LA DUPLA CHINO-RUSA VEINTE AÑOS DESPUÉS DEL FIASCO DE EE. UU. EN IRAK

22 de marzo de 2023

El asunto que ha focalizado la atención internacional de la cumbre entre los presidentes de Rusia y China de esta semana es el “plan de paz” chino para Ucrania y la disposición rusa a aceptarlo como salida de una operación fallida, al menos por ahora.

La iniciativa no parece tener mucho futuro, al menos en sus términos actuales teniendo en cuenta el rechazo occidental (más explícito el norteamericano) y la frialdad ucraniana. Los famosos 12 puntos del documento chino (1),  constituyen un despliegue de principios generales que eluden el abordaje concreto de los asuntos más espinosos.

Lo que de verdad es relevante en el cuadragésimo encuentro Putin-Xi es que se ha consolidado una relación bilateral “sin límites”. El acuerdo más sobresaliente es el refuerzo de la cooperación de energética. De aquí a finales de la década, Rusia duplicará el suministro de gas natural a China mediante la construcción de un nuevo gasoducto siberiano. Rusia compensa el boicot europeo y China se asegura energía para seguir creciendo.

Desde fuera, hay dudas sobre la naturaleza, significado y alcance de una convergencia lenta pero sostenida durante la última década. Nadie la califica de alianza (ni siquiera los propios interesados). Algunos aseguran que se trata de una entente circunstancial. Y la mayoría se inclina por el socorrido mote de “matrimonio de conveniencia”.

Sea como fuere, el entendimiento deja pocas dudas. Los contenciosos no han desaparecido, por supuesto, pero han sido cuidadosamente relegados al plano técnico o diplomático, mientras se acumulan las evidencias de cooperación en materia económica, tecnológica y militar. Cada poco asistimos a un campo nuevo de interacción bilateral (2). Y todo ello bajo la protección de una relación personal entre Putin y Xi que ambos se empeñan en resaltar con cálidos gestos (3).

En todo caso, la química entre ambos dirigentes sólo explica en parte este acercamiento chino-ruso, como es natural. Lo contrario sería propio de un mal guion propio de la factoría pseudo política de Hollywood. Hay factores objetivos que han favorecido esta relación. El más decisivo ha sido la necesidad compartida de combatir la hegemonía global de EE. UU.

Desde la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos no ha dejado de justificar sus intervenciones exteriores por la emergencia de supuestas “nuevas amenazas” para el “orden internacional”. En los años 90, la preocupación dominante era el riesgo de caos en el espacio postsoviético y las consecuentes rivalidades étnico-nacionalistas en Eurasia. Después del 11-S, el enemigo principal fue el extremismo islamista, cuyos orígenes Washington había cebado en los ochenta, como un ariete contra la “al avance soviético hacia las aguas calidas de Asia”. En la segunda década del siglo, el peligro aducido era el auge económico y tecnológico de China, fundamento de un incipiente y exagerado fortalecimiento militar.

Los estrategas belicistas en Washington aspiran a replicar la victoria sobre la URSS, atribuida a la apuesta armamentista de Reagan y al conservadurismo de los ochenta, mediante una revisión adaptada a los tiempos, pero escasamente crítica de los errores y abusos cometidos.

LA ADICCIÓN NORTEAMERICANA A LA PRIMACÍA

Al cumplirse el vigésimo aniversario de la invasión norteamericana de Irak, medios generalistas y especializados han llenado sus páginas con artículos y análisis de fondo. Unos aún la justifican, aún admitiendo errores de juicio o equivocaciones palmarias. Otros se apuntan al rechazo, en contraste con la práctica unanimidad favorable que dominó el debate público en 2003 (4).

Entre todo lo publicado destaca un notable artículo de Stephen Wertheim (5). Este  investigador del Instituto Carnegie y profesor en Yale resume la tesis desarrollada en su libro sobre la “patología de la primacía” (6). En su opinión, la mayoría de las críticas sobre la invasión de Irak eluden la adicción supremacista que nunca ha dejado de dominar el pensamiento estratégico bipartidista norteamericano.

Este designio encontró cierta resistencia en los otros polos debilitados del equilibrio mundial desde el comienzo de la posguerra fría. Wertheim evoca un documento chino-ruso de 1997 (una carta conjunta al Consejo de Seguridad de la ONU), en el que ambas potencias advertían que “ningún país debe pretender la hegemonía, incurrir en políticas de poder o monopolizar los asuntos internacionales”. Por entonces, Putin era un oscuro asesor en el Kremlin y Xi Jinping un dirigente local en una provincia costera frente al estrecho de Formosa. En Moscú aún dictaban la política oficial los fervientes seguidores del capitalismo neoliberal y en Pekín se concentraban en sacar al país del atraso y la pobreza.

Lo que Rusia y China anticipaban ya en plena expansión del mundo unipolar tenía poco que ver con el “desafío de las autocracias” a las democracias, el moto de moda ahora en Washington, y mucho con la percepción de una hegemonía sin resistencias de un Estados Unidos triunfal. Para esa fecha, la expansión de la OTAN hacia el Este estaba en marcha y hasta el dócil Yeltsin se removía con incomodidad en su sillón.

La falsa resolución de las guerras yugoslavas, con EE.UU. como justiciero internacional,  y la penalización del despegue chino bajo el pretexto de la represión tras la revuelta de Tiananmen favorecieron el inicio del acercamiento chino-ruso, aunque ambas partes aún estuvieran muy lejos de canalizar sus disputas bilaterales.

La orquestada “guerra global contra el terrorismo” congeló durante un tiempo la reconciliación entre Pekín y Moscú. Después de todo, tanto chinos como rusos se habían despachado a gusto contra sus propias insurrecciones islamistas: brutal supresión del separatismo checheno y represión sin contemplaciones de la resistencia musulmana en Xinjiang. Putin ayudó a facilitar el uso de bases en los países exsoviéticos de Asia Central para el despliegue bélico de Estados Unidos en Afganistán. El presidente ruso se mostró contrario pero no demasiado hostil a la falsedad que legitimó la invasión de Irak. China fué mucho más reticente, porque avizoraba ya el peligro de una hegemonía norteamericana reforzada.

El choque de la ”primavera árabe” encendió todas las alarmas en Moscú, primero, y luego en Pekín. La caída de Mubarak en Egipto dejó parcialmente indiferente a los rusos, porque ese dictador no era de los suyos. Pero cuando el objetivo se puso en la Libia de Gaddaffi, régimen no aliado pero instrumental para Moscú, se precipitaron las hostilidades. Más tarde, en Siria, ese sí un aliado estable y duradero del Kremlin, ya no hubo manera de concertar los intereses de Rusia y Estados Unidos, salvo para “salvar la cara” de Obama tras el resbalón de las “líneas rojas” (la supuesta utilización armas química por parte del régimen de Assad).

Para China, el sobresalto árabe, en su primera fase, fue otra demostración de la voluntad de Washington de consolidar sus posiciones hegemónicas en Oriente Medio, sin alterar ninguna de las causas reales de la conflictividad regional. Esa era la percepción dominante en Pekín en 2013, cuando llega a poder Xi Jinping, impulsado por una visión menos complaciente con EE.UU.

Trump pudo haber torcido la convergencia chino-rusa, con sus halagos e indulgencias hacia Putin y su torpe agresividad mercantil contra Pekín. Pero su propia inconsistencia y la presión del establishment modelaron sus caprichos hacia la verdadera preocupación de las élites en Washington: las amenazas del auge chino y el peligro del revisionismo ruso.

UN OBJETIVO COMÚN

Lo que Putin y Xi intentan ahora es hacer más difícil el designio exterior de Estados Unidos. La retórica que emplean es tan falsa o tan interesada como la empleada por Washington para legitimar su política de primacía global (por seguir utilizando el término de Wertheim). Ni la “paz mundial”, ni la “autonomía de las naciones” es lo que importa a los líderes ruso y chino, sino la preservación de los intereses de las élites a las que representan y en cuyo poder se asientan.

La relación “sin límites” en Pekín y Moscú no tiene mejor aliado que la adicción de los centros de poder norteamericanos a nociones como “nación indispensable”, heredera de aquella otra del “destino manifiesto”, que han consistido y consisten en blindar sus intereses globales bajo la cobertura del discurso liberal, que hace aguas en su propio país. La democracia norteamericana es la más tramposa y la que goza de menos respaldo electoral de todo el mundo occidental, con un subsistema electoral decimonónico, un juego político esclerotizado y dominado por los intereses corporativos y unos medios de comunicación que, en su gran mayoría, focalizan sus críticas en aspectos secundarios e ignoran los determinantes.

