BOLIVIA: DE LA SOSPECHA DE FRAUDE AL GOLPE BLANDO


13 de noviembre de 2019

El fantasma del golpe de Estado vuelve a América Latina, cuando ya se creía un recurso conjurado, anacrónico, grosero. Bolivia acaba de vivir una alteración de la vida democrática por la fuerza, o por la amenaza de la fuerza, después de tres semanas de confusión, caos inducido, provocaciones evidentes e interferencia exterior más o menos disimulada. Las discretas pero decisivas presiones militares zanjaron una oscura riña poselectoral.
                
UN RECUENTO CUESTIONADO
                
La secuencia de los acontecimientos es conocida. El recuento de las elecciones celebradas el 20 de octubre se interrumpe bruscamente cuando los resultados arrojaban una ventaja de Evo Morales sobre su competidor de centro derecha, Carlos Mesa, de unos 9 puntos, por debajo de los 10 que hubiera significado la reelección automática del actual presidente. Al cabo de cuatro días, al publicarse la actualización de los datos, la ventaja de Morales ya era de 10 puntos y medio, lo que hacía innecesaria la segunda vuelta.
                
La oposición estalla en cólera y denuncia irregularidades masivas y fraude. Evo Morales  dice primero que sus adversarios no aceptan los resultados y se niega a negociar, pero ante la extensión de la protesta en la calle, pone la solución en manos de los observadores de la Organización de Estados Americanos. Antes de que esta entidad, controlada por Estados Unidos y decididamente hostil al líder indígena y su Movimiento al Socialismo (MAS), emita su dictamen, se agravan los disturbios en la calle. Se producen enfrentamientos entre seguidores de ambos bandos. Grupos armados asaltan sedes partidarias, domicilios particulares de familiares y correligionarios y representaciones diplomáticas (venezolanas, cubanas y mexicanas). Un sector de la policía, con el beneplácito del mando, se alinea con la oposición y manifiesta su voluntad de no intervenir. Hasta que se produce otra vuelta de tuerca.
                
El pasado domingo, el jefe del Ejército, el general  Kaliman, proclama que Morales debe dimitir para evitar una confrontación incontrolable entre bolivianos. El presidente cree haber perdido la partida y anuncia su dimisión. Sus colaboradores más próximos en el Ejecutivo y Legislativo hacen lo propio. Se origina un vacío de poder y la vicepresidenta del Senado, Jeanine Áñez, una política conservadora de la oposición, se autoproclama presidenta interina y anuncia la celebración de nuevas elecciones en enero.
                
Todavía resulta difícil saber lo que en verdad ha ocurrido estas tres semanas de disturbios en Bolivia. El proceso de escrutinio levanta razonables sospechas. Ciertamente, la orografía del país, el desperdigamiento de la población y los pobres recursos electorales no permiten la agilidad deseada. Pero el cambio de escenario tan brusco abona la desconfianza. Los observadores de la OEA han afirmado en un informe escrito que no hay base estadística que sostenga ese salto en el recuento. Pero, como ha puesto de manifiesto el corresponsal de LA VANGUARDIA, este organismo internacional ha sido poco transparente en sus pesquisas y arrastra una trayectoria de servilismo a los dictados norteamericanos (1). Otro factor decisivo en la valoración de lo ocurrido es la violencia y la precipitación con que la oposición ha actuado en la denuncia de fraude, sin esperar siquiera al dictamen de los observadores internacionales.
                
HOSTILIDAD PERMANENTE
                
La desconfianza de estos sectores de centro-derecha hacia el movimiento indigenista socialista no comienza con esta polémica electoral. Ni con el cumplimiento de la provisión constitucional que impide aspirar a más de dos mandatos consecutivos. Tampoco tras la primera elección del exdirigente sindicalista cocalero, en 2006. Ya antes de llegar al poder, Morales era visto como un enemigo peligroso al que había que cerrar el camino a toda costa.
                
En 2005 viajé a Bolivia para elaborar un reportaje de EN PORTADA (TVE). En ese momento, el actual candidato del centro-derecha, Carlos Mesa, era presidente, tras la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada, en 2003, debido a unas protestas populares por los programas de recortes impuestos por el Fondo Monetario Internacional.
                
Evo Morales, entonces ya líder del MAS, movilizó a sus seguidores en La Paz y en las regiones andinas y desafió a Mesa con un movimiento casi insurreccional. Las carreteras y vías de acceso fueron bloqueadas y algunos servicios públicos interrumpidos. En Santa Cruz, la capital económica del país y feudo de los sectores más conservadores de Bolivia, Morales era considerado como un peligroso líder izquierdista que iba a provocar la ruina del país. El Comité de Santa Cruz, una coordinadora de entidades empresariales, profesionales y ciudadanas de corte claramente corporativista y discurso abiertamente reaccionario, se erigió en estado mayor de resistencia ante un inminente triunfo electoral del MAS. Evo declaró a TVE que los criollos bolivianos harían todo lo posible para evitar que “ganara el indio”.
                
Cuando se consumó la victoria electoral del MAS de Morales, esa hostilidad se agudizó. El periodo de bonanza económica por el alza de los precios del petróleo y el gas permitió que el dirigente aimara pusiera en marcha programas de reducción de la pobreza, como los de Chaves en Venezuela, Lula en Brasil y los Kirchner en Argentina. Fue la “oleada rosa” que cubrió buena parte de América Latina en la segunda mitad de la primera década del siglo.
                
La coyuntura cambió con el bajón de la demanda de materias primas provocada por la Gran Recesión de 2008-2012. El derrumbamiento de las bases que sostenían el régimen bolivariano en Venezuela, los escándalos y las manipulaciones de los asuntos de corrupción en Brasil, las contradicciones, el autoritarismo y los embustes del neoperonismo en Argentina y la falta de tiempo y coherencia estratégica de los distintos proyectos de transformación prepararon el terreno para la involución política en la región registrada en los últimos años.
                
