LA ENÉSIMA CRISIS
Los líderes europeos se tomaran su tiempo antes de decidir qué hacer después del NO irlandés al Tratado de Lisboa. Dirán que es lo prudente, y hay parte de razón en ello. Pero estarán haciendo virtud de la necesidad. No hay plan B. O, mejor dicho, hay un buen número de planes alternativos, pero ninguno concluyente.
Uno de los principales dirigentes pro-europeos de Irlanda, Ciaran Toland, se ha tomado el trabajo de desgranar esos planes B, en un inspirado artículo publicado en THE IRISH INDEPENDENT.
Algunos son claramente “inaceptables” para casi todos los países europeos, a saber:
- no hacer nada; es decir, continuar con Niza y esperar a la adhesión de Croacia (hacia 2010) para recalcular el peso de cada Estado en las decisiones
- renegociar completamente el Tratado de Lisboa
- colocar la figura del presidente europeo y el reconocimiento jurídico de la Carta de Derechos fundamentales en el proceso legislativo comunitario
- “maximizar Niza”: o sea, invocar el procedimiento de revisión contenido en el Tratado de Niza para reemplazar el voto por unanimidad por el voto por mayoría cualificada en algunas cuestiones, mecanismo que no exigiría referéndum para ser adoptado.
Otras tres opciones que podrían adoptar los 26, pero que serían “catastróficas” para Irlanda, serían:
- la fórmula de “Europa a varias velocidades”, siguiendo el modelo Schengen, para favorecer las cooperaciones reforzadas en ciertos asuntos
- la consagración del “núcleo duro”: es decir, el establecimiento de un sistema institucionalizado de cooperación profundizada, dentro o fuera de las estructuras de la UE.
Son opciones demasiado radicales, que posibilitarían otra Europa, libre de bloqueos, pero minimizada y descosida políticamente. Por eso, sólo se contemplarían si la negativa irlandesa se complica con ulteriores presiones de los países habitualmente euroescépticos, como Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia o, más explícitamente, Chequia.
Por ello, Toland invoca tres “soluciones” minimalistas:
- la renegociación bilateral, concediendo a Irlanda ciertas satisfacciones como las garantías en materia de fiscalidad o el tamaño de la Comisión, para someter la revisión de nuevo a referéndum.
- aligerar el Tratado de Lisboa, eliminando la transferencia de competencias, lo que no obligaría a otro referéndum
- la opción de un Microtratado que contuviera disposiciones tranquilizadoras sobre la fiscalidad, garantías de que la legislación antiabortista o la neutralidad de Irlanda se mantendrán, aparte, claro está de los compromisos sobre el tamaño de la Comisión y la exclusión de la transferencia de competencias: no sería necesario un referéndum.
Más allá –o más acá- de este análisis de los europeístas irlandeses hay un elemento fundamental: las agendas europeas. Sin duda, la más agobiante es la británica. De crecer la debilidad de Brown (hipótesis muy probable teniendo en cuenta la gravedad de la crisis), es de esperar que los tories presionen a favor de un referéndum, o bien que lo impulsen si conquistan Downing St. En Alemania, no es descartable una ruptura de la gran coalición gubernamental, lo que congelaría las energías europeas en Berlín. Y de Francia, con la sombra del constitucionicidio todavía presente, no es previsible tampoco una posición muy vindicativa de París durante su presidencia de los próximos meses.
El especialista en asuntos europeos del FINANCIAL TIMES, Tony Barber, apunta una fórmula de alquimia político-jurídica: declarar al Tratado de Lisboa en “estado de suspensión operacional”.
Dicho todo lo cual, es la crisis económica y no las ambiciones institucionales lo que preocupa a los ciudadanos europeos y lo que terminarán fijando las prioridades de los líderes.
DERIVA EUROPEA E INCERTIDUMBRE AMERICANA
Las recientes propuestas sobre jornada laboral y derechos de los inmigrantes han reforzado la impresión de que el actual modelo social europeo se encuentra sometido, de nuevo, a intensas presiones.
