EGIPTO: EL TRIUNFO DE LA REPRESIÓN

19 de agosto de 2013
                 
Se acabó la representación en Egipto. Sea cual sea la apariencia que adopten los hechos en los próximos días, semanas o meses. El episodio de más alcance de la ‘primavera árabe’ se ha disuelto en el ácido de la represión. La jerarquía militar, de forma directa o interpuesta –eso resulta de todo punto secundario- se hace con las riendas y determina el rumbo político. Que será el de siempre: los militares mandan, el aparato burocrático-institucional ejecuta, la élite económica se beneficia y la mayoría obedece y se resigna.
                 
Cada día que pasa, resulta más impensable una vuelta atrás. Las cartas ya están jugadas. Y hay planes y estrategias adaptados a los posibles escenarios.

Si los Hermanos Musulmanes y sus seguidores se allanan a lo que el principal consejero del presidente-marioneta ha denominado pomposamente como “marcha pacífica hacia el futuro”, es decir a la consolidación del golpe de Estado; si aceptan su histórica condición de fuerza mayoritaria pero en la oposición, el régimen se vestirá de seda: es decir, adoptará formas institucionales pretendidamente participativas y democráticas.

Si los derrotados, por el contrario, se empeñan en combatir a policías, militares y secuaces y exigen el restablecimiento de la ‘legalidad conculcada’, serán puestos fuera de la ley. Algunos especialistas regionales consultados estos días por THE NEW YORK TIMES creen incluso que los militares egipcios están provocando respuestas violentas de los Hermanos Musulmanes para justificar la intensificación de la represión. Represalias adicionales contra cristianos coptos y sus iglesias por parte de supuestas bandas islamistas frustradas podrían resultar de gran “utilidad” para esa estrategia.
                 
POLARIZACIÓN Y PROPAGANDA

No obstante, si la represión continúa y/o aumenta, podría aumentar el riesgo de que se resquebraje el frente interno contra los islamistas, como ya está ocurriendo. Muchos adversarios de los Hermanos se han desgajado del actual gobierno y se declaran espantados por lo que está ocurriendo.

Para combatir ese peligro, se cuenta con una poderosa maquinaria de propaganda. Los aparatos militar, burocrático y mediático de las autoridades egipcias ya llevan semanas haciendo circular el mensaje que los islamistas son todos “terroristas”. Uno de los periodistas occidentales que mejor conocen la zona, el británico Robert Fisk, lo ha escrito en un artículo para su periódico, THE INDEPENDENT: los seguidores de la hermandad musulmana  han dejado de ser hijos de Egipto y se han convertido simplemente en “terroristas”. ¿Qué musulmán volverá a creer en el discurso occidental de la democracia?, se pregunta Fisk.

La propaganda oficial se ha intensificado con gran descaro estos días en los medios egipcios, no ya estatales (con eso ya se contaba), sino tanto o más aún en los privados, vinculados a los intereses económicos protegidos en la etapa de Mubarak. En parte como efecto de esta propaganda, se ahonda la fractura ideológica y social en el país, como dan cuenta periodistas occidentales destacados en El Cairo. Buena parte de la población aprueba las acciones de los militares y de la policía. Querían el aniquilamiento de los Hermanos Musulmanes y ahora aplauden que se haya puesto en marcha.

El líder de Tamarrod, esa organización manipulable y manipulada por los poderosos aparatos del poder real, ha defendido con entusiasmo la represión.  “Lo que Egipto atraviesa actualmente –ha dicho Mahmud Badr- es el precio, un elevado precio, que debemos pagar para librarnos de la organización fascista de los Hermanos antes de que se hiciera con el control de todo y nos aplastara a todos”.  Y por si acaso la brutalidad policial no resultara suficiente, este joven dirigente, ampliamente promocionado por los medios occidentales en las semanas anteriores al golpe, hace un llamamiento a la población para que organice “comités populares” de lucha contra los islamistas. Es una convocatoria tardía: ya se han detectado grupos de civiles armados colaborando con las fuerzas de seguridad en las tareas represoras. Es difícil ver en estos instintos una defensa de los valores democráticos.

LA COMPLICIDAD EXTERIOR

No demos mucha importancia a la presión exterior. Estados Unidos aceptará más pronto que tarde la nueva situación (más bien la vieja: la de siempre), con el apoyo entusiasta de Israel, de sus aliados árabes y, a la postre, también de los socios europeos.

El NEW YORK TIMES cuenta con todo detalle este domingo cómo Al-Sisi y otros miembros del gobierno hicieron creer a los enviados norteamericano y europeo que podía haber una vía de reconciliación o apaciguamiento, cuando en realidad se estaba preparando la disolución de los campamentos. De nada sirvió que el Secretario de Defensa Hagel llamara 17 veces a su colega y único hombre fuerte de Egipto, el general Al Sisi, para rogarle contención.

Después de todo, los militares egipcios ofrecen mejor que ningún otro actor en el país lo que Washington y el resto de capitales amigas más desean, a saber:
          -garantías de un tráfico fluido y sin sobresaltos del petróleo y de cualquier otro tipo de mercancías por el Canal de Suez;
          -libertad de paso, circulación y sobrevuelo de la maquinaría de guerra de Estados Unidos, fundamental para atender las necesidades de conflictos por terminar (o por venir) en los mares cálidos del Oriente Próximo y Medio;
-mantenimiento de la paz con Israel y de un buen número de acuerdos de control militar en el Sinaí, considerado como uno de los escenario-riesgo de un rebrote jihadista.

Obama lo dijo claramente el otro día. No se puede atender solamente a los valores humanitarios; deben tenerse en cuenta los intereses nacionales.

Sin embargo, algunos analistas, como Fred Kaplan y Steve Cook, son partidarios de no soportar la brutalidad de Al-Sisi y sus oficiales. Ambos creen que Estados Unidos puede intentar algo más que medidas limitadas, como las anunciadas por Obama desde su residencia vacacional. Cook, del Consejo de Relaciones Exteriores, cree que merece la pena ensayar la interrupción de la ayuda militar a Egipto. Kaplan, experto en asuntos militares y seguridad, argumenta que las garantías mencionadas no corren peligro, porque resultan igualmente vitales para Egipto. Suez tiene que seguir siendo una pista rápida y abierta porque proporciona importantes beneficios al Estado egipcio. No menos el turismo, que huirá del país si sus autoridades adoptasen una posición de hostilidad hacia Occidente. Pero, mucho más inmediato aún, el ejército egipcio no se puede permitir una guerra con Israel, ni siquiera una carrera de armamentos. Finalmente, las facilidades militares a Estados Unidos también convienen a los propios generales egipcios, que lo último que quisieran ver es un triunfo, o incluso un avance, de los radicales islámicos en otros lugares de Oriente Medio.

