CHINA: ¿HACIA UNA NUEVA FASE DE LA REVOLUCIÓN?



21 de Noviembre de 2013

A mitad de la década de los sesenta, el entonces Presidente Mao Zedong vistió de "revolución cultural" una gigantesca operación política, que acarreó una feroz represión. Frente a lo que percibía como peligros de una tímida apertura, Mao generó una dinámica de afirmación de su poder personal y una purga sin miramientos de posibles rivales, con la excusa de un giro a la izquierda y una purificación de las amenazas "revisionistas".
                 
A finales de los setenta, muerto el patriarca y tras unos años de posicionamientos e indecisiones en la jerarquía del aparato comunista, una de las "víctimas" de la "Revolución Cultural", Deng Xiao Ping, se afianzó como el líder de una tendencia "modernizadora" que se marcaba como objetivo superar los excesos del pasado, mejorar el sistema productivo del país y sustituir la ideología por la eficacia. Contrariamente al "padre fundador", Deng escenificó el rechazo del poder personalizado con su renuncia a cargos formales (excepto la aparentemente discreta presidencia de la Comisión militar de la Asamblea Nacional). Un poder en la sombra, aunque reconocido, respetado y hasta temido por todos.
                
En esa línea trazada por Deng estamos aún, aunque el proceso haya pasado por fases de agitación, crisis, rectificaciones y bloqueos, con la matanza de Tiananmen como momento más dramático. Treinta y cinco años después de la corrección estratégica impulsada por Deng, ese "intelectual orgánico" de la Revolución china que es el Partido Comunista ha vivido una sucesión de dirigentes grises, llamados a interpretar un libreto estricto, constreñidos por la exigencia del consenso sistémico y con estrechos márgenes para el sello propio.  
                 
UN NUEVO MANDARÍN
                 
El último de estos 'mandarines rojos', el actual Secretario del Partido (todavía el cargo político  prevalente) y Presidente de la República (la púrpura institucional), es Xi Jinping. Desde su acceso a la cúspide del poder en Pekín, se le ha escrutado con paciente dedicación en Occidente, por considerar que su perfil personal y el momento en que le ha tocado ejercer la función de 'primus interpares' generaba notables expectativas de que podía ser el líder llamado a concluir, por fin, el proyecto estratégico de Deng.
                 
Xi Jinping, efectivamente, presenta una hoja personal de servicios y una tradición familiar muy atractivos. Una triada de elementos le situaba en posición de envidiable oportunidad para convertirse en el hombre del momento histórico: hijo de un general héroe de la Larga Marcha (legitimidad revolucionaria); carrera continuada y firme a través de todos los escalones y áreas burocráticas (experiencia de gestión) y una estancia de formación en Estados Unidos (conocimiento del mundo exterior).
                
Entre los "sinólogos" no existe un consenso sobre el verdadero alcance de la figura de Xi. Sin duda, sería prematuro establecerlo, puesto que apenas lleva un año al frente del gigantesco aparato. Los más audaces consideran, en todo caso, que ya hay elementos suficientes para pensar que su liderazgo va a ser el más asertivo desde el comienzo de las reformas.  Su actuación en la recientemente concluida Conferencia del Partido avalaría esta estimación. Xi anunció unas sesenta medidas que deben profundizar el cambio económico, social y político de China en los próximos años.
                 
LOS  DESIGNIOS DE XI JINPING
                
El proyecto político del nuevo líder comunista se basa en tres pilares: la consolidación del nuevo modelo económico híbrido (el llamado "capitalismo comunista", un auténtico oxímoron) que confirme a China como segunda potencia mundial con capacidad para condicionar el liderazgo planetario de la superpotencia norteamericana; la reestructuración del sistema político, mediante una combinación de una apertura significativa pero contralada, que neutralice las fisuras regionales y los desafíos de las aspiraciones democráticas; y la hegemonía estratégica y militar en su amplia zona de influencia (el Extremo Oriente).
                 
