UCRANIA: LOS CUATRO ESCENARIOS DE LA GUERRA

16 de marzo de 2022

Tres semanas de guerra en Ucrania. La solución no parece cercana, porque la guerra no se libra solo en el terreno militar. Cuando se apaguen los cañones se impondrán otras batallas ya en curso, más sordas, menos aparatosas, pero no menos destructivas. Los escenarios del conflicto, de momento, se superponen.

1) EL ESCENARIO MILITAR

Continua el debate sobre la eficacia de la campaña bélica rusa. En Moscú se dice que todo va según lo previsto. Pero como se ignoran los planes de partida, es difícil comprobar si se dice la verdad o se miente. Por defecto, en una guerra se miente siempre. O se dice sólo la parte de la verdad que interesa. Desde el bando agredido, la verdad se corrige con la necesidad de la resistencia anímica. Se proclama la voluntad de vivir y se airean las bajas enemigas. Pero el joven estado ucraniano está temporalmente amputado en el este (gran parte del Donbás) y en el sur (franja ribereña del Mar Azov y corredor de conexión con Crimea), operacionalmente ocupado en el norte, en torno a las grandes ciudades, y asediado en su capital.

En Occidente se escuchan estimaciones disonantes. Las políticas agrandan el supuesto fracaso de Moscú, sin explicar sobre qué bases Rusia podría haber logrado una victoria militar rápida, fulminante. Los medios liberales transmiten la idea de que Putin ha elegido una baza perdedora, aparte de malvada. En contraste, se sublima la resistencia local, que es real, pero limitada (1). Los militares occidentales, más discretos, sostienen que, salvo sorpresa mayúscula, Rusia completará sus operaciones antes de finales de este mes. Otra cosa es lo que pueda hacer el Kremlin con una previsible victoria militar. Eso es una cuestión política que excede su ámbito de análisis. Y de responsabilidad.

El estado ucraniano combate en situación de inferioridad, obviamente, pero dispone de armas no desdeñables, proporcionadas por Occidente, no para vencer, pero si para entorpecer y retrasar la victoria rusa. Los misiles anticarro Javelin, procedentes de Estados Unidos, son las estrellas de esta guerra. Al parecer, están dificultando el avance de las columnas rusas hacia sus objetivos (2). Las barreras de contención urbanas es el punto cardinal de la resistencia ucraniana. Rusia, como se suponía, parece poco preparada para este tipo de guerra. Además, todo indica que adolece de una logística eficaz y de una cadena de mando demasiado rígida. Pero esas son estimaciones difícil de verificar.

El bombardeo ruso de la base militar de Yaroviv, cerca de la frontera con Polonia, ha tenido un impacto político y mediático desproporcionado con respecto a su importancia militar (3). En Occidente se ha presentado como un desesperado intento de Rusia por amedrentar a los aliados occidentales más cercanos. Pero es obvio que Moscú no tiene interés en ampliar los frentes y mucho menos de entrar en colisión directa con la OTAN. La base era un punto de recepción de armamento y voluntarios para apoyar al gobierno de Kiev. El ataque tenía valor militar por sí mismo y no simplemente como advertencia o resorte propagandístico.

2) EL ESCENARIO DIPLOMÁTICO

Es confuso y contradictorio, en apariencia. Los dos bandos directos negocian cuestiones logísticas centradas en torno a los llamados “corredores humanitarios” de evacuación y aprovisionamiento. Los aspectos más políticos no trascienden. Al menos no con claridad. Parece que cada parte se aferra a sus posiciones de partida, de preguerra.

Pero más allá de estas mesas bilaterales, se aprecian señales. El presidente Zelensky insinúa que Ucrania está abocada a esa neutralidad que Rusia exige. Esa postura puede parecer ahora fruto de una ingenuidad inicial o de falta de realismo previo. En realidad, es la constatación de un error estratégico. Cuesta creer que las élites ucranianas esperaran otra cosa de Occidente que la respuesta obtenida: suministro medido (pero no irrelevante) de armamento, presión económica severa a Rusia y proclamas de solidaridad. La negativa occidental a imponer una zona de exclusión aérea demandada insistentemente por Kiev era de esperar: lo contrario, hubiera implicado el alto riesgo de una indeseada escalada militar. El episodio de los aviones polacos quedará como estandarte de un desencuentro que la propaganda de guerra a duras penas puede encubrir. El apoyo occidental a Ucrania ha tenido desde el principio los límites muy marcados. Ni la destrucción, ni el sufrimiento humano, ni la demonización de Putin han cambiado un propósito estratégico firme: nada de provocar un conflicto militar con Rusia (4).

La Unión Europea también estaba destinada a “decepcionar” a Ucrania. El atajo del ingreso ha sido descartado en el pomposo escenario de Versalles, como estaba cantado.  No lo permitían ni las bases jurídicas ni las condiciones económicas (por no hablar de las políticas). Se han ofrecido a Ucrania compensaciones y promesas cariñosas, que veremos en que se traducen cuando pase la tormenta (5). Nadie quiere plantear que Ucrania vuelva a 2013, o sea a una posición de incierta cooperación con la UE. La neblina es este frente es muy densa. Poco han podido dispersarla los tres jefes de gobierno centroeuropeos (por cierto, nacional-populistas), que han escenificado una “visita para las cámaras” a Kiev.

Más trascendente es la posición de China. La “amistad sin límites” que Putin y Xi Jinping escenificaron en el Pekín olímpico fue anterior a la invasión. A pesar de las numerosas especulaciones circulantes, todas interesadas, se ignora si el presidente ruso hizo saber a su colega chino sus intenciones bélicas. Esta semana ha ocasionado gran revuelo la supuesta petición rusa a China de ayuda (alivio económico y suministros logísticos, se dice). Las fuentes son norteamericanas. Desde Pekín se niega. En Moscú se calla. El asesor de seguridad de Biden, Jack Sullivan, ha protagonizado otro maratón conversador con su homólogo chino, Yang Jiechi, para disuadirlo de ese empeño. Como en los contactos anteriores, poco positivo ha obtenido (6). En esta Casa Blanca preocupaba más China que Rusia. La conjunción de estos dos desafíos obligará a una reedición actualizada del containment, la estrategia de contención de la “amenaza comunista” que definió la guerra fría durante más de dos décadas.

En Occidente, se hacen estimaciones muy confusas de la actitud china ante esta guerra (6). Se cree que a Pekín no le interesa, y hasta le incomoda. Más aún, que no hay un entusiasmo por los designios “revisionistas” de Putin. Algunos analistas creen que la burocracia estatal china presenta pocas simpatías por esta aventura militar. Pero como Rusia es una piedra no pequeña en el zapato de Estados Unidos, la deriva del Kremlin es rentable en el pulso estratégico del siglo entre la decadente América y la emergente China. La amistad interesada ruso-china sería una apuesta personal de Xi Jinping, de quien se considera que ejerce ya un liderazgo cada vez más personal y menos colegiado. A finales de este año se confirmará su mandato vitalicio e incontestado.

3) EL ESCENARIO HUMANITARIO

Con casi tres millones de ucranianos desplazados y esparcidos por Europa (la gran mayoría en Polonia y otros países cercanos a la zona de guerra), la dimensión humana del conflicto agota poco a poco su corriente de simpatía para convertirse en factor de preocupación. Estamos aún en la fase de los despliegues solidarios, favorecidos por cuestiones raciales, culturales y religiosas más propicias. Ser ucranianos es todavía una ventaja comparado con ser yemení, sirio o afgano en el discurso de autoridades y ciudadanos europeos, donde ha prendido la selectividad o el rechazo directo propagado por el nacionalismo identitario. Ya se avistan las primeras señales de esa “fatiga de la compasión” que siempre comparece después de varias semanas de guerra. El gobierno británico, muy combativo en el frente político contra Moscú, ha sido el primero en marcar la raya y “privatizar” la solidaridad, gesto que Macron se ha apresurado a afear (7).

Los recursos son limitados, las facturas de los combustibles aprietan cada día más, comienza a prender cierto ambiente de inquietud por la carestía de suministros y los medios anticipan el cansancio de las audiencias. Decae el interés social por una guerra que en pocos días quedará relegada de las portadas, cabeceras  televisas y trinos de las redes sociales. El escenario humanitario quedará barrido por otro mucho más prosaico.