COMPARACIONES FORZADAS CON VENEZUELA
                
Si Bolivia aguantó con un líder izquierdista al frente fue por las peculiares condiciones del país y la polarización extrema de la realidad social y las propuestas políticas. La oposición boliviana sostiene que se venía viviendo un proceso autoritario similar al venezolano. Las acusaciones, descalificaciones y deslegitimación general de las autoridades suenan muy parecidas. Es cierto que Evo ha dado muestras de atrincherarse en el poder, con el argumento de que es necesario mucho más tiempo para revertir dos siglos de oligarquía política e injusticia social, por no hablar de los siglos coloniales. Su empeño en forzar la Constitución para tener la oportunidad de rebasar la limitación os mandatos electorales no hizo más que confirmar las sospechas opositoras. Desde 2014 se acusa a Evo de querer convertir a Bolivia en otra Venezuela . U otra Cuba.
                
Los avances sociales de estos tres lustros de gobierno están acreditados por organismos externos poco sospechosos de complicidad con el socialismo bolivariano. El índice de pobreza ha pasado del 38% al 15%.  Los sectores más pudientes de la sociedad boliviana, sin embargo, ponen el acento en la incompetencia, el burocratismo y la arrogancia del aparato estatal y denuncian los síntomas del hundimiento económico, que llevan prediciendo desde el comienzo de la era Morales.
               
Evo ya ha sido derribado, aunque ganara sin discusión en la primera vuelta electoral. Ha encontrado exilio en México, país refugio tradicional, gobernando ahora por un dirigente izquierdista-populista, por primera vez desde Lázaro Cárdenas en los años treinta. El líder indígena ha prometido que volverá con más energía. Esta derrota producto de un golpe blando coincide con la puesta en libertad provisional de Lula en Brasil, los movimientos populares de protesta en Chile y Ecuador y el triunfo electoral de la izquierda populista en Argentina. Es pronto para predecir el curso de los acontecimientos, pero parece evidente que algo se mueve, aunque sea en zig-zag, en América Latina.


NOTAS


(1) “La incógnita boliviana”. ANDY ROBINSON. LA VANGUARDIA, 13 de noviembre.

¿UNA SEGUNDA PRIMAVERA ÁRABE?

6 de noviembre de 2019

                
Las recientes manifestaciones en Líbano e Irak exigiendo una vida digna y la retirada de los dirigentes políticos actuales ha precipitado análisis y reflexiones sobre una reactivación de la fallida primavera árabe de 2011-2013. Habría que añadir en esta nueva oleada del despertar ciudadano la continuidad de las protestas en Argelia o las movilizaciones populares en Sudán, que derribaron a Omar Bachir y abrieron un proceso de cambios aún por evaluar.
                
Irak y Líbano son países muy diferentes, pero comparten ciertos rasgos comunes, que podrían explicar en parte las razones de las protestas públicas actuales:
                
- división comunitaria por confesiones religiosas o étnicas: chiíes, sunníes y kurdos, en Irak; y en Líbano, además de las dos primeras comunidades musulmanes anteriores, drusos y cristianos, fundamentalmente.
                
- sectarismo político, aunque gestionado de forma diferente en uno y otro país: en Líbano rige un acuerdo de reparto de los principales cargos del ejecutivo y legislativo, mientras en Irak se intenta establecer una cooperación política entre las tres comunidades, sin demasiado éxito, no obstante.
                
- fuerte influencia histórica y presente de potencias extranjeras, tanto vecinas (Irán, Israel, Arabia Saudí) como lejanas (Estados Unidos).
                
- deterioro creciente de las condiciones de vida de amplias capas sociales, no sólo de las más desfavorecidas.
                
- amenaza seria de desestabilización grave, sin excluir la deriva bélica, debido a las fracturas internas, pero también a las ambiciones externas.
                
Si estos son, a grandes rasgos, las semejanzas entre Líbano e Irak existen notables diferencias, que abundan en la profundización de las respectivas crisis internas.
                
LÍBANO: LA SOLUCIÓN PENDIENTE
                
Líbano ha vivido las dos últimas décadas bajo la ilusoria pretensión de haber superado la sucesión de guerras civiles que desangraron y destruyeron el país. Los acuerdo de Taïf, a finales de los ochenta, consolidaron un equilibrio de poder entre cristianos maronitas, sunníes y chiíes     que, en apariencia, han venido funcionando mal que bien. Nada imaginativo, ni siquiera nuevo: existía antes, aunque se le dio nuevo impulso y respaldo regional. Lo que cambió en Líbano desde comienzos de los noventa fue la intervención de las potencias vecinas.
                
Israel dejó de actuar a través de sus aliados cristianos, en particular la facción falangista de los Gemayeh, como había hecho para prevenir las acciones armadas de las facciones palestinas, y se dejó llevar por la tentación de la invasión directa y prolongada cuando las milicias chíies de Hezbollah, financiadas, entrenadas y armadas por Irán, se convirtieron en principal enemigo libanés. Con resultado catastrófico: derrota política y militar.
                
Irán es la potencia regional con mayor peso actual en Irak y Líbano y, por tanto, la que más tiene que perder con las recientes protestas (1). La creciente influencia demográfica, política y militar de los chiíes en las últimas décadas ha sido el factor más decisivo en el juego de poder en el Líbano. Hezbollah ha pasado de ser un movimiento de contestación de desfavorecidos a un factor indesplazable de poder, más allá incluso de las fronteras nacionales. Sus milicias han resultado decisivas en la victoria del régimen de Assad en la guerra de Siria.
                
Israel considera a Hezbollah la vanguardia militar de Irán en la región y una amenaza de primer orden para su seguridad. Hoy en día, éste es el próximo conflicto bélico más probable en Oriente Medio. Es paradójico, no obstante, que su fortaleza se puede convertir precisamente en causa directa de su debilidad. Hezbollah ha intentado frenar las protesta porque ya es parte del establishment libanés. De hecho, es la formación más refractaria a los cambios (2).
                
También los saudíes tratan de contrarrestar la influencia de Irán. De hecho, hace dos años mantuvieron retenido durante unas horas al primer ministro sunní Hariri, durante una visita oficial a Ryad y lo obligaron a leer una declaración de dimisión, que luego anuló. Ahora, Hariri ha dimitido otra vez, quizás en un intento de momento infructuoso por aplacar las protestas. No se descarta que el presidente Michel Aoun, cristiano, le encargue de nuevo la formación de un gobierno, que podría ser de amplia base, aunque algunos analistas consideran que el empresario sunní, hijo de un anterior jefe de gobierno que se sospecha fue asesinado por agentes sirios, esté ya amortizado (3).
                
