ERDOGAN, PRESIDENTÍSIMO: LAS CLAVES DE SU PROYECTO AUTORITARIO

17 de abril de 2017
                
El presidente Erdogan ha conseguido el triunfo en el referéndum constitucional que consagra la conversión del sistema político en una República presidencialista, con poderes ejecutivos reforzados para el jefe del Estado, menos competencias para el Parlamento y disminución de la autonomía judicial.
                
El SI se ha impuesto por un 51,37% de los votos. La oposición ha pedido un recuento ante la sospecha de manipulación de papeletas. En las tres grandes ciudades del país ha ganado el NO, incluida Estambul, la cuna política de Erdogan. De cumplirse el calendario previsto, Erdogan podría continuar en la cúspide del poder hasta 2029. Éstas son las principales claves del referéndum.
                
1) A Erdogan le vale el estrecho margen del 3%. Será inútil especular con la debilidad del régimen turco, sólo porque el resultado no sea “plebiscitario”. Los estrategas de Erdogan se habían fijado el objeto de un 60% de votos afirmativos. Pero eso fue hace semanas. Durante la campaña (técnicamente hablando: la real empezó en julio, si no antes), las expectativas se fueron corrigiendo. A la baja. En los días previos a la consulta, ya se manejaba este resultado: tres puntos. Por tanto, misión cumplida.
                
2) No habrá transición ni demora. Ya lo dijo el primer ministro adjunto, Numar Kulturmus, hace un par de semanas: “las resistencias al proyecto presidencialista se agotarán con el triunfo del sí”. No pocos observadores creen que el pacto con el MHP, el partido de los ultranacionalistas conservadores, para observar una transición no se cumplirá. El círculo de colaboradores más próximo a Erdogan considera el sistema político actual como un fardo del que es preciso librarse cuanto antes (1).
                
3) La oposición, neutralizada. El referéndum acrecienta la impotencia de la oposición. El profesor turco afincado en Estados Unidos, Soner Cagaptay, lo expresa con precisión: “la brecha entre los bloques de la oposición es, a veces, mucho más amplia que la brecha entre estos bloques y el AKP [el partido gubernamental]” (2). Las sospechas de fraude pueden alentar cierta convergencia, pero seguramente sólo temporal.
                
4) La purga puede detenerse. Es una hipótesis que no debe relacionarse con un reflejo de “generosidad” del régimen o como una prueba de fortaleza. Simplemente, el Estado turco puede estar rozando el límite de las depuraciones. La eliminación de miles de puestos en la administración, en las instituciones, en todos los ámbitos de la vida civil, social y cultural es tan amplia que ya no hay fieles reputados para cubrir los puestos vacantes. (3) No se trata de una una suerte de amnistía. A los purgados les espere un periodo largo de amargura. Pero quizás haya llegado la hora de parar. Salvo que salten las alarmas, por ahora difícil de anticipar.
                
5) El Ejército, a la espera. A muchos sorprende que las Fuerzas Armadas no hayan bloqueado a Erdogan, como hicieron con otros dirigentes civiles mucho antes de que se hicieran tan poderosos. La respuesta parece clara: el Presidente ha aprovechado la “limpieza” para destruir la penetración de los partidarios de Gulen en los cuarteles. Los militares no constituyen un bloque monolítico. Erdogan se ha aprovechado de las divisiones internas para afianzar su poder sin atentar en absoluto con el poder militar. De momento, el pacto funciona.
                
6) Los interrogantes de la nueva construcción institucional. El cambio constitucional aprobado este 16 de abril obligará a una revisión de las reglas de juego de casi todos los aparatos del Estado, como explican los profesores Ekim y Kirisci (4). La Justicia es uno de los más importantes. Hay una resistencia relativamente activa, a pesar de las purgas. Pero los nuevos mecanismos de selección, elección, revisión y sanción de los funcionarios judiciales, de arriba abajo, obligarán a una recomposición, política y funcional. Será una lucha sorda, con poca repercusión en los medios. Pero muy dura, sin duda.
                
7) El discreto y condicionado apoyo de las fuerzas religiosas. Erdogan se ha mostrado muy hábil en su empeño por socavar las raíces secularistas del Estado kemalista. Ha sabido evitar los errores de partidos islamistas predecesores del AKP, e incluso los suyos propios que estuvieron a punto de echarlo de la política para siempre. Las fuerzas religiosas están tan divididas como la oposición. Como dice el orientalista Zarcone, las cofradías respaldan al presidente, pero no todas comulgan con su ambición de poder, o no todas con el mismo convencimiento (5). La división que se observa en ellos se traslada a su propio partido, el AKP. Aunque nadie se atreve a cuestionar al gran líder, muchos de sus principales dirigentes no se privan de decir, con discreción, que no entienden esta reforma constitucional.
                
8) La guerra de Siria, prueba de fuego. Erdogan tendrá que encajar el “nuevo Estado”, o el nuevo ordenamiento del Estado, al tiempo que gestiona un panorama exterior complejo, con repercusiones directas en el orden interno. La guerra de Siria seguirá condicionando el tratamiento del problema kurdo. Cualquier solución que implique una partición del país o un incierto periodo de transición alimentará las pretensiones de un semi-estado kurdo entre Turquía y Siria. Si Estados Unidos sigue confiando en las milicias kurdas para terminar de derrotar el Daesh en Siria, Ankara acrecentará su nerviosismo. O si Trump se decide a acabar con el régimen de Assad, resuelto el desafío yihadista, y eso supone prolongar la alianza con los kurdos, Erdogan se verá obligado a plantarse y tratará de reforzar su utilitaria colaboración con Moscú.  
                
9) ¿Adiós a Europa? La deriva autoritaria aleja a Turquía de Europa. Parece una obviedad, a tenor del discurso hostil y casi desafiante de Erdogan en las últimas semanas, con provocaciones directas dirigidas hacia Alemania u Holanda. Se teme en Europa que, si las cosas en el Kurdistán se deterioran, el mega-presidente fuerce la restauración de la pena de muerte. En ese caso, ha advertido Juncker, se acabaron las negociaciones. Es una declaración retórica. En la práctica, no hay negociación que valga desde hace tanto tiempo. “Erdogan necesita más enemigos que amigos”, sostiene Cagaptay. Y Europa cumple los requisitos apetecidos por el Erdogan más que cualquier otro agente externo.
                
