GUERRAS Y POLÍTICA

21 de agosto de 2024

La cita más famosa de Clausewitz es aquella que caracteriza a la guerra como “la continuación de la política con otros medios”. Otra menos conocida del militar y estratega prusiano es, sin embargo, mucho más sutil: “la guerra nunca es un objetivo en sí misma; se combate para conseguir la paz, un cierta forma de paz”.

Por tanto, el dilema’ guerra o paz’ es un engaño del sentimiento, no una aspiración racional. La guerra y la política (llámese diplomacia cuando se ejercita de puertas afuera: en el ámbito internacional) no pertenecen, respectivamente, a las esferas del  mal o el bien. La guerra, como es lógico, despierta rechazo en el ciudadano marginado de las decisiones, del conocimiento de las estrategias, de los núcleos de poder. Su papel es el de consumidor de la otra cara de la realidad: el de la política, es decir, del conjunto de herramientas que traen esa “paz conveniente”.

Esta perífrasis viene a cuento de lo que está pasando en Ucrania y en Gaza (o más bien en toda Palestina). Los dos conflictos son muy diferentes, por supuesto. Pero en esta dialéctica guerra-política presentan semejanzas muy claras, porque se trata de un asunto universal.

Mientras en Ucrania se libra una guerra clásica entre Estados, en Gaza asistimos a una operación militar de exterminio practicada por un Ejército contra una milicia urbana enraizada en la población, en un contexto general de ocupación. Estas dos formulaciones escuetas no abarcan toda la realidad militar. En Ucrania no combaten sólo dos Estados (Ucrania y Rusia), como se sostiene en Occidente; en Gaza, es absurdo cualquier análisis militar sobre la relación de fuerzas.

En estos momentos en que las armas parecen dominar el desarrollo de ambos conflictos, el papel de la diplomacia y de la política consiste en adaptar la verdad, o la realidad, a las necesidades de cada una de las partes. Entremos en detalles.

UCRANIA: LA ADECUACIÓN DE LAS CONDICIONES

Moscú sostiene, desde el principio de la invasión, que Ucrania representaba un peligro para su seguridad, porque este estado, históricamente unido a Rusia (zarista o comunista, eso ahora no es relevante), se había convertido en un instrumento de Occidente para amenazar las bases de la soberanía rusa. Según esta teoría, los habitantes rusófonos y/o rusófilos de distintas zonas de Ucrania corrían peligro de exterminio, de sufrir limpieza étnica, por ser el obstáculo más inmediato de esa estrategia agresiva, de ahí la necesidad de controlar ese territorio limítrofe como paso previo a una estrategia general de protección. Como se hizo en Crimea.

Para Ucrania, país soberano, reconocido internacionalmente (también por Rusia) y agredido, el discurso ruso es simplemente falaz y justificativo. La guerra es un medio legítimo de defensa frente a la agresión. Como otros Estados que se han visto históricamente en semejante situación, Ucrania debía procurarse todos los recursos a su alcance para conseguir su propósito de derrotar al agresor. En su caso, los medios propios eran evidentemente escasos. Para sobrevivir, necesitó forjar una alianza con Occidente, la única posible, la única eficaz para asegurarse la provisión de armas, de inteligencia, de logística. También de cobertura política, es decir, diplomática. Que el mundo que le importaba asumiera el relato que le favorecía.

A lo largo de estos dos años y medio de guerra, la diplomacia occidental se ha ido ajustando a las condiciones de la guerra. Durante el avance meteórico de los rusos en los primeros días, se empleó a fondo en deslegitimar la actuación de Moscú, negando incluso aspectos razonables del discurso ruso y silenciando errores y contradicciones históricas, ucranianas y propias.

Cuando la “operación especial” rusa se estancó, se pasó de la sorpresa a la euforia ante un posible fracaso del Kremlin. Se desbloqueó, aunque fuera inicialmente a cuentagotas, la entrega de armamentos y las condiciones de su uso.

El verano pasado, el Estado Mayor ucraniano se creyó en condiciones de pasar de una guerra de resistencia a otra de liberación. Y entonces se agudizaron los temores occidentales a un giro indeseado de los acontecimientos. Tan peligroso resultaba que Rusia ganara la guerra como que la perdiera (un miedo existente desde el principio del conflicto, de ahí las dudas y los dilemas de los dirigentes). Lo que en realidad se temía es que Rusia, para salvarse de la derrota, acudiera al arsenal nuclear, desencadenando esa escalada que había podido ser contenida durante las décadas de la guerra fría. Para no provocar esa respuesta desesperada de Moscú, se pusieron líneas rojas a la aliada Ucrania: que no utilizara las armas penosamente obtenidas para atacar objetivos en territorio ruso y, por ende, que se abstuviera de invadir suelo enemigo.

Pues bien, esto ya ha pasado este mes de agosto, con la operación ucraniana más audaz desde el comienzo de la guerra. En muchos medios se llama “incursión” a lo que no es otra cosa que una invasión en toda regla. Los dirigentes occidentales se han inhibido. La posición oficial sostiene que Kiev ha llevado la operación en el más absoluto secreto. Podría ser, pero con recursos de inteligencia tan poderosos y tan bien posicionados, es difícil creerlo.  Superado el primer momento de “sorpresa”, ha venido la justificación. Lo prohibido hasta hace unos meses se convierte ahora en legítimo, pues contribuye a mejorar las capacidades defensivas de Ucrania.

Después de días de silencio sobre los objetivos de la invasión, el Presidente Zelenski dijo finalmente que se trataba de crear una zona tampón o de seguridad, para prevenir ulteriores operaciones agresivas de Rusia en el frente norte. No parece muy creíble: la región de Kursk no ha jugado papel alguno en la estrategia rusa. La facilidad con que han avanzado los ucranianos es prueba de su escasa importancia. Pero Occidente no ha cuestionado la iniciativa de Kiev. Se está operando en lógica de guerra: la verdad no es lo importante.

Lo más probable, aunque no se admita oficialmente, es que la operación de Kursk responda a otras motivaciones: conquistar temporalmente terreno para poder utilizarlo como base de intercambio en futuras negociaciones; obligar a Rusia a derivar fuerzas para contener y/o rechazar la penetración; e insuflar ánimo a los combatientes y a la población ucraniana tras un largo periodo depresivo en que las fuerzas invasoras habían retomado la iniciativa en el Este.

GAZA: LA GRAN FALACIA

En Gaza, el juego de la guerra (de la operación de exterminio, en este caso) y de la diplomacia es aún más engañoso. Contrariamente a lo que ocurre en Ucrania, no hay una estrategia común de Occidente, aunque tampoco debemos caer en el error de una discrepancia aguda.

El  suministro de armas a Israel sigue inalterado, a pesar de las denuncias de vulneración de normas por la administración Biden. La aniquilación y el genocidio continúan. Se pretende limitar la extensión de la “guerra” a otros frentes, pero Israel asesina a dirigentes enemigos en territorio extranjero. La persecución de la población palestina en Cisjordania es cada vez más envilecida y la impunidad es total.  

