ISRAEL: EL TRIUNFO DE LA ‘GEVALT’

18 de Marzo de 2015

Gevalt’ es un término en yiddish que puede traducirse como ‘alarma’. O peligro. Los israelíes lo han utilizado profusamente en las últimas semanas para definir el tono de la campaña de las elecciones generales anticipadas.

Pues bien, la alarma o el peligro genera miedo, y ése parece haber sido el factor dominante en la decisión final´de los electores israelíes. El primer ministro saliente, Benjamin Netanyahu, ha conseguido imponer su mensaje de ‘peligro’ y convertir al Likud en el partido más votado: podría tener 30 diputados en la próxima Knesset frente a los 24 estimados de la coalición de centro izquierda Unión Sionista. Hace sólo unos días, los sondeos predecían que el principal bloque opositor obtendría tres escaños más que el Likud.

¿EL ‘FAROL’ DE NETANYAHU?

En las últimas horas de la campaña, Netanyahu exhibió un triunfo que tal vez tenía guardado debajo de la manga. Afirmó que si él seguía gobernando el país, no habría Estado Palestino. Es decir, renunciaba formalmente a lo que había demostrado en la práctica. Este pronunciamiento de Netanyahu fue interpretado de distintas maneras, en las frenéticas horas previas a la apertura de las urnas.

Para algunos, se trataba de un intento desesperado de atraerse a los indecisos preocupados por la seguridad, aunque descontentos con la gestión económica del gobierno; pero sobre todo a votantes de otros partidos más a la derecha que encontraran más útil reforzar al principal partido del campo de la firmeza.

Otros analistas, ya fueran sectores opositores, escépticos o simplemente lectores de la trayectoria cínica del personaje, tendían a considerar que Bibi había simplemente jugado de farol, enviando el mensaje deseado en el momento justo: en el pretil de la decisión final. No necesariamente debía ser un recurso de última hora. Conociendo sus habilidades tácticas, bien podía haber planificado el ‘timing’ desde el principio, sabedor de que la campaña no iba a ser decisiva y que el lecho de indecisos se iba a mantener bien nutrido hasta el final.

En todo caso, el truco ha funcionado. Su victoria no es concluyente, pero es lo máximo a lo que podía aspirar. Ahora tendrá que pactar con sus dos aliados extremistas más próximos (Hogar Judío y Nuestra Casa Israel) en la escala ideológica, sin demasiadas dificultades. Pero como no será suficiente para conseguir los 61 escaños que otorgan la mayoría en la Knesset, no dudará en ponerse conciliador y hasta obsequioso con Moshé Kahlon, el disidente del Likud que hace dos años le dejo plantado para fundar un enésimo partido. Se espera que le ofrezca el caramelo (envenenado) del Ministerio de Finanzas, con lo que Kahlon podrá creer que finalmente ha hecho claudicar a Netanyahu, ya que fueron precisamente las desavenencias económicas lo que precipitaron la ruptura.

UN PANORAMA INQUIETANTE

Dicho esto, no nos engañemos, a lo que hemos asistido el martes en Israel es a la supervivencia política de Netanyahu, más que a una victoria electoral. El resultado no esconde otros elementos inquietantes para el futuro de Israel y de la zona. Son los siguientes:

1.- El próximo gobierno de coalición conservadora no va a ser más sólido que el anterior, por mucho que se beneficiedel impulso que supone ganar cuando algunos ya lo consideraban amortizado. El efecto puede ser intenso, pero efímero. No son descartables otras elecciones anticipadas. O, para prevenirlo, un intento de modificar la ley electoral y enterrar uno de los pocos los escrúpulos democráticos originarios que se mantienen en Israel.

2.- Los otros grandes triunfadores de la jornada han sido los árabes israelíes. Unidos en una lista conjunta, han mejorado su representación parlamentaria hasta convertirse en el tercer bloque de la Cámara única israelí, sólo por detrás del Likud y de la coalición Unión Sionista. El discurso cada vez más extremista de Netanyahu, sus planes de ‘judaización’ del Estado de Israel y su aparente abandono del proceso de paz con los palestinos fortalecerá a los árabes israelíes y abrirá aún más las heridas existentes con una población que aumenta en proporción semejante a cómo se lesionan sus derechos de todo tipo.

3.- La decepción laborista, una más, arrastra en esta ocasión a su socio centrista más proclive a negociar con los palestinos: la discreta Tzipi Livni y su partido, Hatnua, minúsculo, pero como tantos otros que se sientan en la Knesset). El debilitamiento de las opciones moderadas se confirma. Otra alarma: distinta, pero más real. La derrota, después de haber acariciado la victoria, puede provocar una amargura aún mayor y, desde lugar, acentuar las habituales tendencias cainitas en el laborismo israelí. El débil liderazgo de Herzog podría no resistir este fracaso (1)

4.- Si antes de las elecciones israelíes la Autoridad Palestina ya proclamaba, aunque sólo fuera para guardar las apariencias, su indiferencia por el resultado, parece claro que la continuidad de Netanyahu reforzará su estrategia de alejarse del camino negociador e insistir en su denuncia de Israel ante los foros internacionales. Sería una confrontación ‘diplomática’. Menos probable es otra Intifada o la convergencia, siquiera oculta, con otros movimientos más radicales. La congelación del proceso de paz podría tomar carta de naturaleza, se reconozca públicamente o no. El pacto de un gobierno de unidad con Hamas podría desbloquearse después de un año y medio de titubeos y desconfianza indisimulada (2).

5.- Una mayoría exigua de israelíes no sólo han votado por Netanyahu, sino también contra Obama. Aunque no se haya inmiscuido en las elecciones, naturalmente, los deseos del presidente norteamericano eran un secreto a veces. Después del discurso ante el Congreso, Netanyahu “quemó las naves”, según confesiones de algunos colaboradores de la Casa Blanca. Los republicanos (y los demócratas disconformes con su líder) se deben estar frotando las manos por esta “derrota” interpuesta de Obama.

6.- Están por ver las consecuencias de este revés en las negociaciones con Irán. La administración norteamericana no debería dar la sensación de sentirse intimidada por el refuerzo del primer ministro israelí. Otra cosa es cómo reaccionen los iraníes. Los moderados (el Presidente y su ministro de exteriores a la cabeza) pueden aprovechar el anclaje de Israel en posiciones intransigentes para resaltar su posición flexible y negociadora y favorecer el acuerdo. Por el contrario, los enemigos del pacto pueden considerar que, con Netanyahu presionando con renovado vigor desde Israel, la próxima administración en Washington se las apañaría para convertir el acuerdo en papel mojado, sin descartar la represalia militar. Igual daría que el próximo presidente fuera republicano o demócrata, sobre todo si en estos últimos se confirmara la opción Hillary, favorita sin discusión en esta hora.