10) Los límites del venenoso culto a la personalidad. Erdogan sigue siendo popular, pese a todo lo ocurrido antes y después del 15 de julio. Las clases populares, medias y bajas, lo siguen viendo como un defensor de sus intereses, en proporción mayoritaria. Eso casi nadie lo discute, incluidos sus críticos o sus enemigos (no tiene rivales). Pero su éxito ha estado ligado a una coyuntura económica favorable, que se deteriora a ojos vista, y eso explica también que se haya debilitado su apoyo popular.  Si refuerza la presión autoritaria para atajar estas vías de agua, se eleva el riesgo de alejarse de las masas. Todavía más peligroso es que opte por un discurso providencialista, del que ya hay no pocas señales. En la campaña se permitió compararse con el Profeta, al manifestar, antes unos estudiantes rendidos a sus encantos, que igual que Mahoma eludió a sus perseguidores en la hégira (la huida de La Meca a Medina), él se libró de los militares que quisieron detenerlo o matarlo la noche del golpe, sin duda gracias a la inspiración divina.


NOTAS

(1) “Référendum à quitte ou doublé para le président Erdogan. MARIE JEGO. LE MONDE, 13 de abril

(2) Entrevista en THE CIPHER BRIEF, 3 de abril.

(3) “Inside Turkey´s Purgue”. SUZY HANSEN. THE NEW YORK TIMES, 13 de abril.

(4) “The turkish constitutional referéndum, explained”. SINAL EKIM y KEMAL KIRISCI. BROOKING INSTITUTION, 13 de abril.

(5) Entrevista en LE MONDE, 14 de abril.





TRUMP SE APUNTA A LA GUERRA

7 de abril de 2017

La decisión de atacar al régimen de Siria, por primera vez desde el comienzo de la guerra en 2011, supone un cambio en la política observada por Estados Unidos hasta la fecha. Trump no sólo rompe con Obama sino consigo mismo, con sus declaraciones, sus planes y su retórica. ¿Estamos a un giro permanente o más profundo? Cuestión imposible de contestar en una administración como la presente. No obstante, se pueden presentar las siguientes consideraciones básicas, a esta hora:
                
1) Trump actúa y luego piensa. O mejor dicho, piensan sus asesores y colaboradores. En este asunto y en otros más sensibles y menos sensibles. No es descartable que otro cambio de humor o el agotamiento del efecto emocional (los niños agonizantes en el hospital sirio) lo devuelvan a posiciones más cínicas.
                
2) Los militares marcan el paso. Los asesores en quienes Trump parece haber puesto el control de la crisis son el Consejero de Seguridad, Mc Masters, y el ministro de Defensa, Mattis. Los dos son militares. Al peculiar aislacionista Trump le va la marcha militar, así que nada que pueda sorprender.
                
3) Los diplomáticos brilla(rá)n por su ausencia. Ni el Secretario de Estado, Tillerson, ni  la embajadora en la ONU, Haley, lo son. Ni se espera de ellos gran protagonismo. El primero es un hombre de negocios; la segunda, una política sureña de origen indio, con ambiciones. El número dos de Obama en el Departamento de Estado, Anthony Blinken, ha respaldo la lluvia de Tomahawks, pero pide ahora “una diplomacia inteligente”. No es probable que ocurra.
                
4) Los aliados europeos respaldan el ataque. París y Londres han apoyado la decisión de Trump, aunque los franceses con lenguaje más medido. Pero si este método unilateral muy del gusto del actual inquilino de la Casa Blanca continúa, aparecerán grietas. Trump desprecia a la ONU e ignora las reglas de conducta internacional. Se mueve por instinto y por impulsos.
                
5) Israel y Arabia Saudí aplauden con entusiasmo, ansiosos por un cambio de política de Washington en la región. Netanyahu ya ha insinuado que otros posibles frentes de crisis (Irán, claro, y Corea del Norte), mientras se burla de la legalidad internacional autorizando nuevos asentamientos en la Palestina ocupada, aunque no con la amplitud y el descaro que le exigen sus socios más extremistas. Los saudíes desearían que este giro de Trump fuera más lejos, que propiciara un reverso en la guerra de Siria, la caída del régimen de Assad y, por tanto, un revés muy importante para Irán. Y de propina, luz verde para seguir cometiendo atrocidades en Yemen, con la excusa del apoyo iraní a los houthies.
                
6) La ruina de la carta rusa. El ataque pone en peligro uno de los pilares de la pseudo política exterior de Trump. El Kremlin se temía hace tiempo que el presidente no era tan buena opción, después de todo. Si todo se queda en un exabrupto bélico, Putin hará como si nada. Pero si la Casa Blanca apuesta seriamente por el cambio de régimen en Siria, se acabará la luna de miel. ¿Tendrá Putin algo con que “convencer” a Trump de que no le conviene hacerlo?

                
7) Las armas siempre apagan otros ruidos. Nada mejor que una crisis militar para desviar la atención. Trump no ha cumplido aún cien días y su mandato ya es un desastre. Acumula fracasos (ordenes ejecutivas sobre inmigración y contrarreforma sanitaria, etc.), su equipo de gobierno es una jaula de grillos, las sospechas sobre la complicidad con las interferencias rusas en el proceso electoral aumentan, los conflictos de intereses de su familia siguen sin resolverse y la inconsistencia de su mandato es alarmante.               

SIRIA: “CRIMEN DE GUERRA”, INDIGNACIÓN E INCONSISTENCIA

5 de abril de 2017
                
Una nueva ceremonia de la confusión está servida. Gobiernos occidentales, grupos de asistencia humanitaria y medios han denunciado un supuesto ataque con armas químicas, realizado por la aviación del gobierno sirio en Jan Sheijun, una localidad de la provincia noroccidental de Idlib, bastión de los rebeldes desde el comienzo de la guerra, hace seis años. La cifra de víctimas contabilizadas se acerca a 70, entre ellas una docena de menores. Pero las asistencias sobre el terreno creen que podrían superar el centenar, o incluso más.
                     
