LA DOCTRINA BIDEN, A PRUEBA EN PALESTINA

1 de marzo de 2023

La situación en Palestina se degrada día a día. Para la mayoría de los observadores sobre el terreno, estamos ante el mayor riesgo de una escalada descontrolada de conflicto en más de veinte años. Desde la segunda Intifada no había un grado tan elevado de tensión y violencia.

Desde primeros de año se han disparado las alarmas. La represión israelí en la Cisjordania se ha recrudecido con el nuevo gobierno de Netanyahu y sus aliados de la ultraderecha religiosa y colonizadora. Las acciones armadas de los palestinos son replicadas con actuaciones combinadas del Ejército y de la fracción más violenta de los colonos. La impunidad se extiende y el primer ministro, con su habitual ambigüedad,  deja hacer o se ve superado por la escalada.

Las cifras son alarmantes. En los dos meses de 2023 han muerto por acciones violentas 63 palestinos y 13 israelíes; es decir, cinco víctimas palestinas por cada israelí. A este paso, en este año se superará el registro de 2022, que dejó 151 palestinos y 31 israelíes muertos (como se ve una proporción similar de bajas). Desde la segunda intifada no se habían producido tantos muertos. Cisjordania se encuentra en estado de ebullición, según Amos Harel, especialista en seguridad del diario de izquierdas Ha’aretz (1)

PROGROMO EN HUWARA

El pasado fin de semana tuvieron lugar los hechos más graves de las últimas semanas. Un desconocido mató a dos jóvenes colonos cerca del asentamiento de Har Bracha. A las pocas horas, unidades militares y bandas paramilitares de colonos asaltaron la vecina localidad palestina de Huwara con una brutalidad desmedida, incluso para los estándares de la zona. Un palestino que había estado en misión de socorro a las víctimas del terremoto de Turquía murió como consecuencia de las heridas de fuego recibidas. Otros cuatrocientos palestinos resultaron heridos. Más de doscientas casas y numerosos vehículos fueron incendiados (2).

La alarma generada hizo que se organizara una reunión de urgencia entre delegados del gobierno israelí y de la Autoridad palestina en Aqaba (Jordania). Se arbitró un compromiso de apaciguamiento. El primer ministro israelí hizo un llamamiento un tanto teatral a los colonos para que no se “tomaran la justicia por su mano”. Como gesto supuestamente conciliatorio, anunció la suspensión provisional de los permisos de construcción en las colonias. Pero, horas después, presionado por los radicales, se retractó. Un portavoz de las fuerzas de seguridad calificó los hechos de Huwara de ”acto terrorista”, pero no se han practicado detenciones. Según la publicación israelí +972, el Ejército impidió durante unas horas el acceso de servicios médicos, periodistas y socorristas palestinos. Días después del asalto era visible la presencia de colonos armados patrullando junto a unidades militares en las afueras.

Los graves acontecimientos de Huwara han provocado reacciones apasionadas y algunas incluso sorprendentes. Un editorialista conservador, espantado por la pasividad del Ejército, comparó lo ocurrido con la “noche de los cristales rotos”, el ataque de las fuerzas de asalto nazis contra comerciantes y viviendas judías en 1938 (3). No fue el único comentario de esta naturaleza. Varias organizaciones de derechos humanos han hablado de “progromo” (4). Recibieron este nombre los ataques mortales generalmente contra las comunidades judías en Europa central y oriental desde la Edad Media. La declaración de Tzvika Foghel, un diputado de Poder Judío, el partido extremista de los colonos, avala esta inversión de la analogía histórica. “Estoy muy satisfecho con lo ocurrido. Deseo ver a Huwara, cercada y en llamas”, dijo. Ni en los peores momentos de radicalización del movimiento colono, un responsable político se había atrevido a expresarse de esa forma.

Poder Judío  forma parte de la coalición de gobierno. Su líder, Itamar Ben Gvir, es el Ministro de Seguridad Nacional. Netanyahu le concedió prácticamente carta blanca en los territorios ocupados. No sólo niega los derechos palestinos, sino que propugna la anexión pura, simple e  inmediata de su tierra. En esto coincide con el Partido Sionista religioso, de Belazel Smotrich, que ocupa la cartera de Finanzas y propugna la orientación teocrática del Estado.

Las organizaciones israelíes de derechos humanos o de izquierda están espantadas por lo que ocurre. El Centro B’Tselem considera que el gobierno está inspirado por ideas supremacistas con un patrón claro de actuación: “los colonos perpetran los ataques, los militares los protegen y el gobierno los apoya. Es una sinergia” (5).

No es extraño, por tanto, que se hable ya de una “tercera intifada” palestina. Y si las dos anteriores surgieron sin un liderazgo inicial claro, en este caso podría ocurrir lo mismo, pero de manera aún más clara. En los últimos años han surgido grupos armados como las Brigadas de Jenin o Guarida del Léon ajenos a los grupos combatienes tradicionales (6). La Autoridad Palestina está completamente superada y desprestigiada debido a su inoperancia y pasividad cuando no servilismo e incluso complicidad con la represión israelí. Por no hablar de la extensión tentacular de la corrupción que gangrena sus actuaciones. Un escritor palestino ha calificado a la AP de “subcontratista del ocupante”.

LA TIBIEZA NORTEAMERICANA

La administración Biden se encuentra visiblemente incómoda por la deriva israelí. Pero es más que improbable que, salvo un descontrol absoluto, vaya más allá de recomendar moderación y control. Los acontecimientos del fin de semana sólo han merecido una escueta y comedida declaración del portavoz del Departamento de Estado: “Los Estados Unidos continuarán trabajando con israelíes, palestinos y nuestros socios regionales para restaurar la calma” (7).

En semanas anteriores, después de la intervención militar de enero en Jenín, tras un atentado palestino en los alrededores de una sinagoga de Jerusalén, el tono fue similar. Algo más enérgico fue el pronunciamiento con motivo del debate del proyecto de ley del gobierno para acabar, en la práctica, con la autonomía judicial. Pero nada hace indicar que Biden se decante por una condena rotunda, a pesar de que nunca ha habido en círculos judíos norteamericanos una corriente crítica tan fuerte y extensa ante lo que ocurre en Israel. El famoso lobby judío ha dejado de ser monolítico. Las jóvenes generaciones rechazan la evolución extremista y exigen el condicionamiento de la ayuda múltiple norteamericana al cumplimiento de unas normas básicas de convivencia y el respeto de los derechos de la población palestina.

Las fricciones norteamericanas con Israel se extienden también al frente exterior. Tanto el anterior gobierno de centro-derecha como el extremista actual se han mostrado ambiguos en el conflicto de Ucrania. La derecha israelí ha mantenido estos años un canal de entendimiento y colaboración con el Kremlin, para asegurar su capacidad de maniobra frente a sus enemigos regionales, Siria e Irán, el primero protegido y el segundo apoyado cada vez más por Moscú. Detrás de estas asincronías bilaterales, en la derecha israelí subyace la expectativa de cambio político en Washington. La vuelta de Trump sería lo ideal, pero se recibiría de buen grado a otro dirigente tipo Ron de Santis o cualquier otro que goce de los favores del movimiento evangelista, el más activo ahora en la protección a ultranza de los extremistas israelíes.

En estos momentos, cobra especial significación la denuncia que hace más de tres lustros hiciera el expresidente Carter, en su libro Palestine: peace nor apartheid (8), por el que recibió una avalancha de críticas e insultos. El presidente que forjó la paz entre Israel y Egipto, pero fracasó, como todos su antecesores y sucesores, en el arreglo de la cuestión palestina, se atrevió entonces a utilizar el término apartheid para definir las políticas de Israel en Palestina.

Joe Biden, congresista demócrata durante el mandato de Carter, ha presumido siempre de ser un amigo incuestionable de Israel, pese a ciertos desaires que le tributó Netanyahu cuando era número dos de Obama. Ahora que el actual presidente hace de la defensa de la democracia el faro de su doctrina de acción exterior frente a las amenazas de la autocracia en Rusia, China y otras zonas del mundo, la tibieza ante el comportamiento escandaloso de un aliado tan preciado como Israel supone una contradicción flagrante, otra más, entre la retórica de los discursos y la realidad incontestable de los hechos.  

 

NOTAS

(1) Citado en el resumen de prensa israelí. COURRIER INTERNATIONAL, 27 de febrero

(2) “’Never like this before’: settler violence in West Bank escalates”. BETHAN MCKERNAN. THE GUARDIAN, 27 de febrero.