En el primero de estos pilares es donde parece registrarse los avances más visibles. La Conferencia Política mencionada ha confirmado la adopción de medidas que aparentemente profundizan en la liberalización económica, al otorgar un "rol decisivo" al mercado en la definición y orientación de la política económica.  Xi Jinping, en tándem con su primer ministro Li Keqiang, ha conseguido aprobar políticas que en tres décadas de proceso reformista no habían avanzado lo suficiente. Son, entre otras, la capacidad de los campesinos para vender o enajenar sus tierras de labranza, la autonomía de los bancos para establecer los tipos de interés, el permiso a inversores privados para crear bancos nuevos, la imposición de multas y sanciones mucho más severas a las viejas industrias altamente contaminantes y otras medidas de protección medioambiental, y el control más eficiente del gasto público.
                 
En el segundo pilar, la reestructuración del sistema político, la Conferencia del Partido ha adoptado quizás las decisiones más llamativas, puesto que se ha decidido la creación de dos órganos de poder hasta ahora inexistente en la arquitectura institucional, como son el Consejo de Seguridad (según el modelo del existente en Estados Unidos) y una especie de Consejo de notables que estará encargado de impulsar las reformas económicas, para reforzar el combate contra las trabas burocráticas, el veneno de la corrupción y otras inercias del sistema.
                 
Pero, además, en esta esfera política, han llamado mucho la atención en Occidente la abrogación o significativa suavización de ciertas políticas restrictivas o directamente represivas que habían conseguido mantenerse a lo largo de estos treinta años. Las más destacadas son la eliminación de los campos laborales de reeducación (auténticos campos de concentración), la limitación de la aplicación de la pena de muerte y la relajación del control de la natalidad (la famosa política de "un solo hijo"). A propósito de esta última medida, algunos especialistas, como Daniel Altman, señalan que es demasiado tímida o llega demasiado tarde, porque China se encuentra ya indefectiblemente en una dinámica demográfica equiparable a la de Japón en términos de envejecimientos con las amplias consecuencias que ello comporta.
                
Este segundo pilar se completa con otros reajustes en las dinámicas políticas internas, que parecen confirmar un mayor control de Xi Jinping y su primer ministro Li Kequiang. Algunos hablan ya de una mayor concentración del poder de la cúspide, con respecto a los equipos dirigentes anteriores. O de una menor dependencia de los órganos tradicionales, que viene a ser lo mismo. Ésa sería una de las razones de los Consejos (Seguridad y Económico) anteriormente mencionados. En el caso del primero, se perfila el modo de gestión del tercer pilar del proyecto de Xi: un control más personal, o más 'presidencial' de la política exterior y militar (totalmente interconectadas), favorecido por las excelentes conexiones que se le atribuyen con las fuerzas armadas.
                
Los analistas más escépticos advierten, no obstante, que, de momento, estas medidas sólo están enunciadas, pero se desconocen calendario y procedimientos concretos de aplicación, por lo que conviene ser prudentes a la hora de valorar las intenciones reformistas del actual equipo dirigente.

IRÁN NUCLEAR Y LA REBELIÓN DE LOS ACTORES SECUNDARIOS



14 de Noviembre de 2013
               
Un desacuerdo dado a conocer a última hora por Francia aplazó la conclusión positiva de la primera fase de las negociaciones de Ginebra sobre el proyecto nuclear de Irán. La posición de Francia ha sido considerada como un "veto", primero a regañadientes y finalmente admitida implícitamente por los participantes.

EL 'VETO' FRANCÉS
                
Estados Unidos había obtenido una congelación del programa iraní, a cambio de una aligeramiento provisional de los sanciones, mientras se negociaba un acuerdo definitivo. Pero a los franceses no les sentó nada bien conocer que Washington ya había cocinado con Teherán el borrador de preacuerdo, sin atender al resto de negociadores, y especialmente a ellos.
                 
Francia ha mantenido una línea llamémosle dura, o firme, con respecto a la nuclearización de Irán. Los franceses disponen de una larga experiencia en este conflicto, quizás el más delicado de la escena internacional en estos momentos.
                 