Israel ha completado una lenta evolución como Estado y como proyecto de convivencia. La idea de una sociedad abierta y progresista, laboratorio de experiencias de colectivismo igualitario y justicia social, es hoy un lejano recuerdo. Las tensiones económicas, los efectos perturbadores de una inmigración judía convocada por el temor a una inferioridad demográfica en todo caso inevitable, la incapacidad para generar, sustentar y explicar una estrategia de paz con los palestinos… todos esos factores y algunos más han arrinconado a amplios sectores de la sociedad israelí en ese espacio de ansiedad e impredecibilidad que se resume en la ‘gevalt’: la alarma. El miedo.

(1)    Muy recomendable la entrevista con Zeev Sternhell, historiador y referente intelectual de la izquierda israelí, que LE MONDE publicó el 14 de marzo.

(2)    Sobre las previsibles actuaciones venideras de la Autoridad Palestina, es interesante el artículo titulado “Forget the Knesset. I’ll see you at The Hague”, firmado por GRANT RUMLEY, en FOREIGN POLICY, el 12 de marzo.

IRAK: LA GUERRA ABSOLUTA

12 de Marzo de 2015

Irak ha sido un pandemónium, en mayor o menor grado, desde la invasión de los Estados Unidos y sus aliados, en 2003. La población se ha resignado al caos, aunque haya parecido que, en algunos periodos, el país se encaminaba por una senda de relativa calma y normalidad. Puros espejismos. A cada pausa sucedía una complicación aún más perniciosa.

La emergencia del DAESH (Estado Islámico) parece haber superado todos los niveles de destrucción y crueldad. En realidad, los fanáticos del Califato no tienen la exclusividad de hacer daño y sumir al país en el caos. Las luchas sectarias que asolan Irak desde hace una década no se han extinguido nunca; por el contrario, se reavivan a la menor ocasión (o excusa). Y estamos en un momento particularmente peligroso.

TIKRIT, COMO MODELO

La actual ofensiva del gobierno iraquí contra el DAESH al norte de Bagdad, en la provincia de Salahadin, con el objetivo de reconquistar Tikrit, la ciudad de Saddam Hussein, está protagonizada por las milicias chiíes. Estos grupos armados, variados y obedientes a distintos partidos, movimientos o sectores del chiísmo, comparten credo y en parte proyecto político, pero discrepan en estrategias y tácticas. La rivalidad que se aprecia entre ellas responde a la ambición de ganar la hegemonía en el bando confesional mayoritario en el país. Se trata de una lucha a muerte, sin apenas concesiones. Sólo el empeño en derrotar a un enemigo común, poderoso y temible, les mantiene más o menos unidas. Pero puede apostarse a que, si el DAESH es derrotado, no pasará mucho tiempo hasta que las milicias chiíes diriman sus diferencias a tiros.

En este panorama, el gobierno de Bagdad se encuentra maniatado. El ejército regular, es débil, sus bases de reclutamiento, organización y mantenimiento están corrompidas. Los sucesivos ejecutivos no han sido capaces de mantener la neutralidad exigible en la gestión de unos cuerpos de seguridad. Su debilidad –o la codicia apenas disimulada- les ha llevado a depender peligrosamente de estas milicias. De hecho, el primer ministro actual, Abadi, en quien tantas esperanzas se habían depositado para desterrar el sectarismo, se ha visto obligado –o no ha querido oponerse- a nombrar al jefe de la principal milicia (Badr) como ministro del Interior. En la práctica (y la más apabullante es el combate), no hay diferencia operativa entre el ejército regular y las milicias chiíes. En Tikrit esa fusión ha sido bien palpable y, seguramente, la clave de la reconquista de la ciudad.

IRAN PROTEGE PERO NO UNE

Todas las milicias chiíes son tan leales a Irán como a su propio país. Este es el único denominador común. Lo que les diferencia, sobre todo, es la disposición a cooperar con los Estados Unidos. Lo que tal vez responsa a la ambiguedad de Teheran frente al 'Gran Satán'.

Badr, la principal milicia, es la más favorable a colaborar con los norteamericanos, pese a que su creación, organización y apoyos la relacionan estrechamente con el vecino Irán. Esta milicia no participó nunca en ataques contras las fuerzas de ocupación estadounidense, ya que su estrategia pasó siempre por consolidar su influencia política en el ejecutivo de Bagdad.

En cambio, otras de las milicias chiíes más activas, Asaib Ahl Al-Haq, rechaza por completo la colaboración con los Estados Unidos. De hecho, sus portavoces aseguran que el DAESH es una creación conjunta de norteamericanos e israelíes y ven en la emergencia del Califato una conspiración sionista. Aunque cuentan también con el apoyo iraní (no puede ser de otra manera, siendo chií en Irak), sus actuaciones se asimilarían a la función de “poli malo” de Teherán, al que se acude en ciertos momentos para marcar terreno.

Una tercera milicia, la histórica del clérigo Muqtar Al Sadr, el enemigo más feroz de los norteamericanos durante la ocupación, ha sido ahora rebautizada como Brigadas de la Paz. Para sorpresa de muchos, esta milicia ha adoptado una actitud conciliatoria. No sólo se ha retirado de la ofensiva de Tikrit, sino que Al Sadr ha acusado a las otras milicias chiitas de acudir a tácticas “sucias” para derrotar al DAESH.

Oficialmente, los seguidores de Al Sadr sostienen que otra de las razones para no implicarse en esta ofensiva contra los ‘califales’ es el rechazo al papel más o menos preponderante que pueda jugar Estados Unidos en esta nueva guerra, aunque en Tikrit se mantenga oficialmente al margen. Algunos observadores creen, sin embargo, que hay otros motivos menos reconocibles en el cambio de táctico del clérigo chií: muy probablemente, su intento de establecer relaciones constructivas con la comunidad sunní, para fortalecer sus opciones políticas en un escenario futuro, más limpio, de colaboración inter-confesional (1).

