EL DESAFÍO DEL SUR Y LA INQUIETUD DE OCCIDENTE

6 de septiembre de 2023

El orden liberal internacional padece desde hace tiempo notables contradicciones en su núcleo central, debido a crisis sistémicas propias, pero también a las fuertes presiones que proceden de otras zonas del mundo donde sus pretendidas virtudes nunca han sido del todo asumidas.

Tras el derrumbamiento de la Unión Soviética y el final de la geoestrategia de bloques que se impuso poco después del final de última guerra planetaria, se dio por consolidado el triunfo del sistema que dice aunar la economía de mercado (con variantes y correcciones, en su momento, y ahora cada vez más uniforme) y una democracia basada en la celebración periódica de elecciones, opciones políticas centrípetas, instituciones sólidas (tanto que suelen ser refractarias a las reformas) y valores anclados en el liberalismo doctrinal aunque no siempre adaptados a los cambios sociales. El politólogo norteamericano Francis Fukuyama proclamó el “fin de la historia”, entendido como la resolución de las tensiones entre sistemas políticos excluyentes.

Occidente se presentía con capacidad para atraer a su modelo de convivencia tanto a las regiones que vivían bajo la dominación/tutela/influencia de la malograda Unión Soviética. Como resultado final de su disidencia de la hegemonía de Moscú, China ya se había convertido al mercado tras la muerte de Mao. Los estrategas occidentales más optimistas predijeron que la irrupción de la democracia allí sería una cuestión de tiempo, pese al brusco despertar de esa “ilusión” que supusiera en 1989 el episodio de Tiananmen.

En el resto del Sur, de ese mundo emergente, pobre (o mejor dicho, rico, pero empobrecido, entre otros factores por la dominación occidental en sucesivas formas y etapas históricas), la atracción hacia el polo occidental, sin otra fuerza contraria que lo pudiera impedir, se antojaba inevitable. Incluso en los vastos territorios de la otrora terrible Rusia, ya desprovista de sus estados “vasallos”, se apuntaba un giro histórico hacia la convergencia entre el capitalismo y la democracia liberal.

LA HISTORIA NO HA CONCLUIDO

Pero, treinta años después, resulta que nada o casi nada ha ocurrido según esas previsiones. No son pocos los historiadores, estrategas, políticos y periodistas de cierta solidez que empiezan a preguntarse qué ha ocurrido. Uno de ellos es Martín Wolff, editorialista del Finantial Times, inequívoco defensor del capitalismo liberal y de la democracia occidental. En un libro de reciente aparición titulado “La crisis del capitalismo democrático” (1), este autor centra su análisis en el debilitamiento interno del propio orden liberal. En pocas palabras, Wolff sostiene que la desigualdad creciente desde la década de los ochenta, provocada entre otros factores por la globalización, la desregulación de los mercados y la concentración del poder económico, es el principal agente de la crisis. El “colapso” de la prosperidad ha generado la desconfianza de amplias masas de la población hacia el sistema político en el que creyeron o al que aceptaron durante las tres décadas posteriores a la II Guerra Mundial.

No todos los pensadores occidentales son tan críticos como Wolff. La mayoría de los que tienen influencia en los gobiernos y centros de poder transmiten una visión que no es necesariamente complaciente, pero evita cuestionar los fundamentos del sistema. Si cerramos el foco sobre el aspecto geoestratégico, nos encontramos con un panorama intelectual y político dominado por una mentalidad similar a la guerra fría, aunque con notables modificaciones. Si entonces había un enemigo, la URSS, y una división tajante del mundo en dos campos irreconciliables, ahora se señala un “competidor” (China) y un “enemigo” (Rusia).

Hace cincuenta años, en plena era bipolar, Estados Unidos, como líder de Occidente, diseñó una estrategia para aprovechar las disensiones en el universo comunista, seducir o hacer de China un socio potencial y neutralizar al único y gran adversario soviético mediante una estrategia combinada de presión armamentista y contención geoestratégica. Bajo la batuta intelectual de Kissinger y la gramática parda de Nixon, Estados Unidos encajó la derrota en Vietnam como una demostración insoslayable de que no se vencería militarmente al “odioso” comunismo, ni en su territorio central, ni en el de sus agentes tentaculares. Occidente aceptó el mundo soviético, con forzada naturalidad en Europa (hace también cincuenta años arrancaba el proceso de Helsinki, que consagraba formalmente la división “plácida” del continente) y a regañadientes en Asia (con la guerra de Vietnam en sus estertores, pero con el brasero amenazante del resto de Indochina y otros focos impredecibles de inestabilidad en otras zonas de la periferia mundial.

En realidad, el cénit de la “coexistencia pacífica” preludiaba también el inicio de su crisis final, que se materializaría durante los ochenta, bajo la presidencia de Reagan y sus belicistas agentes en Washington, favorecida por el agotamiento físico, político y moral de la gerontocracia comunista en Moscú. Esos primeros neocon nunca creyeron en la visión “realista” de Kissinger, comprada por Nixon, y recuperaron la política de la máxima presión contra Moscú.

Reagan y sus adláteres no pudieron contemplar el derrumbamiento definitivo de la URSS desde el Despacho oval. Sus herederos políticos tuvieron que gestionarlo desde posiciones más templadas. Fue entonces cuando se disparó el engreimiento occidental en una victoria sin vuelta atrás, con una notable desatención a las lecciones de esa Historia que se creía superada.

Si, como antes se decía, nada salió como estaba previsto, o como se había diseñado, es porque los problemas del orden capitalista, o del orden liberal internacional, si se prefiere un término más aséptico, no estaban provocadas por la amenaza soviética. Al contrario, al desaparecer el enemigo por antonomasia, se desatendieron los problemas sistémicos. O, según otras versiones más críticas, se creyó que esas contradicciones era controlables con mayor eficacia al no tener que afrontar los peligros externos.

Ahora el “enemigo” vuelve a ser el mismo. Con otra faz: nacionalista en lugar de comunista, pero con herramientas similares. Con menos voluntad de negociar o con menos conciencia de sus debilidades, como ha demostrado el cálculo temerario del ataque a Ucrania. China ha dejado de ser una potencia en ciernes para convertirse en el “competidor estratégico”. Su naturaleza comunista es meramente nominal: se trata de un sistema de capitalismo de estado que conserva los símbolos y las doctrinas como un soporte de cohesión nacional.

Pero si en los 70 había una ventana de oportunidad para profundizar en el “cisma comunista”, en este tiempo ambos países están más cerca que hace cincuenta años, obligados a cooperar y a entenderse para resistir a un adversario común que, según sus visiones, no acepta una alteración de los equilibrios internacionales. Pekín y Moscú ya no pugnan por imponer sus modelos doctrinales, aunque no hayan resuelto sus problemas bilaterales, Se necesitan para no ser reducidos por Occidente. La Historia demuestra que las alianzas de conveniencia son mucho más sólidas que las de convicción, porque no están sujetos a escrúpulos.

En esta batalla estratégica, codificada en el mundo académico como  “competición de las grandes potencias” (Great Powers competition), surge un agente heterogéneo, también contradictorio y multiforme que ha venido en llamarse el Sur Global (Global South). Se trata de los antiguos países en vías de desarrollo, algunos de ellos convertidos ya en potencias medias, otros atascados en los mismos problemas de dependencia y subdesarrollo (2).

UN NUEVO AGENTE MULTILATERAL

Desde la Conferencia afroasiática de Bandung, en 1955, el equívocamente denominado Tercer Mundo ha atravesado por sucesivas fases de encaje en el orden mundial: equilibrio entre los bloques, durante la era bipolar; sumisión posterior al capitalismo liberal triunfante, en los 90; y ya entrado este siglo, aprovechamiento de las oportunidades abiertas por la globalización y la explotación a corto plazo de sus materias primas y su mano de obra servilizada.

El estrechamiento de la hegemonía occidental y la emergencia de China como un posible líder mundial en el horizonte secular ha hecho albergar a esas potencias medias (las más ricas y las más atrasadas) la esperanza de hacerse un hueco propio en el orden mundial. En ese grupo hay algunas democracias (pocas y frágiles) pero sobre todo dictaduras, monarquías absolutas o repúblicas autoritarias. China y Rusia no se contemplan como modelos, sino como paraguas bajo los que cobijarse o alternativas de respaldo más conveniente para evadirse de los sermones democráticos de Occidente, que importan poco, salvo cuando se convierten, a veces y selectivamente, en normas de obligado cumplimiento para lograr preferencias comerciales, ayudas financieras y asistencia militar o policial.