Xi y Putin no son Mao y Stalin, que forjaron una alianza euroasiática comunista frente a la dominación capitalista. China y Rusia viven bajo formas diferentes de un cierto capitalismo de Estado que aprieta e instrumentaliza pero no ahoga la iniciativa privada. La pelea es de otra naturaleza. Asistimos al regreso de la lucha entre grandes potencias (great powers competition) que han sacudido al mundo desde siempre. La dupla chino-rusa es un obstáculo muy serio a la unipolaridad norteamericana. Por eso podría ser, como dicen los propagandistas chinos, “más sólida que una montaña”.

 

NOTAS

(1) https://www.fmprc.gov.cn/mfa_eng/zxxx_662805/202302/t20230224_11030713.html

(2) “What does Xi Jinping want from Vladimir Putin”. THE ECONOMIST, 19 de marzo.

(3) “’He is my best friend’: 10 years of strengthening ties between Putin and Xi”. HELEN DAVIDSON. THE GUARDIAN, 21 de marzo.

(4) “Iraq, twenty years later”. JOOST HILTERMANN. Director del programa de Oriente Medio y África. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 16 de marzo; “After Iraq: How the U.S. failed to fully learn the lessons of a disastrous intervention”. MICHAEL WAHID HANNA. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 21 de marzo; “The lessons no learned from Iraq”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 17 de marzo;  “Why the Press failed on Iraq”. JOHN WALCOTT. FOREIGN AFFAIRS, 19 de marzo”.

(5) “Iraq and the pathologies of Primacy. The flawed logic that produced the war is alive and well”. STEPHEN WERTHEIM. FOREIGN AFFAIRS, 17 de marzo.

(6) “Tomorrow, the World. The birth of U.S. Global Supremacy”. STEPHEN WERTHEIM. HARVARD UNIVERSITY PRESS, 2020. https://www.hup.harvard.edu/catalog.php?isbn=9780674248663

 

EL ACERCAMIENTO IRANO-SAUDÍ: LO QUE ES Y LO QUE NO ES

15 de marzo de 2023

El acuerdo de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudí puede convertirse en el acontecimiento diplomático del año en Oriente Medio, aunque es demasiado pronto para calibrar su verdadero alcance. De momento, se presta a interpretaciones diferentes.  Tratemos de esclarecer, en lo posible, lo que es y lo que no es este acuerdo entre rivales.

ES una normalización de relaciones, interrumpidas en 2016, después del ataque contra la embajada saudí en Teherán, protagonizado por una turba multa indignada tras la ejecución del jeque Nimr Baqr Al-Nimr, líder de las revueltas chiíes en las provincias orientales de Arabia.

NO ES una alianza, ni siquiera una reconciliación plena, debido a las profundas diferencias entre ambos estados. Tampoco provocará un realineamiento de los estados de la zona, demasiado condicionados por los sectarismos religiosos que lideran estas dos potencias regionales.

ES una decisión instrumental dirigida en primera instancia a estabilizar la situación estancada en la guerra del Yemen, en la que Riad y Teherán juegan en campos opuestos. El alto el fuego de abril del pasado año se consolida por agotamiento de los beligerantes, pero sobre todo por la voluntad de quienes mueven los hilos: es hora de fijar los términos de un armisticio, de cerrar el ejercicio bélico y llevar a la mesa de negociaciones lo que no se ha podido obtener en el campo de batalla. La posición de Irán, protector de los rebeldes hutis, es más fuerte, a corto plazo, pero la exigencia de un apoyo sostenido debilita sus perspectivas a largo plazo. Los saudíes se han convencido de que no podrán ganar militarmente y aceptan convertir esta derrota en un empate estratégico. La pretensión inmediata de Riad es que cesen las incursiones fronterizas de los rebeldes yemeníes y sus ataques con drones iraníes.

NO ES un parón a la convergencia entre el reino saudí e Israel, trabajada desde hace años pero congelada a la espera sempiterna del “momento idóneo”. Arabia Saudí administra con suma cautela su previsible incorporación al “proceso Abraham” (del que ya forman parte los Emiratos, Bahréin y Marruecos). La normalización con Irán no modifica este rumbo, aunque puede crear nuevos recelos en ciertos sectores de Washington.

ES una sorpresa relativa para muchos de los observadores de la política regional, aunque no tanto para la Casa Blanca, que asegura haber estado informado por sus socios saudíes de la marcha de las negociaciones. Se dice que la diplomacia norteamericana nunca creyó mucho en el alcance de esta iniciativa por falta de confianza básica en la conducta de Irán. Abonaba el escepticismo el estado comatoso de las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán. El régimen islámico ha alcanzado ya el 88% del enriquecimiento de uranio exigido para la fabricación de la bomba (un 90%). Esta escalada no solamente alerta a Israel. La posibilidad de una respuesta militar nunca ha dejado de estar sobre la mesa. El actual gobierno extremista de Israel a buen seguro presiona en este sentido. Pero Arabia puede haber creído en una vía más fructífera. Ya que no se puede detener la nuclearización de Irán, parecería más conveniente empezar a trabajar en dotarse de capacidad análoga para compensar la posible ventaja estratégica de Teherán. La petromonarquía nunca ha escondido su ambición nuclear.

NO ES un acuerdo a contramarcha de los tiempos. El acuerdo se produce en un momento de incertidumbres internacionales, pero también de oportunidades que podrían revalorizar la estatura de China en la escena internacional, con su discurso sobre el respeto de la autonomía de cada país y el rechazo de la interferencia en asuntos internos. Algo que satisface, sin duda, tanto al absolutismo saudí como a la teocracia iraní.

La guerra de Ucrania se encuentra en fase de estancamiento, lo que hace propicio el terreno de las iniciativas negociadoras, con Pekín como autoproclamado maestro de ceremonias. Por mucho que Occidente haya despreciado la iniciativa de Pekín, Xi Jinping ha conseguido que Zelenski le abra las puertas la semana que viene en Kiev. En estas operaciones el artificio pesa tanto o más que el contenido. Y, además, el presidente chino juega con la baza de ser el único que puede modificar la conducta de Putin.

ES  una muestra más de que Washington ya no lleva la voz cantante en la zona, más por errores y condicionamientos autoimpuestos, como sostiene Stephen Walt, que por carencia de recursos. El petróleo, motor y agente clave de la política regional de Estados Unidos, ya no es tan importante para la economía norteamericana, porque se han generado fuentes alternativas propias y se diseña un futuro energético diferente.

NO ES un cambio radical de los equilibrios estratégicos en la región. La disminución del interés norteamericano en la región no quiere decir indiferencia o desatención. La emergencia de China como potencia activa en la región no supone la marginación de Estados Unidos. Arabia Saudí no ha decidido una sustitución de protectores. No cambia a Washington por Pekín. La seguridad del reino sigue dependiendo masivamente de la colaboración militar con Estados Unidos, como lo acredita la estructura armamentística de la petromonarquía.

ES la confirmación de que China tiene la intención de superar la fase mercantilista de su política exterior para asumir responsabilidades políticas y diplomáticas. La forja de este acuerdo de normalización irano-saudí es resultado lógico de dos importantes logros diplomáticos de Pekín. Primero, el partenariado estratégico suscrito con Irán en 2021, con una vigencia de 25 años). A continuación, el pacto de cooperación con Arabia Saudí, acordado hace dos meses tras un discreto pero eficaz trabajo de maduración. China es ya el principal socio comercial de los saudíes y éstos se afianzan como el principal suministrador de petróleo para la economía china.

NO ES una proyección del poderío chino fuera de su ámbito natural de influencia, que es la región del Pacífico. Quienes amplifican por motivos interesados la denominada “amenaza china” tienen la tentación de exagerar la capacidad de los “mandarines rojos” para consolidar una posición tentacular en el mundo y ponen como prueba de ello sus iniciativas comerciales, financieras y constructoras en el mundo en desarrollo. Ante la todavía endeble maquinaria militar china lejos de su ámbito geográfico de referencia, alertan sobre la penetración económica como principal herramienta de dominación para construir su proyecto de hegemonía mundial.

ES una prueba más de que las potencias medias del G20 (en este caso Arabia Saudí) son cada vez menos subsidiarias de las grandes potencias del G7. China promueve mecanismos de cooperación y concertación regionales, pero se cuida muy mucho de pretender imponer su liderazgo político, lo que resulta muy atractivo para autocracias, dictaduras y teocracias (como los regímenes saudí e iraní). Este estilo contrasta con la retórica de valores y derechos del orden internacional liberal, propagada por Estados Unidos.

