LA APUESTA DE OBAMA Y KERRY

25 de julio de 2013
                
La administración Obama parece renunciar a jugar un papel decisivo en la evolución de las crisis egipcia y siria –al menos públicamente- y decide afrontar el desafío pendiente desde hace medio siglo para la diplomacia norteamericano: el contencioso palestino-israelí.
                
El primer mandato del presidente demócrata se había cerrado con la frustración apenas disimulada de un atasco general en las conversaciones de paz. No debe achacársele a Obama esta ausencia de avances, sino a la intransigencia de Israel; y. en concreto, a las presiones de los elementos más extremistas del paisaje político en aquel país. Pero también del sector más abiertamente hostil del Congreso norteamericano, empeñado no sólo en sabotear la mínima iniciativa de la Casa Blanca, sino también en debilitar a su presidente jaleando al primer ministro Netanyahu.
                
Hillary Clinton, a la que sólo un malintencionado puede discutirle su compromiso sin fisuras con la causa israelí, entendió enseguida que sus rivales políticos en Washington no iban a facilitar su tarea y aconsejó a Obama una prudente distancia. El presidente, al comienzo tan entusiasta como cualquiera de sus antecesores –y más los demócratas- hizo calculados amagos, pero terminó declinando una implicación más personal y marginó el intratable dossier en el catálogo de sus prioridades internacionales.
                
Ahora, con un nuevo Secretario de Estado, se vuelve con fuerza a afrontar la aparente misión imposible de tantas y tantas administraciones. Los demócratas pueden presumir de haber conseguido los mejores resultados: la paz entre Egipto e Israel (con Carter) y un principio de acuerdo entre palestinos e israelíes (con Clinton). Veinte años después de los acuerdos firmados en Washington por Rabin, Peres y Arafat, las ilusiones de una paz negociada se han ido esfumando.
               
LA APUESTA DE KERRY

John Kerry, candidato presidencial demócrata en 2004, líder de su partido en el Comité de exteriores del Senado durante muchos años y experimentado político en las lides diplomáticas, no ha querido agotar su posible último servicio al país sin quemar las naves en este asunto intratable de la política internacional.
                
De momento, ha conseguido que se reanuden las negociaciones sin que se interpongan condiciones previas. Lo cual no quiere decir que tales obstáculos hayan desaparecido o incluso se hayan relajado. Los palestinos quieren que Israel detenga la colonización de los territorios ocupados, que se produzca la liberación de un importante número de prisioneros en una fase inmediata y que se negocie el asunto territorial sobre la base de las fronteras de 1967, es decir antes de la ocupación israelí de Cisjordania. Sin olvidar, claro, que se ponga un plazo para concluir las negociaciones.

Israel, que pese al pobre entendimiento de Netanyahu con Obama sabe que nunca será abandonado por Washington, se niega a atender estas reclamaciones palestinas. Si el primer ministro se ha avenido a no hacer un desplante a Kerry es porque seguramente no cree que tenga nada que perder.
                
Kerry ha pedido discreción. Lo ha conseguido más o menos, pero no rigurosamente. El mayor ruido se ha escuchado en el bando israelí. En la coalición conservadora se han dejado oír las voces intransigentes que exageran el riesgo de las negociaciones para presionar a Netanyahu, pero también para mantener activa la propaganda republicana en el Congreso.
                
La liberación de prisioneros es el primer escollo. Ministros israelíes del sector duro ya están advirtiendo que puede ponerse en libertad a condenados por delitos de sangre. Netanyahu puede intentar el consenso con los principales exponentes del gobierno y orillar a otros más recalcitrantes. Pero también puede utilizar la oposición de éstos para dejar que el proceso se bloquee a las primeras de cambio. No en vano, en uno de sus comentarios sobre la iniciativa de Kerry, ha desdeñado las aspiraciones palestinas.
                
EGIPTO Y SIRIA, ASUNTOS RELEGADOS

Si al final las negociaciones arrancan, la administración Obama dejará atrás –o eso podría pretender- el mal sabor de boca por la falta de decisión en la guerra siria y el ambiguo papel desempeñado en la crisis política egipcia.
                
En Siria, el jefe del mando militar ha presentado estos días todas las opciones barajadas por la Casa Blanca, con sus posibilidades y riesgos. En resumidas cuentas, el Pentágono cree que una implicación norteamericana más directa puede tener una influencia importante en el curso de la guerra, pero deja claro los riesgos de una campaña larga y costosa, en vidas en y dinero. El general Martin Dempsey, azuzado por el republicano McCain para que comprometiera opiniones personales, fue muy cauto en su informe y se limitó a delinear con mucha claridad las valoraciones técnicas de las políticas. El asunto sigue abierto, pero será difícil que Obama, aún por cerrar la retirada de Afganistán el año próximo, se arriesgue a otro Irak para culminar su paso por la Casa Blanca. Que el presidente Assad haya ganado terreno no parece a día de hoy argumento suficiente. Al menos mientras no se disipen los temores sobre una influencia indeseada de elementos islámicos radicales en la oposición. Se les armará, con mucho tiento y controles rigurosos, y poco más.
                
En Egipto, el delicado equilibrio entre golpistas e islamistas se ha traducido en una postura muy ambigua. Ni condena ni respaldo del golpe de estado. Pronunciamientos generales sobre el deseable restablecimiento del proceso democrático, perfil bajo en las apariciones diplomáticas públicas y pies de plomo en las declaraciones de los portavoces.
                
Esta selección de prioridades de la administración Obama no es caprichosa. Un revelador estudio de Shibley Telhami, resumido en FOREIGN POLICY, demuestra, una vez más, que el conflicto palestino-israelí es el elemento de mayor impacto para el mundo árabe en la percepción de la política de Washington. Ni su actitud ante las revoluciones de los últimos años, ni siquiera la ayuda económica importan más que la satisfacción de los derechos de los palestinos. Tampoco la desactivación de la amenaza nuclear iraní.

Paz justa antes que pan, libertad o seguridad. Esto quiere la mayoría de las masas árabes. O, al menos, eso es lo que declaran. Obama lo sabe y, de conseguirlo, su presidencia será un éxito indiscutible. Un papel más activo en Egipto, Siria o Irán, aunque se cerrara con éxito, no tendría el mismo valor emocional y político. El riesgo bien vale doblar la apuesta. 