Según el ex-vicedirector de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Olli Heinonen (1), la inteligencia gala acumula información muy valiosa gracias, en parte, a la comunidad de exiliados iraníes en Francia, entre los cuales se encuentra Akbar Etemad, el 'padre' del programa nuclear iraní.
                 
El veto francés llega en un momento complicado de las relaciones con Washington. Es innegable el malestar de Hollande con Obama por la deriva de la crisis siria. Cuando el Eliseo ya había ofrecido un apoyo decidido a la iniciativa norteamericana de destruir el arsenal químico de los Assad, la Casa Blanca se avino al atajo diplomático propuesto por Moscú. Luego se destapó el escándalo de las escuchas, más ficticio que real, pero dañino al fin y al cabo.
                 
Las razones de fondo de la discrepancia francesa han sido glosadas, y respaldadas, por Jean-Sylvestre Mongrenier (2). Los 19.000 centrifugadores iraníes habrían conseguido producir ya 186 kilos de uranio enriquecido al 20 % (aparte de otros seis mil al 3,5%), lo que le permitiría dotarse del arma nuclear en cuestión de meses. De ahí que Francia exigiera la paralización del enriquecimiento. Estados Unidos intentó forzar una declaración de los negociadores iraníes en este sentido, pero resultó imposible, porque se trata de una línea roja para el régimen. Irán insistió -basándose en la lectura estricta del Tratado de No Proliferación- en que tiene derecho a enriquecer uranio. Al forzar este enfrentamiento, los franceses consiguieron que los norteamericanos endurecieran el borrador y provocaron la negativa iraní. La prensa francesa ha sido muy explícita sobre la irritación del entorno de Kerry, pese a los diplomáticos disimulos del Secretario de Estado.
                
 Los franceses mostraron especial preocupación por inminente conclusión de la central de Arak, tras nueve años de trabajos supervisados por la AEIA. El reactor de esa central, de 40 megavatios, está destinado, según Teherán, a la producción de isótopos para tratamientos médicos. Pero los israelíes y expertos de otros países insisten en que el régimen iraní pretende reutilizar el agua pesada que allí se genere para extraer plutonio. Con sólo ocho kilos de este material podría fabricarse una bomba acoplada a un misil, en sólo tres años.
                 
Ahora bien, para la obtención de plutonio, Irán precisaría de una fábrica específica de la que no dispone en la actualidad, lo que relativiza de forma sustancial el peligro aireado por sus enemigos. La Central de Arak puede ser destruida mediante un ataque aéreo (no como la planta de enriquecimiento de uranio en Fordo, que está soterrada). Pero esa eventual intervención militar debe realizarse antes de que se introduzca en la central el material fisible, si no se quieren provocar daños humanos y ecológicos inaceptables.
                
Por tanto, la "amenaza de Arak" es especulativa o a futuro. De ahí que se considere excesivo el celo francés.  París sostiene que incluir Arak en las discusiones reduce el riesgo de que Israel actúe por su cuenta e intente destruir la central. Washington no observa tantos recelos y, en todo caso, estima que se podía dejar para una fase posterior de las negociaciones.  No sería descartable, si el proceso diplomática avanzara, que los iraníes transformaran la central en un reactor de agua ligera,  o bien renunciaran fehacientemente a construir una planta para la extracción del plutonio. Esta discrepancia sobre la dimensión del riesgo de Arak fue una de las más importantes en Ginebra.
                 
Bien es cierto que estos argumentos pueden ser contestados desde una posición más pegada a la legalidad vigente, si eliminamos las percepciones o los juicios de intenciones, como señala el general francés Étienne Copel, un veterano del armamento nuclear (3). Señala este especialista militar que Irán cumple con la mayoría de las estipulaciones del Tratado de No Proliferación y, por tanto, tiene derecho a desarrollar este tipo de energía, más allá de la desconfianza internacional.