4) EL ESCENARIO ECONÓMICO

Las sanciones ha sido el principal frente de  combate de Occidente contra el Kremlin. Analistas progresistas como Thomas Piketty dudan  sobre la eficacia y la justicia de esas medidas. Los rusos comunes puedan padecer mucho más que las élites políticas y los oligarcas (8).

Las consecuencias en Occidentes son aún inciertas. Cada día, los nubarrones económicos se hacen más amenazantes: crisis energética, inflación, estancamiento, inquietud social.

En EE.UU. se puede dar por enterrado el programa socio-ecológico de aire rooseveltiano del primer Biden. Aumentará (aún más) el gasto militar y se estancará o retrocederá la reducción de la brecha social. ¿Estamos ante otra presidencia de un solo mandato?

Eu Europa, la guerra no era el escenario esperado para superar las secuelas económicas de la pandemia. De momento, no hay boicot o desenganche del gas ruso, a pesar del ruido de las últimas semanas. No se sigue la línea dura de Washington, porque son enormes niveles de dependencia. Los precios del petróleo y el gas se disparan. Se buscan fuentes sustitutivas. Pero no se avistan soluciones rápidas, ni baratas, incluso para los especialistas como el economista Adam Tooze (9). Los productores norteamericanos de fracking confían en poder sustituir la oferta rusa de energía a largo plazo. Esta incertidumbre se proyecta sobre el gran desafío secular. ¿Se frenarán los planes de transición ecológica?

Además, el “miedo a Rusia” dispara las previsiones de gasto en defensa. Alemania ya anuncia su compromiso con ese 2% del PIB que Washington lleva décadas reclamando. Otros países pueden seguir el paso, incluida España, según parece. Eso quiere decir, se reconozca o no,  menos inversión social, más desigualdad. Rusia dejará pronto de ser el enemigo de referencia en el relato político y mediático. El foco empieza a desplazarse de esa guerra lejana para centrarse en batallas domésticas: precios, control de salarios, fiscalidad, tipos de interés. Todo ello parece dibujar un escenario similar al de la segunda mitad de los setenta. Contrariamente a entonces, sin embargo, el neoliberalismo no parece disponer de sus recetas doctrinarias que barrieron el keynesianismo en Estados Unidos y las políticas socialdemócratas en Europa.


NOTAS

(1) “Russia’s armed forces are suffering substantial losses in Ukraine. But that does not mean Ukraine is better positioned for future combat”. THE ECONOMIST, 14 de marzo.

(2) “What to know about the role Javelin antitank missiles could play in Ukraine’s fight against Russia”. THE WASHINGTON POST, 12 de marzo.

(3) “Russia targets Ukraine’s military base near Polish border in escalation”. THE GUARDIAN, 14 de marzo.

(4) “Mind the escalation aversion: Managing risk without losing the initiative in the Russia-Ukraine war”. AMY NELSON Y ALEXANDER MONTGOMERY. BROOKINGS, 11 de marzo.

(5) “Les Vingt-Sept excluent l’idée d’une rapide adhesion de l’Ukraine a l’Union Européenne”. LE MONDE, 11 de marzo.

(6) “American returns to containment to deal with Russia and China”. THE ECONOMIST, 14 de marzo; “How does this end?  A way out of the Ukrainian war proves elusive”. THE NEW YORK TIMES, 13 de marzo.

(7) “As Europeans open its doors to fleeing Ukrainians, Britain adopts a ‘do-it-yourself’ asylum plan”. THE WASHINGTON POST, 15 de marzo.

(8) “Il faut cesser inmédiatement de financer l’Etat russe par les hydrocarbures et repenser le fonctionnement des sanctions. THOMAS PIKETTY. LE MONDE, 11 de marzo.

(9) “How the rising oil prices will change the world as we know it” Entrevista con el economista ADAM TOOZE. FOREIGN POLICY, 11 de marzo.

 

LA COBERTURA MEDIÁTICA DE LA INVASIÓN RUSA DE UCRANIA

 9 de marzo de 2022

La cobertura mediática de la guerra en Ucrania reproduce patrones experimentados en los conflictos bélicos que han merecido la atención preferente de las principales compañías informativas en los últimos 30 años. Naturalmente, el patrón dominante en Rusia es diferente al que se observa en Occidente,

RUSIA: LA PROPAGANDA SUSTITUYE A LA INFORMACIÓN

En Rusia, la confusión entre información y propaganda es total. Más bien podría decirse que la propaganda ha sustituido a la información, como suele ocurrir en los sistemas en los que el estilo autoritario domina el funcionamiento institucional.  

Primero, se instruyó a los medios estatales para que ofrecieran la versión oficial. No se puede hablar de invasión, ni siquiera de guerra, sino de “operación militar especial”. Pero esta grosera manipulación terminológica no ha sido suficiente para embridar el ánimo de la población. El apoyo social a la campaña militar  es más que dudoso. Según algunas encuestas independientes de difícil verificación, más de la mitad de los rusos respaldan la invasión, mientras una cuarta parte se opone y el resto no tiene opinión o no la quiere manifestar (1).

Se hacía imperativo, por tanto, actuar sobre los medios independientes. Cuando resultó evidente que no valían las advertencias y/o amenazas, se pasó al recurso punitivo. La Duma aprobó, sin votos en contra, una ley que penaliza con hasta 15 años de prisión a quienes transmitan “mentiras” sobre lo que ocurre en Ucrania. Mentiras es todo aquello que cuestiona la versión oficial. Los dos medios independientes más prestigiosos, Radio Echo Moscú y la televisión digital Dozhd, han decidido cerrar, amedrentados.

Televisiones, radios y prensa internacionales se han sentido también intimidados y han preferido renunciar a informar desde Rusia. Muchos ciudadanos rusos de cierto nivel económico y cultural, disponían de estos canales para contrarrestar la narrativa oficial.

El otro ámbito de actuación han sido las redes sociales. Facebook, Twitter y TikTok han sido bloqueados. Hasta hace poco tiempo, la libertad de expresión en Rusia era aceptable, sin ser óptima. Pero, como recuerda la investigadora de origen ruso María Snegovaya (Universidad George Washington), comenzaron a producirse claras restricciones con motivo de las protestas en varias ciudades rusas tras la detención del dirigente opositor Alexei Navalny (2).

A pesar de este intento de controlar la respuesta social, el gobierno ha tenido que acudir a la represión directa para frenar las protestas. Según la ONG OVD-Info, citada por LE MONDE, 13.000 militantes antiguerra han sido interrogados por la policía (3).

OCCIDENTE: EL RIESGO DEL “IMPERATIVO MORAL”

En Occidente, también se pueden apreciar debilidades notables, aunque de manera menos grosera, más híbrida, más sutil. El tono dominante es de un supuesto imperativo moral que se superpone y en muchos momentos condiciona la obligación de informar de manera desapasionada y objetiva, explicando y no induciendo.

En Ucrania, se observan los mismos errores o vicios que en coberturas mediáticas de guerras anteriores. Se mezcla la labor de informar con una confusa toma de partido cívica, más retórica y gestual que práctica y real. Este comportamiento se detecta más en los responsables de las ediciones que en los reporteros sobre el terreno, por lo general. Los líderes de opinión, los detentadores de pantallas, micrófonos, portadas y titulares se erigen en jueces y olvidan su obligación formadora, pedagógica, explicativa. Se compite por ser el más solidario con el agredido y el más contundente contra el agresor. Hay una simplista reducción del conflicto a un cuento de buenos y malos. Se abdica de la obligación de informar, en nombre de un supuesto imperativo moral.  No se trata solamente de una confusión irreflexiva. O de un reflejo emocional de simpatía frente a la víctima. En todo estos comportamientos hay una preocupación consciente o inconsciente de estar en el bando correcto.

Uno de los miembros del equipo de Democracy Now!, colectivo independiente de la izquierda norteamericana, ha denunciado casos concretos de estos vicios deformativos detectados en los primeros días de la guerra ucraniana: narración ficcionada de episodios bélicos concretos, uso de imágenes correspondientes a otros conflictos para apoyar un relato, credulidad absoluta ante las versiones del bando “bueno” y descalificación prejuiciosa del contrario, etc. A todo esto hay que añadir ciertos reflejos racistas como el protagonizado por un enviado especial de la CBS que definió a los resistentes ucranianos como “civilizados” en contraste con iraquíes o afganos (4).