No le falta razón a Kaplan. Pero si resulta muy improbable que Estados Unidos ‘castigue’ en serio al ‘nuevo-viejo régimen’ en El Cairo, no es por temor a las represalias egipcias, sino porque Washington no sacará beneficio alguno de humillar a Al-Sisi. ¿Es necesario demostrar a sus aliados de cuatro décadas  que no tiene sentido alguno golpearse el pecho y proferir amenazas estériles?
 

Tampoco cabe esperar mucha presión de las opiniones públicas occidentales, más o menos escandalizadas por el baño de sangre de estos últimos días. Los ciudadanos en esta parte del mundo estamos agobiados por las consecuencias abrumadoras de una crisis económica y social a la que todavía no se ve un final (pese al optimismo forzado de algunos de nuestros dirigentes). Pero peor aún: la repugnancia ante las escenas recientes de la brutal represión se disolverán como un azucarillo en cuanto se produzca un atentado reivindicado por los islamistas en una ciudad norteamericana o, más probablemente europea.
Por lo tanto, estamos ante un más que previsible consolidación del golpe militar, de consecuencias más o menos inmediatas en el resto del mundo árabe, de reversión del proceso abierto por las ‘revoluciones’ de 2011 y de una vuelta maquillada al status quo anterior. Lo que podría desencadenar, seguramente, un incremento de las acciones violentas de los sectores más radicales del movimiento islamista y, en consecuencia, una espiral de la violencia.

A la postre, como bien es sabido, los muertos se olvidan más pronto que tarde; los intereses, nunca.
EGIPTO: LAS RESPONSABILIDADES DE LA MASACRE

No han terminado todavía de contarse los muertos en la brutal disolución de los campamentos de los Hermanos Musulmanes en El Cairo.  Habrá más matanzas, con casi toda seguridad. La espiral de la violencia, probablemente, no ha hecho más que comenzar.

El 3 de julio se produjo un golpe de Estado en Egipto. Sin embargo, contra esa clara evidencia, no pocos especialistas eludían considerar  como tal la destitución del Presidente Morsi. O se mostraban cautelosos o  incluso quisieron ver en la actuación militar una muestra más del compromiso de las Fuerzas Armadas con la restauración de la democracia. Lo cierto es que, desde el principio, no había muchas dudas en que, esa noche, Egipto se alejó dramáticamente de un sistema político de libertades.

Los que quisieron legitimar el golpe, desde dentro o desde fuera, aseguraron que era imperativo poner fin al mandato de los Hermanos Musulmanes, por dos motivos fundamentales: gobernaban de forma sectaria, sólo en provecho propio y con un horizonte político e ideológico muy estrecho, y gobernaban mal, arrastrando al país al caos y la ruina.

EL CAMINO A LA CATÁSTROFE

El gobierno de Morsi, desde luego, no ha sido ejemplar. Hay cierta verdad en las acusaciones de los críticos. Pero, para ser completamente honestos, la oposición, en sentido amplio, tiene dificultades para admitir otros factores que explican la ingobernabilidad del país en los últimos meses. A saber:

1)      El boicot de la mayoría de las instituciones, singularmente la policía y la judicatura, que se sintieron amenazadas desde el comienzo de la revolución y que temían de los Hermanos Musulmanes no sólo el final de sus privilegios acumulados durante años de la dictadura con máscara de Mubarak (y previamente: con Sadat), sino una cierta revancha, cuando los islamistas se consideraran capacitados para ejecutarla. Los jueces nunca aceptaron el resultado electoral ni admitieron que la mayoría conseguida por los HHMM debía tener consecuencias políticas. Con astucia, llevaron a los líderes de la cofradía a un pulso, en el que los dirigentes islamistas se mostraron torpes y primarios.

2)  La ‘conciencia cívica’ de las Fuerzas Armadas resultó bastante tardía, por no decir oportunista. Morsi y la jerarquía de la Hermandad no desafiaron en ningún momento el poder y los privilegios de la casta militar, sino todo lo contrario: blindaron sus prerrogativas en la nueva Constitución, les mantuvo el control exclusivo sobre su partida presupuestaria y no disminuyó en modo alguno su autonomía en el diseño y la ejecución de la política de defensa.  El General Al-Sisi fue el principal apoyo de Morsi en la confrontación con el resto del viejo aparato, aunque fuera por conveniencia.  Sólo en las últimas semanas, cuando Morsi se creyó más fuerte, se produjeron gestos del presidente que molestaron a la jerarquía militar. Cuando Al-Sisi se quejó ante Morsi, cuentan confidentes del depuesto Jefe del Estado, éste se mostró desdeñoso y un tanto arrogante. Seguramente, cavó su tumba (sólo política, de momento).

3)  El Frente laico que se fue formando en oposición al gobierno de los Hermanos exhibió incoherencias notables y una carencia asombrosa de programa. Cierta clase media cairota –y de contadas ciudades más- creyó que su conocimiento del mundo exterior, el deslumbramiento de las redes sociales y una posición social un tanto desahogada les confería el derecho de interpretar lo que era mejor para el país. No escondieron cierto desdén por la falta de formación y el atraso social de las masas que seguían a la cofradía. Nunca se plantearon favorecer un acuerdo nacional para dejar en evidencia a los hermanos. Escogieron la calle y empezaron a hacer guiños, irresponsables, como ahora se está viendo, a los militares para que cambiaran el curso de los acontecimientos.

4)  Las interferencias exteriores, en particular de las potencias árabes vecinas, en la batalla política egipcia, animó a los bandos en disputa a fortalecer sus posiciones y descartar el diálogo. Arabia Saudí y el resto de las monarquías petroleras se mostraron muy generosos con quienes conspiraban en despachos y cuarteles contra los Hermanos Musulmanes. Morsi y sus padrinos en la Hermandad no se quedaron quietos y aprovecharon las rivalidades regionales para solicitar sus apoyos. Qatar fue el principal donante del gobierno. Estados Unidos jugaba todas las cartas. Se acomodaron a Morsi, pero dejaron claro a los militares que serían comprensivos con otras soluciones, siempre y cuando se respetaran los acuerdos con Israel y quedaba claro el papel favorable de Egipto en el equilibrio geoestratégico regional.
En este panorama, la cuerda se rompió por el lado más débil, no en términos democráticos, sino en el de las relaciones de fuerza, que ha sido el elemento definidor de la política egipcia en los últimos sesenta años.

UN MES Y MEDIO DE INCOHERENCIAS

El 3 de julio Egipto vivió un golpe de Estado. Cualquier otra denominación es una justificación interesada o poco informada de los hechos.  En el mes y medio siguiente, las promesas de restauración de la democracia –sin la cuales, el golpe hubiera quedado desenmascarado completamente- se han ido diluyendo. En ningún momento se ha mejorado de forma sustancial, excepto quizás en la instauración de un cierto orden ciudadano. Pero eso no responde tanto a la eficacia de las nuevas autoridades, cuanto, más bien, a la evidencia de que los aparatos que boicoteaban al anterior gobierno volvieron a la tarea y empezaron a actuar con normalidad, cumpliendo sus obligaciones largo tiempo abandonadas.