La directiva que permite extender el tiempo de trabajo hasta las 60 horas, si las partes están de acuerdo, ha suscitado un vivo debate. El Parlamento tiene que pronunciarse y se anuncia ya una fuerte batalla política, después del verano. El cambio de panorama laboral no es previsible a corto plazo. Pero el horizonte de grave crisis económica preludia un áspero debate sobre las respuestas en el ámbito de lo social.
El temor consiste en que ciertos países –los recién llegados al concierto europeo, los que han arribado desde la experiencia del socialismo real- se atengan a esta directiva para sacar ventaja a los más antiguos en materia de competitividad. Esta amenaza podría ser aprovechada por los gobiernos de derecha de la vieja Europa para dislocar valores y prácticas del modelo social europeo. Eso explicaría la reacción defensiva de algunos partidos socialistas. La pregunta es si la socialdemocracia clásica se encuentra bien pertrechada para afrontar este ulterior desafío del neoliberalismo, teniendo en cuenta la falta de una posición común y cohesionada.
Como suele ocurrir, la influencia procedente del otro lado del Atlántico podría ser importante. Recientes trabajos sobre la evolución de la desigualdad y la inequidad social en los Estados Unidos resultan abrumadores. Las cifras demostrarían que en Estados Unidos nunca se ha vivido un desequilibrio tan fuerte entre las rentas más elevadas y las más bajas desde antes del New Deal. Son muchos los factores que explican esta situación. Pero no son precisamente los estructurales los más contundentes. Paul Krugman, en su libro sobre la evolución económico-social de Estados Unidos desde primeros del siglo XX, defiende la tesis de que han sido las políticas practicadas (fiscal, social, distributiva) y no las fuerzas económicas naturales las que explican esta evolución regresiva en materia de igualdad social.
En los años ochenta, las recetas del “suply-side” (las reaganomics) fueron importadas por el puerto británico y se extendieron e implantaron, con desigual intensidad, en otros países. También entonces, Europa se encontraba en coyuntura de grave crisis económica. Pero en los ochenta, se trataba, básicamente, de una crisis provocada por el encarecimiento de la energía (que agravó la decadencia del sector industrial convencional). Ahora, otros factores estructurales provocados por la globalización refuerzan la gravedad de la situación y no permiten avistar una salida ni pronta ni sencilla.
Se dirá, como alivio, que las políticas ultraliberales se encuentran muy cuestionadas en Estados Unidos. Aparentemente, si. Pero no está claro lo que ocurrirá en noviembre. Si bien a McCain le interesa alejarse de la retórica extremista de Bush y los neocon, sus propuestas económicas no resultan muy diferentes. Y, ante el pánico inducido a una subida impuestos, los votantes norteamericanos, masivamente la clase media, puede refugiarse irreflexivamente en soluciones simplistas de más dinero en el bolsillo.
Obama plantea, con inquietante pero esperable timidez, un esfuerzo fiscal para reducir las desigualdades y fortalecer los servicios públicos y la protección social. McCain no le combatirá con la retórica de Bush, pero sin con la de Reagan, idénticas en el fondo, pero diferentes en la forma. Éste será el núcleo del debate electoral en Estados Unidos.
Desde Europa se vivirá con el aliento contenido y sin tranquilidad de ánimo, porque los gobiernos pasarán los próximos meses acuciados por la necesidad de encontrar fórmulas mágicas para aliviar lo peor de una crisis voraz, pero sobre todo vertiginosa.
Esta incertidumbre sobre el rumbo norteamericano agrava la sensación de deriva europea, con propuestas antisociales –e incluso xenófobas- en aumento y una crisis de confianza generalizada.
No se percibe, en este contexto, ni fortaleza teórica ni frescura intelectual en la socialdemocracia europea para contener la marea conservadora, que no debe su vigor al éxito de las propuestas, sino al miedo de las poblaciones. El riesgo de que los apretones de la crisis obliguen a atender las demandas locales y sectoriales planteadas en términos de amenaza probablemente reduzca el margen de respuesta.
GOODBYE MRS. CLINTON… ¿HELLO MRS. CLINTON?
Los medios norteamericano lo proclaman: se acabó el drama de los demócratas norteamericanos. Hillary ha concedido la victoria de Obama en las primarias.
