BOSNIA: LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

10 de noviembre de 2021 

Bosnia-Herzegovina se encuentra en el momento más peligroso desde el final de las operaciones bélicas, a finales de 1995. Así lo estiman distintos diplomáticos y políticos de las potencias occidentales tutoras y numerosos periodistas y observadores locales. El actual presidente de la República Srpska (RS) de Bosnia, Milorad Dodik, ha anunciado su intención de recuperar competencias transferidas al gobierno central en tres ámbitos esenciales: justicia, fiscalidad y defensa. Lo que supondría, en la práctica, una secesión en toda regla.

Dodik escogió cuidadosamente el momento y la ocasión para hacer esta proclama: el trigésimo aniversario de la autoproclamación de la Asamblea constituyente de la República Sprska (RS), en octubre de 1991, en la pequeña localidad montañosa de Pale, a sólo unos kilómetros de Sarajevo (1). Este órgano fue la cobertura legitimadora del boicot serbio, primero político y luego militar, al nacimiento de Bosnia-Herzegovina como nuevo país independiente extraído de la Yugoslavia en ruinas. Tras una serie de provocaciones e incidentes de origen oscuro, se produjo el estallido bélico, en la primavera de 1992. Las facciones nacionalistas serbobosnias más radicales, con el apoyo de la mayoría del Ejército federal yugoslavo (cuya oficialidad era primordialmente serbia) se rebelaron contra los planes secesionistas de los nacionalistas bosnio-musulmanes, que representaban a más del 40% de la población. Para entonces, Yugoslavia sólo existía ya sobre el papel.

En realidad, no es exagerado decir que la guerra no terminó con los acuerdos de paz de Dayton, Ohio, en noviembre de 1995. Más bien continuó por medios no militares: políticos, propagandísticos e institucionales. Dayton fue simplemente el resultado del agotamiento militar de los contendientes y diplomático de los actores internacionales. Una falsa solución.

 UN MOMENTO CRUCIAL

De materializarse, e órdago de Dodik representaría el vaciamiento de la arquitectura institucional acordada en Dayton y el fin del estado unitario bosnio. La historia retrocedería de nuevo treinta años. En 1995, Bosnia- Herzegovina quedó constituida como una suerte de Confederación, integrada por la Federación de croatas y musulmanes y la República Srpska (serbia), con unas instituciones comunes y otras privativas de cada una de las dos partes.

Con su declarada ruptura de la casa común, las actuales autoridades serbobosnias no sólo pretendían celebrar el anterior y traumático intento de separarse de Bosnia, sino forzar un replanteamiento constitucional, según las interpretaciones más optimistas, o provocar una ruptura total e irreversible. Enterrar Dayton. Lo que supondría atizar el riesgo de guerra (2).  

Había otro motivo para encajar el envite serbio. Este mes de noviembre debía procederse a la renovación del mandato de la EUFOR, la fuerza residual de entre 600 y 700 soldados de la OTAN, cuya misión es garantizar (formalmente) la paz, bajo la cobertura de las Naciones Unidas. Bosnia funciona como una suerte de protectorado internacional, cuya autoridad máxima es la Oficina del Alto representante (OHR) nombrado por el Consejo de Seguridad de la ONU. En la práctica, son las potencias occidentales quienes ejercen la tutela. A lo largo de estos años, el puesto de jefe de la OHR ha sido desempeñado por diplomáticos o político germano-parlantes (austríacos y alemanes). El actual,Christian Schmidt, asumió el cargo hace apenas tres meses. Es un exdiputado de la ultraconservadora Unión Social Cristiana de Baviera. La interlocución de las autoridades serbias de Banja Luka con Schmidt ha sido aún más difícil que con sus antecesores. El presidente Dodik lidera el partido mayoritario en la República Srpska, con un 39% de los votos en las últimas elecciones (2018). Se denomina Alianza de Socialdemócratas independientes (ASDI), pero se trata, en realidad, de un partido nacionalista radical más, pero más hábil en su propósito de combinar el orgullo patrio con evocaciones confusas del antiguo régimen social-comunista yugoslavo.

Como ya ocurriera durante el periodo bélico (1992-1995), los serbobosnios cuentan con el apoyo, no muy decisivo, en todo caso, de Rusia, ahora si se quiere más ruidoso, por el creciente enfrentamiento de Moscú con las potencias occidentales. En este gélido ambiente internacional, China se ha sumado al juego de equilibrios en favor de los serbios, entre otras cosas por los importantes negocios que empresas chinas desarrollan tanto en la República de Serbia, la hermana mayor de los serbobosnios.

En las semanas previas a la sesión del Consejo de Seguridad, la alianza ruso-china ejerció presión contra Schmidt. Moscú y Pekín amenazaron con votar la renovación de la EUFOR. Al final, se negoció que el Alto Representante no leyera su informe ante el Consejo, para dar luz verde a la EUFOR. El informe de la OHR se remitió a cada embajador y se hizo público, como era de esperar. Un paripé que dejó a cada parte más o menos satisfecha: a cambio de la renovación del mandato de las tropas, el alemán sufrió un desprecio público (3).

Este enjuague diplomático no resuelve, empero, el problema de fondo: la cada vez más complicada convivencia entre las dos partes constitutivas de la confederación bosnia. Todo el mundo coincide en que la quiebra es total. Dodik siente que cuenta con el apoyo de Moscú (menos expreso el de Pekín), para crear su propio Ejército, su fiscalidad y su justicia (4).

El desafío no parece una mera bravuconada. El entorno lo favorece. Los partidos nacionalistas han consolidado su dominio no sólo en el resto de Bosnia, sino en la mayor parte de los países vecinos. La pasividad o la impotencia occidental es corolario del terrible fracaso experimentado durante la guerra de los noventa. Estados Unidos delegó en Europa la tutela de Bosnia y el proceso de estabilización. Pero las cosas no han funcionado.

Ante la gravedad de la crisis actual, el número dos del Departamento de Estado norteamericano ha visitado Sarajevo y Banja Luka estos días y parece haber aplacado a todas las partes. No se confía mucho en que se haya diluido el riesgo (5).

UN ENTORNO VOLÁTIL

Una pieza clave de la evolución positiva era la integración de las exrepúblicas yugoslavas en la Unión Europea. Pero estamos donde estábamos. La última reunión para evaluar avances en las condiciones puestas por los 27 a los aspirantes, celebrada en octubre, resultó decepcionante (6). Francia ejerce un papel especialmente negativo, por entender que las tareas están lejos de cumplirse. El COVID-19 ha venido a complicar el acercamiento de los Balcanes a Europa, pero ya antes de la pandemia reinaba un pesimismo atroz.

En la propia Bosnia, la amenaza de ruptura no viene sólo de los serbios. Los croatas que integran la Federación con los musulmanes han vuelto a reivindicar la creación de una entidad propia, lo que supondría el final del equilibrio de Dayton. El nacionalismo croata es tan virulento como el serbio y el acomodo de estas últimas dos décadas y media se ha vivido siempre como una solución provisional. Si los serbios dan un paso más hacia la ruptura, se da por seguro que los croatas harían lo propio.

En los países vecinos, tampoco reina la concordia. Macedonia del Norte creía haber logrado un desbloqueo después de solucionar a medias el conflicto del nombre, que le ha granjeado durante décadas la enemistad de Grecia, pero los avances han sido mínimos. Ahora mismo, el país se encuentra con un primer ministro dimisionario tras los pobres resultados obtenidos en las recientes elecciones municipales. Una oposición dominada por los conservadores de orientación nacionalistas (VRMO) quiere encabeza una opción alternativa, pero los distintos partidos de la minoría albaneses presentan posiciones distintas. Se modifican las alianzas día a día. Lo más probable es que haya elecciones generales a no tardar.