Enseguida comenzaron a hacerse evidentes las debilidades del nuevo liderazgo egipcio. El calendario político –la ‘hoja de ruta’, como vulgarmente lo calificó el nuevo gobierno- de la restauración democrática resultó una chapuza sin credibilidad. Los plazos imposibles, la ausencia de elementos claves, la falta absoluta de consulta con los principales actores convirtieron esa pieza destinada a crear confianza justamente en lo contrario: un factor inquietante adicional de las dudas sobre el verdadero propósito de los golpistas.
Otros elementos provocaban más incertidumbre. Los días pasaban y seguía sin conocerse el paradero de Morsi, al que, bizarramente, se le imputó como delito la forma en que se fugó de una cárcel en mitad de la revuelta contra Mubarak.

Dignatarios de las potencias occidentales visitaban El Cairo, después de semanas de fallida insistencia, pero con resultados totalmente decepcionantes. Las condiciones en la que Catherine Ashton pudo ver al presidente depuesto resultaron humillantes para la diplomacia europea. La administración Obama se refugiaba en la ambigüedad.

Y, en este contexto, de incoherencia de las nuevas autoridades y de impotencia internacional, los Hermanos Musulmanes decidieron mantener una estrategia de tensión y desafío. Percibieron que la legitimidad de las nuevas autoridades no terminaba de cuajar y decidieron subir las apuestas y arriesgar una confrontación directa para salir del status quo. Se produjeron protestas que terminaron con sangre, pero los campamentos seguían en  pie. Los militares hicieron un asombroso llamamiento a la población para que se convirtiera en acusadora pública de los islamistas atrincherados en su resistencia. No dudaron incluso de etiquetarlos de terroristas.  Sin duda, para legitimar su aniquilación. Hasta la dramática jornada del 14 de agosto.

TODOS SON RESPONSABLES, UNOS MÁS QUE OTROS

Así las cosas, todas las partes referidas son responsables de la peligrosa deriva a la que parece abandonado Egipto, aunque en dimensiones y proporciones diferentes.

-Las Fuerzas Armadas y su extensión, las fuerzas de seguridad, son las principales responsables. La maniobra de imponer un gobierno civil para disimular el carácter militar del nuevo poder no resulto creíble en ningún momento (sólo para ingenuos o partidarios). El Ejército egipcio no conoce las prácticas democráticas. Su convocatoria de movilización contra los resistentes resulta impensable en una democracia. Al-Sisi era y es el único hombre fuerte desde el principio y los demás sólo han sido marionetas o instrumentos de sus decisiones. La decisión de destruir los campamentos, aunque haya tenido defensores en el gobierno, ha sido adoptada por el alto mando castrense. La policía no ha podido actuar sin el aval del Ejército. Al-Sisi, su jefe supremo, es por tanto, el responsable de casi un millar de muertos.

-El aparato institucional heredado de Mubarak, reconvertido a un dudoso proyecto democratizador, es el segundo responsable en orden de importancia. Le ha dado una supuesta cobertura legal a una maniobra política que olía a distancia. Ha buscado apoyos en el exterior y los ha encontrado donde los tenía –por no decir que los alentaba- desde antes de producirse.

-Los movimientos cívicos también tienen parte de responsabilidad por haber alimentado una solución que legitimaba un golpe de mano. El sectarismo de la cofradía era condenable, pero los medios para luchar contra pulsiones autoritarias importan. El respeto a la mayoría, por cuestionable que sea su conducta, no puede sofocarse con el abuso de la fuerza. Quienes confiaron en el instinto democrático de los militares o eran muy ingenuos o muy cínicos. Todavía con los muertos calientes, Tamarrod y el Frente de Salvación, los dos principales grupos de oposición, acusan a las víctimas y justifican a los agresores. Es una terrible constatación de que a estos movimientos les ha perdido su elitismo. Uno de los líderes postizos de este conglomerado, el diplomático ElBaradei, aupado a la vicepresidencia provisional del país, no ha podido por menos de dimitir, qué menos. Es cierto que intentó impedir una intervención que todo el mundo consideraba inevitable.  O se dio cuenta demasiado tarde de que no debía hacer colaborado con la farsa, o quiso salvar la cara al final.

-Los Hermanos Musulmanes no son ajenos a su propia tragedia.  Buscaban la confrontación para que la deslegitimación del nuevo gobierno quedara escandalosamente en evidencia.  Desgraciadamente, esta provocación de catástrofes humanas para fortalecer causas resulta dolorosamente habitual en la cultura política árabe. Es la lógica del ‘martirio’. Es imposible que los dirigentes de la cofradía contemplaran una salida distinta al desafío de los campamentos que una intervención de las fuerzas de seguridad. ¿Necesitaban los muertos para impulsar su causa sobre el trampolín del sacrificio de su propia gente, incluso dirigentes y sus familiares? La simpatía que merecen las victimas más inocentes no impide que quienes les alentaron a mantenerse deben responder también de la tragedia.

-Finalmente, las potencias extranjeras deben asumir su parte de responsabilidad, aunque sea lateral o secundaria. De las vecinas monarquías árabes ya se ha dicho suficiente. Europa ha sido más clara en la condena del golpe, pero le falta la contundencia y la dedicación para que su postura tenga consecuencias. Estados Unidos es la clave. Obama no ha ocultado su incomodidad, pero sus principales portavoces han sido decepcionantemente ambiguos y en ningún momento han calificado de “golpe de Estado” lo ocurrido para no tener que adoptar posiciones no deseadas en consecuencia. Principalmente, poner en cuarentena la ayuda de 1.300 millones de dólares con la que el contribuyente norteamericano apuntala al régimen egipcio desde la firma de la paz con Israel. Kerry ha hecho jeribeques con el lenguaje para criticar sin condenar y reprochar sin deslegitimar a las nuevas autoridades. La oposición republicana, con su portavoz autorizado, el desventurado candidato McCain, ha hecho mofa de los equilibrios lingüísticos de la administración, no sin razón.

En la calculada ambigüedad de Washington opera la inquietud por la desestabilización del país. El ‘establishment’ norteamericano que alimentó a Mubarak –como a Sadat, previamente- cree que los militares son buenos socios, siempre que mantengan su compromiso básico: tener a raya a los islamistas y asegurar la paz y los acuerdos de seguridad con Israel. Una de las cosas que había alertado al Pentágono y a los servicios de inteligencia era la inestabilidad creciente en el Sinaí por una pretendida actividad creciente de supuestos grupos jihadistas durante los  meses de Morsi. El golpe también era una garantía de acabar con esa preocupación.

Después de la matanza del 14 de agosto, Obama se ha visto obligado a un gesto contenido. No activa el mecanismo de la suspensión de la ayuda, pero suspende las maniobras militares conjuntas previstas para septiembre. Too little and to late, como se dice en la jerga de Washington.

¿Y AHORA?


