LA GUERRA DE GAZA TAMBIÉN SE LIBRA EN OCCIDENTE

15 DE NOVIEMBRE DE 2023

Seis semanas de guerra en Gaza. Seis semanas de muerte, horror y odio. Para la gente que aún sobrevive entre los escombros, nada volverá a ser como antes. Contrariamente a otras operaciones de castigo israelíes, esta vez la vida seguramente no dará otra oportunidad.

Los dirigentes occidentales, que desean liberarse cuanto antes y con el menor daño posible de este apoteosis de destrucción y dilemas morales y políticos, permanecerán atados a sus efectos por mucho tiempo. Los analistas y estrategas tratan de anticipar cómo quedará la región al terminar el conflicto. No hay una respuesta clara. El optimismo de la manida máxima “en cada crisis hay siempre una oportunidad” no es compatible con Oriente Medio, donde domina otra de significado contrario: “todo lo que puede salir mal, sale mal”.

Biden y su administración son los principales paganos políticos, hasta la fecha. La guerra les consume en una crisis que no esperaban. Es el segundo revés decisivo en su diseño de política exterior. Ya tuvieron que abandonar la centralidad del pulso con China, para atender la urgencia de Ucrania. La guerra en el Este de Europa no ha salido bien, en la medida en que se prolonga y no se avista un final claro y mucho menos pronto. Los arsenales americanos -igual que los europeos- están exhaustos. No se produce al ritmo e intensidad que la guerra demanda.

Lo que menos necesitaba Biden y su administración plagada de liberales intervencionistas era una guerra en la región más enrevesada y complicada como es Oriente Medio. El apoyo de primera hora a Israel está resultando caro, en términos estratégicos y políticos.

Estratégicos, porque debilita el compromiso de Estados Unidos en otros frentes de conflicto, se quiera o no reconocer públicamente. Biden cometió un error al unir estos dos conflictos en su patriótico mensaje a la nación. Se trató en realidad de una treta: sabedor de que el apoyo republicano a Ucrania se resquebraja y se escamotea la provisión de fondos, vinculó este esfuerzo al salvamento de Israel frente a lo que se presentó exageradamente como nueva amenaza a su existencia. El intento fue fallido. Los republicanos le devolvieron el truco, pero con otro sentido: para ayudar más y mejor a Israel, quizás habrá que rebajar el apoyo a Ucrania. En un pacto “in extremis” en el último voto presupuestario en el Congreso, se excluyen las dos. En los últimos días álgidos de la guerra fría, Washington se había asegurado poder afrontar “dos guerras y media”. Pero esos tiempos hace tiempo que pasaron. Hoy la superpotencia no puede asimilar ese dobles desafío a “comer chicle y caminar”.

El desgaste político es más doloroso, por dos razones: el plazo de pago es casi inmediato (apenas un año, con las elecciones) y la cuantía, inesperada e inoportuna. Para un presidente en ejercicio como Biden, octogenario y visiblemente fatigado, ganar unas elecciones supone un esfuerzo mayúsculo. No le basta con fidelizar a los afines: le es imprescindible atraerse a los indecisos, a los volubles, a los escépticos.

Las encuestas predicen una tarea más difícil aún que en 2020, y ello a pesar de que el rival más probable es el mismo que el que fuera derrotado entonces. Trump, de confirmarse su triunfo en las primarias que empiezan dentro de apenas dos meses, vendría con una mochila mucho pesada, cargada de procesamientos judiciales, problemas financieros y rechazo reforzado de adversarios y neutrales. En una país “normal”, sería inverosímil un Trump 2.0. Pero Estados Unidos hace tiempo que dejó de ser un país “normal”. A pesar de las lecciones de democracia que sus dirigentes liberales se empeñan en impartir por el mundo, ese nacionalismo populista, ese supremacismo del movimiento MAGA (Make America Great Again) afecto a Trump domina hoy el discurso político.

Biden fue elegido hace cuatro años, en gran parte porque muchos ciudadanos identificados con un Partido Republicano “moderado” (más bien no extremista) vieron en el candidato demócrata una opción de urgencia. Pero desde entonces, el Great Old Party ha despreciado, marginado y finalmente laminado esa moderación. Sólo ciertos cargos ya envejecidos y en la rampa del retiro subsisten. La mayoría parece dispuesta a lo que sea para imponer sus agendas, como se vio en la batalla interna por el control de la Cámara.

En estas condiciones, Biden no se puede permitir perder un voto, ni propio ni prestado. Y las dos guerras le están haciendo perder los dos. Ucrania ya es una sangría electoral desde hace meses. Gaza empieza a serlo (1). Entre las bases demócratas hay una división creciente ante la guerra. Los progresistas, los jóvenes no aceptan la parcialidad del Presidente a favor de Israel. Biden ha “corregido el tiro”, con una actitud retóricamente compasiva hacia la población palestina, exigido por sus bases demócratas. Ya antes de la guerra, el sector más dinámico, más joven e interracial del partido reclamaba una política más ecuánime en Oriente Medio. La brutalidad de la actuación israelí tras el ataque de Hamas ha reforzado su posición (2).

Si esto no fuera poco, los árabes norteamericanos, pocos pero concentrados en estados clave en noviembre del próximo año, se han movilizado como nunca. Michigan es el más importante. Biden gano allí, después de que Trump arrebatara este otrora feudo demócrata a Hillary Clinton en 2016. Allí se concentra buena parte del poder de los sindicatos del automóvil que acaban de ganar una huelga de varios meses, con el apoyo más bien simbólico de Biden.

De uno de los distritos de Michigan con mayor peso de la población árabe es representante en la Cámara Baja Rashida Tlaib, palestina de origen, que tiene a gran parte de su familia viviendo en Cisjordania. Esta diputada no suscribió una declaración de sus colegas parlamentarios en defensa de Israel y condena de Hamas, contrariamente a otros progresistas y compañeros de fatiga en el caucus progresista de la Cámara, que adoptaron una posición de equilibrio.  Se da la circunstancia de que en el distrito de Rashida Tlaib hay también bastantes electores judíos, que se sienten indignados por sus posiciones políticas. En contraste, los árabes le han apoyado calurosamente. La guerra de Gaza ha encontrado en Michigan una potente caja de resonancia. Los encuestadores creen que si los árabes de Michigan no votan a Biden, éste puede perder el Estado y quizás las elecciones (3).

Biden intenta flexibilizar a Israel, convencerlo de que evite ataques contra hospitales como el de Al-Shifa, en el norte de Gaza, epicentro actual de las operaciones terrestres. Pero es muy difícil que lo consiga. Israel emite videos e información que presentan el hospital como uno de los centros operacionales de Hamas.

Los aliados europeos se encuentran en situación de parecidas urgencias. Macron, como suele hacer, ya ha cambiado el tono y temperatura de su discurso. La movilización ciudadana, a cuenta del antisemitismo, ha mantenido vivo el apoyo al “derecho de Israel a defenderse”. Pero la manifestación del domingo a favor de la comunidad judía no ha hecho disminuir el peso de la indignación por el martirio palestino.

En Alemania, se mantiene el consenso proisraelí. La memoria del Holocausto tiene la sombra muy alargada en el país. Pero la incomodidad por la masacre empieza a manifestarse en la izquierda, sin temor a que la ínfima minoría nazi o filonazi pueda aprovecharse de ello.

En Gran Bretaña, el regreso de David Cameron a la primera línea de la política, al frente del Foreign Office, viene acompañado de la patata caliente de las dos guerras. Su experiencia se valora, pero también se recuerda estos días sus errores de juicio como primer ministro, tanto en Oriente Medio como en las relaciones con Putin, aunque en este caso podría decirse lo mismo de sus coetáneos Obama y Merkel (4). Si Cameron es el caballo blanco de ese giro centrista que ha intentado el Premier Shunak para recuperar al electorado moderado, la apuesta es arriesgada. No parece que la política exterior sea hoy una ruleta favorable.

Seguramente, la guerra no cambiará nada en el escenario regional, como argumenta muy bien argumenta Steven Cook, experto en Oriente Medio del Consejo de Relaciones Exteriores, ya que los bandos se aferrarán a sus posiciones y sus aliados y/o protectores pondrán por delante sus intereses políticos, económicos o estratégicos (5). Pero el conflicto está generando facturas que se harán difíciles de pagar.

 

NOTAS

(1) “Biden is getting squeezed over Isralo-Hamas war. Will it cost the White House. MICHAEL COLLINS. USA TODAY, 14 de noviembre.

(2) “The longer and bloodier the war, the harder it will be for the Democrat coalition”. THOMAS EDSALL. THE NEW YORK TIMES, 8 de noviembre.

(3) “Rashida Tlaib, censured by the House, is praised and condemned at home”. CHARLES HOMANS. THE NEW YORK TIMES, 13 de noviembre.

(4) “David Cameron is a big international figure, but what will he do as UK foreign secretary? PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 14 de noviembre.

(5) “This war won’t solvethe Israel-Palestine conflict”. STEVEN A. COOK. FOREIGN POLICY, 11 de noviembre.