Estos instintos de autoconservación son los que han llevado a algunas de estas potencias a acercarse a estructuras internacionales ajenas al orden liberal. El desarrollo de los BRICS constituye el caso más evidente. La ampliación de cinco a once países, decidida en la reciente cumbre de Suráfrica, consagra el acercamiento de Arabia Saudí, Egipto, Irán, Emiratos, Etiopía y Argentina a China y Rusia. Salvo Irán, estos nuevos “ladrillos” del Tercer Mundo del siglo XXI son países pertenecientes a la esfera occidental. Aunque su ingreso en ese club no implica una ruptura con sus aliados tradicionales, se trata de un gesto inequívoco de mayor autonomía, de multilateralidad en sus opciones diplomáticas y, por supuesto, económicas, por mucho que se resalten las limitaciones de su hetereogeneidad (3).  La sumisión al dólar ha dejado de ser un dogma, como se ha atrevido a formular el presidente Lula, que no es precisamente un enemigo jurado de Washington (4).

La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto que Washington y sus aliados en Europa y Asia ya no son capaces de armonizar una estrategia planetaria de oposición al enemigo declarado. Y si Occidente no ha sido capaz de alinear a ese mundo emergente contra Moscú, sumándolos al esquema de sanciones económicas y aislamiento diplomático (5), muchos menos puede esperarse que lo consiga, de proponérselo, en el caso de China. A pesar de que algunas de esas potencias perciben con mucha aprensión al régimen de Pekín por sus políticas de afirmación regional y reforzamiento militar, saben que no pueden prescindir de su dependencia.

India es un ejemplo paradigmático de esta dualidad estratégica (6). Mantiene con China una tensión permanente por sus diferendos territoriales, pero convive con ella en estructuras internacionales de consulta y cooperación. Paralelamente forma parte del QUAD, la alianza cuadrilateral del Asia Pacífico, al lado de EE.UU, Japón y Australia, claramente orientada a contener la influencia china en la zona (7). Reflejo de estas contradicciones, tras la publicación por Pekín de unos de unos polémicos mapas fronterizos, el gobierno indio ha tenido que encajar el desaire de la ausencia del presidente chino en la cumbre del G-20, que se celebrará este fin de semana en Nueva Delhi.

Este mundo emergente evasivo y multiforme es un motivo de inquietud más para Estados Unidos y, en menor medida, para sus principales aliados europeos, máxime cuando no se ha diseñado aún una estrategia conjunta de conducta hacia China y sólo circunstancialmente hacia Rusia. Y no es una carencia que vaya a resolverse pronto.

NOTAS

(1) “The Crisis of Democratic Capitalism”. MARTIN WOLFF. PENGUIN PRESS. Londres, 2023.

(2) “The Illusion of Great-Power Competition. Why Mild Powers -and small countries- are vital to U.S. Strategy”. JUDE BLANCHETTE & CRISTOPHER JOHNSTONE. FOREIGN AFFAIRS, 24 julio.

(3) “L’hétérogénéité des intéréts des uns et des autres disminue le capacité des BRICS à agir concretement”. ALAIN FRANCHON. LE MONDE, 31 agosto.

(4) “Pourquoi les BRICS veulent réduire leur dependence au dollar”. MARIE CHAREL. LE MONDE, 22 agosto; “Will the dollar hits a BRICS wall? SARAH SMIT. MAIL & GUARDIAN (Suráfrica), 30  mayo; “A BRICS currency could shake the Dollar’s dominance”. JOSEPH SULLIVAN, FOREIGN POLICY, 24 abril; “Can BRICS derail the Dollar dominance?”. EMMA ASHFORD (Stimson Center)y MATTHEW KROENIG (Scowcroft Center). FOREIGN POLICY, 1 septiembre.

(5) ”Guerre en Ukraine: la revanche du Sud”. GILLES PARIS y PHILIPPE RICARD. LE MONDE, 7  julio.

(6) “What BRICS expansión means for India”. MICHAEL KUGELMAN. FOREIGN POLICY, 30 agosto.

(7) “The Folly of India’s neutrality”. SUMIT GANGULY & MISHA DINSTREE. FOREIGN AFFAIRS, 20 junio

EL SAHEL SE INFLAMA CONTRA OCCIDENTE

3 de agosto de 2023

El golpe militar en Níger confirma una tendencia de revuelta en el Sahel, que pone en cuestión el predominio francés y norteamericano en una de las zonas más pobres e inestables del mundo. Esta región conecta el África subsahariana con el Magreb y es el epicentro de los movimientos migratorios hacia Europa.

La respuesta occidental al golpe en Níger fue rápida: Francia, la UE y EE.UU exigieron el restablecimiento  de la normalidad institucional, la liberación del presidente Mohamed Bazoum (en residencia vigilada pero no incomunicado)  y su reposición en el cargo. Casi de inmediato, se procedió a suspender la ayuda económica y a cortar otros canales de cooperación. El lenguaje más duro vino de los países africanos de la región aliados de Occidente (CEAO), que llegaron a amenazar con una “intervención militar”, si los golpistas no deponían su actitud. La escalada estaba servida (1).

UN ALIADO QUE SE CREÍA SEGURO

Lo más relevante de lo ocurrido hasta la fecha en Níger es que resultaba inesperado. O casi. Tras los golpes antifranceses en los vecinos Mali y Burkina Fasso, Níger se había convertido en el baluarte de la estrategia de la doble contención occidental: frente al yihadismo, que tomó aquí el relevo tras la derrota del Daesh y Al Qaeda en Oriente Medio y el Norte de África; y frente al auge de una influencia rusa creciente. Se trata de amenazas dispares y opuestas.

El islamismo militante domina en buena parte de este triángulo de la crisis. Controla o ejerce un poderío predominante en más de la mitad de Burkina Fasso y en un porcentaje similar en Mali. En Níger no dejaba de crecer su influencia, pese al esfuerzo occidental de los últimos años, tras la expulsión de Francia de los otros dos países. La insurgencia yihadista ha provocado más de cien mil muertos y tres millones de refugiados en la última década en el Sahel.

Los analistas liberales se muestran muy elogiosos con el desempeño del depuesto presidente nigerino Mohamed Bazoum. Le atribuyen un método muy creativo e inteligente para privar de respaldo social a los yihadistas: mejora de los servicios públicos, uso eficaz del apoyo militar occidental y apertura de un cauce de diálogo con los enemigos. Bazoum pasaba por ser el exponente de una nueva clase dirigente africana: un convencido de la democracia, flexible en las formas y, por supuesto, exento del resquemor creciente hacia las potencias occidentales, que se perciben como claramente neocoloniales (2).

Este retrato favorable de Bazoum obedece también a la necesidad de un discurso  justificativo de la política practicada en los últimos años, tras el fracaso de las intervenciones militares francesas. La operación Barkhane tuvo que ser cancelada no solo por haber resultado incapaz de frenar a los islamistas, sino también, y principalmente, porque había provocado una crisis insalvable de confianza entre París y las élites gobernantes locales.

Aparte de lo mencionado, Níger tenía una importancia destacada para Francia por ser uno de sus principales proveedores de uranio, imprescindible para alimentar sus centrales nucleares, que se han convertido en una fuente prioritaria de energía, tras las tensiones sobre el gas, debido a la guerra de Ucrania. Una sociedad francesa semipública (Orano) posee el control de las tres principales minas de uranio de Níger. Aunque algunos analistas tienden a relativizar este factor, no se puede negar el interés francés por mantener el control del país (3). De momento, las nuevas autoridades han suspendido la venta de uranio a Francia, en represalia por las sanciones inmediatas adoptadas por Francia y sus aliados europeos y norteamericano.

VECINOS DÍSCOLOS

Hace año y medio, los militares tomaban el poder directamente en Malí y, este mismo año, en dos intentos sucesivos, una nueva generación de uniformados hacían lo propio en Burkina Fasso. Casi de inmediato se confirmaba un giro en las alianza exteriores de ambos países: cortaban con Francia. Mali negoció el apoyo de las milicias rusas Wagner (Burkina Fasso lo está considerando), para combatir la amenaza yihadista. El resultado en estos últimos meses no ha sido prometedor. La violencia ha continuado o incluso ha aumentado, debido a las actuaciones de los mercenarios rusos en la persecución de los islamistas.