                 
En una línea bien distinta, Mongrenier considera que París se ha limitado en Ginebra a recordar lo que las potencias occidentales venían exigiendo a Irán: la congelación del proceso de enriquecimiento de uranio, la transferencia fuera del país del material ya almacenado y la apertura de todas las instalaciones a las inspecciones de la AEIA. 
                 
¿ARABIA SAUDÍ CON ARMAS NUCLEARES?
                 
Irán puede considerarse prácticamente ya, en la jerga atómica, un "Estado umbral". Es decir, un país que dispone de las capacidades requeridas para franquear la etapa decisiva hacia la consecución de armamento atómico, tan sólo dependiente de la decisión política. Aceptar este hecho, "podría amplificar la turbulencia de los contrarios", sostiene Mongrenier. Israel figura en cabeza en esa lista de "contrarios". Es el más sonoro y activo en sus esfuerzos por hacer fracasar Ginebra mediante la consecución de unas exigencias inaceptables para Teherán. Pero no es el único. Hay otro enemigo hostil, conocido pero mucho más silencioso y, desde luego, más inquietante para Estados Unidos. Se trata de Arabia Saudí.
                
La monarquía wahabí no está dispuesta a aceptar que la gran potencia chíi del mundo islámico pueda decidir, a conveniencia, convertirse en un estado con armas nucleares. La actitud favorable a la negociación demostrada por el Presidente Obama ha sido una razón más -quizás la más decisiva- en el deterioro de las relaciones entre Riad y Washington (4). ¿Qué puede hacer la Casa Saud para evitarlo? Presionar política y diplomáticamente, como está haciendo. Sin la discreción habitual. Pero además, y eso es lo que preocupa en Estados Unidos, responder a Irán con la misma moneda; es decir, dotarse también de armamento nuclear. Para ello cree contar con un cooperador necesario: Pakistán.
                 
Hace tiempo que se baraja esta hipótesis, pero hace unos días el programa televisivo Newsnight (BBC) aseguró, citando fuentes de inteligencia y de la OTAN, que Pakistán estaría dispuesto a entregar armas nucleares a los saudíes. Hace casi tres años, el periódico londinense THE TIMES acreditaba de fuente autorizada saudí el propósito real de dotarse de arsenal atómico para contrarrestar la supuesta amenaza iraní en el mismo campo. El propio Rey Abdullah le habría confesado al negociador norteamericano Denis Ross, en 2009, que si Irán se dotaba de armas nucleares, su reino haría lo propio. 
                 
Que Pakistán es el socio señalado para esta inquietante empresa saudí no debería ser una sorpresa para los más avisados. El experto en Arabia Saudí Simon Henderson nos lo recordaba estos días (5). Cuando Alí Bhutto inició el programa nuclear de Pakistán en los setenta, Arabia destacó como el principal financiador potencial. Posteriormente, el 'padre científico' del arsenal nuclear pakistaní, A.Q. Khan, fue un asiduo visitante del reino, hasta llegar a ofrecérsele la ciudadanía saudí, en recompensa por la valiosa información que proporcionó a sus príncipes, que incluyó la visita, en 1999, del entonces ministro de Defensa a unas principales instalaciones del dispositivo nuclear pakistaní. Ese mismo año, el actual primer ministro pakistaní, Nawaz Sharif, fue derrocado por el general Musharraf y fijó su exilio en Arabia. Más inquietante aún para Washington, el reino saudí lleva adquiriendo en China misiles capaces de soportar carga nuclear.
                
 Esta alianza entre dos colosos sunníes frente al desafío chií que lidera Irán en el mundo islámico presenta numerosas ventajas mutuas. Sólo con plantearse, ese entendimiento despierta una viva preocupación en Washington (y aún más en Israel), porque se trata de dos de sus principales aliados en el convulso mundo islámico. Pakistán depende enormemente de Washington, pero vive con la paranoia de que los estrategas norteamericanos manejan desde hace años las ventajas de que India tenga un peso mayor en el futuro de Afganistán. Lo que resultaría intolerable para los omnipotentes militares pakistaníes.
                 