LAS IMPOSTURAS EN LA GUERRA DE GAZA

8 de noviembre de 2023

Cumplido un mes desde el inicio del asalto del ejército israelí sobre Gaza, el número de muertos supera ya los diez mil (más de cuatro mil, niños) los heridos y enfermos sin atender se cuentan por millares y la amenaza de desnutrición, deshidratación y agotamiento alcanza a la práctica totalidad de los dos millones de habitantes. Una calamidad sin paliativos, que nadie puede o quiere parar. La actividad diplomática y política se ha mostrado, en el mejor de los casos, impotente; no sería exagerado calificarla de hipócrita, cínica o incluso cómplice.

La aniquilación de Gaza es, en realidad, una suma de imposturas, en el sentido literal del término; es decir, un fingimiento o argucia engañosa bajo una apariencia de verdad. Las más notables son las que siguen:

1.- Israel está ejerciendo un legítimo derecho a la defensa.

Después de los ataques de Hamas contra núcleos de población civil, la muerte de casi millar y medio de israelíes y la captura de 240 más como rehenes, parecía evidente que el Tsahal iba a responder más allá de su contundencia habitual. Las autoridades afirmaron que no se trataría de una operación de venganza, sino de “justicia” y, sobre todo, de prevención de futuras “acciones terroristas”.

El recurso de la defensa está regulado en el  Derecho Internacional y, por tanto, sometido a procedimientos y normas, cuyo cumplimiento ciertamente suele ser esquivo y dudoso, pero permite establecer criterios de comportamiento de los Estados.

Israel no se caracteriza por someterse a la legalidad internacional, salvo cuando le beneficia. Pero como generalmente actúa en sus márgenes o directamente fuera de ellos, practica un discurso de victimismo y resistencia ante lo que tacha de “antisemitismo” latente o descarado, según cada momento o perfil político o ideológico del destinatario del reproche.

Desde el comienzo de la operación “Espadas de acero”, Israel ha asegurado que sus fuerzas armadas se atienen a los estándares éticos más rigurosos del mundo, en cuanto al respeto de las poblaciones, la minimización de víctimas y la estricta distinción entre las población civil inocente y los enemigos combatientes.

Asa Kasher, profesor de Filosofía en la Universidad de Tel Aviv, es coautor del Código ético de la Fuerzas de Defensa de Israel. En un reciente artículo intentó argumentar la trayectoria de buena conducta de los militares de su país. Tarea harto difícil y desde luego poco compartida por numerosos testigos y observadores independientes. Pero el propio Kasher admitía, cuando la aviación y la artillería ya habían devastado gran parte de la franja y la población se encontraba en estado calamitoso, que ciertas conductas, como el bloqueo de elementos vitales de supervivencia, el corte de suministros básicos y el ataque a instalaciones de socorro y protección, entre otras, eran “equivocadas” (1).

Otros expertos en la materia de crímenes de guerra o genocidio han sido más rotundos. Ninguno de ellos puede ser considerado, salvo deshonestas proclamas propagandísticas, como hostiles a Israel por principio o “antisemitas” (en el sentido estrecho del término: es decir, antijudíos). El debate es complejo, porque resulta difícil distinguir entre conceptos jurídicos estrictos y motivaciones o impulsos políticos. Pero existe un consenso mínimo en que Israel ha franqueado los límites de la “legítima defensa”, ha incurrido, deliberadamente o por desinterés, en el obligado autocontrol sin el cual es inevitable el “castigo colectivo” de la población. Consecuencia de ello, habría cometido directa o indirectamente “crímenes de guerra” (2).

Sin embargo, estas consideraciones independientes o ajenas a banderías políticas específicas o identificadas, han hecho poca o ninguna mella en los responsables occidentales  (y algunos del Sur Global, como la India) que podrían frenar la masacre o condicionar la actuación israelí. El relato de la “legítima defensa” no ha sido cuestionado ni siquiera parcialmente. En la operación de Gaza no se trata tan sólo de “aniquilar a los líderes e infraestructuras de los terroristas de Hamas”, como sostienen los dirigentes de Israel. El mayor número de víctimas son personas inocentes, aceptadas como tal por el propio Israel y sus defensores, sin que las supuestas normas de guerra, en el supuesto caso de que haya intención de cumplirlas, estén sirviendo de algo.

2.- Hamas es la principal responsable de la catástrofe al haber tomado rehenes, esconder sus armas y centros de mando en los edificios civiles y utilizar a la población como escudo.

Hamas es una organización islamista que no acepta la existencia de Israel y ejerce, en la medida de sus limitadas posibilidades, una lucha armada, militar contra el “enemigo sionista”. Occidente la considera una “entidad terrorista”, porque en su actuación ataca objetivos civiles, mediante atentados personales directos o por disparos de cohetes lanzados al azar sobre núcleos de población civil israelí. Se escamotea que Israel responde -y a veces actúa preventivamente- de manera que los ciudadanos palestinos no combatientes resultan ser víctimas propiciatorias e inevitables. Pero, además, como algunos analistas señalan, el daño en una y otra parte es incomparable y la dinámica acción-reacción elude cualquier consideración de proporcionalidad exigida por las leyes internacionales.

Puede decirse, con bastante razón, que un bando debe procurar defender a su gente tanto o más que de causar daño al adversario. Hamas incurre en temeridad irresponsable al no medir las consecuencias letales de desafiar a un enemigo muy superior. Sin embargo, la alternativa a esa realidad incontestable sería una resistencia pacífica o una respuesta sólo política, que tampoco es que haya servido para acabar con la ocupación y recuperar los derechos conculcados.

Pero hay otra aspecto de esta impostura mucho menos visible. Apenas se ha recordado en esta crisis que Israel fomentó la instauración de Hamas en 1987, porque resultaba útil para debilitar a la OLP, cuando estaba en pleno apogeo la primera Intifada. Tampoco vio del todo negativo su atrincheramiento en Gaza en 2007. Cuando el movimiento islamista acudió a Irán en procura de apoyo político, militar y material, cambió la actitud de Israel. Pero aún y así, desde 2021, cuando Hamas parecía tener pocos incentivos para reanudar la lucha armada, Israel entabló una relación más administrativa, más práctica con ella. Algo que no se haría con una organización terrorista.

El profesor palestino-americano Yousef Munayyer, residente en EE.UU ofrece una lúcida explicación de esta “trampa del terrorismo”, que tiene su raíz en el secuestro de los atletas israelíes durante la Olimpiada de Múnich. Una explicación mucho más detallada excedería el espacio de este ya extenso comentario, pero su lectura es altamente recomendable (3).

3.- Occidente trata de mitigar los efectos de la devastación de Gaza en la población palestina.

La narrativa de la tarea diplomática exige esfuerzos teatrales y prolongados, algunos más visibles que otros. Las visitas de los líderes norteamericano, francés y alemán privilegiaron la solidaridad con Israel después del “shock” del 7 de octubre. Luego, se diversificaron un tanto los discursos. Estados Unidos se ha negado a moverse ni un ápice de su defensa de la conducta israelí, apenas matizada por la necesidad de las “pausas humanitarias”. Se dice que la administración Biden está “aconsejando” en privado al gobierno israelí que se muestre más flexible y atento a las necesidades de la población de Gaza. Sin mucho resultado.

En Estados Unidos, la enormidad del sufrimiento ha generado críticas entre la izquierda demócrata a ese apoyo incondicional de la clase política y de gran parte de la  ciudadanía  a Israel (4). Ya antes de esta guerra se habían producido grietas incluso en la comunidad judía, debido a la intransigencia y brutalidad de policías, militares y colonos en los territorios ocupados (5). Sin embargo, las organizaciones proisraelíes conservadoras no sienten amenazada su posición de privilegio. Con motivo: de sus carteras sale mucho dinero para las campañas de políticos y fondos universitarios, entre otros beneficiarios, en una proporción de diez a uno en comparación con otro gran lobby de dudosa ética como es la Asociación del Rifle (6).

Europa también ha quedado mal retratada de nuevo en esta crisis. El centro-derecha ha seguido el guion norteamericano. La izquierda se ha desgarrado. Alemania sigue presa del Holocausto y no parece capaz de articular un discurso político crítico con los comportamientos de Israel sin que por ello incurrir en el negacionismo histórico. La clase política ha interiorizado la hipocresía de reciclar en su día a dirigentes nazis de medio pelo, mientras defendía a machamartillo  la política militar israelí. La socialdemocracia ha sido y es agente activa de esta negligencia que incurre en complicidad intelectual con el castigo colectivo a los palestinos, aunque se proclame otra cosa en Bruselas o en el G-7 (7).

En Francia, el endurecimiento de las políticas migratorias, destinadas a limitar el crecimiento de la población de origen musulmán, se ve favorecido por varias décadas de atentados perpetrados por organizaciones islamistas marginales o extremistas. La defensa de los derechos palestinos tiene un precio muy alto, en particular en la izquierda, que se ha mostrado dividida, impotente y atrapada en el relato falaz de un antisemitismo autóctono que conecta con el régimen colaboracionista de Vichy durante la segunda guerra mundial (8).

4.- Las “pausas humanitarias” pueden servir para aliviar el sufrimiento de la población civil.

