LOS CONFLICTOS EN EL ARCO DE LA CRISIS DEL MUNDO ISLÁMICO

 17 de agosto de 2022

Una nueva era de confrontación entre las grandes potencias ha desplazado del interés mediático los conflictos otrora denominados “de baja intensidad” en el mundo islámico. Se trata del “arco de la crisis”, figura empleada por el que fuera Secretario de Estado de Carter, Cyrus Vance, que él dibujaba desde Marruecos hasta Pakistán. La guerra de Ucrania, ya del todo internacionalizada, se admita o no, y las nuevas tensiones con China, desplazan del primer foco mediático a esa docena, al menos, de conflictos internos, fronterizos, bilaterales o de alcance regional, algunos combinados. Puede ser de interés repasarlos someramente.

En el Magreb, norte de África o África atlántica y mediterránea, se ha abierto de nuevo el riesgo de un rebrote de la guerra en el Sahara, tras el cambio de postura española en favor de un apoyo a la ambigua, indefinida y engañosa propuesta marroquí de una autonomía para el territorio. Los independentistas saharauis no parecen estar sobrados de fuerza para amenazar el control militar de Rabat, pero el reino alauí tampoco se puede permitir otro periodo de inestabilidad en el Sahara. 

Este conflicto ya ha agudizado la rivalidad argelino-marroquí hasta límites peligrosos. Aunque ambos regímenes tratarán de evitar una confrontación mayor, el riesgo estriba en la ausencia de canales de diálogo y en cualquier malentendido o incidente que pueda desatar un choque directo. Francia y España tienen un papel reducido como potenciales mediadores, debido a la desconfianza de Argel.

En Túnez, la deriva autoritaria del Presidente Kais Saïed se afianza tras el referéndum constitucional del mes pasado. A pesar de la baja participación (apenas un 30%), lo que implica un relativo éxito de la campaña de boicot de la oposición, el jefe del Estado ha conseguido formalmente legalizar su giro presidencialista casi absoluto. Muchos de los sectores sociales que lo apoyaron tras su elección, por representar un aparente intento de superar el bloqueo político e imprimir un toque populista a la revolución de 2011, están ahora decepcionados y asustados, en un entorno de agobiante crisis económica. El Ejército es la clave. Pero hasta ahora parece posicionarse en favor del poder fuerte que Saïed pretende consolidar (2).

En Libia, el caos continúa imperando. Dos gobiernos se disputan la legitimidad. Las alianzas de hace unos años se han modificado un tanto, en parte por realineamientos internos, pero también por el diferente grado de presión de las potencias que ejercen presión sobre el país: Egipto, Turquía, los Emiratos o Rusia, con Estados Unidos y Europa en el asiento de atrás. El flujo del petróleo se ha visto interrumpido en algún periodo (3).Los esfuerzos de la ONU han sido inoperantes.

En Egipto, la situación de los derechos humanos ya es pavorosa y la presión económica se asemeja a una bomba de relojería. La represión cimenta el control del Presidente-general Al Sisi tanto o más que en la era de Mubarak. La situación de las cárceles, revelada por recientes informes periodísticos, es terrible (4). El peligro islamista sigue reducido al Sinaí. Pero el malestar social podría favorecer su extensión al resto del país.

Palestina se ha convertido en un gran pudridero. Deterioro de las condiciones de vida, bloqueo sin aparente salida del mal llamado proceso de paz, esclerosis del liderazgo palestino, indiferencia más que impotencia de las potencias occidentales y desesperación creciente de la población. El último episodio de violencia en Gaza refleja el estado actual de las cosas. Israel se siente más seguro que nunca de liquidar a su antojo lo que considera riesgos para su seguridad con la desproporción habitual y mayor impunidad que nunca. La resistencia palestina se divide aún más, incluso entre las fuerzas que no aceptan la vía política negociadora, como Hamas y la Yihad. (5).

Israel se encamina hacia las quintas elecciones en poco más de dos años, sin que se vislumbre la superación del estancamiento político. El primer ministro interino, Yair Lapid, se ha ganado sus oportunas credenciales guerreras este verano en Gaza, algo que podría servirle para intentar neutralizar el discurso belicoso de Netanyahu y reconstruir la híbrida alianza que ha gobernado los últimos meses. Bibi lucha no sólo por su supervivencia política, sino también para escapar del cerco judicial que amenaza con enviarle a prisión o, en el mejor de los casos, inhabilitarlo para los restos (6).

Líbano se hunde en el estancamiento económico y en el inmovilismo político, dos años después de la gigantesca explosión en el puerto de Beirut (7). Ni las presiones de Macron, ni las protestas sociales recurrentes han alterado un pacto político artificial que asegura el reparto de poder entre castas sectarias y grupos de interés. 

Siria asiste a la prolongación de una guerra inacabada. Atrás queda el conflicto total que asoló el país durante una década e hizo perder a la mitad de su población, por fallecimiento, desplazamiento o exilio. Pero continúan focos bélicos en el norte, donde Turquía aspira a consolidar una especie de protectorado para neutralizar a las guerrillas kurdas. Erdogan quiere que Putin le permita hacer las operaciones de limpieza pertinentes, a cambio de ese papel ambivalente que el presidente turco está jugando en la guerra de Ucrania (8). El régimen sirio sigue dependiendo más que nunca de Moscú y Teherán. La filial de Al Qaeda conserva férreamente su enclave en el noroeste y los herederos del Daesh aspiran a restablecerse en zonas desérticas (9).

Irak se instala en la confrontación permanente. A las luchas sectarias que dieron lugar al nacimiento y auge de los extremistas sunníes del Daesh, se unen ahora las agrias disputas entre distintas facciones chiíes. Proiraníes y nacionalistas luchan por controlar el gobierno y las instituciones políticas y de seguridad. Las ocupaciones recientes del Parlamento por los partidarios de Moktada Al-Sadr reflejan el descontrol actual. Vencedor de las elecciones, pero sin mayoría absoluta, el clérigo sempiternamente disidente pretende llevar a su terreno a unas masas descontentas con todos (10). El riesgo de explosión social es altísimo.

Irán está a punto de dotarse de la capacidad nuclear. Biden se ha quedado a mitad de camino entre la negociación y la presión. Parece que, en los últimos días, se han producido avances en Viena. Israel calla y actúa: mata a científicos y prepara actos de sabotaje, con la complicidad, cuando no la cooperación de Washington. A la postre, los israelíes confían en que, incluso si hay acuerdo, éste se convierta en papel mojado y esta o la próxima administración de Estados Unidos se avenga a proporcionar la munición que el estado judío necesita para destruir el operativo nuclear iraní (11).

Yemen se encuentra en estado de tregua, en todo caso precario. No hay indicios de compromisos políticos o de seguridad que permitan concebir esperanzas de acuerdo a largo plazo. El alto el fuego actual se debe al agotamiento temporal de los beligerantes: los rebeldes hutis apoyados por Irán y las fuerzas saudíes y emiratíes que respaldan a un gobierno central que ha dejado de existir, privado de poder real (12).

Afganistán cumple estos días el primer aniversario del regreso de los talibán. A las potencias internacionales les preocupa que el país vuelva a ser santuario de terroristas internacionales. Pero al afgano medio y pobre le laceran otras lacras. El ambiente social es tétrico. La pobreza crece hasta amenazar ya al 97% de la población y el hambre es la realidad cotidiana de la mitad de los ciudadanos. Explican esta catástrofe la destrucción provocada por la guerra, la mala gestión, el aislamiento internacional y el bloqueo de los fondos externos del Estado por parte de Estados Unidos. Un periodista local acaba de hacer un diagnóstico muy realista de la situación (13). En el movimiento talibán ya hay grietas entre los sectores más inmovilistas y los pragmáticos que estarían abiertos a cierta apertura para conseguir un respiro de Occidente. De no abrirse una vía de compromiso, podrían generarse revueltas, de las que podría aprovecharse Jorrasán, filial local del ISIS, mucho más fuerte que Al Qaeda. Tampoco atraviesan por buen momento las relaciones con el vecino y protector/ dominador Pakistán, cuyo nuevo gobierno se ve sacudido por una deuda externa que ya alcanza el 30% del PIB.


NOTAS

(1) ”North Africa’s frozen conflict”. HANNAH RAE ARMSTRONG. FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.

(2) “The end of the Tunisian model”. SARAH YERKES. FOREIGN AFFAIRS, 15 de Agosto; “The major issue in Tunisia remains the ailing economy”. JAKES WALLES. CARNEGIE, 3 de Agosto.

(3) “Libya: crisis watch”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, julio 2022.

(4) “’Slow death’: Egypt’s political prisoners recount horrific conditions”. VIVIAN YEE. THE NEW YORK TIMES, 8 de agosto.

(5) Entrevista con la investigadora Leila Seurat, sobre las diferencias entre Hamas y la Yihad Islámica. LE MONDE, 9 de agosto.