Pero ahora, cerrado el drama, los dos candidatos demócratas tendrán que interpretar una cierta comedia. La comedia política de deshacer los reproches y convertirlos en argumentos definitivos contra el rival republicano. Y no será una comedia menor, si Obama decide escoger a la senadora Clinton como compañera de candidatura.
Habrá que afinar bien el discurso, engrasar los motores y reparar los baches para que la segunda campaña no termine en tragedia. Porque, para el electorado más liberal, más progresista del espectro político norteamericano, una derrota demócrata en noviembre, después de estos ocho años terribles, sería lo más parecido a una tragedia política.
En un artículo reciente (“Balada para dos gladiadores”, 25 de abril), comentaba las posibilidades y la conveniencia de un ticket Obama-Clinton. Muchos lo descartaron, ahora se ve que prematuramente. El asunto está de nuevo en la agenda. Más claro: es el asunto del momento en la agenda del candidato Obama, por mucho que en su círculo se intente negar la urgencia de la decisión.
Algunos comentaristas anglosajones vuelven sobre sus pasos, se corrigen y rectifican y lo que consideraban inviable o inconveniente se percibe ahora incluso como saludable.
Uno de los cronistas políticos del NYT resaltaba los riesgos que entrañaba para Obama escoger a Hillary como compañera de candidatura. Pero también las ventajas.
Los riesgos: se evaporaría el mensaje de renovación, porque Clinton representa una mirada atrás; se podría dar la impresión de que se ha cedido a las presiones de los seguidores de la senadora, algunos implacables con Obama en las primarias; y, de ganar, habría que encajar la influencia del llamado efecto Billary ( o sea, la combinación de Hillary y de su marido ).
Las ventajas: se sumarían fuerzas (obvio); se anestesiarían las rencillas (por la perspectiva de tocar poder desde 2009); se multiplicaría el carácter histórico de la propuesta demócrata (negro+mujer); se acumularían garantías en estados donde Hillary ha sido muy fuerte (los de mayor peso electoral) y Obama mucho más débil y vulnerable al mensaje de Mc Cain.
Otros comentaristas y bloggers cabalgan sobre la hillaryfobia tan activa en Washington para recomendar a Obama que se abstenga de caer en la tentación de calcular los réditos políticos de contar con su rival interna.
Recientemente, el corresponsal en Washington de NEW STATESMAN, el periódico de la izquierda laborista, criticaba duramente a medios y comentaristas políticos por practicar el “odio a Hillary”. Sostenía Andrew Stephen que ningún dirigente político había sido tan violentamente –y muchas veces, injustificadamente- atacado como la el matrimonio Clinton.
Más que Obama, Hillary ha sido derrotada por la obamanía (aunque este fenómeno, como los ciclones, se debilita a medida que avanza). Por esa razón, el animal político que Hillary ha cultivado en su interior (probablemente, hasta poseerla) optará ahora por hacer virtud de la necesidad. De lo que se trata en este momento es de no perder la otra batalla, esa que ella siempre libra con más ferocidad, la de la supervivencia política.
Lo cierto es que ese espíritu guerrero y resistente de la tenaz abogada procedente de una familia de clase media de Chicago se ha revalidado. Si la senadora Clinton consigue que ahora Obama asuma que la necesita, habrán tenido sentido todos estos meses de agónica resistencia. Habrá unido su destino al de su partido al reconocerla Obama como decisiva para la victoria en noviembre.
Habrá ganado después de haber perdido: el sueño de cualquier político de cualquier parte.
CARRUSEL DE PANTOMIMAS EN EL CIRCO ROMANO
La cumbre de la FAO consagrada a la actual crisis alimentaria se ha celebrado frente al Circo Máximo de Roma. Un escenario apropiado para el carrusel de intervenciones, propuestas, debates y discusiones de dudosa efectividad. Al final, documento con mas vaguedades y escapismos que soluciones. No se esperaba otra cosa.
Y es que los problemas estructurales no lo resuelven los discursos, las “bonitas palabras”, que dijo el presidente español en su intervención. Pero tampoco las aportaciones de urgencia, como la anunciada por el mismo Zapatero. La FAO estima en 30 mil millones de dólares la cuantía de los fondos para superar esta crisis. Pero la revisión de los análisis de los especialistas indica que el esfuerzo deberá ser mayor. En realidad, el problema no se resolverá añadiendo ceros a las “donaciones”. Todo el mundo coincide en la necesidad imperativa de cambios estructurales. En lo que no hay acuerdo es en las fórmulas más adecuadas para conseguirlo.
