CLIMA: CALAMIDADES, PLANES Y RIESGOS

 21 de julio de 2021

Las inundaciones de este mes en Alemania, Bélgica y Holanda, inéditas por su amplitud y su capacidad destructiva, son la última calamidad climática de un verano que, como ya viene siendo habitual, apunta a ser más calamitoso que el anterior. Los doscientos muertos de esas regiones centrales de Europa son un aviso de que el deterioro climático inducido por la acción humana no es ya privativo de las regiones más atrasadas económicamente. 

En China lidian estos días con unas inundaciones devastadores en la región central del país. A ello se suman una temperaturas extremas, por encima de los 50 grados, en las regiones occidentales de Norteamérica (California y Oregón, en EE.UU., y Columbia, la región en torno a Vancouver, en Canadá), acompañadas de incendios de una voracidad sin precedentes. El fuego en los bosques alcanza también a Siberia, la zona más fría de la tierra, después de los polos, donde la capa de hielo sigue perdiendo grosor y extensión. La sequía es cada vez más amplia (1) y los ríos cada vez menos caudalosos (2).

La urgencia climática es ya un asunto prioritario en la agenda mundial, después de tres décadas de retórica y escasas medidas prácticas. Desde 1990, cuando los expertos del Panel Internacional dieron la alarma, las emisiones, lejos de bajar, han aumentado en más de un 60%; y desde la ceremonia de arrepentimiento global de París (2015), el incremento ha sido del 4%. Por tanto, el objetivo de detener el calentamiento del planeta por debajo del 1,5 grados mediante la paulatina disminución de gases de efecto invernadero hasta alcanzar la cifra cero en 2050 no está garantizado. Aunque hay un consenso casi global (que no pleno), lo más difícil será coordinar los esfuerzos y repartir los costes de forma equitativa. Y no hay un criterio compartido sobre lo que significa equidad.

LOS PLANES EUROPEOS

La Unión Europea ha lanzado un ambicioso programa en forma de doce proposiciones de ley que abordan todos los aspectos de esta transición ecológica. Abundan las grandes palabras, pero se echan en falta clarificaciones.  Algunas medidas ya han activado polémicas y resistencias. En las restricciones energéticas se incluye a sectores hasta ahora exentas como el de los transportes marítimos y terrestres o el de las calefacciones domésticas, entre otros. Se propone una elevación del precio del carbón (ahora todavía bajo: 5 euros) para encarecer la oferta; se refuerza el mercado de derechos de contaminación (Emissions trading system, ETS), que hasta ahora ha resultado poco eficaz; y se penalizarán las importaciones de productos que no cumplan con el estándar europeo (3).

Esto no es más que una propuesta, que los 27 deben ahora debatir y aprobar. Ya se sabe lo que eso significa en Europa. El programa de reconstrucción económica postcovid (NextGen EU) ha tardado un año en pasar de las papeles a los hechos, y aún no se ha desembolsado el dinero. En el caso de la transición ecológica, el horizonte se antoja mucho más lejano. Para llegar al objetivo de emisiones cero en 2050, hay una meta volante previa en 2030, es decir, antes de diez años: reducción del 55% de gases expulsados a la atmósfera. Este plan se solapa con otros que se están elaborando en muchos de los países de la UE (Francia acaba de aprobar el proyecto de Ley Clima). Pero en otros, como Polonia y otros muy dependientes de los combustibles contaminantes, no es difícil anticipar la resistencia que va a provocar. Aparte de estos problemas inter europeos, la Comisión y los estados más favorables tendrán que hacer frente a numerosos obstáculos e intereses establecidos, lo que comportan riesgos de todo tipo: económicos, comerciales, diplomáticos, sociales y políticos. Repasemos sumariamente algunos de ellos.

RIESGOS ECONÓMICOS.

La transición ecológica no es un impulso sólo negativo; es decir, abandonar productos contaminantes. Es imperativo cambiar el sistema productivo, y eso supone un gran esfuerzo inversor. En el plan NextGen EU, el 30% de los fondos irán destinados a proyectos que ayuden a esa transición del modelo productivo. Pero el demonio, como siempre, está en los detalles.

Algunos expertos advierten que el dinero público no será suficiente. El capital privado será imprescindible. Y los inversores particulares, por mucho que se pinten de verde, condicionarán su aportación a índices de rentabilidad seguros y no a demasiado largo plazo. Tampoco en esto los antecedentes son muy estimulantes. Las inversiones en energías limpias (eólica y solar) se ha ralentizado en los últimos años (4).

RIESGOS COMERCIALES/DIPLOMÁTICOS

Las medidas punitivas contra aquellos productos de importación que no cumplan con las normas ecológicas europeas auguran una larga y ácida disputa comercial y, por tanto, diplomática. No sólo con las potencias adversarias (véase China y Rusia) o amistosas (India y otros grandes y medianos en expansión); también con el gran aliado americano. Por mucho que el vínculo transatlántico se encuentre en fase de restauración, la actual administración norteamericana recela de algunas políticas europeas. Trump no era el único problema. O, para ser más precisos, los problemas ya existían antes del presidente hotelero.

Que Merkel haya sido recibido la pasada semana en Washington como la gran heroína del orden liberal internacional durante los últimos años convulsos de la alianza, no ha podido acallar los asuntos de fricción. Debajo de la alfombra roja tendida a la canciller saliente, se han acumulado las miasmas de unas relaciones bajo tensión.

Alemania se encuentra en vísperas de unas elecciones en las que el dossier climático tendrá un peso decisivo, que las inundaciones sólo han podido reforzar, si no monopolizar. Los Verdes, ya convertidos sin reservas al sistema, llevan en su programa un plan de inversiones por un monto de medio billón de euros. Es la propuesta electoral más ambiciosa y un factor más para esperar quizás el mejor resultado de su historia. Pero, en cualquier caso, necesitarán pactar con democristianos o socialdemócratas para gobernar, y ni siquiera está claro que obtengan la cancillería.

Una Alemania más verde exigirá algo más que inversiones. La tenaz resistencia de Merkel ante las demandas norteamericanas de una mayor firmeza frente a las prácticas comerciales, energéticas, tecnológicas, político-represivas de Pekín y Moscú no se debe a una distinta visión del mundo. El fundamento es puramente económico. La salud de Alemania depende de la fortaleza de su industria exportadora. La adalid del orden liberal ha filtrado su política exterior por el mismo tamiz que cualquiera de sus aliados.

En Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas desconfían por instinto de los planes europeos, en los que ven siempre el ardid de un proteccionismo encubierto. Recurso, por cierto, que los propios norteamericanos practican a modo, pese a sus sermones sobre el libre cambio y la competitividad económica. De hecho, en los programas keynesianos de Biden se detectan reflejos proteccionistas. Aunque en los paquetes de estímulos y recuperación hay una orientación ecológica, los republicanos tratarán de recortar el alcance, en beneficio de los intereses de las industrias contaminantes en los estados a los que representan, no siempre amigables, cuando no abiertamente hostiles hacia los objetivos de neutralidad climática (5).

RIESGOS SOCIALES

Si Europa se toma en serio el esfuerzo ecológico, muchos sectores económicos que aún emplean a millones de personas desaparecerán. Y hasta que la ocupación laboral se traslade a otros sectores, la experiencia nos dice que la transición no será rápida ni suave. Como suele ocurrir, los sectores sociales más desfavorecidos serán los principales pagadores de este mutación hacia el capitalismo verde (6).

El megaplan europeo contempla mecanismos de compensación y la habilitación de un fondo social del clima para aliviar a los más afectados, por un monte previsto de 72.000 millones de euros. Una cantidad que seguramente no será suficiente para compensar el impacto de una transformación enorme en el transporte y en las calefacciones domésticas. Ya estamos viendo lo que está ocurriendo con el precio de la luz. El coste se ha disparado y se calcula que casi 40 millones de europeos no pueden hacer frente a las facturas eléctricas. Las grandes compañías han encontrado la fórmula para repercutir en los consumidores los costes de las medidas de  transición hacia energías limpias sin menoscabo de sus beneficios.

RIESGOS POLÍTICOS       

Esta anunciada conflictividad internacional, intercomunitaria y social tendrá, sin duda, efectos políticos. Los medios liberales ya lanzan la advertencia de un reforzamiento de las opciones nacionalistas y populistas y de movimientos no estructurados pero de gran impacto político y electoral. Se cita, naturalmente, el fenómeno francés de los gilets jaunes, que estalló precisamente como protesta a la elevación del precio de los combustibles contaminantes, mientras el gobierno de Macron planteaba un recorte de impuestos a los más ricos.