Muchos responsables, unos más que otros, por tanto. Pocos elementos de esperanza a la vista. Semillas de guerra civil plantadas en calles, hospitales y cementerios. Egipto se precipita en el abismo. La sangre puede correr en abundancia. Urge presionar  de verdad a quienes sólo tienen su sitio en los cuarteles, restaurar la legitimidad conculcada, asegurar un calendario democratizador creíble, depurar responsabilidades y aceptar que la democracia supone el respeto de las minorías pero la conducción de las mayorías.  Egipto puede ser un Irak a gran escala. Los cínicos dirán que, a las malas, se soportará. Incluso tal deriva es preferible con tal de que el país más poblado del mundo árabe no se convierta en una teocracia. En otro Irán. 

OBAMA: DESIGNIOS CONTRADICTORIOS EN POLITICA SOCIAL

31 de julio de 2013

                
El Presidente Obama ha expresado un alentador compromiso a favor de impulsar el empleo, mejorar el mercado laboral y reducir la desigualdad. Ha escogido una entrevista con THE NEW YORK TIMES –un diario que siempre le ha apoyado, pese a algunas críticas oportunas- para reiterar una posición que ya dibujó tras ganar la renovación de su mandato en noviembre pasado.
                
Obama sostiene que la creciente desigualdad de rentas está quebrando la confianza de los ciudadanos en América como tierra de oportunidades. En uno de los pasajes más inspiradores, afirmó que disponía en el despacho oval de una copia de la convocatoria de la Marcha por el Trabajo y la Libertad, en la que Marthin Luther King pronunció su archifamoso discurso ‘I have a dream’. Esa iniciativa contribuyó decisivamente a mejorar las condiciones laborales y sociales en América. Obama subraya en la entrevista que durante décadas, “el norteamericano que quería un trabajo, lo obtenía y, aunque fuera duro o difícil, podía comprarse una casa” con salario que obtenía.
                
El Presidente reconoce que para invertir la tendencia que ha envilecido el mercado de trabajo y ensanchado la desigualdad en Estados Unidos es preciso profundizar en el cambio de la política económica que ha dominado las últimas tres décadas. Asegura que luchara contra las fuerzas hostiles en el Congreso, “hasta el límite de su poder”.
                
Las palabras de Obama tienen bastante valor, porque no son habituales en un presidente de Estados Unidos. Cierto es que, hasta ahora, su mandato ha sido un correlato contradictorio, a veces ambiguo y no pocas veces decepcionante. Pero ha tenido la honestidad intelectual de denunciar políticas muy lesivas para la justicia social y la igualdad de oportunidades.
                
EL DETERIORO DEL TRABAJO

Algunas cifras ilustran la dimensión del problema que afronta Obama en la entrevista con el NYT. En términos comparativos con respecto a hace treinta años, los norteamericanos disponen de menos empleo, tienen menos donde elegir y cobran menos por lo que trabajan.  Los salarios medios y bajos no han crecido por encima de la inflación. La creación activa de empleo en los ochenta y noventa compensaba en cierto modo la subida de los precios y motivó una relativa despreocupación por el incremento de la desigualdad, que empezó a originarse en esos años, precisamente.

Pero desde el 2000, la oferta laboral se atascó, empeoró y  dejó de servir de amortiguador de las crecientes diferencias sociales. Con la crisis financiera, se aceleró la destrucción de empleo. El índice de ocupación en el tramo de población entre 25 y 54 años que no terminaron los estudios secundarios cayó diez puntos porcentuales entre 2007 y 2010. Estos datos fueron analizados por el profesor LANE KENWORTHY en un artículo para FOREING AFFAIRS, en vísperas de las últimas elecciones presidenciales.

Por ese tiempo, otro importante analista de la macroeconomía, David Leonhardt, ofreció en un completo artículo sobre el deterioro del nivel de vida de la mayoría de los norteamericanos un interesante dato sobre la degradación de la oferta de empleo. “El sector manufacturero norteamericano produce ahora mucho más que en 1979, a pesar de que emplea casi un 40% menos de trabajadores. Los obreros menos cualificados han sufrido desproporcionadamente. El desnivel salarial entre los titulados universitarios y el resto de empleados no ha sido casi nunca tan alto”.

DE LA DESIGUALDAD A LA POBREZA

Como consecuencia de estas tendencias negativas en el mercado laboral, la renta media familiar al comienzo de la presente década fue un 8% más baja que en el inicio del siglo. Esta depreciación en una década no tiene precedentes. En periodos de igual duración desde el final de la Segunda Guerra Mundial,  la renta media creció a niveles que rondaban el 30%.
            
La erosión de las rentas está alcanzando ya a la mitad superior de la población. El aumento creciente de los gastos y el endeudamiento están limitando severamente la capacidad de ahorro de los hogares: apenas un 20%, según los cálculos estadísticos más favorables. El nivel medio de la deuda superó los 75.000 dólares al comienzo de la presente década, mientras que las rentas netas medias apenas superaron los 77.000 dólares.
                 
La desigualdad es abrumadora, y en alza. La última revisión del Censo indica que el 15% de los norteamericanos ya son pobres, oficialmente. Casi la mitad se encuentra en el umbral de la pobreza. La crisis explica sólo en parte la negativa evolución de la balanza social. Lo más inquietante es que la desigualdad comenzó enormemente durante los años de expansión y se mantuvo durante los últimos treinta años. La retribución salarial media de una familia es de 30.000 dólares anuales y el nivel de renta mínimo para acceder a la asistencia alimentaria (‘food stamps’) es de 34.000 dólares anuales. El presupuesto destinado a esta partida de ayuda social, que alcanza a 47 millones de personas, no supera las ganancias por inversiones de los 20 norteamericanos más.
                
Este es el panorama que Obama se compromete a intentar modificar. Anuncia el fin definitivo de las políticas de austeridad y el lanzamiento de programas de obras de infraestructura, educación, energía limpia, ciencia, investigación y otras áreas de desarrollo. América ha envejecido materialmente hasta límites difíciles de imaginar en Europa.
                
Conviene, no obstante, no ser demasiado optimistas, ni sobre la capacidad del Presidente de doblegar las tendencias conservadoras que siguen dominando la Cámara de Representantes, ni sobre su voluntad de promover políticas progresistas sin contrapesos.

En la misma pieza en que resume las declaraciones de Obama, THE NEW YORK TIMES apunta que uno de los favoritos para suceder a Bernanke al frente de la Reserva Federal es Lawrence Sammers, jefe del Consejo de asesores económicos de Bill Clinton. Por sus conocidas componendas con Wall Street, su promoción no sería una buena señal de la declarada voluntad del Presidente de dar un golpe decisivo de timón a las políticas causantes de las desgracias sociales que él mismo denuncia.  

LA APUESTA DE OBAMA Y KERRY

25 de julio de 2013
                
La administración Obama parece renunciar a jugar un papel decisivo en la evolución de las crisis egipcia y siria –al menos públicamente- y decide afrontar el desafío pendiente desde hace medio siglo para la diplomacia norteamericano: el contencioso palestino-israelí.
                