Muchos datos cruciales sobre lo ocurrido están aún por confirmar y las versiones son contradictorias, como suele ocurrir. Sin embargo, algunas de las potencias occidentales ya han solicitado la convocatoria urgente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y han señalado al régimen sirio como responsable de esta última atrocidad.  Se supone que se dispone de datos para realizar tales afirmaciones. Pero lo único que se sabe públicamente es que la aparición de síntomas de ataque con agentes químicos surgió poco después de un ataque aéreo en la zona, y sólo el régimen y Rusia disponen de ese armamento.
                
El gobierno de Damasco ha negado rotundamente su autoría y dirigido las acusaciones hacia los rebeldes. Rusia, por medio de su Ministerio de Defensa, ha ofrecido otra explicación, que exculpa al gobierno sirio, su protegido en el conflicto: los aviones del régimen habrían bombardeado una instalación en la que los rebeldes yihadistas que controlan Idlib producen y almacenan las armas químicas, provocando la liberación de estas sustancias.
                
La provincia de Idlib es un pandemónium en el que dominan las fuerzas yihadistas vinculadas con la franquicia de Al Qaeda y otras autónomas de esta histórica organización, pero también controlan ciertos sectores otros grupos sectores rebeldes más “moderados”, es decir, lo que suele asimilarse a posiciones pro-occidentales. El Daesh no tiene presencia allí.
                
Hasta aquí lo que sabe, o lo que se dice que se sabe, o lo que interesa que se sepa. La experiencia nos enseña que en este tipo de guerras (en casi todas, en realidad), la primera información que circula no es necesariamente certera, imparcial u honesta. Siria es un ejemplo abrumador de esta constante. Pero mientras esperamos confirmaciones fidedignas, hay otras consideraciones que resulta muy oportuno no evitar. Empecemos por la “indignación” que este “episodio químico” ha provocado.
                
Gran Bretaña y Francia lideran la protesta occidental. Ya han dinamizado mecanismos de la ONU para pergeñar una resolución del Consejo de Seguridad que condene en términos muy duros al régimen sirio. Se espera que París y Londres aporten las supuestas pruebas de su autoría. Ya puede anticiparse el destino de esa resolución: no será aprobada, por el veto de Rusia, que opondrá una versión distinta, expuesta más arriba, y seguramente el de China, que mantiene posiciones ultraconservadoras en estos casos. Todo según el guion habitual.
                
Más interés tiene la posición norteamericana. Naturalmente, Trump se ha sumado a la denuncia, ha señalado al régimen de Assad como responsable de lo sucedido y ha insinuado vagamente la exigencia de responsabilidades al manifestar que “el mundo occidental no puede dejarlo pasar”. Pero el interés está en los detalles.
                
Vamos acostumbrándonos a la cacofonía de la actual administración. Hasta el punto de que ya no sorprende ni siquiera las contradicciones e inconsistencias, porque han alcanzado un punto de aburrida cotidianeidad. El inefable presidente, obsesionado por su antecesor, ha tuiteado un mensaje en el que hace Obama responsable de que el régimen sirio se encuentre en condiciones de realizar ataques de este tipo. Recuerda Trump el incumplimiento del compromiso de la línea roja, como era de esperar. Pero lo que no dice es que, en 2013, cuando el anterior presidente estuvo considerando la respuesta tras el ataque con armas químicas en las afueras de Damasco, él mismo, que entonces no era oficialmente candidato a la Casa Blanca, recomendó al entonces presidente no intervenir, porque esa opción sólo iba a complicar más las cosas. Entonces, la alineación de Trump con las posiciones rusas era casi total; ahora, depende del momento: porque lo esconde o lo disimula, o porque duda, o porque ni siquiera sabe cuál debe ser su posición.
                
No es ésta la única inconsistencia en Washington. El secretario de Estado, más afín a las posiciones habituales de Estados Unidos, y sobre todo mucho, mucho más prudente que su jefe en sus comportamientos, se ha sumado a la línea oficial franco-británica, en fondo y forma, incluso en la culpabilización del Kremlin, al manifestar que “Rusia e Irán tienen también una gran responsabilidad moral por estas muertes”. Pero Tillerson no irá más allá. No será él quien de las instrucciones de actuación en la ONU a la embajadora Haley, sino Trump, o tal vez sus subsidiarios preferentes, el ideólogo Bannon o el yernísimo asesor, Kushner.
                
Se intuye lo que, pasado el fragor de la indignación, pueda hacer la administración. Hace unos días, el portavoz de la Casa Blanca admitió que “el régimen sirio es una realidad que tenemos que aceptar” y reiteró que la prioridad para Washington seguía siendo acabar con el Daesh y el terrorismo islamista. Esta posición mantiene vivo el entendimiento con Moscú. Puede pensarse que este zig-zag de Washington es táctico u oportunista, pero quizás sea trate sólo de la inconsistencia que caracteriza a la actual administración.
                
La “indignación” europea tiene otras coordenadas y otras fragilidades. Los europeos han sido más coherentes frente al conflicto sirio y han repartido responsabilidades entre el régimen de Assad y los yihadistas que le combaten. Pero han sido mucho más inconsecuentes en los paliativos de las consecuencias de la guerra. No hace falta recordar aquí el vergonzoso fracaso de la protección de los desplazados (mal llamados refugiados, porque la mayoría no lo serán y nunca lo serán). La desunión, el “oportunismo humanitario”, los cálculos electoralistas y otras plagas políticas y mediáticas han desautorizado moralmente a la UE.
                
Este último episodio atroz en Siria coincide con la Conferencia de donantes, que se celebrará durante dos días en Bruselas. La ocasión servirá de altavoz a la retórica solidaria, pero lo cierto es que Europa tendrá que rendir cuentas del incumplimiento de compromisos anteriores. De los 4.000 millones prometidos en conferencias anteriores, sólo se ha desembolsado una décima parte o poco más. Más de la mitad de la población siria se ha visto obligada a abandonar sus hogares. La mayoría, más de 13 millones, pena por territorio sirio arrasado. Los que han huido del país y se acercan, más o menos, a nuestras fronteras europeas son menos de la mitad que los anteriores, aunque concitan un mayor interés mediático. Cada día más débil, por cierto: la fatiga de la compasión.

