AFGANISTÁN: TORMENTAS Y TEMPESTADES

24 de junio de 2010

Obama ha cambiado el mando militar en Afganistán, después de un episodio que va más allá de un acto de pura indisciplina. En realidad, el cese del general McChrystal se trata de una consecuencia desafortunada del malestar que domina, desde hace meses, la comunicación entre la Casa Blanca y el establishment militar. Recuerdese que el antecesor de McChrystal también fue destituido sin contemplaciones.
Con el nombramiento del general Petreus para liderar el esfuerzo de guerra contra los talibanes, el Presidente de Estados Unidos persigue varios objetivos: 1) cerrar pronto la crisis; 2) evitar la polémica sobre la idoneidad del elegido; 3) mandar el mensaje de que no flojea ni vacila en adoptar medidas contundentes, caiga quien caiga.
El general Petreus es, posiblemente, el militar más popular de Estados Unidos. Era el jefe de McChrystal como responsable del llamado Comando Central (que incluye la zona del Cercano y Medio Oriente). Bush lo nombró jefe máximo en Irak y allí diseñó la estrategia del incremento de tropas ("surge") y la compra de voluntades sunníes, con las que se asume que cambió la tendencia de la guerra y puso a la defensiva a la insurgencia. Algunos analistas creen que, aunque las diferencias son notables, tratará de aplicar aquí políticas similares.
El reportaje que provocó la crisis apareció en la revista Rolling Stones. Comentarios críticos más o menos informales de los colaboradores del general McChrystal, en tono irónico, irrespetuoso e incluso despectivo, terminaron puestos negro sobre blanco, para escándalo, en primer lugar, del propio militar que supo, nada más leerlo, que una tormenta se iba a cernir sobre Washington. Primero se disculpó. Cuando se dio cuenta de que suerte estaba echada, ofreció su cargo. Antes de ser cesado.
En todo caso, conviene dar al conflicto la dimensión que tiene. Como dice THE ECONOMIST, McChrystal no es otro McArthur: "ha obedecido órdenes, no las ha desafiado". Cierto, pero ha tolerado que afloraran el importante desprecio que él y su staff sentían por los hombres del Presidente y la falta de confianza en el propio Obama.
Los periodistas norteamericanos que han rastreado estos días cómo se precipitaron los acontecimientos recuerdan que McChrystal ha evidenciado no pocas veces sus escasas habilidades en el trato con diplomáticos y altos funcionarios, tanto de su propio país como de los aliados. Su procedencia -servicios especiales de combate- y su formación militar -muy selectiva y aislada de círculos civiles- habrían favorecido este desencuentro. Su principal mentor, el Secretario de Defensa Gates, no pudo defenderlo y tuvo que admitir que sus comentarios fueron un "completo error" y revelaban "muy poca capacidad de juicio". Valoración que, casi calcada, recogió el propio Obama para llamarlo a capítulo y destituirlo.
Durante estos meses de dudas, vacilaciones, demoras y temores acerca de la mejor estrategia en Afganistán, se ha transparentado la falta de sintonía recurrente entre la Casa Blanca y el mando militar. Para complicar más las cosas, entre los propios encargados de aplicar, evaluar y revisar los aspectos políticos de la actuación en Afganistán también se han producido divergencias no menores. McChrystal no soportaba al enviado especial Holbrooke y éste no gusta al embajador Eikenberry (un general retirado), quien a su vez no mantenía un diálogo fluido con McChrystal. Según el NEW YORK TIMES, "muchos de los principales asesores del Presidente se han criticado mutuamente, tanto en presencia de periodistas como de funcionarios aliados, generalmente en conversaciones privadas y casi siempre off the record". Obama ha admitido tácitamente esta situación y no ha eludido una reprimenda pública. Algunos no descartan más ceses.
En este ambiente de "todos contra todos" o de "orquesta desafinada", de río revuelto y turbio, ha aprovechado para pescar el presidente afgano, que tenía precisamente en el general McChrystal a su interlocutor privilegiado (de hecho, intentó frenar su destitución), mientras los mencionados Holbrooke y Eikenberry eran sus enemigos jurados. Hamid Karzai arrastra una incomodidad sonora desde que Obama y Clinton pusieran seriamente en cuestión la limpieza de las elecciones de agosto que le revalidaron al frente del país. Las regañinas públicas de la Casa Blanca debido a su falta de compromiso en la lucha contra la corrupción, que mina la credibilidad del gobierno afgano, han convertido la relación en un diálogo de sordos, crispado e insostenible.
Hace unos días, el propio Karzai expresó claramente en público su falta de confianza en la capacidad occidental para derrotar a los talibanes. Peor que eso, desautorizó a los ministros y altos cargos que mejor entendimiento mantienen con los norteamericanos hasta forzar algunas dimisiones cuyo alcance y consecuencias están aún por determinar. El presidente afgano se enzarzó en una polémica pública con el director de los servicios de inteligencia y con el ministro del Interior cuando puso en duda que un ataque en la celebración de una boda fuera responsabilidad de los talibanes, como sostenían sus colaboradores. Es un secreto a voces que Karzai, por medio de su hermano y de otros prominentes hombres de negocios que se están enriqueciendo con la guerra y sus oportunidades, negocian pactos y acuerdos con la insurgencia y sus protectores paquistaníes, sin tener en cuenta los parámetros aceptables por los norteamericanos y sus aliados. Karzai está convencido de que la guerra no se puede ganar y estaría preparando un futuro al margen de la tutela occidental.
La política norteamericana en Afganistán no termina de enderezar el rumbo y parece, por momentos, navegar, sino a la deriva, si a base de correcciones continuas. Los supuestos éxitos militares, como el de Marja, este invierno, terminan quedado en nada, porque falla el compromiso de las autoridades afganas, bien por falta de medios, por inadecuada mentalización, por simpatía de la población con la insurgencia o por motivos más lamentables como incompetencia, corrupción o improvisación
Por si fuera poco, acaba de confirmarse en una investigación del Congreso que fondos públicos norteamericanos han servido para pagar a señores de la guerra y mafias de narcotraficantes a cambio de escolta y seguridad a convoyes militares norteamericanos o afganos. Setenta mil mercenarios viven de estas contrataciones, según ha podido acreditarse. La denuncia sobre estas actividades había sido efectuada hace ya tiempo en el semanario THE NATION por James Scahill, el periodista que mejor ha descrito la "privatización de la guerra" en Irak y Afganistán, protagonizada por la empresa Blackwater y sus afines o derivadas.
Todo este panorama tan poco alentador se proyecta sobre un fondo de interrogantes no resueltas sobre las posibilidades de éxito, en tiempo y forma razonables, de una misión crecientemente cuestionada tanto en Estados Unidos como en numerosos países aliados. La lista de países europeos que comunican reducción de efectivos o anuncian su decisión irreversible de desengancharse aumenta cada mes. Por citar un sólo ejemplo, en el programa de austeridad de Gran Bretaña -posiblemente el aliado más fiable de Estados Unidos- se contempla un recorte del gasto militar que afectará, no lo duda ningún especialista, a las operaciones en Afganistán. En este ambiente de creciente pesimismo, THE GUARDIAN ha desvelado que el enviado especial británico en Afganistán y Pakistán, Sir Sherard Cowper-Coles, acaba de dimitir, en vísperas de la conferencia internacional del mes que viene en Kabul. El diplomático británico estaba convencido de que no se puede ganar la guerra y era abierto partidario de negociar con los talibanes, lo que le llevó a frecuentes choques con mandos militares de la OTAN.
Las tropas norteamericanas de refuerzo no llegarán hasta agosto. La proyectada ofensiva para arrebatar Kandahar al control talibán se mantiene. Para diciembre se anuncia una evaluación de resultados. Pero hace falta mucho más que el incremento de tropas para salir airosos de esta aventura militar. El cese del General McChrystal ha sido la culminación de una tormenta en el cuarto de banderas, pero en las áridas tierras de Afganistán hace tiempo que se ha desatado una inquietante tempestad. Obama ha dado un golpe de autoridad y se ha puesto serio con sus colaboradores. Veremos si tiene efectos positivos.