El primer mandato del presidente demócrata se había cerrado con la frustración apenas disimulada de un atasco general en las conversaciones de paz. No debe achacársele a Obama esta ausencia de avances, sino a la intransigencia de Israel; y. en concreto, a las presiones de los elementos más extremistas del paisaje político en aquel país. Pero también del sector más abiertamente hostil del Congreso norteamericano, empeñado no sólo en sabotear la mínima iniciativa de la Casa Blanca, sino también en debilitar a su presidente jaleando al primer ministro Netanyahu.
                
Hillary Clinton, a la que sólo un malintencionado puede discutirle su compromiso sin fisuras con la causa israelí, entendió enseguida que sus rivales políticos en Washington no iban a facilitar su tarea y aconsejó a Obama una prudente distancia. El presidente, al comienzo tan entusiasta como cualquiera de sus antecesores –y más los demócratas- hizo calculados amagos, pero terminó declinando una implicación más personal y marginó el intratable dossier en el catálogo de sus prioridades internacionales.
                
Ahora, con un nuevo Secretario de Estado, se vuelve con fuerza a afrontar la aparente misión imposible de tantas y tantas administraciones. Los demócratas pueden presumir de haber conseguido los mejores resultados: la paz entre Egipto e Israel (con Carter) y un principio de acuerdo entre palestinos e israelíes (con Clinton). Veinte años después de los acuerdos firmados en Washington por Rabin, Peres y Arafat, las ilusiones de una paz negociada se han ido esfumando.
               
LA APUESTA DE KERRY

John Kerry, candidato presidencial demócrata en 2004, líder de su partido en el Comité de exteriores del Senado durante muchos años y experimentado político en las lides diplomáticas, no ha querido agotar su posible último servicio al país sin quemar las naves en este asunto intratable de la política internacional.
                
De momento, ha conseguido que se reanuden las negociaciones sin que se interpongan condiciones previas. Lo cual no quiere decir que tales obstáculos hayan desaparecido o incluso se hayan relajado. Los palestinos quieren que Israel detenga la colonización de los territorios ocupados, que se produzca la liberación de un importante número de prisioneros en una fase inmediata y que se negocie el asunto territorial sobre la base de las fronteras de 1967, es decir antes de la ocupación israelí de Cisjordania. Sin olvidar, claro, que se ponga un plazo para concluir las negociaciones.

Israel, que pese al pobre entendimiento de Netanyahu con Obama sabe que nunca será abandonado por Washington, se niega a atender estas reclamaciones palestinas. Si el primer ministro se ha avenido a no hacer un desplante a Kerry es porque seguramente no cree que tenga nada que perder.
                
Kerry ha pedido discreción. Lo ha conseguido más o menos, pero no rigurosamente. El mayor ruido se ha escuchado en el bando israelí. En la coalición conservadora se han dejado oír las voces intransigentes que exageran el riesgo de las negociaciones para presionar a Netanyahu, pero también para mantener activa la propaganda republicana en el Congreso.
                
La liberación de prisioneros es el primer escollo. Ministros israelíes del sector duro ya están advirtiendo que puede ponerse en libertad a condenados por delitos de sangre. Netanyahu puede intentar el consenso con los principales exponentes del gobierno y orillar a otros más recalcitrantes. Pero también puede utilizar la oposición de éstos para dejar que el proceso se bloquee a las primeras de cambio. No en vano, en uno de sus comentarios sobre la iniciativa de Kerry, ha desdeñado las aspiraciones palestinas.
                
EGIPTO Y SIRIA, ASUNTOS RELEGADOS

Si al final las negociaciones arrancan, la administración Obama dejará atrás –o eso podría pretender- el mal sabor de boca por la falta de decisión en la guerra siria y el ambiguo papel desempeñado en la crisis política egipcia.
                
En Siria, el jefe del mando militar ha presentado estos días todas las opciones barajadas por la Casa Blanca, con sus posibilidades y riesgos. En resumidas cuentas, el Pentágono cree que una implicación norteamericana más directa puede tener una influencia importante en el curso de la guerra, pero deja claro los riesgos de una campaña larga y costosa, en vidas en y dinero. El general Martin Dempsey, azuzado por el republicano McCain para que comprometiera opiniones personales, fue muy cauto en su informe y se limitó a delinear con mucha claridad las valoraciones técnicas de las políticas. El asunto sigue abierto, pero será difícil que Obama, aún por cerrar la retirada de Afganistán el año próximo, se arriesgue a otro Irak para culminar su paso por la Casa Blanca. Que el presidente Assad haya ganado terreno no parece a día de hoy argumento suficiente. Al menos mientras no se disipen los temores sobre una influencia indeseada de elementos islámicos radicales en la oposición. Se les armará, con mucho tiento y controles rigurosos, y poco más.
                
En Egipto, el delicado equilibrio entre golpistas e islamistas se ha traducido en una postura muy ambigua. Ni condena ni respaldo del golpe de estado. Pronunciamientos generales sobre el deseable restablecimiento del proceso democrático, perfil bajo en las apariciones diplomáticas públicas y pies de plomo en las declaraciones de los portavoces.
                
Esta selección de prioridades de la administración Obama no es caprichosa. Un revelador estudio de Shibley Telhami, resumido en FOREIGN POLICY, demuestra, una vez más, que el conflicto palestino-israelí es el elemento de mayor impacto para el mundo árabe en la percepción de la política de Washington. Ni su actitud ante las revoluciones de los últimos años, ni siquiera la ayuda económica importan más que la satisfacción de los derechos de los palestinos. Tampoco la desactivación de la amenaza nuclear iraní.

Paz justa antes que pan, libertad o seguridad. Esto quiere la mayoría de las masas árabes. O, al menos, eso es lo que declaran. Obama lo sabe y, de conseguirlo, su presidencia será un éxito indiscutible. Un papel más activo en Egipto, Siria o Irán, aunque se cerrara con éxito, no tendría el mismo valor emocional y político. El riesgo bien vale doblar la apuesta. 

EGIPTO: EL ENGAÑOSO PROCESO DE NORMALIZACIÓN

17 de julio de 2013

Dos semanas después del golpe militar en Egipto, la cúpula de las Fuerzas Armadas, los dirigentes de los principales partidos afectos a la operación de derribo del Presidente Morsi, una inmensa mayoría de los intelectuales liberales y la mayor parte de las cancillerías occidentales impostan una forzada impresión de normalización.
               
LA TENSIÓN SE MANTIENE PESE AL DISCURSO OFICIAL

No es eso, sin embargo, lo que está ocurriendo en la calle, donde se mantiene, con mayor o menor virulencia según los días, un enconado pulso entre los seguidores de los Hermanos Musulmanes y amplios sectores laicos. En los despachos, se toman decisiones, se juran nuevos cargos, se proyecta una rutina institucional, pero se evidencian lagunas enormes en el proceso político.
                