En Serbia gobierna con mano de hierro el llamado Partido Progresista (otro nombre más que equívoco), liderado por Alexander Vucic, un exministro de Milosevic y nacionalista ultraconservador. Ante la desconfianza europea, las autoridades serbias se han acercado notablemente a China, que ha hecho del país uno de los baluartes europeos de su moderna ruta de la seda (inversiones en infraestructuras). Además, la tensión con Kosovo no afloja Sigue siendo un factor de movilización propagandística. La minoría serbia agita la denuncia de opresión y vulneración de derechos, mientras los partidos ultranacionalistas, derrotados en las urnas, obstaculizan la tarea de un gobierno más escorado a la izquierda, pero débil y poco favorable al diálogo con Belgrado.

Finalmente, en Turquía también se toman posiciones ante el  empeoramiento de la situación en Bosnia. Sectores muy activos de la sociedad civil favorables a los musulmanes exigen al gobierno que no sea tímido en el apoyo al gobierno central de Sarajevo. Pero esta vez  Erdogan ha surgido como mediador, quizás por su alejamiento de Occidente. Tal vez vea en la crisis bosnia una oportunidad para recuperar peso, ahora que la oposición se muestra unida en su contra, por primera vez en más de veinte años. La complicación de sus aventuras exteriores (Libia o Siria) puede empujar al nuevo sultán a revivir en Bosnia (durante siglos una provincia otomana) ilusorias ambiciones de potencia (7). Lo que encendería a Grecia, siempre más cerca de los ortodoxos serbios, con la que se ha reactivado el pulso en el Egeo por los yacimientos de gas natural, en un momento de especial tensión energética entre Europa y Rusia. En fin, un panorama endiablado que evoca los ecos más peligrosos de la última guerra en Europa.


NOTAS

(1) “Bosnie-Herzégovina: La Republika Sprska veut son armée, sa justicie and son fisc”. COURRIER DES BALKANS, 11 de octubre.

(2) “The fragile state of Bosnia and Herzegovina. Bosnian serbs are playing with fire”. DER SPIEGEL, 27 de octubre; “Time to act on Bosnia’s existential threat”. MAJDA RUGE. FOREIGN POLICY, 3 de noviembre.

(3) “UN Security Council extends Bosnian peacekeeping force after Russia and China appeased”. REUTERS, 4 de noviembre.

(4) “Bosnie-Herzégovine: Milorad Dodik joue avec le feu”. ELVIRA JUKIC-MUJKIC (Observatori Balkani e Caucaso). COURRIER DES BALKANS, 4 de noviembre.

(5) “Bosnian Serg strongman may halt threatening moves US diplomat”. BALKAN INVESTIGATIV REPORT, 8 de noviembre.

(6) “Sommet UE-Balkans occidentaux: à Brdo, la promesse d’élargissement sans date ni plan”. COURRIER DES BALKANS, 7 de octubre.

(7) “Turkish government urged to speak out about Bosnia’s political crisis”. BALKAN INVESTIGATIV REPORT, 4 de noviembre; “Feuding Bosnian look to Turkey to mediate Crisis”, (ibid.), 10 de noviembre.

EL GLOBO DE GLASGOW

 3 de noviembre de 2021

La primera fase de la cumbre medioambiental COP26 ha dejado dos compromisos de relativo alcance: la reducción de emisiones de gas metano, uno de los más activos en el calentamiento global, y la adopción de medidas para acabar con la deforestación durante la próxima década. Glasgow ya tiene un resultado que exhibir, aunque resulte insignificante en comparación con la magnitud de los desafíos.

La vigésimo sexta edición de estas conferencias para salvar el planeta seguirá adelante ahora con la participación de activistas, científicos, negociantes y funcionarios que trabajan a diario, desde intereses y perspectivas diferentes, en el ilusorio empeño de evitar la catástrofe.

En vísperas de la cumbre, el Panel científico de Naciones Unidas advirtió que el objetivo de no superar los 2º C de calentamiento adicional en 2050 está más lejos, y que es casi imposible conseguir el umbral del 1,5º C. Al ritmo de los últimos años, el ecosistema terrestre se habrá calentado 2,7º C cuando se llegue a la mitad del siglo (1).

Al cabo, Glasgow habrá sido un globo inflado más, como los veinticinco anteriores. Los líderes mundiales asistentes han competido por acaparar titulares con las frases más sonoras y formular las advertencias más alarmantes, como si no dependiera en gran parte de ellos abordar radicalmente la solución de los problemas que hacen la tierra cada vez más inhabitable.

Aparte de la operación de relaciones públicas, estas cumbres climáticas son, en realidad, una prolongación escénica de las rivalidades geoestratégicas (2). La ausencia de los presidentes de China y Rusia ha servido para que los líderes occidentales agiten el dedo acusador contra ellos, como irresponsables o al menos insuficiente o no sinceramente comprometidos con la preservación de la casa común.

La hipocresía es un componente insustituible de las relaciones internacionales, en tanto mecanismo equilibrador de las dinámicas de poder. El clima es un terreno propicio, porque se mueve el terreno del futurismo catastrófico, avalado por síntomas bien reales e inquietantes de la realidad presente: inundaciones, sequías, incendios, desertización y otras manifestaciones extremas cada vez más extensas y devastadoras (3).

La lógica propagandística de las declaraciones grandilocuentes, por fundamentadas que resulten, consiste en aceptar un grado aceptable de responsabilidad propia (“tenemos que hacer más”, “no podemos conseguir frenar de golpe el calentamiento, pero sí dar pequeños pasos”, etc.), al tiempo que se desplaza la acusación más severa hacia los rivales, adversarios o competidores en la lucha por la hegemonía planetaria. En el discurso oficial de las principales potencias occidentales hay una recriminación hacia los países emergentes por su pretendida ceguera desarrollista, acentuada por el impulso autoritario crudo (casos de Rusia o China) o matizado (India, Brasil), cuya prosperidad se basa en el consumo y/o explotación de recursos fósiles y altamente contaminantes (4).

Las discusiones interminables sobre las medidas necesarias para frenar y/o revertir el desastre futuro estas dominadas por datos y cifras de la contaminación atmosférica presente, como si el calentamiento global fuera algo reciente, aunque se sabe muy bien que se trata de  fenómeno acumulado durante más de dos siglos, desde el inicio de la Revolución industrial. Pero incluso, si nos atenemos a las emisiones de ahora, China, el más señalado, contamina menos per cápita que Estados Unidos, por ejemplo.

Los países emergentes oponen una narrativa ambigua que defiende el porvenir del planeta sin renunciar a su derecho al desarrollo, a la prosperidad, a la riqueza material de los que han sido privados por siglos de colonialismo, explotación y dependencia. Los países ricos admiten con la boca pequeña este argumento, de ahí que acepten compensar a los pobres con promesas de financiación de la transición ecológica. Pero este compromiso, como el de la reducción de emisiones de gases, no se han cumplido. De los 100.000 millones anuales prometidos en el COP de 2009 en Copenhague con el entonces horizonte de 2020, apenas si se ha desembolsado un 30%. En Glasgow se ha renovado el compromiso, pero a desembolsar a partir de 2023. Aunque se cumpliera esta vez, lo cual es más que dudoso, la apuesta está lejos de ser generosa. Sólo por poner el ejemplo de Estados Unidos, primer contribuyente potencial, la cantidad prometida (y no antes de 2024) es de 11.400 millones de $ (hasta la fecha sólo ha puesto la mitad). Como denuncia Mohamed Adow, director de la ONG Power Shift Africa, en proporción a su PIB y población, Estados Unidos debería aportar 45 mil millones y, si se tuviera en cuenta las emisiones acumuladas esa cantidad se elevaría a más de 50 mil millones (5).

Las cifras globales resultan apabullantes. Según la ministra surafricana de medio ambiente, los países pobres necesitarían 750 millones de dólares anuales para protegerse de los efectos del cambio climático (fase de mitigación) evadirse de los combustibles fósiles (fase de adaptación). Sólo la India, otro gran emisor actual, necesitaría 2 billones y medio de $ (6).