LA "EVAPORACIÓN" DE BÉLGICA

17 de junio de 2010

En medio de los avatares e incertidumbres políticas y existenciales europeas provocadas por la crisis financiero-económica y por su discutible gestión política, a muchos les ha pasado casi desapercibida, como de refilón, las elecciones generales de Bélgica.
Será a este país, principal anfitrión de las instituciones europeas, al que España cederá dentro de un par de semanas el testigo de la presidencia semestral, figura cada vez más desvaída y privada de significación relevante. Y, sin embargo, no habrá gobierno pleno para asumir el encargo. Tan sólo un ejecutivo saliente, provisional, moribundo y de exigua gestión. Las elecciones del domingo, 13 de junio, han incrementado esa sensación de incertidumbre e inestabilidad en la que vive el país desde hace años, debido, entre otros factores, a las fricciones entre sus dos comunidades constitutivas: la flamenca (neerlandófona) y la valona (francófona).
Las elecciones han tenido dos triunfadores, uno en cada comunidad, y de distinto signo político: los independentistas en Flandes y los socialistas en Valonia. Ninguno de los dos formaba parte de la coalición gobernante saliente. Así que, primera lección evidente, que transita Europa como un mantra: la crisis devora a los gobiernos, sean del signo que sean. Pero la especificidad belga tiene tal potencia política que la capacidad causal continental o global empalidece.
Desde hace al menos un lustro, Bélgica parece abocado a una crisis existencial. No es que hierva el debate sobre la forma de Estado, el equilibrio de poderes territoriales o la arquitectura constitucional. Es más que eso lo que está en juego en un horizonte cada vez más cerca. Es la propia pervivencia del Estado belga lo que está en peligro. Un síndrome balcánico.
Bélgica es la unión interesada de dos comunidades con raíces culturales y vehículos lingüísticos diferentes. Nace formalmente en 1830, como estado tampón entre las dos grandes potencias continentales, Francia y Alemania, que entonces parecían condenadas a una guerra permanente. Durante casi dos siglos han conseguido vivir en cierta armonía, no sin contradicciones y tensiones. Hasta que la evolución socio-económica de ambas comunidades devinieron en un cambio de equilibrio: la inicialmente más rica, menos poblada y francófona Valonia ha ido resistiendo y adoptando una posición defensiva ante la pujanza emergente de la otrora menos desarrollada, más poblada y flamenca (con raíces germánicas) Flandes.
Después de la segunda guerra mundial, en la que se agudizaron las contradicciones históricas del experimento político belga, la prosperidad de Bélgica se asentó en el desarrollo industrial valón, con sus yacimientos carboníferos, sus plantas siderúrgicas y su industria pesada. Cuando ese paisaje económico se derrumbó definitivamente a finales de siglo, tras tres décadas de prolongada decadencia, el testigo económico no se generó en las accidentadas mesetas valonas, sino en las llanuras flamencas. La nueva economía flamenca, basada en la atracción de capital multinacional para una industria renovada y en un pujante sector servicios, enterró la vieja economía extractiva y fabril valona. La ecuación demográfica se modificó muy lentamente, pero el poderío económico se invirtió con mucha más rapidez. Y el equilibrio socio-político se resquebrajó.
A este cambio de hegemonía socio-económica se unieron tres factores que explicarían el actual malestar belga: la eclosión de las reivindicaciones nacionalistas en Europa, alentadas por el colapso de los regímenes comunistas; la desnaturalización de los Estados-nación, derivada del proceso de integración europea; y la dislocación producida por el fenómeno migratorio. Este malestar encontró su expresión política en la cristalización de una alternativa política de inspiración y discurso cada vez más diferencial, primero, luego autonomista, y, finalmente, clara y abiertamente independentista. Y, como sustrato permanente, con más o menos virulencia, un sentimiento xenófobo reconocible en otros países europeos.
El creciente peso del factor migratorio favoreció que la extrema derecha xenófoba enarbolara la bandera de la liberación flamenca. Pero a medida que la transformación de la economía belga sustentaba las nuevas realidades políticas, la tentación independentista flamenca fue impregnando a todas las familias políticas de la mitad norte del país, en mayor o menos medida, con más o menos dosis de intransigencia. La extrema derecha quedó privada del discurso nacional exclusivo y surgió una formación nacionalista -y republicana- con vocación de poder y respetabilidad. Éste es el origen de los grandes vencedores de las elecciones del pasado domingo en Flandes, la Nueva Alianza Flamenca, que, con el 28% largo de los votos y 27 diputados en la Asamblea Federal, se ha convertido en la principal fuerza política de Flandes y de Bruselas-Hal-Vilvorde, un enclave mixto en Valonia. Pero si se suman otras formaciones afines, el voto independentista supera el 40%.
La Nueva Alianza Flamenca reúne sectores nacionalistas de inequívoca inspiración independentista. Su objetivo declarado no es la quiebra inmediata y traumática de Bélgica, sino su "evaporación". Lo cual se conseguirá mediante la aceleración del traspaso de competencias del Estado unitario a los entes, hasta ahora simplemente autonómicos, flamenco y valón. En pocas palabras, y para entendernos, una suerte de Confederación.
Probablemente como contrapeso a este "demarraje" flamenco, los valones han optado por confiar en los socialistas, fuerza unitaria, pero más dialogante, menos propensa al discurso victimista o alarmista que ha ido creciendo entre algunos sectores francófonos. Como si el cuerpo electoral se resistiera a desenlaces irreversibles, las elecciones obligan a un entendimiento no sólo entre los vencedores del norte y del sur, sino a la incorporación de los principales partidos "castigados" (democristianos y liberales, fundamentalmente). Una curiosa paradoja emerge de estos comicios. Al haber minimizado los nacionalistas a los partidos flamencos tradicionales, todo parece indicar que, por primera vez en treinta y siete años, la jefatura del gobierno federal estará a cargo de un valón, el socialista Elio Di Rupo.
Ambos triunfadores han expresado su voluntad negociadora. De los socialistas no se esperaba otra cosa. Di Rupo ya ha tendido la mano al líder nacionalista flamenco y ha apelado a su sentido de la responsabilidad y a su "realismo" (léase pragmatismo). La fórmula más barajada es un ejecutivo con socialistas, democristianos y ecologista, con el apoyo externo de los nacionalistas flamencos. Pero la prensa belga valona pone en duda que el mercurial líder independentista Bart De Wever pueda apaciguar a sus huestes liquidacionistas y aceptar un programa de gobierno que aplace las cuestiones más conflictivas como la revisión del estatus de la región de Bruselas y su entorno, la ruptura de la caja unitaria de la Seguridad Social o la laminación de ciertos derechos de los francófonos residentes en Flandes.
En cuanto al compromiso de los partidos derrotados, se puede dudar a granel. Los democristianos gobiernan en coalición con los socialistas en Valonia, pero sus correligionarios flamencos ya han advertido que el resultado de las elecciones federales no cuestiona su actual gobierno autonómico en Flandes. Este complicado panorama hace que los analistas prevean que las negociaciones para formar el nuevo gobierno federal se demore "meses".
Hasta hace poco, el programa nacionalista se contemplaba como una preocupación indefinida, sin plazos apremiantes. Pero bajo el peso de las contradicciones económicas y sociales, el envejecido sistema político belga fue dando cada vez más muestras de rigidez e inoperancia. El país se ha acostumbrado a vivir meses y meses sin gobierno, bajo fórmulas provisionales de gestión y administración, mientras los líderes políticos se entregaban a una pelea que terminó aburriendo, irritando y enajenando a la ciudadanía. Las diferencias ideológicas se vieron desplazadas o solapadas por las fricciones nacionales.
Bélgica soportó con cierta solidez la italianización de su sistema político. Veremos si conseguirá neutralizar una sedicente balcanización.