La sangre sigue corriendo. La calma sólo se aprecia en los noticiarios de la televisión estatal, controlada descaradamente por los propagandistas militares, o en los canales privados, dominados por sectores no ya enemigos acérrimos de la Cofradía, sino claramente afectos al antiguo régimen.

La represión está dañando profundamente a los nuevos gobernantes. Las Fuerzas Armadas y las distintas agencias y cuerpos de seguridad continúan desmantelando, intimidando y eliminando del proceso a dirigentes, cuadros medios, militantes y simpatizantes de la Hermandad. El reciente informe de AMNISTÍA INTERNACIONAL es muy concluyente al respecto. El silencio de los ‘liberales’, ‘laicos’, ‘demócratas’ y ‘rebeldes’ resulta muy elocuente. Algunas voces de estos sectores claramente opuestas a Morsi ya han advertido del peligro de embarcarse sin matices en el rumbo impuesto por los militares. Pero, como documenta el corresponsal del NEW YORK TIMES en Egipto, estas protestas son contadas y resultan acalladas, descalificadas o confrontadas por el sector mayoritario afecto al golpe. También abundan los testimonios de regreso a escena, incluyendo a importantes palancas de poder, de tecnócratas, empresarios y buscavidas criados durante el régimen de Mubarak.

Algunos analistas han señalado que los militares no estarían demasiado preocupados por el pulso que le plantean los Hermanos Musulmanes, bien porque creen que es cuestión de tiempo que se dobleguen y terminen aceptando el nuevo curso político, bien porque confían en poder favorecer la emergencia de nuevos líderes más dispuestos a negociar y a enterrar a los más intransigentes.

Estos días, algunos medios liberales extranjeros poco dispuestos a aceptar la tesis de la inevitabilidad del golpe han contado ilustrativos ejemplos de cómo, a los pocos días de ser desalojado Morsi del poder empezaron a funcionar servicios públicos, como la luz, la recogida de basuras, el saneamiento del agua, las patrullas policiales, etc. Naturalmente, no hubo tiempo en sólo unos días de subsanar deficiencias tan extendidas como profundas. Lo que indicaría que tales obedecían más a un boicot organizado que a la incompetencia flagrante de los gestores anteriores o al abandono de esos servicios. No se exculpa al gobierno de los Hermanos de su incompetente gestión, pero cada vez parece más claro que eso no explicaría por si sólo el nivel de descontrol que se había adueñado del país.

UN CAMINO CON DEMASIADOS AGUJEROS

Pero quizás lo más escandaloso de todo el proceso sea la escasa solvencia de la denominada ‘hoja de ruta’ de la institucionalización. La llamada ‘declaración constitucional’, que pretende ser la demostración de las buenas intenciones de los militares de restaurar la democracia es un documento chapucero, deficiente y sorprendente, si se tiene en cuenta que el Presidente interino es la cabeza del Tribunal Constitucional.

En un artículo para FOREING POLICY, el experto constitucional Zaid Al-Alí señala los innumerables defectos de esa ‘declaración institucional’ que marcaría la denominada ‘hoja del ruta’ del movimiento corrector del 3 de julio. Los plazos son a todas luces demasiado cortos, no ha habido proceso de consultas previo, las garantías de ecuanimidad y pluralidad son inexistentes, no existen referencias a derechos y libertades fundamentales de forma clara y precisa. Y, para colmo, los poderes que se le conceden al Presidente interino, Al Mansur, son similares a los que disfrutaba Morsi, y que resultaban tan intolerables para los defensores del golpe militar.

EL MUNDO EXTERIOR: ENTRE EL SILENCIO Y LA INCOMODIDAD

El posicionamiento ante lo que está ocurriendo en Egipto resulta especialmente incómodo para quienes desde Europa intentar comprender la situación. Debería resultar sencillo mostrarse comprensivo con la iniciativa militar, resistirse a considerarla un golpe de Estado, confiar en las palabras de los generales que prometen una rápida restauración de la democracia y dar por cerrado este engorroso asunto.
               
Es lo que parece haber hecho Europa, demasiado ensimismada en la crisis interna, en sus problemas económicos, sociales y burocráticos, como para preocuparse más de lo debido por una lucha ajena, en un país sin duda importante, pero demasiado inestable para poder enderezarlo desde fuera

En Estados Unidos se toman la molestia de cumplir con su responsabilidad de garante de la estabilidad en Oriente Medio, que pasa, indefectiblemente, por el encauzamiento de la crisis egipcia. La administración Obama trata de no dejarse más plumas de las ya entregadas antes, durante y después del pronunciamiento cívico-militar. No le está resultando fácil. El jefe de la diplomacia, John Kerry, recientemente de gira por la zona, evitó hacer parada en Egipto, sabedor del clima enrarecido que se respira hacia Washington, de uno y otro lado. Por parte de los islamistas derrocados, porque consideran que los norteamericanos han bendecido discretamente el golpe y hasta la represión posterior. Del lado de los partidarios de la acción militar, porque estiman que la diplomacia estadounidense maniobró hasta el final para impedir el derrocamiento de Morsi. Para intentar apaciguar a unos y otros, ha recalado en El Cairo el segundo de Kerry, el avezado diplomático Williams Burns. Poco o nada ha conseguido. Incluso los islamistas radicales de Al Nour, rivales de los Hermanos Musulmanes, le hicieron el desaire de no querer entrevistarse con él. Parecido plantó le dieron los dirigentes del movimiento rebelde Tamarod, los principales instigadores del golpe.

En definitiva, Egipto puede caerse de las portadas de periódicos y cabeceras de los telediarios, pero continúa siendo uno de los asuntos internacionales más preocupantes.

EGIPTO: LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

9 de julio de 2013

Era de temer la deriva violenta en Egipto tras el golpe militar de la semana pasada. Los Hermanos Musulmanes podían difícilmente avenirse a la falsa solución orquestada por la cúpula de las Fuerzas Armadas con la complicidad de la oposición, porque les privaba de la hegemonía política conquistada en las urnas. Al triunfar la presión en la calle, la Hermandad no tenía más remedio que aceptar el pulso y demostrar su capacidad de movilización.

El resultado es un riesgo de caos creciente, de polarización peligrosa y de amenaza de confrontación sangrienta. Este escenario resulta, a la larga, perjudicial para los Hermanos. Pero, a corto plazo, puede ser devastador para las Fuerzas Armadas, porque puede arruinar la legitimidad acumulada que invocaron para liderar la corrección del rumbo político.

RADIOGRAFIA DEL GOLPE

En los últimos días se han ido conociendo claves y detalles del proceso que condujo al golpe del 3 de julio. Como avanzábamos en el artículo anterior, la cúpula castrense se manejó con ambigüedad para justificar su decisión de erigirse, una vez más, en actor resolutorio de la crisis. Llama la atención, en todo caso, la torpeza –o la candidez, según se mire- del depuesto presidente Morsi para afrontar la sucesión de los acontecimientos.
               