EGIPTO: EL ENGAÑOSO PROCESO DE NORMALIZACIÓN

17 de julio de 2013

Dos semanas después del golpe militar en Egipto, la cúpula de las Fuerzas Armadas, los dirigentes de los principales partidos afectos a la operación de derribo del Presidente Morsi, una inmensa mayoría de los intelectuales liberales y la mayor parte de las cancillerías occidentales impostan una forzada impresión de normalización.
               
LA TENSIÓN SE MANTIENE PESE AL DISCURSO OFICIAL

No es eso, sin embargo, lo que está ocurriendo en la calle, donde se mantiene, con mayor o menor virulencia según los días, un enconado pulso entre los seguidores de los Hermanos Musulmanes y amplios sectores laicos. En los despachos, se toman decisiones, se juran nuevos cargos, se proyecta una rutina institucional, pero se evidencian lagunas enormes en el proceso político.
                
La sangre sigue corriendo. La calma sólo se aprecia en los noticiarios de la televisión estatal, controlada descaradamente por los propagandistas militares, o en los canales privados, dominados por sectores no ya enemigos acérrimos de la Cofradía, sino claramente afectos al antiguo régimen.

La represión está dañando profundamente a los nuevos gobernantes. Las Fuerzas Armadas y las distintas agencias y cuerpos de seguridad continúan desmantelando, intimidando y eliminando del proceso a dirigentes, cuadros medios, militantes y simpatizantes de la Hermandad. El reciente informe de AMNISTÍA INTERNACIONAL es muy concluyente al respecto. El silencio de los ‘liberales’, ‘laicos’, ‘demócratas’ y ‘rebeldes’ resulta muy elocuente. Algunas voces de estos sectores claramente opuestas a Morsi ya han advertido del peligro de embarcarse sin matices en el rumbo impuesto por los militares. Pero, como documenta el corresponsal del NEW YORK TIMES en Egipto, estas protestas son contadas y resultan acalladas, descalificadas o confrontadas por el sector mayoritario afecto al golpe. También abundan los testimonios de regreso a escena, incluyendo a importantes palancas de poder, de tecnócratas, empresarios y buscavidas criados durante el régimen de Mubarak.

Algunos analistas han señalado que los militares no estarían demasiado preocupados por el pulso que le plantean los Hermanos Musulmanes, bien porque creen que es cuestión de tiempo que se dobleguen y terminen aceptando el nuevo curso político, bien porque confían en poder favorecer la emergencia de nuevos líderes más dispuestos a negociar y a enterrar a los más intransigentes.

Estos días, algunos medios liberales extranjeros poco dispuestos a aceptar la tesis de la inevitabilidad del golpe han contado ilustrativos ejemplos de cómo, a los pocos días de ser desalojado Morsi del poder empezaron a funcionar servicios públicos, como la luz, la recogida de basuras, el saneamiento del agua, las patrullas policiales, etc. Naturalmente, no hubo tiempo en sólo unos días de subsanar deficiencias tan extendidas como profundas. Lo que indicaría que tales obedecían más a un boicot organizado que a la incompetencia flagrante de los gestores anteriores o al abandono de esos servicios. No se exculpa al gobierno de los Hermanos de su incompetente gestión, pero cada vez parece más claro que eso no explicaría por si sólo el nivel de descontrol que se había adueñado del país.

UN CAMINO CON DEMASIADOS AGUJEROS

Pero quizás lo más escandaloso de todo el proceso sea la escasa solvencia de la denominada ‘hoja de ruta’ de la institucionalización. La llamada ‘declaración constitucional’, que pretende ser la demostración de las buenas intenciones de los militares de restaurar la democracia es un documento chapucero, deficiente y sorprendente, si se tiene en cuenta que el Presidente interino es la cabeza del Tribunal Constitucional.

En un artículo para FOREING POLICY, el experto constitucional Zaid Al-Alí señala los innumerables defectos de esa ‘declaración institucional’ que marcaría la denominada ‘hoja del ruta’ del movimiento corrector del 3 de julio. Los plazos son a todas luces demasiado cortos, no ha habido proceso de consultas previo, las garantías de ecuanimidad y pluralidad son inexistentes, no existen referencias a derechos y libertades fundamentales de forma clara y precisa. Y, para colmo, los poderes que se le conceden al Presidente interino, Al Mansur, son similares a los que disfrutaba Morsi, y que resultaban tan intolerables para los defensores del golpe militar.

EL MUNDO EXTERIOR: ENTRE EL SILENCIO Y LA INCOMODIDAD

El posicionamiento ante lo que está ocurriendo en Egipto resulta especialmente incómodo para quienes desde Europa intentar comprender la situación. Debería resultar sencillo mostrarse comprensivo con la iniciativa militar, resistirse a considerarla un golpe de Estado, confiar en las palabras de los generales que prometen una rápida restauración de la democracia y dar por cerrado este engorroso asunto.
               
Es lo que parece haber hecho Europa, demasiado ensimismada en la crisis interna, en sus problemas económicos, sociales y burocráticos, como para preocuparse más de lo debido por una lucha ajena, en un país sin duda importante, pero demasiado inestable para poder enderezarlo desde fuera

En Estados Unidos se toman la molestia de cumplir con su responsabilidad de garante de la estabilidad en Oriente Medio, que pasa, indefectiblemente, por el encauzamiento de la crisis egipcia. La administración Obama trata de no dejarse más plumas de las ya entregadas antes, durante y después del pronunciamiento cívico-militar. No le está resultando fácil. El jefe de la diplomacia, John Kerry, recientemente de gira por la zona, evitó hacer parada en Egipto, sabedor del clima enrarecido que se respira hacia Washington, de uno y otro lado. Por parte de los islamistas derrocados, porque consideran que los norteamericanos han bendecido discretamente el golpe y hasta la represión posterior. Del lado de los partidarios de la acción militar, porque estiman que la diplomacia estadounidense maniobró hasta el final para impedir el derrocamiento de Morsi. Para intentar apaciguar a unos y otros, ha recalado en El Cairo el segundo de Kerry, el avezado diplomático Williams Burns. Poco o nada ha conseguido. Incluso los islamistas radicales de Al Nour, rivales de los Hermanos Musulmanes, le hicieron el desaire de no querer entrevistarse con él. Parecido plantó le dieron los dirigentes del movimiento rebelde Tamarod, los principales instigadores del golpe.

En definitiva, Egipto puede caerse de las portadas de periódicos y cabeceras de los telediarios, pero continúa siendo uno de los asuntos internacionales más preocupantes.

