LAS PRINCIPALES INCÓGNITAS DE LA INVASIÓN RUSA

2 de marzo de 2022

Después de una semana de operaciones, ya se leen y escuchan valoraciones sobre el aparente fracaso de Rusia en la consecución de sus objetivos militares. Pero ¿cuánto hay de estimaciones objetivas, informadas y desapasionadas y cuánto de posicionamiento político, de intención propagandística, de esfuerzo por insuflar ánimos a los dirigentes de Kiev, de seguir la corriente de simpatía hacia la población civil ucraniana?

Como suele ser habitual, una guerra en curso siempre deja más incógnitas que certidumbres. Estas podrían ser las principales dudas sobre el desarrollo de la invasión rusa de Ucrania:

¿Por qué parece haberse estancado el avance militar después de un comienzo fulgurante?

No parece que una semana sea tiempo suficiente para hablar de estancamiento. Recuérdese  que Estados Unidos necesitó cinco semanas de bombardeos aéreos para forzar la evacuación iraquí de Kuwait. El derrocamiento de Sadam Hussein y la toma de Bagdad en 2003 llevó tres semanas. Y no hay comparación entre los adversarios de entonces y los actuales. Ni el estado de ánimo de la población del país atacado, en cada caso. Es precipitado o interesado afirmar que Rusia ha fracasado de momento. La operación militar es complicada, llevará tiempo y, ciertamente, cuanto más se prolongue, más posibilidades hay de fracaso.

¿Por qué no ha puesto Putin todos los efectivos militares en juego desde un principio?

No conocemos el plan de batalla del Kremlin. La resistencia de los ucranianos frente a la primera fase de la ofensiva rusa era previsible y comprensible, porque poco pueden esperar de una rendición incondicional. Es posible que el mando ruso hubiera planeado el escalonamiento de efectivos en función de la respuesta del adversario. El avistamiento el pasado martes de un convoy de 65 kilómetros de longitud en dirección a Kiev y la intensificación de los bombardeos de Jarkov en las últimas horas indicarían el comienzo de la segunda fase de la ofensiva.

¿Por qué no ha intervenido la aviación rusa de forma más contundente y determinante?

Es una de las cuestiones más intrigantes. Para Justin Bronk, del Instituto de Servicios Reales del Reino Unido, existen varias razones para este comportamiento. En primer lugar, la escasez de munición de alta precisión de los cazas rusos; esta carencia impediría identificar objetivos desde una distancia segura para los pilotos. En Siria, la aviación rusa empleó munición de precisión limitada, lo que provocó muchos daños en zonas civiles, según este experto. Además, la aviación rusa no acredita gran capacidad de coordinación entre sus sofisticados aviones y las operaciones en tierra. Y, por último, Bronk asegura que los pilotos rusos reciben entre 100 y 120 horas de entrenamiento en vuelo por año, mientras británicos y norteamericanos practican entre 180 y 240 horas anuales (1).

¿Por qué se han atacado objetivos aparentemente civiles?

Gobiernos y medios occidentales dan por hecho que se trata de acciones destinadas a crear pánico, a intimidar. Pero conviene recordar que en las recientes guerras lanzadas por Estados Unidos y la OTAN (Afganistán, Irak, Libia, Serbia) se produjeron ataques sobre objetivos civiles y daños personales indeseados y se aseguró siempre que se trataba de errores de distinto tipo. Es más, se quisieron disfrazar, en no pocas ocasiones ocultar (hasta que resultó imposible seguir haciéndolo) y en casi todos los casos justificar con argumentos como el camuflaje del enemigo en núcleos de población civil.

Si, en el caso de Ucrania, la interpretación occidental es correcta, la decisión de Rusia no parece ni muy inteligente, ni muy eficaz. Por poco que le importe a Rusia la condena mundial, en el frente interno la carnicería de civiles siempre resultará difícil de admitir y digerir. Además, estas masacres pueden asustar pero también galvanizar la resistencia y poner más incómoda a China, que hasta ahora no ha condenado la invasión.

¿Por qué la llamada ciberguerra rusa se deja aparentemente esperar?

Hay muchas razones, según un experto consultado por THE ECONOMIST (2). Que los ataques hayan resultado fallidos, que las defensas informáticas ucranianas hayan sido reforzadas por asistentes occidentales o que Rusia quiera preservar unas infraestructuras que cuentan con utilizar en un futuro próximo. En todo caso, en la nebulosa digital es difícil conocer el impacto inmediato. La ciberguerra puede manifestarse en cualquier momento.

¿Hasta dónde llega el apoyo occidental a Ucrania?

Se han incrementado las sanciones y extendido a otros ámbitos inicialmente intocados: la expulsión rusa del sistema de mensajería bancaria SWIFT, el bloqueo de gran parte de las operaciones exteriores del Banco central ruso, el embargo de los intereses personales de Putin, del ministro Lavrov , de algunos oligarcas y de otros personajes cercanos al Presidente, la prohibición de venta de materiales de doble uso, el cierre del espacio aéreo a los vuelos rusos, la censura de los medios y redes sociales, la expulsión de las competiciones artísticas y de los eventos culturales, etc.

En el plano militar, se ha incrementado el suministro de armamento a Ucrania, no sólo defensivo. En Alemania se ha roto el tabú de la venta de armas y se ha puesto fin a cincuenta años de Ostpolitik. Se ha reforzado el dispositivo militar en el flanco oriental de la OTAN.

Pero queda por saber si hay otro tipo de ayuda no declarada. Por ejemplo, el suministro de información esencial para conocer o incluso anticipar los sucesivos movimientos militares rusos, o la ubicación de unidades del enemigo, que facilite la realización de acciones armadas del ejército de Ucrania. Esta labor de inteligencia es esencial en estos tiempos. Tanto que puede determinar por completo la eficacia de cualquier operación militar.

En términos prácticos, puede decirse que Occidente ha entrado en guerra con Rusia.

¿Por qué no han replicado los rusos con represalias económicas a Occidente?

No es suficiente con decir que no pueden hacerlo. No tienen capacidad para responder con la misma moneda, obviamente, porque no controlan el sistema capitalista mundial. Pero tienen un margen de maniobra hasta el momento inexplorado. En la Duma o Parlamento ruso se han escuchado voces de diputados proponiendo que el Kremlin requise negocios o intereses de empresas occidentales en Rusia (3). Moscú ha sido prudente. ¿Hasta cuándo? ¿O es que no considera que las sanciones impuestas por Occidente sean tan dañinas como para abrir otro frente de combate económico?

¿Por qué ha anunciado Putin la puesta en alerta del arsenal nuclear?

Algunos dirigentes y medios  occidentales han querido ver en ello una prueba adicional de la desesperación de Putin: una muestra de debilidad. Puede ser, pero no es una explicación muy convincente. Más bien parece un recurso propagandístico o de intimidación a Occidente para que contenga el apoyo militar a Ucrania. Una forma alambicada de marcar una línea roja. O el intento de sembrar dudas sobre el “riesgo aceptable”.

¿Por qué se han avenido ambas partes a negociar tan pronto?

Cada parte tiene su motivación. Los ucranianos intentarían forzar un alto el fuego y conocer con qué se conformaría Moscú para detener su ofensiva. Una vez jugada la baza militar, no parece que Rusia vaya a dar marcha atrás. Pero necesita escenificar la negociación para hacer creer que no ha abandonado la opción diplomática. Más probable es que ciertos sectores del complejo de poder de Putin hayan exigido este intento de diálogo, en particular los oligarcas, cuyos intereses están amenazados por las sanciones (4).

Tampoco debe descartarse que China haya sugerido ese gesto. En todo caso, negociar es lo más sensato y responsable. Por encima de acusaciones y reproches. Cuánto antes cesen las operaciones militares, mejor para la población ucraniana. Otra cosa es el contenido de las negociaciones y la solvencia de los acuerdos. Como en todo conflicto bélico que se precie.

 

NOTAS

(1) “The mysterious case of the Russian Air Force”. JUSTIN BRONK. ROYAL UNITED SERVICES INSTITUTE, 28 de febrero.

(2) “Cyber-attacks on Ukraine are conspicuous by their absence”. THE ECONOMIST, 1 de marzo.

(3) “La Russie rumine sa risposte économique aux sanctions”. COURRIER INTERNATIONAL, 28 de febrero.

(4) “Une revolte des oligarques pourrait-elle faire tomber Poutin? COURRIER INTERNATIONAL, 1 de marzo.

 

PRIMERAS CONSIDERACIONES SOBRE LA INVASIÓN RUSA

 25 de febrero de 2022

1) Resulta arriesgado hacer especulaciones sobre el alcance de la operación militar rusa. Pero parece evidente que al marchar sobre Kiev y no limitarse a crear una zona de seguridad en el Este del país, el Kremlin ha decidido acabar con el gobierno central e imponer un vuelco favorable a sus intereses. Este propósito exigirá una ocupación militar, se admita o no en Moscú. La victoria militar será comparativamente mucho más fácil que la consecución de los objetivos políticos a medio y largo plazo. Cuando callen las armas, empezará una batalla mucho más larga e insidiosa que desgastará inevitablemente a Rusia.