No obstante lo anterior, la voz de estos países emergentes que se escucha en Occidente, no es la de sus habitantes más pobres, sino la de unas élites que exhiben un discurso exterior victimista o reivindicativo mientras practican políticas ferozmente antiigualitarias. La contaminación que propician no beneficia a la mayoría, mientras los efectos inmediatos del calentamiento hacen la vida aún más miserable a los que menos tienen.

LA REALIDAD COTIDIANA

Después de Glasgow cada cual se afanará en resolver los conflictos del presente más inmediato. El caso de Estados Unidos no es único, pero si uno de los más significativos, por su dimensión e influencia.

El presidente Biden se excusó por las inconsistencias aparentes de su programa de transición ecológica que combina la apuesta por la economía verde sin renunciar al fomento de las actividades contaminantes,  con el aparente argumento racional de que no se puede cambiar de modelo productivo de un año para otro, ni siquiera en el horizonte de una década. En el ejercicio de las culpas derivadas, encontraba en su predecesor un villano indiscutible, por abjurar de los compromisos de París 2015.

Pero más que un horizonte planetario catastrófico, lo que quitará el sueño a Biden será la resistencia interior al cambio. Puede agitar su dedo acusador contra chinos y rusos, pero son los grupos de presión norteamericanos (multinacionales, en realidad), los que obstaculizarán su empeño más o menos sincero de ponerse en paz con el planeta. Los operadores políticos de estos intereses no son sólo sus adversarios de la derecha republicana radicalizada. Los lobbies de las industrias fósiles y de las grandes compañías farmacéuticas engrasan las campañas del senador Manchin (Virginia Occidental) y la senadora Sinema (Arizona), ambos demócratas, que bloquean el paquete socio-ecológico de Biden, aludiendo su elevado coste presupuestario.

Esta pugna política interna ha debilitado notoriamente a la Casa Blanca. Pero, por si esto no fuera poco, la derrota del candidato demócrata en las elecciones a gobernador en el estado de Virginia, uno de los termómetros de la oscilación política estadounidense, confirma un empeoramiento de las perspectivas de Biden y proyecta sombras inquietantes para las elecciones legislativas de medio mandato de 2022. De nuevo, un presidente demócrata se atasca en el primer tramo de su recorrido, como ya les ocurriera a Obama y a Clinton. Estos reveses obligarán a Biden a seguir renegociando a la baja su paquete social y ecológico. A desinflar un poco más el globo de Glasgow.

       

NOTAS

(1) “World faces disastrous 2,7º C temperature rise on current climate plans, UN warns. FIONA HARVEY, environment correspondant. THE GUARDIAN, 26 de octubre.

(2) “Climat: à quoi servant les COP et comment fonctionnet-elles? LE MONDE, 30 de octubre.

(3) “The International Order ins’t ready for the climate crisis”. STEWART M. PATRICK. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre.

(4) “Leaders warn of climate ‘doomsday’ as old rifts divide summit’s firs day”. THE NEW YORK TIMES, 1 de noviembre.

(5) “The Clime debt keeps growing. Rich countries still refuse to pay their share”.  MOHAMED ADOW. FOREIGN AFFAIRS, 28 de octubre.

(6) “Climate summit meets pandemic insulariry”. ANTHONY FAIOLA. THE WASHINGTON POST, 2 de noviembre.

SUDÁN: TEORÍA Y PRAXIS DE LOS GOLPES DE ESTADO EN ÁFRICA

27 de octubre de 2021

El proceso de transición a la democracia en Sudán se ha visto alterado por un golpe militar. En realidad, lo ocurrido ha sido, en realidad, un autogolpe. El teniente general Abdel Fatah Al-Burhan, jefe del movimiento militar, era el líder del llamado Consejo Soberano, el máximo órgano de poder cívico-militar establecido en el país en abril de 2019, tras un movimiento cívico-militar (más lo segundo que lo primero) que derrocó al también general y presidente islamista Omar Al-Bashir. Ese Consejo Soberano tenía la misión de supervisar las tareas del gobierno interino, encabezado por Abdallah Hamdok y convocar elecciones en 2022, en un proceso de paulatina desmilitarización.

A pocos ha sorprendido. El golpe llevaba tiempo madurándose. Se habían producido bloqueos en carreteras y puertos, en las semanas previas. Hasta un ensayo general hubo, hace un mes, aunque no nunca se supo bien quienes fueron los protagonistas de aquella sonada y cuáles eran sus propósito, aunque se creyó que se trató de un intento de los leales a Bashir (2).

Ahora, Hamdok ha sido destituido, detenido y, según las últimas informaciones, colocado en “vigilancia domiciliaria reforzada” (3). En todo caso, Burhan ha prometido cumplir con el proceso de institucionalización, respetar el compromiso electoral y continuar con el mandato de abril de 2019, aunque no ha aclarado si facilitará la entrega de Bashir al Tribunal Internacional de crímenes de guerra, como estaba programado. Los sectores civiles que impulsaron el derrocamiento de Bashir dudaron de la sinceridad del general y convocaron una protesta, que fue severamente reprimida: al menos 7 muertos y 150 heridos.

Un día antes del golpe, un emisario especial norteamericano, Jeffrey Feltman, se había entrevistado con los principales mandatarios sudaneses. ¿Fue puesto al corriente de lo que iba a suceder? No lo parece. La reacción internacional no se ha hecho esperar (4). Se exige a Burhan que restituya a Hamdock en su puesto y vuelva a la senda iniciada en abril. Washington ha anunciado la suspensión de la ayuda. El Consejo de Seguridad de la ONU celebró sesión de urgencia. En toda la crisis se observan unos comportamientos de manual. Un proceso político como el sudanés, que nace de un golpe, se conduce con criterios que poco tienen que ver con las normas democráticas liberales. Occidente recibió con alivio y alborozo el derrocamiento de Bachir porque este dirigente se había alineado con el islamismo más militante, protector en su momento de Al Qaeda e integrante del sector más antioccidental del mundo islámico.

No es que Burhan fuera precisamente un demócrata. Se puso al frente de la rebelión, porque era el militar de más alto grado. Se le atribuía una afinidad más que profesional con Bachir. Pero probablemente desaprobaba alguna de sus posiciones más extremas. Al cambiar de bando o abandonar a su jefe, Burhan se ganó automáticamente la legitimidad que se le negaba. Es probable que ese cambio de lealtades obedecería a la necesidad de controlar un movimiento contestatario popular que se había hecho demasiado grande y vigoroso para eliminarlo. Burhan vuelve a ser villano “desenmascarado”, según un antiguo jefe de misión norteamericana en Sudán (5).

Hamdok presentaba unas credenciales para conducir un proceso político del agrado de Occidente. Es un tecnócrata que ha desempeñado varios trabajos para la ONU; el último antes de convertirse el primer ministro de Sudán fue el de vicesecretario ejecutivo de la Comisión Económica para África. Un perfil idóneo y tranquilizador para las potencias occidentales.

Pero para comprender mejor lo ocurrido hay que superar la perspectiva ideológica. No parece que el golpe se trate de una reorientación o una vuelta al bashirismo. Hay señales claras de que los militares actúan por interés corporativo. El autogolpe puede haber conjurado el riesgo de disensiones militares que ya habían aflorado y de tensiones étnicas en el este del país, quizás manipuladas. Lo ocurrido en Sudán es habitual en África, donde los militares gobiernan directamente o de forma vicaria en la mayoría de los países.  Y con el beneplácito occidental, si se avienen a sus intereses y prioridades. La democracia siempre ha sido secundaria.

Hace unas semanas asistimos a una disputa verbal entre el presidente Macron y las nuevas autoridades golpistas en Mali, país crucial en la lucha que el Estado francés mantiene con las ramas locales del islamismo más combatiente, sea afecto al Daesh o a Al Qaeda. La discordia se produjo por unos reproches del nuevo primer ministro maliano a París, pero se agrandó luego al conocerse la presencia en Mali del grupo de mercenarios Wagner, controlados por Moscú. Durante años, Mali ha sido una pieza clave en el operativo antiterrorista francés en el Sahel. La dudosa calidad democrática del gobierno de turno importaba poco, mientras cumpliera con los imperativos estratégicos de París.

