EL DILEMA PERPETUO DEL LABORISMO

14 de Agosto de 2015
                
Si se confirman las encuestas, el Partido Laborista británico podría estar a punto de profundizar el giro a la izquierda. Jeremy Corbyn, un veterano diputado que se define como "socialista" y defiende un programa clásico de primacía de defensa de los servicios públicos y los derechos laborales y plantea una amplia intervención estatal en la economía, se perfila como favorito de unas primarias que se desarrollarán por espacio de casi un mes.
                
BAJO EL EFECTO DE LA DERROTA
                
Tanto para los partidarios como para los detractores de esta tendencia, se trata de una auténtica sorpresa. La derrota electoral del pasado mes de mayo parecía haber reforzado a los centristas, contrarios a la orientación izquierdista impulsada por el malogrado Ed Milliban, en todo caso mucho más tibia que la que ahora impulsa Corbyn.
                
El fracaso de Milliban debe atribuirse a una estrategia de alianzas fallida. Se dejó intimidar por la retórica patriótica de los conservadores frente al auge del nacionalismo escocés, reforzada tras la derrota independentista del año pasado, y rechazó un pacto con un SNP, claramente orientado a la izquierda.
                
El error de cálculo consistió en creer que el electorado progresista que podría perderse en Escocia se compensaría con la recuperación del voto trabajador en Inglaterra.  Al final, ni una cosa ni la otra. El Labour se volatilizó  en Escocia y no pudo contener la marea populista antiimigración y antieuropeísta del UKIP en Inglaterra, aunque el sistema electoral redujera a mínimos la representación de este grupo en el Parlamento.
                
Los laboristas moderados no perdieron tiempo en denunciar la política suicida de Milliban  y reclamaron un "regreso al centro".  En realidad, no puede hablarse de una corriente blairista en el laborismo, en el sentido de fidelidad a un liderazgo personal. Por el contrario, la herida de la guerra de Irak no se ha cerrado y la entrega posterior  de Tony Blair a negocios lucrativos vinculados a dictadores o dirigentes dudosamente democráticos ha terminado por arruinar, quizás para siempre, su capital político.
                
Pero la línea moderada del laborismo sí se reclama de esa "tercera vía" que Blair encarnó, de disciplina fiscal, moderación del gasto y predominio de la empresa privada. Es un debate que el laborismo arrastra desde hace más de tres décadas. El partido que representa la opción viable de izquierdas en Gran Bretaña no se ha recuperado completamente de las humillantes derrotas de los ochenta frente a Margaret Thatcher. Creía haber enterrado sus fantasmas con las tres victorias de Blair, pero la forma tan ominosa en que el ex-premier hizo derivar su carrera política reabrió el histórico dilema de su partido. Consecuencia de todo ello, ha sido la poderosa emergencia de un líder situado en  lo más a la izquierda que pueda encontrarse en el partido.
                
EL 'FENÓMENO' CORBYN
                
Jeremy Corbyn, un veterano diputado de Islington, una circunscripción del norte de Londres, con los sesenta bien cumplidos y una trayectoria sin ambigüedades ideológicas. Los sondeos le colocan claramente en cabeza (más del 50% de las preferencias), muy por delante de sus tres rivales, todos ellos anclados en el sector moderado o centrista.
                
Corbyn cuenta con el apoyo político y económico de la mayoría de los Unions, los poderosos sindicatos, que siguen jugando un papel determinante en el partido, pese a su claro declive de las últimas décadas. El candidato emergente es todo menos un obediente parlamentario. Ha votado 500 veces contra la línea política marcada por el liderazgo del partido (whip) en Westminster.
                
El programa que propone, sintetizado en 10 prioridades, contempla el rechazo de la austeridad, la reforma de los servicios públicos sin recortes, el abandono de la privatización de la sanidad, recuperación del control público en empresas claves de transporte y energía, un empleo "decente", el control del precio de  los alquileres, un compromiso ecológico contra el cambio climático y el final de las "guerras ilegales" contra el terrorismo.
                
Corbyn no era un completo desconocido, desde luego. Contaba con una amplia simpatía, incluso de quienes no comparten su línea ideológica, debido a su honestidad, claridad y coherencia. Su estilo vintage es fácilmente reconocible para una izquierda militante clásica: no conduce, no bebe, no lleva corbata y se empeña en mantener discreción sobre su vida personal, aunque se han publicitado ampliamente sus crisis matrimoniales (dos divorcios).
                
La clave de su condición de favorito, sin embargo, sería más reciente, según la mayoría de los analistas británicos. Fué el único de los cuatro candidatos al liderazgo laborista que votó en contra del programa de recortes del estado de bienestar que el primer ministro Cameron presentó al Parlamento tras su victoria electoral. Andy Burnham, Yvette Cooper y Liz Kendall,  los rivales de Corbyn, optaron por abstenerse, siguiendo la narrativa oficialista, que interpretó el veredicto de las urnas como una tendencia favorable al control del gasto público.
                
Corbyn optó por la coherencia ideológica frente al cálculo electoralista. De inmediato se atrajo la simpatía de un amplio sector de las bases laboristas más fieles. Le ayudaron sus buenas cualidades oratorias y un áurea de honradez. En pocas semanas se organizó un movimiento de apoyo que recuerda, por la amplia presencia de público juvenil, a la marea del 'we can' que aupó a Obama, salvando las distancias. En gran medida, Corbyn está más próximo a Syriza o a Podemos que a sus correligionarios continentales de la socialdemocracia.
               
  POLÉMICO PROCEDIMIENTO DE LAS PRIMARIAS
                
La corriente moderada empezó a preocuparse por el fenómeno Corbyn. El propio Blair irrumpió en el debate con un comentario descalificador: "quienes sientan que su corazón se inclinan por Corbyn, deberían someterse a un trasplante", dijo. Los centristas argumentan que Corbyn es el "candidato de los tories", porque éstos saben que con ese líder los laboristas nunca ganarán unas elecciones, y emplazan a los militantes a no repetir el error de Milliban.
                
El procedimiento de elección del líder laborista ha profundizado e incluso envenenado la polémica. Hasta ahora sólo votaban los militantes. Pero este año, con el objetivo de ampliar la base social del partido, se permitió participar al público en general, eso sí, pagando 3 libras por inscribirse en el censo. Las inscripciones externas se han cifrado en 70.000.     
                
Representantes de los equipos de campaña contrarios a Corbyn cuestionan la gestión del censo por varios motivos. Por un lado, denuncian que miles de simpatizantes de otros partidos se han apuntado con la única intención de favorecer una victoria interesada del candidato izquierdista. Además, acusan a los sindicatos de opacidad en la lista de 90.000 afiliados  que aportan a las primarias, un 30% de la militancia total laborista, fijada en 280.000. 
                