Yo mismo he presenciado como una presentadora de noticias de BBC World regañó y llamó mentiroso en antena a un portavoz de un instituto ruso de relaciones internacionales porque se alineaba con la posición oficial ¿Qué esperaba?

En la guerra de Ucrania se detectan varios asuntos de equívoco tratamiento. En primer lugar, las razones del conflicto. Se ha insistido mucho en ridiculizar la “desnazificación”, un mantra ruso que responde a la propaganda más burda. Pero apenas se ha explicado la realidad política de Ucrania, el contexto geoestratégico y las preocupaciones de seguridad de Rusia. ¿Alguien ha planteado qué hubiera hecho Estados Unidos si México solicitara un tratado de defensa con Moscú o con Pekín? ¿Se olvida que Reagan financió y diseño una guerra encubierta en Nicaragua aunque los sandinistas suponían riesgo cero para la seguridad norteamericana?

Que Rusia ha atacado militarmente a Ucrania pertenece al ámbito de la realidad y no al de la interpretación. Pero a partir de ese hecho incontrovertible, se han sucedido los relatos convergentes hacia la demonización del agresor y la victimización del agredido. Los más frívolos, como algunos periodistas deportivos, están incurriendo directamente en la rusofobia.

La mayoría de los medios se han precipitado en transmitir que el “ejército de Putin” ha fracasado en sus objetivos iniciales. ¿Realmente alguien conoce el plan de batalla del Kremlin? ¿Hemos olvidado que los norteamericanos necesitaron tres semanas para tomar Bagdad en 2003, ante un enemigo mucho menos poderoso y peor armado que el ejército de Ucrania?

A continuación, se ha instalado la idea de que Rusia ataca sistemáticamente objetivos civiles. El daño no reside en informar de estos bombardeos que causan muertes en la población, algo fuera de duda. Lo discutible es que se les atribuya una intencionalidad malvada expresa, debido a la frustración rusa por la falta de resultados militares tangibles. Es evidente que en esta guerra están muriendo ciudadanos desarmados. Como en Irak, en Serbia o en Afganistán. Pero en las guerras de Estados Unidos o de la OTAN se solía aceptar que las víctimas civiles eran producto de errores, de fallos puntuales de inteligencia, de accidentes. En el caso de Rusia, esta consecuencia de la guerra se atribuye a  una estrategia deliberada; terrorista, se ha dicho.

UN MODELO INQUIETANTE

Desde 1990 se vive una efervescencia mediática con la guerra, porque el enorme desarrollo de los recursos tecnológicos ha impulsado la proximidad e inmediatez de la transmisión de lo que ocurre en una zona de conflicto. Aparentemente, la técnica nos debería acercar a la verdad. Por el contrario, la fantasía se ha hecho más eficaz, porque se parece más a la verdad que se quiere inculcar, y ésta a la verdad que se quiere ver y escuchar.

Ya hay estudios críticos serios sobre el enorme fracaso de los medios en las guerras de la posguerra fría. Las élites son conscientes de que el interés informativo sólo es rentable cuando ingentes cantidades de ciudadanos toman partido y sienten la necesidad de expresarlo, de hacerse protagonistas mediante gestos que nunca superan el umbral de lo simbólico.

La cobertura de un conflicto bélico exige dosis extraordinarias de rigor e imparcialidad en la presentación y preservación de los datos contrastables, porque aumentan y  se agravan los peligros de construir relatos paralelos, de alterar o manipular los hechos, de justificar las decisiones de los responsables políticos, de ocultar los errores de un bando  y magnificar los del otro. La verdad es la primera víctima de la guerra, reza el adagio de invariable cumplimiento.

En la guerra de Ucrania resulta fácil identificar al agresor, y eso facilita la contaminación de la propaganda. Como ciudadano, el informador puede y debe actuar con el grado de compromiso partidista que considere oportuno y necesario. Pero cuando ejerce su labor profesional, en la escala que le corresponda, no puede permitirse ese lujo.

Los años de experiencia en la organización de cobertura de guerras o graves conflictos internacionales me aconsejan ser muy escéptico sobre estos despliegues de unanimidad informativa. Responden, por lo general, a intereses mucho menos dignos que el sufrimiento de poblaciones inocentes o la fidelidad a principios tan elevados como la paz, la justicia o la concordia entre las naciones. Las guerras son siempre la expresión de conflictos de intereses  entre unos pocos en perjuicio de las mayorías. Para entender la complejidad de los conflictos internacionales la simplificación de buenos y malos, héroes y villanos, no es el mejor camino.

Rusia es el agresor en esta guerra y con eso parece bastar. No es así. En los conflictos bélicos de Occidente se ha puesto mucho interés en resaltar que la guerra fue el último recursos después de que fracasaran los esfuerzos diplomáticos. En el caso actual, se ha obviado o minimizado los argumentos rusos, sean o no consistentes o sinceros.

En la llamada “guerra contra el terror”, Estados Unidos empleó el concepto “acción militar preventiva”; es decir, atacar antes de volver a ser atacado, amparándose en el “trauma del 11 de septiembre” y en la enorme mentira de las “armas de destrucción masiva” iraquíes. Muchos medios, en particular los norteamericanos se adscribieron a este tramposo argumento. Ahora, en cambio, se muestran muy combativos ante la falsedad rusa de la “desnazificación”.

Una vez acabada la guerra de Irak (si es que puede considerarse guerra a aquel linchamiento  de un régimen hostil que termino pagando en sangre, destrucción y miseria la población civil), se inició un proceso de expiación de los medios por la falta de rigor y profesionalidad que demostraron. Recuérdese aquella frase lapidaria de Dan Rather, una de las anclas mediáticas de EE.UU.: ”Siempre que mi presidente, mi comandante en jefe me llame al servicio, allí estaré”. El informador se convierte en soldado. Al descubrirse la falsedad de los argumentos de la Casa Blanca, el veterano periodista se excusó y modificó su actitud ante la guerra. Demasiado tarde.

 

NOTAS

(1) “Trough Putin’s looking glass: How the Russians are seeing -or not seeing- the war in Ukraine”. ANTHONY FAIOLA. THE WASHINGTON POST, 8 de marzo.

(2) “With new limits on Media, Putin close a door on Russia’s ‘openness’”. STEVE LEE MYERS. THE NEW YORK TIMES, 7 de marzo.

(3) “Comment les ruses antiguerre contournent un Internet muselé”. PAULINE CROQUET. LE MONDE, 8 de marzo.

(4) “Media malpractice and Information War in Ukraine. The Western media’s double standard is on full display amid Ukraine war coverage”. ISHMAEL N. DARO. THE NATION, 2 de marzo.

 

LAS PRINCIPALES INCÓGNITAS DE LA INVASIÓN RUSA

2 de marzo de 2022

Después de una semana de operaciones, ya se leen y escuchan valoraciones sobre el aparente fracaso de Rusia en la consecución de sus objetivos militares. Pero ¿cuánto hay de estimaciones objetivas, informadas y desapasionadas y cuánto de posicionamiento político, de intención propagandística, de esfuerzo por insuflar ánimos a los dirigentes de Kiev, de seguir la corriente de simpatía hacia la población civil ucraniana?

Como suele ser habitual, una guerra en curso siempre deja más incógnitas que certidumbres. Estas podrían ser las principales dudas sobre el desarrollo de la invasión rusa de Ucrania:

¿Por qué parece haberse estancado el avance militar después de un comienzo fulgurante?

No parece que una semana sea tiempo suficiente para hablar de estancamiento. Recuérdese  que Estados Unidos necesitó cinco semanas de bombardeos aéreos para forzar la evacuación iraquí de Kuwait. El derrocamiento de Sadam Hussein y la toma de Bagdad en 2003 llevó tres semanas. Y no hay comparación entre los adversarios de entonces y los actuales. Ni el estado de ánimo de la población del país atacado, en cada caso. Es precipitado o interesado afirmar que Rusia ha fracasado de momento. La operación militar es complicada, llevará tiempo y, ciertamente, cuanto más se prolongue, más posibilidades hay de fracaso.

¿Por qué no ha puesto Putin todos los efectivos militares en juego desde un principio?

