EL PARTIDO ESPARADRAPO

 19 de julio de 2024

Ya está Trump ungido de nuevo como candidato presidencial, y ahora, según él mismo ha dicho, por la gracia de Dios. Una conversión oportunista más en una trayectoria de pronunciamientos convenientes según sopla el viento. En la convención de Milwaukee, el histórico Partido Republicano, el más antiguo de la Nación, completó su ominosa entrega a un líder sin escrúpulos, en el sentido más exacto del término: nada le molesta, incomoda o repugna si ello le sirve para saciar su ambición. Y su vanidad: es perfectamente adivinable la satisfacción que debe haberle producido contemplar a tantos devotos seguidores ataviados con el esparadrapo en la oreja, en mimetismo con su jefe, herido en un atentado tan rentable.

Pocos analistas y expertos se aventuran a pronosticar otra cosa que no sea la victoria del Partido esparadrapo en noviembre. Algunos incluso predicen un landslide (barrida, que se diría en castellano). Hay poco interesante que contar de la simplona liturgia de la Convención, salvo las escenificaciones demasiado previsibles de los líderes, de los antiguos rivales ahora sumisos y obsequiosos, de unos delegados autómatas y tan entregados como cualquier fanático ante su estrella preferida en el escenario. Estos espectáculos cuatrianuales son el reflejo de un sistema político decadente que se protege detrás de una insustancial y tramposa puesta en escena permanente. Este año el confeti dejado paso al esparadrapo en la oreja, símbolo de una herida impotente que no impedirá la recuperación de una Nación debilitada, dicen los exégetas del líder, por la conspiración de las élites, sus enemigos externos y hasta sus aprovechados falsos amigos de fuera. 

Trump prepara su regreso al Despacho Oval que deshonró durante cuatro años, según la valoración de los críticos más acervos. Sólo un imprevisible giro del destino puede privarle de la victoria, se repite cada vez con más frecuencia. Las encuestas, ese arma que cargan los miles de diablos del sistema, así lo avalan. Ese giro podría ser, por qué no, un atentado más certero o, confían sus adversarios de la otra acera política, una última y convincente apelación al buen juicio del votante americano. 

La “sorpresa de octubre” es cómo se conoce a ese fenómeno que, de cuando en cuando, cambia la tendencia de voto en unas elecciones presidenciales.  Suele tomar la forma de un acontecimiento transformador, un escándalo desvelado o un error garrafal de un candidato. En esta ocasión, la “sorpresa” debería producirse antes, durante el verano a ser posible. Y, a la vista de la situación, no puede ser otra cosa que la retirada del actual Presidente en favor de un aspirante más joven, con mejor salud. De tanto repetirlo, de tanto insistirle, el anciano Biden empieza a dar muestras de cierta flexibilidad, de “considerar” la idea. Hasta ahora se ha resistido con obcecación, blindado por su núcleo familiar y su círculos de leales. Autoconfinado por un nuevo brote de Covid en su residencia familiar de Delaware, el incumbent (presidente en ejercicio) medita. Seguramente debe estar valorando qué es más humillante: una retirada ahora o una derrota aplastante en noviembre. 

Los pesos pesados del Partido Demócratas han sido muy lentos en su reacción. O tal vez han respondido como aconseja el manual de la hipócrita política norteamericana: pensar una cosa y decir otra; o mejor, decir una cosa en privado y otra en público; o también, decir algo sotto voce con el propósito de que se termine enterando todo el mundo sin que se pueda identificar del todo la fuente, para satisfacer a quienes piden un pronunciamiento claro, pero sin molestar al destinatario del juicio sumarísimo. 

Después del venturoso atentado fallido de Pensilvania, las cautelas se han esfumado. Se ha impuesto la vía de la emergencia en el Partido Demócrata. Hasta ese momento, las debilidades del Presidente estaban acentuadas por decisiones judiciales (Tribunal Supremo) que tan escandalosamente han favorecido al adversario. Las grandes togas ya han votado, conforme a lo que se esperaba (o se temía) de ellas: conforme a la lealtad política hacia quienes les habían puesto en el cargo. Pero ahora, hay que responder nada menos que a la providencia divina, tal y como el Partido del elefante (en adelante, del esparadrapo) presenta la supervivencia de su líder.

“Se supone que no debería estar aquí, porque tendría que estar muerto”, dijo Trump regodeándose en su suerte, antes y durante la Convención. Explotará este “guiño del Creador” hasta noviembre, puede darse como seguro, con el entusiasmo del converso.

De momento, ha elegido a un radical de derecho como compañero de ticket. Uno de sus más entusiastas admiradores, pero converso a su vez: en su día llamó a Trump el “Hitler de América”, para luego rendirse a sus designios MAGA (Hacer a América grande otra vez). J.D. Vance es un joven político de procedencia popular, criado en una familia desestructurada (como ahora se dice en los ámbitos tecnocráticos de la asistencia social). Con experiencia militar (en Irak) y mucha demagogia populista, Vance representa a esa nueva derecha que tantas inquietudes despierta en Europa. El sector “moderado” del Partido Republicano, el que no se pone el esparadrapo en la oreja, se ha colocado hace tiempo una venda en los ojos y prefiere no ver, no oír, no hablar. Todo merece la pena para recuperar todo el poder: no sólo la Casa Blanca, también el Capitolio. 

Desde el entorno aliado de Europa y Asia se contempla todo más que con inquietud con el cinismo activo de la resignación. De este lado del Atlántico se gestiona el desafío de la ultraderecha con la experiencia de siglos: retórica de combate, uso experto de los mecanismos de control y política de compromisos. En la esfera supraestatal hubo un amago de pacto del Partido Popular con la extrema derecha más razonable, para cubrir un improbable pero no imposible desfondamiento del consenso centrista. Al tándem Von der Leyen-Weber le ha salido bien la jugada. Ambos han conseguido mantener la división ultra con sus promesas y guiños seductores. La italiana Meloni ha pagado cara su bisoñez. Se ha quedado compuesta y sin cargos de importancia en la maquinaria europea (jugosa en poder y en prebendas). El berrinche apenas le sirvió para darse el gusto de no prestar sus votos para la investidura de su efímera socia política.

Pero nada de lo ocurrido estos días, incluido el frenazo de la ultraderecha en Francia, gracias al concurso imprescindible de la izquierda, disuelve la amenaza. Los tres grupos ultras en Estrasburgo suman 187 eurodiputados. A los que hay que sumar más de una decena de los no inscritos que han preferido mantener su margen de autonomía pero que mantienen posiciones también extrema. Eso convierte a la familia ultra en las más numerosa del Parlamento Europeo, aunque tal fortalezca se traduzca en resultados prácticos escasos.

A la ultraderecha europea le falta un esparadrapo, un acontecimiento providencial que les brinde un impulso suplementario. El triunfo de Trump en noviembre será un regalo esperado, pero no suficiente, y quizás envenenado. Al cabo, el líder republicano se muestra un poco áspero con sus aliados atlánticos, a los que considera unos gorrones. La ultraderecha europea racanea con la OTAN, pero no conviene engañarse: en ningún caso se enfrentará al complejo industrial-militar que asegura puestos de trabajo tanto directos como indirectos. La supuesta putinofilia tiene el vuelo muy corto.


EL DESORDEN FRANCÉS

10 de julio de 2024

Hay una expresión en francés que define la situación política en el país vecino: gâchis. Se puede traducir como “lío” o, si se prefiere algo no tan coloquial, “desorden”. Otros diccionarios sugieren “derroche” o “despilfarro”.

Cualquiera de esas acepciones vale para explicar lo que está ocurriendo en Francia después de las elecciones legislativas anticipadas por el Presidente Macron, sobre cuya intencionalidad se siguen cruzando interpretaciones de todo tipo.

El pánico ante un triunfo mayoritario del Reagrupamiento Nacional (RN) propició el compromiso del desistimiento entre el Nuevo Frente Popular y los partidos de la “mayoría presidencial”, con algunas excepciones determinadas por la realidad local de las circunscripciones en cuestión. El sistema electoral francés propicia esta suerte de alianzas informales pero efímeras: tienen caducidad cuando hablan las urnas. Es un recurso para evitar que gane un adversario común, pero no necesariamente para preludiar un pacto poselectoral o de gobierno.

Así las cosas, la estrategia de “faire barrage” (poner una barrera) al RN funcionó, como estaba previsto. Contrariamente a lo que se está diciendo, el resultado del domingo no puede ser considerado una “sorpresa”. El pacto del disentimiento anunciaba el triunfo relativo del Nuevo Frente Popular y el rescate de Ensamble (la coalición presidencial) y el consiguiente desplazamiento del RN a la tercera posición.