(3) “Israel’s far-right government is at the heart of a surge in violence”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 28 de febrero.

(4) https://www.972mag.com/huwara-pogrom-settlers-elimination/

(5) https://www.btselem.org/

(6) “The third Intifada? Why the israeli-palestinian conflict might boil over, again”. DANIEL BYMAN (Profesor en la Universidad de Georgetown y director del Centro de Oriente Medio en la BROOKINGS INSTITUTION). FOREING AFFAIRS, 7 de febrero.

(7) “Revenge attacks after killing of israeli sttlers leaves West Bank in turmoil”.PATRICK KINGSLEY e ISAL KERSHNER. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.

(8) https://www.simonandschuster.com/books/Palestine-Peace-Not-Apartheid/Jimmy-Carter/9780743285032

UCRANIA: MAS ALLÁ DEL RUIDO DEL ANIVERSARIO

22 de febrero de 2023

El aniversario de la guerra en Ucrania está siendo prolífico en actos ceremoniales y golpes de efecto. El más destacado, la visita “sorpresa” de Biden a Kiev y su posterior mensaje en Varsovia, entre los habituales parámetros norteamericanos del coraje y la esperanza. El discurso de Putin ante la Duma aporta pocas novedades, salvo el anuncio de la suspensión del tratado de control nuclear, luego matizado por la diplomacia rusa. Parece inminente una propuesta china de paz. Entretanto, domina en Occidente la idea de que ‘Ucrania puede ganar’, pero ello exigirá mantener la cohesión aliada y un esfuerzo continuado de ayuda al país invadido.

En otras palabras, hay guerra para rato, y el resultado es aún incierto. Más allá de la inevitable propaganda de todos los actores (directos e indirectos), lo cierto es que la mayoría de las previsiones que se han hecho desde el comienzo del conflicto han sido erróneas o, el mejor de los casos, poco acertadas. En los primeros días se pensaba que Rusia se daría poco menos que un paseo militar, en la línea de lo ocurrido en la campaña de Crimea. Se confiaba poco en la capacidad de Ucrania para organizar una defensa eficaz, debido a la disparidad de medios.

Al cabo de sólo unas semanas, se fue imponiendo la impresión de que Rusia había errado en su estrategia, evidenciado una falta de profesionalidad en sus cuadros militares y una asignación de medios incomprensible. Superado el impacto inicial, desde Occidente se proyectó una imagen de unidad, cohesión y firmeza más aparente que real, pero útil para armar un programa de sanciones con el que se pretendía gripar la maquinaria de guerra de Putin y provocar el malestar y el descontento de la población rusa. Tampoco fue eso lo que ocurrió. La economía rusa ha resistido mejor de lo esperado, pero peor de lo que se admite en el Kremlin. Las protestas contra la guerra ha sido minoritarias, en parte por una cierta aceptación popular de la retórica antioccidental y nacionalista del Kremlin, debido a tres décadas de lo que allí se percibe como humillaciones y desprecio. A eso se añade la represión de cualquier manifestación crítica.

El análisis imperante en Occidente es que, prácticamente desde las primeras semanas, Putin  ha ido de corrección en corrección, tanto en estrategia como en selección del liderazgo militar o en decisiones operativas, a veces de manera errática. Algunos episodios supuestamente criminales  (Bucha, Chernikiv, Járkov) reflejarían cierta frustración del Ejército ruso.

En realidad, no se han sabido nunca las pretensiones iniciales de Putin y de su círculo de confianza más estrecho, porque nunca se han explicitado públicamente. De un aparente empeño de conquista territorial lo más amplia posible, se pasó a priorizar el control de las regiones del este y sur de Ucrania, y cuando esa tarea se estancó o incluso experimentó retrocesos sonoros (como en Jersón), la campaña militar rusa se centró en estabilizar las conquistas en el Este y luego en operaciones de castigo contra las infraestructuras de servicios básicos. En estos momentos, resulta difícil prever qué será lo siguiente.

Dara Massicot, una investigadora experta en Rusia, perteneciente a una organización tan poco sospechosa como la RAND, desgrana en un artículo reciente los errores de Rusia (técnicos, logísticos, políticos...) pero afirma que el Kremlin ha aprendido y se detectan ya con claridad rectificaciones favorables a sus intereses. Massicot recuerda un viejo adagio bélico: “en la guerra, los informes iniciales son a menudo erróneos o fragmentarios”. Sólo el tiempo, añade, dirá si Rusia puede lograr el éxito o es Ucrania la que prevalece. La campaña ha seguido hasta ahora un curso impredecible, razón por la cual Occidente no debería apresurar juicios sobre los errores rusos. Y deja un consejo final: si se sobreestimó la capacidad de Rusia antes de la invasión, ahora hay riesgo de que se subestime (1). En la misma línea se pronuncia Stephan Walt, quien sostiene que no todo han sido fallos en la actuación de Putin durante estos meses (2).

OCCIDENTE: INTERESES MÁS QUE VALORES

El factor más determinante de la guerra, en todo caso, ha sido la participación occidental. Durante meses, los dirigentes de la OTAN negaban estar en guerra contra Rusia, cuando era evidente lo contrario, desde que se decidieron las primeras medidas económicas punitivas. El temor a la escalada hacia un enfrentamiento total sólo explica en parte esta impostura.

Las sanciones económicas son un instrumento innegable de combate. Y las ejecutadas en este caso son las más severas concebibles. En este aspecto, las previsiones tampoco han sido del todo acertadas. El Kremlin contaba con ellas y ha intentado protegerse, hasta donde le ha sido posible, con apoyo de otros estados, mediante contrabando o activando mercados alternativos La guerra económica de Occidente contra Rusia se asemeja al juego de gato y el ratón, como sintetiza en un documentado artículo el corresponsal diplomático de THE GUARDIAN (3).

La dependencia energética europea de Rusia atemperó durante meses la respuesta en ambos lados del Atlántico. La presión contra Moscú se ha ido haciendo a cuentagotas, evaluando cada paso con suma cautela. Los éxitos militares ucranianos, propiciados por el armamento aliado, alentaron una mayor audacia, primero topando el precio a pagar por el petróleo ruso y más recientemente sustituyendo parte del gas por el otros proveedores o por otras fuentes de energía. A medida que se disipaba la amenaza de un desfondamiento de la economía europea, se fue incrementado la presión (4).Pero es pronto para calibrar los efectos persistentes de esta guerra económica, para Rusia y para Europa (5).

El fundamento de la participación occidental está sustentado en un discurso sobre los valores. Se presenta la guerra como una confrontación entre la democracia y la autocracia, elemento cardinal de la doctrina Biden. Cada presidente norteamericano aspira a dejar un estándar básico de conducta en el mundo, una doctrina, y Biden cree haber encontrado la suya.

Los medios  liberales, desde la derecha moderada hasta el centro izquierda, han comprado este discurso occidental con escasas aristas críticas. Sin embargo, la historia difícilmente acredita esta posición. Estados Unidos, y también Europa, respaldan regímenes autocráticos en el mundo, incluso dictatoriales, sin empacho alguno, cuando sirven a sus intereses. O hace la vista gorda.

Este criterio rector ha operado también en el caso de Rusia. Cuando el Kremlin post soviético actuó en sintonía con los designios occidentales se obviaron o minimizaron las críticas. Recuérdese la destrucción de Chechenia o la cooperación con Moscú en la lucha contra el extremismo islamista. Por el contrario, cuando la actuación rusa difería de la occidental, se activaba la palanca de los valores.

El supuesto combate entre democracia y autocracia es una construcción retórica. Ucrania no era precisamente un modelo de democracia antes de la guerra. Y, en caso de victoria, es dudoso que lo vaya a ser, al menos en un corto espacio de tiempo. La conversión de Kiev a los valores liberales es, por ahora, un desideratum, o un recurso propagandístico. Son los intereses los que conforman y determinan las decisiones en política exterior. Los valores son la envoltura justificativa con que se intenta hacerlos más respetables, más aceptables para los ciudadanos.

La OTAN nunca ha querido admitir que quisiera acorralar a Rusia desde el comienzo de la posguerra fría. Pero en geopolítica, lo que importa son las percepciones de amenaza. Más allá de las manipulaciones y mentiras de Putin, es difícil negar que Rusia tuviera legítimas razones para sentirse acosada, como señalan no pocos analistas de la escuela realista norteamericana, en absoluto sospechosos de simpatías prorrusas.