2) Las invocaciones sobre la dimensión “histórica” de lo que está ocurriendo es una tentación irresistible para la mayoría de los dirigentes y de los editores de los medios informativos. A pesar de la enorme importancia de los acontecimientos que estamos presenciando (los ucranianos, sufriendo), la fase militar no es más que una consecuencia de decisiones políticas y/o diplomáticas anteriores.

3) Algunos juicios sobre la estabilidad mental de Putin o sobre su estatura moral pertenecen más al ámbito de la propaganda o de la retórica emocional que al análisis objetivo de la realidad. El presidente ruso actúa con la crudeza de quien cree defender sus intereses de seguridad sin contemplaciones. La política internacional nunca es un ejercicio de bondad o de ética, sino un complejo sistema de normas y decisiones que se aplican en función del interés, los recursos y las capacidades de cada parte en un momento determinado.

4) Los servicios de inteligencia norteamericanos -y occidentales, por extensión- acertaron en esta ocasión sobre las intenciones del presidente ruso, aunque no fueron exactos sobre el momento de la invasión. Una desviación menor, en relación con las advertencias de la pasada semana, pero completamente exactos con la previsión inicial de que el Kremlin esperaría al final de los Juegos Olímpicos de invierno para no incomodar a China,

5) La reacción occidental, más allá de la solemnidad de las declaraciones de los principales líderes, ha sido, hasta la fecha, muy contenida. Como se esperaba. La gestión de las sanciones contra Rusia  ha seguido la vía gradual, con el supuesto propósito de hacer reflexionar al presidente ruso. Pero nadie cree sinceramente en una rectificación. La operación militar llegará hasta el máximo de las capacidades y no es previsible que la amenaza del daño económico sea muy efectiva para provocar un giro en el comportamiento del Kremlin, que ya tenía descontado el coste de su decisión.

6) La confirmación de la negativa occidental a implicarse militarmente en Ucrania ayuda a comprender por qué la aspiración de una parte de la élite de Kiev de ingresar en la OTAN ha permanecido congelada durante casi catorce años. Ningún gobierno occidental está dispuesto a arriesgar vidas o comprometer recursos por la independencia de Ucrania. Kiev sabía eso de sobra. Es comprensible la amargura de estos momentos, pero no podía esperarse otra cosa.

7) Resulta difícil pensar en estos momentos en una negociación diplomática, pero la Historia nos enseña que eso es lo que ocurre siempre después de un estallido bélico. Lo que ocurre es que los dirigentes se prohíben reconocerlo para no parecer que se premia o tolera la agresión. Eso es precisamente lo que puede haber impulsado a Putin a subir peligrosamente la apuesta. Ya que no ha servido la intimidación, ha considerado inevitable golpear para forzar una nueva disposición del sistema de seguridad europeo.

8) La actual unidad aliada es solo aparente, casi obligada por la gravedad y emocionalidad del momento. Las diferencias de percepción y la asimetría de las relaciones con Moscú no van a cambiar por la invasión rusa de Ucrania. Hay al menos tres grupos de interés en la OTAN: lo extracontinentales (EE. UU., Canadá y el Reino Unido), los europeos occidentales (el núcleo duro de la UE, con París y Berlín a la cabeza, no coincidentes en todo ni mucho menos) y los antiguos países satélites de la URSS. Los márgenes de compromiso con esta Rusia autoritaria, ultranacionalista y nostálgica son muy distintos en cada caso.

9) El reequilibrio de la seguridad en Europa quizás se limitado o no tan desestabilizador como proclaman algunos dirigentes y doctrinarios occidentales. No es previsible que Rusia se atreva a intervenir en los países bálticos y menos aún en los estados centroeuropeos satélites de la URSS, porque eso activaría el artículo 5 del Tratado de Washington, que obliga a todos los aliados a defender al miembro que sea agredido. Tal escenario sería suicida para la Rusia de Putin y podría desencadenar un conflicto devastador.

10) China debía saber desde hace tiempo lo que Putin había decidido hacer para “resolver” la úlcera ucraniana. No es posible pensar que a Pekín le ha sorprendido para nada la escalada militar. Pekín puede asumir esta deriva agresiva de Moscú si no se descontrola. La alianza chino-rusa presenta tantas ventajas como inconvenientes. La tradicional cautela china en su política internacional consistirá en maximizar las primeras y reducir los segundos. Estos días se cumple el 50 aniversario de la visita de Nixon a Pekín, que consolidó el lento giro de la política exterior china tras el cisma comunista de mitad de los años cincuenta. La proclama amistad entre Xi y Putin no puede compararse a la entente entre Mao y Stalin a primeros de aquella década. Aquella fue primordialmente ideológica y ahora prima la dimensión económica y tecnológica.

NI PAZ NI GUERRA: PROPAGANDA

16 de febrero de 2022

Seis semanas después, la crisis de Ucrania parece amortiguada, sin estarlo del todo. Esa va a ser la tónica durante las próximas semanas, quién sabe si meses. O años. En el deliberadamente confuso panorama de este momento, lo único que parece claro es que la crisis tiene mucho de fabricación propagandística. Por ambas partes.

La guerra no ha sido una opción del todo real o material, sino una amenaza. Hay un término ruso para expresarlo: maskirovka (mascarada, camuflaje, engaño). Pero para sostenerse debía parecerlo. Rusia ha acumulado fuerzas que superan técnicamente el umbral de unas simples maniobras. Pero, como ha dicho el propio ministro ucraniano de Defensa, nunca se ha pasado a la fase de combate. Basta leer la prensa rusa para entenderlo (1). El Kremlin ha mantenido una ambigüedad calculada. Natural: para ser creíble, la intimidación se tiene que parecer mucho a la consumación. La historia ayuda: la URSS invadió Hungría y la entonces Checoslovaquia. A veces, no basta con amagar y hay que golpear para hacerse respetar.

En Occidente también se ha desplegado una estrategia análoga, aunque sea menos evidente para el gran público de este lado. Nadie está dispuesto a arriesgar vidas por Ucrania. Eso se reconoce, aunque se utilicen fórmulas diplomáticas que no hieran demasiado la sensibilidad de los ucranianos, muchos de ellos inmigrantes en Europa, por cierto. La aparente firmeza de EE.UU. y de la OTAN se agrietaba con los matices, dudas, temores y vacilaciones de dos de los grandes aliados continentales, Francia y Alemania. Por debajo de una unidad declarativa han persistido diferencias históricas y naturales. Muchos de los reproches y de las viejas cuitas aliadas de la guerra fría han emergido de nuevo, con sus actualizaciones correspondientes. Tópicos como la ambición francesa de una defensa europea autónoma o la ostpolitik (política oriental) alemana han vuelto a circular estas semanas. En muchas ocasiones, más como elementos arrojadizos que como conceptos profundos de una política de seguridad europea.

Hemos podido leer en prestigiosos medios occidentales que “la crisis de Ucrania ha revivido a la OTAN”, o que “la Alianza Atlántica se ha mostrado más fuerte y unida que nunca”. Se trata en realidad de un sofisma. Son tan dudosas esas afirmaciones como la aparente provocación de Macron sobre la “muerte cerebral”. La OTAN existe porque es instrumento necesario del actual orden internacional. Con una Rusia fuerte o con una Rusia débil. Hasta cierto punto, más si cabe en el segundo caso -se justifica en el guion- porque se incrementan las percepciones de inseguridad. Se ha pasado de una Rusia poderosa a una Rusia “revisionista”. Peligrosas ambas.

Las diferencias aliadas son reales pero menos decisivas de quienes pretenden hacer de ellas una muestra del pluralismo occidental. Las alianzas se construyen sobre intereses no sobre principios morales: éstos son el ropaje legitimador. En la crisis de Ucrania, la OTAN no se ha desplegado como un aparato militar preparado para confrontar al adversario, simplemente porque el país pretendidamente amenazado de invasión no es miembro de la alianza. Es un aspirante al que se tiene esperando en la puerta desde hace más de diez años, sin intención real de recibirlo. El ingreso de Ucrania en la OTAN ha sido también una forma de intimidación, en este caso occidental, alambicada e imprecisa, pero con enorme poder intranquilizador para el adversario.

AUTOPROFECÍA CUMPLIDA

El enfriamiento de la crisis transita por senderos previsibles. Ucrania ha dejado entender, con el cruce habitual de declaraciones contradictorias que confirman más que desmienten, que no parece posible ingresar en la OTAN. Y ello a pesar de la presión nacionalista radical como razona lúcidamente un sociólogo ucraniano residente en Chicago (2). Una vez que el gobierno de Kiev ha elevado este propósito al espacio ideal de las aspiraciones constitucionales sine die (como en el capitalismo liberal el derecho al trabajo o a una vivienda digna para todos, etc), Rusia ha hecho un gesto “apaciguador” convenientemente televisado y orquestado (anuncio de fin de una de las maniobras junto a la frontera y declaración formal de seguir hablando). En Washington, también se ha cambiado el tono: de la “invasión inminente” que anunció este fin de semana Jack Sullivan (Consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca) se ha pasado a “la invasión es todavía posible” de Biden en las últimas horas. El mensaje es que no hay que bajar del todo los brazos ni relajar la firmeza. Al cabo se trata de la autoprofecía cumplida. En ambos campos.