El primer objetivo del pacto está conseguido: cerrar las puertas del poder a la extrema derecha. Pero el siguiente, forjar una mayoría que pueda gobernar y convivir con el Presidente de la República, se antoja mucho más complicado. Ninguna coalición dispone del número de diputados suficientes para garantizarse el voto favorable en la Asamblea Nacional. El NFP tiene 182 diputados; Ensamble; 168; RN, 143; Los Republicanos, 46. El resto de los electos pertenecen a diversos partidos de izquierda, derecha, centro y grupos locales o regionales que pueden adherirse o no a una eventual mayoría.


El Presidente de la República no tiene la obligación constitucional de encargar el gobierno a la fuerza más votada. Su opción es política, es decir, derivada de un juicio que es, al cabo, personal. En 2022, ante una situación política análoga, sin un bloque mayoritario en la Asamblea, optó por elegir a los suyos y gobernar en minoría. Fue quemando primeros ministros y ejecutivos y gobernando por decreto hasta que las elecciones europeas le propinaron una severa bofetada con el triunfo rotundo del RN. Se ignora que hará ahora Macron, porque de momento ha optado por el suspense. No ha aceptado la dimisión del primer ministro Attal (su presentido “delfin”), mientras no se clarifique la situación (o se resuelva el gâchis).

Parece que se está lejos de un acuerdo análogo al del desistimiento entre Ensemble y el NFP. Una cosa es frenar a la ultraderecha y otra sentarse a gobernar. En uno y otro bloque, sin embargo, hay partidarios de esta opción. En el NFP, la derecha del Partido Socialista, en concreto la plataforma Place Publique, liderada por Raphaël Glucksmann. En Ensemble, el puñado de diputados electos más progresistas. La lógica de estos políticos es descartar el extremismo; es decir, reflotar el “consenso centrista”, la fórmula que ha dominado en Europa durante decenios y que sigue teniendo vigencia en el Parlamento Europeo, donde Glucksmann es diputado. Pero esa “solución” es ficticia y políticamente explosiva, porque supondría romper las dos coaliciones (la de la izquierda y la presidencial). No es imposible, pero sería costoso y arriesgado, porque la supuesta nueva mayoría seria endeble y sometida al designio de Macron.

La mayoría de la izquierda no está por la labor de dinamitar una coalición que ha devuelto la esperanza a millones de franceses. Pero las divisiones internas continúan amenazando un proyecto político cohesionado. El mayor problema se centra en la figura polémica de Jean-Luc Mélenchon, el líder de Francia Insumisa, que es el partido con más diputados (71) del bloque NFP, por delante del PSF (59), los ecologistas (28), el PCF (9), y escindidos o disidentes de los grandes partidos y regionalistas (12). 


Los insumisos reclaman que Mélenchon sea el candidato a primer ministro, pero el resto de los grupos, que juntos suman más que LFI, no parece dispuesto a aceptarlo. Se busca un candidato de consenso. El Secretario General de los socialistas, Olivier Faure, se ha ofrecido. También parece tener opciones Marine Tondelier, la dirigente de los ecologistas. Se discute mucho y, de momento, se aclara poco. Es muy dudoso que, incluso descartado Mélenchon, Ensemble acepte otro candidato del NFP. Y es que en la coalición presidencial se empiezan a detectar otras tendencias.

En efecto, en las 48 horas siguientes a la segunda vuelta hay una actividad febril en el campo macronista. Los distintos grupos y tendencias han celebrado reuniones formales e informales. El diario LE MONDE asegura que incluso Renaissance, el partido nuclear del Presidente, se encuentra “al borde de la dislocación”. Se habla ya de escisiones inminentes, con la fracción izquierdista dispuesta a desgajarse. Los otros dos partidos de Ensemble también andan revueltos. Horizons, liderado por Edouard Philippe, ex gaullista y exprimer ministro de Macron, ha defendido públicamente un acuerdo con sus antiguos compañeros (Los Republicanos). El tercer partido, MODEM, es de momento más discreto, desde una posición centrista que puede bascular hacia cualquier lado.

Nota: Después de escribir este comentario, Macron se ha pronunciado mediante una “carta a los franceses. Como se esperaba, Macron hace una lectura muy particular de las elecciones. Si bien no le falta razón al señalar que las tres coaliciones “son minoritarias”, afirma discutiblemente que “nadie ha ganado”. De esta forma, le regatea a la izquierda la prioridad que debe tener en el intento de formar gobierno. 
El Presidente propone forjar “compromisos” para lograr una “gran reagrupación (…) de las fuerzas políticas que se reconocen en las instituciones republicanas, el Estado de Derecho y el parlamentarismo, una orientación europea y la defensa de la independencia de Francia”. Sin mencionarlo, excluye a LFI y, por supuesto, a RN. Insiste pues en su interesada y falsa visión de los “dos extremos”. Es imposible no ver en esta nueva maniobra de Macron un intento de romper la unidad de la izquierda.


REINO UNIDO: FIN A TRES LUSTROS MISERABLES

 5 de julio de 2024

Los laboristas gobernarán el Reino Unido de Gran Bretaña los próximos años. Se pone fin a tres lustros de gobiernos inestables (cinco primeros ministros en catorce años), populistas, demagogos, irresponsables, ineficaces y profundamente dañinos para los menos favorecidos.

UN BLAIRISMO SIN BRILLO

El Partido Laborista consigue unos 411 escaños (resultados aún provisionales), la cifra más elevada desde el triunfo de Tony Blair en 2001. El Labour recupera la integridad del ‘muro rojo’ (el centro y norte industrial en torno a las aglomeraciones urbanas), que los tories le habían arrebatado en diciembre de 2019. Por el contrario, el Partido Conservador, con 129 diputados, ha sido severamente castigado, como cualquier perdedor en el Reino Unido. Ha cedido 19 puntos. Los liberales apenas han subido medio punto, pero se han visto premiado en asientos parlamentarios.

Gráfico 1: Evolución del voto a los tres principales partidos en porcentaje

Gráfico 2: Evolución de los escaños de los tres grandes partidos


Sin embargo, el sistema electoral británico (uninominal y mayoritario) distorsiona mucho la traducción de votos en representación parlamentaria. Como se aprecia en los gráfico 2 y 3, el Partido Laborista, aunque sólo haya subido 2 puntos porcentuales con respecto a 2019, ha ganado más de 200 escaños, el doble de los que obtuvo ese año. Los tories, en cambio, pagan su retroceso de casi 20 puntos con la pérdida de 244 escaños, las dos terceras partes de los que obtuvo en 2019, cuando dirigía el Partido el bombástico Boris Johnson.

Gráfico 3: Evolución del porcentaje de votos a cada partido (columna de la izquierda)
y del porcentaje de los escaños obtenidos (columnas de la derecha)


UN LABORISMO TIBIO

Tras la sustitución del izquierdista Jeremy Corbin y de sus colaboradores más próximos, la dirección del partido se ha ido desplazando al centro. El líder victorioso, Keir Starmer, es un hombre poco brillante. Fue fiscal general y luego portavoz de su partido para la política europea. No era un brexiter, pero tampoco un entusiasta europeísta. En lo que único en que ha mostrado pasión ha sido en purgar al Partido de sus dirigentes más a la izquierda. 

El programa laborista es “prudente”, es decir, no plantea transformaciones de peso. Se conforma con restablecer la eficacia de los servicios públicos, pone énfasis en la recuperación del maltratado sistema sanitario y otros servicios públicos. No plantea una presión fiscal mucho más severa a las rentas de capital. Por supuesto, no contempla revertir el Brexit, aunque promete una relación más constructiva con la UE. 

Starmer se ha mostrado especialmente combativo contra el antisemitismo y muy reticente a criticar a Israel por su horrorosa campaña militar en Gaza. Esta complacencia ha provocado una cierta fractura interna. Tampoco se aparta la nueva dirección de la corriente atlantista en lo que respecta a la guerra de Ucrania. Se trata, por tanto de un laborismo centrista (o conservador, según su ala izquierda). Un blairismo sin brillo, como se ha dicho con acierto.

LA CALAMIDAD TORY

Este periodo conservador ha sido nefasto, pero la fase peor empezó con Boris Jonson: caos político y administrativo, escándalos continuos, insensibilidad social (agravada por el crítico contexto social y sanitario) y tensión permanente con sus aliados europeos por la errática aplicación del Brexit, etc. Las “fiestas” en Downing Street mientras la población sufría el látigo de la enfermedad y la presión del confinamiento, junto a otras chapuzas e irregularidades, terminó por costarle el liderazgo de Partido y de la Nación a Johnson.

Lo que vino fue peor o, al menos, más extravagante. El ala derechista tory propulsó a la jefatura del Gobierno a una ministra fanática de un neoliberalismo ya fracasado y caduco, sin el menor asomo de prudencia. Lizz Trust quiso emular y superar a la histórica Margaret Thatcher y terminó convertida en su caricatura patética y amarga. En sólo mes y medio de gobierno provocó el desfondamiento de la libra y a punto estuvo de crear un daño irreparable en la economía. El entonces Canciller del Exchequer (Hacienda) era Rishi Sunak, que hizo como si el desastre no fuera con él y se postuló como nuevo líder y, a la sazón, como primer ministro. Unos diputados desconcertados y sin rumbo depositaron su confianza en él. El Covid ya era historia y el rumbo se corrigió parcialmente. 