El retroceso electoral del nacional-populismo puede ser sólo temporal y, en todo caso, el riesgo de reactivación es muy elevado, a medida que los efectos sociales de la transición se hagan palpables.

 

 NOTAS

(1) https://www.nature.com/articles/s41586-021-03565-5

(2)https://www.swissre.com/dam/jcr:e73ee7c3-7f83-4c17-a2b8-8ef23a8d3312/swiss-re-institute-expertise-publication-economics-of-climate-change.pdf

(3) “Bruxelles présente douze propositions de loi pour le climat”. LE MONDE, 14 de julio.

(4) “Can elites star the climate revolution”. ADAM TOOZE. Director del Instituto Europeo de la Universidad de Columbia. FOREIGN POLICY, 3 de junio.

(5) “Carbon border taxes are defensibles but bring great risks. The EU’s proposal may set off a new trade war”. THE ECONOMIST, 15 de julio.

(6) “A safety net for the green economy. How to protect workers hurt by the fight against Climate Change”. SIMONE TAGLIAPIETRA. Experto del Instituto europeo Brueghel. FOREIGN AFFAIRS, 19 de julio.

 

 

               

TEMPESTAD EN EL CARIBE: ¿TORMENTA TROPICAL O HURACÁN POLÍTICO?

 14 de julio de 2021

Cinco frentes de tempestad amenazan con convertirse en serias crisis políticas ante las que Estados Unidos, celoso guardián de zona, difícilmente puede restar indiferente o pasivo. A la enquistada situación en Venezuela, se habían sumado en los últimos meses, la explosión social en Colombia y el recrudecimiento autoritario en Nicaragua. Pero estos tres focos han quedado en segundo plano en los últimos días ante la eclosión de otros dos episodios de perturbación en el sector norte del Caribe: Cuba y Haití.

CUBA: UNA ALARMA PREVISIBLE

En Cuba, las protestas sociales por las condiciones de vida han sido las más sonoras y extendidas de las últimas décadas, a decir de la mayoría de los observadores. Con la cautela que exige la valoración de informaciones casi siempre interesadas, de una y otra parte, la seriedad de la situación parece fuera de duda.

La oposición interna y externa transmite la exasperación de una población agobiada por la carestía de artículos de primera necesidad, cuya responsabilidad atribuyen básicamente a la incompetencia del gobierno. El COVID ha sido un factor agravante. Las autoridades han tratado de deslegitimar la protesta, presentándola como una campaña orquestada desde Estados Unidos e inspirada por la “banda” de exiliados de Miami (1).

Los medios cercanos al régimen creen que, en realidad, Washington no ha dejado de conspirar contra la Revolución y se ha aprovechado del desastre de la pandemia para explotar las debilidades del sistema y activar a sus “agentes internos” para extender la semilla del descontento entre una población agobiada. Los términos “desestabilización”, “refuerzo del bloqueo”, “campaña contrarrevolucionaria” circulan estos días en las redes y en las publicaciones en línea afines a La Habana (2), como ya ocurriera con el movimiento de protesta del barrio habanero de San Isidro, calificada de “intento de golpe blando” (3).

La Casa Blanca difícilmente podía estar desprevenida por la crisis cubana. En los primeros cinco meses de este año más de 35.000 cubanos intentaron llegar a Estados Unidos, el doble que en todo 2020. El escenario 1994 se avistaba en el horizonte.

BIDEN, EN LA LÍNEA DEL ESTABLISHMENT

Biden se ha solidarizado de inmediato con la población que padece las penurias y ha calificado la protesta como una suerte de “campanada” a favor de la libertad en Cuba. Si la tensión social continúa, se abre un abanico de opciones.

Hace unos meses, un responsable de los asuntos interamericanos en la Casa Blanca de Clinton, Richard Feinberg, recomendaba a Biden un “retorno” a la política de distensión de Obama y describía los efectos benéficos que las medidas de normalización (diplomáticas, comerciales, familiares, culturales, etc) podían tener a favor de una apertura del régimen cubano (4). Pero Biden nunca compartió el optimismo prudente de su exjefe y correligionario.

A pesar de que, como vicepresidente, le tocó supervisar el acercamiento entre Washington y La Habana, lo cierto es que el proceso de normalización corrió a cargo de Ben Rhodes, por entonces asistente en el Consejo de Seguridad y más tarde titular de este cargo. En su libro sobre el mandato de Obama, Rhodes detalla con minuciosidad la negociación, que pilotó en estrecha coordinación con el hijo de Raúl Castro, Alejandro, bajo la mediación del Vaticano (5). Obama creía que “Cuba se había ganado el respeto y la dignidad” de la comunidad internacional y era hora de “cambiar de política”, algo a lo que no se habían atrevido los diez presidentes anteriores que habían lidiado con la Revolución.

Biden se mostró entonces escéptico, pero sin estridencias. Ahora, con una política cubana aún por elaborar, parece inclinado a regresar a la política tradicional. En la práctica, esto ha supuesto, por el momento, consolidar la agresividad de Trump, que reforzó las sanciones y deshizo las cautas medidas de Obama. Biden no ha asumido verbalmente la retórica beligerante del lobby de Florida, quizás porque no lo necesite. Este estado sureño ya no resulta tan decisivo electoralmente para los demócratas como hace unos años. El portavoz de los intereses de los exiliados en el PD sigue siendo el senador por New Jersey Bob Menéndez, tan duro como los republicanos.

HAITÍ: EL PUDRIMIENTO

En Haití se asiste a un ajuste de cuentas entre las bandas que dominan el país, una lucha cruda y sangrienta por el poder, en el que el pueblo, en este caso más del 90% de los ciudadanos, son espectadores aterrados y principales víctimas de una codicia estructural.

El primer ministro reconocido por las potencias internacionales como principal autoridad del país tras el asesinato del Presidente Moïse ha pedido a Estados Unidos tropas para estabilizar la situación; por extensión, también a la ONU: un gesto casi forzado. Biden ha despachado la demanda con palabras blandas de apoyo, sin compromisos expresos.

Haití ha sido un asunto recurrente para Estados Unidos en los últimos treinta años. En 1994, Clinton restauró en la presidencia al sacerdote Jean Bertrand Aristide, que había sido depuesto por un golpe de estado. Veinte mil soldados norteamericanos hicieron posible el vuelco político. Diez años después, el “padre rojo” dejó de ser un activo para Washington y propició su segundo derrocamiento. La siguiente crisis fue provocada por el pavoroso terremoto de 2010, que provocó más de 300.000 muertos y dejó sin hogar a millón y medio de personas. Desde entonces, Washington ha aportado dinero y un tutelaje intimidatorio, que sólo ha servido para anclar el dominio del país por un puñado de familias y autócratas. En la última década, la agencia norteamericana de promoción del desarrollo ha canalizado más de 2.300 millones de dólares a Haití. Pero más del 95% de ese dinero fue a parar a empresas norteamericanas con intereses locales. Un ejemplo más de lo que se entiende en Washington como “ayuda humanitaria”. Otro rubros de ayuda han corrido pareja suerte (6)

El deterioro político-institucional desde el terremoto ha pasado desatendido. El gobierno del presidente Moïse ha sido una dictadura en la práctica, con un legislativo ausente o maniatado. El poder real residía en unas bandas armadas que defendían intereses particulares. El país se encontraba a merced de ladrones y bandidos, de autócratas y mercenarios nacionales o extranjeros, como denunciaban desde hace meses personas y organizaciones que trabajan a favor de los pobres, en medio de la indiferencia general (7).

El “patio trasero” parece tener una consideración secundaria para el presidente Biden. En la política exterior de la nueva administración demócrata, Iberoamérica está lejos de ser una prioridad, incluso una preocupación mayor. Ni siquiera el retórico proyecto de la unión y el fortalecimiento de la democracia como sistema político del orden liberal internacional confiere a la región una atención prioritaria.  Biden estaba concentrado en la vacunación, el estímulo económico... y en el doble frente chino-ruso (8). Los cinco frentes de tempestad en el Caribe (Haití, Cuba, Nicaragua, Colombia y Venezuela) no adquirían la dimensión de “huracanes políticos”; si acaso, “tormentas tropicales” que hay que abordar con los recursos ordinarios.