El Kremlin puede decir, y dirá, que los occidentales han terminado por comprender que el ingreso de Ucrania en la OTAN no iba a ser tolerado por Rusia. Las demás exigencias que Moscú presentó por escrito pueden ser derivadas a largas y complejas negociaciones. Mientras, eso sí, la amenaza seguirá siendo palpable en las fronteras. Como decía hace unos días el profesor búlgaro Ivan Krastev, la estrategia de Putin no era la guerra, sino una crisis prolongada e hibernada que mantenga un manejable grado de tensión (3). En las próximas semanas, veremos brotes de tensión reavivada en las repúblicas secesionista de Donetsk y Lugansk, y quizás su reconocimiento formal por Moscú (al estilo de Osetia del sur o Abjasia, en Georgia).

Occidente, por su parte, puede decir, y dirá, que Rusia no se ha atrevido a invadir ante las terribles consecuencias para su economía que hubiera supuesto la imposición de sanciones nunca vistas por su severidad y amplitud. La OTAN habría demostrado una vez más su utilidad, como lo hizo durante la guerra fría, al prevenir una invasión soviética que, en caso contrario, se hubiera producido sin el menor asomo de duda.

Cualquiera de estas afirmaciones o posiciones no son verdad o mentira en sentido estricto. Por su propia naturaleza: son suposiciones. Están asentadas sobre el terreno de las percepciones, material con el que se fabrica la propaganda, ahora reforzada por el mayor poder convincente de las imágenes. No es una novedad en sentido estricto (recuérdese el empleo de las fotos de los misiles soviéticos en Cuba en la crisis de 1962). Pero en estos tiempos de asombrosa capacidad tecnológica, ha adquirido una mayor eficacia y credibilidad por la calidad y la penetrabilidad de los recursos técnicos. La inteligencia es secreta solo cuando conviene (4).

PAZ CALIENTE

La vuelta a la guerra fría, esa figura retórica de políticos, diplomáticos, militares, académicos y mediáticos es, sobre todo un estado de ánimo, la construcción de una sensación predominante. Hay otra expresión análoga que suena más sugerente: paz caliente. Su autor es el que fuera embajador de Estados Unidos en Moscú, Michael Mc Faul, que hoy oficia como enseñante de las futuras élites en la Universidad de Stanford. En un libro reciente desgrana una metodología de relación con Rusia. La tesis de McFaul, simplificando, consiste en “enfriar” a Putin, otorgarle piezas menores para extraer de él concesiones vitales para Occidente. Se trata, según sus palabras, de una visión actualizada de la distensión de los años setenta, que él codifica en una fórmula: Helsinki 2.0; es decir, una recuperación del espíritu de la Conferencia de Seguridad celebrada en la capital finlandesa (1975), que propició los posteriores acuerdos de control de armas, desarme y medidas de confianza. El núcleo de aquel proceso era reconocer a la URSS como potencia decisoria en Europa pero marcarle limites y obligarle a admitir lo mismo que había firmado en Yalta: el respeto a los derechos individuales y los imperativos de la democracia.

Lo ocurrido estas últimas seis semanas en torno a Ucrania -y lo que nos queda- hace más necesario pero también más complejo el tratamiento sugerido por McFaul. El equilibrio de los 70 se hizo añicos en los 90, tras la desintegración de la URSS. El juego de concesiones es hoy asimétrico. Rusia quiere recuperar lo que perdió cuando el hundimiento soviético hizo caduco el “espíritu de Helsinki”. Los países satélites de Moscú en Europa del Este se convirtieron en plataformas avanzadas de Occidente, con su incorporación a la OTAN. La última baza que le queda a la Rusia heredera de la URSS es Ucrania. Una cuestión existencial, se repite en Moscú.

EL PAPEL MEDIÁTICO

Una última consideración sobre el tratamiento mediático de la crisis. Los medios (liberales o nacionalistas, serios o tabloides) tienen casi siempre propensión a dejarse arrastrar por la tamborrada bélica. Para los primeros, se trata de alimentar los instintos más simples de patriotismo o de puro morbo. Los otros, en cambio, invocan la responsabilidad, la gravedad de la función de informar en una sociedad libre y otros principios elevados, aunque por debajo fluyan imperativos menos nobles. Por un lado, la vinculación de esos medios responsables con los intereses que encarnan los gobiernos; y, por otro,  la necesidad de fidelizar a una clientela cada vez más esquiva con unos contenidos que siempre suscitan atención. La amenaza de guerra siempre vende más que una incomprensible (y aburrida para la mayoría) disputa diplomática o geoestratégica. Hay más instinto de mercado que sentido de Estado en el tratamiento de las crisis mundiales. La llamada “prensa seria” no se diferencia de la “sensacionalista” en el fondo, sino en la forma. Lo hemos comprobado muchas veces y esta vez no es diferente.

 

NOTAS

(1) “La guerre en Ukraine, una psychose agitée par l’Occident” (resumen de prensa rusa). COURRIER INTERNATIONAL, 15 de febrero.

(2) “Why everything you know about Ukraine is probably wrong” (Entrevista con el sociólogo ucraniano Volodomyr Ishchenko). JACOBIN, 14 de febrero.

(3) “Europe thinks that Putin is planning something worse than war”. IVAN KRASTEV (Instituto de Ciencias humanas, en Viena). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(4) “To reveal or not to reveal. The calculus behind the U.S. intelligence disclosures”. DOUGLAS LONDON. FOREIGN AFFAIRS, 15 de febrero.

(5) “How to make a deal with Putin. Only a Comprehensive pact can avoid the war”. MICHAEL MCFAUL. FOREIGN AFFAIRS, 11 de febrero.

LA CRISIS DE UCRANIA: DISONANCIAS DIPLOMÁTICAS

9 de febrero de 2022

La crisis de Ucrania no remite pero se libra, de momento, en el terreno diplomático o táctico. Se sigue hablando de la guerra en potencial, con las herramientas de la palabra: de la propaganda. En ese combate blando, no todos hablan el mismo lenguaje. O, para ser más preciso, emplean recursos que dejan deliberadamente en duda el significado de lo que se dice, de lo que se anuncia, de lo que se apuesta.

Este juego deliberado de equívocos no se establece solamente entre los adversarios, digamos los aliados de la OTAN y Rusia, o si se quiere utilizar el esquema de la guerra fría, el Este y el Oeste. En cada campo se detectan divergencias, matices, sutiles o ásperos, que reflejan una suerte de disonancias diplomáticas. Es muy evidente en el caso de los aliados occidentales, pero también puede advertirse, con más finura, entre Rusia y China.

MACRON, EL PACIFICADOR

El principal protagonista de esta ambigüedad diplomática es el presidente francés. Como se podía esperar, ha encontrado el momento para acaparar atención informativa y protagonismo, después de una semanas relegado por los tenores ruso y norteamericano. La voz de Macron es barítona pero muy audible, incómoda para los propios, desconcertante para los ajenos.

Después de cinco horas de conversaciones con Putin, el presidente francés compartió sus ideas con los medios. La idea fuerza fue ésta: la guerra se puede evitar, si se atienden los derechos legítimos de seguridad de Rusia, sin menoscabar la soberanía de Ucrania (1). Pero su lenguaje alambicado produjo perplejidad. Insinuó la posibilidad de algo parecido a la finlandización; es decir, la neutralización impuesta más que voluntaria de un vecino de la poderosa Rusia (otrora URSS). Obviamente, no por diktat, sino mediante la negociación de una nueva estructura de seguridad europea. Música muy deleitosa en los salones franceses (2). La noción de neutralidad protegida de Ucrania es también defendida en algunos círculos estratégicos alemanes y americanos (2).  Mientras tanto, para abordar lo más inmediato, Macron apuesta por revitalizar el formato cuadrilateral de Normandía (Rusia, Ucrania, Alemania y Francia) y reflotar los moribundos acuerdos de Minsk. En otras palabras, la intención de Macron consiste en “europeizar la solución de la crisis” (4).

La disonancia no reverberó solamente en Ucrania, donde recibieron a Macron, con “sonrisa crispada”, sino en la propia Moscú. El portavoz del Kremlin negó que, como insinuó el francés, Putin se hubiera comprometido a concesiones concretas o que la concentración de tropas en Bielorrusia se fuera a disolver después de las maniobras en curso. El propio líder ruso dijo, al lado de Macron, que era “demasiado pronto” para valorar las propuestas de su colega francés.

El esfuerzo del titular del Eliseo responde a tres vectores convergentes:

- la continuidad de la singularidad francesa en la alianza occidental, establecida por De Gaulle a mitad de los sesenta (o una década antes, desde la crisis de Suez, en realidad).