EL APOYO MILITAR, FACTOR DECISIVO

Si Ucrania tiene hoy posibilidades de prevalecer es debido al apoyo militar occidental. El de Estados Unidos, como era de esperar, ha sido el más decisivo. El monto asciende casi a 45 mil millones de dólares, más del doble que el de la UE y el resto de países europeos juntos, según el Instituto alemán Kiel (6). En total, casi diez veces el presupuesto de defensa ucraniano en 2020. Tal es el volumen de los suministros occidentales, que los depósitos están casi vacíos. La guerra consume más de lo que Occidente puede reponer, y en particular Europa (7).

La implicación occidental ha sido gradual. El temor inicial a una represalia rusa parece ahora exagerado. La polémica sobre la entrega de carros de combate a Ucrania refleja también ese comportamiento calculado. El debate ha sido más político que militar. Está por ver si llegan los tanques a tiempo y su operatividad real, debido a los condicionamientos técnicos y logísticos. Se apunta ya un episodio parecido con los aviones de combate o con los misiles de largo alcance. Cada paso que dan Estados Unidos y sus aliados hace más insostenible la tesis de que Occidente no está en guerra con Rusia.

EL DILEMA CARDINAL DE LA GUERRA

Admitir sin falsos retorcimientos esta realidad obliga a afrontar el dilema más difícil de este conflicto: si bien Occidente no puede aceptar que Ucrania pierda esta guerra (o que la gane Putin), resulta enormemente peligroso una derrota de Rusia. La imprudente respuesta de Putin a la percepción de acoso occidental respondía a sus necesidades e intereses políticos y los de la élite que lo respalda. Nadie ha hecho más daño a Rusia que su propio Presidente y sus cómplices. Pero al llevar al límite su obsesión casi suicida su obsesión por la seguridad de Rusia ha colocado a Occidente en el disparadero: tan indeseable resulta una Rusia envalentonada por una victoria, como una Rusia extremadamente debilitada por una derrota humillante.

Este hipotético escenario, agranda exponencialmente la sombra de una respuesta a la desesperada de Rusia: véase el recurso al arma nuclear. Quizás un farol, pero demasiado peligroso para no tomárselo en serio. La suspensión del tratado New START sobre el control de las armas atómicas estratégicas, anunciada el día 21 por Putin, refuerza estos temores, aunque esta decisión tenga escasas repercusiones prácticas . El deteriorado estado de la relación entre Washington y Moscú ya había convertido el tratado casi en papel mojado.

La situación actual es definida por el profesor Walt como “asimetría de intereses”: Ucrania es más importante para Rusia que para la OTAN. Cuanto mayor sea el suministro de armas occidentales, más expuesto estará Occidente a ser arrastrado a una conflagración directa (8).

Tal tesitura es contraria a las prioridades estratégicas de Estados Unidos, centradas en contener el ascenso de China. Emma Ashford, una investigadora cercana a los demócratas, sostiene que “la guerra de Ucrania ha demostrado las desagradables realidades de la confrontación sobre las esferas de influencia entre las grandes potencias”. En esta crisis se han “revelado los límites del poder norteamericano para disuadir por medios no militares a los actores para que no actúen en sus zonas más próximas o apreciadas”, como es el caso de Ucrania para Rusia (9). Las líneas rojas de Washington están marcadas. Ashford cita al propio Biden: “Estados Unidos no librará la tercera guerra mundial en Ucrania”. Palabras que son eco casi perfecto de las pronunciadas por Obama después de la toma rusa de Crimea en 2014.

 

NOTAS

(1) “What Russia got wrong”. DARA MASSICOT (Experta en Rusia de la RAND Corporation). FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril

(2) “What Putin Got right”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 15 de febrero.

(3) “The sanctions war against Russia: a year of playing cat and mouse”. PATRICK VINCOUR. THE GUARDIAN, 20 de febrero;

(4) “Un an de guerre: pas d’ effrondement mais un tournant économique pour l’Europe. LE MONDE, 20 de febrero.

(5) “Are U.S. sanctions on Russia working? Entrevistas con los expertos NICHOLAS MULDER y AGATHE DEMARIS. FOREIGN POLICY, 7 de febrero.

(6) https://www.ifw-kiel.de/topics/war-against-ukraine/ukraine-support-tracker/

(7) “Un an de guerre en Ukraine: l’onde de choc pour les armées aliées”. LE MONDE, 17 de febrero.

(8) “Friends in need. What the war in Ukraine has revealed about alliances”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN AFFAIRS, 13 de febrero.

(9) “The persistence of the Great-Power competition. What the war in Ukraine has revealed about geopolitical rivalry”. EMMA ASHFORD (Profesora en la Universidad de Georgetown e investigadora en el Stimson Center). FOREIGN AFFAIRS, 20 de febrero.

 

TURQUÍA: DESPUÉS DEL TERREMOTO, LOS SEÍSMOS POLÍTICOS

 15 de febrero de 2023

La espantosa cifra de muertos en el terremoto de Turquía lo convierten ya en la mayor catástrofe en la historia contemporánea del país. La tragedia excede el ámbito del desastre natural. Más allá de la violencia sacudida de la tierra (7,8º Richter), la causa de semejante mortandad, destrucción y miseria reside en las condiciones de construcción de los edificios, plagadas de incompetencia y corrupción.

El régimen trata de cubrir ahora estas vergüenzas con iniciativas oportunistas de investigación de responsabilidades y órdenes de procesamiento y detención en los casos más evidentes. Pero esta negligencia criminal hubiera sido imposible sin la pasividad cuando no la complicidad oficial.

El problema precede al “sultanato” de Erdogan, pero en los veinte años que lleva en el poder (primero como Primer Ministro y luego como Presidente), el líder turco ha incrementado los riesgos de la desgracia. Antes de las elecciones de 2018, que lo elevaron a la Jefatura del Estado, el partido de Erdogan (AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo) validó de manera retroactiva y a pesar de la protesta de la oposición, todas las edificaciones efectuadas previamente sin las correspondientes autorizaciones, que, en gran número, no satisfacían las condiciones estipuladas de seguridad. Más recientemente, hace sólo unos meses, el AKP rechazó una moción de la oposición que contemplaba la inspección de los edificios para comprobar su resistencia ante un terremoto (1).

Como ocurre en la mayoría de los países subdesarrollados o en desarrollo, incluidos aquellos sometidos a mayor riesgo sísmico, las lamentaciones posteriores a este tipo de catástrofes suelen evaporarse con el paso de tiempo, hasta que la tierra vuelve a rugir. Turquía no es una excepción, a pesar de que se cuenta entre las primeras veinte economías del mundo.

A la negligencia criminal se añade la incompetencia del Estado en las primeras actuaciones de rescate y salvamento. Sólo la presencia de más de treinta mil expertos extranjeros en la zona siniestrada hizo posible una decente labor de socorro. Las críticas sobre la actuación oficial llovieron de inmediato, pero han sido silenciadas o neutralizadas por un abrumador aparato de propaganda (2).

Ironías de la historia, la carrera política de Erdogan se benefició de las consecuencias de una tragedia similar, en 2002, pero ahora podría encaminarse hacia su ocaso como efecto de este último terremoto, según estiman algunos analistas, quizás más inspirados por el deseo que por el contexto socio-político dominante. Tras el terremoto bien podrían producirse seísmos políticos de consideración.

SOMBRAS SOBRE EL PROCESO ELECTORAL

La catástrofe quedará pronto subsumida en la campaña electoral ya en marcha. En las próximas semanas, sino días, Erdogan anunciará la fecha de los comicios presidenciales y legislativos. Aunque el tope legal es el 18 de junio, la estimación mayoritaria es que no se demorarán más allá de mediados de mayo.

Sin embargo, empiezan a surgir sospechas de que Erdogan recurra a una nueva argucia política y decrete un aplazamiento o retraso electoral. La Constitución prevé esta contingencia en caso de guerra, pero la magnitud de la desgracia podía llevar a un experto en manipulación política como el presidente turco a equiparar la provisión legal con lo acontecido en el sureste del país.

Hay motivos objetivos para una medida semejante. Aparte de las víctimas directas, el terremoto ha alterado profundamente las condiciones de vida de 13 millones de turcos, una quinta parte de la población del país. Más de siete mil edificios han colapsado y otros muchos, aún por cuantificar, pueden haber quedado seriamente dañados. Las infraestructuras se han visto seriamente afectadas. La capacidad de un Estado débil y poco competente para organizar unas elecciones en la zona siniestrada se ha visto aún más reducida. Por no hablar del escaso interés ciudadano por participar, en semejantes condiciones.