No conocemos el plan de batalla del Kremlin. La resistencia de los ucranianos frente a la primera fase de la ofensiva rusa era previsible y comprensible, porque poco pueden esperar de una rendición incondicional. Es posible que el mando ruso hubiera planeado el escalonamiento de efectivos en función de la respuesta del adversario. El avistamiento el pasado martes de un convoy de 65 kilómetros de longitud en dirección a Kiev y la intensificación de los bombardeos de Jarkov en las últimas horas indicarían el comienzo de la segunda fase de la ofensiva.

¿Por qué no ha intervenido la aviación rusa de forma más contundente y determinante?

Es una de las cuestiones más intrigantes. Para Justin Bronk, del Instituto de Servicios Reales del Reino Unido, existen varias razones para este comportamiento. En primer lugar, la escasez de munición de alta precisión de los cazas rusos; esta carencia impediría identificar objetivos desde una distancia segura para los pilotos. En Siria, la aviación rusa empleó munición de precisión limitada, lo que provocó muchos daños en zonas civiles, según este experto. Además, la aviación rusa no acredita gran capacidad de coordinación entre sus sofisticados aviones y las operaciones en tierra. Y, por último, Bronk asegura que los pilotos rusos reciben entre 100 y 120 horas de entrenamiento en vuelo por año, mientras británicos y norteamericanos practican entre 180 y 240 horas anuales (1).

¿Por qué se han atacado objetivos aparentemente civiles?

Gobiernos y medios occidentales dan por hecho que se trata de acciones destinadas a crear pánico, a intimidar. Pero conviene recordar que en las recientes guerras lanzadas por Estados Unidos y la OTAN (Afganistán, Irak, Libia, Serbia) se produjeron ataques sobre objetivos civiles y daños personales indeseados y se aseguró siempre que se trataba de errores de distinto tipo. Es más, se quisieron disfrazar, en no pocas ocasiones ocultar (hasta que resultó imposible seguir haciéndolo) y en casi todos los casos justificar con argumentos como el camuflaje del enemigo en núcleos de población civil.

Si, en el caso de Ucrania, la interpretación occidental es correcta, la decisión de Rusia no parece ni muy inteligente, ni muy eficaz. Por poco que le importe a Rusia la condena mundial, en el frente interno la carnicería de civiles siempre resultará difícil de admitir y digerir. Además, estas masacres pueden asustar pero también galvanizar la resistencia y poner más incómoda a China, que hasta ahora no ha condenado la invasión.

¿Por qué la llamada ciberguerra rusa se deja aparentemente esperar?

Hay muchas razones, según un experto consultado por THE ECONOMIST (2). Que los ataques hayan resultado fallidos, que las defensas informáticas ucranianas hayan sido reforzadas por asistentes occidentales o que Rusia quiera preservar unas infraestructuras que cuentan con utilizar en un futuro próximo. En todo caso, en la nebulosa digital es difícil conocer el impacto inmediato. La ciberguerra puede manifestarse en cualquier momento.

¿Hasta dónde llega el apoyo occidental a Ucrania?

Se han incrementado las sanciones y extendido a otros ámbitos inicialmente intocados: la expulsión rusa del sistema de mensajería bancaria SWIFT, el bloqueo de gran parte de las operaciones exteriores del Banco central ruso, el embargo de los intereses personales de Putin, del ministro Lavrov , de algunos oligarcas y de otros personajes cercanos al Presidente, la prohibición de venta de materiales de doble uso, el cierre del espacio aéreo a los vuelos rusos, la censura de los medios y redes sociales, la expulsión de las competiciones artísticas y de los eventos culturales, etc.

En el plano militar, se ha incrementado el suministro de armamento a Ucrania, no sólo defensivo. En Alemania se ha roto el tabú de la venta de armas y se ha puesto fin a cincuenta años de Ostpolitik. Se ha reforzado el dispositivo militar en el flanco oriental de la OTAN.

Pero queda por saber si hay otro tipo de ayuda no declarada. Por ejemplo, el suministro de información esencial para conocer o incluso anticipar los sucesivos movimientos militares rusos, o la ubicación de unidades del enemigo, que facilite la realización de acciones armadas del ejército de Ucrania. Esta labor de inteligencia es esencial en estos tiempos. Tanto que puede determinar por completo la eficacia de cualquier operación militar.

En términos prácticos, puede decirse que Occidente ha entrado en guerra con Rusia.

¿Por qué no han replicado los rusos con represalias económicas a Occidente?

No es suficiente con decir que no pueden hacerlo. No tienen capacidad para responder con la misma moneda, obviamente, porque no controlan el sistema capitalista mundial. Pero tienen un margen de maniobra hasta el momento inexplorado. En la Duma o Parlamento ruso se han escuchado voces de diputados proponiendo que el Kremlin requise negocios o intereses de empresas occidentales en Rusia (3). Moscú ha sido prudente. ¿Hasta cuándo? ¿O es que no considera que las sanciones impuestas por Occidente sean tan dañinas como para abrir otro frente de combate económico?

¿Por qué ha anunciado Putin la puesta en alerta del arsenal nuclear?

Algunos dirigentes y medios  occidentales han querido ver en ello una prueba adicional de la desesperación de Putin: una muestra de debilidad. Puede ser, pero no es una explicación muy convincente. Más bien parece un recurso propagandístico o de intimidación a Occidente para que contenga el apoyo militar a Ucrania. Una forma alambicada de marcar una línea roja. O el intento de sembrar dudas sobre el “riesgo aceptable”.

¿Por qué se han avenido ambas partes a negociar tan pronto?

Cada parte tiene su motivación. Los ucranianos intentarían forzar un alto el fuego y conocer con qué se conformaría Moscú para detener su ofensiva. Una vez jugada la baza militar, no parece que Rusia vaya a dar marcha atrás. Pero necesita escenificar la negociación para hacer creer que no ha abandonado la opción diplomática. Más probable es que ciertos sectores del complejo de poder de Putin hayan exigido este intento de diálogo, en particular los oligarcas, cuyos intereses están amenazados por las sanciones (4).

Tampoco debe descartarse que China haya sugerido ese gesto. En todo caso, negociar es lo más sensato y responsable. Por encima de acusaciones y reproches. Cuánto antes cesen las operaciones militares, mejor para la población ucraniana. Otra cosa es el contenido de las negociaciones y la solvencia de los acuerdos. Como en todo conflicto bélico que se precie.

 

NOTAS

(1) “The mysterious case of the Russian Air Force”. JUSTIN BRONK. ROYAL UNITED SERVICES INSTITUTE, 28 de febrero.

(2) “Cyber-attacks on Ukraine are conspicuous by their absence”. THE ECONOMIST, 1 de marzo.

(3) “La Russie rumine sa risposte économique aux sanctions”. COURRIER INTERNATIONAL, 28 de febrero.

(4) “Une revolte des oligarques pourrait-elle faire tomber Poutin? COURRIER INTERNATIONAL, 1 de marzo.

 

PRIMERAS CONSIDERACIONES SOBRE LA INVASIÓN RUSA

 25 de febrero de 2022

1) Resulta arriesgado hacer especulaciones sobre el alcance de la operación militar rusa. Pero parece evidente que al marchar sobre Kiev y no limitarse a crear una zona de seguridad en el Este del país, el Kremlin ha decidido acabar con el gobierno central e imponer un vuelco favorable a sus intereses. Este propósito exigirá una ocupación militar, se admita o no en Moscú. La victoria militar será comparativamente mucho más fácil que la consecución de los objetivos políticos a medio y largo plazo. Cuando callen las armas, empezará una batalla mucho más larga e insidiosa que desgastará inevitablemente a Rusia.

2) Las invocaciones sobre la dimensión “histórica” de lo que está ocurriendo es una tentación irresistible para la mayoría de los dirigentes y de los editores de los medios informativos. A pesar de la enorme importancia de los acontecimientos que estamos presenciando (los ucranianos, sufriendo), la fase militar no es más que una consecuencia de decisiones políticas y/o diplomáticas anteriores.

3) Algunos juicios sobre la estabilidad mental de Putin o sobre su estatura moral pertenecen más al ámbito de la propaganda o de la retórica emocional que al análisis objetivo de la realidad. El presidente ruso actúa con la crudeza de quien cree defender sus intereses de seguridad sin contemplaciones. La política internacional nunca es un ejercicio de bondad o de ética, sino un complejo sistema de normas y decisiones que se aplican en función del interés, los recursos y las capacidades de cada parte en un momento determinado.