El presidente Aoun es una figura histórica de enorme influencia, con una trayectoria volátil. En su día fue aliado de los israelíes, como la mayoría de los políticos cristianos, pero luego fue sopesando sus alianzas y ahora es un colaborador interesado de Hezbollah, para preservar un cierto equilibrio. No se ha entendido bien con Hariri y se ha alejado de Israel.
                
IRAK, ENTRE IRÁN Y ESTADOS UNIDOS
                
Irak presenta un panorama aún más endiablado. Las elecciones del año pasado no arrojaron un resultado concluyente. El gobierno que finalmente pudo constituirse es deudor de muchas lealtades contrapuestas. Irán conserva una influencia decisiva, no sólo a través de su engrasado aparato financiero de los partidos chiíes, sino fundamentalmente por la presión de las milicias afines (Fuerzas de Movilización popular), decisivas en la derrota del Daesh. Hay acuerdos con los sunníes moderados, o con los kurdos, aunque a regañadientes.
                
La influencia de Estados Unidos, aún menguante, no es todavía desdeñable. La retirada norteamericana no es completa, su peso en la estructura de seguridad es importante y las presiones para que Bagdad resista a las exigencias de Teherán son constantes. Washington se sintió muy molesto por el gobierno sectario de Al Maliki, encontró mejor interlocutor en Al Abadi y ahora tiene serias dudas sobre la solidez y eficacia de Al Mahdi. Los tres, chiíes, pero con sensibilidades diferentes y distintos grados de dependencia del vecino Irán.
                
Un factor clave en la hegemonía chií es la posición del Gran Ayatollah Al Sistani, una figura indiscutible y venerada por los masas y por las élites políticas y sociales. El santón chií, desde su discreto rincón de Kerbala, trata de mantener unido el país y pone mala cara a los intentos de interferencia de sus correligionarios iraníes, con los que nunca ha tenido una relación cómoda. Pero tampoco acepta las imposiciones norteamericanas. Se le escucha y se le hace caso, pero no dicta la política cotidiana. Otros clérigos chiíes, como el otrora antinorteamericano radical Moqtada Al-Sadr, ahora más conciliador, ejercen una fuerte influencia debido a su peso parlamentario pero sobre todo a su implantación social entre las masas más desfavorecidas del chiismo en las grandes aglomeraciones urbanas como Sadr City.
                
En las calles de la capital y en otras ciudades el desafío es cada vez mayor y menos sectario. Se proclama la voluntad de prolongar la huelga general hasta que se produzca un cambio político profundo, aunque ya se contabilizan 270 muertos en las protestas. Como en Líbano, las fuerzas proiraníes parecen el blanco preferente. (4).
                
FUTURO INCIERTO
                
Las manifestaciones en Irak y Líbano coinciden en denunciar la corrupción, reclamar la renovación de las respectivas clases políticas, medidas efectivas que mejoren la vida cotidiana de la población y un mejor reparto de la riqueza. Son reivindicaciones que estaban en el origen de la primavera árabe de 2011. Algunos analistas se preguntan si estamos ante el renacimiento de aquel movimiento ciudadano
                
La directora para Oriente Medio del think-tank CARNEGIE considera que las las condiciones que favorecieron la primera oleada de protestas siguen intactas: estancamiento del crecimiento económico, desempleo extendido sobre todo entre la juventud, incremento de la pobreza y de la falta de oportunidades,  deterioro de los servicios públicos y autoritarismo de las élites, entre otros (5).
                
Otro analista, el diplomático y  exministro jordano Marwan Muasher, estima que los ciudadanos árabes han aprendido de los errores de entonces y extraído las consecuencias de la deriva desastrosa en Siria, Libia y Yemen o de la involución en Egipto (6). Los ejemplos más recientes de Sudán y Argelia, que se detectan con menos intensidad en una veintena de países más, consagran una vía pacífica de protestas. Pero admite que es difícil saber si estamos en realidad ante una Primavera árabe 2.0 y si esta versión será más eficaz que la precedente.


NOTAS

(1) “Iran is losing the Middle East protests in Lebanon and Iraq show”. HANIN GHADDAR. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST, 22 de octubre.

(2) “Hezbollah’s old tricks won’t work in Lebanon”. MICHAL KRANZ. FOREIGN POLICY, 4 de noviembre.

(3) “After the Lebanon protests: between the Party of God and Party of People”. MAHA YAHYA. CARNEGIE MIDDLE EAST, 1 de noviembre.

(4) “L’Irak en grève ‘jusqu’à la chute du régimen’”. LE MONDE, 3 de noviembre; “La soif du vengeance des familles de manifestants tués”. LE MONDE, 6 de noviembre.

(5) “The Middle East’s lost decades. Development, dissent and the future of the Arab world”. MAHA YAHIA. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre 2019.

(6) “Is this the Arab Spring 2.0?”. MARWAN MUASHER. CARNEGIE MIDDLE EAST, 30 de octubre.              

GRAN BRETAÑA: LA BATALLA DEL BREXIT CAMBIA DE CAMPO


30 de octubre de 2019
                
Los partidos políticos británicos han decido librar la siguiente batalla del Brexit en un campo distinto al actual: del Parlamento a la calle. Con apenas alguna excepción menor (sólo 20 votos en contra por 438 a favor), los diputados aceptaron la disolución de la Cámara de los Comunes y el sometimiento al veredicto de las urnas, el próximo 12 de diciembre, después de que la oposición se asegurara un nuevo aplazamiento de la fecha de salida de la UE.
                
El Brexit está ahora en manos de quienes lo decidieron: los ciudadanos. Las elecciones, no obstante, podrían no resultar concluyentes en este aspecto, según el resultado que arrojen, en vísperas de un invierno político que podría ser el más largo de los últimos años. Veamos los escenarios probables.
                
1) UN TRIUNFO CONSERVADOR
                
El líder conservador, Boris Johnson, quería estas elecciones más que nadie, porque no ha sido capaz de hacer pasar su plan de abandono de la UE, pese a las concesiones hechas en el último tramo, en particular en el asunto irlandés. A pesar de su habitual fanfarronería, ha tenido que aceptar derrotas innegables. Su bravata de que prefería “aparecer muerto en una zanja” antes que volver a retrasar la fecha del Brexit se ha quedado en farol. El Parlamento lo obligo a demandar otra demora a la UE y él trató de tapar la humillación con una carta adjunta en la que se desmarcaba de la iniciativa. Un gambito propagandístico sin efecto alguno.
                
