EL DISCURSO DEL ODIO Y LOS CONFLICTOS INTERNACIONALES

18 de septiembre de 2024

La incitación a la violencia, real o atribuida, es uno de los asuntos del momento en la gestión de los conflictos internacionales pero también en el ámbito de las confrontaciones políticas nacionales. En las últimas décadas, este fenómeno se ha codificado en función de las narrativas políticas dominantes. En la actualidad parece imponerse el concepto ‘discurso del odio’.

La RAE define el odio como “antipatía o aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea”. Hay sinónimos sustitutivos como aborrecer, detestar, abominar, execrar, reprobar, despreciar, etc. Pero en el debate político occidental se ha impuesto la acepción moral. No es casualidad. En la actual confrontación de poder, desde Occidente se pretende afirmar la superioridad moral de los valores que considera fundacionales de su civilización. Pero los intérpretes de otros sistemas se han apuntado al combate contra la promoción del odio, desde sus puntos de vista propios.

En su estrategia de lucha contra el fenómeno en su dimensión global, la ONU, institución de convivencia entre sistemas distintos,  define el discurso del odio como "cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita, —o también comportamiento— , que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad".

Normalmente, el uso del término discurso del odio se atiene a esta formulación consensuada. Sin embargo, no siempre se emplea conforme a ella. Las crisis de los distintos sistemas políticos está provocando manifestaciones de malestar social cada vez más agrias y, en ciertos casos, violentas. La incitación, defensa o simplemente la tolerancia ante las protestas de esta naturaleza han sido consideradas en no pocas ocasiones por los dirigentes políticos de turno como ejemplos del ‘discurso del odio’.

Se pueden citar antecedentes de este uso interesado de tal concepto deslegitimador. Después de que el ‘terrorismo’, como fenómeno no sólo político sino también mediático, hiciera irrupción en los años setenta, se explotó la oportunidad de aplicar inapropiada y abusivamente este término para calificar actuaciones extremas o simplemente airadas: recuérdense expresiones como “terrorismo urbano”, “terrorismo de baja intensidad” y otras similares. Para castigar la incitación de estas conductas se estableció el delito de “apología del terrorismo”. Aparte de su contenido jurídico, este concepto tenía también un componente de deslegitimación política, ideológica y moral.  

El uso interesado del ‘terrorismo’ sigue vigente, por supuesto. Pero ahora el foco público está puesto principalmente en el ‘discurso y los delitos de odio’. No se trata solamente de un cambio de moda. Responde, posiblemente, a la mejor identificación del concepto con un enfoque moral y, por tanto, menos expuesto a las discrepancias públicas.

Después de todo, la ética se percibe como espacio de confort para los dirigentes. Si uno consigue que se le reconozca esta virtud, parece mejor protegido de críticas políticas o ideológicas. Las sucesivas crisis de las ideologías y de los sistemas que en ellas se soportan ha hecho de la rectitud el referente fundamental.

 

USO, ABUSO E HIPOCRESÍA

Pero, como ocurrió con el uso interesado del término ‘terrorismo’, la aplicación del ‘discurso del odio’ no siempre es coherente con las formulaciones coherentes o pactadas. Últimamente, estamos observando cómo se emplea también en las escaramuzas políticas. El uso y abuso de la mentira, una práctica secular en las refriegas políticas desde el principio de los tiempos, se ha convertido ahora en manifestación de ese omnipresente “discurso de odio”.

Colgar este sambenito a un rival o adversario o enemigo empieza a resultar muy rentable, por su capacidad descalificadora. Durante el último debate electoral, Trump acusó a Harris y a Biden de propiciar que “una bala vuele con dirección a mi cabeza”. Bastó con que un tipo extraño y desnortado merodeara esta semana con un arma de asalto por el campo de golf del candidato republicano, para que la supuesta víctima viera confirmada sus palabras. En otras ocasiones, ha sido al revés. Sus adversarios demócratas (y algunos republicanos) han acusado a Trump de propagar el odio por sus proclamas xenófobas contra los inmigrantes que quitan el trabajo a los americanos, les drenan atención médica y, últimamente, hit del verano, se comen sus mascotas.

En EE.UU prima lo simplista y directo.  La opción política es binaria; sin duda contraria a la realidad social, pero inalterada desde hace más de un siglo. La influencia de la religión en la política (en el sistema, mejor dicho) es también una constante que raramente se cuestiona, incluso por dirigentes o colectivos no creyentes. El uso del concepto oportunista del odio encuentra, pues, un terreno abonado. Y, desde luego, en absoluto novedoso. El uso de términos como “imperio del mal” para referirse a los adversarios exteriores es recurrente desde que los gurús neoconservadores de Reagan volvieran a implantarlo en el discurso político, en los años ochenta. Bush Jr. y sus ideólogos neocon lo rescataron y actualizaron con entusiasmo, como justificación de su estrategia de guerra preventiva contra el terror, ilegal y arbitraria, que causó decena de miles de muertos en Oriente Medio.

En Europa, también las referencias ideológicas también se ven solapadas por este auge de lo moral, aunque se despliegue con menos teatralidad. Los mismos dirigentes del consenso centrista que critican a la extrema derecha por sus discursos de odio, aplican con guante blanco políticas que criminalizan a los inmigrantes o, en tono menor, los convierten en chivos expiatorios del malestar social provocado por las quiebras del sistema. Citemos dos ejemplos de actualidad.

El gobierno tricolor alemán, con un socialdemócrata al frente, ha respondido al éxito electoral de la xenófoba Alternativa por Alemania (AfD) en dos länder del Este con la revisión de la política migratoria, el endurecimiento del asilo y la imposición de controles fronterizos. Esto último a costa de contravenir las normas de la Unión Europa (Schengen). De esta forma, Berlín, que suele estar a la cabeza de quienes piden sanciones por otros incumplimientos de reglas comunitarias, no ha tenido problemas en dar muy mal ejemplo con este caso.

Otro gobierno europeo de centro-izquierda, el laborista británico, se alarmó por el alarde de la extrema derecha este pasado verano contra los inmigrantes, en varias ciudades de la deprimida región de las Middlands. Pero, aparte de prometer mano dura y de condenar los discursos de odio, las medidas en estudio por su gobierno apuntan precisamente a colocar en la diana de las frustraciones a los mismos colectivos que los ultras fanáticos.

El primer ministro británico acaba de viajar a  Roma para “interesarse” en las recetas aplicadas por el gobierno de la ultraderechista Giorgia Meloni. Al término de su visita, Keir Starmer elogió los “destacados avances” de Italia para limitar la llegada irregular de inmigrantes y las actividades de las mafias traficantes. Meloni, con el apoyo de la Presidenta de la Comisión Europea, ha depositado el control migratorio en gobiernos norteafricanos, los de Egipto y Túnez, de nula vocación democrática y alarmantes conductas racistas, lo que les coloca en el foco del despliegue del odio que tanto se combate formalmente en Occidente.

Otro de los pilares de la “audaz” política migratoria italiana consiste en encargar a Albania la gestión de las demandas de asilo de las personas interceptadas durante su intento de penetración. Ese país balcánico aspira a ingresar en la UE, pero hay notables dudas sobre la calidad democrática de su sistema política. Además, la fórmula albanesa ha recibido fuertes críticas de los correligionarios de Starmer en Italia, por su elevado coste, su ineficacia y sus dudosos fundamentos éticos. En parecidos términos se ha expresado el exministro de Exteriores laborista David Miliban, hoy director de una ONG dedicada a la protección de los refugiados.