El Jefe de las Fuerzas Armadas y Ministro de Defensa, Al Sisi, aprovechó la relación de confianza forjada con el Presidente para hacerle creer hasta el último momento que actuaría como aliado suyo y no, como al final ocurrió, como juez implacable de su destino. El NEW YORK TIMES cita a distintos asesores del Presidente para afirmar que Morsi fue el último en querer aceptar que Morsi se iba a poner del lado de la heterogénea oposición que pedía a gritos su cabeza y el final de la gestión de la Hermandad Musulmana. Al Sisi habría llegado a asegurar al Presidente que, con sus advertencias, públicas y privadas, sólo pretendía aplacar a otros sectores más duros de sus compañeros. El mensaje era claro: acepte usted el golpe blando para neutralizar el golpe duro. Salvando las distancias, lo ocurrido recuerda a otro episodio, hace cuarenta años, cuando un tal Pinochet le juraba lealtad al Presidente Allende...
           
Morsi no es Allende, naturalmente. En el ejercicio del poder, no ha sido tan impecable, ni tan respetuoso de las prácticas democráticas, aunque debe reconocerse que la oposición que le reprocha abuso de poder, incapacidad para forjar consensos imprescindibles y eficacia en la gestión del país debe demostrar ahora que puede hacerlo mejor.
                
LAS CONTRADICCIONES DEL FRENTE CÍVICO
             
De momento, no está ocurriendo así. La coalición que ha solicitado los servicios de los militares para acabar con el mandato de los Hermanos Musulmanes no da señales de controlar la situación. Ni siquiera los primeros pasos de la cacareada ‘hoja de ruta’. Es notable el patinazo del muy gris Presidente interino al anunciar que el primer ministro sería el diplomático El Baradei, para rectificar enseguida, al constatarse lo que todo el mundo podía anticipar: el veto de los islamistas radicales de Al Nour, más ansiosos por aprovecharse del sometimiento de la Hermandad para hacerse con la hegemonía del electorado religioso que de coadyuvar en la democratización del país. Otras opciones laicas, muy apreciadas en Occidente, seguramente, pero minoritarias en Egipto, han merecido parecida suerte. La selección del Jefe del gobierno puede prolongarse. O peor aún, una vez consensuada, puede verse sometida a una continua desestabilización. El anuncio de elecciones en 2014 –esperado, por lo demás- parece destinado a apaciguar los ánimos después de la sangrienta jornada del lunes.
                
Resulta de especial interés la valoración de un veterano socialista, Wael Jalil, citada por el periodista egipcio Ashraf Jalil (el mismo apellido es pura coincidencia) en un artículo para FOREIGN AFFAIRS. El dirigente socialista contemplaba la intervención militar como ‘escenario de pesadilla’ y se inclinaba por un proceso de presión sobre Morsi, más paciente y prolongado, pero menos dependiente del Ejército.
               
LA IMPOSIBLE RETIRADA DEL EJÉRCITO
               
Temores similares empiezan a escucharse estos días, aunque se habían dejado oír durante las atronadoras manifestaciones previas al golpe. Pero esas cautelas sobre el papel protagonista de los militares fueron allanadas ante la perspectiva tentadora de echar de la escena a Morsi y la Hermandad. Un profesor de Oriente Medio  de la Universidad de California, y habitual comentarista de Al Jazeera, Mark Levin, sugiere que el proceso que se vive en Egipto desde el derrocamiento de Mubarak puede consagrar la consolidación del Ejercito a imagen y semejanza del Mazjén marroquí; es decir, un sistema complejo de poder, elitista y en modo alguno democrático, que se erige en fachada institucional de legitimación.
  
Sugerente, pero nada nuevo. Las Fuerzas Armadas han gobernado Egipto de forma abierta o encubierta desde hace sesenta años. Hasta Morsi, todos los presidentes han salido de sus filas. Las elecciones no han merecido nunca la mínima consideración democrática. El PND era un mero aparato político sin más base social que el apego de los egipcios a sus uniformados como institución refugio de sus temores y frustraciones.
               
Al Sisi afirmó la noche del golpe que no era intención de las Fuerzas Armadas meterse en política. Pero renunciar a la Presidencia o al gobierno no quiere decir apartarse del poder. Nunca han estado fuera, ni antes ni después de la primera revolución. Ni se les ha pasado por la cabeza automarginarse ahora. Durante décadas, se han asegurado el papel de único garante de la continuidad del Estado egipcio. Y, además, porque han amasado un impresionante tinglado de intereses económicos, sociales y patrimoniales a los que les es imposible renunciar. Las Fuerzas Armadas en Egipto no son un Estado dentro del Estado: son el Estado.
                
Con estas premisas, se antoja ingenua una evolución democrática del golpe. A lo más, asistiremos a una nueva fachada en la que se acomoden, con más o menos suavidad, los distintos sectores de la sociedad egipcia. Los Hermanos Musulmanes constituyen la única institución que puede rivalizar con los militares en sustento social. Por mucho que se hayan erosionado en este año al frente del país, aún conservan su condición de principal fuerza política y social. Están acostumbrados a la persecución, la represión, la clandestinidad y la marginación políticas. Ahora se enfrentan al dilema de forzar también el martirio o avenirse a un acomodo con los militares y sus protegidos laicos. El jefe de su ala política, Mohamed Beltagy, descartaba esta última opción. Pero es pronto para definir estrategias a medio plazo.
                
LA RESPUESTA DE WASHINGTON

El otro elemento a considerar es la actitud exterior. En particular, lo que hará Estados Unidos. Obama fue criticado en su día por apoyar la caída de Mubarak. El ‘establishment’ le recordó con cierta insolencia que el Presidente tiene que velar por los intereses estratégicos norteamericanos antes que apadrinar confusas aventuras democráticas. Esas u otras voces de semejante tenor se han vuelto a escuchar estos días, después de que el Presidente se abstuviera de bendecir el golpe, aunque tampoco lo condenara. Los que solicitaban la intervención militar se irritaron con la embajadora Patterson, por entender que intentó hasta última hora salvar el gobierno de Morsi. Otras informaciones permiten poner en duda esta interpretación. Todo indica que Washington mantuvo siempre todas las opciones.

                
En todo caso, para conocer el estado de opinión del aparato de poder norteamericano, destacamos la opinión del ex-embajador en Israel, Martín Indik, hoy conspicuo miembro de la comunidad de los' think-tank'. En un artículo para FOREING POLICY, le recuerda a Obama que las Fuerzas Armadas egipcias son “el único puerto seguro del país” y, por tanto, no tiene más remedio que trabajar con ellas y asegurarles la sustanciosa ayuda de 1.300 millones de dólares, evitando reprimendas públicas. En todo caso, en privado, puede recomendarles que garanticen la reanudación del gobierno civil pleno y la restitución plena de la democracia cuanto antes. El viejo reflejo del apoyo a los golpes cuando éstos resultan la mejor garantía de los intereses.