NO ES un refuerzo de ese eje del mal, concepto que lleva dominando el relato propagandístico en Washington desde Reagan. La incomodidad de los liberales en Washington con el régimen saudí es perfectamente resistible. Las relaciones bilaterales son a veces antipáticas, pero están bien ancladas en intereses compartidos. El trauma del 11-S dañó la reputación del Reino, debido a nacionalidad saudí de la mayoría de los secuestradores aéreos. El asesinato macabro del periodista opositor Jamal Khasshoggi sacudió la alianza. Biden dijo que convertiría a Arabia en un “estado paria”. Se tragó el sapo y viajó a Riad para escenificar una fase más fría de las relaciones bilaterales. El Príncipe (Rey in pectore) Bin Salman confundió al presidente norteamericano prometiéndole que abogaría por una política de despresurización de los precios del crudo, mientras pactaba otra cosa con Putin, amparado en las dinámicas del mercado.  Aunque Suzanne Maloney, vicepresidenta del Instituto Brookings y reputada experta en Irán, considere que este acuerdo con los ayatollahs “es un nueva bofetada de Bin Salman a Biden”, otros analistas son más sanguíneos. Como contó en su día el veterano negociador norteamericano en la zona Aaron David Miller, citando a un jeque del reino, los saudíes han decidido aplicar la poligamia que practican en su vida particular a las relaciones internacionales.

 

REFERENCIAS

“Saudi-iranian détente is a wake-up call for America”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 14 de marzo.

“4 key take-aways from the China-brokered Saudi-iranian deal”. AARON DAVID MILLER. FOREIGN POLICY, 15 de marzo.

“With Saudi-Iran diplomacy, is China pushing the US aside in the Middle East? SIMON HENDERSON. THE HILL, 13 de marzo.

“China brokers Iran-Saudi Arabia détente, raisin eyebrows in Washington”. THE WASHINGTON POST, 10 de marzo.

“Saudi deal with Iran surprises Israel and jolts Netanyahu”. PATRICK KINGSLEY (Corresponsal en Jerusalén). THE NEW YORK TIMES, 10 de marzo.

“China plays Mideast peacemaker in U.S.’s shadow”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 12 de marzo.

“Chinese-brokered deal upends Mideast diplomacy and challenges U.S.” PETER BAKER (Corresponsal en la Casa Blanca). THE NEW YORK TIMES, 11 de marzo.

LA CARTA CHINA

8 de marzo de 2023

Desde el comienzo de la guerra en Ucrania y en cada una de sus fases subsiguientes, se ha considerado de enorme importancia la posición que adoptara China para orientar la evolución de los acontecimientos. En el momento actual, se especula con el posible suministro de armas chinas a Rusia, para ayudarle a desnivelar la situación bélica en su favor y propiciar así una posición favorable en unas eventuales negociaciones de paz, solución que defiende Pekín.

No hay, sin embargo, confirmación ni indicación alguna de que esta implicación china vaya a producirse. La fuente de la información es la inteligencia norteamericana, que, en todo caso, ha sido muy cauta en la formulación: en  Pekín “se está considerando”, ha venido a decir (1). Esta prudencia se debe a varias razones: el hermetismo en la cúspide del poder chino, las distintas valoraciones que la élite china pueda hacer de un paso tan arriesgado o los posibles errores de interpretación de las fuentes norteamericanas, como ha ocurrido en el pasado.

La posición china en la guerra participa de una cierta ambigüedad calculada, que combina firmeza y flexibilidad, tanto en las relaciones con Moscú como sobre el espacio de entendimiento con Occidente (2). Lo cual propicia interpretaciones diferentes en EE.UU, en función de los elementos de consideración y/o los prejuicios de cada cual.

Unos concluyen que China apoya decididamente a Rusia hasta donde puede, es decir, sin franquear el límite más allá del cual sería muy probable una confrontación directa con Occidente. Otros, estiman, por el contrario, que China sólo apoya a Rusia de forma retórica, como una especie de autoservicio, más por generar un factor de inquietud en el adversario occidental que para consolidar la operación rusa en Ucrania. A medio camino entre estas dos posiciones, se encuentran quienes opinan que la crisis de Ucrania no es de interés estratégico para la actual jerarquía china y, por tanto, su comportamiento efectivo es instrumental.

Nunca ha sido fácil interpretar la voluntad de los dirigentes chinos, pero una cosa parece clara: Pekín no se casa con nadie. Sus actuaciones en política exterior están determinadas por sus prioridades de política interna, que se resumen en la máxima imperante de convertirse en un país sin dependencias externas de ningún tipo y capaz de alcanzar los máximos objetivos de desarrollo y bienestar. La retórica exterior de China es generalista. Se asienta en este discurso básico: en el mundo multipolar deben convivir sistemas diferentes, cada cual con sus valores propios, sin tentaciones de un orden único supuestamente universal ni intentos de interferir en el modelo de cada cual mediante cualquier manera de presión.

La evolución del régimen chino del comunismo inicialmente militante y luego conservador al nacionalismo actual se corresponde con esa visión del mundo. Los objetivos comunistas no se abandonan por completo del discurso oficial, pero se ponen al servicio de la “rejuvenización” de la nación, no como orientación contrapuesta, sino como factor coadyuvante. En la construcción del capitalismo nacional se han sacrificado claramente principios de igualdad y justicia social, pero el régimen entiende que se trata de una fase necesaria para alcanzar unos niveles suficientes de autonomía que permitan, a medio plazo, la consecución de una sociedad igualitaria, en un mundo diverso y necesariamente conflictivo pero sin arruinar la estabilidad.

La crisis de Ucrania no es oportuna para los intereses chinos, porque ha generado problemas internacionales subsidiarios como la carestía de suministros en el mundo en desarrollo, que es un cliente prioritario de China, o una crisis energética que ha lastrado el crecimiento en Occidente, comprador ávido de los productos de la gran fábrica china, entre otros. Por si no fuera poco, la crisis bélica ha coincidido con el impacto del COVID. Después de una cadena de errores, motivados en gran parte, por la rigidez en el proceso de toma de decisiones de la jerarquía del poder, el abandono del “régimen de excepción” parece haber impulsado de nuevo al alza a la economía nacional. China, dicen algunos, está de vuelta.

Volviendo al asunto de las relaciones con Rusia, la retórica oficial ha construido un discurso de cooperación con el gran vecino del norte basado en dos asunciones fundamentales: una real y otra propagandística. La primera está basada en los intereses. En esa cooperación (que no alianza: este término nunca se emplea en Pekín), China juega con la ventaja de ser el socio fuerte. Su economía es veinte veces mayor. Su posición estratégica es dominante y creciente, mientras la rusa es defensiva y decreciente. El poderío militar es más parejo, pero China goza de unas condiciones favorables al crecimiento, mientras Rusia se aferra a unos recursos nucleares que sólo podrían servirle como último recurso, en situaciones extremas.

La mencionada retórica china ha codificado el tropo “amistad sin límites” para definir las relaciones con Rusia. El Kremlin es más entusiasta que Pekín, porque necesita más de esta cooperación bilateral, y más en las circunstancias actuales. Cada parte obtiene ventajas, pero los rusos evidencian una mayor dependencia. Tampoco es posible avanzar mucho más en la integración, aunque aparentemente las dos economías sean complementarias. Como dice Patricia Kim, investigadora del Instituto Brookings, cercano a los demócratas, hay límites claros en ese “partenariado sin límites” (3). Patricia Kim considera que, pese a las aparentes ventajas a corto plazo, esta asociación con Moscú terminará por lastrar las aspiraciones de China, porque perjudica la aspiración china de preservar la estabilidad global, condición necesaria para el avance de su penetración económica mundial. Es posible que así sea, pero el actual clima de confrontación entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial ha revalorizado el papel de Rusia para Pekín, en particular en el terreno militar. Prueba de ello es la intensificación de la cooperación militar bilateral en los últimos tres años (maniobras, mecanismos de consulta, foros de discusión estratégica, etc). En el ámbito económico, el partenariado presenta un desequilibrio notable. Según los últimos datos disponibles, China representa el 18% del valor del comercio ruso, mientras Rusia sólo supone el 2% de los intercambios chinos. El desequilibrio cualitativo es aún mayor. Rusia vende a China principalmente productos energéticos y materias primas, mientras que, en sentido inverso, se el mayor volumen de intercambio se centran en manufacturas de alto valor industrial y tecnológico. A medida que China se vaya orientando hacia la nueva economía ecológica, el bazar ruso le irá siendo menos atractivo, mientas que Rusia no tiene perspectivas de poder sustituir el mercado chino para su acuciante modernización productiva.

