociaciones políticas y de las obstrucciones parlamentarias, o a prestar una atención excesiva a las peripecias particulares de unos y otros. La información política es un casting permanente. Cuando algún morador de ese Olimp selecto cae en desgracia, se presenta casi siempre como errores individuales de juicio, deshonestidad personal o cualquier otra desviación personal. No se alaba el sistema, pero se le acepta con resignación

ESPEJO DEFORMADO

Trump resultó una golosa anomalía que el complejo mediático serio no esquivó. Ni siquiera supo evitar su rol de colaborador necesario en un fenómeno político plagado de mentiras y demagogia barata. Poco importó que se tratara de un hombre de negocios mediocre, con una trayectoria llena de irregularidades y pufos, que una justicia lenta y trabada por unas leyes diseñadas para proteger las artimañas del enriquecimiento está tardando una eternidad en esclarecer (y no digamos ya castigar). Se postuló como solución a unos problemas que simplificó para conectar con una opinión pública crecientemente descreída. Bastaron sus ataques a unas élites políticas arrogantes y a un “estado profundo” (deep state) de funcionarios, asesores y sabelotodos que, a su juicio, encerraban a  la presidencia en una sucesión de ritos litúrgicos sin sustancia.

Lo que empezó tan torcido no podía terminar de otra forma. Trump dijo desde casi el principio de su mandato que su reelección sólo podía evitarla un fraude. Avisó sin disimulo que haría todo lo que estuviera en su mano para no ceder el poder conforme a la ceremonia habitual. Emitió señales de su flirteo con grupos violentos, racistas y supremacistas, como ejército de reserva para poner el país patas arriba. No se le puede reprochar que no cumpliera su palabra. De tanto fanfarronear con planes que nunca ejecutó (ni siquiera supo estructurar debidamente), se llegó a pensar que el intento de secuestrar la democracia tendría una suerte parecida. Pero Trump era, y es, un adicto del poder, no por ambición política, sino por una pulsión narcisista y enfermiza de ser el centro de todas las atenciones.

Y, esta ocasión, cumplió. De forma chapucera e incompetente, como corresponde a su personalidad. Las escenas de una turbamulta enseñoreándose de salas, pasillos y despachos del Congreso hizo que nosotros, españoles, nos acordásemos del 23-F. Las élites norteamericanas experimentaron un sonrojo sin precedentes. El 6E tuvo un impacto casi tan devastador como el 11S, más si cabe, cuanto que la amenaza en este caso procedía de dentro. América contra sí misma. América frente al espejo. Pero un espejo deformado que si bien devuelve la imagen de un villano solo pendiente de sí mismo, no refleja las profundas fracturas del sistema.

NOTAS

(1)     “Woodward y Bernstein thought Nixon defined corruption. The came Trump. THE WASHINGTON POST, 5 de junio.

(2)     “Trump aides told him the truth. Now, they are finally telling us”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 13 de junio.

(3)     “The 1/6 Committee’s biggest challenge: assessing whether Trump is bonkers”. DAVID CORN. MOTHER JONES, 13 de junio.

(4)     “We all have a duty to ensure that what happened on Jan. 6 never happens again”. EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 10 de junio.

 

FRANCIA: LA IZQUIERDA ENTORPECE EL MACRONISMO

13 de Junio de 2022

La primera vuelta de las elecciones legislativas francesas apunta a una recomposición del mapa político ciertamente no radical pero si bastante significativa. Centro derecha e izquierda empatan virtualmente en torno al 25%. En una semana deben definirse estrategias y coyunturas de ocasión. Los resultados del domingo dejan las siguientes pistas.

1.- La izquierda no ha recuperado aún un papel preponderante, obviamente, pero vuelve a pesar en el juego de equilibrios. La clave es la unidad, por delante de un programa que podría presentar discordias en caso de que fuera aplicado. Sorprende que sorprenda, vale decir. Algunos analistas liberales no creían en la respuesta de una base social tan clara a favor de una fórmula de convergencia. Aún queda mucho trabajo por hacer, pero el 12 de junio puede haber marcado el camino.

2.- El partido presidencial tiene menos capacidad de convocatoria que su líder. Tampoco debe extrañar. Más que una formación política, el entramado político pergeñado por el Eliseo es una suma de fidelidades personales, ambiciones políticas a corto plazo, escapistas del naufragio que ha sofocado a los partidos otrora mayoritarios y en decadencia y arribistas de última hora. Una cierta dejadez de Macron, un calculado distanciamiento y un exceso de confianza explican sus pobres resultados de esta primera vuelta.