- la ambición de liderar una “autonomía estratégica de Europa”, que no sólo establezca criterios y líneas de actuación en relación a Rusia, sino también con respecto al desafío que plantea China y a otros frentes de crisis en la periferia europea (África y Oriente Medio) .

- la inminencia de unas elecciones, que no amenazan con cercenar su carrera política, pero de no obtener un resultado la menos igual o preferiblemente mejor que en 2017, podrían debilitar su liderazgo interno y su proyección internacional.

SCHOLZ, EL CALCULADOR          

El canciller alemán ha contemplado con discreción tanto los equilibrios de Macron, como las maniobras de Putin o las advertencias de Biden. Frente a la verbosidad del líder francés, el jefe del gobierno de Berlín ha aplicado el método merkeliano de las pocas palabras y el tono bajo. Se ha ganado reproches por eso. En Washington, se diga en público lo que se diga, molestó esa posición esquiva durante las primeras semanas de la crisis. Reflejo de ello, la embajadora de Alemania en Washington remitió un despacho encabezado con una frase tópica: “Berlín, tenemos un problema...” (5).

El problema era la credibilidad. En Washington empezaban a dudar se la disposición de su primer aliado en Europa para enfrentarse al adversario ruso, en caso de invasión/incursión en Ucrania. Scholz se ha visto obligado a rectificar. Pero sin aspavientos. Visitó el despacho oval y luego trató de acompasar su mensaje al del líder de la alianza: “Una nueva violación de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania es inaceptable y tendría para Rusia severas consecuencias políticas, económicas y seguramente estratégicas”. Una declaración en línea con el mensaje de Biden, quien tampoco tiene el estómago para guerras.

La posición alemana, en realidad, no ha cambiado tanto. O no ha cambiado en absoluto. En Berlín hay un amplio consenso en el estable sistema político centrista (gobierno y oposición) a favor de preservar la paz y evitar cualquier provocación o desatención. Rusia es, como ya se sabe, el proveedor de casi la mitad del gas que calienta los hogares y hace funcionar la maquinaria productiva del país. Las alternativas manejadas estos días se antojan lejanos y costosos castillos en el aire. La guerra se contempla como una catástrofe inaceptable no sólo para ucranianos y rusos, sino también para los alemanes. Y, tras dos guerras mundiales en treinta años el pasado siglo, los germanos tienen aversión a las catástrofes.

Al cabo, como dice el profesor búlgaro Ivan Krastev, a Europa no le preocupa tanto la guerra como la amenaza de guerra, o la guerra sin fuego, que Putin pueda mantener largo tiempo (6).

BIDEN, EL RETICENTE

El presidente norteamericano está incómodo con esta crisis. Tiene una profunda desconfianza de Putin, por muchas razones. Como representante del establishment político nutrido en la guerra fría, le cuesta aceptar que la Rusia de hoy es algo demasiado distinto de la URSS. Como patricio demócrata, no le perdona al presidente ruso que interfiriera en las elecciones de 2016 para favorecer la victoria de Trump, al que podía manejar mejor que a la señora Clinton. Como político en retirada, y quizás presidente de un solo mandato, le agobia ser consumido por una crisis exterior, cuando intenta dejar un legado de (tímidas) mejores condiciones de vida y derechos sociales semejante al de Johnson. Como eso que se llama retóricamente “líder del mundo libre”, le interesa mucho más dejar sentadas las bases de la contención de China, el adversario sistémico del siglo XXI, que abrir del nuevo el libreto de la confrontación con Rusia, el enemigo derrotado del siglo XX.

En la burbuja del poder norteamericano también se percibe una cacofonía, por debajo de la oficial unanimidad del credo liberal. Los “halcones” reprocharon a Biden que, al principio de la crisis, hiciera una distinción entre “invasión” e  “incursión menor” de Rusia. O que rechace de plano el envío de tropas a Ucrania. En cincuenta años de carrera política ha sido siempre resistente a las aventuras militares de Estados Unidos. Después de todo, la “lección de Vietnam” fue un mantra para su generación. Ahora, el axioma de Metternich (“la diplomacia es la guerra por otros medios”) le obliga a utilizar un lenguaje más belicista del que quisiera.

ZELENSKI, EL ASEDIADO

Aún más evidentes son las disonancias entre los supuestos protectores y el protegido. En Kiev no ha sentado bien que Macron se mostrara tan “solícito” con Putin. Pero al gobierno no le ha gustado nada el tono “alarmista” de Washington o Londres, por la inducción al pánico y la erosión de la confianza en una economía que ya capotaba antes de este último sobresalto (7). El presidente ucraniano trata de armar un núcleo de lealtades en un país donde el poder está muy claramente al margen de las instituciones. Zelensky encuentra más confort en los países bálticos o en Polonia que en los pesos pesados europeos (8). La ministra alemana de exteriores intentó tranquilizar los aliviar el agobio del gobierno ucraniano, pero sin moverse un ápice de la negativa a proporcionarle armamento. La defensa de Ucrania es más retórica que material.

XI Y PUTIN, UNA EXTRAÑA PAREJA ESTRATÉGICA

Finalmente, las disonancias tampoco están ausentes en la aparente nueva armonía entre Moscú y Pekín. En los medios más conservadores o belicistas occidentales, la cumbre de los Juegos de Invierno ha dejado una impresión apresurada de frente estratégico euroasiático. Lejos de la realidad. Las versiones rusa y china de la declaración conjunta final evidencian el distinto tono y temperatura de cada parte. Pekín asume la crítica a la OTAN y el rechazo a un orden internacional impuesto según los criterios occidentales, pero es muy evasivo en el asunto de Ucrania (China nunca ha reconocido la toma de Crimea por Rusia).

Los que agitan el especto del peligro chino han llegado a decir que una invasión rusa de Ucrania no suficientemente castigada alentaría los designios anexionistas de China con respecto a Taiwan. Pero Xi Jinping sabe que no está el horno de la economía china para batallas militares, ni para sanciones económicas occidentales, si Pekin acudiera en socorro de Rusia. China compra y vende a Europa bienes y servicios por valor diez veces superior a lo que comercia con Rusia. Una cosa es la convergencia de ideas, propósitos y conveniencias y otra arriesgar la estabilidad de un crecimiento que renquea (9). El principio de que el enemigo de mi adversario es mi amigo incondicional no encaja en el pragmatismo chino.  


NOTAS

(1) “Emmanuel Macron teste une ‘méthode’ de désescalade face à Vladimir Poutin”. BENOÎT VIKINE y PHILIPPE RICARD (Corresponsales en Moscú). LE MONDE, 8 de febrero;

(2) “La place de l’Ukranie dans l’OTAN, équation insoluble de Emmanuel Macron”. PHILIPPE RICARD (Corresponsal en Moscú). LE MONDE, 9 de febrero;

(3) “How to break the cycle of conflict witn Russia”. SAMUEL CHARAP. FOREIGN AFFAIRS, 7 de febrero.

(4) “Emmanuel Macron’s remarks on Russia set alarm bells ringing”. PATRICK VINTOUR. THE GUARDIAN, 8 de febrero;

(5) “Olaf Scholz is coming to America on a mission of salvage mission”. TORSTEN BENNER (Director del Instituto de Política Global, en Berlín). FOREIGN POLICY, 4 de febrero; Germany has a little maneuvering room in Ukraine conflict”. DER SPIEGEL, 24 de enero.

(6) “Europe thinks that Putin is planning something worse than war”. IVAN KRASTEV (Instituto de Ciencias humanas, en Viena). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(7) “Ukraine’s Zelensky’s message is don’t panic. That’s making the West antsy”. DAVID STERN y ROBIN DIXON. THE WASHINGTON POST, 31 de enero;

(8) “Deçu par les États-Unis et l‘UE, l’Ukraine cherche des nouveaux alliés. SERGEÏ STROKAN (Columnista de KOMMERSANT), reproducido en COURRIER INTERNACIONAL, 2 de febrero;

(9)”Don’t buy the Xi-Putin hype”. CRAIG SINGLENTON. FOREIGN POLICY, 8 de febrero.

PORTUGAL Y EL VENTILADOR POLÍTICO ASISTIDO DE LOS SOCIALISTAS EUROPEOS

 2 de febrero de 2022

El triunfo por mayoría absoluta de los socialistas en Portugal (42% de los votos) constituye un rara avis en Europa por su contundencia: sólo en los países con sistema electoral mayoritario se han dado márgenes similares. Pero no se trata de una primicia política: las últimas citas con las urnas han sido benignas con los partidos de centro-izquierda.

Un competente proceso de vacunación (90% de la población, inmunizada) y esa perspectiva de alivio económico (18.000 millones de euros) han favorecido el triunfo tan claro (no tan inesperado como indicaban engañosamente los sondeos) de los socialistas portugueses. Cuatro de cada diez votantes han decidido que no era momento de riñas ideológicas o de radicalismos sobre la profundidad del empeño, sino de gestión estable de los fondos europeos.