A corto plazo, como decíamos, hay un terreno de cooperación casi imprescindible: generar una zona de seguridad para la circulación financiera de ambos países, que pueden situarlos fuera de alcance del arsenal de sanciones occidentales. Moscú y Pekín han avanzado mucho en la creación de mecanismos financieros globales alternativos a los occidentales, como se ha visto en esta crisis de Ucrania: el impacto de la tenaza occidental sobre los activos rusos, aunque potente, ha sido menos devastador de los esperado en un principio.

China ha extraído lecciones de la respuesta occidental a la invasión rusa de Ucrania. Pero no sólo eso. La política Biden de reforzamiento del eje Indo-Pacífico y la cooperación militar de potencias aliadas en Extremo Oriente (la alianza AUKUS se perfila como una especie de OTAN asiática) ha encendido las alarmas en Pekín. La estimulación de esa “amistad sin límites” con Rusia puede ser todo lo discutible o irreal que se quiera, pero conlleva una indudable capacidad de intimidación.

Esta estrategia se toma en serio entre los círculos de poder norteamericano más pesimistas sobre la evolución de la conducta china. Los ‘halcones’ cogen vuelo en Washington, titulaba reciente una publicación especializada (4). El debate de los últimos treinta años entre la élite estratégica acerca de la política hacia China se escora hacia la confrontación. Y prueba de ello son los numerosos trabajos públicos que analizan en términos alarmistas la cooperación ruso-china como un banco de pruebas ante una intervención armada de Pekín contra Taiwán (5). Se minimizan datos objetivos, como la vinculación entre las economías china y norteamericana (occidental, en general), o se relativizan en beneficio de las cifras que anticipan la confirmación de  China como primera potencia económica mundial en el horizonte de mitad de siglo.

 

NOTAS

(1) “U.S. warnings to China on arms aid for Russia’s war portend global rift”. EDWARD WONG. THE NEW YORK TIMES, 19 de febrero.

(2) “China’s foreign minister warns of potential for conflict witn US and hail for Russia ties”. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(3) “The limits of the no-limits Partnership”. PATRICIA M. KIM. FOREIGN AFFAIRS, 28 de febrero.

(4) “Washington’s China hawks take flight”. ROBBIE GRAMER y CHRISTINA LU. FOREIGN POLICY, 15 de febrero.

(5) “China’s Ukraine peace plan is actually about Taiwan”. CRAIG SINGLETON. FOREIGN POLICY, 6 de marzo.

LA DOCTRINA BIDEN, A PRUEBA EN PALESTINA

1 de marzo de 2023

La situación en Palestina se degrada día a día. Para la mayoría de los observadores sobre el terreno, estamos ante el mayor riesgo de una escalada descontrolada de conflicto en más de veinte años. Desde la segunda Intifada no había un grado tan elevado de tensión y violencia.

Desde primeros de año se han disparado las alarmas. La represión israelí en la Cisjordania se ha recrudecido con el nuevo gobierno de Netanyahu y sus aliados de la ultraderecha religiosa y colonizadora. Las acciones armadas de los palestinos son replicadas con actuaciones combinadas del Ejército y de la fracción más violenta de los colonos. La impunidad se extiende y el primer ministro, con su habitual ambigüedad,  deja hacer o se ve superado por la escalada.

Las cifras son alarmantes. En los dos meses de 2023 han muerto por acciones violentas 63 palestinos y 13 israelíes; es decir, cinco víctimas palestinas por cada israelí. A este paso, en este año se superará el registro de 2022, que dejó 151 palestinos y 31 israelíes muertos (como se ve una proporción similar de bajas). Desde la segunda intifada no se habían producido tantos muertos. Cisjordania se encuentra en estado de ebullición, según Amos Harel, especialista en seguridad del diario de izquierdas Ha’aretz (1)

PROGROMO EN HUWARA

El pasado fin de semana tuvieron lugar los hechos más graves de las últimas semanas. Un desconocido mató a dos jóvenes colonos cerca del asentamiento de Har Bracha. A las pocas horas, unidades militares y bandas paramilitares de colonos asaltaron la vecina localidad palestina de Huwara con una brutalidad desmedida, incluso para los estándares de la zona. Un palestino que había estado en misión de socorro a las víctimas del terremoto de Turquía murió como consecuencia de las heridas de fuego recibidas. Otros cuatrocientos palestinos resultaron heridos. Más de doscientas casas y numerosos vehículos fueron incendiados (2).

La alarma generada hizo que se organizara una reunión de urgencia entre delegados del gobierno israelí y de la Autoridad palestina en Aqaba (Jordania). Se arbitró un compromiso de apaciguamiento. El primer ministro israelí hizo un llamamiento un tanto teatral a los colonos para que no se “tomaran la justicia por su mano”. Como gesto supuestamente conciliatorio, anunció la suspensión provisional de los permisos de construcción en las colonias. Pero, horas después, presionado por los radicales, se retractó. Un portavoz de las fuerzas de seguridad calificó los hechos de Huwara de ”acto terrorista”, pero no se han practicado detenciones. Según la publicación israelí +972, el Ejército impidió durante unas horas el acceso de servicios médicos, periodistas y socorristas palestinos. Días después del asalto era visible la presencia de colonos armados patrullando junto a unidades militares en las afueras.

Los graves acontecimientos de Huwara han provocado reacciones apasionadas y algunas incluso sorprendentes. Un editorialista conservador, espantado por la pasividad del Ejército, comparó lo ocurrido con la “noche de los cristales rotos”, el ataque de las fuerzas de asalto nazis contra comerciantes y viviendas judías en 1938 (3). No fue el único comentario de esta naturaleza. Varias organizaciones de derechos humanos han hablado de “progromo” (4). Recibieron este nombre los ataques mortales generalmente contra las comunidades judías en Europa central y oriental desde la Edad Media. La declaración de Tzvika Foghel, un diputado de Poder Judío, el partido extremista de los colonos, avala esta inversión de la analogía histórica. “Estoy muy satisfecho con lo ocurrido. Deseo ver a Huwara, cercada y en llamas”, dijo. Ni en los peores momentos de radicalización del movimiento colono, un responsable político se había atrevido a expresarse de esa forma.

Poder Judío  forma parte de la coalición de gobierno. Su líder, Itamar Ben Gvir, es el Ministro de Seguridad Nacional. Netanyahu le concedió prácticamente carta blanca en los territorios ocupados. No sólo niega los derechos palestinos, sino que propugna la anexión pura, simple e  inmediata de su tierra. En esto coincide con el Partido Sionista religioso, de Belazel Smotrich, que ocupa la cartera de Finanzas y propugna la orientación teocrática del Estado.

Las organizaciones israelíes de derechos humanos o de izquierda están espantadas por lo que ocurre. El Centro B’Tselem considera que el gobierno está inspirado por ideas supremacistas con un patrón claro de actuación: “los colonos perpetran los ataques, los militares los protegen y el gobierno los apoya. Es una sinergia” (5).

No es extraño, por tanto, que se hable ya de una “tercera intifada” palestina. Y si las dos anteriores surgieron sin un liderazgo inicial claro, en este caso podría ocurrir lo mismo, pero de manera aún más clara. En los últimos años han surgido grupos armados como las Brigadas de Jenin o Guarida del Léon ajenos a los grupos combatienes tradicionales (6). La Autoridad Palestina está completamente superada y desprestigiada debido a su inoperancia y pasividad cuando no servilismo e incluso complicidad con la represión israelí. Por no hablar de la extensión tentacular de la corrupción que gangrena sus actuaciones. Un escritor palestino ha calificado a la AP de “subcontratista del ocupante”.

LA TIBIEZA NORTEAMERICANA

La administración Biden se encuentra visiblemente incómoda por la deriva israelí. Pero es más que improbable que, salvo un descontrol absoluto, vaya más allá de recomendar moderación y control. Los acontecimientos del fin de semana sólo han merecido una escueta y comedida declaración del portavoz del Departamento de Estado: “Los Estados Unidos continuarán trabajando con israelíes, palestinos y nuestros socios regionales para restaurar la calma” (7).