Sin embargo, ese eje sunní tiene sus limitaciones, porque Pakistán e Irán, aunque en bandos diferentes del Islam, mantienen una colaboración interesada en controlar la evolución de Afganistán y minimizar otras interferencias extranjeras. Al igual que le ocurre a Pakistán con la mayoritaria población pastún, Irán desea proteger a la minoría hazara, de creencia chíi. 
                
En todo caso, si Pakistán tuviera que elegir entre la amistad de Arabia Saudí y la 'convivencia pacífica' con Irán, es de suponer que elegiría lo primero. Sólo una intervención contundente de Washington podría frenar ese designio, si los saudíes caen en la tentación de emprenderlo. La carrera nuclear entre los dos máximos exponente de los polos islámicos es el peor escenario para Washington e Israel. Pero, lejos de disuadir a Obama de las negociaciones, esta amenaza es un estimulo y no un obstáculo para insistir en un resultado positivo con Irán.

(1) Citado por Yochi Dreazen, en How France Scuttled the Deal at the Last Minute. FOREIGN POLICY. 10 de Noviembre de 2013.
(2) L'injustifiable haro sur la diplomatie française.LE MONDE, 12 de noviembre.
(3) Iran a le droit d’exploiter l’uranium dans ses centrales.LE MONDE, 12 de noviembre.
(5) The Nuclear Handshake. FOREIGN POLICY. 8 de Noviembre de 2013.

LOS APUROS DE OBAMA EN ORIENTE MEDIO

7 DE NOVIEMBRE DE 2013

Un creciente malestar se extiende entre aliados tradicionales de EE.UU. en Oriente Medio por la política exterior de la administración Obama. Aparte de la incomodidad que desde hace tiempo reina en Jerusalén, y en cierto modo también en Ankara, se une el desencuentro de Washington con El Cairo y Riad, más explicito que nunca recientemente.

UN DISCURSO LEJANO

Obama proclamó una nueva política norteamericana en Oriente Medio apenas cien días después de sentarse en la Casa Blanca. Su famoso discurso de El Cairo, en junio de 2009,  apuntaba a la resolución de los conflictos enquistados mediante una nueva metodología: la recuperación del consenso, la superación de la desconfianza mutua, el desagrado por el uso de la fuerza y una visión comprensiva y respetuosa del sistema democrático.

Los críticos en Estados Unidos adujeron que el discurso de Obama sonó demasiado a petición de perdón por los excesos cometidos durante los años de despliegue neocon. Se trataba de una imputación injusta y miope. La percepción de Estados Unidos en la zona durante esa primera década del siglo había llegado a ser muy negativa. Y, sin embargo, las 'ideas' de Obama para la región no merecían el entusiasmo tan precipitado que generó en ciertos ámbitos progresistas moderados. El primer presidente afroamericano no pasó de  proclamas y buenas intenciones, que suelen tener el vuelo muy corto en política exterior.

Durante el año y medio siguiente, casi nada ocurrió. En el conflicto palestino-israelí no se registró avance alguno, sino todo lo contrario. El aliado estratégico de Estados Unidos, Israel, renuente al cambio de ánimo en Washington, optó por atrincherarse en posiciones que llegaron a ser provocadoras, como la intensificación de la colonización en territorio palestino ocupado. Las relaciones entre Washington y Jerusalén no habían sido tan tensas en décadas. La antipatía entre Obama y Netanyahu llegó a ser patente. La reciente reanudación de las conversaciones entre israelíes y palestinos ha sido puramente formal, por el momento.

El estallido de las revoluciones árabes, un año y medio después, hizo saltar las costuras de la política norteamericana. Obama dudó entre apuntalar el 'status quo' que convenía a los intereses establecidos de Washington o ser coherente o respaldar un movimiento que, en cierto modo, se inspiraba en ideas similares a las desgranadas por él en su discurso de El Cairo. Estas vacilaciones no contentaron a nadie: los regímenes se resintieron de la inhibición norteamericana y las fuerzas renovadoras echaron de menos un compromiso más explicito.