Con respecto al entrismo malintencionado, la dirección del partido ha anulado más de mil inscripciones y estudia otras tantas para evitar esta "infiltración sospechosa". El aparato trata de dar una imagen de neutralidad y solvencia, extremando la inspección del proceso.  En todo caso, ni la participación vírica ni cualquier otra presunta manipulación del censo parecen alcanzar una dimensión suficiente como para condicionar el resultado. La preferencia por un giro a la izquierda parece legítimamente mayoritaria en el laborismo. 
                
Estos días se recuerdan antecedentes similares. A comienzos de los ochenta, la corriente pacifista de oposición a los 'euromisiles' impulsó el liderazgo izquierdista de Michael Foot, que Thatcher destrozó en 1983, con una reelección aplastante. El laborismo reincidió en una línea obrerista, como reacción a la política thatcherista agresiva contra las Unions, tras el conflicto minero; el resultado fue la derrota electoral, aunque menos aparatosa,  de Neil Kinnock, en 1987, que se repitió en 1992, ya con John Mayor al frente de los tories. Corbyn representa, en cierto modo, una línea de continuidad con Foot y Kinnock ( y, en menor medida, Ed Milliban), pero más ideológica que sociológica (es hijo de un ingeniero y de una profesora de matemáticas).
                
Algunos analistas aventuran que la elección puede ser provisional, sólo para denunciar con más viveza la política conservadora en el Parlamento, y dejar paso, más tarde, una opción moderada, con el objetivo de recuperar el voto centrista. Una maniobra de esta naturaleza podría resultar, a la postre, mucho más perjudicial para el laborismo, que una apuesta clara y honesta, en el sentido que sea.

                

A RITMO DE TRUMP-ETEO

10 de agosto de 2015
                
Que la política norteamericana tiene, a menudo, un gusto exagerado por el circo es algo sabido. Las exigencias audiovisuales, ahora reforzadas y en absoluto mitigadas por las redes sociales, explican en parte este fenómeno. En realidad, es la tiranía del dinero lo que empuja a la política estadounidense a la trivialidad del espectáculo por el espectáculo. Los ciudadanos, muchos de los cuales  tienen una relación contradictoria e inconsistente con la clase política y sus epígonos, en el fondo no conciben otros parámetros de actuación. Salvo una minoría ilustrada, concienciada y muy activa (mucho más de lo que podemos encontrar en Europa, por cierto, donde tendemos a simplificar lo que ocurre al otro lado del Atlántico).
                
XENOFOBIA, VULGARIDAD Y ESCÁNDALO
                
Esta dimensión circense de la política norteamericana vive momentos de apogeo con la figura del empresario inmobiliario Donald Trump, convertido en el 'media-star' del tinglado. El debate televisivo de la semana pasada (exponente claro de lo dicho más arriba) ha amplificado esta percepción de protagonismo extravagante y desmedido.
               
  La cosa no tiene gracia, por supuesto. Trump se ha colocado en cabeza de las preferencias de voto del electorado republicano con un discurso xenófobo y agresivo (como cuando trató a los mexicanos sin papeles como criminales), cargado de superficialidad, presuntuosidad y vulgaridad. La clave de su éxito -¿momentáneo?- es su posicionamiento, facilón y oportunista, fuera del 'establishment' político.
                
Ese furor despectivo hacia lo político, que crece como una mancha de aceite en casi todas las sociedades occidentales, ha permitido a Trump dislocar el debate interno del Great Old Party y poner en evidencia la fragilidad de los otros aspirante del partido a la nominación presidencial.
                
En otro momento, algunos de estos 'candidatos a la candidatura' podrían tener o adquirir cierta altura o pedigrí presidencial, aunque sin alardes. Es el caso de Jeb Bush, más parecido a su padre que a su hermano,  o Rand Paul, el libertario y en su día favorito del 'Tea Party'. O el 'moderado' y 'compasivo' Chris Christie. Y últimamente Kasich, de Ohio, con su "responsabilidad fiscal". El resto es o parece poca cosa. Es el caso de Marco Rubio, de origen cubano y anticastrista sin matices, se encuentra todavía en el huevo y parece controlar mal su ambición y mucho menos su patrimonio. O resultan estridentemente derechistas, como Scott Walker, azote de empleados públicos y sindicalistas en Wisconsin. O se muestran como conservadores preconciliares como el hispano Ted Cruz. No faltan 'derrotados' impenitentes como Huckabee, Perry o Santorum. O neófitos como Carla Fiorino, la ex-gerente de Hewlett Packard, o Carson, el único negro. O veteranos ya amortizados, como el senador Graham.
                
A casi todos ellos los ha hecho trizas la retórica tronante y vulgar de Trump, que a muchos españoles les podía recordar a Jesús Gil. Al principio, no se lo tomaron demasiado en serio, como suele ocurrir con estos fenómenos político-mediáticos. Muchos estrategas, en la nómina de los candidatos o fuera de ellos, pensaron que Trump se quedaría en los cajones cuando se diera el pistoletazo de salida. De momento, no ha sido así. El 'perturbador' de la pre-campaña ha tomado la delantera, en la primera curva,  y con un cómodo margen de ventaja.
                
No hay que perder el tiempo en desgranar el 'pensamiento' político de Trump. Ni siquiera sus juicios u opiniones formulados a bote pronto. Es una colección de tópicos que definen los manidos prejuicios  de la subcultura política conservadora norteamericana. El mensaje es el candidato. Como todos los tipos que han hecho dinero debido en gran parte a las influencias políticas, se permite con un descaro sonrojante despreciar a la política y a los políticos. Nadie mejor que ellos conocen y practican la corrupción.
                
EL MACHISMO Y EL FACTOR FEMENINO
                
El debate del otro día, aunque consolidó la figura dominante de Trump, también le dejó arañazos políticos y mediáticos. La polémica se focalizó en sus referencias machistas dirigidas a una de las coordinadoras, la popular periodista de la Fox Megin Kelly. Una pregunta crítica de ella sobre algunas expresiones misóginas de Trump irritaron al 'candidato'. En uno de sus comentarios posteriores al debate, Trump dijo que a Kelly "le salía sangre por los ojos... y por todas las partes de su cuerpo". Una referencia velada a la menstruación.
               
Desde ese mismo momento, las redes sociales entraron en combustión. La plataforma femenina del Partido Republicano fue singularmente dura, y qué decir del equipo de campaña de la mega-candidata demócrata, Hillary Clinton. La reacción de los rivales de Trump en la carrera fue variada. Algunos se sumaron al coro más crítico y otros fueron discretamente reprensores, pero también hubo quien calló. Los republicanos tienen un problema con el electorado femenino. La mayoría de las mujeres, en su conjunto, no así las blancas, votan por el candidato demócrata desde 1992.
                
La onda expansiva de los comentarios machistas de Trump ha dominado todo el fin de semana veraniego. El magnate ha intentado compensar su metedura de pata negando que se refiriera a la menstruación, "porque un hombre inteligente como yo, que ha construido una empresa tan impresionante, no puede hacer una declaración tan estúpida como esa" (sic).
                