EL DILEMA DE LOS SUNNÍES

En el bando sunní, la división es también la norma. Lo ha sido siempre, desde que Al Qaeda, bajo el liderazgo de Al Zarqawi, asumiera el protagonismo de la resistencia sunní contra los norteamericanos, en 2005. La brutalidad del díscolo pupilo de Bin Laden provocó la repugnancia de muchos jefes tribales en las regiones al norte y oeste de Bagdad, lo que aprovechó el General Petreus para diseñar Awakening, un proyecto para alejar a las comunidades suníes de la hegemonía yihadista.

Desgraciadamente, el sectarismo del gobierno Al-Maliki volvió a convencer a los líderes tribales suníes de que no podían esperar nada del gobierno central de Bagdad y, cuando los extremistas del DAESH lanzaron su ofensiva a finales de 2013 y principios en 2014 en sus zonas de influencia, no opusieron una resistencia relevante.

Ahora, tras las barbaridades califales, los sunníes parecen forzados a un nuevo giro en su política de alianzas. Según informaciones oficiales iraquíes (2), cinco mil milicianos sunníes estarían participando junto a los chiíes en la campaña de Tikrit, pero no en misiones directas de combate, sino en labores de inteligencia y orientación sobre el terreno. Lo que parece claro, según puede apreciarse en los video, que los sunníes, hastiados de la brutalidad del DAESH, han decidido actuar de 'quinta columna' y cooperar con las milicias chiíes en Tikrit.

En definitiva, el fin del Califato no implicaría necesariamente un proceso de estabilidad en Irak, como tampoco puede esperarse tal horizonte venturoso en Siria, si el DAESH fuera derrotado y el régimen de los Assad derrocado. Mientras no haya un gran pacto regional, en el que se comprometan Irán y Arabia Saudí en primer término, la guerra absoluta será una realidad o una amenaza inminente.


(1)    Dos artículos recientes en FOREIGN POLICY abordan orientación y tácticas de las milicias chiíes iraquíes y su dependencia de Iran. A saber: “For God and Country, and Iran”, de DAVID KENNER, 5 de marzo; e “Iran’s Shiite Militias are running amok in Iraq”, de ALI KHEDERY, 19 de febrero.


(2)    NEW YORK TIMES, 5 de marzo

APOLO EN EL CAPITOLIO, CASANDRA EN LA CASA BLANCA

 5 de Marzo de 2015

El primer ministro de Israel ha defendido esta semana en Washington su oposición frontal a las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán, afianzando su confrontación con la administración norteamericana, con el apoyo de la oposición republicana, fortalecida en el Congreso. Netanyahu presentó su oposición al proyecto nuclear de Irán como un "combate contra la tiranía", lo que valió a sus exégetas para compararlo con Churchill en su llamada la resistencia frente a los nazis. Tal vez Bibi consiguiera lo que buscaba. ¿Pero a qué precio?

EL RUIDO Y LA FURIA

Presentándose como defensor a ultranza de la seguridad de su pueblo,  buscaba agrandar su estatura de líder nacional, en vísperas de unas elecciones, cuando su credibilidad, capacidad y habilidad para serlo está más cuestionada que nunca. Lo está para sus adversarios, en el centro y en la izquierda; pero también para sus aliados de la derecha, que desconfían de su cinismo político, de su propensión al oportunismo y la maniobra, y se creen capaces de apartarlo de la posición predominante entre el electorado conservador o tradicional.

¿Qué ha obtenido? Un homenaje ruidoso, pelín extravagante, un tanto obsceno, viniendo de los patricios de la política norteamericana. Más allá de las motivaciones partidarias que sin duda las tiene, se entiende el comentario de la congresista demócrata Nancy Pelosi: “Netanyahu ha insultado a la inteligencia de Estados Unidos” por sus burdos reproches al esfuerzo de la administración por conseguir un control negociado del proyecto nuclear iraní.

¿El precio? El daño ocasionado a uno de los activos más sólidos, inconmovibles y permanentes de la política exterior norteamericana: el apoyo prácticamente incondicional a Israel, por encima de cualquier división política o ideológica.  No es extraño que Netanyahu se disculpara por haber creado esa incomodidad tan irritante entre republicanos y demócratas. Sabe que lo ha hecho, que ha sido el causante necesario. Por mucho que, en la tribuna, dejara escapar unas cuantas lágrimas de cocodrilo por las fricciones de los últimos meses.

Lo peor para el primer ministro israelí es que, al cabo, todo este estropicio puede volverse dramáticamente contra él, si, como parece, las negociaciones de Ginebra concluyen de manera satisfactoria y creíble. Y más aún si, pese a todo su empeño teatral, los israelíes ponen por encima de los cantos de sirena y las invocaciones catastróficas, la necesidad de un cambio, de una mayor flexibilidad, de una recuperación de la sensatez en las relaciones con el estado y/o país que ha sido, es y seguirá siendo el principal protector de Israel.

LA INCONSISTENCIA DE NETANYAHU

Las negociaciones nucleares con Teherán pivotan sobre un objetivo cardinal: ya que la infraestructura atómica de Irán es un hecho, se trataría de limitar la dimensión y el desarrollo de las instalaciones y establecer un sistema de control y verificación para impedir que Irán pueda pasar a la fase de construcción de la bomba en menos de un año. A eso se le llama, en la jerga técnica de las negociaciones, el “break-out”.

Obama y sus colaboradores se empeñan en consolidar garantías. Si Irán incumpliera el acuerdo, o se negara a prolongarlo cuando termine la vigencia del mismo (se barajan al menos 10 años), Estados Unidos se asegurará de tener tiempo suficiente para detener la producción del arma nuclear ofensiva. Es lo máximo que se puede hacer. No es lo ideal, por supuesto, pero no hay mejor alternativa.

La posición de Netanyahu es arriesgada porque está fundamentada en un farol demasiado grande para esconderlo. Califica el presentido acuerdo como "malo, muy malo", pero su apuesta es pura y simplemente militar. Aunque no lo diga de forma expresa, sus fórmulas son, mutatis mutandis: ‘liquidemos las instalaciones nucleares de Irán’. O, incluso, de forma más esquinada y peligrosa: ‘forcemos la caída de los ayatollahs’.

La posición de la administración norteamericana, aunque haya suscitado críticas de algunos escépticos, es compartida por la mayoría de analistas y expertos, participantes o no en algún momento de las negociaciones. Incluso los que dudan del posible acuerdo entre Irán, de su voluntad negociadora y más aún de su compromiso por cumplir lo pactado, reiteran que Netanyahu no ofrece una alternativa más creíble (1).