EL INCÓMODO ACOMODO CON LOS GENERALES EGIPCIOS

Es en Egipto es donde el desencuentro con Washington se ha hecho más ruidoso. Las élites locales reprocharon a Obama que no moviera un dedo para prolongar el régimen de Mubarak, a pesar de los servicios prestados a Estados Unidos. Con los Hermanos Musulmanes, el Presidente intentó un forzado entendimiento, que nunca cuajó. Con el golpe de julio, la respuesta de Obama se percibió como vacilante e imprecisa por unos y otros. La decisión reciente de recortar la ayuda militar a Egipto (bien es cierto que la menos sustancial) ha desagradado a los generales, pero se ha percibido como una medida insuficiente y cosmética para los que denuncian el actual estado de cosas en el país, sean islamistas o no.

No debe sorprender que los principales apoyos externos del golpe procedieran de Jerusalén y Riad. Los israelíes no confiaban en los Hermanos Musulmanes y preferían que los militares egipcios no se toparan con reparos internos en sus operaciones de control de la frontera con Gaza y la persecución de focos 'jihadistas' en el Sinaí. Los saudíes se apresuraron a anunciar el respaldo financiero inmediato a los generales egipcios, nada más escuchar las reticencias de Washington a mantener intacto el programa de ayuda militar.

EL RESISTIBLE ENFADO SAUDÍ

La crisis egipcia sólo fué el comienzo de una cadena de discordias entre Washington y Riad. Más efectos negativos tuvo la renuncia de Obama a intervenir militarmente en Siria, que la realeza saudí anhelaba vivamente, ya que veía en ello la antesala inevitable de la caída del régimen de los Assad, principal aliado de Irán en la región. No se entendió nunca en Riad el apaño diplomático con Moscú. Semanas después, la confirmación del nuevo clima entre Washington y Teherán y la reanudación de las negociaciones para controlar el proyecto nuclear iraní han irritado tanto a los saudíes, que se han visto incapaces de controlar sus contenidas maneras. 

La diplomacia de la casa Saud es famosa por su extremada discreción. Hasta en los peores tiempos del trauma del 11 de septiembre, con las complicidades y simpatías terroristas nunca del todo esclarecidas, el reino se empeño en poner sordina al ruido creciente en las relaciones bilaterales. La renuncia a ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU sorprendió a la comunidad internacional, por tratarse de una decisión sin precedentes, pero sobre todo por ser tan contraria al estilo saudí. Tanto es así que su personal en Nueva York había celebrado públicamente la elección. El rechazo posterior sólo pudo llegar desde las más altas instancias del reino. La quebradiza salud del Rey Abdullah no explica una brusquedad tan inusual. Es como si, según el dicho francés, se hubiera querido resaltar el escándalo. Afirmar, como hizo la diplomacia de Riad, que sentarse en el Consejo de Seguridad avalaría el fracaso del alto organismo en la resolución del conflicto palestino es de una hipocresía asombrosa.

UNA GIRA DE DUDOSOS RESULTADOS

Que el Secretario de Estado, John Kerry, haya visitado estos días consecutivamente El Cairo y Riad, antes de detenerse en Israel, demuestra la preocupación de la Casa Blanca por apaciguar los ánimos y mantener las alianzas tradicionales libres de sobresaltos adicionales.

Los resultados son decepcionantes. Kerry llegó a Egipto en víspera de la apertura del juicio al depuesto Presidente Morsi. Unos interpretaron la visita como un recordatorio del desagrado de la administración Obama por la falta de compromiso de los golpistas con la restauración de las libertades. Pero Kerry terminó irritando a los críticos de los militares al asegurar, con excesiva complacencia, que los militares caminaban por el camino correcto y que la congelación parcial de la ayuda norteamericana no era un "castigo" a las nuevas autoridades. Ni el General Al-Sisi ni cualquier otro de los dirigentes secundarios actuales le dieron garantías de que el estado de sitio no sería prorrogado a mediados de este mes, cuando vence el decreto que lo instauró. La restauración del antiguo régimen, cada día más evidente y ruidosa no ha merecido una crítica explícita de Washington.