(6) “Israel and Gaza keep up their precarious dance”. NEIL ZILBER e “Israel likely headed to another election: outlining the political battle ahead. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 9 de Agosto y 24 de junio.

(7) “Deux ans après la double explosion au port de Beyrouth, l’enquête toujours entrevée”. LAURE STEPHAN. LE MONDE, 4 de Agosto.

(8) “Erdogan and Putin: complicated relations with mutual benefits. STEVEN ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 11 de Agosto

(9) “Containing a resilient ISIS in Central and North-eastern Syria”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 18 de julio.

(10) “Big Bang in Baghdad?”. MARSIN ALSHAMARY). CARNEGIE, 3 de agosto; “Is Moqtada al-Sadr trying to stage a Jan 6 insurrection in Iraq?”. SIMONA FOLTYN. FOREIGN POLICY, 11 de agosto.

(11) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 de junio.

(12) “Yemen. Truce or consequences”. AHMED NAGY. CARNEGIE, 8 de agosto.

(13) “Can the Taliban be contained”. SAAD MOSHENI. FOREIGN AFFAIRS, 16 de agosto.


LA TORMENTA SOBRE TAIWÁN

 10 de agosto de 2022

Las maniobras militares aeronavales de China en torno a Taiwán (al parecer inconclusas aún) han avivado las especulaciones acerca de las “verdaderas intenciones” de los dirigentes de Pekín. El debate no es nuevo. Desde la guerra revolucionaria, con el triunfo de los comunistas en el continente y el atrincheramiento de los nacionalistas en la isla (e islotes anejos) frente a la provincia de Fujian se hacen predicciones sobre el futuro de una de las crisis latentes más perdurable de las últimas décadas.

En setenta años no ha cambiado el designio chino de reunificar el país, como es lógico. Lo que ha variado, quizás, son las estrategias, la percepción de los tiempos y la gestión de prioridades, en función de los equilibrios geoestratégicos, de las necesidades del país y, no menos importante, de los cálculos de poder de la élite comunista. 

Los dirigentes y habitantes de la isla han vivido una evolución más clara. Del periodo nacionalista intransigente se pasó a una cohabitación menos militante, luego a la consideración de una unificación pactada (al estilo del acuerdo sobre Hong Kong, hoy en cuestión), hasta llegar a la situación actual, dominada claramente por el deseo de resistirse a la unificación, que una parte cada vez mayor de la población contempla como una pura absorción y el final de un modo de vida.

Los vecinos de China y Taiwán se han sentido relativamente cómodos con el statu quo, porque les permitía sacar beneficio del comercio diferencial con ambas. Pero han vivido con la inquietud de saber que, al cabo, estaban disfrutando de una estabilidad incierta. Estados Unidos, hasta hace muy poco poder omnímodo en el Pacífico, se adaptó a una realidad que no podía ni quería cambiar debido al alto precio que se vería obligado a pagar. En los primeros setenta sacrificó la retórica de la libertad y la democracia cuando se le abrió la oportunidad de acercarse a China, con un triple propósito: neutralizar a un gigante que se despertaba, posicionarse ante una inmensa oportunidad de mercado y aprovecharse de la inquina intracomunista entre Moscú y Pekín para cercar a la URSS. Sacrificó para ello el reconocimiento oficial de la realidad de la entonces Formosa, sin dejar de apuntalar su existencia con ambiguas políticas de apoyo militar y vigorosa cooperación económica.

Los tiempos han cambiado. China se ha convertido en una superpotencia económica y cree llegado el tiempo de dotarse de un poderío militar equivalente a su nuevo estatus internacional. El viejo designio de la unificación nacional renace, acorde con el lema con el que el actual número uno del régimen, Xi Jinping, pretende definir su mandato: el “rejuvenecimiento nacional”. 

En los análisis y comentarios que se pueden leer estos días sobre esta última crisis de Taiwán, hay un denominador común, por encima de la diferencia de percepciones y calibramiento de las capacidades de China para llevar a cabo su proyecto nacional. Todo son especulaciones o estimaciones de lo que puedan estar considerando los dirigentes chinos. Se sabe poco a ciencia cierta, a pesar de cuarenta años de una creciente cooperación con Pekín en todo tipo de ámbitos. Pero casi todos los expertos admiten que resulta muy difícil predecir la conducta de una élite política en apariencia más fuerte que nunca, pero últimamente sometida a gran presión por el frenazo del desarrollo económico que hasta solamente tres años parecía imparable, pese a los indudables problemas estructurales.

Analistas estadounidenses como Oriana Skylar-Mastro (Universidad de Stanford, entre otras instituciones), Bonnie Lin (Centro de estudios estratégicos de Georgetown), David Sachs (Consejo de Relaciones Exteriores), Andrew J. Nathan (Universidad de Columbia), o Ryan Hass (Brookings y asesor jefe para China en la administración Obama) entre otros otros han publicado estos días sus reflexiones en publicaciones especializadas ajenas al gran público (1)  y ofrecido sus apreciaciones en una gran cantidad de artículos y piezas audiovisuales más asequibles. No se deben olvidar las opiniones expresadas por autores taiwaneses tanto oficiales como oficiosas (2), ni, naturalmente, las valoraciones de Pekin, expresadas a través de sus canales institucionales (3)

Los análisis de todos ellos, con sus diferentes enfoques y orientaciones, giran en torno a las siguientes variables:

¿Ha renunciado Pekín definitivamente a una unificación pacífica o por decantación, como parecía ser el caso en el periodo inicial del despegue económico? ¿Está dispuesta esta China a correr el riesgo de una intervención militar para recuperar el control de Taiwán? ¿Están preparadas las Fuerzas Armadas para acometer una tarea semejante, pese al incremento del gasto militar de las últimas décadas? ¿Existe una opinión compartida en la jerarquía china sobre el grado de implicación que está dispuesto a asumir Washington? ¿Dispone el alto mando de una estrategia solvente para afrontar una eventual respuesta militar norteamericana? ¿Cuáles son las estrategias ante las diversas eventualidades militares y con qué flexibilidad se podrían implementar en la práctica ante escenarios cambiables sobre el terreno? ¿Le puede ser de utilidad los errores y dificultades de la operación rusa en Ucrania?¿Cuenta Pekín con poder neutralizar a los vecinos, en caso de un posicionamiento activamente hostil liderado por Washington? ¿Se contempla el uso del armamento nuclear en caso de que todo saliera realmente mal?

Estos mismos especialistas se ocupan también de elucidar la posición de Estados Unidos y sus aliados asiáticos en caso de crisis mayor. Y, aunque las incógnitas, deberían ser menores, a priori, no hay un convencimiento claro sobre el alcance de una implicación militar de Washington en caso de invasión o de gran acción militar china.

Las consideraciones sobre la eventual conducta de China son especulativas, por lo general, aunque se disponga de un conocimiento considerable sobre los recursos y la capacidad de las fuerzas armadas y los mecanismos de actuación del liderazgo político. Sobre este último factor, que es clave para determinar la decisión final, hay también muchos prejuicios, tanto ideológicos como políticos. La inteligencia académica no es independiente de los grandes intereses económicos y estratégicos desde el momento en que sus trabajos y su estatus social y profesional está sustentada por ellos. 

La tradicional opacidad del poder político en China contribuye a esta clima neblinoso en la percepción de los dilemas y las disyuntivas que pueden pesar en el proceso de toma de decisiones en Pekín. El juicio que se hace al actual presidente chino es prácticamente unánime en el establishment político, militar, diplomático y académico de Estados Unidos y de la inmensa mayoría de sus aliados regionales y occidentales. Se trata de una figura de una gran ansia de poder (no sólo corporativo, también personal), expansionista ante su entorno, convencido de su misión como conductor del proceso de liderazgo chino en esta fase de la civilización. Este dibujo de la personalidad política de Xi tiene base razonablemente justificada en sus actuaciones, discursos y proclamas, pero a los hechos se añaden las motivaciones y los juicios de intención. No es que se haya vuelto a la lógica de la guerra fría, porque, en realidad, nunca se abandonó del todo. Pero sí asistimos a un recrudecimiento de la demonización en la conformación de los análisis y en el diseño de los perfiles de los dirigentes juzgados como hostiles o más bien como peligrosos. 

La unanimidad de los medios adeptos al orden liberal resulta un poco inquietante, si tenemos en cuenta las experiencias de desinformación, manipulación, ocultamiento, sesgos narrativos o falseamiento que hemos padecido en las últimas décadas. El autoritarismo y el ejercicio vicioso del poder de los “enemigos” favorece esta modelación de la opinión pública y hace más difícil una comprensión cabal de los problemas internacionales, que no pueden reducirse a un cuento de buenos y malos. 


NOTAS

(1) Relación de trabajos consultados: 

-“Implicaciones for Taiwan of the divergences in narrative on China’s future”.  RYAN HASS. BROOKINGS, 8 de Agosto.