Los únicos que han hecho la ola a Netanyahu, los que lo aclaman como un semidiós de la democracia en un entorno regional de tiranía, guerra y caos, son la gran mayoría de los republicanos, algunos demócratas (por convicción o por miedo a perder el respaldo del lobby judío),  Republicano (o la mayoría de ellos), los agitadores derechistas sin conocimientos de la realidad internacional y, ante todo, los que, por encima de cualquier consideración política o estratégica, odian a Obama.

EL PULSO DE OBAMA

El Presidente parece haber renunciado a la reconciliación con Netanyahu. Y aunque evita cuidadosamente inmiscuirse en las elecciones israelíes, uno de los principales artífices de su campaña de reelección asesora a una ong israelí que persigue la derrota del actual primer ministro. En su comentario al discurso de Netanyahu en Capitolio, Obama se mostró suavemente desdeñoso. Dijo que no lo había escuchado porque a esa hora participaba en una video conferencia con líderes europeos para tratar de Ucrania. Pero afirmó que, según un resumen que había “ojeado”, el primer ministro israelí no había dicho “nada nuevo” y calificó su presencia en el Congreso como gesto “teatral”.

Días antes, su consejera de seguridad nacional, Susan Rice, había dejado traslucir la frustración de la Casa Blanca por la conducta de Netanyahu, al definir como “destructiva” la conducta del mandatario israelí. “Temporalmente destructiva”, matizó luego Obama, en un guiño más diplomático. Ciertamente, un Presidente norteamericano no puede mantener por mucho tiempo la tensión con Israel, o con su principal dirigente, aunque Obama no es el primero que ha tenido que soportar esta situación.

Clinton no escondió sus preferencias por Shimon Peres en las elecciones de 1996, harto de la arrogancia del Netanyahu emergente de entonces en el asunto de la colonización de Cisjordania. Y Bush padre llegó a negarle al entonces líder derechista, Isaac Shamir, las habituales garantías de los préstamos suscritos por Israel, por el mismo motivo. Habría más ejemplos históricos de desencuentros, pero nunca se nunca se había llegado tan lejos, ni la disputa en las “relaciones privilegiadas” había adquirido un tono tan agrio.

Hay pronósticos para todos los gustos. Pero da la impresión de que Obama ha cruzado el Rubicón con Netanyahu y ahora cualquier vuelta atrás dinamitaría su credibilidad y proyectaría una sombra dañina sobre su legado. Después de todo, los dos tercios de los norteamericanos favorecen un acuerdo con Irán, sin apenas distinción entre ciudadanos demócratas y republicanos (66%/61%).Ç

Netanyahu pude haber cometido un grave error de cálculo. De poco podría valerle haberse exhibido como Apolo en el Capitolio, donde quizás haya obtenido el certificado de autenticidad a sus predicciones catastrofistas sobre un Irán nuclearizado, si la Casa Blanca consigue reducirlo a Casandra y convencer a Estados Unidos y al mundo que sus vaticinios son pura invención oportunista o delirio desconectado de la realidad.



(1)     THOMAS FRIEDMAN. “What Bibi Didn’t Say”. NYT, 3 de marzo. Un ex-negociador con Irán, Ihra Goldenberg, llega incluso a sugerir que Netanhayu podría haber aceptado parcialmente el acuerdo, pese a la retórica combativa de su discurso (“A silver lining in the Netanyahu’s thunderous speech”, firmado por YOCHI DREAZEN, en FOREIGN POLICY, 3 de marzo).  

HACIA UN DECLIVE (PRÓXIMO) DEL CALIFATO?

26 de Febrero de 2015

Estados Unidos prepara una contraofensiva para obligar al Estado Islámico a replegarse o entregar algunas de sus más preciadas y emblemáticas conquistas, en especial Mosul, la segunda ciudad iraquí.

El anuncio de estos planes ha provocado la polémica en Washington... y en Bagdad. Los dos senadores republicanos que hace de portavoces de su partido en política exterior y militar, McCain y Graham, reprocharon a la administración que hubiera diera pistas al enemigo, "como nunca recordaban haber visto antes".

La 'indiscreción', si de eso se trataba, provino de los militares, que ofrecieron una descripción bastante específica de la operación, incluyendo dimensión de los efectivos (unos 25.000 hombres) y fechas previstas (abril o mayo). Los militares explicaron que el anuncio se hizo para provocar el pánico de los jihadistas, lo cual, así dicho, eliminaría el supuesto efecto que se quisiera crear.

La Casa Blanca y el flamante jefe del Pentágono, Ashton Carter, se desmarcaron de los uniformados, en parte para librarse de las críticas, pero sobre todo para calmar al irritado gobierno iraquí, que no había sido informado previamente de los planes. En Bagdad se lamentan de que el anuncio haya contribuido a dar la sensación (por otra parte cierta) de que son los norteamericanos y no los iraquíes los que lideraran la ofensiva. La operación en tierra será efectuada por fuerzas iraquíes (del ejército regular y de los pesh mergas kurdos) y contarán con el respaldo de la aviación norteamericana, tal vez con la participación de unidades de élite que ayuden a precisar los objetivos de los bombardeos aéreos (1).

¿OTRA FALLUJAH?
                
Pero más allá de este patinazo, desde hacía semanas los analistas ya predecían que Estados Unidos no podía seguir esperando mucho tiempo para crear una nueva dinámica en la lucha contra los extremistas islámicos. Ciertamente, la ofensiva del DAESH (así debemos llamarles, por sus siglas en árabe) se detuvo con la campaña de bombardeos, y luego apreciablemente desde el comienzo del invierno. En las dos últimas semanas, los aliados kurdos han ganado posiciones en torno a Kobani, una de las batallas señeras de esta guerra.
                
No hay información concluyente de inteligencia sobre cuál puede ser la respuesta de los extremistas. Se cree que la ciudad está controlada por no más de dos mil milicianos potentemente armados. Algunos expertos predicen que el DAESH tratará por todos los medios de proteger sus posiciones, pero también puede emprender maniobras de distracción en otras zonas. En todo caso, se prevé un combate duro, según Kenneth Pollack, un ex-analista de la CIA que ahora colabora con la Brookings Institution.
                