El analista turco residente en Estados Unidos Soner Cagaptay cree que podría haber un consenso partidario para agotar al límite la cita electoral (18 de junio) y así dar más tiempo a que las labores de reconstrucción restituyan una cierta normalidad funcional. Pero Erdogan podría intentar un aplazamiento más prolongado. No le faltan herramientas, debido a la “colonización” persistente del organismo judicial electoral durante sus años de mandato y, en particular, desde la intentona fallida de golpe de Estado en 2016. La inmensa purga practicada en la judicatura, cuerpos de seguridad y fuerzas armadas han convertido a los aparatos estatales en instrumentos de la Jefatura del Estado. Erdogan puede hacer casi lo que quiera, aunque su astucia le lleva a no rebasar ciertos límites y permanecer en un ámbito formal del Estado de Derecho. Una catástrofe como la actual permite o hace más tolerable medidas extraordinarias y favorece los impulsos autoritarios del “Sultán” (3).

LAS TRES CARAS DEL ARSENAL POPULISTA

Más allá de la destrucción provocada por el terremoto,  Erdogan lleva meses activando todas las palancas a su alcance para contrarrestar los efectos de su discutible gestión al frente del país, en particular el penoso balance económico y social. Con una inflación que llegó a alcanzar el 85% en noviembre para descender al 64% antes de acabar el año, Erdogan tiró de recursos populistas para aplacar el malestar social. Elevó el salario mínimo en más del 50% y los sueldos de los funcionarios un 30%, subsidió préstamos a pequeños y medios comerciantes y hombres de negocios (base electoral primordial del AKP) y adelantó la edad de jubilación (4).

No se descarta, asimismo, que Erdogan aproveche la convocatoria electoral para insertar un referéndum sobre el uso del velo, cortocircuitando una iniciativa similar pero en sentido contrario, de los partidos kemalistas o de inspiración laica de la oposición (5).

Estas medidas presentan la apariencia positiva de la estrategia presidencial. El lado oscuro es el arsenal represivo. La unidad de la oposición inquieta a Erdogan y podría representar la principal amenaza para la continuidad de su poder. Pero el líder turco también dispone de herramientas para debilitar a sus adversarios. Lo primero sería desactivar a su principal rival, el alcalde de Estambul. Desde que derrotara al candidato oficial en 2019, Ekrem Imamoglu es objeto permanente de asedio. Sobre él pesa una condena de inhabilitación por insultos al Consejo Supremo electoral, que los observadoras consideran políticamente inducida desde la cúspide del poder. El recurso interpuesto por el alcalde hace que la sentencia no sea aún firme, hasta que se pronuncie el Supremo. Por tanto, podría ser seleccionado como candidato unificado de la oposición democrática. Pero se ha sabido que el Ministerio del Interior trabaja duramente para que la Fiscalía puede presentar una demanda adicional, aún más falsaria, por supuesto apoyo al terrorismo. Si Imamoglu fuera finalmente inhabilitado, podría surgir otra figura unificadora, el alcalde de Ankara, Mansur Yavas, de una combatividad más discreta. De hecho, no ha dicho públicamente que aspire a suceder a Erdogan. El presidente podría intentar manipular al frente opositor y favorecer varias candidatura con el propósito de dividir el voto.

Hay otro ámbito de actuación, que es además uno de los preferidos de Erdogan, el exterior (6). Y en este también es susceptible de combinar las iniciativas “positivas” y las agresivas. Entre las primeras, renovados intentos de mediación en la guerra de Ucrania, como la que propició el restablecimiento de la exportación del grano ucraniano a los países necesitados. O la astuta duplicidad de proporcionar drones de alto valor combativo a Kiev, mientras permite a Rusia esquivar las sanciones occidentales. Podría también elevar la fiebre nacionalista, tan apreciada por sus bases, mediante una crisis provocada con Grecia a cuenta de la rivalidad en el Egeo. O alentar medidas unilaterales de independencia del régimen títere en el norte de Chipre. Y siempre parece a su alcance una nueva operación militar contra las bases kurdas del norte de Siria, aunque para ello necesite del aval del Kremlin.

 

NOTAS

(1) “The earthquake in Turkey and the question of guilty”. DER SPIEGEL, 10 de febrero.

(2) “How corruption and misrule made Turkey’s earthquake deadlier”. GONUN TOL (Director del Middle East Institute). FOREIGN POLICY, 10 de febrero.

(3) “How will Turkey’s earthquake affect the current election cycle”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 14 de febrero.

(4) “As tough election loom in Turkey, Erdogan is spending for victory”. BEN HUBBARD. THE NEW YORK TIMES, 26 de enero.

 (5) “Turquie: l’anée commence sous le signe du voile” (Entrevista con SAMIN AKGÖNÜL, Director del departamento de estudios turcos en la Universidad de Estrasburgo). COURRIER DES BALKANS, 2 de enero.

(6) “Turkey’s turning point. What Will Erdogan do to stay in power”. HENRY BARKEY (Profesor de la Universidad de Lehigh y experto en Oriente Medio en  el Council of Foreign Relations de Washington). FOREIGN AFFAIRS, 3 de febrero.

FRANCIA Y GRAN BRETAÑA, FOCOS DEL MALESTAR SOCIAL EN EUROPA

 8 de febrero de 2023

El invierno en Europa no está siendo tan catastrófico como se temía, debido a la anunciada crisis energética derivada de la guerra en Ucrania. Las intervenciones públicas y las medidas de control del precio del gas, el petróleo y sus derivados de Rusia han permitido amortiguar el golpe y evitar un nuevo repunte inflacionista. Aun así, la crisis se deja sentir y sigue erosionando el nivel de vida de las clases populares y medias. En los gobiernos nacionales y europeo se debate la duración y alcance de las políticas de amortiguamiento y compensación, ante la prolongación de una guerra cuyo fin no parece cercano. Los agentes sociales calibran la capacidad de respuesta. Dos países destacan en la expresión del malestar social: Francia y Gran Bretaña.

FRANCIA: EL CALVARIO DE LAS PENSIONES

En Francia, el Presidente Macron decidió no esperar a un aplacamiento de la dinámica bélica para acometer, por segunda vez, el espinoso asunto de la reforma del sistema de pensiones. En mala hora. Con una mayoría exigua en el Parlamento y la hostilidad manifiesta de los sindicatos, las fuerzas políticas de izquierda y de la derecha nacional-populista y el apoyo condicionado de los conservadores, el gobierno se encuentra en una posición fragilizada.

Después de tres jornadas de huelgas de impacto considerable, aunque quizás decreciente, llega la hora de los cálculos sobre la relación de fuerzas y la reconsideración de estrategias. La jefa del gobierno, Elisabeth Borne, asume el desgaste político y es la encargada de trazar el terreno en el que abordar posibles vías de encuentro con los únicos que se prestan a ello, el partido de Los Republicanos (1).

El aspecto clave y más polémico de la reforma es el retraso en dos años de la edad jubilación (de los 62 a los 64 años), a partir de 2030. Más allá de las cuestiones técnicas (2), el alcance político se centra en la cuestión del reparto de cargas para asegurar la viabilidad del sistema. Las pensiones en Francia son un asunto casi exclusivamente público, no hay un modelo alternativo privado de envergadura como en otros países del entorno europeo. La izquierda, en términos generales, sostiene que se estabilice el sistema mediante el incremento de la fiscalidad sobre los más ricos, es decir, justamente lo contrario de lo que ha hecho Macron desde su llegada al Eliseo, en 2017.

Los macronistas consideran que esta impugnación es ideológica o motivada por razones partidistas. A su juicio, la izquierda se evade de la responsabilidad de garantizar el bien común con el sólo propósito de desgastar al gobierno. Borne se dice dispuesta a corregir algunos de los aspectos más irritantes de la reforma, como, por ejemplo, avanzar la edad de retirada de los 64 a los 62 años (dos más que en la actualidad) para las llamadas “carreras largas”, es decir, para los trabajadores que empezaran muy jóvenes su trayectoria laboral y en tareas penosas o  duras, que supongan mayor desgaste físico. Esta era una de las exigencias de los Republicanos para apoyar el gobierno (3).

