YANG Y VANG: LA DUALIDAD DEL PULSO EEUU-CHINA

24 de marzo de 2021

Alaska es un lugar frío. Un escenario que ni pintado para escenificar el clima actual de las relaciones chino-norteamericanas. La reunión de altos cargos diplomáticos/estratégicos entre ambos países en Anchorage rebasó con creces el guion anunciado: tensión y sustanciales desacuerdos. Eso de cara a las cámaras, a las respectivas audiencias, enrocadas ambas en una desconfianza mutua. De puertas adentro, en cambio, el tono fue distinto.

Por parte de Estados Unidos, manejaron el encuentro el Secretario de Estado, Anthony Blinken, y el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. La delegación china estaba encabezada por el responsable de asuntos exteriores del PCCH, Yang Jiechi, y por el ministro de exteriores, Wang Yi. Dualidad Partido-Estado, más burocrática que real. Pero útil a efectos de propaganda y postureo.

Blinken resaltó en su intervención introductoria de anfitrión las críticas a Pekín por las violaciones de derechos humanos en Xinjiang, la restricción de libertades en Hong-Kong y la hostilidad creciente hacia Taiwan y otros vecinos de China.

En su turno inicial de palabra, los chinos se repartieron estudiadamente los papeles. Yang asumió el rol de poli malo, de portavoz de las maneras fuertes para afirmar la férrea voluntad china de afirmar su hegemonía mundial.  Aparentemente irritado por el zarandeo, el político Yang contragolpeó a tambor batiente durante 16 minutos (ocho veces más de lo estipulado). Reprochó a Estados Unidos su imperialismo, su cinismo en el discurso humanitario y su arrogancia por tratar de imponer su discurso moralista mientras cierra los ojos antes los abusos contra los afroamericanos y otras minorías norteamericanas.

Con el ambiente sobrecargado, el diplomático Wang puso el énfasis en las áreas de cooperación entre las dos grandes potencias mundiales, sin dejar de reclamar a Washington una actitud más constructiva. En su rol de poli bueno, encarnó la otra cara del poderío chino: su compromiso con el bienestar mundial.

Molesto por el tono de Yang, Blinken pidió a los periodistas presentes que no se marcharan para que pudieran escuchar su réplica contundente. Le recordó lo que Biden dijo a Xi Jinping en su primera conversación como presidente: el discurso chino sobre el declive de EE.UU. es un gran error de cálculo. Y añadió un consejo que el en su día vicepresidente le ofreció al líder chino hace unos años: apostar contra Estados Unidos es una mala apuesta.

En esta pelea de gallos, el jerarca comunista chino quiso tener la última palabra y abundó en las reprimendas. Después de compartir públicamente estos entremeses fríos, ambas partes pasaron a los platos templados de la negociación y el compromiso, según cuentas varias fuentes que pudieron conocer el posterior desarrollo de la reunión (1).

UNA ESTRATEGIA PENDIENTE

Yang y Wang son las caras, abierta y oculta, del diálogo/confrontación con Pekín. Hay que acostumbrarse a ello, tanto para relativizar las disputas, como para templar los logros... cuando se produzcan. A pesar del relativo ruido mediático por el alboroto de Anchorage, la reunión respondió a lo esperado. Después de todo, Blinken había dicho días antes en Tokio (2) que en las relaciones con China hay áreas de confrontación, de competencia y de cooperación. La estrategia anclada en esa tríada conceptual llevará tiempo, semanas o quizás meses, según Kurt Campbell, el principal encargado de esta tarea en el CSN (3); mientras tanto, primarán las medidas más sonoras, de las que Alaska es reflejo ampliado y distorsionado.

Después de Anchorage, Estados Unidos anunció sanciones contra responsables chinos vinculados con la represión de los uigures (comunidad musulmana de Xinjiang). La UE hizo lo propio, menos de cien días después de cerrar un polémico acuerdo de inversiones con Pekín. Otro manifestación del caliente y el frío. (Entre paréntesis: con Rusia, Europa sigue la misma ruta de confrontación, pero sin un aparente carril lento para la cooperación, aunque Alemania libera el arcén para que transite el gas del Nord Stream-2. Intereses obligan).

China será el gran asunto de la era Biden, y de las venideras. Estrategas, políticos, diplomáticos, militares y académicos no paran de producir diagnósticos, análisis, dictámenes, pronósticos y recomendaciones, menos neutrales de lo que sus autores pretenden.

Desde el campo liberal se recomienda firmeza en los principios e inteligencia en la gestión. No debe valer todo para prevenir que las sanciones se conviertan en boomerangs contra los intereses propios. Hay cierto voluntarismo en esta posición: colaborar en lo que interesa y apretar en lo inaceptable.El principal punto de esa agenda de cooperación es el cambio climático, aprovechando la buena disposición que Pekín está manifestando en los últimos tiempos (4). Otro área de prioridad es la tecnológica, donde el desafío chino en el 5G alarma sobremanera (5). Pero se olvida a veces que el contrario también juega, y tiene muchas cartas. No será fácil convencer a los chinos sobre una hoja de ruta para salvar el planeta, si se insiste en llamarles la atención sobre asuntos en los que, Yang dixit, Pekín no tolera lecciones (6).

Desde latitudes conservadoras sopla el mismo viento gélido que en Alaska: una visión de confrontación a cara de perro, bajo la óptica reaganiana de negociar sólo para favorecer la capitulación del adversario. Dos autores del muy derechista Instituto de la Empresa Americana lo han codificado con la fórmula trumpiana de suma cero (7).

Esta perspectiva de guerra fría se basa en las debilidades del adversario. A pesar de su poderío, China es un gigante con los pies más frágiles de lo que parece. El crecimiento económico se ha reducido a la mitad en la última década larga y la productividad ha descendido un 10%. La deuda, por el contrario, ha aumentado hasta alcanzar el 335% del PIB en 2020. Su gente  envejece, en parte debido a sus política antinatalista de una generación atrás, y se predice que un tercio de la población que celebrará el centenario de la China comunista en 2049 serán pensionistas. La sed de poder de China llevará a sus vecinos a protegerse más y mejor, con la ayuda de Washington, claro

Esta debilidad subyacente, empero, no hace a China menos peligrosa, sino mucho más, argumentan estos autores, e invocan el ejemplo de la Alemania de 1914. Para afrontar esta paradoja, se propone no intentar modificar el comportamiento de China sino degradar su poderío, limitando su capacidad tecnológica y protegiendo y reforzando a sus adversarios regionales (8). Una lógica de guerra fría, que elude un dato significativo: el presupuesto militar chino es cuatro veces inferior al del Pentágono.

En la Casa Blanca de 2021 prima la lógica cooperadora con límites bien definidos. Pero frente a la lógica dual de Yang y Wang, no está garantizada una estrategia eficaz. China es hoy un buen negocio para muchos aliados, una oportunidad tentadora en un ambiente incierto. Para armonizar perspectivas y políticas, Blinken se ha detenido en Bruselas para hablar con Borrell con vistas a reavivar el Foro chino, la esfera de cooperación aliada, como días antes había hecho con sus socios asiáticos, Japón y Corea.


NOTAS

(1) “The US and China get finally real with each other”. THOMAS WRIGHT. BROOKINGS, 22 de marzo.