Estas mismas contradicciones se observan en otros asuntos de la política exterior europea. Por ejemplo, se etiquetan como expresiones de odio  (bajo la forma específica  del antisemitismo) las críticas a Israel por su criminal actuación en Palestina. Con el mantra del “derecho de Israel a defenderse”, se pasa por alto un comportamiento cargado de revanchismo, venganza y, en definitiva, de odio (con las notables excepciones de España y algún otro país).

Por el contrario, las acciones armadas de Hamas o de otras facciones palestinas no pactistas han sido consideradas como ‘terrorismo’ afecto al ‘eje del mal, porque se cobran víctimas civiles, entre otras imputaciones. Poco importa que las represalias militares israelíes hayan provocado, ahora y siempre, un número incomparablemente superior de muertos entre la población desarmada: en Gaza Israel ha matado a 40 personas por cada israelí asesinado por Hamas el 7 de octubre pasado. Pero sólo Hamas se encuentra como actor del discurso de odio en la categorización europea dominante.

Por supuesto, a quienes no condenan estas acciones militares por considerarlas como respuestas comprensibles a la ilegal ocupación de sus territorios, el sofocamiento de su economía y la paralización de su desarrollo social se les califica de “antisemitas” y, naturalmente, de propagadores del “discurso del odio”.

KAMALAMANÍA

13 de septiembre de 2024

El primer debate (y último) entre Kamala Harris y Donald Trump ha hecho olvidar el anterior entre Biden y el expresidente hotelero que precipitó la retirada del primero de la carrera electoral.

Los medios liberales occidentales están entusiasmados por el resultado de esta confrontación retórica entre los dos candidatos. La mayoría considera que Trump estuvo “a la defensiva” frente a las críticas agudas y bien articuladas de la líder demócrata. En líneas generales, fue así. Pero difícilmente podía ser de otra forma. La capacidad intelectual y argumentativa de uno y otra es abismal. También la que debería haber habido entre Biden y Trump, si el actual presidente no se encontrara en tal lamentable estado de agilidad mental.

Los propios responsables de la campaña de Harris se muestran cautos sobre las consecuencias reales del debate. “Ganar un debate no es ganar las elecciones”. Obvio. En 2016, Hillary Clinton “desnudó” política e intelectualmente a Trump en los debates, y, como es sabido, aunque ganara las elecciones, la candidata demócrata no consiguió llegar a la Casa Blanca por el sistema electoral vigente.

La Vicepresidenta puso casi toda su energía y dedicó sus mejores reflejos a poner en evidencia las inconsistencias de Trump, en casi todos los asuntos que se abordaron. Tampoco es que fuera muy difícil. El expresidente estuvo en su línea: demagógico, mentiroso, exagerado hasta la estupidez, falaz, aturullado, impreciso y, en algunos momentos, faltón. Cualquier candidato demócrata, incluso sin las habilidades de fiscal de Harris, hubiera hecho emerger la personalidad de Trump.

Los medios han destacado sus referencias inventadas -y lo que es peor, absurdas- sobre los inmigrantes que se comen las mascotas o la pretensión demócratas de matar a recién nacidos en nombre del derecho al aborto. Esta sarta de disparates desacreditan al que las dice.

Kamala sonreía, a veces con un deje de condescendencia. Trató de contenerse, pero no pudo o no quiso hacerlo cuando citó a lideres mundiales no identificados, quienes consideran a Trump una “desgracia”, o cuando dijo que Putin “se lo merendaría”.

En las últimas encuestas antes de la confrontación televisiva, la distancia se había cerrado: un empate técnico liquida la ventaja adquirida por Harris en las semanas posteriores a su selección y posterior confirmación como candidata demócratas. Como era de esperar, se acabó el entusiasmo de la novedad y del alivio por la retirada forzada de Biden.

Una de las claves de este estrechamiento de las encuestas es que muchos de los consultados no estaban convencidos aún de votar a la demócrata porque “necesitaban saber más de ella, de lo que plantea hacer”.

El debate podía haber sido una oportunidad para lograr ese nuevo impulso que Harris necesita, pero parece que lo desperdició. Sólo en el asunto del aborto, Kamala se mostró más precisa y contundente. En los temas económicos, sociales o de política exterior se limitó a manifestaciones vagas y generales, continuistas y convencionales, sin arriesgar posiciones. Ella mismo se destapó al solicitar el apoyo de los republicanos que están hartos de Trump. Ni un guiño a la izquierda demócrata, tal vez porque da por descontado su voto para cerrar el camino de vuelta a Trump.

No termina de entenderse en ese establishment nebuloso compuesto por la clase política convencional, los medios de comunicación y los poderes fácticos que la solidez intelectual, la coherencia política e incluso la objetividad son valores contumazmente despreciados por esa inmensa población que apoya ciegamente a Trump.

Los elogios que los medios liberales han dedicado a Harris se antojan forzados. El resultado de la pelea dialéctica era previsible. La actuación evasiva de la dirigente demócrata, en cambio, es decepcionante. Aparte de la consigna “frenar a Trump”, haría falta algo más para ir a votar con responsabilidad en noviembre.

Otro síntoma de esta pérdida de sustancia ha sido la relevancia que se le ha dado al apoyo de la cantante Taylor Swift a la candidata demócrata. Sin duda, 250 millones de seguidores constituyen un bocado apetecible de votantes. A esto se está reduciendo la política norteamericana.

 

POSDATA: Un apunte marginal sobre los moderadores. Debe ser celebrado que corrigieran con datos o cuestionaran las mentiras de Trump (no era habitual en citas anteriores). Pero quizás se echó en falta que pidieran a los dos participantes que eludieran responder a las preguntas que se les hicieron sobre sus posiciones electorales.

LAS CARETAS DE MACRON

 10 de septiembre de 2024

Macron ha colocado a Francia donde quería: fuera de la influencia de la izquierda. Para ello ha tenido que quitarse varias caretas con las que ha venido ocultando sus verdaderos designios políticos.  La audacia de la que tanto ha presumido ha cedido ante las maniobras que tanto y con tanta aparente indignación renovadora denunció al inicio de su carrera. Macron irrumpió en el panorama político francés con la divisa de acabar de una vez por todas con un viejo estilo de hacer política, de superar el polítiqueo, de liberarse de las anquilosadas estructuras partidarias. Creó un movimiento que pretendía ser dinámico; de ahí su nombre: La República en marcha.

La “marcha” de Macron se encontró pronto con resistencias previsibles y con inercias internas y externas que obligaron a conferirle un carácter cada vez más convencional. El dinamismo mutó en prudentes tanteos. Su fuerza política fue cambiando de denominación a medida que se los problemas se imponían sobre los eslóganes. Hasta acabar en el estancamiento. Fueron las  clases populares y medias quienes se pusieron en marcha, en las calles y en las carreteras de Francia. Los ‘chalecos amarillos’, una confusa mezcla de pequeños comerciantes, dependientes y empleados del país profundo, detuvieron los vehículos propagandistas del Presidente.

Cuando el atasco se adueñó de las autopistas macronistas, el acosado líder tomó la salida hacia Europa, lanzando una renovación que nadie le había pedido y para la que nunca obtuvo especial reconocimiento. Se aventuró incluso con disparar por elevación y sermonear a los socios de la OTAN, a la que diagnosticó “en muerte cerebral” por su falta de respuestas a las crisis mundiales. Para esta huida hacia adelante, eligió la divisa Renaissance (Renacimiento). Concepto vinculado al pasado más que al de futuro, pero plagado de resonancias luminosas.