Sin embargo, estas concesiones son claramente insuficientes para la oposición y no está claro que sirvan para garantizarse el respaldo de los conservadores (4). El frente de izquierdas quiere simple y llanamente la retirada del proyecto y un nuevo replanteamiento de la cuestión sobre bases sociales más justas. No se trata de un discurso vacío. Numerosos economistas acreditan la viabilidad del sistema sólo con ajustar la actual fiscalidad. Algunos apuntan que con una subida de dos puntos a las rentas más altas se solucionaría el problema. El nacionalismo populista se apunta a la defensa de las clases más desfavorecidas y medias, pero resta ambiguo sobre el asunto de la fiscalidad.

Macron ha pretendido retirarse de la primera línea de la polémica, escarmentado por la experiencia quemante de la crisis de los “chalecos amarillos”, pero sus adversarios políticos no están dispuestos a que funcione el recurso del “fusible Borne”. En la heterogénea mayoría presidencial también se dejan escuchar ciertas desavenencias, tanto de fondo como de estrategia, aunque no es previsible una fractura interna. Al menos de momento.

En todo caso, si las cosas se complicaran, el gobierno no descarta sacar adelante el proyecto por decreto (es decir, recurriendo al controvertido artículo 43,2 de la Constitución gaullista en vigor), como ya ha tenido que hacer con las leyes de presupuestos y financiación de la seguridad social. Esta eventualidad podría encender aún más la conflictividad y consolidar el discurso de la oposición sobre el creciente déficit democrático de la era Macron. Con los “pinchazos” del Presidente en política exterior (Rusia, África y enésimo bloqueo del eje franco-alemán), el frente interno se antoja una pesadilla de difícil gestión para el Eliseo.

GRAN BRETAÑA: UNA CRISIS SISTÉMICA

En Gran Bretaña, la crisis social es aún más profunda. No se trata de percepciones o de confrontaciones políticas. Algunos analistas atribuyen al Brexit gran parte de los males que aquejan a la cohesión social británica, pero otros profundizan más y señalan la causa mayor del desastre: el empeño en un modelo neoliberal, más o menos corregido, mediante los guiños compasivos de David Camero o los oportunismos populistas de Boris Johnson), cuando no reforzados por la incompetente Lizz Truss, que provocó una crisis de confianza sistémica en apenas un  par de meses en Downing Street.

El actual primer ministro, Rishi Sunak, ministro de Hacienda con Johnson y rival derrotado de Truss en las primarias tories, se ha hecho cargo de un país en rumbo a la bancarrota y el desgarro social más grave en medio siglo. No es un sanador, ya que él mismo ha contribuido a crear esta situación, aunque presume de unas supuestas credenciales de competencia de los que carecían sus antecesores en el cargo.

Sunak es un multimillonario que ha demostrado escasa empatía social en varias ocasiones. Su astucia le impide incurrir en resbalones escandalosos, pero su distanciamiento le priva del nervio necesario para embridar el malestar social. Las huelgas en el sistema sanitario parecen fuera de control (5). Los servicios públicos están bajo mínimos y el descontento adquiere unas proporciones semejantes al que derrumbó el gobierno del entonces premier laborista James Callaghan, tras el atroz invierno de 1978-79. Aquella crisis alumbró el éxito de Thatcher y, meses más tarde, con el triunfo de Reagan al otro lado del Atlántico, abrió la era de un nuevo liberalismo económico feroz y ultraconservador en materia social y política.

El actual premier es un producto acabado de ese neoliberalismo basado en la hegemonía del capitalismo financiero sobre el productivo, la reducción implacable de los servicios públicos en favor del beneficio de las empresas privadas sustitutorias y la lógica del interés particular sobre las soluciones colectivas en cualquiera de las escalas sociales. El fracaso de estas recetas no es en ninguna parte tan palpable como en el Reino Unido. El nivel salarial medio es menor al de hace 18 años, algo que no tiene precedentes en el mundo occidental desde la posguerra, como señala Simon Tisdall (6). El sistema de protección social es el más debilitado de la OCDE incluido Estados Unidos, que es ya decir. La austeridad practicada desde la crisis financiera ha reducido el gasto (o inversión pública) en siete puntos: del 46% al 39% del PIB. Ni siquiera la iniciativa privada parece satisfecha. El país registra la tasa de inversión más baja de las principales economías mundiales. La desigualdad social adquiere niveles no alcanzados en décadas. Gran Bretaña es el único país europeo donde ha disminuido la esperanza de vida (7).

Pero el neoliberalismo resistió con la pócima envenenada del Brexit. Ahora que se cada día se ve más claro el gran engaño, los conservadores parecen en rumbo al desastre electoral con un retraso de treinta puntos en las encuestas. Pero no está claro que los laboristas, muy divididos sobre la cuestión europea, pero también sobre la dialéctica entre lo público y lo privado pueda revertir esta larga y pronunciada decadencia.

Quienes soñaban con un nuevo esplendor, con un Greater Britain, se despiertan cada mañana con la boca seca. Los nostálgicos del Imperio difícilmente puede soportar que, en estos momentos, el PIB de la India, en su día la joya colonial, sea superior en términos absolutos al del Reino Unido.

 

NOTAS

(1) Réforme des retraites: les questions pour comprendre ses contours et ses enjeux”. LE MONDE, 11 enero.

(2) “Réforme des retraites: àpres la troisème journée de mobilisation, les incertitudes du gouvernement”. LE MONDE, 8 febrero.

(3) Réforme des retraites: Elisabeth Borne loue la ‘justice’ du project du gouvernement”. LE MONDE, 11 enero.

(4) “Réforme des retraites: qu’en disent les parties d’opposition”. LE MONDE, 12 enero.

(5) “Up to half a million to strike across UK as talks go ‘backwards’”. THE GUARDIAN, 31 enero.

(6) “Britain is much worse off than It understand”. SIMON TILFORD. FOREIGN POLICY, 3 febrero.

(7) “British cautionary tale of self-destruction”. DAVID WALLACE-WELLS. THE NEW YORK TIMES, 25 enero.

TRES MUJERES , TRES ESTILOS DE GOBIERNO

25 de enero de 2023

Tres mujeres gobernantes han ocupados estos días el centro de la atención mediática: las primeras ministras de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, y de Francia, Elisabeth Borne, y la presidenta interina de Perú, Dina Boluarte. Tres mujeres pertenecientes a tres países muy diferentes entre sí, de tres culturas políticas distintas.

JACINDA ARDERN, O CÓMO SABER RENUNCIAR

Jacinda Ardern ha dimitido de su cargo de jefa del gobierno y del liderazgo del Partido Laborista. Para relativa sorpresa de la mayoría de los observadores, una de las políticas con más carisma de la escena internacional dice adiós, y todo parece que será para siempre, o para mucho tiempo al menos. En su despedida, y como razón fundamental, dejó una frase que a buen seguro pasará al acervo político en lo sucesivo: “I have no enough in the tank” (que podría ser traducido como “me he quedado sin energía en el depósito”.

Ardern es un caso fabuloso de ascenso, crisis y derrumbe. Fue alabada por la prensa liberal y reconocida por la progresista debido a la entereza que demostró tras el doble atentado xenófobo de 2019 contra unas mezquitas en la ciudad de Christchurch, su empatía natural con las familias de las víctimas musulmanas, su coraje frente al racismo subyacente en su sociedad (asimilable al de cualquier otra) y su agilidad en la toma de decisiones para controlar la disponibilidad del uso privado de armas de fuego. Quiso aplicar un programa ambicioso de reducción de la pobreza y avance social. Apenas lo ha logrado. Pero no es exagerado decir de ella que se convirtió en un icono no ya del buen gobierno, sino del gobierno cercano pero a la vez comprometido, de un gobierno de valores por encima de las conveniencias inmediatas.

Jacinda Ardern ha sido víctimas de las secuelas políticas y sociales del COVID. Ejerció un liderazgo valiente, sin contemplaciones ni concesiones, adoptando decisiones difíciles, dolorosas y sacrificadas, pero muy alejada de cualquier pedestal, desde el salón de su casa, dando ejemplo y con una seriedad envuelta en comprensión y sensibilidad. Paradójicamente, la misma ciudadanía que presumía de jefa de gobierno fue sintiéndose cada vez más incómoda. La cotidianidad de la pandemia, primero, y los efectos económicos, a continuación, fueron desgastando el crédito de Ardern hasta invertir la percepción pública. En apenas unos meses, una de las gobernantes más populares del mundo pasó a ser una política desgastada más.