-“The Taiwan temptation. Why Beijing might resort to force”. ORIANA SKYLAR-MASTRO. (Instituto Freeman Spogli , Universidad de Stanford). FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2021. 

-“Beijing is still playing the long game on Taiwan. Why China is not poised to invade”. ANDREW J NATHAN (Profesor de la Universidad de Columbia). FOREIGN AFFAIRS, 23 de junio.

-“How to survive the next Taiwan strait crisis”. DAVID SACHS (Consejo de Relaciones Internacionales). FOREIGN AFFAIRS, 29 de julio.

“China’s Taiwan invasion plans may get faster and deadlier”. BONNY LIN (Director de China en el Centro de Estudios estratégicos internacionales de la Universidad de Georgetown) y JOHN CULVER (Oficial retirado de inteligencia). FOREIGN POLICY, 29 de abril.

(2) “China’s military exercices aren’t a crisis- yet”. LEV NACHMAN (Profesor de la Universidad Nacional de Chengchi, Taiwan). FOREIGN POLICY, 5 de Agosto; “Xi Jin-ping may attack Taiwan to secure his legay”. LEE HSI-MIN. (Almirante y ex-jefe del Estado Mayor de las Fuerzas armadas de Taiwan). THE ECONOMIST, 3 de agosto. 

(3) Se encuentra una amplia y muy accesible muestra en Global Times, publicación on line sobre asuntos mundiales. https://www.globaltimes.cn/






EL ENREDO CHINO Y EL RECURSO ANTIYIHADISTA

4 de agosto de 2022

Dos acontecimientos sobre la gestión norteamericana de sus intereses mundiales han ocurrido a la par estos días: la visita de la Presidenta de la Cámara de Representantes a Taiwán y el asesinato del líder formal de Al Qaeda en Afganistán. Distantes y distintos en apariencia, la coincidencia podía no haber sido tan casual.

La política exterior de Biden era, a priori, un valor seguro de la actual administración: por la dilatada experiencia del Presidente en la materia y por contraste con el embrollo causado por su antecesor. Pero, por lo visto hasta la fecha, las expectativas no se han cumplido. La “vuelta a la normalidad”, es decir, la restauración de las alianzas y la “sensatez” en las decisiones se daban por descontado. Pero más allá de eso, se han producido incoherencias y precipitaciones, algo de confusión y cierto oportunismo. Todo ello en un clima de debilitamiento de liderazgo y de incógnitas sobre la salud física y la agilidad mental del Comandante en Jefe. Crece la sensación de que su tiempo se agotará prematuramente.

Con la guerra de Ucrania sin un final claro ni próximo y con la inesperada amenaza de la inflación, han reaparecido los fantasmas de la segunda mitad de los sesenta. Ya es un hecho, aunque todavía sea meramente técnica, la recesión económica. La exhibición de fuerza de la ronda de cumbres de julio (G-7, OTAN, Quad) ha tenido vuelo corto. La gira fallida por Oriente Medio puso más en evidencia las carencias del poderío americano.

En ese contexto de dudas e inquietud, la decisión de Nancy Pelosi de visitar Taiwán sentó muy mal en la Casa Blanca. Se consideró inoportuna, como revela el influyente y bien informado comentarista Thomas Friedman (1) o el cercano Washington Post (2). Biden se abstuvo de abrir otro frente en su partido, cuando el senador demócrata disidente, Joe Manchin, acababa poner fin al veto de su paquete de inversión tecnológica y transición energética. Prefirió poner en labios del Pentágono la opinión desfavorable sobre la visita. Con todo, Xi no se privó de la advertencia con la fórmula indirecta marca de Pekín: “quien juega con fuego, se acaba quemando”.

Pelosi tenía su propia agenda. En el crepúsculo avanzado de su carrera política, como el propio Biden, creyó imprescindible mantener su palabra y seguir adelante con su plan, alentada por republicanos y algunos analistas (3). A estas alturas, no le debió parecer coherente echarse atrás en su desafío al régimen chino, con el que ha protagonizado sonados encontronazos. No le quedaba tiempo para aplazamientos. Es probable que los republicanos ganen las elecciones de medio mandato en noviembre y tenga que dejar su puesto. Sobre ella pesa también la impresión de que es un pato cojo.

Estas gesticulaciones sobre Taiwán forman parte del protocolo rutinario de relaciones chino-norteamericanas. No porque se trate de un problema artificial, sino porque ninguna de las partes quiere que los acontecimientos se salgan del guion. China considera irrenunciable la recuperación de la soberanía sobre la isla disidente desde que los nacionalistas de Chang se atrincheraran allí tras su derrota continental en la guerra revolucionaria. Pero los dirigentes de Pekín proclaman que el calendario de tal restauración les pertenece en exclusiva. No aceptan que se vean empujados a ello.
Con la invasión rusa de Ucrania, han reverdecido los temores a que China lance una operación militar en Taiwán, aprovechando que Estados Unidos está implicado en una guerra europea (8 mil millones de dólares ya en asistencia militar a Kiev). Se trata de cálculos apresurados. China pasa por un mal momento económico, por la COVID y por sus problemas estructurales, que han aterrizado su otrora imparable crecimiento. Políticamente, el momento resulta también delicado, porque faltan tres meses para el 20º Congreso del Partido Comunista, que debe consagrar la perpetuación del poder de Xi Jinping y su control absoluto del país. No es tiempo de crisis exterior (4).

A la postre, el paso de Pelosi por Taiwán ha sido discreto. Las propias autoridades taiwanesas han sido las primeras en calmar las aguas. Aparte de las muestras inevitables de agradecimiento y simpatía, la presidenta Tsai Ing-wen (partidaria del status quo) y las organizaciones económicas y sociales del país se han abstenido de excesos que pudieran irritar más a Pekín. Es lógico: el gigante vecino es receptor del 30% de sus exportaciones. Lo último que se quiere es un sobresalto.

Pero se trata de la calma que precede a la tormenta, avisan otros observadores. Las fuerzas armadas chinas han comenzado unos ejercicios con fuego real que pueden superar cualquiera de las exhibiciones anteriores y dejar pequeña a las crisis de mediados de los noventa. La penetración de aviones en espacio aéreo taiwanés o de buques de guerra en aguas más allá de las 12 millas que marcan el límite marítimo constituirían una violación de las normas internacionales. Pero como China no acepta la existencia formal de Taiwán, no se siente obligada a respetar esas convenciones.

Washington tampoco reconoce a la pequeña China insular como Estado independiente. De ahí que la defensa de Taiwán sea un motivo sempiterno de debate. El propio Biden resultado confuso, también en esto: unas veces ha dicho que los Estados Unidos acudirían en defensa de la isla si es atacada y en otras ha reafirmado la política de una sola China. Brechas en la política oficial de la “ambigüedad calculada”. No sólo es una muestra más de la contradicción entre principios e intereses. Washington quiere que Pekín tenga una duda irresoluble sobre la respuesta americana en caso ataque chino. Es una de las claves de la disuasión actual. Taiwán es la Berlín de estos tiempos (5).

Mientras se cocía la crisis de Pelosi, Biden decidió acabar con Aymar Al-Zawahiri, el compadre de Bin Laden y sucesor formal en la estructura debilitada de Al Qaeda. Al dirigente yihadista se le tenía vigilado desde hace meses, cuando regresó a Afganistán, precedido por su familia. Es inevitable preguntarse si Biden vio la ocasión de desviar la atención del viaje de Pelosi con una operación que concitaría la aprobación general en su país. Oficialmente, la demora se explica por el tiempo que han llevado las estrictas comprobaciones y la evitación de víctimas ajenas a la operación. Misiles hellfire disparados con alta precisión por drones liquidaron al anciano líder islamista. Sin daños colaterales, dicen.  Este elemento es importante. La caza justiciera de yihadistas ha matado a miles de civiles. Según la organización Airwars, entre 22.000 y 48.000 personas sin relación con el terrorismo islamista han sido asesinadas por las agencias militares o paramilitares norteamericanas (6). Si nos quedamos con una cifra media de víctimas, eso supone que, por cada ciudadano muerto en los atentados del 11 de septiembre, Washington ha matado a diez personas ajenas al terrorismo islamista.
Esto no importa mucho en Estados Unidos, salvo en sectores críticos de la sociedad y en la minoría demócrata más progresista. Los términos del debate giran en torno a si la retirada apresurada de Afganistán ha favorecido la reconstrucción terrorista. Para los republicanos, que el líder formal de Al Qaeda se encontrara de nuevo allí, protegido por el nuevo régimen talibán, es una demostración del fracaso de Biden. Pero el presidente considera que estos reproches son infundados. Al acabar tan eficazmente con Al-Zawahiri, cree haber demostrado que se puede combatir el yihadismo sin botas sobre el terreno, sin el desgaste humano y económico de un despliegue militar masivo. 