4) Los servicios de inteligencia norteamericanos -y occidentales, por extensión- acertaron en esta ocasión sobre las intenciones del presidente ruso, aunque no fueron exactos sobre el momento de la invasión. Una desviación menor, en relación con las advertencias de la pasada semana, pero completamente exactos con la previsión inicial de que el Kremlin esperaría al final de los Juegos Olímpicos de invierno para no incomodar a China,

5) La reacción occidental, más allá de la solemnidad de las declaraciones de los principales líderes, ha sido, hasta la fecha, muy contenida. Como se esperaba. La gestión de las sanciones contra Rusia  ha seguido la vía gradual, con el supuesto propósito de hacer reflexionar al presidente ruso. Pero nadie cree sinceramente en una rectificación. La operación militar llegará hasta el máximo de las capacidades y no es previsible que la amenaza del daño económico sea muy efectiva para provocar un giro en el comportamiento del Kremlin, que ya tenía descontado el coste de su decisión.

6) La confirmación de la negativa occidental a implicarse militarmente en Ucrania ayuda a comprender por qué la aspiración de una parte de la élite de Kiev de ingresar en la OTAN ha permanecido congelada durante casi catorce años. Ningún gobierno occidental está dispuesto a arriesgar vidas o comprometer recursos por la independencia de Ucrania. Kiev sabía eso de sobra. Es comprensible la amargura de estos momentos, pero no podía esperarse otra cosa.

7) Resulta difícil pensar en estos momentos en una negociación diplomática, pero la Historia nos enseña que eso es lo que ocurre siempre después de un estallido bélico. Lo que ocurre es que los dirigentes se prohíben reconocerlo para no parecer que se premia o tolera la agresión. Eso es precisamente lo que puede haber impulsado a Putin a subir peligrosamente la apuesta. Ya que no ha servido la intimidación, ha considerado inevitable golpear para forzar una nueva disposición del sistema de seguridad europeo.

8) La actual unidad aliada es solo aparente, casi obligada por la gravedad y emocionalidad del momento. Las diferencias de percepción y la asimetría de las relaciones con Moscú no van a cambiar por la invasión rusa de Ucrania. Hay al menos tres grupos de interés en la OTAN: lo extracontinentales (EE. UU., Canadá y el Reino Unido), los europeos occidentales (el núcleo duro de la UE, con París y Berlín a la cabeza, no coincidentes en todo ni mucho menos) y los antiguos países satélites de la URSS. Los márgenes de compromiso con esta Rusia autoritaria, ultranacionalista y nostálgica son muy distintos en cada caso.

9) El reequilibrio de la seguridad en Europa quizás se limitado o no tan desestabilizador como proclaman algunos dirigentes y doctrinarios occidentales. No es previsible que Rusia se atreva a intervenir en los países bálticos y menos aún en los estados centroeuropeos satélites de la URSS, porque eso activaría el artículo 5 del Tratado de Washington, que obliga a todos los aliados a defender al miembro que sea agredido. Tal escenario sería suicida para la Rusia de Putin y podría desencadenar un conflicto devastador.

10) China debía saber desde hace tiempo lo que Putin había decidido hacer para “resolver” la úlcera ucraniana. No es posible pensar que a Pekín le ha sorprendido para nada la escalada militar. Pekín puede asumir esta deriva agresiva de Moscú si no se descontrola. La alianza chino-rusa presenta tantas ventajas como inconvenientes. La tradicional cautela china en su política internacional consistirá en maximizar las primeras y reducir los segundos. Estos días se cumple el 50 aniversario de la visita de Nixon a Pekín, que consolidó el lento giro de la política exterior china tras el cisma comunista de mitad de los años cincuenta. La proclama amistad entre Xi y Putin no puede compararse a la entente entre Mao y Stalin a primeros de aquella década. Aquella fue primordialmente ideológica y ahora prima la dimensión económica y tecnológica.

NI PAZ NI GUERRA: PROPAGANDA

16 de febrero de 2022

Seis semanas después, la crisis de Ucrania parece amortiguada, sin estarlo del todo. Esa va a ser la tónica durante las próximas semanas, quién sabe si meses. O años. En el deliberadamente confuso panorama de este momento, lo único que parece claro es que la crisis tiene mucho de fabricación propagandística. Por ambas partes.

La guerra no ha sido una opción del todo real o material, sino una amenaza. Hay un término ruso para expresarlo: maskirovka (mascarada, camuflaje, engaño). Pero para sostenerse debía parecerlo. Rusia ha acumulado fuerzas que superan técnicamente el umbral de unas simples maniobras. Pero, como ha dicho el propio ministro ucraniano de Defensa, nunca se ha pasado a la fase de combate. Basta leer la prensa rusa para entenderlo (1). El Kremlin ha mantenido una ambigüedad calculada. Natural: para ser creíble, la intimidación se tiene que parecer mucho a la consumación. La historia ayuda: la URSS invadió Hungría y la entonces Checoslovaquia. A veces, no basta con amagar y hay que golpear para hacerse respetar.

En Occidente también se ha desplegado una estrategia análoga, aunque sea menos evidente para el gran público de este lado. Nadie está dispuesto a arriesgar vidas por Ucrania. Eso se reconoce, aunque se utilicen fórmulas diplomáticas que no hieran demasiado la sensibilidad de los ucranianos, muchos de ellos inmigrantes en Europa, por cierto. La aparente firmeza de EE.UU. y de la OTAN se agrietaba con los matices, dudas, temores y vacilaciones de dos de los grandes aliados continentales, Francia y Alemania. Por debajo de una unidad declarativa han persistido diferencias históricas y naturales. Muchos de los reproches y de las viejas cuitas aliadas de la guerra fría han emergido de nuevo, con sus actualizaciones correspondientes. Tópicos como la ambición francesa de una defensa europea autónoma o la ostpolitik (política oriental) alemana han vuelto a circular estas semanas. En muchas ocasiones, más como elementos arrojadizos que como conceptos profundos de una política de seguridad europea.

Hemos podido leer en prestigiosos medios occidentales que “la crisis de Ucrania ha revivido a la OTAN”, o que “la Alianza Atlántica se ha mostrado más fuerte y unida que nunca”. Se trata en realidad de un sofisma. Son tan dudosas esas afirmaciones como la aparente provocación de Macron sobre la “muerte cerebral”. La OTAN existe porque es instrumento necesario del actual orden internacional. Con una Rusia fuerte o con una Rusia débil. Hasta cierto punto, más si cabe en el segundo caso -se justifica en el guion- porque se incrementan las percepciones de inseguridad. Se ha pasado de una Rusia poderosa a una Rusia “revisionista”. Peligrosas ambas.

Las diferencias aliadas son reales pero menos decisivas de quienes pretenden hacer de ellas una muestra del pluralismo occidental. Las alianzas se construyen sobre intereses no sobre principios morales: éstos son el ropaje legitimador. En la crisis de Ucrania, la OTAN no se ha desplegado como un aparato militar preparado para confrontar al adversario, simplemente porque el país pretendidamente amenazado de invasión no es miembro de la alianza. Es un aspirante al que se tiene esperando en la puerta desde hace más de diez años, sin intención real de recibirlo. El ingreso de Ucrania en la OTAN ha sido también una forma de intimidación, en este caso occidental, alambicada e imprecisa, pero con enorme poder intranquilizador para el adversario.

AUTOPROFECÍA CUMPLIDA

El enfriamiento de la crisis transita por senderos previsibles. Ucrania ha dejado entender, con el cruce habitual de declaraciones contradictorias que confirman más que desmienten, que no parece posible ingresar en la OTAN. Y ello a pesar de la presión nacionalista radical como razona lúcidamente un sociólogo ucraniano residente en Chicago (2). Una vez que el gobierno de Kiev ha elevado este propósito al espacio ideal de las aspiraciones constitucionales sine die (como en el capitalismo liberal el derecho al trabajo o a una vivienda digna para todos, etc), Rusia ha hecho un gesto “apaciguador” convenientemente televisado y orquestado (anuncio de fin de una de las maniobras junto a la frontera y declaración formal de seguir hablando). En Washington, también se ha cambiado el tono: de la “invasión inminente” que anunció este fin de semana Jack Sullivan (Consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca) se ha pasado a “la invasión es todavía posible” de Biden en las últimas horas. El mensaje es que no hay que bajar del todo los brazos ni relajar la firmeza. Al cabo se trata de la autoprofecía cumplida. En ambos campos.