EGIPTO: LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

9 de julio de 2013

Era de temer la deriva violenta en Egipto tras el golpe militar de la semana pasada. Los Hermanos Musulmanes podían difícilmente avenirse a la falsa solución orquestada por la cúpula de las Fuerzas Armadas con la complicidad de la oposición, porque les privaba de la hegemonía política conquistada en las urnas. Al triunfar la presión en la calle, la Hermandad no tenía más remedio que aceptar el pulso y demostrar su capacidad de movilización.

El resultado es un riesgo de caos creciente, de polarización peligrosa y de amenaza de confrontación sangrienta. Este escenario resulta, a la larga, perjudicial para los Hermanos. Pero, a corto plazo, puede ser devastador para las Fuerzas Armadas, porque puede arruinar la legitimidad acumulada que invocaron para liderar la corrección del rumbo político.

RADIOGRAFIA DEL GOLPE

En los últimos días se han ido conociendo claves y detalles del proceso que condujo al golpe del 3 de julio. Como avanzábamos en el artículo anterior, la cúpula castrense se manejó con ambigüedad para justificar su decisión de erigirse, una vez más, en actor resolutorio de la crisis. Llama la atención, en todo caso, la torpeza –o la candidez, según se mire- del depuesto presidente Morsi para afrontar la sucesión de los acontecimientos.
               
El Jefe de las Fuerzas Armadas y Ministro de Defensa, Al Sisi, aprovechó la relación de confianza forjada con el Presidente para hacerle creer hasta el último momento que actuaría como aliado suyo y no, como al final ocurrió, como juez implacable de su destino. El NEW YORK TIMES cita a distintos asesores del Presidente para afirmar que Morsi fue el último en querer aceptar que Morsi se iba a poner del lado de la heterogénea oposición que pedía a gritos su cabeza y el final de la gestión de la Hermandad Musulmana. Al Sisi habría llegado a asegurar al Presidente que, con sus advertencias, públicas y privadas, sólo pretendía aplacar a otros sectores más duros de sus compañeros. El mensaje era claro: acepte usted el golpe blando para neutralizar el golpe duro. Salvando las distancias, lo ocurrido recuerda a otro episodio, hace cuarenta años, cuando un tal Pinochet le juraba lealtad al Presidente Allende...
           
Morsi no es Allende, naturalmente. En el ejercicio del poder, no ha sido tan impecable, ni tan respetuoso de las prácticas democráticas, aunque debe reconocerse que la oposición que le reprocha abuso de poder, incapacidad para forjar consensos imprescindibles y eficacia en la gestión del país debe demostrar ahora que puede hacerlo mejor.
                
LAS CONTRADICCIONES DEL FRENTE CÍVICO
             
De momento, no está ocurriendo así. La coalición que ha solicitado los servicios de los militares para acabar con el mandato de los Hermanos Musulmanes no da señales de controlar la situación. Ni siquiera los primeros pasos de la cacareada ‘hoja de ruta’. Es notable el patinazo del muy gris Presidente interino al anunciar que el primer ministro sería el diplomático El Baradei, para rectificar enseguida, al constatarse lo que todo el mundo podía anticipar: el veto de los islamistas radicales de Al Nour, más ansiosos por aprovecharse del sometimiento de la Hermandad para hacerse con la hegemonía del electorado religioso que de coadyuvar en la democratización del país. Otras opciones laicas, muy apreciadas en Occidente, seguramente, pero minoritarias en Egipto, han merecido parecida suerte. La selección del Jefe del gobierno puede prolongarse. O peor aún, una vez consensuada, puede verse sometida a una continua desestabilización. El anuncio de elecciones en 2014 –esperado, por lo demás- parece destinado a apaciguar los ánimos después de la sangrienta jornada del lunes.
                
Resulta de especial interés la valoración de un veterano socialista, Wael Jalil, citada por el periodista egipcio Ashraf Jalil (el mismo apellido es pura coincidencia) en un artículo para FOREIGN AFFAIRS. El dirigente socialista contemplaba la intervención militar como ‘escenario de pesadilla’ y se inclinaba por un proceso de presión sobre Morsi, más paciente y prolongado, pero menos dependiente del Ejército.
               
LA IMPOSIBLE RETIRADA DEL EJÉRCITO
               
Temores similares empiezan a escucharse estos días, aunque se habían dejado oír durante las atronadoras manifestaciones previas al golpe. Pero esas cautelas sobre el papel protagonista de los militares fueron allanadas ante la perspectiva tentadora de echar de la escena a Morsi y la Hermandad. Un profesor de Oriente Medio  de la Universidad de California, y habitual comentarista de Al Jazeera, Mark Levin, sugiere que el proceso que se vive en Egipto desde el derrocamiento de Mubarak puede consagrar la consolidación del Ejercito a imagen y semejanza del Mazjén marroquí; es decir, un sistema complejo de poder, elitista y en modo alguno democrático, que se erige en fachada institucional de legitimación.
  
Sugerente, pero nada nuevo. Las Fuerzas Armadas han gobernado Egipto de forma abierta o encubierta desde hace sesenta años. Hasta Morsi, todos los presidentes han salido de sus filas. Las elecciones no han merecido nunca la mínima consideración democrática. El PND era un mero aparato político sin más base social que el apego de los egipcios a sus uniformados como institución refugio de sus temores y frustraciones.
               
Al Sisi afirmó la noche del golpe que no era intención de las Fuerzas Armadas meterse en política. Pero renunciar a la Presidencia o al gobierno no quiere decir apartarse del poder. Nunca han estado fuera, ni antes ni después de la primera revolución. Ni se les ha pasado por la cabeza automarginarse ahora. Durante décadas, se han asegurado el papel de único garante de la continuidad del Estado egipcio. Y, además, porque han amasado un impresionante tinglado de intereses económicos, sociales y patrimoniales a los que les es imposible renunciar. Las Fuerzas Armadas en Egipto no son un Estado dentro del Estado: son el Estado.
                
Con estas premisas, se antoja ingenua una evolución democrática del golpe. A lo más, asistiremos a una nueva fachada en la que se acomoden, con más o menos suavidad, los distintos sectores de la sociedad egipcia. Los Hermanos Musulmanes constituyen la única institución que puede rivalizar con los militares en sustento social. Por mucho que se hayan erosionado en este año al frente del país, aún conservan su condición de principal fuerza política y social. Están acostumbrados a la persecución, la represión, la clandestinidad y la marginación políticas. Ahora se enfrentan al dilema de forzar también el martirio o avenirse a un acomodo con los militares y sus protegidos laicos. El jefe de su ala política, Mohamed Beltagy, descartaba esta última opción. Pero es pronto para definir estrategias a medio plazo.
                