EL ESPÍRITU DE SREBRENICA, QUINCE AÑOS DESPUÉS

10 de Junio de 2010

Dentro de un mes exactamente se cumple el decimoquinto aniversario de la masacre de Srebrenica, uno de los episodios más dramáticos de la guerra de Bosnia y también de los más decisivos a la hora de precipitar el final del conflicto. He visitado estos días en lugar, con la emoción que supone evocar el asesinato a sangre fría de ocho mil bosnios musulmanes por parte de las tropas serbo-bosnios, que mantuvieron el asedio más largo y ominoso de la historia europea reciente. Las victimas de Srebrenica no son solo esas ocho mil personas a las que se les ha dedicado un Memorial a cinco kilometros el enclave, frente al ruinoso cuartel de las inoperantes fuerzas de la ONU que debían “proteger” a la población de esta “zona segura”. Lo fueron también las miles de personas civiles, o no combatientes, que murieron reventadas por las bombas, o de hambre, en plena calle, porque no había sitio para las decenas de miles de refugiados musulmanes que habían sido expulsados de otras ciudades y pueblos del Este de Bosnia. Srebrenica llegó a tener cuarenta mil habitantes, amontonados, hambrientos, desesperados, ignorados y olvidados durante meses por la comunidad internacional y rodeados por fuerzas militares bien abastecidas.
UNA RAZONABLE RECONCILIACIÓN
Hoy, Srebrenica cuenta con 9.000 habitantes (dos mil más en verano); de ellos, seis mil serbios y tres mil bosnios musulmanes. El control serbio se consumó y el pueblo, como otros de esta orilla del Drina, forma hoy parte de la República Srpska (serbios), que junto con la Federación croata-musulmana componen un especie de Confederación o estado bipartito de dificil explicación y peor gestión.
La limpieza étnica prevaleció, pero no a todos los efectos. Srebrenica constituye una excepción electoral en toda Bosnia: es la única circunscripción en la que los habitantes que estuvieran empadronados aquí antes de la guerra pueden elegir votar aquí o en su actual lugar de residencia. El privilegio es temporal, pero refleja la atención internacional que se ha tenido con este enclave, después de la dificil digestión de la mala conciencia por la impotencia para prevenir el sufrimiento masivo y prolongado de su población local y agregada durante tres largos años. En todo caso, esa excepción explica que, a pesar de la mayoría serbia de población, el alcalde sea miembro del principal partido musulmán, por el decisivo influjo del voto de la emigración. Esa circunstancia no provoca grandes tensiones, al menos en la vida cotidiana. Aunque quince años sea poco tiempo, la percepción es de normalización progresiva. La tensión se limita a los periodos de campaña electoral o a los aniversarios de la masacre: los musulmanes recuerdan a sus muertos; los serbios proclaman la liberación. Pero los protagonistas de esos actos reivindicativos y confrontativos son gente que viene de fuera, de otros sitios de Bosnia, intentando explotar el filón propagandístico que suponen la memoria y el símbolo de Srebrenica.
EL ESFUERZO DE RECONSTRUCCIÓN
El PNUD, programa de la ONU para el desarrollo, tiene abierta una oficina en Srebrenica y actua como pulmón y asesor de la reconstrucción. Al frente se encuentra, Alex Prieto, un belga, hijo de un ingeniero bilbaíno antifranquista y exiliado. Prieto me ha hecho un retrato completo de la situación de Srbrenica, sus problemas, desafíos, avances y logros.
Lo más importante es que la reconciliación se abre camino. Serbios y musulmanes hacen vida ciudadana común, aunque persisten ciertas cautelas y se tiende a evitar los asuntos espinosos (del pasado y del presente). Pero, más importante aún, se aventuran en proyectos comunes de desarrollo, articulados en forma de cooperativas o pequeñas iniciativas empresariales. “Saben que un proyecto interétnico tiene un plus a la hora de evaluarse sus posibilidades de financiación –me señala Prieto- y no dudan en aprovechar la oportunidad”.
Srebrenica es un pueblo encajado entre montañas al final de una pronunciada cuesta, con una dificil salida al fondo, a la derecha, por una ruta que conduce a la frontera con Serbia. La sensación de aislamiento y enclaustramiento es muy intensa. El ambiente que se respira ahora en la ciudad es de tranquilidad y cierto relajo. El paro oficial es del 50%. Pero Prieto me advierte que las estadísticas son dudosas: “es uno de los grandes problemas del país: no hay estadísticas fiables, lo que complica la tarea de la asistencia internacional”. Mucha gente se apunta al paro, para acceder a subsidios y servicios sociales básicos. En todo caso, la precariedad es perceptible fácilmente.
La ONU se ha gastado 24 millones de dólares en programas de reconstrucción de infraestructuras, inversión en servicios básicos y fomento de iniciativas productivas privadas fundamentalmente agrarias y silvestres. Esa inyección económica ha supuesto cierto alivio y una mejora en la vida diaria. Las casas completamente destruidas y ruinosas se alternan con las flamantemente nuevas y pintadas con colores exhultantes, en una extraña convivencia de pesadumbre y esperanza.
Prieto reconoce que Srebrenica, como otros lugares de Bosnia, tiene una angustiosa necesidad de acceso al crédito para poner en marcha la maquinaria productiva. Y también queda mucho por hacer en la sostenibilidad de los servicios sociales esenciales, como la educación o la salud. Las escuelas de las pedanías más distantes resultan inaccesibles para muchos niños en los periodos más crudos del invierno, que aquí bloquea caminos y vías. “Lo más importante es que ha habido un cambio de mentalidad: se ha pasado de la dono-dependencia por lo ocurrido a la conciencia de la responsabilidad, ya no se demanda ayuda sino asesoramiento para mejorar las condiciones productivas”, resalta Prieto.
Este cambio de mentalidad favorece también la reconciliación efectiva de las comunidades enfrentadas, de forma efectiva y no sólo retórica o moral. Serbios y musulmanes comparten intereses en cooperativas locales, forman parte de los mismos sindicatos. O incluso se aventuran a poner en marcha pequeñas empresas conjuntamente. “Saben que una empresa sin distinción étnica constituye un criterio adicional de valoración positivo a la hora de decidir la financiación de proyectos y aprovechan la oportunidad”.
La reconciliación empieza, por tanto, por las cosas de comer. Por la vida diaria. Se ha recuperado parte del espíritu de convivencia existente antes de la guerra. Para evitar confrontaciones, se eluden los asuntos más espinosos. Se mira más hacia adelante que hacia atrás. Srebrenica, la antigua mina de plata, podría ser pronto emblema de una nueva Bosnia tolerante y multiétnica.