                
Una última consideración. ¿Puede ser casualidad la coincidencia de este último episodio químico con la Conferencia de Bruselas? ¿A quién beneficia más el inevitable eco mediático? ¿Puede ser el régimen tan torpe como para atacar con agentes químicas en vísperas de una cita internacional sobre Siria? ¿Hay desavenencias o falta de control en Damasco? ¿Puede estar buscando la oposición, y qué oposición, un nuevo repunte de la presión contra Assad? ¿Es realista hacerlo? Muchas incógnitas, pocas respuestas, demasiada propaganda por todas las partes. La indignación es fútil cuando la desinformación y la hipocresía dominan la escena.                            

CUENTA ATRÁS DEL BREXIT EN EL REINO (DES) UNIDO

29 de marzo de 2017
                
La cuenta atrás de la desvinculación europea de Gran Bretaña ha comenzado. La premier May ha remitido al Presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, una carta con la solicitud formal de activar el artículo 50 del vigente Tratado de la Unión. A esto se añade la presentación ante el Parlamento de un Libro Blanco sobre el que debe construirse la llamada great repeal bill o ‘Ley de la gran derogación’.
                
Si, por sí solo, el Brexit ya plantea dudas, interrogantes e incertidumbres enormes, la convergencia con otro proceso de separación, el posible Scotxit, es decir, la separación de Escocia del Reino Unido, compone un panorama de pesadilla. Para G.Bretaña y para Europa.
                
ESCOCIA: ¿EUROPA O GRAN BRETAÑA?

En la víspera del inicio formal del Brexit, el Parlamento escocés, dominado por los nacionalistas, votó a favor de solicitar de nuevo a Londres el permiso preceptivo para convocar otro referéndum de independencia. En el anterior, celebrado en septiembre de 2014, la iniciativa independista fue derrotada por casi diez puntos de diferencia.
               
Ahora corren otros tiempos. El Brexit fue rechazado en Escocia, igual que en Irlanda del Norte, en Londres, Liverpool o Manchester. Los territorios que gozan de autogobierno y los grandes núcleos urbanos viven mayoritariamente este proceso de separación de Europa con preocupación y escepticismo, como ya se sabe.

Pero Escocia es, sin duda, el terreno más hostil, con diferencia. Los escoceses manifestaron su deseo de permanecer en la UE por amplia mayoría: 62% frente al 38%. En el referéndum de 2014, la permanencia en el Reino Unido triunfó por un margen menor: unos diez puntos. En ese momento, votar independencia suponía desvinculación, al menos inmediata, de la UE, ya que Escocia se hubiera visto obligada a solicitar su ingreso como nuevo estado en el club europeo. Ahora, curiosa paradoja, resulta justo lo contrario. Muchos escoceses que antes preferían seguir en el Reino Unido, podrían ahora cambiar de opinión porque tendrían opción al “premio” europeo.

Naturalmente, no es que independencia del Reino Unido signifique permanencia automática en la UE, al producirse antes de consumarse el Brexit. Algunos países, entre ellos España, se opondrían a la permanencia de Escocia en la UE, tras su desenganche del Reino Unido. Pero el SNP considera que Escocia se encontraría en mejores condiciones negociadoras, ya que Londres, ya fuera de la Unión, no podría ejercer su veto decisivo. La confirmación de Escocia como estado independiente de la UE podría ser una realidad en un plazo de tres años, según algunas estimaciones (1).
                
La solicitud del Parlamento escocés fija la consulta entre el otoño de 2018 y la primavera de 2019, es decir, antes de que deba consumarse el Brexit. Pero Theresa May ya se ha anticipado su negativa, por considerar que ese proceso independentista debilitaría a Londres en la negociación con Bruselas y con las capitales europeas. Sturgeon ha anunciado que después de Pascuas presentará una estrategia para afrontar la negativa de Londres.
                
Los argumentos de ambas tienen fundamento, desde sus respectivas lógicas. A primera vista, el asunto parecería zanjado, puesto que May tiene la llave del calendario,. Pero aquí es donde entran los riesgos políticos de carácter estratégico. Una negativa contumaz de Londres podría engrosar las filas del independentismo y, aunque el eventual referéndum se celebrara después de consumado el divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea, la perspectiva de una ruptura británica sería mucho más probable.

De igual manera, una posición muy rígida de Londres, que derivara en el llamado hard Brexit, es decir, una ruptura radical, con escasos o nulos anclajes al continente, alimentaría también el resentimiento anti-tory no solo en Escocia, sino en los núcleos de población que no respaldan el divorcio (2).

Debido a estos riesgos, las dos dirigentes han tenido mucho interés estos últimos días en ofrecer un talante negociador, cada cual con su retórica y con la vista puesta en sus potenciales apoyos. Sturgeon dice mostrarse flexible en el calendario, ma non troppo. May apela a otro nacionalismo, el británico, la fuerza latente detrás del Brexit, para movilizar el voto unionista en Escocia y evitar que balanza de 2014 cambie de signo.

La analista Jannah Ganesh sostenía recientemente en el FINANCIAL TIMES que Sturgeon presenta un liderazgo independentista más peligroso para Londres, porque resultaba más convincente que su predecesor, Alex Salmond, carismático pero demasiado old style. La actual líder escocesa, aunque tiene posiciones progresistas, también domina el debate económico y financiero y utiliza argumentos más prácticos, menos emotivos.

UN CAMINO PLAGADO DE MINAS

Los laboristas, escoceses o británicos en general, se preparan para una batalla política que no es bienvenida. A la aparente oportunidad que representa una oposición implacable en la gestión institucional, con una defensa cerrada de las atribuciones del Parlamento, como hace un sector importante de la bancada tory, se contrapone el impulso unionista del Partido. Los laboristas escoceses confluyen con los conservadores en rechazar el referéndum antes de la culminación efectiva del Brexit. Una concordia que les puede dar votos en algunas zonas del Reino Unido, pero que le impedirá recuperar parte del electorado que ha emigrado en masa a los caladeros del SNP, desde el giro a la izquierda de los nacionalistas.

La cautelosa May (THE ECONOMIST llegó a denominarla Theresa May-be, por su indefinición en el proceso de gestión del Brexit) seguirá andándose con pies de plomo, debido a las contradicciones en su propio partido. La crítica permanente de los remainers, como el ex-premier John Major o el conspirador por excelencia contra Thatcher, Michel Helsetine, no es el riesgo mayor. Hay dos frentes de mayor zozobra. Uno, el enfrentamiento entre partidarios del Brexit blando y del Brexit duro; y dos, el celo de los parlamentarios tories que no quieren quedar marginados por el Gobierno en la negociación con Europa.