Otro caso que ejemplifica la hipocresía occidental es Túnez. El presidente Kaïs Saïed encabezó otro autogolpe el 25 de julio, aduciendo una situación de emergencia nacional de difícil identificación. Acumuló prácticamente todos los poderes del Estado, declaró el estado de excepción, disolvió la Asamblea Nacional y asumió el gobierno en solitario, más tarde apoyado por personas de su estricta confianza (acaba de designar a una primera ministra técnica). Las potencias occidentales hicieron mohínes de disensión y pidieron una vuelta a la normalidad constitucional, sin muchos aspavientos y, por supuesto, sin amenaza siquiera de sanciones.

Se dirá que el presidente tunecino contaba con apoyo popular y que trataba de superar el bloqueo de una clase política ineficiente. En realidad, Saïed quiso acabar con la hegemonía política de los islamistas moderados de Ennahda, a los que detesta. Lo cual suena muy bien en las cancillerías occidentales. Que el protagonista del autogolpe fuera un civil facilita la “comprensión” entre la opinión pública occidental. En realidad, Saïed no habría actuado como lo hizo sin el apoyo tácito de los militares tunecinos, cuya discreción política es tradicional, contrariamente a lo que ocurre en otros países árabes.

Egipto no ha ocultado su simpatía por el nuevo rumbo emprendido en Túnez. No en vano, allí se abortó la revolución ciudadana de 2011 con un golpe militar que ha llevado el país a cotas de represión mucho más severas que las existentes en los últimos años de Mubarak. El general Al-Sisi es ambicioso y audaz. No sólo se ha convertido en un gobernante absoluto, sino que pretende proyectar la condición de potencia regional de Egipto en los países próximos,  como Libia, Túnez y, por supuesto, Sudán, su vecino del sur.

Las conexiones de general sudanés Burhan con Al-Sisi vienen desde sus años de estudiantes en la Escuela Militar de El Cairo (6). Es aparentemente contradictorio que el actual hombre fuerte sudanés se entendiera bien con su exjefe Omar Bachir, un islamista radical, y con Al-Sisi, enemigo jurado de los Hermanos musulmanes en Egipto o de los islamistas en Libia y Túnez. Una vez más, las cuestiones ideológicas son secundarias, o puras excusas. Egipto mantiene buenas relaciones con los islamistas palestinos de Hamas, no por afinidad doctrinal, sino por conveniencia mutua. Al Sisi utiliza los utiliza para hacer valer su influencia regional ante EE.UU. y ante Israel. Hamas tiene en el presidente egipcio una válvula dudosa pero útil de seguridad y un mediador para salir de las crisis bélicas con Israel cuando se vuelven insoportables.

La conexión egipcio-sudanesa es mucho más profunda y antigua. Al cabo, son dictaduras militares, en la que el interés corporativo prevalece sobre todo lo demás. Se trata de castas que han amasado un importante poder económico, que controlan partes muy importantes de los presupuestos nacionales, con una enorme penetración en sectores productivos de sus países. En Sudán, los militares controlan, entre otras riquezas, el comercio del oro. Las adscripciones ideológicas (democracia, islamismo, panarabismo, etc.) son puros recursos legitimadores. Prevalece la lógica del poder. Eso lo comprende muy bien Occidente, pero también las monarquías ultraconservadoras del Golfo arábigo, que han guardado hasta ahora un silencio muy significativo ante los recientes acontecimientos en Sudán.

 

NOTAS

(1) “Sudan’s military seizes power, casting democratic transition into chaos”. THE NEW YORK TIMES, 25 de octubre; Sudan’s democratic transition is upended by a second coup in three years”. THE ECONOMIST, 25 de octubre.

(2) “Sudan’s leaders say they thwarted coup attempt by loyalists to former dictator”. THE NEW YORK TIMES, 21 de septiembre.

(3) COURRIER INTERNATIONAL, 27 de octubre.

(4) “Inquiétudes et condamnations internationals après le coup d’Etat au Soudan”. LE MONDE, 26 de octubre.

(5) “In Sudan, the masks come off after a military coup”. ALBERTO FERNÁNDEZ. WASHINGTON INSTITUTE, 26 de octubre

(6) https://www.middleeasteye.net/

 

TAIWAN, TEATRO DE BATALLA PROPAGANDÍSTICA

A comienzos de este mes de octubre, en sólo unos pocos días, un centenar y medio de aviones de combate chinos penetraron en la zona de identificación de la defensa aérea de Taiwan; acciones sin precedentes por su intensidad y amplitud, que en Taipei y Washington fueron interpretadas como provocadoras. En ningún momento hubo riesgo serio de confrontación. Aunque los aviones chinos se aventuraron más de lo habitual, no penetraron más allá del espacio por encima de las 12 millas náuticas que la directiva de defensa taiwanesa ha fijado como línea roja. Por otro lado, es política oficial de Taipei “no disparar primero”, salvo orden expresa. (1).

 La prueba de fuerza parecía motivada por impulsos propagandísticos. Por esos días se conmemoraba en ambos países el 110 aniversario de la fundación de la República de China, que el régimen comunista abrogó al triunfar la Revolución y declarar la República Popular en 1949, mientras los nacionalistas que se replegaron a la isla de Formosa han mantenido oficiosamente su fidelidad a la primera China independiente.

En una alocución ante la Asamblea de Pueblo, Xi Jinping empleó un tono veladamente amenazante hacia los “compatriotas de la isla”: “los que olvidan sus raíces, traicionan a su país y tratan de romperlo no acabarán bien”.  A continuación, reiteró el mantra de los últimos años: la unificación se hará realidad cuando China complete su proceso de “rejuvenecimiento”; “por medios pacíficos”, precisó. Le replicó la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen: “tenemos que asegurar que nadie podrá obligarnos a seguir el camino que otros nos pretenden marcar, que no asegura una vida democrática y libre para Taiwan ni la soberanía a sus 23 millones de ciudadanos (2).

En los dos últimos años, Taiwan ha reforzado su reputación en el mundo liberal, debido a su eficaz y transparente gestión de la COVID-19. El país ha sido modelo de desarrollo capitalista y un competente productor de tecnología. Su industria de semiconductores es una de las mejor valoradas del mundo. Las autoridades de Taipei no provocan innecesariamente a China con bravuconadas verbales, pero no rehúyen decisiones acordes a sus principios, aunque puedan irritar a su vecino poderoso: véase el ofrecimiento de refugio a los hongkoneses que son objeto de acoso o persecución en China.

 LAS ESPECULACIONES BÉLICAS

 Estratregas, militares, diplomáticos y polticos se preguntan: ¿puede China invadir Taiwan en un futuro no muy lejos, digamos cuatro o cinco años, como se ha dicho recientemente?  (3). Potencia militar le sobra, sin duda. ¿Pero sería capaz de afrontar las consecuencias? ¿Podría evitar una respuesta militar de Estados Unidos?  Y, en caso negativo, ¿le bastaría con oponer una amenaza de destrucción creíble, incluida la derivada del uso de sus armas nucleares?  ¿Bastaría la ventaja geoestratégica china para disuadir a Washington de una operación de guerra total por el coste humano y material que tendría para Estados Unidos? ¿Sobreviviría el régimen chino a una prueba de esa naturaleza? Incluso sin una destrucción insoportable, un escenario de guerra “limitada” supondría un retroceso, no de años, sino de décadas, en el desarrollo económico y social de China: la ruina de un entramado de relaciones, canales de suministro, intercambios y vínculos de dependencia sin los cuales todo lo conseguido en cuarenta años se echaría a perder. No es difícil anticipar que tal situación acarrearía el final del régimen y quien sabe si una desintegración nacional. Justo lo contrario de esa unificación de la nación china que se presenta como destino manifiesto. Y luego está el riesgo, no menor, de un malentendido o un error de cálculo (4). 

