IRÁN NUCLEAR Y LA REBELIÓN DE LOS ACTORES SECUNDARIOS



14 de Noviembre de 2013
               
Un desacuerdo dado a conocer a última hora por Francia aplazó la conclusión positiva de la primera fase de las negociaciones de Ginebra sobre el proyecto nuclear de Irán. La posición de Francia ha sido considerada como un "veto", primero a regañadientes y finalmente admitida implícitamente por los participantes.

EL 'VETO' FRANCÉS
                
Estados Unidos había obtenido una congelación del programa iraní, a cambio de una aligeramiento provisional de los sanciones, mientras se negociaba un acuerdo definitivo. Pero a los franceses no les sentó nada bien conocer que Washington ya había cocinado con Teherán el borrador de preacuerdo, sin atender al resto de negociadores, y especialmente a ellos.
                 
Francia ha mantenido una línea llamémosle dura, o firme, con respecto a la nuclearización de Irán. Los franceses disponen de una larga experiencia en este conflicto, quizás el más delicado de la escena internacional en estos momentos.
                 
Según el ex-vicedirector de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Olli Heinonen (1), la inteligencia gala acumula información muy valiosa gracias, en parte, a la comunidad de exiliados iraníes en Francia, entre los cuales se encuentra Akbar Etemad, el 'padre' del programa nuclear iraní.
                 
El veto francés llega en un momento complicado de las relaciones con Washington. Es innegable el malestar de Hollande con Obama por la deriva de la crisis siria. Cuando el Eliseo ya había ofrecido un apoyo decidido a la iniciativa norteamericana de destruir el arsenal químico de los Assad, la Casa Blanca se avino al atajo diplomático propuesto por Moscú. Luego se destapó el escándalo de las escuchas, más ficticio que real, pero dañino al fin y al cabo.
                 
Las razones de fondo de la discrepancia francesa han sido glosadas, y respaldadas, por Jean-Sylvestre Mongrenier (2). Los 19.000 centrifugadores iraníes habrían conseguido producir ya 186 kilos de uranio enriquecido al 20 % (aparte de otros seis mil al 3,5%), lo que le permitiría dotarse del arma nuclear en cuestión de meses. De ahí que Francia exigiera la paralización del enriquecimiento. Estados Unidos intentó forzar una declaración de los negociadores iraníes en este sentido, pero resultó imposible, porque se trata de una línea roja para el régimen. Irán insistió -basándose en la lectura estricta del Tratado de No Proliferación- en que tiene derecho a enriquecer uranio. Al forzar este enfrentamiento, los franceses consiguieron que los norteamericanos endurecieran el borrador y provocaron la negativa iraní. La prensa francesa ha sido muy explícita sobre la irritación del entorno de Kerry, pese a los diplomáticos disimulos del Secretario de Estado.
                
 Los franceses mostraron especial preocupación por inminente conclusión de la central de Arak, tras nueve años de trabajos supervisados por la AEIA. El reactor de esa central, de 40 megavatios, está destinado, según Teherán, a la producción de isótopos para tratamientos médicos. Pero los israelíes y expertos de otros países insisten en que el régimen iraní pretende reutilizar el agua pesada que allí se genere para extraer plutonio. Con sólo ocho kilos de este material podría fabricarse una bomba acoplada a un misil, en sólo tres años.
                 
Ahora bien, para la obtención de plutonio, Irán precisaría de una fábrica específica de la que no dispone en la actualidad, lo que relativiza de forma sustancial el peligro aireado por sus enemigos. La Central de Arak puede ser destruida mediante un ataque aéreo (no como la planta de enriquecimiento de uranio en Fordo, que está soterrada). Pero esa eventual intervención militar debe realizarse antes de que se introduzca en la central el material fisible, si no se quieren provocar daños humanos y ecológicos inaceptables.
                
Por tanto, la "amenaza de Arak" es especulativa o a futuro. De ahí que se considere excesivo el celo francés.  París sostiene que incluir Arak en las discusiones reduce el riesgo de que Israel actúe por su cuenta e intente destruir la central. Washington no observa tantos recelos y, en todo caso, estima que se podía dejar para una fase posterior de las negociaciones.  No sería descartable, si el proceso diplomática avanzara, que los iraníes transformaran la central en un reactor de agua ligera,  o bien renunciaran fehacientemente a construir una planta para la extracción del plutonio. Esta discrepancia sobre la dimensión del riesgo de Arak fue una de las más importantes en Ginebra.
                 
Bien es cierto que estos argumentos pueden ser contestados desde una posición más pegada a la legalidad vigente, si eliminamos las percepciones o los juicios de intenciones, como señala el general francés Étienne Copel, un veterano del armamento nuclear (3). Señala este especialista militar que Irán cumple con la mayoría de las estipulaciones del Tratado de No Proliferación y, por tanto, tiene derecho a desarrollar este tipo de energía, más allá de la desconfianza internacional.

                 
En una línea bien distinta, Mongrenier considera que París se ha limitado en Ginebra a recordar lo que las potencias occidentales venían exigiendo a Irán: la congelación del proceso de enriquecimiento de uranio, la transferencia fuera del país del material ya almacenado y la apertura de todas las instalaciones a las inspecciones de la AEIA. 
                 
¿ARABIA SAUDÍ CON ARMAS NUCLEARES?
                 
Irán puede considerarse prácticamente ya, en la jerga atómica, un "Estado umbral". Es decir, un país que dispone de las capacidades requeridas para franquear la etapa decisiva hacia la consecución de armamento atómico, tan sólo dependiente de la decisión política. Aceptar este hecho, "podría amplificar la turbulencia de los contrarios", sostiene Mongrenier. Israel figura en cabeza en esa lista de "contrarios". Es el más sonoro y activo en sus esfuerzos por hacer fracasar Ginebra mediante la consecución de unas exigencias inaceptables para Teherán. Pero no es el único. Hay otro enemigo hostil, conocido pero mucho más silencioso y, desde luego, más inquietante para Estados Unidos. Se trata de Arabia Saudí.
                
La monarquía wahabí no está dispuesta a aceptar que la gran potencia chíi del mundo islámico pueda decidir, a conveniencia, convertirse en un estado con armas nucleares. La actitud favorable a la negociación demostrada por el Presidente Obama ha sido una razón más -quizás la más decisiva- en el deterioro de las relaciones entre Riad y Washington (4). ¿Qué puede hacer la Casa Saud para evitarlo? Presionar política y diplomáticamente, como está haciendo. Sin la discreción habitual. Pero además, y eso es lo que preocupa en Estados Unidos, responder a Irán con la misma moneda; es decir, dotarse también de armamento nuclear. Para ello cree contar con un cooperador necesario: Pakistán.
                 