Este mismo mes, el selecto comité de los Comunes que se ocupa de este asunto sacó adelante, con apoyo de los conservadores, una llamada de atención al gobierno, al acusarlo de “negligencia” por no haber prestado adecuada atención a la posibilidad de un fracaso en las negociaciones de divorcio.

En un principio cameronita partidaria de la permanencia, pero luego ejecutora del Brexit sin remilgos, Theresa May pretende presentar una imagen de solidez, unidad y decisión ante la envergadura de la tarea que tiene por delante. La negociación puede tornarse agría, debido a determinados asuntos espinosos, como el estatus de los europeos residentes en Gran Bretaña, la deuda británica con la UE o el nuevo marco comercial (3). En algo coinciden casi todos los analistas, el Brexit no solo define un mandato, sino que puede arruinar una carrera política de los pies a la cabeza. 

NOTAS:

(1) “Four ways a second independence campaign would be different”, DAVID CLARKE. THE NEW STATESMAN, 21 de marzo.

 (2) Editorial. THE GUARDIAN, 17 de marzo.

(3) “Brexit: quatre enjeux pour a casse-tête”. LE MONDE, 29 de marzo.


FRANCIA: UNA CAMPAÑA NEUTRALIZADA

22 de marzo de 2017
                
El primer debate televisivo de los principales candidatos presidenciales marca el inicio informal de una campaña electoral en Francia. El resultado no ha cambiado casi nada: mucho autocontrol de los candidatos, apenas tensión, mensajes previsibles, sustancia limitada.
                
Después de lo ocurrido en Estados Unidos, los analistas se cuidan muy mucho de arriesgar en los pronósticos, pero si se elude el miedo al error, parece, a esta hora, que Macron, un candidato vagamente centrista, y Le Pen, la candidata más segura de sí misma, pasarán el corte el 23 de abril y competirán por el Eliseo en el pulso bis a bis del 7 de mayo.
                
Las posiciones de Marine Le Pen y de Jean-Luc Melenchon fueron las más definidas en el debate. La primera desde el ámbito de la renacionalización de las políticas públicas y de la política exterior, con un eje inequívoco: el control férreo de la inmigración y la recuperación de la soberanía total de Francia en detrimento de ciertas instituciones europeas fallidas. El segundo, desde una posición igualmente combativa, la llamada Francia insumisa, igualmente crítica con Europa, pero no desde sensibilidades nacionalistas sino de solidaridad social. Pero mientras que Marine Le Pen ha conectado con la frustración de las clases trabajadoras con mensajes simplistas y engañosos, Melenchon tiene un techo electoral de acero y Hamon no parece capaz de superar las contradicciones de su propio partido.
                
EL DESGARRO SOCIALISTA

En efecto, Benoît Hamon no es el candidato socialista. No del todo. Es uno de los frondeurs, es decir, de los que abjuraron del quinquenato hollandista, de los que se rebelaron contra la resignación o la rendición ante el austericidio. Interpretó el desencanto de las bases socialistas hacia sus dirigentes y abanderó el ánimo de rebeldía, el impulso de giro a la izquierda, de recuperación de los principios más combativos del socialismo democrático. Un empeño loable, pero igualmente perdedor. Porque llega tarde y porque se ignora, a estas alturas, qué apoyo tiene realmente Hamon en su propio partido.

El otro día, en un diario de fin de semana, el exprimer ministro Valls, el derrotado en las primarias, se defendía de las acusaciones de traición o de deslealtad hacia su compañero de partido, por negarle el padrinaje, una suerte de requisito que los aspirantes necesitan para confirmar su condición oficial de candidatos (1). El primer secretario del PSF, Cambadelis, coquetea claramente con Macron, como han hecho otros prominentes dirigentes socialistas. En suma, el candidato mayoritario de las bases socialistas es cortocircuitado desde dentro. La verdadera dimensión de Hamon se medirá en lo que algunos llaman “tercera vuelta”; es decir, las elecciones legislativas que seguirán a las presidenciales. Si Macron alcanza el Eliseo necesitará un legislativo que no sea un contrapoder, para evitar la temida y desgastante cohabitación (Presidente y Parlamento de distinto signo político). Pero ni eso puede garantizar el candidato socialista: ¿asistiremos a la enésima crisis del PSF? Dependerá del desempeño de Hamon en primera vuelta y de la lucha de clanes dentro del partido. Las perspectivas no son prometedoras.

Macron enfadó a mucha gente del PSF cuando quedó clara su ambición de suceder a su padrino y tutor político, el malhadado François Hollande. El más irritado fue Valls, que no dudó en considerarlo un oportunista. En realidad, le molestó que no esperara a que el Presidente resolviera sus dudas. Pero Macron, con su iniciativa, terminó de enterrar a Hollande y le ganó la posición a Valls. Una jugada muy hábil que el anterior primer ministro tardó en digerir. Pero su posterior fracaso frente al ala izquierda del partido le obligó al pragmatismo.

Si Valls hubiera vencido en las primarias socialistas, no estaríamos asistiendo a la aparente templanza que él ahora muestra hacia Macron, sino a una amarga letanía de recriminaciones redobladas. Muchos analistas piensan que Valls no ha renunciado a sus aspiraciones políticas y que las primarias socialistas pueden vivir una segunda vuelta, una volta face. Como hipotético líder socialista, Valls puede encontrarse más cómodo que Hamon poniendo precio a la colaboración que Macron necesitará como Presidente, porque no parece probable que la formación de éste (¡En Marche!), tenga tiempo para consolidarse como fuerza electoral de importancia. No bastará con una aportación centrista. Tendría que contar con una defección socialista masiva, y eso puede conducir a la liquidación práctica del partido. y otras no serán en absoluto suficientes.