EL EQUILIBRIO, CUESTIONADO 

Más allá de las especulaciones y los “juegos de guerra”, la pugna es fundamentalmente política. Y propagandística. Que China no renuncie a la unificación es algo lógico y comprensible desde su perspectiva ideológica y doctrinal. Que Taiwán aspire a conservar su autonomía y su libertad, también: no en vano, la absorción supondría la renuncia a lo conseguido en 70 años.

Es una tradición china acudir a figuras de intimidación que, en realidad, están dirigidas al consumo interno más que a sus potenciales enemigos externos. Mao se jactaba de ridiculizar al “imperialismo norteamericano”, calificándolo como “tigre de papel”. Mientras, su primer ministro, Chu En-lai, trabajaba afanosamente con Washington para favorecer una relación bilateral beneficiosa también para Pekín.

Ciertamente, la China de hoy no es el país subdesarrollado de inicios de los setenta, o la potencia previsible de comienzos de los ochenta. Ni siquiera la emergente superpotencia de primeros de este siglo.  China es ya la segunda economía mundial y desafía la supremacía norteamericana. No pretende impulsar la revolución mundial, como predicaba Mao, pero tampoco permanece en la actitud de repliegue que representó Deng. El “pequeño timonel” acuñó otra sentencia en cierto modo confuciana que ha sido santo y seña del comportamiento chino hasta hace diez años: “hide your strength bite your time” (“oculta tu fuerza, aprovecha tu momento”).

Xi parece haberle dado la vuelta a la consigna: airea tus intenciones para aprovechar mejor tu momento. No es el uso de la fuerza strictu sensu lo que quizás tenga en mente el actual liderazgo chino, sino su capacidad de intimidación. Lo que Xi pretendería es asustar a Taiwán, convencer a sus atrevidos dirigentes de que, a las malas, Washington se arrugará, no pondrá en peligro su prosperidad o su prestigio y se limitará a poner condiciones hipotéticas a la reunificación. Es decir, una nueva edición de Hong Kong. Y ya se sabe cómo ha terminado la experiencia “un país, dos sistemas”.  En el arsenal propagandístico de Pekín ocupa un lugar cada vez más preferente las referencias al origen japonés de una parte de la población taiwanesa; en realidad, sólo se trata del 10%, pero los medios chinos les atribuyen las posiciones más hostiles.

Es un cálculo arriesgado, pero probablemente Pekín no dispone de una baza mejor para que Taiwán acepte esa “unificación por medios pacíficos” que Xi airea. China podría sufrir mucho de un embite militar, pero para Taiwán sería absolutamente destructivo.

Hay que aclarar que ninguna fuerza de Taiwan ha pretendido siquiera declarar formalmente la independencia, para no provocar inevitablemente a China. Pero, a partir de este consenso básico, las sensibilidades varían. Hay partidos pro-chinos, es decir partidarios de la unificación, es decir, de la absorción de la isla por el continente. Son precisamente los herederos del Kuomintang, el partido nacionalista, para quienes es preferible la unidad que esta situación de división de sistemas. El nacionalismo, ya se sabe, le hace pocos ascos al autoritarismo, si con ello avanza en sus imaginarios políticos.

Pero ese nacionalismo arcaico es hoy minoritario. Tsai Ing-wen, al frente del Partido progresista, representa a la mayoría del país, aunque existan divisiones ideológicas notables. En estos sectores se valora por encima de todo la autonomía del país, que se identifica con los valores del orden liberal. Se asume el apoyo condicionado de Estados Unidos como algo sustancial al sistema de equilibrios y al realismo de las relaciones internacionales. La falta de estatus en la esfera diplomática global se compensa con reconocimientos puntuales y, sobre todo, con un robusto comercio que garantiza la salud del país. En un ensayo dirigido a la opinión pública y a las élites norteamericanas, Tsai ha hecho una apasionada defensa de su país (5).

AMBIGÜEDAD ESTRATÉGICA 

Washington ha mantenido una política de “ambigüedad estratégica”. No ha reconocido nunca oficialmente a Taiwán como estado soberano, porque jurídicamente no lo es, pero ha tratado con él como si lo fuera y ha promovido unas relaciones económicas privilegiadas y unos vínculos militares nada desdeñables, para irritación de Pekín.

A lo largo de estás décadas, el estado de opinión sobre Taiwán en los centros de poder norteamericanos ha variado en función del momento político, diplomático y estratégico. Hace cincuenta años, cuando Nixon y Kissinger sorprendieron al mundo acometiendo el deshielo con Pekín, las relaciones con Taiwán pasaron por un periodo de cautela máxima. Algo similar ocurrió tras la muerte de Mao y el control del poder por Deng, en la segunda mitad de los años setenta. Después de la masacre de Tiananmen, Taiwán volvió a ser objeto de atención preferente en Washington. Y lo mismo ha ocurrido desde la llegada del asertivo Xi Jinping, hace casi diez años.

Después de Trump y con la guerra comercial en pleno desarrollo, la temperatura de la ciudadanía norteamericana parece haber cambiado hacia una mayor beligerancia. Una reciente encuesta del Consejo de Relaciones exteriores de Chicago indicaba que, por vez primera en 75 años, más de la mitad de los norteamericanos estaban a favor de defender militarmente a Taiwán de una hipotética agresión china (6). Tal estado de ánimo no debe interpretarse a rajatabla. Llegado el momento, es difícil asegurar qué opinión prevalecería en un país que está harto de intervenciones militares.


NOTAS

(1) “XI and Tsai give speeches after Chinese incursions”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, China Brief, 13 de octubre; “In a surge of military flights, China tested and warned Taiwan”. THE NEW YORK TIMES, 3 de octubre.

(2) “La Chine et Taiwan plus éloignés que jamais”. FRÉDÉRIC LEMAÎTRE, corresponsal en Pekin. LE MONDE, 11 de octubre;

(3) “The Taiwan temptation. Why Beinjing might resort to force”. SKYLAR MASTRO. FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2021.

(4) “How to prevent an accidental war over Taiwan”. BONNY LIN y DAVID SACKS. FOREIGN AFFAIRS, 12 de octubre.

(5) “Taiwan and the fight for democracy. TSA ING-WEN. FOREIGN AFFAIRSE, noviembre-diciembre.

(6) https://www.thechicagocouncil.org/research/public-opinion-survey/first-time-half-americans-favor-defending-taiwan-if-china-invades?utm_campaign=wp_todays_worldview&utm_medium=email&utm_source=newsletter&wpisrc=nl_todayworld

CENTROEUROPA: CRISIS Y RESISTENCIA DEL POPULISMO CONSERVADOR

Semana complicada para los populismos derechistas en esa región europea que, con ambigüedad calcula, el pensamiento geopolítico y cultural pangermánico definió como Mittleeuropa. Austria, Chequia y Polonia han vivido episodios de crisis política y/o jurídica, mientras Hungría y Eslovenia tratan desesperadamente de defender su hegemonía.

La fallida transición del comunismo al sistema liberal de mercado se prolonga ya durante tres décadas y sin perspectivas de solución favorable, ni para el sistema democrático que tanto se proclamó en su día, ni para los intereses de las clases populares, que han visto sustituido el burocratismo ineficaz del socialismo real por un capitalismo depredador.

AUSTRIA: LA APARENTE CAÍDA DE KURZ

Austria debe dejarse fuera de esa categorización, porque formó parte siempre del área occidental, a pesar de su estatuto formal de neutralidad en la dialéctica de bloques de la guerra fría. Allí se consolidó una de las experiencias socialdemócratas más convincentes y exitosas, hasta que la marea neoliberal lo empujó a la oposición. El Partido Popular (ÖVP), de orientación democristiana, asumió gran parte del programa socialdemócrata, pero con una retórica conservadora y mayores concesiones a los grupos de presión. Cuando esa fórmula neutra se agotó, prendió en los conservadores austríacos la alternativa populista que hizo parecida fortuna en otros países. Durante los noventa, un partido xenófobo, con el equívoco apelativo de liberal, sacó a la superficie todos los demonios autoritarios de la tradición política austríaca y a punto estuvo de convertirse en alternativa real de gobierno.