Hace tiempo que se baraja esta hipótesis, pero hace unos días el programa televisivo Newsnight (BBC) aseguró, citando fuentes de inteligencia y de la OTAN, que Pakistán estaría dispuesto a entregar armas nucleares a los saudíes. Hace casi tres años, el periódico londinense THE TIMES acreditaba de fuente autorizada saudí el propósito real de dotarse de arsenal atómico para contrarrestar la supuesta amenaza iraní en el mismo campo. El propio Rey Abdullah le habría confesado al negociador norteamericano Denis Ross, en 2009, que si Irán se dotaba de armas nucleares, su reino haría lo propio. 
                 
Que Pakistán es el socio señalado para esta inquietante empresa saudí no debería ser una sorpresa para los más avisados. El experto en Arabia Saudí Simon Henderson nos lo recordaba estos días (5). Cuando Alí Bhutto inició el programa nuclear de Pakistán en los setenta, Arabia destacó como el principal financiador potencial. Posteriormente, el 'padre científico' del arsenal nuclear pakistaní, A.Q. Khan, fue un asiduo visitante del reino, hasta llegar a ofrecérsele la ciudadanía saudí, en recompensa por la valiosa información que proporcionó a sus príncipes, que incluyó la visita, en 1999, del entonces ministro de Defensa a unas principales instalaciones del dispositivo nuclear pakistaní. Ese mismo año, el actual primer ministro pakistaní, Nawaz Sharif, fue derrocado por el general Musharraf y fijó su exilio en Arabia. Más inquietante aún para Washington, el reino saudí lleva adquiriendo en China misiles capaces de soportar carga nuclear.
                
 Esta alianza entre dos colosos sunníes frente al desafío chií que lidera Irán en el mundo islámico presenta numerosas ventajas mutuas. Sólo con plantearse, ese entendimiento despierta una viva preocupación en Washington (y aún más en Israel), porque se trata de dos de sus principales aliados en el convulso mundo islámico. Pakistán depende enormemente de Washington, pero vive con la paranoia de que los estrategas norteamericanos manejan desde hace años las ventajas de que India tenga un peso mayor en el futuro de Afganistán. Lo que resultaría intolerable para los omnipotentes militares pakistaníes.
                 
Sin embargo, ese eje sunní tiene sus limitaciones, porque Pakistán e Irán, aunque en bandos diferentes del Islam, mantienen una colaboración interesada en controlar la evolución de Afganistán y minimizar otras interferencias extranjeras. Al igual que le ocurre a Pakistán con la mayoritaria población pastún, Irán desea proteger a la minoría hazara, de creencia chíi. 
                
En todo caso, si Pakistán tuviera que elegir entre la amistad de Arabia Saudí y la 'convivencia pacífica' con Irán, es de suponer que elegiría lo primero. Sólo una intervención contundente de Washington podría frenar ese designio, si los saudíes caen en la tentación de emprenderlo. La carrera nuclear entre los dos máximos exponente de los polos islámicos es el peor escenario para Washington e Israel. Pero, lejos de disuadir a Obama de las negociaciones, esta amenaza es un estimulo y no un obstáculo para insistir en un resultado positivo con Irán.

(1) Citado por Yochi Dreazen, en How France Scuttled the Deal at the Last Minute. FOREIGN POLICY. 10 de Noviembre de 2013.
(2) L'injustifiable haro sur la diplomatie française.LE MONDE, 12 de noviembre.
(3) Iran a le droit d’exploiter l’uranium dans ses centrales.LE MONDE, 12 de noviembre.
(5) The Nuclear Handshake. FOREIGN POLICY. 8 de Noviembre de 2013.

LOS APUROS DE OBAMA EN ORIENTE MEDIO

7 DE NOVIEMBRE DE 2013

Un creciente malestar se extiende entre aliados tradicionales de EE.UU. en Oriente Medio por la política exterior de la administración Obama. Aparte de la incomodidad que desde hace tiempo reina en Jerusalén, y en cierto modo también en Ankara, se une el desencuentro de Washington con El Cairo y Riad, más explicito que nunca recientemente.

UN DISCURSO LEJANO

Obama proclamó una nueva política norteamericana en Oriente Medio apenas cien días después de sentarse en la Casa Blanca. Su famoso discurso de El Cairo, en junio de 2009,  apuntaba a la resolución de los conflictos enquistados mediante una nueva metodología: la recuperación del consenso, la superación de la desconfianza mutua, el desagrado por el uso de la fuerza y una visión comprensiva y respetuosa del sistema democrático.

Los críticos en Estados Unidos adujeron que el discurso de Obama sonó demasiado a petición de perdón por los excesos cometidos durante los años de despliegue neocon. Se trataba de una imputación injusta y miope. La percepción de Estados Unidos en la zona durante esa primera década del siglo había llegado a ser muy negativa. Y, sin embargo, las 'ideas' de Obama para la región no merecían el entusiasmo tan precipitado que generó en ciertos ámbitos progresistas moderados. El primer presidente afroamericano no pasó de  proclamas y buenas intenciones, que suelen tener el vuelo muy corto en política exterior.

Durante el año y medio siguiente, casi nada ocurrió. En el conflicto palestino-israelí no se registró avance alguno, sino todo lo contrario. El aliado estratégico de Estados Unidos, Israel, renuente al cambio de ánimo en Washington, optó por atrincherarse en posiciones que llegaron a ser provocadoras, como la intensificación de la colonización en territorio palestino ocupado. Las relaciones entre Washington y Jerusalén no habían sido tan tensas en décadas. La antipatía entre Obama y Netanyahu llegó a ser patente. La reciente reanudación de las conversaciones entre israelíes y palestinos ha sido puramente formal, por el momento.

El estallido de las revoluciones árabes, un año y medio después, hizo saltar las costuras de la política norteamericana. Obama dudó entre apuntalar el 'status quo' que convenía a los intereses establecidos de Washington o ser coherente o respaldar un movimiento que, en cierto modo, se inspiraba en ideas similares a las desgranadas por él en su discurso de El Cairo. Estas vacilaciones no contentaron a nadie: los regímenes se resintieron de la inhibición norteamericana y las fuerzas renovadoras echaron de menos un compromiso más explicito.

EL INCÓMODO ACOMODO CON LOS GENERALES EGIPCIOS

Es en Egipto es donde el desencuentro con Washington se ha hecho más ruidoso. Las élites locales reprocharon a Obama que no moviera un dedo para prolongar el régimen de Mubarak, a pesar de los servicios prestados a Estados Unidos. Con los Hermanos Musulmanes, el Presidente intentó un forzado entendimiento, que nunca cuajó. Con el golpe de julio, la respuesta de Obama se percibió como vacilante e imprecisa por unos y otros. La decisión reciente de recortar la ayuda militar a Egipto (bien es cierto que la menos sustancial) ha desagradado a los generales, pero se ha percibido como una medida insuficiente y cosmética para los que denuncian el actual estado de cosas en el país, sean islamistas o no.