¿RUPTURA CON LOS REPUBLICANOS?
                
Trump ha aprovechado la polémica para erigirse una vez más en víctima, denunciar que todos están contra él y abonar las especulaciones sobre su desvinculación del  GOP  y el lanzamiento de su candidatura como independiente, si la dirección republicana sigue mostrando hostilidad hacia él. En fin, otro Ross Perot, veinticuatro años después. Ironías de la historia, aquella operación de un candidato outsider contribuyó a destruir políticamente a Bush padre. Ahora, podría ser la tumba del menor sus hijos, Jeb.
                
Esta opción de un tercer candidato es más que factible. Después de todo, Trump se sumó al intento de Perot de construir otro partido, el Partido de la Reforma, después de la derrota (obtuvo un 19%). Pronto se cansó o pensó que no era el momento, y flirteó con los demócratas, en particular con Hillary, a quien presume de haber financiado generosamente. Luego se acercó a los republicanos, pero hizo mofa de Bush (W). Últimamente, más que acomodarse a un confuso y errático discurso republicano, le ha gustado desbarrar por libre. En el debate se negó ostentosamente a comprometer su apoyo al candidato que ganara la nominación, si no era él el elegido.
               
Decía un editorialista de THE NATION hace unos días que lo peor de Trump es que los republicanos no pueden atacar muchos de sus exabruptos, porque, sin tanta salsa, los han estado abonando o propiciando. Atrás queda la hipoteca del 'Tea Party', cuyos mensajes ultra conservadores y anti políticas públicas lastró peligrosamente a muchas figuras del GOP o condicionó a quienes, como Romney, nunca se sintieron a gusto en su compañía.
               
A los republicanos sólo les une ahora el intento enfermizo de demolición de Obama, cueste lo que cueste. Trump puede darles una 'bala de plata' con la que no contaban hace unos meses. Pero algunos de ellos temen disparársela  en el pie. O en la cabeza. De ahí que quizás tengan que tragar carros y carretas, machismo y xenofobia, vulgaridad y estupidez a raudales.
               

                

NEONAZIS Y JUDÍOS: PARADÓJICAS SIMETRÍAS DEL ODIO

6 de Agosto de 2015
                
La Historia arroja a veces paradójicas coincidencias. Religiosos extremistas judíos y neonazis alemanes, dos grupos sociales tan opuestos como pueda imaginarse, han acudido a los mismos instrumentos para manifestar sus sentimientos de intolerancia y odio: el incendio de hogares habitados por personas de otra raza o creencia.
                
EL EXTREMISMO RELIGIOSO JUDÍO
                
Israel vive estos días bajo la conmoción del horrible atentado contra una humilde casa de una familia palestina a la que prendieron fuego, con sus moradores dentro, unos desconocidos que dejaron señales de su identidad religiosa judía extremista. Como resultado del acto criminal, murió abrasado un bebé de 18 meses, otro niño de cuatro años se recupera con gran sufrimiento de sus heridos y la madre lucha entre la vida y la muerte. El hecho tuvo lugar en Duma, en la Cisjordania ocupada por Israel.
                
Las agresiones a los palestinos han ido en aumento. Responden a una campaña denominada "precio a pagar". Pura represalia contra el derecho a rebelarse. Se han interceptado manuales de cómo elaborar explosivos caseros, redactados por extremistas.
                
El atentado de Duma ha sido tan espantoso que el gobierno israelí se apresuró a considerarlo como un "acto terrorista", término que suele reservar casi exclusivamente a las acciones cometidas por las distintas facciones militantes palestinas.          Se trata de un paso importante, ya que no sólo tiene consecuencias políticas, sino especialmente jurídicas. Las autoridades han permitido que a los sospechosos de estar relacionados con éste u otros atentados similares se les apliquen las medidas de presión policial y administrativas más estrictas, hasta ahora sólo sufridas por los palestinos.
                
El atentado ha tenido un impacto aún mayor al coincidir con una serie de atentados homófobos protagonizados también por sectores extremistas religiosos judíos. La manifestación del Día Mundial del Orgullo Gay, el pasado mes de julio, concluyó con el apuñalamiento de seis de sus participantes (una de ellas, fallecida), en la ciudad de Tel Aviv, la más abierta y cosmopolita del Estado de Israel.
                
Las voces críticas, en la oposición política y social, consideran que el gobierno se ha sentido presionado por una repulsa creciente y el riesgo de un empeoramiento de la ya de por si deteriorada imagen de Israel entre sus propios países aliados o amigos. Sea como fuere, los servicios de inteligencia israelíes parecen haberse decidido a encontrar y apresar a los responsables de estos atentados y la no menos importante de prevenir ulteriores sobresaltos.
                
La medida más notable hasta ahora ha sido la detención de dos extremistas. Uno de ellos representa un símbolo o estandarte de estos grupos intolerantes. Se trata de Meir Ettinger, nieto de Meir Kahane, un histórico líder de los grupos terroristas judíos anti-arabes, que fue asesinado en Nueva York en 1990.  El abogado de Ettinger ha asegurado ruidosamente que su cliente es inocente y que su persecución policial es un espectáculo orquestado por el Estado para aparentar que hace algo, ante las presiones sociales y políticas.
                
Ettinger acredita un intenso historial de actividades violentas anti-palestinas. Es un activo participante en el movimiento más radical de los colonos que se oponen incluso a la ultra permisiva política de asentamiento del actual gobierno derechista israelí.  Toda su familia milita activamente en este sector intransigente, que desafía continuamente los mínimos límites oficiales en relación con la política de colonización. Ettinger, de aspecto y modales suaves, es un consumado extremista y un ideólogo del odio. Hace poco se confesó "alentado" por el incendio de la Iglesia de Galilea donde la Biblia sitúa el milagro de los panes y los peces.
                
A pesar del reciente endurecimiento del discurso oficial, el crecimiento de estos grupos, pero sobre todo su impunidad, es debido en gran parte a la laxitud con la que el gobierno y las instituciones policiales, militares y judiciales han venido actuando durante años. El 85% de las denuncias palestinas por ataques de colonos fanáticos judíos acaban en nada, según la ONG israelí Yesh Din.
                
Más aún, la sociedad israelí, cada vez más polarizada y propensa a respaldar políticas intolerantes y extremistas, debido al estancamiento del proceso de paz y lo que perciben como radicalización del movimiento palestino, se ha mostrado evasivo ante el fenómeno extremista. Estos días, el ensayista Edgar Keret denunciaba valientemente la tibieza con que la ciudadanía israelí convivía con estas expresiones de odio. Reprochaba a los medios que inflaran el número de asistentes a la manifestación convocada para condenar los últimos atentados (1).
                