Con Sunak, los experimentos neoliberales se aparcaron, pero el daño social era ya irreversible. Los escándalos continuaron, como la deportación sin garantías de los solicitantes de asilo a Ruanda y, ya en plena campaña, las apuestas de altos cargos tories contra los posibles resultados de su propio Partido.

UNA INTERMINABLE LISTA DE DAÑOS

La lista de agravios de los conservadores en estos tres lustros es muy larga. Los trabajadores han sido los grandes perdedores de estos tres lustros devastadores. Han perdido, por término medio, 14.000 libras, es decir, 1.000 libras por año. El empobrecimiento de las capas populares ha sido creciente a lo largo de estos años, con especial incidencia en la población infantil. Los Trade Unions (sindicatos) han denunciado que los gobiernos tories han arrojado a la pobreza a 900.000 niños desde 2010. El uso de los bancos de alimentos en este periodo se ha incrementado en un 5.000%. Muy pocas personas eran atendidas en 2010 y en la actualidad son más de tres millones. El número de personas sin hogar se ha duplicado con creces: de menos de 2.000 a 4.000.

Los servicios públicos han empeorado severamente. El sistema de salud ha sido el que más se ha resentido. Siete millones y medios de personas se encuentran ya en las listas de espera de atención hospitalaria, un 210% más que al comienzo del periodo tory. En las enfermedades más graves, como los enfermos de cáncer, el porcentaje de pacientes que esperaban menos de dos meses para recibir tratamiento ha pasado del 80% a menos del 60%.

La deuda estudiantil, otro factor de nivelación social, se ha triplicado en estos tres lustros y el número de alumnos que esperan para ingresar en la Universidad ha aumentado un 20%.

La eficacia económica, presunción que los tories han atribuido durante décadas, es un mito que se ha hecho definitivamente añicos. En estos tres lustros ha bajado un 60% la productividad. La disminución de la presión fiscal, otra bandera tradicional conservadora, no se ha producido: los impuestos han subido un 12%: cuatro puntos más medios en porcentaje del PIB. Pero no este incremento no ha aectado de forma equitativa a todas la capas sociales. 

Ciertamente, el desempleo ha bajado en un 44%, debido a los fondos empleados para contrarrestar el efecto del Covid, como ha ocurrido en el resto de Europa.

El Pº Conservador, en su estrategia populista de consolidación en el poder, basado en el abandono de la UE (Brexit) para recuperar el control de determinadas políticas, prometió, entre otras cosas, reducir el nivel de inmigración en el país. Ha ocurrido todo lo contrario: en este periodo se incrementó en un 170%. En 2010, la inmigración neta estaba un poco por debajo de 300.000 personas. El año pasado había superado la cifra de 760.000, es decir casi se han multiplicado por tres. Las solicitudes de asilo se han multiplicado por 17. Llegaron a su pico el año pasado (por encima de 120.000) y en los últimos meses han ido descendiendo. Iniciativas que los tories han presentado como imaginativas, como el desvío de inmigrantes o demandantes de asilo a Ruanda han atravesado un agitado proceso judicial y concitado un gran rechazo entre las organizaciones humanitarias.

El otro pilar del reclamo electoralista era el de la seguridad ciudadana. Este es el único aspecto en el que las cifras son favorables a los tories. La criminalidad se ha reducido en un 54%. Los efectivos policiales se han mantenido por encima de los 170.000. Si bien fueron disminuyendo hasta 2019, en el último lustro se volvieron a incrementar hasta recuperar el nivel de 2010 (1).

EL SUEÑO ESCOCÉS, ROTO

El otro gran perdedor de las elecciones ha sido el Partido Nacionalista Escocés, que ha perdido 39 de los 48 diputados que tenía. La dimisión de Nicola Sturgeon por un confuso caso relacionado con su marido abrió un proceso de debilitamiento del Partido, que quemó al sucesor y, a la vista del resultado, puede hacerlo también con el actual líder.  La independencia dejó de ser avistable ya en el mandato de Sturgeon, debido al caos propiciado por la Covid y al reforzamiento del nacionalismo inglés. Los independentistas escoceses han vuelto al punto en el que estaban en 2010, con un porcentaje de votos similar y sólo 3 diputados más, pero con una sensación de derrota acumulada a sus espaldas.

Gráfico 4: Evolución de votos y escaños del Partido Nacionalista escocés (2010-2024)


En definitiva, se abre un nuevo tiempo para el Reino Unido. Habrá que ver en qué se traduce el cambio y la capacidad de los laboristas para restañas las profundas heridas sociales provocados por tres lustros miserables protagonizados por el Partido Conservador más errático y agresivo desde el final de la Segunda Guerra mundial.



(1) Datos extraídos de la Oficina nacional de estadísticas , de la Oficina de Responsabilidad presupuestaria, de la Secretaría de Salud y de los Archivos del Parlamento


LA VEJEZ DEL SISTEMA

3 de julio de 2024

Para los exégetas del orden liberal, la semana ha sido un desastre. Biden protagonizó el peor debate electoral que se recuerda de un presidente norteamericano en ejercicio. En Francia, Macron fracasó en su desesperado e imprudente intento de movilizar a la ciudadanía contra una extrema derecha crecida. Hoy, ambos líderes occidentales están en la cuerda floja, amenazados por el auge impetuoso de un nacionalismo oportunista y xenófobo.

ÚLTIMA NOCHE EN ATLANTA

El calamitoso debate de Biden, organizado el pasado jueves por la CNN en su sede de Atlanta, ha generado “pánico” en el Partido Demócrata y en todos los medios y los editorialistas afines. Los dirigentes del Partido se han alarmado en privado, pero han sido más condescendientes en público. No se sabe sin por elegancia o por puro cálculo político. Esta prudencia contenida se ha reforzado al hacerse público que el Presidente no tenía la menor intención de dimitir y favorecer así la selección de un candidato alternativo. Durante el fin se semana se supo que familia y próximos a Biden son el motor activo de la resistencia. Biden está desnudo, pero ni él ni su séquito lo aceptan. La crisis apunta a convertirse en un tórrido serial político de verano, hasta la Convención de la tercera semana de agosto… y más allá, hasta el próximo debate, que está fijado para el 10 de septiembre. Fecha que se antoja demasiado alejada.

Que Biden, debido a su edad y a su estado mental, no estaba en condiciones de afrontar un duelo barriobajero y desagradable con Trump era algo de lo que se venía hablando ya desde su designación como candidato en 2020. Pero su triunfo diluyó artificialmente ese aprensión. Puede discutirse mucho sobre si la presidencia de Biden haya sido exitosa, como sostienen los demócratas y sus aliados y afines mediáticos, dentro y fuera de Estados Unidos. Pero los problemas derivados de su avanzada edad han persistido y se han agravado. El debate ha barrido con las estimaciones más positivas. Su semblante desconectado y boquiabierto, sus tropezones verbales, su lentitud en las respuestas a las mentiras incesantes de Trump resultaron una tortura para sus compañeros, seguidores, votantes y…. muchos de sus donantes (éstos se preguntan ya si tiene sentido seguir poniendo dólares en la cesta del Presidente).

Con la negativa del interesado y de su familia a retirarse se podía contar. Pero muchos se preguntan por qué los pesos pesados del Partido no son más sinceros o valientes. La respuesta oficial es que Biden puede esgrimir un balance muy positivo de su gobierno. Pero los ajenos a este cierre de filas no se lo creen ni por un segundo. La verdad reside en los reflejos de poder. Muchos dirigentes creen que, a estas alturas, las elecciones están perdidas, con Biden o con cualquier otro candidato, por mucho consenso que éste concitara (algo por lo demás dudoso). Por lo tanto, ¿qué sentido tiene quemar ese activo, que puede ser mejor empleado en 2028?  Ninguno, para los potenciales interesados; para la cohesión del Partido, poco o nada.

NO SÓLO ES LA EDAD

La edad es el factor pivotal de los apuros de Biden. Pero no es el único. Que pese a la evolución inquietante del Presidente, el Partido haya sido incapaz de explorar antes una solución alternativa es síntoma de la disfuncionalidad del sistema político, del que nos hemos ocupado reiteradamente. El mito de la democracia norteamericana no se sostiene. La gerontocracia en que se ha convertido el núcleo de poder político es un fenómeno que se ha ido reforzando. Pero el auténtico factor distorsionador es la falta de representatividad del sistema político, con índices de participación por lo general pobres, una opción electoral caducamente binaria, el abrumador peso del dinero en la edificación de las carreras políticas y la endémica falta de soluciones a problemas sociales, económicos y culturales.