Otro experto, Michael Knights, del Instituto de Washington para Oriente Próximo, predice una resistencia feroz en el sector occidental de Mosul, por ser esta parte de la ciudad predominantemente árabe, mientras los kurdos están más presentes en el este. Según esta opinión, asistiríamos a una 'nueva Fallujah', la ciudad donde se han librado las batallas más sangrientas en la reciente historia de Irak, durante la invasión norteamericana primero, y en la ofensiva del ISIS/DAESH, en enero de 2014 (2).
                
Al margen de estos cálculos y especulaciones, se detectan ciertos signos de fatiga y repliegue de este grupo militar que ha trastocado el juego en la región. Esta impresión es válida para Irak, pero no tanto para Siria, donde las fuerzas gubernamentales parecen afianzar e incluso avanzar posiciones, en particular en la zona de Alepo, pero no a costa del DAESH, sino de los otros grupos de la oposición armada más pro-occidentales, para entendernos.
                
RAQQA, TESTIMONIO DEL TERROR
                
En la ciudad siria de Raqqa, considerada como 'capital' del Califato, se sigue viviendo un clima aterrador, según el testimonio de un activista de la resistencia (nombre supuesto), que pública  THE GUARDIAN (3).
                
Los hombres en edad de luchar permanecen atrapados en la ciudad: no pueden salir de ella, bajo pretexto alguno. Quienes pueden escapar saben que, de inmediato, perderán sus casas, ya que son confiscadas de inmediato, en cuanto se detecta la fuga. La población de Raqqa se ha reducido a la mitad (de un millón a 400.000 habitantes).
                
Las mujeres no están exentas de sufrimiento, sino todo lo contrario. Están obligadas a entregar su cuerpo a los combatientes para su satisfacción carnal. La tensión militar actúa como un precipitante sexual. Los milicianos han requisado la Viagra de las farmacias y acumulan amantes en sus guaridas. No puede hablarse de 'parejas'. Las mujeres rara vez conocen la identidad real de los hombres a las que son entregadas: solo conocen sus apodos de guerra.
                
Tampoco los niños se salvan de los efectos directos de la guerra. Como hasta hace poco estaban cerrados los colegios, los escolares deambulaban por las calles. A muchos les atraen  con la exhibición de las armas, como si se tratara de un juego. Los colegios están sometidas a un fuerte control ideológico. Los intentos de establecer escuelas clandestinas han sido castigados con ejecuciones sumarias de sus promotores.
                
En fin, una narrativa del horror que puede tratarse con la mayor cautela, pero que seguramente no se aleje en exceso de la terrible realidad. El fin de este 'reinado' no parece próximo en Raqqa ni en la mayor parte del territorio sirio que ahora permanece bajo control de DAESH. La ofensiva de primavera en Irak, de confirmarse, no implicará necesariamente el final rápido del 'Califato'.
             
Como sostiene una de las principales estudiosas de este fenómeno extremista, Audrey Kurth Cronin, ISIS/DAESH no es propiamente una organización terrorista, sino algo más complejo, que exigirá de Estados Unidos mucha paciencia, habilidad diplomática para aunar esfuerzos, coherencia en las políticas de prevención y control, campañas de contra-información y sensibilización y un largo catálogo de medidas en todos los ámbitos. Nada de ello puede sustituirse por una guerra convencional, por tentador que ello resulte (4).


(1) "Pentagon in damage control mode after detailing Iraq  ofensive". KATE BRENNAN. FOREIGN POLICY, 24 de Febrero.

(2) La opinión de Pollack y Knights están recogidos en un artículo del NEW YORK TIMES, del 21 de febrero.

(3) "Inside the Islamic State 'Capital': no end insight to its grim rule". ABU IBRAHIM AL-RAQQAWI. THE GUARDIAN, 25 febrero.


(4) "ISIS is not a terrorist group". AUDREY KURTH CRONIN. FOREIGN AFFAIRS, Marzo-Abril 2015.

LAS ‘GUERRAS’ DE EUROPA

19 de Febrero de 2015

Europa está en paz. Pero no del todo. En el año de septuagésimo aniversario del final de la  Segunda Guerra Mundial, se celebrará que el continente viva el periodo de paz más prolongado de su milenaria historia. Pero los fantasmas bélicos emergen de nuevo en la periferia, en Ucrania, como ocurriera hace dos décadas en Yugoslavia. Y a esa guerra, en la que Europa ya participa, hay que unir la denominada “guerra contra el terror”.
                
UCRANIA O EL DÉJÀ VU

Europa participa, efectivamente, en la guerra de Ucrania. No con tanques, aviones u hombres, claro, pero sin con el arma silenciosa de la presión económica: con las sanciones a Rusia, por su respaldo a los separatistas rusófonos del este y el sur del país.  Y como toda ‘guerra’ tiene su correlato diplomático, Europa se muestra activa también en la persecución de su liquidación, en la búsqueda de la paz.

El esfuerzo diplomático de la semana pasada es la cara amable de la guerra. Lo menos importante de Minsk era que el acuerdo que se alcanzara se cumpliera. No es cinismo: es la lógica de este tipo de actuaciones diplomáticas. Es muy ingenuo pensar que Minsk-II iba a tener un resultado diferente a Minsk-I. Es decir, que lo firmado se cumpliría limpiamente, sin brechas, sin violaciones, sin interpretaciones conflictivas. Por eso, es posible que asistamos a un Minsk-III. O como se llame

Dijo la canciller Merkel hace meses que no había una solución militar al conflicto de Ucrania. Con razón. Pero tampoco habrá una solución diplomática sin que antes se hayan definido las opciones militares, no tanto para alcanzar una victoria sobre el terreno, sino para mejorar las posiciones en la negociación. Lo vimos, durante años, en la antigua Yugoslavia. Solo fue posible un acuerdo negociado cuando cada parte había agotado su capacidad militar.

Lo dramático para Europa es que participa en la guerra de Ucrania –como lo hizo en Yugoslavia- a ‘contracoeur’, sin desearlo. O mejor dicho, contra sus propios intereses.  Si Merkel se ha implicado tanto en una resolución diplomática es que porque los empresarios alemanes perjudicados por el régimen de sanciones a Rusia está presionando, y no discretamente desde luego, para volver a la normalidad y restablecer los negocios con Moscú.