La impostura más sangrante es que Estados Unidos  pretende hacer crear que lleva la batuta de la actuación diplomática, en colaboración con dos agentes regionales que le son serviles: Egipto y Qatar. Las negociaciones interminables para “aliviar” el calvario de la población de Gaza no pueden ser consideradas más que una farsa a cielo abierto. Washington es cómplice efectivo de Israel y, como tal, no puede ser un mediador creíble. Pero la mayoría de los medios liberales aceptan esta falsedad con estulticia. El escarnio de Gaza únicamente incumbe de verdad a los palestinos, que están solos en su tragedia, con el bienintencionado apoyo de organizaciones humanitarias, pero sin palancas políticas o diplomáticas verdaderamente eficaces.

Las otras potencias de nivel (Europa, China, el Sur global) han optado por dejar que Washington interprete el papel de protector disgustado por los excesos de su protegido israelí. Se presenta como “iniciativa humanitaria” algo que no pasa de ser un ajuste técnico (alto el fuego temporal) para convencer a las opiniones públicas internas de que el horrible sufrimiento de la población importa. Se proclama el intento de “normalizar” el reparto de alimentos y medicinas, pero es evidente que la prioridad es la liberación de los rehenes. Cada vez se recuerdan menos los muertos (más de 40.000). Del escenario posterior (control militar de la franja, responsabilidad administrativa, etc) se habla sólo para constatar un desacuerdo que anuncia la confirmación de los hechos consumados, es decir, el diktat israelí.

Este esfuerzo norteamericano está determinado por urgencias políticas internas (elecciones presidenciales) y por un ambiente de contestación interna sin precedentes contra el apoyo incondicional al aliado/agente israelí. En la Convención demócrata de Chicago no han podido evitarse las protestas de los sectores progresistas del partido y de la ciudadanía por la actuación de EE.UU en Gaza, a pesar del orquestado espectáculo de unidad proyectado.

En este caso, resulta mucho revelador el segundo axioma de Clausewitz al que aludíamos al comienzo. La labor de la diplomacia norteamericana no es principalmente mejorar las terribles condiciones de vida de la población de Gaza y mucho menos abordar sus causas profundas, sino evitar que se convierta en un factor perturbador de esa “determinada forma de paz”. Según las encuestas, a la mayoría de la población israelí le resulta indiferente el sufrimiento de la población de Gaza y no necesita de una política encubridora. Pero EE.UU no puede dejar que se le asocie con el genocidio, y muchos menos si entre los acusadores se cuentan sus propios ciudadanos.

Dejemos pues de hablar de la diplomacia desplegada estos días como algo opuesto a la lógica de la guerra. Dejemos incluso de hablar de guerra para referirnos a lo que ocurre en Gaza, si queremos ser fieles a la verdad y a la honestidad del trabajo informativo.

EL CONSENTIDO TERRORISMO RACISTA EN EL REINO UNIDO

14 de agosto de 2024

Una aparente normalidad ha vuelto a las calles británicas después del reciente sobresalto ultra. Pero nadie se fía: ni los ciudadanos espantados por lo ocurrido, ni el nuevo gobierno laborista, comprometido a prevenir un nuevo estallido y a castigar como merecen a los responsables de los disturbios.

Tampoco hay consenso político sobre lo ocurrido, más allá del convencional rechazo de la violencia, al que se han apuntado incluso quienes, de una u otra forman, han caldeado el ambiente que generó la explosión.

Como se sabe, la violenta algarada ultra y racista se sustentó en la falsedad de que un joven aspirante a conseguir el estatus de refugiado acuchilló a tres niñas en Southport. Se supo enseguida que el asaltante era, en realidad, un joven galés de origen ruandés, el país con el que los conservadores habían pactado una deportación masiva de inmigrantes, a cambio de dinero, claro está.

El gran bulo desencadenante de la ira ultra es sólo la punta de un gigantesco iceberg de manipulaciones, mentiras y políticas criminalizadoras de la inmigración. Hay numerosos estudios que impugnan el discurso racista y los supuestos perjuicios que originan los extranjeros indeseados a la economía y a la cohesión social británica. Y lo mismo puede decirse si ensanchamos el foco para abarcar a Europa y otras partes del planeta donde se registra un amplio fenómeno migratorio.

La pésima salud económica ha favorecido este desbordamiento de las tensiones sociales. No en vano, la mayor parte de los disturbios se han registrado en las ciudades más golpeadas por las políticas conservadoras de austeridad de los tres últimos lustros. Todas ellas son exponentes de esa Gran Bretaña posindustrial del noroeste y las Middlands occidentales, como destacaba hace unos el editor económico del GUARDIAN (1).

Otras de las mentiras esparcidas por los racistas británicos es que la policía se muestra más expeditiva y contundente con los blancos que con los negros. En realidad, en 2023, las fuerzas de seguridad interrogaron y/o detuvieron a seis negros por cada blanco (2).

LA RESPONSABILIDAD DE LOS TORIES

Que el estallido británico se haya producido a las tres semanas de la formación de un gobierno laborista tras tres lustros de dominio político conservador no puede ser casualidad. Las políticas migratorias de los tories han creado un ambiente tóxico, sustentadas en el mismo espíritu de falsedad y odio desplegado ahora con virulencia. Esta conexión, no necesariamente mecánica, entre el conservadurismo institucional y el racismo violento ha sido denunciada por Dame Sara Khan, que fue comisionada antiterrorista en el gobierno de Sunak y  asesora para asuntos de cohesión social en los gobiernos de May y Johnson (3).

Khan sostiene que los últimos gobiernos tories prepararon el terreno a los ultras, utilizando un lenguaje “inflamatorio” para referirse a los inmigrantes (el caso más llamativo es el de la anterior ministra del Interior, Suella Braverman, de origen indio, como su jefe, el premier Sunak) o dejando vacíos legales que han permitido la incitación a la violencia en las redes sociales. Las advertencias que Khan elevó en su momento, junto con otros actores sociales, han sido sistemáticamente desatendidas.

Las apreciaciones de esta asesora, una musulmana negra de Bradford, no revelan algo que no se supiera. Pero tienen el valor de demostrar que en Whitehall no se era ajeno al peligro del desbordamiento ultra.

Esta negligencia política y la consecuente pasividad legislativa responden a una estrategia de construcción de un enemigo exterior de múltiples cabezas en que se sustentaba el Brexit como proyecto político. Ciertamente, la separación de Europa no fue una opción únicamente de los conservadores más radicales. Se trataba de una aspiración transversal que se podía detectar en laboristas y otras familias izquierdistas.

Pero la instrumentalización de la inmigración como caballo de Troya de ese superestado europeo (otra gigantesca falacia) que pretendía destruir o avasallar a las instituciones británicas ha sido un discurso específicamente tory. El control del canal de la Mancha, después de ejecutado el Brexit, ha tensionado mucho las relaciones bilaterales entre el Reino Unido y Europa y, más en concreto, entre Londres y París, como ya ocurría antes del divorcio, en realidad.