Sin embargo, las pésimas condiciones objetivas (COVID, guerra en Ucrania, crisis energética, inflación inédita en 50 años, etc) profundizaron el deterioro. Del dinamismo, de la ambición renovadora, de la audacia para hacer las cosas de otro modo ya no quedaba apenas nada. Y Macron se aplicó en ser un político convencional cuyo único propósito ha sido mantenerse en el poder. Al precio que fuera.

Pero como Macron difícilmente admite sus fracasos, se buscó un nuevo empeño movilizador: presentarse ante la ciudadanía, en las elecciones de 2022, como el último baluarte ante el ascenso de los extremismos. Nada novedoso. De hecho, cinco años antes la contienda presidencial ya se dirimió entre él y Marine Le Pen. La izquierda hizo un primer ensayo de recuperación de la dinámica unitaria iniciada en los setenta y que tan buenos resultados le dió a primeros de los 80 (triunfo de Mitterrand). El experimento resultó precipitado y no bien comunicado y Macron obtuvo la reelección, a costa de una derecha conservadora cada vez más débil y dividida. El Presidente tuvo claro que su espacio político natural era el de la derecha. Se olvidó de las ambiciones renovadoras y se sacó la careta del centrismo, sin reconocerlo, por supuesto. En los últimos años su proyecto político se ha basado en desmontar los avances sociales incómodos para su programa liberal y en priorizar la seguridad ciudadana. Las leyes de retraso de la edad de jubilación a los 65 años y el endurecimiento de la política migratoria han sido sus empeños legislativos más notables. Para sacarlos adelante, tuvo que despojarse de otra de sus caretas: el consenso social y político. Al no disponer de mayoría parlamentaria y haber perdido su capacidad inicial de seducción, tuvo que imponer las reformas por decreto ley (artículo 49.3 de la Constitución)

En este proceso de derechización elitista, Macron fortaleció involuntariamente a los dos únicos adversarios potenciales: la extrema derecha (en auge continuo) y la izquierda (fragilizada por sus endémicas divisiones y corroída por desconfianzas cruzadas).

Las elecciones europeas de este año confirmaron lo que era palpable. El partido de Marine Le Pen se convirtió en el más votado, con 30 eurodiputados, frente a los 13 de los macronistas. El sistema proporcional europeo desnudaba la escasa representatividad real del modelo electoral francés, mayoritario a dos vueltas.

No se sabe bien si Macron entró en pánico o simplemente se creyó poseído de la capacidad para manipular los temores y angustias de los franceses, pero lo cierto es que tomó una decisión que, para muchos, ha sido el mayor error de su carrera política: en las puertas del verano y veinte días antes de iniciarse las Olimpiadas, disolvió la Asamblea y convocó elecciones anticipadas. En la estrategia de Macron resonaba la consigna gaullista: “‘O yo o el caos”. O, dicho en el tiempo presente: “O yo o los extremistas”. De izquierdas y de derechas, naturalmente.

Ante el envite del Presidente, la izquierda renovó su maltrecho pacto de unidad, no sólo en fondo, sino también en forma. La apuesta unitaria se olvidó de la desafortunada denominación anterior (NUPES: Nueva Izquierda popular, ecologista y social) y adoptó el más reconocible y combativo nombre de Nuevo Frente Popular.

En la ultraderecha, tampoco se arredraron ante el desafío planteado por el Eliseo. Marine Le Pen consiguió atraerse al sector más ultra de los antiguos gaullistas, quienes, por cierto, se habían hecho con la dirección del Partido (Los Republicanos), en las internas de 2021.

La primera vuelta de las elecciones anticipadas confirmó el esperado triunfo del Reagrupamiento (antes Frente) Nacional, con el 33% de los votos. El Nuevo Frente Popular aguantó bien y obtuvo la segunda plaza, con el 28%. Las formaciones macronistas, cada día más nebulosas, no llegaron al 21%. Los Republicanos se desangraron a derecha e izquierda y se quedaron en el 6,6%.

El Presidente apuró su estrategia: propuso un nuevo pacto republicano contra la ultraderecha. Después de colocar en el mismo saco del extremismo al partido de Le Pen y al NFP, solicitó el apoyo de éste último, para cerrar el paso al RN. La izquierda se sintió pillada en la trampa política: no se fiaba de Macron, pero no podía permitir un triunfo de la extrema derecha. Por tanto, se apuntó al pacto.

La derecha conservadora se mantuvo en su posición ambivalente resumida en la fórmula ni-ni: ni extrema derecha, ni una izquierda dominada por el “extremismo de los insumisos”.

La segunda vuelta, mecanismo electoral ideado por De Gaulle para asegurarse el poder, viene sirviendo desde hace treinta años como válvula de seguridad contra la ultraderecha. En esta ocasión, la alianza incómoda entre el centro-derecha y la izquierda salvó en apariencia al Eliseo, pero al favorecer un triunfo insuficiente del NFP (193 diputados en la composición de la Asamblea), obligaba a un pacto con los macronistas (166 escaños). Los 47 exgaulistas, ahora rebautizados con el más acorde nombre de Derecha Republicana, se excluyeron desde un principio de ese pacto. El partido lepenista y aliados, con 143 diputados, se limitó a esperar la deriva de la V República.

Macron se acogió a los Juegos para decidir una “tregua olímpica”. Esta espera le permitía hurgar en las divisiones de la izquierda, donde enseguida se evidenciaron las dificultades en proponer al Eliseo un candidato común para Matignon. Según la Constitución, el primer ministro lo elige el Presidente, una vez escuchado a los líderes de los grupos políticos representados en la Asamblea Nacional. Pero no se trata de una selección mecánica. El Jefe del Estado francés, contrariamente al italiano, no es un mero árbitro: tiene funciones ejecutivas y disfruta de voluntad política para ejercerlas.

Mientras la izquierda se complicaba la tarea, el macronismo fomentaba la división en el Partido Socialista, eslabón débil de la unidad del NFP. La derecha socialista, encabezada informalmente por el expresidente Hollande, dejaba entender que podría llegar a un pacto con Macron, lo que equivaldría a restituir, con papeles cambiados, el último mandato socialista en el Eliseo, en el que Macron fue durante algún tiempo Ministro de Economía. Esta solución no desagradaba de los seguidores de la alcaldesa socialista de París, Ana Hidalgo, muy resentida con los insumisos por su feroz oposición en el consistorio capitalino.

Pero el Secretario General del PSF, Olivier Faure, no cedió a las presiones del ala derecha y mantuvo su pacto con el resto de fuerzas de izquierda, que terminaron encontrando en Lucie Castets, una joven funcionaria precisamente de la Alcaldía parisina (Directora de Finanzas), una candidata inequívocamente progresista sin adscripción partidaria.

Macron se opuso sin ambages, con el argumento cierto pero esquinado de que ella no resistiría una moción de censura. Profundizó entonces en las divisiones socialistas al insinuar que podría elegir a Bernard Cazeneuve, veterano dirigente socialista, jefe de gobierno y antes ministro del Interior con Hollande y enemigo acérrimo de la unidad de la izquierda, por su  enemistad declarada con el exsocialista líder insumiso, Jean-Luc Melenchon. Macron lo invitó al Eliseo y dejó que se filtraran los nombres de otros socialistas del ala derecha que se habían dejado querer o que simplemente él sabía que no declinarían el ofrecimiento. Tras una acalorada y tensa reunión de sus órganos de dirección, Faure impuso su mayoría y abortó las maniobras del Eliseo.

Si Macron hubiera tenido la voluntad de respetar el fragmentado veredicto popular habría intentado convencer a los suyos para que apoyaran a la candidata de la izquierda. Pero eso era justamente lo que no quería. En consecuencia, no tuvo más remedio que despojarse de las últimas caretas que le quedaban. Intentó la opción de Xavier Bertrand, actual presidente del Departamento de los Altos del Sena y poco apreciado en la dirección de su partido. Fue otro ejercicio de fogueo: para evitar un choque frontal con la DR, a la que necesitaba imperiosamente, eligió a Michel Barnier como primer ministro.