NOTAS

(1) “Cuba: la colère éclate dans les rues, les partisans du régimen appelés à répliquer”. LE MONDE, 12 de julio; “Cubans denounce ‘misery’ in biggest protests in decades”. NEW YORK TIMES, 11 de julio; “Thousands march in Cuba in rare mass protests amid economic crisis”. THE GUARDIAN, 12 de julio.

(2) https://rebelion.org/cuba-el-bloqueo-y-la-crisis/; https://rebelion.org/cuba-enfrenta-intentos-desestabilizadores-no-vamos-a-entregar-la-revolucion/;

(3) https://isrobinson.org/investigaciones/movimiento-san-isidro-radiografia-y-evolucion-del-golpe-blando-contra-cuba/

(4) “A return to détente with Cuba. Biden must rediscover Obama’s patient optimism”. RICHARD E. FEINBERG. FOREIGN AFFAIRS, 5 de febrero.

(5) “The World as It is. Inside the Obama White House”. BEN RHODES. PENGUIN RANDOM HOUSE, 2018.

(6) “How to end Haiti’s terminal despair”. ELISE LABOTT. FOREIGN POLICY, 12 de julio.

(7) “Haiti has been abandoned -by the media, the U.S. and the world”. AMI WILENTZ. THE NATION, 6 de julio.

(6) “New Cuba policy on hold while Biden deals with bigger problems”. KAREN DE YOUNG. THE WASHINGTON POST, 27 de junio; “Latin America unrest force Biden to confront challenges to democracy close to home”. LARA JAKES. THE NEW YORK TIMES, 12 de julio.

EUROPA: LAS BATALLAS VIGENTES DEL NACIONAL-POPULISMO IDENTITARIO

 7 de julio de 2021

El nacional-populismo identitario, lejos de firmar su derrota, como proclaman algunos analistas, continua en traje de combate y dispuesto a presentar batalla con gran adaptabilidad a cada situación.

En Francia, las recientes elecciones regionales parecen haber enfriado las perspectivas electorales de Marine Le Pen, pero no su liderazgo al frente de su Reunión Nacional, revalidado con más de un 98% en el congreso del pasado fin de semana.

En Alemania, los xenófobos de Alternativa (AfD) pondrán a prueba la capacidad del merkelismo sin Merkel para seguir conteniéndolos, con otra fórmula de consenso centrista pendiente del veredicto de las urnas, en menos de cien días.

En Italia, la luna de miel de Mario Draghi se prolonga, bajo el efecto encandilador de los fondos europeos, pero la pujanza de los exponentes del populismo derechista se hace sentir con fuerza en la calle.

En España, la estrella emergente del Partido Popular no es su líder estatal, sino una nueva dirigente madrileña que acaba de apuntarse un triunfo electoral de los que dejan huella, a base de acentuar un mensaje populista que se aleja del centro y encuentra ecos favorables en una extrema derecha envalentonada.

Y mientras, en el ámbito común europeo, una Eslovenia, “en plena deriva autoritaria”, como sostiene un sitio web especializado en los Balcanes (1), asume la presidencia semestral de la UE. El primer ministro esloveno, Janez Jansa, es una de las figuras más controvertidas de la política europea, por su estilo áspero y sus posiciones abiertamente contrarias al orden liberal. No sorprende que la prioridad anunciada de su gestión del club europeo sea la firmeza frente a la inmigración y la conclusión de un pacto que refuerce la política de puertas cerradas y restricciones al derecho de asilo (2).

La formación de Jansa, el Partido Demócrata Esloveno (SDS), está adscrita al Partido Popular europeo (PPE) y al grupo correspondiente en el Parlamento de Estrasburgo. Pero su sensibilidad es más cercana al FIDESZ del húngaro Viktor Orban, que, después de años de composturas, abandono el club democristiano-liberal-conservador cuando ya se había iniciado el proceso de expulsión.

Jansa fue uno de los dirigentes de las juventudes de la Liga Comunista Yugoslava que presionaron por la independencia de Eslovenia hace ahora treinta años, desde la atalaya ideológica de la revista Mladina. De posiciones inicialmente socialdemócratas, ha ido deslizándose ruidosamente hacia un conservadurismo reaccionario cada vez más estridente, con ataques directos a la prensa crítica y políticas abiertamente xenófobas, como denuncian la oposición, organismos de derechos humanos y su colega de 1991, el primer presidente de la Eslovenia independiente, Milan Kucan.

Los grupos Socialista, Verde e Izquierda del PE solicitaron a finales de junio que se suspendiera cautelarmente la entrega de los fondos europeos de reconstrucción a Eslovenia “hasta que se garantizase el respeto del Estado de derecho”. El PPE se negó y protegió a su afiliado, como hizo durante años con el FIDESZ (3). Jansa sabía que se encuentra bajo observación y ha medido bien sus pasos en el exterior. En el pulso final de Orban con el PPE se abstuvo de alinearse con el magiar.

A comienzos de mes, una buena parte de los partidos nacional-populistas europeos suscribieron una declaración política común que consagraba el acercamiento del FIDESZ y se presentaba como “la primera piedra” de una “gran alianza” con el objetivo de “reformar Europa”. El esloveno Jansa, una vez más, se desmarcó aunque es evidente que comparte su programa. Salvini y Le Pen fueron los promotores más destacados de la iniciativa nacional-populista. Consiguieron atraer a los polacos de Ley y Justicia (PiS), de Kaczynski, aunque esta formación pertenezca a otro grupo parlamentario, igual que VOX y los Fratelli italianos. Sin embargo, se desmarcaron Alternativa por Alemania y los Demócratas de Suecia. La unidad de las filas identitarias tiene mucho camino aún que recorrer, pero el empeño sigue vivo (4).

El futuro del nacional-populismo europeo depende en gran medida de la capacidad de los partidos centristas de ofrecer respuestas eficaces a los problemas económicos y sociales, más allá de los efectos del COVID. Hasta ahora, no lo han hecho. En algunos casos, incluso han asumido algunos de los mensajes, prejuicios y resortes del nacionalismo reaccionario.

El centrismo en Alemania y Francia se enfrenta al nacionalismo populista identitario desde posiciones y experiencias históricos distintas, pero con un mismo propósito: anclarlo en una franja electoral marginal o, al menos, incapaz de alterar los equilibrios políticos. Ocurrió en 2017 y el empeño se renueva, por mor de los distintos calendarios electorales, en los próximos diez meses (de septiembre de este año, fecha de las legislativas germanas, hasta mayo-junio del año entrante, cita para las presidenciales y generales galas).

La democracia cristiana alemana ha elegido a Armin Laschet para que siga haciendo la labor de Merkel, es decir, conservar el orden socio-político de la alternancia centrista con los socialdemócratas, vigente desde los años sesenta. Pero si el SPD no es capaz de frenar su decadencia, la CDU puede echar mano de unos ecologistas que han enterrado cualquier tentación antisistema y se han transformado en un concurrente más del orden liberal. En caso de que los lejanos herederos de Willy Brandt se recompongan (poco probable), no tendrán dificultades para acordar una fórmula de gobierno con los eclécticos verdes, que han demostrado querer, saber y poder gobernar con las dos manos (5). Cualquier de estas dos fórmulas asegurará la estabilidad, fórmula sacrosanta de la RFA, y sancionará el testimonialismo del populismo identitario.                          

En Francia, las cosas son más complicadas. La altísima abstención de las recientes elecciones regionales (dos de cada tres electores no fue a votar) confirma la enorme desafección política. La derecha conservadora quiere hacer valer su clara pero relativa victoria, ante el gran desafío del año próximo. El gran perdedor ha sido el partido fallido del Presidente Macron (La República en marcha), que no ha obtenido un solo enclave de poder territorial, confirmando la debilidad de su base organizativa. El solitario del Eliseo vuelve de nuevo a jugársela con las cartas del carisma personal y su propuesta reformista. Pero su retórica está más que desgastada, sus mensajes han perdido credibilidad y su ejército parece desnortado. Ya no le bastará el recurso de frenar a la extrema derecha, porque bien podría ser descartado en la primera vuelta, en beneficio del candidato de la derecha (6). Sólo juega a su favor que ésta no tiene aún un candidato común. Las regionales han hecho una selección del pelotón, pero la batalla del liderazgo está por decidir, en unas primarias que son siempre desgastantes. Marine Le Pen sigue nutriéndose de un electorado otrora de izquierdas. Pese a un resultado mejor de lo esperado en los comicios regionales, los socialistas están lejos de encontrarse en una vía de recuperación. Le Pen sabe mucho mejor cómo llegar a unas clases medias decepcionadas y a unos sectores populares desengañados (7).