Ciertamente, Israel se desliza cada vez más hacia posiciones intransigentes y contrarias a la reconciliación y la paz con los palestinos. Los movimientos progresistas que gozaron de gran vigor incluso después del ciclo de guerras contra los enemigos árabes, se han ido debilitando durante la agudización del conflicto con los palestinos, desde la primera Intifada, en los años ochenta, hasta el actual estancamiento del dudoso proceso de paz o la permanente amenaza de operaciones militares en Gaza.
                
EL MALESTAR ALEMÁN
                
En Alemania, el movimiento neonazi, aunque muy residual y estrechamente sometido a control, se está aprovechando del inquietante incremento de la intolerancia frente al fenómeno de la inmigración. La xenofobia adquiere, por lo general unos modos carentes de manifestaciones violentas, como el que representa el movimiento Pégida, o en su dimensión más política, el partido Alternativa por Alemania, que ha conseguido captar al 10 por ciento del electorado germano.
                
A pesar de que no haya motivos sólidos para caer en el alarmismo, en lo que va de año la policía alemana registró 173 ataques de contenido de racista contra centros de acogida de inmigrantes y demandantes de asilo, una cifra tres veces superior a la del año anterior. Es decir, un ataque por día. La mayor parte de estas acciones terroristas se han producido en territorio de la antigua RDA, donde anidaron grupos de extrema derecha tras el hundimiento del régimen comunista. Los grupos neonazis han firmado muchas de estas acciones criminales.
                
Los políticos alemanes, como los israelíes, afrontan el fenómeno de la violencia racista con disgusto,  malestar o incomodidad. Pero no todos con la misma intensidad. Los dos grandes partidos, CDU y SPD se esfuerzan por sintonizar sus mensajes de condena. Sin embargo, la rama bávara de los democristianos, la Unión Social Cristiana, acompaña su discurso de repulsa con otro de oposición al "abusivo sistema de asilo".               


(1) "Does Israelies still about Justicie?". NEW YORK TIMES, 3 de agosto.

(2) DER SPIEGEL, 24 de Julio.

FAREWELL, HIROSHIMA.JAPÓN, A PUNTO DE RENUNCIAR AL 'PACIFISMO' DE POSGUERRA

31 de Julio de 2015
               
Este año se cumple el septuagésimo aniversario del lanzamiento de las bombas nucleares norteamericanas sobre Japón, que aceleró el final de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y cambió las relaciones de poder en el mundo (de entonces en adelante empezamos a hablar de la 'era nuclear'). Los residentes en Hiroshima y Nagasaki sufrieron atroces consecuencias y Japón soportó la humillación más dolorosa de su historia. Las bombas transformaron su destino político, económico y social.
                
El derrotado Imperio del Sol Naciente, ferozmente escarmentado, consagró en la nueva Constitución (artículo 9) el abandono del militarismo y la adopción de un 'pacifismo' inédito en su historia. Sus fuerzas armadas serían reducidas dramáticamente y confinadas a un papel estrictamente defensivo. Con ligeras modificaciones recientes, tras el final de la Guerra Fría, ese concepto se ha mantenido hasta ahora. Pero, en este último aniversario de Hiroshima y Nagasaki se cierran setenta años de repliegue, de timidez militar, de vergüenza. Japón afronta una nueva era de su historia en cuanto se refiere a la concepción de su seguridad, la de sus vecinos, la de sus aliados.... Y, naturalmente, la de sus rivales o enemigos.
                
LA MANIOBRA DE ABE
                
El primer ministro, Shinzo Abe, nacionalista, cree que ha llegado el momento de clausurar los años de expiación. Le ofrece a Japón un nuevo horizonte defensivo. Después de aumentar notablemente el presupuesto militar, crear un Consejo de Seguridad e impulsar el mercado armamentístico, se ha decidido a afrontar el asunto fundamental. En julio consiguió que la Cámara Baja del Parlamento (Dieta), donde su partido, el Liberal Demócrata, conservador, goza de mayoría, aprobara 11 leyes que consagran la nueva dimensión militar del país. El Senado abordará el desafío en septiembre. No hay duda de que el resultado será también afirmativo. Pero, en todo caso, si no es así, la Dieta puede neutralizar ese eventual voto negativo al disponer el primer ministro del suficiente apoyo para hacerlo.
                
De confirmarse el voto, Japón podrá ampliar su ámbito de actuación militar, podrá participar en conflictos internacionales no sólo con apoyo logístico o humanitario (como ya empezó a hacer en los años noventa), sino con plena capacidad militar, ampliar el ámbito de la cooperación con sus aliados (singularmente Estados Unidos) y un significativo etcétera. En fin, Japón normalizará su perfil militar y de seguridad. Será un país más. El impacto será global.
                
La oposición se ha opuesto firmemente a este proyecto de Abe, protagonizando incluso una retirada ruidosamente del Parlamento el día de la votación. Aparte de todo tipo de acciones políticas, se espera una denuncia ante los jueces, porque se considera que las leyes infringen los principios constitucionales, ya que suponen, en la práctica, una alteración de los límites expresos que la Carta Magna establece para las competencias militares del país. Por este motivo, los opuestos a esta modificación fundamental exigen a Abe un referéndum. Pero el primer ministro, aunque admite la pertinencia de un cambio constitucional, elude la consulta a la nación, porque tiene muchas probabilidades de perder el envite. Su jugada ha sido presentar las leyes como una lectura interpretativa dentro de los límites constitucionales.
                
LA VISIÓN EXTERIOR
                
Desde fuera de Japón, el apoyo es claro por parte de Estados Unidos, que comparte el objetivo fundamental de adaptar la potencia de Japón a las necesidades actuales. No es una posición nueva o reciente. Pero la emergencia fabulosa de China, también en el plano militar, ha reforzado este propósito, con bastante respaldo de la opinión pública (1).
                
Por el contrario, Pekín considera que la iniciativa del primer ministro japonés "pone en peligro la integridad y los legítimos intereses de seguridad chinos ", constituye una "potencial amenaza" para la seguridad y la estabilidad" en Asia, y conmina a Tokio a "extraer las duras lecciones de la historia" (2).
                
Los expertos en la seguridad de Asia se muestran, por lo general, favorables a esta iniciativa de Abe, por considerarla acorde con la realidad geoestratégica. Pero hablamos de enfoques coincidentes con los intereses norteamericanos y/u occidentales, por lo general (3).
                
Durante décadas, Washington ha venido promoviendo la conveniencia de que Japón emprenda una reflexión profunda sobre sus compromisos de seguridad. La lenta superación de los traumas bélicos, su rehabilitación política y, sobre todo, su pujanza económica convirtió en obsoletas las provisiones constitucionales sobre el papel de Japón en un ámbito regional y global cambiante.
                
Lo que consideramos como guerra fría en Europa, fue guerra caliente en Asia. Para Estados Unidos, la revolución china y las sucesivas guerras de Indochina no fueron interpretadas como luchas de liberación nacional y popular, sino como episodios de la confrontación entre Occidente y el comunismo internacional, apoyado por la URSS. Japón permaneció claramente anclado en el bando occidental entre 1945 y 1989, hasta el hundimiento del sistema soviético. En los años siguientes se mantuvo esa tendencia, pero el debate sobre la seguridad en Asia ha tenido contenidos, agentes y dinámicas diferentes a las que hemos vivido en Europa.
                