Lo que la prensa internacional ha venido publicando estos días ha puesto de manifiesto algo que muchos sospechábamos: que el problema del hambre –o mejor, de la seguridad alimentaria- es un gran asunto de economía política que trasciende las medidas técnicas.
El FINANCIAL TIMES ha consagrado dos grandes artículos de fondo al tema de la semana. En el dedicado a África, la región más afectada por la escasez, se concluye enfrentando el recetario que neoliberales y progresistas plantean. Algunos elementos son especialmente polémicos. Citemos los más sensibles.
Los neoliberales defienden la creación de grandes extensiones productivas para favorecer la rentabilidad; los progresistas creen que hay que fortalecer la pequeña propiedad para garantizar que todas las familias garanticen sus alimentos.
Los neoliberales defienden la introducción generalizada de los productos genéticamente modificados, por entender que mejorarán la productividad ; los progresistas desconfían profundamente, porque aseguran que el beneficio se lo llevarán las multinacionales que controlan ese mercado y, además, alterarán la cultura laboral agrícola con inquietantes consecuencias.
Los neoliberales proclaman la desaparición de tarifas y aranceles para ampliar la libertad de intercambio y favorecer el descenso de los precios; los progresistas replican que esa postura es hipócrita porque el desarme arancelario ha sido mucho mayor en los países subdesarrollados que en las grandes potencias exportadoras de alimentos.
Los neoliberales aceptan mecanismos puntuales y temporales de ayuda para corregir desajustes del mercado y situaciones de emergencia climática; los progresistas no se oponen, pero denuncian que esas prácticas asistenciales contribuyen a incrementar la dependencia y retrasan la adopción de las medidas de cambio estructural.
A estas polémicas conceptuales y de modelo se suman otras rivalidades de coyuntura no identificadas en las tradicionales fracturas Norte-Sur. Singularmente la relacionada con el auge de los biocombustibles.
Uno de los países líderes del Tercer Mundo, Brasil, defiende con pasión esta iniciativa estratégica y rechaza que la producción de este tipo de energía haya contribuido a agravar la escasez de alimentos. El presidente Lula ha vuelto a explicar en Roma que el etanol brasileño se extrae de la caña de azúcar y no priva de comestibles a sus ciudadanos. Pero lo cierto es que el hambre no ha sido erradicada en Brasil, como denuncian muchas organizaciones sociales. Lula argumentó que las grandes economías mundiales debían revisar sus modelos de crecimiento y consumo, reducir la factura energética y no culpabilizar a los las potencias medias que emplean sus recursos para asegurar su desarrollo.
Otro de los debates apasionados gira en torno al proteccionismo. Mientras Estados Unidos interpreta su papel en el Circo Romano, su aparato legislativo aprueba una ley agraria que refuerza los subsidios a los productores norteamericanos. Una “vergüenza internacional” asevera en el diario EL NUEVO HERALD un comentarista de conocidas credenciales liberales, Andrés Oppenheimer. No es casualidad que esta noticia haya tenido un eco nulo en la agenda informativa de los Estados Unidos.
EL EJÉRCITO MEDIÁTICO DE BUSH
30 Mayo 2008
En política, hay pocas heridas más dolorosas que el “fuego amigo”. No me refiero a la crisis interna del PP. Estoy pensando en el presidente de Estados Unidos. Uno de sus hombres de confianza acaba de confirmar desde dentro lo que ya se ha denunciado desde fuera: que el único arma de destrucción masiva identificado en la justificación de la aventura bélica en Irak ha sido la mentira.
La denuncia de Scout McClellan debe ser particularmente irritante para el presidente, porque su portavoz entre 2003 y 1006 no era un recién llegado en el “inner circle” del presidente. Era amigo y viejo colaborador desde los tiempos en que Bush diseñaba su asalto a la Casa Blanca desde la gobernación de Texas.
Lo que escribe McClellan en su libro vino a reforzar desde dentro lo que se ha ido investigando y denunciando desde latitudes más creíbles e independientes sobre la envenenada política informativa de la administración Bush.