LA RESPUESTA DE WASHINGTON

El otro elemento a considerar es la actitud exterior. En particular, lo que hará Estados Unidos. Obama fue criticado en su día por apoyar la caída de Mubarak. El ‘establishment’ le recordó con cierta insolencia que el Presidente tiene que velar por los intereses estratégicos norteamericanos antes que apadrinar confusas aventuras democráticas. Esas u otras voces de semejante tenor se han vuelto a escuchar estos días, después de que el Presidente se abstuviera de bendecir el golpe, aunque tampoco lo condenara. Los que solicitaban la intervención militar se irritaron con la embajadora Patterson, por entender que intentó hasta última hora salvar el gobierno de Morsi. Otras informaciones permiten poner en duda esta interpretación. Todo indica que Washington mantuvo siempre todas las opciones.

                
En todo caso, para conocer el estado de opinión del aparato de poder norteamericano, destacamos la opinión del ex-embajador en Israel, Martín Indik, hoy conspicuo miembro de la comunidad de los' think-tank'. En un artículo para FOREING POLICY, le recuerda a Obama que las Fuerzas Armadas egipcias son “el único puerto seguro del país” y, por tanto, no tiene más remedio que trabajar con ellas y asegurarles la sustanciosa ayuda de 1.300 millones de dólares, evitando reprimendas públicas. En todo caso, en privado, puede recomendarles que garanticen la reanudación del gobierno civil pleno y la restitución plena de la democracia cuanto antes. El viejo reflejo del apoyo a los golpes cuando éstos resultan la mejor garantía de los intereses.

EL ABISMO EGIPCIO

 4 de julio de 2013

                
Se ha consumado el golpe de Estado en Egipto. La cúpula militar se ha decidido por destituir al presidente Morsi, suspender la constitución y nombrar al presidente del Tribunal Constitucional como jefe interino del Estado.  Bajo cualquier circunstancia, se trata de una peligrosa solución y de una deriva indeseable de la ‘primavera árabe’. Que las movilizaciones ciudadanas en contra del gobierno de los Hermanos Musulmanes y de la interrupción del proceso democrático hayan sido masivas no pueden justificar esta aparente salida de la crisis sin una visión crítica. Por otro lado, la coalición opositora reunida en el bloque Tamarrod (Rebelión) es demasiado heterogénea para conjurar la inquietud que provoca esta solución.

UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

Todo el mundo es responsable de lo ocurrido estos últimos meses en Egipto. La gestión de Morsi no merece muchos apoyos, ha fracasado en el empeño de unificar el país, o peor aún, ni siquiera se lo ha propuesto seriamente. Ha utilizado su triunfo electoral, indiscutible por lo demás, para acelerar la islamización del país. El deterioro de los servicios públicos, el incremento de los precios de los productos básicos, el pavoroso estancamiento económico y una esclerosis general en la administración son, sin duda, defectos atribuible en primer término al Ejecutivo. Algunos ministros han tratado de salvarse abandonando a última hora.
                
Sería poco riguroso, sin embargo, obviar la responsabilidad de otros agentes políticos e institucionales en el naufragio de la incipiente democracia egipcia. Los aparatos de poder criados durante el régimen de Mubarak no han aceptado nunca el resultado de las urnas. Han boicoteado repetidamente al gobierno. Dos han sido las instituciones más dañinas: la judicatura y las fuerzas de seguridad. Los Hermanos Musulmanes no han podido depurarlas, no en el sentido de ocuparlas o ponerlas a su servicio, sino de democratizar su funcionamiento. Pero sería hipócrita sostener que esa tarea podía hacerse en tan poco tiempo.
                
En cuanto a las fuerzas laicas que han empujado en favor de la destitución de Morsi y el final del gobierno de los Hermanos Musulmanes, han evidenciado no solo contradicciones flagrantes, sino la falta de un programa solvente y coordinado. Parece que su objetivo se limitaba a conseguir en la calle lo que no pudieron lograr en las urnas: echar a los Hermanos Musulmanes, revestir de legitimidad la operación, apuntarse a la senda constitucional cuanto antes y volver al 11 de febrero de 2011, fecha de la caída de Mubarak.
                
No ha sorprendido que Mohamed El Baradei, el diplomático, el patriarca de la Iglesia copta y otras personalidades hayan comparecido junto a la cúpula militar. Ellos habían reclamado el golpe, eso ya se sabía. Pero con ese gesto se hacen responsables del mismo. Los escrúpulos democráticos invitan a otro tipo de comportamientos y no a convocar salidas de fuerza. Un golpe de Estado es un golpe de Estado por mucho que se pretenda revestir de figuras no uniformadas en la imagen que se proyecta al mundo.

EL DUDOSO PAPEL DE LAS FUERZAS ARMADAS

Las Fuerzas Armadas han jugado al caliente y al frio con los gobiernos sucesivos posteriores a la caída del ‘raïs’ Mubarak. No es especulativo afirmar que Morsi pudo ser investido presidente porque los militares lo consintieron, ya que obtuvieron el mantenimiento de sus privilegios sustanciales. En todo caso, la ambigüedad ha sido su norma de conducta hasta estos últimos días. Hay varias interpretaciones. Hasta tal punto de que, en su pronunciamiento de advertencia al presidente Morsi, a comienzos de semana, tuvieron que matizar y elaborar aclaraciones. No por torpeza, seguramente. Unos analistas sostienen que estaban ofreciéndole al Presidente una salida honrosa, un golpe pactado. Otros, creen que los militares egipcios querían disimular el golpe de estado con una supuesta acción patriótica. Algo propio de los golpistas, que presentan siempre sus actos como una necesidad, como algo inevitable, como un acto de sacrificio. Al parecer, Morsi terminó aviniéndose a un gobierno de unidad nacional. Pero lo habría hecho demasiado tarde, cuando se vio perdido, cuando los militares ya le habían empujado hacia la puerta de salida.

Los militares no sólo están interpretando los temores de numerosos sectores sociales por la creciente hegemonía islamista. También están defendiendo sus intereses corporativos, que corrían creciente peligro con la consolidación de los Hermanos Musulmanes.