                La suerte del nacional-populismo identitario en Italia se encuentra en una suerte de hibernación, mientras al “experimento Draghi” no le falten recursos. Cada cual juega sus cartas con la astucia italiana habitual. El replegado Salvini se ha dado un baño de moderación y racionalidad, apoyando al expresidente del Banco Central europeo, pero no deja de lanzar mensajes sobre su vuelta al combate si es necesario. De esa contradicción táctica se aprovecha la estrella emergente del panorama político, Giorgia Melloni, que ha limpiado las cañerías de su partido de los fétidos residuos fascistoides, pero ha conservado el mensaje grandilocuente del orgullo nacional. Su mensaje es combativo pero amable, como corresponde a la denominación escogida para el partido: los Fratelli, los Hermanos. Sus orígenes obreros y populares le dan credibilidad entre los sectores más modestos del electorado (8). Algunas encuestas lo sitúan como potencial segundo partido del país, con un 20% de intención de voto.

También mujer, como Le Pen y Melloni, y de humildes raíces (como la italiana, no como la francesa), Isabel Díaz Ayuso aparece en España como un posible recambio del liderazgo del centro-derecha, si los tiempos se ponen recios y el gobierno de izquierda logra construir un espacio de diálogo perdurable con los nacionalistas catalanes, al menos tan eficaz como el conseguido con los vascos. El verdor político de Ayuso puede ser una baza política rentable. Pero lo inquietante es su facilidad para conectar con el electorado nacional-populista. Si hay alguien ahora en el Partido Popular capaz de recuperar parte de los votos que se han fugado a la ultraderecha de Vox es la actual presidenta de la Comunidad de Madrid. La tendencia de Ayuso a comportarse como en su día hizo Sarkozy es cada vez más evidente.

               

NOTAS

(1) “Une Slovénie en pleine dérive autoritaire à la tête de l’Union Européenne”. COURRIER DES BALKANS, 1 de julio.

(2) “Slovenia takes over EU Presidency amid wave of criticism”. BALKANS INSIGHT, 1 de julio.

(3) “La Slovénie prend la présidence de l’UE en plein débat sur l’Etat de droit”. LE MONDE, 1 de julio.

(4) “L’extrême droite européenne signe una déclaration commune autour d’Orban, Salvini et Le Pen, mais sans s’unir dant le Parlement”. LE MONDE, 2 de julio.

(5) “Annalena Baerbock holds the keys to Germany’s next election”. DER SPIEGEL, 23 de abril.

(6) “Elections regionales 2021: la recomposition du paysage politique remise en question”. SOLENN DE ROYER. LE MONDE, 28 de junio.

(7) “A Perpignan, au congrés du RN, Marine Le Pen verrouille le parti avant la présidentielle”. LE MONDE, 5 de julio.

(8) “Italy’s far-right is on the rise”. MATTIA FERRARESI. FOREIGN POLICY, 29 de junio.

 

CHINA: CIEN AÑOS ES SÓLO EL COMIENZO

 30 de junio de 2021

El Partido Comunista de China festeja este 1 de julio sus 100 cumpleaños. Aunque la fecha documentada del centenario de su fundación es el día 23 de este mes, el liderazgo ha preferido esta fecha redonda. Se trata de una rectificación histórica menor, en contraste con otras mucho menos inocentes. 

Como si se tratara de un capítulo apócrifo de 1984, la novela de Georges Orwell, el Partido Comunista acaba de reescribir su propia historia, acorde con los intereses actuales de los dirigentes, es decir, de la línea oficial. La intención propagandista es evidente. Los aspectos más oscuros de la historia del partido están minimizados. El decenio de la Revolución Cultural (1966-1976) apenas ocupa 12 páginas y la gran hambruna desencadenada por la campaña del Gran salto adelante (1958-1961) ni siquiera se menciona. Tampoco se dice una palabra del Pequeño Libro Rojo, el catecismo maoísta que debía servir de herramienta educativa primaria.

En cambio, como sostiene el corresponsal de LE MONDE en Pekín, se mitifican y engrandecen otros periodos, en particular la Larga Marcha, es decir, el repliegue táctico que Mao emprendió durante un año (de octubre de 1934 al mismo mes de 1935) para proteger a sus tropas de la ofensiva nacionalista. Algo similar ocurre con el triunfo en la guerra interna y el nacimiento de la República Popular, en 1949.

Pero lo más significativo es la inmensa importancia que se concede al periodo más reciente: de las 531 páginas, casi una cuarta parte están dedicadas a los ocho últimos años, es decir al mandato del actual líder, Xi Jinping (1). No es simplemente un sesgo oficialista habitual. El detalle refleja la ambición del hombre que se encuentra en la cúspide del sistema, sólo comparable a la del fundador de la nueva China, Mao Zedong.

UNA CHINA, UN ÚNICO PARTIDO, UN SOLO LÍDER

En menos de una década al frente del Partido (y del Estado), Xi Jinping ha acumulado más poder que cualquiera de sus predecesores desde 1976. Ha eliminado la limitación de dos mandatos, ha concentrado todas las funciones ejecutivas (excepto la administrativa del gobierno, un elemento menor) y se ha erigido no sólo en interprete del pasado, sino, sobre todo, en guía iluminado del futuro. Sus ideas han adquirido categoría de pensamiento, es decir, de doctrina: un privilegio del que sólo Mao había gozado hasta ahora. Ni siquiera el pequeño gran líder del posmaoísmo, Deng Xiaoping, alcanzó ese honor (quizás ni siquiera lo pretendió).

La era de Xi Jinping es tanto la culminación de una centuria impresionante, que ha llevado a China de la condición de gigante pobre a segunda potencia económica mundial, cuanto el inicio de un nuevo siglo llamado a ser el de China (2). Este periodo que comienza se presenta como “el gran renacimiento de la nación china”. O como dice la propaganda oficial, “un país, un sueño”. Un sueño que hay que hacer realidad.

El Partido Comunista chino ha pasado por varias etapas, según su dimensión táctica, pero siempre con una misma orientación estratégica: la consolidación de su liderazgo. Mao dirigió un partido revolucionario; Deng, un partido reformista; y sus sucesores, un partido pragmático. Xi Jin Ping pretende convertirlo en un partido dominador. “Todo está bajo el control del Partido”, ha dicho. En otras épocas, el partido había cedido zonas de poder a otras instituciones de la República Popular, aunque conservara su papel hegemónico. Ahora, el Partido “recupera” el control de todos los ámbitos de la vida nacional. La China de Xi es el contramodelo de la URSS de Gorbachov, como dice la sinóloga francesa Chloé Froissart (3).

En este empeño hay poco de ideología y mucho de poder. La construcción del socialismo, dice el gran líder, es un proceso que exige aparente renuncias y concesiones al modo de producción capitalista, pero siempre y cuando éste se encuentre bajo el control del Partido. Es la fórmula del “capitalismo de Estado”. El avance de la iniciativa privada y de los negocios particulares que se produjo entre 1979 y 2013 se ha frenado. Las empresas reciben enormes ayudas del Estado pero están sometidas a fuerte controles y orientaciones precisas. En realidad, son ya instrumento del poder político, cómplices de sus estrategias económicas, comerciales y, sobre todo, tecnológicas, la gran obsesión de Xi Jinping (4).

Los 90 millones largos de militantes del Partido Comunista chino han sido movilizados como un ejército disciplinado y selecto. El objetivo no es crecer en número sino escoger a los mejores, a los más capaces. Y a los más dignos. De ahí la importancia mayúscula que Xi ha puesto en su campaña contra la corrupción, que dirige a través de una de las nueve comisiones centrales del Partido. Nunca, desde la Revolución Cultural, se ha producido una purga tan intensa y sistemática. Ni siquiera la desmaoización de la segunda mitad de los setenta llegó tan lejos. Hay una legítima depuración de los elementos corruptos, que no solo degradan los principios del Partido y privan de recursos a la población, sino que comprometen los objetivos presentes y futuros del programa de renacimiento. Pero también ha servido para librar las correspondientes luchas intestinas. En esta ocasión, la resistencia ha sido muy débil (5).