Después del revés, Francia concentró sus fuerzas en Níger (1.500 hombres), donde hay también una base norteamericana de drones operada por mil soldados. El gobierno de Macron creía tener asegurado ese último bastión seguro en el Sahel. Pero el general Tchiani, jefe de la guardia presidencial, no compartía la evaluación francesa y decidió seguir el ejemplo de sus vecinos. A renglón seguido acusó a París de injerencia (4).

En todo caso, no hay evidencias de que el golpe en Níger haya sido instigado desde Malí o Burkina Fasso, aunque estos dos países ya han dicho que responderán a una intervención militar contra la Junta nigerina. Tampoco se percibe la mano de Moscú, según admite el Departamento norteamericano de Estado. Algunos medios habían insinuado lo contrario, apoyándose en las manifestaciones de tono antifrancés y prorruso de los últimos días. Otras voces regionales impugnan la visión occidental. Un artículo del diario argelino EL WATAN dice que hay “un viento de emancipación ante el cual se estrellan las amistades hipócritas (5).

Los golpes militares en Áfrican han respondido muchas veces a cuestiones internas o incluso personales (rivalidades, resentimientos, odios), que los agentes externos inducen, explotan o estimulan. Este podría ser el caso de Níger. El jefe golpista había sido nombrado por el anterior presidente y Bazoum lo había confirmado. Tampoco es que la lealtad sea un valor sólido en países como éstos, demasiado erosionados por una corrupción primaria.

El golpe en Níger coincidió casualmente con la celebración de un cumbre ruso-africana en Moscú. Putin aprovechó la ocasión para insistir en un discurso de hermandad con el continente y deslizar alguna que otra promesa de alto valor propagandístico, como la donación gratuita de grano a los países más vulnerables afectados por la guerra de Ucrania. El Kremlin decidió hace unos días no renovar el pacto que permitía la exportación de grano ucraniano, negociado el año pasado por Turquía y la ONU. En África, estos gestos tienen cierta repercusión, aunque es demasiado pronto para medir su efecto real.

UNA TRAYECTORIA INCOHERENTE

La aparición de Rusia en el escenario africano ha favorecido el relato político y propagandístico occidental. Esto ya había ocurrido con China, por sus iniciativas comerciales y sobre todo por sus programas de inversión en infraestructuras, que han generado inmensas deudas públicas. África, continente depositario de valiosísimas materias primas para la nueva economía digital, se ha convertido en terreno de confrontación de las grandes potencias del planeta (6). Un nuevo colonialismo se abre paso, con rasgos y características distintos según el caso.

Pero más allá de los discursos, conviene cuestionar la manera en que los gobiernos y medios occidentales afrontan estas crisis de gobernabilidad en África (y, en general, en el Sur). La defensa encendida de la democracia encaja` mal con actuaciones occidentales precedentes. Algunos ejemplos recientes resultan bastante ilustrativos.

En Egipto, hace diez años, Occidente se conmovió poco o nada cuando el general Al Sisi acabó a sangre y fuego con el gobierno constitucional de los Hermanos Musulmanes, una formación islamista moderada que había ganado con claridad las primeras elecciones libres en muchas décadas. Desde entonces, el gobierno militar egipcio ha sido mucho más represivo que los precedentes de Mubarak. En este caso, la eliminación del islamismo, aunque fuera tibio, primó sobre el respeto a los valores y procedimientos democráticos.

Algo parecido está ocurriendo en Túnez, donde el Presidente Kaïs Saied ha eliminado o vaciado de sustancia las instituciones democráticas, a la vez que se manifestaba implacable en la persecución del partido islamista moderado Ennahda (Renacimiento). Occidente se ha limitado a protestar verbalmente; en la práctica, ha adoptado una serie de políticas orientadas a su mantenimiento en el poder: negociación de un difícil acuerdo con el FMI para estabilizar la maltrecha economía local y recuperación de un pacto antiinmigración similar al alcanzado con Turquía hace siete años. El trato infligido a los sahelianos que pretenden llegar a Europa desde Túnez es inhumano y cruel, según han denunciado las principales ong’s internacionales. Como ya hizo en Libia, la UE subroga en gobiernos no democráticos el control migratorio.

Otra crisis reveladora de este doble rasero apunta en el África Occidental. En Senegal, uno de los países donde parece anclada más sólidamente la tutela francesa, el actual gobierno del presidente Macky Sall ha disuelto hace unos días el principal partido de la oposición y detenido a su carismático dirigente, Ousman Sonko, que contaba con razonables expectativas de triunfo en las elecciones de febrero de 2014. Sall había renunciado hace unas semanas a presentarse a una segunda reelección, lo que hubiera supuesto forzar la Constitución, tras una oleada de protestas que degeneraron en un clima de gran tensión política y violencias callejeras (7). Las élites senegalesas saldarán cuentas dentro de unos meses, pero de momento intentan evitar que el movimiento descontrolado y populista de Sonko pudiera abrirse paso hacia el poder. De momento, en Paris se guarda un discreto silencio ante unos acontecimientos poco compatibles con el ejercicio de la democracia.

 

NOTAS

(1) “Au Niger, le coup de forçe contre Mohamed Bazoum désestabilise encore un peu plus le Sahel”. LE MONDE, 27 de julio.

(2) “Chaos in the Sahel. Fanatics and putschists are creating failed states in west Africa”. THE ECONOMIST, 1 de agosto.

(3) “The coup in Niger puts spotlight on nation’s uranium”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 1 de agosto.

(4) “La France accusée d’ingérence par la junta nigérienne”. COURRIER INTERNATIONAL, 1 de agosto.

(5) “Au Niger, c’est aussi l’Afrique qui coupe avec la France”. NOURI NESROUCHE. LE WATAN, 31 de julio.

(6) “The Global Economy’s future depends on Africa”. JACK A. GOLDSTONE & JOHN F. MAY. FOREIGN AFFAIRS, 18 de mayo.

(7) “Au Sénegal, le gouvernement dissout le parti de l’opposant Ousmane Sonko, deux morts dans des manifestations”. LE MONDE, 1 de agosto.


MACRON Y EL PARTIDO DEL ORDEN

26 de julio de 2023

Desde el inicio de su aventura presidencial, Emmanuel Macron (él y sus asesores) han gustado de renombrar su movimiento político. Ha (han) huido siempre de los apelativos tradicionales. Lógico, en un líder que aspira a la originalidad, a los cambios de paradigma, a sacudir la conciencia nacional, sin alterar, claro está, la estructura social.

Macron es un retórico impenitente. Engarza con una tradición política francesa rica en grandilocuencia y vanidad. Los medios de comunicación occidentales, adictos a una visión liberal, lo ensalzaron como el líder que podía frenar y derrotar al populismo. Desde ópticas más conservadoras, predominaba la desconfianza, el recelo. Se le veía como un advenedizo con cierto pedigrée (ministro de Economía con Hollande) y perfiles ideológicos difusos.

DE LA MARCHA AL RENACIMIENTO

Buena prueba de su eclecticismo son las denominaciones con la que pretendía hacer atractivas sus marcas políticas. La primera fue La República en Marcha: una invitación a la acción, al movimiento, al dinamismo. Una conjura contra ese demonio que a veces se invoca como causa de los males de la sociedad francesa: el inmovilismo, la incapacidad para afrontar reformas, para propulsar cambios.

La marca funcionó, a tenor de los resultados obtenidos en las presidenciales y legislativas de 2017. Macron gozó del margen de confianza razonable que se concede a cualquier recién llegado. Pero las cosas se empezaron a complicar pronto. Las protestas sociales comenzaron a brotar a medida que se evidenciaba el sentido de las reformas macronianas, escoradas a favor de los grandes intereses. La revuelta de los gillets jaunes acabó con la indulgencia social. Y la pandemia puso la puntilla a un primer quinquenato perdido entre las luces y las sombras.

Aprovechando el escaparate de las elecciones europeas de 2019, Macron ya había modificado su divisa. El nuevo nombre de su partido/movimiento sería Renaissance. Aunque dotado de un significado esperanzador, propio de ese optimismo del que siempre presume el presidente francés, la denominación se antojaba más etérea, más poética. Pretenciosa, en todo caso. ¿En qué Renacimiento pensaba Macron? En el de la nación, claro, pero ¿en qué parámetros se proponía impulsarlo? En todos, a tenor de sus discursos y monólogos a los que se entrega en las entrevistas. La Marcha (más bien corta y medio fallida) daba paso a una época de Renacimiento nacional basado en la mejora de la competitividad, una mayor cohesión social y una reafirmación de la capacidad y la voluntad de Francia de contribuir a un mundo mejor y más equilibrado. Una construcción retórica.