Las Fuerzas Armadas pretenden legitimar el golpe anunciando elecciones y un cambio constitucional. O, lo que puede presentarse como un gesto de delicadeza, no deteniendo a los líderes de la cofradía o al propio Presidente, aunque si impedir su salida del país. Lo que no reconocen es que el triunfo de los islamistas moderados en los comicios se debió a unas normas pensadas para que ganaran otras fuerzas. No ocurrió lo deseado, sino lo contrario. No fueron los Hermanos Musulmanes los que fijaron las reglas, por mucho que se aprovecharan luego de ellas.
                
LOS PELIGROS SIN CONJURAR

Lo peligroso de lo ocurrido estos últimos días es que ha saltado en pedazos el proceso institucional. Si se trata de forzar en la calle la opción deseada, es probable que los islamistas, una vez repuestos del choque (que ya anticipaban, incluso los más optimistas) se dediquen a amasar su imponente capacidad de movilización para crear un ambiente de insurrección social. Conviene no olvidar que los ahora desalojados del poder son la fuerza política y social mayoritaria, más allá de la valoración que merezca el ejercicio de su gestión.

Egipto puede vivir un proceso de iraquización. Los Hermanos Musulmanes constituyen una fuerza moderada, aunque eso se entienda mal en Occidente. Pero el golpe puede empujarlos hacia posiciones de victimismo o martirio. Peor aún, si los sectores islamistas más radicales, los salafistas de Al Noor, opuestos a Morsi y allanados a la solución militar, perciben que los triunfadores de la crisis son las fuerzas laicas, o incluso los cristianos coptos, es más que probable que resurjan opciones combativas, armadas o clandestinas en la línea de lo que fueron en su día Al Gamaa Al Islamiya o, incluso, la Jihad Islámica, fundadora de Al Qaeda.

                
Es comprensible la simpatía de los progresistas occidentales hacia las fuerzas sociales que demandaban un ‘golpe de timón’. Pero conviene calcular las consecuencias de actos de fuerza de este tipo. ¿Qué pasará si, aún en el caso muy incierto de que surgiera un gobierno ‘laico’ de las próximas elecciones, se produzca una movilización callejera masiva islamista? ¿Aprovecharían las Fuerzas Armadas esta eventualidad para tomar el poder sin mediaciones, ambages o disimulos, aunque no parezca interesarles esta opción en modo alguno?  En ese caso, los sectores ‘laicos’ u ‘occidentalizados’  podrían haber hecho de aprendices de brujo.

BRASIL: ¿SE PINCHÓ EL BALÓN?

26 de junio de 2013
                
Brasil ha sido el último país en entrar en el carrusel de protestas ciudadanas que tienen la capacidad de arrinconar gobiernos, aunque mucho menos de construir alternativas y generar un cambio real.
                
Cada revuelta tiene un desencadenante concreto, no importa ahora cuál. En Brasil, ha sido el malestar por las tarifas de los autobuses. Que enseguida se vio incrementada por otras reclamaciones sociales básicas en el ámbito de la sanidad, la educación o la justicia retributiva. Cuando el movimiento empezó a tener dimensión política concreta, afloró el enfado cívico por la corrupción, la falta de confianza en la clase política y, de forma más difusa, un alejamiento de los procedimientos de la democracia para afrontar y resolver los problemas.
                
UN PANORAMA ALENTADOR
                
Turquía y Brasil eran, hasta hace poco, improbables países para que prendiera la protesta. Ambos eran emergentes, la situación socio-económica era mejor que en otros lugares más golpeados por la crisis, la credibilidad de sus gobiernos era razonablemente sólida. Se trata de casos distintos, por supuesto, aunque la popularidad de Erdogan y Roussef sea compartida. Los reflejos autoritarios del primero no se aprecian en la segunda, aunque la presidenta brasileña ha recibido críticas por cierta arrogancia ante determinadas iniciativas de protesta, lo que ha ocurrido también en el caso del primer ministro turco.
                
Hasta hace sólo unos semanas, varios medios prestigiosos internacionales no regateaban elogios sobre Brasil, como 'país de moda', tras ser seleccionado para albergar el Mundial de Fútbol de 2014 y las Juegos Olímpicos de 2016. En el verano del año pasado, DER SPIEGEL titulaba de esta forma tan elocuente un reportaje sobre el gigante iberoamericano: 'Brasil, de la pobreza al poder. Cómo el buen gobierno ha hecho del país una nación modelo'. El semanario alemán resumía así las claves del 'éxito brasileiro':
                
"El país disfruta de un presupuesto prácticamente equilibrado, una deuda baja y casi pleno empleo. Está a punto de superar a Francia y el Reino Unidos y convertirse en la quinta economía del mundo. A pesar de ser un país recientemente industrializado, Brasil otorga ayuda exterior al desarrollo, y sus reservas en dólares, superiores a los 350.000 millones de $. (290.000 millones de euros) le convierten en uno de los países con potencial para ayudar a rescatar a la Unión Europea".
                
En NEWYORKER, una publicación muy del gusto de la intelectualidad norteamericana, se podía leer por ese mismo tiempo:
                
"Entre las principales potencias económicas mundiales, Brasil ha logrado una inusual marca: alto crecimiento, libertad política y desigualdad decreciente. Lo que supone un contraste con respecto, respectivamente, a EE.UU. y la Unión Europea (el primero), China (el segundo) y casi todo el resto de países (el tercero)".
                
Existían, por supuesto, otros análisis menos optimistas. Pero las previsiones sobre el futuro inmediato del país eran abrumadoramente alentadoras.
                
Desde la izquierda, lo más valorado de estos últimos años ha sido la expansión de los programas sociales. En diez años, millones de brasileños se han beneficiado de ellos. El más celebrado es Bolsa Familia, que comenzó alcanzando a tres millones y medio de hogares sólo se reparte este años a menos de la mitad. No porque faltaran fondos, sino porque los antiguos beneficiarios han superado el indicador (35 dólares) por debajo del cual se tiene derecho a percibir el subsidio. La clase media se ha ensanchado en Brasil y ya supone más de la mitad de la población. Es la prosperidad y no un reflejo ideológico o un compromiso ético lo que ha hecho menos apremiante la necesidad de esos rescates populares de emergencia.

El antecesor de Lula, el socialdemócrata (más bien social-liberal) Fernando Henrique Cardoso, me recordaba en Brasil en mitad del mandato de Lula que esos programas los había puesto en marcha él y que el líder del PT había mantenido lo fundamental de su política económica. Tenía bastante razón. Como es sabido, Lula intentó tender puentes entre la socialdemocracia latinoamericana y la 'vía bolivariana', en una suerte de senda intermedia que combinaba el respeto a las buenas condiciones del capital con los propósitos redistributivos.
                