El aparato propagandístico del Eliseo y no pocos medios liberales han elogiado la figura de Barnier, su experiencia y capacitación. Ha sido cuatro veces ministro con gobiernos derechistas (de Chirac y de Sarkozy), Comisario europeo en varias carteras y negociador de la fase final de Brexit. Este último desempeño ha sido quizás el más celebrado. Pero no se puede olvidar que, cuando él recibió el encargo, ya no había más opciones que un acuerdo, so pena de una descomposición general de las relaciones entre el Reino Unido y la UE.

En todo caso, y con independencia de los méritos personales de Barnier, su elección contraría muchos de los fundamentos del discurso macronista; a saber:

1)      Barnier pertenece a un partido conservador, reacio al reformismo y muy convencional.

2)      Su partido, ahora denominado Derecha Republicana, ha sido el menos votado de las grandes formaciones (apenas un 6,5% en primera vuelta)

3)      Además de lo anterior, el partido de Barnier ha sido el único de los grandes que no quiso sumarse a los pactos de desistimiento en segunda vuelta para impedir el triunfo de la ultraderecha.

4)      Ni siquiera es un dirigente señalado de DR, ya que en las elecciones internas de 2021 fue uno de los aspirantes menos votados.

5)      La trayectoria política de Barnier no es precisamente la de un renovador. Es un producto clásico de esa política que Macron prometió superar en 2017.

6)      Y lo más demoledor en términos de pérdida de credibilidad, Barnier no despierta la oposición del Reagrupamiento Nacional, contrariamente al propio Bertrand, por ejemplo, no tanto porque sea conservador radical o próximo a la ultraderecha, sino por su perfil negociador y conciliador. De hecho, en sus primeras declaraciones públicas, el escogido por Macron ya ha dicho explícitamente que no aplicará el cordón sanitario a partido alguno. Marine Le Pen le ha devuelto el cumplido con el propósito de no apoyar la moción de censura que ya ha anunciado el NFP.

En conclusión, desde 2017 Macron se ha ido dejando las plumas ficticias que escondían su proyecto político: el reformismo (convertido en reacción por sus leyes antisociales), el centrismo (ahogado en el derechismo dominante de las clases privilegiadas francesas), la renovación de las estructuras políticas (con un partido personalista que no ha cuajado del todo y el apoyo más claro del más convencional de sus aparentes adversarios), el rejuvenecimiento del equipo dirigente (ha pasado del primer ministro más joven al más viejo de la historia francesa), la conciliación social (ahogada en un clima de malestar sin precedentes), el republicanismo de los valores frente a la ultraderecha agresiva (a la que ahora convierte en garante de sus decisiones) y la audacia política (disuelta en una cadena de maniobras para conservar el poder hasta 2027 y, si aún es posible, construir un legado decente.

ALEMANIA: LA REVANCHA DEL ESTE

  4 de septiembre de 2024

La mayoría de los análisis de las recientes elecciones en dos länder del Este de Alemania se han centrado en destacar amplitud del triunfo de la extrema derecha y las consecuencias sobre la estabilidad del actual gobierno tripartido federal.

Sin duda, no por esperado el avance de la Alternativa por Alemania (AfD) ha provocado inquietud e incluso alarma en los círculos políticos y mediáticos del consenso centrista en el país y en la mayoría de los países europeos . Se repite, con sus rasgos propios, lo ocurrido en Francia o en los Países Bajos, donde partidos radical de derecha se han convertido en la primera fuerza electoral.

Debemos resaltar esta formulación: una cosa es ganar las elecciones y otra poder gobernar, o al menos determinar la orientación del gobierno. En Francia, el RN (Reagrupación Nacional) es el partido con más diputados en la Asamblea Nacional, pero no tiene posibilidad alguna de encabezar un ejecutivo. Más allá de lo que el Presidente de la República quiera prolongar el interinato actual y de sus maniobras para negarle a la izquierda la responsabilidad de marcar el rumbo del país, en ninguna fórmula posible aparece la formación de Marine Le Pen.

En los Países Bajos, el Partido de la Libertad también fue el más votado en mayo, pero, al no contar con mayoría suficiente, se tuvo que plegar a formar parte de una coalición amplia de derechas, en la que marcará su impronta pero no podrá actuar a conveniencia.

Podríamos mencionar también el caso italiano, donde la ultraderecha encabeza con holgura otra coalición conservadora-nacionalista pseudoliberal, que ha tenido que rebajar algunas de sus pretensiones radicales. Tras el fiasco de una alianza con la derecha conservadora posterior a las elecciones europeas, Giorgia Meloni, jefa del gobierno, parece decidida a recuperar parte de su programa extremo. Algunos dicen que por despecho; otros, que nunca renunció a ello.

En Alemania, el test no ha sido nacional, sino regional, y en el territorio más propicio para los ultras. En Turingia, la AfD ha sido el partido más votado, con la tercera parte de los votos (32,8%), y en Sajonia ha obtenido algo menos (30%) y queda sólo por detrás de la CDU.

La implantación de la AfD en el Este no es reciente. En las elecciones anteriores de Turingia ya habían cosechado resultados prometedores. El cordón sanitario (todos contra la AfD) les había privado de tocar poder real. Pero a punto estuvieron de hacer saltar ese veto explícito. Sólo la intervención in extremis de la entonces Canciller Merkel impidió un acuerdo entre la CDU y la AfD, lo que le costó la secretaría general del partido a Annegret Kramp-Karrenbauer, llamada a ser la potencial sucesora. La voluntad de impedir un gobierno ultra en Erfurt (capital de Turingia) se mantiene verbalmente, pero habrá que esperar.

NO TODO SE DEBE A LA INMIGRACIÓN

Los analistas explican esta consolidación de la extrema derecha principalmente por sus propuestas radicales contra la inmigración, uno de los pilares de su éxito en otras partes de Europa. Sin duda, buena parte del electorado sintoniza con los políticos ultras en este sentimiento xenófobo. En Alemania, por su historia y rasgos culturales, el rechazo al extranjero enciende las alarmas. Algunos comentarios indulgentes de uno de sus líderes sobre las SS obligaron a Le Pen a dejar a este partido fuera del realineamiento ultra en Europa.

Pese a esto, el canciller Scholz trató de aplacar la presentida oleada xenófoba con el anuncio de nuevas deportaciones de inmigrantes ilegales que no pudieron acreditar las condiciones para adquirir el estatuto de refugiados o que hubieran vulnerado la ley de cualquier forma. De poco ha servido intentar neutralizar a la extrema derecha con medidas que ésta plantea aunque sea de manera más demagógica y retorcida.

En todo caso, hay que considerar que en estos dos länder de Turingia y Sajonia apenas hay inmigración y los refugiados son muy escasos. La población conjunta de ambos apenas representa un tercio de la que tiene el estado más poblado, Renania del Norte-Westfalia. Por tanto, allí la inmigración ha sido más un referente que una presión real para los xenófobos.

Por lo tanto, deben tenerse en cuenta otros factores. El más importante, sin duda, el malestar social por la crisis derivada de la guerra de Ucrania, el alza notable de los precios de la energía y el descenso de la actividad económica en general. Pero no puede olvidarse el sentimiento de abandono y marginación que, lejos de extinguirse, ha ido en aumento en el Este tras la unificación de hace tres décadas. La sensación de ser los perdedores de lo que se vendió como una oportunidad para una nueva edad dorada de una Alemania democrática se hace cada año más amarga. Y no hay perspectiva de cambio. Si escuchamos a los informadores occidentales que han visitado estos territorios durante las últimas semanas, es fácil percibir esta desafección hacia el centro del poder federal, que sigue anclado en el Oeste, aunque se desplazara a Berlín tras la unificación.