Hace cuatro años, Biden se aseguró la nominación por ser el candidato de todos los postulados que concitaba menos rechazo de los votantes republicanos. De lo que se trató, entonces, fue de impedir la reelección de Trump: una opción negativa (evitar), no positiva (proponer). El desánimo se profundizó al elegir Biden como compañera de candidatura a Kamala Harris, que había sido una de las peores aspirantes del elenco demócrata. Bastó con que fuera mujer, y negra, para ser seleccionada. 

La izquierda del Partido y los centristas más dinámicos se sintieron defraudados. En los sectores progresistas de las clases medias y en las minorías raciales desplazadas en los enfoques y prioridades oficialistas puede residir la revitalización del Partido Demócrata, aunque lleve tiempo. La urgencia tacticista no lo permite. Este estrechamiento sociológico está sofocando las opciones de futuro sin por ello garantizar los réditos del presente. La noche de Atlanta no sólo destruyó la ya dañada imagen del Presidente: también puede ser el punto de ruptura en la deriva del Partido. 

El debate impulsa el regreso de Trump, lo que abona el discurso de emergencia, que sofocará cualquier consideración crítica. La bochornosa decisión de la mayoría del Tribunal Supremo, que garantiza inmunidad a las actuaciones de los presidentes en el ejercicio de su cargo es un elemento más de descomposición de esos valores que se proclaman como ejemplares al resto del mundo. Unos jueces seleccionados por los presidentes a su conveniencia se convierten en la tercera pata del gobierno, como se ha dicho a veces. Por todo ello, Trump no es una amenaza para la democracia: en puridad, es un producto de una democracia decadente.

FRANCIA: APUESTA FALLIDA

En Francia, asistimos al declive de otro líder político, para el cual no puede utilizarse el argumento de su avanzada edad. Al contrario, Emmanuel Macron es el alter ego de Joe Biden: un hombre joven, audaz, lleno de energía, dotado supuestamente de ideas transformadoras y capaz de aplicar reformas profundas, decían sus defensores.

Ni siquiera, en el caso de Francia, puede aducirse que el Partido también haya fallado, entre otras cosas, porque nunca ha cuajado del todo, desde que naciera como aparato de urgencia del emergente líder. En parte, es lógico. De Gaulle también se dotó de un partido instrumental que diera consistencia política e institucional a su liderazgo. Macron no ha tenido tiempo y ha cometido los mismo errores que el General, pero en muchos menos años.

La comparación, en todo caso, es equivocada. Vivimos momentos muy diferentes de la historia de Francia y en otro equilibrio geoestratégico. De Gaulle modeló un partido nacionalista conservador, no reivindicativo. Macron se ha enfrentado a un neonacionalismo rupturista, impulsado por reivindicaciones populistas e identitario que impugnan la estabilidad institucional de la V República. 

El joven Presidente francés no afrontó este desafío desde las viejas posiciones gaullistas, por considerarlas desfasadas, y con razón, sino de postulados liberales y aperturistas. Se quiso situar en un Centro imaginario: entre, de un lado, los dos nacionalismos (el conservador y el rupturista); y, de otro, las izquierdas moderada (reformista o socialdemócrata) y crítica (populista, poscomunista o radical, según se mire). Pero esta abstracción política, aparentemente muy clara para los analistas, no se ha correspondido con la orientación y el impacto de las medidas emprendidas. Macron, el centrista, no se ha comportado como el intérprete efectivo de las clases medias, frente a unas derechas defensoras de los ricos o de los más poderosos. La percepción general es que el Presidente ha gobernado en beneficio de los más favorecidos, esforzándose por no molestar demasiado a la clases medias y escasamente sensible a las necesidades de las capas populares.

Las desigualdades crecientes en Occidente desde los años ochenta, con el triunfo de la revolución política conservadora, primero, y del enfoque neoliberal socioeconómico subsiguiente, también sacudieron a Francia. Las capas medias han resultado perjudicadas y las populares se han quedado sin expresión política. Los socialistas se dividieron fatalmente tras su mala gestión de los efectos de la crisis financiera y social, entre 2012 y 2017. Macron se aprovechó del hundimiento del PSF, con el que colaboró en el Gobierno, y de la larga -pero profunda- decadencia de los posgaullistas, que fueron siendo cada vez menos nacionalistas y más neoliberales. La operación le alcanzó para cosechar un triunfo indiscutible en 2017. Pero el experimento reformista, al ritmo de un hiperliderazgo encantado con epatar, con presumir de adelantarse a los tiempos o de navegarlos con audacia, dentro y fuera de Francia, resultó extenuante y le dejó sin apenas margen de maniobra en 2022. 

Desde entonces, el deterioro social e internacional lo ha colocado contra las cuerdas. Estos últimos años, Macron ha ensayado muchas fórmulas para intentar corregir el rumbo. Ha sacrificado jefes de gobierno y ministros, ha jugado al progresismo ficticio y al conservadurismo ilustrado, a la exhibición de su inteligencia/competencia y a la corrección ulterior con dosis de paternalismo y condescendencia. A final, sólo le ha quedado “levantar una barrera contra la ultraderecha”, fórmula en absoluta novedosa que ya utilizaron en su día gaullistas y socialistas en sus distintos periodos de gobierno. 

Tras el varapalo anunciado de las elecciones europeas, Macron pareció jugarse el todo o nada para desactivar el desafío ultra, en otras de sus apuestas al límite. A pesar del incremento de veinte puntos en la participación, no lo ha conseguido, aunque el resultado de su partido (20,8%) haya sorteado la temida catástrofe terminal. Sólo dos candidatos macronistas han obtenido escaño en primera vuelta (frente a 39 el RN y 32 el Nuevo Frente Popular), y ninguno se encuentra en primer lugar en el ballotage del próximo domingo. Después de meter en el mismo saco del extremismo al RN y a la izquierda unificada, el presidente y su joven primer ministro (sedicente heredero), han tenido que solicitar la colaboración de ésta última para una formar la “unidad republicana” contra el RN. Un giro más en el discurso cambiante del Eliseo. Sus aliados más escorados a la derecha, como el exprimer ministro Philippe (un exgaullista), han discrepado de esta nueva consigna y no desistirán en favor de un “insumiso”. Los Republicanos (antiguo partido gaullista) se rebelaron contra la alianza de su derechista lider, Éric Ciotti, con el RN, pero tampoco se han unido al “frente republicano”.

La izquierda ha aceptado retirar a sus candidatos con menos posibilidades de ganar para apoyar al quien pueda competir mejor con el lepenista de turno. El líder de LFI, Jean-Luc Melenchon fue el primero en proponer ese “frente republicano”. Pero nadie se atreve asegurar que todos los votantes acepten disciplinadamente las consignas. Al final, se han registrado 221 desistimientos y se opondrán al RN 159 candidatos del NFP y 133 de la mayoría presidencial, según el diario LE MONDE.

HACIA OTRO CAPÍTULO DE LA CRISIS

El futuro es incierto. Aún si la izquierda consigue ser la principal minoría en la Asamblea Nacional, continuará la crisis en que se encuentra sumida Francia desde 2022. La cohabitación entre un presidente de centro que ha gobernado como hubiera hecho cualquiera de derechas y un jefe de gobierno de la izquierda reunificada pero no cohesionada se antoja conflictiva desde antes incluso de establecerse. No será fácil la designación del candidato para liderar el ejecutivo y mucho más complicada se prevé la aceptación de un Presidente que ha dado sobradas muestras de egolatría. 

La extrema derecha puede ser alejada de “las puertas del poder”, gracias en gran parte a un sistema electoral que le perjudica. Pero no le importa mucho. Es consciente de que sólo le vale el poder completo. Sus líderes ya han dicho que que no aceptarán dirigir el gobierno si no consiguen la mayoría absoluta el 7 de julio. Mientras tanto, asistirán al continuo desgaste de la V República, con la vista puesta en las presidenciales de 2027. 

 


TIEMPO DE ALARMAS

26 de junio de 2024

El sistema de alarma de los responsables políticos occidentales y sus intérpretes mediáticos se ha visto especialmente saturado estos últimos días, por cuestiones externas e internas, por maniobras geoestratégicas y desestabilizaciones políticas nacionales.

El desbloqueo del nuevo y más grande paquete de ayuda militar norteamericana a Ucrania y la ampliación de los permisos de uso del armamento occidental por el gobierno de Kiev generó un cierto alivio en la OTAN, tras una primavera sombría. Sin embargo, la constatación de que Moscú resiste la presión sancionadora sin apuros terminales y cuenta con el apoyo activo o pasivo de Pekín han disuelto este frágil optimismo de las últimas semanas. La artillería rusa sigue machacando centros vitales de la infraestructura ucraniana. El final de la guerra no está a la vista y, en todo caso, no parece alineado con los intereses del protegido occidental.