3.- El nacional-populismo de Marine Le Pen confirma su vigor política. Con casi el 19%, mejora en cinco puntos los resultados de 2017. Aunque el sistema electoral haga valerel próximo domingo su techo de acero, es evidente que Reagrupación Nacional es un agente inescapable de la política francesa. Un factor puede contribuir a confirmar su solidez el próximo domingo: los macronistas no han pedido de momento el voto para los candidatos de la izquierda en aquellos duelos en que se enfrenten a los ultraderechistas. El mito de la unidad republicana saltará en pedazos. La conservación del poder por encima de los principios ya no tendrá cobertura en los discursos apretados de campaña.

4.- La derecha conservadora resiste en un 10% holgado, resultado pobre pero muy valioso para el actual presidente, que la necesita para frenar el auge de la izquierda. Otra ficción está a punto de diluirse: la que establece diferencias de fondo entre el liberalismo modernizador de Macron y el conservadurismo liberal de los antiguos gaullistas.  

5.- La deriva presidencialista acentuada no es un factor único pero sí muy importante en la baja participación (la más débil en la historia de V República). El Parlamento se contempla como una institución de relativa relevancia, o bien sometida a la conducción de la jefatura del Estado o, alternativamente, como herramienta de obstrucción del Eliseo. La falta de confianza en las instituciones políticas aportan otro elemento de apatía. El sistema liberal se resiente. 

BORIS JOHNSON: EL RESBALÓN FATAL DE UN FUNAMBULISTA

 8 de junio de 2022

En política, hay algunas victorias que anuncian gloria, siempre efímera, y otras que anticipan derrota, a veces acompañada de deshonor y amargura. Si aplicamos el adagio al Reino Unido, la potencia europea que alargado su declive más allá de lo que la lógica permite explicar, nos encontramos con un encaje casi hecho a medida. 

El primer ministro, Boris Johnson, ha sobrevivido a esa especie de “fuego amigo” que amenaza existencialmente a todos los líderes tories desde hace ochenta años. El 41% de los diputados conservadores votó por su destitución (1), un porcentaje mayor del que sufrieron algunos de sus antecesores más conspicuos, como Margaret Thatcher, o más cercanos en el tiempo, como Theresa May. Ambas fueron finalmente liquidadas (2).

En el Partido conservador la victoria es un perfume fugaz. Churchill ganó una guerra y perdió un año después unas elecciones que casi todo el mundo daba por ganadas. Thatcher humilló a la Argentina de los generales corruptos, desarmó a unos sindicatos en plena decadencia y logró mención de honor en el empuje final contra el régimen soviético, antes de ser despreciada por los suyos en 1990, cuando estaba a punto de ganar otra guerra ventajosa, en este caso contra Saddam Hussein, aquel tirano iraquí al que Occidente apoyó cuando le convino.

Un año tiene ahora Johnson de tregua para fortalecerse o volver a enfrentarse al tribunado de los MPs (miembros del Parlamento). Eso si no cambian las reglas internas de los tories. O si los resultados de la investigación sobre su responsabilidad en las fiestecitas de Downing Street no se lo llevan por delante sin necesidad de esta liturgia de cremación del líder.

Aunque el inicio de la caída en desgracia de Boris Johnson se deba a múltiples motivos, lo que ha molestado más a ese electorado neoconservador que lo había entronizado como un líder popular y populista han sido, en efecto, esas fiestas despreocupadas y exentas del control y normas que toda la ciudadanía estaba obligada a cumplir durante los confinamientos.

TOCADO, ¿CASI HUNDIDO?

Durante su agitada carrera política, Johnson ha hecho siempre ostentación de su gusto por la provocación y el escándalo rentable. Los principios le han sido siempre incómodos o, a lo sumo, instrumentales. La lógica del poder, su conquista y conservación, ha inspirado siempre su comportamiento. Abrazó el Brexit más por oportunismo que por convicción, aunque siempre tuvo posiciones críticas o escépticas hacia la Unión Europea. Cuando el movimiento centrífugo del continente cogió fuerza, se sentó en uno de los sillones de mando y desplazó luego a los otros con la energía, crudeza y falta de escrúpulos que lo caracterizan.

Su gestión del divorció británico ha sido tormentosa, más por sus procedimientos que por sus efectos, aún por manifestarse con claridad, debido a la contaminación que sobre ellos han venido operando la pandemia o la guerra de Ucrania.