CARTA DESDE SERBIA: LA BÚSQUEDA DE UNA NUEVA IDENTIDAD

3 de junio de 2010

En estos momentos, en los territorios que comprendían la antigua Yugoslavia se acumulan varios conflictos de diferentes intensidad, amplitud y alcance, pero todos ellos inquietantes para el futuro de una convivencia pacífica que ha costado mucho forjar y se antoja aún débil:
- La resolución del estatus definitivo de Kosovo, hoy bloqueado por el dificil entendimiento entre los albaneses locales, que presionan por la independencia, y la República de Serbia que se atiene a la resolución 1202 de la ONU , por la cual se reconoce la autonomía del territorio, pero bajo la soberanía serbia.
- El estancamiento de la institucionalización de Bosnia, debido a la pretensión de uno de sus componentes, la República Srpska (serbo-bosnios), de promover un referendum de secesión.
- Los conflictos de delimitación de fronteras entre las exrepublicas yugoslavas de Croacia y Eslovenia.
A estos conflictos internacionales hay que añadir un panorama ecónomico regional incierto, inestabilidad política elevada en varios países (Albania, Bosnia) y la amenaza creciente del crimen organizado. Todo ello complica la próxima ampliación europea, que preve la incorporación de los países balcánicos occidentales, pero con calendarios y condiciones particulares para cada uno de ellos.
Esta semana se ha celebrado precisamente la Cumbre Unión Europea-Balcanes, en la que se ha renovado el compromiso de ayudar todo lo posible para el éxito del proceso.La cita ha sido en Sarajevo, ciudad emblemática de horrores y pesadillas, pero antes y más que eso, de tolerancia y convivencia. La cumbre venía precedida de una reunión interna de los dirigentes balcánicos, en la que allanaron discrepancias y se solventaron malentendidos, pero dificilmente se superaron diferencias profundas, estructurales y de largo recorrido.
VACUNA CONTRA EL NACIONALISMO
Esta semana me detengo en Serbia, desde donde escribo estas líneas. La superación de las guerras y conflictos de los noventa es una exigencia absoluta para el gobierno del europeista Boris Tadic. Su inicial perfil gris y de escaso carisma no le ha impedido consolidar su liderazgo. Pero el reconocimiento le viene más de fuera que desde el interior de Serbia. Importantes sectores de la población –en especial, los populares- perciben a su gobierno como demasiado atento a los intereses y sugerencias externas.
Se acaba de cumplir el trigésimo aniversario de la muerte de Josip Broz “Tito” (mayo de 1980). En las librerias de Belgrado, afloran nuevas biografías y monografías sobre el fundador y único líder de la Yugoslavia de posguerra. Hay de todo, aunque predominan las que tienden a presentar un balance favorable. Hace unos meses, en fachadas y balcones de la capital serbia (y excapital yugoslava) apareció una pintada con este lema: “Tito regresa, te perdonamos todo”. En los últimos años se han estrenado tres filmes dedicados al fallecido dirigente comunistas, dos producidas por serbios y una por croatas.
La escritora y polemista croata (de origen búlgaro) Dobrevka Ugresic acuñó el término “yugonostalgia”, para reflejar ese creciente sentimiento de arrepentimiento por la espantosa destrucción del modelo federativo. Ugresic fue famosa en su tiempo por las ácidas diatribas contra el padre de la independecia croata, Franjo Tudjman, lo que le valió el exilio en Amsterdam, donde ahora vive. Ella es una de los miles de ciudadanos de las repúblicas integrantes del antiguo Estado que hoy se siguen considerando “yugoslavos” y pretenden que se reconozcan como tal su nacionalidad. Ciertamente, a la vista de lo ocurrido, la espantosa destrucción del modelo federativo yugoslavo es considerada como un trágico error. Pero en casi todas las exrepublicas yugoslavas los partidos nacionalistas siguen dominando la escena política, si bien se han desprendido de sus programas más radicales.
Curiosamente, la excepción es Serbia. En cierto modo, las desastrosas consecuencias del nacionalismo radical de los noventa han servido de vacuna. Aquí, el nacionalismo se combate desde el partido gobernante. Pero persiste un nacionalismo más templado, edificado sobre la base del orgullo herido y la sensación de que se ha cometido una injusticia histórica con el pueblo serbio. Puede ser verdad o no, pero es cierto que el maniqueismo con que Occidente resolvió tardíamente sus vacilaciones iniciales en las guerras yugoslavas abona este sentimiento victimista aquí en Serbia, y no sólo entre las filas más declaradamente nacionalistas. Los actuales dirigentes serbios desean pagar todos los rescoldos del pasado; por supuesto, los nacionalistas de los noventa, con su terrible herencia de guerra, destrucción y aislamiento; pero también los vestigios o nostalgias colectivistas. El gobierno de Serbia es hoy marcadamente pro-occidental, lo que implica pro-europeo, pero también pro-estadounidense.
LOS DOS RETOS DEL GOBIERNO SERBIO
Boris Tadic ganó muchos puntos en las cancillerías occidentales –y en las islámicas- cuando el pasado mes de abril consiguió que el Parlamento serbio aprobara la condena de la masacre de Srebrenica, cometida por los serbo-bosnios en el último verano de la guerra de Bosnia. La oposición serbia se resistió duramente, por considerar que la moción presentada por el gobierno no reflejaba la responsabilidad de las otras minorías de Bosnia en el conflicto bélico. Los diputados oficialistas intentaron eliminar las resistencias de los nacionalistas, los ultras y los excomunistas de Milosevic evitando incluir el término “genocidio”. Pero aún así, la moción salió adelante con el exclusivo apoyo del Partido Demócrata. Los diputados de la oposición o votaron en contra o se ausentaron de la sala, para no tener que pronunciarse en un asunto que sigue siendo de alto voltaje político en Serbia.
Este gesto de Tadic convive, sin embargo, con cierto cuidado en no herir la sensibilidad nacionalista. En la propia Bosnia, se ha cuidado mucho de no romper completamente con los serbios de Bosnia, que siguen bajo el dominio nacionalista radical. Se lo reprochan los líderes bosnios y croatas, aunque tampoco éstos abandonan el mensaje y los contenidos nacionalistas.
Pero el asunto que mantiene al gobierno Tadic más fijado a las posiciones serbias tradicionales es Kosovo. Incluso el integrante del gabinete menos sospechoso de nacionalismo, el ministro de Exteriores, Vuk Jéremic. A sus 34 años, ha pasado más tiempo fuera que dentro de Serbia. Regresó a su país después de graduarse en Cambridge y en Harvard, para construir una nueva imagen exterior de su país. Pero esa tarea no pasa por abjurar de sus principios patrióticos en el asunto más espinoso de esa trilogía de conflictos que mencionaba al principio: el futuro de Kosovo. “Kosovo es nuestra Jerusalén”, decía hace unos meses en na entrevista concedida, naturalmente, al NEW YORK TIMES. Desde la ventana de su despacho puede ver los edificios oficiales destruidos por los bombardeos de la OTAN en 1999. Ningún gobierno –tampoco el de Tadic- ha querido reconstruirlos o derribarlos. Se han quedado así, como testimonio de una agresión que nadie en Serbia quiere o puede olvidar.