Ahora, Johnson confía en que las elecciones le otorguen la mayoría que precisa para hacer pasar el deal (acuerdo) negociado con Bruselas, que ahora le han negado los diputados salientes. Algunas encuestas le predicen una mayoría holgada de 85 escaños, pero como recuerdan algunos analistas estos días, Theresa May disfrutaba de pronósticos aún más favorables en 2017 y las urnas le devolvieron un resultado peor que el que tenía, con la lacerante pérdida de su mayoría parlamentaria. Ya se sabe que las urnas las carga el diablo.
                
Ciertamente, los tories disponen de muchas bazas para recuperar el favor de la calle, tras un proceso infernal y devastador para casi toda la clase política. Pero, como señala el semanario THE ECONOMIST, existen factores muy inquietantes que no permiten que el Primer Ministro se confíe: a) la volatilidad creciente del electorado; b) el panorama negativo para los tories en áreas muy pobladas del país (Londres, el sureste y los distritos universitarios, Escocia, etc) que no está claro que puedan compensar con avances en áreas laboristas pro-Brexit (las Middlands; c) el efecto negativo para sus intereses que podrían tener las renuncias de Johnson y su aprovechamiento por los ultra escépticos de Neil Farage; d) el desplazamiento del interés de los votantes hacia otros asuntos distintos al Brexit (1).
                
2) UNA VICTORIA LABORISTA
                
Hace unos meses, este escenario era el más probable. Ya no lo es ahora, debido a las fractura interna en el Labour. Fractura múltiple, en realidad: entre brexiteers y remainers, entre izquierdistas (aliados del líder Corbyn) y centristas (a los que se unen los blairistas, más a la derecha, y entre parlamentarios y bases tradicionales.
                
Difícilmente una victoria laborista sería suficiente para cambiar el rumbo. La posición oficial sobre el Brexit consiste en negociar otro acuerdo con los 27 y someterlo a referéndum. Es decir, no estaríamos ante una conclusión del culebrón por la vía rápida. Por no hablar de un posible desafío de los contestatarios al liderazgo de Corbyn para detener el divorcio de Europa.
                
3) UNA ALIANZA PROEUROPA
                
Si las elecciones vuelven a producir un hung Parliament, un Parlamento sin mayoría, podría darse el caso de una Alianza entre partidos que favorezcan la permanencia en la UE, compuesta por laboristas remainers, liberaldemócratas, nacionalistas escoceses y regionalistas galeses, aunque esta hipótesis es muy forzada, debido a la división laborista. En este partido, la solución más previsible de consenso sería un acuerdo de separación pactado con la UE, antes que una permanencia que dejaría muy insatisfechos a millones de sus votantes.
                
Por otro lado, una Cámara tan fragmentada, obligada a un coalición amplia, es poco probable, debido al sistema electoral británico.
                
Otro factor que puede influir en los resultados es la fecha electoral. Hace casi cien años que no se celebran comicios generales a mitad de diciembre, unos días antes del comienzo del invierno y de la Navidad. Algunos analistas predicen un abstención más alta de lo habitual. La campaña comenzará la semana que viene, un día después de la disolución formal de la Cámara (6 de noviembre). Se prevén cinco semanas de fuertes debates públicos que podrían reforzar la fuerte polaridad que se observa ya en el país (2).
                
En definitiva, el otoño viene cargado con dos elecciones generales anticipadas y de incierto resultado en dos de los países más importantes de Europa (España y Reino Unido), las incertidumbres sobre la coyuntura económica, la fragilidad del liderazgo alemán (la derecha nacionalista continúa avanzando en el Este y la sucesora de Merkel evidencia signos inquietantes de debilidad) y el bloqueo del diálogo con el aliado norteamericano por el proceso del impeachment y el inminente inicio del proceso electoral.
               
NOTAS

(1) “Boris Johnson gets his Christmas elections, but the poll is a big gamble for the Tories”. THE ECONOMIST, 29 de octubre.

(2) “Snap election: a reckoning that the voters may not want”. EDITORIAL, THE GUARDIAN, 30 de octubre.

SIRIA: DE LA INCOMPETENCIA A LA CATÁSTROFE

16 de octubre de 2019

                
En tan sólo unos días, Trump ha conseguido que una guerra que duraba siete años y estaba próxima a resolverse, al menos en su fase militar, se haya reavivado y adquirido una dimensión internacional aún más amplia y complicada. El norte de Siria es hoy un lugar mucho más inestable, un peligro creciente para la paz regional y motivo de escarnio para el entramado diplomático y militar de la superpotencia mundial. Pocas veces se ha visto un desastre autoinfligido de estas proporciones.
                
Y lo peor es que la decisión presidencial se venía venir, que no ha sido consecuencia de una crisis inesperada o de un acontecimiento repentino. Es el famoso “instinto”, del que Trump presume con la audacia de quien se siente único cuando en realidad ignora casi todo.
                
Al anunciar la retirada del millar de soldados -unidades especiales, la mayoría- que protegían a las milicias kurdo-sirias vencedoras de los yihadistas del Daesh, Trump envió la señal que el presidente turco estaba esperando para modificar el mapa regional y crear una situación de mejor acomodo a sus intereses. Que el presidente norteamericano no le diera luz verde expresa es irrelevante: a un personaje como Erdogan le basta con que le abran la puerta, no es necesario que le inviten a pasar.
                
OPERACIÓN PEACE SPRING
                
El nuevo sultán tiene una necesidad, un propósito y un designio al invadir Siria. La necesidad es crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad, para alojar allí a millones de sirios huidos de su país durante la guerra, que malviven hacinados en campos de refugiados. El propósito va más allá de la necesidad humanitaria: pretende acabar con el experimento político kurdo afincado en la frontera que alienta a los connacionales de Turquía, de forma que se elimine cualquier riesgo de contagio. El designio supera al propio Erdogan, pero él cree que puede interpretarlo: convertirse en un actor imprescindible,  no sólo en Siria, sino en todo el Oriente Medio, ahora que el abandono de Washington abre el juego (1).
                