ALIANZAS PERTURBADORAS EN ASIA

Pero el elemento reciente más inquietante ha sido la visita de Putin a Pyongyang. Según la visión occidental, no puede haber mayor amenaza para el mundo que la cooperación entre dos “delincuentes”: la potencia revanchista por excelencia (la agresora y desestabilizadora Rusia) y el estado más gamberro e irresponsable del planeta (Corea del Norte), cuyos ciudadanos muertos de hambre y privaciones son rehenes de la febril aspiración de potencia nuclear de la primera dinastía comunista de la Historia (1).

Todos los elementos del desastre augurado están reunidos: la voluntad criminal, los medios de destrucción y la complementariedad de las ambiciones. Rusia se habría asegurado una nueva fuente de suministro de municiones y misiles para completar su agresión contra Ucrania. Corea del Norte tendría pronto acceso a la tecnología atómica y a los satélites de comunicaciones que necesita para intentar un jaque mate a su vecino coreano y amenazar a Estados Unidos con un nivel de destrucción intolerable si se le ocurre intervenir en defensa de su aliado. Que las intenciones de Putin y Kim sean agresivas no se discuten por evidentes (2).

El único elemento de duda estos días ha sido si China avala o se resiente de este acuerdo ruso-norcoreano. Los analistas más pesimistas creen que Pekín consiente, para tener una baza más de negociación con Occidente, cuando llegue el momento; los más optimistas confían en que el pragmatismo de los chinos les empuje a desentenderse de ese pacto diabólico (3).

Pero en las informaciones de estos días sobre la cumbre de Pyongyang no se ha recordado que, en abril, Estados Unidos renovó y amplió sus alianzas con Japón y Corea del Sur. En apenas unos días, Biden invitó a la Casa Blanca al Primer ministro Fumio Kishida y al Presidente Yoon Suk-yeol. Con los japoneses se acordó la sepultura definitiva de la política “pacifista” nipona tras la derrota en 194. Tras la brecha abierta por el fallecido Shinto Abe, Japón ha disparado sus presupuestos anuales de Defensa (han pasado del 1% al 2% del PIB: cerca de 50 mil millones de euros) y se prepara para la guerra (con China, se entiende).  Con los surcoreanos, se convino en que, en caso de que el “belicoso” vecino del norte se dote de armas nucleares, Washington consultaría con Seúl la respuesta adecuada en cada momento de la potencial crisis (4).

Se ha consolidado así lo que ya venía siendo una realidad: una alianza triangular prioritaria en Asia. Que se complementa con la arquitectura multilateral construida en los últimos años para “contener” a China: el AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) y la dimensión militar del Quad, foro de coordinación multisectorial entre Estados Unidos, Australia, India y Japón. 

Además, Washington ha renovado y potenciado sus acuerdos bilaterales con Filipinas, tras un periodo de zozobra por los coqueteos del expresidente Duarte con Pekín. Ahora, con el regreso al poder de la dinastía Marcos, Filipinas ha recuperado su condición de gendarme predilecto de Estados Unidos en esa zona del mundo. 

No debemos olvidarnos de otro instrumento heredero de la guerra fría, la ASEAN, que operó como un agente regional contra el comunismo y que ahora se ha desideologizado para acoger a potencias que se pretenden neutrales, como Laos, Camboya y, sobre todo, Vietnam. En Hanoi están orgullosos de su “diplomacia del bambú”; es decir, de la autonomía y flexibilidad de su política exterior, que les permite mantener sus lazos tradicionales con Moscú (finalizado su viaje a Corea del Norte, Putin hizo escala en Vietnam antes de regresar a Moscú), sin que ello le prive de hacer negocios con EE.UU y sin irritar a la desconfiada China (5).

Por tanto, ni el acercamiento ruso-chino ni las maniobras tácticas de Putin en Asia surgen de puras necesidades militares urgentes por la guerra en Ucrania. Todas las potencias están reconfigurando, retocando y actualizando sus alianzas ante un conflicto potencial que puede convertirse e inevitable de tanto invocarlo. Según la perspectiva occidental, China ya ha decidido la ocupación por la fuerza de Taiwán para lograr la unificación nacional pendiente desde la segunda guerra mundial. En Pekín, se considera la hostilidad de Estados Unidos hacia esa aspiración histórica del pueblo chino es una manifestación más del intento por impedir el crecimiento del poderío chino. Rusia sigue la misma vía argumental, al presentar el conflicto de Ucrania como una muestra más del acoso occidental a cualquier país que no acepte sus imposiciones. Si Occidente se empeña en defender a toda costa el Orden liberal internacional, no hay más remedio, se sostiene oficialmente en Pekín y Moscú, que construir una nueva arquitectura de convivencia internacional basada en el respeto de cada sistema social y político y en la no injerencia en las respectivas cuestiones nacionales.

LA UTILIDAD DE LA EXTREMA DERECHA

La otra alarma activada del momento está relacionada con una suerte de enemigo interior y lleva la etiqueta de “extrema derecha”. En Washington, Paris, Berlín, Bruselas y un buen número de capitales europeas, el nacionalismo identitario se considera un peligro creciente para el sistema liberal. El posible triunfo del partido de la persistente Marine Le Pen en Francia en las elecciones legislativas anticipadas de los dos domingos siguientes ha incrementado el nivel de alarma, existente desde hace años. Nunca como ahora ha estado el Reagrupamiento Nacional tan cerca de tocar poder, aunque el sistema electoral de la V República haya servido hasta ahora de obstáculo no menor.

Lo más interesante, sin embargo, es que el principal exponente del orden liberal en Francia, el Presidente Macron, no sólo ha sido el responsable inmediato de esta situación de urgencia al disolver la Asamblea y convocar comicios anticipadas, sino que se ha apresurado a hacer disparar la alarma por el inesperado crecimiento de la izquierda. Macron alerta del “peligro de los dos extremos”, presentado al Nuevo Frente Popular (la coalición entre socialistas, ecologistas, comunistas e insumisos) como una amenaza de “ruina nacional” (6). 

La izquierda ha cifrado el coste de su programa de gobierno en unos 100 mil millones de euros y contempla la subida del salario mínimo, la revisión de la reciente ley de jubilación y del nuevo sistema de subsidio de desempleo, la fijación de precios máximos de los productos de primera necesidad y otras medidas sociales. Este esfuerzo se financiaría con una mayor presión fiscal sobre los más ricos (7).

Para los economistas liberales como Olivier Blanchard (exFMI), el programa de la izquierda es “confiscatorio” y aún más “peligroso” que el de RN. Un diagnóstico similar hace THE ECONOMIST, biblia mediática liberal, que no sólo alerta del peligro en materia económica, sino también cuando se trata de analizar las perspectivas de un gobierno nacionalista o izquierdista en política exterior (8).

El doble o nada del “imaginativo” Presidente francés ha desconcertado a muchos de sus colaboradores y aliados en ese centrismo difuso que nunca ha terminado de cuajar en el país, emparedado entre la derecha conservadora y una izquierda casi siempre confinada en las grandes ciudades. A Macron le dio resultado la ecuación en 2017 y logró el triunfo por mayoría absoluta, superando el éxito del liberal Giscard, que ganó las presidenciales hace cincuenta años, pero tuvo que compartir el poder con una derecha gaullista resentida y en declive. 

En 2022, tras verificarse que el modelo reformista de Macron no era nada más que la preservación del orden social con otra retórica, sólo pudo renovar a medias su mandato. Este segundo triunfo nunca lo fue, en realidad. Sin mayoría y con una derecha destruida por rivalidades personales y enfermizamente hostil hacia el inquilino del Eliseo, el Presidente ha gobernado por decreto para sacar adelante leyes impopulares. Los más favorecidos nada tienen que reprochar a Macron, que les ha regalado 50 mil millones de euros con su política fiscal. Izquierda y extrema derecha se han opuesto al proyecto supuestamente centrista desde trincheras distintas e impermeables, lo que le ha servido al Presidente para insertarlos conjuntamente en el panel de las alarmas. 

La estrategia macronista, cada vez más personal y demasiado arriesgada para una base social que teme más al Nuevo Frente Nacional que al RN, pone al descubierto la verdadera orientación del programa reformista liberal. En nombre de la “resistencia republicana” frente al peligro de la extrema derecha, se profundizan las políticas económicas y sociales antiigualitarias y se descalifica a la izquierda en todas sus expresiones. No está claro que si por desesperación o por otro alarde de audacia de los suyos, Macron ha elevado la apuesta y optado por combatir a los dos adversarios con un mismo tiro.

En el peor de los casos, sostienen sottovoce los colaboradores más leales del Presidente, no habrá una retirada deshonrosa y desordenada. Macron no dimitirá. Desde el fortín del Eliseo defenderá los valores republicanos, liberales y democráticos, se proclama. La cohabitación con el nacionalismo identitario o con el “izquierdismo populista” no será -se asegura- una batalla perdida, sino una lucha encarnizada hasta 2027, año de las próximas presidenciales.