En las próximas semanas se hablará menos o casi nada del éxito antiterrorista, y mucho más de hasta dónde llevará Xi el alarde militar y los riesgos que ello comporta (7). Estos días, las redes sociales chinas han estado dominadas por un ánimo de revancha de los sectores nacionalistas y cierta decepción anticipada por la percibida falta de contundencia del régimen (8). Es de esperar, no obstante, que la crisis se resuelva por cauces diplomáticos, siempre que Pekín consiga alguna satisfacción. Real o aparente. 


NOTAS

(1) “Why Pelosi’s visit to Taiwan is utterly reckless”. THOMAS FRIEDMAN. NEW YORK TIMES, 1 de agosto.

(2) “The damage from Pelosi’s unwise Taiwan visit must be contained”. EDITORIAL. WASHINGTON POST, 2 de Agosto.

(3) “The last thing we needed was Pelosi backing down from a bully”. BRENT STEPHENS. NEW YORK TIMES, 2 de Agosto.

(4) “Beijing is still playing the long game on Taiwan. Why China isn’t poised to invade”. ANDREW J. NATHAN (Universidad de Columbia, NY). FOREIGN AFFAIRS, 23 de junio.

(5) “How to survive the next Taiwan strait crisis”. DAVID SACHS (Council of Foreign Relations). FOREIGN AFFAIRS, 29 de julio.

(6) “Zawahiri’s killing and the bleak legacy of the ‘war on terror’”. ISHAAN THAROOR. WASHINGTON POST, 3 de Agosto.

(7) “As China plans drills circling Taiwan, U.S. officials fear a squeeze play”. DAVID SANGER y AMI QIN. NEW YORK TIMES, 4 de agosto.

(8) “Ripple effects from Pelosi’s Taiwan visit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY (CHINA BRIEF), 3 de Agosto.


ÁFRICA: EL TABLERO NO TAN MARGINAL DE LAS GRANDES POTENCIAS

27 de julio de 2022

Si en alguna región del mundo el frente antirruso es más débil o menos compacto es África. El continente donde malvive más de la mitad de la población más pobre del planeta ofrece, sin embargo, un atractivo no menor para los poderosos de la Tierra.

Estos días coinciden varias iniciativas políticas y diplomáticas en el continente: las más visibles son las giras del presidente francés, Emmanuel Macron, y del ministro ruso de exteriores, Sergei Lavrov. Más discretamente, las autoridades chinas ejercen una acción constante sobre el terreno. Estados Unidos, en aparente retroceso, mantiene sus bazas militares sin descuidar las económicas. La UE, que delega en Macron el liderazgo en la región, lanzó a comienzos de año un intento de recuperación del terreno perdido. 

Los africanos y africanas están padeciendo las consecuencias de la guerra en Ucrania, de forma menos mediática, pero mucho más contundente que en Occidente (1). Allí el problema no es sólo el alza de los precios de los productos de necesidad, sino el desabastecimiento mismo de alimentos.  Más de trescientos millones de personas se encuentran en serio e inminente riesgo de hambre. De los 13 países en alerta roja, 11 son africanos, como señala Christopher Barrett, especialista en política agraria de la Universidad de Cornell. La tesis de este investigador es que, en realidad, la actual crisis global alimentaria es anterior a la guerra de Ucrania y hunde sus raíces en una equivocada e insuficiente política mundial y particularmente occidental (2).

Pero mientras la gente pobre se muere literalmente de hambre o parece condenada a una vida sin esperanza, las grandes potencias y conglomerados económicos están embarcados en una carrera frenética por controlar sus recursos minerales, energéticos y naturales, juegan sus bazas en los incontables conflictos armados locales y aseguran bases militares para afianzar sus posiciones geoestratégicas (3). Después del final de la guerra fría, Occidente parecía ejercer un control casi absoluto del continente. Las élites de los países otrora en la órbita de Moscú intentaron mantener su estatus negociando fórmulas diversas de acomodo con el mundo occidental. 

EL LIDERAZO ECONÓMICO DE CHINA

Por entonces, China apenas contaba con una presencial marginal en la región. Treinta años después, la conjunción del poder público y privado de China ha ganado el liderazgo en algunos sectores del desarrollo continental, especialmente el de las infraestructuras. La aceleración ha sido sobresaliente en la última década. Pekín ya controla casi un tercio de los proyectos (31%), mientras Occidente sobrepasa una décima parte (12%). Hace apenas diez años, esos porcentajes se leían a la inversa. El peso de las grandes infraestructuras determina el conjunto de la balanza comercial de continente con las grandes potencias. Los intercambios con China suman 250 mil millones de $, mientras con Occidente suman una cuarta parte de esa cantidad (4). El poderío chino se ve lastrado por problemas estructurales. El más relevante es la deuda de los países receptores del capital chino, lo que genera un nuevo tipo de dependencia. Esta bomba retardada también fragiliza a las empresas y entidades financieras chinas, que están buscando nuevas fórmulas para hacer más sostenible la penetración en África.

Después de la pandemia, las autoridades de Pekín han incorporado una visión más amplia de sus relaciones en África, que trascienda el beneficio económico a medio o largo plazo. La diplomacia china parece decidida a involucrarse, no sin cautela, en esfuerzos de mediación política para tratar de resolver conflictos regionales o locales que pueden ser muy malos para los negocios (5). 

En el nuevo enfoque de Pekín influye, sin duda, en el intento occidental por ganarse a los dirigentes considerados más proclives. El caso más claro es el de Zambia, el país que tiene la deuda más alta con China. El nuevo presidente, Hakainde Hichilema, prometió una política más independiente de Pekín e incluso canceló algunos proyectos. Biden lo premió, invitándolo a su Cumbre de las democracias a finales del año pasado. Macron ha decidido ahora hacer una parada en Lusaka para afianzar el buen feeling mutuo apreciado en la reunión euroafricana del pasado febrero. Pero los dirigentes chinos se han movido con rapidez y ya han ofrecido a Hichilema un plan de reducción de la deuda. Parecidas iniciativas se han acometido en otros países (6).

El caso de Rusia es distinto, debido a su menor capacidad económica. La gran baza del Kremlin en la zona es la militar. Su industria de armamento encuentra en el atribulado panorama político y étnico africano un mercado muy provechoso. Y no sólo armas; también soldados, mercenarios. El grupo Wagner, que se relaciona con el magnate ruso Prigozhin, un veterano asociado de Putin desde los tiempos de San Petersburgo, extiende su penetración por todo el continente (7). El caso más llamativo ha sido el de Mali, donde las nuevas autoridades militares locales le enseñaron la puerta a Francia, sellando el destino de la operación anti yihadista Barkhane (8). 


EUROPA: RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO


La actual gira de Macron elude el triángulo crítico (Mali, Burkina Fasso, Níger) y se centra en Camerún, Benin y Guinea Bissau, países que se encuentran en la ruta del Sahel hacia el centro del continente, donde se encuentra el otro polo de la presencia francesa (9). El presidente francés trata de reflotar los intereses de potencia (neocolonial, para algunos observadores locales), y de erigirse en delegado europeo. En febrero, la UE reconoció que había perdido demasiado terreno en África y lanzó un programa de inversiones por valor de 150 mil millones de euros hasta 2027. La cifra puede parecer enorme, pero varios analistas y dirigentes africanos estiman que se queda muy corta para las necesidades del continente. Y, aun así, algunos estados europeos se mostraron recelosos o escépticos. Es muy probable que las prioridades marcadas por la guerra de Ucrania reduzcan el alcance del plan comunitario (10).

EE.UU.: ESCALA HACIA ORIENTE

Estados Unidos ha perdido interés económico en África. La inversión directa ha bajado un tercio, del pico de 69 mil millones $ en 2014 a los 46 mil millones de 2020. El comercio también ha perdido valor: en la década pasado se redujo a una tercera parte. Para finales de este año hay proyectada una cumbre con los países africanos (11). Aparte de la ayuda sanitaria por el COVID, insuficiente y tardía, Washington contempla la deriva africana con lentes fundamentalmente militares. Le preocupa la penetración económica china, naturalmente y le incomoda el margen de influencia de Rusia. El objetivo es afianzar la red de bases y alianzas con que apoyar el despliegue en el Mediterráneo, Oriente Medio y Océano Índico. A veces saltan alarmas, como un supuesto proyecto de base naval china en África Occidental, que el propio Pentágono se encargó de desactivar (12). 

Washington ejerce una influencia activa pero menos aparente que en otras zonas. Pone especial atención a los conflictos más peligrosos, como el de Etiopía, por la importancia estratégica del país. Otro país prioritario es el Congo, principal productor mundial de litio, mineral esencial, entre otras cosas, para el desarrollo de los coches eléctricos en las próximas décadas. El gran país del corazón de África apunta a potencia petrolífera, tras la decisión del gobierno de Kinsasa de ofertar a las multinacionales la exploración en tierras de gran valor ecológico (13).