EL AMARGO DESPERTAR
                
Lula dejó Brasil mejor que lo encontró. Nadie discute eso. Pero la coyuntura jugó a su favor. Eso tampoco puede disputarse. Dilma Roussef asumió el poder con un legado favorable, pero apuntó ciertos cambios desde un principio. Hubo ciertas dudas sobre si la presidenta daría un giro a la izquierda o ampliaría la conciliación con los grandes capitales e inversionistas externos, mediante medidas liberalizadoras. Hizo un poco de cada cosa.
                
Hace unos días leíamos al profesor Buenaventura de Sousa, de la Universidad de Coimbra, señalar algunas tendencias inquietantes en el mandato de Dilma Roussef. El autor trazaba una línea diferenciadora entre Lula y su sucesora. Pero lo cierto es que algunas semillas del malestar se sembraron en los años del anterior presidente. El auge del llamado 'agro-bussiness', los megaproyectos energéticos de gran impacto ecológico, el avance de la desforestación y la lesión de los derechos indígenas no fueron frenados de forma clara y terminante durante los años de Lula.
                
En todo caso, el componente dominante de la protesta no ha sido la decepción de los pobres, sino reclamaciones de la clase media, que quiere más y más deprisa. El malestar ha estallado por algo más ocasional. Algo tan cotidiano como una subida del billete del autobús ha encendido las cosas. Pero también ha habido un cierto efecto contagio en la protesta. La televisión (siempre hostil al gobierno) y los medios sociales propagan un clima de revuelta que no siempre engancha con motivaciones de largo recorrido. Para escarnio de una presidenta con un pasado revolucionario y unas convicciones aún progresistas y merecedoras de crédito.
                
La obscenidad del dispendio deportivo no hubiera sido en otro tiempo un factor decisivo de irritación. Pero ciertas facturas de infraestructuras han resultado escandalosas, incluso en un país como Brasil que soporta la corrupción como una plaga bíblica. O que perdona todo por el gran espectáculo del balompié: la 'caraninha' es intocable. El grito de los jóvenes contra ese monumental desvío de fondos hacia la construcción de estadios faraónicos en localidades extrañamente ajenas a la pasión futbolística ha contado con cierto apoyo de las mayorías sólo a regañadientes. Si Brasil se impone a España (su rival presumible) en la vigente Copa Confederaciones (aperitivo inoportuno del Mundial), la borrachera 'balompédica' puede otorgar cierto respiro a la presidenta.
                
DUDAS SOBRE LA RESPUESTA
                
Con respecto al plan que Roussef ha anunciado para retomar la iniciativa política, lo mejor que puede decirse es que al anunciarse como respuesta a la presión callejera, nadie sabe si a) tiene intención de aplicarlo, y b) si, aún en ese caso, podrá sacarlo adelante. Depende de la oposición bien pertrechada en el Congreso, del poder de los estados y de los grandes ayuntamientos, que ha contemplado con regocijo como la contestación inicialmente dirigida contra esos poderes locales se desplazaban hacia el gobierno federal. De todas las medidas, la reforma constitucional para perseguir con más dureza la corrupción puede ser el más jaleado, pero el más tortuoso en su gestión. La dedicación de los beneficios petroleros a la educación resulta malabar por la competencia que tienen en su gestión los poderes regionales.
                
En fin, a Brasil se le pincha el balón de la potencia emergente galopando firmemente hacia la cima mundial. Pero igual que brotan los aspirantes a ídolos futbolísticos en cualquier playa, esquina o rincón del país, no le faltan al gigante suramericano recursos en sus campos, bajos marinos, fábricas y  laboratorios para afrontar este desafío. No es la emergencia de Brasil lo que está en riesgo, sino la definición de su modelo social en el nuevo desorden mundial.



IRÁN: ¿CÁLCULO O SORPRESA?

20 de junio de 2013
                
       El triunfo incontestable de Hassan Rouhani en las elecciones presidenciales iraníes ha sorprendido  a la mayoría de los medios occidentales y a algunos observadores más atentos a lo que sucede en el gran país persa.  Rouhani era el candidato más moderado, después de la criba realizada por el ‘Guía Supremo’ y su cohorte vigilante de la idoneidad religiosa, el llamado Consejo de Guardianes. Se esperaba un sucesor más afín a la ‘línea dura’ que defendía supuestamente el Ayatollah Jamenei. ¿Estamos por tanto ante una desautorización del ‘número uno’ del régimen? ¿Ante un voto de ‘protesta’? ¿Ante una sorpresa?
            
      Lo cierto es que la mayoría de los medios occidentales, y muchos expertos en Irán, no daban a Rouhani como favorito, y se inclinaban por vaticinar que el sucesor del flamígero Ahmadineyad iba a ser Said Jalili, considerado como el auténtico ‘protegido’ de Jamenei,  responsable actual de las negociaciones nucleares y reputado conservador. Como mucho, otorgaban ciertas posibilidades al popular y populista alcalde de Teherán, al que algunos atribuyen una gestión eficaz de los servicios municipales de la capital.
                
          LAS RAZONES DE UNA VICTORIA
          

          Pero ha ganado Rouhani, y no de cualquier manera: con casi el 51% de los votos, y una participación elevada (casi el 73%). Las razones más aparentes de su éxito serían las siguientes:

Primera. La “moderación” de su discurso, muy hábil, muy inteligente, muy capaz , y muy conveniente, teniendo en cuenta que no caben dudas de su vinculación con el régimen teocrático desde sus inicios. Ya formaba parte de la corte de seguidores de Jomeini, desde el exilio parisino del ‘santón’ chií. Ha sido parlamentario durante dos décadas, fue un hombre clave en la conducción de la guerra contra Irak y tiene credenciales de fidelidad más que sobrantes. Pero Rouhani habría conectado con el ‘cansancio’ de la clase media, harta de apretones económicos y rigores ideológicos y morales que ni dan pan ni quitan penas. Y sobre todo con la juventud iraní, tramó demográfico mayoritario, ya que los menores de 35 años suman las dos terceras parte de la población.