Esta es la línea oficial de la actuación diplomática de Estados Unidos, Gran Bretaña y la mayoría de los países europeos (9). Bajo esta apariencia piadosa, en realidad se neutraliza la propuesta de “alto el fuego” que preconiza la ONU y defienden otros estados europeos (entre ellos España) y la mayoría de los países del Sur. La impostura de las “pausas humanitarias” reside en su inanidad. Tal y como se ha explicado al mundo, se trataría de que Israel permitiera la entrada de convoyes con suministros básicos (alimentos, agua, medicinas, material sanitario, etc), en todo caso sometidos a un escrutinio para que no caigan en manos de los islamistas.  Como no se conoce con exactitud la ubicación de todos estos militantes, tales operaciones están condenadas a la inutilidad. Y, aún en el mejor de los casos, el alivio de las poblaciones siempre será mínimo, en relación a sus necesidades vitales presentes y futuras inmediatas. Las “pausas humanitarias”, sea cual sea su intención, se convierten en estratagemas para hacer más tragable la destrucción israelí de Gaza. De ahí que, finalmente, Netanyahu ha dicho que permitirá una pausa “una hora aquí, otra allá”. Palabras que evidencian una insensibilidad repugnante.

5.- Después de la destrucción de Hamas, se ampliarán las oportunidades de una solución duradera al conflicto israelo-palestino.

A medida que se eleva el grado de abstracción en las consideraciones sobre el actual episodio bélico y sus consecuencias, se hacen más evasivas las imposturas circulantes. Estados Unidos sostiene que, después de liquidada Hamas, será posible recuperar la vía diplomática y política, pese a que ésta se consideraba muerta y enterrada antes del 7 de octubre. Algunos académicos, asesores y diplomáticos se han lanzado a elaborar planes de actuación (10). Otros son más circunspectos o incrédulos (11). Y hay quienes consideran congelado por mucho tiempo el proceso de alianza entre Israel y los estados autoritarios árabes (12).

Este gobierno israelí, como casi todos los anteriores, no sólo ha hecho todo lo posible por obstaculizar una solución diplomática, sino que, además, niega la propia naturaleza de un pacto político. No sólo, como se ha dicho hasta la saciedad, impugna el principio de los dos Estados (el existente israelí y el embrionario y sofocado palestino). La derecha nacionalista más dura, hostil siempre al reconocimiento de los derechos palestinos básicos, parece dispuesta a aceptar el ideario extremista de sus coaligados supremacistas ortodoxos y sionistas religiosos (corrientes diferentes y otrora opuestas en el judaísmo), que consiste en negar la existencia misma del pueblo palestino, al que invitan literalmente a emigrar o aceptar un estatus de súbditos (13).

Esta posición no es unánime en Israel, pero goza de un respaldo cercano a la mayoría y no ha dejado de crecer en las últimas décadas. Hace apenas diez años, estas fuerzas extremistas  (Poder Judío o Partido Sionista religioso) eran marginales o no existían; hoy tienen la llave de la gobernabilidad, condicionan a la derecha nacionalista y actúan con impunidad absoluta en los territorios ocupados a través de su red de colonos radicales. El comportamiento de éstos es cada vez más delincuencial, violento y, en el sentido literal del término, terrorista, como atestiguan muchas fuentes, incluías aquellas que defienden, con matices, la actual operación israelí en Gaza (14).  Y lo peor está por llegar. Israel ha encargado más 24.000 fusiles de asalto a fabricantes de armas norteamericanos. El gobierno estadounidense tiene que autorizar la operación, pero lo ha hecho antes. Los ministros de la ultraderecha israelí, con competencias amplias en Cisjordania ya han repartido armas entre colonos afectos y aseguran que seguirán haciéndolo (15).

6.- La destrucción de Hamas puede favorecer la recuperación de un liderazgo palestino que acepte la existencia de Israel y haga la realización de una entidad estatal propia.

Esta posición política es la más inverosímil. Pero ha captado titulares tras la entrevista del jefe de la diplomacia norteamericana con el Presidente de la ANP, Mahmud Abbas, quién se mostró dispuesto a extender su responsabilidad sobre la Franja cuando concluya la operación israelí.  Se antoja una pretensión irreal, aunque algunos dirigentes palestinos moderados como el exprimer ministro Salam Fayyad hagan circular “planes de paz de la OLP” (16).

Si Mahmud Abbas no concita apenas apoyo en Cisjordania, donde ejerce un poder fantasmal, inservible y cada vez más contestado por sus conciudadanos, ¿qué apoyo puede esperar si recogiera el testigo de la aniquilación israelí? Si la OLP y sus aliados moderados ya fueron derrotados en 2005 en Gaza (y dos años después expulsados por la fuerza impetuosa de Hamas), ¿cómo puede presentarse de nuevo como la solución? Si no ha podido imponerse o siquiera resistir la mayor degradación en términos de seguridad, derechos y vida cotidiana en Cisjordania, ¿puede prometer un futuro mejor en Gaza?

Por lo demás, resulta poco creíble que Occidente se vaya a fiar de Abbas y sus cohorte de funcionarios, policías, políticos y propagandistas cuando llevan años ninguneandolos y permitiendo sus prácticas corruptas y sumisas al ocupante israelí, según denuncian los mismos dirigentes occidentales o sus ejecutores. El primer ministro Netanyahu ha dejado claro qué tipo de alternativa política autónoma y razonable está dispuesto a aceptar, al advertir que Israel ejercerá una función de garante de la seguridad en Gaza “durante tiempo indeterminado”. Es la misma lógica que sostuvieron sus predecesores después de las guerras de 1967 y 1973, que ampliaron y consolidaron la ocupación militar de territorios árabes. Ni las sucesivas resoluciones de la ONU, de obligado cumplimiento según el Derecho Internacional, ni los innumerables planes y acuerdos de paz han modificado esa realidad, la única que cuenta a pesar de las imposturas.

 

NOTAS

(1) “Israel’s laws of war. How IDF doctrine shapes the campaign against Hamas in Gaza”, ASA KASHER. FOREIGN AFFAIRS, 27 de octubre.

(2) “The uses and abuses of term ‘genocide’ in Gaza”. MARTIN SHAW. NEWLINES MAGAZINE, 6 de noviembre; “What International Law has to say about the Israel-Hamas conflict”. MARC WELLER. THE ECONOMIST, 27 de octubre; “Peut-on parler de ‘genocide’ en cours à Gaza”. COURRIER INTERNATIONAL, 4 de noviembre; “What the laws of war say about forced displacement and ‘human shields’”. AMANDA TAUB. THE HEW YORK TIMES, 19 de octubre.

(3) “Can our leaders avoid the terrorism trap?”. YOUSEF MUNAYYER. FOREIGN POLICY,  4 de noviembre.

(4) “Democrats splinter over Israel as young, diverse left rages at Biden”. THE NEW YORK TIMES, 27 de octubre; ; “Progressives rebel against Biden’s handling of Israel-Hamas crisis”. THE WASHINGTON POST. 25 de octubre.

(5) “’I, too, am the Jewish community’: the rift among US Jews widens over Gaza war”. ROBIN BULLER. THE GUARDIAN, 4 de noviembre

(6) “In Israeli-Palestinian battle to sway Congress, only one side wins”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 6 de noviembre.

(7) “How the Gaza conflict is dividing Europe’s left”. THE OBSERVER, 29 de octubre

(8) “Guerre Isräel-Hamas: la gauche europeénne en tous ses états”. COURRIER INTERNATIONAL, 25 de octubre.

(9) “A humanitarian pause in Gaza”. EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 3 de noviembre.

(10) “Israel’s war aims and the principles of a pot-Hamas administration in Gaza”. DENIS ROSS, ROBERT SATLOFF y DAVID MAKOVSKY. WASHINGTON INSTITUTE, 17 de octubre;

(11) “What comes after Hamas. STEVE SIMON. FOREIGN POLICY, 18 de octubre; “What happens if Israel topples Hamas in Gaza. MICHAEL MILSHTEIN. BROOKINGS INSTITUTION, 26 de octubre;

(12) “The Hamas attack has change everything”. STEVEN COOK. FOREIGN POLICY, 9 de octubre; “The Gaza War has reverberated across the Middle East”. INTERNACIONAL CRISIS GROUP, 4 de noviembre.

(13) “Is a two-state solution possible after the Gaza war?”. THE ECONOMIST, 1 de noviembre.

(14) “Settler violence rises in the West Bank during the Gaza war”. MAIRAV ZONSZEIN. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 6 de noviembre; “Settlers ara causing mayhem in the West Bank”. THE ECONOMIST, 6 de noviembre; “How a campaign of extremist violence is pushing the West Bank to the brink”. THE NEW YORK TIMES, 2 de noviembre.

(15) “U.S. officials fear that American guns ordered by Israel could fuel West Bank violence”. THE NEW YORK TIMES, 5 de noviembre.

(16) “A peace plan in Gaza”. SALAM FAYYAD. FOREIGN AFFAIRS, 27 de octubre.

LA CORTINA DE HUMO DEL ANTISEMITISMO

2 de Noviembre de 2023

La abominable actuación de Israel en Gaza está avivando una vieja polémica sobre el antisemitismo. Se trata de una de las argucias más equívocas en el debate público sobre relaciones internacionales.