Uno de los beneficios anunciados por los promotores del Brexit fue la reducción de la inmigración. Pero ni Johnson ni sus sucesores han sido capaces de cumplir con la promesa. Por el contrario, la inmigración se ha triplicado hasta alcanzar el tope en  2022. Lo que ha contribuido a enfurecer a los sectores más extremistas.

LA “DUREZA” LABORISTA

El nuevo gobierno laborista ha proclamado que será implacable en la aplicación de la ley, con todo su rigor, para los responsables de las violencias de las últimas semanas. El líder laborista, Keir Starmer, antiguo fiscal general de la Corona, tiene fama de ser un hombre firme en materia legal y penal. Pertenece a esa corriente de su partido que mantiene posiciones estrictas contra el crimen, lo que ha propició importantes réditos políticos. Blair llegó al poder con ese discurso y lo practicó desde Downing St.

Starmer ha sido implacable incluso con los suyos. No ha dudado en utilizar la persecución del antisemitismo para perseguir supuestas conductas y prejuicios antijudíos. Pero también para eliminar de puestos de relevancia o expulsar del partido a los críticos con las políticas de los gobiernos israelíes, aunque éstos hayan sido cada vez más extremistas, racistas y genocidas.

Este laborismo moderado, electoralmente exitoso pero probablemente poco transformador de estructuras sociales y mentalidades políticas, se ve además lastrado por una inercia institucional que difícilmente favorecerá la erradicación del racismo e incluso de sus manifestaciones más violentas.

Tres investigadoras del Royal United Services Institute (RUSI) han denunciado el doble rasero institucional (incluyendo a la entidad en la que ellas trabajan), cuando se aborda la cuestión de la violencia. Mientras la practicada por el islamismo radical merece el calificativo unánime de “terrorismo”, la ejecutada por la ultraderecha se tipifica como “criminalidad”. La distinción implica no pocas consecuencias administrativas, políticas y legales. Sobre el islamismo radical pesa el aparato estatal antiterrorista, mientras el control del  extremismo racista blanco depende de los limitados recursos de las policías locales (4).

Starmer ha calificado los recientes sucesos de “matonismo ultraderechista”, término que, en opinión de las investigadoras, degrada el fenómeno en que se arraiga este tipo de violencia y consolida el doble rasero por ellas denunciado en los anteriores gobierno. No bastaría, por tanto, con ser “duros contra el crimen”: deberían abordarse las políticas de fondo para combatir la xenofobia y el racismo desde su raíz.

No es eso lo que se está haciendo. Tampoco en la UE, donde no se ha pagado a países para que alberguen deportados, como intentó hacer el Reino Unido. En cambio, se ha  subcontratado a estados de pésima reputación democrática (Egipto, Túnez) como contenedores de inmigrantes. Al precio que sea: sin preocuparse por los métodos empleados ni atender a esos derechos humanos que sin embargo reclaman a sus adversarios geoestratégicos (5).

 

NOTAS

(1) “The violence was shocking bur no surprising: Britain’s economy makes it ripe for far-right thuggery”. LARRY ELLIOT. THE GUARDIAN, 8 de agosto.

(2) “How to respond to the riots on Britain’s streets”, THE ECONOMIST, 4 de agosto.

(3) “Conservatives left UK wide open to far-right violence, says former adviser”. DANIEL BOFFEY. THE OBSERVER, 4 de agosto.

(4) “UK riots expose double standards on far-right and Islamist violence”. EMILY WINTERBOTHAM, CLAUDIA WALLNER Y JESSICA WHITE. THE OBSERVER, 11 de agosto.

(5) “From Tunis to Cairo: Europa extends its border across North Africa”. HUMZAH KHAN. CARNEGIE FOUNDATION, 9 de abril.

VERANO DE IRA

 7 de agosto de 2024

Este verano tórrido está siendo pródigo en protestas/revueltas callejeras en cuatro continentes. Bangladesh, (Asia); Kenia y Nigeria (África); Venezuela (América Latina) y Reino Unido (Europa) constituyen los casos de portada, aunque hay otros focos potenciales que podrían explotar en cualquier momento. De hecho, éste es el caso de Cisjordania, aunque suele quedar fuera de los noticiarios por “dejar de ser noticia”, salvo sobresaltos como el de esta última semana.

Las revueltas arriba citadas son muy distintas, e incomparables. Pero se puede detectar un trío de factores comunes: la conjunción de crisis económicas, sociales y políticas, la incapacidad de las instituciones para canalizar el descontento y la eficacia de las redes sociales para desbordar los mecanismos de contención de los Estados.

BANGLADESH: EL FIN DE MITO LIBERADOR

Hasta ahora, la revuelta que ha tenido un desenlace más claro ha sido la que se ha producido en Bangladesh. Un país de 170 millones de personas, independiente desde hace sólo 50 años, tras una guerra terrible que sacudió las conciencias y atrajo el interés de no pocas celebridades en Occidente. La separación de Pakistán fue traumática, como lo había sido la ruptura de la India algo más de dos décadas antes. Las fracturas en esa zona del mundo siguen activas.

En pocas palabras, la crisis de Bangladesh es el fracaso de ese proyecto de emancipación nacional. Como en otros países que se formaron tras los procesos de descolonización, la liberación de las metrópolis no alumbró soluciones políticas estables y justas. La autocracia, en sus distintas formas, ha ganado la partida. Las expectativas de democracias al estilo liberal nunca fueron realistas y es discutible que fueran un ejemplo a seguir. Pero tampoco ha cuajado un modelo autóctono que asegurara un reparto equitativo de las riquezas y evitaran la acaparación del poder por nuevas élites o por las antiguas locales recicladas.

En Bangladesh, miles y miles de jóvenes que no vivieron el nacimiento del país ha acumulado sobre sus espaldas una frustración insoportable. Para ellos, poco o nada importaba que la hasta hace sólo unos días Jefa del Gobierno, Sheik Hasina, fuera la hija del Padre fundador de la Nación, el otrora venerado Mujibur Rahman, asesinado, junto a la mayoría de su familia en un golpe militar acaecido cuatro años después de proclamada la independencia. Para estos jóvenes, Hasina era una autócrata que utilizaba el prestigio familiar para blindar un sistema social y político de privilegios.

El origen de la protesta fue, precisamente, el restablecimiento de cuotas abusivas en la provisión de empleos públicos para los descendientes de la guerra de liberación contra Pakistán, convertidos en esa “nueva clase” de privilegiados que tantas veces han aparecido en las revoluciones y, desde luego, en el Tercer Mundo. Pero, últimamente, las cuotas premiaban simplemente a los adeptos.

Que Bangladesh presentara ciertas cifras macroeconómicas bien recibidas en Occidente no significaba nada para estos sectores vanguardistas del descontento social. La riqueza, como también es habitual, ha estado muy mal repartida. Entre los más jóvenes, el desempleo es un látigo permanente que cercena cualquier proyecto de vida.