La mayoría presidencial en 2022 estaba compuesta por la agregación de partidos menores de inspiración liberal y centrista. A esta coalición se la denominó Ensemble (Juntos). Esa era la segunda inspiración del macronismo para el nuevo quinquenato: recomponer la cohesión nacional hecha trizas.

Con ese propósito, Macron insistió en una reinterpretación del gaullismo sobre bases liberales. Ensayó una vía de entendimiento con Moscú con pretensiones si no de exclusividad al menos de primacía. La guerra de Ucrania, iniciada meses antes de las elecciones, se lo había puesto difícil, Aun así, el presidente no renunció a hacer entrar en razón a Putin. Con el fracaso en la mochila, trató de erigirse en voz europea independiente por encima, o por debajo, del ruido creciente en el pulso chino-norteamericano. Con poco éxito y muchos reproches de los aliados. Pero de todos los afanes de Macron, éste es sin duda debería ser el más valorado dentro y fuera de Francia.

EL CICLO DEL DESCONTENTO

En el frente interno, las batallas adoptaron pronto un aire poco renacentista, o más bien bastante barroco, en el sentido de la exageración, del dramatismo. La reforma de las pensiones acabó con cualquier pretensión de consenso social en torno al programa presidencial. Hubo un exceso de confianza en la capacidad de convicción del Eliseo, lo que dio de nuevo alas a los ciudadanos refractarios a cualquier modificación del modelo social francés. La cohesión ansiada derivó en el mayor episodio de conflictividad social de su mandato.

Macron, que siempre quiso estar por encima del clivaje derecha-izquierda instaurado por los mecanismos políticos y constitucionales de la V República, no tuvo más remedio que escorarse de nuevo hacia su lado natural. Buscó el apoyo conservador, pero no lo encontró. El gaullismo, que ya no lo es le pasó factura por las humillaciones recibidas desde 2017. Y entonces, Macron instruyó a su primera ministra, la social-liberal Elisabeth Borne para que acudiera al recurso gaullista del decreto-ley, orillando a la Asamblea Nacional. No fue la primera ni la única vez que lo hizo, y que lo hará. El Renacimiento había derivado en una suerte de centralización descarada del poder, una especie de Contrarreforma amparada en el principio de autoridad.

El presidente intentó apaciguar, como hace siempre cuando la crisis remiten, salvar lo salvable de su discurso positivo y transformador. Pero el país caminaba sobre brasas siempre a punto de avivarse. La muerte de un joven de origen inmigrante en un control policial de tráfico en Nanterre (una muestra más del abuso policial en Francia) desató la cólera en las banlieus y su extensión posterior por todo el Hexágono.

La calle se inflamaba de nuevo contra Macron y su gobierno y contra las instituciones serviles al orden establecido y sus instintos racistas y clasistas. Estos disturbios se parecieron más a la revuelta de los gillets jaunes que a las movilizaciones contra la reforma de las pensiones, por su espontaneidad, su falta de dirección, su desestructuración política.

La violencia callejera instaló un ambiente muy barroco, en absoluto renacentista. La derecha y la ultraderecha aprovecharon para resaltar la debilidad del gobierno y, como hacen siempre, demandar mano dura. Macron tenía que demostrar que no era vulnerable a un desafío, por lo demás un tanto nihilista y con escaso recorrido. Cuando el incendio se extinguió, apenas quedaban unos días para que se cumpliera ese periodo de cien días, autoimpuesto por el Presidente después de aprobada la reforma de las pensiones, para hacer balance de las agitaciones sociales e intentar reunir fuerzas. El objetivo sería abordar la fase final de su presidencia, que tendría que ser, si o sí, el de las ambiciosas reformas sociales: inmigración, educación, relaciones laborales, etc. La recuperación del Renacimiento.  

Para escenificar el cambio de página, Macron confirma en el cargo a la primera ministra, pero sin entusiasmo, después de que desde el Eliseo se dejara creer durante meses que podría ser el fusible que protegería al Presidente. Y se retoca ligeramente el gobierno, para afrontar los retos anunciados, con figuras menos técnicas, más políticas.... o mejor dicho más fieles al macronismo.

Pero casi sin respiro ha saltado la nueva chispa. La puesta en prisión provisional por orden judicial de un agente de la brigada anticriminal de Marsella por conducta supuestamente inadecuada en  la represión de los disturbios raciales provoca una irritada respuesta policial: protestas, desafíos y hasta complicidad política. El director general de la Policía se pone del lado de sus subordinados con una declaración que levanta ampollas: “un policía no debería ir a prisión antes de ser procesado”. O, dicho de otra forma, el policía merece gozar de unos privilegios de los que no disfruta el resto de los ciudadanos. Los sindicatos de jueces se escandalizan. La izquierda arremete contra el máximo responsable policial. La mecha se vuelve a encender.

A Macron le pilla esta última  crisis con un pie en el avión, rumbo a Nueva Caledonia, residuo de ese mundo colonial que se resiste a desaparecer. El presidente, que se había evadido de un discurso anunciado para hacer balance de esos cien días de apaciguamiento y reflexión, convertidos en cien días de agitación y pasiones callejeras, se ve obligado a pronunciarse. En una entrevista por televisión, repite su juego de equilibrista: se muestra comprensivo con los policías pero se ampara en el liberal principio de igualdad ante la ley. Y corona, como en sobresaltos anteriores, con una consigna conservadora: “Orden, orden, orden”.

Macron parece haber encontrado un nueva divisa para su proyecto político, aunque no la escoja como denominación de marca: el partido del Orden. Orden republicano, orden liberal, por descontado, pero Orden, por encima de cualquier desafío, de cualquier amenaza. Ya en mitad de la crisis de las banlieus, Macron había sonado muy tradicional, al apelar a los cabeza de familia para que hicieran entrar en razón a sus vástagos levantiscos. El Orden de Macron se quiere arraigado en cada hogar francés, fruto de una educación primaria en los valores republicanos. El mensaje suena un tanto al De Gaulle postcrisis del 68. Ya se sabe cómo acabó aquello.   

UCRANIA, A MEDIA LUZ

19 de julio de 2023

La guerra de Ucrania no ha respondido casi nunca a la mayoría de los pronósticos que expertos y gobiernos han ido haciendo sobre la marcha. Ni la ofensiva inicial de Rusia, ni el repliegue subsiguiente, ni las batallas de desgaste (en Mariupol o Bakhmut, por ejemplo). Tampoco, para acercarnos a lo más reciente, la tan anunciada contraofensiva ucraniana.

Lo que al principio pareció una victoria rápida del ejército ruso se convirtió enseguida en una exhibición de aparentes improvisaciones, errores tácticos, fallos logísticos de bulto y carencia de una estrategia clara. Ucrania aprovechó para organizar sus defensas, en primera instancia. Se entró en una fase de desgaste, con gran números de bajas en uno y otro lado. De la guerra de movimientos se pasó a la guerra de posiciones, por decirlo en términos clásicos de la doctrina militar. Los defensores se fijaron como objetivo mantener algunas posiciones de importancia estratégica discutible, pero de cierto poder propagandístico. Los rusos entraron en el juego ucraniano, quizás para que sus enemigos no se crecieran y también para evitar que Occidente siguiera albergando esperanzas de una victoria de su protegido.

Luego, a medida que fueron llegando los suministros de armamento occidental de nivel tecnológico superior al de su adversario, Ucrania estuvo en condiciones no sólo de resistir, sino también de golpear las líneas de aprovisionamiento y retaguardia de Rusia y de contraatacar.  El verano pasado se empezó a hablar de iniciativa ucraniana. El invierno congeló  los movimientos militares, pero no la actividad política y psicológica. Una a una fueron cayendo las restricciones armamentísticas que se había autoimpuesto Occidente en el apoyo a Kiev, persuadidos los gobiernos de que el Kremlin no parecía dispuesto a usar armas nucleares.

Los medios anunciaron la contraofensiva ucraniana de primavera como si se tratara de un Stalingrado a la inversa: un momento decisivo que cambiaría el signo de la guerra y colocaría a Moscú en necesidad de aceptar una negociación, ante el riesgo de perder todo lo conquistado.