El crecimiento espectacular de la potencia militar China, en paralelo a su gigantismo económico, y el programa nuclear norcoreano han modificado las percepciones regionales, aunque persistan posiciones contrastadas. Filipinas, aliado tradicional de Washington, acepta el cambio japonés, porque teme la asertividad de Pekín en el Mar del Sur de la China o en los archipiélagos. Vietnam, un antiguo enemigo de EEUU que ha dejado de serlo, mantiene una desconfianza histórica hacia China. En cambio, Corea del Sur recela del incremento del poderío militar nipón. China trata de explotar estas fisuras.
                
Cuando Obama proclamó su "giro hacia Asia" (pivot to Asia), al comienzo de su mandato, tenía en mente éste y otros desafíos regionales. La dimensión militar es sólo la otra cara de la auténtica batalla que se libra en esa parte del mundo: la hegemonía económica y comercial global. Setenta años después de Hiroshima, el único país que ha experimentado la que debería ser irrepetible experiencia del terror nuclear, se enfrenta a un dilema histórico.
                 
(1) Con motivo de la visita oficial de Shinzo Abe a Estados Unidos, en abril, se publicó una encuesta realizada en ambos paises sobre las percepciones de sus poblaciones respectivas sobre el presente y futuro de sus relaciones, que reflejarían un alto grado de confianza mutua. "How Strong is the U.S.-Japan Relationship". FOREIGN POLICY, 14 de abril.

(2) Sobre el futuro de las relaciones chino -japonesas, bajo este enfoque del nacionalismo emergente en ambos países, es interesante el trabajo publicado por el INSTITUTO FRANCÉS DE RELACIONES INTERNACIONALES (IFRI), en su colección "Asie Visions", de marzo de este año, obra de ALICE EJMAN Y CÉLINEE PAJON.


(3) Dos especialistas en Japón en el CENTRO DE ESTUDIOS INTERNACIONALES Y ESTRATÉGICOS, de Washington, los profesores MICHAEL GREEN Y JEFFREY HORNUNG,  son autores de una pieza titulada "Ten Myths about Japan's Collective Self-Defence Change", en la que pretenden desmontar tanto la inconstitucionalidad de las Leyes de Abe, como la tesis de la oposición mayoritaria a la iniciativa. THE DIPLOMAT, 14 de Julio de 2014.

TURQUÍA: EL DOBLE FRENTE CONTRA EL DAESH Y LOS KURDOS Y LA INQUIETUD DE EE.UU.

28 de Julio de 2015
                
La escalada bélica -no puede llamársela de otra forma- contra los militantes kurdos constituye una peligrosa decisión del gobierno turco, derivada de un pacto con Estados Unidos para aumentar la presión contra el Daesh (ISIS) y, quizás,  modificar la estrategia de apoyo a un sector indefinido de la oposición contra el régimen sirio. Una concatenación de objetivos, dudosamente concertados entre Washington y Ankara, al menos en la definición de las prioridades, que genera riesgos evidentes, reconocidos por las partes.
                
KURDISTÁN, PIEZA MÓVIL DEL TABLERO REGIONAL
                
El Kurdistán es, junto con Palestina, la gran nación de Oriente Medio sin Estado. La complejidad de las interacciones con los estados a lo largo de los cuales se extiende (Turquía, Irak, Siria e Irán) es enorme. Y voluble. Como son las confrontaciones y alianzas que las distintas formaciones kurdas (todas ellas militarizadas) mantienen entre sí y con agentes externos, próximos y lejanos, de la región y del exterior.
                
Contrariamente al caso palestino, no hay un proyecto estatal-nacional definido que abarque todo el territorio. Cada facción de cada país -y, en algún caso, en cada país- mantiene agendas diferentes. Convergen o no en funciones de intereses concretos y coyunturales. De ahí la dificultad de entender, y más aún de prever, las derivaciones de una u otra decisión.
                
Turquía e Irak han sido los países donde el asunto kurdo ha tenido un mayor desarrollo en las últimas décadas. Con resultados muy dispares. En Turquía, después de un prolongado periodo de conflicto armado, abierto o soterrado, se abrió un proceso negociador que ahora parece saltar por los aires. En Irak, las dos guerras promovidas por Estados Unidos, han hecho posible una especie de semi-Estado kurdo, con autonomía creciente pero no consolidada con respecto a Bagdad.
                
LA GUERRA SIRIA, FACTOR MAYOR DE DESESTABILIZACIÓN
                
La guerra de Siria, donde el problema kurdo se encontraba bajo el control férreo de las autoridades centrales, ha desbaratado y complicado el tablero, porque ha ligado la suerte de estos territoriales a la inestabilidad general. La relación de Estados Unidos y de las potencias occidentales con las distintas milicias kurdas ha sido siempre interesada y desigual.
                
Turquía, por mucha desconfianza que se perciba en Washington y en otras capitales europeas, antes del AKP de Erdogan y ahora, no deja de ser un aliado de la OTAN, y especialmente sensible como cabeza de puente de la región más turbulenta del planeta. La principal organización militarizada kurda, el PKK, de orientación izquierdista (Partido de los Trabajadores del Kurdistán, significan sus siglas) ha sido y sigue siendo considerada formalmente como "organización terrorista".  El periodo de negociación relajó la actitud occidental, y la guerra de Siria contribuyó a profundizar esa nueva actitud de tolerancia.
                
Los kurdos han sido un aliado clave de Estados Unidos en los intentos de frenar e incluso hacer retroceder al Daesh en Siria e Irak. En el caso sirio, la cooperación ha estado sujeta a contradicciones y riesgos. El principal grupo armado kurdo en el norte de Siria es el YPG (Fuerzas de Protección del Pueblo), que ha actuado en los últimos meses con el apoyo material y logístico de su aliado, el P.K.K., a ambos lados de la frontera sirio-turca. Fueron los kurdos de ambas formaciones los que expulsaron al Daesh de la ciudad de Kobani, tras meses de feroces combates y esta misma semana de Tel Abyad, localidad clave para el abastecimiento de Raqqa, la capital yihadista en Siria.
                
El gobierno turco, nacionalista pero también islamista moderado, ha contemplado con desconfianza este protagonismo creciente de las milicias kurdas, tanto por razones de política interna como de estrategia regional. Para Erdogan, el objetivo prioritario no ha sido, estos últimos meses, la derrota de Estado Islámico, pese al auge experimentado desde sus avances en Siria hasta la conquista de Mosul y otros avances en el noroeste de Irak. Lo que el gobierno del islamista sunní AKP desea principalmente es la caída de Assad, al fin y al cabo, cabeza de los intereses alauíes, una rama local del Islam cercana al chiismo.
                