(2) https://www.state.gov/secretary-antony-j-blinken-with-izumi-oguri-of-nippon-tv/

(3) “That was fast: Blowups with China and Russia in Biden’s first 60 days”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 20 de marzo.

(4) “Avoiding the climate canard in the US-China relations”. RYAN HASS. BROOKINGS, 4 de enero.

(5) “What the Cold War can teach Washington about China tech tensions”. BRENDAN THOMAS-NOONE. CENTER FOR STRATEGIC INTERNATIONAL STUDIES (CSIS), 12 de enero.

(6) “Chine assume des ‘grandes divergences’ avec les Etats-Unis. FRÉDÉRICK LEMAÎTRE (Pekin correspondant). LE MONDE, 12 de marzo.

(7) Dos artículos recientes de ZACK COOPER y HAL BRANDS en FOREIGN AFFAIRS resumen este punto de vista: “America only win when China’s regimen fails”(11 de marzo) y “U.S.-China rivalry is a battle over values” (16 de marzo).

(8) “Competition with china could be short and sharp”. MICHAEL BECKLEY y HAL BRANDS. FOREIGN AFFAIRS, 17 de diciembre. 

EL INDO-PACÍFICO, POLO GEOESTRATÉGICO DEL SIGLO XXI

 17 de marzo de 2021

En una videocumbre celebrada este pasado fin de semana, los líderes de Estados Unidos, Japón, Australia y la India han impulsado el Quad (de Cuadrilátero), un proyecto de seguridad y cooperación en los océanos Índico y Pacífico. Para algunos, una suerte de OTAN asiática en ciernes, con la intención declarada de “frenar a China”. Para otros, una ambiciosa iniciativa  que aún está por definir y estructurar

En el comunicado conjunto de la cumbre se afirma el compromiso en favor de una “región libre, abierta, inclusiva, saludable, anclada en valores democráticos y a salvo de coerciones”. Una insinuación a China, a la que no se menciona en el texto oficial, porque no fue el centro del debate, según  el Consejero de Seguridad norteamericano, Jake Sullivan. Los cuatro líderes acordaron crear tres nuevos grupos de trabajo sobre el COVID, Tecnologías emergentes y Cambio climático, tres desafíos prioritarios de la administración Biden, compartidos por sus socios. La próxima cumbre se quiere presencial, a finales de este mismo año (1).

UNA IDEA JAPONESA

El proyecto fue, en su origen, una idea del  anterior primer ministro japonés, Shinzo Abe, en 2007, durante su primer mandato. Inicialmente, se concibió como un mecanismo multilateral de consultas, basado en el trabajo realizado años antes para afrontar el tsunami de 2004. Luego la idea se fue diluyendo.

Obama formuló el concepto pivot to Asia para reequilibrar las prioridades de la política exterior norteamericana. Pero más que prolongar o profundizar en el Quad, promovió el TPP, el  acuerdo comercial regional más ambicioso hasta la fecha. Trump se retiró por su irreflexiva idea de que Estados Unidos no salía ganando. Pero, en cambio, asumió el término Indo-Pacífico como instrumento de presión comercial y confrontación política y diplomática con China. No obstante, el único elemento concreto de su periodo fueron las maniobras Malabar, ejercicios navales indo-americanos a los que se invitó a Japón y Australia, celebrados en la segunda quincena del pasado noviembre. No era algo novedoso, ya que se habían realizado por primera vez en 2007.

La amplísima dimensión de la zona geográfica del Indo-Pacífico plantea muchos problemas para definir estrategias coherentes y sólidas. Los intereses de los supuestos socios de la iniciativa no siempre son coincidentes. Y sus posturas frente al poderío chino, aunque coincidentes en cierto modo, no siempre son homogéneas (2).

EL PESO DE CHINA

El pasado mes de noviembre, quince días después de las elecciones presidenciales norteamericanas y precisamente durante las maniobras Malabar, China se apuntaba un éxito importante al conseguir que quince países de esa zona suscribieran un tratado de libre comercio denominado RCEP (Amplio Partenariado económico regional). Sus integrantes no son países neutros o sin una clara vinculación con Washington, sino sus aliados más sólidos en la región, como Japón, Australia y Corea del Sur; los dos primeros, a la sazón, integrantes del Quad.

 Esta aparente contradicción no lo es tanto, si se analiza la realidad regional. China es el destino de más de la tercera parte de las exportaciones de Australia y el primer socio comercial de Japón (20% de sus ventas en el exterior). No es esta la única paradoja en el Indo-Pacífico. Incluso los países que mantienen con Pekín conflictos de soberanía en territorios insulares del Mar del sur de China, singularmente Filipinas y Vietnam (aparte del propio Japón), también son socios del RCEP. China es el actor principal de ese escenario, guste o no.

Ese partenariado económico y comercial tiene sus efectos políticos y diplomáticos, como señalaba recientemente el editorialista de LE MONDE Alain Frachon (3). Cuando Australia se atrevió a pedir una investigación internacional sobre la responsabilidad de China en la expansión del COVID-19, Pekín le impuso penalizaciones comerciales y propagó un video sobre los “crímenes” de los soldados australianos en Afganistán. Anteriormente, el primer ministro australiano en 2013, Kevin Rudd se apartó del Quad y ahora es un destacado partidario de evitar tensiones con Pekín (4). Para Australia, el Quad y el RCEP pueden ser compatibles. ¿Lo serán?

India, como era de esperar, no se ha apuntado al tratado libre comercio auspiciado por China. Ambas potencias pasan por momento de especial tensión, tras las graves escaramuzas del pasado junio en el Himalaya. Sucesivas administraciones norteamericanas han tratado de conseguir un reposicionamiento de Nueva Delhi en el equilibrio asiático. La asertividad china y el acercamiento entre Pekín y Moscú han enfriado la habitual concertación entre India y Rusia y supone un factor de oportunidad para Washington. Pero los centros de poder indios son muy cautelosos y evitan provocaciones contra China.

También el Reino Unido acaba de señalar al Indo-Pacífico como región prioritaria de atención, en la redefinición de su política exterior tras el Brexit (5)

UN PROPÓSITO PARA EL QUAD

Defensores y escépticos debaten sobre la viabilidad del Quad como estructura multilateral de seguridad y cooperación según el modelo atlántico. En el mundo post-COVID parece afianzarse la potencia de China, que despliega una exhibición de su poder económico, militar y diplomático, no sólo en su área natural de influencia (el Extremo Oriente), sino en corredores de expansión que se extienden por el Índico, Asia Central, Europa y África y, al otro lado del mapa, por Suramérica.

Algunos analistas se han dedicado a señalar posibles áreas de cooperación ampliada del Quad, para que la confluencia de intereses comunes se sobreponga a los intereses nacionales encontrados. Salvatore Babones, del Centro de Estudios de Sidney, identifica la libertad de navegación y la seguridad marítima en los corredores oceánicos como el principal objeto de este cuadrilátero de potencias (6).

Dos investigadores del Carnegie, Evan Feigenbaum James Schwemlein, consideran que el Quad debe establecer mecanismos prácticos de cooperación en materias como la distribución de vacunas, el mercado de las tecnologías verdes, las normas de financiación de infraestructuras o el aseguramiento de las cadenas de suministro mundial; es decir, una agenda civil o económica para vigilar y controlar uno de los factores del expansionismo chino y sus programas de la nueva ruta de la seda (7).