La izquierda radical negó al socialista Costa el apoyo a los presupuestos por entender que no era suficientemente ambicioso en la lucha contra los desequilibrios sociales, y podía tener base material para el reproche. Pero es muy dudoso que la alternativa (derechista, fragmentada y atosigada por el crecimiento de una ultraderecha hasta ahora testimonial) fuera a ser más beneficiosa para los desfavorecidos. En tiempos de crisis, el miedo a lo desconocido o el riesgo de empeorar alienta a las opciones continuistas. El líder socialista portugués lo supo ver con claridad y prefirió aceptar el reto electoral que enredarse en discusiones desgastadoras.

Los resultados en Portugal han disparado los análisis y comparaciones, interesadas u honestas, con las perspectivas en España, donde una coalición de izquierdas renquea pero se mantiene. Pese a la cercanía geográfica y cultural, las diferencias políticas entre los dos estados ibéricos son profundas y los factores que operan en los equilibrios electorales resultan muy dispares. Las disputas nacionalistas y autonómicas en España no existen en Portugal. Allí, la tensión territorial es más social que ideológica. En el centro, los partidos minoritarios de izquierda tienen menos capacidad de presión, aunque les alcanzara durante los últimos años para forzar un acuerdo parlamentario con los socialistas.

LIDERAZGO EUROPEO

Portugal ha sido uno de los principales territorios reserva del socialismo democrático durante la terrible década anterior. De los países continentales con una población superior a los 10 millones, Portugal es el que cuenta con el Partido Socialista continental más robusto en las urnas, con una media del 32,2 % entre 2009 y 2020. Después del domingo, esa cifra se eleva casi dos puntos y medio. El PSOE presenta una media del 26% en el periodo señalado.

No debe olvidarse al PS rumano, que atesora casi tres puntos y medio más que el portugués (35,6%), pero sus pobres resultados en 2020, los peores en el siglo XXI, tras unos escándalos de corrupción, auguran una etapa de debilidad.

Si consideramos al resto de la UE (hasta 2020), el PSP sólo fue superado por el Labour británico (33,2%), favorecido por un rígido bipartidismo, y más claramente por los laboristas malteses, con un porcentaje medio de votos del 56%, pero Malta tiene medio millón de habitantes y las opciones izquierdistas son casi inexistentes.

En comparación con los feudos históricos de la socialdemocracia en el norte y centro de Europa, el rendimiento electoral del PSP cobra más valor aún. Los socialdemócratas de Islandia gozan de una media casi idéntica (32,1%) a la de sus colegas lusos, pero los potentes vecinos laboristas noruegos están un punto por debajo, y seis los socialdemócratas suecos (números idénticos a los españoles). Los daneses atravesaron por dos décadas sombrías, en especial la última, con un resultado medio inferior al 18% (catorce puntos menos que los lusitanos).

En Alemania, país más poblado y más rico de la UE, el SPD experimentó un largo y sostenido declive desde el 40% de 1998 hasta el 20,5% de 2017, su suelo posterior a la II guerra mundial. En otros países centroeuropeos con fuerte implantación del puño y la rosa, hubo significativos retrocesos (Austria) o incluso derrumbes (Holanda).

UN RESCATE KEYNESIANO

El socialismo democrático como opción de gobierno estaba anémico antes de la pandemia, cuando la doctrina neoliberal, pese a los calamitosos efectos sociales, aún dominaba los criterios de la economía política en el continente. El hundimiento de los laboristas británicos, de los socialdemócratas alemanes y de los socialistas franceses así lo atestiguaba. En el feudo nórdico, los partidos promotores del estado providencia se encontraban en su peor momento. Sólo en el sur de Europa, especialmente castigada por la depresión de la década anterior, el desgaste de los partidos de la derecha, les había permitido una nueva oportunidad.

El destrozo económico de la Covid y sus terribles efectos sociales (que sólo han empezado) obligó a modificar la ortodoxia europea y acudir a un keynesianismo en forma de fondos de reconstrucción, aunque condicionado y temporalizado. La socialdemocracia se ha encontrado con un ventilador político asistido, inesperado hace dos años, que aliviará ligeramente la catástrofe social. Eso le permite recuperar un discurso de vuelta a los principios y a la gestión de políticas públicas que ya no sean sinónimas de burocratismo, estancamiento y corrupción, como fustigaban los mandarines neoliberales, sino motor de una recuperación productiva y de corrección tibia de la desigualdad social. El socialismo democrático que se dejó arrastrar por la marea neoliberal se engancha ahora al oxígeno dulce de los fondos europeos para sanear sus pulmones políticos y recobrar espacio vital.

Los partidos socialistas han vuelto al poder en Alemania, Escandinavia y Dinamarca. Pero los tiempos no han cambiado en balde. Aquel modelo social nórdico o ese capitalismo renano pactista que fungió el SPD son hoy muy distintos. En los países nórdicos, los partidos socialistas democráticos han endurecido sus políticas de inmigración, según dicen para hacer viable el estado del bienestar (1).

Este nuevo escenario estará plagado de paradojas. No menor es la de Suecia, donde se produjo una situación con cierto paralelismo al caso de Portugal, aunque con resultado diferente. La primera ministra socialdemócrata, Magdalena Andersson, perteneciente al ala derecha del partido, tuvo que dimitir al negarle sus socios de izquierda el apoyo al presupuesto. Recuperó el cargo al cabo de una semana, pero el proyecto de cuentas públicas que salió adelante en el Parlamento fue el defendido por los partidos de la oposición-liberal.

En Alemania, el desgaste político de Angela Merkel, la gran dama de la euroausteridad, y de sus mediocres herederos y la necesidad de dinero público para reflotar el crecimiento han acelerado el ventilador de respiración asistida. El SPD ha pasado de ser un enfermo crónico a dirigir de nuevo la Cancillería, 16 años después, aunque en frágil y precario equilibrio con liberales y ecologistas. En otros lugares del centro y oeste de Europa, los partidos socialdemócratas confían en que les llegará pronto el tiempo de salir del purgatorio.

Francia es la gran excepción. El PSF está en coma, rodeado de otros antiguos compañeros/ rivales de viaje con no mejores condiciones de salud. Incluso los intentos supuestamente novedosos de participación popular, como la Primaria de este pasado fin de semana, parecen condenados de antemano por una suicida aversión a la unidad. Parte del caudal de voto socialista, comunista o izquierdista francés se canalizará hacia la extrema derecha nacionalista (el RN, de Marine Le Pen), ahora amenazada por una deriva populista-libertaria-trumpiana, personalizada en Éric Zemmour.

Los próximos años serán decisivos para comprobar si hay un cambio de rumbo en Europa. La normalidad pospandemia y, en particular, la recuperación de los parámetros económicos obligará a los partidos socialistas democráticos a definir sus políticas. Sin ventiladores.

 

NOTAS

(1) “Les habits neufs de la social-democracie escandinave”. ANNE-FRANÇOISE HIVERT (corresponsal en Suecia). LE MONDE, 21 de enero; “Nordic countries aren’t actually socialists”. NIMA SANANDAJI. FOREIGN POLICY, 27 de octubre; ( ) “Au Danemark, le dur combat des opposants à la politique migratoire”. LE MONDE, 28 de enero.

LA CRISIS DE UCRANIA: ¿HACIA EL ENFRIAMIENTO?

26 DE ENERO DE 2022

La evolución de la crisis en Ucrania se mueve entre las movilizaciones militares sazonadas con las advertencias de los dirigentes al bando adversario y las expresiones de opinión de los medios, generalmente estimulados por unas perspectivas de conflicto mayor que alimentan el interés público. Pero, en sordina, se trabaja en una solución negociada, más en sintonía con el buen juicio y la gravedad de la situación.

Ambas líneas no son necesariamente incompatibles, sino todo lo contrario: se complementan. La opción militar necesita que se haya demostrado fehacientemente la imposibilidad de una salida diplomática previa. En la opción negociadora, cada parte refuerza -o cree reforzar- sus bazas haciendo muy creíbles las amenazas del uso de la fuerza, sin incurrir en la exageración o en la exhibición de una conducta belicosa.

En la crisis de Ucrania estamos asistiendo justamente a eso. Rusia ha asentado sus fuerzas militares en las fronteras norte, este y sureste de Ucrania, pero ha atemperado notablemente el discurso, en espera de la respuesta norteamericana (no dice de la OTAN) a sus demandas de seguridad. En Occidente, predomina estos días el peso de la retórica y la escenografía militar: 8.500 soldados norteamericanos en alerta ante un posible despliegue en Europa del Este; envío de material militar a Ucrania (de parte del Reino Unido, de Francia y otros); aceleración de los preparativos de maniobras militares ya previstas. No es casualidad que sea en Londres donde más se escuchen tambores de guerra. Boris Johnson lucha por la supervivencia política, y nada mejor que el fantasma bélico para desviar o confundir atenciones. En otras capitales europeas se insiste en la priorización de la solución diplomática.

SON LOS INTERESES, NO LOS VALORES

El relato político-mediático en Occidente se asienta en dos vectores doctrinarios:

1) hay que defender a Ucrania frente a la amenaza de “agresión rusa” por una cuestión de valores y de compromiso con el sistema democrático y las libertades.