La cadena pública de televisión de los Estados Unidos (PBS) emitió hace casi un par de años una extraordinaria serie de documentales titulada “News&War”, en la que se ponía en evidencia todo el sistema de mentiras, manipulaciones e intoxicaciones orquestadas desde la Casa Blanca para engañar a la opinión pública y confundir a los profesionales de la información.
Lo inquietante de no fue constatar que los ideólogos neocon disfrutaban de un ejército de cómplices en los medios afines, sino que hasta algunos de los más prestigiosos profesionales se dejaron engañar o seducir por el patriotismo simplón y embustero fabricado por la Casa Blanca.
La reputada principal experta en Irak, autora de algún libro sobre Sadam, Judith Miller, fue la escogida por el Pentágono para extender las mentiras sobre los arsenales iraquíes o el invento del uranio de Níger, en el que se terminó destapando a una agente secreta por no colaborar en el montaje. El caso le costó una condena judicial al entonces jefe de gabinete del vicepresidente Cheney y el prestigio a la periodista, que no trabajaba para la Fox, la televisión de Bush, sino para THE NEW YORK TIMES.
Y por poner otro ejemplo de hasta donde se bajó la guardia, Dan Rather, quizás el periodista televisivo más influyente de Estados Unidos desde Walter Conkite, decidió tirar por la borda la supuesta independencia que se le atribuía al proclamar que se consideraba “un soldado más del presidente Bush” y que “en tiempos de guerra, su único objetivo era ganar, signifique lo que signifique este término”.
Estos son solos unos casos y no aislados. La mansedumbre con que los medios aceptaron el esquema de cobertura de las operaciones bélicas dictado por el Pentágono –el embebbedment- consagró le pérdida de independencia informativa. El veterano periodista de guerra norteamericano, Chris Hedges, ha escrito que esa connivencia entre militares y periodistas responde a un “falso sentido de lealtad”.
Un estudio realizado por la organización FAIR sobre el equilibrio informativo en las grandes cadenas de televisión norteamericanas en la cobertura de la crisis y posterior guerra de Irak indica que de las 1617 intervenciones a cámara registradas en las seis grandes cadenas entre el comienzo de las operaciones, el 19 de marzo de 2003, y el 4 de abril, una semana antes de la caída de Bagdad, ¡sólo el 3% eran contrarias a la guerra!
Hace sólo unas semanas, el NEW YORK TIMES desveló cómo el Pentágono ha utilizado de forma sistemática y generalizada a los comentaristas militares de las cadenas de televisión y radio –ya en la reserva- para apoyar sus tesis, contrarrestar críticas y filtrar versiones interesadas. No dudó el mando militar norteamericano en fletar un avión especial y llevarse a estos supuestos expertos a Guantánamo para combatir las críticas contra una de los escándalos más vergonzosos de la justicia norteamericana.
Estos “analistas” ya habían echado una mano durante los peores momentos de la guerra contra la resistencia iraquí. En no pocas ocasiones se organizaban viajes relámpago a lugares de conflicto en el interior de Irak para que estos antiguos camaradas de armas ofrecieran “propaganda disfrazada de análisis militar independiente”, según el diario.
No sorprende tampoco que muchos de estos comentaristas tuvieran un segundo empleo mucho más lucrativo: lobbystas de empresas contratistas del propio Pentágono. A este ejército sombrío le ha llamado el periodista que desveló el turbio asunto el “caballo de Troya mediático de la administración Bush”. Un auténtico ejército mediático de las tinieblas.
HILLARY CLINTON: EL DECÁLOGO DE LA RESISTENCIA
A Hillary Clinton ya se le da por muerta en la carrera por la nominación demócrata a la presidencia de los Estados Unidos.
¿Lo está?
Los números avalan el triunfo de Obama. Pero las matemáticas electorales de Estados Unidos encierran todo tipo de trampas. Nunca antes se había vivido una disputa tan cerrada, ni una competencia que haya movilizado a tanto simpatizante. Estas son unas elecciones distintas. Por eso, el resultado se antoja esquivo.