El Kremlin puede decir, y dirá, que los occidentales han terminado por comprender que el ingreso de Ucrania en la OTAN no iba a ser tolerado por Rusia. Las demás exigencias que Moscú presentó por escrito pueden ser derivadas a largas y complejas negociaciones. Mientras, eso sí, la amenaza seguirá siendo palpable en las fronteras. Como decía hace unos días el profesor búlgaro Ivan Krastev, la estrategia de Putin no era la guerra, sino una crisis prolongada e hibernada que mantenga un manejable grado de tensión (3). En las próximas semanas, veremos brotes de tensión reavivada en las repúblicas secesionista de Donetsk y Lugansk, y quizás su reconocimiento formal por Moscú (al estilo de Osetia del sur o Abjasia, en Georgia).

Occidente, por su parte, puede decir, y dirá, que Rusia no se ha atrevido a invadir ante las terribles consecuencias para su economía que hubiera supuesto la imposición de sanciones nunca vistas por su severidad y amplitud. La OTAN habría demostrado una vez más su utilidad, como lo hizo durante la guerra fría, al prevenir una invasión soviética que, en caso contrario, se hubiera producido sin el menor asomo de duda.

Cualquiera de estas afirmaciones o posiciones no son verdad o mentira en sentido estricto. Por su propia naturaleza: son suposiciones. Están asentadas sobre el terreno de las percepciones, material con el que se fabrica la propaganda, ahora reforzada por el mayor poder convincente de las imágenes. No es una novedad en sentido estricto (recuérdese el empleo de las fotos de los misiles soviéticos en Cuba en la crisis de 1962). Pero en estos tiempos de asombrosa capacidad tecnológica, ha adquirido una mayor eficacia y credibilidad por la calidad y la penetrabilidad de los recursos técnicos. La inteligencia es secreta solo cuando conviene (4).

PAZ CALIENTE

La vuelta a la guerra fría, esa figura retórica de políticos, diplomáticos, militares, académicos y mediáticos es, sobre todo un estado de ánimo, la construcción de una sensación predominante. Hay otra expresión análoga que suena más sugerente: paz caliente. Su autor es el que fuera embajador de Estados Unidos en Moscú, Michael Mc Faul, que hoy oficia como enseñante de las futuras élites en la Universidad de Stanford. En un libro reciente desgrana una metodología de relación con Rusia. La tesis de McFaul, simplificando, consiste en “enfriar” a Putin, otorgarle piezas menores para extraer de él concesiones vitales para Occidente. Se trata, según sus palabras, de una visión actualizada de la distensión de los años setenta, que él codifica en una fórmula: Helsinki 2.0; es decir, una recuperación del espíritu de la Conferencia de Seguridad celebrada en la capital finlandesa (1975), que propició los posteriores acuerdos de control de armas, desarme y medidas de confianza. El núcleo de aquel proceso era reconocer a la URSS como potencia decisoria en Europa pero marcarle limites y obligarle a admitir lo mismo que había firmado en Yalta: el respeto a los derechos individuales y los imperativos de la democracia.

Lo ocurrido estas últimas seis semanas en torno a Ucrania -y lo que nos queda- hace más necesario pero también más complejo el tratamiento sugerido por McFaul. El equilibrio de los 70 se hizo añicos en los 90, tras la desintegración de la URSS. El juego de concesiones es hoy asimétrico. Rusia quiere recuperar lo que perdió cuando el hundimiento soviético hizo caduco el “espíritu de Helsinki”. Los países satélites de Moscú en Europa del Este se convirtieron en plataformas avanzadas de Occidente, con su incorporación a la OTAN. La última baza que le queda a la Rusia heredera de la URSS es Ucrania. Una cuestión existencial, se repite en Moscú.

EL PAPEL MEDIÁTICO

Una última consideración sobre el tratamiento mediático de la crisis. Los medios (liberales o nacionalistas, serios o tabloides) tienen casi siempre propensión a dejarse arrastrar por la tamborrada bélica. Para los primeros, se trata de alimentar los instintos más simples de patriotismo o de puro morbo. Los otros, en cambio, invocan la responsabilidad, la gravedad de la función de informar en una sociedad libre y otros principios elevados, aunque por debajo fluyan imperativos menos nobles. Por un lado, la vinculación de esos medios responsables con los intereses que encarnan los gobiernos; y, por otro,  la necesidad de fidelizar a una clientela cada vez más esquiva con unos contenidos que siempre suscitan atención. La amenaza de guerra siempre vende más que una incomprensible (y aburrida para la mayoría) disputa diplomática o geoestratégica. Hay más instinto de mercado que sentido de Estado en el tratamiento de las crisis mundiales. La llamada “prensa seria” no se diferencia de la “sensacionalista” en el fondo, sino en la forma. Lo hemos comprobado muchas veces y esta vez no es diferente.

 

NOTAS

(1) “La guerre en Ukraine, una psychose agitée par l’Occident” (resumen de prensa rusa). COURRIER INTERNATIONAL, 15 de febrero.

(2) “Why everything you know about Ukraine is probably wrong” (Entrevista con el sociólogo ucraniano Volodomyr Ishchenko). JACOBIN, 14 de febrero.

(3) “Europe thinks that Putin is planning something worse than war”. IVAN KRASTEV (Instituto de Ciencias humanas, en Viena). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(4) “To reveal or not to reveal. The calculus behind the U.S. intelligence disclosures”. DOUGLAS LONDON. FOREIGN AFFAIRS, 15 de febrero.

(5) “How to make a deal with Putin. Only a Comprehensive pact can avoid the war”. MICHAEL MCFAUL. FOREIGN AFFAIRS, 11 de febrero.

LA CRISIS DE UCRANIA: DISONANCIAS DIPLOMÁTICAS

9 de febrero de 2022

La crisis de Ucrania no remite pero se libra, de momento, en el terreno diplomático o táctico. Se sigue hablando de la guerra en potencial, con las herramientas de la palabra: de la propaganda. En ese combate blando, no todos hablan el mismo lenguaje. O, para ser más preciso, emplean recursos que dejan deliberadamente en duda el significado de lo que se dice, de lo que se anuncia, de lo que se apuesta.

Este juego deliberado de equívocos no se establece solamente entre los adversarios, digamos los aliados de la OTAN y Rusia, o si se quiere utilizar el esquema de la guerra fría, el Este y el Oeste. En cada campo se detectan divergencias, matices, sutiles o ásperos, que reflejan una suerte de disonancias diplomáticas. Es muy evidente en el caso de los aliados occidentales, pero también puede advertirse, con más finura, entre Rusia y China.

MACRON, EL PACIFICADOR

El principal protagonista de esta ambigüedad diplomática es el presidente francés. Como se podía esperar, ha encontrado el momento para acaparar atención informativa y protagonismo, después de una semanas relegado por los tenores ruso y norteamericano. La voz de Macron es barítona pero muy audible, incómoda para los propios, desconcertante para los ajenos.

Después de cinco horas de conversaciones con Putin, el presidente francés compartió sus ideas con los medios. La idea fuerza fue ésta: la guerra se puede evitar, si se atienden los derechos legítimos de seguridad de Rusia, sin menoscabar la soberanía de Ucrania (1). Pero su lenguaje alambicado produjo perplejidad. Insinuó la posibilidad de algo parecido a la finlandización; es decir, la neutralización impuesta más que voluntaria de un vecino de la poderosa Rusia (otrora URSS). Obviamente, no por diktat, sino mediante la negociación de una nueva estructura de seguridad europea. Música muy deleitosa en los salones franceses (2). La noción de neutralidad protegida de Ucrania es también defendida en algunos círculos estratégicos alemanes y americanos (2).  Mientras tanto, para abordar lo más inmediato, Macron apuesta por revitalizar el formato cuadrilateral de Normandía (Rusia, Ucrania, Alemania y Francia) y reflotar los moribundos acuerdos de Minsk. En otras palabras, la intención de Macron consiste en “europeizar la solución de la crisis” (4).

La disonancia no reverberó solamente en Ucrania, donde recibieron a Macron, con “sonrisa crispada”, sino en la propia Moscú. El portavoz del Kremlin negó que, como insinuó el francés, Putin se hubiera comprometido a concesiones concretas o que la concentración de tropas en Bielorrusia se fuera a disolver después de las maniobras en curso. El propio líder ruso dijo, al lado de Macron, que era “demasiado pronto” para valorar las propuestas de su colega francés.