EL GAMBERRO Y EL TUTOR

27 de Mayo de 2010

Kim Jong-Il, el peculiar presidente de Corea Del Norte, vuelve a crear problemas. La Comisión internacional que investigó el ataque contra la corbeta surcoreana Cheonan, a finales de marzo, cuando navegaba en aguas propias, ha atribuido la autoría a un torpedo disparado por un submarino norcoreano. Las pruebas se consideran "inequívocas". Se albergaban pocas dudas sobre el resultado de la investigación. Pero el veredicto oficial ha generado la anunciada escalada verbal y un nuevo episodio de tensión con el régimen de Pyiongyang.
En Corea del Sur se ha registrado una exaltación nacional, también previsible. En el incidente murieron 46 marinos, lo que la convierte en la mayor desgracia naval de Corea del Sur desde la guerra de 1950-1953. Uno de los principales diarios del país, el CHOSUN ILBO, asimilaba la "agresión" norcoreana a una "declaración de guerra". Otros medios locales no han dejado de evocar el derribo, en 1983, de un avión de pasajeros surcoreano, atribuido a agentes norcoreanos, que costó la vida a más de un centenar de personas y provocó el periodo de mayor tensión entre Washington y Moscú, durante los primeros años del mandato de Reagan.
El gobierno de Seúl adoptó inmediatamente represalias económicas bilaterales contra su rival del norte, pero demandó sanciones complementarias "enérgicas" a la comunidad internacional, hasta que Corea del Norte "admita su culpa y se comprometa a comportarse como un miembro responsable de la comunidad internacional". Naturalmente, esto último parece lo único imposible de conseguir de las autoridades norcoreanas.
El régimen de Kim Jong-Il se atuvo al guión tantas veces escrito por su aparato de propaganda. Calificó de "fabulaciones" el resultado de la investigación, a las represalias bilaterales respondió con la "ruptura de las relaciones económicas entre los dos países" y a la eventual adopción de sanciones internacionales replicó con el consabido tono amenazador de recurrir a una "guerra generalizada".
El tremendismo del lenguaje verbal no impresiona a casi nadie, teniendo en cuenta el historial del régimen norcoreano. Sólo una gestión lamentable podría provocar que la "crisis" se saliera de control. El propio presidente surcoreano Lee Myung-Bak, después de aplacar a los a su frente interno más indignado, aconsejó "prudencia", sin rebajar por ello la exigencia firme de una respuesta coordinada y consensuada por las principales potencias regionales. Como medida cautelar, el Ministerio de Transportes surcoreano ha prohibido a sus aviones atravesar espacio aéreo norcoreano, para evitar cualquier provocación que pudiera reavivar la escalada.
Tan obvio resulta que ambas Coreas están agotando esta fase desafiante que empieza a ser evidente el deseo mutuo de no poner en peligro las cosas de comer. La zona industrial conjunta de Kaesong sigue funcionando a pleno rendimiento, como atestigua un reportaje publicado por el WALL STREET JOURNAL. Este complejo reúne a 120 empresas surcoreanas implantadas en territorio norcoreano fronterizo con el Sur y da trabajo a 40.000 norcoreanos y apenas a un millar de sus vecinos meridionales. El valor de sus productos es aún modesto, unos 250 millones de dólares, pero se trata de la operación más emblemática del deshielo intercoreano, iniciado a finales de siglo.
Pero que la tensión no haya traspasado de momento el umbral de la retórica no quiere decir que el asunto no merezca cierta preocupación de las grandes potencias regionales. La Secretaria de Estado Clinton, que se encontraba en Pekín (¿pura causalidad?) cuando se dio a conocer el resultado de la investigación, abordó inmediatamente con las autoridades chinas la adopción de medidas sancionadoras, antes de viajar a Seúl para escenificar una declaración de apoyo sin reservas a Corea del Sur y elogiar la "firmeza prudente" del presidente Lee.
EL PROBLEMA NO ES COREA SINO CHINA
Clinton no pudo, en cambio, asegurar a sus aliados surcoreanos que Pekín hubiera sacado todas las conclusiones lógicas del incidente naval. Dicen los colaboradores de la Secretaria de Estado que los chinos se mostraron muy receptivos ("dispuestos a trabajar con Estados Unidos y otras partes", fue la fórmula empleada) pero en ningún momento asumieron los resultados de la Comisión internacional. Como suele ser habitual, dejaron en el aire su posición, para ganar tiempo y que el debate se prolongue hasta la inevitable sesión del Consejo de Seguridad.
China no sólo protege diplomáticamente a Corea del Norte. En realidad, contribuye decisivamente a alimentar a sus habitantes, proporciona la energía que necesita su arruinado aparato productivo y sostiene material y militarmente al Estado. No lo hace sólo por solidaridad con un viejo aliado comunista. La existencia de un peón con las características de Corea del Norte resulta de gran utilidad para la superpotencia asiática en la gestión del equilibrio regional. Pekín confía en poder seguir administrando los tiempos. Que la quebradiza salud del máximo mandatario se extinga, poner en el poder en Pyongyang a su favorito -que se ignora si es el mismo que el de Kim: su tercer hijo, Kim Jong Eun-, y asegurar una transición ordenada.
Estados Unidos considera justificadas las aprensiones chinas, de ahí que su demanda de aquiescencia para las sanciones se realice en un tono cauteloso. Washington comprende la necesidad de dar una satisfacción a Seúl y de mandar un mensaje inequívoco a Pyongyang, pero lo que le importa sobre todo es no complicar la neutralización de las ambiciones nucleares norcoreanas. Por otro lado, como resalta LE MONDE, a los norteamericanos les resulta de gran utilidad el protagonismo de Pekín, porque el Ejército Popular chino es la principal fuente de que dispone la inteligencia norteamericana para orientarse sobre lo que ocurre en Corea del Norte.
En las páginas del NEW YORK TIMES, algunos analistas de cuestiones estratégicas e internacionales pertenecientes a universidades y "think-tanks" chinos creen advertir el hartazgo de Pekín ante el "gamberrismo" de Kim Jong-Il y consideran que ha llegado el momento de ponerlo contra las cuerdas para que no ponga en peligro los intereses estratégicos chinos a largo plazo.
El problema es que el tutor no pueda controlar enteramente al pupilo, si éste pierde definitivamente los papeles o si se empeña en prolongar innecesariamente un clima de tensión. Los chinos temen que las presiones internacionales precipiten un final "prematuro" del agotado régimen, creando un escenario descontrolado de violencia y aluvión de refugiados hambrientos llamando a las puertas de China.