En semanas anteriores, después de la intervención militar de enero en Jenín, tras un atentado palestino en los alrededores de una sinagoga de Jerusalén, el tono fue similar. Algo más enérgico fue el pronunciamiento con motivo del debate del proyecto de ley del gobierno para acabar, en la práctica, con la autonomía judicial. Pero nada hace indicar que Biden se decante por una condena rotunda, a pesar de que nunca ha habido en círculos judíos norteamericanos una corriente crítica tan fuerte y extensa ante lo que ocurre en Israel. El famoso lobby judío ha dejado de ser monolítico. Las jóvenes generaciones rechazan la evolución extremista y exigen el condicionamiento de la ayuda múltiple norteamericana al cumplimiento de unas normas básicas de convivencia y el respeto de los derechos de la población palestina.

Las fricciones norteamericanas con Israel se extienden también al frente exterior. Tanto el anterior gobierno de centro-derecha como el extremista actual se han mostrado ambiguos en el conflicto de Ucrania. La derecha israelí ha mantenido estos años un canal de entendimiento y colaboración con el Kremlin, para asegurar su capacidad de maniobra frente a sus enemigos regionales, Siria e Irán, el primero protegido y el segundo apoyado cada vez más por Moscú. Detrás de estas asincronías bilaterales, en la derecha israelí subyace la expectativa de cambio político en Washington. La vuelta de Trump sería lo ideal, pero se recibiría de buen grado a otro dirigente tipo Ron de Santis o cualquier otro que goce de los favores del movimiento evangelista, el más activo ahora en la protección a ultranza de los extremistas israelíes.

En estos momentos, cobra especial significación la denuncia que hace más de tres lustros hiciera el expresidente Carter, en su libro Palestine: peace nor apartheid (8), por el que recibió una avalancha de críticas e insultos. El presidente que forjó la paz entre Israel y Egipto, pero fracasó, como todos su antecesores y sucesores, en el arreglo de la cuestión palestina, se atrevió entonces a utilizar el término apartheid para definir las políticas de Israel en Palestina.

Joe Biden, congresista demócrata durante el mandato de Carter, ha presumido siempre de ser un amigo incuestionable de Israel, pese a ciertos desaires que le tributó Netanyahu cuando era número dos de Obama. Ahora que el actual presidente hace de la defensa de la democracia el faro de su doctrina de acción exterior frente a las amenazas de la autocracia en Rusia, China y otras zonas del mundo, la tibieza ante el comportamiento escandaloso de un aliado tan preciado como Israel supone una contradicción flagrante, otra más, entre la retórica de los discursos y la realidad incontestable de los hechos.  

 

NOTAS

(1) Citado en el resumen de prensa israelí. COURRIER INTERNATIONAL, 27 de febrero

(2) “’Never like this before’: settler violence in West Bank escalates”. BETHAN MCKERNAN. THE GUARDIAN, 27 de febrero.

(3) “Israel’s far-right government is at the heart of a surge in violence”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 28 de febrero.

(4) https://www.972mag.com/huwara-pogrom-settlers-elimination/

(5) https://www.btselem.org/

(6) “The third Intifada? Why the israeli-palestinian conflict might boil over, again”. DANIEL BYMAN (Profesor en la Universidad de Georgetown y director del Centro de Oriente Medio en la BROOKINGS INSTITUTION). FOREING AFFAIRS, 7 de febrero.

(7) “Revenge attacks after killing of israeli sttlers leaves West Bank in turmoil”.PATRICK KINGSLEY e ISAL KERSHNER. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.

(8) https://www.simonandschuster.com/books/Palestine-Peace-Not-Apartheid/Jimmy-Carter/9780743285032

UCRANIA: MAS ALLÁ DEL RUIDO DEL ANIVERSARIO

22 de febrero de 2023

El aniversario de la guerra en Ucrania está siendo prolífico en actos ceremoniales y golpes de efecto. El más destacado, la visita “sorpresa” de Biden a Kiev y su posterior mensaje en Varsovia, entre los habituales parámetros norteamericanos del coraje y la esperanza. El discurso de Putin ante la Duma aporta pocas novedades, salvo el anuncio de la suspensión del tratado de control nuclear, luego matizado por la diplomacia rusa. Parece inminente una propuesta china de paz. Entretanto, domina en Occidente la idea de que ‘Ucrania puede ganar’, pero ello exigirá mantener la cohesión aliada y un esfuerzo continuado de ayuda al país invadido.

En otras palabras, hay guerra para rato, y el resultado es aún incierto. Más allá de la inevitable propaganda de todos los actores (directos e indirectos), lo cierto es que la mayoría de las previsiones que se han hecho desde el comienzo del conflicto han sido erróneas o, el mejor de los casos, poco acertadas. En los primeros días se pensaba que Rusia se daría poco menos que un paseo militar, en la línea de lo ocurrido en la campaña de Crimea. Se confiaba poco en la capacidad de Ucrania para organizar una defensa eficaz, debido a la disparidad de medios.

Al cabo de sólo unas semanas, se fue imponiendo la impresión de que Rusia había errado en su estrategia, evidenciado una falta de profesionalidad en sus cuadros militares y una asignación de medios incomprensible. Superado el impacto inicial, desde Occidente se proyectó una imagen de unidad, cohesión y firmeza más aparente que real, pero útil para armar un programa de sanciones con el que se pretendía gripar la maquinaria de guerra de Putin y provocar el malestar y el descontento de la población rusa. Tampoco fue eso lo que ocurrió. La economía rusa ha resistido mejor de lo esperado, pero peor de lo que se admite en el Kremlin. Las protestas contra la guerra ha sido minoritarias, en parte por una cierta aceptación popular de la retórica antioccidental y nacionalista del Kremlin, debido a tres décadas de lo que allí se percibe como humillaciones y desprecio. A eso se añade la represión de cualquier manifestación crítica.

El análisis imperante en Occidente es que, prácticamente desde las primeras semanas, Putin  ha ido de corrección en corrección, tanto en estrategia como en selección del liderazgo militar o en decisiones operativas, a veces de manera errática. Algunos episodios supuestamente criminales  (Bucha, Chernikiv, Járkov) reflejarían cierta frustración del Ejército ruso.

En realidad, no se han sabido nunca las pretensiones iniciales de Putin y de su círculo de confianza más estrecho, porque nunca se han explicitado públicamente. De un aparente empeño de conquista territorial lo más amplia posible, se pasó a priorizar el control de las regiones del este y sur de Ucrania, y cuando esa tarea se estancó o incluso experimentó retrocesos sonoros (como en Jersón), la campaña militar rusa se centró en estabilizar las conquistas en el Este y luego en operaciones de castigo contra las infraestructuras de servicios básicos. En estos momentos, resulta difícil prever qué será lo siguiente.

Dara Massicot, una investigadora experta en Rusia, perteneciente a una organización tan poco sospechosa como la RAND, desgrana en un artículo reciente los errores de Rusia (técnicos, logísticos, políticos...) pero afirma que el Kremlin ha aprendido y se detectan ya con claridad rectificaciones favorables a sus intereses. Massicot recuerda un viejo adagio bélico: “en la guerra, los informes iniciales son a menudo erróneos o fragmentarios”. Sólo el tiempo, añade, dirá si Rusia puede lograr el éxito o es Ucrania la que prevalece. La campaña ha seguido hasta ahora un curso impredecible, razón por la cual Occidente no debería apresurar juicios sobre los errores rusos. Y deja un consejo final: si se sobreestimó la capacidad de Rusia antes de la invasión, ahora hay riesgo de que se subestime (1). En la misma línea se pronuncia Stephan Walt, quien sostiene que no todo han sido fallos en la actuación de Putin durante estos meses (2).

OCCIDENTE: INTERESES MÁS QUE VALORES

El factor más determinante de la guerra, en todo caso, ha sido la participación occidental. Durante meses, los dirigentes de la OTAN negaban estar en guerra contra Rusia, cuando era evidente lo contrario, desde que se decidieron las primeras medidas económicas punitivas. El temor a la escalada hacia un enfrentamiento total sólo explica en parte esta impostura.

Las sanciones económicas son un instrumento innegable de combate. Y las ejecutadas en este caso son las más severas concebibles. En este aspecto, las previsiones tampoco han sido del todo acertadas. El Kremlin contaba con ellas y ha intentado protegerse, hasta donde le ha sido posible, con apoyo de otros estados, mediante contrabando o activando mercados alternativos La guerra económica de Occidente contra Rusia se asemeja al juego de gato y el ratón, como sintetiza en un documentado artículo el corresponsal diplomático de THE GUARDIAN (3).