Los partidos tradicionales de oposición, el nacionalista y el islamista, han sido marginados, hostigados y dejados fuera de la alternancia por una dirigente como Hasina, cuya crudeza algunos atribuyen a su condición de superviviente. Cuando se produjo el golpe que acabó con la familia, ella se encontraba estudiando en Europa, en compañía de una de sus hermanas. Otro rasgos de estas nuevas élites poscoloniales: asegurarse la formación de sus vástagos bajo el prestigio de las antiguas metrópolis.

Pero, para ser justos, Hasina forjó su propia carrera. También sufrió el golpe militar durante su primera etapa como gobernante, en los 90. Regresó al poder a finales de la primera década del nuevo siglo, privada ya de la ingenuidad democrática. En estos quince años ha edificado un sistema autoritario. Y cínico: se aprovechó del pánico occidental por el desafío islamista radical y se presentó como una firme defensora del secularismo musulmán. En sus relaciones exteriores, no tuvo problema en entenderse con el nacionalismo extremo hindú, algo perfectamente compatible con una política de entendimiento hacia Occidente, de cuyas instituciones como el FMI ha recibido ayuda en tiempos difíciles.

Hasina creyó hasta el final poder sofocar la protesta, utilizando con rudeza los aparatos de fuerza, pero cometió un error de cálculo. El malestar era demasiado grande. En Occidente también ha extrañado la relativa facilidad con la que ha caído la “dama de hierro” asiática, como se la conocía por estas latitudes. Al parecer, su propia hermana, en las horas finales, le recomendó abandonar la resistencia. Más decisivo fue el papel jugado por el Jefe del Ejército, emparentado con ella, que en algún momento de la crisis, hizo otras cuentas, en las que Hasina aparecía claramente como perdedora insalvable.

La crisis está lejos de estar resuelta. El Presidente (cargo más bien decorativo) ha encargado la formación de un gobierno provisional a Mohamed Yunus, quizás la celebridad nacional más conocida en el mundo por el Premio Nobel que recibió gracias a su iniciativa pionera de los microcréditos. Los partidos, ausentes en la revuelta, seguramente tendrán poco peso hasta que se convoquen elecciones. La Liga Awami, el partido de Hasina (más la milicia, mucho más decisiva) podría ser desarbolado, como suele ocurrir estos casos de caída tumultuosa de un régimen.

Lo que podía haber acabado como en Rumania (con la frustrada huida y posterior ejecución de Ceaucescu) ha acabado como en Checoslovaquia, con Yunus como émulo del entonces celebrado Havel. Pero no estamos en los noventa, ni el sur de Asia es Europa Central u Oriental. Bangladesh está en el epicentro de una región conectada con las turbulencias orientales. Lo que allí ocurra no puede dejar indiferente a India y Pakistán, en sempiterno e irresoluble conflicto. Mas allá, su reverberación se hará sentir también en el vasto espacio del Indo-Pacífico, nuevo escenario de la principal confrontación estratégica actual, entre China y EE.UU.

VENEZUELA: MÁS ALLÁ DE UNA DISPUTA ELECTORAL

La revuelta en Venezuela tiene otras connotaciones. La disputa por los resultados electorales es, ciertamente, sólo el elemento superficial que utilizan unos y otros para desgastar al adversario. La torpeza/arrogancia con la que ha conducido el régimen de Maduro al proclamar su victoria de manera tan sospechosamente apresurada y sin pruebas verificables no puede ser considera sorprendente. Debía contarse con esta crisis de legitimidad.

Pero por debajo de esta disputa transcurre la verdadera lucha por el poder real, que trasciende el cambio de gobierno. Como en la guerra fría, cualquier relevo político tiene una dimensión global. En América Latina, patio trasero de Estados Unidos, se trataba de una constante más que de una variable.

La consolidación de una izquierda regional no revolucionaria pero capaz de fijar un modelo no siempre grato en Washington pasa por evitar dinámicas de polarización como las que operaban en la guerra fría. De ahí que los líderes de ese proyecto en Brasil, Colombia, Méjico y Argentina (los tres primeros, en el gobierno) hayan evitado alinearse con Maduro, con el que han convivido pero no han intimado.

El heredero de Chávez sólo tiene agarre regional en Cuba e internacional en Rusia y China. Se trata de alianzas frágiles. Cuba atraviesa una más de sus crisis al borde desfondamiento, pero ésta pueda ser quizás la definitiva. De Rusia, poco puede esperar salvo asesoramiento policial y militar. De China, aún menos, ya que en Pekín se prefiere la vía menos confrontacional de esa izquierda alternativa.

La oposición tampoco tiene asegurada una baza ganadora. La reclamación de la victoria puede no tener consecuencias prácticas. Podría entonces dejarse ganar por la tentación de escalar el conflicto hasta derivarlo en una revolución. Y no está claro que salga triunfadora de un baño de sangre.  

Que Washington haya reconocido a Edmundo González como ganador no quiere decir que esté dispuesto a parachutarlo en el Palacio de Miraflores. El llamado que la verdadera líder opositora, María Corina Machado, ha hecho al Ejército “para que se ponga del lado del pueblo” no ha tenido efecto, hasta la fecha. Para que las fuerzas armadas cambien de bando hace falta más que retórica. Y en vísperas de elecciones, en EE.UU no hay apetito para enfeudarse en una crisis sangrienta en las aguas cercanas del Caribe. Venezuela no es Bangladesh, ni Maduro cree estar tan desesperado para seguir una oferta que le aconseje abandonar, como Hasina.

LA AGONÍA DE ÁFRICA

De las revueltas en Kenia y Nigeria, puede decirse, para no desbordar la razonable extensión de este comentario, que responden a la exasperación de una población exhausta por la carestía de los productos básicos, provocada por décadas de políticas erradas, impuestas algunas desde fuera y conducidas por gobiernos ajenos a las necesidades populares. Desde Occidente se ha cuidado siempre de que estos Estados africanos mantenga su línea de respeto a los equilibrios geoestratégicos y que respondan con contundencia a los riesgos perturbadores: en su día, los movimientos revolucionarios apoyados sincera o interesadamente por la Unión Soviética; más recientemente, las distintas franquicias locales o regionales del islamismo radical; y, en la actualidad, las políticas económicas tentaculares de China.

Lo que menos importa en estos países es el bienestar de las mayorías sociales, a la que se supone una resistencia inmensa, un sacrificio enraizado en siglos de explotación y dominación. Las nuevas élites, como en Bangladesh, no ha sido menos crueles que las potencias coloniales.

De la revuelta neofascistas en el Reino Unido, nos ocuparemos en un comentario posterior, no por ser un fenómeno menor (es muy peligroso y no tan aislado como pueda parecer), sino para concederle la extensión que merece.