Segunda. La recogida o reunión en su candidatura de votos reformistas o moderados, tras la eliminación, obligada o voluntaria, de algunos candidatos afines a esas tendencias, como el presidente en los noventa y uno de los políticos más influyentes de la reciente historia de Irán, el Hojatoleslam Rafsanjaní, hoy en desgracia, o Mohammad Reza Aref, próximo al también expresidente Jatamí; o incluso del protegido del presidente saliente Ahmadineyad, su jefe de gabinete, Esfandiar Rahim Mashaie. Es decir, el beneficio del ‘voto útil’.

Tercera. La división del voto más conservador, con enfrentamientos incluso agrios en los últimos días de campaña, ya que cuatro de los seis candidatos con ciertas opciones se reclamaban de la doctrina más oficialista. Resulta especialmente significativo que el citado Jalili, ‘front runner’ hasta casi última hora, quedara en último lugar, con un humillante 10%.

¿UN CAMBIO DE TÁCTICA?

La gran pregunta es: ¿y si Jamenei descartó ciertos candidatos reformistas, por qué dejó en liza a quien podía, a la postre, beneficiarse de una percepción moderada para triunfar? ¿No confiaba acaso en el atractivo electoral de Rouhani? ¿Tuvo un error de cálculo? ¿No supo calibrar la dimensión del malestar ciudadano y el previsible voto de castigo a los más leales?

Puede ser. Pero hay otra explicación más sugestiva. ¿No será que Jamenei quería precisamente que ganara Rouhani? Es decir, que el propio Guía hubiera comprendido hace ya tiempo que la revolución iraní no tiene salida que la apertura interna, cierta reconciliación con vecinos y potencias, una imagen más amable.  Esta tesis la defiende Suzanne Maloney en el análisis para mí más convincente de estos días, publicado en el FOREIGN AFFAIRS.

Rouhani ha defendido la liberación de los presos políticos, una economía más atenta a las necesidades populares y más derechos y libertades (especialmente a las mujeres). Pero no parece, se ha apuntado antes, un peligro para los ayatollahs y  para el equilibrio del complejo sistema político iraní. El presidente tiene poder, por supuesto, sobre todo en el plano económico y en ciertos aspectos de seguridad ciudadana. Pero en los asuntos estratégicos es la autoridad religiosa suprema, el Guía Supremo, el que tiene las riendas. O el que veta decisiones menores de otros órganos clásicos de poder de la democracia occidental (Gobierno, Parlamento, Judicatura).

El triunfador de las elecciones tiene, además, otra baza de primer orden. Fue responsable de las negociaciones sobre el dossier nuclear durante la presidencia del reformista Jatamí. Como tal, ordenó la detención del enriquecimiento de uranio, fruto de un pacto con las grandes potencias occidentales. Los conservadores le crucificaron luego por ello. Incluso el propio Jamenei se lo reprochó indirectamente, insinuando invariablemente estos años que el apaciguamiento con Occidente no es un buen camino.

Por ello, Rouhani podía parecer sospechoso. Pero el clérigo moderado ha demostrado una habilidad poco común. Como él ha recordado a veces, durante el supuesto ‘parón’ al que él se avino, el programa nuclear iraní no se detuvo, sino que registró un avance importante, aunque en otros aspectos. Ni en la campaña, ni en los años de supuesto oscurecimiento ha renegado del proyecto estratégico más ambicionado por el régimen chií. Lo que Rouhani defendía era otro sistema táctico. Más transparencia, ha proclamado en la campaña. Más diplomacia, para decirlo en corto. No en vano, se le conoce como el “sheij diplomático”.

En la actualidad, Rouhani ocupaba la dirección del Centro de Estudios Estratégicos, es miembro del Consejo del discernimiento, otra de la instituciones de la prolija arquitectura institucional iraní, encargado de arbitrar y resolver disputas. Ha sobrevivido a purgas o retiros muy severos, y pese a su relativo apartamiento de los últimos años, ha sacado la cabeza en el momento oportuno. Lo protege Rafsanajani y Jatamí, que no son necesariamente amigos. Pero quizás lo haya lanzado, más o menos secretamente, el propio Jamenei, para hacer posible un respiro para el régimen. No sólo externo, sino también, y más aún, interno: la economía es un desastre y las tensiones entre el Guía Supremo y el presidente saliente eran ya del dominio público. Las sanciones explican parte de este desaguisado, pero no la inflación del 40%, la carencia de productos básicos y un crecimiento estancado.

En su primera rueda de prensa tras la victoria, el futuro presidente se ha esforzado notoriamente por hacer amigos. O por tranquilizar a los enemigos. Se ha referido a los países cercanos –monarquías suníes que recelan de Irán tanto o más que Israel, aunque por motivos diferentes- no sólo de “vecinos”, sino de “hermanos”. Hacía tiempo que no se oía una música semejante desde uno de los principales púlpitos de Teherán.

En la Casa Blanca se ha reaccionado con optimismo cauto. Se la ha instado a Rouhani a restaurar un espíritu negociador, una vez que se ha reconocido que su triunfo es “la victoria de la calle”. Obama ha reafirmado su propuesta de “negociación directa”. Europa ha seguido la misma pauta. Como era de esperar, el mensaje más frio ha llegado de Israel, que ha pedido hechos y no sólo palabras. No sería raro ver en las próximas semanas a destacados dirigentes israelíes promover la impaciencia en sectores republicanos del Congreso norteamericano para dificultar un giro moderado en Teherán.


Habrá que esperar a ver si Rouhani es una nueva versión de Jatamí o una simple marioneta operada por Jamenei. Si es capaz de construir un perfil propio, o se limitará a hacer de ‘hombre bueno’ del régimen. De momento, la gente que salió a la calle hace cuatro años para protestar por el triunfo amañando de Ahmadineyad, y fue reprimida y castigada, ha celebrado el resultado electoral como el anuncio de un tiempo diferente. 

TURQUÍA: LA LUCHA DE CLASES, SEGÚN ERDOGAN





Los acontecimientos de los últimos días parecen anticipar un periodo de serias turbulencias en Turquía.  El aparente agotamiento de la paciencia del primer ministro con los manifestantes de la plaza Taksim, la contundente intervención policial y el desafío posterior de los díscolos protestatarios indicarían que el conflicto puede alargarse. El enquistamiento puede suponer una complicación para el jefe del gobierno, pero también para otros sectores de la oposición, cívica y política, con influencia muy reducida.
                 