El aliado turco ha sido casi siempre esquivo y, con Erdogan, un  tanto imprevisible. Bush tuvo que soportar cómo el Parlamento echaba atrás la aparente decisión gubernamental de cederle el uso de las bases aéreas para el bombardeo de Irak. Lo cual hubiera sido impensable sin la aquiescencia del entonces primer ministro.
                
Ahora, un atentado yihadista cerca de la frontera con Siria ha facilitado que Turquía acepte brindar la cooperación que Washington demandaba desde hace meses: la participación directa de la aviación turca en el bombardeo de las posiciones del Daesh en Siria y, por supuesto, el uso de las bases aéreas turcas por los aviones norteamericanos.
                
Este cambio de conducta lleva aparejado  una importante aspiración turca: que se establezca en el norte de Siria una 'zona segura', al norte de Alepo y a lo largo del curso del río Éufrates. Washington acepta este objetivo pero no le otorga el mismo contenido que Ankara. Para los norteamericanos se trata, fundamentalmente, de privar al Daesh de una importante línea de aprovisionamiento. Para los turcos, el propósito es que puedan asentarse los cientos de miles de personas expulsadas de sus hogares por el conflicto, sin temer al bombardeo de la aviación siria. Estados Unidos se resiste a un giro en su estrategia militar que le lleve a un enfrentamiento directo con Assad, sobre todo porque el Presidente sirio ha sido muy escrupuloso en no obstaculizar las operaciones militares norteamericanos contra los extremistas, enemigos comunes. Los norteamericanos se ven atrapados entre la conveniencia de contar con la notable cooperación de Turquía y enajenarse el apoyo local sobre el terreno de las milicias kurdas del YPG, que han sido muy eficaces hasta ahora.
                
Sin embargo, hay otro elemento de convergencia entre Washington y Ankara en la creación de esta zona tampón: la oportunidad de disponer de territorio franco donde organizar y entrenar a nuevas remesas de milicianos opuestos al régimen de Damasco. Las reticencias de Obama a implicarse más a fondo en la guerra siria, más allá del debilitamiento del Daesh, pueden verse suavizadas por exigencia del acuerdo nuclear con Irán. Los críticos reprochan al Presidente norteamericano que ese pacto permitirá a Teherán destinar parte de los recursos económicos propiciados por el levantamiento de las sanciones para fortalecer a sus aliados regionales, uno de los cuales, el más importante, pero a su precaria situación actual, es el Presidente sirio. Un mayor compromiso norteamericano en apoyo de la oposición moderada siria sería un importante elemento en el debate interno y también de cara a sus aliados regionales, que resaltan la 'ingenuidad' de Obama ante los ayatollahs.
                
LOS CÁLCULOS POLÍTICOS DE ERDOGAN
                
En todo caso, el giro de Erdogan no se debe a las consecuencias que estas variantes regionales puedan acarrear, sino a razones internas.
                
Las elecciones del pasado junio en Turquía propiciaron un cambio de panorama político. El partido pro-kurdo del HDP superó el umbral del 10% de los votos y obtuvo una importante representación parlamentaria. Pero más importante que eso, el AKP perdió la mayoría absoluta y se ha visto obligado a encontrar una coalición sólida, si quiera mantenerse en el poder. Erdogan, como Presidente, le ha dado hasta noviembre al actual primer ministro, su hombre de confianza, Ahmed Davotoglu, para forjar esa alianza poselectoral. En caso de fracaso, cada día más probable, convocará de nuevo elecciones.
                
Un deterioro de la situación en el Kurdistán puede provocar un cambio notable de tendencia en esas eventuales elecciones de otoño. Hacía falta que se produjeran algunas provocaciones, en forma de chispa, para encender de nuevo el conflicto kurdo. Y se han producido. Un coche bomba accionado por un yihadista ocasionó más de treinta muertos el pasado 20 de julio en una localidad kurda próxima a la frontera siria. Éste fue el detonante de la implicación turca contra los extremistas. Pero el PKK respondió incomprensiblemente asesinando a dos policías turcos, quizás interpretando que Turquía mantiene un doble lenguaje frente al Daesh, con el verdadero objetivo de acabar con la resistencia kurda.  La chispa necesaria había prendido. En los últimos días hemos asistido a la dialéctica familiar de acción y reacción entre represalias militares y más atentados, incluido bombardeos turcos de las bases del PKK en el norte de Irak. La tregua de 2013 ha saltado en pedazos y el llamado  'proceso de paz' se da por terminado expresamente.
                
Esta escalada ya está favoreciendo el rebrote de un clima nacionalista en Turquía. La presión contra el HDP aumentará en las próximas semanas, si la tensión continúa.  El Partido socialdemócrata-kemalista parece dispuesto a participar en este clima de desconfianza frente a los kurdos. La escena política recupera lenguaje y tramoya de los años ochenta y noventa.

                
Algunos observadores comparten con el HDP la visión de que Erdogan estaba buscando una 'excusa kurda' para intentar recuperar el control férreo del poder. Una apuesta arriesgada, en todo caso, como señalan algunos analistas turcos independientes. No está claro que, a la postre, la confrontación comporte beneficios a Erdogan y menos al PKK. Y, para Washington,  la cooperación turca puede terminar resultado demasiado costosa o indeseable.

EL LEJANO VERANO DE 1989: LOS MUROS REAPARECEN EN EUROPA

24 de Julio de 2015
                
Por estos días se recuerda en Hungría el aniversario de la crisis de las embajadas, el movimiento de miles de ciudadanos que aprovecharon las vacaciones de verano para solicitar asilo en países occidentales. Aquella chispa que desencadenó el proceso de derrumbamiento de los regímenes comunistas, simbolizado en la caída del muro de Berlín.
                
Veintiséis años después de aquel verano inolvidable de 1989, Hungría, país pionero en las crisis del comunismo, erige ahora otro muro, de otra naturaleza pero igualmente reprobable.
                
HUNGRÍA, COMO SÍNTOMA
                
Hungría es hoy el país más sospechoso de la Unión Europea en materia de derechos humanos y libertades. Gobierna con mayoría cómoda el populista Viktor Orban, aferrado a unas políticas nacionalistas, no exentas de provocaciones exhibicionistas, aunque últimamente haya moderado sus excesos, para apaciguar a sus socios europeos.
                
Aprovechando la falta de una política clara y firme de la Unión Europea en materia de migración, el gobierno de Orban decidió en primavera construir un muro de 175 kilómetros de longitud y cuatro metros de altura a lo largo de la frontera con Serbia. El objetivo de esta instalación es impedir el acceso al país de los migrantes, la gran mayoría procedentes de distintos lugares de conflicto en Oriente Medio (especialmente, Siria, claro está), siguen la ruta de los Balcanes con la pretensión de alcanzar tierras supuestamente seguras en Europa.
                