RESONANCIA GISCARDIANA PARA FRENAR A LE PEN

El gran problema de Macron es que puede resultarle más fácil ganar que gobernar. El éxito momentáneo de su mensaje se debe, en gran parte, a la debilidad de sus adversarios en las dos alas del centro. O dicho con más propiedad, en el paisaje político convencional, a izquierda y derecha. Pero no se puede trazar un previsible programa del candidato Macron, más allá de lugares demasiado comunes. Un europeísmo de los noventa, un positivismo facilón, una indefinición imposible de no confundir con oportunismo. Algunos quieren ver en Macron el Giscard del siglo XXI: conciliador, europeo, pragmático. Más etéreo, menos patricio, más cercano, menos altivo (2)  

Marine Le Pen, venenosa sin concesiones, sintetizó el perfil político de su aparente rival de la segunda vuelta con una codificación brillante: es el “vacío sideral”. O en tono más personal: “llevo oyéndole siete minutos y soy incapaz de resumir su pensamiento”.

Macron evitará el choque, la idea de pugnacidad, incluso con la candidata populista, a la que algunos, no sin parte de razón, sigan llamando ultraderechista, pero que acreditará el mayor porcentaje de voto obrero y trabajador… blanco, por supuesto, de todos los candidatos. Como Trump, en cierto modo, pero no exactamente igual. Marine Le Pen podrá no ganar, pero ha fijado los elementos clave de estas elecciones. Ha hecho un trabajo eficaz en liberar al partido de su imagen más bronca, más áspera, más extrema. Ha redefinido el tradicional nacionalismo francés, con trampas, pero también con problemas sociales reales. Sus recetas desagradan, pero sus rivales no han sido capaces, ni en la derecha ni en la izquierda, de oponer mensajes y discursos más creíbles, más coherentes (3). Para la derecha, un bochorno. Para la izquierda, una tragedia, casi una amenaza existencial.

Y puestos a utilizar referencias teatrales, ninguna como la que le encaja a Fillon, el favorito de hace un par de meses solamente. Fillon pretendía parar a Le Pen como lo intentó hacer Sarkozy: robándole parte de su mensaje nacionalista, pero desde aproximaciones tradicionales, desde el neoliberalismo económico y el conservadurismo social. Y encima, con la seriedad que el expresidente nunca pudo adquirir.
               
El candidato de la derecha ha pasado de presunto ganador a un más que probable ex próximo presidente.El candidato de la derecha ha pasado de presunto ganador a un más que probable ex próximo presidente Una especie de Hillary Clinton de la política francesa. Perfectamente dotado para el cargo, pero abrasado por cuestiones relacionadas con su credibilidad, por una torpeza que pasará a los anales de la política francesa. Le ha lastrado un asunto si se quiera menor, pero muy dañino, porque ha proyectado esa impresión de impunidad propia de una casta que podía hacer casi lo que quisiera, sin temor a una sanción.
             
En fin, de aquí al 23 de abril no deben esperarse muchas novedades. Ni de los favoritos, porque una tiene tiene muy definido su mensaje (Le Pen), y el otro porque no quiere definirlo en absoluto (Macron). Tampoco de los outsiders:  o porque no tienen posibilidad real de ser otra cosa (Hamon y Melenchon), o porque hace tiempo que perdieron el tren de la victoria (Fillon).


(1) JOURNAL DU DIMANCHE, 19 de marzo.

(2) “Le macronisme est un nouveus giscardismo”. THOMAS GUENOLÉ. LE MONDE, 16 de marzo.


(3) “As French election nears, Le Pen targets voters that her party once repelled”. NEW YORK TIMES, 19 de marzo.

HOLANDA: LAS IDEAS ULTRAS AVANZAN MÁS QUE SUS VOTOS

16 de marzo de 2017
               
El avance nacional-populista en Europa parece desacelerarse, a tenor de los resultados (aun provisionales) de las elecciones holandesa. Es comprensible que el actual primer ministro, Mark Rutte, hable de “rechazo del populismo” o que su afín alemana, la canciller Merkel, se exprese en términos casi idénticos, con menos cautela de la que en ella es habitual. Pero el resultado merece un análisis más cuidadoso y las conclusiones no deberían ser muy optimistas.

TRUMP COMO VACUNA

Es cierto que el llamado Partido de la Libertad, del bombástico Geert Wilders, no ha experimentado el auge que se esperaba hace unos meses. Aun así, gana en votos y sobre todo en escaños (tenía 15 y pasará a contar con 20). En realidad, en las últimas dos semanas los sondeos ya anticipaban el frenazo de la euforia que respiraban sus huestes tiempo atrás.

Wilders ya había descontado lo insuficiente de su tirón. Entre los motivos que explican el frenazo pueden citarse ciertos excesos verbales (mayores de los habituales), o su errático fin de campaña, con ausencias dictadas por miedo a un atentado o por guiños tácticos de difícil lectura.  No debe descartarse el efecto negativo que ha podido tener el desastroso inicio de mandato de su inspirador, el imprevisible Trump. Las meteduras de pata del Presidente norteamericano no han embellecido el espejo en el que Wilders se ha proyectado a veces. Pero más que los errores propios o los de sus semejantes de fuera, al nacional-populismo le ha contenido la exitosa estrategia de sus rivales más próximos, los partidos tradicionales de la derecha holandesa.

EL GIRO NACIONALISTA DE LOS CONSERVADORES

El partido gobernante holandés, liberal-conservador, ha conseguido mantener un margen suficiente para encabezar el futuro gobierno, de coalición, por supuesto. Pero en la batalla electoral se ha dejado 8 o 9 escaños y, lo que resulta más inquietante, se ha hipotecado a un discurso que, sin ser xenófobo, se acerca la sensibilidad avivada por los populistas. 

Rutte ha asumido la fórmula sarkoziana de fagocitar los mensajes del Frente Nacional para embellecerlos luego con retórica moderada, liberal o republicana. De la misma manera, el primer ministros holandés respaldó el giro de Merkel y la CDU en el asunto de la inmigración y la política de acogida a los desplazados de países devastados por la guerra.

Un sociólogo de la Universidad de Utrecht lo ha definido con lucidez: algunos de los partidos tradicionales se han movido en una dirección más nacionalista, aprovechando del viento que impulsaba el auge populista”. Efectivamente, los cristiano-demócratas, con un discurso también más nacionalista, han subido apreciablemente (6 escaños), y otros euroescépticos menos estridentes que Wilders suman 5 escaños.

Al cabo, muchos partidos en el Parlamento: algo habitual y natural en Holanda. El sistema proporcional favorece la fragmentación, pero no la explica por completo. El electorado holandés reparte sus apoyos desde hace décadas y apuesta claramente por gobiernos de coalición. La fuerte participación refleja el interés social por estos comicios.