El Partido Popular, posicionado ya como conservador sin veleidades igualitaristas, sintió la necesidad de disputar a los extremistas el espacio político del populismo. Sebastian Kurz, antes de cumplir la treintena, no tuvo demasiados problemas en hacer valer su juventud como divisa de renovación y futuro. En su primera acometida, pactó sin complejos con la ultras xenófobos, de los que tomo prestados parte de su retórica contra la inmigración. Hasta que un escándalo de corrupción arruinó la alianza.

Kurz se las arregló entonces para pactar con los verdes, a los que, dominados por un sector pragmático, no les importó ser colaboradores necesarios de la continuidad de un partido conservador convertido a un populismo razonable. El joven canciller austriaco era tratado con una mezcla de admiración por los líderes del Partido Popular europeo, pero nunca fue muy del agrado de la canciller Merkel, siempre ajena a esos guiños populistas.

Ahora parece haberse acabado el experimento de esa renovada derecha oportunista, debido, precisamente, a un escándalo de corrupción. La justicia imputa a Kurz el desvío de fondos públicos para obtener un trato favorable en los medios comunicación y cocinar unas encuestas de opinión positivas. Al cabo, una representación fraudulenta de la realidad, que tiene más peso actualmente en las democracias que el análisis riguroso de la gestión de los gobiernos.

El gobierno ha caído, pero sus socios ecologistas parece que aceptarán al ministro de exteriores Schallenberg, correligionario y próximo a Kurz, como nuevo jefe de la coalición. Como ha dicho una dirigente de la oposición social-demócrata, Kurz seguirá siendo el “canciller en la sombra”, al frente del grupo parlamentario de la ÖVP. Se verá si el conservadurismo neopopulista seguirá siendo rentable o si a Kurz le espera un destino sarkozyano, es decir el síndrome del imposible retorno.

CHEQUIA: EL FIN DE LOS EQUÍVOCOS   

En Chequia, la alineación de las opciones conservadoras ha obedecido a dinámicas diferentes. De todos los países de Centroeuropa, la República Checa fue en la que se implantó con más nitidez el modelo del capitalismo popular (sic) aireado por el thatcherismo, bajo el liderazgo de Vaclav Klaus. Su partido, la ODS, adoptó una actitud euroescéptica próxima al ala más antieuropea de los tories. Quizás por ese radicalismo neoliberal, en Chequia se mantuvo una presencia socialista y comunista reformada más fuerte que en otros países de la zona. Pero no lo suficiente para presentar un programa capaz de superar la propaganda ultraconservadora. Las sucesivas crisis de las dos últimas décadas alumbraron una alternativa populista pseudoliberal, basada en el prestigio de las fortunas privadas y en una supuesta contestación ciudadana. De ahí nace ANO (Si), la formación del actual jefe de gobierno, Andrej Babis, un magnate cuyo conglomerado industrial Agrofert salió muy beneficiado de los fondos de la Unión Europea.  Lo que explica que en Chequia el populismo triunfante no se haya encaminado por la vía euroescéptica de la derecha clásica, sino por el liberalismo berlusconiano, primero, y macronista en estos últimos años. Flexibilidad obligada por el oportunismo político.

En las elecciones de este mes, una coalición dominada por ANO ha obtenido el 27,8% de votos, apenas siete décimas más que una coalición de centro-derecha que agrupa a liberales y conservadores ahora más dulcificados. Días antes de las elecciones los papeles de Pandora desvelaron que Babis había desviado 22 millones de euros a un paraíso fiscal para comprarse un suntuoso castillo en el sur de Francia. Es posible que esta información lo perjudicara, porque hasta entonces las encuentras predecían un resultado más favorable.

La llave del desbloqueo está en manos del presidente, Milos Zeman, un exsocialista también convertido al populismo y aliado práctico de Babis. Pero unas complicaciones de salud lo han llevado al hospital. Zeman querría la continuidad de Babis, pero el árbitro parlamentario de la disputa puede ser una coalición moderadamente antisistema de piratas y ecolos (15% de los votos), que desean acabar con el actual gobierno. No obstante, el populismo checo tiene otra variante extremista, Libertad y Democracia directa, que se ha mantenido al margen de las coaliciones centristas y se alinea en Europa con Le Pen y Salvini.

POLONIA: EL ANTIEUROPEÍSMO COMO CRÉDITO ELECTORAL

En Polonia, la crisis viene de largo. El gobierno autoritario y ferozmente conservador inspirado por Kaczynski se apoya en una retórica tan anticomunista como antieuropeísta, todo ello como expresión de un conservadurismo nacional-católico reaccionario. Europa es incordio, pero también fuente de ingresos. Se han aceptado los euros de modernización del país y de apoyo al sector agrario, pero se rechazan los valores del sistema liberal. Un doble juego que la UE no ha sabido o no ha tenido demasiado interés en resolver.

El último episodio de este pulso ha sido la decisión del Tribunal Supremo polaco de considerar contrarios a la Constitución nacional aquellos apartados del Tratado de Unión que colocan la legislación europea por encima de la polaca. Todo un desafío a los propios cimientos de la adhesión. En otros países podría decirse que el alto tribunal expresa juicios independientes. No en Polonia, donde la justicia está al servicio del partido del gobierno (PiS), vulnerando otro de los principios básicos de la UE. Y lo mismo puede decirse de los medios públicos de información y de otras instituciones. Esta aversión al liberalismo (iliberalismo, según la terminología al uso) puede ser puramente retórica, pero bien podría revertirse si Bruselas bloquea los 22 millones de euros del Fondo de reconstrucción que corresponden a Polonia. Entre los euros y los valores, Kaczynski siempre se ha inclinado por lo primero.

Estas sacudidas en el neopopulismo conservador de Centroeuropa serían cosa menor, en comparación con lo que podría ocurrir en Hungría, donde el reside Víctor Orban, líder intelectual y político de esta ideología perturbadora. Por primera vez en más de una década, su hegemonía parece en riesgo. Una coalición de centro-izquierda, en la que destaca el alcalde socialista de Budapest, Gergely Karacsony, parece en condiciones de disputarle el poder en las elecciones de 2022.

En situación de mayor fragilidad aún se encuentra el primer ministro esloveno, Janez Jansa, otro populista acomodado en las filas del Partido Popular Europeo, como estaba hasta hace sólo unos meses el FIDESZ de Orban. 

En todo caso, sería prematuro anticipar la crisis terminal del populismo derechista, ni en Centroeuropa, ni en el resto del continente. La reciente historia demuestra que su declive electoral es directamente proporcional a su capacidad de colonizar ideológicamente a los  partidos de centro-derecha.

LAS VERGÜENZAS MÁS APARENTES DEL CAPITALISMO

6 de octubre de 2021

El destape de cuentas secretas y esquemas de inversión bajo el blindaje de la opacidad fiscal han originado el habitual revuelo, ya conocido en ediciones anteriores de estas iniciativas de investigación periodística y social. Pero el interés mediático se ha puesto más en la notoriedad de los evasores protagonistas o en los mecanismos de ejecución de las trampas que en la naturaleza del sistema. Cada vez que salen a la luz estas informaciones hay protestas de gobiernos y responsables públicos sobre la necesidad de combatir el fraude fiscal, de mejorar los sistemas de vigilancia y de endurecer las sanciones a los defraudadores. Pocas consideraciones, en cambio, sobre la base que sustenta, favorece y alienta estas y otras prácticas. Se pone más el foco en el delito y en la peripecia particular que en el contexto.

La lógica del sistema capitalista engendra vergüenzas como ésta, que resultan muy atractiva para los medios, por la notoriedad de los personajes implicados: reyes, políticos destacados (en ejercicio o en situación de retiro dorado), artistas, escritores, deportistas y celebridades de todo tipo y condición. Pero hay multimillonarios, o millonarios a secas, que escapan a la exposición vergonzante simplemente porque son poco conocidos, más discretos o muy hábiles para permanecer a resguardo del conocimiento público.