Esta lógica del salvamento también está operando al otro lado del Atlántico, lógicamente con sus características propias. Si en París, muchos portavoces del sistema se han resignado al triunfo de Le Pen-Bardella, qué decir en Washington. Aunque las encuestas indican empates técnicos o cifras demasiado apretadas como para dar por resuelto el partido, lo cierto es que el temor al regreso de Trump domina el clima político. Se espera al debate de este jueves para testar las aguas, comprobar la tan cuestionada agilidad mental de Biden y la capacidad de Trump para convertir sus causas judiciales en aliento revanchista de sus adeptos.

Con una cohabitación en ciernes en el Eliseo y un nacionalismo instrumental, sin ideología sólida, en la Casa Blanca, las alarmas quedarán definitivamente prendidas, sin reposo y atentas al desarrollo de estos factores de desestabilización del orden liberal, a saber:  

1) la política exterior de Trump hacia o frente a Rusia y su guerra en Ucrania; hacia o frente Europa, por el reparto de la cargas militares en la OTAN; hacia o frente a China, por el recurrente dilema entre el decoupling y el derisking, es decir, entre la ruptura total y un compromiso pactado en materia comercial y tecnológica, sin olvidar la sombra de Taiwán o el pulso por la hegemonía en el Pacífico.

2) la creciente fortaleza de la extrema derecha en casi toda Europa, donde puede confirmarse como la ideología con más diputados en la Eurocámara, aunque su división en dos o tres grupos les haya privado del reparto de cargos, que se han vuelto a repartir los partidos del consenso centrista. El coqueteo del PPE con los ultras volverá cuando lo necesite.

3) Si la izquierda unificada obtuviera un buen resultado en Francia, podría generarse un ambiente de superación de ese estado de anestesia ideológica y programática con la que se ha autocastigado durante medio siglo por la inventada superioridad del capitalismo liberal.

El tiempo de alarmas se intuye duradero, intenso y pasto de manipulaciones constantes. 


NOTAS

(1) “Putin and Kim have joined forces as global delinquents”. ANDREW ROTH. THE GUARDIAN, 23 de junio.

(2) “Putin and Kim’s new friendship shouldn’t be a surprise”. EUGENE RUMER. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 20 de junio.

(3) “The next Tripartite Pact? China, Rusia and North Korea’s team is not built to last. ORIANA SKYLAR MASTRO. FOREIGN AFFAIRS, 19 de febrero.

(4) “Biden and Kishida agree to tighten military and economic ties to counter China”. THE NEW YORK TIMES, 10 de abril.

(5) “Why is Putin travelling to Vietnam”. SUI-LEE WEE. THE NEW YORK TIMES, 19 de junio.

(6) “Contre les ‘deux extrêmes’, Emmanuel Macron appelle au ‘rassemblement des modérés’”. LE MONDE, 13 de junio.

(7) “La gauche veut rassurer sur le sérieux de son programme économique”. ELSA CONESA. LE MONDE, 21 de junio.

(8) “The economic recklessness of  both France’s hard left and hard right”; “The alarming foreign policies of France’s hard right and hard left”. THE ECONOMIST, 23 y 24 de junio.


LA MALA DIGESTIÓN ELECTORAL EN EL NORTE Y EN EL SUR

19 de junio de 2024      

El intenso ciclo electoral de 2024 está resultando una pesadilla política para la práctica totalidad de los gobiernos, en el Norte y en el Sur (con la excepción de México). Y lo que queda. En menos de un mes se tiene que dilucidar el futuro inmediato en Francia y Gran Bretaña y en otoño el de Estados Unidos, sin olvidar las elecciones regionales en el Este de Alemania, que pueden confirmar el declive de la actual coalición en el poder y la confirmación del nacionalismo xenófobo como la segunda fuerza política del país.

Las cuatro potencias aludidas dirigen el mundo, en sus distintas aspectos. Pero a otras que aspiran a tener una voz más fuerte en el concierto internacional  no les ha ido mejor. En India, el nacionalismo ha revalidado su triunfo, pero ha perdido gas y tendrá que coaligarse para seguir gobernando y renunciar a sus planes de reforma constitucional para profundizar en la hinduización del país. En Suráfrica, el Congreso Nacional Africano ha sufrido algo similar: por primera vez desde el final del apartheid, tendrá que apoyarse en otras fuerzas para gobernar, lo que ya está generando polémica y división en sus filas.

OCCIDENTE: URNAS AMARGAS

La reciente cumbre del G-7 (un directorio mundial cada vez menos informal) nos ha dejado una foto de perdedores “in pectore”. Salvo la anfitriona italiana, los líderes pasan apuros mayores.  El más poderoso de ellos, Biden, afronta una agónica recta final de una larga campaña contra un rival que es ya formalmente un felón, a pesar de lo cual cada día que pasa parece más cerca de regresar a la Casa Blanca para dinamitar la decadente democracia americana. Trump saca rédito de sus pleitos judiciales (aunque le estén costando mucho dinero) y de un establishment liberal que lo hace más poderoso cuanto más lo critica. A sólo unos días del primer debate electoral, el nerviosismo es palpable en Washington y en los canales atlánticos.

El más audaz, Macron, ha respondido al varapalo de las europeas con una apuesta a doble o nada en la peligrosa ruleta de la política francesa. En su propio campo no están convencidos del riesgo contraído. Los creyentes en su audacia confían en que el “encanto” del Presidente pueda revertir un estado de opinión desfavorable. Los cínicos consideran que Macron quiere forzar el acceso de los ultraderechistas al gobierno para quemarlos y hacer inviable su triunfo en las presidenciales de 2027. Pero el cálculo temerario del Presidente ha dado vida a  un tercer agente en esta carrera al sprint: una izquierda unida (o reunida), bajo la inesperada fórmula de un “Nuevo Frente Popular”, que aspira a discutirle la victoria al partido Reagrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen. Por lo pronto, el partido exgaullista ha quedado triturado, con una división de opereta entre resistentes y entreguistas al cambio de ciclo histórico en la derecha.

Macron hace virtud de la necesidad y presenta al partido presidencial como la única opción para frenar a los dos extremismos, “que arruinarían a Francia”. Ha encontrado un aliado en la estrella futbolística del país, el joven multimillonario Kilyan Mbappé, a quien no pudo convencer para que se quedara en el club del petrodólar qatarí y olvidara su compromiso con el Real Madrid. El astro del balompié ha entrado en campaña, sin una petición expresa de apoyo a Macron, pero con una clara alusión crítica a los “extremos”. El Presidente necesitará de mucho más para dar la vuelta al marcador. La bolsa ha caído ya un 5%. Los analistas anticipan las claves de una nueva cohabitación entre Eliseo y Matignon. Pero en este dilema corneliano en que Macron ha puesto a millones de franceses todo puede ocurrir.

Otros protagonistas de la foto de Apulia esperan su momento sacrificial. Sobre el canadiense Trudeau pesan malos augurios electorales y el japonés Fuchida afronta una rebelión interna en su partido. En fase terminal está el Premier británico Sunak, al que las encuestas le sitúan no ya en línea de salida, sino al borde de un cataclismo histórico. Ni supo, ni pudo, ni quiso amortiguar los efectos del Brexit. Ha encabezado un gobierno roto, sin la confianza de sus propias bases y ferozmente antisocial, con una política económica ultraliberal que casi nadie defiende ya en Europa y una política migratoria que firmaría cualquier formación xenófoba.

También al canciller alemán Scholz, se le resquebraja su gobierno. Las europeas han sido crueles; las regionales de otoño pueden ser fatales. Juegan a aprendices de brujo sus rivales democristianos, ganadores de las europeas. Con evidente hipocresía proclaman el cordón sanitario a la ultraderecha en casa mientras favorecen una alianza con ella en Europa. El líder del PPE, el socialcristiano bávaro Manfred Weber, coquetea políticamente con la italiana Meloni como fuerza de reserva si la “gran eurocoalición” con los socialdemócratas y liberales deja de ser rentable. En este empeño participa la Presidenta de la Comisión, la democristiana (CDU) Úrsula Von der Leyen, que quiere repetir en el cargo a toda costa. Estos días se habla más de nombres que de programas, principios o valores en Europa.

Giorgia Meloni es la única jefa de gobierno de la foto de Apulia que pudo sonreír sin forzar el gesto. Incluso se apuntó el triunfo de sacar el derecho al aborto del comunicado final del G7. Le ha ido bien en las europeas. Pero tiene sombras que disipar. Sobre ella recae gran parte de la responsabilidad de la unificación de las derechas nacionalistas duras en Europa. Ella es ahora la estrella que más brilla, pero sabe que pronto Marine Le Pen puede privarla del cajón más alto en ese pódium. Ambas lideran las dos formaciones en las que está escindida la extrema derecha europea (ECR e ID). La tercera dama de la política europea es Úrsula. A la dirigente alemana, y a su partido, les viene bien que se mantenga la división ultra. No hay que olvidar que la CDU ha sido superada por el RN como primer partido de la Eurocámara. Úrsula y el PPE pueden negociar con las dos facciones nacionalistas por separado en condiciones ventajosas.