LOS PILARES DEL RENACIMIENTO CHINO

La comunidad académica y estratégica no deja de producir análisis y documentos que presentan a Xi como un líder muy ambicioso. Y apresurado. Según Jude Blanchette, responsable de China en el oficialista Centro de estudios internacionales y estratégicos (CSIS), el presidente chino tiene “prisa” por hacer avanzar su programa (6). Una vez que ha asegurado el control del poder político, de los resortes económicos y de los principales ámbitos de la sociedad se dispondría ahora a aplicar sus planes internacionales. La acción exterior se asienta en dos pilares: el regional y el global.

Tras sofocar las zonas de dudosa lealtad interior (Xinjiang y Tíbet) y proceder a la involución en Hong Kong, se trataría ahora de consolidar la hegemonía militar en la zona marítima meridional y, en paralelo, intensificar la presión sobre Taiwan, con el objetivo de lograr la reunificación nacional en el horizonte de otro centenario, el de la República Popular.  

El segundo pilar es la expansión económica y estratégica iniciado con la iniciativa de la moderna Ruta de la seda (Belt & Road) y el Banco asiático de inversiones en infraestructuras. Más allá de las limitaciones y contradicciones de estas dos herramientas, la posición de China en el mundo se ha fortalecido en los últimos ocho años. La superación del COVID-19 y los mil millones de dosis de la vacuna Sinovac han dado impulso a esta proyección exterior.

Según Blanchette, el “apresuramiento” de Xi se explica por la convergencia de cambios geopolíticos, demográficos, económicos, medioambientales y tecnológicos. El líder chino está convencido de que Occidente ha entrado en una fase de declive irrecuperable, que no se puede desaprovechar. No obstante, en el desarrollo de China se detectan algunas debilidades que aconsejan no demorarse. El deterioro demográfico (envejecimiento inexorable antes del final de esta década) acarreará tensiones en la fuerza laboral, subida de sueldos, alza del desempleo y descenso de la productividad. La economía ya está recalentada, la inversión en infraestructuras se encuentra al borde de la saturación y el nivel del endeudamiento empieza a ser preocupante. El deterioro del medio ambiente exige medidas inmediatas contundentes.

El último “cambio”, y el más decisivo, es el tecnológico: es, de hecho, el factor que puede ayudar a China a superar todos los obstáculos en su “larga marcha” del siglo XXI hacia el liderazgo mundial. Si en los años bisagra entre siglos, la manifestación más evidente de la pujanza china fue la conquista de los mercados internacionales, el designio de la nueva centuria es alcanzar primero la autonomía tecnológica y, más adelante, la supremacía mundial (7). El presidente chino está convencido, y así lo ha manifestado en numerosas ocasiones, que el “sueño chino” no podrá hacerse efectivo sin un salto tecnológico eficaz. Esta apuesta tecnológica primordial tiene una utilidad adicional: mediante el desarrollo de las técnicas de vigilancia se refuerza el control de la población y, por tanto, se afianza el poder del aparato.

Las élites políticas y estratégicas norteamericanas observan con aprensión el ascenso chino. Tras décadas de cierta pasividad, han decidido ahora movilizarse y agrupar a los aliados detrás del empeño por frenar prácticas que se consideran contrarias al orden liberal internacional, del que China -afirman- se aprovecha sin cumplir estrictamente con sus reglas. En las recientes cumbres del G-7 y de la OTAN, Joe Biden ha conseguido alinear a sus socios europeos, asiático y canadiense con su prioridad internacional de afrontar sin remilgos el “desafío chino”. Será la batalla del presente siglo.

 

NOTAS

(1) “Entre omissions et mystification, le Parti comuniste chinois réécrit l’histoire du pays”. FRÉDÉRIC LEMAÎTRE (corresponsal). LE MONDE, 29 de junio.

(2) “China’s Communist Party at 100. Dossier. THE ECONOMIST, 26 de junio.

(3) Entrevista con la sinóloga francesa Chloé Froissart, profesora en el Instituto nacional de lenguas y civilizaciones occidentales (INALCO). LE MONDE, 4 de abril.

(4) “The dawn of the Dragon. How Xi Jinping has transformed China”. BENHARD ZAHN. DER SPIEGEL, 29 de diciembre de 2020.

(5) “The Robber barons of Beijing”. YUEN YUEN ANG. FOREING AFFAIRS, julio-agosto 2021.

(6) “Xi’s gamble. The race to consolidate power and stave off disaster”. JUDE BLANCHETTE. FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2021.

(7) “China as a ‘cyber great power’: Biejing’s two voices in telecommunications”. RUSH DOSHI y als.; “The Chinese government embraces tech industry competition”. TOM WHEELER. BROOKINGS, Abril 2021.

IRÁN: LA REVOLUCIÓN SE REPLIEGA HACIA SU LADO MÁS OSCURO

23 de junio de 2021

Con la elección del muy conservador Ebrahim Raisi, la República Islámica de Irán copa todas las estructuras efectivas de poder. Bajo el pináculo del Supremo Guía, expresión máxima de la teocracia iraní, la ficticia distribución de poderes (legislativo, judicial, ejecutivo, militar y policial se resuelve en una sola línea totalitaria de orientación y actuación. Con todo, esta uniformidad del Estado esconde una feroz lucha por el poder entre los clanes del régimen.

Con una abstención superior el 51%, la elección de Raisi ha sido un trámite. El Consejo de Guardianes, un organismo de una docena de clérigos seleccionados, había vetado al 99% de los candidatos iniciales, incluidos quienes tenían más posibilidades de disputar la elección a Raisi. Los más significativos fueron el actual vicepresidente de la República, Eshag Jasanghiri, hombre de confianza del Jefe de Estado saliente, el moderado Rouhani, o el portavoz del Parlamento, Ali Larijani, más cercano a los conservadores (1).

ESPECULACIONES SOBRE LA LUCHA DE PODER

Los analistas de origen iraní afincados en Occidente, la mayoría en Estados Unidos, atribuyen este elección dirigida a la intención del Guía Supremo de evitar sorpresas y asegurarse un final pacífico de su mandato. Ali Jamenei dejará pronto el cargo, pero, además, padece una grave enfermedad y su fallecimiento no parece lejano. Se le atribuye la intención de proteger su legado mediante la continuidad de sus asesores, incluido su hijo Mojtaba.

Raisi era el candidato menos peligroso para los intereses de Jamenei. Su curriculum es terrible. Fue el artífice de la gran purga que propició las ejecuciones sumarias de 1988, tras la relativa victoria en la guerra contra Irak. Fue ascendiendo en el escalafón represivo hasta ser el máximo representante de la institución judicial iraní (2). Aspiró a la presidencia en las últimas elecciones, pero fue derrotado por Rouhani, a pesar de contar también con el apoyo del Guía. No obstante hay quien, como Sajjad Safaei, del Instituto berlinés Max Planck, lo ve más como un pragmático ávido de poder que como un doctrinario fanático (3).

Alí Vaez, experto en Irán del International Crisis Group, considera, en cambio, que las  especulaciones sobre las luchas en la cúspide de la teocracia iraní pueden estar confundidas. Vaez duda de que Raisi sean tan manejable por los seguidores de Jamenei. Pero tampoco concede mucho crédito a otra línea de interpretación, un tanto conspirativa, consistente en promover a Raisi con la intención de quemarlo en el cargo, ante la inseguridad económica y el incierto resultado de las negociaciones sobre el programa nuclear. Al cabo, señala Vaez, es muy probable que, pese a las dificultades, se restaure el acuerdo de 2015 y el levantamiento de las sanciones, aunque no sea pleno e inmediato, propiciará una mejora de la situación económica y, por tanto, un alivio de las tensiones sociales (4).

LA CAJA CERRADA DEL ACUERDO NUCLEAR

Estas especulaciones se proyectan sobre las perspectivas de las negociaciones de Viena. Alex Vatanka, director de la sección iraní del Instituto del Medio Oriente, un think-tank de Washington, estima que Jamenei desearía un compromiso antes de que Rouhani deje el sillón presidencial a Raisi, para que sea el primero quien cargue con el peso de los reproches de los radicales ante la “capitulación frente a Occidente”, en caso de que las sanciones no sean completamente eliminadas; por el contrario, una hipotética mejoría de las condiciones socio-económicas sólo serán perceptibles dentro de unos meses, ya con el nuevo presidente (5). En sus primeras declaraciones tras ser elegido, Raisi se ha limitado a defender la línea dura oficial.