Existe una base histórica real, que no se limita a los crímenes espantosos del III Reich y otros regímenes fascistas y autoritarios colaboracionistas con la Alemania nazi durante los años treinta y cuarenta. La persecución de los judíos es una constante histórica desde que el cristianismo se hizo hegemónico en Europa. La Iglesia católica no sólo lo alentó y ejecutó en su ámbito de influencia y poder. El origen religioso del antisemitismo vino acompañado desde muy pronto con otros factores de carácter económico y social, lo que resultó de enorme efectividad para movilizar a las masas no religiosas o paganizadas por los regímenes autoritarios. En el III Reich la persecución de los judíos se sustentaba en supuestos abusos cometidos contra el pueblo y la nación alemanes, pero el sustrato religioso operó con gran eficacia.

La pasiva, lenta o tímida reacción de las democracias liberales europeas ante la judeofobia respondió a motivaciones similares, bajo la cobertura moralista de las manipulaciones católicas. Cuando se hizo pública la monstruosidad de los crímenes nazis, se generó una conciencia de culpa delegada y de malestar político que indujo al liberalismo triunfante de la posguerra a efectuar gestos de disculpas hacia los ciudadanos judíos y a respaldar reivindicaciones políticas, lideradas por el sionismo, que no habían sido atendidas en décadas anteriores, salvo en manifestaciones teóricas (Declaración Balfour, 1917), sin consecuencias prácticas. En ese contexto histórico se promovió el Plan de partición de Palestina, sancionado por la ONU en 1947.

En aquella decisión no sólo influyó la mala conciencia ante la Shoa, sino la presión ejercida por una vanguardia de militantes judíos sionistas en forma de acciones armadas intimidatorias en Palestina. Organizaciones como la Haganah (Ejército judío de liberación, conectado con el proyecto de Estado sionista) y otras más irregulares o extremistas (Stern, Irgún) usaron el antisemitismo histórico de la Europa colonial como argumento justificativo de su lucha armada.

Una vez triunfante, el sionismo se movió durante una década en un ambiguo terreno de neutralidad o evasión ante las tensiones de la Guerra Fría. Israel mantuvo buenas relaciones con Estados Unidos (debido al poder de la comunidad judía), pero también con la Unión Soviética (que veía con muy buenos ojos la orientación socializante de los dirigentes laboristas dominantes en esta primera etapa del nuevo Estado). No tanto, en cambio, con las potencias europeas colonizadoras, que nunca renunciaron a seguir ejerciendo en Oriente Medio el poder y la influencia de que gozaban aún en África y Asia. Esta tensión subyacente desembocó en la guerra de Suez (1956), que sancionó el declive del caduco neocolonialismo europeo en la región, en gran parte por el apoyo de EE.UU a Israel y Egipto, en detrimento de sus aliados europeos.

La equidistancia de las superpotencias duró poco. El colectivismo israelí se orientó primero hacia formas socialdemócratas y luego social-liberales, en todo caso ajenas al modelo estatista ruso. La identidad judía de notables disidentes rusos facilitó que el ateísmo marxista se impusiera como referencia culpabilizadora frente a Moscú. La URSS pasó a ser considerada como una superpotencia antisemita. El apoyo soviético a los árabes en las guerras de 1967 y 1973, cúspide de poder regional de Israel, consolidó este relato rentable tanto en los ámbitos diplomáticos como intelectuales y culturales.

 

Los ensayos de paz en Oriente Medio desde finales de la década de los 70 fueron frustrantes, debido en gran parte a la negativa reiterada de Israel a ceder territorio conquistado por la armas. La percepción de la inseguridad fue aducida para justificar su inflexibilidad diplomática. Israel se militarizó y asumió con entusiasmo su papel de gendarme occidental en la región, en connivencia con Estados Unidos, aunque en Washington fueron siempre conscientes de la necesidad de adoptar una apariencia de equilibrio para debilitar una contradictoria y equívoca relación entre la URSS y los derrotados países árabes. Egipto fue el primer país árabe que se dio cuenta de que el tutelaje de Moscú no conducía a parte venturosa alguna y arriesgó un giro político que a las masas, tanto tiempo manipuladas, les costó aceptar. Sadat pagó ese cambio con su vida.

Cuando la inserción del conflicto árabe-israelí en la dinámica bipolar de la Guerra fría empezó a debilitarse, Europa adoptó una posición de cierto equilibrio, no tanto por convicción cuando por necesidad. Los dos shocks petroleros provocados por el boicot árabe tras la “guerra del Yom Kippur” (1973) y los efectos de la revolución en Irán (1979) arruinaron la prosperidad europea trabajosamente construida durante los años 50 y 60. La nueva “sensibilidad” hacia la “causa árabe”, y en particular hacia el drama palestino, provocó otra respuesta hostil en Israel, que sacó de nuevo el argumentario del antisemitismo, cada vez que en foros diplomáticos, políticos o culturales se reclamaba una revisión del status quo territorial en la región.

Tras la desaparición de la URSS, Europa reforzó ese papel de equilibrador aparente en el conflicto regional. El eje franco-británico se había roto de manera definitiva en los ochenta, con el triunfo del conservadurismo extremista en Londres y la llegada al poder de los socialistas (que intentaron conjugar el apoyo a las dos causas) y comunistas (aliados románticos de la resistencia armada palestina), en París. Alemania se desgarraba entre el complejo de culpa por el nazismo y su alta dependencia del petróleo árabe como motor de su industria hegemónica en Europa. Israel aprovechó las debilidades económicas y estratégicas europeas para hurgar en las ulceradas conciencias y deslegitimar cualquier posicionamiento político y diplomático que tendiera a respaldar las reclamaciones de sus vecinos.

El fracaso de la posguerra fría y del nuevo orden internacional alentó la emergencia de una corriente política que parecía superada: el nacionalismo identitario, anclado en el racismo y en la visión más reaccionaria de la civilización cristiana.

Si en estas últimas décadas se ha podido detectar antisemitismo real ha sido con la eclosión de este neonacionalismo. Pero, contrariamente a épocas anteriores, esta corriente política no se ha posicionado en contra de los intereses estratégicos de Israel, ni siquiera de los judíos en general. Antes al contrario, el antisemitismo se ha orientado hacia la islamofobia. Al cabo, semitas son tanto los israelíes como los palestinos, conviene recordar. Por tanto, cuando Israel y sus protectores airean el fantasma del antisemitismo señalan al el que les agrede, pero callan ante el que les favorece. El antisemitismo verdadero dirigido hacia los judíos en Europa es marginal.

El ataque de Hamas contra Israel del pasado 7 de octubre se ha convertido en una ocasión oportunista para rescatar el antisemitismo en su orientación antijudaísta, debido a que, después de muchos años, Israel puede presentarse como víctima ante una confundida opinión pública internacional. La brutal ejecución de ciudadanos civiles y desarmados autorizan a dirigentes políticos y grupos mediáticos a calificar esos actos de terrorismo, lo que conecta con unas sociedades traumatizadas por la oleada violenta del islamismo extremista de la década pasada. Pero se omite o mínima (según los casos) que la brutalidad de Hamas se produce tras una ocupación prolongada y sofocante, debido a su impunidad blindada, ante la que la mal llamada Comunidad Internacional no ha tenido más que palabras inanes e hipócritas.

Casi nadie se ha atrevido, en esos momentos dominados por la emotividad, a contextualizar debidamente los últimos acontecimientos. Y cuando alguien lo ha hecho, incluso de forma cautelosa y diplomática, como el Sº General de la ONU, Antonio Guterres, alarmado por la dimensión injustificable de la venganza,  Israel ha reaccionado como suele: sin cortapisas  diplomáticas, con amenazas explícitas y la arrogancia de quien se sabe libre de cualquier sanción exterior efectiva. El embajador israelí ante la ONU, Gilad Erdan, ha incurrido en el esperpento al prenderse en la solapa una estrella amarilla, como la que se imponía a los judíos en los campos nazis, con el lema “Nunca más”. Días antes, este diplomático, perteneciente a la derecha dura israelí, había reclamado la dimisión de Guterres con un destemplado lenguaje ajeno a su función. El gesto ha sido condenado por el propio director del Museo del Holocausto de Israel (Yad Vashem) por considerarlo una irrespetuosa manipulación de aquella tragedia.

El primer ministro Netanyahu, ha sido más sibilino en la utilización del antisemitismo como arma propagandística. En vez de un ataque directo, ha establecido analogías incómodas para los occidentales que reprochan a Israel falta de humanidad. En su última rueda de prensa, comparó los bombardeos incesantes de Gaza con los que realizaron los aliados al final de la Segunda Guerra Mundial. Con ello no sólo pretendía justificar la muerte de inocentes (incluso niños y enfermos), sino equiparar de nuevo a los nazis con los islamistas de Hamas.

El arma del antisemitismo se cuelga a todo aquel que no comulga con métodos impropios de un Estado civilizado para conservar su control sobre territorios que sólo le pertenecen en el imaginario bíblico. Resulta gratificante, entre tanta impostura, que grupos judíos en Estados Unidos y otros países occidentales se hayan desmarcado sonoramente de la masacre israelí de estas semanas, en coherencia con una línea crítica que se viene manifestando desde la deriva extremista en Israel. Igualmente positiva es la denuncia de la campaña de acoso, violencia y expulsión de los palestinos de sus tierras que practican los colonos judíos radicales, con la protección de unidades militares regulares.