LA IZQUIERDA EMERGENTE

La revancha del Este adquiere este perfil que medios y clase política liberales caracterizan de “extrema”. Y aquí no sólo se refieren a la AfD, sino al otro gran protagonista de las elecciones, la Alianza Sarah Wagenknech (BSW). En torno a esta figura llamativa de la izquierda oriental, antigua militante del partido Die Linke (La Izquierda), lejano sucesor del SED (partido comunista gobernante entre 1945 y 1990), se han reunido numerosos militantes cansados de la falta de respuestas convencionales del consenso centrista. En Turingia han obtenido el 16% de los votos y  15 diputados y este mismo número en Sajonia, con un 12% de sufragios.

Los partidos de la alternancia de gobierno considera  a la BSW como un partido “izquierdista conservador” y, por supuesto, “populista”. Esta última etiqueta está muy manida, pero la primera despierta mayor interés. Wagenknecht defiende un programa clásico de izquierdas, con más inversión social, pensiones más generosas y mejores y más amplios servicios sociales. Aparte, claro está de una compensación al Este por el daño sufrido tras la reunificación.

Pero, en contraste con esto, cuestiona la política migratoria de los últimos gobiernos, no tanto por xenofobia cuando por ser un recurso que interesa más el empresariado deseoso de contar con mano de obra barata que a las clases populares nacionales. Ciertamente, su tono ha sido en ocasiones ambiguo, como cuando ha pedido a la clase política tradicional “más coraje” para abordar el asunto de la inmigración. Pero resulta extraño atribuir xenofobia a un partido cuya Secretaria General se llama Amina Mohamed Alí.

Pero lo que más molesta los políticos convencionales y a los medios que viven de sus fortunas y desventuras son las arremetidas de SW contra el estilo de vida yuppie de las clases acomodadas en el Oeste y, en mejor medida, en el Este. Wagenknecht ha sido periodista de televisión y tertuliana. Su elocuencia y acidez han sido reconocidas incluso por sus detractores. Está casada con el que fuera líder del SPD, Oskar Lafontaine, antes  jefe de filas de su sector más izquierdista del partido y azote notable de las anquilosadas estructuras del partido.

La BSW ya obtuvo un buen resultado en las recientes elecciones europeas y seis escaños en la Eurocámara. Die Linke, su principal competidor en la izquierda crítica sólo obtuvo tres, pero no ha permitido la incorporación de los escindidos en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea. Los diputados de Sarah Wagenknecht se han quedado en el limbo de los No Inscritos.

Ciertos comentarios apuntan a un posible entendimiento entre “los dos extremos” para hacer saltar el cordón sanitario. Sin entrar en desmentidos, portavoces de este nueva formación (no se puede aún considerar partido) han rechazado esta interesada desinformación.

El otro elemento de reproche contra la BSW tiene que ver con la guerra de Ucrania. Wagenknecht aboga claramente por el fin negociado del conflicto, se opone a la política de rearme de Ucrania practicada por la OTAN (y en particular por Berlín) y la detención del programa de militarización de la actual coalición, aunque al final haya sido menos intenso de lo anunciado. Esta alianza del descontento cree que el final de la guerra permitirá redistribuir recursos en beneficio de los más pobres. A los que les consideran “prorrusos” o “marionetas de Putin” replican que su programa “condena la agresión de Rusia contra Ucrania, contraria al derecho internacional”.

La BSW, según las encuestas, puede superar a Die Linke y al gubernamental Partido Liberal  en las próximas elecciones federales (2025) y está a sólo tres puntos de los Verdes, el segundo partido de la coalición semáforo. El SPD, debilitado por todos su flancos, debería escuchar a estas voces críticas e ir más allá de alertar contra el peligro ultraderechista. Ocuparse de las causas y no sólo ponerse a la defensiva.

LA SIMPÁTICA PAREJA Y SUS MILLONARIOS AMIGOS

28 de agosto de 2024

Kamala Harris puede ser la primera Presidenta de Estados Unidos. Algo impensable hace sólo un par de meses. En ese tiempo tan corto se ha construido una candidata viable. Así es la política norteamericana: capaz de alumbrar un engendro como Trump o de reciclar una opción desechada. Los defensores del sistema americano se regodean de estos imprevistos por considerarlas muestras palpables de su vitalidad. Quizás sea más bien al contrario. Lo verdaderamente importante no puede ser objeto de improvisaciones, no puede estar al albur de un impulso demagógico. La sorpresa es un capricho del azar no es una bendición de la convivencia.

LA FABRICACIÓN DE UN CANDIDATA

En la construcción de la Kamala presidenciable han jugado muchos factores. Pero el más decisivo ha sido la urgencia. El establishment consiguió despachar a Biden  con la cortesía de considerarlo un excelente servidor, pero con las prestaciones agotadas. El recambio no parecía claro y el tiempo era muy corto. En un último servicio (quien sabe si deseoso también de un gesto de resentimiento), Biden condicionó la selección al proponer a Harris como sustituta. Algo lógico, ya que era su número dos: una sucesión natural.

Harris estaba fuera de las quinielas hacía tiempo, o sólo en las convencionales que incluyen por defecto a los vices, aunque esta figura política sea la más degradada de la constelación política norteamericana. Pero el establishment hizo virtud de la necesidad. En un rápido escaneo de Harris, comprobó que, después de todo, se podían encontrar en ella factores de éxito: edad apropiada (lo que arrojaba sobre Trump la carga de la ancianidad), experiencia política interna aceptable (no exterior, desde luego), género (mujer, ahora un activo entre los demócratas, que desean detentar ese paso de la antorcha) y raza (negra y asiática, lo que completaba el logro firmado por Obama). Podía funcionar, se dijeron, y se pusieron a ello.

Los medios liberales y los tradicionales espantados por una segunda temporada del show Trump en la Casa Blanca no dudaron en hacerse de miel con la inesperada nueva candidata demócrata. En sólo unos días, las grandes figuras del partido fueron otorgándole su apoyo sin fisuras. Sólo los Obama se resistieron un poco más, porque siempre se habían pronunciado por una contestación abierta y participativa, pero finalmente se unieron a la fiesta.

Pese a su curriculum suficiente (fiscal de San Francisco, fiscal jefe de California y senadora por este mismo Estado y, naturalmente, el cargo segundón en la Casa Blanca), su perfil presidencial nunca pasó de ser discreto, como se comprobó en 2020. Era preciso, pues, vincularla a algo que Trump no pudiera desactivar o ridiculizar. Alegría fue la consigna, y sus derivados o virtudes afines: naturalidad, optimismo, cercanía, etc.

La cosa prendió, porque había mucho interés en que prendiera. En mitad de un verano agrio por las guerras en las que Estados Unidos, una vez más, es protagonista esencial y por una economía que ofrece indicadores desconcertantes por contradictorios, la pugna política no podía ser otra exhibición de aspereza. Era imperativo que la campaña diera un giro, que se obligara a Trump a ponerse a la defensiva, pero sin acritud. Con el arma luminosa de la simpatía y esa pretendida ingenuidad del sueño americano.