La dependencia energética europea de Rusia atemperó durante meses la respuesta en ambos lados del Atlántico. La presión contra Moscú se ha ido haciendo a cuentagotas, evaluando cada paso con suma cautela. Los éxitos militares ucranianos, propiciados por el armamento aliado, alentaron una mayor audacia, primero topando el precio a pagar por el petróleo ruso y más recientemente sustituyendo parte del gas por el otros proveedores o por otras fuentes de energía. A medida que se disipaba la amenaza de un desfondamiento de la economía europea, se fue incrementado la presión (4).Pero es pronto para calibrar los efectos persistentes de esta guerra económica, para Rusia y para Europa (5).

El fundamento de la participación occidental está sustentado en un discurso sobre los valores. Se presenta la guerra como una confrontación entre la democracia y la autocracia, elemento cardinal de la doctrina Biden. Cada presidente norteamericano aspira a dejar un estándar básico de conducta en el mundo, una doctrina, y Biden cree haber encontrado la suya.

Los medios  liberales, desde la derecha moderada hasta el centro izquierda, han comprado este discurso occidental con escasas aristas críticas. Sin embargo, la historia difícilmente acredita esta posición. Estados Unidos, y también Europa, respaldan regímenes autocráticos en el mundo, incluso dictatoriales, sin empacho alguno, cuando sirven a sus intereses. O hace la vista gorda.

Este criterio rector ha operado también en el caso de Rusia. Cuando el Kremlin post soviético actuó en sintonía con los designios occidentales se obviaron o minimizaron las críticas. Recuérdese la destrucción de Chechenia o la cooperación con Moscú en la lucha contra el extremismo islamista. Por el contrario, cuando la actuación rusa difería de la occidental, se activaba la palanca de los valores.

El supuesto combate entre democracia y autocracia es una construcción retórica. Ucrania no era precisamente un modelo de democracia antes de la guerra. Y, en caso de victoria, es dudoso que lo vaya a ser, al menos en un corto espacio de tiempo. La conversión de Kiev a los valores liberales es, por ahora, un desideratum, o un recurso propagandístico. Son los intereses los que conforman y determinan las decisiones en política exterior. Los valores son la envoltura justificativa con que se intenta hacerlos más respetables, más aceptables para los ciudadanos.

La OTAN nunca ha querido admitir que quisiera acorralar a Rusia desde el comienzo de la posguerra fría. Pero en geopolítica, lo que importa son las percepciones de amenaza. Más allá de las manipulaciones y mentiras de Putin, es difícil negar que Rusia tuviera legítimas razones para sentirse acosada, como señalan no pocos analistas de la escuela realista norteamericana, en absoluto sospechosos de simpatías prorrusas.

EL APOYO MILITAR, FACTOR DECISIVO

Si Ucrania tiene hoy posibilidades de prevalecer es debido al apoyo militar occidental. El de Estados Unidos, como era de esperar, ha sido el más decisivo. El monto asciende casi a 45 mil millones de dólares, más del doble que el de la UE y el resto de países europeos juntos, según el Instituto alemán Kiel (6). En total, casi diez veces el presupuesto de defensa ucraniano en 2020. Tal es el volumen de los suministros occidentales, que los depósitos están casi vacíos. La guerra consume más de lo que Occidente puede reponer, y en particular Europa (7).

La implicación occidental ha sido gradual. El temor inicial a una represalia rusa parece ahora exagerado. La polémica sobre la entrega de carros de combate a Ucrania refleja también ese comportamiento calculado. El debate ha sido más político que militar. Está por ver si llegan los tanques a tiempo y su operatividad real, debido a los condicionamientos técnicos y logísticos. Se apunta ya un episodio parecido con los aviones de combate o con los misiles de largo alcance. Cada paso que dan Estados Unidos y sus aliados hace más insostenible la tesis de que Occidente no está en guerra con Rusia.

EL DILEMA CARDINAL DE LA GUERRA

Admitir sin falsos retorcimientos esta realidad obliga a afrontar el dilema más difícil de este conflicto: si bien Occidente no puede aceptar que Ucrania pierda esta guerra (o que la gane Putin), resulta enormemente peligroso una derrota de Rusia. La imprudente respuesta de Putin a la percepción de acoso occidental respondía a sus necesidades e intereses políticos y los de la élite que lo respalda. Nadie ha hecho más daño a Rusia que su propio Presidente y sus cómplices. Pero al llevar al límite su obsesión casi suicida su obsesión por la seguridad de Rusia ha colocado a Occidente en el disparadero: tan indeseable resulta una Rusia envalentonada por una victoria, como una Rusia extremadamente debilitada por una derrota humillante.

Este hipotético escenario, agranda exponencialmente la sombra de una respuesta a la desesperada de Rusia: véase el recurso al arma nuclear. Quizás un farol, pero demasiado peligroso para no tomárselo en serio. La suspensión del tratado New START sobre el control de las armas atómicas estratégicas, anunciada el día 21 por Putin, refuerza estos temores, aunque esta decisión tenga escasas repercusiones prácticas . El deteriorado estado de la relación entre Washington y Moscú ya había convertido el tratado casi en papel mojado.

La situación actual es definida por el profesor Walt como “asimetría de intereses”: Ucrania es más importante para Rusia que para la OTAN. Cuanto mayor sea el suministro de armas occidentales, más expuesto estará Occidente a ser arrastrado a una conflagración directa (8).

Tal tesitura es contraria a las prioridades estratégicas de Estados Unidos, centradas en contener el ascenso de China. Emma Ashford, una investigadora cercana a los demócratas, sostiene que “la guerra de Ucrania ha demostrado las desagradables realidades de la confrontación sobre las esferas de influencia entre las grandes potencias”. En esta crisis se han “revelado los límites del poder norteamericano para disuadir por medios no militares a los actores para que no actúen en sus zonas más próximas o apreciadas”, como es el caso de Ucrania para Rusia (9). Las líneas rojas de Washington están marcadas. Ashford cita al propio Biden: “Estados Unidos no librará la tercera guerra mundial en Ucrania”. Palabras que son eco casi perfecto de las pronunciadas por Obama después de la toma rusa de Crimea en 2014.

 

NOTAS

(1) “What Russia got wrong”. DARA MASSICOT (Experta en Rusia de la RAND Corporation). FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril

(2) “What Putin Got right”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 15 de febrero.

(3) “The sanctions war against Russia: a year of playing cat and mouse”. PATRICK VINCOUR. THE GUARDIAN, 20 de febrero;

(4) “Un an de guerre: pas d’ effrondement mais un tournant économique pour l’Europe. LE MONDE, 20 de febrero.

(5) “Are U.S. sanctions on Russia working? Entrevistas con los expertos NICHOLAS MULDER y AGATHE DEMARIS. FOREIGN POLICY, 7 de febrero.

(6) https://www.ifw-kiel.de/topics/war-against-ukraine/ukraine-support-tracker/

(7) “Un an de guerre en Ukraine: l’onde de choc pour les armées aliées”. LE MONDE, 17 de febrero.

(8) “Friends in need. What the war in Ukraine has revealed about alliances”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN AFFAIRS, 13 de febrero.

(9) “The persistence of the Great-Power competition. What the war in Ukraine has revealed about geopolitical rivalry”. EMMA ASHFORD (Profesora en la Universidad de Georgetown e investigadora en el Stimson Center). FOREIGN AFFAIRS, 20 de febrero.

 

TURQUÍA: DESPUÉS DEL TERREMOTO, LOS SEÍSMOS POLÍTICOS

 15 de febrero de 2023

La espantosa cifra de muertos en el terremoto de Turquía lo convierten ya en la mayor catástrofe en la historia contemporánea del país. La tragedia excede el ámbito del desastre natural. Más allá de la violencia sacudida de la tierra (7,8º Richter), la causa de semejante mortandad, destrucción y miseria reside en las condiciones de construcción de los edificios, plagadas de incompetencia y corrupción.

El régimen trata de cubrir ahora estas vergüenzas con iniciativas oportunistas de investigación de responsabilidades y órdenes de procesamiento y detención en los casos más evidentes. Pero esta negligencia criminal hubiera sido imposible sin la pasividad cuando no la complicidad oficial.