LAS BURBUJAS MUNDIALES DEL VERANO

30 de julio de 2024

En puertas del parón (figurado) de agosto, se acumulan las burbujas de la política internacional. Se trata de asuntos que se encuentran en suspensión: están a punto de estallar, de quedar en nada o de resolverse en otras burbujas de diferente naturaleza. Estas son las más destacadas:

1. Kamala Harris. 

Es la burbuja mayor del momento. La Kamalamanía, como alguien ya ha definido el nuevo clima. Se trata de un fenómeno bizarro. La actual Vicepresidenta ha pasado de una posición política cercana a la irrelevancia a convertirse en la gran esperanza para detener lo que hasta el 20 de julio parecía inevitable: el regreso del gran perturbador Trump a la Casa Blanca. Hay varias explicaciones para ello. En primer lugar, el anuncio de la retirada de Biden se produjo cuando muchos demócratas ya se habían resignado al empecinamiento continuista del Presidente. Su decisión liberó energías y creó cierta euforia inicial, que no podía más que canalizarse en favor de Kamala, ya que ella fue la ungida por el autosacrificado líder. Ya que había cedido en su pretensión de seguir, hubiera sido poco elegante discutirle su derecho a designar el potencial sucesor. 

Tan importante o más que esto, ha resultado decisivo en el impulso de Harris la percepción menos publicitada pero más intensa de que sigue siendo improbable -ya no imposible- que se puedan ganar las elecciones. Ninguno de los posibles candidatos demócratas alternativos a la Vicepresidente siquiera han insinuado su teórica disponibilidad; por el contrario, más bien han dejado claro que no tenían intención alguna de considerarlo.

En tercer lugar, los pesos pesados del partido se apresuraron a aferrarse a la opción Harris para evitar que una Convención abierta dejara en evidencia unas costuras internas más abiertas que nunca. Solo los Obama se hicieron querer: tardaron seis días en mostrar su apoyo a la candidata in pectore; y, aunque se mostraron efusivos, no pasó desapercibida su impostado entusiasmo. El expresidente prefería, y lo dejó claro antes de la rectificación de Biden, una contienda abierta. Pero incluso los sectores más a la izquierda del Partido lo dejaron solo y se decantaron por la consigna de la unidad. 

Finalmente, la propia Harris se ha mostrado muy asertiva en su nuevo papel. Como documentaba esta misma semana el WASHINGTON POST, en pocos días la candidata ha sabido hacerse con el control de la maquinaria del Partido. Evidentemente, no ha sido difícil, ya que nadie le ha opuesto resistencia. Al cabo, los optimistas, los pesimistas y los neutros coinciden en que, llegados a este punto, Kamala es la única opción, tanto para ganar (apoyados en unos sondeos demasiado coyunturales, pero resultones), como para perder (derrota que puede ser terrible para el país, pero deja indemnes a todos los aspirantes presentidos para 2028).

La burbuja Kamala seguirá creciendo hasta llegar al apoteosis en la Convención de Chicago, la tercera semana de agosto. Luego, se verá. Como se sabe, la hora de la verdad en las elecciones norteamericanas empieza después del receso del día del Trabajo, el primer fin de semana de septiembre. En esos dos meses decisivos suele decantarse la balanza. La agresividad del tándem republicano -en su línea de los últimos años- no será tan decisiva cuanto la habilidad de la candidata demócrata para evitar tropiezos y errores. La línea a seguir ya está marcada: prioridad en señalar el carácter delincuencial de Trump y eludir clarificaciones sobre su propio programa.

Los conservadores que le imputan un progresismo radical exageran o leen muy mal a su adversaria. Harris puede perfectamente ser considerada una demócrata centrista; y, en algunos asuntos de seguridad y orden, bastante escorada a la derecha. En política exterior, no se le conocen posiciones rupturistas con la línea de Biden. Su pretendida mayor sensibilidad hacia el asunto palestino y la relativa frialdad que exhibió en su entrevista con el primer ministro israelí es solo aparente. Las diferencias con el Presidente pueden ser de estilo, no de sustancia. Lo mismo cabe decir en política económica. Se guiará por el pragmatismo no por las convicciones. Y por el imperativo de no cometer un desliz que le prive del voto de los indecisos o de los no partidistas.

2. El alto el fuego en Gaza

Durante semanas, la administración Biden ha anunciado la inminencia de una tregua en las operaciones militares israelíes en Gaza, para favorecer la normalización de la ayuda humanitaria y, sobre todo, la liberación de los rehenes vivos y la entrega de los muertos. Lo que ha ocurrido es lo contrario. La campaña israelí sigue con la crueldad acostumbrada, el sufrimiento de la población civil es cada vez mayor y la atención internacional disminuye día a día, por la “fatiga de la compasión” y por la perversa dinámica informativa habitual. 

La burbuja del alto el fuego se diluye ante el peligro cierto de la apertura de un nuevo frente bélico en la frontera israelo-libanesa. Desde el 7 de octubre ese riesgo no ha hecho sino crecer, con escaramuzas constantes, lanzamiento de cohetes de Hezbollah contra objetivos en Israel y, en sentido contrario, represalias israelíes y asesinatos selectivos de líderes de la milicia chií. El episodio del Golán (muerte de doce personas de la comunidad colona drusa residente en un poblado del territorio sirio ocupado por Israel desde 1967) constituye un casus belli para el actual gobierno y para el mando militar. Se da por segura una represalia contundente. Pero sin que sobrepase el umbral de la escalada militar que, al parecer, nadie quiere: Israel, para no comprometer la fase final de su operación en Gaza; Hezbollah, para evitar que su milicia y su arsenal se vean seriamente diezmados; Washington, para no complicar la campaña electoral con un asunto que divide cada vez más a los demócratas; e Irán, para que la narrativa israelí de guerra total entre “barbarie y civilización” no se imponga como inevitable.

3. La pausa olímpica en la crisis política francesa

Los Juegos facilitaron a Macron la congelación de las consecuencias electorales. En nombre de la eficacia obligada en tal acontecimiento de repercusión planetaria, el Presidente se ha enrocado en el tablero del poder político. La izquierda, tras largas y penosas negociaciones, le presentó una candidata para dirigir el Gobierno: Lucie Castets, independiente y “técnica”. Macron rechazó con desdén la iniciativa. 

La burbuja olímpica es la única que tiene fecha de caducidad marcada (mediados de agosto). Luego vendrá una rentrée más envenenada que nunca. El Eliseo tendrá que mover ficha: o bien prolongando la vigencia del actual ejecutivo en funciones, con discutible legitimidad democrática, o presionando al sector moderado del Nuevo Frente Popular para que abandone su pretensión de gobernar en minoría. Macron pide la izquierda lo que no se exigió a sí mismo desde 2022 hasta la osada disolución de la Asamblea, tras las europeas: una mayoría parlamentaria suficiente. La burbuja del pulso político puede reventar con furia y ruido en un enrarecido otoño. 