2) la necesidad de la cohesión aliada.

Si se pone énfasis en estos dos argumentos -legitimador el primero, instrumental el segundo- es justamente porque no son del todo reales, o la realidad no es tan clara como se proclama.

Ucrania no es un modelo de democracia. Ni siquiera podría considerarse un país democrático a falta de reformas o ajustes para ganarse la acreditación. Como en el resto de países de la antigua Unión Soviética, el sistema liberal no ha prendido. El poder real reside en una red de corporaciones y agentes políticos lubrificada a gran escala por la corrupción, el clientelismo, el tráfico de influencias y favores y la codicia de las nuevas élites (nomenklaturas), que controlan casi las tres cuartas partes de la economía nacional. Algunos de estos oligarcas como Ahmetov, el más poderoso, se han visto perjudicados por la pérdida de Crimea o la revuelta en las regiones orientales, donde ha perdido la mitad de sus beneficios por las expropiaciones (1).

Un acontecimiento apenas reflejado en nuestros medios refleja el peculiar funcionamiento de la democracia ucraniana. La justicia ha rehusado detener al expresidente Poroshenko tras regresar a su país, a pesar de los diversos cargos por corrupción y abuso de poder. Durante la crisis de 2014, su principal interlocutor exterior fue Joe Biden, encargado por Obama de coordinar la relación con Kiev. La decisión judicial coincidió con la visita Blinken. El Tribunal Supremo ucraniano no quiso incomodar al jefe de la diplomacia americana, porque hubiera sido como desairar indirectamente al presidente Biden (2).

Más relevante es el ninguneo práctico que las potencias occidentales están haciendo de los dirigentes políticos ucranianos. No están en los foros más o menos decisorios: sólo en la OSCE, que es una organización prevista para prevenir crisis no para resolverlas.

Al Presidente Zelensky nunca se le ha tomado en serio, más allá de un respeto protocolario. No se le ve capacitado para el cargo y, lo que es peor, se le considera como una marioneta de personajes más poderosos: de hecho, en la fase de su ascenso político respondía a los intereses de Kolomoiski, el oligarca propietario de la cadena de televisión donde se emitía su programa de humor. Después de romper con él, Zelensky se ha asentado en una base de poder institucional sin demasiado fuste. Los altos mandos militares y los políticos que representan a los conglomerados industriales no tendrán problemas para dictarle las decisiones oportunas.

No hay, por tanto, un propósito sincero en la defensa de una democracia ejemplar, ni siquiera en gestación. No es ingenuo sino interesado afirmar que Putin teme una Ucrania democrática adscrita al orden liberal. Hay más semejanzas que disparidades entre los sistemas políticos ruso y ucraniano.

Aún más irónico resulta que estos últimos días altos cargos de Ucrania hayan desautorizado el tono alarmista propagado desde Occidente. El Ministro de Defensa reveló en televisión que “Rusia no había dispuesto hasta la fecha ni un solo grupo de combate en la frontera, lo que indica que la invasión no es para mañana”. En Exteriores, se consideró “alarmista” la orden de retirada de las familias del personal diplomático, efectuada por Washington y Londres (3).

A VUELTAS CON LA COHESIÓN ALIADA

En cuanto a la otra proclama del momento en la crisis, la cohesión aliada, las costuras son aún más visibles. La unidad es la cara visible -o visibilizada- de la relación transatlántica; en bastidores se trabaja afanosamente por limar las discrepancias, que no son pocas ni menores. Alemania está siendo presionada para que abandone su política de apaciguamiento con el Kremlin. Ya se empiezan a escuchar en Berlín declaraciones más severas hacia Moscú. Desde la cancillería se ha dejado entender que, en caso de invasión, la entrada en funcionamiento del gasoducto Nordstream 2 se suspenderá sine die. La actitud alemana en la crisis, las relaciones con Rusia y su papel en la arquitectura de seguridad europea merecen análisis aparte (4).

Estados Unidos intenta garantizar que tanto Alemania como el resto de sus aliados europeos se vean afectados lo menos posible por el suministro de gas. Se hace virtud de la necesidad: las compañías norteamericanas que producen gas licuado podrían compensar un hipotético cierre, interrupción o disminución del suministro ruso. El semanario liberal THE ECONOMIST ofrece un estudio de la dependencia energética europea de Rusia. La conclusión es que los hogares no se quedarán fríos y las fábricas y servicios no se pararían, pero el coste de las facturas sería más alto. No es un alivio, o no muy claro, en todo caso (5).

EL MARGEN NEGOCIADOR

Se vocea y se negocia. En las principales capitales aliadas se estudia qué posible respuesta por escrito (ya se ha aceptado esta condición de Moscú) se puede dar al Kremlin, que a Putin le resulte satisfactoria y que sea aceptable para Occidente ( ). De las tres demandas presentadas por los negociadores rusos en Ginebra y Bruselas, la primera, es decir, el abandono de la candidatura de Ucrania a ingresar en la OTAN, es la más asequible, aunque los detalles de la fórmula sean espinosos. Se podría plantear una moratoria temporal (25 años, por ejemplo: más allá de la vida previsible de Putin), o unas condiciones de acceso que harían muy difícil el acceso del país a la alianza occidental. Lo que ha ocurrido hasta ahora, sin ir más lejos.

La renuncia a instalar o desplegar fuerzas militares occidentales en Ucrania tampoco parece un escollo insalvable, siempre y cuando Moscú ofrezca garantías equivalentes. Occidente puede hacer valor el compromiso de 1994, cuando Ucrania aceptó ceder el arsenal nuclear soviético desplegado en su territorio y Rusia se comprometió a defender y respetar la seguridad de su vecino suroccidental. Pero Crimea y el Donbas no son precedentes venturosos.

Lo más complicado es satisfacer a Rusia en su exigencia de revertir el sistema de seguridad militar occidental es los antiguos países del Pacto de Varsovia, en particular los bálticos, Polonia, Rumania o Bulgaria. El Kremlin tendría que ceder en ese punto o al menos reformular sus demandas de manera más ambigua, mediante medidas de confianza, para abrir espacios de compromiso. Después de todo, cuatro de las cinco ampliaciones de la OTAN desde 1990 se ha ocurrido con Putin en el Kremlin, sin demasiado ruido, ni diplomático, ni militar.

Hay puntos que pueden ser negociables. Se puede revivir el tratado INF, que implicaba la renunciar a desplegar en territorio europeo armas nucleares de alcance intermedio (de 500 a 3.500 kilómetros), del que Trump se retiró alegando que Moscú lo violaba sistemáticamente. Los expertos consideran que se podía iniciar una negociación compleja pero no inviable.

Otro elemento de negociación sería el reposicionamiento de las defensas antimisiles que Estados Unidos instaló en Polonia y Rumanía (se dijo en su momento que podían servir para protegerse de ataques rusos, pero también de los iraníes o de otras potencias hostiles en Oriente Medio), y el uso futuro de las bases aéreas que pueden albergar aviones con capacidad para transportar armas nucleares.

En realidad, el problema con la vía negociada es que mientras el Kremlin actúa con las manos libres, Washington depende de la aceptación de algunos aliados menores temerosos del comportamiento ruso y, sobre todo, de un legislativo que puede boicotear un posible pacto. En el pasado, los tratados de limitación o reducción de armamento con la URSS estuvieron paralizados durante años al no ser ratificados por el Senado. Ahora, en aquellos elementos con rango suficiente para escapar a la acción ejecutiva presidencial, podría ocurrir lo mismo. Por eso Moscú insiste en demandar compromisos “efectivos”.

En definitiva, la guerra no es inevitable, ni mucho menos. Pero tampoco puede descartarse, por una provocación que escape al sistema de control, o por un “accidente” que encienda la mecha. Lo más probable es que, en virtud de la preservación de los intereses de las partes,  principio prevalente en las relaciones internacionales, se conjure el peligro bélico... o, en el peor de los casos, se limite su desarrollo y alcance.

 

NOTAS

(1) “Ukraine needs a political deal at home to defend against Russia. Bringing oligarchs on board is vital for reform efforts”. KAMRAN BOKHARI. FOREIGN POLICY, 4 de enero.

(2) “Court in Ukraine declines request to arrest former President”. ANDREW KRAMER. THE NEW YORK TIMES, 19 de enero.

(3) Declaraciones del Ministro de Defensa a la cadena de TV ucraniana ICTV; “State department orders diplomat’s families to leave U.S. Embassy in Ukraine, citing ‘threat of Russian military action’”. THE WASHINGTON POST, 25 de enero.

(4) “Germany has a little maneuvering room in Ukraine conflict”. DER SPIEGEL, 21 de enero; “Allies question Germany’s Ukraine approach”. COL QUINN. FOREING POLICY, 24 de enero; “Germany’s new Chancellor hesitates about in the face of Russia’s threats”. THE ECONOMIST, 25 de enero; “Where is Germany in the Ukranie standoff? Its allied wonder. KATRIN BENNHOLD. THE NEW YORK TIMES, 25 de enero.