EL AMIGO BRASILEÑO

20 de mayo de 2010

El presidente brasileño, Luiz Inácio "Lula" Da Silva, ha estado estos días por España para participar en un seminario sobre la economía de su país. Como le viene ocurriendo en muchas de sus recientes intervenciones públicas, sus palabras suenan ya a borradores de su legado político. Cuando deje su cargo a finales de este año, ni siquiera los más recalcitrantes opositores podrán hacer un balance negativo de su gestión.
"Lula ha acertado porque no ha hecho nada de lo que dijo que iba a hacer cuando estaba en la oposición", me decía hace unos años en su despacho de Sao Paulo su antecesor en la presidencia, el economista Fernando Henrique Cardozo. El comentario reflejaba la acritud de una rivalidad política que, aunque matizada, se ha mantenido durante el mandato de Lula. Hay una falta de empatía y unas heridas no cerradas entre las dos figuras más relevantes de la actual generación de dirigentes brasileños. Que Lula y Cardozo no se encuentren en las antípodas políticas no hace más incomprensible sus dificultades de entendimiento -y hasta de comunicación-, sino todo lo contrario. Ambos han competido y compiten, por personas interpuestas, por el mismo electorado de centro: con un perfil más socialdemócrata, el ex-sindicalista; más inclinado a los postulados liberales, el economista.
Lula ha sido el exponente más exitoso de ese socialismo posible que emerge en América Latina de la ruinas del consenso de Washington. Los grandes poderes económicos-mediáticos-fácticos de Brasil abortaron su acceso a la presidencia en dos ocasiones, al presentar su eventual victorial como una catástrofe para el país. A la campaña negativa, destructiva y sin escrúpulos se añadía una cohorte mejorable de asesores y cierta inmadurez en la construcción de la alternativa política. Pero Lula, reflejo de su propia biografía personal, ha hecho de la perseverancia la clave de su éxito político.
Unos datos recientes ilustran la dimensión del acierto del presidente brasileño: el trabajo infantil se ha reducido a la mitad en los últimos dieciocho años. Este logro se debe a múltiples factores, pero el más publicitado es el mecanismo de la Bolsa-familia, una ayuda que el Estado otorga a las familias muy humildes a cambio de que garanticen la asistencia de sus hijos a la escuela. Este programa no lo inventó la administración Lula, sino la de Cardozo. Lo que Lula ha hecho es reforzarlo y ampliarlo con otros de similar impacto social. Pero como el ex-presidente me comentaba, la diferencia es que Cardozo afrontó ese desafío social en un entorno económico mucho más desfavorable que el que le ha tocado gestionar a su sucesor.
En todo caso, este "enfoque social" no ha apartado a Lula de una cierta aquiescencia con las principales reglas ortodoxas del capitalismo global. El equipo de asesores económicos del "compañero-presidente" han tenido claro que Lula no podía convertirse en el Allende del siglo XXI. Cuando Lula dice ahora que "Brasil es serio" en el escenario económico mundial" está queriendo decir que su "socialismo posible" no está desafiando a los grandes intereses corporativos ni socavando las bases de la economía de mercado. Es la propuesta socialdemócrata europea clásica: permitir la acumulación para garantizar la distribución.
Los comentaristas liberales reconocen esta actitud "razonable" de Lula y le otorgan la acreditación de "respetabilidad". No sólo por generosidad intelectual. La emergencia de una izquierda pujante en América Latina, tras la ruina de los experimentos neoliberales, inquietó a las élites de subcontinente y a sus padrinos corporativos del Norte. Era importante abortar una estrategia común de desarrollo económico al servicio de las mayorías y vigilar un proyecto político liberado de las habituales tutelas históricas. Se articuló un discurso de los socialismos enfrentados o, al menos, incompatibles: el razonable de Lula, o del chileno Lagos, incluso del uruguayo Vázquez, y el desquiciado, autoritario, corrupto y tributario del castrismo, personificado en Chávez, en Morales o en Ortega.
Los adalides del liberalismo creían que Lula iba a asumir esa estrategia como aceptó los límites en el reformismo interno. Pero no lo ha hecho. De ahí que estos días hayamos leído análisis en los que se reprocha a Lula que no haya tomado distancia suficiente de Chávez. O incluso de Castro. Se ha llegado a decir que la presencia reciente de Lula en La Habana tenía que ver con la ambición brasileña de conseguir un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¡Si algo no debería hacer Lula para promover esa aspiración, más que legítima, es precisamente fotografiarse con una dirigencia cubana en franca descomposición!
Seguramente lo que pretenda Lula sea afirmar que la potencia brasileña no obedece órdenes. Ni de Estados Unidos, ni del resto del concierto dominante en la escena internacional. Ese mismo espíritu explica la iniciativa conjunta con Turquía para negociar con Irán el control de su material nuclear. El acuerdo es similar al que se alcanzó en octubre pasado, pero no idéntico. Entonces, la cantidad de uranio pobremente enriquecido que Irán se comprometía a desplazar fuera de sus fronteras para que fuera tutelado por terceros países (Rusia, Francia...) representaba el 80% de su stock; ahora, esa misma cantidad (unas 2.600 libres) sólo son la mitad de sus reservas, porque los iraníes han continuado produciendo estos meses.