En tales condiciones, el instinto político invita a la resistencia. Incluso es razonable sostener que frente a la adversidad, la altura política exige coraje. Jacinda ha tomado otro camino. No por abandonismo, sino por convicción. No ha querido aferrarse al poder y se ha confesado. Vuelve a la vida privada, a su familia. El manido recurso de la “dimisión por razones personales”, que suele esconder otras motivaciones reales, toma carácter de autenticidad en el caso de la dirigente socialista neozelandesa. No culpa a nadie, ni se victimiza. Declara su vulnerabilidad, enseña su depósito vacío o insuficiente y hace de la derrota un gesto desdramatizado de la vida. Se va con la misma modestia con la que gobernó (1).

ELISABETH BORNE, EL PODER COMO EJERCICIO DE TENACIDAD

Elisabeth Borne comparte con Jacinda Ardern una cierta proximidad ideológica. O compartía, porque la francesa ha ido pasando de un socialismo democrático más bien tibio y tecnócrata a un liberalismo con cierta retórica social. Es una exponente bastante significativa de la deriva socialista francesa, de su confusión, del oscurecimiento de sus principios. Borne, al menos, puede hacer gala de su capacidad de trabajo, de su tenacidad en la labor de gobierno. Macron eligió calculadamente a su capataz ejecutiva, un complemento perfecto para combinar la grandilocuencia de sus gestos con la eficacia de la tarea diaria.

La reforma de las pensiones será la gran prueba para la pareja Macron-Borne. El presidente se reserva las alocuciones que proyectan el futuro, el gran diseño del cambio de modelo social. La primera ministra correrá con el desgaste de la brega diaria, en los salones, pero sobre todo en la calle. Las negociaciones políticas se desarrollan con cierta discreción, terreno en el que la jefa del gobierno se mueve como pez en el agua.

La agitación social es otro cantar, más bronco y menos manejable. Las protestas ya han comenzado y amenazan con arreciar. Se agita el espectro de los gillets jaunes,  la revuelta que amargó el primer mandato de Júpiter, como se moteja al ambicioso Presidente francés. El perfil tecno-burocrático de Borne parece idóneo para desviar hacia ella parte de la munición contestataria. Como alguien ha escrito, la primera ministra parece dispuesta, preparada y hasta deseosa de hacer el “trabajo sucio”, de erigirse, si es necesario, en el “fusible” de Macron, para impedir un apagón en el Eliseo (2).

DINA BOLUARTE: LA TRÁGICA IMPOTENCIA DEL PODER POR EL PODER

Dina Boluarte es el caso más trágico de esta triada femenina. La presidente interina del Perú es casi un zombi político. Puede afirmarse, sin exagerar, que es el contra modelo de Jacinda Ardern. A falta de principios sólidos, maniobrerismo puro y duro. Pero torpe. Su trayectoria política no puede ser más errática. Se subió al carro de la candidatura del depuesto Presidente Castillo sin compartir programa ni estrategia, poco o nada contribuyó a frenar el vacilante mandato de su jefe, aislado y preso de unas débiles (debilitadas) estructuras políticas, y finalmente se convirtió en una suerte de Bruto ficticio, porque en realidad nunca hubo un Julio César al que frenar. Boluarte aparece, cada día que pasa, más una usurpadora que una restituyente.

El mísero sur del Perú se levanta contra la manera en que la oligarquía acabó con un vacilante y dubitativo Presidente, pero hijo del pueblo al fin y al cabo. El Congreso difícilmente representa a la mayoría de la nación. La orquestada pretensión de institucionalización, de defensa de normas huecas no engañó a casi nadie desde el principio. Pero, a medida que se amontonan los muertos en las calles de las zonas más pobres (medio centenar, ya) y los grupos más activos ponen cerco a los centros simbólicos de poder, la farsa adopta tintes de tragedia.

A pesar de la firmeza un tanto impostada de los primeros días, dicen que ahora Dina habría querido dimitir, tras fracasar sus intentos de apaciguar a los revoltosos. Se lo habría desaconsejado el primer ministro Otárola, un personaje gris, sin legitimidad popular alguna, que emerge quién sabe si como líder alternativo, en caso de que la Presidenta termine desmoronándose.

 

Ardern, Borne y Boluarte representan tres estilos divergentes de gobernar y de hacer política. Pero no se trata, al menos en lo fundamental, de ejemplos o de empeños personales. Las tres son producto de sus fundamentos sociales y su cultura del poder, de la manera de representar la democracia como sistema liberal de gobierno. En éste cohabitan tendencias muy dispares cuando se trata de aplicar los principios a la gestión de la realidad: predominio de la ética política (Ardern), dialéctica pragmática y desapasionada (Borne) e impostura en la preservación de los privilegios  (Boluarte). En la mayoría de los lugares estos tres estilos se solapan y conviven en función de las necesidades de cada momento.


REFERENCIAS

(1) “Jacinda Ardern’s graceful departure is the personification of modern democratic ideals”. VAD BADHAM. THE GUARDIAN, 19 de enero; “The many legacies of Jacinda Ardern”. ISHAAN THAROOR, THE WASHINGTON POST, 23 de enero; “How Covid’s bitter divisions tarnished a liberal icon”. DAMIEN CAVE, THE NEW YORK TIMES, 19 de enero.

(2) “Élisabeth Borne en première ligne de bataille des retraites”. MATTHIEU GOAR. LE MONDE, 24 de enero; “Réforme des retraites: Élisabeth Borne saura-t-elle faire le ‘salaud boulot’? WALTER ELLIS. REACTION, 5 de enero (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 10 de enero).

(3) “Pérou, de l’instabilité politique aux brutalités policières. GONZALO BANDA. AMERICAS QUARTERLY, 12 de enero (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 19 de enero); “Reflexiones sobre la crisis política y social en Perú. MARCELO SOLERVICENS. OTHER NEWS, 16 de enero

¿SON JUSTAS LAS CRITICAS QUE RECIBE ALEMANIA?

18 de enero de 2023

Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, Alemania ha sido el blanco de las críticas de los aliados occidentales, en intensidad y formas distintas según la procedencia. Los líderes de los los países más importantes han sido cautelosos o diplomáticos, no así los de Europa Central o el Báltico, notablemente irritados, o de los tories británicos, apegados a los resortes de la guerra fría. Las habituales voces de los think-tanks y los editorialistas de la mayoría de los medios, incluso algunos ideológicamente cercanos al actual gobierno, se han empleado a fondo contra una actitud que han calificado de pasiva y negligente, o de cómplice en los casos más extremos.

En términos generales, se reprocha a Alemania su estrategia de relaciones constructivas con Moscú, considerada egoísta por privilegiar sus intereses nacionales, a costa de perjudicar la cohesión de la política aliada de castigo a Rusia por su agresión.

Las recriminaciones han pasado por diversas etapas. Primero se condenó la negativa de Berlín a propiciar una desvinculación de la provisión de energía rusa (petróleo y gas), una medida que se consideraba fundamental para reducir los ingresos con los que el Kremlin financia la guerra. El abandono alemán del proyecto de gasoducto NordStream 2 y la cancelación de su antecesor mitigaron momentáneamente las críticas. Pero enseguida se focalizaron en la cuestión militar. Desde el verano se arremete contra el Canciller por su resistencia a suministrar a Kiev todo el armamento que demanda, en particular los misiles de largo alcance y los carros de combate Leopard-2. Irrita, en particular, que Berlín no sólo se niegue a suministrar a Ucrania estos vehículos ofensivos de alta capacidad, sino que, en virtud de las condiciones de venta,  impida que otros países se los proporcionen al país agredido.

El Canciller Scholz, hombre prudente y poco dado a declaraciones altisonantes y actuaciones precipitadas, no se aferra a una política personal o caprichosa. Considera que Rusia es un factor indesplazable del equilibrio estratégico en Europa, aunque rechace de manera rotunda la guerra de agresión contra Ucrania y favorezca una ayuda mesurada a este país. El apoyo a Kiev debe ser compatible con la evitación de un conflicto aún mayor en Europa, con el riesgo nada desdeñable de una escalada nuclear (1).

En las últimas semanas se han producido contactos discretos para doblegar la resistencia alemana y es más que probable que a finales de semana, en la reunión que celebrarán los ministros de Defensa aliados en la base alemana de Ramstein, se llegue a un acuerdo sobre los requerimientos ucranianos de armamento avanzado, que implicaría luz verde a los Leopard-2 y al resto de la panoplia en cuestión. Que este encuentro tenga lugar es ya una señal avanzada de compromiso. Por presión o por convicción, parece que Alemania ha cedido o ha optado por una posición más flexible. En realidad, Alemania ha soportado críticas por una política que otros aliados han mantenido en la práctica, aunque su discurso o su retórica haya sido más favorable a las demandas ucranianas. Corolario de estas tensiones ha sido la dimisión forzada de la ministra de Defensa, Christine Lambrecht, más por sus torpezas personales que por desavenencias políticas. Del nuevo titular, Boris Pistorius, con nula experiencia en asuntos militares, debe esperarse una plena conformidad con la línea del Canciller. De hecho, se han recordado estos días declaraciones suyas a favor de la prudencia con Rusia (2).