4. Las “elecciones del cambio” en Venezuela.

Así las había presentado una oposición finalmente unida (o casi), haciendo de su victoria algo inevitable, que sólo el “robo” (cada vez más difícil) del chavismo podía evitar. La proclamación precipitada y dudosa de Maduro como vencedor confiere tensión a la burbuja del cambio, pero no la revienta. Las huestes de Corina Machado (Edmundo González es un candidato vicario) ya han proclamado que no van a aceptar un veredicto sobre el que pesan demasiadas objeciones, incluso en la izquierda regional. Si ha habido fraude o no es algo que llevará tiempo elucidar, de forma que la burbuja seguirá en el aire hasta que se evapore o se transforme en una peligrosa arma arrojadiza. Si la oposición, ante un cambio frustrado que creía tener a su alcance, opta por el ensayo de la vía insurreccional, esperando el apoyo exterior, Venezuela podría verse abocada a una guerra civil. El chavismo ya no es lo que fue: dividido y desvaído, apenas es una referencia para una minoría cívico-militar que se agarra a las prebendas acumuladas durante un cuarto de siglo convulso. Maduro cree tener el apoyo de Rusia y China para resistir, pero esa es otra burbuja enorme y vacía. La contienda será local, cada bando con sus bazas. Y sangrienta.





DEMASIADO TARDE

22 de julio de 2024

La retirada de Biden puede haber llegado demasiado tarde. La rendición final del candidato y presidente en ejercicio difícilmente conseguirá evitar la victoria de Trump en noviembre, aunque, como suele decirse, en política casi todo puede pasar. El giro radical de acontecimientos que se precisa es improbable. Por varios motivos:

1) Falta de tiempo. 

Los procesos políticos americanos requieren de maduración salvo en momento de alta tensión nacional e internacional. Ciertamente, el regreso a la Casa Blanca de un expresidente tan disruptivo como el candidato republicano puede ser merecedor de esa consideración. Pero más para los analistas que para el ciudadano no partidista que vota. Trump espanta a los moderados, desde luego a los progresistas, pero resulta indiferente o al menos no tan repugnante a amplias capas de las clases medias que se muestran más desinteresadas (o escépticas) por las rivalidades políticas.

2) Escasa capacidad movilizadora de la candidata alternativa favorita. Kamala Harris.

Aunque propuesta por el propio Biden en su carta de renuncia, no es aún ni siquiera candidata. A esta hora, se baraja incluso el mecanismo de “entronización”: o consulta exprés o ceremonia de designación en la Convención de agosto. 

Su principal baza es ser la “segunda”, la sucesora institucional y, como tal, depositaria legal de los millones acumulados por la campaña demócrata. No es posible conocer con detalle el ánimo de los donantes, aunque algunos se hayan expresado a favor.

Harris no despierta entusiasmo alguno. Fue escogida por Biden por ser mujer y negra. Se trataba, en 2020, de ampliar la base electoral demócrata, es decir, de alcanzar los llamados públicos objetivo. La elección no fue muy audaz, ni despertó la ilusión de los sectores progresistas en auge dentro del Partido. Kamala Harris es una representante del establishment demócrata, aunque en segunda línea. Su trayectoria como Fiscal General en California y luego como Senadora de ese Estado así lo avalan. Fue una gris candidata en 2020. Si destacó por algo fue por lanzar un acerado ataque contra Biden en el primero de los debates entre los candidatos demócratas, no tanto por motivos ideológicos o políticos, sino por tacticismo: ya se transparentaba la debilidad de reflejos del entonces exvicepresidente. Después de aquella arremetida, Harris se disolvió. Que Biden la escogiera precisamente a ella como compañera de candidatura se interpretó como un gesto cínico más de la política norteamericana, basado en el cálculo más que en la afinidad o la confianza.

El desempeño de Kamala como Vicepresidente ha sido también pálido. En la posición en que se ha colocado a lo largo de su vida política: una moderación a prueba de riesgos, celosa de obtener el apoyo de los ajenos sin molestar demasiado a los propios más moderados difícilmente puede despertar adhesiones de una base que suele movilizarse en torno a figuras más audaces, como ocurrió en 2008 con Obama. Harris está muy lejos de representar ese papel. 

3) La torpeza del liderazgo del Partido Demócrata. 

Se daba por seguro anoche que los “pesos pesados” del partido apoyarían a Kamala Harris, no tanto por su estatura política, cuanto por las razones institucionales y económicas que arrastra. Al ya mencionado peaje de las donaciones de campaña, se une un ligero sentimiento de culpa por haber empujado a Biden hacia la puerta de salida y la hipocresía tradicional de fingir lealtad hacia los compañeros de partido mientras se participa en todo tipo de maniobras para propiciar su caída si ello resulta conveniente para el grupo o para uno mismo. Sin embargo, los endorsements (apoyos) se están produciendo con cuentagotas. Han dado ya el paso los Clinton, pero, a la hora de escribir estas líneas, faltan por pronunciarse figuras tan influyentes como Barack Obama o Nancy Pelosi o la plétora de aspirantes señalados. 

Por lo demás, muchos de esos “grandes electores” demócratas querrán apuntarse el tanto de haber “convencido” a Biden de que se retirara. Pero lo hicieron demasiado tarde. Han mantenido un doble lenguaje basado en la recurrente corrección política. Debieron haberse expresado mucho antes, cuando se inició la carrera electoral. Quizás entonces pensaron que Trump se hundiría bajo el peso de la justicia. O de sus errores. Craso error. Los líderes demócratas han llegado demasiado tarde a casi todo.

4) El impulso aparentemente irrefrenable de Trump

Favorece a Harris que ninguno de sus potenciales rivales parezca animado a dar un paso percibido como una inmolación. Aunque no lo admitan en público, la mayoría, si no todos, considera pérdida la elección. O, en el mejor de los casos, difícilmente ganable. Haría falta una conjunción muy favorable de factores. La parcialidad con que la mayoría del Supremo ha fallado en su favor, blindándolo de la responsabilidad sobre los actos de dudosa legalidad cometidos durante su mandato, lo exonera de someterse a la justicia. Y a ello se suma el regalo de victimismo propiciado por el fallido atentado de Pensilvania. La derecha religiosa ya tiene la unción divina que siempre persigue en la justificación de sus opciones políticas. Y los conservadores menos atrevidos no osan cuestionar semejante guiño de la providencia. El propio Trump se regodea en la figura.

5) La indiferencia inalterable de una gran parte de la población

Por mucho que los líderes de opinión cercanos a los demócratas se empeñen en proclamar el peligro que Trump 2.0 representa para la democracia, es dudoso que millones de ciudadanos ajenos al círculo de intereses políticos rompan con su indiferencia. Consciente de que poco o nada cambiarán sus vidas gane quien gane, los abstencionistas contemplan con desdén este circo de la democracia americana. Incluso los que se resisten a participar por motivos críticos, es decir, por considerar, y con razón, que el sistema es escasamente representativo y está secuestrado por intereses minoritarios, difícilmente se alinearán detrás de una candidata como Harris o por cualquier otro/a que pertenezca a la misma nómina restringida. 