Especial atención merece el derrumbamiento de los socialdemócratas del Partido laborista, socios desventurados en el gobierno de Rutte y paganos estrepitosos de la política de austeridad, que ellos han defendido abiertamente. Pierden 28 o 29 de los 38 escaños y quedarán reducidos a una condición casi marginal en el nuevo Parlamento. Holanda es el último acto de la tragedia socialdemócrata europea, que necesita asumir una autocrítica sincera y convincente, repensar programas y elaborar estrategias coherentes y eficaces.

La sangría del socialismo democrático ha aprovechado a los ecologistas, que, con el triple de diputados que tenían ahora, se convierten en el quinto partido del país y ganan bazas suficientes para entrar en el gobierno, si lo desean. Han encabezado el discurso anti-populista y, juntos con los liberales progresistas del D-66, han recogido los votos de los sectores más alarmador por el auge nacionalista (2).

LA OPORTUNA CRISIS CON TURQUÍA

La mutación discreta y calculada de los liberal-conservadores se ha reflejado en la artificial e innecesaria, pero muy oportuna crisis con Turquía de los últimos días, justo los inmediatos a la cita electoral.

En tiempos de confusión y crispación, nada mejor que la agitación de las pasiones nacionales para pescar en río revuelto, aunque lo obtenido termine a la postre por resultar de lo más indigesto.

La firmeza de Rutte al enfrentar los propósitos demagógicos Erdogan en la campaña del referéndum que debe confirmar el reforzamiento de sus poderes y el giro autoritario en Turquía no responde a la defensa del llamado orden liberal. Rutte ha visto en la crisis una oportunidad para presentarse como un candidato fuerte, sólido y firme frente a los aspectos políticos más negativos de otras culturas, que casualmente vienen acompañadas del peso excesivo de la religión, y más concretamente del credo musulmán.

Al populismo autoritario e islamista conservador de Erdogan, Rutte parece haber optado por oponer una intransigencia basada aparentemente en principios liberales, pero orientada a afianzar otro tipo de nacionalismo, menos bronco, más presentable. De otra forma no se entiende que se haya impedido a miembros del gobierno turco participar en actos políticos destinados a sus emigrantes nacionales en Holanda. También en esto Rutte sigue la estela alemana, aunque sus urgencias electorales eran mayores y las circunstancias lo han colocado en vanguardia de la crisis, mientras el gobierno de Merkel ha podido situarse en una posición relativamente menos expuesta.

A Erdogan le ha venido bien esta refriega, de ahí que haya avivado el fuego con todo tipo de acusaciones e imprecaciones. La alusión a los nazis constituye una provocación calculada, más que el efecto de la ofuscación producida por la humillación infligida a los altos cargos turcos. Un analista y académico turco residente en Europa, Cengiz Candar, coincide con el exembajador europeo en Ankara, Marco Pierini, en que la política exterior turca es sólo un apéndice de la política interna y en concreto de los planes y ambiciones del Presidente. Sin duda, es así, pero no es algo exclusivo de Turquía. Hay motivos para pensar que ese mismo reflejo ha operado en Holanda y se puede detectar en potencias europeas de superior rango.  

Lo más probable es que, después de las elecciones, las aguas vuelvan a su cauce. La bronca entre aliados no es nueva, pero suele resolverse de manera más diplomática. Incluso la llaga greco-turca ha permanecido bajo control durante décadas, con algunos episodios aislados de mayor virulencia. Por mucho que Erdogan multiplique sus gestos amistosos e interesados con el Kremlin, Turquía necesita a la OTAN, es decir a Estados Unidos, pero también a Europa Occidental, si quiere que su proyecto político genere una hostilidad que no pueda dominar.

NOTAS

(1) “Geert Wilders falls short as wary Dutch scatter their votes”. NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(2) LE MONDE, 15 de marzo (varios artículos).

(3) “Turkey’s domestically dirven foreign policy”. MARCO PIERINI. CARNEGIE EUROPE, 27 de febrero.


LA DERIVA AGRIA DE LA OTRORA PLÁCIDA HOLANDA

8 de marzo de 2017
                
Comienza la semana próxima el maratón electoral más inquietante en la reciente historia de la perpleja Europa. Nunca antes las formaciones políticas moderadas se habían visto sometidos a tantos y tan amenazantes desafíos en las urnas.
                
Holanda es la primera prueba del año. Insólito hasta hace poco tiempo. Como en otros países fundadores de la Unión, los nacional-populistas (creo que ésta formulación es más precisa que la de extrema-derecha) figuran como favoritos en las encuestas, aunque su fuerza parece que se ha debilitado en las dos últimas semanas.
                
UNA FIGURA PROVIDENCIAL

El gran líder es Geert Wilders. O más que líder, hombre orquesta, casi un sumo sacerdote de la holandidad, si se permite el barbarismo. Se le corta el traje ideológico con pocas palabras: nacionalista a ultranza, xenófobo sin disimulos, enemigo declarado de la integración europea, adicto a los redes sociales y enfant terrible de la escena nacional. Amigo confeso de Israel, desde que pasó un periodo de juventud en un kibutz, curiosamente un modelo de inspiración socialista. El provocador político holandés es un especialista en agitar el debate con todo tipo de manifestaciones, tuiters y pronunciamientos gruesos. (1) En suma, el estilo Trump de incorrección política que tanto parece seducir a Esperanza Aguirre.

No en vano, Wilders es, de todos estos líderes nacional-populistas europeos, el más cercano al inquilino de la Casa Blanca (el único, en todo caso, que consiguió entrada en la Convención del pasado verano en Cleveland). Incluso tiene su Bannon, el diputado Martin Bosna, uno de los teóricos de este neo-nacionalismo europeo. Pero incluso sus críticos le conceden mayor inteligencia y habilidades políticas que al magnate estadounidense. Con estas credenciales, Wilders es algo así como el macho-alfa de la camada ultra en Europa (2).