Al percatarse de que su decisión no era tan brillante como él había imaginado y que los turcos se tomaban el brazo, cuando sólo les había ofrecido la mano, Trump manipuló el relato para capear el temporal. Pero Erdogan tenía preparada la operación desde hace meses (un año o más, en realidad) y se movió con rapidez. Avance de tropas mercenarias sobre el terreno, apoyo artillero y bombardeos aéreos para provocar el pánico en la población y poner a las milicias sirio-kurdas a la defensiva. Tampoco se privó de liberar presos yihadistas, potenciales cómplices futuros si le hicieran falta (2). Ni de permitir actos de gansterismo, como el asesinato de una líder kurda y su chofer (3). 
Que Trump anunciara sanciones económicas a los principales dirigentes turcos e incluso amenazara con “destruir la economía turca” no modificó los planes de Erdogan, ni cambió el rumbo de los acontecimientos. Ya era tarde
                
Los kurdos, que llevan un siglo soportando traiciones y engaños de las potencias occidentales (4) se defendieron como pudieron, por supuesto, pero, haciendo de tripas corazón, pactaron con Assad (soldados sirios ya patrullan en áreas kurdas) y se encomendaron a la única potencia con capacidad para construir un orden alternativo al de Estados Unidos: Rusia. 

El año pasado, cuando Trump amagó con el repliegue que ahora ha ejecutado, los kurdos sirios declinaron una oferta de Moscú, porque creían que Washington frenaría a Erdogan. No lo hizo del todo (los turcos ocuparon Afrin, en el extremo occidental de la zona) pero la operación fue limitada y se mantuvo el precario status quo en esa región que los kurdos  llaman Rojava (5).
                
RUSIA RECOGE EL TESTIGO
                
Putin ha jugado las cartas con destreza profesional. El Kremlin goza de bazas limitadas, pero, como no hace estupideces, obtiene resultados razonables. Para los rusos, lo principal es que la Siria de Assad vuelve a ser el actor regional de antes de la guerra, después de haberla ayudado a ganar un envite militar impresionante.  Pero Putin tiene que resolver ese triángulo infernal que forman Turquía, Siria y los kurdos. La forma de hacerlo es paciencia y habilidad: dando a cada uno lo que cree que le pertenece y consiguiendo que todos acepten concesiones. Sin vencedores ni vencidos.
                
Siria anhela recuperar la soberanía sobre el conjunto del territorio, conceder una forma de autonomía a los kurdos y garantizarse la protección rusa frente al empuje turco. 

Turquía puede aceptar la continuidad del régimen sirio, al menos por el momento, siempre que la frontera no se convierta en un laboratorio de un proyecto nacional kurdo y se tenga a raya a las milicias del YPG. 

Por su parte, los kurdos regresan a esa casilla que les es tan conocida: la lucha por la supervivencia. Sólo Moscú puede proporcionarles la protección que hasta ahora les garantizaba Washington. Limarán su poder militar, convertirán a sus soldados en policías y tratarán de mantener su modelo social más o menos a flote, pese a ser muy subversivos para los dos países entre los que se encuentran atrapados, como ha explicado muy bien Jenna Krajeski tras convivir tiempo prolongado con ellos (6).
                
Trump podría conformarse con eso, siempre que le permita alardear de haber puesto fin a una de esas “guerras interminables” que prometió liquidar durante su campaña electoral. Pero el establishment político, diplomático y militar norteamericano tiene una visión más completa de lo que se ventila en la región. El renacimiento de la Siria alauí (una rama local de chiismo) no sólo conforta a Moscú, sino que refuerza la supuesta pretensión de Irán de extender sus tentáculos en Oriente Medio. Assad no habría ganado esta guerra sin el apoyo ruso, pero los guardianes de la revolución islámica iraní y los milicianos libaneses chiíes de Hezbollah (financiados y armados por Teherán) han librado batallas claves para la supervivencia del régimen baasista.
                
MALESTAR EN WASHINGTON
                
Hace unos meses el secretario Pompeo, altoparlante diplomático de Trump, proclamó que Washington no pararía hasta conseguir que la “última bota iraní saliera de Siria”. Para lograr tal objetivo, no parecía muy juicioso sacar antes de allí a las botas norteamericanas. Pero ese es el tipo decisiones incoherentes que prodiga su jefe. Como sostiene Martin Indyk, un veterano de la diplomacia norteamericana en la región, el abismo entre la retórica de Trump y los hechos sobre el terreno no resisten un mínimo escrutinio (7). El nuevo equilibrio en Siria fortalece al Kremlin, proporciona a Irán una plataforma de conexión con el Mediterráneo y favorece una eventual resurrección del Daesh. Inaceptable para Washington.
                
Este desastre que un presidente bajo sospecha ha originado quizás sea “irreparable”, como sentencia el WASHINGTON POST (8). Su “instinto” ha provocado una “calamidad inmediata”, en palabras de David Sanger, analista de seguridad del NEW YORK TIMES (9). Sólo cabe esperar que Putin ordene el tablero y pacifique las riberas del Éufrates. Luego puede pasarle la factura a Trump, siempre que éste sobreviva al impeachment, a la contienda electoral o a sí mismo. ¿Quién mejor, para preservar los intereses de Rusia en este tiempo de turbulencias en el que las alianzas ya no sirven y el equilibrio en varias zonas del planeta se encuentra en permanente revisión?


NOTAS

(1) “What is driving Turkey’s invasion y what comes next”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE OF NEAR AND MIDDLE EAST, 12 de octubre.

(2) “Turkish backed Syria Free Army is deliberating releasing ISIS prisoners”. LARA SELIGMAN. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(3) “Syrian arab fighters backed by Turkey kill two Kurdish prisoners”. THE NEW YORK TIMES, 13 de octubre.

(4) “The Kurdish Awakening”. HENRY J. BARKEY, FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril 2019; “The secret origins pf the U.S.-Kurdish relationship explain today’s disaster. BRYAN GIBSON. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(5) “The scramble for northeast Syria”. AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.


(6) “What the world loses if Turkey destroys the Syrian kurds. A radical political experiment is in peril”. JENNA KRAJESKI. THE NEW YORK TIMES, 14 de octubre.

(7) “Disaster in the desert. Why Trump’s Middle East Plan can´t work”. MARTIN INDYK. FOREIGN AFFAIRS, 15 de octubre.