África, inmenso cementerio humano a cielo abierto, atesora un gran botín. Seis décadas después de la última ola de descolonización, los mecanismos de la dependencia han cambiado de cara, pero continúan dominando la vida de sus 1.300 millones de almas, tantas como las que viven en India, el país más poblado de la tierra.


NOTAS

(1) “L’Afrique paie déjà le prix de la guerre en Ukraine”. LE MONDE, 22 marzo.

(2) “The global food crisis shouldn’t have come as a surprise”. CHRISTOPHER BARRETT (Universidad de Cornell). FOREIG AFFAIRS, 25 julio.

(3) “Rebels without a cause. The new face of African Warfare. JASON K. STEARNS (Director del Grupo de Investigación del Congo en el Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York). FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2022, “Africans caught in the geopolitical crossfire”. FOREIGN POLICY AFRICAN BRIEF, 25 mayo.

(4) “How Chinese firms have dominated African infrastructure”. THE ECONOMIST, 16 febrero.

(5) “Quand la Chine joue les mediatrices diplomatiques en Afrique et au Moyen-Orient. SOUTH CHINA MORNING POST (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL), 26 marzo.

(6) “Where China is changing its diplomatic ways (at least a little)”. JANE PERLEZ. NEW YORK TIMES, 25  julio.

(7) “Small bands of mercenaries extend Russia’s reach in Africa. THE ECONOMIST, 15 enero; “Nostalgie et Kalashnikovs. Why Russia wins some simpathy in Africa and the Middle East. THE ECONOMIST, 12 marzo.

(8) “Mali, Lybie, Soudan, Centroafrique et Mozambique: récit de cinq ans d’avancée russe en Afrique”. LE MONDE, 28 enero; “The future of Russia-Africa relations”. JOSEPH SIEGLE. BROOKINGS, 2 febrero; “La poutinophilie d’une partie des africans relève d’un rejet de l’Occident. (Entrevista con PAUL-SIMON HANDY, investigador camerunés en Etiopía). LE MONDE, 9 marzo, “Russia has big plans for Afrique”. SAMUEL RAMANI (Universidad de Oxford). FOREIGN AFFAIRS, 17 febrero; 

(9) “Emmanuel Macron au Cameroun et Bénin, une tournée a risqué”. LE MONDE, 26 de julio.

(10) “Sommet UE- Afrique: Paris et Bruxelles veulent rattraper le temps perdue. LE MONDE, 16 de febrero.

(11) “Will Biden deliver on his commitment to Africa in 2022?”. WHITNEY SCHENEIDMAN. BROOKINGS, 10 de enero.

(12) “Fears of a Chinese naval base are overblown. COBUN VAN DEN STANDEN (SOUTH AFRICAN INSTITUTE OF INTERNATIONAL AFFAIRS). FOREIGN POLICY, 3 de marzo.

(13) “Congo to auction land to oil companies: ‘our priority is not to save the planet’”. NEW YORK TIMES, 24 de julio.




BIDEN, EN EL LABERINTO DE ORIENTE MEDIO

19 de julio de 2022

Joe Biden ha concluido su primera gira por Oriente Medio con los píes fríos y la cabeza caliente. Las urgencias de la guerra de Ucrania y la presión del calendario del programa nuclear iraní empujaron al Presidente norteamericano a hacer acto de presencia en una región cuya prioridad siempre quiso rebajar, cuando ocupaba responsabilidades políticas menores. Eso que convenimos en llamar establishment, agente de los grandes intereses americanos y globales, le indicaron la conveniencia de no parecer demasiado distante personalmente de la revisada arquitectura de seguridad regional.

LA TRAMPA SAUDÍ

El Presidente confía en que, a cambio de comerse sus palabras de tratar al todopoderoso Príncipe heredero, Mohamed Bin Salman (MBS), como un paria internacional, los saudíes consigan que la OPEP avale en su reunión de este otoño un incremento del bombeo de crudo. Eso reduciría la presión sobre los precios y aliviaría la presión energética de Moscú sobre Europa. No parece fácil: Arabia Saudí y los otros países del Golfo están al límite de su capacidad, como le recordó Macron a Biden en el reciente G7.

Poco más se esperaba públicamente de una cita envenenada. Las cuentas pendientes del Presidente con MBS enturbiaban las perspectivas. Al cabo, el orquestado encuentro entre ambos dirigentes no ha sido útil para la imagen de la Casa Blanca (1). Biden sustituyó el apretón de manos por el choque de puños, y el gesto irritó tanto o más a Hatice Cengiz, la novia/viuda del disidente Kassoghi, al editor del Washington Post (del que el asesinado periodista era colaborador) y a las organizaciones de derechos humanos (2). Aparte de esto, el presidente se metió una vez en líos. Biden aseguró que había tratado el asunto Kassoghi con Mohammed Bin Salman desde el principio de su conversación y que le había recriminado su responsabilidad personal en el escabroso asesinato. Por el contrario, el jefe de la diplomacia saudí (y anterior embajador en Washington) dijo no haber escuchado al Presidente expresarse en esos términos. Requerido por los medios para explicarse, Biden dejó traslucir cierta exasperación.

Este caso ha recibido mucha más atención en la prensa americana que la muerte de la periodista palestino-norteamericana Shireen Abu Akleh, por disparos de la policía militar israelí, aunque en Washington han preferido aducir razones técnicas para no avalar la autoría del disparo.  Las repercusiones diplomáticas de estas dos muertes, aunque muy distintas en su alcance, han puesto en evidencia la hipocresía o el cinismo con que el poder en Washington utiliza el asunto de los derechos humanos en la política internacional. La amplia experiencia en la materia nos indica que cuando se trata de vulneración de derechos humanos en países adversarios, el asunto se convierte en objeto de batalla constante y en medidas de sanciones acordes con el interés práctico del asunto, mientras que, cuando las violaciones son practicadas por países amigos, aliados o cómplice, como en este caso, la respuesta no sobrepasa el umbral de la retórica y el postureo. Esto es lo que se le ha reprochado a Biden en esta ocasión, y con razón (3). Pero su comportamiento no ha sido distinto al exhibido por sus antecesores. 

Los asuntos más profundos de la gira no han aparecido en titulares, en parte por su complejidad, pero también por encontrarse en fase embrionaria o, a lo sumo, de maduración. La recurrente cuestión de hasta dónde quiere implicarse EE.UU. en las estrategias de seguridad en Oriente Medio lleva años siendo objeto de análisis en despachos y gabinetes. Hay quienes opinan que la prioridad china y la urgencia rusa desplazan a la turbulenta e intratable región a un lugar secundario. Pero los datos prácticos indican otra cosa menos rotunda.

Biden aseguró en vísperas de embarcarse el Air Force One que, por primera vez, un presidente visitaba la región sin que hubiera fuerzas norteamericanas en misiones de combate (4). Afirmación cuando menos inexacta. Negociadores norteamericanos en anteriores administraciones demócratas le recordaron que la noción “misiones de combate” está abierta a interpretaciones (5). En medios más críticos, como THE INTERCEPT, se detalló cómo la persistencia del esfuerzo militar norteamericano en la región está lejos de decaer, aunque una pax americana siga siendo esquiva (6).

UNA NUEVA ARQUITECTURA DE SEGURIDAD REGIONAL

Los estrategas norteamericanos, en todo caso, alumbran una nueva arquitectura de seguridad en Oriente Medio más multilateral, por así decirlo. Está asentada en los llamados “acuerdos Abraham”; es decir, la alianza entre Israel y algunos estados árabes aliados de Washington, con el propósito decidido y explícito de cercar a Irán, pero también de evitar nuevos sobresaltos “primaverales” como el de 2010 (7).

Se trata de una alianza en construcción, con proyectos integrados de defensa, pero no exenta de contradicciones y visiones diferentes (8). Ya están a bordo dos de las monarquías muy conservadoras de Golfo (los Emiratos y Bahréin). Se espera a Arabia Saudí, que prefiere una aproximación gradual y desde luego, pone un precio más alto, por exigencias de imagen, debido a sus responsabilidades religiosas. Como anticipo, durante la gira de Biden se ha hecho oficial la cesión de El Cairo a Riad de las islas Tirana y Sanafir, que controlan el acceso al Golfo de Aqaba desde el Mar Rojo (9). Recuérdese que el cierre de esos enclaves por Nasser y la consiguiente interrupción de la navegación fue una de las causas inmediatas de la guerra de los Seis días, en 1967.

Marruecos se sumó desde un principio al modelo Abraham a cambio del reconocimiento de su soberanía sobre el Sahara por la administración Trump. Biden no piensa modificar esa posición, pese a lo que dijo en su día (otra renuncia más) y a lo que piensan muchos demócratas. Jordania está formalmente ausente, por la cuestión palestina, pero su colaboración es amplia y multidireccional. Egipto es socio básico e imprescindible y, como siempre, clave de cualquier alianza regional. Bajo el férreo mando de Al Sisi el país de las pirámides ha superado todos los niveles de violación de derechos humanos ante la clamorosa ausencia de medidas eficaces de Washington. 