No debe sorprender que los principales apoyos externos del golpe procedieran de Jerusalén y Riad. Los israelíes no confiaban en los Hermanos Musulmanes y preferían que los militares egipcios no se toparan con reparos internos en sus operaciones de control de la frontera con Gaza y la persecución de focos 'jihadistas' en el Sinaí. Los saudíes se apresuraron a anunciar el respaldo financiero inmediato a los generales egipcios, nada más escuchar las reticencias de Washington a mantener intacto el programa de ayuda militar.

EL RESISTIBLE ENFADO SAUDÍ

La crisis egipcia sólo fué el comienzo de una cadena de discordias entre Washington y Riad. Más efectos negativos tuvo la renuncia de Obama a intervenir militarmente en Siria, que la realeza saudí anhelaba vivamente, ya que veía en ello la antesala inevitable de la caída del régimen de los Assad, principal aliado de Irán en la región. No se entendió nunca en Riad el apaño diplomático con Moscú. Semanas después, la confirmación del nuevo clima entre Washington y Teherán y la reanudación de las negociaciones para controlar el proyecto nuclear iraní han irritado tanto a los saudíes, que se han visto incapaces de controlar sus contenidas maneras. 

La diplomacia de la casa Saud es famosa por su extremada discreción. Hasta en los peores tiempos del trauma del 11 de septiembre, con las complicidades y simpatías terroristas nunca del todo esclarecidas, el reino se empeño en poner sordina al ruido creciente en las relaciones bilaterales. La renuncia a ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU sorprendió a la comunidad internacional, por tratarse de una decisión sin precedentes, pero sobre todo por ser tan contraria al estilo saudí. Tanto es así que su personal en Nueva York había celebrado públicamente la elección. El rechazo posterior sólo pudo llegar desde las más altas instancias del reino. La quebradiza salud del Rey Abdullah no explica una brusquedad tan inusual. Es como si, según el dicho francés, se hubiera querido resaltar el escándalo. Afirmar, como hizo la diplomacia de Riad, que sentarse en el Consejo de Seguridad avalaría el fracaso del alto organismo en la resolución del conflicto palestino es de una hipocresía asombrosa.

UNA GIRA DE DUDOSOS RESULTADOS

Que el Secretario de Estado, John Kerry, haya visitado estos días consecutivamente El Cairo y Riad, antes de detenerse en Israel, demuestra la preocupación de la Casa Blanca por apaciguar los ánimos y mantener las alianzas tradicionales libres de sobresaltos adicionales.

Los resultados son decepcionantes. Kerry llegó a Egipto en víspera de la apertura del juicio al depuesto Presidente Morsi. Unos interpretaron la visita como un recordatorio del desagrado de la administración Obama por la falta de compromiso de los golpistas con la restauración de las libertades. Pero Kerry terminó irritando a los críticos de los militares al asegurar, con excesiva complacencia, que los militares caminaban por el camino correcto y que la congelación parcial de la ayuda norteamericana no era un "castigo" a las nuevas autoridades. Ni el General Al-Sisi ni cualquier otro de los dirigentes secundarios actuales le dieron garantías de que el estado de sitio no sería prorrogado a mediados de este mes, cuando vence el decreto que lo instauró. La restauración del antiguo régimen, cada día más evidente y ruidosa no ha merecido una crítica explícita de Washington.

En Arabia Saudí, Kerry se ha mostrado aún más suave para agradar a sus anfitriones. Los saudíes han vuelto a su hermetismo se han mostrado herméticos, lo cual puede interpretarse como un esfuerzo por no seguir aireando las discrepancias, seguramente porque no hay que seguir derramando agua en un vaso que ya rebosa. Pero más que discretas han sido también las protestas de amistad, que otrora se proclamaban abiertamente. Que la audiencia del Rey Abdullah con el Secretario de Estado se prolongara durante dos horas ya indica la complicación reinante en las relaciones bilaterales.

¿A qué obedecen estos desencuentros, si la política de Washington no ha cambiado tanto en realidad? Algunos analistas señalan que la clave reside en la necesidad del equilibrio entre objetivos en cierto modo contradictorios. Por un lado, Obama necesita la colaboración de los aparatos estatales locales, para seguir afrontando con garantías la amenaza del extremismo islámico. Pero, por el contrario, esos instrumentos gozan de un poder que es incompatible con la democratización, la apertura política y un desarrollo social más armónico de esos países. Esta explicación clásica es cuestionable. Los propios regímenes autoritarios son los primeros interesados en frenar al islamismo radical. Por tanto, estamos ante una mutua dependencia. De ahí los límites de una política que pretenda ser demasiado innovadora.

UN PRESIDENTE PARADÓJICO



31 de Octubre de 2013

El presidente más mediático de la historia. El líder que más rápidamente ascendió a lo más alto, aupado por los medios electrónicos, por el uso masivo de los medios más modernos de la comunicación. El más esperado en décadas. El llamado a restablecer un estilo de diálogo y colaboración internacional. En 2008 casi nadie habría podido prever que Barack Obama mostrara inquietantes indicios de vulnerabilidad justo en su flanco más blindado: la imagen. 

Ya sea el reciente escándalo del espionaje a líderes mundiales (más bien ficticio, como anticipábamos en el comentario anterior), en la gestión de la crisis política interna, o en sus iniciativas diplomáticas en Oriente Medio, el presidente parece objeto de una valoración negativa. Bien es verdad que su solidez le permite reponerse. Aún conserva crédito.

¿Se trata solamente de la usura del poder? En parte, si. Pero esta paradoja entre un apoyo popular  todavía amplio  y una proyección mediática incómoda puede deberse, en parte, a la propia personalidad del presidente. A pesar de sus esfuerzos por parecer cercano y popular, Obama no ha conseguido liberarse de la impresión de distanciamiento y cierta altivez, que arrastra desde sus años de senador. La seguridad con la que se expresa inquieta más que tranquiliza, según han analizado, en trabajos muy incisivos, algunos de los especialistas en diseccionar los perfiles de los grandes dirigentes.
                 
Resulta curioso, por cierto, que Obama se haya beneficiado tan escasamente de la buena imagen de su esposa, Michelle. Cuando aparece con ella y con sus hijas, como cualquier líder sometido a ese inevitable escrutinio, trata de aparecer relajado, como cualquier ciudadano corriente. Sólo lo consigue a medias.
                 
En el asunto del espionaje a los líderes mundiales, Obama ha esquivado a los medios, quizás con la pretensión de que se comprendiera que una materia tan delicada exigía el mayor ejercicio de discreción posible. No se ha entendido así, por lo general. Más bien ha parecido que escurría el bulto, lo que ha reforzado la percepción de que sabía más de lo que sus asesores y colaboradores admitían en público.
                 