O al menos, así lo proclama Hillary. ¿Tiene base la resistencia de la senadora neoyorquina? ¿Es pura obstinación de mala perdedora? ¿Es la ceguera de una ambición desmedida? ¿Es victima de un instinto destructivo?
Cosas similares se han dicho y escrito estas últimas semanas.
Pero ¿cuáles son las razones de Hillary? De la atenta lectura de los recientes análisis puede construirse este decálogo de la resistencia de la senadora.
Uno. Pocas veces se ha votado con tanto entusiasmo. No se puede privar de ese derecho a los ciudadanos de los Estados en los que aún no se han celebrado primarias.
Dos. Hay que contar con los electores de Florida y Michigan, dos Estados de gran peso demográfico, presuntamente favorables a ella. El Partido resolverá la disputa a finales de mes.
Tres. Ella puede tener menos delegados en su campo, pero tiene más votos populares. Y eso es lo que verdaderamente contará cuando haya que derrotar al adversario común, el republicano McCain.
Cuatro. Muchos superdelegados –221- no se han pronunciado aún y prefieren que ella se mantenga en la carrera. ¿Comparten su idea de que aún es posible un vuelco?
Cinco. El áurea de vencedor inevitable que rodeó a Obama ha desaparecido. No es descartable que algún acontecimiento inesperado o un escándalo pueda arruinar su candidatura en el penúltimo momento. En ese caso, los demócratas necesitan tener viva una alternativa.
Seis. La experiencia será un valor fundamental en la batalla que necesariamente hay que ganar, la de noviembre. En tiempos de crisis, Hillary evoca los años de prosperidad del mandato de su marido, en los noventa, mientras Obama no ha resuelto las dudas e incertidumbres que genera su propuesta económica.
Siete. La señora Clinton rechaza que su negativa a abandonar perjudique al partido demócrata. Sus colaboradores repiten incesantemente que cuando de verdad sea derrotada se pondrá al lado de Obama para ganar en noviembre.
Ocho. No falta el argumento victimista. Sostienen Hillary y los suyos que la brecha que ha puesto en evidencia las primarias no ha sido la racial, sino la de género. En la contienda ha emergido con más fuerza el sexismo que el racismo. Lo dijo el propio marido de la candidata hace pocos días.
Nueve. Permanecer en la carrera puede fortalecerla en otras opciones, aunque pierda las primarias. Preferentemente, ser candidata en 2012 (si Obama pierde frente a McCain). Obama puede verse ante el dilema de ofrecerla que le acompañe en el ticket. De hecho, algunas informaciones sitúan a Clinton como primera opción de algunos asesores del senador por Illinois. No es de extrañar: muchos de los votantes de Hillary declaran abiertamente que no votarán por Obama si él es el candidato demócrata. O lo harán por McCain o no irán a las urnas
Y diez. La combatividad exhibida en las primarias ha blindado su prestigio de luchadora. Los verdaderos líderes no abandonan nunca. Esa es la última divisa de Hillary.
Ni las deudas, ni el abandono de algunos amigos, ni los ataques populares o mediáticos, ni el desánimo, ni la amenaza de un descrédito irreversible han podido con ella.
Admitirá mejor o peor su derrota. Pero lo único que no se permite Hillary Clinton es la rendición.
EL PAÍS IMPOSIBLE
Líbano es un país imposible que se resiste a desaparecer. Todos los conflictos imaginables –y hasta los inimaginables- se han venido sucediendo en Líbano desde el comienzo de la guerra civil, a mediados de los setenta.
El país de los cedros ha sido el escenario de las confrontaciones entre las potencias regionales, pero también de las mundiales. Las alianzas se han tejido y destejido sin apenas descanso. Cualquier matrimonio político es efímero en Líbano; por esa misma razón, cualquiera es posible. O como dice Ghassan Charbel, un notable comentarista del diario árabe AL HAYAT, en Líbano “ni las derrotas ni las victorias son permanentes”.