El problema precede al “sultanato” de Erdogan, pero en los veinte años que lleva en el poder (primero como Primer Ministro y luego como Presidente), el líder turco ha incrementado los riesgos de la desgracia. Antes de las elecciones de 2018, que lo elevaron a la Jefatura del Estado, el partido de Erdogan (AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo) validó de manera retroactiva y a pesar de la protesta de la oposición, todas las edificaciones efectuadas previamente sin las correspondientes autorizaciones, que, en gran número, no satisfacían las condiciones estipuladas de seguridad. Más recientemente, hace sólo unos meses, el AKP rechazó una moción de la oposición que contemplaba la inspección de los edificios para comprobar su resistencia ante un terremoto (1).

Como ocurre en la mayoría de los países subdesarrollados o en desarrollo, incluidos aquellos sometidos a mayor riesgo sísmico, las lamentaciones posteriores a este tipo de catástrofes suelen evaporarse con el paso de tiempo, hasta que la tierra vuelve a rugir. Turquía no es una excepción, a pesar de que se cuenta entre las primeras veinte economías del mundo.

A la negligencia criminal se añade la incompetencia del Estado en las primeras actuaciones de rescate y salvamento. Sólo la presencia de más de treinta mil expertos extranjeros en la zona siniestrada hizo posible una decente labor de socorro. Las críticas sobre la actuación oficial llovieron de inmediato, pero han sido silenciadas o neutralizadas por un abrumador aparato de propaganda (2).

Ironías de la historia, la carrera política de Erdogan se benefició de las consecuencias de una tragedia similar, en 2002, pero ahora podría encaminarse hacia su ocaso como efecto de este último terremoto, según estiman algunos analistas, quizás más inspirados por el deseo que por el contexto socio-político dominante. Tras el terremoto bien podrían producirse seísmos políticos de consideración.

SOMBRAS SOBRE EL PROCESO ELECTORAL

La catástrofe quedará pronto subsumida en la campaña electoral ya en marcha. En las próximas semanas, sino días, Erdogan anunciará la fecha de los comicios presidenciales y legislativos. Aunque el tope legal es el 18 de junio, la estimación mayoritaria es que no se demorarán más allá de mediados de mayo.

Sin embargo, empiezan a surgir sospechas de que Erdogan recurra a una nueva argucia política y decrete un aplazamiento o retraso electoral. La Constitución prevé esta contingencia en caso de guerra, pero la magnitud de la desgracia podía llevar a un experto en manipulación política como el presidente turco a equiparar la provisión legal con lo acontecido en el sureste del país.

Hay motivos objetivos para una medida semejante. Aparte de las víctimas directas, el terremoto ha alterado profundamente las condiciones de vida de 13 millones de turcos, una quinta parte de la población del país. Más de siete mil edificios han colapsado y otros muchos, aún por cuantificar, pueden haber quedado seriamente dañados. Las infraestructuras se han visto seriamente afectadas. La capacidad de un Estado débil y poco competente para organizar unas elecciones en la zona siniestrada se ha visto aún más reducida. Por no hablar del escaso interés ciudadano por participar, en semejantes condiciones.

El analista turco residente en Estados Unidos Soner Cagaptay cree que podría haber un consenso partidario para agotar al límite la cita electoral (18 de junio) y así dar más tiempo a que las labores de reconstrucción restituyan una cierta normalidad funcional. Pero Erdogan podría intentar un aplazamiento más prolongado. No le faltan herramientas, debido a la “colonización” persistente del organismo judicial electoral durante sus años de mandato y, en particular, desde la intentona fallida de golpe de Estado en 2016. La inmensa purga practicada en la judicatura, cuerpos de seguridad y fuerzas armadas han convertido a los aparatos estatales en instrumentos de la Jefatura del Estado. Erdogan puede hacer casi lo que quiera, aunque su astucia le lleva a no rebasar ciertos límites y permanecer en un ámbito formal del Estado de Derecho. Una catástrofe como la actual permite o hace más tolerable medidas extraordinarias y favorece los impulsos autoritarios del “Sultán” (3).

LAS TRES CARAS DEL ARSENAL POPULISTA

Más allá de la destrucción provocada por el terremoto,  Erdogan lleva meses activando todas las palancas a su alcance para contrarrestar los efectos de su discutible gestión al frente del país, en particular el penoso balance económico y social. Con una inflación que llegó a alcanzar el 85% en noviembre para descender al 64% antes de acabar el año, Erdogan tiró de recursos populistas para aplacar el malestar social. Elevó el salario mínimo en más del 50% y los sueldos de los funcionarios un 30%, subsidió préstamos a pequeños y medios comerciantes y hombres de negocios (base electoral primordial del AKP) y adelantó la edad de jubilación (4).

No se descarta, asimismo, que Erdogan aproveche la convocatoria electoral para insertar un referéndum sobre el uso del velo, cortocircuitando una iniciativa similar pero en sentido contrario, de los partidos kemalistas o de inspiración laica de la oposición (5).

Estas medidas presentan la apariencia positiva de la estrategia presidencial. El lado oscuro es el arsenal represivo. La unidad de la oposición inquieta a Erdogan y podría representar la principal amenaza para la continuidad de su poder. Pero el líder turco también dispone de herramientas para debilitar a sus adversarios. Lo primero sería desactivar a su principal rival, el alcalde de Estambul. Desde que derrotara al candidato oficial en 2019, Ekrem Imamoglu es objeto permanente de asedio. Sobre él pesa una condena de inhabilitación por insultos al Consejo Supremo electoral, que los observadoras consideran políticamente inducida desde la cúspide del poder. El recurso interpuesto por el alcalde hace que la sentencia no sea aún firme, hasta que se pronuncie el Supremo. Por tanto, podría ser seleccionado como candidato unificado de la oposición democrática. Pero se ha sabido que el Ministerio del Interior trabaja duramente para que la Fiscalía puede presentar una demanda adicional, aún más falsaria, por supuesto apoyo al terrorismo. Si Imamoglu fuera finalmente inhabilitado, podría surgir otra figura unificadora, el alcalde de Ankara, Mansur Yavas, de una combatividad más discreta. De hecho, no ha dicho públicamente que aspire a suceder a Erdogan. El presidente podría intentar manipular al frente opositor y favorecer varias candidatura con el propósito de dividir el voto.

Hay otro ámbito de actuación, que es además uno de los preferidos de Erdogan, el exterior (6). Y en este también es susceptible de combinar las iniciativas “positivas” y las agresivas. Entre las primeras, renovados intentos de mediación en la guerra de Ucrania, como la que propició el restablecimiento de la exportación del grano ucraniano a los países necesitados. O la astuta duplicidad de proporcionar drones de alto valor combativo a Kiev, mientras permite a Rusia esquivar las sanciones occidentales. Podría también elevar la fiebre nacionalista, tan apreciada por sus bases, mediante una crisis provocada con Grecia a cuenta de la rivalidad en el Egeo. O alentar medidas unilaterales de independencia del régimen títere en el norte de Chipre. Y siempre parece a su alcance una nueva operación militar contra las bases kurdas del norte de Siria, aunque para ello necesite del aval del Kremlin.

 

NOTAS

(1) “The earthquake in Turkey and the question of guilty”. DER SPIEGEL, 10 de febrero.

(2) “How corruption and misrule made Turkey’s earthquake deadlier”. GONUN TOL (Director del Middle East Institute). FOREIGN POLICY, 10 de febrero.

(3) “How will Turkey’s earthquake affect the current election cycle”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 14 de febrero.

(4) “As tough election loom in Turkey, Erdogan is spending for victory”. BEN HUBBARD. THE NEW YORK TIMES, 26 de enero.

 (5) “Turquie: l’anée commence sous le signe du voile” (Entrevista con SAMIN AKGÖNÜL, Director del departamento de estudios turcos en la Universidad de Estrasburgo). COURRIER DES BALKANS, 2 de enero.

(6) “Turkey’s turning point. What Will Erdogan do to stay in power”. HENRY BARKEY (Profesor de la Universidad de Lehigh y experto en Oriente Medio en  el Council of Foreign Relations de Washington). FOREIGN AFFAIRS, 3 de febrero.

FRANCIA Y GRAN BRETAÑA, FOCOS DEL MALESTAR SOCIAL EN EUROPA

 8 de febrero de 2023

El invierno en Europa no está siendo tan catastrófico como se temía, debido a la anunciada crisis energética derivada de la guerra en Ucrania. Las intervenciones públicas y las medidas de control del precio del gas, el petróleo y sus derivados de Rusia han permitido amortiguar el golpe y evitar un nuevo repunte inflacionista. Aun así, la crisis se deja sentir y sigue erosionando el nivel de vida de las clases populares y medias. En los gobiernos nacionales y europeo se debate la duración y alcance de las políticas de amortiguamiento y compensación, ante la prolongación de una guerra cuyo fin no parece cercano. Los agentes sociales calibran la capacidad de respuesta. Dos países destacan en la expresión del malestar social: Francia y Gran Bretaña.