Hace unos meses, los máximos responsables del orden liberal internacional acordaron preliminarmente establecer un tipo fiscal mínimo global para las grandes empresas, que llevan años (desde siempre, en realidad) evadiendo obligaciones contributivo de las que difícilmente pueden escapar negocios medios y la mayoría de los particulares (que no todos, como es bien sabido). Se ha avanzado notablemente, pero ni el umbral del peso impositivo es agobiante, ni está garantizado que vaya a ser eficaz, si es que llega a implementarse.

   EE. UU.: LA ENÉSIMA BATALLA FISCAL

Mientras todo esto ocurre, en el epicentro nacional del sistema, los Estados Unidos, se está debatiendo en el legislativo la adopción de dos programas de desarrollo tecnológico e inversión social presentados por la Casa Blanca, sustentados en el incremento de la presión fiscal sobre las grandes fortunas y los intereses corporativos mayores. El interés mediático se ha centrado, por lo general, en las disputas políticas habituales entre los dos grandes partidos y, sobre todo, en las divisiones acentuadas en el seno de los demócratas, donde conviven varios partidos, si nos atenemos a sus principios y posiciones ideológicas. Sólo el bipartidismo alentado por el sistema electoral mayoritario y la inercia de un sistema esclerotizado, impide que las opciones políticas se expresen en una estructura política más plural y fiel a las sensibilidades ciudadanas.

Hemos vuelto a asistir a una nueva edición de la “guerra presupuestaria” o el obsceno chantaje republicano sobre el techo de deuda son repeticiones más o menos calcadas de las vividas durante las presidencias de Clinton y Obama. Igualmente puede decirse de las fracturas demócratas, entre un ala llamada “moderada” y otra etiquetada como “radical” por los medios liberales (centristas) , que asumen la interesada terminología de sus pares derechistas.

En realidad, los “moderados” son demócratas que han obtenido su escaño en territorios electorales muy disputados y temen perderlo de nuevo a favor de los republicanos. Son partidarios de la llamada “disciplina fiscal”, que equivale en la práctica, a gastar poco y preservar los intereses de quienes, en muchos casos, financian sus campañas. Entre los “radicales” hay diferencias importantes, aunque en la última década se han ido agrupando bajo un difusa orientación que podríamos considerar socialdemócrata (allí se dice socialista, a secas), en favor de una decidida inversión en programas sociales y ecológicos , mayor presión fiscal a los más ricos y reducción de los gastos militares, entre otros.

Este año, el drama tiene un componente personal más acentuado, debido al precario equilibrio en el Senado. El empate a 50 senadores de uno y otro bando puede ser resuelto por el voto puntual de la Vicepresidenta Harris, es su condición de presidenta de la Cámara. Pero la posición del senador demócrata por Virginia Occidental Joe Manchin en contra de lo que él considera como un excesivo gasto social pone en peligro el doble paquete Biden. Manchin, apoyado ahora por la senadora Sinema, de Arizona, quiere se apruebe primero el plan de modernización de las infraestructuras (1 billón de $) y que se negocie luego a la baja el montante ecológico y social (de los 3,5 billones propuestos a no más de 2,3). Los demócratas progresistas han logrado forzado una tregua (hasta el 18 de octubre), dejando claro que si no se asegura el programa eco-social no votarán a favor de la renovación de infraestructuras.

Biden es un “centrista” (o sea, un “moderado” pero sin los excesos de los demócratas con instintos republicanos) e intenta situarse por encima de esta pelea interna, diciendo a cada bando lo que quiere oír, y así mantener vivas sus opciones de maniobra y negociación. Como ya le ocurriera a Johnson en los sesenta, un presidente demócrata no precisamente escorado a la izquierda puede dejar como legado el programa social más ambicioso de su generación, frente a los iconos renovadores como Kennedy y Obama, cuyos mandatos resultaron por debajo de las expectativas (bien es verdad que truncado el primero por su asesinato).

A grandes rasgos, éste el panorama que determina el fragor de la batalla. Pero lo más decisivo es casi siempre lo que menos atención mediática acapara. El pulso fiscal, en realidad, no estriba en gravar más o menos sobre el papel a los más ricos, sino, de nuevo, en garantizar que las leyes se cumplan en la práctica. Un medio tan poco sospechoso como el semanario liberal THE ECONOMIST llamaba hace poco la atención sobre las brechas o agujeros (loopholes) que impiden una recaudación eficaz en Estados Unidos (1). Los máximos beneficiarios del capitalismo contemplan las batallas políticas con cierto desdén y se concentran en asegurar que la letra pequeña de las disposiciones legislativas no se vuelvan hostiles a sus intereses.

LA HIPOCRESÍA DE LAS REDES SOCIALES

Otra manifestación reciente de las “vergüenzas capitalistas” ha sido la denuncia de Frances Heugen, antigua ingeniera de Facebook (primero en declaraciones públicas y luego ante el Congreso) sobre la hipocresía de esta red social en el manejo y control de contenidos. Que sus “revelaciones” coincidieran con el apagón planetario de seis horas de los servicios de Facebook y sus filiales (Instagram y What’s Up) añadieron picante a los titulares.

En realidad, no escuchamos nada que no conociéramos o sospecháramos, pero el  testimonio de Heugen ha tenido el valor de alguien que sacude el tapete “desde dentro”. La priorización de los beneficios económicos sobre valores sociales de justicia, tolerancia, educación, etc. es palpable desde hace tiempo para quien se haya molestado en prestar atención a la evolución de las redes sociales.

El libro de Shoshana Zuboff, entre otros trabajos, ya desmontó con precisión y abundancia de detalles las estrategias de los gigantes del “capitalismo de la vigilancia” para subordinar el interés cívico y social al imperativo del beneficio económico, sustentado en la predicción infatigable de hábitos y costumbres de los consumidores. Las correcciones de las llamadas malas prácticas son sólo temporales, hasta que amainen las críticas, y luego se vuelve al beneficio por encima de todo, porque ésa es la lógica del sistema (2).

CHINA: EL ESCÁNDALO DE LA DESIGUALDAD

Y para rematar este cuadro de prácticas mediáticamente bochornosas del capitalismo, no viene mal referir un caso que no se encuadra en la centralidad del sistema, sino en un deriva paradójica: las prácticas que podríamos denominar como capitalismo de Estado que practica China, una potencia solo nominalmente comunista. El modelo consiste, entre otras cosas, en consolidar aparentes gigantes sectoriales y favorecer dinámicas gravitatorias del capital privado. El colapso de Evergrande, la principal inmobiliaria del país ha hecho sonar todas las alarmas, dentro y fuera de China, aunque sólo sea la punta del iceberg: una de ellas.

Después de tres décadas de expansión interna y externa, el neocapitalismo chino exhibe perversiones similares a las occidentales, pero en su caso especialmente lacerantes en lo que atañe a la desigualdad. El 1% de la población acapara el 30% de la riqueza. O si se amplía la medida, el 20% más rico se come el 45% del pastel. El presidente Xi Jinping, un neocapitalista reticente según líderes y analistas occidentales, pretende, desde el inicio de su mandato, revertir estos “excesos” (vergonzosos, naturalmente) y favorecer una “prosperidad común”. (3) No están claras la intenciones de esta política, que coincide con un creciente autoritarismo político y una acción exterior más asertiva frente a lo que en Pekín se percibe como designio occidental para frenar el auge de China.

 

NOTAS

(1) “New taxes will hit America’s rich. Old loopholes will protect them”. THE ECONOMIST, 2 de octubre.

(2) “La era del capitalismo de la vigilancia. SHOSSHANA ZUBOFF. PAIDÓS, 2019.

(3) “Common prosperity under party billionaires”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY (China brief), 25 de agosto; “The Presidente [Xi Jinping] will be defined by his campaign against his country’s capitalist excess”. THE ECONOMIST, 2 de octubre.