En Arabia Saudí, Kerry se ha mostrado aún más suave para agradar a sus anfitriones. Los saudíes han vuelto a su hermetismo se han mostrado herméticos, lo cual puede interpretarse como un esfuerzo por no seguir aireando las discrepancias, seguramente porque no hay que seguir derramando agua en un vaso que ya rebosa. Pero más que discretas han sido también las protestas de amistad, que otrora se proclamaban abiertamente. Que la audiencia del Rey Abdullah con el Secretario de Estado se prolongara durante dos horas ya indica la complicación reinante en las relaciones bilaterales.

¿A qué obedecen estos desencuentros, si la política de Washington no ha cambiado tanto en realidad? Algunos analistas señalan que la clave reside en la necesidad del equilibrio entre objetivos en cierto modo contradictorios. Por un lado, Obama necesita la colaboración de los aparatos estatales locales, para seguir afrontando con garantías la amenaza del extremismo islámico. Pero, por el contrario, esos instrumentos gozan de un poder que es incompatible con la democratización, la apertura política y un desarrollo social más armónico de esos países. Esta explicación clásica es cuestionable. Los propios regímenes autoritarios son los primeros interesados en frenar al islamismo radical. Por tanto, estamos ante una mutua dependencia. De ahí los límites de una política que pretenda ser demasiado innovadora.

UN PRESIDENTE PARADÓJICO



31 de Octubre de 2013

El presidente más mediático de la historia. El líder que más rápidamente ascendió a lo más alto, aupado por los medios electrónicos, por el uso masivo de los medios más modernos de la comunicación. El más esperado en décadas. El llamado a restablecer un estilo de diálogo y colaboración internacional. En 2008 casi nadie habría podido prever que Barack Obama mostrara inquietantes indicios de vulnerabilidad justo en su flanco más blindado: la imagen. 

Ya sea el reciente escándalo del espionaje a líderes mundiales (más bien ficticio, como anticipábamos en el comentario anterior), en la gestión de la crisis política interna, o en sus iniciativas diplomáticas en Oriente Medio, el presidente parece objeto de una valoración negativa. Bien es verdad que su solidez le permite reponerse. Aún conserva crédito.

¿Se trata solamente de la usura del poder? En parte, si. Pero esta paradoja entre un apoyo popular  todavía amplio  y una proyección mediática incómoda puede deberse, en parte, a la propia personalidad del presidente. A pesar de sus esfuerzos por parecer cercano y popular, Obama no ha conseguido liberarse de la impresión de distanciamiento y cierta altivez, que arrastra desde sus años de senador. La seguridad con la que se expresa inquieta más que tranquiliza, según han analizado, en trabajos muy incisivos, algunos de los especialistas en diseccionar los perfiles de los grandes dirigentes.
                 
Resulta curioso, por cierto, que Obama se haya beneficiado tan escasamente de la buena imagen de su esposa, Michelle. Cuando aparece con ella y con sus hijas, como cualquier líder sometido a ese inevitable escrutinio, trata de aparecer relajado, como cualquier ciudadano corriente. Sólo lo consigue a medias.
                 
En el asunto del espionaje a los líderes mundiales, Obama ha esquivado a los medios, quizás con la pretensión de que se comprendiera que una materia tan delicada exigía el mayor ejercicio de discreción posible. No se ha entendido así, por lo general. Más bien ha parecido que escurría el bulto, lo que ha reforzado la percepción de que sabía más de lo que sus asesores y colaboradores admitían en público.
                 
Pero peor aún que esa sensación de cinismo, que cualquier político soporta por el mero hecho de serlo, ha sido la insinuación, cuando no la imputación directa, de que Obama es un "bystander President"; es decir, un Presidente que no está al tanto de los asuntos de forma profunda y dedicada. Las declaraciones de los responsables de la seguridad y el espionaje ante el Comité del Congreso no han ayudado a disolver esa percepción.
                 