Otros autores entienden que esta ambición del Indo-Pacífico constituye un mal cálculo estratégico para Washington, porque fusiona dos zonas diferenciadas del planeta, por disponibilidad de recursos y confiabilidad de socios. En estos aspectos, Estados Unidos es fuerte en el Pacífico y débil en el Índico. Para Van Jackson, un especialista en Asia y profesor en Nueva Zelanda, este proyecto constituye una “locura estratégica” de ciertos grupos de poder en Washington, en particular el  Pentágono, que desearía asegurarse más fondos y una modernización permanente de sus arsenales (8). No es casual que uno de los principales abogados del Quad sea el que fuera secretario de Defensa de Trump, el exgeneral James Mattis, quien lo considera “la tarea más importante de Biden” (9).

La nueva administración está calibrando la relación con China. Tras la cumbre del Quad, el jefe de la diplomacia, Anthony Blinken, y el Consejero Sullivan se reúnen este jueves con sus pares chinos en Alaska. No hay conciliación a la vista. Más bien al contrario, si Washington introduce en la discusión los derechos humanos en Xinjiang, los derechos políticos en Hong Kong o la libertad de Taiwán. El pivot to Asia será, en la práctica, un pivot to China.

 

NOTAS

(1) “In historic summit, Quad comits to meeting key Indo-Pacific challenges”. ABHIJNAN REJ. THE DIPLOMAT, 13 de marzo.

(2) “L’Indo-Pacifique, une alliance XXL pour contrer la Chine”. NATALIE GUIBERT y BRICE PEDROLETTI. LE MONDE, 13 de noviembre.

(3) Plus un pays est plus économique dependant de la Chine, plus est soumis à una sorte de loi du silence”. ALAIN FRACHON. LE MONDE, 3 de diciembre.

(4) “How to keep U.S.-Chinese tensions from sparking a war”. KEVIN RUDD. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.

(5) https://www.bbc.com/news/uk-56410532?xtor=AL-72-%5Bpartner%5D-%5Bgnl.newsletters%5D-%5Bheadline%5D-%5Bnews%5D-%5Bbizdev%5D-%5Bisapi%5D&xtor=ES-213-[BBC%20News%20Newsletter]-2021March16-[top+news+stories]

(6) “Quad Summit Will show if it’s just a talking shop”. SALVATORE BABONES. FOREIGN POLICY, 10 de marzo.

(7) “How Biden can make the Quad endure”. EVEN FEIGENBAUM Y JAMES SCHWEMLEIN. CARNEGIE, 11 de marzo.

(8) “America’s Indo-Pacifc folly. Adding new commitments in Asia only can invite disaster”. VAN JACKSON. FOREIGN AFFAIRS, 12 de marzo.

(9) “Getting the Quad right is Biden’s most important job”. JAMES MATTIS, MICHAEL AUSLIN y JOSEPH FELTER. FOREIGN POLICY, 10 de marzo.

 

GEOPOLÍTICA Y ÉTICA DE LAS VACUNAS

 10 de marzo de 2021

Después de un año, más de dos millones y medio de muertos y ciento veinte millones de seres humanos afectados directamente por la COVID-19  en todo el mundo, un conflicto político y diplomático amenaza con reforzar la desprotección frente al virus y sus variantes.

En su momento, desde la trumpiana Casa Blanca se señaló a China como el origen del mal (“el virus chino”), con insinuaciones sobre la voluntariedad de la catástrofe, lo que añadió un elemento más a un escenario de nueva guerra fría sui generis entre superpotencias que rivalizan por la hegemonía mundial.

 EUROPA, EN EL OJO DEL HURACÁN

En la UE, el proceso de vacunación ha sido una tortura institucional y política desde el principio. Primero fueron los incumplimientos de los suministradores farmacéuticos, a los que la Comisión intentó presionar para luego echar marcha atrás, en medio de críticas sobre unos procesos de autorización demasiado burocráticos o más lentos de las urgentes exigencias del momento.  Luego, brotaron las discrepancias entre los países miembros sobre la gestión de las vacunas y su exportación a terceros. Las cifras acreditan el retraso europeo. Sólo el 6% de la población europea ha sido vacunado, frente a casi el 17% de los norteamericanos o el 33% de los británicos... por no mencionar la tasa israelí (57%). Todo ello con 600.000 muertos (1).

Finalmente, ha estallado el encontronazo con potencias amigas, con quienes se cruzan recriminaciones y reproches inusuales. Durante semanas se ha tratado de librar esta polémica con discreción relativa. Pero la falta de acuerdo y el ruido mediático por el decepcionante desarrollo de la vacunación ha hecho que la pelea se libre en abierto.

El presidente del Consejo europeo, Charles Michel, ha asumido la tarea de defender públicamente la actuación de la UE, tanto en el proceso de vacunación de sus ciudadanos como en la disponibilidad para hacer extensiva las vacunas a la mayor parte del mundo. Lo chocante ha sido su reproche directo y explícito a sus dos socios preferenciales. Michel señala a Gran Bretaña y a Estados Unidos por “haber impuesto la prohibición de exportar vacunas y/o sus componentes producidos en sus territorios” (2).

El propio Presidente del Consejo admite la irritación que ha provocado en Bruselas las acusaciones de “nacionalismo” dirigidas previamente de forma más o menos velada contra la UE por su gestión del procesos de producción, adquisición, autorización, distribución y administración de las vacunas.

El Foreign Office ha respondido elevando el tono y calificando como “falsas” las imputaciones de Michel. El representante de la UE en Londres ha sido llamado a capítulo. Como se ve, el Brexit blando es (siempre lo fue) una quimera. Esta bronca por las vacunas es sólo una de las que se han sucedido, con menos ruido, desde enero (3).

El malestar transatlántico está más soterrado. A la espera de la reconciliación post-Trump, ambas partes han tratado de minimizar sus diferencias. Más por necesidad que por convicción. La preocupación por China y Rusia obliga, aunque la perspectiva que se tiene en Washington y en algunas capitales europeas sea distinta, y más si se tiene en cuenta que en absoluto hay una posición compartida en Europa. La COVID-19, paradójicamente, ha ampliado el campo de propaganda de Pekín y Moscú.

Lo que el mando europeo reprocha a su socio norteamericano es el uso de la ley denominada Defensa de la producción, que se diseñó para tiempos de guerra y supone, en la práctica, el aseguramiento de productos esenciales para la población nacional. A eso se suma la agresiva campaña de apoyo financiero a las farmacéuticas emprendida por Trump y aún vigente, conocida como Operación Ward Speed (velocidad de la luz), cuyo monto se estima en unos 12.000 millones de euros, cuatro veces más de lo invertido en ese esfuerzo por la UE.

Más allá de los argumentos de unos y otros, parece evidente que la ansiedad por tener a sus poblaciones vacunadas cuanto antes y eliminar o atenuar las facturas sanitarias, políticas y económicas de esta megacrisis planetaria ha primado sobre la solidaridad o, para ser más preciso, la corresponsabilidad. Pero mientras los ricos riñen por los recursos y se enredan en las artimañas del proceso, los pobres se desesperan ante una carencia endémica. Y todo ello cuando se acumulan las dudas sobre la eficacia de las vacunas frente a las nuevas variantes (4).