Pero peor aún que esa sensación de cinismo, que cualquier político soporta por el mero hecho de serlo, ha sido la insinuación, cuando no la imputación directa, de que Obama es un "bystander President"; es decir, un Presidente que no está al tanto de los asuntos de forma profunda y dedicada. Las declaraciones de los responsables de la seguridad y el espionaje ante el Comité del Congreso no han ayudado a disolver esa percepción.
                 
Algo parecido le ocurrió en la crisis de Siria. Se ha filtrado a algunos medios, no precisamente hostiles a Obama, que las sucesivas reuniones celebradas en las exclusivas salas de la Casa Blanca, dedicadas a analizar y valorar las opciones a lo largo de los últimos meses,  capturaban escasamente la atención del Presidente.  Hasta tal punto que no se privaba de manejar reiteradamente su Blackberry para consultar o leer mensajes.
                
Asimismo, se le reprocha en algunos círculos de Washington, de acreditado colmillo retorcido, que el Presidente rechaza intelectual y políticamente verse enfangado en conflictos que considera menores o cocinados en la inercia de tiempos ya superados, porque le restan tiempo para ocuparse de aquellos otros de los que dependen, en su opinión, la prosperidad del país. Y el legado de su propio mandato, naturalmente.
                 
Que se entienda bien: Obama no es Bush. No se trata de pereza o cortedad intelectual. A Obama no le aburren los asuntos serios o los más abstractos. Por el contrario, parece evadirse de los demasiado corrientes. Obama sería un amante de las cuestiones estratégicas, pero parece interesarle menos los aspectos tácticos.
                 
Y es que el primer afroamericano que llega a la Casa Blanca no es un "político del pueblo". Sus orígenes no son humildes, aunque los demócratas resalten ciertos rasgos familiares que lo alejan del típico perfil de vástago de la élite. Pero tampoco forma parte del patriciado político que ha mamado todos los recursos del ejercicio del poder. Obama suele expresar -hay varios testimonios durante su primer mandato- su desagrado por los usos y costumbres de eso que allí llaman Washington: el universo del poder político-mediático-empresarial y financiero donde se aglutina la mayor concentración de poder del planeta.
                 
UNAS RELACIONES DEMASIADO CORRECTAS
                
 Resulta bastante indicativo sus relaciones con los líderes mundiales. Se le nota bastante su distanciamiento con aquellos que se caracterizan por batirse con entusiasmo en las luchas políticas más terrenas (e incluso las subterráneas). Y como la gran mayoría de los líderes mundiales actualmente pertenecen a esta categoría y son pocos los que serán recordados como hombres de Estado de dimensión excepcional, el resultado es que Obama no parece haber forjado amistades muy prolíficas, como Reagan, Clinton o Bush.
                 
No es que Obama se muestre distante con sus pares en sus encuentros de alto nivel. Pero no existe la percepción de que haya establecido complicidades personales con ninguno de ellos. Son bastantes sonoros, en cambio, sus desencuentros: con Putin, con Netanyahu.  No le ha ido mejor con los presidentes o monarcas árabes. Con los europeos, a pesar de la atracción inicial que irradiaba, domina la sensación de corrección. Ningún alarde de calidez.
                 
Por hablar de Merkel, cuyo supuesto espionaje ha estado en el centro de la polémica  de estos días, es bien sabido que el Presidente no comparte su rigidez en la gestión de la crisis financiera europea. Decía uno de sus colaboradores esta semana que Obama habla con frecuencia con la canciller alemana y que consulta poco o nada los informes de inteligencia, quizás para dar la sensación de que ambos dirigentes han establecido una sólida relación de confianza. Lo que ha calado no es eso, precisamente. La frialdad de la reacción de Merkel no ha ayudado a extender esa impresión. Es posible que la líder alemana quisiera transmitir un malestar mayor del que sentía en realidad, para aplacar el enfado interno (más mediático que ciudadano). El caso es que en las informaciones sobre la petición de explicaciones y la respuesta no se ha filtrado corriente de simpatía o comprensión, que sería lo propio entre amigos y aliados, incluso cuando se ha puesto en evidencia algún "pecadillo".
                 
A Obama le flaquea, por tanto, una de las sus principales fortalezas originales como político de alto nivel. Su mandato no será juzgado por cosas de este estilo, claro está. Pero si no consigue corregir estas desagradables percepciones, podría complicársele más de lo previsto firmar una brillante presidencia.

EL MACRO PODER ELECTRÓNICO

24 de Octubre de 2013
                
Europa anda revuelta con las últimas revelaciones sobre el supuesto espionaje de los servicios de inteligencia norteamericanos a dirigentes, aparatos de gobierno y ciudadanos en este continente.
                
La cumbre europea examina estos días la situación. El Parlamento de los 28 ha propuesto una serie de medidas de respuesta y prevención (la suspensión del acuerdo Swift sobre transmisión de datos bancarios al otro del Atlántico, entre otras), pero también de control de las grandes compañías privadas que habrían colaborado en el sistema de escuchas. Lo mismo cabe decirse en América Latina, donde se ha sabido que, además de Brasil, también México ha sido objeto de vigilancia electrónica.   
                
EL GRAN ESCUCHADOR
                
XKey Score, un potente servidor que centraliza, analiza y clasifica miles de millones de datos capturados a través de dispositivos secundarios, se ha convertido en uno de los exponentes del poderío global norteamericano. La base del poder a lo largo de la historia viene determinada por el desarrollo tecnológico. En nuestro tiempo, la clave es la electrónica.
                 
Desde que, hace unos meses, Edward Snowden, un empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), decidiera desvelar el complejo y sofisticado entramado de vigilancia que los servicios norteamericanos ejercen sobre instituciones, organizaciones y ciudadanos de Estados Unidos y de todo el mundo, se han activado las alarmas sobre la protección de la privacidad y la vulnerabilidad de la intimidad. Elementos ultrasensibles de la convivencia.
                
Sabemos lo que sospechábamos: que todos somos escuchados, escrutados, vigilados. La predicción orwelliana, inspirada en otras visiones diferentes pero concomitantes  de universos futuros, como el 'mundo feliz', de Aldous Huxley, trasciende la crítica sobre el denostado sistema político estalinista y  se proyecta sobre un 'triunfante presente liberal', altamente codificado y controlado por impulsos electromagnéticos.
                
Para muchos, Snowden se configura (al igual que Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y otros personajes secundarios del mismo libreto) como héroe: un 'whistleblower', término norteamericano para definir al que alerta de una actividad ilegal o de un peligro contra las libertades. En cambio, para otros, se trata simplemente un traidor, porque habría debilitado el sistema que el poder público ha construido en defensa de sus legítimos intereses y los de sus ciudadanos. Que se refugie en Rusia, imposible ejemplo de transparencia y de respeto a las libertades, ahonda la percepción negativa.