Pero, de nuevo, nada ha ocurrido conforme a las previsiones. O a ciertas previsiones. Aunque algunos expertos militares advertían sobre la euforia de algunos medios y fuerzas políticas muy militantes contra Rusia, la propia actitud del presidente de Ucrania, siempre demandante de más y más ayuda, pero por lo general optimista, instalaron un mensaje de confianza. Los resultados del inicio de la contraofensiva fueron modestos. Ucrania ha liberado  250 km2, una mínima parte de ese 20% del territorio nacional que sigue en poder de Rusia.

Ocurrió luego el pintoresco suceso del jefe de los mercenarios Wagner, que favoreció unas ilusiones un tanto desaforadas sobre las “grietas” en el aparato político y militar del Kremlin. Algunos se atrevieron a describir el momento como “el principio del fin de Putin”. O, como mínimo, una señal del debilitamiento adicional de la operatividad militar rusa, lo que ayudaría a superar los problemas de la contraofensiva ucraniana.

El episodio Prigozhin se ha diluido, gran parte de los mercenarios se van incorporando a las unidades regulares del Ejército ruso y las élites rusas no parecen comportarse como si estuvieran en la fase crepuscular del régimen. Putin seguramente no está contento por lo que ha sucedido en este año y medio de “operación militar especial”, pero no parece desesperado. De momento. Conserva un apoyo matizado pero estable de China y de eso que ahora se llama el Sur global. Las tensiones diplomáticas en las recientes cumbres del G-20 y de Europa-América reflejan una realidad incontestable: la derrota de Rusia no es la prioridad para la mayoría de los países que reúnen a más del 80% de la población total del planeta. Ese Sur global sigue sin comprar el relato occidental sobre el conflicto, sin que ello suponga un respaldo de las posiciones rusas.

La sensación de atasco y prolongación de la guerra tras cinco semanas de contraofensiva no sólo incide en la moral y las estrategias de los contendientes. También crea zozobra en las potencias exteriores, que aguardan con ansiedad el encauzamiento del conflicto para enderezar el rumbo económico. Aunque el impacto energético se ha contenido, la guerra proyecta demasiadas sombras sobre el panorama económico: en Occidente, por una persistente inflación; en China por una tasa de crecimiento cuando menos vacilante; y en el mundo en desarrollo por el inseguro abastecimiento de alimentos, el peso de la deuda y otras amenazas.

En nuestro mundo, a medida que pasan los días, se debilitará el entusiasmo de las poblaciones a favor de la causa ucraniana, sobre todo si no se reducen los efectos sobre su vida de cada día. Los gobiernos tratan de neutralizar las dudas y el cansancio, con dos líneas de actuación:

-          incrementar el arsenal ucraniano con la controvertida y moralmente dudosa munición de racimo (EE.UU.), misiles de largo alcance (Reino Unido y Francia) y acelerar el entrenamiento de pilotos de cara al posible suministro futuro de los ansiados F-16 (que aún no está decidido).

 

-          doblegar el compromiso político con Ucrania y eludir críticas sobre las decisiones de Kiev.

Pero el equilibrio entre la prudencia y el apoyo inequívoco no siempre es sostenible, y así se ha visto en la reciente Cumbre de la OTAN. En realidad, estas reuniones son, ante todo, ejercicios de relaciones públicas, porque las decisiones vienen bastante cocinadas de antemano. Pero la escenificación ha sido torpe: por parte de los aliados y del propio Zelenski.

El enfado del presidente ucraniano al conocer que la OTAN iba a girar una invitación de entrada genérica, ambigua, sin fecha inmediata o cercana era perfectamente evitable. El presidente Biden ya había telegrafiado su postura. Si Zelenski interpretó que las presiones favorables de británicos, franceses (conversos de un tiempo a esta parte, después de meses de jugar al caliente y al frío) y países centro-orientales podía alterar la posición de la Casa Blanca, demostró una gran ingenuidad. Si se trataba de expresar un malestar para consumo interno, tampoco parecía la mejor manera. Se lo afeó uno de sus principales aliados, el secretario de Defensa británico, Ben Wallace, que le reclamó un poco de agradecimiento. Zelenski dio marcha atrás y se entregó a un juego un tanto obsequioso de declaraciones de gratitud y de valoración hiper positiva de la Cumbre. Que Ucrania será admitida, “cuando los aliados lo acuerden y las circunstancias lo permitan” es una fórmula diplomática de libro para decir “vuelva usted mañana”.

Al final, Zelenski hizo virtud de la necesidad. Se dio otro baño de solidaridad política y aprovechó para repetir lo que lleva haciendo un año y medio: pedir más armas y más dinero, y asegurar que la victoria está más cerca.

Mientras, los soldados ucranianos se atascan en inmensos campos de minas y sistemas de fortificación de los rusos, que ya ni se plantean completar la conquista del Donbás, con avances otrora deseados en la provincia de Luhansk. Bastante tienen con mantener las líneas del frente desgastar a los ucranianos con sus drones e implantar en los políticos occidentales la idea de que la contraofensiva ucraniana será necesariamente larga y demasiado costosa.

La respuesta de Kiev a la evasiva posición de la OTAN han consistido en redoblar la audacia, con el ataque con drones marítimos contra el puente que conecta el suroeste de Rusia con la península de Crimea. Acciones simbólicas, pero poco prácticas para avanzar en las pretensiones estratégicas ucranianas. La réplica rusa, tampoco nueva, se resume en continuos ataques contra infraestructuras, que provocan pánico y hacen la vida más difícil a la población.

Quizás la medida rusa más consecuencial ha sido negarse a renovar el pacto de exportación de grano, del que dependen para su alimentación millones de personas en África y Asia. El presidente turco, muñidor del acuerdo hace un año, confía en reflotarlo, pero el reloj de la amenaza del hambre avanza muy deprisa. El bombardeo ruso de las instalaciones portuarias de Odessa, punto de salida del grano, indica que Moscú pondrá un alto precio a su avenencia.

En estas circunstancias, si en verano no hay un desbloqueo, quedará poco tiempo para acciones militares de envergadura. Estados Unidos entrará en su ciclo electoral, con el arranque de las primarias. Y los republicanos, unos más (Trump, DeSantis y algún otro escéptico) y otros menos (los de la vieja guardia, los conservadores de siempre) intentarán sacar a Ucrania de su lista de  de prioridades. Biden le dedicará al asunto lo justo, sabedor de que su continuidad se libra, como casi siempre, en el frente interno, lejos de una Ucrania a media luz.

Ante las elecciones generales en España, mirada a Europa (4). LA IZQUIERDA CRÍTICA SÓLO TIENE INFLUENCIA RELEVANTE EN LA EUROPA MERIDIONAL

12 de julio de 2023

Partidos, formaciones y movimientos críticos con la socialdemocracia desde la izquierda han sido siempre secundarias en Europa, en términos electorales. Según los datos de las últimas elecciones en cada país de la UE más Gran Bretaña, Noruega, Islandia y Suiza, la izquierda crítica ha sumado 20,2 millones de votos, un tercio de los conseguidos por los conservadores y una proporción algo mayor con respecto a los socialdemócratas (54,9 millones). También han sido superados por los liberales (34,9 millones), pero no por los ecologistas (16,2 millones), aunque éstos ejercen una mayor influencia por su disponibilidad a los pactos a derecha e izquierda. He separado la izquierda crítica de la izquierda revolucionaria, cuyo empeño y resultados electorales son testimoniales (como ocurre con los neonazis/neofascistas o los no definidos).




Si en España la reciente coalición de izquierdas se perfila como única fórmula previsible de pervivencia de un gobierno progresista, en la mayoría de los países europeos no parece contar en la actualidad con muchas opciones. El rechazo del electorado de izquierdas a las derivas liberales de los socialdemócratas en los ochenta y noventa no han redundado en un fortalecimiento generalizado de las opciones más radicales o críticas. Y cuando lo han hecho, no ha sido suficiente como para sostener una alternativa de gobierno a la derecha liberal-conservadora, que en muchos casos, como vimos en un artículo precedente, no ha tenido problemas para pactar con el nacionalismo conservador e identitario emergente. Lo que en lenguaje mediático y político de brega se llama la extrema derecha.

El acceso al poder de la izquierda crítica casi nunca ha obedecido a una tendencia general europea, sino a circunstancias nacionales específicas. O, en todo caso, regionales: la izquierda crítica ha limitado su influencia real en el sur. En el norte, ha tenido una presencia permanente pero menor y en las regiones occidentales y atlántica no ha superado el umbral de la marginalidad, con algunas excepciones temporales puntuales.