UNA QUERELLA ANTIGUA

En esta polémica sobre la resistencia alemana a desvincularse de Moscú operan recelos que se remontan medio siglo atrás, cuando otro Canciller socialdemócrata, Willy Brandt, lanzó la denominada Ostpolitik o política hacia el Este. Muy combatida inicialmente por la derecha alemana, fue acogida con frialdad por los aliados europeos (Francia y Gran Bretaña) y con cierto recelo por Washington. Sin embargo, la Ostpolitik  coincidió con la diplomacia triangular del entonces Presidente Nixon con la URSS y China, destinada a agudizar la rivalidad entre los colosos comunistas de la época en beneficio de la hegemonía estadounidense. En la Casa Blanca se temía que Brandt pudiera hacer valer una agenda de apertura con Moscú demasiado autónoma de su estrategia Este-Oeste. La firmeza del entonces Canciller y el pragmatismo de los dirigentes soviéticos propiciaron el éxito de la Ostpolitik, al sentar las bases de la distensión que culminaría en la Conferencia de Helsinki. Occidente consiguió un compromiso para frenar la persecución de la disidencia en los países del bloque del Este, el derecho a intervenir en la defensa de los derechos humanos y un reequilibrio de las fuerzas militares convencionales en Europa,  a cambio de la aceptación de la esfera de influencia soviética y el reconocimiento de la Alemania comunista (RDA). Brandt nunca renunció a la unificación alemana, como le imputó falsariamente la derecha alemana. Con el paso del tiempo, esa política permitió que, al hacer implosión el bloque comunista, el proceso de unidad alemana fuera poco conflictivo, aunque no estuviera exento de costes sociales notables.

En los comentarios críticos que han podido leerse estos meses sobre la política alemana hacia Rusia se ha deslizado cierto resentimiento hacia el sentido histórico de la Ostpolitik, algo que pueden resultar sorprendente a tenor de lo ocurrido en Europa (y en el mundo) en estos últimos cincuenta años. Comentaristas alemanes y europeos vinculados con los centros de poder en Washington no pierden ocasión de fustigar el entendimiento entre Moscú y Berlín (3). Este clima de recriminación ha sido en parte legitimado por las polémicas relaciones personales entre el Canciller Schröeder y Vladimir Putin a comienzos de siglo, que propiciaría luego la conversión del dirigente político en ejecutivo de Gazprom, la empresa más importante del conglomerado industrial estatal de la actual Rusia nacionalista.

Pero los reproches de los atlantistas doctrinarios no se han dirigido únicamente a los gobiernos del SPD. Angela Merkel también recibió críticas por su política prudente con el Kremlin, si bien le reconocieron su desconfianza innata hacia Putin. En realidad, no hay muchas diferencias entre la era de Merkel y el actual gobierno dirigido por el SPD. El esfuerzo por preservar los lazos potables con Moscú por razones de interés nacional y de seguridad europea ha sido una política de estado en Alemania, con distintos matices de grado y flexibilidad.

La posición del Canciller es defendida por la mayoría del Partido Socialdemócrata, pero no siempre ha sido secundada por sus socios de gobierno. Llama poderosamente la atención del desacuerdo expresado puntualmente por los Verdes, tradicionalmente pacifistas convertidos ahora en el partido más favorable a elevar el grado de apoyo bélico a Ucrania. Este giro no es compartido por gran parte de las bases ecologistas. En el disenso verde se  combinan la incomodidad por un discurso sentido como belicista con el temor a un abandono de los objetivos de lucha contra el cambio climático y la protección de la naturaleza. Las protestas recientes contra la reapertura de una mina a cielo abierto en Renania es un buen ejemplo de ese creciente divorcio interno (4) . Qué decir de los liberales, públicamente partidarios del rearme ucraniano sin miramientos, pero más discretos de puertas adentro.

POLÉMICA INTERESADA

En Washington se entiende mejor la posición alemana de lo que pudiera deducirse de ciertos comentarios intempestivos en medios y gabinetes de análisis. En algunos de los momentos de mayor presión por parte de sus vecinos centroeuropeos y bálticos, Scholz ha llegado a insinuar que el freno a los suministros armamentísticos a Kiev también se ejercía desde Washington. Aunque Biden se haya mostrado más rotundo en defensa de Ucrania y haya favorecido un esfuerzo militar que se acerca ya a los 50 mil millones de dólares, se comparte con Alemania la necesidad de no pasarse de la raya con Rusia. La Casa Blanca puede querer una derrota de Rusia, pero no su hundimiento, que podía precipitar un caos de consecuencias imprevisibles.

La polémica también ha creado tensiones en el eje franco-alemán, considerado esencial para el denominado proceso de construcción europea. Nuevamente se habla de crisis en la relación bilateral (5). Que Francia se haya adelantado en la provisión de blindados ofensiva es una señal evidente de falta de concertación entre París y Berlín. En el Eliseo se dejan escuchar reproches sobre la actuación de la Cancillería en el proceso de desenganche energético de Moscú. Pero se olvida que Macron fue el primero en actuar por su cuenta antes y después del inicio de la guerra con pretendidas iniciativas de acercamiento a Putin para hacerle desistir de su actitud

La crisis franco-alemana es cíclica, Ha ocurrido con todos los presidentes y cancilleres, de un signo y otro de ese consenso centrista (liberal-conservador y socialdemócrata) gobernante en ambos países. Ahora que se cumple el sexagésimo aniversario del Tratado del Eliseo, firmado por De Gaulle y Adenauer para consagrar la reconciliación franco-alemana de posguerra, domina una cierta sensación de desfallecimiento (6). Pero los intereses comunes priman sobre las discrepancias de oportunidad o la química personal ocasional.

Las evidentes contradicciones de Alemania en su política con el  gran vecino del Este no son ni más ni menos reprochables que las que tienen otras grandes potencias en sus relaciones internacionales. En no pocas ocasiones, la hipocresía prima sobre la generosidad de fachada y el l rédito propagandístico por encima del equilibrio racional.

 

NOTAS

(1) “The Global Zeitenwende. How to avoid a new cold war in a multipolar era”. OLAF SCHOLZ. FOREIGN AFFAIRS, enero-febrero 2023.

(2) “En Allemagne, le nouveau ministre de la Defénse attendue au tournant sur la livraison d’armes Lourdes à Kiev”. COURRIER INTERNATIONAL (Resumen prensa alemana), 18 de enero.

(3) “Germany must move past the crossroads”. JUDY DEPMSEY. CARNEGIE, 10 de enero; “Germany must shake off its habits of finding excuses for inaction”. CONSTANZE STELZEN-MÜLLER. BROOKINGS INSTITUTION, 16 de septiembre.

(4) “A Lüzerath, le divorce entre le direction de Verts et sa base militante est consommé”. SÜDDEUTSCHE ZEITUNG (traducido en COURRIER INTERNATIONAL), 15 de enero.

(5) “Friends and strangers. The franco-german relationship is cooling at a critical time”. DER SPIEGEL (version en inglés), 13 de enero.

(6) “Derrière les divergences entre Paris et Berlin, l’isolement de l’Allemagne de Scholz”. LE MONDE, 26 de octubre.

BRASIL Y EE.UU: LOS MOTINES DE ENERO

11 de enero de 2023

Es pronto aún para conocer el origen, alcance y responsabilidades de los acontecimientos del 8 de enero en Brasilia. El impacto escénico de miles de personas irrumpiendo en los edificios (vacíos) de los tres poderes del Estado sitos en la explanada mayor de la otrora futurista capital de la República se asemeja tanto al ocurrido hace dos años en el Capitolio de Washington que resulta imposible desvincularlos, aunque haya notables elementos diferenciadores.