Lula se erigió en mediador, no sólo por idealismo o por un ataque de protagonismo internacional, sino para preservar las relaciones económicas brasileñas con Irán. Pero eso es lo que cabe esperar de un dirigente responsable en la escena internacional. Es lo que hace Obama con China, que no es precisamente una democracia. La administración norteamericana ha comprendido el sentido de la negociación amparada por Brasil y Turquía y ha respondido con pragmatismo. En vez de desacreditarla y combatirla, ha optado por "superarla". Clinton intensificó los contactos con Moscú y Pekín para ultimar el borrador del proyecto de sanciones, que deberá debatir en junio el Consejo de Seguridad de la ONU. La diplomacia brasileña replicó con la misma prudencia: consideró prematura la insistencia en las sanciones, pero no puso el grito en el cielo, sabedora de que la resolución está lejos de aprobarse. El mecanismo de inspección de buques en alta mar, para controlar el tráfico de tecnología nuclear que pueda entrar en los puertos iraníes, presenta riesgos de confrontación que permitirán a China y a Rusia retrasar su aplicación.
Hay discrepancias recientes. En Honduras, Washington dejó de presionar a las autoridades golpistas para no reforzar a los "chavistas", mientras desde Planalto se defendía el aislamiento del régimen transitorio, y aún hoy se pone en duda la legitimidad de sus herederos electorales. Obama y Clinton van a cuidar al amigo brasileño, por inconvenientes que puedan resultar ocasionalmente algunas de sus posiciones. Los creadores de opinión en Estados Unidos lo han confirmado estos días. En el dossier iraní, se mostrará la misma flexibilidad. Entre otras cosas, porque la influencia brasileña puede servir de apoyo a la verdadera partida diplomática por asegurar: la comunicación con Pekín.

CASTIGO DE LAS URNAS, PENITENCIA DE LAS COALICIONES

13 de Mayo de 2010

Mientras la crisis mantenga su poder destructivo, las elecciones van a castigar a los partidos que gobiernan, sin beneficiar del todo a los que aguardan turno, con más miedo que vergüenza, en la oposición. De ahí la exigencia de la coalición, incluso en los países más improbables por su sistema electoral mayoritario, como el Reino Unido, o en los más habituados, como en Alemania. Otrora, los partidos bisagras estarían de enhorabuena. Pero en el panorama actual, la coalición se antoja una oportunidad incierta y peligrosa. Para todos.

CAMBIO DE GUARDIA CON PASO FORZADO

A pesar del tono de fanfarria empleado por la prensa afín, no fue la escena triunfal con la que habían soñado los tories estos últimos años. La primera foto del PM David Cameron en el "10" resultó tardía y un tanto apagada. El jefe de gobierno más joven en casi dos siglos, llegó hasta Downing Street "a trompicones". ¡Qué distinto a la "irrupción" de Blair en 1997! , escribían los comentaristas críticos.
Después de sesenta y cinco años de gobiernos monocolores, Gran Bretaña se hace más europea también en este aspecto político. Al final, los liberal-demócratas se han ido del brazo de los conservadores, tras unas negociaciones más cargadas de táctica que de sustancia, a tenor de lo que se sabe acerca del acuerdo de la coalición. El socio menor tendrá cinco carteras, ninguna decisiva, y a su líder como "deputy", una especie de vice, con poderes aún por precisar. Los aspectos más derechistas del programa fiscal conservador se suavizan, pero se mantienen severos recortes inmediatos del gasto público. Habrá un referéndum electoral, con vistas a implantar el mecanismo del voto alternativo, pero los tories harán campaña en favor del mantener el sistema mayoritario. El sueño liberal de la proporcionalidad se diluye. En compensación, las legislaturas tendrá duración fija de cinco años, para conjurar la tentación tory de intentar conseguir antes de tiempo la mayoría absoluta que ahora se les ha negado.
El pacto de centro-derecha ha generado poco entusiasmo entre sus aparentes beneficiarios. Los dos líderes transmiten escasa empatía, aunque intenten escenificar lo contrario. Sus estados mayores no ocultan cierto descontento. ¿Y las bases? Pura decepción. Unas, por no haber conseguido la mayoría absoluta para desmontar algunos andamiajes del "nuevo laborismo". Otras, por terminar vinculados a unos socios que representan todo lo contrario a esos postulados de renovación política que han proclamado.
Clegg estaba abocado a este desenlace desde la noche del 6 de mayo, cuando advirtió que su "auge" era asimilable al del souflé. La única carta que el líder liberal tenía era coquetear con unos y otros para que mejoraran sus dotes. Los liberales escenificaron las evidentes discrepancias con los conservadores en política fiscal, migratoria, europea y de seguridad para proyectar la complicación del pacto y abrir el apetito de pacto a los laboristas. Pero la mayoría de la dirigencia del partido derrotado había terminado por aceptar que el momento se antojaba propicio para cerrar el capítulo del "nuevo laborismo" y pasar a la oposición. Y nada mejor que una derrota para despedir al líder. Los medios británicos, como era de esperar, recibieron el gesto del líder dimisionario con valoraciones opuestas: los de centro de izquierda lo consideraron un gesto que compensaba fracasos anteriores y acreditaba su altura política; los derechistas, tabloides o "respetables", "un golpe de efecto típicamente labour".