(8) “Trump followed his gut on Syria. Calamity came fast”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 15 de octubre.

(9) “Trump’s blunder in Syria es irreparable”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 15 de octubre.

ABIY AHMED, UN GORBACHOV AFRICANO

11 de octubre de 2019

                
Abiy Ahmed, flamante Premio Nobel de la Paz 2019, es el joven (tiene 42 años) primer ministro de Etiopía, uno de los países africanos más poblados (100 millones de habitantes) y diversos étnicamente (80 grupos distintos).
                
La Academia le ha distinguido con el galardón más prestigioso de la escena mundial “por sus esfuerzos dedicados a la paz y la cooperación internacional y en particular su iniciativa para resolver el conflicto fronterizo con Eritrea”. En realidad, el proceso de reconciliación entre Etiopía y su antigua provincia, independizada en 1993, se había iniciado antes de su llegada al poder, hace ahora año y medio. Pero, ciertamente, Aby ha trabajado intensamente estos 18 meses por poner en práctica los acuerdos de paz. Uno de sus gestos más simbólicos fue su visita a Asmara, la capital eritrea, donde pronunció un histórico discurso, que bien podría ser comparado con el que Sadar protagonizó en la Knesset israelí en 1977.
                
Abiy no es un populista ajeno a  la política etíope. Forma parte del grupo dirigente del Frente Democrático de Etiopía, que lleva gobernando el país desde la destitución del dictador militar Mengistu Haile Mariam, en 1991. Pero Abiy no pertenece a la etnia Tigray, dominante aunque no mayoritaria (sólo un 10% de la población), sino a los oromo, una de las principales del país, pero con escaso peso hasta ahora en las jerarquías del Estado y del partido (1).
                
Este joven político africano ha sido valiente en sus ambiciones políticas. Luchó por el liderazgo del partido-Estado desde posiciones subalternas, se atrevió a iniciar un proceso de apertura política y de liberalización económica y ha propugnado un entendimiento con los vecinos que va más allá de la paz con Eritrea (1). Etiopía es la gran potencia en el Cuerno de África, región enclavada en una encrucijada de rivalidades y rutas comerciales entre ese continente y la Península arábiga, al otro lado del Mar Rojo. De hecho, la pacificación, aún precaria, depende en gran medida de los equilibrios regionales, como ha señalado el profesor de la Universidad de Boston, de origen etíope, Michel Walderiam (2).
                
El nuevo Nobel de la Paz puede ser considerado una especie de Gorbachov etíope, en la medida en que pretende cambiar desde dentro el sistema político de su país al tiempo que establece un clima de convivencia pacífica con sus vecinos y un partenariado económico con las potencias regionales y mundiales, interesadas en el potencial de Etiopía. Varios dirigentes europeos y medio orientales han visitado Addis Abeba con la pretensión de convertirse en socios preferenciales. Macron, siempre atento a los movimientos de cambio en África, viajó a primeros de año a Etiopía y pudo conocer de primera mano los planes de Abiy (3).
                
El primer ministro etíope ha prometido una democratización del régimen político: después de proclamar una amnistía que dejó en libertad a miles de presos políticos y de legalizar formaciones políticas opositoras, mantiene su promesa de celebrar elecciones libres en 2020, con la garantía que supone haber colocado al frente de la Comisión electoral a una figura de la oposición.
                
Otro desafío importante de este proceso de reconciliación interior es garantizar los equilibrios étnicos y regionales internos, quizás el eslabón más débil de su proyecto político. Los tigrais, acostumbrados a ejercer la hegemonía, contemplan con hostilidad un programa que sanciona una merma de su influencia nacional. Aunque por el momento la enorme popularidad del primer ministro parece haberle blindado de conspiraciones y revueltas, se mantiene el riesgo de balcanización de Etiopía (4). La paz en Eritrea quedaría arruinada si elementos tigrais hostiles a la pacificación consiguieran desestabilizar al primer ministro.

NOTAS

(1) “Abiy Ahmed is not a populist”. TOM GARDNER. FOREIGN POLICY, 5 de diciembre 2018.

(2) “Can Ethiopia’s reforms succeed? What Abiy’s plans means for the country and the region”. MICHAEL WOLDEMARIAM. FOREIGN AFFAIRS, 10 de septiembre de 2018.

(3) “Le reformateur Abiy Ahmed face le défi ethnique”. CHRISTOPHE CHATÊLOT. LE MONDE, 11 de marzo.

(4) “Don’t let Ethiopia be the next Yugoslavia. FLORIAN BIEBER Y WOLDEMAGEGN TADESSE GOSHU. FOREIGN POLICY, 15 de enero.

SIRIA: TRUMP SIEMBRA EL CAOS


9 de octubre
               
Donald Trump ha puesto las semillas del caos en el norte de Siria al ordenar la retirada del millar de soldados norteamericanos desplegados en la zona. Se ignora aún si el repliegue será total o parcial. El objetivo de estos efectivos, la mayoría miembros de fuerzas especiales, ha sido doble: impedir un enfrentamiento entre milicias kurdas y fuerzas militares turcas y prevenir el reagrupamiento y la recuperación de los militantes extremistas del Daesh.
                
La decisión ha provocado algo cercano al pánico en los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio y, lo que resulta más asombroso, entre sus colaboradores más próximos en la Casa Blanca, el gobierno, el legislativo y el Pentágono (1).
                
Una vez más, Trump ha hecho uso de su especialidad, el golpe de teléfono, para modificar la estrategia de seguridad norteamericana en una zona explosiva como pocas. Tras una charla telefónica con el presidente turco, hizo saber a sus colaboradores la orden de traer de vuelta a los soldados norteamericanos, de inmediato.
                
No es la primera vez que esto ocurre. En diciembre de 2018 adoptó una decisión similar, que precipitó la dimisión del Secretario de Defensa, el general retirado James Mattis, y del enviado especial norteamericano en la zona, el diplomático, Brett Mac Gurk. Este último criticó entonces duramente a Trump y ahora le niega su calidad de comandante en jefe (2).
                