El Partido Demócrata tiene una base plural, en términos económicos, sociales, raciales y culturales. Esa es su fuerza, pero también su debilidad. No es posible contentar o satisfacer a todos. Hace tiempo que se viene evocando la necesidad de un tercer partido que defienda de verdad, y no solo con propósitos electoralistas de bajo vuelo, un proyecto más ambicioso de justicia social. No son pocos quienes piensan que esa es la tarea de los demócratas de izquierda, y no empeñarse en seguir atrapados en la dialéctica binaria de la política americana. 

 


EL PARTIDO ESPARADRAPO

 19 de julio de 2024

Ya está Trump ungido de nuevo como candidato presidencial, y ahora, según él mismo ha dicho, por la gracia de Dios. Una conversión oportunista más en una trayectoria de pronunciamientos convenientes según sopla el viento. En la convención de Milwaukee, el histórico Partido Republicano, el más antiguo de la Nación, completó su ominosa entrega a un líder sin escrúpulos, en el sentido más exacto del término: nada le molesta, incomoda o repugna si ello le sirve para saciar su ambición. Y su vanidad: es perfectamente adivinable la satisfacción que debe haberle producido contemplar a tantos devotos seguidores ataviados con el esparadrapo en la oreja, en mimetismo con su jefe, herido en un atentado tan rentable.

Pocos analistas y expertos se aventuran a pronosticar otra cosa que no sea la victoria del Partido esparadrapo en noviembre. Algunos incluso predicen un landslide (barrida, que se diría en castellano). Hay poco interesante que contar de la simplona liturgia de la Convención, salvo las escenificaciones demasiado previsibles de los líderes, de los antiguos rivales ahora sumisos y obsequiosos, de unos delegados autómatas y tan entregados como cualquier fanático ante su estrella preferida en el escenario. Estos espectáculos cuatrianuales son el reflejo de un sistema político decadente que se protege detrás de una insustancial y tramposa puesta en escena permanente. Este año el confeti dejado paso al esparadrapo en la oreja, símbolo de una herida impotente que no impedirá la recuperación de una Nación debilitada, dicen los exégetas del líder, por la conspiración de las élites, sus enemigos externos y hasta sus aprovechados falsos amigos de fuera. 

Trump prepara su regreso al Despacho Oval que deshonró durante cuatro años, según la valoración de los críticos más acervos. Sólo un imprevisible giro del destino puede privarle de la victoria, se repite cada vez con más frecuencia. Las encuestas, ese arma que cargan los miles de diablos del sistema, así lo avalan. Ese giro podría ser, por qué no, un atentado más certero o, confían sus adversarios de la otra acera política, una última y convincente apelación al buen juicio del votante americano. 

La “sorpresa de octubre” es cómo se conoce a ese fenómeno que, de cuando en cuando, cambia la tendencia de voto en unas elecciones presidenciales.  Suele tomar la forma de un acontecimiento transformador, un escándalo desvelado o un error garrafal de un candidato. En esta ocasión, la “sorpresa” debería producirse antes, durante el verano a ser posible. Y, a la vista de la situación, no puede ser otra cosa que la retirada del actual Presidente en favor de un aspirante más joven, con mejor salud. De tanto repetirlo, de tanto insistirle, el anciano Biden empieza a dar muestras de cierta flexibilidad, de “considerar” la idea. Hasta ahora se ha resistido con obcecación, blindado por su núcleo familiar y su círculos de leales. Autoconfinado por un nuevo brote de Covid en su residencia familiar de Delaware, el incumbent (presidente en ejercicio) medita. Seguramente debe estar valorando qué es más humillante: una retirada ahora o una derrota aplastante en noviembre. 

Los pesos pesados del Partido Demócratas han sido muy lentos en su reacción. O tal vez han respondido como aconseja el manual de la hipócrita política norteamericana: pensar una cosa y decir otra; o mejor, decir una cosa en privado y otra en público; o también, decir algo sotto voce con el propósito de que se termine enterando todo el mundo sin que se pueda identificar del todo la fuente, para satisfacer a quienes piden un pronunciamiento claro, pero sin molestar al destinatario del juicio sumarísimo. 

Después del venturoso atentado fallido de Pensilvania, las cautelas se han esfumado. Se ha impuesto la vía de la emergencia en el Partido Demócrata. Hasta ese momento, las debilidades del Presidente estaban acentuadas por decisiones judiciales (Tribunal Supremo) que tan escandalosamente han favorecido al adversario. Las grandes togas ya han votado, conforme a lo que se esperaba (o se temía) de ellas: conforme a la lealtad política hacia quienes les habían puesto en el cargo. Pero ahora, hay que responder nada menos que a la providencia divina, tal y como el Partido del elefante (en adelante, del esparadrapo) presenta la supervivencia de su líder.

“Se supone que no debería estar aquí, porque tendría que estar muerto”, dijo Trump regodeándose en su suerte, antes y durante la Convención. Explotará este “guiño del Creador” hasta noviembre, puede darse como seguro, con el entusiasmo del converso.

De momento, ha elegido a un radical de derecho como compañero de ticket. Uno de sus más entusiastas admiradores, pero converso a su vez: en su día llamó a Trump el “Hitler de América”, para luego rendirse a sus designios MAGA (Hacer a América grande otra vez). J.D. Vance es un joven político de procedencia popular, criado en una familia desestructurada (como ahora se dice en los ámbitos tecnocráticos de la asistencia social). Con experiencia militar (en Irak) y mucha demagogia populista, Vance representa a esa nueva derecha que tantas inquietudes despierta en Europa. El sector “moderado” del Partido Republicano, el que no se pone el esparadrapo en la oreja, se ha colocado hace tiempo una venda en los ojos y prefiere no ver, no oír, no hablar. Todo merece la pena para recuperar todo el poder: no sólo la Casa Blanca, también el Capitolio. 

Desde el entorno aliado de Europa y Asia se contempla todo más que con inquietud con el cinismo activo de la resignación. De este lado del Atlántico se gestiona el desafío de la ultraderecha con la experiencia de siglos: retórica de combate, uso experto de los mecanismos de control y política de compromisos. En la esfera supraestatal hubo un amago de pacto del Partido Popular con la extrema derecha más razonable, para cubrir un improbable pero no imposible desfondamiento del consenso centrista. Al tándem Von der Leyen-Weber le ha salido bien la jugada. Ambos han conseguido mantener la división ultra con sus promesas y guiños seductores. La italiana Meloni ha pagado cara su bisoñez. Se ha quedado compuesta y sin cargos de importancia en la maquinaria europea (jugosa en poder y en prebendas). El berrinche apenas le sirvió para darse el gusto de no prestar sus votos para la investidura de su efímera socia política.

Pero nada de lo ocurrido estos días, incluido el frenazo de la ultraderecha en Francia, gracias al concurso imprescindible de la izquierda, disuelve la amenaza. Los tres grupos ultras en Estrasburgo suman 187 eurodiputados. A los que hay que sumar más de una decena de los no inscritos que han preferido mantener su margen de autonomía pero que mantienen posiciones también extrema. Eso convierte a la familia ultra en las más numerosa del Parlamento Europeo, aunque tal fortalezca se traduzca en resultados prácticos escasos.