Vali Nasr, otro investigador de origen iraní radicado en EE.UU (es profesor de la Universidad John Hopkins) ha declarado al New York Times que Irán se encuentra en un “momento Nixon-China”; es decir, sólo los conservadores pueden afrontar el desafío de un acuerdo necesario con Occidente, igual que el feroz anticomunista expresidente era el político más adecuado de la época para iniciar el deshielo con el gigante rojo asiático (6).

En la actualidad, tras varias rondas de negociaciones, en la que Estados Unidos e Irán no han hablado directamente sino a través de los otros participantes, el acuerdo parece más cercano. Pero no sólo Irán hace cábalas internas. La Casa Blanca se encuentra en una posición difícil. Aunque la política trumpiana de “máxima presión” haya sido un fracaso, sus defensores en Washington intentarán boicotear cualquier acuerdo que no prolongue sine die (o al menos durante muchos años) la capacidad iraní de enriquecer uranio. Tampoco aceptarán que no se aborden los otros dos asuntos que quedaron fuera del acuerdo de 2015, es decir, el programa de misiles y la actuación iraní en las crisis político-militares en Oriente Medio (Siria, Yemen, Irak, Líbano, Gaza, etc.) a través de sus protegidos locales respectivos (el clan Assad, los hutíes, las milicias chíies, Hezbollah y Hamas, entre otros).

Los iraníes sostienen, con bastante razón, que fue Trump quien rompió el pacto sin motivo e impuso de nuevo las sanciones. Teherán se demoró meses antes de desvincularse de sus obligaciones y comenzar de nuevo a enriquecer uranio: del 20% fijado en el acuerdo, se ha pasado, en este momento, a más del 65%. También ha vulnerado la prohibición de desarrollar centrifugadoras de nueva generación y otras provisiones del pacto (7).

El todavía jefe de la diplomacia iraní, el reformista Mohammad Javad Zarif, en un intento por restaurar el acuerdo de 2015, se pronunció públicamente a favor de recuperar lo pactado sin las enmiendas ni añadidos pretendidos por Washington (8). Pero sus palabras cayeron en saco roto. En la nueva administración norteamericana lo dan por amortizado, obviamente, y los conservadores iraníes lo destruyeron definitivamente tras filtrar unas conversaciones privadas suyas en las que criticaba duramente a sus rivales políticos.

La estrategia de la administración Biden parece consistir en llegar a un acuerdo de mínimos (el de 2015), pero con el compromiso de abordar más tarde los mencionados asuntos polémicos del armamento y la “desestabilización” regional, manteniendo la amenaza latente de una reimposición parcial o selectiva de sanciones, por si acaso. Un delicado equilibrio con el que cuenta Jamenei -y el propio Raisi-, lo que impedirá una “normalización” en las relaciones bilaterales. A Irán podrá servirle para continuar su proceso de coexistencia pacífica con Arabía Saudí, si eso beneficia los intereses de ambas partes. También para no depender mucho de Rusia y China (9). Para Israel, cualquier arreglo que mantenga a salvo el poderío nuclear es inaceptable. No obstante, el  nuevo gobierno “Frankenstein” evitará un choque directo con la Casa Blanca, contrariamente a lo que practicó Netanyahu con Obama.

Los medios occidentales conceden una gran importancia al acuerdo nuclear en el devenir de la República Islámica. Visión comprensible pero parcial. Otros factores pesan tanto o más que el entorno exterior, como son las quiebras internas del sistema y el deterioro social, que alcanza a sectores hasta ahora favorables o al menos poco hostiles. La Revolución es más impopular que nunca pero no parece encontrarse al borde de una revuelta al estilo de las primaveras árabes. Ha sobrevivido al fusionar el sustrato teocrático con el manto militar y policial con la promesa de una vida mejor (10). Cañones y (promesa de) mantequilla es la fórmula que suelen utilizar las revoluciones cuando se convierten en dictaduras. La teocracia iraní añade la fe.

 

NOTAS

(1) “Iran’s election is unfree, unfair and preordained”. RAVI AGRAWAL. FOREIGN POLICY, 18 de junio; “Iran’s presidential election: Opportunity or dead end? KIAN TABAJKHSH, MASIH ALINEJAD y SARA BAZOOBANDI. CARNEGIE, 15 de junio.

(2) “Who is Ebrahim Raisi, Iran’s next President”. MAZIAR MOTAMEDI. AL JAZEERA, 19 de junio.

(3) “Ebrahim Rais is not who you think it is! SAJJAD SAFFAEI. FOREIGN POLICY, 19 de junio.

(4) “Iran’s rigged election”. ALI VAEZ. FOREIGN AFFAIRS, 16 de junio.

(5) “Khamenei want a nuclear deal before Rouhani leaves”. ALEX VATANKA. FOREIGN POLICY, 17 de junio.

(6) “For Biden, Iranian hardliner may be best path to restoring Nuclear deal. DAVID SANGER, FARNAZ FASSIHI. THE NEW YORK TIMES, 19 de junio.

(7) “L’AEIA souligne irrégularités et se dit ‘préoccupé’ par des sites non déclarés”. LE MONDE, 31 de mayo.

(8) “Iran wants the nuclear deal It made”. MOHAMMAD JAVAD ZARIF. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.

(9) “Iran needs the nuclear deal to keep China and Rusia at bay”. JAMSHEED K. CHOKSY y CAROL E.B. CHOKSY. FOREIGN AFFAIRS, 25 de mayo.

(10) “The Islamic Republic’s Republic is dying”. SINA TOOSSI. FOREIGN POLICY, 27 de mayo; “Iran Uninterrupted”. MAHMOOD SARIOLGHALAM. CARNEGIE, 8 de junio.

 


 

EL NUEVO Y CONFUSO NUEVO COMBATE DE OCCIDENTE

 17 de junio de 2021

Tres cumbres (G-7, Europa-EE.UU. y OTAN) y numerosos encuentros bilaterales en apenas una semana, supuestamente para definir los tiempos que corren y afrontar actuales y futuros “desafíos”. Occidente (y sus socios asiáticos) han intentado coreografiar un marco general de respuestas convincentes. El problema es que difícilmente podían hacerlo cuando no se perciben con demasiada claridad las incógnitas o no existe un consenso completo sobre ellas de puertas adentro.

La OTAN y el G-7 han sido mecanismos de la geometría variable del dominio occidental frente al enemigo soviético (el primero) o las crisis cíclicas del capitalismo desde la década de los setenta (el segundo). Desde los años noventa, han intentado adaptarse a los cambios, pero siempre con el objetivo primordial de mantener su pilotaje del orden mundial.  

En la actualidad, los adversarios han cambiado. China, desde luego; e incluso Rusia, que se asienta sobre parte del territorio de la URSS y con similar capacidad militar, pero con distintos objetivos políticos. La naturaleza del conflicto sigue siendo el pulso por determinar la hegemonía mundial, pero no como antaño, mediante dos sistemas económicos opuestos (capitalismo y comunismo), sino a través de la confrontación de diferentes modelos de capitalismo, el liberal y el autoritario (o de Estado).

La presente confrontación actual no está basada fundamentalmente en supuestos ideológicos, aunque los contendientes sostengan instituciones políticas diferentes. China se aferra al partido único y la unidad funcional del Estado. Rusia es, formalmente, una democracia mixta,  presidencialista y parlamentaria, si bien los mecanismos de división y equilibrios de poder poco tienen que ver con los liberales u occidentales.

LAS “ADAPTACIONES” DE LA OTAN

Las cumbres occidentales de esta semana pasada han asumido la propuesta americana de considerar a China como un “desafío” presente y futuro. En su ámbito, la OTAN ha denunciado sus “declaradas ambiciones y su asertivo comportamiento”, que suponen una amenaza para el orden liberal (1). Este “giro hacia China” de las prioridades atlantistas supone una nueva adaptación estratégica. La primera tuvo lugar en los primeros años 90, cuando se quiso convertir a los países subsidiarios del Pacto de Varsovia de adversarios en aliados y hacer de la Alianza una especie de organización preventiva de seguridad, en la que la nueva Rusia fuera concebida como socia y no como enemiga. Ocurrió todo lo contrario. La intervención “fuera de zona”, en las guerras yugoslavas (Bosnia y Kosovo), a favor de unos contendientes y en contra de los serbios, tradicionales aliados de Rusia, desataron los recelos rusos. La presencia norteamericana en Europa se consolidó, pero intranquilizó sobremanera a Rusia cuando la lógica expansiva de la Alianza trató de llegar hasta sus fronteras (Ucrania).