Cristianos y pro-sirios lucharon en la misma trinchera en los setenta, porque entonces se trataba de vencer a la OLP, poder militar en el sector occidental de la ciudad. Meses después, esos aliados de conveniencia se mataban con saña en las calles de Beirut. Los drusos combatieron hombro con hombro junto a las fuerzas pro-sirias para defender sus posiciones frente a las milicias cristianas apoyadas por Israel, en los ochenta. Hoy, los drusos abominan de la influencia de Damasco, que ellos contribuyeron a fortalecer. Chiitas proiraníes y sunnitas naseristas combatieron contra la ocupación israelí y sus aliados cristianos. Estos días, la mayoría de los sunníes han roto con el vecino sirio y, con el respaldo de las monarquías petroleras, han peleado con fiereza por el control de Beirut Oeste contra los chiies que veneran el proyecto iraní. Estas son sólo algunas de las variaciones de la fortuna comunitaria, política y militar en Líbano.
En los acontecimientos de este mes de mayo, la fragilidad de las instituciones se ha puesto en evidencia. Los combates estallaron después de que el gobierno ordenara acabar con dos situaciones que evidenciaban el poderío de Hezbollah y su desafío al Estado.
La primera era la existencia de un supuesto sistema de vigilancia –y espionaje, aseguraban algunos- que Hezbollah había instalado en el aeropuerto internacional de Beirut. La segunda es la posesión de una red exclusiva de telefonía contratada con una empresa iraní.
Cuando la tensión anunciaba el enfrentamiento armado, el gobierno encargó al Ejército que previniera los combates entre Hezbollah y las milicias pertenecientes a las distintas facciones gubernamentales. Lo que, obviamente, no consiguió. Y cuando las hostilidades se desencadenaron, el ejército se inhibió.
La invocación a una mediación árabe –de éxito improbable- ha servido de cobertura al Gobierno para renunciar a sus medidas contra Hezbollah. A cambio, las milicias pro-iraníes se han retirado de las posiciones conquistadas estos días en Beirut oeste.
Quizás no hacía falta que las milicias chiitas hicieran una demostración de fuerza como la exhibida estos días en Beirut Oeste. Pero ahora parece indiscutible que Hezbollah ha construido, en la práctica, un Estado dentro del Estado.
Para el FINANCIAL TIMES, estamos ante “el lento suicidio de una nación”. Para LE MONDE, las “manipulaciones de Damasco y de Teherán, unidas a la “irresponsabilidad de la clase política libanesa por cultivar las divisiones comunitarias abren “la perspectiva de una nueva guerra civil”.
Un editorial del influyente L’ORIENT LE JOUR denunciaba estos días el comportamiento del Ejército y desacreditaba a su jefe, el general Sleiman. Se le reprocha no haber sido capaz –e incluso, tal vez, de no haber querido- poner fin a dos circunstancias que ponen en evidencia la autoridad del Estado.
Una paradoja libanesa más: cuando se busca una solución para la máxima responsabilidad del Estado se mira al Ejército. El general Sleiman, aparece como el candidato más factible para convertirse en nuevo Presidente de la República. La elección del Jefe del Estado se ha aplazado ¡diecinueve veces!
A este ejército cuestionado le ofrece el presidente norteamericano más ayuda para controlar el país. El NEW YORK TIMES se lo reprocha: “si Bush quiere realmente ayudar a Siniora, [el jefe del gobierno libanés] tendrá que hablar con los patrones de Hezbollah en Siria y Líbano”. Justo lo que el presidente se empeña “obstinadamente” en rechazar. Lo que a juicio del diario “ha debilitado la influencia de América en la región”.
Israel contempla la evolución libanesa con expectativas. El presidente Peres comentaba estos días que Hezbollah está destruyendo el Líbano. Un nuevo estado fallido se perfilaría en el horizonte internacional. Y ya se conoce la receta para los estados fallidos. Cuánto más se degrade la situación, más se incrementan las posibilidades de una internacionalización masiva. Para Israel, sería la oportunidad de revertir de nuevo la historia y convertir sus dos derrotas en una victoria.
Bush le ha ofrecido estos días a Israel la protección estadounidense ante las amenazas del régimen de los ayatollahs. El diario AL QDS AL ARABI sospecha de las intenciones estadounidenses y asegura que el objetivo es el mismo que el perseguido en Irak: “abatir cualquier fuerza opuesta a Israel o al proyecto americano en Oriente Medio”.
La guerra que no pudo ser contra Irán podría tener su corolario en Líbano. Sería la victoria póstuma de los neocon.