Europa se mueve en la contradicción de no permitir a Rusia un intervencionismo descarado y las ganas de que todo termine cuanto antes. Se le explica a Washington que no se posicione en exceso, que mantenga abierta la posibilidad de un compromiso. Pero la administración Obama también recibe presiones de intereses económicos poderosos, que han puesto sus ojos de águila en Ucrania. Las multinacionales agrarias tienen no sólo expectativas, sino inversiones ya en marcha ese país y la guerra es para ellos tan peligrosa como una excesiva influencia rusa, como ha denunciado el Instituto Auckland.

Con la caída de Debaltsevo en poder de las tropas separatistas rusófonas, es posible que haya un respiro. El control de este nudo ferroviario asegura la comunicación entre las pequeñas ‘repúblicas’ pro-rusas de Donetsk y Luhanks. Está por ver si estas milicias se pararán de momento aquí o intentarán ahora la conexión con la localidad portuaria de Mariupol para garantizar su salida al mar.

LA INDEFENIDA ‘GUERRA CONTRA EL TERROR’

La otra guerra tiene tintes más inquietantes para la población europea, porque los muertos caen de este lado. La amenaza del ‘terrorismo islamista’, sube puestos en la lista de preocupaciones mayores de los ciudadanos de la UE. Los asesinatos de Copenhague refuerzan el clima de pánico provocado por los atentados de enero en París.

En realidad, se trata de un problema que, por así decirlo, no tiene solución. Una pronta solución. Europa debe aprender a vivir con este conflicto, porque acumula responsabilidades (en menor medida que Estados Unidos) de sus políticas en Oriente Medio y el Norte de África. Esto no debe sonar a justificación de los extremistas. Las medidas policiales deben mejorar, por supuesto, en la práctica más que en las declaraciones solemnes, compartiendo más generosamente la información y afinando las herramientas de seguimiento y control de los elementos más peligrosos.

Lo inquietante es que, tras los sucesos de Copenhague, se cuestione el modelo danés de integración e incluso las fórmulas de reinserción de la población islamista potencialmente peligrosa, cuando, en realidad, Dinamarca constituye tal vez el mejor ejemplo posible el más fiable, solvente y responsable, de abordar el riesgo. El trabajo paciente con combatientes regresados de las zonas de guerra ha dado un resultado apreciable (1). Pero resulta imposible evitar atentados como el del pasado fin de semana. Ni siquiera se trata, en este último caso, de un ‘lobo solitario’, de un militante liberado de la disciplina organizativa. El criminal era un delincuente común sumergido en una ducha rápida y fría de retórica extremista.  

LIBIA. PELIGRO EN CIERNES

Y, finalmente, una más que preocupante perspectiva de guerra se abre en Libia. La tentación de intervenir militarmente en ese país por la supuesta expansión del ISIS (o DAESH, según su nombre original) es sumamente peligrosa. Pero el ISIS no ha destruido Libia: se limita a aprovecharse ahora del ‘pandemonium’ en que las milicias ‘revolucionarias’ han convertido al país. Atraído por los pozos de petróleo bajo frágil control, el ISIS ha olido la posibilidad de obtener más fondos para seguir financiando el aparato político-militar del Califato. Pero pronosticar un avance irresistible de sus fuerzas resulta exagerado y poco sólido (2).

Libia está fragmentada y rota, exhausta por tres años de lucha insensata y desquiciada. El supuesto gobierno ‘legítimo’, expulsado de Tripoli, es solamente la expresión política de una fracción, sujeta a una alianza tan endeble como la que sustenta a sus enemigos, bajo un heterogéneo perfil islamista.

Consciente de que Europa no tiene un aliado confiable en Libia, Egipto parece querer jugar el papel de intermediario regional de vanguardia en una operación militar. El asesinato de una veintena de coptos cristianos puede ser la excusa del régimen militar egipcio para justificar una implicación directa en el país vecino. Los ataques aéreos de los últimos días parecen el preludio de una operación más amplia. El general-presidente Al Sisi quiere arrastrar a Occidente, pero sobre todo a Europa, aireando el peligro del extremismo islámico.

El preferido de Egipto (y, por extensión, de los jeques saudíes) en Libia es el jefe del aparato militar del gobierno desplazado, el general Heftar, quien fuera jefe militar con Gadafi hasta finales de los ochenta, exiliado luego en Estados Unidos y colaborador de la CIA. Ahora practica un discurso antiislamista, en parte por convicción pero también por oportunismo: es la garantía de contar con el apoyo egipcio y, quizás, occidental (3).

Conviene no equivocarse en Libia. No debe sucumbirse a la tentación de una implicación militar, directamente o a través de Egipto. Equivaldría a tapar con un error otro error anterior, que fue la operación militar que propició la caída de Gadafi. Con el que, por cierto, se había alcanzado un modus vivendi de conveniencia después de años de beligerancia.



(1)    “For Jihadists, Denmark tries to rehabilitation”. NEW YORK TIMES, 13 Diciembre 2014.
(2)    Dos interesantes artículos en FOREIGN POLICY para apreciar en su correcta dimensión la amenaza del ISIS en Lybia: “The Islamic State Of Libya isn’t much of a state” y “The Smarter way to intervene in Lybia”, ambos del 17 de febrero.

(3)    El veterano periodista John Lee Anderson publica una amplia entrevista con el General Heftar en el último número del NEW YORKER.

URUGUAY: IGUALDAD, UNIDAD Y RENOVACIÓN, LOS DESAFÍOS DE LA IZQUIERDA

13 de Febrero de 2015
                
Escribo desde Uruguay, donde estos días proliferan balances y análisis sobre el mandato del Presidente Mujica. El 1 de marzo dejará el cargo a su compañero de partido y vencedor de las recientes elecciones presidenciales, Tabaré Vázquez,  que cumplirá su segundo periodo presidencial y el tercero consecutivo del Frente Amplio.

MISMOS IDEAS, NUEVOS ENFOQUES

En ningún lugar como en Uruguay, la izquierda ha conseguido encadenar un transcurso político tan largo y, por lo general, fecundo y positivo. Lo ha hecho con inteligencia, pero sobre todo con un esfuerzo de convergencia de sus distintas corrientes, aunque a veces haya sido costoso. El Frente Amplio reúne a socialistas, comunistas, izquierdistas, extupamaros (guerrilleros urbanos),  desarrollistas y otras familias políticas de adscripción progresista. Las peleas internas no han faltado y pocas veces se han disimulado. Pero el experimento de unidad ha funcionado. Y, por lo que parece, puede tener vitalidad para rato. Harían bien en Europa en tomar nota de la experiencia uruguaya, por muchas diferencias de cultura política y social que puedan existir.