El esfuerzo del titular del Eliseo responde a tres vectores convergentes:

- la continuidad de la singularidad francesa en la alianza occidental, establecida por De Gaulle a mitad de los sesenta (o una década antes, desde la crisis de Suez, en realidad).

- la ambición de liderar una “autonomía estratégica de Europa”, que no sólo establezca criterios y líneas de actuación en relación a Rusia, sino también con respecto al desafío que plantea China y a otros frentes de crisis en la periferia europea (África y Oriente Medio) .

- la inminencia de unas elecciones, que no amenazan con cercenar su carrera política, pero de no obtener un resultado la menos igual o preferiblemente mejor que en 2017, podrían debilitar su liderazgo interno y su proyección internacional.

SCHOLZ, EL CALCULADOR          

El canciller alemán ha contemplado con discreción tanto los equilibrios de Macron, como las maniobras de Putin o las advertencias de Biden. Frente a la verbosidad del líder francés, el jefe del gobierno de Berlín ha aplicado el método merkeliano de las pocas palabras y el tono bajo. Se ha ganado reproches por eso. En Washington, se diga en público lo que se diga, molestó esa posición esquiva durante las primeras semanas de la crisis. Reflejo de ello, la embajadora de Alemania en Washington remitió un despacho encabezado con una frase tópica: “Berlín, tenemos un problema...” (5).

El problema era la credibilidad. En Washington empezaban a dudar se la disposición de su primer aliado en Europa para enfrentarse al adversario ruso, en caso de invasión/incursión en Ucrania. Scholz se ha visto obligado a rectificar. Pero sin aspavientos. Visitó el despacho oval y luego trató de acompasar su mensaje al del líder de la alianza: “Una nueva violación de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania es inaceptable y tendría para Rusia severas consecuencias políticas, económicas y seguramente estratégicas”. Una declaración en línea con el mensaje de Biden, quien tampoco tiene el estómago para guerras.

La posición alemana, en realidad, no ha cambiado tanto. O no ha cambiado en absoluto. En Berlín hay un amplio consenso en el estable sistema político centrista (gobierno y oposición) a favor de preservar la paz y evitar cualquier provocación o desatención. Rusia es, como ya se sabe, el proveedor de casi la mitad del gas que calienta los hogares y hace funcionar la maquinaria productiva del país. Las alternativas manejadas estos días se antojan lejanos y costosos castillos en el aire. La guerra se contempla como una catástrofe inaceptable no sólo para ucranianos y rusos, sino también para los alemanes. Y, tras dos guerras mundiales en treinta años el pasado siglo, los germanos tienen aversión a las catástrofes.

Al cabo, como dice el profesor búlgaro Ivan Krastev, a Europa no le preocupa tanto la guerra como la amenaza de guerra, o la guerra sin fuego, que Putin pueda mantener largo tiempo (6).

BIDEN, EL RETICENTE

El presidente norteamericano está incómodo con esta crisis. Tiene una profunda desconfianza de Putin, por muchas razones. Como representante del establishment político nutrido en la guerra fría, le cuesta aceptar que la Rusia de hoy es algo demasiado distinto de la URSS. Como patricio demócrata, no le perdona al presidente ruso que interfiriera en las elecciones de 2016 para favorecer la victoria de Trump, al que podía manejar mejor que a la señora Clinton. Como político en retirada, y quizás presidente de un solo mandato, le agobia ser consumido por una crisis exterior, cuando intenta dejar un legado de (tímidas) mejores condiciones de vida y derechos sociales semejante al de Johnson. Como eso que se llama retóricamente “líder del mundo libre”, le interesa mucho más dejar sentadas las bases de la contención de China, el adversario sistémico del siglo XXI, que abrir del nuevo el libreto de la confrontación con Rusia, el enemigo derrotado del siglo XX.

En la burbuja del poder norteamericano también se percibe una cacofonía, por debajo de la oficial unanimidad del credo liberal. Los “halcones” reprocharon a Biden que, al principio de la crisis, hiciera una distinción entre “invasión” e  “incursión menor” de Rusia. O que rechace de plano el envío de tropas a Ucrania. En cincuenta años de carrera política ha sido siempre resistente a las aventuras militares de Estados Unidos. Después de todo, la “lección de Vietnam” fue un mantra para su generación. Ahora, el axioma de Metternich (“la diplomacia es la guerra por otros medios”) le obliga a utilizar un lenguaje más belicista del que quisiera.

ZELENSKI, EL ASEDIADO

Aún más evidentes son las disonancias entre los supuestos protectores y el protegido. En Kiev no ha sentado bien que Macron se mostrara tan “solícito” con Putin. Pero al gobierno no le ha gustado nada el tono “alarmista” de Washington o Londres, por la inducción al pánico y la erosión de la confianza en una economía que ya capotaba antes de este último sobresalto (7). El presidente ucraniano trata de armar un núcleo de lealtades en un país donde el poder está muy claramente al margen de las instituciones. Zelensky encuentra más confort en los países bálticos o en Polonia que en los pesos pesados europeos (8). La ministra alemana de exteriores intentó tranquilizar los aliviar el agobio del gobierno ucraniano, pero sin moverse un ápice de la negativa a proporcionarle armamento. La defensa de Ucrania es más retórica que material.

XI Y PUTIN, UNA EXTRAÑA PAREJA ESTRATÉGICA

Finalmente, las disonancias tampoco están ausentes en la aparente nueva armonía entre Moscú y Pekín. En los medios más conservadores o belicistas occidentales, la cumbre de los Juegos de Invierno ha dejado una impresión apresurada de frente estratégico euroasiático. Lejos de la realidad. Las versiones rusa y china de la declaración conjunta final evidencian el distinto tono y temperatura de cada parte. Pekín asume la crítica a la OTAN y el rechazo a un orden internacional impuesto según los criterios occidentales, pero es muy evasivo en el asunto de Ucrania (China nunca ha reconocido la toma de Crimea por Rusia).

Los que agitan el especto del peligro chino han llegado a decir que una invasión rusa de Ucrania no suficientemente castigada alentaría los designios anexionistas de China con respecto a Taiwan. Pero Xi Jinping sabe que no está el horno de la economía china para batallas militares, ni para sanciones económicas occidentales, si Pekin acudiera en socorro de Rusia. China compra y vende a Europa bienes y servicios por valor diez veces superior a lo que comercia con Rusia. Una cosa es la convergencia de ideas, propósitos y conveniencias y otra arriesgar la estabilidad de un crecimiento que renquea (9). El principio de que el enemigo de mi adversario es mi amigo incondicional no encaja en el pragmatismo chino.  


NOTAS

(1) “Emmanuel Macron teste une ‘méthode’ de désescalade face à Vladimir Poutin”. BENOÎT VIKINE y PHILIPPE RICARD (Corresponsales en Moscú). LE MONDE, 8 de febrero;

(2) “La place de l’Ukranie dans l’OTAN, équation insoluble de Emmanuel Macron”. PHILIPPE RICARD (Corresponsal en Moscú). LE MONDE, 9 de febrero;

(3) “How to break the cycle of conflict witn Russia”. SAMUEL CHARAP. FOREIGN AFFAIRS, 7 de febrero.

(4) “Emmanuel Macron’s remarks on Russia set alarm bells ringing”. PATRICK VINTOUR. THE GUARDIAN, 8 de febrero;

(5) “Olaf Scholz is coming to America on a mission of salvage mission”. TORSTEN BENNER (Director del Instituto de Política Global, en Berlín). FOREIGN POLICY, 4 de febrero; Germany has a little maneuvering room in Ukraine conflict”. DER SPIEGEL, 24 de enero.

(6) “Europe thinks that Putin is planning something worse than war”. IVAN KRASTEV (Instituto de Ciencias humanas, en Viena). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(7) “Ukraine’s Zelensky’s message is don’t panic. That’s making the West antsy”. DAVID STERN y ROBIN DIXON. THE WASHINGTON POST, 31 de enero;

(8) “Deçu par les États-Unis et l‘UE, l’Ukraine cherche des nouveaux alliés. SERGEÏ STROKAN (Columnista de KOMMERSANT), reproducido en COURRIER INTERNACIONAL, 2 de febrero;

(9)”Don’t buy the Xi-Putin hype”. CRAIG SINGLENTON. FOREIGN POLICY, 8 de febrero.