 

1. EUROPA MERIDIONAL: LA ZONA DE MÁS INFLUENCIA

a) Francia

El caso más relevante es de influencia política relevante de la izquierda crítica es Francia. En los años ochenta, el Partido Comunista hizo bueno el pacto de programa común con el PSF, acordado a comienzos de la década anterior, cuando era aún el partido más votado de los dos. En ese tiempo, Mitterrand consolidaba su liderazgo en el socialismo, combatiendo la esclerosis de la derecha gaullista, hegemónica en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial. 

Pero la Unión de la Izquierda no superó la prueba del poder. Fuertes discrepancias con el Eliseo precipitaron que los comunistas salieran del gobierno en la primera remodelación de Mitterrand, que ya se sentía fuerte para seguir solo con los suyos. Hasta que el triunfo de la derecha en las legislativas de 1986 lo obligó a una frustrante cohabitación. El Partido Comunista se fue debilitando, pero resistió a la desaparición aunque tuviera que refugiarse en 2012 en un Frente de Izquierdas para hacer frente a la efímera subida socialista. Luego vino la pavorosa crisis de la izquierda tradicional y la irrupción de France Insoumise, una escisión inicial de los socialistas a la que fueron arribando izquierdistas de distinta procedencia. Tras bajar hasta su mínimo histórico en las legislativas de 2017, el PCF se unió a NUPES, marca electoral común de la izquierda, bajo la hegemonía de los Insumisos.

b) Italia

En Italia, donde residía el Partido Comunista más fuerte de toda Europa Occidental, la vigilancia norteamericana del flanco sur de la OTAN y la presión del Vaticano, consiguieron mantener una barrera eficaz contra un desbordamiento de las opciones de izquierda. Aquí, contrariamente a Francia, el Partido Socialista jugó un papel obstaculizador de la proyección comunista. Con las fórmulas de los gobiernos de coalición liderados por la Democracia Cristiana, el juego político se reducía a una alternancia entre la opción monocolor, la alianza parcial con los minúsculos partidos de derecha y centro-derecha (liberal, republicano y  socialdemócrata, en realidad, social-liberal) o la gran coalición, que integraba a los socialista en el famoso pentapartito.

El socialismo oficial italiano se fue degradando lenta pero inexorablemente, hasta que a finales de los ochenta y primeros de los noventa quedó atrapado en las tramas de corrupción que acabaron por destruirle. Al fracaso político siguió la ruina moral irremisible. Hubo pequeños pero fútiles intentos de reconstruir el PSI a mitad de los noventa. 

Después de la crisis terminal del comunismo, al PCI no le bastó con el distanciamiento del Kremlin y de sus regímenes satélites y se apresuró a llenar el vacío dejado por sus vecinos rivales. Por una cuestión de patentes y por la existencia zombi de PSI, los excomunistas no quisieron o no pudieron asumir la denominación de “socialistas” o “socialdemócratas” y se ampararon en la vaguedad de la de la divisa “izquierda”. Con el cambio de siglo, se eludió también esta identificación para ampararse en coaliciones centristas bajo la vitola de “Olivo”. Finalmente, cuando se extinguió esa experiencia, emergió la insulsa marca de “Partido Democrático”.

La izquierda crítica comunista respondió a la sucesiva normalización del viejo PCI, con distintas iniciativas: Rifondazione Comunista, Partido Comunista de los italianos, Partido Comunista marxista-leninista, Partido Comunista de los Trabajadores, Sinistra Revolucionaria, Potere al Popolo. Hubo otros intentos, en convergencia con el ecologismo crítico, como Sinistra Ecología-Libertá (2013), Liberi e Iguali y Sinistra Italiana (2018) y Unione Popolare (2022). Pero ninguna de ellos llegó al 4% del apoyo electoral. De los comunistas ortodoxos, solo Rifondazione, de Fausto Bertinotti, superó ese umbral en 2008, para luego languidecer.

c) España

En España, la irrupción poderosa de los socialistas en los ochenta, relegó al Partido Comunista a un papel muy secundario. El PCE se vió sometido a un proceso similar al italiano, aunque no idéntico. En una de esas injusticias históricas que deja la política, los comunistas que tanto combatieron durante la dictadura de Franco, se resignaron a abandonar su histórica marca y refugiarse en la genérica denominación de Izquierda Unida. La presencia en gobiernos locales les dio vigencia política, pero fueron debilitándose en lo que eran más fuerte: movimientos populares y ciudadanos. 

El bipartidismo dominante en España durante más de treinta años, fue una víctima política más de la gran crisis financiera y social de finales de la primera década del siglo. A derecha e izquierda del PSOE surgieron nuevas fuerzas que vinieron a cubrir el vacío dejado por la UCD, a comienzos de los ochenta, y el debilitado Partido Comunista y sus aliados reunidos en la titubeante Izquierda Unida. 

En la izquierda, Podemos representó un fenómeno nuevo. Como en otros lugares de Europa, la aspiración no fue apuntalar a la socialdemocracia, sino ofrecer una alternativa capaz de frenar su deriva liberal. Con una fórmula de organización que recuperó el impulso de las bases, sobre todo en medios urbanos, Podemos escuchó las reclamaciones urgentes de la juventud en materia de empleo, vivienda, educación, igualdad de género, etc. Al final de la crisis, alcanzó la cúspide de su representación institucional, con más del 20 % de los votos entre el núcleo central y sus aliados regionales. Un resultado sin precedentes, muy superior al de cualquier iniciativa de la izquierda crítica no sólo en España, sino también en Europa, con la excepción de Grecia y Chipre, como luego veremos. Durante un tiempo se creyó que podía lograr el sorpasso de los socialistas, hundidos hasta el 22%.

Luego vinieron las habituales divisiones en el izquierdismo. Se produjo una caída electoral, pero no lo suficiente como para impedir su capacidad para obligar a los socialdemócratas españoles a decidirse por el primer gobierno de coalición de izquierdas desde la recuperación de la democracia tras su exiguo triunfo electoral de 2019.

 

d) Portugal

En Portugal, surgió a finales de siglo el Bloco de Esquerda un formación ecologista radical alternativa al tradicional y muy prosoviético Partido Comunista. Poco a poco fue creciendo electoralmente hasta superar una década después a sus competidores en el espacio de la izquierda crítica. Bloco y PCP han mantenido una conflictiva cooperación con los socialdemócratas. El apoyo parlamentario al ejecutivo de Antonio Costa dejó de operar tras las últimas elecciones en 2022.


 e) Grecia

El derrumbe del gobierno socialdemócrata a finales de la primera década del siglo y la inutilidad de los habituales parches técnicos abrió un socavón político en la izquierda que llenó el movimiento Syriza, muy bien dotado para la movilización de las masas urbanas angustiadas por la falta de empleo y la volatilización de sus ahorros. La formación liderada por Alexis Tsipras y sus aliados de la izquierda crítica, pero  no el PC, pasaron de apenas un 5% a más del 35% en los seis años terribles de la crisis (2009-2015), lo que les permitió hacerse con el gobierno, primero en una extravagante coalición con una formación nacionalista de derechas y luego en solitario. El desafío de Tsipras al liderazgo alemán de la UE resultó una auténtica catástrofe. Después de negarse reiteradamente a pasar por el aro de la austeridad, que había vaporizado al PASOK y reducido a la derecha neoliberal a la mínima expresión, Tsipras fue acorralado en una cumbre, tan sólo defendido. casi por piedad. por el socialista Hollande. Cuando trató de desplazar su responsabilidad sobre los ciudadanos mediante un referéndum sobre el pacto impuesto por la UE, se apuntó su decadencia. El pueblo griego, instigado por el propio Tsipras, rechazó las medidas de austeridad europeas. Pero su suerte estaba echada. El ministro Varoufakis, más crítico aún con Europa, abandonó el gobierno. En sólo unos días, Tsipras asumió que no podía cumplir con el mandato popular y claudicó ante la UE, que impuso a Grecia medidas más duras.

El fracaso de este pulso con Europa dio paso a una legislatura terrible, muy distinta a la que los dirigentes de Syriza habían imaginado. A pesar de ello, en 2019 el castigo electoral fue más moderado de lo que se temía: sólo perdieron cuatro puntos. La decadencia no fue brusca, sino suave pero sostenida. Este año Syriza bajó al 20% en mayo y dos puntos más en junio. El partido se desangraba a derecha e izquierda. Tsipras no tuvo más remedio que poner su cargo a disposición de sus compañeros de aventura. Era el preludio del fin.