ALEMANIA: CAMBIO Y CONTINUIDAD

29 de septiembre de 2021

Las elecciones alemanas arrojan un resultado que propiciará cambios y continuidad en el devenir político a corto plazo de la primera potencia europea. No es un juego de palabras. Habrá cambios en aspectos importantes pero bajo una corriente fundamental de continuidad en los grandes asuntos de política nacional, económica e internacional. Las correcciones en el llamado sistema Merkel, que han definido las solidez pero también las debilidades del país, serán de protagonistas y tal vez de estilo, pero no de sustancia. Veamos este juego de tendencia entre las novedades electorales y la persistencia de un modelo bastante estable.

1) La alternancia en la Cancillería. Habrá un liderazgo de otro signo político. El líder socialdemócrata, Olaf Scholz, parece en condiciones de hacer valer su relativa victoria para asumir la nada fácil tarea de ensamblar una coalición de gobierno. El SPD ha aventajado a los democristianos en sólo 1,6 puntos. Pero la percepción de triunfo se agranda por la aparente recuperación: el partido pasa de su mínimo histórico (20,5%) a un 25,7%, en todo caso nueve puntos menos de los obtenidos el año en que Merkel irrumpió en la arena política. El aumento de asientos en el Bundestag (de 153 a 206) facullta al SPD a ejercer el liderazgo nacional.

Pese a que la CDU ha obtenido los peores resultados de su historia, el candidato democristiano, Armin Laschet, afirma que aún puede formar gobierno. El partido de Merkel ha pasado del 26,8% de los votos al 18,9%, mientras sus aliados bávaros, sólo han perdido un punto y un solo diputado. Esto situará al bloque democristiano con 196 asientos en la Cámara baja, frente a los 246 actuales. Aun así, Laschet cree que puede convencer a liberales y verdes (fórmula Jamaica) con un programa común realizable y obtener una mayoría que sería menor que la formada por esos dos partidos medianos con el SPD (fórmula semáforo) pero suficiente para gobernar. O a Laschet le cuesta asumir la realidad de la derrota o está iniciando una batalla interna para su supervivencia política: algunos dirigentes ya están pidiendo su dimisión como líder del partido.  

2) La arquitectura de la coalición gobernante. Por primera vez en la República Federal, serán tres los participantes y no dos. A eso obliga la fragmentación del espacio político. Este cambio aparente se ve matizado, de nuevo, por una continuidad de fondo.

La fragmentación no se ha producido en 2021: viene prefigurándose desde el comienzo de la era Merkel, en un proceso lento pero sostenido. En las elecciones anteriores, de hecho, las combinaciones de gobierno bajo liderazgo de socialdemócratas o democristianos también precisaban de la presencia de dos formaciones menores. Las exigencias de unos y otros, o la percepción de que perderían autonomía política, terminó abortando las distintas fórmulas tripartitas y se impuso la solución tradicional del bipartidismo de los dos grandes consagrado en la gross-koalition.

Importa poco que esta solución haya sido descartada de antemano: ocurrió lo mismo hace cuatro años y al final se impuso como necesidad o como conveniencia.  Aquí también encontramos un ejemplo de esa dialéctica entre cambio y continuidad. Por vez primera, los dos grandes no suman más de la mitad de electorado (49,80%), lo que supone una novedad histórica. Sin embargo, socialdemócratas y democristianos tendrán 402 diputados en el Bundestag, y la mayoría está fijada en 368; es decir contarían con un margen suficiente para forjar una nueva coalición de gobierno. Pero, de nuevo, no es cuestión de números. La razón que aleja del panorama político la gross-koalition es el agotamiento de esta fórmula, que surgió  en los sesenta como una respuesta de emergencia o extraordinaria, pero que terminó sirviendo de recurso para frenar la erosión política de los dos grandes.

3) El crecimiento de las terceras opciones. Las elecciones de este año consolidan el protagonismo creciente de los partidos menores, aunque el peso de cada una de ellas haya sufrido modificaciones, sensibles en algunos casos aunque no dramáticas.

Los Verdes obtienen el mejor resultado de su historia (14,8%), lo que supone un incremento de un tercio de votos y duplicar su representación en el Bundestag (de 67 a 118 diputados). A primera vista, un éxito indudable. Sin embargo, hace sólo unos meses, en el inicio de la primavera, las encuestas predecían un resultado mucho mejor aún, hasta el punto de que su líder, Annalena Baerboeck, llegó a aparecer en ciertas portadas como la posible próxima canciller federal. Tal eventualidad sí hubiera sido un cambio profundo, aunque los Verdes hayan dejado de ser una fuerza contraria o externa al sistema desde hace décadas.

Esta mezcla de alegría y decepción por la corrección del éxito ecologista abre dudas sobre el protagonismo en las negociaciones de coalición. Los verdes tienen un liderazgo bicéfalo. Baerboeck ha sido la candidata a canciller, pero su coequipier Habeck tiene un mayor dominio del aparato partido. Los dos coinciden en lo esencial, pero difieren en algunos asuntos de principios y, desde luego, en asuntos tácticos. Tampoco esto es del todo nuevo: es una versión actualizada de la vieja disputa de los ochenta entre fundis y realos (fundamentalistas vs. realistas). Habeck conecta con los primeros y Baerboeck con los segundos.

En los liberales, el cambio se expresa en la mejora parlamentaria del partido, que contará con 92 escaños (12 más), lo que reforzará sus opciones negociadoras. Pero su crecimiento electoral ha sido muy modesto (apenas siete décimas, hasta el 11,5%), muy lejos de su techo histórico del 14,6%, en 2009 (con un escaño más que ahora). El FPD ha sido un socio voluble, compañero del SPD con Brandt y con Schmidt y de la CDU con Kohl o Merkel. Su perfil ideológico ha sido cambiante, casi siempre por la búsqueda de un espacio propio frente a los dos grandes. Con el corrimiento de la CDU hacia la izquierda (para neutralizar la retórica del SPD), los liberales oscilaron a la derecha para ocupar el hueco de los democristianos. No les funcionó. Pero ahí se han instalado, como el partido más pro-negocios, defensores del recorte y  la firmeza presupuestaria. Parece más natural un entendimiento con la CDU, pero su líder, Christian Lidner, se ha mostrado abierto a un relajamiento del techo de deuda (fijado ahora en el 0,35% del PIB), como quieren los socialdemócratas. Pedirán un precio por ello, sin duda, probablemente en carteras de peso. Tampoco esto será una novedad: los liberales han estado al frente de finanzas y de exteriores en momentos de gran significación histórica como la ostpolitik, la reunificación o la unión monetaria europea.

4) El descenso de los partidos menores. En la lógica del consenso centrista, los dos partidos situados más al extremo del espectro político, han tenido un mal resultado. Die Linke, confluencia de excomunistas y socialistas de izquierda, ve reducida su fuerza electoral casi en la mitad (del 9,2 al 4,9) y su representación parlamentaria en una proporción similar (de 69 a 39 escaños). Es evidente que ha sufrido el efecto del voto útil a favor del SPD, para favorecer el cambio en la cancillería. Pero es innegable que sus propuestas ya no son tan atractivas en el Este, donde gobierna en coalición en algunos länder.

Más antisistema es Alternativa por Alemania (AfD), desde una posición populista y xenófoba, con amplio predicamento también en los territorios orientales. Han perdido un 2,3 puntos y con un 10,3% de los votos tendrán 83 diputados, once menos que hasta ahora. El cordón sanitario que pesa sobre ellos, debido a su ambigüedades sobre el pasado nazi y sus proclamas discreta o abiertamente racistas (según quienes y en qué momentos) han frenado su ascenso. Ni siquiera las heridas de la pandemia han mejorado sus expectativas. El frenazo conservador de Merkel en el asunto migratorio les privó de energía electoralista. Pero no hay que confundirse: la ultraderecha alemana nunca dejó de ser políticamente marginal, aunque no por ello menos peligrosa en cuanto a su capacidad de envenenamiento social.

En conclusión, se avizora un largo periodo de negociación (¿meses más que semanas?). Y, en el caso de confirmarse el cambio de retrato en la Cancillería, no asistiremos a un giro fundamental en las políticas alemanas, internas, europeas o internacionales. Habrá tiempo de comprobarlo.