Pero en el Parlamento Europeo no están las cuentas cerradas. Conforme se van completando los resultados, se atisba lo que advertíamos en un comentario anterior. La ultraderecha aún está en condiciones de convertirse en la fuerza política más numerosa. De los 44 flamantes diputados aún por definirse, una mayoría tiene claras simpatías extremistas.

Un triunfo de Le Pen en julio puede precipitar las cosas. O complicarlas. Si el RN gana las legislativas francesas, Le Pen confirmaría su prevalencia sobre Meloni. Pero, en Estrasburgo, la italiana comanda un grupo que supera al de la francesa. Esta rivalidad beneficia al PPE, al que  interesa que Meloni se mantenga como Jefa de un ERC autónomo.

Una de las claves de este equilibrio está en manos del ultra húngaro Orban, cuyos 10 diputados están ahora en el grupo limbo de los No Inscritos. Meloni tiene difícil captarlos para el ECR, porque los polacos del PiS abominan del buen entendimiento del magiar con Putin. Para Le Pen eso no habría sido un problema, hasta hace poco. Pero en ese proceso de “desdiabolización” y “normalización”, los vínculos con el Kremlin se han vuelto demasiado tóxicos.

Hay maniobras paralelas que pueden incidir en la configuración y los equilibrios de las fuerzas nacionalistas identitarias. El neerlandés Rutte, jefe de un gobierno que agoniza, le habría ofrecido un pacto a Orban. A cambio de que éste no lo vete como nuevo Secretario General de la OTAN, los húngaros disfrutarían de una suerte de opt-out en las decisiones sobre Rusia. En lenguaje sencillo, Hungría podría desentenderse de la presión contra Putin. En esto quedan los “principios” o los “valores” que invoca el orden liberal, cuando son confrontados a las lógicas del poder y a las ambiciones personales.

RESULTADOS DESIGUALES EN EL SUR GLOBAL

Las elecciones en tres grandes del Sur Global han arrojado resultados desiguales. Los tres partidos gobernantes han repetido victoria, pero dos de ellos han sufrido un retroceso importante (el CNA, en Suráfrica) o han quedado  muy por debajo de sus expectativas (el BJP, en India). En el tercero (México), la izquierda ha revalidado su victoria en las presidenciales y ha reforzado su dominio en las dos Cámaras legislativas.

En Suráfrica, como se esperaba, el Congreso Nacional Africano, movimiento de liberación y lucha contra el apartheid, ha caído por primera vez desde 1994 por debajo del 50%. Los electores han castigado duramente dos décadas largas de corrupción y mal gobierno, de ineficacia y deslealtad hacia los principios motores de sus fundadores. Suráfrica se ha convertido en el país más desigual del mundo, muchos dirigentes políticos se han hecho millonarios, las infraestructuras básicas son un desastre y la confianza ciudadana está por los suelos. Si el CNA, con el 40% de los votos y 159 escaños, conserva el liderazgo político es, en gran parte, por la inercia de unos simpatizantes que aún en una rectificación.

Ante esta coyuntura de coalición obligada, el CNA ha optado por el “giro al centro”. Alianza Democrática es un partido formalmente interétnico, pero dominado aún por los blancos de clase media. Estas elecciones le han confirmado con el segundo partido del país, con el 22% de los votos y 87 escaños. La coalición se completará con los 17 diputados de Inkhata, partido afincado en Kwazulu-Natal, de orientación liberal-conservadora y viejo rival del CNA en los últimos años del apartheid. La fórmula tripartita asegurará los dos tercios de la Asamblea. En el CNA hay muchos que no se sienten a gusto, pero las otras variantes tampoco entusiasmaban.

El MK, un partido creado por el expresidente Zuma, destituido y procesado hace años por corrupción, ha montado un discurso oportunista, populista y victimista, con el objetivo de cobrarse la revancha frente a sus antiguos camaradas y regresar al poder, del que salió cubierto por la ignominia. Los electores le han respaldado con un 15% de los votos y 58 escaños, insuficiente para dejarse llevar por la euforia, pero sípara evitar la mayoría absoluta del CNA.

El otro socio potencial del partido gobernante era el izquierdista EEF (Luchadores por la Libertad económica), que ha cerca del 10% y 39 escaños. El acuerdo presentaba conflictos programáticos importantes. El EEF quería ampliar las nacionalizaciones y repartir tierras de los blancos entre los negros desposeídos. No es esa la línea actual del CNA.

En India, la sorpresa ha sido notable. El BJP (Bharatiya Janata Party, Partido del Pueblo de la India) disfrutará de un tercer mandato consecutivo, pero tendrá que contar con sus aliados tradicionales para gobernar. Proclamó su aspiración de llegar a los 400 escaños y no ha llegado siquiera a 303 que tenía hasta ahora. Ni siquiera a los 277 que le hubieran dado la mayoría absoluta en la Lok Sabha (Parlamento). Por si solo ha obtenido 240. Sus aliados le aportarán una cincuentena más, lo que le permitirá seguir en el poder.

El Primer Ministro Modi ha sufrido una fuerte decepción. La ciudadanía le ha negado esa mayoría cualificada con la que contaba para profundizar en la hinduización del país. El BJP no ha conseguido penetrar en el sur y sureste del país (su asignatura pendiente) y, además, ha perdido posiciones en el norte. Es significativo es retroceso que ha sufrido en Uttar Pradesh, el más populoso, donde ha perdido casi la mitad de los escaños. Incluso ha sido derrotado en Ayodhya, donde Modi hizo instalar un templo al dios Ram sobre el solar de una ancestral mezquita. Este proyecto ha sido uno de los faros del hinduismo extremista y fuente de conflictos étnicos desde hace décadas.

Por el contrario, el Partido del Congreso, promotor de la independencia, se ha recuperado de forma notable. Duplica su representación en la Asamblea (de 52 a 99). Con el apoyo de numerosos aliados por todo el país liderará un grupo de 234, sesenta menos que los del BJP, pero suficientes para una eficaz labor de oposición. La dinastía Gandhi se ha salvado de nuevo.

Al Primer Ministro Modi le ha terminado pasando factura su arrogancia, la exhibición de fuerza y autoritarismo y la injusticia social que han provocado sus políticas ultraliberales, que ha tratado de compensar inútilmente con programas populistas de apoyo social y grandes obras de infraestructura para dar músculo a su discurso nacionalista. El experimento identitario, que tan buenos resultados está obtenido en Estados Unidos, Europa y otras partes del Sur Global, ha encontrado sus límites en la India. Debe esperarse que Modi sea ahora más prudente en la negociación de alianzas, pero tampoco es descartable que, para conjurar cualquier sensación de debilidad, opte por la huida hacia adelante e intente profundizar en sus políticas radicales.

México ha sido la única excepción en este ciclo electoral desfavorable para los partidos en el poder. La victoria de Claudia Sheinbaum, con el 60% de los votos, mejora el resultado de su antecesor y mentor, Antonio Manuel López Obrador (AMLO), y obtiene un fuerte mandato para profundizar en las políticas progresistas. En su condición de primera Presidenta de la República, es de esperar que acometa medidas más eficaces contra el feminicidio, como las que puso en marcha como alcaldesa del Distro Federal capitalino. Su personalidad es distinta a la de AMLO, menos populista, más tecnocrática.

Los medios del sistema esperan que detenga el debilitamiento de los contrapesos institucionales que atribuyen a su antecesor. En realidad, las élites mejicanas temen que la izquierda intente deshacer el sistema de privilegios que el PRI (y luego el derechista PAN) han construido durante más de cien años.

MORENA (el partido de Sheinbaum y AMLO) y sus aliados comunistas y ecologistas han obtenido 373 diputados y 69 senadores, una fuerza parlamentaria más que suficiente para doblegar la resistencia de los partidos de la derecha y el centro. El PRI y el PAN han visto reducida casi a la mitad su presencia en el Congreso, aunque aguantan en el Senado. Además, MORENA ha ganado la gobernación de siete de los nueve estados en disputa. México está más a la izquierda que nunca. Los progresistas, que siempre han defendido un giro histórico pero recelaban del populismo de AMLO, confían ahora en un cambio de estilo y de sustancia.

Desde el exterior, el primer mensaje no ha sido halagüeño. Biden ha firmado una orden ejecutiva para endurecer el control de la inmigración. La medida es claramente electoralista, pero supone también una advertencia a la nueva Presidenta para que no se aparte de los compromisos de vigilancia de la frontera, contraídos en su día por AMLO con Trump.

EUROPA: LOS ULTRAS AÚN PUEDE SER MÁS FUERTES

11 de junio de 2024

La ultraderecha puede aún disputar a los socialistas la condición de segundo partido más numeroso del Parlamento Europeo. Los primeros análisis realizados por los medios pasaron de puntillas por la composición final de la Eurocámara. El alivio que les produjo a la mayoría el mantenimiento de la dupla del consenso centrista en que se ha venido apoyando la gobernanza de Europa hizo que se obviara con demasiada rapidez un escenario más complicado.