UN TERCIO DE LA HUMANIDAD SIN PROTECCIÓN

La iniciativa COVAX, emprendida por la OMS y financiada por los países más potentes del mundo iba teóricamente a ser la herramienta de alivio de las desigualdades sanitarias y, en particular, del déficit de vacunas en el mundo subdesarrollo. Meses después, los resultados son decepcionantes, como denunció hace un mes el Sº General de la ONU, Antonio Guterres. En ese momento, ni una sola dosis vacunal había sido administrada en los 130 países más pobres, que albergan a 2.500 millones de personas. Los fondos llegan a cuentagotas, y no de todos los que se comprometieron (5).

Después de este toque de atención, Biden o Macron aseguraron que incrementarían su apoyo. El Presidente norteamericano ha prometido destinar otros 2 mil millones de dólares más a COVAX y duplicar esta cantidad si otros países también hacen el esfuerzo preciso. Su colega francés propuso que los aliados occidentales dediquen el 0,5% de sus stocks vacunales a los países pobres. Pero ellos, como otros dirigentes, están consumidos por la necesidad de proteger primero a sus poblaciones.

En esta curva del fracaso institucional o político, se debe incluir también el sesgo industrial de las grandes multinacionales farmacéuticas. Las empresas que han ganado la posición frente al COVID-19 no son los líderes del sector. Gigantes como GlasoSmithKline, Merck o Sanofi se han visto superadas por concurrentes menores. La razón no es técnica, sino comercial o estratégica. El mercado de las vacunas frente a epidemias no ha sido, hasta la fecha, un buen negocio (6).

UNA PROPUESTA ÉTICA

Así las cosas, es inevitable que surjan planteamientos éticos en los márgenes de la discusión política. Un grupo multidisciplinar de intelectuales de distintos países ha propuesto que, para evitar el acaparamiento de vacunas y conjurar el egoísmo nacional, se emplee un modelo de administración compartida basado en el umbral de mortalidad de la gripe ( ).

Se trataría de fijar como referente el 70% de una población nacional inmunizada. A partir de ahí, no se acumularían más dosis para uso interno y se facilitaría su distribución en los países más desfavorecidos.  Estos promotores pretenden así superar la polémica entre los “nacionalistas”, que defienden el empeño de cada Estado por cumplir con su obligación de proteger a sus ciudadanos (al fin y al cabo contribuyentes del apoyo financiero a las compañías farmacéuticas) y los “cosmopolitas” que presionan a favor de una mayor solidaridad mundial.

Ésta y otras propuestas similares difícilmente encajarán en las urgencias de una situación que ha hipotecado prioridades políticas y debilitado respuestas compartidas. Los enemigos y críticos de la globalización siguen ganando adeptos.

 

NOTAS

(1) “Vaccins contre le COID-19: comment l’Europe tente de combler son retard”. LE MONDE, 9 de marzo.

(2) “Unas palabras del Presidente” [Newsletter] . CONSEJO EUROPEO, 9 de marzo. https://nsl.consilium.europa.eu/104100/Newsletter/jzdplbo3pahrhalxxvpfysnmodokddwig74ibwkwljke5i37yyrq?culture=en-GB

(3) “Londres y Bruselles s’echarpent autour des exportations des vaccins”. COURRIER INTERNATIONAL, 10 de marzo.

(4) “The Pandemic that won’t end. COVID-19 variants and the peril of vaccine inequity”. MICHAEL T. OSTERHOLM y MARK OLSHAKER. FOREIGN AFFAIRS, 8 de marzo.  

(5) “The pandemic lead to a new forms of inequality”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 19 de febrero.

(6) “Why the biggest vaccine makers failed on COVID-19”. HANNAH KUCHLER y LEILA ABBOUD. FINANCIAL TIMES, 16 de febrero.  

(7) “How many vaccine doses can nations ethically hoard?” [VARIOS AUTORES]. FOREIGN AFFAIRS, 9 de marzo.

CRIMEN Y ESQUIVO CASTIGO

 3 de marzo de 2021

La desclasificación del informe de la CIA sobre el asesinato del disidente saudí Jamal Khashoggi confirma lo que era un evidencia traslúcida: que el príncipe heredero y máximo gobernante en la práctica, Mohamed Bin Salman (conocido como MBS) autorizó el crimen y, por tanto, debe ser considerado como responsable.

Joe Biden, hasta aquí, ha cumplido con lo que prometió: hacer público los entresijos de una operación execrable. Khashoggi fue retenido en la embajada saudí en Estambul, asesinado y posteriormente descuartizado. Sus restos no han sido encontrados. El ahora presidente calificó al reino saudí de “paria” y se comprometió a revisar las relaciones bilaterales. Una decisión más fácil de proclamar que de ejecutar, teniendo en cuenta la mutua dependencia entre ambos estados.

El Washington Post, diario en el que colaboraba habitualmente Khashoggi, ha revelado el trabajo realizado desde finales de enero para ajustar intereses de Estado y compromisos electorales (1). El resultado sigue on working (no completado), aunque se habían decidido ya algunas medidas antes de hacerse público el informe de inteligencia:

- cancelar la venta de armas destinadas a ser empleadas en la guerra de Yemen (de la que MBS es el principal inspirador y responsable) y designar el diplomático Tim Lenderking como enviado especial para negociar el fin de ese conflicto (Riad ha aceptado de inmediato esta misión, como era de esperar).

- denunciar el encarcelamiento de disidentes en el reino (en especial de las mujeres).

- no responder a las llamadas de felicitación del rey saudí al presidente Biden (se hizo finalmente en la víspera de la publicación del informe).

Una vez que el gran público conoció lo que la inteligencia norteamericana sabía del caso Khashoggi era inevitable ampliar la presión. Las decisiones, no obstante, han sido tibias:

- congelar los depósitos bancarios del exsubdirector de los servicios secretos saudíes, Ahmed Al-Assiri (supuesto responsable operativo del crimen) y de los integrantes de la unidad que ejecutó la operación

- las 76 personas que supuestamente intervinieron de una u otra manera en el caso (no se publicarán sus nombres) no obtendrán visa para entrar en Estados Unidos.

Nada concreto sobre MBS. Informalmente se dice que Biden no hablará directamente con él, sino con su padre, el Rey. Pero el monarca, con 85 años y una salud muy quebradiza, no se ocupa de los asuntos cotidianos. El príncipe lo controla todo. ¿Es viable ese “castigo”? ¿O es mero postureo?

Legisladores de ambos partidos han criticado la tibieza de la administración. Desde el 11 de septiembre, los saudíes cotizan a la baja en el Capitolio, aunque los congresistas incurren también en el postureo. Saben que la opinión pública tolera mal la indulgencia de la Casa Blanca con el Trono de Riad. Trump, ignorante de cualquier consideración ética o de pura decencia política, se dejó llevar por sus intereses empresariales privados y premió a los saudíes con la luz verde en Yemen y un jugoso contrato de armamento (que, en realidad, sólo se ejecutó parcialmente).

El jefe de la CIA en la administración Obama, John Brennan, tuiteó su insatisfacción por estas decisiones iniciales de Biden, que consideró “insuficientes”, por considerar que sólo mencionar a MBS como responsable del asesinato equivale a exonerarlo de sus consecuencias. Brennan propone que, para empezar, no se le permita entrar en Estados Unidos y que altos cargos norteamericanos eviten reunirse con él (2).