El modelo de gestión de la izquierda uruguaya ha sido analizado, desde su origen, e incluso antes, por los politólogos Adolfo Garcé y Jaime Yaffé. Hace diez años publicaron el libro “La Era progresista”, cuyo mérito no consistió no predecir el triunfo del Frente Amplio (estaba cantado), sino en avanzar los rasgos de un gobierno orientado a defender los intereses y necesidades populares. Ahora, publican una versión revisada y orientada al futuro, con el añadido al título más descriptivo que comprometido: “La Era progresista. Tercer acto” (1).

En sus conclusiones, los autores aventuran que el tercer mandato del FA intentará seguir conciliando crecimiento e igualdad, pero con un mayor énfasis en el desarrollo. Conviven en el bloque progresista distintas visiones del desarrollo. La más moderada, encabezada por el Presidente electo Vázquez, y sobre todo por su aliado Danilo Astori, ministro de Economía en su primer gobierno y en el que ha formado ya para los próximos años, enfatiza la importancia de construir buenos mercados con reglas del juego sólidas (un enfoque socialdemócrata). Los comunistas y los emepepistas (Movimiento de Participación Popular, el partido de Mujica) aceptan el sistema del libre mercado, pero presionar a favor de una construcción más sólida del socialismo. La tercera línea, los desarrollistas, defienden una visión clásica de esta doctrina de gran raigambre en la región, conectan con la doctrina de la nueva CEPAL y preconizan un fuerte papel del Estado para hacer posible el proyecto de “cambio estructural para la igualdad”.

EL LARGO ADIÓS A UN PRESIDENTE ‘INFORMAL’

Tabaré Vázquez no esconde su intención de “cambiar de estilo”. El antecesor/sucesor de Mujica no compartió nunca esas maneras  francas, participativas, espontáneas del todavía Presidente. Le ha reprochado, incluso públicamente, su forma desordenada de plantear políticas de cambio. Estos días de intenso trabajo de los equipos encargados de la transición, ha trascendido en la prensa uruguaya (2) la voluntad del gobierno entrante de retocar algunos proyectos de Mujica “para hacerlos bien”, en particular los programas sociales, la gran pasión del Presidente saliente, por su vocación solidaria y participativa. “Hacerlos bien” significa, para los nuevos gestores, no solo hacerlos  viables y sostenibles, sino también “institucionalizarlos”, es decir, encuadrarlos en un marco político más clásico.

Este giro de estilo (pero quizás también de sustancia) encontrará posiblemente una notoria resistencia en el bloque parlamentario del Frente Amplio, donde obtuvieron mayoría en las elecciones legislativas los partidarios de Mujica. De ahí que Tabaré tendrá que poner en juego sus contrastadas habilidades conciliadoras para que las diferencias internas no generen frustración ni tensiones. En realidad, el debate político uruguayo no se planteará en términos de gobierno-oposición, sino de gobierno-grupo parlamentario.

No debería ser difícil encauzar el debate interno en el Frente Amplio. Las tres corrientes principales del FA tienen que comprender que la prioridad será afrontar el desafío de la igualdad en un contexto internacional y regional mucho menos favorable. La CEPAL acaba de predecir un escenario nublado, anticipado por el frenazo del crecimiento. Los gobiernos brasileño  y uruguayo (en menor medida, argentino) afrontarán quinquenios complicados

En el caso uruguayo, dos son los grandes proyectos sociales a acometer: el llamado Sistema Nacional de Cuidados, traducible como una Seguridad Social universal, y la Reforma de la Educación, quizás la mayor frustración de Mujica, según él mismo repite en mítines, declaraciones y entrevistas.  El presidente saliente se lamenta de que sus propios compañeros de bancada obstaculizaron la implementación de un proyecto de universidad popular. Sus críticos le reprochan confusión y voluntarismo en el planteamiento.

EL DESAFÍO DEL RELEVO GENERACIONAL

Y finalmente, la izquierda tiene otro desafío imprescindible: la renovación de los líderes políticos. Vázquez, Mujica y Astori, los tres grandes de esta “era progresista” se despedirán con la década. El nuevo gobierno de Tabaré presenta una media de edad de 64 años, aunque el vicepresidente, el desarrollista Sendic (hijo del fundador de los Tupamaros) es uno de los dirigentes más jóvenes, junto con Constanza Moreira, con mayor proyección de futuro.  

Esta especie de “gerontocracia” resistente en la izquierda uruguaya, en los níveles más altos de liderazgo, contrasta con la renovación iniciada en la cúspide de los partidos históricos o tradicionales del centro y la derecha. Y aunque ni Luis Lacalle Pou, ni Pedro Bordaberry han podido, de momento, pese a su juventud y su “abolengo” político (las dinastías políticos también existen en Uruguay) con los veteranos líderes de la izquierda, lo cierto es que la renovación se antoja como una asignatura indesplazable en este tercer quinquenio de la izquierda gobernante.


(1) “Tercer Acto. La Era progresista. Hacia un nuevo modelo de desarrollo”, ADOLFO GARCÉ y JAIME YAFFÉ. EDITORIAL FIN DE SIGLO. Montevideo, 2014.


(2) EL PAIS (de Uruguay), 11 de febrero.

HORRORES MEDIÁTICOS Y MUERTES SILENTES

 5 de Febrero de 2015

El asesinato en cautividad del piloto jordano Moaz Al-Kasasbeh por su captores del Estado Islámico ha llenado de horror los canales informativos de todo el mundo. La última atrocidad de los extremistas islamistas no ha sido la única muerte que en los últimos días ha sacudido páginas, ondas y pantallas. Dos japoneses han sufrido un terrible destino similar a mano de los mismos verdugos. Pero hay otro caso reciente de muerte violenta -¿impune?- que no ha recibido la misma atención y, desde luego, el mismo rasero de enjuiciamiento moral.

UN ‘RESPALDO’ INVOLUNTARIO AL CALIFATO

Los asesinos del EI han “mejorado” a sus antecesores de Al Qaeda en competencia militar, en disciplina y en crueldad. Pero también en el dominio de los más modernos medios de comunicación y propaganda. Y, por si estos conocimientos aventajados no resultaran ya suficientes para la exhibición propagandística del terror, algunos medios parecen decididos a “colaborar”, involuntaria pero irreflexivamente, en la propagación del horror.