El encaje del Ulster en el Brexit práctico es el asunto más peliaguado del método Boris (3). Los católicos de la provincia o la vecina República de Irlanda se encuentran en estado de vigilancia máxima ante el riesgo de que el gran manipulador ceda a las presiones de los protestantes unionistas y reniegue del protocolo suscrito con Bruselas y sus antiguos socios continentales. Síntoma de esta desconfianza ha sido el triunfo en las elecciones provinciales del Sinn Fein, la más independentista de las formaciones norirlandesas, por vez primera.

La guerra de Ucrania concedió un respiro a Johnson, que se mueve como nadie en estas ocasiones propicias a la épica guerrera, las causas agigantadas y la demagogia sin freno. Londres se ha convertido en el altavoz más ruidoso de la combatividad ucraniana, incluso por delante de Washington y sólo comparable al de las capitales bálticas, pero con mucho más potencial de apoyo político, diplomático y propagandístico. 

Las guerras, si son externas y no salpican demasiado, tienen un enorme poder distractor y anestesiante. Al premier británico, ésta de Ucrania le ha permitido recuperar las ensoñaciones de los tiempos en que la Union Jack  lideraba el mundo. Pero también le ha servido para ejecutar un alarde fiscal que ha llenado los bolsillos de las clases medias y bajas, en momentos de zozobra económica. Un escenario de gestión populista que viene como anillo al dedo al instinto político de Johnson, pero que inquieta (o alarma, más bien) a los conservadores tradicionales, que aceptaron su liderazgo sólo a regañadientes, como muro de contención del del izquierdismo que representaba el entonces líder laborista, Corbin.

Las descaradas fiestas en despachos gubernamentales han liberado las amarras que sujetaban la incomodidad de esos tories reticentes hacia un liderazgo forzado por las circunstancias. En cuanto se perciba que se puede repetir triunfo electoral sin tener que pagar el peaje populista, el partido conservador sacrificará a un líder que nunca aceptaron de buena gana.

LA ÚLTIMA BATALLA

Queda, sin embargo, una cuestión importante, que puede jugar a favor de las maniobras de Johnson para aferrarse al poder: la ausencia de un líder alternativo claro. Pudo serlo, pero ya no lo es, Rishi Sunak, actual Chancellor ot the Exchequer (Ministro de Hacienda), ahora desgastado por su gestión, pero sobre todo por un turbio asunto de su esposa. No parece que pueda volver a serlo Jeremy Hunt, aspirante derrotado en su día y exsecretario del Foreign Office (Ministerio de Exterior). Y menos aún Michael Gowe, un brexiteer de primera hora y polemista incasable, ministro de Johnson y hoy alejado como tantos otros de un líder chamuscado.  Esta oscuridad del líder futuro es, de todas formas, un impedimento relativo. Tampoco John Mayor o Theresa May provocaron precisamente entusiasmo cuando surgieron como recambios de urgencia. 

En el sistema político británico, con una ley electoral que determina una representación muy sesgadamente mayoritaria, el escaño parlamentario hay que ganárselo en la calle, en cada caso. El dominio del aparato del partido es mucho menor que en el continente. Si un diputado percibe que su líder nacional es tóxico o simplemente una rémora para sus intereses electorales, se revolverá en su escaño de Westminster y arrojará su puñal político contra él. Esto es especialmente así en el partido conservador, donde son los diputados quienes tienen delegado el control del liderazgo, mucho más que en el laborista, donde esa influencia está equilibrada por el empuje de la militancia y la chequera de los sindicatos.

En el actual escenario de victoria “hueca” (como ha editorializado el Daily Telegraph, biblia de los tories tradicionales), de liderazgo “atrincherado” (The Guardian) y de “amplia división partidaria” y  “autoridad comprometida” (4) , el Primer Ministro sentirá a partir de ahora cada incidencia política como un seísmo potencialmente devastador. Dos elecciones parciales en suroeste del país, feudos tories, se antojan ahora como citas de alto riesgo. El “superviviente Boris” va a necesitar de sus dotes más afamadas de manipulador para seguir desempeñando el papel principal en el cartel del teatro político británico. Jubileos reales aparte.


NOTAS

(1) “Boris Johnson wins vote, but suffers LARGE Tory rebellion”. BBC, 7 de junio.

(2) Una documentada comparación de estos antecedentes puede leerse en: “Lunch time call”, escrito por HARRY LAMBERT, THE NEW STASTESMAN, 6 de junio.

(3) “The Northern Ireland protocol could soon spark a new row between Britain and Europe”. THE ECONOMIST, 14 de mayo.

(4) “Out in a year. What the papers say about Tory vote on Boris Johnson”. THE GUARDIAN, 7 de junio.