Las revelaciones de los últimos meses han ido creando un clima de desconfianza y preocupación cívica en Estados Unidos. ¿Podemos fiarnos de nuestro gobierno?, se han preguntado líderes de opinión, portavoces de organizaciones ciudadanas y hasta políticos que hacen bandera del debilitamiento de los poderes públicos, algunos con el oportunista designio de allanar el camino a otros poderes más abrumadores pero más silenciosos aún.

Abruman los datos  -millones de escuchas diarios- y los medios empleados en la tarea -potentísimas redes cibernéticas de escucha, depuración, clasificación y almacenamiento de datos-, pero lo que verdaderamente agobia es el desconocimiento de las motivaciones. La justificación de sus responsables, basada en la necesidad de prevenir, desenmascarar , neutralizar, perseguir y desmantelar redes terroristas ha sido, hasta la fecha, difusa, esquiva, fragmentaria y en absoluto convincente.

ESPIAR A LOS AMIGOS.

Las recientes filtraciones de que la NSA estaría 'espiando' a dirigentes y/o aparatos de gobierno de sus propios aliados  en Europa y América ha recrudecido el debate.

Públicamente, la reacción de los supuestamente 'escuchados' ha sido la que podía esperarse: malestar y exigencia de explicaciones. En cada caso, se han reflejado las peculiares relaciones con la superpotencia. La susceptibilidad de los franceses, la duplicidad de los mexicanos y la cautela de los alemanes.

Francia es un aliado firme de Estados Unidos. Lo fué, de forma fehaciente y sólida en las dos grandes guerras del siglo pasado y durante la guerra fría. Pero no un aliado servil, como las dictaduras de toda laya; o incondicional, como Gran Bretaña, su antigua metrópoli.                 La lealtad francesa durante las últimas décadas ha sido crítica, por momentos incómoda, e incluso tensa. Pero difícilmente puede dudarse de ella.

Por todo lo dicho, se entiende que en Francia se haga duelo público de estas revelaciones de 'espionaje'. Sin embargo, ¿es creíble que sorprendan? Desde luego que no. Sería presumir una ingenuidad irreal en las élites francesas (y lo mismo cabría decir de las alemanas, mexicanas o brasileñas).

AL FILO DE LA HIPOCRESÍA

En este sentido, resulta llamativa la sentencia realizada por el Presidente de la Comisión de Leyes de la Asamblea Nacional francesa, Jean-Jacques Urvoas: "los Estados Unidos no tienen aliados, sólo objetivos o vasallos", ha dicho a LE MONDE. Palabras gruesas, que son sin duda las que el orgulloso ciudadano francés quiere escuchar en situaciones como ésta.

En otro momento, cuando se le pregunta cómo puede Francia defenderse de esta intromisión, Urvoas responde en un tono más mesurado y realista, comparando los medios que su país y Estados Unidos consagran al espionaje. La desproporción es de siete y pico a uno. En esta afirmación fría, alejada de la vehemencia del titular, está la clave. ¿No es el espionaje una cuestión de capacidad más que de voluntad?

Algo similar podemos decir de Alemania. Lo que ha trascendido a los medios es que la Canciller Merkel telefoneó directamente a Obama para exigirle aclaraciones sobre el supuesto seguimiento de su teléfono móvil por parte de la macrored norteamericana de escuchas. Y, sin embargo, la agencia de inteligencia alemana ha sido señalada como colaboradora de ese insidioso aparato de intromisión planetaria. Pero, además, recientemente, se conocieron otras conductas vergonzantes de los servicios secretos alemanes, como la negligencia continuada frente al desarrollo de organizaciones extremistas de inspiración racista y neonazi. Se tiene la impresión de que con la desaparición de la Stasi no se acabó con el 'poder de las sombras'.

Si Estados Unidos (quien sea lo que haga, y por orden de cualquiera que lo ordene, lo tolere o lo encubra) espía a Francia (a sus dirigentes y a cualquier anónimo ciudadano) no es porque es una potencia maligna o desprovista de 'alma democrática' (es decir, de respeto por los derechos y las libertades). Lo hace porque puede hacerlo. Es más: ¿no es menos cierto que la actividad de espionaje norteamericano ha contado con la complicidad de muchos servicios nacionales y locales de inteligencia? Por lo que sabemos, esa complicidad ha sido activa y extensa. Lo que explicaría el silencio o la máxima discreción de los dirigentes europeos en los últimos meses. Los franceses deberían recordar la máxima de su filósofo y moralista La Rochefoucauld: "la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud".

¿Y qué decir de México? En un contexto de agravios inveterados, que un ex-Presidente mexicano se sienta ofendido por ser objeto de escuchas por el gran vecino del norte cae como lluvia sobre terreno mojado. Pero fue ese mismo alto dignatario espiado, Felipe Calderón, el que mantuvo una colaboración secreta con los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas norteamericanas para afrontar el desafío de los cárteles narcos. En un mundo regido por la lógica despiadada del poder, no debe sorprender casi ninguna de sus manifestaciones sólo porque, en ese caso, no se participe de ellas.

El diario francés LE MONDE, asociado con el semanario alemán DER SPIEGEL y otros medios, ha desvelado las últimas novedades del sistema de escucha. En un editorial que acompaña el dossier periodístico, su directora refuta las justificaciones de quienes ven en las denuncias de Snowden, Greenwald y otros "lanzadores de alarmas" un debilitamiento irresponsable de la lucha planetaria contra el denominado 'terrorismo internacional'. Natalie Nougayrède asegura que urge un debate sobre la incidencia del fenómeno de las escuchas sobre las libertades, para conseguir que "el trabajo de los órganos de seguridad de los Estados democráticos sea encuadrado por procedimientos de control eficaz, parlamentario o judicial".           
Loable propósito el formulado por la colega francesa, digno del más rotundo respaldo. No estaría de más, no obstante, reclamar también un mayor control de las grandes empresas cibernéticas globales, colaboradoras necesarias de esta gigantesca red de intromisión. Y ya puestos, aunque a una escala menor, exigir también a los medios una mejora de sus procedimientos de investigación y tratamiento de la vida privada de los ciudadanos, responsables políticos incluidos, para evitar desprestigios y hasta linchamientos apresurados. A cada cual debe exigírsele según sus responsabilidades y capacidades. Aunque sólo sea para desterrar la mínima tentación de hipocresía.



LA LECCIÓN DE LAMPEDUSA

10 de octubre de 2013

Tardía e insuficiente. Así cabe considerar a la reacción oficial e institucional europea a la (última) tragedia de Lampedusa. Durante los próximos días, se continuarán rescatando cadáveres del naufragio de la semana pasada. Más de trescientos muertos, y en alza. Así lo entendió este miércoles buena parte de la población de la isla, abucheando e increpando al Primer ministro italiano y al Presidente de la Comisión Europea, cuando acudían a rendir homenaje a los muertos rescatados del naufragio.