Así lo contemplan también algunas organizaciones ultraconservadoras de Estados Unidos, que le han brindado apoyo económico, tanto para sus actividades políticas como para afrontar causas judiciales por panfletos y documentales anti-musulmanes (3)
               
Wilders teme por su seguridad. Mucho. Hasta el punto de interrumpir su campaña, o de refugiarse en los tweets y eludir actos públicos. Hace poco, los servicios de seguridad detuvieron a un ciudadano de origen marroquí relacionado con el hampa local que preparaba, supuestamente, un atentado contra él. Lo pusieron pronto en libertad, al comprobar que el individuo era un fanfarrón y poco más. Pero Wilders no se fía y ha restringido sus apariciones públicas. No se sabe si para protegerse o para blindar su ventaja en los sondeos (4).

UN PARLAMENTO FRAGMENTADO, UNA COALICIÓN TRABAJOSA

El Parlamento holandés cuentan con 150 diputados. Los nacional-populistas del Partido por la Libertad (extravagante nombre para lo que representan) podrían obtener en torno a un 20%, es decir, unos 30 escaños. Los liberal-conservadores del actual primer ministro Rutte rondan el 16%. A continuación, aparecen en los sondeos los liberales europeístas del D-66, los ecologistas del Partido de la Izquierda Verde y luego los dos partidos del espectro socialistas los socialistas de izquierda y los laboristas (social-demócratas), éstos últimos muy debilitados por su apoyo a las políticas de austeridad: uno de sus dirigentes, el ministro de finanzas, Jeroen Dijsselbloem, es el actual presidente del eurogrupo.

Todos los cálculos probables anticipan que será preciso una coalición de cinco partidos para asegurar una mayoría eficaz de gobierno. Nadie acepta entenderse con el partido de Wilders, ni siquiera los liberal-conservadores que ya experimentaron esa agria experiencia en otro tiempo, hasta que Wilders rompió la baraja. El problema es que, sin Wilders, las cuentas se quedan muy estrechas. Todos confían en que se repita lo que hasta ahora viene siendo habitual: que los nacional-populistas se desinflen en las urnas. Pero este momento es distinto.

UNA CARRERA METEÓRICA

El auge de Wilders se apoya en dos asesinatos. El político Pym Fortuny y el cineasta y documentalista Theo Van Gogh, dos destacados portavoces de la supuesta “islamización de Holanda”, fueron asesinados en 2002 y 2004, respectivamente. Hasta esa fecha, la xenofobia parecía controlada en el país. En la última década ha crecido de manera inquietante y Holanda ha aportado algunos de los teóricos más vociferantes de la xenofobia europea, aunque cueste creerlo en un país con unas tradiciones de libertad, tolerancia y protección social más sólidas del continente. Wilders, por tanto, no ha inventado nada, pero le ha dado a la xenofobia populista un alcance que no había tenido antes. Con toda soltura utiliza expresiones como “chusma marroquí” y otras lindezas.

A sus rivales políticos les preocupa su capacidad para poner en evidencia e implantar en los votantes las debilidades, contradicciones, incumplimientos y fracasos de los demás. Quizás por eso, sin asumir de forma clara el discurso xenófobo, algunos partidos holandeses se han mostrado mucho más proclives al control migratorio y se han desmarcado de la idea merkeliana, ya corregida, de puertas abiertas a los refugiados (5). Como hizo Sarkozy en su momento ante el auge del Frente Nacional.

Wilders ha conseguido también debilitar el compromiso de la sociedad holandesa con el proceso de construcción europea. Durante décadas, los dutch figuraban siempre entre los más adeptos, como integrantes del núcleo fundador (e incluso antes, con la constitución del Benelux). Pero como sostiene Kem Korteweg, analista del londinense Centro para la Reforma europea, las cosas están cambiando muy sensiblemente (6).

Desde fuera de Holanda sorprende que, entre algunas minorías por lo general discriminadas en no pocos países, como los homosexuales, crezca el apoyo electoral a esta Partido por la Libertad. La explicación parece sencilla. Esas minorías ven en el Islam, o al menos en algunos de sus exponentes, una amenaza de intolerancia y negación de la libertad individual. De hecho, Fortuny era gay y su discurso ahondaba en esta desconfianza hacia el crecimiento de la población musulmana en Holanda.

Con 17 millones de habitantes y una superficie similar a la de Extremadura, Holanda es el país más densamente poblado de Europa, como es de sobra conocido, y el peso de la población de origen extranjero ha crecido en las últimas décadas, sin duda, pero no llega a la cuarta parte del total. Dos de las comunidades más numerosas son los marroquíes y los turcos, con 400.000 cada una, en números muy redondos. La acumulación de estas minorías en determinados barrios de ciudades neerlandesas ha disparado la xenofobia.

Pero el factor fundamental ha sido el debilitamiento del estado de bienestar. Holanda ha sido considerado muchos años por el Instituto Brueghel como un país más del llamado “modelo nórdico”, debido a la fortaleza y amplitud de su sistema de protección social. La crisis ha deteriorado eso notablemente. La conocida sensación, en parte real, en parte inducida, de que “no hay para todos” es un mantra también ya en Holanda.

Los nacional-populistas apelan a las capas más modestas de la población autóctona, porque son ellas las que “compiten” con los inmigrantes por la consecución de las ayudas. Este discurso de protección de los trabajadores nacionales, un mantra en Le Pen, en Trump, de la Liga Norte italiana o en los alemanes de AfD, es también el reclamo electoral de Wilders. El líder populista acusa a los partidos de izquierda de haberse refugiado en un electorado funcionarial o de empleados públicos, cuando no de la burguesía acomodada, y de haberse olvidado de los obreros y empleados, de los más vulnerables ante la crisis económica  y social.

NOTAS

(1) “Why the Dutch are drawn to right-wing populist Geert Wilders”. SEBASTIAN FABER. THE NATION, 21 de febrero.

(2) “Geert Wilders, reclusive provocateur, rises before Dutch vote”. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.

(3) “Before the elections, Dutch fear Russian medling, but also U.S. cash”. NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(4) “Dutch Trump even scares his own brother”. NADETTE DE VISSER. THE DAILY BEAST, 28 de febrero.

(5) “Aux Pays-Bas, le leader d’extrême droite Geert Wilders domine la campagne des legislatives”. LE MONDE, 28 de febrero.

(6) “How the Dutch fell out of love with the EU”. KEM KORTEWEG. CARNEGIE ENDOWMENT IN EUROPE, 2 de marzo.