Entonces como ahora, los responsables de la política exterior y de seguridad en Siria consideraban imprescindible la presencia militar norteamericana, sin la cual, los resultados obtenidos en los últimos años podrían verse desbaratados dramáticamente. Fiel a su estilo improvisado y irreflexivo y a su instinto de conectar con el rechazo de buena parte de los ciudadanos a mantener guerras largas e inciertas, el presidente ha tirado por la calle de en medio, sin pararse a considerar seria y concienzudamente efectos y consecuencias (3).
                
TRAICIÓN A LOS KURDOS
                
Lo más grave de la retirada militar norteamericana es que facilita una operación de limpieza que gobierno y ejército turcos anhelan desde hace tiempo: la expulsión de las milicias kurdas que resultaron decisivas en la derrota de los extremistas islámicos. Sin ellas, todo el mundo coincide en que Estados Unidos no hubiera podido vencer al Daesh.
                
Las milicias kurdas que operan el territorio componen el grueso del brazo armado de la Fuerza Democrática de Siria, uno de los principales grupos de oposición armada al régimen de Assad, que se vieron luego obligados a cambiar de prioridad bélica, para frenar primero y derrotar más tarde a los extremistas islamistas.
                
Los kurdos sirios han sacrificado más de diez mil vidas y empeñado un enorme desgaste humano. Después de doblegar a los extremistas islámicos, aseguran ahora la vigilancia de miles de yihadistas. Sin la presencia norteamericana y ante el riesgo seguro de una ofensiva turca, los kurdos abandonaran sus posiciones, lo que tendrá como consecuencia la puesta en liberación práctica de esos presos (3).
                
La amargura de los kurdos sirios es comprensible. Se temen lo peor, y con razón: recuerdan el ataque turco en Afrin, en el noroeste de la zona. Después de hacer el gasto, se ven ahora traicionados. Es probable que acudan ahora a Moscú para que sirvan de mediadores en una conciliación forzada con Damasco, algo que espanta al establishment norteamericano.
                
ERDOGAN ACIERTA CON LA TECLA
                
Turquía considera que las milicias kurdo-sirias están apoyadas, penetradas y hasta controladas por el PKK, una formación político-militar kurdo-turca, cuyo objetivo es lograr la independencia del Kurdistán turco. Curiosamente, Erdogan intentó en el pasado la paz con el PKK, pero después de fracasar se embarcó en una lucha a muerte para destruirlo.
                
Fuentes kurdas han advertido que resistirán un ataque turco, pero no descartan que el objetivo de esa ofensiva sea más ambicioso que control militar de la frontera: dominar otras el zonas del territorio sirio, para ganar influencia en la discusión internacional sobre el futuro político del país.
                
Alertado por esta primera consecuencia del desaguisado, el Pentágono ha intentado hacer virtud de la necesidad y se ha esforzado por explicar que la decisión del presidente no implica el aval a una hipotética ofensiva turca. El propio Trump, ansioso por limitar daños, aseguró en un tweet que podría “destruir la economía turca” (sic) si Erdogan intentara sacar provecho de la situación.
                
Pero eso es exactamente lo que el llamado nuevo sultán turco pretendía justamente con su llamada telefónica al despacho oval: obtener una luz verde implícita para imponer una nueva realidad acorde a sus intereses en la frontera turco-siria.
                
No sólo ha habido precipitado y juicio deficiente en el presidente hotelero. Puede decirse que Erdogan forma parte de la corte de autócratas internacionales con los que Trump confiesa sentirse especialmente a gusto, él a quien incomodan los dirigentes aliados a los que considera demasiados convencionales y aprovechados, muchos de ellos.
                
¿OXÍGENO PARA EL DAESH?
                
Aparte de alentar el rebrote del nunca resuelto conflicto turco-kurdo, la retirada militar norteamericana del norte de Siria puede dar oxígeno al Estado Islámico. Los extremistas islámicos pueden estar derrotados, pero no eliminados, a pesar de la retórica triunfalista de Trump. Consideran los expertos que la retirada militar norteamericana puede propiciar una recuperación logística y militar del Daesh, una vez que Turquía haya forzado la evacuación de las milicias kurdas. El previsible vacío de poder incitará a los extremistas islámicos que se verán libre de vigilancia y a otros muchos que permanecen agazapados, durmientes o en reserva, tanto en Siria como en Irak, a reagruparse y fortalecerse en esa zona fronteriza.
                
Para Trump resulta especialmente negativo que su decisión haya sido criticada sin  suavidad por algunos de sus principales aliados en el Congreso como el jefe de la minoría republicana en la Cámara, Mitch McDonnell, o el senador Lindsey Graham, quienes consideran que sólo los enemigos de Estados Unidos se verán beneficiados: el régimen sirio, Irán y Rusia.
                
No es descartable que el entramado político-diplomático-militar norteamericano exagere los riesgos de la decisión de un presidente sometido a una presión tremenda por sus vergonzosos chalaneos con dirigentes mundiales para obtener basura que arrojar a sus oponentes políticos. Es cierto que Trump prometió acabar con las guerras interminables e inútiles en Oriente Medio y que buena parte de la opinión pública lo apoya en esa posición. Pero hay formas y formas de actuar en procura de un objetivo razonable y deseable. Y Trump lo ha vuelto a hacer, como dice agudamente el profesor de Harvard Stephen Walt (5), de la peor manera posible.


NOTAS

(1) Defying Pentagon, Trump endorses Turkish operation in Syria”. LARA SELIGMAN. FOREIGN POLICY, 7 de octubre.     

(2) “Hard truths in Syria”. BRETT MC GURK. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2019.

(3) “Does Donald Trump know what his Syria policy is? EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 7 de octubre.

(4) “Syrian Kurds see American betrayal and warn fight against ISIS is now in doubt”. THE WASHINGTON POST, 8 de octubre.

(5) “Welcome to the Impeachment Foreign Policy”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 7 de octubre.

EE.UU.: LA CAJA DE LOS TRUENOS DEL IMPEACHMENT


25 de septiembre de 2019
                 
Lo que no consiguió el informe Mueller lo ha puesto en marcha la denuncia anónima y en origen discreta de un miembro de los servicios de inteligencia. Si en el caso del Rusiagate no pareció encontrarse la pistola humeante, la prueba fatal que pusiera al turbulento presidente en el disparadero de su posible impeachment (destitución), en esta conexión ucraniana todo ha ido más rápido. Lo que no quiere decir que Trump tenga los meses contados, ni mucho menos. Pero ya no parece tan seguro el blindaje de la mayoría republicana en el Senado, que será, a la postre, el órgano de poder que decida la suerte del presidente.  
                