A la ultraderecha europea le falta un esparadrapo, un acontecimiento providencial que les brinde un impulso suplementario. El triunfo de Trump en noviembre será un regalo esperado, pero no suficiente, y quizás envenenado. Al cabo, el líder republicano se muestra un poco áspero con sus aliados atlánticos, a los que considera unos gorrones. La ultraderecha europea racanea con la OTAN, pero no conviene engañarse: en ningún caso se enfrentará al complejo industrial-militar que asegura puestos de trabajo tanto directos como indirectos. La supuesta putinofilia tiene el vuelo muy corto.


EL DESORDEN FRANCÉS

10 de julio de 2024

Hay una expresión en francés que define la situación política en el país vecino: gâchis. Se puede traducir como “lío” o, si se prefiere algo no tan coloquial, “desorden”. Otros diccionarios sugieren “derroche” o “despilfarro”.

Cualquiera de esas acepciones vale para explicar lo que está ocurriendo en Francia después de las elecciones legislativas anticipadas por el Presidente Macron, sobre cuya intencionalidad se siguen cruzando interpretaciones de todo tipo.

El pánico ante un triunfo mayoritario del Reagrupamiento Nacional (RN) propició el compromiso del desistimiento entre el Nuevo Frente Popular y los partidos de la “mayoría presidencial”, con algunas excepciones determinadas por la realidad local de las circunscripciones en cuestión. El sistema electoral francés propicia esta suerte de alianzas informales pero efímeras: tienen caducidad cuando hablan las urnas. Es un recurso para evitar que gane un adversario común, pero no necesariamente para preludiar un pacto poselectoral o de gobierno.

Así las cosas, la estrategia de “faire barrage” (poner una barrera) al RN funcionó, como estaba previsto. Contrariamente a lo que se está diciendo, el resultado del domingo no puede ser considerado una “sorpresa”. El pacto del disentimiento anunciaba el triunfo relativo del Nuevo Frente Popular y el rescate de Ensamble (la coalición presidencial) y el consiguiente desplazamiento del RN a la tercera posición.

El primer objetivo del pacto está conseguido: cerrar las puertas del poder a la extrema derecha. Pero el siguiente, forjar una mayoría que pueda gobernar y convivir con el Presidente de la República, se antoja mucho más complicado. Ninguna coalición dispone del número de diputados suficientes para garantizarse el voto favorable en la Asamblea Nacional. El NFP tiene 182 diputados; Ensamble; 168; RN, 143; Los Republicanos, 46. El resto de los electos pertenecen a diversos partidos de izquierda, derecha, centro y grupos locales o regionales que pueden adherirse o no a una eventual mayoría.


El Presidente de la República no tiene la obligación constitucional de encargar el gobierno a la fuerza más votada. Su opción es política, es decir, derivada de un juicio que es, al cabo, personal. En 2022, ante una situación política análoga, sin un bloque mayoritario en la Asamblea, optó por elegir a los suyos y gobernar en minoría. Fue quemando primeros ministros y ejecutivos y gobernando por decreto hasta que las elecciones europeas le propinaron una severa bofetada con el triunfo rotundo del RN. Se ignora que hará ahora Macron, porque de momento ha optado por el suspense. No ha aceptado la dimisión del primer ministro Attal (su presentido “delfin”), mientras no se clarifique la situación (o se resuelva el gâchis).

Parece que se está lejos de un acuerdo análogo al del desistimiento entre Ensemble y el NFP. Una cosa es frenar a la ultraderecha y otra sentarse a gobernar. En uno y otro bloque, sin embargo, hay partidarios de esta opción. En el NFP, la derecha del Partido Socialista, en concreto la plataforma Place Publique, liderada por Raphaël Glucksmann. En Ensemble, el puñado de diputados electos más progresistas. La lógica de estos políticos es descartar el extremismo; es decir, reflotar el “consenso centrista”, la fórmula que ha dominado en Europa durante decenios y que sigue teniendo vigencia en el Parlamento Europeo, donde Glucksmann es diputado. Pero esa “solución” es ficticia y políticamente explosiva, porque supondría romper las dos coaliciones (la de la izquierda y la presidencial). No es imposible, pero sería costoso y arriesgado, porque la supuesta nueva mayoría seria endeble y sometida al designio de Macron.

La mayoría de la izquierda no está por la labor de dinamitar una coalición que ha devuelto la esperanza a millones de franceses. Pero las divisiones internas continúan amenazando un proyecto político cohesionado. El mayor problema se centra en la figura polémica de Jean-Luc Mélenchon, el líder de Francia Insumisa, que es el partido con más diputados (71) del bloque NFP, por delante del PSF (59), los ecologistas (28), el PCF (9), y escindidos o disidentes de los grandes partidos y regionalistas (12). 


Los insumisos reclaman que Mélenchon sea el candidato a primer ministro, pero el resto de los grupos, que juntos suman más que LFI, no parece dispuesto a aceptarlo. Se busca un candidato de consenso. El Secretario General de los socialistas, Olivier Faure, se ha ofrecido. También parece tener opciones Marine Tondelier, la dirigente de los ecologistas. Se discute mucho y, de momento, se aclara poco. Es muy dudoso que, incluso descartado Mélenchon, Ensemble acepte otro candidato del NFP. Y es que en la coalición presidencial se empiezan a detectar otras tendencias.

En efecto, en las 48 horas siguientes a la segunda vuelta hay una actividad febril en el campo macronista. Los distintos grupos y tendencias han celebrado reuniones formales e informales. El diario LE MONDE asegura que incluso Renaissance, el partido nuclear del Presidente, se encuentra “al borde de la dislocación”. Se habla ya de escisiones inminentes, con la fracción izquierdista dispuesta a desgajarse. Los otros dos partidos de Ensemble también andan revueltos. Horizons, liderado por Edouard Philippe, ex gaullista y exprimer ministro de Macron, ha defendido públicamente un acuerdo con sus antiguos compañeros (Los Republicanos). El tercer partido, MODEM, es de momento más discreto, desde una posición centrista que puede bascular hacia cualquier lado.

Nota: Después de escribir este comentario, Macron se ha pronunciado mediante una “carta a los franceses. Como se esperaba, Macron hace una lectura muy particular de las elecciones. Si bien no le falta razón al señalar que las tres coaliciones “son minoritarias”, afirma discutiblemente que “nadie ha ganado”. De esta forma, le regatea a la izquierda la prioridad que debe tener en el intento de formar gobierno. 
El Presidente propone forjar “compromisos” para lograr una “gran reagrupación (…) de las fuerzas políticas que se reconocen en las instituciones republicanas, el Estado de Derecho y el parlamentarismo, una orientación europea y la defensa de la independencia de Francia”. Sin mencionarlo, excluye a LFI y, por supuesto, a RN. Insiste pues en su interesada y falsa visión de los “dos extremos”. Es imposible no ver en esta nueva maniobra de Macron un intento de romper la unidad de la izquierda.