DEL ACUERDO INCONVENIENTE AL MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

Tardaremos en saber las verdaderas intenciones de Brown al ofrecer su dimisión al frente del Partido Laborista a principios de semana, supuestamente para favorecer un acuerdo de gobierno entre los suyos y los liberal-demócratas. El ya ex-primer ministro sabía que esa fórmula necesitaría de socios adicionales para conformar una mayoría parlamentaria "progresista": escoceses, norirlandeses, etc. Pocas garantías de estabilidad, por tanto. O ninguna. Algunos negociadores laboristas filtraron a sus medios afines la temperatura de las negociaciones con los liberales: frialdad, suspicacia y tacticismo. Uno de ellos le dijo al principal articulista de THE GUARDIAN, Jonathan Freedland, que los liberales exigían recortes del déficit muy perjudiciales para las prestaciones sociales. "Y luego dicen que son progresistas", comentaba el confidente.
El liderazgo laborista tampoco se encontraba cómodo con la aspiración liberal de reformar el sistema electoral. Un buen sector del partido no estaba por la labor de hacerse el hara-kiri con unas medidas que, a buen seguro, reducirán indefectiblemente su futura presencia parlamentaria en el norte de Inglaterra y, sobre todo, en Escocia. Muchos percibían que el pacto serviría simplemente para prolongar su permanencia en Downing Street por una temporada corta, a cambio de poner mucho más difícil su regreso después de ser definitivamente desalojados . Partida concluida.
Era evidente que las negociaciones entre liberales y laboristas nunca estuvieron dominadas por el entusiasmo, pero Clegg dejó que se desplegara su ala izquierda para inquietar a los tories. Lo consiguió, en parte. Cameron seguramente contaba con el farol, pero no quiso correr riesgos, revitalizó las conversaciones con Clegg y mejoró su oferta.
Para completar la escena de la derrota, Brown recortaba los plazos de su desaparición política: no será en otoño, sino ya mismo. La figura emergente del laborista es David Milliban, el jefe saliente del Foreign Office. Joven, ambicioso y con buena imagen de esa que ahora se aprecia y resulta políticamente rentable. Pero también inasible, políticamente. Algunos comentarios malintencionados sobre sus pretensiones ya se escucharon en la noche electoral.
Clegg ha obtenido lo máximo que podía conseguir y ha hecho virtud de la necesidad. Tuvo claro que no podía abrazarse al deshollinador (Brown) sin evitar quedar manchado, como le advertía ácidamente un comentarista de THE TIMES. Colaborar con Cameron le hará responsable de medidas que serán difíciles de explicar a sus bases más "progresistas". Cierto. Pero puede proclamar que arrima el hombro en beneficio del país (mensaje al conjunto del electorado) y atempera el giro a la derecha (guiño a los suyos más disgustados con la solución). Los diarios de centro-izquierda (THE GUARDIAN y THE INDEPENDENT), que recomendaron votar por el partido de Clegg, se muestran comprensivos con la decisión liberal de coaligarse con los tories, como ejercicio de realismo y responsabilidad. Pero también de oportunidad: se frena así la temida "revancha" conservadora. Los aliados de este lado del Canal también experimentan cierto alivio, porque confían en que los liberales, convencidos europeístas, puedan neutralizar los instintos euroescépticos de los dos ministros conservadores más influyentes: Hague (Exteriores) y Osborne (Finanzas).

LOS APUROS DE MERKEL

Y mientras un gobierno de coalición se inaugura en Gran Bretaña, otro se adentra en parecidos escenarios de incertidumbre, en Alemania. Los malos resultados de su partido en las elecciones regionales de Renania-Westfalia le complican la tarea de gobernar a Ángela Merkel. Pierde la mayoría en el Bundesrat (la Cámara alta) y le obliga a frenar ciertos compromisos electorales con sus socios liberales, sobre todo las rebajas fiscales. La coalición gobernante en Berlin podría empezar a experimentar tensiones. Pero los liberales no están para muchas exigencias, porque, proporcionalmente, el electorado renano les ha castigado tanto o más que a los democristianos. Para aliviar la amargura, el SPD sigue atrapado en la herencia de Schroeder: aunque pocos, también ha perdido votos, y para gobernar en Renania debe convencer a verdes y rojos, que han sido los vencedores morales. Para ser un länder tradicional, es significativo que los ecologistas y socialistas de izquierdas más comunistas hayan duplicado sus puntos porcentuales de apoyo electoral.
Los analistas creen que la gestión de la "crisis griega" ha pasado factura a Merkel. Pero el análisis es escurridizo y poco convincente. Desde Europa se le reprochaba a la canciller que no se atreviera a avalar el rescate y que estirara los plazos hasta que pasaran las elecciones renanas. Como los dueños del casino internacional amenazaron con emboscadas letales contra el euro, Merkel decidió in extremis apoyar el paquete de ayuda a Grecia, aunque eso desagradara a la mayoría de los electores, nada partidarios de pagar los platos rotos griegos. Probablemente no habría servido de nada la pausa táctica, porque el malestar ya había prendido en Alemania, como en Gran Bretaña, en Francia, o en España, por mencionar sólo países europeos. Salvo los partidos que nunca van a tener responsabilidades de gobierno, todos están sometidos ahora al castigo de las urnas y a la penitencia de las coaliciones.