Obama tuvo una difícil relación con los saudíes debido a la negociación del acuerdo nuclear con Irán, pero se cuidó mucho de no dañar la relación con el reino. Biden camina por una senda similar. Ya no es el petróleo el principal factor de las relaciones bilaterales. Es Irán. O la percepción de la amenaza iraní sobre los intereses norteamericanos en la región. El nuevo presidente sabe que las cosas han cambiado en estos cuatro años.

Israel y Arabia Saudí mantienen una alianza de facto frente al “enemigo persa”. Las relaciones diplomáticas de los principales socios de Riad en el Golfo con la otrora “entidad sionista” parecen pasos previos calculados de una presión meditada y pautada. Ambos aliados tratan por todos los medios de condicionar la recuperación del acuerdo nuclear mediante la introducción de nuevas exigencias norteamericanas que obliguen a Teherán a rechazarlas.

Biden ha invitado a los ayatollahs a “volver a respetar el acuerdo”, es decir, a rectificar la superación de los límites fijados. Irán ha enriquecido uranio al 20%, muy por encima del 3,67% estipulado, y en una cantidad estimada en 2,400 kilos, doce veces lo permitido, aparte de reactivar el funcionamiento de las centrifugadoras de última generación. Pero todo ello ha sido después de que Trump, con su política de “máxima presión” denunciara el acuerdo y retirara a Estados Unidos de la obligación de cumplir con sus compromisos, especialmente el levantamiento de sanciones.

El jefe de la diplomacia iraní que negoció el JCPOA, Mohammad Javad Zarif,  reclama que se recupere el acuerdo original, el que se firmó, y no se pretende revisarlo para incluir otros asuntos que, en opinión de Teherán, nada tiene que ver con lo negociado (3). Esta línea es la oficial del régimen iraní, que ya ha desestimado una iniciativa europea para restablecer el diálogo entre Occidente e Irán.   

Biden ha nombrado a Robert Malley (un integrante del equipo de Obama y luego director ejecutivo del International Crisis Group) como responsable de las negociaciones con Irán. Ese think-tank recomendaba recientemente la “reavivación” del JCPOA y demandaba a las potencias europeas signatarias un esfuerzo en cuatro áreas: apoyar las gestiones de Washington en su nueva política, colaborar en el apoyo humanitario a Irán frente la COVID, estimular el comercio con Teherán y fomentar el diálogo constructivo entre los enemigos del Golfo Pérsico (4). Una minuta plagada de buenas intenciones, propia de un think-tank. De nuevo en la administración, Malley tendrá que sumergirse en los endemoniados detalles.

Para no parecer demasiado plegable a los deseos iraníes, el presidente ha inaugurado su palmarés militar con el bombardeo de un campamento de Kataeb Hezbollah, una milicia iraquí chií (proiraní), en el este de Siria, en represalia por un ataque de este grupo contra el aeropuerto de Erbil, en el Kurdistán iraquí, donde las fuerzas occidentales tienen una base (5).

El enredo del acuerdo nuclear exige decisiones más comprometidas. Como ya ocurrió en el periodo 2011-2015, es imposible tener a todo el mundo contento. Biden lo sabe mejor que nadie. Por instinto, alberga poca simpatía por cualquiera de los actores de esta disputa. Pero, contrariamente a Trump, se ha rodeado de colaboradores de ese establishment que se atiene cuidadosamente a las líneas maestras de la política exterior desde hace 70 años.


NOTAS

(1) “Inside THE Biden’s team deliberations over punishing the Saudi crown prince”. JOHN HUDSON y KAREN DEYOUNG. THE WASHINGTON POST, 2 de marzo.

(2) https://twitter.com/JohnBrennan/status/1366051008661626885

(3) “Iran wants the nuclear deal It made. Don’t ask Tehran meet new demands”. MOHAMMAD JAVAD ZARIF. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.

(4) “Reviving the JCPOA after maximum pressure”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 29 de enero. https://www.crisisgroup.org/middle-east-north-africa/north-africa/libya/reviving-jcpoa-after-maximum-pressure

(5) “Biden’s warning to Iran and its proxies: implications of the Syria strike”. MICHAEL KNIGHTS. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 26 de febrero.

BIDEN SE TOMA TIEMPO EN POLÍTICA EXTERIOR

 24 de febrero de 2021

Si en el ámbito interno Joe Biden tomó decisiones rápidas, inmediatas, para desbaratar la herencia más perniciosa del mandato de Donald Trump, el cambio de rumbo en política exterior se hace esperar. En cierto modo es comprensible, porque los EE.UU. no pueden, ni quieren, bailar solos y  las decisiones son más complejas.

Hasta la fecha, el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha realizado declaraciones de intenciones que suponen un giro con respecto a su antecesor, pero aún no se visualiza muy bien el contenido práctico de esas nuevas políticas. Rusia, China y Oriente Medio son los tres principales teatros de actuación.  

RUSIA: EL RIESGO DE SOBREACTUACIÓN

La decisión más concreta hasta ahora ha sido la prórroga (cinco años) del acuerdo NEW START (limitación del armas nucleares estratégicas) con Rusia. Pero se trata de una medida para ganar tiempo y definir una nueva política sobre control armamentístico (1), que depende, como es lógico, de cómo se articulen las relaciones con Moscú. Nada indica otro reset, como el que Obama ensayó fallidamente en 2009. Entonces el presidente ruso no era Putin sino su socio Mevdeved, aunque siempre se dudó de su liderazgo real. La carrera armamentística nuclear ha experimentado una aceleración notable desde comienzos de siglo, a pesar del NEW START, debido al fomento de los dispositivos antimisiles, que debilitan la disuasión (2).

Biden y todo el establishment demócrata desconfían profundamente de Putin. Esa actitud se nutre de una cultura de guerra fría, reforzada por la orientación autoritaria que el líder ruso ha ido adoptando a medida que se afianzaba en el Kremlin y se desprendía de las amenazas a su poder (oligarcas, oposición liberal, disgregación regional). Las sospechosas relaciones con Trump le han servido para recuperar peso e influencia en zonas externas, como Oriente Medio, y presión en el entorno cercano (Bielorrusia y Ucrania), pero suele exagerarse el poderío ruso y su capacidad para desestabilizar áreas de interés occidental.

Para intentar definir un nuevo marco de relación con Rusia, Biden quiere (y necesita) recuperar el vigor de una Alianza Atlántica en el momento más crítico de su historia. A sus 70 años bien cumplidos, la OTAN es una dama repleta de achaques. “En muerte cerebral”, dijo Macron, teatralizando la situación. El daño de Trump ha sido llamativo por su brusquedad, pero no debería ser inquietante. No hay casi nadie en los resortes de poder en Washington que le siguiera el juego al incendiario expresidente. Pero las perturbaciones transatlánticas eran anteriores a Trump y con sólidas raíces. Con Obama hubo mucha amabilidad aparente, pero bastantes desacuerdos subyacentes, algunos desencuentros sonoros y tensiones por episodios desafortunados. Biden quiere restañar heridas y superar dificultades. Desde los think-tanks se articulan los campos de cooperación (3).

La semana pasada, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, habitual toma de temperatura de las relaciones atlánticas, hubo bellas palabras de Biden sobre la recuperación del espíritu aliado. Pero los europeos dejaron entrever sus reticencias y un cierto escepticismo sobre la importancia que Washington concede a Europa en estos tiempos. De ahí que alemanes y franceses insistan desarrollar una política exterior cada vez más autónoma, y lo dejaron claro en Múnich tanto Merkel como Macron (4). Otra cosa es que coincidan en cómo hacerlo y en el calibrado de sus iniciativas. La separación británica complica aún más las cosas.