La segunda adaptación se produjo tras el impacto del 11 de septiembre de 2001, en la primera década del siglo, cuando la OTAN se movilizó detrás de Washington para una operación militar de castigo en Afganistán, donde se escondían los autores intelectuales del primer ataque múltiple sufrido por Estados Unidos en su territorio desde Pearl Harbour. La sarta de mentiras que extendió la guerra a Irak sólo agravó las cosas, pero consolidó la retórica de las “nuevas funciones” de la Alianza: la lucha contra el terrorismo islamista. La fallida “primavera árabe” agudizó los conflictos regionales y evidenció límites y contradicciones de esa nueva adaptación, dejando un reguero de fracasos (Afganistán, Libia, Siria, Irak.). Tras llevar la yihad a territorio occidental, el terrorismo fue contenido pero no eliminado. 

Cumplidas ya tres décadas desde la desaparición de la URSS, y con el mundo más inestable y peligroso, la OTAN aborda su tercera adaptación estratégica: identifica a un “nuevo adversario” (China) y reconfigura “al de siempre” (Rusia, heredero transformado de la URSS). Una Alianza “transformada” encuentra nuevos frentes y motivos para seguir activa (2). Y, con ello, la presencia de Estados Unidos en Europa, después de unos años, los de Trump, en los que la simpleza con la que el entonces líder de la Alianza quería resolver las tensiones y contradicciones aliadas puso muy nervioso al establishment político-militar y estratégico.

EL “REGRESO” DE AMÉRICA

Biden ha venido a Europa a proclamar que “América está de vuelta”, es decir, a poner las “cosas en su sitio”, a Estados Unidos no sólo en el corazón de la defensa Europa, sino también en la vanguardia del combate frente a adversarios que, se dice, no usan las armas propias de la guerra fría, sino herramientas más insidiosas (3). A saber: ciberataques contra infraestructuras, desleales prácticas comerciales, espionaje y pirateo de la propiedad intelectual, extorsión de países en desarrollo mediante la engañosa seducción de inversión y la construcción de infraestructuras, interferencias ilegítimas en procesos electorales, persecución y eliminación de opositores y disidentes, asfixia y persecución de minorías, hostigamiento y/o desestabilización de vecinos, etc.

Ahora, como antes, se trata de combatir con más eficacia por la supremacía mundial. No ha cambiado la naturaleza del conflicto, pero sí las reglas y, desde luego, el entorno. China no quiere liderar la revolución mundial ni implantar su modelo político. Quiere aprovechar el sistema económico mundial (alterando las reglas que sea preciso) para cumplir con su designio: alcanzar la hegemonía planetaria y hacer del XXI el siglo de China. Rusia es más modesta: pretende sobrevivir en su replegado poderío y asegurarse un cinturón de seguridad más reducido que el soviético, pero más seguro. En los dos casos, no hay un discurso ideológico combativo, salvo un nacionalismo práctico y sincrético.

Biden está elaborando una suerte de doctrina para dar cobertura a su empeño: el imperativo moral de que las democracias triunfen sobre las autocracias. Apela al desafío experimentado en su propio país. En su discurso inaugural proclamó que “la democracia ha prevalecido en América”, pese a cuatro años de deriva autoritaria-populista, el intento de deslegitimar los resultados electorales de noviembre y el asalto el Congreso en enero.

Sin embargo, el nuevo presidente norteamericano no debe desconocer que Trump y el trumpismo siguen vivos y han colonizado al Partido Republicano y que en muchos estados se están aprobado modificaciones legislativas que restringen, dificultan o el derecho al voto. La democracia americana está más amenazada que nunca. Desde dentro.

UNA ESTRATEGIA POR CUAJAR

Los aliados comparten en líneas generales el diagnóstico sobre China (y Rusia), pero, comunicados aparte, cada uno se acomoda a la realidad a su manera y según su conveniencia. Estados Unidos libra un combate decisivo contra un rival que le disputa el puesto que ahora ocupa. Europa, en cambio, como actor importante pero secundario, ha querido hasta ahora evitar una confrontación directa con el antiguo Imperio del Medio. Hay muchos intereses económicos en juego. Estados Unidos puede llegar a plantearse el decoupling (desanclaje) de su economía y la de China, a pesar de que no está tan claro que eso le beneficiara. Europa no se lo puede permitir (4). Con la URSS nunca se construyó un sistema económico integrado como antídoto de las amenazas militares; con China, no se ha hecho otra cosa desde los 80, pese a retrocesos y dificultades. De ahí la prudencia europea en este proceso aún incierto (5).

Otro factor que condiciona el nuevo posicionamiento de la OTAN aún por desarrollar y estructurar es la consolidación de la convergencia de intereses entre Pekín y Moscú. Ya se ha avanzado notablemente en el terreno político y militar . Sus economías son complementarias, aunque los límites de una cooperación más amplia son notables (6). En todo caso, no es juicioso esperar que chinos y rusos permanezcan de brazos cruzados y esperen a que esta estrategia occidental se resuelva en un rumbo más pragmático.

Frenar o condicionar esa convergencia ruso-china es uno de los objetivos de actuación que se plantea la administración Biden en su esfuerzo por encuadrar las tensas relaciones con el Kremlin (7), que están en el nivel más bajo de los últimos treinta años, según admiten ambas partes. Aquí se presenta una suerte de “cuadratura del círculo”: cómo presionar a Moscú para “contener” sus malos hábitos, sin irritarlo lo suficiente para evitar la ruptura y el acercamiento aún más estrecho a Pekín.  La cumbre Biden-Putin en Ginebra ha salido como se esperaba. Un esfuerzo por presentar las profundas diferencias y reproches con amabilidad, pero sin concesiones ni avances. No deben esperarse cambios a corto plazo.

 

NOTAS

(1)    https://www.nato.int/cps/en/natohq/news_185000.htm?selectedLocale=en

(2) “The future of NATO in an order transformed”. BRUCE JONES. BROOKINGS, 14 de junio.

(3) “Joe Biden worries that China might win. THOMAS WRIGHT. THE ATLANTIC, 9 de junio.

(4) “The World might want China’s rules”. STEPHEN WALT (HARVARD). FOREIGN POLICY, 5 de mayo;

(5) “Pour l’OTAN, la Chine représente desormais un ‘défi sistémique’ por l’ordre mundial”. LE MONDE, 15 de junio.

(6) “China and Russia’s dangerous convergence”. ANDREA KENDALL-TAYLOR y DAVID SHULLMAN. FOREIGN AFFAIRS, 3 de mayo; “Is Putin really considering a military alliance with China? ALEXANDER GABUEV. CARNEGIE MOSCOW, 3 de diciembre.

(7) “How Biden should deal with Putin”. MICHAEL MCFAUL. FOREIGN AFFAIRS, 14 de junio.

AMÉRICA LATINA: LA FALSA RETÓRICA DEL ANTIPOPULISMO

 9 de junio de 2021

Las elecciones en Perú (presidenciales) y México (legislativas) han vuelto a avivar la obsesión por el populismo latinoamericano, al que se considera como un agravante de la crisis endémica de la región. Estos días se han utilizado estas dos citas electorales para reiterar la narrativa en contra de las opciones que se presienten (Perú) o se evalúan (México) como perniciosas para la prosperidad y peligrosas para la democracia.

PERÚ: EL FANTASMA DEL “COMUNISMO”

El eventual triunfo de Pedro Castillo en Perú se presenta como un refuerzo del eje bolivariano (que en realidad hace mucho tiempo que dejó de existir, si es que alguna vez pasó de las proclamaciones retóricas o el voluntarismo de sus estandartes). La élite política peruana ha acudido al fantasma del “comunismo”, temerosa de que la agitación del peligro “populista” no fuera ya suficiente para asustar a las clases acomodadas y medias. Poco importa que eso suponga confiar el mando (formal) del país a Keiko Fujimori, cuyas credenciales democráticas son pésimas, no por sus antecedentes familiares, sino por su trayectoria propia como política activa en el Congreso nacional ( ).