 

ALGO SIMILAR A UN HOMBRE COMÚN

Había que completar el ticket de la candidatura. Harris eligió a un complemento en género, edad, raza, origen y ubicación, pero mantuvo la coherencia de la fórmula por la que se había apostado: la naturalidad de un optimismo irrenunciable. Tim Walz, gobernador de Minnesota, un estado obrerista del Medio Oeste, tan representativo de ese mundo que Trump ha logrado pervertir, fue la opción escogida. Y pronto se comprobó el pleno acierto. El aspirante a Vice aportó a la causa su personalidad y su biografía de americano típico de películas sociales (profesor, entrenador, currante, esforzado, padre de familia ejemplar). En su presentación con Kamala al lado, desplegó un comportamiento inequívoco de hombre hecho a sí mismo y un lenguaje comprensible para todo el mundo, alejado de la jerga de Washington. 

Harris y Walz se convirtieron en una simpática pareja de inmediato. Con su sonrisa infatigable, provocaron el nerviosismo en la campaña de Trump y cierto desánimo en esa derecha rancia que ha puesto su destino de nuevo en manos de un tipo alejado del patrón conservador. Los flirteos del candidato republicano con grupos tan dispares como cristianos y judíos, libertarios y racistas, obreristas y capitalistas salvajes son puras maniobras tacticistas.

Las bases demócratas han asistido a esta construcción mediático-política de una candidatura en tiempo récord con distinto ánimo. La mayoría se ha entusiasmado, fundamentalmente porque la victoria se ha convertido de nuevo en posible. La izquierda se ha mostrado más cauta. No desdeña la importancia de ganar en noviembre, pero exige que no sea a toda costa, que haya un giro social, que se cambie el comportamiento exterior. Y Harris no ofrece garantías de ello.

Llegamos a la Convención de Chicago, ciudad evocadora de desastres históricos, en plena ola de triunfalismo, con las encuestas señalando un giro favorable, no sólo en el ámbito nacional, sino en los estados bisagra que deciden las elecciones. Todo estaba atado, contrariamente a lo ocurrido en 1968. Por el escenario fueron desfilando las promesas de futuro (incluso la izquierdista Ocasio Cortez, ya más atemperada, rendida a la real-politik en el asunto de Gaza), los teloneros alejados del prime time y, naturalmente, las grandes estrellas, los extodo que conservan la llama del éxito para traspasarlo, en este ocasión, a la nueva líder.

El tono de los tribunos demócratas fue un tanto tramposo, en la medida en que, cada cual en su estilo, se fueron presentado como “gente del pueblo”, personas normales dedicadas al servicio público, hombres y mujeres de orígenes humildes o sencillos que, por amor a su país, comprendieron que debían alcanzar el Poder para que no cayera en otras manos inadecuadas.

Acogieron a Kamala (y a Tim) como aspirantes deseables a formar parte de ese Panteón popular. En la calle, algunos grupos protestaban por la falta de compromiso del Partido en el asunto de Gaza y por una ambigüedad programática deliberada. Pero en el Gran salón de la Convención se dio rienda suelta al entusiasmo. Esos amigos de orígenes modestos eran ya multimillonarios, más o menos apegados al establishment (según los casos), piezas notables de un sistema que no quiere de nuevo a un bufón incontrolable en la sala de máquinas del poder político. Bill y Hilary Clinton, Barak y Michelle Obama, incluso el agotado Joe Biden son, ante todo, sinónimo de éxito y de dinero, por mucho que, en sus discursos, pretendieran resaltar el esfuerzo que habían tenido que hacer para ascender en la escala social. Esa es la naturaleza del sueño americano: dejar de ser pobre o simplemente modesto es una lucha individual.

Kamala Harris ya está más cerca de sus millonarios amigos de hoy que de sus orígenes no tan glamurosos. Si fracasa en noviembre, es probable que se retire de la carrera política y se dedique a ganar dinero en la empresa privada, aunque antes quizás recupere su profesión de fiscal. El shock será tan grande que no habrá tiempo para recordar los elogios excesivos que ha recibido estas últimas semanas.

AMBIGÜEDAD CALCULADA

Porque, hay que decirlo, no se conoce bien su proyecto político. Sus propuestas son generales o ambiguas, obligada inicialmente por la cortesía hacia el legado de Biden y luego por el empeño de no resultar incómoda para los electores conservadores que se resisten a votar a Trump. Los propios medios liberales que la apoyan con entusiasmo lo reconocen abiertamente.

Su programa fiscal es cauteloso, con medidas de presión hacia los más ricos que se apartan poco de la corriente general en el partido. Su política exterior es un puzzle de declaraciones buenistas (pero claramente proisraelíes) ante el conflicto de Oriente Medio, muy convencional y poco imaginativa sobre la guerra en Ucrania, prudente en el pulso con China y poco más. Por su principal asesor en política exterior, Philip Gordon, puede deducirse que no será tan intervencionista como Biden o los Clinton, sino más bien reticente a embarcarse en guerras, en la línea de Obama. Seguramente será más asertiva en el control de la política migratoria, o eso al menos deducen algunos analistas de su experiencia como fiscal.

Harris es una incógnita amable, que ha eludido el cara a cara con los medios, para evitar tropezones inoportunos o clarificaciones indeseables. Le quedan menos de dos meses y medio para demostrar que, con mucha simpatía, sentido común y “a little help from my friends”, puede darle la vuelta a la historia.

GUERRAS Y POLÍTICA

21 de agosto de 2024

La cita más famosa de Clausewitz es aquella que caracteriza a la guerra como “la continuación de la política con otros medios”. Otra menos conocida del militar y estratega prusiano es, sin embargo, mucho más sutil: “la guerra nunca es un objetivo en sí misma; se combate para conseguir la paz, un cierta forma de paz”.

Por tanto, el dilema’ guerra o paz’ es un engaño del sentimiento, no una aspiración racional. La guerra y la política (llámese diplomacia cuando se ejercita de puertas afuera: en el ámbito internacional) no pertenecen, respectivamente, a las esferas del  mal o el bien. La guerra, como es lógico, despierta rechazo en el ciudadano marginado de las decisiones, del conocimiento de las estrategias, de los núcleos de poder. Su papel es el de consumidor de la otra cara de la realidad: el de la política, es decir, del conjunto de herramientas que traen esa “paz conveniente”.

Esta perífrasis viene a cuento de lo que está pasando en Ucrania y en Gaza (o más bien en toda Palestina). Los dos conflictos son muy diferentes, por supuesto. Pero en esta dialéctica guerra-política presentan semejanzas muy claras, porque se trata de un asunto universal.

Mientras en Ucrania se libra una guerra clásica entre Estados, en Gaza asistimos a una operación militar de exterminio practicada por un Ejército contra una milicia urbana enraizada en la población, en un contexto general de ocupación. Estas dos formulaciones escuetas no abarcan toda la realidad militar. En Ucrania no combaten sólo dos Estados (Ucrania y Rusia), como se sostiene en Occidente; en Gaza, es absurdo cualquier análisis militar sobre la relación de fuerzas.

En estos momentos en que las armas parecen dominar el desarrollo de ambos conflictos, el papel de la diplomacia y de la política consiste en adaptar la verdad, o la realidad, a las necesidades de cada una de las partes. Entremos en detalles.

UCRANIA: LA ADECUACIÓN DE LAS CONDICIONES

Moscú sostiene, desde el principio de la invasión, que Ucrania representaba un peligro para su seguridad, porque este estado, históricamente unido a Rusia (zarista o comunista, eso ahora no es relevante), se había convertido en un instrumento de Occidente para amenazar las bases de la soberanía rusa. Según esta teoría, los habitantes rusófonos y/o rusófilos de distintas zonas de Ucrania corrían peligro de exterminio, de sufrir limpieza étnica, por ser el obstáculo más inmediato de esa estrategia agresiva, de ahí la necesidad de controlar ese territorio limítrofe como paso previo a una estrategia general de protección. Como se hizo en Crimea.