El malestar de los lugareños es comprensible por el abandono denunciado por su alcaldesa, Giuseppina Nicolini, y por las organizaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes y aspirantes a refugiados. El propio Papa Francisco, que hizo una visita a la isla el pasado mes de julio, urgió a los poderes responsables a realizar un esfuerzo de prevención de futuras tragedias. Como tantos otros llamamientos, también cayó en saco roto.   

CAUSAS ANTIGUAS Y RECIENTES

Lampedusa, con sus 20 kilómetros cuadrados y sus 6.000 habitantes, es el epicentro de la convulsión que vive el Mediterráneo desde hace años. Estos años, la pequeña isla ha hecho un esfuerzo encomiable. La presión migratoria africana, debido a las pavorosas condiciones de vida en el continente, se ha visto agravada recientemente por la inestabilidad en los países árabes ribereños.

La revolución y posterior crisis en Túnez, la revuelta contra Gaddaffi y la intervención de la OTAN, que provocó el cambio de régimen y el caos actual en Libia y, más recientemente, la guerra en Siria, sin olvidarnos de la interminable sangría en Somalia y la menos conocida de Eritrea, ha provocado un incremento dramático del éxodo de una población desesperada. En el año de las revoluciones árabes, 2011, perecieron en aguas mediterráneas más de un millar y medio de personas, según la propia oficina de refugiados de las Naciones Unidas. Otras organizaciones como Fortress Europe elevan la cifra a más de dos millares. Sesenta mil personas consiguieron llegar a las costas, aterrorizadas y exhaustas, pero vivas. En lo que va del presente año, ya se han contabilizado, según fuentes oficiales de la UE, más de 30.000 personas arribadas por esta ruta del Mediterráneo central, con Lampedusa como lugar de recalada preferente, aunque no exclusivo. Calabria y Plugia también ha recibido un número importante de desesperados. Malta también se encuentra desbordada.

Hasta ahora, la respuesta europea ha sido más policial que humanitaria. Los golpes de pecho y las lágrimas de cocodrilo no esconden el fracaso o, mejor dicho, la ausencia total de una política de acogida solidaria y eficiente. Peor aún, las medidas claramente xenófobas e insensibles del anterior gobierno italiano de derechas interpusieron más obstáculos que soluciones. Una ley de 2009 criminalizó a los inmigrantes ilegales que no demandaran asilo.

Tras la revolución tunecina, y con la deliberada intención de sacarse de encima a los que llegaron por miles a costas italianas, el entonces ejecutivo de Berlusconi y la Liga Norte decidieron darles visados para que circularan durante seis meses por territorio europeo, contrariando los acuerdos de Schengen. Sarkozy se alarmó y acordó con Berlusconi mover los mecanismos de actuación en Bruselas. Llegó la respuesta. Pero fué policial. Solamente.

LOS LÍMITES DE FRONTEX

Se reforzó FRONTEX, el dispositivo de vigilancia de las fronteras exteriores, en este caso meridionales, de la Unión. Debido a la situación en Siria y la persistencia de otros focos de inestabilidad en Somalia, Eritrea y Libia, la agencia europea había desplegado cuatro navíos y dos aeronaves adicionales en la ruta del Mediterráneo central. Ahora, tras la última tragedia de Lampedusa, se insiste en lo mismo y se anuncian más patrullas. La Comisaria de asuntos interiores ha pedido a los ministros 50 millones de euros para un refuerzo suplementario.

Algunos analistas cuestionan la efectividad de estas medidas. Joanna Parkin, una especialista en migración del Centro para Estudios Políticos europeos, con sede en Bruselas, recordaba estos días al NEW YORK TIMES que FRONTEX no tiene poderes operacionales. Pero, en todo caso, es dudoso que esta agencia pueda ser responsable de algo que es de naturaleza política y no operativa: la protección de los que llegan.
El asunto, por tanto, no es sólo económico o de recursos. Es conceptual. AMNISTÍA INTERNACIONAL, en un comunicado emitido estos días, pone el dedo en la llaga al señalar que los Estados "han dedicado cada vez más recursos al control policial de las fronteras de la Unión Europea, en vez de a salvar vidas y proteger a las personas". AI y otras organizaciones de derechos humanos reclaman que se revisen las políticas migratorias y de asilo, no sólo porque resultan insensibles sino también ineficaces. La restricción migratoria no impide la llegada. Sólo empuja a los desesperados a intentar vías de entrada más arriesgada y con menos garantías. Menos vivos en los centros de acogida, más muertos en las playas o en el mar.
               
UN NECESARIO DEBATE SOCIAL

Obviamente, lo esencial es combatir las causas y no sólo responder a las consecuencias, aunque esto último suele ser perentorio. Las razones por la que se producen estas corrientes migratorias son complejas y muy difíciles de abordar, porque responden a desequilibrios profundos, a conflictos enquistados y a políticas abusivas prolongadas contra los derechos humanos y las libertades. Los intentos de prevenir flujos desordenados y masivos de personas con los responsables políticos de los países de origen se convierten en puras operaciones de imagen, para los de aquí y para los de allá, con escasos resultados prácticos.
               
Para ser rigurosos, la indignación por las tragedias como Lampedusa no puede ocultar un sentimiento de malestar en amplias capas sociales por la presión migratoria. En ese caldo de cultivo han crecido los partidos xenófobos o de extrema derecha, hasta convertirse en elementos decisivos para formar coaliciones de gobierno o en factores de desestabilización política. Y ello ocurre en países con una sólida tradición de acogida como Noruega, Suecia, Dinamarca u Holanda, tanto o más que en otros menos solidarios. El último triunfo del Frente Nacional en Francia, aunque parcial y limitado, responde a este clima.

Las consecuencias ya se dejan ver. Según datos de EUROSTAT de esta misma semana, el número de peticionarios de asilo en Europa se ha incrementado en un 50% en el segundo trimestre de 2013 con respecto al mismo periodo del año anterior. Pero la gran mayoría de estas demandas, más de las dos terceras partes, han sido rechazadas.

Esta respuesta restrictiva no puede imputarse sólo a la derecha europea. Para ser justos, la mayoría de la izquierda socialdemócrata muestra signos de indecisión y desconcierto. En Francia se han denegado el 80% de las peticiones. Las declaraciones sobre los gitanos realizadas por el ministro socialista francés del Interior, Manuel Valls (de origen español, por cierto), que obligaron a la intervención correctora del propio Hollande, han contribuido a  enturbiar el debate.
                 
A petición precisamente de París, la cumbre europea de finales de mes abordará la cuestión migratoria. Pero no hay muchos motivos para ser optimista. Domina la impresión de que falta impulso político. El 'papelón' de Letta y Barroso en Lampedusa no anticipa cambios mayores. 