A su regreso de una gira exterior, Erdogan pareció dispuesto a sofocar el movimiento de protesta, tanto política como policialmente. Su reacción no sorprendió a casi nadie. Aunque intentó moderarse en las formas, su discurso resultó muy firme, seguramente porque está convencido de disponer de las bazas suficientes para salir indemne de este desafío.
                 
Erdogan rescató su particular visión de una especie de lucha de clases en su país. Acudió al argumento que en su momento le sirvió para conquistar el poder parlamentario.  Según dijo en su momento, antes de convertirse en primer ministro, Turquía presentaba una fractura entre "turcos blancos" y "turcos negros". Los primeros serían los distintos componentes de la élite del país; los segundos, los más desfavorecidos por su condición socio-económica, pero también -detalle de la mayor importancia- los discriminados por sus creencias religiosas activas. Ni que decir tiene que él se incluyó entre estos últimos.
                 
Obviamente, la visión de Erdogan está desprovista de cualquier evocación marxista. Se ha dicho alguna vez que el proyecto político del neoislamismo turco tiene analogías con la democracia cristiana europea de posguerra. Es cierto, en la medida en que ambos movimientos pretendían dotar de contenido social a una visión confesional de la sociedad y de la política. En el caso europeo de entonces, para frenar el auge de socialistas y comunistas.
                 
Ese esfuerzo por conectar con los sectores populares no implicaba, en ningún caso, un cambio de sistema social; o, por decirlo de otra manera, la superación del capitalismo. Lo que en las sociedades cristianas europeas se presentó como "doctrina social de la Iglesia", en Turquía se afianzó en la lectura piadosa del Corán.
                 
Erdogan aprendió bien las lecciones de los fracasos islámicos anteriores. La confrontación con el poder kemalista, sustentado en la laicidad del Estado, se había hecho desde posiciones más o menos extremistas, pero su debilidad mayor había consistido en no ofrecer un proyecto social. Erdogan no pretendía liderar una revolución que cuestionara las bases del orden social, sino extender los beneficios del sistema actual. Su planteamiento era edificar una suerte de capitalismo popular amparado en la visión social del Islam.
                 
Al cabo, lo que ha generado es algo mucho más pragmático que todo eso. Su extenso y agresivo programa de privatizaciones ha debilitado el sector público, privando de poder a numerosos responsables de empresas públicas moribundas, otra de las canteras del kemalismo, en beneficio de una nueva clase de pequeños, medianos y grandes propietarios, que han asumido los principios religiosos como una seña de identidad de su ascenso social. Sobre esa base social cree ahora apoyarse Erdogan para derrotar el primer reto serio a su poder, protagonizado por la sociedad civil y no por sus habituales 'enemigos institucionales'.
                 
INTEPRETACIONES DIVERGENTES
                 
Entre los analistas de la sociedad turca se ha abierto un interesante debate sobre las lealtades de esta nueva clase media que ha garantizado el creciente poder político del primer ministro y su partido, el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo).
                 
Un sector considera que la prosperidad favorecida por el jefe del gobierno durante estos últimos años ha desencadenado unas aspiraciones de libertad, reclamación de derechos y tolerancia que pueden volverse contra el proyecto inicial, y de forma más inmediata contra el intento de cuestionar sus bases doctrinales.  El director de la sección turca del Instituto washingtoniano de Política medio-oriental, Soner Cagaptay, es el autor de un libro de inminente publicación titulado 'El auge de Turquía: la primera potencia musulmana del siglo XXI'. En una reflexión reciente publicada en THE NEW YORK TIMES, sostiene que "la nueva clase media que el AKP ha construido le está diciendo a su gobierno que la democracia no consiste solamente en ganar elecciones". El partido gobernante -añade Cagaptay- "tendrá que escuchar visiones opuestas, aún cuando continúe siendo el partido más popular del país". Por tanto, Erdogan tendrá que aceptar, tarde o temprano, que sus propias bases, y no los que ahora le critican con saña, lo obligarán a enterrar sus instintos autoritarios.
                 
Esta interpretación de carácter sociológico es claramente impugnada por una visión menos optimistas de los reflejos del primer ministro turco y su equipo de liderazgo. Otro profesor turco radicado en Estados Unidos, Daron Acemoglu, afincado en el MIT de Massachussets, considera que el proceso de democratización en su país no está garantizado por la modernización económica y social. Por el contrario, teme que el AKOP utilice el actual clima de revuelta para profundizar en las divisiones ideológicas y políticas, reforzar el autoritarismo y aceptar un pulso total.
                
 En el mismo diario norteamericano, Acemoglu hace un diagnóstico muy negativo de los factores que acreditan una democracia sana y llega a la conclusión de que los años de neoislamismo han generado un retroceso notable en las libertades (especialmente, la de expresión, plasmada en el control eficaz de los medios y la persecución de periodistas no obedientes). El profesor del MIT estima, no obstante, que la protesta de Taksim puede suponer un "giro" en el afloramiento del descontento, por mucho que el equipo gobernante se empeñe en reprimirlo y silenciarlo.
                 
A medio camino entre estas dos visiones, se manifiesta Steven A. Cook, un especialista norteamericano en Turquía, perteneciente al Consejo de Relaciones Exteriores. En un artículo reciente para FOREIGN AFFAIRS, asegura que Erdogan aún puede sentirse seguro y tranquilo por la debilidad y la fragmentación de la oposición y por la vigencia de sus logros económicos y mejoras sociales. De hecho, las encuestas de urgencia efectuadas estos días indican que el partido del primer ministro no ha sufrido erosión alguna en sus expectativas de voto.
                 
Pero el gran peligro para la hegemonía de los neoislámicos turcos -apunta Cook- es que su lógica política de dividir el país entre 'nosotros, los negros turcos' y 'ellos, los blancos turcos', desencadene un clima de confrontación incontrolable.
                 
Otro factor que puede estar influyendo en las protestas es la guerra de Siria. En un artículo para FOREIGN POLICY, Sophia Jones señala que son mayoría los turcos que desaprueban la política de Erdogan en el vecino conflicto bélico: siete de cada diez según una reciente encuesta. Los secularistas turcos no comparten que su primer ministro haya convertido a Assad en su enemigo, puesto que lo contemplan como un baluarte frente a la amenaza del integrismo islámico. A eso se une el apoyo que han prestado a la protesta los alevíes turcos (una deriva local del chiismo, como son los alauíes gobernantes en Damasco), que suman un 15 por ciento de la población.
                 
Haría bien Erdogan en seguir el consejo que él mismo le dio en su día al sirio Assad: negocie.