Las autoridades húngaras aseguran que, en lo que va de año, más de 80.000 personas desplazadas de sus lugares de origen han cruzado las fronteras húngaras. El ministro de exteriores magiar aseguraba estos días que, a este ritmo, a lo largo del año se superaría la cifra de 150.000 inmigrantes itinerantes.
                
La ruta balcánica sigue un trazado que arranca de Turquía, continua por Grecia y luego atraviesa las antiguas repúblicas yugoslavas de Macedonia y Serbia, y desde última se aboca a Hungría. En las últimas semanas se ha experimentado un flujo creciente de personas. Los especialistas de FRONTEX, el dispositivo de seguridad europeo establecido al efecto, creen esto puede deberse a las tragedias de los últimos meses en el Mediterráneo. Aunque se apuntan también a las restricciones en la concesión de visados que se han registrado recientemente en países circundantes de las áreas de crisis. En el caso húngaro, se alude al endurecimiento de las medidas del control migratorio en Bulgaria.

El Comité Helsinki de Derechos Humanos, una organización que tiene sus orígenes en la lucha por los derechos humanos en la fase final del comunismo europeo, se ha destacado ahora por la atención y protección de los derechos de los migrantes. Desde su oficina en Budapest realizado un importante trabajo de información y asesoramiento (1).

Tanto el Comité Helsinki como otras organizaciones humanitarias denuncian acciones populistas del gobierno húngaro para escamotear derechos a los migrantes. Previamente a la construcción de ese muro de contención, el ejecutivo de Orban había lanzado una consulta a la población sobre las políticas a adoptar. Algunas de las preguntas tenían un sesgo xenófobo indudable. Se demandaba a los ciudadanos, por ejemplo, si creían que existía una relación entre la inmigración y el terrorismo. Como era de esperar, tras un trabajo propagandístico ad hoc, el 80% de los participantes reclamó políticas de mayor control y restricción. La maniobra de legitimación estaba concluida.

Los húngaros arguyen que, después de todo, estas medidas de control vienen en parte forzadas por las adoptadas anteriormente en otros países. Bulgaria ya procedido a clausurar ciertos puntos fronterizos con Turquía y Serbia, con medidas similares. El gobierno procederá también a desmantelar cuatro campamentos de refugiados instalados en áreas muy pobladas y trasladarlos a zonas remotas, en las que se reduzca el impacto social (2).

La impresión de las organizaciones humanitarias es que el gobierno húngaro, criticado habitualmente por su retórica xenófoba, nacionalista y populista, ha adoptado medidas coherentes con sus planteamientos políticos e ideológicos, pero antes con una dosis conveniente de apoyo social. Otro factor que puede haber facilitado la tarea a los dirigentes magiares es el desconcierto, la falta de acuerdo y cierta parálisis de sus socios europeos. Aunque se están adoptando medidas de urgencia, es palmario el fracaso de la UE en definir una estrategia a largo plazo. Los propios líderes europeos lo admiten abiertamente.

OTRO ENFOQUE ES POSIBLE

Hace unas semanas, el diario francés LE MONDE publicaba en el suplemento de Cultura e Ideas un formidable informe (3) en el que se recogían las iniciativas más innovadoras e imaginativas sobre el movimiento migratorio global. Destacados especialistas con formación muy acreditada cuestionan algunos tópicos y falsas creencias sobre la inmigración, que los partidos populistas y xenófobos han utilizado para confundir a amplias capas de las poblaciones europeas y “tetanizar” a no pocos dirigentes políticos.

Estos especialistas han analizado históricamente los procesos migratorios y han detectado una serie de constantes que permitirían establecer hipótesis positivas sobre las consecuencias de otras políticas diferentes a las adoptadas hasta el momento. Los recursos consumidos en seguridad de fronteras alcanzan una media de cien millones de euros anuales desde comienzos de siglo, sin resultados satisfactorios.

Las ideas alternativas expuestas en el mencionado están orientadas en el sentido inverso: en vez de cerrar las fronteras, abrirlas. Es muy probable que, como ha ocurrido en el pasado, en ciertos momentos, la migración libre tendría efectos positivos, contrariamente a la propaganda xenófoba. “Una apertura global de las fronteras no conduciría a una explosión de llegadas en Europa”, según François Gemenne. Otro de estos expertos, Michael Clemens, asegura que “una apertura total de las fronteras aumentaría considerablemente el producto interior bruto mundial”.  Estas y otras propuestas son, como poco, sugerentes.

Los partidarios de este modelo creen, entre otras cosas, que las medidas represivas no pueden impedir el movimiento de población, que la situación actual está muy lejos de la saturación migratoria,  que los flujos migratorios tienden al equilibrio y que los gobiernos son poco receptivos a estudios y proyecciones que contradigan el relato político dominante, crecientemente hostil al fenómeno migratorio. El asunto merece, al menos, una amplia y profunda reflexión.


(2)    THE GUARDIAN, 22 de Junio y NEW YORK TIMES, 18 de Julio.


(3)    “Migrants: y si ouvrir les frontiéres générait de la richesse? Idées. LE MONDE, Culture et Idées. 25 de Junio. 

EL ACUERDO CON IRÁN: CONTROL NUCLEAR Y OTRAS CONSECUENCIAS ESTRATÉGICAS

16 de Julio de 2015
               
El acuerdo sobre el programa nuclear con Irán ofrece una solución razonable para uno de los riesgos más desestabilizadores en Oriente Medio, aleja el peligro de otra salida militar en la zona y abre las perspectivas de un nuevo encaje geoestratégico. Estos logros, ventajosos para la mayoría, se convierten precisamente en lo contrario para sus adversarios.
                
Sin entrar en los detalles técnicos del acuerdo, que harían muy largo este comentario, la mayoría de los expertos coinciden en que dos años de negociaciones intensas, extenuantes, han arrojado un resultado convincente.
                
Obama lo ha defendido con brillantez, primero en una comparecencia pública a la hora del desayuno, el martes 14 de julio, y luego, con notable agudeza en una conversación con el articulista estrella en política exterior del NYT, y judío para más señas, Thomas Friedman (1).
                
LA 'CONGELACIÓN' DEL RIESGO
                
Un acuerdo que limita severamente el programa nuclear iraní por debajo del umbral militar durante década y media, que restringe el enriquecimiento del uranio por debajo del umbral militar (3,67%),  que obliga a sacar del país el uranio enriquecido excedente (98%), que recorta sus instalaciones, que bloquea por ocho años el uso de los reactores de última generación, que amplía a un año el periodo de construcción de la bomba ('breakout') en el hipotético caso de incumplimiento del acuerdo, que establece el sistema de verificaciones más rígido de la historia, que establece un embargo comercial de ocho años para los misiles y de cinco para las armas convencionales de Teherán y que contempla la reintroducción rápida de sanciones en caso de trampa no es un mal acuerdo, ni un "error histórico" como se empeña en denunciar el primer ministro israelí.
                