SICOFANTES POLÍTICOS

 3 de Octubre de 2013

Pregunta de un inventado juego de trivial político: ¿Qué tienen en común Berlusconi y el sector más radical del Partido Republicano de Estados Unidos?

Respuesta tentativa: Son una especie actualizada de sicofantes políticos.

Para los que no lo recuerden, en la antigua Grecia, a falta de fiscales, ciudadanos particulares, supuestamente virtuosos, hacían el papel de acusadores. Era denunciantes voluntarios que actuaban, por cuenta propia o ajena, supuestamente para defender el bien común, la moral o la seguridad públicas. Se les denominó sicofantes. El uso y abuso de esta práctica terminó fabricando intrigantes, chantajistas y delatores que dejaron de vigilar los intereses de la comunidad en beneficio de los suyos propios, de su enriquecimiento ilícito, mediante la amenaza y la intimidación.

FALACIAS EN EL D.C.

La estrategia de elaborar casos falsos para defender supuestas causas justas bien podría considerarse como un ejercicio de impostura política.  Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el bloqueo parcial del funcionamiento del gobierno, privándole de los fondos necesarios para el ejercicio efectivo y cotidiano de sus funciones, con el propósito declarado de impedir que empiece a aplicarse la ley de reforma sanitaria ('Affordable Health Care Act').

En este sentido, podríamos considerar sicofantes, al uso de nuestros tiempos, a los legisladores republicanos de Estados Unidos, que contemplan la mínima intervención del poder público para corregir desequilibrios sociales como una amenaza para la libertad individual. Se arropan en confusas resonancias 'jeffersonianas' de protección del individuo ante la voracidad intrínseca de cualquier gobierno.
No sólo pretende la facción extremista del Partido Republicano neutralizar la aplicación de una ley aprobada legítimamente y revalidada constitucionalmente en el Tribunal Supremo. Más aún, se trata de seguir impidiendo que el 15% de la población de Estados Unidos carente de atención sanitaria pueda acceder a ella, no de forma gratuita, sino bajo unos esquemas que aquí en Europa rechazaríamos por tímidos e insuficientes.

Decía Obama el otro día que el chantaje operado por estos republicanos recalcitrantes tiene una motivación ideológica. El Presidente ha respondido adecuadamente al desafío opositor, manteniendo la línea junto a sus correligionarios demócratas. Pero es discutible la invocación ideológica. La ideología es casi siempre sospechosa en Estados Unidos. Contrariamente al pragmatismo y la eficacia, que son rasgos muy valorados en la política norteamericana. Una cosa son los principios, que casi nunca se discuten, porque todos los enarbolan, a veces con notoria hipocresía; y otra, la ideología, ya sea conservadora o liberal. Generalmente no es bienvenida porque se cree que dificulta la cultura del pacto, la negociación, el chalaneo.

Estos días hemos visto mucho de esto en los pasillos del Congreso. La supuesta emergencia nacional que constituía la aplicación de la reforma sanitaria era objeto de mercadeo, mediantes propuestas y contrapropuestas legislativas para salvar la cara y eludir el coste político que suponía la privación de fondos para agencias gubernamentales. En voz alta se mantenía el discurso de los principios, pero los sicofantes parecían dispuestos a aceptar un pacto que atendiera conveniencias a corto plazo.
Finalmente, no funcionó el pragmatismo. Los republicanos se han visto atrapados por su facción más extremista. Así llevan desde el triunfo de Obama, e incluso antes, convencidos de que la crisis resultaba un momento más que propició para canalizar el malestar ciudadano contra todo lo que suponga administración, fiscalidad, gestión pública, nivelación de rentas...

En 1994, cuando sus antecesores radicales rumiaban la ruina de la presidencia de Clinton, provocaron un auténtico boomerang político. Hasta el punto de que el presidente demócrata obtuvo en 1996 una de las victorias más aplastantes de la posguerra. Pero entonces no disponían de un aparato político convenientemente preparado y madurado. Ahora, pese a la derrota en 2012, los republicanos siguen fatalmente atrapados en el mensaje mesiánico y tramposo del 'Tea Party', aunque esta corriente errática se haya disuelto en la inconsistencia.

La supuesta "ideología" que denuncia Obama no es, efectivamente, más que ejercicio de impostura. Denuncia falsa de un crecimiento excesivo del poder del Gobierno, en este caso en un área tan sensible como la salud. Cuando lo que verdaderamente constituye un escándalo merecedor de una denuncia pública constante y tenaz es el estado lamentable en que se encuentra la salud de decenas de millones de ciudadanos norteamericanos. La 'Obamacare' es un parche, como mucho una mejora. No es una iniciativa 'socialista', como se ha llegado a oir y leer en los opúsculos de los sicofantes.

BERLUSCONI SE DISPARA EN EL PIE

Un caso análogo existe en Italia, por cuenta del gran sicofante por excelencia de la política local. Silvio Berlusconi llegó al poder en el mismo año en que sus afines políticos norteamericanos boicoteaban la administración Clinton. Aupado en una 'denuncia' pública de la inoperancia, el despilfarro y la corrupción que habían destruido la Primera República italiana, cosechó un éxito rotundo. Hubo quién lo creyó a pies juntillas, y no sólo los electores italianos, desengañados y cínicos. Las propuestas 'liberales' y 'reformistas' de 'Il Cavalieri' encontraron cierto respaldo en los oráculos políticos de esos años, en que se consolidó la destrucción del modelo social europeo.

No tardó mucho en ponerse en evidencia la falacia de la denuncia 'berlusconiana'. Ejemplo casi perfecto del sicofante moderno, Berlusconi incurrió en todo aquello que denunciaba antes incluso de ejercer la función pública. La regeneración institucional se convirtió en el aprovechamiento más escandaloso de la función pública en beneficio propio.  Berlusconi reinventó la corrupción, porque no la utilizó para enriquecerse, sino para proteger su enriquecimiento previo, coincidente y posterior.

Eso mismo es lo que hay detrás de su última mascarada política. El sicofante italiano ha utilizado una subida del IVA para acusar al gobierno, al que teóricamente apoyaba, y del que formaba parte su formación política con seis ministros, de ahogar fiscalmente a los italianos. Detrás de esta falsa denuncia, apenas se escondió su desesperado intento de disolver las Cámaras y paralizar así el proceso de su destitución como senador, tras la última sentencia judicial por delito de fraude fiscal. Unas elecciones generales anticipadas podrían, calculaba el sicofante, mejorar sus posiciones y colocarlo en posición de seguir blindándose contra la actuación de la justicia.