En Europa, en cambio, el uso propagandístico del antisemitismo ha correspondido a la derecha más conservadora, otrora hostil al judaísmo y hoy cómplice intelectual de la desproporcionada respuesta israelí a los atentados de Hamas. Los afectos a ese rancio cristianismo que pintó a los judíos como los verdugos de Cristo son hoy los más ardientes defensores de un Estado cuya mayoría de dirigentes quiere convertir en “patria” exclusiva de los judíos, a hierro y fuego. Es el caso de los evangelistas protestantes americanos (más pro-sionistas que los judíos locales más jóvenes). O de los católicos españoles herederos sin desagrado de un franquismo que combatía un fantasmal complot judeo-masónico y defendía el arabismo más reaccionario. O los tributarios de los fascistas italianos, nunca incómodos con un Vaticano evasivo (colaboracionista tácito, en realidad) con los nazis. O el de tres generaciones de alemanes atormentados por un pasado atroz, pero muy permisivos ante el reciclaje de nazis emboscados en los partidos democristianos de la milagrosa posguerra.

La enorme falacia de cubrir con el sambenito del antisemitismo a todo el que se resista aceptar el crimen de guerra como instrumento de poder político y militar resulta preocupantemente eficaz en una Europa asustadiza e incoherente en sus aspavientos moralizantes. Es asombroso, por no decir otra cosa, que esa Europa se escandalice ante las barbaridades rusas en Ucrania y mitigue la escalofriante actuación de Israel con el “derecho legítimo a la defensa” . Al limitarse a pedir con notable debilidad la apertura de “corredores humanitarios” en Gaza, oculta lo importante (la violencia sistémica de la ocupación) detrás de lo urgente (el alivio claramente insuficiente de la atormentada población palestina).

EL INVEROSÍMIL EQUILIBRIO EUROPEO EN LA GUERRA DE GAZA

25 de octubre de 2023

La invasión terrestre de Gaza por la Fuerzas de Defensa de Israel se demora, al parecer por recomendación norteamericana. Pero la aviación bombardea sin cesar. El mando militar israelí dice haber eliminado algunos dirigentes islamistas. Pero los muertos civiles son ya cerca de seis mil, casi la mitad de ellos niños. Ya no hay apenas agua, comida y luz, comida y los hospitales han dejado de funcionar. ¿Puede considerarse esto una acción de “legítima defensa”? Parece obvio que no. La sed de venganza por la matanza del 7 de octubre no se ha aplacado.

Estados Unidos, como siempre, marcó la pauta de la actuación internacional. El viaje de Biden dio cobertura política, diplomática y militar a Israel, aunque no lo necesitara estrictamente. Las consideraciones sobre los riesgos de la operación militar extendida quedaron fuera del foco público, para no empañar el apoyo incondicional. Las gestiones en favor de las migajas de la “ayuda humanitaria” resonaron como una pálida y casi vergozante compensación.

Es hora de preguntarse también sobre el papel de Europa en la crisis. Una vez más, se ha comprobado que la capacidad de influencia de los 27 sigue estando muy por debajo de su peso internacional. Lo hemos visto en la guerra de Ucrania, en el conflicto larvado con China y ahora, de nuevo, en la crisis entre Israel y Hamas, donde Europa ha exhibido, y con estrépito, sus disfuncionalidades habituales.

LA TRAMPA DEL TERRORISMO

El ataque de Hamas ha sido considerado de forma unánime como un “acto de terrorismo” por los gobiernos europeos, aunque no en todos ellos haya habido unanimidad, como hemos comprobado aquí, en España. La calificación tiene que ver con la generación de víctimas civiles. La naturaleza del conflicto palestino-israelí y las legítimas formas de lucha ante la situación prolongada de ocupación y las pésimas condiciones de vida que soportan los palestinos, en especial los que residen en Gaza, han quedado opacadas en los discursos oficiales.

A lo largo de los años, la UE ha intentado mantener un equilibrio entre el derecho de Israel a la seguridad y el de los palestinos a gozar de libertad para dotarse de instituciones viables sobre un territorio reconocido por la comunidad internacional y en condiciones aceptables de seguridad. El problema es que el conflicto israelo-palestino pone continuamente a prueba este equilibrio solo aparentemente ecuánime. El desproporcionado poder de actuación de una y otra parte exige un compromiso mayor que el que la diplomacia europea parece capaz de asumir.

Que Hamas haya cometido crímenes no se puede desligar del contexto en que su ataque se ha producido. Aunque la agresividad israelí parecía haberse atenuado recientemente en Gaza, debido a la ilusoria percepción de la neutralización de las milicias islamistas, en Cisjordania se ha está viviendo el año más violento desde principios de siglo. La presión de los colonos radicales, amparados por un gobierno plagado de extremistas mesiánicos, ha generado una situación explosiva. La “solución” biestatal ha sido sistemáticamente boicoteada por Israel. Y ante todo ello, Europa ha sido muy pasiva o tímida, quizás por encontrarse absorbida en la guerra de Ucrania y en sus consecuencias económicas.

La contundencia con la que los principales dirigentes europeos salieron en apoyo del “derecho de Israel” a defenderse, obviando las condiciones en que Israel ejerce un poder ilegítimo en los territorios ocupados, resulta incoherente con su trayectoria diplomática. Parecería que ha habido un interés extremo en no ofrecer una mínima apariencia de antisemitismo, cliché que utilizan los israelíes y sus protectores emplean cada vez que se critican sus actuaciones abusivas.

Los atentados sufridos en Europa en la última década como consecuencia de la guerra contra el terror lanzada por Estados Unidos tras el 11 de septiembre y la subsiguiente respuesta de unos nuevos grupos islamistas más radicales y sangrientos han influido muy decisivamente en las políticas europeas en la región. El tradicional apoyo a la causa palestina, concretado en ayuda financiera, material y técnica, apenas ha podido compensar la parcialidad habitual del aliado norteamericano en  favor de Israel. Incluso en las sucesivas operaciones israelíes de castigo en Gaza, tras oleadas de cohetes de las milicias palestinas, los europeos no asumían por completo las justificaciones del gobierno israelí de turno.

Ahora, todo parece haber cambiado. Hamas ha franqueado una línea roja, al golpear directa y personalmente a ciudadanos indefensos en territorio israelí, no en territorio palestino ocupado. Esta vez, las víctimas israelíes se han conectado emocionalmente con las registradas en Madrid, París, Bruselas, Estocolmo, Berlín, Niza y tantas otras ciudades europeas.

Sin embargo, esa equiparación no puede hacerse sin forzar la narrativa del problema. Hamas ha atacado a civiles, pero Israel, con sus prácticas militares indiscriminadas, lleva años matando ciudadanos ajenos a cualquier actividad armada. El Estado israelí se quita de en medio la carga de responsabilidad criminal aduciendo que las guerrillas palestinas se cobijan entre la población civil para provocar esas matanzas y presentarse como víctima. Argumento insostenible. En una guerra tan desigual, el bando más débil no tiene muchos recursos para elegir.

Quizás haya contribuido a desequilibrar el pronunciamiento europeo de estos días los dos atentados registrados tras el 7 de octubre, en Bruselas y en Arrás (Francia). Pero se trata de dos acciones cometidas por individuos aislados, sin relación algunos con grupos organizados. Por tanto, carentes de significación política relevante.

La presión del estigma terrorista ha llevado incluso a cometer torpezas innecesarias, como la de prohibir manifestaciones de apoyo a la causa palestina, ante un temor exagerado a que pudieran convertirse en exaltaciones de Hamas.

LA “BOMBA” DE MACRON

A todo esto se añade los vicios o defectos habituales de la política exterior europea. El más recurrente, la tentación, ante una crisis, de afirmar las posiciones nacionales antes de intentar una respuesta más coordinada. Ha vuelto a ocurrir en esta ocasión.

Francia es la protagonista habitual de estos desmarques. Lo vimos en el inicio de la guerra de Ucrania o en el debate sobre la política hacia China. Y, a veces, la singularización francesa no carece de mérito. El Presidente francés también ha adoptado un perfil alto. Desde un principio apoyó sin reservas el “derecho legítimo de Israel a defenderse” .La “preocupación” por la población civil de Gaza y los derechos palestinos fueron relegados a la letra pequeña. A continuación viajó a Israel para escenificar su posición. Y se guardó para esta ocasión la “bomba” que ocupará la atención mediática de los próximos días: recuperar la coalición internacional contra el Daesh para luchar contra Hamas. Una vez más , Macron parece haber ido demasiado lejos y, como a él le gusta, en figura de avanzado. No ha esperado a la cumbre europea prevista para este fin de semana donde debe aclararse la actuación futura de la UE. Ahora parte del debate, lo más sustancial, quizás gire sobre la propuesta de Macron.