FRANCIA: EL CALVARIO DE LAS PENSIONES

En Francia, el Presidente Macron decidió no esperar a un aplacamiento de la dinámica bélica para acometer, por segunda vez, el espinoso asunto de la reforma del sistema de pensiones. En mala hora. Con una mayoría exigua en el Parlamento y la hostilidad manifiesta de los sindicatos, las fuerzas políticas de izquierda y de la derecha nacional-populista y el apoyo condicionado de los conservadores, el gobierno se encuentra en una posición fragilizada.

Después de tres jornadas de huelgas de impacto considerable, aunque quizás decreciente, llega la hora de los cálculos sobre la relación de fuerzas y la reconsideración de estrategias. La jefa del gobierno, Elisabeth Borne, asume el desgaste político y es la encargada de trazar el terreno en el que abordar posibles vías de encuentro con los únicos que se prestan a ello, el partido de Los Republicanos (1).

El aspecto clave y más polémico de la reforma es el retraso en dos años de la edad jubilación (de los 62 a los 64 años), a partir de 2030. Más allá de las cuestiones técnicas (2), el alcance político se centra en la cuestión del reparto de cargas para asegurar la viabilidad del sistema. Las pensiones en Francia son un asunto casi exclusivamente público, no hay un modelo alternativo privado de envergadura como en otros países del entorno europeo. La izquierda, en términos generales, sostiene que se estabilice el sistema mediante el incremento de la fiscalidad sobre los más ricos, es decir, justamente lo contrario de lo que ha hecho Macron desde su llegada al Eliseo, en 2017.

Los macronistas consideran que esta impugnación es ideológica o motivada por razones partidistas. A su juicio, la izquierda se evade de la responsabilidad de garantizar el bien común con el sólo propósito de desgastar al gobierno. Borne se dice dispuesta a corregir algunos de los aspectos más irritantes de la reforma, como, por ejemplo, avanzar la edad de retirada de los 64 a los 62 años (dos más que en la actualidad) para las llamadas “carreras largas”, es decir, para los trabajadores que empezaran muy jóvenes su trayectoria laboral y en tareas penosas o  duras, que supongan mayor desgaste físico. Esta era una de las exigencias de los Republicanos para apoyar el gobierno (3).

Sin embargo, estas concesiones son claramente insuficientes para la oposición y no está claro que sirvan para garantizarse el respaldo de los conservadores (4). El frente de izquierdas quiere simple y llanamente la retirada del proyecto y un nuevo replanteamiento de la cuestión sobre bases sociales más justas. No se trata de un discurso vacío. Numerosos economistas acreditan la viabilidad del sistema sólo con ajustar la actual fiscalidad. Algunos apuntan que con una subida de dos puntos a las rentas más altas se solucionaría el problema. El nacionalismo populista se apunta a la defensa de las clases más desfavorecidas y medias, pero resta ambiguo sobre el asunto de la fiscalidad.

Macron ha pretendido retirarse de la primera línea de la polémica, escarmentado por la experiencia quemante de la crisis de los “chalecos amarillos”, pero sus adversarios políticos no están dispuestos a que funcione el recurso del “fusible Borne”. En la heterogénea mayoría presidencial también se dejan escuchar ciertas desavenencias, tanto de fondo como de estrategia, aunque no es previsible una fractura interna. Al menos de momento.

En todo caso, si las cosas se complicaran, el gobierno no descarta sacar adelante el proyecto por decreto (es decir, recurriendo al controvertido artículo 43,2 de la Constitución gaullista en vigor), como ya ha tenido que hacer con las leyes de presupuestos y financiación de la seguridad social. Esta eventualidad podría encender aún más la conflictividad y consolidar el discurso de la oposición sobre el creciente déficit democrático de la era Macron. Con los “pinchazos” del Presidente en política exterior (Rusia, África y enésimo bloqueo del eje franco-alemán), el frente interno se antoja una pesadilla de difícil gestión para el Eliseo.

GRAN BRETAÑA: UNA CRISIS SISTÉMICA

En Gran Bretaña, la crisis social es aún más profunda. No se trata de percepciones o de confrontaciones políticas. Algunos analistas atribuyen al Brexit gran parte de los males que aquejan a la cohesión social británica, pero otros profundizan más y señalan la causa mayor del desastre: el empeño en un modelo neoliberal, más o menos corregido, mediante los guiños compasivos de David Camero o los oportunismos populistas de Boris Johnson), cuando no reforzados por la incompetente Lizz Truss, que provocó una crisis de confianza sistémica en apenas un  par de meses en Downing Street.

El actual primer ministro, Rishi Sunak, ministro de Hacienda con Johnson y rival derrotado de Truss en las primarias tories, se ha hecho cargo de un país en rumbo a la bancarrota y el desgarro social más grave en medio siglo. No es un sanador, ya que él mismo ha contribuido a crear esta situación, aunque presume de unas supuestas credenciales de competencia de los que carecían sus antecesores en el cargo.

Sunak es un multimillonario que ha demostrado escasa empatía social en varias ocasiones. Su astucia le impide incurrir en resbalones escandalosos, pero su distanciamiento le priva del nervio necesario para embridar el malestar social. Las huelgas en el sistema sanitario parecen fuera de control (5). Los servicios públicos están bajo mínimos y el descontento adquiere unas proporciones semejantes al que derrumbó el gobierno del entonces premier laborista James Callaghan, tras el atroz invierno de 1978-79. Aquella crisis alumbró el éxito de Thatcher y, meses más tarde, con el triunfo de Reagan al otro lado del Atlántico, abrió la era de un nuevo liberalismo económico feroz y ultraconservador en materia social y política.

El actual premier es un producto acabado de ese neoliberalismo basado en la hegemonía del capitalismo financiero sobre el productivo, la reducción implacable de los servicios públicos en favor del beneficio de las empresas privadas sustitutorias y la lógica del interés particular sobre las soluciones colectivas en cualquiera de las escalas sociales. El fracaso de estas recetas no es en ninguna parte tan palpable como en el Reino Unido. El nivel salarial medio es menor al de hace 18 años, algo que no tiene precedentes en el mundo occidental desde la posguerra, como señala Simon Tisdall (6). El sistema de protección social es el más debilitado de la OCDE incluido Estados Unidos, que es ya decir. La austeridad practicada desde la crisis financiera ha reducido el gasto (o inversión pública) en siete puntos: del 46% al 39% del PIB. Ni siquiera la iniciativa privada parece satisfecha. El país registra la tasa de inversión más baja de las principales economías mundiales. La desigualdad social adquiere niveles no alcanzados en décadas. Gran Bretaña es el único país europeo donde ha disminuido la esperanza de vida (7).

Pero el neoliberalismo resistió con la pócima envenenada del Brexit. Ahora que se cada día se ve más claro el gran engaño, los conservadores parecen en rumbo al desastre electoral con un retraso de treinta puntos en las encuestas. Pero no está claro que los laboristas, muy divididos sobre la cuestión europea, pero también sobre la dialéctica entre lo público y lo privado pueda revertir esta larga y pronunciada decadencia.

Quienes soñaban con un nuevo esplendor, con un Greater Britain, se despiertan cada mañana con la boca seca. Los nostálgicos del Imperio difícilmente puede soportar que, en estos momentos, el PIB de la India, en su día la joya colonial, sea superior en términos absolutos al del Reino Unido.

 

NOTAS

(1) Réforme des retraites: les questions pour comprendre ses contours et ses enjeux”. LE MONDE, 11 enero.

(2) “Réforme des retraites: àpres la troisème journée de mobilisation, les incertitudes du gouvernement”. LE MONDE, 8 febrero.

(3) Réforme des retraites: Elisabeth Borne loue la ‘justice’ du project du gouvernement”. LE MONDE, 11 enero.

(4) “Réforme des retraites: qu’en disent les parties d’opposition”. LE MONDE, 12 enero.

(5) “Up to half a million to strike across UK as talks go ‘backwards’”. THE GUARDIAN, 31 enero.

(6) “Britain is much worse off than It understand”. SIMON TILFORD. FOREIGN POLICY, 3 febrero.

(7) “British cautionary tale of self-destruction”. DAVID WALLACE-WELLS. THE NEW YORK TIMES, 25 enero.