Israel es la gran beneficiaria de esta alianza, que algunos han definido como la OTAN de Oriente Medio (barbarismo terminológico y estratégico, pero resultón). En realidad, antes de que cuajaran los Abraham, este acercamiento israelo-árabe era palmario. Sólo la retórica de la solidaridad árabe con Palestina dificultaba la oficialización (10).


EL CERCO A IRÁN

La animosidad frente a Irán (país no árabe, por lo demás) ha facilitado el abandono de la impostura.  El proyecto nuclear del régimen de los ayatollahs es el elemento unificador de una estrategia militar compartida. El acuerdo roto por Trump no termina de ser reparado por Biden, porque nadie está convencido de que ya sea útil. Washington pone condiciones más duras que la de 2015 (eliminación del programa de misiles, renuncia a la desestabilización regional mediante el apoyo a sus aliados chíies, controles de verificación reforzados y retirada más pausada de las sanciones (11). Teherán no encuentra alicientes para aceptar estos cambios. Con uranio enriquecido ya al 60%, se encuentra a punto (dos semanas) del umbral de la bomba (breakout), y por tanto en posición de fuerza, en caso de que no haya acuerdo de renovación (12).  

Israel sigue rechazando cualquier tipo de compromiso, pero su posición no es ya tan monolítica. En las FF.AA. y en la Inteligencia se empiezan a escuchar voces en favor de un acuerdo de limitación o temporización, para ganar tiempo. El objetivo israelí sigue siendo la destrucción completa del programa nuclear iraní, pero ahora se reconoce que la ruptura de Trump fue un error, porque aceleró el esfuerzo atómico de los ayatollahs, sin habilitar el “permiso” y los recursos materiales de una acción militar.

La actual administración, como las anteriores, se cuida de avalar la solución militar y menos de suministrar a Israel la munición necesaria para un ataque efectivo. Pero sigue mirando para otro lado mientras se acumulan los asesinatos de científicos iraníes por el Mossad, algo que nadie discute (13). El régimen iraní lo considera inevitable y parece reponerse con cierta facilidad de estas pérdidas (14). En todo caso, se trata de actos que, en otros casos, Washington (y Occidente en general) consideraría como “terrorismo internacional”. Un ejemplo de doble rasero.

La gira de Biden no ha ofrecido públicamente nada nuevo en este asunto, entre otras cosas porque Israel se encuentra con un gobierno provisional, tras la ruptura de la heteróclita coalición que hace un año alejó del poder a Netanyahu. Habrá elecciones en otoño y, si King Bibi vuelve a tomar los mandos, este consenso de presión concertada “diplomática” sobre Irán podría quebrarse. Sólo la certidumbre de que el régimen islámico adoptara la decisión de fabricar la bomba obligaría a Washington a replantearse la opción de pura fuerza. El tiempo se está agotando.


NOTAS

(1) “Was Biden’s Middle East trip worth it?”, ISHAAN THAROOR. WASHINGTON POST, 18 julio; “Biden’s fraught sadu visit garners scathing criticism and modest accords”. PETER BAKER y DAVID SANGER. NEW YORK TIMES, 15 julio.

(2) “Joe Biden has a Saudi problem”. YASMINE FAROUK (CARNEGIE). WASHINGTON POST, 13 julio.

(3) “The true cost of the Biden’s Saudi visit. A meeting with MBS undermines Human Rights globally”. AGNÈS CALLAMARD. FOREIGN AFFAIRS, 13 julio;

(4) “Why I’m going to Saudi Arabia. JOE BIDEN. WASHINGTON POST, 9 julio.

(5) “What to expect from Biden’s big Middle East trip”. STEVE COOK y DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 8 julio.

(6) “Biden’s trip is about exiting the Middle East- but U.S. might get pulled back in”. MURTAZA HUSSEIN. THE INTERCEPT, 14 julio.

(7) “The Abraham accords and the changing shape of the Middle East. DAVID ROSS. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 23 junio; “Can Biden pivot to normalcy in the Middle East?. NATHAN SACHS. BROOKINGS, 12 julio.

(8) “From arabs and israelís Bide hears very different ‘new’ Middle East”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 14 julio.

(9) “Getting an Israeli-saudi deal on Tiran and Sanafir. DAVID SCHENKER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 8 julio.

(10) “Why the Abraham accords fall short. Sidelining the Palestinians is a recipe for violence, not peace”. ZAHA HASSAN Y MARWAN MUASSER. FOREIGN AFFAIRS, 7 junio; “Make the Middle East safe for Tyranny”. PETER BEINART. BLOG PERSONAL, 11 julio.

(11) “What America should do if Iran nuclear deal talks fail”. MARIA FANTAPPIE y VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 1 julio.

(12) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 junio.

(13) “Why Israel keeps assassinating Iranian officials”. DANIELLE PLETKA. 29 junio.

(14) “Why Iran is downplaying Israel assassinating its officials”. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 1 julio. 


ALIANZA FUERTE DE GOBIERNOS DÉBILES

6 de julio de 2022

La reciente cumbre aliada de Madrid dejó un aire irreal de unidad y fortaleza occidental. La unidad es relativa, aunque las grietas se dejan para las discretas consultas o el trabajo de los despachos. La fortaleza es puramente militar, aunque adolece de un desequilibrio irresoluble entre los dos polos atlánticos: Estados Unidos y Europa. La OTAN revive con las crisis internacionales (en particular contra el desafío otrora soviético y ahora ruso), porque es un instrumento diseñado con ese fin. Pero puede hacer muy poco o nada para resolver las debilidades internas. Por el contrario, si acaso, profundizarlas, al presionar en pro de un mayor gasto militar para contrarrestar una amenaza discutible y reducir recursos en inversión social.

La guerra (fría) es buena para ciertos negocios (los armamentistas y sus derivados) pero muy mala para la vida de la gran mayoría de la gente. Para los europeos, este pulso de prestigio, esta sobreactuación frente a la agresión rusa en Ucrania es ya un drama y puede acabar en tragedia. En lo que va de siglo, Occidente ha sido sacudido por cuatro guerras mayores “externas” (Serbia, Irak, Afganistán y Ucrania), azotado por una pandemia global que está aún lejos de extinguirse por completo y soportado dos crisis económicas de gran envergadura (financiera, la primera; y energética y económica, la actual). Este ciclo de penurias y pesimismo ha permitido pocos respiros. Han asomado reflejos autoritarios incluso delirantes en la cúspide del poder político (Trump), se han reforzado viejas pulsiones racistas y xenófobas (en Estados Unidos y en Europa, incluso en la suave Canadá), se ha profundizado la brecha social y se ha ido descosiendo el frágil tejido de conformidad más o menos activa con el sistema liberal de democracia cada vez más desconectada de las necesidades de las mayorías.

La unidad en la fortaleza o la fortaleza a través de la unidad es poco más que un eslogan frente a un enemigo cuya agresividad es síntoma de debilidad más que de potencia, por agresivo que pueda ser su comportamiento. Los líderes participantes en la Cumbre Atlántica de Madrid exhibieron músculo en un encuentro internacional con aroma a tiempos pasados. Horas después regresaron a la cruda realidad de un imparable incremento del coste de la vida, el riesgo de desabastecimiento energético y la alarma ante un rebrote pandémico de efectos todavía no predecibles. En este contexto, la cohesión de los principales gobiernos aliados da síntomas de fragilidad preocupantes.

EEUU: UN PRESIDENTE AMORTIZADO

En Estados Unidos, la agenda Biden de “reconstrucción nacional” está en ruinas. El Tribunal Supremo se erige casi en un gobierno paralelo, desmontando derechos y empujando al país hacia atrás, en una guerra cultural contra sus propios ciudadanos no adeptos a una cruzada conservadora (1). Las elecciones de mitad de mandato de noviembre pueden dar la puntilla al octogenario presidente, a quien muchos de los suyos consideran ya un imposible candidato a la reelección dentro de dos años, sin que haya una alternativa clara y viable entre los demócratas (2). El país está espantado por las sesiones catárticas de la Comisión parlamentaria sobre el 6 de enero, pero los clones suavizados de Trump se hacen fuertes y dominan el relato en el Partido Republicano, que no vive incómodo en el extremismo. Las pálidas medidas contra la enfermiza adicción a las armas, que mata a más gente que el terrorismo internacional, se ahogan en nuevas matanzas a un ritmo infernal de una por semana. La vida es cara y antipática. La quiebra social nunca ha sido tan profunda en cincuenta años.