Algo parecido le ocurrió en la crisis de Siria. Se ha filtrado a algunos medios, no precisamente hostiles a Obama, que las sucesivas reuniones celebradas en las exclusivas salas de la Casa Blanca, dedicadas a analizar y valorar las opciones a lo largo de los últimos meses,  capturaban escasamente la atención del Presidente.  Hasta tal punto que no se privaba de manejar reiteradamente su Blackberry para consultar o leer mensajes.
                
Asimismo, se le reprocha en algunos círculos de Washington, de acreditado colmillo retorcido, que el Presidente rechaza intelectual y políticamente verse enfangado en conflictos que considera menores o cocinados en la inercia de tiempos ya superados, porque le restan tiempo para ocuparse de aquellos otros de los que dependen, en su opinión, la prosperidad del país. Y el legado de su propio mandato, naturalmente.
                 
Que se entienda bien: Obama no es Bush. No se trata de pereza o cortedad intelectual. A Obama no le aburren los asuntos serios o los más abstractos. Por el contrario, parece evadirse de los demasiado corrientes. Obama sería un amante de las cuestiones estratégicas, pero parece interesarle menos los aspectos tácticos.
                 
Y es que el primer afroamericano que llega a la Casa Blanca no es un "político del pueblo". Sus orígenes no son humildes, aunque los demócratas resalten ciertos rasgos familiares que lo alejan del típico perfil de vástago de la élite. Pero tampoco forma parte del patriciado político que ha mamado todos los recursos del ejercicio del poder. Obama suele expresar -hay varios testimonios durante su primer mandato- su desagrado por los usos y costumbres de eso que allí llaman Washington: el universo del poder político-mediático-empresarial y financiero donde se aglutina la mayor concentración de poder del planeta.
                 
UNAS RELACIONES DEMASIADO CORRECTAS
                
 Resulta bastante indicativo sus relaciones con los líderes mundiales. Se le nota bastante su distanciamiento con aquellos que se caracterizan por batirse con entusiasmo en las luchas políticas más terrenas (e incluso las subterráneas). Y como la gran mayoría de los líderes mundiales actualmente pertenecen a esta categoría y son pocos los que serán recordados como hombres de Estado de dimensión excepcional, el resultado es que Obama no parece haber forjado amistades muy prolíficas, como Reagan, Clinton o Bush.
                 
No es que Obama se muestre distante con sus pares en sus encuentros de alto nivel. Pero no existe la percepción de que haya establecido complicidades personales con ninguno de ellos. Son bastantes sonoros, en cambio, sus desencuentros: con Putin, con Netanyahu.  No le ha ido mejor con los presidentes o monarcas árabes. Con los europeos, a pesar de la atracción inicial que irradiaba, domina la sensación de corrección. Ningún alarde de calidez.
                 
Por hablar de Merkel, cuyo supuesto espionaje ha estado en el centro de la polémica  de estos días, es bien sabido que el Presidente no comparte su rigidez en la gestión de la crisis financiera europea. Decía uno de sus colaboradores esta semana que Obama habla con frecuencia con la canciller alemana y que consulta poco o nada los informes de inteligencia, quizás para dar la sensación de que ambos dirigentes han establecido una sólida relación de confianza. Lo que ha calado no es eso, precisamente. La frialdad de la reacción de Merkel no ha ayudado a extender esa impresión. Es posible que la líder alemana quisiera transmitir un malestar mayor del que sentía en realidad, para aplacar el enfado interno (más mediático que ciudadano). El caso es que en las informaciones sobre la petición de explicaciones y la respuesta no se ha filtrado corriente de simpatía o comprensión, que sería lo propio entre amigos y aliados, incluso cuando se ha puesto en evidencia algún "pecadillo".
                 
A Obama le flaquea, por tanto, una de las sus principales fortalezas originales como político de alto nivel. Su mandato no será juzgado por cosas de este estilo, claro está. Pero si no consigue corregir estas desagradables percepciones, podría complicársele más de lo previsto firmar una brillante presidencia.