Un anónimo denunciante (whistleblower), perteneciente al servicio interior de la Casa Blanca, ejerció la prerrogativa legal (casi una obligación ciudadana) de informar de unos comentarios, que él estimó no apropiados, vertidos por el Presidente durante una conversación telefónica con su colega de Ucrania, a finales de julio. Según revelaciones periodísticas, Trump habría presionado al joven y  neófito Zelensky para que los servicios secretos ucranianos investigaran los negocios en aquel país del hijo del exvicepresidente norteamericano y precandidato presidencial Joe Biden y el papel que éste pudiera haber jugado en ellos, ya que Obama lo había encargado de seguir de cerca la situación en Ucrania. Entretanto, la Casa Blanca había congelado un paquete de ayuda de 400 millones de dólares al gobierno de Kiev, aprobado previamente por el Legislativo. La Casa Blanca asegura que esa decisión había sido adoptada antes de las conversaciones entre los presidentes. ¿Fue así?
               
EL DILEMA RECURRENTE DE LOS DEMÓCRATAS
                
Nada más saltar a la luz estos detalles, volvió a plantearse el debate sobre la capacidad y la honestidad de Trump para ejercer el cargo. No tardó en resurgir la opción del impeachment, alentada por un sector de la oposición demócrata. Pero su líder legislativo, la octogenaria presidenta de la Cámara de Representantes (tercer cargo del país en el escalafón institucional) se mostraba renuente. Como había hecho durante la trama rusa, incluso después de hacerse público el informe Mueller.
                
Pelosi estaba arropada por un nutrido sector de congresistas demócratas, recelosos ante una operación política muy arriesgada. Guiados por el cálculo coste-beneficio más que por consideraciones de moral política, estimaban que no estaba garantizado que la conducta delictiva del presidente pudiera queda completamente esclarecida y sabían que los republicanos, mayoritarios en el Senado, protegerían a Trump, por muy hartos que algunos estuvieran de él.
                
Los demócratas siempre han estado divididos sobre cómo había que tratar las maniobras torticeras de Trump para hacerse con la presidencia. Los más moderados consideraban que un intento de echarlo por una vía que no fuera la electoral podría convertirse en un boomerang político y terminar por reforzarlo. El ala progresista, reforzada tras las elecciones legislativas de medio mandato de 2018, pugnaban por una actitud de máxima beligerancia. Pelosi siempre estuvo del lado de los primeros
                
Cuando estalló este escándalo ucraniano, la semana pasada, tampoco Pelosi se sintió inicialmente muy inclinada a usar ese botón nuclear de la política norteamericana que es la destitución de un presidente. No creía que, pese a tratarse de un asunto más sencillo, más fácilmente comprobable que el Rusiagate, sus rivales republicanos fueran a modificar su actitud protectora del presidente.
                
Pero el empecinamiento del equipo presidencial en despreciar al legislativo modificó la tradicional posición cautelosa de los demócratas. La Casa Blanca se negó durante varios días a que los responsables de inteligencia informaran al Congreso de las conversaciones entre Trump y Zelinsky y de las actuaciones posteriores.
                
En la tarde del martes, la remisa Nancy Pelosi giraba por fin el pulgar hacía abajo y anunciaba el inicio del procedimiento del impeachment o destitución del presidente. La conexión ucraniana anuncia un pulso tremendo entre la Mansión de los Horrores en que se ha convertido la Casa Blanca y el Templo de las indecisiones a que ha quedado reducido el Capitolio.
                
EL HEDOR DEL DESPACHO OVAL
                
Un intenso olor a podrido se desprende de estas conexiones ucranianas. Un país, Ucrania, sumido en una profunda crisis económica, social y política por una guerra de secesión que parece lejos de resolverse satisfactoriamente. Un presidente inexperto, Zelensky, actor de profesión, pretendidamente renovador pero enfeudado a los intereses económicos de su patrón, protector y financiador.
                
Un exvicepresidente y precandidato, Biden, sobre el que pesa la sospecha de actuar como protector de los negocios inexplicables de su hijo Hunter, en un país corroído por el poder informal pero inmenso de los oligarcas herederos del comunismo en ruinas.
                
Un presidente norteamericano en ejercicio, Trump, que podría haber presionado a otro jefe de Estado para que investigara a un ciudadano estadounidense que además es uno de los políticos más destacados de su país y su posible rival electoral en 2020, cuando todavía no se ha esclarecido su responsabilidad en la manipulación de 2016, con la presunta cooperación de otra potencia, Rusia, enemiga bélica de la que ahora aparece implicada.
                
Al Congreso se le ha regateado (¿hurtado?) información, lo que convierte el escándalo en un potencial conflicto institucional explosivo y destructivo hasta límites solo imaginables para guionistas desesperados por crear historias de ficción que superen de nuevo a la realidad.
                
Cuando parecía haberse diluido en las brumas del río Potomac la sombra del impeachment presidencial precipitada por los lazos rusos (Russia links) del presidente hotelero, emerge de las aguas turbias de los aparatos de inteligencia otro monstruo igualmente devorador de titulares y pantallas. ¿Ha pretendido el candidato-presidente recabar material comprometedor para el exvicepresidente-candidato como ya hiciera con Hillary? ¿Estamos ante otro caso de juego sucio en el pestífero entorno poder/dinero de Washington?
                
Por la Avenida de Pennsylvania se puede intuir ya el desfile de todos los fantasmas políticos de la reciente historia norteamericana, con sus etiquetas bien visibles colgadas del cuello: Nixon (Watergate), Reagan (Irán-Contras), Bill Clinton (Whitewater, Lewinsky)... Trump ha comprado muchos boletos para unirse al cortejo.
                
El escándalo  no sólo arroja sombras espesas sobre la Casa Blanca. También altera las previsiones electorales. Sea destituido o no, es previsible que el presidente sufra un serio desgaste en este proceso. Y Biden, hasta hace poco el front-runner (favorito) demócrata, puede ver arruinadas sus opciones si la investigación del caso arroja datos comprometedores sobre su conducta. El otoño político norteamericano promete cotas máximas de intensidad.