A lo largo de las negociaciones, los escépticos más neutrales o menos condicionados políticamente, han venido señalando algunas dudas sobre el resultado del proceso. Muchas de las incógnitas han sido resueltas o sus riesgos reducidos. Tanto sobre la capacidad de Irán de volverse atrás como de engañar. Este acuerdo es quizás el mejor de los que podían alcanzarse, como explicó también el Jefe de la diplomacia francesa, Laurent Fabius (2).
                
Por supuesto, el principal elemento de disputa es que al término del periodo de vigencia del acuerdo, Irán  podrá recuperar el programa nuclear. Pero, para entonces, las mismas potencias que ahora han embridado al régimen islámico estarán en mejores condiciones que ahora de seguir impidiendo su conversión en potencia nuclear militar.
                
LAS CONSECUENCIAS LATERALES DEL ACUERDO
                
El acuerdo de Viena tiene otras dimensiones laterales. Para empezar, puede alterar el actual equilibrio estratégico en Oriente Medio. Según los enemigos del acuerdo, el levantamiento de las sanciones permitirá al régimen de los ayatollahs recuperar capacidad económica e influencia para desestabilizar la región, reforzando su apoyo a sus aliados tradicionales, la Siria de Assad, Hezbollah,  las milicias chiíes de Irak, los houthis de Yemen, los grupos radicales palestinos, etc. Obama ha prometido seguir vigilando las actividades desestabilizadoras de Teherán, pero sus adversarios no confían demasiado en su firmeza.
               
Las dudas surgen de algunas urgencias sobre el terreno. Lo insinuaban estos días últimos el negociador jefe iraní y el propio Presidente Rohani. No es que Irán vaya a convertirse de nuevo en amigo de Estados Unidos y Occidente a partir de ahora. Pero el acuerdo remueve algunos obstáculos para ser socio ocasional. Ya lo está siendo, aunque esquinadamente. El apoyo iraní para aniquilar a los extremistas sunníes del Daesh ya resulta muy relevante en Irak. Sin las milicias chiíes, quién sabe hasta dónde hubieran llegado los extremistas en su avance.
                
Un profesor de la Universidad Americana de Beirut, próximo a Hezbollah, lo dice con agudeza: "Estados Unidos ha externalizado en Irán la lucha contra el terrorismo", para no poner botas propias sobre el terreno (3). ¿Es esta posibilidad, y no el potencial nuclear de Irán lo que alarma en Israel y en sus protectores norteamericanos más ciegos o interesados?
                
Otra dimensión del acuerdo es la económica. La eliminación progresiva de las sanciones no sólo constituye una apetitosa oportunidad para China o Rusia, en un momento de tensiones y problemas para sus economías. Las grandes compañías petroleras occidentales no ocultan sus ardientes deseos de hacer negocios muy sustanciosos, porque Irán necesita tecnología e inversiones para recuperar su industria, tanto para ampliar y mejorar su producción (hasta en un 400%) como para asegurar nuevas prospecciones. Irán, no lo olvidemos, dispone del 10% de las reservas mundiales de crudo (4).
                
EL RECHAZO ISRAELÍ
                
En Israel, la derecha, reforzada tras las últimas elecciones,  airea un problema existencial. Puede comprenderse el temor a un enemigo que sigue proclamando su deseo de destruirlo. Pero Israel ha dejado de ser un pequeño país indefenso. Dispone de los mismos potentes aliados de siempre y de mejores medios que nunca, para defenderse de cualquier (hipotética) amenaza. Con este acuerdo, Israel está más seguro que sin él, porque asegura un año de margen para atajar un riesgo militar nuclear, si Irán incumple.
                
El relato de la inseguridad arroja dividendos políticos muy sustanciosos y seguros en Israel. Las elecciones recientes han sido buena prueba de ello. Es sintomático que, tras el varapalo, la izquierda y el centro se sumen a la demonización del acuerdo nuclear. No tanto por el contenido en sí del mismo. En realizan lo están utilizando para acusar a su rival, Netanyahu, de no haber sabido o podido evitarlo, por haberse enfrentado con Obama. Argumento débil y oportunista. Netanyahu no tenía otra alternativa que aliarse con los republicanos. Los electores israelíes no le castigaron por ello, sino al contrario. Obama quería el acuerdo. Es un factor clave de su legado. Nada podía hacer Netanyahu, como tampoco lo hubiera conseguido el laborista Herzog o la centrista Livni, si hubieran ganado los comicios.
                Netanyahu hace populismo al proclamar que "Israel se defenderá con sus propios medios". No puede, y lo sabe, atacar con garantías a Irán sin un apoyo amplio de Estados Unidos. Ahora, bombardear las instalaciones iraníes sería como atacar la Casa Blanca. Pero al primer ministro israelí le queda aún la 'bala de plata' para 'matar' el acuerdo desde dentro: su alianza con la oposición a Obama en el legislativo.
                 
BOICOT DE LOS RIVALES Y RIESGO DE FUEGO AMIGO
                
El Presidente, sabedor de que cualquier acuerdo, por duro que fuera para Irán, iba a ser rechazado por el lobby político israelí, ha reiterado que vetará cualquier decisión del legislativo que pretenda impedir su entrada en vigor. El Congreso puede superar el veto presidencial si reúne a los dos tercios de los legisladores. No es una misión imposible. Los republicanos sólo necesitarían sumar trece senadores demócratas a su causa. La batalla ha comenzado y tendrá que resolverse antes de tres meses. Las vacaciones sólo serán oficiales este año en Washington.
                
El Congreso se pone del lado de Israel, por tradición y por convicción, pero también por oportunismo. Si hay algún asunto en el que los republicanos puedan conseguir fuego amigo contra el Presidente es éste. Muchos demócratas, tan pro-israelíes como sus rivales, si no más, temen perder apoyos y dinero judío para sus campañas políticas. Y en Estados Unidos, el dinero lo es todo en política, y más en las contiendas electorales.
                
No obstante, el acoso republicano ha sido tan obsceno, que las cosas pueden cambiar, siquiera ligeramente. Hillary Clinton puede presumir de ser una de las mejores amigas de Israel, aunque la administración de su marido avanzara notablemente en un acuerdo de paz con los palestinos. O precisamente por ello. Pero sobre todo por su trayectoria como Senadora por el Estado de Nueva York, uno de los mayores feudos judíos del país. Pues bien, la mega-candidata demócrata ha expresado su apoyo al acuerdo nuclear con Irán. Está por ver quién le discute la nominación. De momento, el socialista Bernie Sanders no se opone al acuerdo, por supuesto. ¿Se atreverá algún centrista a presentarse con el apoyo israelí como elemento diferenciador? Dudoso. La dirección demócrata, aunque no pueda impedir la división sobre este asunto, tratará de evitar la polémica en clave electoral. Complicado empeño.

(1) NEW YORK TIMES, 14 de Julio
(2) LE MONDE, 14 de Julio.
(3) NEW YORK TIMES, 14 de Julio.

(4) FOREIGN POLICY, 14 de Julio.