El Partido Comunista, que nunca colaboró con Syriza y mantuvo su autonomía crítica, ha atravesado este periodo agitado de la historia griega, sin apenas cambios electorales. En los últimos años recuperó los votos “prestados” a Tsipras hasta sus niveles precrisis. Lo que refleja la fidelidad de sus bases, pero también su incapacidad para generar mayor apoyo social.  


f) Chipre

Finalmente, es importante mencionar el caso de Chipre, pequeño país isleño mediterráneo, donde existe, precisamente, el partido de izquierda crítica con mayor apoyo electoral de toda Europa. AKEL (Partido Progresista del Pueblo), heredero del viejo Partido Comunista, ha obtenido desde 1991 resultados por encima del 30% y sólo ha bajado del 25% en los últimos años. En 2008 encabezó incluso un gobierno de coalición con los liberales del Pº Democrático y el apoyo externo de los socialdemócratas del EDEK.



2. EN EL NORTE, UNA PRESENCIA MENOR PERO ESTABLE

En los países nórdicos, la izquierda crítica siempre tuvo relevancia política y cierto grado de participación en la gestión pública, como apoyo más o menos estable a gobiernos socialistas, con quienes formaba un denominado “bloque obrero”, frente a la conjunción de los partidos liberales, conservadores y democristianos, que se agrupaban en el “bloque burgués”. Con estas denominaciones marxistas, el pluralismo partidista se transformaba, en la práctica, en un bipartidismo de alternancia, similar al más variable que existía en Europa central y occidental.



Después de la caída del comunismo, los socialdemócratas se hicieron más liberales, aunque las alianzas se mantuvieron en Suecia y Noruega. En el primero, no entraron nunca en el gobierno; y en el segundo, donde han convivido dos partidos, Izquierda Socialista (más fuerte) y Partido Rojo (casi marginal), sólo lo hicieron en dos legislaturas, entre mediados de la primera y segunda décadas de este siglo. En Dinamarca y Finlandia se produjeron otras combinaciones de centro-izquierda, con liberales y conservadores, mientras la izquierda se movió en torno al 8% en Finlandia y más débil en Dinamarca. En Islandia, un partido a la izquierda del socialdemócrata sólo apareció en las últimas elecciones (2021), con un 4%; antes, sólo existieron formaciones casi testimoniales. 

3. EUROPA OCCIDENTAL: LA PESADA HERENCIA DEL ANTICOMUNISMO


En el núcleo de la Unión Europea, excepto Francia, la izquierda crítica apenas ha tenido una importancia secundaria, sin participación directa en los gobiernos, ni apoyo parlamentario de importancia. Destacan el alemán Die Linke, heredero del PDS, sucesor de los comunistas orientales; y el Partido Socialista de los Países Bajos, que defiende un socialismo de izquierda. Hay que señalar que Die Linke sólo tiene cierta sólida implantación en los länder del Este y los socialistas radicales holandeses sólo superaron la barrera del 10% en 2006.

En Bélgica, el Partido del Trabajo es una minúscula formación socialista radical, igual que Dei Lenk en Luxemburgo. En Irlanda, Solidarity ha surgido en los últimos años como alternativa no nacionalista al Sinn Feinn.




Ante las elecciones en España, mirada a Europa (3) LA RECUPERACIÓN SOCIALDEMÓCRATA SE HACE ESPERAR

 6 de julio de 2023

El socialismo democrático fue la fuerza política que lideró las transformaciones sociales en Europa durante los llamados treinta años gloriosos (1945-1975). Las clases trabajadoras alcanzaron los niveles de prosperidad y bienestar más elevados de la historia, merced a un  pacto social que incluía la defensa de la capacidad adquisitiva de los salarios, la creación de unos servicios sociales sólidos y cada vez más extensos y, en algunos casos (países nórdicos, Alemania y Austria, sobre todo), la participación de los representantes sindicales en las decisiones empresariales, entre otras mejoras.

Durante esas tres décadas los partidos socialistas democráticos mantuvieron una robustez electoral casi intacta, con desviaciones a la baja por lo general poco significativas. Pero cuando se empezaron a notar los efectos del primer shock petrolero, tras la guerra del Yom Kippur y el boicot árabe (finales del 73 y años 74 y siguientes), Europa atravesó una grave crisis económica que fue erosionando los pactos sociales.

La primera consecuencia política fue la arrolladora victoria del Partido Conservador en el Reino Unido, en 1979. Un año y medio después, Reagan  destrozó electoralmente a Carter en Estados Unidos. Había dado comienzo lo que se denominó como “revolución conservadora”. A lo largo de los ochenta, se puso en marcha a ambos lados del Atlántico (y luego en el resto del mundo capitalista) un modelo económico neoliberal que fue desmontando sistemáticamente las bases del pacto social de posguerra. La crisis de las viejas industrias facilitaron el discurso de la derecha emergente, radicalmente liberal en lo económico, pero muy conservadora en lo social, cultural y político.

Aparte de la derrota laborista en Gran Bretaña, los socialdemócratas perdieron el gobierno en Alemania (1983) y retrocedieron en los países occidentales donde eran siempre fuertes. En Francia, la victoria del socialista Mitterrand y el gobierno de coalición con los comunistas no sólo rompía con los tabús de la guerra fría, sino que acababa con la hegemonía absoluta de las derechas en el Hexágono. Al final de la década, el respaldo electoral había caído casi 20 puntos.


En los países nórdicos, donde se resistió mejor al embate neoliberal, los socialdemócratas mantuvieron mejor sus posiciones.

En los países meridionales, la reciente incorporación a la democracia mantuvo la confianza en los partidos socialistas durante buena parte de los ochenta, pero al final del periodo el desgaste ya era ostensible: por encima de los ocho puntos en España, más de siete en Grecia y casi cinco en Portugal. En Italia, he incluido la evolución del PCI, que ya estaba adoptando un discurso muy próximo al socialismo democrático. Su acusado descenso contrasta con ligera subida del PSI, que, unos años después, terminaría destruido tras los escándalos de corrupción.


DESPUÉS DEL MURO, MÁS CRISIS

Pronto se producirían los acontecimientos históricos más consecuenciales en medio siglo. La crisis del sistema comunista en Europa central y oriental, a finales de los ochenta, sería la antesala de la desaparición de la Unión Soviética, el Estado que garantizaba la persistencia del modelo económico y político. El periodo entre comienzos de los 90 y los momentos actuales es el que voy  a analizar en profundidad.

Si acotamos un poco el foco y nos centramos en los seis países más poblados, donde se concentra casi el 70% de los ciudadanos, se puede observar cómo la pérdida de influencia política de los partidos socialdemócratas continuará en las tres décadas siguientes.

A lo largo de estos treinta años, los socialdemócratas han perdido casi 8 puntos en Alemania y Francia (en este país, se ha extraído el dato ponderando su porcentaje de votos en la coalición NUPES, según los diputados obtenidos en 2022 la Asamblea Nacional), 13 en Italia y 10 en España.

En Gran Bretaña, la caída ha sido de 2,5 puntos, lo que parece poco dramático, pero se trata de unas cifras dopadas por el sistema electoral mayoritario, que genera un sistema bipartidista reforzado. El valor indicativo sería la diferencia con su principal competidor, los conservadores. Si en 1992, la diferencia fue de 7,5 puntos, en las últimas elecciones se ha elevado a 11,5.

En Polonia, los socialdemócratas incluso han ganado unas décimas. Pero su trayectoria ha dibujado un zig-zag. Tras un auge espectacular a comienzos de siglo, cuando superaron el 40% y recuperó el gobierno, en sólo cuatro años bajaron los 30 puntos que habían ganado desde los primeros noventa, y en esas cifras se han estancado. 

En Alemania, el SPD se fortaleció tras la caída del muro y la reunificación nacional. Pero en la mayor parte del resto de países occidentales, el final del socialismo real generó un chocante desprestigio del modelo socialista democrático. El hundimiento comunista generó una marejada que arrastró en grados diferentes a algunos partidos socialdemócratas.

A lo largo de los años noventa, los partidos socialdemócratas gobernaron en solitario en Grecia, España (hasta 1996), Portugal (segunda mitad de la década), Suecia (la mitad de los años del periodo, con apoyo de socios menores a la izquierda), Gran Bretaña y Chequia (sólo en el tramo final) y un par de años en Malta. Como socios mayores de coalición, prolongaron su dominio en 13 países. Y participaron como socio menor en otros tres países. En Italia oscilaron entre la cabecera y la subsidiariedad.