ALEMANIA: UNA RUPTURA FORZADA

En Europa, las cosas no van mejor. Por citar sólo a los más grandes, Alemania se debate en el esquizoide dilema de abandonar décadas de dependencia energética de Rusia con la esperanza de no destruir por completo todos los puentes (3). La coalición de gobierno está tensionada. Los socialdemócratas sancionan a regañadientes a Moscú, sabedores de que disparan contra los intereses nacionales. Los ecologistas se erigen en halcones, no del clima, como es su razón de ser, sino de un belicismo neoconverso frente al Kremlin (4). Los liberales, eslabón menor, contemplan con cierta candidez los apuros de sus socios mayores, pero son muy sensibles a la inquietud de los medios de negocios a los que representan. El gobierno parece estable, pero es muy dependiente de una paz social que no ha sido tan incierta desde la reunificación.

FRANCIA: LA SOLEDAD DE MACRON

Francia se aleja del camino del liderazgo europeo que Macron lleva anunciando desde su primera elección, en 2017. El Presidente es hoy más débil que cualquiera de sus antecesores en la V República. Su nuevo ejecutivo, abocado a gobernar en solitario, ni siquiera se ha atrevido a inaugurar su mandato con la habitual moción de confianza. Lo único relativamente confortable para Macron es que hace frente a tres oposiciones (ultraderecha, conservadores e izquierda) incapaces de entenderse y, por tanto, de amenazar seriamente con derribar al gobierno. La izquierda (NUPES) parece haber asumido el papel de oposición activa al apresurarse a depositar una moción de censura en la Asamblea Nacional. Su pretensión se reduce a erosionar el ya de por si escaso prestigio de la exigua mayoría (5). Conservadores y nacional-identitarios permanecen agazapados a la espera de tiempos más propicios. El partido de Marine Le Pen parece priorizar de momento la construcción de esa respetabilidad que le falta para asaltar el Eliseo. Los Republicanos apuestan por un desgaste a fuego lento.

REINO UNIDO: JOHNSON, EN EL ALERO

En Gran Bretaña, el ilusionista Boris Johnson vive de nuevo horas de peligro. La dimisión sonora y muy incisiva de los dos ministros más relevante de su gobierno lo pone de nuevo “pendiendo de un hilo”, como dicen los inclementes diarios de Londres (6). Aunque el fracaso de la moción interna de desconfianza tory le concede teóricamente un año de respiro, no son pocos quienes predicen que Johnson se derrumbará mucho antes. Torres más altas han caído, dicen propios y adversarios, con Thatcher en mente. El último escándalo, haber mantenido, de nuevo mentira mediante, a un ministro de segunda pese a saber que había acosado a dos jóvenes asesores, despierta los reflejos hipócritas de un conservadurismo puritano que nunca ha soportado el exhibicionismo de su primer ministro. Johnson se apoderó del Brexit y ganó por goleada las elecciones siguientes. Con credenciales así, era más digerible el desagrado. Pero Boris se ha quemado en tiempo récord. Hará lo que sea para sobrevivir. Ha puesto ya en riesgo el acuerdo de divorcio con Europa para tapar una vía de agua abierta por los protestantes unionistas en el Ulster. Se ha erigido en el más locuaz abogado de Ucrania. Y ahora que lo ha abandonado el Canciller del Exchequer (Ministro de Hacienda), aventará la bajada de impuestos para “poner dinero en el bolsillo de los ciudadanos” y hacer creer que así compensará una inflación galopante.

Italia, paradójicamente, parece más tranquila. Pero es una sensación engañosa. La estabilidad gira en torno al crédito que aún conserva el primer ministro Draghi, muy activo también en la escena internacional. Pero en Italia las crisis son a menudo imprevistas y violentas. O caprichosas. Han aparecido de nuevo grietas en una fachada sólo remozada. El populista Movimiento 5 estrellas se parte por la política hacia Rusia. El centroizquierda ha mejorado en las municipales parciales de hace unas semanas, pero no tiene apetencias de mejorar posiciones de poder en una coyuntura tan desfavorable. Los nacional-populistas de Savini y la extrema derecha de Meloni compiten por el impulso lepenista. En estas rebatiñas italianas, suele aparecer un puñal que aspire a acabar con César.  

De este cuarteto europeo hacia abajo en la escala de poder e influencia en Europa, no hay mejores señales. Si la dinámica belicista en curso empuja a los gobiernos a incrementar el gasto militar y los precios prosiguen su escalada, el malestar social irá en aumento. Para muchos, reaparece el espectro de los setenta, aunque la realidad sea muy diferente. Pero de eso nos ocuparemos en un próximo comentario.


NOTAS

(1) “Supreme Court goes against public opinion in rulings on abortion, guns”. MICHAEL SCHERER. THE WASHINGTON POST, 24 de junio.

(2) “Biden irked by Democrats who won’t take ‘Yes’ for an answer in 2024”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 27 de junio.

(3) “The anatomy of Germany’s reliance on Russian natural gas”. DER SPIEGEL, 29 de junio.

(4) “¿From peaceniks to hawks? Germany’s greens have transformed in the face of Russia’s war”. DER SPIEGEL, 6 de mayo.

(5) “Motion de censure ou non: les oppositions prennent position”. LE MONDE, 6 de julio.

(6) “What the papers said about Boris Johnson’s cabinet resignations”. THE GUARDIAN, 6 de julio.


CUMBRES Y DEPRESIONES

30 de junio de 2022


Tres cumbres en una semana: UE, G7 y OTAN. Todas ellas con la guerra de Ucrania y sus consecuencias como asunto casi monográfico. Tres escaparates en los que reflejar una unidad occidental que es menos solida de lo declarado, pero suficiente para presentar a Rusia una demostración de fuerza.

Las cumbres son momentos ceremoniales en los que raramente se logra algo que no venga pactado o cocinado previamente. Los resultados dramáticos o de última hora son infrecuentes y cuando suceden suelen ser salidas de compromiso de poco alcance y dudoso cumplimiento. Por la misma razón, los fracasos sonoros son aún más improbables: sólo con el imprevisible Trump en escena las reuniones de la OTAN y el G-7 acabaron como el rosario de la aurora. Por eso, las cumbres se concibieron para dar buenas noticias, para consagrar grandes logros. Formalmente, así ha sido de nuevo este año. Pero por detrás de las fanfarrias aparecen, en esta ocasión especialmente, las depresiones de una realidad amarga.

UE: ALEGRÍA EN UCRANIA, FRUSTRACION EN LOS BALCANES

Los 27 países de la UE aprobaron la concesión a Ucrania del estatus de país aspirante, una decisión más política y simbólica que efectiva. El proceso de adhesión se antoja largo, complicado e incierto, por mucho que la retórica de solidaridad en estos tiempos aciagos pudiera inducir a pensar lo contrario. Los líderes han preferido pecar de excesivos que quedarse cortos, para no decepcionar a sus colegas ucranianos. Pero unos y otros son perfectamente conscientes de que la integración queda lejos y que no sólo dependerá de la suerte de la guerra. Las escaramuzas de la negociación se prevén muy fatigosas y parecerán interminables. Como todas.

Aún más depresiva ha sido la dinámica que esta prioridad ucraniana ha provocado en los países de los Balcanes occidentales (Bosnia, Macedonia del Norte, Montenegro, Albania, Serbia y Kosovo), que llevan mucho más tiempo esperando, El enfado fue mayúsculo y la sensación de que “Europa no nos quiere” salió reforzada. Se refuerza así el discurso político de las fuerzas nacionalistas que desconfían del proyecto europeo y mantienen una relación paralela con Moscú y Pekín (1). 

El caso más lacerante es el de Bosnia-Herzegovina, país que afronta la mayor amenaza contra la paz desde 1995. Los acuerdos constitucionales impuestos en Dayton se están descosiendo a ojos vistas, fundamentalmente por las aspiraciones independentistas de los serbobosnios y el revisionismo institucional de los croatas. En Sarajevo se piensa, con cierto humor negro que, si a Ucrania se la cuela por la guerra, quizás Bosnia se vea en una situación “favorable” semejante más temprano que tarde.  

G-7 Y EL BOOMERANG DE LAS SANCIONES

El G-7 se concentró en castigar económicamente más a Rusia y en mitigar lo que ya parece inevitable, que es un riesgo muy alto de recesión en prácticamente todas las regiones de la economía mundial. Las sanciones no han funcionado como se pensaba, o no con la rapidez que se pretendía. La economía rusa resiste. O, para ser más preciso, ingresa más que hace cuatro meses por la venta de sus productos energéticos, al haber subido los precios: mil millones de dólares diarios, todo un récord. Con esa cantidad, el Kremlin no solo puede pagar el esfuerzo de guerra, sino que está en condiciones de hacer frente a salarios y pensiones e incluso compensar el alza del coste de la vida.