(5) “How will Europe cope if Russia cuts off its gas? THE ECONOMIST, 24 de enero; “US finalizing plans to divert gas to Europe if Russia cuts off supply”. THE GUARDIAN, 25 de enero.

(6) “What a week of talks between Russia and the West revealed”. DMITRI TRENIN. CARNEGIE, 20 de enero; “War may loom, but are they Offrams? DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 24 de enero.

LA CRISIS DE UCRANIA: HECHOS, INTERESES, PERCEPCIONES Y ESPECULACIONES

19 de enero de 2022

Gobiernos, parlamentos, estrategas, militares, académicos y periodistas andan desde hace semanas envueltos en el torbellino de la crisis ucraniana, ante la eventualidad de un conflicto mayor entre Rusia y la OTAN. Con bastante frecuencia, en los análisis se confunden en hechos y especulaciones, intereses y percepciones, información y propaganda. No por primera vez, los medios se dejan llevar por la excitación de una guerra en ciernes. En este clima, es recomendable esforzarse en intento desapasionado de explicación de la crisis.

LOS HECHOS

Desde 1990, se han incorporado a la OTAN cinco países del desaparecido Pacto de Varsovia (Polonia, Chequia/Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria) y los tres estados bálticos exsoviéticos (Estonia, Letonia y Lituania). Esto ha supuesto la extensión de la Alianza Atlántica hacia el Este, con una profundidad de 1.000 kilómetros desde la línea de división de Alemania establecida al final de la segunda guerra mundial. Rusia contempla bases y/o fuerzas a priori hostiles en los estados bálticos, a 200 kilómetros de San Petersburgo y 600 km. de Moscú.

Moscú sostiene que, tras el final de la guerra fría, Occidente se comprometió a no cercar a Rusia con la ampliación de la OTAN hacia el Este. Los dirigentes occidentales niegan ese compromiso, aduciendo que la pertenencia o no a una alianza es decisión soberana de los países y no el resultado de una imposición o un veto. Gorbachov ha dicho recientemente que, aunque no se firmó nada, el compromiso de la no ampliación fue siempre un sobreentendido.

En la cumbre de 2008, celebrada en Bucarest, la OTAN, por iniciativa de la administración Bush.  prometió a Ucrania y Georgia una “futura” incorporación. Tras ese compromiso, Georgia trató de recuperar el control de dos entidades con mayoría de población rusa (Abjasia y Osetia del Sur), lo que precipitó la intervención rusa y la derrota del ejército georgiano.

A finales de 2013, la decisión del gobierno del prorruso Yanúkovich de suspender las negociaciones con la Unión Europea, provocó una rebelión ciudadana, apoyada desde Occidente. Durante los enfrentamientos con la fuerzas de seguridad, se detectó la presencia de fuerzas ultraderechistas. Yanúkovich, privado del apoyo de Putin, que lo veía quemado, huyó y facilitó el acceso al poder de fuerzas políticas prooccidentales.

En marzo de 2014, fuerzas de élite rusas camufladas realizaron una intervención relámpago y se hicieron con el control de la península de Crimea, que era territorio ucraniano desde 1954, por decisión de la dirección soviética, liderada entonces por Nikita Kruschev (ucraniano de nacimiento). En el puerto de la ciudad de Sebastopol se asentaba la fuerza naval meridional de la URSS. Poco después, fuerzas separatistas en las poblaciones de lengua rusa del este de Ucrania (Donbass) lanzaron una ofensiva contra el gobierno de Kiev, por considerar que sus políticas y su orientación prooccidental les perjudicaban gravemente. Estalló la guerra, los separatistas lograron el control en las regiones de Luhansk y Donetsk y pelearon por el control de la franja meridional ribereña del Mar Negro, hasta que los acuerdos de Minsk, promovidos por Alemania y Francia, establecieron un alto el fuego, el intercambio de prisioneros, el fin del apoyo militar ruso a los insurgentes y el compromiso de un régimen de autonomía política en las regiones orientales. Desde entonces, los dos primeros puntos se han cumplido parcialmente, con escaramuzas y dificultades. El tercero y cuarto son motivo de polémica. Kiev quiere que primero se replieguen las fuerzas rusas y Moscú afirma que sin la presencia disuasoria de Rusia los intereses políticos de los rusófilos no serán satisfechas.

El presidente ucraniano desde mayo de 2019, Volodymyr Zelensky, un humorista convertido en dirigente populista, acaba de presentar un plan para reforzar las medidas de confianza y entablar un dialogo directo con el Kremlin. El gobierno se siente marginado en las reuniones de la última semana (sólo estuvo en la la poco operativa OSCE) y trata de recuperar un protagonismo que Moscú le niega y Washington y Bruselas le escamotean.

A  largo de los últimos meses, Rusia ha ido acumulando tropas (más de 100.000 soldados), armamento (artillería, carros de combate y vehículos blindados) y material diverso en la proximidad de su frontera suroccidental, lo que ha disparado temores en el gobierno de Kiev y especulaciones en Occidente sobre una posible invasión/intervención militar rusa en Ucrania. Ante un grupo de cargos militares y de seguridad, Putin habló en diciembre de “medidas técnico-militares”, si Occidente persistía en su “actitud obviamente agresiva”. Meses antes, en abril, Putin advirtió que la respuesta rusa sería “asimétrica, rápida y dura”.

En los últimos seis o siete años, las fuerzas ucranianas han sido reforzadas con material militar occidental de rango bajo o medio, programas de adiestramiento y asesoramiento occidental de primer orden. El coste de esta ayuda reforzada ha sido de 2.500 millones de $. Sólo en los últimos tres meses, la defensa ucraniana ha recibido 180 misiles del tipo Javelin, dos buques patrulleros, munición abundante y equipamiento diverso. Kiev ha intensificado sus demandas de integración en la OTAN y Moscú sus advertencias de que nunca tolerará tal eventualidad.

La pasada semana se celebraron tres rondas de conversaciones, sin aparentes avances: una bilateral entre Moscú y Washington, el Consejo OTAN-Rusia y una sesión ministerial de la OSCE (foro de seguridad y cooperación que reúne a todos los países del continente, más EE.UU y Canadá). En las tres, Rusia presentó sus demandas o exigencias: renuncia de la OTAN a continuar su extensión al Este, revisión del despliegue militar occidental en los países orientales y prohibición de armas nucleares en Europa (Trump denunció en 2018 el  tratado INF sobre misiles del alcance intermedio, aduciendo que Moscú lo incumplía). Se anuncia un encuentro de ministros de exterior ruso y norteamericano, este viernes, en Ginebra.

LAS PERCEPCIONES

Para Rusia, Ucrania es un país vital en su perímetro de seguridad. Aparte de este factor estratégico, el Kremlin agita la aspiración nacional de reintegrar en el espacio propio un territorio considerado como cuna de la patria rusa. Durante siglos, Ucrania fue la frontera frente al Imperio Otomano; de ahí deriva su nombre (Krajina). En julio, Putin publicó un artículo en el que alentaba la “unidad histórica de rusos y ucranianos”.

Rusia estima que la consolidación de la deriva occidentalista de Ucrania es el paso definitivo para aislar y atosigar a Rusia, que comenzó con la desaparición de la URSS. El ingreso de Ucrania en la OTAN es inaceptable, porque los adversarios de Rusia avanzarían hasta su misma puerta. Incluso, sin una incorporación formal, la creciente cooperación militar entre Ucrania y Occidente convierte a ese país en plataforma de intimidación contra Rusia.

Las autoridades rusas se han mostrado equívocas o imprecisas sobre sus planes. Los diplomáticos que han participado en las recientes conversaciones han priorizado un registro negociador, sin dejar de apremiar sobre acuerdo pronto y satisfactorio. En un tono más duro, Putin y sus ministros advierten que la paciencia de Rusia se agota y reafirman las líneas rojas para Moscú. El titular de Defensa, Sergei Shoigu, ha denunciado, sin dar pruebas, que mercenarios norteamericanos habían introducido en Ucrania “componentes químicos”.

Tatiana Stanovaya, analista rusa de la consultora estratégica R.Politik, crítica con el Kremlin, considera que esta ambivalencia rusa es muy del agrado de Putin. Otros exmilitares o exdiplomáticos que trabajan para instituciones norteamericanas, como el Carnegie Center, señalan que Putin concentra el poder decisorio y no tiene que responder ante un Politburó.

Estados Unidos cree que Rusia trata de ampliar su área de influencia, incluso su territorio, para recuperar gran parte del poder intimidatorio de que dispuso durante la guerra fría. Se atribuye al Kremlin una intención revisionista de las relaciones de poder establecidas a comienzos de los noventa. El equipo de seguridad norteamericano perciben en las reclamaciones rusas un tono de agresividad y unilateralismo y la vía diplomática es una simple tapadera o distracción. Europa sigue siendo un mercado fundamental para Estados Unidos, pese a haber perdido peso en las últimas décadas, en beneficio de Asia.