Para Ucrania, país soberano, reconocido internacionalmente (también por Rusia) y agredido, el discurso ruso es simplemente falaz y justificativo. La guerra es un medio legítimo de defensa frente a la agresión. Como otros Estados que se han visto históricamente en semejante situación, Ucrania debía procurarse todos los recursos a su alcance para conseguir su propósito de derrotar al agresor. En su caso, los medios propios eran evidentemente escasos. Para sobrevivir, necesitó forjar una alianza con Occidente, la única posible, la única eficaz para asegurarse la provisión de armas, de inteligencia, de logística. También de cobertura política, es decir, diplomática. Que el mundo que le importaba asumiera el relato que le favorecía.

A lo largo de estos dos años y medio de guerra, la diplomacia occidental se ha ido ajustando a las condiciones de la guerra. Durante el avance meteórico de los rusos en los primeros días, se empleó a fondo en deslegitimar la actuación de Moscú, negando incluso aspectos razonables del discurso ruso y silenciando errores y contradicciones históricas, ucranianas y propias.

Cuando la “operación especial” rusa se estancó, se pasó de la sorpresa a la euforia ante un posible fracaso del Kremlin. Se desbloqueó, aunque fuera inicialmente a cuentagotas, la entrega de armamentos y las condiciones de su uso.

El verano pasado, el Estado Mayor ucraniano se creyó en condiciones de pasar de una guerra de resistencia a otra de liberación. Y entonces se agudizaron los temores occidentales a un giro indeseado de los acontecimientos. Tan peligroso resultaba que Rusia ganara la guerra como que la perdiera (un miedo existente desde el principio del conflicto, de ahí las dudas y los dilemas de los dirigentes). Lo que en realidad se temía es que Rusia, para salvarse de la derrota, acudiera al arsenal nuclear, desencadenando esa escalada que había podido ser contenida durante las décadas de la guerra fría. Para no provocar esa respuesta desesperada de Moscú, se pusieron líneas rojas a la aliada Ucrania: que no utilizara las armas penosamente obtenidas para atacar objetivos en territorio ruso y, por ende, que se abstuviera de invadir suelo enemigo.

Pues bien, esto ya ha pasado este mes de agosto, con la operación ucraniana más audaz desde el comienzo de la guerra. En muchos medios se llama “incursión” a lo que no es otra cosa que una invasión en toda regla. Los dirigentes occidentales se han inhibido. La posición oficial sostiene que Kiev ha llevado la operación en el más absoluto secreto. Podría ser, pero con recursos de inteligencia tan poderosos y tan bien posicionados, es difícil creerlo.  Superado el primer momento de “sorpresa”, ha venido la justificación. Lo prohibido hasta hace unos meses se convierte ahora en legítimo, pues contribuye a mejorar las capacidades defensivas de Ucrania.

Después de días de silencio sobre los objetivos de la invasión, el Presidente Zelenski dijo finalmente que se trataba de crear una zona tampón o de seguridad, para prevenir ulteriores operaciones agresivas de Rusia en el frente norte. No parece muy creíble: la región de Kursk no ha jugado papel alguno en la estrategia rusa. La facilidad con que han avanzado los ucranianos es prueba de su escasa importancia. Pero Occidente no ha cuestionado la iniciativa de Kiev. Se está operando en lógica de guerra: la verdad no es lo importante.

Lo más probable, aunque no se admita oficialmente, es que la operación de Kursk responda a otras motivaciones: conquistar temporalmente terreno para poder utilizarlo como base de intercambio en futuras negociaciones; obligar a Rusia a derivar fuerzas para contener y/o rechazar la penetración; e insuflar ánimo a los combatientes y a la población ucraniana tras un largo periodo depresivo en que las fuerzas invasoras habían retomado la iniciativa en el Este.

GAZA: LA GRAN FALACIA

En Gaza, el juego de la guerra (de la operación de exterminio, en este caso) y de la diplomacia es aún más engañoso. Contrariamente a lo que ocurre en Ucrania, no hay una estrategia común de Occidente, aunque tampoco debemos caer en el error de una discrepancia aguda.

El  suministro de armas a Israel sigue inalterado, a pesar de las denuncias de vulneración de normas por la administración Biden. La aniquilación y el genocidio continúan. Se pretende limitar la extensión de la “guerra” a otros frentes, pero Israel asesina a dirigentes enemigos en territorio extranjero. La persecución de la población palestina en Cisjordania es cada vez más envilecida y la impunidad es total.  

La impostura más sangrante es que Estados Unidos  pretende hacer crear que lleva la batuta de la actuación diplomática, en colaboración con dos agentes regionales que le son serviles: Egipto y Qatar. Las negociaciones interminables para “aliviar” el calvario de la población de Gaza no pueden ser consideradas más que una farsa a cielo abierto. Washington es cómplice efectivo de Israel y, como tal, no puede ser un mediador creíble. Pero la mayoría de los medios liberales aceptan esta falsedad con estulticia. El escarnio de Gaza únicamente incumbe de verdad a los palestinos, que están solos en su tragedia, con el bienintencionado apoyo de organizaciones humanitarias, pero sin palancas políticas o diplomáticas verdaderamente eficaces.

Las otras potencias de nivel (Europa, China, el Sur global) han optado por dejar que Washington interprete el papel de protector disgustado por los excesos de su protegido israelí. Se presenta como “iniciativa humanitaria” algo que no pasa de ser un ajuste técnico (alto el fuego temporal) para convencer a las opiniones públicas internas de que el horrible sufrimiento de la población importa. Se proclama el intento de “normalizar” el reparto de alimentos y medicinas, pero es evidente que la prioridad es la liberación de los rehenes. Cada vez se recuerdan menos los muertos (más de 40.000). Del escenario posterior (control militar de la franja, responsabilidad administrativa, etc) se habla sólo para constatar un desacuerdo que anuncia la confirmación de los hechos consumados, es decir, el diktat israelí.

Este esfuerzo norteamericano está determinado por urgencias políticas internas (elecciones presidenciales) y por un ambiente de contestación interna sin precedentes contra el apoyo incondicional al aliado/agente israelí. En la Convención demócrata de Chicago no han podido evitarse las protestas de los sectores progresistas del partido y de la ciudadanía por la actuación de EE.UU en Gaza, a pesar del orquestado espectáculo de unidad proyectado.

En este caso, resulta mucho revelador el segundo axioma de Clausewitz al que aludíamos al comienzo. La labor de la diplomacia norteamericana no es principalmente mejorar las terribles condiciones de vida de la población de Gaza y mucho menos abordar sus causas profundas, sino evitar que se convierta en un factor perturbador de esa “determinada forma de paz”. Según las encuestas, a la mayoría de la población israelí le resulta indiferente el sufrimiento de la población de Gaza y no necesita de una política encubridora. Pero EE.UU no puede dejar que se le asocie con el genocidio, y muchos menos si entre los acusadores se cuentan sus propios ciudadanos.

Dejemos pues de hablar de la diplomacia desplegada estos días como algo opuesto a la lógica de la guerra. Dejemos incluso de hablar de guerra para referirnos a lo que ocurre en Gaza, si queremos ser fieles a la verdad y a la honestidad del trabajo informativo.

EL CONSENTIDO TERRORISMO RACISTA EN EL REINO UNIDO

14 de agosto de 2024

Una aparente normalidad ha vuelto a las calles británicas después del reciente sobresalto ultra. Pero nadie se fía: ni los ciudadanos espantados por lo ocurrido, ni el nuevo gobierno laborista, comprometido a prevenir un nuevo estallido y a castigar como merecen a los responsables de los disturbios.