Para neutralizar cualquier atisbo de crítica o aplacar una dudosa mala conciencia, los medios llegan hasta al pretil del espanto, pero evitan poner en antena los momentos álgidos del suplicio: el degollamiento de los periodistas o la carbonización del piloto. Con una cierta hipocresía aparentemente profesional, los medios aluden al carácter noticioso de estos acontecimientos terribles, orillando unas elementales normas de ética informativa. Algunas excepciones son relevantes: la BBC incluyó hace mucho tiempo en sus códigos de emisión la prohibición expresa de emitir imágenes de víctimas del terrorismo.

En realidad, más bien se trataría de explotar cierta propensión al morbo, una suerte de atracción fatal hacia las manifestaciones más horrendas del mal, o la simple excitación provocada por imágenes que trascienden la normalidad cotidiana. Sea lo que fuere, los medios se convierten, descuidadamente, en “correa de transmisión” de una odiosa propaganda.

Por consideraciones similares, para no caer en la propaganda ajena, aunque cultive muy cuidadosamente la propia, el Pentágono prohibió hace 25 años que se ofrecieran imágenes estáticas o en movimiento de soldados heridos o muertos, y menos muriéndose. En estos tiempos de relativismo ético acelerado, parece pertinente hacerse estas reflexiones y apoyarlas con preguntas sencillas. Para poner el ejemplo de un hecho reciente: ¿se hubieran emitido, de haberse grabado y distribuido, las imágenes de los humoristas del Charlie Hebdo, bajo las sillas y mesas de su redacción, mientras aguardaban los disparos fatales?

LA SEGUNDA MUERTE DE SAJIDA

La respuesta del Estado jordano al vil asesinato de Moaz Al-Kasasbeh tampoco ha sido edificante. El ajusticiamiento de dos terroristas prisioneros parece un acto crudo de venganza, por la manera en que se ha efectuado la decisión. Los crímenes de los dos detenidos y sus condenas a muerte no avalan una celeridad justiciera semejante. Sólo la necesidad de aplacar la sed de venganza de una población, a la que previamente se había movilizado para conseguir la liberación del rehén, puede explicar una conducta tan impropia en un Estado de Derecho. Se trataba, en definitiva, de “hacer temblar la tierra” (términos oficiales), de “sacrificar”, ojo por ojo, a unos presos asimilados al verdugos enemigo.

Uno de los terroristas precipitadamente ajusticiados tras la salvajada sufrida por el piloto jordano es Sajida Rishawi, una mujer iraquí de 46 años, a la que no se atribuye militancia islamista ni ideología. Sólo el impulso primario de venganza de una mujer agraviada (1).

En realidad, Sajida había muerto, de alguna manera, hace más de diez años, cuando su primer marido y tres de sus hermanos perecieron en enfrentamientos con el ejército de los Estados Unidos en su provincia natal de Anbar. Muertos que nunca vimos, como a tantos otros, victimas de una guerra evitable.

En respuesta a esta pérdida desgarradora, la viuda se impuso el deber fatídico de la venganza y, en noviembre de 2005, encontró una forma implacable de cumplir su designio. En compañía de su segundo esposo, éste si un activo colaborador de Al Qaeda, se cubrió el pecho de explosivos y se preparó para inmolarse durante la celebración de una boda en Amman, la capital jordana. Las bombas de su esposo explotaron, pero no las suyas. Sajida fue detenida por la policía jordana. El ISIS decidió cambiar el objeto del chantaje al Estado jordano y en vez de dinero, reclamó el canje del piloto jordano por la “terrorista accidental” y otro preso islamista iraquí. Ahora, los tres están muertos.

VERDUGOS AMIGOS

Otra muerte ha pasado más desapercibida para los medios occidentales, la de Shaimaa Sabbagh, una poeta y activista de derechos humanos egipcia, que fue abatida a tiros el 24 de enero, en una calle de El Cairo,  cuando se disponía a depositar una corona de flores en memoria por las víctimas de la revolución de 2011 contra la dictadura de Mubarak.

Un fotógrafo de Reuters captó el momento en que Shaimaa era alcanzada por las balas y también la secuencia posterior, cuando uno de sus compañeros alcanzó a sujetarla antes de caer al suelo (2). Aún no han sido identificados los autores de los disparos. Las organizaciones cívicas y parte de la oposición responsabilizan a la policía. Pero las fuerzas de seguridad y el gobierno controlado por los militares se han desentendido de la acción criminal. En un gesto de cinismo supremo, el General-Presidente Al Sisi ha manifestado que siente a Shaimaa “como si fuera su hija”. Para cerrar el círculo de un hipócrita e insostenible discurso de la conspiración permanente, las autoridades trataron de atribuir el crimen a los Hermanos Musulmanes.

Seguramente, nunca se sabrá quién mató a la poeta egipcia, pero si sabemos quiénes son los responsables de otros cientos, miles de egipcios asesinados por no aceptar la narrativa del golpe militar. Esos verdugos son “amigos”, de ahí que reciban un cierto amparo, como que se permita a alguno de sus representantes desfilar por las calles de París, en protesta por el asesinato de los dibujantes satíricos franceses. Otra ironía mediática.

Las fotos de la muerte de Shaimaa no han generado el mismo apetito “noticioso” que las del piloto jordano o las anteriores víctimas de los verdugos enemigos. No hay, seguramente, un móvil político o ideológico en esta discriminación de barbaridades en directo. Se trata más bien de una narrativa que condiciona el discurso de los medios sobre el terrorismo y, en particular, sobre el terrorismo islamista. La crueldad espantosa de los ‘califales’ está encuadrada en la columna de los “malos” o “malísimos”, aplicable a los taliban afganos o pakistaníes. 

Sin embargo, las muertes que a diario se amontonan en muchas calles, callejones y caminos del mundo islámico, a manos de uniformados, bandoleros a sueldo o funcionarios oscuros reciben un tratamiento mitigado, como si hubiera un barómetro tácito de la crueldad. Lo mismo ocurre con esas muertes silentes que alimentan la revancha de miles de sabijas: asesinatos teledirigidos, quirúrgicos o ‘limpios’, protegidos de la sanción moral de los medios.


(1)“All-but-forgotten prisoner in Jordan is at center of swap demand by ISIS”, NEW YORK TIMES, 28 enero.