La convergencia de apoyos aglutinada en torno a la candidata de la derecha ilustra muy bien la inescrupulosa costumbre del entorno liberal-conservador latinoamericano: cuando se cree en peligro el sistema socio-económico que blinda sus intereses, se relegan al olvido los discursos sobre la libertad y los derechos humanos para atender a lo que importa. Así ocurrió en Perú a mediados de los años setenta, con el respaldo sin complejos a la dictadura militar del general Morales Bermúdez, que “corrigió” (en realidad, liquidó) el experimento socializante (“populista”, se diría ahora) de su colega de armas, el general Velasco Alvarado.

 Las dudas sobre el programa de Castillo son comprensibles. La impregnación religiosa (católica) de su discurso y de su experiencia vital familiar y social parece desmentir cualquier tentación “comunista” (2). Pero en el arsenal propagandístico de la derecha peruana no hay mucha imaginación. Aunque se cuente para esta hora con la no tan inesperada colaboración del brillante novelista Mario Vargas Llosa y su neoliberal hijo Álvaro, éste más bragado sobre el terreno del subcontinente en las dos últimas décadas. Queda muy atrás la contienda que enfrentó a Vargas Llosa (Mario) con Fujimori (Alberto), en el que, a decir del primero, se dirimía el futuro de la democracia peruana, tras la traumática guerra alucinadora de Sendero Luminoso. De esa confrontación para defender las libertades se ha pasado, treinta años más tarde, a una lucha a muerte “por el sistema” (socio-económico, se entiende) y a defender “el mal menor” (3).

Perú ha sido el laboratorio más elaborado del modelo regional de libre comercio, debido en parte a su posición geográfica (balcón al Pacífico). Esta “ventaja” es compartida con Chile, el otro “campeón” de la apertura económica internacional en las últimas dos décadas. A pesar de la distinta solidez de las dos economías (más fuerte la chilena), en ambos casos la experiencia se ha saldado con un parejo y dramático fracaso: una creciente desigual social, que ha provocado enorme sufrimiento humano y una desafección hacia el sistema democrático liberal. Perú ha tenido cinco presidentes en los cinco últimos años y Chile acaba de escenificar el mayor repudio de la clase política tradicional desde el final de la dictadura pinochetista, en las elecciones constituyentes. Al cabo, no es el “populismo” lo que hace peligrar el sistema democrático, sino la falta de respuestas liberales a las necesidades populares (3).

Otro elemento que impugna el catastrofismo de las élites peruanas es la dudosa capacidad de un hipotético “Presidente Castillo” para aplicar un programa “populista”. El Congreso actual no le es favorable. Más agitación y no chavismo es lo que se avista en Perú (4).

 MÉXICO: LA TAREA PENDIENTE DE AMLO

En el caso de México, el debate es de otra naturaleza. El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador (AMLO, en el lenguaje político local) en las presidenciales de 2018 culminó un largo empeño de dos décadas, en las que la institucionalización del fraude le impidió alcanzar su objetivo. Por primera vez, lo más parecido a la izquierda regional llegaba a la presidencia de la República. AMLO procedía del corrupto PRI (el partido-Estado que dominó la centuria posterior a la Revolución) y pretendió crear una alternativa popular sin apartarse de la idiosincrasia mexicana, lo que le valió enseguida el apelativo de “populista”.

De ideología confusa y maneras autoritarias, López Obrador se obsesionó con la victoria, convencido de que la izquierda del PRI se había perdido en un laberinto ineficaz de críticas y denuncias. Primero en el liderazgo del PRD (Partido Revolucionario Democrático, una escisión del PRI) y luego al frente de MORENA (Movimiento de Renovación Nacional), AMLO persistió en superar los fosos que lo alejaban del Palacio de los Pinos.

La historia quiso que el mandato de AMLO coincidiera con el de Trump. Lo que el discurso liberal presentó rápidamente como el “choque inevitable de dos populismos”. Para sorpresa de algunos, lo que pasó fue lo contrario: tras un breve cruce de guantes para la galería, ambos se entendieron bajo el manto de un acuerdo de intereses (5). Trump abandonó las presiones sobre la construcción de un muro antimigratorio y López Obrador acentuó los controles frente a la afluencia de cientos de miles de desesperados centroamericanos que sueñan con recalar en el El Dorado del Norte.

En el plano interno, AMLO ha gobernado como se esperaba, blindado por una mayoría absoluta en el Congreso. Se le imputa autoritarismo, falta de respeto por los controles clásicos de la democracia, erosión del principio de la división de poderes y fracaso en algunas de las promesas más repetidas de su larguísima campaña electoral: lucha contra la corrupción y desmilitarización del combate contra el crimen organizado. El presidente ha replicado que la oposición y sus cómplices mienten o manipulan para arruinar su mandato (6).

La realidad se encuentra a medio camino. Es comprensible que no se puedan resolver en tres años problemas tan profundos de la sociedad y el Estado, pero poco práctico se ha hecho para encaminar una mejora solvente. La violencia ha sido pavorosa durante la campaña. El mundo criminal, privado de liderazgo, atomizado y caótico, se han vuelto más peligroso, si cabe. La debilidad del Estado no se ha reducido. AMLO no ha podido o no ha querido zafarse de la militarización de la seguridad pública. Por su instinto autoritario, según sus críticos, a derecha e izquierda; por la corrupción sistemática de las fuerzas policiales y los aparatos jurídicos, según sus partidarios.  

En el plano social, el presidente defiende con orgullo uno de los pilares de su gestión: la creación de estructuras paralelas a las oficiales para hacer avanzar sus programa sociales, con una pirámide de delegados estatales y regionales a las que se les ha conferido un poder directo, para aplicar el objetivo de la “Cuarta Transformación” del proyecto nacional mexicano (7). Algo parecido a lo que quiso hacer Hugo Chávez durante el cénit de su mandato. Con hipocresía evidente, una oposición desacreditada ha querido dar lecciones de legalidad y respeto institucional, tras haber suspendido en lo mismo que reprochan al actual mandatario

En realidad, ha sido la mala gestión del COVID (pareja a la de los dirigentes de la región) y no la tarea de sus rivales políticos lo que más ha pesado en evidenciar las contradicciones de un hiperpresidente más apegado a la tradición del cargo que a sus proclamas transformadoras (8).

Las elecciones de mitad de mandato, celebradas este mes, han confirmado la erosión de AMLO, pero no han certificado su inevitable fracaso, predecido por los altoparlantes de la causa anti populista. MORENA ha perdido la mayoría absoluta (un 25% de escaños menos que en 2018), pero podrá recomponerla con el apoyo de dos partidos afines (verdes y laboristas), aunque no le alcance para reunir los dos tercios del Congreso, necesario para su aspiración de reformas constitucionales. El ascenso de la oposición (un 30% del PRI y del derechista PAN) ha sido insuficiente para bloquear la agenda legislativa del Presidente, pero le permitirá impulsar su estrategia de desgaste político. No obstante, AMLO cuenta con una baza política más: el refuerzo de sus posiciones en los 15 estados de la Federación que han pasado por las urnas.

               

NOTAS

(1) “Peru’s new President will polarize the country”. WILLIAM FREEMAN y LUCAS PERELLÓ. FOREIGN POLICY, 4 de junio.

(2) “Pedro Castillo, l’instituteur candidate des pauvres a l’élection présidentielle”. AMANDA CHAPARRO. LE MONDE, 3 de junio;

(3) “Perú y la desolación final”. ALBERTO BARRERA TISZKA. THE NEW YORK TIMES (en español), 2 de mayo;  

(4) “Peru’s fraying democracy”. MICHAEL SHIFTER. FOREIGN AFFAIRS, 3 de junio”.

(5) “The profound issues at stake in Mexico’s midterms”. VALDA FELBAB-BROWN. BROOKINGS, 4 de junio.

(6) “Au Mexique, l’”hyperprésidence” d’”AMLO” électrise la campagne électoral”. FRÉDÉRIC SALIBA. LE MONDE, 1 de junio.

(7) “Violencia electoral e influencia ilícita en Tierra Caliente”. Informe del INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 2 de junio. K

(8) “Voters should curb Mexico’s power-hungry President. Andres Manuel López Obrador pursues ruinous policies by improper means. THE ECONOMIST, 27 de mayo.