El reciente viaje a Moscú de Josep Borrell ha mostrado las carencias de esa estrategia. El Kremlin no está dispuesto a permitir que Europa quiera introducir en el menú de las relaciones el respeto por los derechos humanos y las libertades políticas en Rusia. Era ilusorio esperar lo contrario. La encarcelación de Navalny  y la represión de las manifestaciones son asuntos vedados. Por eso, algunos analistas creen que la visita debía haberse aplazado hasta que los aliados hubieran definido con precisión objetivos y agenda de la relación con Moscú.

Sea como fuera, los problemas de fondo en relación con Rusia no son de fácil solución. El caso más emblemático es el proyecto de gasoducto Nord Stream 2, que Berlín quiere mantener a toda costa, por muy incómodas que sean sus relaciones con el Kremlin. En esta  Casa Blanca se piensa que Alemania debería poner condiciones a esa colaboración, pero saben que si Merkel no lo ha hecho, más improbable resulta que lo haga su sucesor. El previsible candidato democristiano, Armin Laschet, pasa por ser aún más acomodaticio con Moscú (5). Putin no se fía de esa aparente falta de sintonía transatlántica y mantiene la frialdad (6).

CHINA: DESCONEXIÓN ALIADA

China es otro asunto que generara difíciles debates entre los aliados occidentales. La UE concluyó un acuerdo de inversiones con Pekín cuando Biden aún no había tomado posesión, lo que provocó malestar explícito a su equipo de seguridad nacional. Merkel quería cerrar ese capítulo como colofón a los seis meses de presidencia europea. Pero sobre todo deseaba blindar los intereses de la industria exportadora alemana (7).

Biden revertirá los aspectos más autolesivos del mandato de Trump, porque los incrementos arancelarios han perjudicado más a Estados Unidos que a China, pero no habrá un giro de 180º grados en la política hacia Pekín. Cabe esperar una mayor dureza en los asuntos de derechos humanos y políticos en áreas sensibles (Hong-Kong, Xin Jiang) y una mayor vigilancia en áreas de presión china (Taiwan y Mar del Sur de China). Pero la capacidad de actuación norteamericana es limitada. En Europa saben que en esa zona los interlocutores preferentes de Washington son los aliados asiáticos y oceánicos, y éstos reclaman cautela (8).

ORIENTE MEDIO: IRÁN, PIEDRA DE TOQUE

En Oriente Medio, la primera pieza a restablecer es el acuerdo nuclear con Irán, quizás el elemento que genera una menor dificultad. Hay ya un consenso sobre la necesidad de volver cuanto antes a la situación anterior a Trump. Pero hay sectores en Washington que desean replantear el trato e introducir nuevos elementos de control del régimen iraní (programa de misiles y actuación de las milicias afines en la región). Los ayatollahs no están dispuestos a ceder en algo que consideran esencial para su seguridad, aunque necesiten un alivio de las sanciones. Europa quiere recuperar las relaciones económicas con Irán y puede mostrarse más abierto al diálogo con Teherán que Estados Unidos, donde no hay consenso bipartidario.

Arabia Saudí e Israel actúan coordinadamente y se preparan para ese escenario indeseado, con distintas palancas de obstruccionismo (9). Biden ha tardado semanas en comunicarse con un Netanyahu, que afronta las cuartas elecciones en dos años. Una muestra de la frialdad entre ambos que se arrastra desde la era Obama. Con los saudíes, las cosas no pintan mejor. La suspensión de la venta de armas que los saudíes emplean en Yemen es una muestra del cambio de temperatura entre la Casa Blanca y el trono de Riad. El dossier iraní dificulta cualquier avance en Palestina, donde deben renovarse las instancias de poder político, aunque hay poco ánimo y mucho escepticismo. Israel seguirá poniendo obstáculos si no hay replanteamiento del acuerdo nuclear iraní. Una excusa, más que una razón.

NOTAS

(1) “Extending NEW START should be just the beginning”. CARNEGIE, 25 de enero.

(2) “The Nuclear Option. Slowing a new arms race means compromising missiles defenses”. JEFFREY LEWIS. FOREIGN POLICY, 22 de febrero.

(3) “Working with the Biden administration: opportunities for the EU”. ROSA BALFOUR. CARNEGIE, 26 de enero.

(4) “Biden tells allies ‘America is back’, but Macron and Merkel push back”. THE NEW YORK TIMES, 19 de febrero.

(5) “Germany is pouring cold water on the Biden-Europe love fest”. CONSTANZE STELZEN-MÜLLER. BROOKINGS, 22 de enero.

(6) “German-Russian relations at a new low”. CHRISTIAN ESCH. DER SPIEGEL, 7 de enero.

(7) “Chine-Europe-Etats-Unies: [Le] jeu entre les troix côtés du triangle géopolitique’”.SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE, 30 de diciembre.

(8) “How to keep U.S.-Chinese confrontation ending in calamity”. KEVIN RUDD. FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril, 2021.

(9) “The real regional problem with the Iran deal”. TRITA PARSI. FOREIGN AFFAIRS, 23 de febrero.

 

ITALIA: EL TURNO TECNÓCRATA, OTRA VEZ

17 de Febrero de 2021

Mario Draghi debe obtener el plácet parlamentario para su gobierno, después de un paciente proceso de composición, estructura y equilibrio para protegerse contra los accidentes de recorrido y afrontar con las mayores garantías el triple desafío inmediato: vacunar a la población, superar la enfermedad y gestionar los fondos europeos de recuperación económica.

Los políticos tienen presencia en el gobierno de Super Mario, pero en puestos de secundarios. Las carteras estratégicas están en manos de técnicos amigos o de la máxima confianza de Draghi (Economía, Innovación y Transición ecológica). Di Maio, cada vez más cuestionado en el M5E, conserva Exteriores, aunque el expresidente del BCE será la voz de Italia en esa Europa que lo venera. El PD debe gestionar la defección de Renzi y confirmar si el giro a la izquierda de Zingaretti tiene o no recorrido. Salvini da una luz verde pero fija caducidad imprecisa al nuevo Gobierno. Berlusconi ya está en rampa de retirada.

Sólo Giorgia Meloni, la líder de los Fratelli, se ha distanciado de Draghi. Aparece como la figura emergente de la derecha nacionalista, una Marine Le Pen en ciernes. Sus orígenes humildes, su estilo franco y directo y su inteligencia política constituyen una seria amenaza para los dirigentes de la constelación conservadora, pero también para un izquierda desconcertada. Es la opción alternativa, cuando Draghi agote su mandato, si es que Salvini no se consolida como líder de una derecha más presentable y menos agresiva. 

El hombre que hizo “todo lo que fue preciso” para “rescatar al euro” en 2012 se convierte en el proclamado “salvador de Italia”. Los medios no escatiman elogios y las bolsas no regatean su entusiasmo. En el péndulo italiano, ahora toca el vibrato optimista. Sin embargo, el panorama es más complicado y la “solución” en absoluto novedosa. La opción tecnocrática ha sido una constante en Italia en el último medio siglo.