El presidente francés ha dicho a sus anfitriones israelíes lo que quieren oír, sin enfriar el mensaje de solidaridad. Pero al colocar en el mismo plano a Hamas y al Daesh, Macron ha hecho un flaco favor a la posición europea, aunque ese no haya sido su propósito, porque sitúa la cuestión terrorista en el núcleo del conflicto, cuando el pivote de actuación debería ser la ocupación. La equiparación de ambas organizaciones puede resultar seductora para muchos estados árabes conservadores, que se vieron amenazados por el empuje de los extremistas. Pero lo cierto es que Hamas, aunque profesa una ideología islamista, de hecho es enemiga del del Daesh y su violento nihilismo. Por lo demás, es dudoso que Europa quiera meterse en semejante desafío.

En la “bomba” de Macron quizás haya que buscar otras motivaciones de política interior francesa. El gobierno se está escorando cada vez con menos disimulo a la derecha y priorizando los aspectos policiales y de seguridad para abordar asuntos espinosos como las protestas públicas o la inmigración. La derecha lo intimida con sus imputaciones de pasividad, debilidad o incompetencia y le está obligando a endurecer mensajes y políticas. El acercamiento de Macron a la italiana Meloni, después de haberla descalificado hace sólo unos meses, es un síntoma claro del giro en París. El proyecto de ley sobre inmigración está en fase de desarrollo y el debate se recrudecerá en las próximas semanas.

Hay otro elemento de política interior francesa que no debe descuidarse. Los acontecimientos del 7 de octubre han puesto al borde del colapso a la NUPES, la incómoda coalición que aglutina a socialistas, comunistas, insumisos y ecologistas. El PSF ha considerado insuficiente el apoyo a Israel tras el acto “terrorista” de Hamas y ha decretado una “moratoria” en la pertenencia a la coalición. El líder comunista ensayó hace poco un inicio de divorcio, pero las bases neutralizaron la iniciativa. Si se rompe el frente de la izquierda, puede flexibilizarse el panorama de las alineaciones políticas y el gobierno podría gozar de más capacidad de maniobra en el legislativo.

LA MALA CONCIENCIA ALEMANA

Macron no ha sido el único en agitar el patio europeo. En su primer posicionamiento oficial, la Presidenta de la Comisión Europea asumió el relato israelí sin matices ni condicionamientos, enfatizando la “amenaza terrorista” y el derecho israelí a la defensa, en línea con la posición norteamericana, sin mencionar el problema palestino.

No puede olvidarse que Ursula Von der Leyen es una política alemana y, como tal, se siente impelida a reaccionar con contundencia ante cualquier acción contra Israel que genere víctimas civiles. La mala conciencia por el holocausto es un factor muy poderoso. Los políticos democráticos se han impuesto tal intransigencia, que a veces los lleva a confundir la barbarie nazi contra la población judía en los años treinta con las críticas a las prácticas agresivas de Israel en los territorios ocupados o contra sus vecinos militarmente más débiles. Ya en los años setenta, después del ataque de los fedayines contra los atletas israelíes en la ciudad olímpica de Múnich, se reforzó esta presión sobre la clase política. Willy Brandt tuvo que encajar algunas críticas por no seguir el libreto a pies juntillas. Sus herederos políticos se atienen a esta lección envenenada. El jefe del gobierno actual, el socialdemócrata Scholz, se ha sumado a la defensa de Israel, lo que ha provocado cierta incomodidad en sus socios verdes, pese a la evolución de estos hacia posiciones convencionales en política exterior.

Cuando empezaron a llover las bombas israelíes sobre Gaza y a envilecerse las condiciones de la población, el jefe de la diplomacia europea tuvo que corregir a su superior al recordar que todas  las partes están obligadas a cumplir con las leyes civilizadas de la guerra. Fue una forma discreta de equilibrar las condenas unilaterales del “terrorismo” de Hamas. Pero Borrell fue más allá. Este martes, el jefe de la ONU, el europeo y socialista Antonio Guterres, ha dejado un aviso atronador: el 7 de octubre no justifica este “castigo colectivo” del pueblo palestino ni puede desligarse de la “sofocante ocupación israelí”. Israel ha pedido su dimisión. Los líderes europeos deberían sacar conclusiones.

EEUU ES PARTE DEL PROBLEMA DE ORIENTE MEDIO

20 de octubre de 2023

Biden llegó, habló y se fue. Sólo pisó suelo israelí. Sólo tuvo palabras de consuelo y apoyo para los ciudadanos y las instituciones israelíes. Sus aliados árabes cancelaron el encuentro previsto, en parte molestos por un nuevo ejercicio de parcialidad norteamericana frente al conflicto israelo-palestino, en parte inquietos por una oleada de indignación de sus poblaciones ante el injustificable castigo colectivo de Israel a los más de dos millones de palestinos de Gaza.

El presidente norteamericano deslizó cándidas recomendaciones a sus amigos israelíes para que no se dejaran llevar por un “comprensible” ánimo de venganza, como si ese asedio cruel no fuera ya otra manifestación más de ese habitual comportamiento desproporcionado del estado hebreo anta el mínimo desafío. La apertura de un “corredor humanitario” desde Egipto, insuficiente y condicionado a que Israel no advierta sospechas de beneficio para Hamás, es el único resultado de una visita relámpago y carente de iniciativas a medio y largo plazo. El verdadero mensaje no lo transmitió un presidente corto de energías y escaso capital político en su propia casa. La “voz de América” que de verdad importa es la que llega desde los dos portaaviones enviados a la región, con un arsenal impresionante y 20.000 marines en orden de combate para abortar cualquier otro sobresalto que pudiera sufrir Israel.  

De vuelta a casa, Biden ha dado una vuelta de tuerca a su intento de justificar la respuesta israelí, la actual y la que venga, forzando una relación imposible entre las guerras de Palestina y Ucrania. En esta ocasión, se ha dirigido desde el despacho oval a sus ciudadanos; o mejor dicho, a los congresistas que deben autorizar que siga llegando dinero y armas a sus aliados israelí y ucraniano. A los europeos no les debería hacer gracia este segundo mensaje de Biden en pocos días. De hecho, apenas han intentado no dejarse arrastrar por la parcialidad norteamericana en Oriente Medio.

CUARENTA AÑOS DE PARCIALIDAD

El alicorto y sesgado viaje de Biden a Israel resume sus 40 años de corresponsabilidad en la política de EE.UU en la región. Ocho presidentes han suspendido la asignatura de Oriente Medio, y en particular del conflicto palestino, si acaso con distinta puntuación: pésimas las calificaciones de Reagan, Bush Jr. y Trump, empeñosas pero al cabo frustradas las de Bush Sr. y Clinton, bien intencionada pero desganada la de Obama e inicialmente evasiva la de Biden.  Este suspenso general se debe a muchas razones: lectura incorrecta de los problemas, visión muy parcial del conflicto, predominancia del enfoque militar o de seguridad, pobre elección de los socios locales y escasa atención a los consejos más templados aunque poco críticos, salvo excepciones puntuales, de sus aliados europeos.

Biden no ha heredado esta trayectoria de errores y deliberada parcialidad. Ha sido parte de ella. Su carrera pública se ha desarrollado en todos los ámbitos del poder político e institucional (Cámara Baja, Senado, Vicepresidencia y Presidencia). El actual Jefe de la Casa Blanca destila establishment por todos su poros. A su avanzada edad, no sería realista  esperar una visión más fresca, más arriesgada. Durante décadas ha recitado la letanía de una política “posible” en Oriente Medio, que nunca ha superado el apoyo incondicional a Israel y una retórica invocación a los derechos palestinos, al tiempo que apoyaba el escamoteo sistemático de los instrumentos necesarios para su realización.

Biden inició su mandato presidencial bajo la presión de otras prioridades: el desafío de China y la enemistad de Rusia. Eludió una implicación directa o indirecta en Oriente Medio, pretextando que la región pasaba por una “tranquilidad no conocida en décadas”, según su Consejero de Seguridad. Después de criticar a Trump, Biden optó por seguir su estela en dos direcciones.

Por un lado, abandonó la recuperación del acuerdo nuclear con Irán, consciente de que le traería más problemas en Estados Unidos que apoyos en la región. Más recientemente, se decidió a culminar los trumpianos acuerdos Abraham tratando de añadir la pieza más preciada: el pacto entre Israel y Arabia. Se tragó el sapo de los desplantes saudíes, de su guerra sangrienta y fallida en Yemen y hasta del horroroso crimen del periodista Kassoghi.

El acuerdo israelo-saudí se convirtió en la clave de su doctrina regional, porque comportaba beneficios adicionales: podía frenar la cooperación creciente de Arabia con China, introducía un elemento de tensión en el acercamiento entre saudíes e iraníes y condicionaba el apoyo de los árabes moderados a Palestina.

El mantenimiento de la política de los dos Estados no pasaba de ser una formalidad vacía de contenido: no se trataba de dos Estados en igualdad de condiciones, sino de uno supeditado al otro. La deriva extremista y autoritaria en Israel incomodó a Biden, pero no le apartó de las recetas del establishment, destinadas a consolidar la estrategia de una pax americana en la región, con Israel como cónsul plenipotenciario.