Tampoco hay consenso político sobre lo ocurrido, más allá del convencional rechazo de la violencia, al que se han apuntado incluso quienes, de una u otra forman, han caldeado el ambiente que generó la explosión.

Como se sabe, la violenta algarada ultra y racista se sustentó en la falsedad de que un joven aspirante a conseguir el estatus de refugiado acuchilló a tres niñas en Southport. Se supo enseguida que el asaltante era, en realidad, un joven galés de origen ruandés, el país con el que los conservadores habían pactado una deportación masiva de inmigrantes, a cambio de dinero, claro está.

El gran bulo desencadenante de la ira ultra es sólo la punta de un gigantesco iceberg de manipulaciones, mentiras y políticas criminalizadoras de la inmigración. Hay numerosos estudios que impugnan el discurso racista y los supuestos perjuicios que originan los extranjeros indeseados a la economía y a la cohesión social británica. Y lo mismo puede decirse si ensanchamos el foco para abarcar a Europa y otras partes del planeta donde se registra un amplio fenómeno migratorio.

La pésima salud económica ha favorecido este desbordamiento de las tensiones sociales. No en vano, la mayor parte de los disturbios se han registrado en las ciudades más golpeadas por las políticas conservadoras de austeridad de los tres últimos lustros. Todas ellas son exponentes de esa Gran Bretaña posindustrial del noroeste y las Middlands occidentales, como destacaba hace unos el editor económico del GUARDIAN (1).

Otras de las mentiras esparcidas por los racistas británicos es que la policía se muestra más expeditiva y contundente con los blancos que con los negros. En realidad, en 2023, las fuerzas de seguridad interrogaron y/o detuvieron a seis negros por cada blanco (2).

LA RESPONSABILIDAD DE LOS TORIES

Que el estallido británico se haya producido a las tres semanas de la formación de un gobierno laborista tras tres lustros de dominio político conservador no puede ser casualidad. Las políticas migratorias de los tories han creado un ambiente tóxico, sustentadas en el mismo espíritu de falsedad y odio desplegado ahora con virulencia. Esta conexión, no necesariamente mecánica, entre el conservadurismo institucional y el racismo violento ha sido denunciada por Dame Sara Khan, que fue comisionada antiterrorista en el gobierno de Sunak y  asesora para asuntos de cohesión social en los gobiernos de May y Johnson (3).

Khan sostiene que los últimos gobiernos tories prepararon el terreno a los ultras, utilizando un lenguaje “inflamatorio” para referirse a los inmigrantes (el caso más llamativo es el de la anterior ministra del Interior, Suella Braverman, de origen indio, como su jefe, el premier Sunak) o dejando vacíos legales que han permitido la incitación a la violencia en las redes sociales. Las advertencias que Khan elevó en su momento, junto con otros actores sociales, han sido sistemáticamente desatendidas.

Las apreciaciones de esta asesora, una musulmana negra de Bradford, no revelan algo que no se supiera. Pero tienen el valor de demostrar que en Whitehall no se era ajeno al peligro del desbordamiento ultra.

Esta negligencia política y la consecuente pasividad legislativa responden a una estrategia de construcción de un enemigo exterior de múltiples cabezas en que se sustentaba el Brexit como proyecto político. Ciertamente, la separación de Europa no fue una opción únicamente de los conservadores más radicales. Se trataba de una aspiración transversal que se podía detectar en laboristas y otras familias izquierdistas.

Pero la instrumentalización de la inmigración como caballo de Troya de ese superestado europeo (otra gigantesca falacia) que pretendía destruir o avasallar a las instituciones británicas ha sido un discurso específicamente tory. El control del canal de la Mancha, después de ejecutado el Brexit, ha tensionado mucho las relaciones bilaterales entre el Reino Unido y Europa y, más en concreto, entre Londres y París, como ya ocurría antes del divorcio, en realidad.

Uno de los beneficios anunciados por los promotores del Brexit fue la reducción de la inmigración. Pero ni Johnson ni sus sucesores han sido capaces de cumplir con la promesa. Por el contrario, la inmigración se ha triplicado hasta alcanzar el tope en  2022. Lo que ha contribuido a enfurecer a los sectores más extremistas.

LA “DUREZA” LABORISTA

El nuevo gobierno laborista ha proclamado que será implacable en la aplicación de la ley, con todo su rigor, para los responsables de las violencias de las últimas semanas. El líder laborista, Keir Starmer, antiguo fiscal general de la Corona, tiene fama de ser un hombre firme en materia legal y penal. Pertenece a esa corriente de su partido que mantiene posiciones estrictas contra el crimen, lo que ha propició importantes réditos políticos. Blair llegó al poder con ese discurso y lo practicó desde Downing St.

Starmer ha sido implacable incluso con los suyos. No ha dudado en utilizar la persecución del antisemitismo para perseguir supuestas conductas y prejuicios antijudíos. Pero también para eliminar de puestos de relevancia o expulsar del partido a los críticos con las políticas de los gobiernos israelíes, aunque éstos hayan sido cada vez más extremistas, racistas y genocidas.

Este laborismo moderado, electoralmente exitoso pero probablemente poco transformador de estructuras sociales y mentalidades políticas, se ve además lastrado por una inercia institucional que difícilmente favorecerá la erradicación del racismo e incluso de sus manifestaciones más violentas.

Tres investigadoras del Royal United Services Institute (RUSI) han denunciado el doble rasero institucional (incluyendo a la entidad en la que ellas trabajan), cuando se aborda la cuestión de la violencia. Mientras la practicada por el islamismo radical merece el calificativo unánime de “terrorismo”, la ejecutada por la ultraderecha se tipifica como “criminalidad”. La distinción implica no pocas consecuencias administrativas, políticas y legales. Sobre el islamismo radical pesa el aparato estatal antiterrorista, mientras el control del  extremismo racista blanco depende de los limitados recursos de las policías locales (4).

Starmer ha calificado los recientes sucesos de “matonismo ultraderechista”, término que, en opinión de las investigadoras, degrada el fenómeno en que se arraiga este tipo de violencia y consolida el doble rasero por ellas denunciado en los anteriores gobierno. No bastaría, por tanto, con ser “duros contra el crimen”: deberían abordarse las políticas de fondo para combatir la xenofobia y el racismo desde su raíz.

No es eso lo que se está haciendo. Tampoco en la UE, donde no se ha pagado a países para que alberguen deportados, como intentó hacer el Reino Unido. En cambio, se ha  subcontratado a estados de pésima reputación democrática (Egipto, Túnez) como contenedores de inmigrantes. Al precio que sea: sin preocuparse por los métodos empleados ni atender a esos derechos humanos que sin embargo reclaman a sus adversarios geoestratégicos (5).

 

NOTAS

(1) “The violence was shocking bur no surprising: Britain’s economy makes it ripe for far-right thuggery”. LARRY ELLIOT. THE GUARDIAN, 8 de agosto.

(2) “How to respond to the riots on Britain’s streets”, THE ECONOMIST, 4 de agosto.

(3) “Conservatives left UK wide open to far-right violence, says former adviser”. DANIEL BOFFEY. THE OBSERVER, 4 de agosto.

(4) “UK riots expose double standards on far-right and Islamist violence”. EMILY WINTERBOTHAM, CLAUDIA WALLNER Y JESSICA WHITE. THE OBSERVER, 11 de agosto.

(5) “From Tunis to Cairo: Europa extends its border across North Africa”. HUMZAH KHAN. CARNEGIE FOUNDATION, 9 de abril.