UNA PROLONGADA ALTERNANCIA

La República italiana es el producto de la tensión entre tres corrientes: la partidaria, la tecnócrata y la populista. No necesariamente enfrentadas; más bien al contrario: se alimentan y relevan en la dirección del país. Cada una de ellas traduce el clima social del momento y marca el pulso a seguir.

Cuando la corrupción y el agotamiento de la confrontación Este-Oeste sancionaron el derrumbamiento del sistema de posguerra, en la primera mitad de los noventa, el turno político dejó paso al primer populismo europeo de los tiempos actuales: el berlusconismo. La estructura de poder que el empresario milanés concibió difícilmente podía asimilarse a un partido político. Forza Italia era una empresa de propaganda, de relaciones públicas, la rama política de su conglomerado mediático-publicitario. Berlusconi fue, en cierto modo, un precursor. Pero no se aisló ni se enfrentó al entorno político que proclamaba querer liquidar. Al contrario, se nutrió de él, lo fagocitó y recicló a una clase política sumisa y ávida de redención o al menos de salvamento personal y corporativo.

Tampoco renunció Il Cavaliere a la colaboración/complicidad de los tecnócratas, algunos de los cuales se mostraron dóciles o comprensivos con los nuevos vientos. Hasta que el ciclo económico dictó sentencia y el modelo populista descubrió todas sus carencias. La coalición derechista se fracturó con la deserción de los independentistas lombardos de salón o de pasillo (la Lega Nord).

El primer fracaso de Berlusconi dio paso a la solución técnica presidencial en la figura de Lamberto Dini, que resultó efímera y condujo a elecciones. El centro-izquierda se articuló en torno a otra referencia tecnócrata. Il Profesore Romano Prodi, vino a proporcionar una dosis de prestigio neutro al enrarecido clima político, a pesar de haber sido ministro del viejo sistema, como democristiano independiente.  El pálido progresismo italiano se rindió a  la hegemonía neoliberal y se refugió en una confortable referencia de olivos y margaritas (nombres de confusas y nutridas coaliciones de gobierno y desgobierno).  

En ese turno de travestismo se fueron diluyendo las propuestas ideológicas y las ofertas políticas. Los comunistas irredentos, que se esforzaron por preservar siglas y símbolos. Los socialistas sacaron la cabeza de las profundidades a que les había empujado la funesta era Craxi, pero no dejaron de ser enanos políticos y puras comparsas. Los herederos del PCI se anclaron en una genérica marca Sinistra para pronto arrojarse a la insulsa Demócrata. Una engañosa modernización.

Los gobiernos del centro-izquierda (mitad políticos, mitad técnicos) prepararon el camino para el regreso de Berlusconi y de una derecha reagrupada, con una Lega desprovista ya de veleidades independentistas y un nacionalismo menos montaraz, más pulido y técnico. La crisis financiera de finales de la década acabó con aquel Berlusconi 2.0, ahogado en el descrédito, los escándalos personales y los casos de fraude ante la justicia.

Como la izquierda seguía descompuesta y desnortada, se impuso de nuevo la solución tecnócrata, muy en la línea del eje Berlín-Frankfurt-Bruselas. El economista trilateral Mario Monti asumió la conducción del país, con la anuencia de los partidos del consenso centrista y la fatiga de los ciudadanos, cada vez más cínicos ante el carrusel público. Se ponía en manos de un representante del capitalismo financiero la superación de una crisis que sus patrones tanto habían contribuido a provocar. Ironía lacerante.

La lenta e interminable recuperación abrió de nuevo el camino al populismo, pero no al clásico y desgastado de los noventa. La digitalización de la economía y la sociedad, la extensión de las redes sociales, la horizontalización de la expresión política y un escepticismo creciente alumbraron el doble fenómeno del populismo libertario y el nacionalismo identitario. El M5S erosionó la base social del PD y la Lega desafió la hegemonía de Il Cavaliere en la derecha.

En 2018 los dos populismos, el libertario y el identitario, ambos ahítos de retórica antieuropea, se fusionaron en un proyecto de gobierno que fue lo que pareció: inverosímil, oportunista y efímero. El deterioro del M5E en las experiencias municipales se amplificó con sus responsabilidades de gobierno, a pesar del gambito Conte (una manera de disolver las contradicciones en una solución pseudotécnica). Salvini no quiso nunca colaborar lealmente en un gobierno cohesionado, sino preparar el terreno para asaltar el poder completo. Desafió al gobierno, pero calculó mal y cayó en su propia celada. El líder de un M5E cada vez más roto, se conchabó con la facción liberal y rupturista del Partido Democrático, liderada por Mario Renzi. El turno populista se había terminado, o mejor dicho, se había transformado en un híbrido político-populista. Hasta que llegó la pandemia, que entró en Europa por Italia.  

Y con la pandemia, la amenaza de ruina completa. Italia compuso con España y Francia la triada que reclamó enmendar los errores europeos de la austeridad de 2008-2013. Fondos masivos de recuperación para engrasar un aparato productivo gripado. El gobierno político-populista italiano no fue capaz de ponerse de acuerdo sobre la manera de gestionar esa inminente inyección de liquidez. El astuto (florentino) Renzi, con su minúscula fracción de 30 diputados (Italia Viva) se separó del PD, se alineó en Europa con el macronismo y puso en jaque al gobierno de Conte, a pesar de su razonable popularidad. Estalló la crisis y, como era previsible, se activó el turno tecnócrata. A nadie debe sorprender que Renzi haya sido el más entusiasta defensor de la opción Draghi.

Casi todos los demás actores se han sumado a la solución “excepcional” para un “momento excepcional”. Es una forma de escurrir el bulto, sin apenas riesgo. A la postre, si el experimento sale mal, los dos Mateos (Renzi y Salvini) habrán preservado sus opciones de futuro. Y si sale bien, como Draghi no parece tener más horizonte que el de suceder a Sergio Matarella en el Quirinal, dejará el camino desbrozado para quien le suceda en el Palacio Chiggi.

MYANMAR: EL CASO EMBLEMÁTICO DE EJÉRCITOS CON ESTADO

 10 de Febrero de 2021

Suele emplearse una expresión para definir el poder desmesurado que ejercen las Fuerzas Armadas en algunos países del denominado mundo en desarrollo: Ejércitos con Estado. Es una forma de describir una anomalía. Lo natural es que los Estados cuenten con un Ejército. En esos casos, el Ejército lo es todo, o casi todo, y el Estado es instrumental. Una inversión de la lógica y la salud democrática.

El país que suele ponerse como ejemplo de ello es Pakistán. Los militares han gobernado siempre allí, ocupando la jefatura del Estado, tras el golpe rutinario, cuya justificación resulta casi innecesaria, o tutelándola con mayor o menor descaro. Cuando los tiempos de las dictaduras militares cotizaban a la baja en el patronazgo occidental, esa vigilancia se volvía más discreta. Si el riesgo para los intereses de casta aumentaba, siempre había un motivo de seguridad nacional que invocar para acabar con la fachada de poder civil y ejercer la función directora sin disimulo ni mediaciones.