El ataque de Hamas en el sur de Israel ha trastocado momentáneamente esa visión desmayada del anciano Presidente. La guerra no estaba en sus planes, pero ahora ni puede ni quiere pararla. Su cándido consejo a Netanyahu para que no incurra en los “errores” de Estados Unidos tras el 11-S ha sido recibido a beneficio de inventario. Esta guerra puede salvar o hundir al gobierno más extremista de la historia de Israel. Estados Unidos tratará por todos los medios de que ocurra lo primero.   

LA MADEJA POLACA

 18 de octubre de 2023

Polonia ha votado más que nunca desde la instauración de la democracia liberal, a comienzos de los años noventa. La participación ha sido del 74,25%, casi trece puntos más que en 2019. Los datos indican que la población de las grandes ciudades, en especial las del oeste del país, han acudido masivamente a las urnas. Ese el principal factor, apuntan los analistas, que explica el retroceso del nacionalismo y su más que probable desalojo del poder.

En efecto, el partido gobernante, Ley y Justicia (PiS), apoyado por cinco formaciones menores, no ha conseguido el suficiente número de parlamentarios para asegurar su continuidad en el gobierno. Ha obtenido 195, pero se necesitan 231 votos en el Parlamento para alcanzar la mayoría. Ni siquiera le bastaría el apoyo de los 15 obtenidos por Konfederacja (Confederación), aún más ultras que el PiS, pero de sesgo libertario y reticentes a una alianza poselectoral (1).

La crisis económica derivada de la pandemia y la guerra de Ucrania ha debilitado el apoyo de que gozaban estos ultranacionalistas en la última década. El intento de acompañar las elecciones con unos referéndums sobre restricción de la inmigración y otros asuntos sociales para movilizar a su electorado ha resultado fallido: las consultas no han logrado la participación requerida (2).

El PiS ha ejercido un poder político rayano en lo absoluto en los últimos ocho años. No ha tenido problemas en ignorar la división de poderes, controlar el poder judicial, atentar contra la independencia de los medios, restringir los derechos de las mujeres y las minorías y practicar el victimismo nacionalista contra sus vecinos alemán y ruso casi a partes iguales. También ha sido objeto preferente de sus arremetidas el aparato comunitario de Bruselas y, por extensión, cualquier socio europeo que criticara sus políticas populistas, ultranacionalistas y xenófobas.

El futuro político en Polonia no está del todo claro. El principal dirigente de la actual oposición, Donald Tusk, lidera la Coalición cívica, que refuerza su partido (Plataforma Cívica) con otros grupos liberales y ecologistas menores hasta alcanzar 157 diputados. Tiene que forjar un acuerdo de gobierno con los liberales europeístas y los agrarios del veterano Partido Campesino, reunidos en la coalición Tercera Vía, que suma 65. Pero aún no sería suficiente. Necesita añadir el apoyo de una tercera alianza, Lewica, (Izquierda), una amalgama de socialdemócratas, laboristas, socialistas y progresistas, que le aportarían 26 diputados. En total, alcanzaría 248 diputados, una mayoría holgada (3).

Por lo tanto, el cambio efectivo en Polonia descansaría no ya en un tripartito, sino en un multipartito articulado en tres coaliciones: una especie de mecano político de complicada gestión. Estaríamos ante una especie de frente antinacionalista o una versión barroca de ese consenso centrista que ha dominado la política europea durante décadas. Ironías de la vida, viene a resucitar en el país menos pensado hasta hace sólo unos días. Desde luego, en esas formaciones hay una motivación poderosa para confluir: el empeño compartido de enviar al PiS a la oposición.

Si eso al final ocurre, no hay duda de que el partido ultraconservador activará las palancas institucionales y sociales que ha ido construyendo en estos ocho últimos años. Ya lo advirtió de forma alambicada el propio Kaczynski la noche del domingo: “seremos importantes, en el poder o en la oposición”. El PiS podría tener otra baza más para bloquear la demolición de su modelo ultranacionalista. El Presidente de la República, Andrzej Duda, que fue promovido por el partido de Kaczynski, podría interponer su derecho de voto en iniciativas legislativas de la nueva coalición gobernante, si considera que ponen en peligro lo que él considera como elementos básicos de la identidad nacional (4).

REPERCUSIÓN EN EUROPA

En el arco iris político del Parlamento de Estrasburgo, el PIS se encuadró en el Grupo de Europeos Conservadores y Reformistas, junto a los tories británicos (antes del Brexit efectivo), los neofascistas Fratelli de Italia y los ultras españoles de VOX, entre otros. De las dos ramas en que se divide la extrema derecha en la Asamblea Europea, el PiS optó por la más convencional, la más conservadora en términos sociales y culturales. Pero sobre todo la más furiosamente antirrusa. A estos polacos ultramontanos, las veleidades de la francesa Le Pen o del italiano Salvini con el Kremlin les producían náuseas. La Historia es también un arma rentable.

La cohabitación durante años con el Partido Conservador británico fue puramente pragmática. Les unía el rechazo de la “burocracia de Bruselas” y una visión más nacionalista del proyecto europeo. Los tories terminaron por dar el portazo, pero sus colegas polacos no se podían permitir ese lujo porque necesitan el apoyo económico europeo para afrontar una interminable reconversión de su atrasada economía.

Hasta hace sólo unos meses, el dominio del PIS en Polonia parecía asegurado. La mayoría de los observadores consideraban que su salud política era similar a la del FIDESZ húngaro del demagogo Orbán, con quien mantienen una celosa alianza no formal. Y ello, porque el patrón húngaro ha vivaqueado durante años en los grupos liberal, primero, y popular, después, hasta que éste último se vio obligado a expulsarlo, tras innumerables desplantes. Hoy se encuentra en el limbo de los No Inscritos, donde se ubican aquellos a los que no quiere nadie, por así decirlo.

Las continuas amonestaciones de Bruselas a los gobiernos polaco y húngaro por sus afrentas al Estado de Derecho liberal no fueron suficientes para forzar una rectificación. Al final, el ejecutivo comunitario decidió retener el dinero de los fondos de recuperación postpandemia que les corresponde recibir a Varsovia y Budapest como arma de presión. Un gobierno de Donald Tusk colocaría de nuevo a Polonia en la corriente comunitaria y le permitiría recibir por fin el dinero concedido (más de 35.000 millones de euros. Sin duda, esa expectativa ha pesado en el electorado polaco, habitualmente escéptico o poco entusiasta con el proyecto europeo.

Si al final el PiS es desalojado del poder, el viejo Kaczynski, líder incombustible del partido pero no jefe del gobierno, deberá lamentar este giro amargo de la fortuna. Su principal socia europea, la italiana Giorgia Meloni, lleva tiempo fraguando con los democristianos alemanes un tipo de pacto entre los grupos Conservador y Popular ante las elecciones europeas del año próximo.

Los populares españoles también participaban del empeño, avalados por la experiencia de los acuerdos regionales de gobernabilidad entre el PP y VOX. Pero España no el único país donde se ha testado esa pasarela política entre la derecha conservadora-liberal y la ultraderecha. El debilitamiento socialdemócrata en el norte de Europa ha favorecido recientemente esta cooperación en Suecia y Finlandia (5).

Otros líderes de la derecha o del centro-derecha europeos no respaldan este pacto fáustico con los retrógrados polacos. Después de todo, Donald Tusk, el líder de Plataforma Cívica, pertenece al Grupo Popular. En su condición de adversario principal del PiS se oponía de forma rotunda a blanquear a un partido al que quería derrotar en su país. La hostilidad política ha tenido un gusto agrío: el PiS descalifica a Tusk como “marioneta de Alemania”.

EL FACTOR ALEMÁN

Este juego del caliente y el frío de los de los democristianos alemanes con el PiS tiene raíces antiguas pero también ramas verdes. Los conservadores alemanes, tanto los católicos bávaros como los protestantes renanos u orientales, comparten la veta cristiana con los representantes más férreos del catolicismo polaco.

A esta afinidad ideológico-religiosa se añade ahora la presión de una posible necesidad. El auge impresionante de los nacionalistas xenófobos de Alternativa por  Alemania (AfD) puede alterar el mapa de las alianzas políticas germanas. Para volver al gobierno federal, a los democristianos de la CDU y la CSU quizás no les sea suficiente el respaldo de los liberales, si es que éstos deciden cambiar nuevamente de caballo. Precisan de un apoyo más numeroso y más sólido, que tendría además la virtualidad de ampliar el ámbito de penetración territorial (6).

AfD se presenta como un socio potencial estratégico, porque es más que probable que conquiste la hegemonía en los länder de la desaparecida RDA en las elecciones regionales de los próximos meses. El cordón sanitario a la extrema derecha está a punto de saltar, y quizás para siempre. Los líderes democristianos actuales, el federal Merz, el bávaro Söder y el europeo Weber no comparten la repugnancia de Angel Merkel hacia la AfD. La  Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, que aspira a otro mandato en el cargo, ha hecho también esfuerzos visibles en esta cooperación de las derechas. Llamativo fue su polémico viaje a Túnez en compañía de Giorgia Meloni, este, para negociar otro discutible y discutido pacto para frenar la emigración. La línea Varsovia-Berlín-Bruselas-Roma se había dibujado en el horizonte europeo (7).