En ambos casos, se trató de una exhibición de elementos extremistas de derechas convencidos de que se había producido un fraude electoral. O autoconvencidos, a partir de las denuncias infundadas del candidato perdedor. En uno y otro lado, una aparente acción espontánea generó sospechas confusas sobre su organización y el respaldo de fuerzas maniobrando en la sombra. En ambos casos, se evidenció una falta de previsión, primero, y luego de pronta respuesta por parte de los efectivos policiales, desbordados por completo ante el empuje de los asaltantes. Los dos supuestos inspiradores de las turbamultas se mantuvieron a resguardo: Trump, atrincherado en la Casa Blanca; y Bolsonaro, oportunamente alejado en los aledaños de Disneylandia, muy cerca de la residencia de su “amigo”, en Florida). Ni uno ni otro se decidió a encabezar la revuelta pero los dos evitaron condenar expresamente a sus participantes.

DISFUNCIONALIDAD EN WASHINGTON

Dos años después, en Washington aún están por depurar las responsabilidades, tras una larga y excitante investigación parlamentaria que ha puesto en evidencia la deriva antidemocrática del Partido Republicano. No sólo eso: lejos de la triunfalista aseveración de la victoria de la democracia, realizada por el Presidente Biden en su toma de posesión, dos semanas después del asalto al Capitolio, se han reforzado las crecientes disfuncionalidades del sistema político.

Los decepcionantes resultados del Partido Republicano en las legislativas de noviembre lejos de contener han alentado aún más a las facciones ultraconservadoras. El espectáculo de la elección hasta catorce veces fallida del Presidente de la Cámara de Representantes, este mismo mes, refleja el clima de escisión y revuelta  en el GOP (Great Old Party). Las amplias concesiones que Kevin Mc Carthy ha tenido que hacer para obtener finalmente el puesto anuncia otro periodo de combate por el control del partido y contra la Casa Blanca (1). La derecha norteamericana es rehén de un grupo extremista (con o sin Trump) decidido a obstruir la democracia y a reforzar el control que ejercen las minorías en el tejido político nacional (2).

Más allá del turbio mundo de Washington, en estos dos años se han multiplicado las iniciativas en numerosos estados para discriminar los derechos de elección de los ciudadanos. Y mientras, en la calle, han aumentado los casos de violencia policial y las medidas adoptadas para prevenir muertes provocadas por el uso privado de armas de fuego han resultado insuficientes. Por no hablar de las nuevas brechas de desigualdad generadas por los efectos de la COVID y por la espiral inflacionista derivada de las decisiones adoptadas tras la invasión rusa de Ucrania.

Sostenía hace unos días la historiadora Anne Applebaum que Estados Unidos se ha convertido en ejemplo de lo peor, para el resto del mundo, y en particular para el hemisferio occidental (3). En parecidos términos se expresaba un comentario editorial de LOS ANGELES TIMES, uno de los principales diarios norteamericanos (4). Son valoraciones coincidentes con otros medios liberales, que han sido, durante décadas, bastante complacientes con el sistema, imputando los defectos a los individuos, a dirigentes desviados, pocos o muchos, o en todo caso a las burocracias o aparatos de poder, y menos a la naturaleza y fundamento del orden político.

EL ECO DISTORSIONADO DE BRASILIA

En los acontecimientos de Brasilia hay una imitación del 6 de enero norteamericano, por una evidente simpatía entre Trump y Bolsonaro, los dos presidentes populistas derrotados en las urnas, elementos extraviados del sistema pero productos ambos del mismo. Entre los white trash asaltantes del Capitolio y las masas mayoritariamente evangélicas e interclasistas que tomaron los edificios de Planalto hay concomitancias ideológicas más o menos difusas y abismales diferencias sociales y culturales. Les une, eso sí, una supina ignorancia del mundo en el que viven, una intoxicación axiológica perversa y una frustración social peligrosa, como apunta el periodista norteamericano Jack Nicas, buen conocedor de Brasil (5).

No terminan de entenderse muy bien las pretensiones reales de ambas masas supuestamente manipuladas. Parece muy evidente que las posibilidades de forzar una alteración en los procesos institucionales de transmisión del poder eran remotas, salvo un desfondamiento general de los mecanismos del Estado. El alejamiento de la realidad se antoja insuficiente para explicar un comportamiento tan errático. ¿Creían, unos y otros, que su actos de heroísmo serían suficientes para generar un vuelco político que revirtiera el robo electoral que, a su juicio, se había producido? ¿O, más allá del resultado de sus acciones, se daban por recompensados sólo con la denuncia ejemplarizante de su sacrificio?

Decía Lula al día siguiente del asalto a la explanada de los tres poderes que se había producido un intento de “golpe de Estado”. Posiblemente sea así, aunque aún no se perciban por ahora los contornos de una acción semejante. Que haya no solo irresponsabilidad, sino más bien complicidad policial, que se aviste colusión más que negligencia política del gobernador de la capital y de otras autoridades encargadas de proteger el orden público, que se detecten líneas de financiamiento en el traslado y encaminamiento de los asaltantes no quiere decir que hubiera un plan definido de asalto del poder. Si así fuera, los cerebros han sido absolutamente incompetentes. Es sabido que los golpes a veces fracasan, porque se rompe la cadena de afecciones, por delación o por accidente. Pero en Brasilia no parece que se trate de eso. Más bien da la sensación de que los asaltantes y/o sus inspiradores pretendían crear un clima de insurrección, propiciar un shock colectivo que generara una dinámica de revuelta general. En todo caso, una alucinación, más que un plan político. Un deseo de golpe más que un golpe en sí.

Por todo ello, de momento parece mas verosímil contemplar lo de Brasilia como un motín no necesariamente espontáneo, puesto que hay pruebas y rastros de incitación, pero en todo caso desestructurado. Ha abonado sospechas sombrías la tolerancia de la cúspide militar ante la concentración de miles de seguidores bolsonaristas junto a cuarteles distantes menos de diez kilómetros de los edificios institucionales. El excapitán incorporó uniformados a su equipo de gobierno, prodigó elogios a los militares y guiños a su condición de eventuales salvadores de la Patria. Encontró cierta respuesta en estamentos castrenses, pero el espíritu de las asonadas militares no es propio de estos tiempos. Washington no ampara, y menos secunda, financia o propicia golpes de Estado de esa naturaleza, como en los años sesenta y setenta, para proteger sus intereses en el Hemisferio. Ahora, el libreto es otro, como señala el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, observador atento de Brasil (6).

Las amenazas a la democracia brasileña, por el contrario, no han cambiado. Proceden de los principales sectores económicos, en particular, del agrobusiness, como también ha denunciado Lula de manera genérica. Las palancas que esos intereses tienen para forzar la mano del nuevo gobierno son más alambicadas que el puro cuartelazo. En la práctica, el sistema electoral propicia la ingobernabilidad, y más ahora, cuando la acción presidencial puede ser fácilmente cortocircuitada en el Congreso por una mayoría derechista abrumadora. La coalición que sostuvo la candidatura de Lula sólo tendrá a su favor, en principio, a 81 de los 513 diputados y a 9 de los 81 senadores. Y el Partido Liberal, el de Bolsonaro, que está menos aislado de lo que ahora parece, será la minoría más numerosa en ambas Cámaras. El MDB (Movimiento de la Democracia Brasileña), el partido más estructurado de la derecha brasileña, apoyó a Lula y no a Bolsonaro en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Pero, para que se entienda bien la “fluidez” de las alianzas políticas en Brasil, el destituido gobernador de Brasilia, sobre el que recaen gran parte de las sospechas de colusión o complicidad en los acontecimientos del 8 de enero, pertenece al MDB, no al partido del expresidente derrotado.

En estos momentos, Lula parece reforzado, porque sus adversarios de la derecha o del difuso  centro no querrán dar la menor impresión de simpatía con lo ocurrido y se prodigarán en protestas democráticas. Pero casi nada es lo que parece en la política brasileña, donde priman la ambigüedad, la falsedad y la maniobra torticera como método preferente de acción política.  


NOTAS

(1) “How Kevin McCarthy survive the GOP revolt to become House speaker”. WASHINGTON POST, 8 de enero;  “House narrowly approves rule amid concerns about McCarthy’s concessions”. THE NEW YORK TIMES, 10 de enero.

(2) “What is the House Freedom House? THE ECONOMIST, 9 de enero.

(3) “What the rioters of Brazil learned from Americans”. ANNE APPLEBAUM. THE ATLANTIC, 9 de enero.

(4) “The newest U.S. export -antidemocratic insurrection”. Editorial. LOS ANGELES TIMES, 9 de enero.

(5) “What droves a mass attack on Brazil’s capital? Mass Delussion. JACK NICKAS. THE NEW YORK TIMES, 9 de enero.

(6) “Brasil: advertencia a la navegación democrática”. BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS. OTHER NEWS, 10 de enero.