UN PELOTÓN ULTRA POR DEFINIRSE

Según los resultados provisionales, los partidos nacionalistas conservadores, identitarios y populistas sumaban un total de 131 escaños, 73 del Grupo Conservador y Reformista Europeo (CRE-ECR) y 58 de Identidad y Democracia (ID); entre ambos, apenas 4 menos de los que han obtenido los socialdemócratas (135). 

Sin embargo, hay 100 diputados que aún faltan por ubicar. De ellos, 45 figuraban en la legislatura pasada en el Grupo de No adscritos (similar al mixto, en la terminología española); los 55 restantes se estrenan ahora y no han definido su pertenencia, o no lo han cerrado o iniciado las negociaciones con los grupos existentes. En estos dos grupos no cuajados hay partidos que son claramente de extrema derecha y, por tanto, se integren o no en ECR o ID -o en el que resultara de la fusión de ambos, si se solventasen las diferencias- votarán de forma similar a ellos. Veamos los casos.

-AfD (15 diputados, segundo puesto en las elecciones con casi un 16% de los votos). Estos alemanes pertenecían hasta hace sólo unos días a ID, pero fueron expulsados por iniciativa de Marine Le Pen , tras unas declaraciones de su principal candidato en las que afirmó que no todos los SS fueron criminales. La financiación china y rusa de la AfD constituye otro factor de rechazo, en un momento en que la ultraderecha europea quiere dar la impresión de que se aleja del Kremlin.

-FIDESZ (10 diputados). El partido del Primer Ministro húngaro, Víctor Orban, también fue expulsado la legislatura pasada de su grupo original, en este caso el Popular,  tras un pulso muy agrio relacionado con el cumplimiento de las normas del Estado de Derecho. Los alemanes intentaron mantener a Orban embridado, pero finalmente no fue posible. El líder del FIDESZ lleva semanas negociando su futuro en Europa. Su actitud conciliatoria con Putin hace que los polacos e italianos del ECR se opongan a acogerlo. Le Pen es más flexible, aunque tampoco está convencida, sobre todo si eso tensa las relaciones con Meloni y Kaczynski. 

-SMER (5 diputados). Formaba parte hasta hace poco del Grupo Socialista, pero su deriva nacional-populista, le valió la expulsión. Su líder, Robert Fico fue víctima de un atentado fallido en la campaña electoral. Se ignora si esta circunstancia ha tenido alguna influencia en su estupendo resultado. Con casi el 25% de los votos, ha sido el claro ganador. El partido no tiene una clara orientación ultraderechista, pero apoyará los intentos de endurecer las políticas de inmigración y asilo. Comparte con Orban las buenas relaciones con Moscú. 
A estos 30 diputados de partidos veteranos en Europa, coincidentes en el grupo de NA, se unirán ahora otros 17 debutantes. Son los siguientes:

-KONFEDERACJA (6 diputados). Estos polacos son aún más extremistas que el PiS. Se pueden considerar como el resultado de una confluencia de corrientes y pequeños partidos monárquicos y ultraconservadores. En cambio, son neoliberales en materia económica. Han sido muy críticos con el PiS, al que acusan de haberse corrompido en el poder. Tienen un discurso anti-élite, que algunos han reconocido como cercano a los inicios de la Lega Nord, en Italia. No está claro si intentará negociar con ID o preferirá mantener su independencia en el NA.

-AUR (5 diputados). Estos rumanos también son nuevos en el PE. Es muy activo en la defensa de las minorías rumanas desperdigadas por el centro y el sureste de Europa. Xenófobos a machamartillo, pretenden ser acogidos por el Grupo ECR. 

-REVIVAL (3 diputados). Los nacionalistas conservadores búlgaros se encuentran muy divididos en un terreno político muy fragmentado y volátil. Esta formación es la que parece haber salido más reforzada de un ciclo electoral interminable. Está muy por detrás de conservadores y liberales, pero moviliza a un sector ultranacionalista de la sociedad búlgara. Parece más afecto al estilo del ECR. 

-TAL NACIÓN (1 diputado). Esta otra formación búlgara tiene un perfil más populista. Es el resultado de una más de las iniciativas impulsadas por hombres de negocios desde la salida del comunismo, sin una disciplina ideológica definida, pero anclados en la derecha. Podría encontrar mejor acomodo con ID o mantenerse en el NA.

-MY HAZÁNK (1 diputado). Esta formación húngara ultranacionalista parece haber cogido el testigo de JOBBIK, después de que ésta  formación evolucionara hacia posiciones templadas, que le acercaron al Grupo Popular europeo, aunque no haya obtenido la recompensa esperada. El nuevo grupo ultra conecta con la tradición histórica del Almirante Horthy, aliado de los nazis. Podría ser demasiado radical incluso para los dos grupos de extrema derecha del PE.

-DANMARKS DEMOKRATERNE (1 diputado). La “renovación” de las propuestas nacionalistas y xenófobas no sólo ocurren en el Este. En la otrora acogedora Dinamarca, el declive del Partido del Pueblo danés (su representación se ha reducido a un solo asiento en la Eurocámara, en la bancada de ID) ha alentado el nacimiento de otras formaciones como DD. Aunque aún no está cerrada la negociación, ha manifestado su intención de unirse al Grupo ECR.
Con estos 47 diputados adicionales, tanto si se suman a ECR o a ID o si se mantienen en el de NA, la ultraderecha superaría ampliamente a los socialdemócratas y se convertiría, de facto, en la segunda opción política del PE.
El Grupo SD sólo parece estar en condiciones de añadir a su bancada al diputado de HLAS, una pequeña formación eslovaca que rompió con el SMER. El resto de los NA o de los pendientes de ubicar parecen encaminarse hacia otros derroteros. El Movimiento 5 estrellas, (8 diputados), aunque pactó con el PDI antes de la marea derechista en Italia, no parece un socio potencial de los socialistas.
EL DOBLE JUEGO DE VON DER LEYEN

Si se confirmara el reagrupamiento nacionalista conservador, identitario y populista, la denominada ultraderecha tendría apenas media docena de diputados menos que el Grupo Popular. Meloni y Le Pen podrían hacer valer estos números para sembrar dudas en Úrsula Von der Leyen y los populares alemanes acerca de la alianza más conveniente a medio plazo. La Presidenta de la Comisión ha dicho que “los extremos, por la derecha y por la izquierda, han ganado apoyo, pero el centro ha resistido”. 

No se ve bien qué avances ha experimentado lo que ella llama “extrema izquierda". La izquierda crítica cuenta con los mismos diputados que tenía en el Parlamento saliente, pero cinco menos que al principio de la legislatura, tras las elecciones de 2019. Esa pérdida se puede ver compensada por los seis diputados obtenidos por el nuevo partido alemán, escindido de Die Linke y liderado por Sarah Wagenknecht. 

Por otro lado, Von der Leyen no ha tenido reparos en cooperar con una de las dirigentes de esa “extrema derecha”, la italiana Meloni, para exhibir el endurecimiento de la política migratoria. Entre la convergencia con el nacionalismo identitario y la defensa del “centrismo”, la Presidenta no ha dudado en practicar un doble juego. Igual que el jefe del Grupo Popular, el también alemán, rama CSU, Manfred Weber.

¿PIRÓMANO O ESTRATEGA?

No hay que descartar otro giro, si la última jugada de Macron sale mal. La debacle del partido presidencial y sus satélites ha sido de órdago. El Reagrupamiento Nacional (RN) ha duplicado en diputados a la lista gubernamental. La formación de Marine Le Pen cuenta con el mayor número de diputados (30) en la Eurocámara, uno más que la coalición democristiana alemana CDU-CSU (29), seis más que los Fratelli d’Italia (24), diez más que los socialdemócratas italianos y los nacionalistas ultraconservadores polacos del PiS  (20) y diecisiete más que los liberales macronistas (13).

Las elecciones anticipadas en Francia añaden otro factor de incertidumbre. Un político francés ha dicho que Macron se puede convertir en el “pirómano de la República”. Chirac intentó un gambito similar en 1997 para reforzar su mayoría en un momento de crisis y lo que obtuvo fue el triunfo socialista y unos años de cohabitación. En este caso, Macron cree disponer de su encanto persuasivo para hacer valer de nuevo el mantra de la defensa de los valores republicanos, pero ni la derecha conservadora ni los socialistas parecen de momento dispuestos a dejarse engatusar. Serán semanas políticamente intensas, no sólo en Francia, sino en toda Europa.

Por lo demás, la estrategia socialdemócrata de centrarse en “frenar a la ultraderecha” no ha funcionado. El verdadero peligro de estas elecciones era y sigue siendo la convergencia de las derechas, cuyos programas son cada vez más afines. El empeño socialdemócrata de anclarse en el centro para alejar a conservadores y liberales de la atracción ultra ha jugado claramente en contra de sus intereses y de sus votantes tradicionales.