India, la rivalidad o la hostilidad de India, que nunca habría aceptado la separación de 1947, es el enemigo invocado de forma sempiterna para arrogarse ese papel sobreprotector de la nación. Recientemente, la guerra en Afganistán (en la que también se quiere ver, cómo no, la mano oculta de la India) ha servido para consolidar la hegemonía militar. O mejor dicho, el totalitarismo militar. Los talibán no son marionetas del servicio de inteligencia militar (ISI),  pero sin éste poco o nada podrían haber hecho para seguir desafiando a Washington.  El actual presidente pakistaní, Imran Khan, un populista excampeón mundial de cricket, el deporte nacional, nunca pudo llegar a ese puesto sin el consentimiento de los cuarteles. Ni siquiera ser candidato. Algunos creen ver una fatiga de este omnímodo poder de los cuarteles (1). Quizás.

Otro ejemplo de Ejército con Estado es Egipto. Se ha impuesto la creencia de que, a la postre, se trata de elegir entre el sable y el Corán. En Occidente se ha preferido siempre lo primero, como quedó palmariamente de manifiesto durante la revuelta que derrocó a Mubarak, hace ahora diez años. En el libro de Ben Rhodes, que entonces ocupaba un lugar destacado en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, queda claramente de manifiesto cómo los principals de la administración (Hillary Clinton, Joe Biden, Bob Gates y la cúpula militar del momento) trataron de evitar la caída del viejo líder autoritario y, al no poder impedirlo, depositaron la confianza en el Ejército como garante de la estabilidad (2).  Obama, como siempre, dudó. Sus simpatías estaban con los revoltosos (como le ocurría a Rhodes). Pero su instinto de político le llevó a contemporizar. Nunca se opuso a la mascarada de Al Sisi.  

El Ejército no pudo evitar que un candidato islamista moderado de los Hermanos Musulmanes ganara las primeras elecciones libres. Pero minó su gobierno, caótico y plagado de reflejos sectarios. Esperó que madurara la crisis y, dos años después de iniciada la revolución, protagonizó un golpe, que presentó de forma hipócrita como antesala de la restauración de la democracia. Pero la democracia no llegó. Al contrario, el régimen de Al Sisi es aún más represivo (3) que el de Mubarak y tanto o más que el de Sadat o Nasser.

Los ejércitos de Pakistán y Egipto comparten un factor esencial que cimenta su poder: en ambos países controlan los sectores esenciales del aparato productivo, dictan los presupuestos militares al legislativo o al Ejecutivo y, por tanto, disponen de palancas muy eficaces para determinar numerosas decisiones administrativas. Definen y  gestionan la corrupción. Son un Estado dentro del Estado, o el Estado que importa y decide. El resto de las instituciones bailan al son que ellos tocan. Poco importa que sean más o menos eficaces en estas competencias arrebatadas al poder político o al sector privado (4).

Un tercer caso aún más brutal que los dos anteriores es el de Birmania o Myanmar (el nombre moderno del país). Allí el Ejército no ha tenido ni siquiera necesidad de justificaciones de cara a sus protectores/cómplices occidentales. Durante décadas ha gozado del completo poder de decidir, sin concesiones aparentes a la democracia o a otras leyes que no fueran las cuarteleras. Durante mucho tiempo, esta dictadura militar ha carecido de rostro identificable en las cancillerías occidentales. No había un Pinochet o un Al-Sisi. Era un poder corporativo, sin ambiciones personales.

Ahora que la vacilante década de democracia tutelada de Aung San Suu Kyii ha tocado a su fin, el Ejército birmano recupera un poder absoluto que nunca perdió del todo. La Premio Nobel de la Paz ha comprobado amargamente que sus intentos de convivencia han resultado inútiles. Ya sea por apaciguar a los militares o por convicción, su lamentable gestión del drama de la minoría Rohingya ha arruinado su prestigio internacional. En Occidente se ha acogido con frialdad su desgracia, sin avalar la absurda imputación militar de fraude electoral.

Los uniformados birmanos solo esperaban el momento propicio para actuar: antes del comienzo de la nueva legislatura salida de los comicios de noviembre.  No puede decirse que hayan actuado por sorpresa. No lo necesitaban. Habían avisado, habían puesto la venda antes de desembarazarse de las apariencias y actuar preventivamente contra un poder civil que podía ir más lejos de lo consentido (5). ASSK y sus principales colaboradores han sido detenidos y el jefe militar, General Hlaing, asumirá el poder, en principio durante el año en que ha sido fijado el estado de emergencia (6).

Durante décadas, el gobierno militar de Rangún contó con la aquiescencia sorda de Pekín. Sin entusiasmo, con el pragmatismo con el que China afronta los asuntos exteriores. Ante una pasividad relativa de Occidente, sólo la persistencia de la dama de hierro asiática y su capacidad para movilizar a una nueva generación de ciudadanos con menos miedo hicieron posible una ilusoria transición. Aquella devolución, como otras muchas que han practicado los militares a lo largo de la historia, venía hipotecada y pesadamente condicionada. Ni siquiera la líder del movimiento democrático pudo ser candidata por otra ridícula disposición legal ad hoc que negaba este derecho a quienes estuvieran casados con extranjeros, como es su caso.

Ahora, el futuro del país no depende de una líder carismática y pacífica, cuya estatura moral de opositora infatigable ha quedado gravemente comprometida (7). Es una sociedad civil más dinámica y activa que nunca la que puede molestar a los impávidos uniformados. De hecho, la facilidad con la que desbarataron el gobierno civil contrasta con la irritación con la que han empezado a reprimir a los primeros manifestantes.

Pero con un presidente abriendo carpetas en la Casa Blanca, un mundo desbaratado que recomponer, una pandemia que atajar, una economía que relanzar, una administración que reconstruir y unos aliados a los que tranquilizar, es dudoso que Myanmar pase al índice de prioridades en Washington.

China dejará hacer en Myanmar, bajo su doctrina de no inmiscuirse en un “asunto interno”. Si acaso, esta rectificación golpista le puede favorecer. En Pekín se está tomando la temperatura a la declarada intención de Biden trabajar con sus aliados en una estrategia global de contención del poder chino. Más allá de las condenas rutinarias y de otra previsible ronda de sanciones, Birmania no pasará de ser una molestia accesoria. El Ejército con Estado (o sin él) por antonomasia tiene barra libre.

 

NOTAS

(1) “Will Military’s Pakistan lose its grip on power? Anger is mounting at the Generals behind  the Throne. AQIL SHAH. FOREIGN AFFAIRS, 22 de diciembre; “Imran Khan isn’t going anywhere. Pakistan’prime minister might just become the first ever to complete a full term”. MICHAEL KUGELMAN. FOREIGN POLICY, 20 de agosto.

(2) “The World as It is. BEN RHODES. PENGUIN RANDOM HOUSE. New York, 2019.

(3) “Egipt’s Sisi intensifies crackdown on rights advocates in warning days of Trump administration”. REBECCA COLLARD. FOREIGN POLICY, 20 de noviembre.

(4) “The implications of Egypt’s military economy”. YEZID SAYIGH. CARNEGIE INSTITUTE, 26 de octubre de 2020.

(5) “Myanmar’s coup was a chronical foretold.The Military brass never relinquished control”. SEBASTIAN STRANGIO. FOREIGN AFFAIRS, 2 de febrero.

(6) “End of Myanmar’s rocky road to Democracy?”. SANA JAFFREY. CARNEGIE INSTITUTE, 2 de febrero.

(7) “Democracy hero? Military foil? Myanmar’s leader ends up as neither”. THE NEW YORK TIMES, 1 de febrero; “How Aung San Suu Kyi went from Nobel Peace Prize to pariah”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 3 de febrero.