EL ABISMO EGIPCIO

 4 de julio de 2013

                
Se ha consumado el golpe de Estado en Egipto. La cúpula militar se ha decidido por destituir al presidente Morsi, suspender la constitución y nombrar al presidente del Tribunal Constitucional como jefe interino del Estado.  Bajo cualquier circunstancia, se trata de una peligrosa solución y de una deriva indeseable de la ‘primavera árabe’. Que las movilizaciones ciudadanas en contra del gobierno de los Hermanos Musulmanes y de la interrupción del proceso democrático hayan sido masivas no pueden justificar esta aparente salida de la crisis sin una visión crítica. Por otro lado, la coalición opositora reunida en el bloque Tamarrod (Rebelión) es demasiado heterogénea para conjurar la inquietud que provoca esta solución.

UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

Todo el mundo es responsable de lo ocurrido estos últimos meses en Egipto. La gestión de Morsi no merece muchos apoyos, ha fracasado en el empeño de unificar el país, o peor aún, ni siquiera se lo ha propuesto seriamente. Ha utilizado su triunfo electoral, indiscutible por lo demás, para acelerar la islamización del país. El deterioro de los servicios públicos, el incremento de los precios de los productos básicos, el pavoroso estancamiento económico y una esclerosis general en la administración son, sin duda, defectos atribuible en primer término al Ejecutivo. Algunos ministros han tratado de salvarse abandonando a última hora.
                
Sería poco riguroso, sin embargo, obviar la responsabilidad de otros agentes políticos e institucionales en el naufragio de la incipiente democracia egipcia. Los aparatos de poder criados durante el régimen de Mubarak no han aceptado nunca el resultado de las urnas. Han boicoteado repetidamente al gobierno. Dos han sido las instituciones más dañinas: la judicatura y las fuerzas de seguridad. Los Hermanos Musulmanes no han podido depurarlas, no en el sentido de ocuparlas o ponerlas a su servicio, sino de democratizar su funcionamiento. Pero sería hipócrita sostener que esa tarea podía hacerse en tan poco tiempo.
                
En cuanto a las fuerzas laicas que han empujado en favor de la destitución de Morsi y el final del gobierno de los Hermanos Musulmanes, han evidenciado no solo contradicciones flagrantes, sino la falta de un programa solvente y coordinado. Parece que su objetivo se limitaba a conseguir en la calle lo que no pudieron lograr en las urnas: echar a los Hermanos Musulmanes, revestir de legitimidad la operación, apuntarse a la senda constitucional cuanto antes y volver al 11 de febrero de 2011, fecha de la caída de Mubarak.
                
No ha sorprendido que Mohamed El Baradei, el diplomático, el patriarca de la Iglesia copta y otras personalidades hayan comparecido junto a la cúpula militar. Ellos habían reclamado el golpe, eso ya se sabía. Pero con ese gesto se hacen responsables del mismo. Los escrúpulos democráticos invitan a otro tipo de comportamientos y no a convocar salidas de fuerza. Un golpe de Estado es un golpe de Estado por mucho que se pretenda revestir de figuras no uniformadas en la imagen que se proyecta al mundo.

EL DUDOSO PAPEL DE LAS FUERZAS ARMADAS

Las Fuerzas Armadas han jugado al caliente y al frio con los gobiernos sucesivos posteriores a la caída del ‘raïs’ Mubarak. No es especulativo afirmar que Morsi pudo ser investido presidente porque los militares lo consintieron, ya que obtuvieron el mantenimiento de sus privilegios sustanciales. En todo caso, la ambigüedad ha sido su norma de conducta hasta estos últimos días. Hay varias interpretaciones. Hasta tal punto de que, en su pronunciamiento de advertencia al presidente Morsi, a comienzos de semana, tuvieron que matizar y elaborar aclaraciones. No por torpeza, seguramente. Unos analistas sostienen que estaban ofreciéndole al Presidente una salida honrosa, un golpe pactado. Otros, creen que los militares egipcios querían disimular el golpe de estado con una supuesta acción patriótica. Algo propio de los golpistas, que presentan siempre sus actos como una necesidad, como algo inevitable, como un acto de sacrificio. Al parecer, Morsi terminó aviniéndose a un gobierno de unidad nacional. Pero lo habría hecho demasiado tarde, cuando se vio perdido, cuando los militares ya le habían empujado hacia la puerta de salida.

Los militares no sólo están interpretando los temores de numerosos sectores sociales por la creciente hegemonía islamista. También están defendiendo sus intereses corporativos, que corrían creciente peligro con la consolidación de los Hermanos Musulmanes.

Las Fuerzas Armadas pretenden legitimar el golpe anunciando elecciones y un cambio constitucional. O, lo que puede presentarse como un gesto de delicadeza, no deteniendo a los líderes de la cofradía o al propio Presidente, aunque si impedir su salida del país. Lo que no reconocen es que el triunfo de los islamistas moderados en los comicios se debió a unas normas pensadas para que ganaran otras fuerzas. No ocurrió lo deseado, sino lo contrario. No fueron los Hermanos Musulmanes los que fijaron las reglas, por mucho que se aprovecharan luego de ellas.
                
LOS PELIGROS SIN CONJURAR

Lo peligroso de lo ocurrido estos últimos días es que ha saltado en pedazos el proceso institucional. Si se trata de forzar en la calle la opción deseada, es probable que los islamistas, una vez repuestos del choque (que ya anticipaban, incluso los más optimistas) se dediquen a amasar su imponente capacidad de movilización para crear un ambiente de insurrección social. Conviene no olvidar que los ahora desalojados del poder son la fuerza política y social mayoritaria, más allá de la valoración que merezca el ejercicio de su gestión.

Egipto puede vivir un proceso de iraquización. Los Hermanos Musulmanes constituyen una fuerza moderada, aunque eso se entienda mal en Occidente. Pero el golpe puede empujarlos hacia posiciones de victimismo o martirio. Peor aún, si los sectores islamistas más radicales, los salafistas de Al Noor, opuestos a Morsi y allanados a la solución militar, perciben que los triunfadores de la crisis son las fuerzas laicas, o incluso los cristianos coptos, es más que probable que resurjan opciones combativas, armadas o clandestinas en la línea de lo que fueron en su día Al Gamaa Al Islamiya o, incluso, la Jihad Islámica, fundadora de Al Qaeda.

                
Es comprensible la simpatía de los progresistas occidentales hacia las fuerzas sociales que demandaban un ‘golpe de timón’. Pero conviene calcular las consecuencias de actos de fuerza de este tipo. ¿Qué pasará si, aún en el caso muy incierto de que surgiera un gobierno ‘laico’ de las próximas elecciones, se produzca una movilización callejera masiva islamista? ¿Aprovecharían las Fuerzas Armadas esta eventualidad para tomar el poder sin mediaciones, ambages o disimulos, aunque no parezca interesarles esta opción en modo alguno?  En ese caso, los sectores ‘laicos’ u ‘occidentalizados’  podrían haber hecho de aprendices de brujo.