A Occidente no le vale con esperar a que las sanciones erosionen de verdad a Rusia, porque la guerra se acelera y Moscú está ya cerca de conquistar el Donbás. Se impone ahora cortar esa fuente de financiación bélica. Pero hay muchas dificultades para lograrlo. El boicot europeo al petróleo ruso se ha quedado en propósito, de momento. Y al gas ni siquiera se le ha metido mano. Muchos países dependen de esos productos energéticos para calentar casas y hacer funcionar industrias y ciudades. 

Se plantea ahora poner un tope al precio que se paga por el petróleo ruso, mediante un mecanismo que implicaría a las empresas energéticas privadas y a las compañías de seguros. Algo complejo e incierto. Si se provoca una bajada del precio del crudo ruso, China e India se aprovecharán de ello y en mayor medida, y no se sabe cómo eso puede resultar a la postre tan ventajoso. Si no ocurre algo peor: que Rusia reduzca producción sin que esta merma puedan compensarla los países de la OPEP y los precios se disparen en vez de reducirse (2). La solución se convertiría así en otra amarga depresión, en la línea de las generadas hasta ahora (inflación, problemas de suministro, hambre en zonas vulnerables, etc.)

OTAN: DE LA MUERTE CEREBRAL A LA HIPERVENTILACIÓN

De las tres cumbres de la semana, la de la OTAN parece la más exitosa, porque se parte de una situación de clara ventaja. La Alianza Atlántica se ha visto reforzada por la agresión rusa al fomentar el miedo, la inseguridad y la necesidad de mayor protección. Esa ha sido la reacción de Suecia y Finlandia, al modificar décadas de cierta neutralidad en favor de un atlantismo activo y pleno.

Antes de empezar la cumbre se superó, aparentemente, el veto turco a la ampliación. Como se esperaba, Estocolmo y Helsinki prometen una vigilancia estrecha de las actividades en esos países nórdicos de los kurdos del PKK, que Ankara considera como “terroristas”, y levantar el embargo de armas a Turquía. A Erdogan le funciona de nuevo la política de presión. Hay un punto de inconsistencia en estas decisiones. Los aliados del PKK en Siria, el YPG, han sido la principal baza norteamericana y europea e en su combate tanto contra Damasco como contra el DAESH, para gran enojo de Turquía. El muy impreciso compromiso de Madrid sacrifica a los kurdos en armas. Algo similar a lo que hizo Trump en su día para agradar a Erdogan y tanto le reprocharon sus aliados.

Esta cumbre de Madrid estaba planeada para aprobar un nuevo “concepto estratégico” que es una especie de orientación general de la política de defensa occidental, renovada aproximadamente cada diez años. Que Rusia iba a cambiar de consideración con respecto a 2010 era algo que se esperaba desde hacía tiempo por lo que se contemplaba como “política revanchista y expansionista” de Putin. La guerra de Ucrania ha acelerado y agudizado el lenguaje hasta definir a Rusia como “la mayor amenaza para la seguridad” occidental. Términos que, salvando las distancias, son similares a los empleados al comienzo de la guerra fría, es decir, a finales de los años cuarenta. Pero, atención, el arquitecto de la política de contención de la URSS, el diplomático destinado en Moscú Georges Kennan, estimó en su día que la política de expansión de la OTAN era un enorme error que traería consecuencias negativas para los vecinos de Rusia y para Occidente. Coincidía con no pocos analistas nada sospechosos de simpatías prorrusas. No se les escuchó y en estas estamos.

La OTAN va a cuadriplicar las fuerzas en las regiones europeas más cercanas a Rusia (Centroeuropa y países bálticos) hasta un total de 400.000 hombres, con su armamento sofisticado y las infraestructuras que tal despliegue exige. Un esfuerzo que implicará un incremento notable del gasto militar. En nombre de la seguridad, se va a proceder a una reestructuración de las disponibilidades financieras en Europa. En un contexto económico nada favorable, todo lo que se destine a defensa dejará de invertirse en reducir la desigualdad, mejorar los servicios sociales y acelerar la transición ecológica. El entusiasmo de la Cumbre de Madrid por el aparato militar dejará paso a la depresión provocada por un retroceso en los niveles de vida de la mayoría de los ciudadanos. 

La actual guerra dopa el discurso político. Sin embargo, si repasamos las cifras del equilibrio de fuerzas en Europa, los temores no parecen justificados. Según los datos del SIPRI, el prestigioso instituto sueco, el gasto militar de los países de la OTAN superó ampliamente el billón de dólares en 2021, mientras el de Rusia fue de unos 65.000 millones; es decir, la Alianza Atlántica se gastó en defensa 17 veces más que el Kremlin. De ese billón largo de dólares, Estados Unidos aporta las tres cuartas partes, es decir, diez veces más que Rusia (3). Y este desequilibrio aumentará en los próximos, según el proyecto de presupuestos del Pentágono.

EL ARRASTRE NORTEAMERICANO

En un artículo reciente para el Washington Post, la directora del semanario de izquierdas norteamericano THE NATION, Katrina Van den Heuvel, denunciaba el impacto depresivo que este gasto militar en flecha ascendente iba a tener para los sectores populares de la sociedad norteamericana (4).  Estados Unidos gastará en defensa más que los nueve países juntos que le siguen en esfuerzo militar. El Pentágono mantiene 700 bases en más de 80 países, la mayoría para contener un supuesto expansionismo de China en la zona del Asia-Pacífico, donde se está fraguando una alianza similar a la OTAN conocida como QUAD (abreviatura de cuadrilátero) que agrupa de momento a EE. UU., Australia, India y Japón. Otros países como Corea del Sur, Filipinas o incluso Vietnam, todos en contenciosos territoriales con Pekín, están siendo convocados a unirse. Pero es más grande el miedo a provocar al gigante asiático que a una improbable agresión china.

Para incidir en la comparación anterior, los países del QUAD gastan en defensa casi un billón de dólares, casi cuatro veces más que China (270.000 millones). Como acto simbólico, los líderes cuadrangulares han sido invitados a la cumbre de la OTAN, para reforzar otra de las decisiones contenidas en el nuevo “concepto estratégico”: la consideración de China como un “desafío” para Occidente, por mucho que se trate de un país “fuera de la zona” cubierta por la Alianza. China es situada en un escalón de amenaza inferior al de Rusia en cuanto a intenciones (incluido el riesgo de Taiwán), pero más elevado por su potencial, que es más económico y estratégico que militar. La suavización de la referencia a China refleja la aprensión europea (sobre todo alemana) a dificultar los intercambios comerciales bilaterales. Para Washington, el pulso se dirime en términos de hegemonía mundial; para Berlín y otros grandes europeos, se reduce a acordar reglas del juego más equilibradas. La sintonía aliada también se enturbia aquí.

La militarización del Presupuesto americano beneficia al complejo industrial y militar que ya denunciara hace 70 años el presidente Eisenhower, otro halcón de la guerra fría. A ese tramado de intereses de entonces, Katrina van den Heuvel añade a congresistas, académicos y expertos de los think tank, que reciben suculentas contribuciones para sus campañas (300 millones de dólares) o gabinetes de estudio y/o aleccionamiento (1.000 millones en cinco años). En pocos sitios son tan evidentes las puertas giratorias. Según la organización Open Accountability, más 1.700 generales y altos cargos del Pentágono recalaron en los puestos de mando de las compañías armamentísticas cuando colgaron el uniforme. Los políticos aducen que la industria de armamento genera empleo y prosperidad en los estados en que ubican sus laboratorios y fábricas. Y con ese argumento tienen ganada la partida. Putin les ha venido de perlas.

Que Rusia haya invadido Ucrania no quiere decir que pueda repetir la jugada en otros países europeos, ni siquiera los pequeños bálticos, que están cubiertos con el paraguas de la OTAN, incluida la disuasión nuclear en caso de improbable escalada. Rusia puede atacar un país con una potencia militar que es casi 12 veces inferior, pero sería suicida que lo hiciera ante la obligada respuesta de una Alianza militar que es 17 veces superior. Por no hablar de la abismal diferencia cualitativa de los armamentos occidentales y rusos, como se está evidenciando en Ucrania.

Ese recorrido norteamericano es lo que nos espera en Europa, en un grado menor si se quiere, pero comparativamente similar. El viejo objetivo de dedicar el 2% del PIB en Defensa parece ahora una exigencia más que una recomendación, sólo cumplida hasta la fecha por un tercio escaso de los aliados. Veremos qué pasa en la práctica. El entusiasmo de los líderes políticos en estas cumbres unánimes a favor de los alardes militares podría generar depresiones sociales a corto y medio plazo. 


NOTAS 

(1) “Après le fiasco de Bruxelles, la bronca des Balkans contre l’UE”. COURRIER DES BALKANS, 27 de junio.

(2) “U.S. urges new tactic to curb Putin’s war machine and lower fuel prices”. THE NEW YORK TIMES, 28 de junio.

(3) https://milex.sipri.org/sipri

(4) “The Pentagon gets more money, and Americans pay the price”. KATRINA VANDEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 21 de junio.