Este nuevo panorama, de confirmarse el cambio efectivo de gobierno en Polonia, alterará los planes de la configuración conservadora en la UE. Que no pueda gobernar en su país no debe necesariamente impedir que el PiS sea el partido polaco que más diputados aporte a la Eurocámara en las elecciones de mayo. Y es imposible saber si sus votos serán o no decisivos. Si Tusk gobernara entonces en Varsovia y Kaczynski practicara esa oposición virulenta que se presume, sería difícil una confluencia de los grupos Popular y Conservador, por mucho que Von der Leyen, Meloni, Feijóo y Abascal apuesten en su favor. Los socios preferentes de Tusk son liberales afectos a Renovación, el grupo dominado por los aliados de Macron, contrario hasta ahora a cualquier acercamiento a la extrema derecha.

 

NOTAS

(1) “How Konfederacja became Poland’s kingmaker”. MATEUSZ MAZZINI. FOREIGN POLICY, 12 de octubre.

(2) “What is at stake in Poland”. ANNA GRZYMALA-BUSSA. BROOKINGS, 3 de octubre.

(3) “Donald Tusk claims victory based on coalition hopes”. SHAUN WALKER. THE GUARDIAN, 15 de octubre; “After election, Poland may turn the illiberal tide”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 17 de octubre.

(4) “L’alternance en Pologne, une bonne nouvelle pour l’Europe”. LE MONDE (Editorial), 17 de octubre.

(5) “Will Europe’s center-right parties accept defeat or sell theirs souls to the hard right?”. PAUL TAYLOR. THE GUARDIAN, 23 de agosto.

(6) “Germany’s new normal? The surging far-right AfD party is upending the country’s politics”. LIANA FIX y CONSTANZE STELZENMÜLLER. FOREIGN AFFAIRS, 10 de octubre.

(7) “Ursula von der Leyen donne ses gages à la droite”. LE MONDE, 13 de septiembre.

ISRAEL: VERGÜENZA, DOLOR Y VENGANZA

11 de octubre de 2023

La guerra entre Israel y Hamás parece a punto de entrar en su fase más sangrienta y peligrosa. Se teme que las Fuerzas de Defensa israelí invadan el asediado territorio palestino con un doble y asimétrico objetivo: primero, liberar a los rehenes que aún queden vivos y recuperar los cadáveres de los fallecidos; y segundo, acabar con el mayor número de dirigentes de la organización guerrillera y destruir por completo su infraestructura de combate.

Mientras que eso ocurre, el bombardeo de la franja está siendo brutal, “como nunca se había visto antes”, en consonancia con la amenaza proferida por el Ministro de Defensa israelí. Otro responsable militar dijo algo aún más espeluznante: “los trataremos como a animales que son”.

Hasta la fecha, el martirio de Gaza se había convertido en un asunto de rutina internacional, sólo alterado por las sucesivas campañas de castigo israelí, tras recibir oleadas de ataques artilleros de limitado daño y alcance, salvo las más graves en 2008, 2014 y 2021. En estos intercambios bélicos, la desproporción era tan evidente que apenas necesitaba explicación. La relación de víctimas entre una y otra parte era abismal.

El ataque del 7 de octubre ha cambiado esa narrativa por completo. Israel ha pasado de las represalias más o menos feroces a un plan de erradicación definitiva del “problema”. La razón de este cambio de paradigma es doble: por una lado, la percepción de la amenaza se ha revelado mucho mayor de lo que se creía; y, no menos importante, la arrogancia de una superioridad técnica y militar tenida por indestructible se ha diluido en las imágenes lacerantes de unos civiles masacrados, secuestrados o aterrorizados por un enemigo al que no sólo ser tiene como “banda terrorista”. Para un Estado que presume de ser el mejor del mundo en la tarea de defender a sus ciudadanos, el bochorno del fracaso estrepitoso añade injuria a la catástrofe. Una vergüenza tan dolorosa abona el deseo de una venganza implacable.

Y, sin embargo, los analistas más lúcidos, incluidos los que se tienen por “amigos de Israel”, se esfuerzan por aconsejar a los dirigentes israelíes que no se dejan llevar por esa pulsión emocional. Alguien tan declaradamente afín como el columnista judío Thomas Friedman, dedicado al conflicto de Oriente Medio desde hace cincuenta años, advierte que la destrucción presentida de Gaza puede ser una “locura” que ponga a todos los países árabes de nuevo en contra de Israel y “arruine la simpatía cosechada en el resto del mundo”. Opina Friedman que la invasión de Gaza es lo que seguramente persiguen Hamas e Irán (1).

Daniel Byman, principal especialista en terrorismo del también pro-israelí Centro de estudios estratégicos de la Universidad de Georgestown, recuerda la política de presión calculada de los dirigentes israelíes, debido a la profunda implantación de Hamás en todos las arterias sociales. Aniquilar a Hamás equivaldría a destruir Gaza (2).

Desde una posición más templada y equilibrada, el profesor de relaciones internacional de Harvard, Stephen Walt, augura que, de no contenerse, “Israel podría ganar la batalla de Gaza y perder la guerra”. Tras recordar que “la ley internacional permite a los pueblos oprimidos resistir una ocupación ilegal, incluso si los medios empleados por Hamas hayan sido ilegítimos”, Walt desactiva los argumentos empleados por Estados Unidos para posicionarse incondicional e invariablemente del lado de Israel cada que vez que estalla una crisis. Frente a la “estrecha” interpretación legal de que Hamas ha atacado a Israel “sin provocación” previa, el profesor de Harvard opone otra visión “más amplia” según la cual las condiciones sufridas por los palestinos en Gaza legitima una respuesta violenta (3).

Tanto Friedman como Walt se dirigen a la Casa Blanca para sugerir una intervención templada e inteligente, que trascienda el horror provocado por la carnicería. No parece que eso sea lo que vaya a ocurrir. Al menos públicamente. El Presidente Biden ha decidido eliminar incluso las suaves admoniciones críticas que sus antecesores solían emplear para dar cierta sensación de equilibrio y conservar su posición de “mediadores”. El espectro del 11-S domina el relato norteamericano. La “barra libre” que Estados Unidos se otorgó en 2001 para castigar a “culpables” reales o imaginarios será concedida ahora a Israel para que satisfaga su instinto de retribución. Algunos comentaristas han tenido el buen juicio de evocar los errores, excesos y crímenes que tal conducta provocaron (3).

No obstante, otros conocedores de la política israelí creen atisbar algunos resortes que podrían atemperar la “cólera de David”. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, aunque intransigente y cínico en su política de “negociación” con los palestinos, siempre ha tenido buen cuidado en no traspasar ciertas líneas y controlar la escalada de la guerra. Es cierto que ahora lo tiene más difícil, porque sus socios de gobierno proclaman abiertamente su deseo de acabar de una vez por todas de cualquier pretensión nacional palestina, por la fuerza si es necesario.

Sin embargo, a Netanyahu se le entreabre una puerta: la constitución de un gobierno de unidad nacional, que amplíe su base de actuación. La oposición le ha tendido la mano y ya se han producido los primeros contactos. La oferta no es un cheque en blanco. Los partidos “centristas” tratarán de que Netanyahu congele sus planes de reforma judicial, entre otras concesiones. Del lado opuesto, los extremistas religiosos que han conquistado posiciones estratégicas de poder difícilmente aceptarán ser degradados en un nuevo gobierno de unidad. Si Netanyahu les sacrifica ahora no podrá contar con ellos cuando la guerra acabe. El primer ministro es un maestro de la manipulación política, pero esta prueba es gigantesca.

Otro argumento que se desliza para aconsejar contención es el peligro de alumbramiento de un nuevo frente árabe. Comenzaría con las hostilidades de Hezbollah desde el Líbano, quizás complementado por Siria. Naturalmente, actuarían las facciones armadas palestinas en Cisjordania y Jerusalén, ajenas a Hamas pero sordas a la moderación de la Autoridad Nacional. Israel podría verse abocado a un peligroso desafío. Una confrontación de estas dimensiones aumentaría exponencialmente el riesgo de escalada y podría arruinar, si no lo ha hecho ya, el proyecto de conciliación con los estados árabes moderados (esquema Abraham) e incluso poner en peligro la paz fría con Egipto y Jordania.

Cabeza fría para afrontar situaciones calientes, le recomiendan a Israel, en el fragor un trauma que no se había experimentado en 75 años de historia. Ni siquiera en 1973, cuando Egipto y Siria atacaron en el recogimiento del Yom Kippur. Entonces, fueron capaces de recuperar, durante apenas una semana, parte del territorio perdido en 1967. Pero no se acercaron ni de lejos al territorio que se le concedió a Israel en la partición de 1948. Ahora, han sido ciudades israelíes las que han conocido de cerca el horror de la violencia.   

NOTAS

(1) “Irael has never needed to be smarter than in this moment” THOMAS L. FRIEDMAN. THE NEW YORK TIMES, 10 de octubre.
(2) “What you need to know about the Israel-Hamas war”. DANIEL BYMAN. FOREIGN POLICY, 7  octubre.
(3) “Israel could win this Gaza battle and lose the war”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 9 de octubre.
(4) “The troubling analogies surrounding the new Israel-Hamas war”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de octubre.