En los nuevos países democráticos, los desaparecidos o ahora marginales partidos comunistas cambiaron sus nombres y, en muchos casos, adoptaron la marca socialista o socialdemócrata. Inicialmente, el gambito pareció funcionar, debido a la inmadurez de los nacientes partidos liberales o conservadores. Pero en muy pocos años los socialdemócratas fueron reducidos a papeles secundarios en la gobernabilidad de estos países, con la excepción de Rumanía.

LA GUERRA CONTRA EL TERROR OBSTRUYÓ LA RECUPERACIÓN

En la segunda década del periodo analizado, tras el 11 de septiembre de 2001, el discurso político estuvo condicionado en gran parte por la denominada guerra contra el terror. A los socialdemócratas no les sentó bien. En España, se registró una circunstancia paradójica. En el gran triunfo de Zapatero de 2004 jugaron un papel primordial las mentiras del PP sobre el  atentado islamista de Madrid.

En el resto de Europa, los socialdemócratas solo consolidaron su hegemonía en Noruega. Se apagaron pronto en Grecia y, cuando reaparecieron, al final del periodo, fueron consumidos en apenas dos años. Conservaron un influencia matizada al frente de los gobiernos durante mitades distintas de la década en Alemania, Italia, Portugal, Hungría, Austria, Suecia y menos tiempo en los antiguos países del Este (Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Lituania). Y sólo quedaron como fuerza secundaria en los gobiernos de Alemania (desde 2005), Países Bajos, Finlandia, con presencia fugaz y testimonial en los bálticos más pequeños.

LA AUSTERIDAD, UNA LOSA DEMASIADO PESADA

En esta última década, la decadencia se ha confirmado y ampliado. Los socialdemócratas sólo han gobernado en solitario en la minúscula y bipartidista Malta, y en Portugal (aquí sólo en los últimos tres años, después de otros tres anteriores en coalición con la izquierda).

En Alemania, el SPD ha tardado veinte años en recuperar la jefatura del Gobierno. Los socialdemócratas pagaron muy caro el giro liberal de Schröder en los años bisagra entre los dos siglos. El techo del 40% alcanzado en 1998 fue corregido a la baja en las dos elecciones siguientes, lo suficiente para perder la Cancillería en 2005. En el comienzo del periodo Merkel, el partido se despeñó hasta el 23% (2009). La austeridad impuesta a toda Europa no fue contestada debidamente por el SPD, que siguió cayendo hasta el mínimo histórico del 20,5% en 2017. El agotamiento de la canciller democristiana y su retirada de la vida política permitió el regreso de los socialdemócratas al gobierno en 2021, al frente de una difícil coalición “semáforo” con verdes y liberales.

En Gran Bretaña, los laboristas perdieron 15 puntos entre las elecciones ganadas por Blair en 1997 y las que, en 2010, devolvieron el poder a los conservadores (aunque en inusual coalición  con los liberales).


En Francia, la política de “rigor” con la que el Presidente Hollande pretendía enmascarar la versión local de la austeridad alemana y europea fue contestada en las urnas con un descenso de más de 20 puntos, en 2017. La derrota fue tan dolorosa que un partido casi siempre fracturado se debilitó aún más. La emergencia de la izquierda crítica (Francia Insumisa) estuvo a punto de condenarlo a la marginalidad. Al final, un gran acuerdo de todas las fuerzas a la izquierda de Macron (NUPES), le ha permitido sobrevivir. Con todo, el sector más liberal del PSF contestó el pacto y amenazó con abandonar el partido.


En Italia, Romano Prodi (en realidad, un técnico con ideas democristianas progresistas) había encabezado en 2006 un gobierno de coalición de centro-izquierda dominado por el Partido Democrático de la Izquierda (uno de los nombres adoptados por los excomunistas cuando se hicieron socialdemócratas). Los primeros embates de la tormenta financiera acabaron con el experimento de manta grande, que no pudo salvar ni siquiera el astuto Massimo D’Alema. La única alternativa más o menos sólida a la coalición de las derechas fueron los gobiernos tecnocráticos. Pasado lo peor de la tormenta, las apariciones de Enrico Letta, Matteo Renzi y Paolo Gentiloni (tres intentos en una sola legislatura) resultaron fallidas. En un nuevo giro, el PDI se ha escorado a la izquierda, como suele hacer cuando está en la oposición.


En España, la experiencia de Zapatero fue a morir con la crisis financiera, que su gobierno tardó en advertir. El resultado fue un  castigo severo en 2011, tras un agónico final de mandato. Incluso en la oposición, el PSOE siguió bajando, debido a la crisis de liderazgo interno, hasta sus peores registros desde la recuperación de la democracia, un 22% en 2015 y 2016. En 2019 recuperó el control del gobierno, pero, por primera vez desde el restablecimiento de la democracia, tuvo que pactar con la izquierda crítica.


En los bastiones nórdicos, tras un descenso más suave aunque constante, la socialdemocracia pudo volver al gobierno a finales de la década (excepto en Islandia), pero en Suecia y Finlandia no han podido mantener su posición predominante, tras las elecciones de 2022. 


De los otros países, merecen destacarse tres casos de retroceso socialista muy acusado. En primer lugar, Grecia. La corrupción y los escándalos personales castigaron al líder socialista, Andreas Papandreu, pero no tanto a su partido, el PASOK, que se mantuvo en el gobierno hasta bien entrado el siglo. Cuando a finales de la década siguiente el hijo del líder postdictadura de los coroneles colocó de nuevo al partido en el poder, se desató en el país la crisis financiera.  Georgios Papandreu no supo ver otra salida que allanarse a las exigencias de austeridad. Esta vez sí, el partido quedó virtualmente liquidado. El PASOK perdió 30 puntos entre 2009 y 2012.

En dos países de fuerte tradición socialista como Austria y Países Bajos, la decadencia también ha sido notable. La caída en el primero presenta una imagen más suave pero casi constante, mientras en el segundo el desplome de 2012 a 2017 presenta similitudes con el caso francés.



En los países excomunistas de Europa central y oriental se han registrado altas y bajas. En Polonia, el excelente resultado de los socialdemócratas en 2001, no les dio vuelo para más de una legislatura. Desde entonces no han sido ni siquiera alternativa a los gobiernos de derecha y ultraderecha. Sólo Rumania tiene gobierno socialista, aunque en gran coalición con los liberal-conservadores del PNL. En los otros países, se han producido altas y bajas, pero la tendencia, al cabo, ha sido depresiva.


En las repúblicas exyugoslavas de Croacia y Eslovenia, los nuevos partidos socialdemócratas que surgieron del sistema autogestionario de Tito tampoco han jugado un papel relevante. Tuvieron un auge a finales de la primera década del siglo, que resultó efímero. Los croatas encabezaron una coalición de gobierno durante una legislatura a partir de 2001 y los eslovenos se han mantenido como socios menores de las listas liberales. En los estados bálticos exsoviéticos casi nunca alcanzaron una posición de fortaleza, de ahí que tampoco sufrieran retrocesos acusados. 





CAÍDA SOCIALDEMÓCRATA, AUGE NACIONALISTA

La pregunta obvia es dónde han ido a parar los votos que ha perdido el socialismo democrático europeo a lo largo de estas tres décadas largas.

Una parte se ha desplazado a los partidos centristas (el caso más claro es el de Francia, a partir de 2017). Otros han engrosado la abstención, cuyo incremento en este periodo se analizó en el primer trabajo de esta serie. Pero lo más significativo políticamente ha sido el beneficio obtenido por los partidos del nacionalismo conservador e identitario, que, por lo general han erosionado más al segmento de izquierda que al liberal-conservador del consenso centrista.



Como apreciamos en el gráfico, el auge nacionalista ha coincidido, aunque en periodos diferenciados, con el descenso socialdemócrata en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, España, Rumania, Países Bajos, Chequia, Suecia, Hungría, Dinamarca, Finlandia, Eslovaquia y Letonia. En otros países, se han visto más castigados los conservadores y liberales.

En cambio, la izquierda crítica apenas se ha beneficiado del descenso socialdemócrata, salvo en Grecia, Francia y España. Lo cual indica un claro desplazamiento del electorado hacia la derecha. No se trata de un fenómeno lineal. Los votantes socialistas con convicciones menos arraigadas se mueven al centro-derecha, en tanto que el segmento más conservador del centro-derecha opta por propuestas más radicales bajo la bandera del nacionalismo.