Tan burda 'acusación' al jefe del gobierno, Enrico Letta, provocó una incomodidad indisimulable en sus propios ministros, incluso en los más acérrimos seguidores. Se abre paso el convencimiento creciente de que al sicofante italiano le ha llegado la hora del retiro. Su maniobra de última hora en favor de otorgar la confianza al gobierno sólo ha reforzado la percepción de ridículo e impotencia. El desprestigio de 'Il Cavalieri' es tan hondo que casi resulta imposible que no termine su carrera política en la ignominia.

                

IRÁN: UN CAMINO SEMBRADO DE MINAS

25 de septiembre de 2013

El primer paso hacia una resolución pacífica del conflicto originado por el rechazo occidental al proyecto nuclear iraní se ha escenificado en Nueva York, que se convierte en capital del mundo en estos primeros días de otoño, con motivo de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El entorno del nuevo presidente iraní, Hassan Rohaní ha desarrollado una intensa actividad diplomática y de relaciones públicas desde hace varios días, con una intención clara: cambiar la dinámica de las relaciones con Estados Unidos y propiciar un proceso negociador.

La perspectiva de un acuerdo ha creado una gran excitación en dirigentes políticos, diplomáticos y expertos de todas las partes interesadas. Se han perfilado posiciones previas, a favor, en contra o desde cierta neutralidad escéptica.

En lo que coinciden todos, sin embargo, es en la motivación iraní: conseguir que se levanten las sanciones que ya han perturbado significativamente el funcionamiento económico del país. Especialmente lesivo está resultando el bloqueo de las transferencias de dinero.

LA BENDICIÓN DEL GUÍA

En su momento, ya comentamos que la elección de Rohaní pudo haber sido menos sorpresiva, pero más calculada de lo que parecía. Esa impresión se evoca de nuevo ahora, al señalar algunas voces autorizadas iraníes que el Presidente no actúa como llanero solitario sino con el aval, e incluso el impulso, del Guía Supremo, el Ayatollah Jamenei.

En Occidente se tiene una idea una percepción a veces un poco simplista del sistema político e institucional iraní, extraordinariamente complejo y  contradictorio. La innegable hegemonía de la jerarquía religiosa no excluye oscuras luchas de poder e influencia, más o menos encauzados en consejos, comités y organismos de distinta índole y competencia.
Pero más allá del laberinto institucional, se tiende a señalar dos sensibilidades fundamentales: una moderada, pragmática, inclinada a encontrar acomodo con Estados Unidos y el resto del mundo occidental (con la excepción de Israel); y una radical, convencida de que los ‘infieles’ sólo pretenden destruir la revolución iraní, que nunca aceptaron. 

El anterior presidente, Mahmud Ahmadineyad, era percibido en estas latitudes como ‘radical’ por el tono frecuentemente incendiario de sus discursos, su hostilidad manifiesta hacia Israel y su negativa contumaz del Holocausto. Y, sin embargo, este participante en la toma de rehenes de la embajada norteamericana en Teherán, tenía muy poderosos enemigos en el ‘establishment’ iraní, incluido el propio Jamenei.
Por el contrario, su antecesor, Mohamed Jatami, un moderado y reformista declarado, en su condición de clérigo eminente y hombre culto y prudente, contaba con el respaldo de la élite religiosa del país. Lo mismo puede decirse de su programa de acercamiento y conciliación con Occidente contó con el respaldo, que difícilmente pudo iniciarse sin ese consentimiento. Lo que hizo caer en desgracia a Jatamí y a su equipo reformista fue la presión de los ‘radicales’ ante la falta de resultados prácticos, tanto en la agenda interna como externa.

Eso mismo es lo que los analistas prevén ahora que pueda ocurrirle a Rouhaní, en su momento un hombre vinculado a Jatamí. “Los presidentes iraníes cuenta con espacio de maniobra en su primer año y luego declinan”, le ha dicho iraní el veterano Dennis Ross (asesor de varios presidentes norteamericanos en Oriente Medio e Irán) a THE NEW YORK TIMES, a cuenta de las posibilidades de Rouhaní.

OBAMA, PRECAVIDO

Obama se ha mostrado activo, pero cauto ante la apertura iraní. En su discurso ante la Asamblea General ha dejado claro que está dispuesto al ‘engagement’; es decir, a establecer un diálogo constructivo, a negociar. Se cuidó mucho de no dar rienda suelta a las expectativas y afirmó que “la vía diplomática merecía ser ensayada”. Es lo que siempre ha sostenido Obama, antes incluso de sentarse en el Despacho Oval. La elección de Ahmadineyad, en junio de 2009 no fue la causa del fracaso de la vía diplomática, sino una manifestación más de la falta de confianza de la élite iraní en un acuerdo satisfactorio con Washington.
La presión de Israel ha jugado también un papel poco positivo en esta situación de bloqueo. Los dirigentes conservadores israelíes han utilizado todos los elementos de tensión a su alcance para provocar una resolución de Obama a favor de la opción militar. Lo intentaron con Bush y no consiguieron. El enrarecido clima de las relaciones bilaterales, debido a los desencuentros sobre los conceptos básicos del dossier palestino, no facilitó la concertación de entre ambos socios.

No es extraño, por eso, que las percepciones más negativas sobre este nuevo intento de apertura iraní provengan de Israel. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha encabezado la línea crítica al calificar las declaraciones de Rohaní a varios medios de comunicación norteamericanos de “pura propaganda”. Muy en su línea, Netanyahu tildó al presidente iraní de “lobo vestido de cordero”. Lo apoyan, y más que lo harán, no sólo el famoso lobby judío norteamericano, sino numerosos republicanos ávidos de explotar cualquier oportunidad de poner contra las cuerdas al Presidente. Diplomáticos y expertos más templados comparten este escepticismo y consideran que Teherán quiere ganar tiempo, abonar las discrepancias que pudieran existir entre norteamericanos e israelíes, hacer algunas concesiones menores para obtener al menos un aligeramiento de las sanciones y mantener intacta la capacidad de recuperar su proyecto nuclear.

En la Casa Blanca se comparten las aprensiones, pero no la respuesta que la oportunidad merece. Por eso razón, se ha elaborado ya una lista de actuaciones concretas que esperan de Irán, en relación con el desarrollo técnico del programa atómico, para confirmar que su posición negociadora es seria. Sin entrar en lo específico de la materia, lo que se pretende, básicamente, es que Irán retroceda al punto en que no quepan sospechas de deriva militar de su capacidad nuclear. Cuando se empiecen a dar pasos significativos en ese sentido es cuando se podrá contemplar la cancelación progresiva de las sanciones ahora en vigor.

Ambas partes actúan con una cautela comprensible. Obama no puede permitirse un ‘gatillazo’ diplomático más, después de las experiencias en la crisis de Egipto y Siria -y la más que dudosa perspectiva de las negociaciones palestinas. Rohaní tiene el tiempo medido, y su ‘controlador’, el Ayatollah Jamenei no podrá cargar sobre el Presidente toda la responsabilidad del fracaso.