En Europa, se coincide en la intención revisionista de Moscú con respecto a 1990. El establecimiento de un gobierno prorruso en Ucrania se contempla como un vuelta indeseable a los riesgos de amenaza militar, reales o supuestos, que caracterizaron a la guerra fría. De ahí que se mantenga oficialmente una línea de cohesión aliada, coherente con el propósito de restablecer la sintonía transatlántica después del tormentoso periodo de Trump. Pero a partir de este análisis común, se detectan diferencias y matices.

Los países más beligerantes son los antiguos satélites de la URSS (Polonia, los estados bálticos, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Bulgaria y Rumania), debido a la experiencia sufrida durante el periodo soviético. Junto a esta percepción sombría, se dibuja una impresión más pragmática en las grandes potencias europeas, Alemania y Francia a la cabeza, en las que priman más las oportunidades económicas que el riesgo militar. Rusia, se estima, no está en condiciones de asumir los riesgos económicos y militares que comportaría una ocupación de Ucrania.  Pero el eje París-Berlín tampoco comparte un libreto del todo idéntico en las relaciones con Moscú.

Alemania ha priorizado hasta la fecha las necesidades energéticas. Si el nuevo gobierno continua con la línea Merkel, como parece, surgirán puntos de fricción en la coalición a tres. El canciller Scholz quiere preservar el gasoducto NordStream2, ya concluido pero pendiente de entrar en funcionamiento, según se dice por problemas técnicos y administrativos. El Partido socialdemócrata evoca la Ostpolitik de Willy Brandt en los setenta, para afirmar una política de cooperación crítica con Moscú. Por el contrario, la ministra de exteriores, Annalena Baerboeck, defiende una línea más exigente con el Kremlin, basada en “principios”. Además, en su condición de colíder de los Verdes, Baerboeck desea que decrezca la dependencia alemana del gas ruso en favor de las energías renovables. Asesores de Scholz le han recordado a la ministra que las directrices de política exterior se fijan en la Cancillería.

Francia comparte los análisis de la OTAN (de cuya estructura militar no forma parte desde mediados de los sesenta). París ha defendido siempre una defensa más autónoma, ante las reticencias alemanas. Pero los años traumáticos de Trump y la percepción de que Europa interesa menos a Estados Unidos que hace unas décadas han acercado a París y Berlín. La sonora crítica de Macron a la OTAN, a la que consideró en estado de “muerte cerebral”, generó muchas críticas pero atizó el debate sobre la autonomía estratégica europea.

LAS ESPECULACIONES

A partir de los hechos y las percepciones, se precipitan las especulaciones, favorecidas en parte por filtraciones de los núcleos de poder, sobre una eventual intervención militar rusa.  

El escenario más modesto sería la consolidación del control ejercido sobre el sureste de Ucrania tras las operaciones bélicas de 2014 a 2016 y las escaramuzas subsiguientes. Para ello, Moscú tendría que incrementar el apoyo militar directo a los separatistas del Donetsk, lo que implicaría la reanudación abierta de la guerra en la zona (ahora hay continuas pero limitadas violaciones del alto el fuego), hasta conseguir una victoria que les permitiera proclamar el establecimiento de repúblicas independientes en las regiones de Luhansk y Donetsk. Para consolidar este objetivo, sería necesario controlar la cercana ciudad portuaria de Mariupol (en disputa desde 2014) y un corredor terrestre entre el río Dnieper y el Mar Negro. De esta forma, se conectarían las dos regiones rusófilas con la península de Crimea. En círculos políticos y militares rusos se denomina a ese territorio Novorossiya (Nueva Rusia).  

No obstante, este escenario no impediría lo que más inquieta a Rusia, es decir, la integración de Ucrania en la OTAN, formal o práctica; al contrario, más bien lo estimularía. De ahí que se especule con otro planteamiento bélico más ambicioso, basado en tres estrategias acumulativas, si fuera necesario: la amenaza de conquista de territorio adicional (por ejemplo, mediante una operación lanzada desde Bielorrusia, donde se realizarán maniobras en febrero);  la destrucción de las fuerzas armadas y de las infraestructuras vitales ucranianas;  y, a la postre, la caída o del gobierno ucraniano, obligándolo a negociar la rendición. En función de la capacidad de resistencia ucraniana, se requerirían recursos específicos: uso intensivo de la artillería desde terreno fronterizo ruso, bombardeos aéreos sin botas sobre el terreno (como hizo la OTAN en Serbia en 2000), ciberguerra u ocupación militar generalizada.

Fuentes militares rusas no siempre identificadas o en la reserva han sugerido otras medidas de presión sobre Washington, como el despliegue de armas nucleares en la cercanía del territorio norteamericano, para crear una situación de equiparación de riesgos y poner a Washington en la tesitura que Rusia debe soportar, es decir la proximidad de un despliegue militar del adversario. Este escenario ha hecho que algunos comentaristas hayan evocado la crisis de los misiles de 1962, ahora reproducida en la propia Cuba o en Venezuela.

Washington deja saber que el Kremlin ha iniciado una campaña de agresiones cibernéticas contra su vecino y ha preparado actos de provocación para fabricar una falsa agresión ucraniana como pretexto para invadir. Altos responsables estadounidenses han dicho que no se puede dar por segura y/ o inevitable una agresión militar rusa, pero indican que la actividad detectada por satélites y observadores sobre el terreno no es usual o propia de un tiempo de paz y hace temer que Moscú se está preparando para esa iniciativa bélica.  

Los medios y analistas estiman que la primera respuesta de la administración Biden será la imposición de sanciones, como ya hizo Obama después de Crimea. Pero ahora se apuesta por una panoplia más extensa, profunda y dañina para la economía rusa. Se ha barajado la exclusión de Rusia de las instituciones financieras internacionales y del mecanismo de transacciones interbancarias SWIFT. Además, se decretaría un embargo de productos en sectores de alta tecnología (aeronaval, comunicación, cibernética, robótica, inteligencia artificial, etc.); y, en una versión más dura, en mercancías industriales de consumo doméstico.

Como se duda de la eficacia de estas medidas económicas, por la acumulada reserva rusa de dólares y oro y la cooperación con China, se habla de planeamientos estrictamente militares. Lo más básico sería reforzar la capacidad de insurgencia en el interior de Ucrania en caso de invasión rusa e incrementar de la ayuda militar al gobierno de Kiev. Un tercer elemento de presión consistiría en ampliar el despliegue aliado en los países aliados más próximos a Rusia, como ya se hizo con la creación de una brigada de desplazamiento rápido después de Crimea.

Un exsubsecretario de Defensa para Europa y la OTAN en la época de Obama, Jim Townsend, ha dibujado una lista de recomendaciones ante un eventual escenario bélico: despliegue rotatorio de dos equipos de brigadas acorazadas de combate (ABCT’s) en Alemania, con la tarea de entrenar y preparar tropas aliadas desde el Báltico hasta el Mar Negro; reforzar la fuerza de reacción rápida y los batallones de combate multinacionales en Polonia y los estados bálticos para prevenir incursiones rusas y rearmar a Ucrania con equipamiento mucho más letal sin tantas precauciones como se adoptaron en 2014 para no provocar una reacción rusa.

 

REFERENCIAS

“Ukraine: inquiétude et maneouvres diplomatiques àpres une semaine de discussions infructueuses”. LE MONDE, 14 de enero; “As Russia and U.S. debate, Ukraine would like a say”. THE NEW YORK TIMES, 9 de junio.

Artículo de Putin sobre la unidad ruso-ucraniana: http://en.kremlin.ru/events/president/news/66181

“Putin’s next move in Ukraine is a mistery. Just the way he likes it”. ANTON TROIANOVSKY THE NEW YORK TIMES, 11 de enero. “Russia issues subtle threats more far-reaching than a Ukraine invasion”. THE NEW YORK TIMES, 16 de enero.

“How Russia’s Military is positioned to threaten Ukraine”. MICHAEL SCHWIRTZ y SCOTT REINHARD. THE NEW YORK TIMES, 7 de enero.

“U.S. details costs of a Russian invasion of ukraine”. DAVID SANGER y ERIC SCHMITT. THE NEW YORK TIMES, 8 de enero.

“Germany has a Russia problem”. MATHIEU VON ROHR. DER SPIEGEL, 18 de enero.

 “U.S. considers backing an insurgency if Russia invades Ukraine”. HELENE COOPER. THE NEW YORK TIMES, 14 de enero.

 U.S. says that Russia sent saboteurs into Ukraine to create pretext for invasion”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 14 de enero.

“Russia, Ukraine, Kazakhstan and the European Security Order (Ronda de opinions de expertos de la BROOKINGS INSTITUTION), 11 de enero.

“Can Diplomacy rescue European Security?” (Ronda de opiones de expertos de la CARNEGIE, coordinada por JUDY DEMPSEY), 13 de enero.

“What Will it take to deter Russia”. JIM TOWNSEND. FOREIGN AFFAIRS, 7 de enero.

“Russia thinks America is bluffing. To deter an Ukraine invasion, Washington threats needs to be tougher”. CHRIS MILLER. FOREIGN AFFAIRS, 10 de enero.