PORTUGAL Y EL VENTILADOR POLÍTICO ASISTIDO DE LOS SOCIALISTAS EUROPEOS

 2 de febrero de 2022

El triunfo por mayoría absoluta de los socialistas en Portugal (42% de los votos) constituye un rara avis en Europa por su contundencia: sólo en los países con sistema electoral mayoritario se han dado márgenes similares. Pero no se trata de una primicia política: las últimas citas con las urnas han sido benignas con los partidos de centro-izquierda.

Un competente proceso de vacunación (90% de la población, inmunizada) y esa perspectiva de alivio económico (18.000 millones de euros) han favorecido el triunfo tan claro (no tan inesperado como indicaban engañosamente los sondeos) de los socialistas portugueses. Cuatro de cada diez votantes han decidido que no era momento de riñas ideológicas o de radicalismos sobre la profundidad del empeño, sino de gestión estable de los fondos europeos.

La izquierda radical negó al socialista Costa el apoyo a los presupuestos por entender que no era suficientemente ambicioso en la lucha contra los desequilibrios sociales, y podía tener base material para el reproche. Pero es muy dudoso que la alternativa (derechista, fragmentada y atosigada por el crecimiento de una ultraderecha hasta ahora testimonial) fuera a ser más beneficiosa para los desfavorecidos. En tiempos de crisis, el miedo a lo desconocido o el riesgo de empeorar alienta a las opciones continuistas. El líder socialista portugués lo supo ver con claridad y prefirió aceptar el reto electoral que enredarse en discusiones desgastadoras.

Los resultados en Portugal han disparado los análisis y comparaciones, interesadas u honestas, con las perspectivas en España, donde una coalición de izquierdas renquea pero se mantiene. Pese a la cercanía geográfica y cultural, las diferencias políticas entre los dos estados ibéricos son profundas y los factores que operan en los equilibrios electorales resultan muy dispares. Las disputas nacionalistas y autonómicas en España no existen en Portugal. Allí, la tensión territorial es más social que ideológica. En el centro, los partidos minoritarios de izquierda tienen menos capacidad de presión, aunque les alcanzara durante los últimos años para forzar un acuerdo parlamentario con los socialistas.

LIDERAZGO EUROPEO

Portugal ha sido uno de los principales territorios reserva del socialismo democrático durante la terrible década anterior. De los países continentales con una población superior a los 10 millones, Portugal es el que cuenta con el Partido Socialista continental más robusto en las urnas, con una media del 32,2 % entre 2009 y 2020. Después del domingo, esa cifra se eleva casi dos puntos y medio. El PSOE presenta una media del 26% en el periodo señalado.

No debe olvidarse al PS rumano, que atesora casi tres puntos y medio más que el portugués (35,6%), pero sus pobres resultados en 2020, los peores en el siglo XXI, tras unos escándalos de corrupción, auguran una etapa de debilidad.

Si consideramos al resto de la UE (hasta 2020), el PSP sólo fue superado por el Labour británico (33,2%), favorecido por un rígido bipartidismo, y más claramente por los laboristas malteses, con un porcentaje medio de votos del 56%, pero Malta tiene medio millón de habitantes y las opciones izquierdistas son casi inexistentes.

En comparación con los feudos históricos de la socialdemocracia en el norte y centro de Europa, el rendimiento electoral del PSP cobra más valor aún. Los socialdemócratas de Islandia gozan de una media casi idéntica (32,1%) a la de sus colegas lusos, pero los potentes vecinos laboristas noruegos están un punto por debajo, y seis los socialdemócratas suecos (números idénticos a los españoles). Los daneses atravesaron por dos décadas sombrías, en especial la última, con un resultado medio inferior al 18% (catorce puntos menos que los lusitanos).

En Alemania, país más poblado y más rico de la UE, el SPD experimentó un largo y sostenido declive desde el 40% de 1998 hasta el 20,5% de 2017, su suelo posterior a la II guerra mundial. En otros países centroeuropeos con fuerte implantación del puño y la rosa, hubo significativos retrocesos (Austria) o incluso derrumbes (Holanda).

UN RESCATE KEYNESIANO

El socialismo democrático como opción de gobierno estaba anémico antes de la pandemia, cuando la doctrina neoliberal, pese a los calamitosos efectos sociales, aún dominaba los criterios de la economía política en el continente. El hundimiento de los laboristas británicos, de los socialdemócratas alemanes y de los socialistas franceses así lo atestiguaba. En el feudo nórdico, los partidos promotores del estado providencia se encontraban en su peor momento. Sólo en el sur de Europa, especialmente castigada por la depresión de la década anterior, el desgaste de los partidos de la derecha, les había permitido una nueva oportunidad.

El destrozo económico de la Covid y sus terribles efectos sociales (que sólo han empezado) obligó a modificar la ortodoxia europea y acudir a un keynesianismo en forma de fondos de reconstrucción, aunque condicionado y temporalizado. La socialdemocracia se ha encontrado con un ventilador político asistido, inesperado hace dos años, que aliviará ligeramente la catástrofe social. Eso le permite recuperar un discurso de vuelta a los principios y a la gestión de políticas públicas que ya no sean sinónimas de burocratismo, estancamiento y corrupción, como fustigaban los mandarines neoliberales, sino motor de una recuperación productiva y de corrección tibia de la desigualdad social. El socialismo democrático que se dejó arrastrar por la marea neoliberal se engancha ahora al oxígeno dulce de los fondos europeos para sanear sus pulmones políticos y recobrar espacio vital.

Los partidos socialistas han vuelto al poder en Alemania, Escandinavia y Dinamarca. Pero los tiempos no han cambiado en balde. Aquel modelo social nórdico o ese capitalismo renano pactista que fungió el SPD son hoy muy distintos. En los países nórdicos, los partidos socialistas democráticos han endurecido sus políticas de inmigración, según dicen para hacer viable el estado del bienestar (1).

Este nuevo escenario estará plagado de paradojas. No menor es la de Suecia, donde se produjo una situación con cierto paralelismo al caso de Portugal, aunque con resultado diferente. La primera ministra socialdemócrata, Magdalena Andersson, perteneciente al ala derecha del partido, tuvo que dimitir al negarle sus socios de izquierda el apoyo al presupuesto. Recuperó el cargo al cabo de una semana, pero el proyecto de cuentas públicas que salió adelante en el Parlamento fue el defendido por los partidos de la oposición-liberal.

En Alemania, el desgaste político de Angela Merkel, la gran dama de la euroausteridad, y de sus mediocres herederos y la necesidad de dinero público para reflotar el crecimiento han acelerado el ventilador de respiración asistida. El SPD ha pasado de ser un enfermo crónico a dirigir de nuevo la Cancillería, 16 años después, aunque en frágil y precario equilibrio con liberales y ecologistas. En otros lugares del centro y oeste de Europa, los partidos socialdemócratas confían en que les llegará pronto el tiempo de salir del purgatorio.

Francia es la gran excepción. El PSF está en coma, rodeado de otros antiguos compañeros/ rivales de viaje con no mejores condiciones de salud. Incluso los intentos supuestamente novedosos de participación popular, como la Primaria de este pasado fin de semana, parecen condenados de antemano por una suicida aversión a la unidad. Parte del caudal de voto socialista, comunista o izquierdista francés se canalizará hacia la extrema derecha nacionalista (el RN, de Marine Le Pen), ahora amenazada por una deriva populista-libertaria-trumpiana, personalizada en Éric Zemmour.

Los próximos años serán decisivos para comprobar si hay un cambio de rumbo en Europa. La normalidad pospandemia y, en particular, la recuperación de los parámetros económicos obligará a los partidos socialistas democráticos a definir sus políticas. Sin ventiladores.

 

NOTAS

(1) “Les habits neufs de la social-democracie escandinave”. ANNE-FRANÇOISE HIVERT (corresponsal en Suecia). LE MONDE, 21 de enero; “Nordic countries aren’t actually socialists”. NIMA SANANDAJI. FOREIGN POLICY, 27 de octubre; ( ) “Au Danemark, le dur combat des opposants à la politique migratoire”. LE MONDE, 28 de enero.